— Verba Volant

Como creo haber comentado ya en esta serie, queun año (hace muchos ya) un compañero de instituto y yo fuimos de excursión a París con un grupo de alumnos de 2.º de bachillerato. Fue un viaje fantástico, que nació en los dulces momentos en los que se podía viajar a la ciudad francesa desde Burgos en un tren directo nocturno. Te metías en la cama y despertabas en París. También eran los dulces momentos en los que la estación de trenes de mi ciudad estaba en el centro de la ciudad y no en el quinto pino. Ahora los viajes en tren en Burgos, desgraciadamente, se han reducido a la mínima expresión. Cuesta llegar a esa nueva estación, ultramoderna y ultravacía, que ya no es lugar de tránsito hacia un sueño sino lugar de éxodo o de huida.

He visitado tantas veces París que ya me es difícil contar las ocasiones en las que he podido disfrutar de la que fue durante muchos años mi ciudad preferida, sin lugar a dudas (y que ahora tiene, quizás, una competidora de necesaria consideración). Si exceptuamos el maravilloso verano en el que estuve allí recogiendo datos e investigando para la tesis doctoral, siempre he visitado la ciudad con gente nueva. Esto tiene un lado de negativo, el de tener que girar casi siempre sobre los mismos lugares, siempre inexcusables, siempre imprescindibles, pero tiene un ángulo maravilloso: he colaborado también a que muchos ojos nuevos descubriesen esta ciudad.

Con este grupo de alumnos, concebimos el viaje como una oportunidad para aprender, pero también para ganar en autonomía personal. Había alumnos que no se habían desenvuelto nunca por sí mismos en una ciudad grande, y menos en el extranjero, así que todos los días comenzábamos con la misma rutina. Quedábamos en el vestíbulo del hotel y explicábamos brevemente el plan de la jornada. Acto seguido, pasaba a dos personas la guía (esa que un imbécil extravió), cogíamos el plano, les daba algunas explicaciones y les pedía que nos llevasen en metro al lugar desde el que iniciaríamos nuestro recorrido. Todos los días trazábamos un camino que pudiésemos realizar andando, que es la mejor forma de disfrutar de una ciudad. Y esas dos personas nos conducían hasta la estación de metro, nos señalaban las bifurcaciones y los transbordos hasta llegar a nuestro destino.

Ese día, tocaba Nôtre Dame. Nunca he llevado a nadie a conocer la catedral de París para que la contemple desde la explanada en la que se ven de frente las torres. Creo que fue un error urbanístico abrir ese espacio tan grande, que priva al monumento gótico de su necesaria verticalidad. Por eso, ese día, como siempre, bajamos del metro en una estación en la que se llega a Nôtre Dame por un lateral. Y siempre me callo el descubrimiento hasta que el visitante nuevo, que no sabe que la tiene justo al lado, alza la vista y contempla la maravilla. No ven la catedral, sino que la descubren.

Esta ocasión la visita a la catedral era diferente. Como se trataba de un grupo numeroso, madrugamos para poder subir a las torres pronto y no esperar mucho en las largas colas de ascenso al paraíso. Al poco tiempo, se presentó un inconveniente. Esmeralda, una de las alumnas, decía que no subía. «Que no, que no subo allí arriba, que tengo vértigo. Que me dan miedo las alturas. Que no subo». Esmeralda era una chica extraordinaria, siempre con una sonrisa amable en la boca, llena de dulzura. Pero el terror a las alturas la ofuscaba. Estuvimos un buen rato parados fuera de la cola intentando aportar razones, pero hay poco que hacer cuando las razones se chocan con un miedo visceral.

En mi fuero interno, contemplé seriamente la posibilidad de quedarme con ella dando una vuelta por las horizontalidades mientras sus compañeros disfrutaban de las verticalidades, pero una de sus amigas se acercó a Esmeralda, apretó su mano y dijo: «¿Confías en nosotras? Cierra los ojos mientras subimos las escaleras». Esmeralda, tras pensárselo una y dos y tres veces, aceptó de forma tímida y timorata. Escoltada por sus dos compañeras a las que estrechaba las manos con nerviosismo extremo, fue ascendiendo por las escaleras. Yo iba detrás. El camino fue largo, con muchas paradas en escalones que hicieron de campo base en ese ascenso. Esmeralda lloraba y sonreía nerviosa, pero avanzaba gracias a las palabras de ánimo de sus amigas. Cada tropiezo era un centímetro ganado al miedo.

