— Verba Volant

Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar.

Me visto de terraza sin licencia, me lanzo al cielo en vuelo sin motor, persigo algún indicio de tu amor. Cuando se acerque la primavera, cumpliré años y camino solo por la orilla del río, mientras soy un extraño muy conocido para ti.

Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Estoy como la fuente de los delfines cuando hiela, mi horóscopo me dice que entro en un túnel sin final y a ti te pone que tienes que huir de la estabilidad y la rutina. Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar. No vi las orejas al lobo cuando me avisaste: aunque sonría, no soy feliz. Octubre abre las puertas a noviembre, los días se van apagando y, en diciembre no hay tiempo para ir a Madrid para asistir a un musical que me cure y me calme.

Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “Aguas abril”, de Luis Pastor, aquí acompañado de Bebé).




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Hoy, como tenía muchas cosas pendientes, he decidido perder el tiempo. Recordando una entrada que escribí hace mucho tiempo, he acudido a Wikipedia para ver el artículo dedicado al 27 de octubre. La casualidad me ha premiado con la primera de sus carambolas: hoy es el tricentésimo día del año y eso, como todas las cosas redondas, es cosa digna de mención.

Si no hubiese visto Vikings, no le habría dado importancia al hecho de que muriese el rey Athelstan, y me doy cuenta de que tal día como hoy, en 1553, unos salvajes en forma de cristianos quemaron vivo (si lo hubiesen quemado muerto, la cosa no sería para tanto) al gran humanista Miguel Servet. Un 27 de octubre de 1807 Napoleón nos la metió doblada y Francia y España firmaron un tratado en el que creíamos que los gabachos iban a estar de paso y se quedaron para invadirnos un poco nada más.  O que a Estados Unidos le daría por detonar unas cuantas bombas atómicas para poner al mundo a prueba de… bombas.

Desde luego, un 27 de octubre da para muchas cosas, de las que paso de poner enlaces. Por ejemplo, que en 1992, en el ejército de Estados Unidos, se asesinó a un radiotelegrafista porque era homosexual. Y que tal barbaridad no sirvió más que para invitar a los gays a que silenciasen su orientación sexual. Vinieron al mundo el escritor Dylan Thomas (1914) y mi admiradísimo  y adorado pintor Roy Lichtenstein (1923).

Y, como en 2013 murió Lou Reed y celebramos el día de san Frumencio, escucho “Walk on the Wild Side” y,  para rematar un día más de diletancia, me voy a tomar un bocadillo de calamares.

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¿Eres feliz en caída libre, cuando caes en el abismo, o prefieres caminar profundamente por la superficie? ¿Te da miedo ese cansancio, ese horror a la página en blanco, a la historia no escrita, a la melodía sin letra, a la letra sin canción?

¿Hay algo más allá de esa llovizna mecida por el viento? ¿Algo más allá de los pulmones que se unen y se agitan? ¿Algo que no sean labios y caricias y tempestades? ¿Algo más allá de la lucha de cuerpo contra cuerpo?

¿Conoces esa calle, esa manera de deslizar los meses de otoño hacia la primavera? ¿Conoces a todos los que se olvidaron de los matices, de los detalles? ¿Conoces a los que se encuentran compuestos y sin luna que los abanique? ¿Sabes de aquellos lunes que ya no serán tristes porque tienen el sabor de unas palabras?

¿Te resulta difícil hablar y callar? ¿Esa extraña seguridad de no estar equivocada? ¿Te parece difícil concebir un suelo celestial? ¿Un mundo con las canciones a flor de cambios, nieves y tormentos?

¿Dónde está la cabeza donde caben los corazones? ¿Dónde los ascensores si hay escaleras que esperan a cada peldaño? ¿Dónde los problemas si la vida puede ser, desde luego, por supuesto, un baile?

¿Cuándo importó la historia cuando se borró el guion? ¿Cuándo aparecieron las banderas si no existe ni el carné de identidad? ¿Cuándo importaron todas las horas del día, todas las semanas del mes, si existe todo un año partido en momentos?

Si lloras, cantamos. Si ríes, gritamos. Si tienes problemas, chapoteamos en un baño dulce con espuma. Si te cansas, tenemos tiempo para recuperarnos. Si necesitas la sal, la edulcoramos. Si lo sabes todo, lo ignoramos. Si todo lo ignoras, lo aprendemos. Si lo pierdes, lo encontramos. Si lo ves, nos tapamos los ojos y, si no lo ves, abrimos los oídos.

