— Verba volant

Tenía tantas ganas de componer esta entrada que, al final, se me atragantaba en cada borrador con el que intentaba acometerla. Hoy la escribiré, pase lo que pase. El pasado día 18, Luz Sánchez-Mellado escribía en El País uno de los reportajes que más me ha llegado hasta el tuétano. Se titula “Ansiosos” y es, a mi juicio, el mejor análisis que se ha hecho desde fuera de lo que siente alguien que padece de ansiedad desde bien dentro.

La ansiedad no es, en el fondo, más que un mecanismo de defensa con el que nuestro organismo nos protege ante la eventualidad de cualquier peligro. Se manifiesta, por primera vez de modo casi azaroso. Uno está tranquilamente en su casa, en cualquier sitio, y empieza a sentir un pequeño malestar: su corazón empieza a acelerarse y nota un sudor frío. Parece que le cuesta respirar, que tiene un malestar en la región torácica. Nota una ligera sensación de mareo, posiblemente acompañado de una sensación de desrealización, de que las cosas son y están, pero ni son ni están como parecen. El primer día, piensa que le está dando un ataque cardíaco. Puede que necesite una visita rápida a un hospital. Allí, los médicos descartan que sea una urgencia vital. Le meten una pastilla debajo de la lengua y le reconfortan. “No pasa nada”. Pero sí pasa. Los ataques pueden repetirse. No se sabe con qué frecuencia. No avisan. El cuerpo no le comunica al que lo padece que vuelve a ser lo mismo, porque es lo mismo, pero diferente. Cuando pasa por media docena de ataques, intenta ya situarse sin decir nada. La mayor parte de las ocasiones, llega de noche. Y el que lo sufre intenta mantener una calma imposible en silencio. Intenta relajarse, pero el control de su cuerpo lo tienen las emociones y no las razones. De hecho, procura dormirse aunque no llegue a firmar que de ese sueño logre despertarse.

La noches pasan, a veces, entre sobresaltos, o despertándose en medio de la noche, o demasiado pronto. Una noche tras otra. Cuando llega la mañana, no se tiene tanto la sensación de no haber dormido como la de no haber descansado. El resto del día pasa entre una tensión que, en muchas ocasiones, acaba con dolor de cabeza o con unas mandíbulas en opresión constante. El mal está tan generalizado que se convive con él durante todo el día. En un espejismo vital, se llega a pensar que ese es el estado natural. En medio de situaciones normales, surgen los interrogantes sobre la vida, la imposibilidad de pensar a un medio o a un largo plazo de forma pausada. No se trata de pesimismo, sino de una inecuación entre el futuro y la perspectiva. Algún médico le recetará unos comprimidos, pero se sabe que estos no aliviarán nunca la causa, sino que maniobrarán de forma torticera sobre el efecto. Decide vivir en el quicio, pero a pelo.

El miedo, la sensación de angustia no poseen, en muchas ocasiones, una proporción directa con sucesos vitales concretos; aunque todo el que los padece sabe, que de una u otra manera, estos sucesos vitales actúan como factor desencadenante de una más que posible razón genética. En el artículo, Luz Sánchez-Mellado lo explica de forma magistral: nuestro cuerpo actúa como si se enfrentarse a una amenaza real de peligro. Lo que ocurre, en este caso, es que no hay peligro real a la vista: el cerebro actúa como si tuviésemos a una fiera ante nosotros y tuviésemos que salvar la vida. Pero no hay tigre. Ese estado que nos salva la vida cuando es necesario, nos paraliza y aniquila cuando salta sin que nada lo exija ni nadie se lo pida. La alarma se dispara. El edificio se quema, se calienta, pero no hay llamas. El día a día pasa por sentirse con los nervios a flor de piel, por no ser capaz de controlar las preocupaciones, por preocuparse demasiado por las cosas y darles demasiadas vueltas, por la imposibilidad de estar relajado, por sentirse muy frecuentemente irritable o disgustado y con una sensación de tener el miedo metido en el cuerpo. De vez en cuando, el cuerpo se rompe un poco más, se rasga y se desboca a partes iguales.

Alrededor, la gente no se entera o no se inmuta. O no se da por aludido. Se tiene el convencimiento de que hay cerca un bicho raro, de mal carácter y que se pone nervioso por fruslerías. Todo se achaca más a una forma de ser, que no es, que a una forma de sufrir. Ni se alteran ni se inmutan porque no saben que no existe un tigre, pero el miedo y el dolor son reales como sus garras y como sus dentelladas. La vida se va volcando en pequeñas o grandes obsesiones: cuando no es el trabajo, es el deporte; cuando no es ninguno de los dos, surge siempre otra cosa. Como dice el artículo, son personas a las que, a menudo, les gustó –les gusta– trabajar bajo presión. Lo mismo que su cerebro se vuelve totalmente inoperante en algunas ocasiones, en otras muchas permanece en estado de ebullición constante, del que salen muy buenas ideas y del que supuran también muchas miserias. Como en la afirmación de un médico de urgencias con la que acaba el artículo: ”Nadie sabe lo que es el infierno hasta que no lo tiene dentro”.