Llegamos al último tramo de la escalera, la llevamos hacia el lugar perfecto. Esmeralda todavía estaba alterada, pero se empezó a calmar. Su amiga Florence le dijo: «Ahora abre los ojos». Y así fue como Esmeralda, gracias a sus amigas, estuvo, por primera vez, más cerca del cielo, con París a sus pies.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

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Tengo tantas cosas que escribir… Empezaría por la impresión que me ha causado la versión que ha realizado Pablo Auladell en cómic de El paraíso perdido de Milton. He paladeado cada viñeta, disfrutado con cada dibujo y con cada sombra.

Durante estas últimas semanas, de forma casual, muchas de los libros que he leído, muchas de las películas y series que he visto trataban, de algún modo, sobre la muerte. Y sobre la memoria. Y sobre el recuerdo. Escribo hoy precisamente de esto, un día doloroso con una muerte acaecida hace 41 años. De algún modo, marcó mi vida.

Acabé ayer Ordesa, de Manuel Vilas, que habla, claro, de la muerte y del recuerdo. De lo que perdura y de lo que fallece. De lo que es polvo y se convierte en polvo y de lo que no era polvo y en polvo lo convertimos. Me siento identificado en muchas cosas con Vilas, con su forma de ir y de volver sobre lo mismo, que es lo distinto. Con el hondo sufrimiento de vivir y el dolor como «intensificación de la conciencia». Y, como Vilas, noto cómo se fue hundiendo la vida con la muerte de mis seres queridos. Sobre todo con esa muerte tan temprana, tan poco prevista, tan injusta. Cuando yo tenía solo 12 años y tendría que haber sido feliz. Pero, desde entones, he contemplado la vida con cierta distancia, como si ella y yo tuviésemos una relación tortuosa porque yo no me fiase mucho de ella. El personaje de Ordesa no acude nunca a los entierros. Yo los evito siempre que puedo. Me aterra pensar el día en que vi levantar un ataúd con unos esquís cruzados encima. Me da un miedo aterrador el silencio y siento todavía un aluvión también de voces acechantes. Qué te pasa. Por qué gritas. Por qué no duermes. Por qué no reaccionas. Tú, que tenías toda la vida de alegrías. Quizás no vuelva a ir nunca más a un entierro. Sabedlo.

Estos días he estado mirando fotos. Algunas no las había visto hasta hace poco, aunque sean antiguas. Y contemplo vidas que ya no lo son. En blanco y negro. Un tenebroso blanco y negro que no me devuelve más que momentos que yo no viví o momentos en los que viví, cuando ahora estoy perdido, perdido como siempre estuve. El blanco y negro. Hace un par de semanas, pude revisitar De repente, el último verano. Una película de Joseph Leo Mankiewicz. Casi nada, Mankiewicz: Carta a tres esposas, Eva al desnudo, Operación Cicerón, La condesa descalza, la huella… Creo que solamente había visto una vez De repente, el último verano. Yo, que soy de ver y ver y ver una y otra vez las películas, solamente la había visto una vez. Y, desde luego, no la había asimilado. Veo las escenas iniciales y me fijo en los fondos de jardín salvaje, cómo luego llevan los fondos de una librería ordenada. Y no hago más que fijarme en las figuras y en los fondos. Qué película, dios. Todas las pasiones soterradas se nos revelan, se nos rebelan. Qué magníficos los actores, Katharine, Elizabeth, Montgomery. Almas atormentadas, cada una a su manera. Qué pensaría Montgomery, qué ideas se le pasearían por la cabeza.

