— Verba Volant

(Esta entrada cita una frase de la serie de Juego de Tronos, pero no desvela nada del contenido del capítulo ni de la trama de la misma).

En el séptimo capítulo de la séptima temporada de Juego de Tronos –parece esto una maldición bíblica o, más probablemente una evocación al simbolismo de los números–, aparece en dos ocasiones muy diferentes esta frase, dicha por dos personas distintas: “A veces, cuando intento comprender los motivos de una persona, juego a una cosa: me pongo en lo peor”.

Confieso que había intentado jugar alguna vez a esto, pero algo inconsciente, sin conocer las reglas ni el mecanismo del juego de las tramas y las personas. Ahora que comienza este nuevo curso, siempre se empiezan con ganas nuevas y resabios viejos. Y he pensado sobre esa frase e intentado comprender la mala baba de algunas personas que siempre están vomitando críticas sobre los demás. En ese intento de comprensión, la frase de Juego de Tronos me ha sido muy útil: es incomprensible entender a los que critican siempre a casi todos si no se pone en lo peor. La tarea de descifrar “lo peor” es difícil, pero es terapéutico comprender las causas aunque nos quedemos indefensos ante los efectos.

Ponerse en lo peor puede suponer estar equivocado, pero también estar cerca de la verdad. Y he recordado una investigación de Dustin Wood, Peter D. Harms y Siimini Vazire, “Perceiver Efects as Projective Test: What Your Perceptions of Other Say about You”, en la que se correlaciona la manera de ver a los demás con la felicidad y estabilidad emocional de uno mismo. En suma, la manera de describir a los demás es un signo de cómo nos percibimos nosotros. Si uno tiende a describir a los demás en términos positivos, parece que somos más estables y felices. Si, por le contrario, nos gusta describir a los demás siempre de forma negativa, parece que somos más narcisistas y antisociales. La conclusión de todo esto, desde el lado de “ponerse en lo peor”, es que las críticas sistemáticas hacia los demás no siempre suponen una certeza sobre el criticado, sino sobre la infelicidad, frustración, neurosis u otros trastornos de la personalidad en el que tiende a poner a todo el mundo que le rodea a caldo.

Ahora que me pongo en lo peor, quizás esté entendiendo el proceder de algunos que no dejan títere con cabeza. Por supuesto, ellos son inmaculados en todas sus dimensiones, pero todos los que trabajan a su alrededor parece que no están a la altura. O eso es lo que piensan ellos. De ellos

Referencias:

Wood, Dustin; Harms, Peter D.; and Vazire, Simine, “Perceiver Effects as Projective Tests: What Your Perceptions of Others Say about You” (2010). Management Department Faculty Publications. 78.
http://digitalcommons.unl.edu/managementfacpub/78.

Imagen de Andrés Nieto Porras.

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Me acuerdo de un verano, hace mucho, tendría yo veinte años, en el verano francés en Angles, cerca de La Roche-sur-Yon, cuando la alergia me impedía dormir y, en ese cuarto prestado, tenía a mano todos los libros de Astérix y de Tintín. Recuerdo el sirope añadido al agua de la comida, las tardes de petanca en la plaza del pueblo, la impresión de empezar entendiendo poco de una lengua que, con el paso del tiempo, hablaría regular y con un extraño acento rural. Me acuerdo de un cuenco lleno de rábanos en ensalada, de una bandeja repleta de ancas de rana, de unas sartenes con resquicios que luego serían expuestas a las lenguas de los gatos. Recuerdo los viajes en bicicleta a través de los campos, del Puy de Fou, de los paseos en barca por la Venise Verte. Recuerdo la cerveza con limón, las conversaciones con el abuelo sobre la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de los franceses y un vecino alemán del que todo el pueblo sospechaba un pasado avieso y un presente demasiado silencioso. Me acuerdo de las mañanas en las que escribía versos en español, casi siempre romances ávidos de luminosidad. Los tendré guardados, casi seguro, pero no sé dónde estarán. Y recuerdo también poemas escritos en un francés breve, llenos de incompetencia, lacónicos y plagados de sustantivos. Si hay suerte, cayeron alguna vez en el cubo de la basura.