Esa es la ansiedad. Quien la probó, lo sabe.

(Imagen de Stathis Stavrianos.)

 

 

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Lara ha quedado con unos amigos para verse un rato por la tarde, antes de que lleguen los agobios de las fiestas y no quede tiempo para casi nada. Ha llegado a la casa de Miguel y de Claudia. Ha dado un beso a las niñas y se ha sentado en el borde del sofá. La tele está puesta y un canal infantil devuelve imágenes de unos dibujos animados que han robado, por unos instantes, la atención de Laura. Claudia ha cogido el mando y ha apagado la televisión, entre las protestas de las niñas y el posterior cese de embelesamiento de Laura. Miguel ha ido a la cocina y ha cogido una botella de champán del frigorífico mientras Claudia saca de la vitrina tres copas de champán. Laura coge la suya, la agarra, al principio, con las dos manos. Luego se da cuenta de que ha dejado marcas en la copa. Cuando Miguel abre la botella, está ya con la copa preparada. La espuma desborda la copa de Laura que, entre tímidamente divertida y apesadumbrada, ve que parte del líquido se ha desbordado y ha llegado a la alfombra. Una vez deshecho el entuerto, llega el momento del brindis. Claudia se pone en pie y Miguel y Laura la imitan. “Por nosotros”, dice. Alzan la copa y repiten “Por nosotros”. Juntan los tres las copas, casi al unísono. Laura debe un poquito y dice “Qué rico”. Luego bebe otro poco, ya sentada, mientras el gas le hace cosquillas en la nariz y el gusto de la bebida le devuelve un agradable sabor seco que no inquieta. Laura, por unos breves instantes, vuelve a caer en la ensoñación. Mientras piensa en un segundo en sus cosas, Claudia le ha hecho una pregunta, que ella no sabe si contestar con un sí o con un no. Claudia se ríe y se lo vuelve a preguntar, pero Laura ha vuelto a perder el hilo. Cuando vuelve a la conversación, pasa un buen rato charlando, hablando de sus amigos. Siempre cae algún dato, alguna malicia, alguna indiscreción.

A los tres cuartos de hora, Laura ha bebido dos copas de champán que le han proporcionado un estado parcialmente eufórico, un leve dolor de estómago y, sobre tod, mucho sueño. Laura dice que se tiene que ir. Le da dos besos a las niñas, se despide de Miguel y de Claudia. En el momento en el que está bajando por el ascensor, Laura nota que se le cierran los ojos. Laura llega al coche y toma el camino hacia su casa. Por el camino, las luces navideñas que adornan las calles vuelven a distraerla, hasta que el coche de atrás pita. Laura mete primera, luego segunda y sigue el camino. Cuando llega a casa, Laura se pone el pijama. Se lava los dientes y toma un poquito de elixir bucal, que le proporciona la dosis última de limpieza que necesita para irse a la cama. Laura se mete en la cama y se duerme. Laura no sabe que, esa noche, tendrá un sueño vaporoso que desencadenará en la pesadilla.

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. Imagen de Melintoc.)

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Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

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Ahora estamos de capa caída, ya lo sabemos. No me extraña que nosotros ciudadanos de a pie, no lo supiéramos, ya que nadie nos lo dijo: se nos procuraron los medios para vivir por encima de nuestras posibilidades y nos invitaron a meternos en la espiral del gasto frenético.

Creímos pertenecer, durante unos cuantos años, al cogollito del mundo que tenía la sartén por el mango y lo hicimos inflándonos de infrastructuras, construyendo aeropuertos, asfaltando mil veces lo ya asfaltado y poniendo, un raíl detrás de otro, muchos cientos de kilómetros de líneas ferroviarias de alta velocidad. En el lado negativo, a muchos les dio por manejar más el prestigio político que la cabeza, por dejar bonito lo que ya estaba y olvidarse de los asfaltos no tan populares ni electorales para esconderlos debajo de la alfombra, por ignorar los bellos trenes en los que se hablaba y se viajaba por precios razonables. La política, la economía, los negocios, se empezaron a erigir sobre papeles, panfletos y revistas, siempre carísimos, siempre gratuitos. Mientras, nunca se pensó con la prudencia. Más que en educación, se invirtió en la periferia: se regalaban libros de texto a los que no los necesitaban (asegurándose, mientras tanto, de que las editoriales se enriquecieran al ritmo de los cambios legislativos) y, a cambio, se permitía (y se permite) a centros presuntamente concertados que cobrasen (cobren) cuotas discriminatorias e ilegales. Se empezó a repartir a diestro y siniestro, empezando siempre por el que más tiene. Los altos cargos, embebecidos con complementos millonarios para sus jubilaciones, siempre proclives al regalito caro, a la cesta navideña abundante a cambio de favores. Se instaló una cultura discriminatoria en la que chorreaban diplomados de ciertas carreras que, durante décadas, fueron los dueños del mundo, desde el litoral hasta la sierra, desde el centro hasta la periferia. Se construyó una sociedad pretendidamente moderna anclada en la estructura atávica de siempre, en la que se simulaba un igualitarismo basado más en el gasto que en el ingreso.