Además de Munro, además de otros relatos, he vuelto a Góngora por una extraña circunstancia que solo puede saber Óscar Esquivias, a él se la confesé el otro día en Twitter. Fue una casualidad. Voy leyendo a trompicones y me encuentro con el verso: «breve flor, hierba humilde, tierra poca» Cómo me gusta, madre mía. Releo pasajes del Polifemo y me siento en mi salsa, cuando comienzo a adentrarme en la caverna del monstruo, ese lugar que es la antítesis del lugar ameno. Y también he leído El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández. Otra vez esa autoficción que me agrada tanto, que ahora parece tendencia narrativa. De alguna manera, siempre ha sido. Tendencia. Otra novela sobre muertes y recuerdo. Y, como él, me pregunto qué derechos tenemos sobre los demás, sobre la memoria de la familia. En qué medida soy egoísta porque sufro por alguien que no soy yo. Y que recuerdo todavía con dolor un 2 de abril, cuando él ya no recuerda ni siente dolor ni sabe ya nada de nada. Él, que me enseñó a construir castillos, a hacer circuitos eléctricos con el Electro-L, a hacer magníficos aviones de papel. 19 años y toda una vida que no lo es. Ya. Entonces, como en la novela, «Sientes que todo empieza a acabar».

Pero no todo va a ser malo. La memoria me trajo ayer el recuerdo de la serie McMillan y esposa. La veía cuando era pequeño, antes de cualquier atisbo de tragedia (aunque, desde los seis años, viví tragedias en dosis prolongadas e intensas. Se me han quedado en el alma). Una serie de policías, protagonizada por Rock y Susan, que eran Stewart y Sally. Los McMillan. Ellos salvaban mi infancia con historias tontas. No recuerdo ahora casi nada. Solamente que eran historias tontas, con ambientes elegantes. En el que la gente, todavía, sabía resolver los misterios.

La imagen pertenece a un fotograma de De repente, el último verano.


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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Tengo algunos temas pendientes por tratar en este blog. Proceden de mis lecturas recientes, de reflexiones compartidas sobre la memoria y el recuerdo, de mi descubrimiento de la novela gráfica. Algunas canciones, un cuadro.

Pero escribo estas líneas para decir que me voy a tirar a la piscina. He comentado alguna vez que la natación es una de mis pasiones. Sin haber nadado de pequeño, habiendo aprendido solo y de mala manera y sin una sola clase, llegué hace años a un club de natación donde he mejorado mucho. Gracias a unos entrenadores excelentes, a unos compañeros inmejorables que siempre te animan, y también, por qué no decirlo, a mi fuerza de voluntad, he ido haciendo progresos. Y he ido cumpliendo sueños: mi primera competición, mis primeros 100 metros estilos, mis primeros 50 mariposa… mi nefasto y reciente 200 libres. He nadado cuatro veces una travesía de casi 3000 metros entre Guetaria y Zarauz.

Desde hace unas cuantas semanas, me preparaba para competir en un trofeo de fondo preparatorio para el campeonato de España. La ilusión de las ilusiones, la emoción más emocionante es para mí nadar en una competición los 1500 libres. Lo expliqué hace tiempo y no voy a repetirlo más que de forma resumida: cuando era adolescente, me quedé pegado a la televisión viendo al gran nadador, entonces soviético, Vladimir Salnikov pulverizando récords. Estaba en una fiesta en casa de un amigo y dejé la música y la juerga por disfrutar en la televisión del salón de este magnífico espectáculo. Durante mis largos devaneos en la piscina, siempre soñaba con Salnikov y pensaba, claro, que nunca podría llegar a lanzarme a una piscina para nadar los 1500.

Se puso a la vista el Campeonato de España de fondo de natación máster y me pregunté a mí mismo: «¿Y si lo intento?». Pregunté a algunos compañeros que me animaron: «Claro, ¿por qué no lo vas a intentar». Me puse en las manos de una de mis compañeras y entrenadoras, que me delineó el plan de entrenamiento perfecto para el torneo preparatorio. Y complementé toda mi actividad física incrementándola con los entrenamientos en la piscina. Todo iba bien, hasta que mi cabeza se bloqueó. Me empecé a obsesionar, me entró el miedo, llegaron los desvelos y muchas horas en blanco por la noche, un ataque de ansiedad a la mañana siguiente. Y dije que lo dejaba, que me plantaba. Por primera vez en mi vida, iba a abandonar un objetivo deportivo antes de intentarlo. Pero estaba metiéndome demasiada presión e iba a explotar.

