— Verba Volant

No pensaba escribir tan pronto de Braulio, pero un comentario de mi amiga Ana, intrigada por el devenir del chico en COU me ha hecho replantearme el asunto y escribir sobre él por segunda y última vez.

De lo que dije ayer y de lo que comentaré hoy se puede deducir muy fácilmente que Braulio es un chico que no me caía demasiado bien y de ahí se pueden derivar varias reflexiones: que a los profesores, en efecto, hay alumnos que nos caen mejor que otros; y que, caigan como nos caigan, tenemos que realizar nuestro trabajo de manera imparcial. De forma más general, esto conduce a otra reflexión que abarca más y, por lo tanto, creo que es más interesante aún: como profesor, por mucho que lo intentes, nunca vas a llegar a todo el mundo ni vas a conseguir grandes logros con todo el mundo. Con mucha suerte, tu trabajo servirá de aliciente a unos pocos y será útil a otros más, pero siempre quedan todos a los que no llegaste, algunos más que no compartieron tu manera de ver las cosas, aquellos que no te comprendieron o a los que tú no supiste explicar bien las cosas.

Como decía ayer, Braulio era una persona que intentaba estar en todos los márgenes del sistema y, por lo tanto, intentaba beneficiarse del centro. De la misma manera que intentó saltarse la Educación Física sin saltar, intentó invadir el terreno del aula con bastante chulería y prepotencia. Creo que en esto soy bastante objetivo: yo era “el profesor novato” y él intentaba utilizar todas sus armas para aprovecharse de la que él creía que sería una circunstancia propicia para mostrar una seguridad que, desde luego, era solo aparente. Y ahí, en COU (el equivalente de 2.º de BACH), es cuando confundió la velocidad con el tocino.

Llamemos a la Educación Física “velocidad” y a la Historia de la Filosofía de COU “tocino”. No por nada en especial, sino porque me parecía que quedaba bien como título y tenía algo de sentido. Braulio (y quizás alguno más en aquella clase) hizo una reflexión rápida: “el tipo este que daba Educación Física y que fue el gilí que me obligó a repetir me da ahora Filosofía. Y de Filosofía no tendrá ni zorra”. Así que, desde las primeras clases, le dio por mostrarse falsamente participativo. No hacía preguntas, sino recriminaciones. No intentaba resolver dudas, sino que procuraba buscar inconsistencias y pasos en falso por mi parte. En suma, intentaba por todos los medios dejarme en evidencia.

Reconozco que tengo una propensión a que me cansen ese tipo de juegos desde el principio. Pero me dediqué, simplemente, a responder brevemente a sus “preguntas” y a aclarar todo lo que no estaba turbio. Lo que me resulta extraño es que él no se cansase pronto de ese juego y que lo alargase durante semanas. Él hablaba, yo le contestaba y agachaba la cabeza para apuntar algo (o hacer como que escribía, no sé). Las clases de Historia de la Filosofía no permitían muchas alegrías de tiempo: el temario era todavía mayor que el que tiene ahora en 2.º de bachillerato y se trataba de una clase de casi cuarenta personas a los que yo no solo tenía que preparar de forma adecuada, sino a los que tenía que intentar encender la chispa del pensamiento agudo, profundo y ágil. Poco a poco, me vi obligado a ser cada vez más cortante con Braulio. Creo recordar que un día, en una de mis contestaciones, fui un poco más explícito sobre el (sin)sentido de la pregunta. E insisto: no es que no recibiese de buen grado las preguntas genuinas e interesantes, sino que me negaba a proseguir ese juego tan poco inteligente de Braulio. No sé si fue esa contestación o que a Braulio le entró en la cabeza que, al parecer, yo sabía más de Historia de la Filosofía que lo que él pensaba (también contribuyó en gran manera las caras de hastío de buena parte de sus compañeros): el chico fue dejando cada vez más aire limpio en clase (“No rompas el silencio si no es para mejorarlo”, frase certera de Wittgenstein) y cada vez le tentaba más mirar la ventana para reflexionar sobre la res extensa y sus circunstancias.

Braulio no era tonto y aprobó. Y yo, sinceramente, me alegré un montón de no tener que volver a verlo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Erik Drost.

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Cuento en estas historias muchas cosas positivas, que me hacen recordar con sonrisas esos momentos buenos de una profesión como la mía, pero, como os podéis imaginar, también ha habido otros muchos casos en los que he vivido momentos desagradables, aunque dignos de ser narrados por otros motivos.

Y en eso consiste, precisamente, el relato de hoy. Era mi primer año como profesor. Como voy repitiendo insistentemente que di clase de Educación Física y siempre añado que tendré que contar por qué, lo hago hoy y así me quito el peso de encima y a vosotros la posible intriga. Como tengo ya unos añitos, hay que especificar que todavía no habían salido promociones de licenciados en Educación Física en otras facultades de España que no fueran las de INEF de Madrid y Barcelona. Muy pronto empezarían a surgir las licenciaturas de Ciencias de Actividad Física y del Deporte, pero la primera promoción de León (por ejemplo) no había terminado todavía.

