— Verba Volant

Soñaba el otro día que lo mandaba todo al carajo. No era una pesadilla, sino un alimento reconfortante. Pensaba y dormía con toda la sensatez que te da ahogar la vigilia con la persistencia y la almohada, la mente libre. Soñaba que me seguía escribiendo mi novela, que avanzaba mientras mi vida iba a ninguna parte. De pronto, en un mundo que no me importa y que me obsequia con su viceversa, el miedo se convertía en calor, la angustia en liberación. Me sentía un pequeño dios capaz de transformarme cambiando unas piezas. Esa mierda de puzle que hace que todo encaje. Soñaba que estaba vivo y respiraba a pleno pulmón (desaparecía esa angustia recurrente de despertarme en medio de la noche sintiendo que me falta el aire). Que podía decidir y priorizar siguiendo las reglas del azar y del capricho.

El futuro no era previsión sino improvisación. La fantasía no era obligación, sino sorpresa. En un plano detalle, me vino la imagen de estar pelando una mandarina, introducir el dedo pulgar en la cáscara, ir avanzando con precisión quirúrgica y, cuando estaba ya la fruta preparada, lanzarla al océano con todas mis fuerzas. Imaginar y pensar en el olor.

Notaba el calor de lo que está cercano y no soy yo, de una sonrisa con miles de colores. Los días pasados son momentos grises que adornamos con colores. Y solo nos queda el futuro para escoger con delicadeza un morado, un color llamativo, un amarillo limón (mejor terapia que el verde lima para los que padecemos acromatopsia). El futuro sería tan bonito que (quizás) dejaría de comprarme de forma recurrente la misma camisa azul una y otra vez. Y el sueño derivaba en escoger escalas de colores, escalas musicales. Y escalas para subir al tejado y contemplar una noche llena de amaneceres.

(Imagen de William Newman).

 

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Todos los conocemos. Los tenemos muy cerca… y los que más fastidian son los que te encuentras en el trabajo.

Cuando se suma, los sumandos, son (somos), al menos dos. Y todo lo que obtenemos todos siempre es un número mayor que nosotros mismos. Pero ya puedes ser como seas, ya puedes pretender ser positivo, que a la mínima de cambio te encuentras a un sustraendo. Y ya puedes intentarlo todo. Con un sustraendo, dejas de ser un sumando para convertirte en minuendo sin ser arte ni parte. Y jode. Porque el sustraendo no es lo que quiere ser (cada uno que sea lo que le plazca), sino que afecta directa y seriamente a los demás. Con un sustraendo, se acabó la ganancia. Todo lo que obtenemos todos será menor de lo que teníamos. Ya es desgracia.

Es cierto: todos alguna vez hemos restado. No es disculpa, aunque –a veces– pueda ser disculpable. Pero el problema es el de los que son sustraendos no por convicción, sino diría que por devoción. ¿Que alguien dice una cosa razonable? Pues él dice la contraria. ¿Que alguien tiene una idea? Pues él la matiza, le da la vuelta y la cambia. Si el mundo fuera una ontología hegeliana de tesis y antítesis de la que se obtienen síntesis, no podríamos decir nada. Pero hay algunos seres que siempre restan y nunca aportan. Todo lo que está a su alrededor se desmorona y se destruye, pero a ellos parece que no les incumbe. Les gusta mucho más gustarse en su protesta que desagradarse cuando descubren que nunca obtienen nada positivo.

Lo malo de todo esto es que los sustraendos siempre siempre se creen los reyes del mambo… pero nunca nunca cantan canciones de amor.

(Imagen de Jenny Downing).

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Subway

Estás ahí, mirando hacia atrás. Y el tiempo pasa a toda velocidad por tu ventana. Intentas ralentizarlo. Mojarlo como las galletas en la leche, siempre de dos en dos, para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes. El tiempo, sin embargo, va demasiado rápido.

¿Te acuerdas cuando nos dijeron que lo nuestro había surgido demasiado rápido y que, inevitablemente, sería efímero? Miro ahora por la ventana para ver esa cara y esa sonrisa. Intento congelar esa imagen para que no se contagie con la tristeza que te angustia desde hace días (quizás semanas, quizás más tiempo aún). Miras el tiempo pasar a toda velocidad por tu ventana e intentas atraparlo. Porque todo pasa demasiado rápido. Y, si te detienes a pensarlo, se desgaja. Y no quieres perder ni un segundo de un tiempo que se consume a toda velocidad. Por eso, merece detenerse, mojar las galletas en leche. Como siempre, de dos en dos. Para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes.

(Canción prosificada, traducida, modificada a voluntad y añadiendo lo que me viene en gana de “Fast” de Luke, con imagen de Hernán Piñera).