Ahora, llega el momento de empezar a pensar desde el recorte drástico: se van cercenando los subsidios, se recorta en los servicios básicos (esos que los que mandaron, los que mandan y los que mandarán siempre podrán pagar). Se volverá a los días de posguerra, en los que los escolares permanecían con el abrigo en el aula. Se propone pagar por algunos servicios sanitarios (los miopes siempre hemos tenido en España la esquizofrénica necesidad de pagarnos las gafas) sin pensar que unos se los pueden pagar siempre mejor que otros (y “otros” acudirán a servicios de pago e intentarán ahorrarse los duros luego haciendo el gasto duro en la sanidad que pagamos todos).

Después de todo, siempre habrá quien diga que se acabaron las ideologías, que todos son lo mismo. Que da igual lo que sea, porque siempre decidirán otros (esos “otros” eran, no lo olvidemos, los que antes consideramos nuestros amigos: aquellos con los que el líder de turno pensó como sus iguales). Y yo digo que no, que la ideología es, ahora más que nunca, imprescindible. Que no deberíamos permitir que los platos rotos los paguen los de siempre. Que no se pueden pedir muchos esfuerzos al que ya, de por sí, tiene poco. Que no se puede consentir que paguen justos por pecadores.

Ahora, ya lo sabemos, todos estamos de capa caída, con el país arruinado, entre brasas y escombros. Y, si nadie lo remedia, la historia de España en el primer tercio de este siglo será una película que vuelva al estilo neorrealista italiano y la veremos en nuestra casa en una magnífica y enorme pantalla plana.

Imagen de “Plebeian regime”.

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Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza, borra del mapa cualquier muestra de amor y sentimiento de empatía. Porque, en mi vida, todo acaba como empieza. Y en plan travestí radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza. ¿Melancolía, decepción?¿Felicidad, tentación? En esta vida, todo podría ir a peor. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás. Por el momento, miro la vida pasar. Pero, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar… Pasado el tiempo, sigo igual. A veces, incluso pienso que he perdido la cabeza. A veces pienso que he perdido la cabeza. Y algunos días, sin razón, ya ni siquiera siento latir mi corazón. Siempre he sido fuerte, aunque haya dudado muchas veces si la vida nose ha reído de mí. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y cuesta aceptar que no volverás. A veces, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar.

Versión prosificada y ligeramente adaptada de la canción “Miro la vida pasar” de Fangoria, todo un himno estoico contemporáneo, con imagen de Pollobarda.)