Yo, con el título reciente de Filología Hispánica, estaba matriculado en los cursos de doctorado de la Universidad de Valladolid y andaba también con los primeros acordes de mi tesina. Me llamaron un día de un centro, del que fui alumno durante cuatro años y con historias derivadas que será preciso extender en algún momento, para decirme que fuese a hablar con el director. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me comentaron que había un puesto disponible de Educación Física. La profesora (que luego fue compañera mía en la entonces Facultad de Humanidades y Educación) quería dedicarse a tiempo completo a la docencia universitaria y había una plaza vacante. Fue inevitable, como es obvio, preguntar por qué no escogían a un licenciado de INEF. La cosa era simple: no había suficientes licenciados para cubrir todos los puestos de trabajo y los candidatos que solían presentar el currículum, monitores de diferentes deportes, no cumplían con el requisito de ser licenciados. El Colegio de Licenciados en Educación Física, para solucionar el problema de manera provisional, proponía conceder la habilitación excepcional a los licenciados que hubiesen sido entrenadores o monitores y/o que hubiesen realizado algún deporte en ligas o competiciones de cierta relevancia. No es que el criterio fuese para echar cohetes, pero a mí, ciertamente, me benefició porque cumplía todos los requisitos (había sido entrenador de baloncesto de varios equipos y jugué varios años al baloncesto en la que era 3.ª división y que correspondería, aunque las cosas han cambiado mucho, a la liga EBA).

No tardé mucho en decir que sí. Por un lado, la actividad física era un campo que me apasionaba (incluso un tiempo llegué a plantearme estudiar INEF y ayudé durante un verano a preparar las pruebas a un amigo) y, por otro, el horario me permitía desplazarme a Valladolid por la tarde para realizar el doctorado. Además, las perrillas que ganaría podrían venirme muy bien para costearme los estudios. Esta decisión fue muy bien acogida por mi familia y por mis amigos, pero causó otro tipo de reacciones entre algunos conocidos. Todavía recuerdo a un compañero de carrera que me dijo que si también me iban a mandar poner la calefacción o me ofrecerían quizás el puesto de conserje. Eran tiempos en los que a la Educación Física muchos la concebían simplemente como Gimnasia (o, mejor “ginasia”) y la consideraban algo menor. Esa visión, que quizás algunos mantengan hoy, era algo que yo no podía concebir. Siempre me he sentido más que orgulloso de esa etapa de mi vida, llena de retos y aprendizajes.

Una vez hecha esta extensa reflexión y justificación, voy al asunto de hoy. Como os podéis imaginar, llegaba yo a la enseñanza lleno de juventud, inexperiencia y con muchos más nervios que seguridades. Todas esas cosas, para bien o para mal, se quitan con el tiempo, pero me tocó una clase de 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) que me trajo por la calle de la amargura. Muchos de los alumnos estaban siempre dispuestos a hacer las cosas difíciles al novato y llegaba yo a casa, tras las primeras semanas de clase, triste y decepcionado. De todos los alumnos complicadillos, Braulio se llevaba la palma. Era impertinente, maleducado, arisco, con ademanes chulescos y en posesión de todas las armas para que un profesor novato se sintiese desamparado. Yo siempre intenté no perder la calma y creo que lo conseguí en todo momento. Tampoco le falté al respeto nunca. Un día, dejó de venir a clase. Había aportado para las primeras ocasiones un justificante (que luego comprobamos que era falso) y luego optó por no aparecer por allí. El tutor conocía el caso y, como no me dijo nada más, yo respiré aliviado y la clase funcionó mucho mejor sin él.

La sorpresa mayúscula llegó en la evaluación final. Resulta que el tío se había presentado a todos los exámenes del resto de asignaturas. En la sala de profesores, se fueron cantando las notas. Todas aprobadas, menos Matemáticas y (creo) Latín. Llegó mi turno. “¿Educación Física?”, preguntó el tutor. Mantuve un silencio de varios segundos y la vista de mis compañeros se enfocó en mí de una manera obsesiva. Se podía pasar de curso solamente con dos asignaturas suspensas, por lo que una calificación negativa en la mía significaba la repetición inmediata. Respiré y dije: “Muy deficiente”. Aunque pueda parecer inconcebible, se encendieron todas las alarmas y algunos me dijeron que me replantease la nota. Yo les contesté que cómo me iba a replantear el caso de alguien que ni había realizado ninguna prueba intermedia ni se había presentado a las pruebas finales. Que le aprobasen otros, si querían.

La discusión fue acalorada y, pese a las implicaciones que tenía para el alumno, creo que Braulio se merecía un muy deficiente con todas las letras. Y, con las miradas atravesadas de algunos, superé ese trago con la sensación de haber cumplido mi deber, pero también con la desazón de constatar que esa persona, por deleznable e irresponsable que me pareciese, era, al fin y al cabo, un chaval petulante que iba a tener que pasar otro año de su vida en 3.º de BUP. Pero él mismo se había cerrado una salida y tenía que apechugar con su actitud y sus decisiones.

Al año siguiente, volvió a estar, naturalmente, en clase. La chulería de Braulio, al parecer, estaba en el código genético del chico y no desapareció, pero fue amainando. Ahora la mezclaba con una sonrisa que quería parecer simpática y con unos ademanes que, a mi parecer, eran tan serviles que evidenciaban un peloteo estridente.

Pero a Braulio, desde luego, no se le volvió a pasar por la cabeza faltar a clase de Educación Física. Todavía le recuerdo realizar todas las actividades propuestas con evidente ahínco. Al año siguiente, fue mi alumno de Historia de la Filosofía (COU-2.º de BACH). Y hay cosas que decir sobre ello, pero hoy ya me he alargado suficiente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Yann Le Couviour.



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El primer curso que di clase de Filosofía en la educación secundaria fue un año mágico. Era mi segundo año en el instituto y ya conocía a la mayor parte de los alumnos por haberles dado clase de Educación Física. Como me informaron de que iba a impartir Filosofía con muy poco tiempo, me veía obligado a preparar las clases con poca antelación, de manera que trabajaba intensamente hasta bastante tarde o me levantaba de madrugada para intentar que todo saliese a la perfección. Nunca me he sentido más fresco y más vivo que en esa tensión tan placentera de prisa que no atenaza el cuerpo sino que lo vivifica.