 

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Estar desaparecido sin contener la respiración sino por haber adquirido la extraña y casi inhumana posibilidad de respirar debajo del agua. Andar de puntillas y con las zapatillas de andar por casa. Alejarse de los fastos (y de los nefastos). Brincar, como Gerardo Diego, “hasta el confín de un nuevo panorama”. Proponerse un retiro muy a lo fray Luis en el que no abunden los testigos, mediadores y mediáticos.

Ignorarlo casi todo de casi todos. Pasar por encima. Leer en diagonal. Escarbar lo mínimo y, por lo tanto, oler poco. Contemplar las burbujas extremas del ahogado, los carrillos hinchados del que está a punto de explotar, los cuerpos inanes flotando a la deriva de sus derivas. Permanecer en un estado de gozo nada extático, sin identificarse con el marinero al que se le enredan las redes ni con el capitán que maneja sin prudencia una barca demasiado grande.

Perderme por los vericuetos, los detalles sin importancia. Y no mirar al sol si no es a través del reflejo de unos ojos que nunca son los míos.

(Imagen de Pulpolux).

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Cada uno es como es. Empiezo esta entrada con un topicazo de carácter universal. Esto nos incluye a cada uno de nosotros, con cosas buenas y malas. Y aquí entramos en otro tópico. Y seguimos con otro, como el ese “Nadie es perfecto”. Podríamos seguir así hasta un demasiado extenso, inabarcable, infinito. Creo que me explico y, sobre todo, creo que me entendéis.

La cosa trata hoy sobre esto, pero distinto. Se trata de personas a las que se ajusta la quinta acepción del DLE. Y no tanto por lo que tienen ellos, en sí, sino por lo que tienen con nosotros. Para mí, un zoquete es alguien que tarda en comprenderme y, a la vez, alguien con el que yo no me comprendo… ni me entiendo. No hablo de personas buenas o malas. Y tampoco de personas con las que “no me comprendo” (ni viceversa). Simplemente, son personas muy ajenas a mi modo de ver las cosas y a mis intereses y que, de manera recíproca, les ocurre –casi con total seguridad– lo mismo para la inversa.

Con un zoquete es difícil sacar adelante un proyecto común. Casi cualquier cosa que hagas, digas o pienses será muy diferente al modelo ideal y esperado que tengan ellos en mente. De entre todos, lo que menos puedo aguantar es un zoquete con falta de educación. Conozco a malas personas, sinvergüenzas, hijosdelagrán (también por supuesto, a buenas y buenísimas personas, pero la cosa hoy no va de ellos). A personas con las que, por la razón que sea, he dejado de entenderme o de llevarme bien. Lo asumo y lo sobrellevo o lo llevo, aunque sea mal. El mundo no es perfecto. Ni mucho menos espero tampoco que esté hecho a mi imagen y semejanza. Pero no soporto la mala educación. Ni las maneras rudas.

Así que hoy, como no puedo más, os quería hablar de mi concepción, probablemente errónea y tergiversada, de lo que es un zoquete.

Y como la red está llena de susceptibles, puedo jurar que, si estáis leyendo esta entrada, no os tenéis que dar por aludidos. En este blog son bienvenidos todos, amigos y enemigos, cercanos y distantes. Todos, menos los zoquetes.

(La imagen procede de mi galería de Flickr)

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Puede ser que hayamos encontrado ese plato perfecto y suculento que saque lo mejor de nosotros mismos. Puede ser porque leemos y releemos siempre la carta y lo mejor lo encontramos en las posdatas. Puede ser porque nos intentemos refugiar en el fin del mundo cuando tenemos la felicidad a la vuelta de la esquina. Puede ser porque la profundidad de los océanos no cese de ahondar en todos los misterios. Puede ser porque jugar es un modo muy serio de tomarse la vida en el mejor de sus sentidos. Puede ser porque busquemos siempre en el mapa del tesoro y no nos demos cuenta de que la clave única y esencial está en la brújula. Puede ser porque el mundo es una jungla de la que nos protegemos entre caricias. Puede ser porque tú aportes la música y yo intente ponerle palabras a nuestra canción. Puede ser.

(Imagen de Rusho Raman).

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Estamos rodeados del mierda. Hasta el cuello y subiendo peligrosamente, en avance lento pero implacable, hacia la comisura de los labios.

Estamos rodeados de mierda por todas partes y en todos los sentidos. Por donde quiera que uno mire, se acerca una avalancha de mierda dispuesta a inquietarnos. Como esas mareas crecientes que ocurren cuando uno pasea por la playa: caminamos confiados, pero, a veces, el mar puede más que nosotros y la ola, inexorablemente, se acerca para derribarnos.

Miramos hacia abajo y vemos mierda. Hacia arriba, cae mierda de las galerías celestiales. Mierda a diestro y siniestro, para dar y regalar. En ocasiones, hay tanta mierda que daría para repartir con gusto, en un alarde de bondad exquisita y armonía universal. Estamos tan rodeados de mierda que podríamos pensar que la hierba es marrón y marrones los cielos, marrón el aliento de la vida. Pero no.