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Me gustaría decir tantas cosas, que opto por callarme. Me gustaría imaginarme tantos mundos, que opto por vivir en este en el que estamos, orgulloso y miserable. Me gustaría tanto volar, que dejo mis ilusiones en barbecho. Me gustaría tanto hacer justicia, que prefiero olvidarme de las togas. Me gustaría tanto oler la primavera, que olisqueo los maduros, los húmedos y tumefactos frutos del otoño. Me gustaría tanto escuchar las melodías celestiales, que me inclino de forma compulsiva al terruño de la música electrónica, que es la única que se acompasa a mi corazón, demasiado alejado de la calma. Me gustaría tanto ir en busca de nuevos paraísos, que me encuentro de vuelta de todo. Y permanezco así. Y sobrevivo, así, a todas los anocheceres.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Esta foto se muestra especial esquiva para un análisis objetivo, en la medida que un comentario de un ser humano pueda serlo. La dificultad proviene no tanto de la foto, del género, de la técnica, sino del contenido. La imagen se presenta con algunas deficiencias técnicas que, lejos de menoscabar su valía, la aumenta. Se trata de un robado, la imagen de un hombre avanzando por la calle. Decíamos que las carencias técnicas se disculpan porque importa mucho más el instante, la pose, las maneras. Incluso el ligero desenfoque y la salida de cuadro acrecientan la sensación de prisa, tanto en el movimiento del protagonista como de aquel que se arriesgó a captar el instante. El fondo evidencia una foto tomada en la actualidad. Se percibe por el modelo de coche que aparece a la izquierda. No obstante, es una foto que, por su blanco y negro sucio y poco realzado en sus contrastes, parece mucho más antigua. En estos tiempos de retoques mágicos es difícil apostar, es aventurado arriesgarse, pero estamos por afirmar que se tomó con un cámara analógica y que la necesidad imperiosa de realizar el disparo en ese momento, y no en otro, impidió el ajuste de todos los parámetros. Decíamos que el protagonista es un hombre que avanza hacia la cámara, que parece encontrarse a unos tres metros a la derecha de nosotros, que la contemplamos. Una de las cosas que más sorprende es el avance iracundo de su pierna izquierda, en un paso decidido e implacable hacia delante. De hecho, la pierna derecha aparece casi descompuesta, artificial. El hombre viste una especie de gabardina que permanece abierta, adivinando un aleteo proveniente del impulso. Las manos permanecen en los bolsillos y los codos ligeramente salidos. La mirada desconcierta. Es una mirada dura, contextualizada por un gesto hosco, con la boca cerrada hasta hacerse mínima, ligeramente contraída hacia un lado. La mirada, decíamos, desconcierta porque los ojos del hombre están mirando directamente a cámara. No sabemos si se ha visto sorprendido y ha descubierto al que ha intentado invadir su intimidad o, simplemente, el barrido de su mirada ha coincidido con el momento del disparo. Para la suerte del fotógrafo, deseamos que haya sido lo segundo. La apariencia del hombre da a entender que, en el caso de haberse sentido acosado, la fortuna del carrete, de la cámara o incluso del artista (ignoramos si profesional o improvisad) hubiesen corrido serio peligro. La mirada transmite tal determinación aderezada con odio que, segundos después de abandonar la contemplación de la imagen, permanece grabada con dureza en nuestro recuerdo.

Decíamos que la foto escapaba al análisis objetivo. En efecto, el hombre que aparece en esta fotografía soy yo mismo, su analista. Y el hombre de la fotografía viste una gabardina que yo nunca he tenido y pasea por una ciudad que tampoco reconozco. Días después de mirarla y mirarla, todavía sigo haciendo preguntas. Todavía sigo buscando respuestas.

Pet Shop Boys - Fugitive

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Más que de una fotografía, se trata de una composición, casi un collage. El soporte es un cartón en formato folio, de esos que antes se usaban para escribir en los colegios. Tiene las esquinas levantadas y, en alguno de los bordes, tiene alguna merma de capas. Es inevitable pensar que tiene ya muchos años pero, pese a los lustros acumulados, está solamente manchado por el paso del polvo y de los meses transcurridos uno a uno durante un largo intervalo. Las manchas y los poros evidencian una calidad mejorable. Sobre el cartón, varias fotografías de tamaño muy pequeño, pero no todas de carnet, con bordes irregulares. La fijación de alguna de ellas al cartón es deficiente y, a poco que uno se descuide, acaban despegándose y dejando los restos de un papel adhesivo ya reseco y carente de su función inicial. Cuando se caen algunas de esas fotos, se ve que hay cosas escritas al dorso (fechas, nombres, lugares, pequeñas impresiones). La caligrafía es siempre la misma, angulosa pero elegante, propia de etapas en las que se obligaba a escribir de forma elegante. Inequívocamente, se trata del trazo de una pluma: los trazos más gruesos según el ángulo de escritura, los desvaríos de la tinta obstinada en extenderse por los puntos de las íes. Habrá unas siete fotos en el cartón, todas de personas mirando a la cámara. El tono predominante es sepia, matizado y graduado en escalas. Una cosa llama la atención por encima de todas: los rostros, los movimientos intuidos, los gestos adivinados, carecen totalmente de alma. Instalados en algún momento del pasado, las personas parecen adivinar que van a ser contempladas desde un callejón del tiempo en el que ya no estarán presentes. De alguna manera, se adivinan abocadas al destino de la muerte.

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Te pido que escuches una confesión, un secreto que nace de un corazón desierto. Con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Puedo decirte las cosas bellas que habitan en mi corazón. Ven, dame tus manos y toma las mías: te voy a confiar todos mis deseos. Recuerda que son tres palabras las que encierran todas mis alegrías, todas mis angustias. Esas palabras, ya lo sabes, solo se esconden tras la canción porque, con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Las cosas que habitan en el corazón, que encierran todas mis alegrías y todas mis angustias. Son tres palabras que encierra la canción y, juntas, son preciosas.

Tres palabras - Nat King Cole

Porque, en el ritmo del bolero, se encierra el ritmo de nuestro mundo.

(Versión prosificada y modificada a voluntad del bolero de Osvaldo Farnés cantado por Nat King Cole. Imagen de Diana Susselman.)

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