Bueno, digo sensación placentera cuando pienso en las clases de Filosofía de 3.º de BUP (el equivalente a 1.º de bachillerato) y no tanto al rememorar el primer año de clase de Historia de la Filosofía en COU (equivalente a 2.º de bachillerato): mientras los grupos de tercero eran receptivos y estaban muy motivados, la primera clase que me tocó de alumnos de Historia de la Filosofía en el COU de Letras estuvo plagada de alumnos resabiados (y bastante poco preparados en general, todo hay que decirlo).

El caso es que llegaba como profesor novato, con todos los conocimientos teóricos y ninguna idea concreta de cómo llevarlos a la práctica que no fuera lo experimentado en aquel curso de adaptación pedagógica (el famoso CAP, transformado ahora en máster sacaperras y obligatorio para ejercer la profesión) que había realizado el curso anterior. Me empapé, eso sí, de libros sobre didáctica de la Filosofía, seguí el ejemplo, que he tenido siempre presente, el de Manolo, que fue mi profesor de Literatura y Filosofía cuando era estudiante (tendré que hablar alguna vez de él, claro) e intenté no hacer demasiado caso de algunos compañeros que me invitaban a ajustarme a lo establecido.

Como digo, fue un año magnífico, pleno en todos los sentidos. Las clases eran un territorio de retos y de debates, de ideas frescas que surgían cada día. El mérito, por supuesto, no era mío. Yo solo daba pie a provocar todas esas inquietudes que ellos tenían. Ese curso, quedé marcado para siempre por muchos alumnos que tengo grabados en la memoria. Habrá entradas más que curiosas dedicadas a un buen puñado de ellos. (Por cierto, yo que creía que esta serie iba a tener un recorrido relativamente corto, veo ahora que puede tener muchísima más extensión: a medida que voy escribiendo cada día, me vienen a la cabeza nombres que había olvidado, caras significativas, actitudes interesantes, anécdotas inolvidables. A todo ello —y a la ilusión con la que me leen muchas personas que participaron de aquellos tiempos o que participan de los actuales— es necesario darle salida).

Hoy voy a contar una historia relacionada con Juan Miguel, uno de mis alumnos más queridos. Es difícil olvidar esos ojos llenos de vida, esa voz llena de reflexiones pausadas, esos colores en las mejillas que demostraban que las ganas de vivir le sobraban a raudales, aunque a veces estuviese también cercenado por una extraña melancolía. Juan Miguel, dentro de una clase sobresalientemente participativa, siempre estaba dispuesto a dar un poco más, a elevar el nivel de reflexión, a discutir o matizar un concepto. Estaba en una clase de ciencias y tuvo pensado dedicarse a la ingeniería. De hecho, empezó los estudios de Ingeniería Técnica y, cuando estaba a punto de finalizarlos, decidió que no era lo suyo, que él quería dedicarse al mundo de las letras. Y, dando la vuelta a la inercia de aquellos tiempos y de estos, decidió estudiar Humanidades, donde coincidió con Anne, que también había sido alumna mía y creo también que con un famoso, apreciado y prestigioso escritor burgalés. Pero Anne tendrá su propia historia, y Anne y Juan Miguel tendrán su historia también.

Hoy toca escribir de Juan Miguel con la anécdota que adelanta el título de la entrada, pero la vida de Juan Miguel estaba entrecruzada con otros compañeros suyos, entre los que destaca Julio, que ahora es director de orquesta, y Octavio, que me ha solucionado mil y una veces problemas informáticos y del que adelanto que tenía un gato al que sacaba de paseo por la calle y que le seguía como un perrito diminuto. Tengo muchas ganas de contar una historia que me ocurrió con Julio y Juan Miguel, un día en el que estuvieron en mi casa para discutir cosas sobre el comentario de texto y en el que acabamos por diseccionar las canciones del último disco de Mecano (que, de hecho, fue el último disco de Mecano). Pero tendremos que esperar a otro momento.

Decía que Juan Miguel siempre destacaba en clase por reflexiones profundas y bastante poco previsibles. Su pensamiento era tremendamente original y no estaba mancillado por ideas preconcebidas. Por esa razón, alumbraba siempre los ángulos menos iluminados de lo que podría haber sido una clase llena de evidencias y de rutinas. Era, en suma, un motor generador de pensamiento fresco.

Un día, llegó a la sala de profesores el compañero de Matemáticas. Con una sonrisa autosuficiente, me comenta en plan confidencial que ha expulsado de clase a Juan Miguel. Yo quedé tremendamente extrañado porque Juan Miguel no era en modo alguno impertinente ni maleducado. Muy al contrario, siempre era respetuoso y calmado en sus intervenciones. El profe de Matemáticas me dijo, sin embargo, que era un listo, que siempre quería perder tiempo, que se ocupaba por preguntar por cosas inútiles. Como adelantaba en el título de la entrada, Juan Miguel lo único que hizo es levantar la mano en clase y preguntar por qué existían los números pares y los impares. Mi compañero, que estaba en el difícil trance de explicar las integrales, no podía siquiera imaginar lo genuino y auténtico que supone preguntarse por las cosas más simples.

De hecho, así recuerdo yo siempre a Juan Miguel, intentado comprender lo que otros nunca se han preguntado. Nunca creí que Juan Miguel fuese un listo. Muy al contrario, siempre he pensado que era muy listo. Y sensible.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Sean McEntee.