Me acuerdo de casi todo no acordándome de nada. De noches de discoteca cuando estaba de moda salpimentar las canciones inglesas con alguna palabra en español. De  una visita a una farmacia inmaculadamente limpia y de unas pastillas para la garganta. De unas sobremesas que cada vez eran más largas, sobre todo cuando el padre, cargado de amabilidad, llegaba cansado de sus quehaceres en el campo. Del horroroso concurso televisivo Intervilles, de la mala suerte de tener a Claude como pésimo coetáneo, de la costumbre familiar de no lavar los vasos y guardarlos en el frigorífico.

Recuerdo hoy ese verano francés y todavía no sé por qué.

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Mezclar la bruma de tus caderas con la luz, agitar las soledades que se citan en todos los rincones de la imaginación. Son abismos de ingenuidad disueltos en locura, temblores de ojos cerrados cosidos con retales de incertidumbre.

Cien versos llevan hacia ti y ninguno te define en tu intimidad, de la piel hasta los huesos pasando por cada vena. Un mástil y dos velas construida por las palabras. Una lucha por el equilibrio entre un mar incierto. Una música que te calma, que te subleva, que te agita, que te hace beber cada nota hasta la últimas consecuencias.

Un paseo corto hasta el aguacero, una carrera por la vida hasta que se aniquile el ocaso. Un momento de momentos. La joya vendida en la trastienda. Cuello y piel y sonrisa.

Todo va y viene. El dolor del nombre cuando no es el mío. La herida que sana entre todos los dolores.  El deseo de quererlo todo menos la pena, menos la lágrima, menos el frío que quiebre el corazón. Y correr hasta caminar despacio perdiendo el control.

(Imagen de Giannis Angelakis).

 

 

 

 

 

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La música de nuestras vidas. No es la música tuya, ni la mía. Es una sintonía vital colectiva y azarosa, que escucho porque la escuchas tú, porque aparece sin más, que suena en un momento y que te acompaña siempre.

Es la música que suena cuando bailas, cuando besas. O la que escuchas mientras tomas un pincho de tortilla. O la que escuchas en la radio. O la del vídeo cuando está la televisión encendida y destella en la MTV. O la de la película que tanto te gustaba.

La música de nuestras vidas no la escogemos. Tampoco es la que más nos gusta. Ni la que escuchamos con más frecuencia. Es la que está agazapada y te estrangula con un recuerdo, la que te devuelve un momento de alegría intensa, inmensa, la que sonaba tras un adiós estrepitoso.

Es una música hecha en un presente y que sonará también en el futuro, pero de la que solo somos conscientes cuando nos evoca un pasado.

Es la música de nuestras vidas. La que nos elige para siempre. La que suena, a veces, dentro de nuestro corazón.

Imagen de Cees Wouda.

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La banda sonora de una película muda y las mechas de un pelo ya demasiado largo. Los sonidos de la actualidad más intempestiva y la búsqueda infinita en un bolso demasiado grande. Las flechas de un cupido en el que el amor linda ya en el personaje. Los delirios de un calor insoportable y las pesadillas del que dice necesitar ocho horas de sueño sin evidencia científica demostrable. Los avances en las teorías sobre la pigmentación de los pellejos y los beneficios y perjuicios de las cremas que los protegen. El sentido del sinsentido y la disputa eterna entre campo y playa. Y un raro alivio cuando unas ondas de aire frío dejan respirar a nuestros cuerpos en estos días insufribles de un verano que solo empieza.

imagen de Linelle Photography.

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El perfil. Disfrutar con lo que se ve pero sin renunciar a conocer lo que se adivina. El perfil es todo y parte, matiz de sugerencias, paleta de muestra de unos colores que se completan en la imaginación. Es la silueta, una perspectiva, aquellas líneas sonrosadas que se volvieron, poco a poco, más oscuras. Digamos que es la cara porque existe el envés, lo visible porque existe algo más allá. Un gesto que se completará, una sonrisa que devuelve una comisura. Agradable. Suave.

El perfil, en medias tintas. El perfil, con todos los ambages para redondear el ovalo. Así, el perfil.

imagen de Hernán Piñera.