A día de hoy, me consuela que la piel no sea tan permeable como para que la inmundicia penetre y llegue a los órganos vitales. Y el entrenamiento pertinaz nos enseña a cerrar bien la boca, a contener la respiración lo suficiente para que lleguen momentos espléndidos en los que podamos respirar a pulmón abierto. El azul del cielo gana al marrón por goleada y el color avellana de nuestras miradas es mucho más que un modo de ver: es una manera de estar en un mundo compartido, pero único. Intransferible. El olor fresco y dulce de una vida desgajada en momentos vale más  que toda la porquería rociada por el mundo. Y cuando parece que todo será un desagüe que desembocará en un río que desembocará en un mar, el tiempo se congela en cristales perfectos e infinitos. Y su reflejo vale más que un todo que, como sabe quien sabe, es mucho menos que la suma de las partes.

(Imagen de Brandon Warren).

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La ausencia del español en la web de la Casa Blanca con la toma de posesión de Donald Trump encendió todas las alarmas. Se temía que fuera un síntoma de la inquina que tiene al ya presidente a los latinos, pero parece –ojalá– que es solo algo provisional a la espera de los ajustes pertienentes.

No obstante, es más que pertinente preguntarse por el futuro del español en EE. UU. Aunque estoy escribiendo algo más largo y técnico sobre este asunto, dejo aquí algunos datos y reflexiones sobre la política lingüística del español.

El número de hispanohablantes en Estados Unidos no deja de crecer. Datos extraídos de estudios de 2014 estiman que hay 53,3 millones de hablantes de español, que podrían acercarse a 62 millones si tenemos en cuenta los inmigrantes indocumentados de origen hispano. Esto convierte a Estados Unidos en el segundo país en número de hablantes, precedido por México y seguido por Colombia, España y Argentina.

Según análisis recientes, parece que se está produciendo un refuerzo del español en Estados Unidos, y no solo en las capas sociales más bajas. Contamos con grupos bilingües con estudios superiores, que se preocupan por un dominio cualificado del español. Por el otro lado, los inmigrantes recién llegados aportan una vitalidad renovada dentro de la comunidad hispana y un incremento de la demanda del español como lengua extranjera para comunicarse con ellos en el ámbito laboral. A todo ello se añaden los programas escolares para ayudar a los hijos de estos inmigrantes.

Si en generaciones pasadas los inmigrantes parece que querían borrar del mapa el español como muestra de inclusión radical en la cultura norteamericana, ahora existe un orgullo cultural del español como marca de identidad que motiva que la mayor parte de los hispanos quieran mantener viva la lengua entre sus hijos.

No olvidemos que el español en Estados Unidos no fue, por propia esencia, una lengua extranjera: así lo demuestra la historia de muchos estados y queda registrada en los nombres de pueblos, ciudades, ríos y montañas. Además, el español es lengua materna para el 12 % de los estadounidenses. Y crece por encima de cualquier otra como lengua extranjera. Una de las razones fundamentales es la de establecer comunicación con muchos hispanos que no hablan inglés. Cierto es que este tipo de enseñanza deriva en una instrucción rápida en español básico con vistas a la comunicación en el ámbito laboral, legal o institucional.

Hoy en día, tres cuartas partes de todos los hispanos mayores de cinco años hablan español. Sin embargo, también es posible que esta proporción de hablantes de español descienda, porque también es cierto que cada vez es más frecuente el uso del inglés para leer las noticias, ver la televisión, etc. Pero el hecho es que, como hemos dicho más arriba, que casi la totalidad de los hispanos, incluso los nacidos en Estados Unidos, piensa que es importante que las generaciones futuras hablen español.

¿Qué se puede hacer para que el español siga en ese estado de pujanza en el país norteamericano? Si todo funcionaba como hasta hoy, nada. Al margen de pequeñas iniciativas, no existía una política lingüística estructurada para la conservación y/o el desarrollo del español. El estado no va a hacer ninguna concesión que no provenga de intereses económicos y políticos (siempre ha sido así). Por otro lado, en un país en el que no existe una lengua oficial, el español y el inglés no se han enfrentado, sino que han convivido sin excesivos problemas. La población hispana es demasiado grande como para ignorarla. Así lo demuestran los acercamientos en español de los políticos norteamericanos para acercarse a la población latina.

También es cierto que ha existido un recelo frente a lo hispano en algunos de los políticos más conservadores. Y ahí es donde estamos ahora, con un presidente predeciblemente impredicible, que puede cortar esos lazos de convivencia y querer solo un país para (norte)americanos.

La imagen es de Thomas Hawk.

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