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Pese a haber pasado lustros, recuerdo ese día como si fuese hoy. Estábamos en clase de Literatura en 2.º de BUP (equivalente a 4.º de la ESO) y creo no engañarme si en el aula reinaba una calma extraña y premonitoria. Andaba yo enredado en la explicación de los aspectos formales y métricos de la poesía del siglo XIV, antes de entrar en harina y leer las Coplas de Jorge Manrique y comentarlas. Estaba acabando ya esos preliminares cuando llamaron a la puerta de la clase. El conserje entró y pregunto: “¿Fernando Rodríguez?”. En ese momento, ese silencio extraño se tensó hasta el infinito y Fernando (todos le llamábamos Fer), que estaba hacia la mitad de la fila que yo tenía a la izquierda, soltó un “¡Joder!”, se levantó, recogió el libro y el cuaderno y puso rumbo al pasillo y siguió al conserje hasta que los perdí de vista al doblar la esquina.

Todos sabíamos lo que significaba ese “¿Fernando Rodríguez”” y ese “Joder”. El padre de Fer estaba muy enfermo y se temía lo peor desde hace días. El momento había llegado y el respeto y el cariño que todos teníamos por el chaval nos hizo mantener unos segundos la clase en vilo, callada y estupefacta. Yo, que era el responsable natural de la clase, era el que tenía que dar el paso. Me recompuse en la silla y dije algo así como que el mejor homenaje que podíamos dar a Fer y a su padre era seguir con la clase. Eso fue lo mejor que se me ocurrió para salir del trance. Carraspeé, continué con una serie de vaguedades rápidas e inconexas sobre los ejes temáticos de las Coplas y llegaba el momento de empezar con la lectura. No quería dejar la responsabilidad de pasar por aquel trago a ninguno de sus compañeros y comencé con el “Recuerde el alma dormida”. No pasé del “Cómo se viene la muerte / tan callando”. Ahí tendría que haber parado la lectura para hablar de ese encabalgamiento tan magistral y significativo, pero me detuve porque no podía contener las lágrimas. Se me escapó un “Que le den por culo, este año no se leen las Coplas de Jorge Manrique” y pasamos a otros textos más livianos que nos liberaron de la congoja.

Cuando he contado esta anécdota, algunos listos me han dicho, a lo largo de los años, que hombre, pues qué mejor momento; que vaya, pero cómo va irse una clase sin ver a Manrique; que jolín, qué pena, qué angustia, podías haber dejado que lo leyera un compañero; que bueno, pues haber continuado cuando Fer volviese a clase pasados esos días. Pero yo no me arrepiento ni un solo minuto de haber dejado que el genial Jorge Manrique se escapase esa clase, ese año, de las vidas de esos chicos de 16 años, de esos compañeros y amigos que habían asistido al anuncio de la noticia fatal para su amigo.

No es difícil imaginar que siempre he tenido un aprecio especial por Fer. Tengo que contar otras historias de Fer y de sus compañeros, hasta llegar al día, muchos años después, en el que, entre compañeros, unas chuletillas y un poco de vino, hablamos de literatura. Otra vez. Pero eso tendrá que esperar para otro momento, en otra historia.

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Desde que doy clase en la universidad, he tenido a un buen número de alumnos mayores que yo. Sin embargo, como es fácil de comprender, la distancia en edad con los alumnos de la enseñanza media era superior de forma regular, desde la distancia natural cuando comencé a dar clase respecto al grupo de alumnos veteranos (seis años) hasta los los nueve años de los alumnos que entraban en 1.º de BUP (el equivalente a 3.º de ESO). Sin embargo, llegué a dar clase a un alumno mayor que yo y a otros dos que tenían mi misma edad. Es fácil de entender que se trataba de personas con unas circunstancias vitales muy especiales. Ismael destacaba entre todos los demás, como vais a tener ocasión de comprobar.

Ismael llegó al centro de secundaria donde yo daba clase en primero de BUP, aunque no llegó a ser mi alumno hasta un año después. Accedió a la enseñanza secundaria después de haber hecho la mili y era auténticamente curioso ver a un tipo hecho y derecho, con barba de cuatro días, entre jovenzuelos de 14. Pese a la distancia de edad, Ismael no era un tipo que se aislase de sus compañeros. Llegaba al centro y, cuando se iba encontrando con algunos en la larga cuesta, se iba juntando con ellos y hablaban de sus cosas de clase. Pero, claro, también hablaba con ellos de todas sus experiencias vitales… y la de la mili era la menos extravagante de todas. Todavía tengo grabadas las caras de asombro, susto y admiración de sus compis al escuchar las experiencias de Ismael, totalmente fuera de su alcance.

Ismael era un chico auténticamente encantador. Extrovertido, sincero, de habla fácil aunque con cierto tono afectado y pijo. Como decía más arriba, yo le conocí en 2.º de BUP (4.º de ESO), cuando le di clase de Literatura y seguimos viéndonos al año siguiente en 3.º, como alumno de Filosofía (1.º de bachillerato). Pese a que académicamente no era una persona muy potente, su madurez le ayudaba a superar casi todas las asignaturas de forma relativamente cómoda. Daba gusto escucharle cuando participaba en clase, aunque era muy dado a salirse de los temas que se trataban para salirse por la tangente, aunque hay que reconocer que esa tangente era auténticamente divertida. Tenía unas opiniones muy poco convencionales y no era habitual encontrarse en un centro educativo de secundaria de provincias con personas con un horizonte vital tan extenso y pronunciado. A poco que te descuidases, una clase que empezaba con las teorías racionalistas y empiristas sobre el conocimiento podía acabar con las tendencias musicales y de la moda en Londres o en Nueva York.