Caminando, muy profundamente, por la superficie.

Imagen de Katell Ar Gow.

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La frase de Groucho es bien conocida: “Jamás pertenecería a un club que me admitiera como socio”. Y creo que hay pocas sentencias que se ajusten de modo tan adecuado a la manera que tenemos algunos de estar en el mundo. A mí me pasa constantemente:

 En el mundo académico, soy un tipo raro que le dedica demasiado tiempo al deporte. En el mundo del deporte, soy un tipo raro que se escapa con más frecuencia de la necesaria al refugio de los libros. Esto ocurre, incluso, de manera más específica. En un mundo de lingüistas, me gusta adentrarme constantemente en otros campos anexos, pero contrapuestos para la mayoría. En un mundo de teóricos, me dedico a cosas prácticas. En un mundo de adeptos a los corpus, me afano demasiado en retorcer demasiado los conceptos. En el mundo de los atletas, me dedico a la natación. En el mundo de la natación, me dedico al atletismo. En el mundo de los triatletas, soy una persona que se mete demasiado en el gimnasio. 

Siempre soy una persona a la que le gusta estar en otro sitio, lo que conlleva  permanecer desubicado de forma permanente. Entre los lectores, soy adicto a las series. Entre los adictos a las series, soy lector impenitente. A los puristas les parece que me gusta demasiado la música pachanguera y a los amigos del ritmo fácil les parece que mi gusto por la melodía “culta” es demasiado elevado.

En el mundo de los viajeros, permanezco demasiado estático. En el mundo de los calmados, me muevo demasiado. Entre los amigos de la contemplación y el éxtasis, no paro quieto. Entre los amigos de lo frenético, me quedo demasiado parado. 

En suma y  conclusión, soy demasiado periférico para los centrales y demasiado central para los periféricos. Ni yo mismo soy capaz de saber dónde me encuentro en el mapa de la vida… y ni siquiera sé qué mapa tendría que utilizar para encontrarme. 

Solo hay una cosa en la que coincido con todos, pero todavía no sé lo que es.

La imagen es de Adrian Berg.

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James Mason y Judy Garland en la versión de George Cukor

Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) es un remake de una película de 1976, que es un remake de una película de 1954, remake a su vez de una película de 1937.

Tengo un ligerísimo recuerdo de la película original, un recuerdo vívido de la versión de 1954 (esta película de George Cukor se encuentra entre mis favoritas), no he visto la de 1976. El viernes pasado, vi la nueva versión, dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por el mismo Cooper y Lady Gaga. Como es habitual, me niego a hacer una crítica organizada y pautada de la película. Para eso hay plumas mucho mejores y más capacitadas. Yo, como casi siempre en este blog, hablo de intuiciones y de sensaciones, personales y poco transferibles.

La película me gustó, y eso que iba con el cuchillo entre los dientes para realizar una punción abdominal a la primera de cambio. Bradley Cooper no es, claro está, ni George Cukor ni James Mason (entre otras cosas, porque casi nadie puede ser Cukor y Mason), pero Lady Gaga, no siendo Judy Garland, creo que aporta una interpretación que sobrepasa el marbete de digna para convertirse, a mi juicio, en interesante. Y disfruté con esta historia que es una historia de victorias contada con una derrota o una historia de derrotas contada con una victoria. O, lo más seguro, ambas cosas a la vez.

En un momento de la película, se dice: “Music is essentially 12 notes between any octave, 12 notes and the octave repeat. It’s the same story told over and over, forever. All any artist can offer this world is how they see those 12 notes. That’s it”. Y lo que me interesa es que, así la música procede de esa repetición, el mundo de la ficción (es decir, nuestro mundo), también contiene esa historia contada una y otra vez. Eso es la ficción. Y la vida.

Ha nacido una estrella es, por su propia trayectoria como película, la historia que se repite una y otra vez. Y esto no es un demérito, sino parte de su grandeza. Porque en las canciones, como en la vida, se utiliza un conjunto limitado de notas en diferentes escalas y duraciones para expresar lo ilimitado y lo inexorable. Por que en la vida, como en las canciones, se reproducen variantes infinitas de un mismo modelo que nos afecta a todos, del que hemos bebido todos, que hemos insuflado todos.