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Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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Hoy voy a escribir la entrada más dolorosa. Me llaman por la mañana para decirme que se ha muerto Pedro. Uno de mis amigos. De esos amigos que lo son hasta el tuétano, de los buenos de verdad. Y me ha roto el alma en todas sus aristas. Habíamos estado hace muy poco en una celebración grande. Juntándonos para celebrar un buen momento que era también nuestro. Y estuvimos un rato prolongado abrazados, diciendo lo que ya sabíamos pero que a veces es conveniente susurrar en voz alta. De ese día, queda el último libro que compartimos, el libro de Santi que firmamos todos para Javi: haciendo camino. Y, ahora, andando por el camino de la vida, resulta que tú ya no estás.

No son estas las típicas palabras que se dicen cuando alguien se ha ido: Pedro era una persona inmensamente buena, única. Conozco a muy pocas personas a las que no se le puedan poner pegas. Discreto, comedido, fiel a todo y a todos. Nunca vi en él ningún defecto tan típico de muchos otros y, desde luego, tan típico de mí mismo: ningún doblez, ninguna mala leche. Estar con él suponía tener a alguien a tu lado de forma incondicional. Y siempre sin hacerse notar. Sin estridencias.

Pedro se ha ido. Se nos ha ido. A su mujer, a sus dos hijos, a sus padres, a su hermana. A todos esos amigos que le adorábamos porque veíamos en él un ejemplo limpio para poder imitar como personas.

Pedro, amigo, teníamos una cita pendiente. Unos días en Grecia, nuestro objetivo desde el día 26 de mayo. Pero te juro por lo más sagrado que todos los que estábamos allí iremos a ese lugar mágico.

Nos juntaremos y nos abrazaremos muy fuerte y pensaremos en ti. Y dedicaremos todos los minutos del mundo a darte las gracias por haber estado con nosotros y por habernos enseñado el camino de las personas buenas. De las buenas de verdad.

Imagen de Hartwig HKD.

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No hay manera. He intentado escribir cinco palabras para reflejar alguna cosa que no haya dicho, que se me haya quedado en el tintero pero tuviese un poso en el corazón. Y no hay manera. Cinco palabras escritas y borradas al instante. Una frase alambicada que no quería decir nada. Un intento de que los dedos obliguen a la cabeza para entreverar algo de provecho. Fracaso y alarma, miedo a un vacío lleno de cosas obvias. No hay manera de enganchar con la gramática los hilos de los secretos de la vida. Y mira que se pueden poner un par de subordinadas causales o consecutivas o condicionales. Una frase simplísima con sujeto y predicado. Pero no hay manera. Y luego está el dicho ese de no rompas el silencio si no es para mejorarlo o de lo que no se puede hablar es mejor callarse. Pero nada. No hay manera. Te quedaste en el tracto de neuronas después de la iluminación. Y no hay manera de explicar la luz desde esta tiniebla.

Y, además, todo esto –de alguna manera– ya lo había dicho.

 

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“Lo que me salva” es una entrada que escribí hace tres años. Cuando todas las alarmas se disparan, sigo la rutina. Ayer fue uno de esos días. Muy pronto, antes de ir a trabajar, me enfundé un maillot y una camiseta y me puse a dar pedaladas como si no hubiera mañana. Era una sesión de spinning para mí solo, acompañado por la música y el sudor. Intentando ser más potente y más rápido. Nada hay como el cansancio para ver más allá de las nubes. Cuando pensaba que no podía más, decidí continuar, ahora en la cinta de correr. Solo un pequeño “paseo”, me dije. Pero el dedo fue insistente para ir aumentando la velocidad hasta que, tras el agotamiento, mi cabeza logró flotar en un universo de jadeos. Brazos en jarras, cabeza agachada y un intento de poder retener todo el aire que hubiese perdido a mi alrededor. El trayecto de ida y vuelta al trabajo lo hice, como siempre, dando pedales. Mis piernas me decían, cada metro, que no podían más.

Pero ayer era un día en el que todo me sabía a poco. Por la tarde, después de un rato de descanso y otro rato de trabajo, decidí que me tenía que dar el aire. Tocaba ahora ponerse las mallas cortas y una camiseta para enfrentarme a un calor húmedo. No han nada mejor que escaparse por el campo, correr disfrutando de todas las sensaciones. Con la música de la respiración, del viento entre las ramas, de las conversaciones de los paseantes, que quedan como trozos inconexos de otras vidas. Zancada tras zancada, cambiando de ritmos, escapando muy lejos para luego volver, casi por el mismo camino, pero con algo muy distinto por dentro. Es lo que me salva cuando se disparan todas las alarmas.

Imagen de João Campos.

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