Porque, en efecto, Ismael era un chico apasionado por el mundo de la música y de la moda. Vestía con un gusto muy especial y todo le quedaba bien. Sin ser empalagoso, elegía su atuendo de forma desenfadada (hoy alguien emplearía la palabra casual), pero pulcramente estudiada: combinaba, por ejemplo, un elegantísimo jersey de lana negro de cuello alto con unos pantalones vaqueros en los que sobresalía (en todos los sentidos del término) un cincurón de Moschino. En los momentos de aburrimiento, sus cuadernos se llenaban de bocetos y diseños (quería dedicarse al mundo de la moda) y estaba al tanto de las tendencias musicales más vanguardistas. Gracias a él, descubrí la música de Moby, comentábamos la evolución de los Pet Shop Boys y adorábamos el “Blue Monday” de New Order en todas sus versiones.

El año de 3.º de BUP en el que, como decía antes, yo le daba clase de Filosofía, llegó una de las anécdotas más divertidas en mi paso por la enseñanza secundaria. Llegó a la sala de profesores el profesor de Educación Física con un enfado monumental. “Joder, el Ismael de los cojones, que se ha negado a hacer Educación Física hoy”, decía. Cuando le preguntamos por qué no quería hacer Educación Física, todos nos temíamos lo peor, que era lo mejor: siempre que se trataba de Ismael, había una historia pintoresca o desternillante detrás. “Pues que tocaba hacer unos ejercicios de suelo en el gimnasio y él se ha negado. Dice que se le manchaba el chándal de Versace, manda huevos”. Aunque no dije nada en voz alta, yo entendía (no disculpaba) a Ismael y me moría de risa pensando en Ismael: el suelo de la sala siempre estaba demasiado sucio. Y el chándal inmaculadamente blanco que llevaba era maravilloso.

En los tres o cuatro años que pasaron desde que Ismael dejó el instituto, me lo encontré varias veces. Había pasado una temporada en Madrid, luego se marchó a Bilbao. Charlábamos un rato en el que lo pasábamos muy bien cuando me iba contando todas sus peripecias vitales. Desgraciadamente, luego le perdí la pista y hace muchísimo tiempo que no sé nada de él. Pero siempre que pienso en Ismael, como con la historia que os cuento hoy, me lo imagino con el chándal de Versace, impoluto, divertido y genial.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Después de una semana escribiendo de forma motivada y causada por algo mucho más poderosa que el azar, esta tarde lo hago libre, sin ninguna razón, fuera de orden y medida. Que el cuerpo me pide quimera, ensueño y desvarío.

No te preocupes por los vaivenes de las cosas, no te preocupes por lo poco preocupante. Fíjate cuando tengas los nudillos blancos de tanto presionar con el alma todas las situaciones. Atiende a esas palmas sudorosas, que frotas de manera ansiosa cuando te pierden los nervios. Observa con distancia un dolor de cabeza que no es sino el reflejo de un hueco en tu corazón. No pierdas de vista los ojos cuando centellean o cuando se resecan, los párpados cuando caen sin sueño, las lágrimas cuando se derraman sin delirio. No busques donde no hay, no te resignes y no pienses demasiado. Lanza palabras mientras puedas, sonríe mientras lo permita tu habitual tristeza (mal disimulada casi siempre). No esperes a que la mierda te llegue hasta el cuello y empiece a invadir peligrosamente la comisura de los labios. Llegará un momento en el que tu cuello no admita más prolongaciones.

Siempre que quieras pelea, aprovecha para luchar contra tus vacíos, interminables. Intenta conquistar cada hueco de su corazón. Lanza los retos al cielo como un pañuelo vaporoso que cae despacio y mecido por los elementos. No esperes a medianoche para recoger las llamas encendidas del paraíso. Permanece cerca para estrechar una mano, para comenzar una guerra contra las puertas y las paredes. Respira hondo en los intervalos, aprovecha las mesas y ten cuidado con las pinturas. Encuentra tus fantasmas en su reverso, estalla en cada tormenta y no te detengas. Utiliza tus piernas, tus brazos. Puede que las estrellas sean una luz artificial y que, en el horizonte, el muro parezca de ladrillo. Pero queda el cabello enredado, la miel y la sonrisa.

Y, sobre todo y ante todo, pierde la compostura.

(Imagen de Kai C. Schwarzer).

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Dios los cría y ellos se juntan. Ocurre con frecuencia en la enseñanza: hornadas de clases alborotadas y habladoras, secuencia de empollones demasiado serios en pocos metros cuadrados… y grupos de personas sensacionales con los que uno se encuentra auténticamente a gusto. He tenido la suerte de disfrutar en varias ocasiones de una clase en la que coincidían un grupo de alumnos con el que todo era posible.

La historia de Lucía se enmarca en una clase de ese tipo. Algunos de sus compañeros tendrán, de forma más que merecida, su propia historia. Juntos vivimos muchos grandes momentos que, cuando sean aquí reflejados, harán asaltar las dudas sobre si todo lo que cuento aquí es cierto. Ellos y yo sabemos que, aunque se traspasen todas las fronteras de la verosimilitud, las cosas ocurrieron (más o menos) así.

Pero presentemos la historia de hoy. Lucía era una chica introvertidamente extrovertida. Cualquiera que la conozca poco diría que estoy loco si la considero introvertida, pero cualquiera que haya convivido con ella sabe perfectamente a lo que me refiero. La clase en la que estaba Lucía era maravillosamente participativa. Les di clase en varios cursos y me aguantaron en clases de Filosofía y de Literatura. Amiga del chascarrillo fácil pero también de una ironía aguda, decidí asignar a Lucía siempre un papel en las lecturas de obras de teatro que hacíamos en clase.