A mí me gusta ver la misma historia repetida una y otra vez. Leo poemas que me gustan de modo insistente, veo películas que me apasionan hasta exprimir el penúltimo detalle, escucho las mismas canciones en bucle hasta que descubro que, siendo las mismas, soy yo el que cambio con ellas. Todo esto lo hago de forma compulsiva, enfermiza y perseverante. Siento, así, que voy adivinando las notas de una melodía que me suena demasiado o demasiado poco.

Me gusta la historia que cuenta y recuenta esta película (que son varias películas para la misma historia o la misma película para diferentes vidas, que son siempre la misma). Me siento identificado con el protagonista masculino en sus líneas de declive. Le acompaño en su bajada a los infiernos, en su canto de un cisne que se queda sin voz. Y me apasionan, como metáfora, el albornoz y las zapatillas de Norman Maine.

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Querido diario dos puntos

Hoy necesito escribirte, posar mi mano de manera dulce sobre tus hojas y   sentir que este bolígrafo con el que escribo se desliza y va dejando el poso de mi mano zurda sobre el blanco de la página. Escribo desde una angustia contenida, desde una fortaleza de tristeza con las murallas próximas al derrumbe. Todos tenemos días malos, pero, para mí, desde hace ya muchos años, el ocho de octubre es un día que me trae imágenes cada vez más distantes.

El día 8 de octubre es el día que nació mi madre y, por lo tanto, hoy hubiese cumplido 96 años. No, nunca hubiese esperado que mi madre hubiese vivido hasta casi los cien, pero uno nunca está preparado para para la despedida de un padre, de una madre. Su mente se fue hace más tiempo, pero siempre había algún resquicio de esperanza en su memoria, por remoto que fuese. Era una persona discreta que intentaba pasar desapercibida por la vida. Sufrió con la sombra de las muertes ajenas pero íntimas y próximas durante tantos años que su persona entera acabó desgastándose con la ausencia del latido de su hijo. La veo todavía enmarcada en la ventana del cuarto de estar, sujetando la cortina con la mano derecha, mirando la calle esperando un milagro imposible.

Hoy me vienen a la cabeza muchos recuerdos, infinitos detalles por estar pendiente de todo y con todos. Podría poner muchos ejemplos, pero tus páginas ya encierran algunos de modo exhaustivo. Era una persona que sabía acompañar con el silencio, que daba aliento con las palabras justas…

Dicen que es ley de vida, pero uno nunca estar preparado para estar huérfano, nunca está preparado para que le suelten de la mano y se ponga en difícil trance de vivir sin todo lo que supone una madre. Sin el calor para el desconsuelo, sin el abrazo para el miedo, sin el beso para que desaparezcan todos los monstruos de la noche.

Querido diario dos puntos. Hoy, al desayunar, he cogido una caja de Cola-Cao que simula aquellas cajas antiguas de cuando era pequeño. De niño, siempre pensé que esa mujer que aparecía dibujada en la lata era mi madre. Cuando he inundado de cacao mi taza de leche, he sentido esa proximidad que da el calor de un desayuno con su compañía.

Imagen de Amir Kuckovic.

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Me dijeron que la concepción cristiana legitimó el concepto de seres humanos con principio y final. Y que el final lo determinaba todo, desde el principio hasta todo lo vivido, que no era sino intermedio. Y le dijeron que la concepción cíclica era natural y naturalista. Pero a mí siempre me han cabido todas las dudas y, mezclando y destilando,  siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar.

Aunque me cueste, confieso que, con el tiempo, he renunciado a renunciar. Que no me resigno a que me queden inquietudes y dudas. Y no me conformo con decirle que no al placer. Que no me resigno a pensar como todo el mundo. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche, a sus desarrollos y consecuencias.

En mis sueños, que son pesadillas, sueño que estoy acabado y confundido. Y siento que, al final, me he convertido en lo que no he querido. Es duro de aceptar, pero no me pienso resignar.

Y, aunque siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar, confieso que he renunciado a renunciar. No me resigno a pensar como todo el mundo. No me conformo con decirle que no al placer. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche. Por eso espero a la madrugada, vigilante, con los ojos abiertos.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “¿Por qué a mí me cuesta tanto?”, de Fangoria y Asier Etxeandía, con imagen de Distant Reality).