Escribí a dos de mis compañeros y se lo dije. Me mandaron sendos mensajes que me emocionaron. Pusieron las cosas en su sitio, en el contexto adecuado. Rebatían todos mis miedos y mis sentimientos negativos con palabras de ánimo y diciéndome, sencillamente, que disfrutase, que no pensase en una marca concreta. Que me tirase a la piscina por el mero placer de nadar.

Y, gracias a ellos, he decidido que me voy a tirar a la piscina. Y, en efecto, voy a intentar este reto con el objetivo más ambicioso: disfrutar haciéndolo lo mejor posible. Me subiré al poyete y, cuando escuche la señal sonora, me lanzaré al agua. Os puedo asegurar que, desde el principio y en cada uno de los 60 largos, me acordaré de de Vladimir Salnikov. Seremos hermanos gemelos con décadas de distancia, él en una piscina de 50 metros y yo en una piscina de 25. Y no sonreiré porque se me llenaría la boca de agua.

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La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

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Recuerdo la primera vez que entré en la clase de segundo de BUP que mis compañeros calificaban de maldita. «Son unos cabrones», decía uno de mis compañeros. «Te hacen la vida imposible, no hay quien los soporte», decía otra profesora. «Van a mala leche. Joder, qué pesados», decía el de más allá.

A mí lo que me ocurrió cuando entré en esa clase por primera vez es que me invadió la luz que entraba por sus ventanas. No sé explicarlo muy bien, pero otras clases, además de ser algo más oscuras, tenían una luz más amarillenta y mortecina, pese a todas las luces fluorescentes del techo de sus universos. Esta no, era una luz que irradiaba luz y nada más. Nada la filtraba, nada la absorbía. Nunca había dado clase en esa aula hasta entonces.

Ahora cada cual pensará: «Ya está aquí está el enrollado. Sus compañeros dicen que esta clase está llena de ángulos y dificultades y él está contento». Sí y no. Es que, de verdad, cuando entré, tuve unos segundos en los que no fijé en los alumnos, lo reconozco. Entré por la puerta, fui avanzando hacia la mesa del profesor, dejé los bártulos encima, me di la vuelta y sentí esa luz tan especial. Tan espacial. Luego los vi, claro. Aunque tengo dificultades para mirarlos en su conjunto ahora. De hecho, solo recuerdo cuatro caras. Muy reconocibles, eso sí.

En las semanas que llevo escribiendo estas historias de alumnos la casualidad ha hecho que me haya encontrado dos veces a Mauricio. Para mis compañeros desesperados, Mauricio era el estandarte de todas las rebeliones. Al que tildaban de gamberro y diletante por naturaleza, no era más que un adolescente con un fondo generoso. Le gustaba dejarse ver y hacerse oír, eso sí. La última vez coincidimos en los vestuarios de una piscina municipal. Charlamos un ratito. Tiene un hablar profundo y pausado, es una persona encantadora.

Luego estaba Garcés. A ese sí que algunos profesores le tenían miedo de verdad. Era delgadito y, si hiciésemos caso de esas clasificaciones aquellas de los biotipos, correspondía claramente al ectomorfo. «Es un insolente» decía una». «Ya puedes tener cuidado con él», decía otro. «Y mira que es listo. Todo lo que tiene de listo lo tiene de cabrón», decía aquel. Lo cierto es que Garcés necesita de una entrada exclusiva. Era un chico guapete, que tardó unas semanas en cambiar la forma de mirar, de mirarme. Empezaba mirando de través, algo que siempre he considerado inquietante y peligroso, pero hablé con él varias veces en privado y tengo que contar parte de la última conversación que mantuvimos. Lo dejo para otro día.