Hago un inciso muy breve: cualquiera que dude del poder de la literatura en la enseñanza media solamente tiene que acudir a la lectura colectiva y explicada de obras dramáticas para comprobar cómo la fuerza de la ficción llega a los alumnos. Ya hablaremos de ello, si tenemos ocasión.

Decía que Lucía siempre tenía un papel en las obras que leíamos. De forma casi automática, ella sabía que le tocarían papeles que entraban en los registros de Gracita Morales. Bueno, no exactamente del registro de Gracita Morales, sino en el tipo de personajes que representaba la actriz española. Empezó, por supuesto, haciendo el papel de criada en obras de Lope o Calderón y acabó por formar parte memorable de las lecturas de Tres sombreros de copa en los que, aunque fuera primerísima hora de mañana, nos moríamos de risa. No solo hacía gracia en la interpretación de su papel, sino en los comentarios que realizaba sobre él. Lucía sabía (sabe) reírse de sí misma y todos sabemos que los que saben reírse de sí mismos se conocen mejor que todos los demás.

Lucía era la persona perfecta en el engranaje perfecto de un grupo de amigos dispuestos a disfrutar de la vida sublimando lo que significa aprender y, por lo tanto, mejorando lo que significaba enseñar. En esas clases, reflexionábamos sobre lo más bajo y sobre lo más excelso porque ellos nunca se conformaban con haber llegado al final. Siempre querían más, siempre daban una interpretación más, siempre hacían un esfuerzo generoso consigo mismos y con los otros para ser mejores.

Como es habitual, tengo que dejar muchas cosas sobre Lucía y aquellos años para otro día. Sí tengo que decir que estudió fuera de Burgos, que siguió haciendo teatro como aficionada (muchas veces, le dieron papeles para los que ella estaba predestinada). Incluso acabó con una pierna rota en extrañas circunstancias que nunca me ha sabido aclarar.

Cuando acabó la licenciatura, Lucía sintió un vacío que no sabía llenar en este país que no siempre da facilidades para explotar el talento de los que lo tienen y decidió marchar a Chicago para dar clase en un colegio. Al principio, despotricaba contra un sistema de enseñanza en el que acabó sintiéndose cómoda porque era exigente. Su experiencia en Estados Unidos le llevó a explorar el mundo y a sí misma. Al cabo de unos años, cuando el proceso de introspección finalizó, decidió regresar. Creo que Lucía, que echaba mucho de menos lo que dejó cuando se fue, también echa mucho de menos cosas de allí ahora que ha vuelto, enredada en el injustísimo juego de las interinidades.

Lucía, desde hace muchos años, ha pasado a formar parte del reducido grupo de personas a las que considero amigas. Me ha salvado mil y una veces del infierno los abstract con sus traducciones. Nos hemos tomado muchas cervezas con otros compañeros de aquella época para hablar de lo de ahora y de lo de entonces (tenemos, por cierto, una pendiente).

Yo he aprendido tantas cosas de personas como Lucía que solo puedo soñar con seguir intentando desbrozar cosas de mí y procurar entregarme (yo, que soy tan tímido, reservado y distante casi siempre) con lo poco que sé, con lo poco que soy, para que se me pegue todo lo bueno que me han dado personas como ella.

Se me olvidaba: como he dicho, Lucía volverá a aparecer en estas historias, con este o con otro nombre, pero también estará presente su hermano, que también fue alumno mí, al que también considero mi amigo. Una de las personas cuya historia merece la pena contar. Pero eso será otro día. Pero ahora, cuando en Chicago hace tanto frío, tocaba hablar de Lucía.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Vynz100.

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Durante unos poquitos años, di clase de una asignatura llamada “Introducción a los medios de información y comunicación”. Se trataba de una asignatura de las llamadas “de iniciación profesional” que se impartía en 4.º de ESO. Cualquier alumno podía escogerla, pero era obligatorio que la cursasen todos los alumnos de la denominada “Diversificación curricular” (sin enrollarme mucho —y simplificando mucho también—, diré que era un sistema diseñado por el ministerio para aquellos alumnos que se preveía que no podrían obtener el título por la vía convencional y necesitaban un programa específico de asignaturas junto con otras asignaturas que hacían con el resto de sus compañeros).

Para todo aquel que no esté familiarizado con aquel sistema y para el lector que no conoce los entresijos de la enseñanza, seguro que le viene alguna palabra demasiado fácil y simplista para denominar a ese programa de “Diversificación curricular”. La “Diversificación curricular” acogía una variedad incontable de circunstancias singulares y de particularidades personales y sociales que no se pueden juzgar si no es para equivocarse de medio a medio.

Bueno, a lo que íbamos. Decía que la asignatura de marras se llamaba “Introducción a los medios de información y comunicación”. El diseño de la asignatura acogía contenidos relacionados con los medios de comunicación, con el ámbito de la informática aplicada y con los medios audiovisuales. Como indicaba más arriba, era una asignatura escogida de forma libre por muchos alumnos y obligatoria para los alumnos de Diversificación.

A la hora de dar una asignatura como esta, uno tendría la tentación de hacer las cosas de manera facilona, pero yo me planteé justamente lo contrario. Desde luego, tenía que ser una materia esencialmente práctica en la que los contenidos se asimilasen “haciendo”. Pero eso no significo para mí, en ningún momento, plantear una asignatura de perfil bajo. Los alumnos, por ejemplo, realizaban blogs (en el momento en el que los blogs estaban empezando). Y cuando digo que realizaban me refiero a que no solo los creaban en una plataforma, sino que incluso modificaban las plantillas introduciendo código, por poner un ejemplo.