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Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

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Nos conocimos en 2004. Por razones que solo cabe citar aquí de manera resumida. Ingresé en el hospital con un cuadro de hepatitis tóxica por medicamentos. Después de las primeras pruebas, él fue el primer médico que me atendió. Me sorprendió por su eficacia, su profesionalidad y por su amabilidad. Fue sincero desde el principio: la cosa no pintaba bien. Lo dijo de manera delicada y pausada, con el tacto especial que distingue a las personas de bien. Yo reaccioné con calma. Respiré hondo y le dije que quería que todas las noticias sobre la evolución de la enfermedad me las comunicase directamente a mí y que no le dijese nada a mi familia, que prefería filtrarles la información y dosificarla en la medida de lo posible.

A medida que pasaban los días, todo se complicaba un poco más. Los niveles de bilirrubina eran alarmantes. No me dolía nada, pero me encontraba enormemente cansado y, cuando me miraba al espejo, me encontraba a una persona totalmente amarilla (ni siquiera el blanco de los ojos se libraba de esa pigmentación que acabó casi por convertirse en naranja). Y, con la bilirrubina por las nubes, llegaron los picores por todo el cuerpo. Unos picores horrorosos porque no procedían de la superficie de la piel, sino de algo más profundo e incontrolable.

No se podía hacer mucho más que esperar. Me controlaban con análisis, me ponían unas inyecciones de vitamina K que no se las deseo ni a mi mejor enemigo e intentaban calmarme esos picores con medicamentos que no perjudicasen mi hígado. A todo esto, él llegaba todos los días con una sonrisa. Entraba, me pedía que me acercase a la ventana, me controlaba no sé qué en las palmas de las manos y me daba una información muy ligera y breve sobre la enfermedad.

El picor era tan horroroso que prácticamente no me dejaba dormir, así que me dio licencia para que pudiese pasear por los pasillos del hospital por la noche (caminar aliviaba un poco el sufrimiento). En una noche que él estaba de guardia, coincidimos cerca de una sala y me dijo que entrase para charlar un poco. Con cara seria y voz enternecedora, me dijo qué tal estaba. Bien, le dije. De ánimo me refiero, dijo. Vaya. Me volvió a sonreír. ¿Qué se puede hacer? Nada, me dijo. Solo esperar. Y, entonces, yo le pregunté que cuándo podría estar curado. Le pedí detalles y él me fue contando toda una serie de posibilidades, desde la mala-mala hasta la buena, que requeriría, en todo caso, un poco de suerte. Le agradecí esa necesidad sincera, que me llegaba no tanto a la cabeza como al corazón. Él notaba que necesitaba comprender, enfrentarme a la verdad y lo explicó de manera sencilla.

A partir de entonces, repetimos esas charlas nocturnas en alguna ocasión más. Seguía contándome cómo marchaba todo, pero también me iba hablando de otras cosas, se interesaba por cosas de mi vida y, al acabar, me cogía un brazo, lo apretaba un poco y acababa con una palmada en la espalda. Era todo lo que necesitaba para volver a la cama e intentar conciliar el sueño y encontrar la esperanza.

Un día, cuando casi llevaba un mes ingresado, entró con una sonrisa diferente. Los niveles de bilirrubina habían bajado por primera vez. No era algo definitivo, porque seguían superando todos los límites imaginables, pero era un posible comienzo. En otra conversación (en esa ocasión fue vespertina), me habló de nuevo de todo lo que cabía esperar, pero con mucho más optimismo. Tengo que resumir el desenlace: todo acabó con el mejor desenlace posible. 

Aunque no totalmente recuperado, decidió darme el alta. Necesitaba comer, coger peso y fuerzas, respirar, salir de ese círculo cerrado. Volvió a esbozar esa sonrisa contenida. Me agarró de nuevo el brazo y, en este caso, me dio la mano. Y me dijo: “Voy a echar de menos esas conversaciones que teníamos”.

Hace unos años, me enteré de que mi médico estaba enfermo. Y, el otro día, me dijeron que había fallecido. No pude evitar sentir una enorme lástima mezclada por un recuerdo agradecido del médico que, con su sinceridad y buen tacto, supo mantenerme conectado a la vez con la realidad y la esperanza. Se llamaba Federico Sáez-Royuela. Y creo que se merece este recuerdo y otros muchos más. Gracias, Federico.

Imagen de Georges Dowle.

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