Y, a mi derecha, se encontraba Elisa. Suelo destacar en los alumnos la sonrisa, pero no era lo primero que llamaba la atención en ella. De hecho, Elisa tenía una sonrisa franca y ponderada. No necesitaba elevar mucho la comisura de los labios para esbozar lo que sentía. Pero no era la sonrisa lo que sobresalía. Lo que destacaba en Elisa eran sus ojos. Eran unos ojos preciosos, profundos. Era una mirada que transmitía tranquilidad y serenidad. Solo muy al fondo se adivinaba un esbozo de las inquietudes que jugaban en su cabeza.

Sin embargo, esta descripción de Elisa no pude completarla hasta semanas más tarde, cuando le tocó hacer el papel de Celestina durante la lectura de varios fragmentos de la obra. Lo primero que me llamó la atención fue una voz preciosa, llena de modulaciones y matices. Después, llegó la interpretación. Cuando las lecturas en voz alta en clase de Literatura solían ser más bien timoratas (me costaba dios y ayuda que se desatasen), Elisa se marcó una interpretación magistral. No era impostura ni afectación ni chulería. La lectura perfecta le salía directamente de las entrañas. Yo no recuerdo lo que dije, pero sí lo que sentí: la admiración manifiesta de alguien que tiene un futuro seguro como actriz.

Obviamente, salió el tema de su vocación. No recuerdo si fue ese día u otro o el siguiente. Ella me dijo que quería ingresar en la escuela de teatro, pero que sus padres preferían que se centrase en los estudios. Elisa era una estudiante magnífica y estoy totalmente seguro de que hubiese podido compaginar a las mil maravillas todo lo que se le pusiera por delante. No sé cómo lo vio ella y cómo lo contempla ahora desde la distancia, pero creo que se sintió mutilada en uno de sus mayores talentos.

En los años siguientes, no tuve contacto directo con Elisa. No recuerdo si inicialmente iba a estudiar Enfermería, pero creo que se marchó a estudiar a Madrid algo relacionado con las Ciencias de la Salud. Biología, creo.

Bastantes años más tarde, viendo en la tele un programa dedicado a españoles que viven en Copenhague, veo que dedican unos minutos a una cafetería-librería preciosa dedicada a la literatura hispánica. Y veo a Elisa, es la encargada (o la propietaria, no recuerdo) del local. Tiene el pelo más corto, sigue con esa sonrisa apenas esbozada y enigmática. Y esos ojos que traspasan la pantalla. Anduve trasteando por internet para encontrar el contacto de correo electrónico de la librería. Todavía conservo el correo que le mandé y su respuesta. Una beca Erasmus la llevó hacia el norte y todas sus inquietudes por las letras tuvieron allí su desarrollo. Allí se quedó y allí vive. Veo que la librería, el contacto y la difusión por la literatura y la cultura en español le devuelven esa pasión por la palabra. Y contemplo con mucha alegría esos giros perfectos que, a veces la biología devuelve en forma de rizomas. Porque Elisa era mirada y letra y palabra.

Veo ahora una foto de la librería en Copenhague y contemplo la misma luz, aquella con la que me olvidé de todo la primera vez que entré en esa clase.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen está sacada de aquí.

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Tenía ganas de contar ya la historia de Antonio. Rondaba por mi cabeza desde hace semanas y había hecho referencia a ella en un par de ocasiones. Ayer me encontré a Florence, una chica cuya historia tenía ya esbozada en la cabeza, pero me he levantado y he pensado: hoy le toca a él, contar su historia. Digo Antonio porque ya no respeto siempre el anonimato de las iniciales y porque su nombre empieza por una de las últimas letras de alfabeto y no he encontrado un sustituto posible. También porque él se reconocerá en ese nombre, estoy seguro. Porque también es el suyo.