Pero el bloque en el que yo, como docente, me planteaba un auténtico reto era el dedicado al cine. Hablábamos de cine analizando las breves secuencias de los Lumière, descubriendo todos los trucos (nunca mejor dicho) de Meliès, riendo y llorando con Chaplin… Aprendíamos con ejemplos todo lo referente a planos, angulación de cámara, tipos de montaje y un largo etcétera. Mi reto era que, salvo excepciones, pudiesen descubrir el cine desde sus principios y que no se resignasen a los prejuicios que tenían sobre las películas en blanco y negro. Y he de decir que, pese a la reserva inicial, lo íbamos consiguiendo.

Además de analizar fragmentos breves, todos los años veíamos una película completa. Alguna vez tocó Hitchcock. El año que comento, vimos Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder. Era un visionado en el que nos deteníamos para analizar muchos elementos y en el que les llamaba la atención sobre algunos aspectos que no eran muy evidentes si no se atendía a los detalles. Ellos también realizaban observaciones sobre lo que veían. En el caso de esta película, más o menos hacia la mitad, fui dejando, poco a poco, disfrutar de la historia sin pararla demasiado.

Nunca me ha gustado ejercer de profesor vigilante así que yo estaba en primera fila y no podía ver sus reacciones, a excepción de algún comentario en voz alta y, por supuesto, muchas risas. En principio, muchas más de las que esperaba. A veces llegué a tener la duda de si exageraban para dar la nota. Llegamos al “Bueno, nadie es perfecto” y hubo un segundo de silencio en los que me temí lo peor. Tras ese segundo muy tenso para mí, hubo un aplauso espontáneo y prolongado. Estos alumnos, educados en un contexto en el que el cine clásico es algo raro y viejo, valoraban con reverencia y respeto lo que habían descubierto como una obra maestra. Ellos, claro, lo decían con otras palabras: “Cojonuda, tía, vaya peli”. “El tío este era un genio” (subrayo que también hacían menciones al director, a ese ser genial que no se ve, pero que ellos habían descubierto casi por primera vez).

Me levanté de la silla, me puse frente a ellos y me puse a aplaudir también con ellos. Pocas veces he sido más feliz dando clase que en ese momento.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Como ya he dicho en alguna otra ocasión —y tendré que explicar alguna vez con detenimiento—, mi primer trabajo como profesor fue como docente de Educación Física. Daba clase en 1.º, 2.º y 3º de BUP (para los que desconocen el sistema antiguo, 3.º y 4.º de la ESO y 1.º de Bachillerato).

Tengo muchas historias divertidas de esa época y, en la clase de los pipiolos de 1.º de BUP, de 14 años, algunas memorables. Hoy contaré la historia de Omar.

Omar era el típico gamberrete simpático de la clase. Siempre estaba con una sonrisa de medio lado que delataba alguna travesura en el horizonte. La liaba siempre por detrás y, si podía, también por delante. No le gustaba mucho estudiar, pero, como suele ser habitual, le apasionaba el ejercicio físico y la práctica deportiva. Imaginaos el cóctel explosivo: la llegada de un profesor sin experiencia a una clase llena de chicos revoltosos entre los que emergía —siempre— Omar.

Omar no era un rompetallas en aquella época, pero tenía mucha fuerza y agilidad y estaba cuadrado. A mí me dio por llamarle de forma cariñosa “Cachas” (ahora quizás hubiese acabado en la cárcel o a trabajos forzados por poner ese mote a un alumno). La sonrisa de medio lado de Omar aumentaba hasta un grado extático de satisfacción cuando le llamaba así. Como digo, estaba siempre presto al chiste fácil, al enredo exento de maldad. Como me tenía harto, terminé por recurrir al recurso fácil: “Chachas, hazme diez flexiones”. Tras protestas entre dientes que si yo no he hecho nada, es que me ha cogido manía, se inclinó para hacer fondos. “Joer, Omar, las has hecho perfectas. Hazme otras diez, anda”.

Y así estuvimos los días siguientes, yo como gato pendiente de todos sus movimientos dispuesto a saltar, él como ratón atlético que esquivaba y vencía con su fuerza y su agilidad toda resistencia y cualquier tipo de autoridad que no fuese razonada. La conexión entre nosotros nunca fue tensa: simplemente, nos conformábamos a desempeñar nuestros roles de forma sobreactuada y nos lo pasábamos bien.

Tengo muchas cosas que contar de Omar, que tengo que dejar para otras entradas (la cosa da para mucho, ya que no fue este el único momento en el que le di clase ni EF la asignatura en la que me aguantó). Enlazo solamente con el título de la entrada: un día, muchísimos años después, recibo un sábado en mi casa una llamada a primerísima hora de la mañana. Cojo el teléfono medio dormido y alguien me está contando que está en Villafría en una exhibición de helicópteros del ejército, que si me voy a hacerle una visita. Yo no procesaba la información hasta que, a la pregunta de pero quién cojones eres, me repite que soy Omar. Empiezo a atar cabos y me acuerdo de que había ingresado en el ejército. Dos horas después, me planto en lo que todavía era aeródromo (ahora —lo digo para los que no son de Burgos— es un intento de aeropuerto) y le veo impecable con su uniforme de faena y su boina de medio lado. La misma media sonrisa en su cara pícara. Nos damos un abrazo y me cuenta, orgulloso, que se ocupa de las telecomunicaciones en la división de helicópteros y que había pensado en mí. Yo le digo joder, cachas, qué bien te vinieron aquellas flexiones, tienes una pinta estupenda. Él me va enseñando cosas relacionadas con su trabajo, me va presentando a compañeros suyos y a alguno de sus mandos. Lo hace con orgullo, lo que dobla el afecto que siento por él (los dos éramos perfectamente conscientes de esa admiración mutua sostenida durante años). Cinco minutos después, me subo con él a un helicóptero imponente y pienso: “La de vueltas que da la vida”.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Manuel Scheikl.