En contra de lo que sostenía en una entrada anterior, en la que afirmaba que solamente cuento lo que he visto, lo que he vivido, el título de la entrada corresponde a algo que él me ha contado y con el que creo que pasamos el último rato de risas. Hacía tiempo que no nos veíamos y me lo encontré por El Espolón. Yo iba recién despierto, él estirando la madrugada. Creo que me dijo que había estado durmiendo por ahí. Tratándose de Antonio, «por ahí» hubiese podido tratarse de la casa de amigos o de desconocidos. O de un parque. O del séptimo cielo, qué se yo. Porque Antonio es una novela en sí mismo. Dentro de todos los alumnos que he tenido, quizás sea el que menos se ajuste, punto por punto, a todo tipo de convenciones. Espíritu libre que hace lo que quiere y no lo que le dejan.

Podría parecer, por lo dicho, que Antonio es un impresentable. Y, de hecho, lo es. Es al único impresentable que presentaría en sociedad para afirmar su impresentabilidad y, a la vez, para negarla de manera rotunda. Lo que quiero decir es que Antonio es asertivamente contradictorio, contradictoriamente asertivo. Optimista con pozos de amargura, triste y convulso en sus momentos de plenitud.

Decía que me encontré a Antonio y hablamos para ponernos un poco al corriente de todo. Entonces, él me contó la historia de la piscina. En una de sus innumerables salidas al arbitrio de la noche, sus amigos y él acabaron en las piscinas municipales de El Plantío. Menos mal que era verano. Saltaron la valla, se despojaron una a una de todas sus prendas y decidieron sumergirse en el agua en un acto de libertad absoluta. Todo fue bien hasta que dejó de ir. Algún vecino de la zona debió de llamar a la policía, que se presentó al recinto (qué bien hubiese quedado decir que se personó). Y puede que los amigos de Antonio fueran más rápidos que él, puede que Antonio se atrancase en un intento de recibir a la ley, al menos, en calzoncillos. Pero le pillaron. Me imagino la conversación, la denuncia y todos sus pormenores, tal y como me los está contando Antonio, y no puedo parar de reír.

Antonio forma parte de uno de los núcleos más sólidos, de los vínculos más fuertes que, después de muchos años, he tenido con un grupo de alumnos. Como he dicho ya alguna vez, hay años en los que te encuentras con unos cuantos alumnos que funcionan de manera maravillosa, que son una unidad en sí mismos y un todo que se engrana de manera perfecta como conjunto. La clase, en esos momentos, se convertía en un momento de eucaristía del conocimiento, de las emociones y de un aprovechamiento intelectual y personal. Creo que esto les ocurrió, en efecto, a ellos, pero también a mí. Tengo que contar la historia de cada uno de ellos. Por separado, eran maravillosos. Juntos, invencibles.

La clase era un momento para soñar y para especular, para discutir y para desarrollar interpretaciones. Sobre los textos, sobre los filósofos, sobre los escritores. A las poesías se les sacaba toda la sustancia, a las novelas todos sus entresijos, a las obras de teatro todas sus tensiones. Cada texto era un descubrimiento, un pozo de petróleo del que estábamos seguros de que podríamos extraer barriles y barriles. Hablaré de ellos, de su inteligencia y de su integridad como personas, de su fidelidad a ellos mismos y su comunicación conmigo. Antonio siempre era el más desbocado, el más extremo. Su pensamiento, simplemente, no era como el de los demás. Su personalidad tampoco. Lo mismo decía una chorrada como la copa de un pino como acertaba con un pensamiento afilado, lleno de ramificaciones. Lo mismo era zafio y ramplón que escribía una maravilla cargada de poesía.

De hecho, ahora, de vez en cuando, escribe unos textos magníficos, dignos de una lectura detenida y cariñosa. Para disfrutar de las palabras. Porque Antonio, frente a lo que pueda parecer, es una persona que se desnuda en sus acciones, pero a la que se le descubre por su forma de expresarse, en toda su comicidad y su tragedia.

Antonio era el tipo de alumno que te podía encantar o te podía desesperar. Siempre excesivo, te hundía una clase en el barro o la elevaba a un estado superior al que esperabas. Tengo cariño por Antonio. En nuestra lucha por ser entendidos sin ser explicados, pienso ahora, tan distintos, que tenemos algo de sintonía. Él es más calmado y prudente de lo que se cree, yo tengo un lado más salvaje y rebelde del que parece.

Las pocas veces que nos hemos encontrado después, nos reímos no solo de lo que ha pasado, sino de lo que nos pasa ahora. Y contemplamos, entre la sonrisa y la bruma, todo lo que tiene que venir.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Mario Izquierdo.

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Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres «extraños» que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de «normalidad» que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: «Coño, Berengario». En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba «Pájaro» cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

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Comienzo el domingo pensando en las contradicciones que tiene nuestra existencia. A lo largo de la semana, he recibido muchos correos, que resumo en dos: un mensaje en el que se me pide que conteste y un mensaje en el que se me ruega que no lo haga. Y, como era de prever, no quiero contestar al correo que busca una respuestas y deseo con todas mis ganas contestar al que no lo espera.

Como me gusta dejarme llevar por las primeras impresiones, no voy a contestar al primer correo. No me apetece: hay algunas cosas que me dan una pereza extrema. Y me encantaría romper el pacto implícito y contestar al segundo porque me parece muy interesante y digno de atención. En definitiva, ocurre como en la referencia al gato de Schrödinger, al que aludí en una entrada de mis historias de alumnos y que compruebo en ese segundo correo que fue asimilado hasta el detalle que podría pasar más desapercibido: el gato está muerto y vivo a la vez, lo mismo que las relaciones humanas. Y mi correo, mi manera de contemplar el mundo y reaccionar frente a él, también.

Me gustaría, incluso, hacer un poco de trampa y contestar a lo incontestable del primero caso. Y no lo haré. Y, en el segundo caso, seguir con una trampa y cumplir en lo que se me confía sin contestar en el correo, pero contestándolo aquí. Y tampoco lo voy a hacer. O bueno, igual sí. Solo dos observaciones:

  1. Gracias de corazón por el mensaje.
  2. Antes que un té, desata tus instintos con un poco de Coca-Cola. Sobre todo, cuando uno está a punto de beber un té verde.

Esta mañana de domingo enlaza con la pasada, en la que decía que estaba leyendo un relato de Alice Munro recomendado por Cárol. Se trataba de «Juego niños». El viernes por la noche, me mandó un wasap y me preguntó qué me había parecido el cuento. Y yo le contesté: «Inquietante». A lo que ella me contestó que se le había quedado el corazón como un higo. Son palabras literales y que concordaban exactamente con el estado de mi corazón cuando llegué al final del relato. Y más aún cuando la recomendación de ese relato procedía de una conversación que tuvimos en la que hablábamos de esa puñetera y peligrosa memoria selectiva con la que escarbamos (o no) en nuestro pasado. En esa misma conversación chateada, Cárol me dice: «Si puedes lee ‘Dimensiones'», un cuento del mismo libro. Y es lo que hice ayer, leer un relato que me resultó igualmente inquietante que el primero, pero al revés. En el primero, estás relajado y luego te da el martillazo. En el segundo, vas recibiendo golpecitos hasta que la sospecha te atiza en la cabeza de manera contundente. Y la historia se remata de una manera más suave. Tan suave, que tienes que pensarla para descubrir dónde está la trampa. Y la trampa está tan escondida que nos descubre lo peligrosos que son algunos personajes y hasta dónde lleva su manipulación.

Pero las lecturas de la semana no han acabado ahí. Sigo disfrutando con Ordesa, de Manuel Vilas, que continúa fascinándome en ese doble proceso de identificación y de segregación. En un momento, dice Vilas: «Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida. Y juntas fundan una mentira». Y pienso que resume perfectamente bien mis reflexiones sobre los correos, sobre los gatos y sobre los relatos de Munro.

Y esto enlaza con la novela gráfica El tesoro del Cisne Negro, dibujada por Paco Roca con guion de Guillermo Corral, que he leído a lo largo de dos plácidas tardes de esta semana. Una aventura magnífica que narra una historia real de manera trepidante. A fin de cuentas, los tesoros recogidos del fondo del mar tiene mucho que ver con nuestros sueños. Acabo la novela y me fijo en la última viñeta. Voy a la cubierta del libro, me fijo en una y en otra y las comparo. Y pienso: ahora sí todo tiene sentido.

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