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Antes de empezar con esta historia, tengo que comenzar dando las gracias a todas las personas a las que les gustan estas entradas relacionadas con los alumnos y me han animado a seguir con la serie. Y también pido perdón por el parón de tres días: me he tomado la licencia de seguir el patrón académico de descansar el fin de semana y el día de fiesta de la universidad (28 de enero, santo Tomás de Aquino).

Vayamos a la historia de hoy, que es complicada de contar. Digo que es complicada de contar porque, necesariamente, tengo que omitir más de un dato por razones obvias de privacidad. Si en todas estas entradas procedo con especial cuidado, en esta ocasión la precaución se multiplica.

Lourdes era una chica que, un fin de semana de primavera, decidió poner fin a su vida. No importan mucho los detalles (y, si importan, no los podemos dejar reflejados aquí). El caso es que solamente un reducido grupo de personas conocimos esta circunstancia y yo, que era su tutor, me encontraba entre ellas. Lourdes estudiaba COU (el actual 2.º de Bachillerato) y, a raíz de este problema, del que no salió muy perjudicada físicamente, estuvo ingresada en la planta de Psiquiatría del Divino Vallés.

Como tutor, tuve una larga conversación con la madre sobre lo que podía ser más conveniente para Lourdes. Al parecer, los médicos aconsejaban que, aunque ingresada y medicada, podía ser positivo que retomase, en cierta medida, la rutina académica. Una profesora de ciencias y yo nos íbamos acercando al hospital para ayudarla e ir poniéndole al día de lo que se hacía en clase.

El primer día que llegué a la planta de Psiquiatría reconozco que me sorprendí y asusté. El protocolo de acceso era muy rígido, sin poder acceder al área con ningún objeto punzante y teniendo que cumplir una serie de requisitos totalmente lógicos pero muy severos. La sorpresa dio lugar a la inquietud al ver la planta desde dentro. Lourdes se encontraba, en el momento en el que llegué, en una habitación compartida en la que había camas con abrazaderas para inmovilizar a algunas enfermas. Un grupo de chicas acudía con desgana a la hora de una merienda forzada, aunque también es cierto que se oía también alguna conversación más animada. No obstante, el ambiente era ciertamente opresivo para el visitante. Pero a lo que íbamos: decía que Lourdes estaba en la cama con una gran sonrisa. Era una chica de natural alegre y casi siempre estaba de buen humor. Uno no puede evitar pensar qué procesión llevaría por dentro y qué gran tensión habría entre esa sonrisa vista desde fuera y esa pena interna que atenazaba su mundo interior. Pero, sobre todo, en ese momento, se veía en Lourdes una sonrisa de agradecimiento. Naturalmente, nadie dijo ni una palabra sobre todo lo que había ocurrido: nos limitábamos a hablar con toda naturalidad de lo que quedaba por hacer en clase como si estos días Lourdes hubiese estado en cama por culpa de una gripe.

Los días pasaban y Lourdes pudo ir enfrentándose a las pruebas finales de COU desde el hospital. Nada impedía que ella fuese progresando en sus estudios (era buena estudiante) y fuese aprobando. El aprobado en COU dio paso a la gran pregunta: ¿y la Selectividad? Lourdes estaba en condiciones de aprobar la Selectividad en la convocatoria de junio, pero su situación de ingreso hospitalario en un área cerrada parecía imposibilitar que hiciese el examen en la universidad. Yo pregunté a la madre por esta circunstancia y me dijo que los médicos no ponían ninguna pega a que realizase la prueba de acceso a la universidad. La única condición es que alguien se encargase de ir a recogerla al hospital, la vigilase en todo momento y la volviese a acompañar al hospital al finalizar cada jornada. Bastaba, en suma, firmar unos papeles.

Necesariamente tengo que hacer aquí otro paréntesis en la historia. Pertenece a lo más íntimo en las historias de las familias y no voy a ser yo el que se dedique a juzgarlo. Digamos tan solo que sentí el impulso de ayudar a Lourdes y me comprometí a ser quien le sirviese de acompañante y de sombra. Era algo arriesgado, pero no se trataba, a mi juicio, de nada heroico. A fin de cuentas, como he dicho antes, yo era su tutor y era el encargado, como vocal de centro, de estar en las aulas de los exámenes junto con mis alumnos. Nada más natural que iniciar la jornada un poco antes en el hospital y finalizarla por la tarde-noche en el mismo sitio.

No es esta la ocasión para reseñar más detalles. Solamente puedo decir que todo fue como la seda, que Lourdes se adaptó muy bien a las circunstancias, que hizo todos los exámenes sin problemas y que todos cumplimos con los protocolos, tal y como nos habían pedido los médicos. Lourdes aprobó la Selectividad con una nota más que digna, por lo que teníamos muchas razones para estar contentos.

Tengo que decir que jamás recibí un agradecimiento por parte de la familia de Lourdes. Esto me entristeció al principio, porque creo que mi grado de compromiso e implicación fue grande y hubiese sido el responsable si algo hubiese salido mal. Con el tiempo, me he dado cuenta de que tampoco necesitaba ese agradecimiento. Me basta con saber que Lourdes pasó con nota ese momento de su vida. Y eso es mucho más importante que cualquier otra cosa. Me basta con acordarme, en definitiva, de su sonrisa.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Thomas Hawk.

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