Por Raúl, hace 2 meses y 20 días

Por qué se demoran las entradas de Verba volant. Cine, series, cine. Sentido.

Pozo

Alguno de vosotros, seguidores y amigos de Verba volant, os habréis preguntado qué ha motivado esa lentitud en el ritmo de publicación de las entradas. Y aunque no todo tiene en esta vida explicación y sentido, ya que no es sino laberinto, en este caso hay unas cuantas causas. Os advierto que, pese al comienzo más o menos lúdico, la cosa va en serio. Así que os animo a leer hasta el final (¡y no valen lecturas en diagonal!).

La primera es la explicación más explicable: estamos a final de curso y a las montañas de obligaciones se acumulan fuertes precipitaciones en forma de exámenes, correcciones y trabajos. Pero como en esta viña del Señor no todo es trabajo, la cinematografía tiene también la culpa para bien y para mal.

Aunque muy tarde, he empezado a descubrir Lost. Vi algunos capítulos sueltos allá por los inicios de la historia (y hace muchos años de esto) y, por aquello de la fragmentación, no me gustó. Ahora que todo el mundo la ha visto, me ha picado el gusanillo y en ello estoy. Temporada 1. Por otra parte, Breaking bad ha llegado al final de la tercera temporada y he cada vez estoy más convencido que estamos ante una de las grandes entre las grandes. La historia, lejos de empobrecerse, sigue creciendo y, con la última secuencia, uno permanece unos cuantos segundos ante el televisor un poco atontado esperando que nos den un poco más. Este cierre podría suponer un respiro, pero ya ha llegado la tercera temporada de True blood y Californication está al caer, así que la realidad de mis ficciones va a colmarse de sexo, sentimientos y pasiones al límite, horror profundo y sonrisas no solamente ligeras.

Por lo tanto, el trabajo y el vicio (a partes iguales) han ralentizado estas palabras volantes y voladoras. Pero decía que hay otro motivo, que vamos a asociar también con el cine. A los que no hayan visto la película Mujer blanca soltera busca... les será difícil manejar el paralelismo. Y como es mejor contemplar el horror que vivirlo, les diré que circunstancias ajenas a mí pero internas a este blog han vuelto a extender el desánimo. Si hace mucho tiempo había determinadas personas que buscaban y rebuscaban en este blog para verse representados (cuestión que creo superada, o al menos eso creo), desde hace un tiempo percibo (y no son delirios paranoides) algunos gestos nada sanos en algunos lugares. Ya dije en alguna entrada perdida que cada uno tiene su estilo, para bien y para mal. También es obvio que el estilo de cada cual tiene influencias múltiples y variadas, más o menos conscientes. Pero tengo el horror de contemplar que hay quien ha empezado a bucear por la blogosfera por los mares exactos por los que navego; tengo el espanto de percibir que mis palabras, mi estilo y mes querencias frecuentan de manera demasiado aproximada las palabras que tendrían que ser de otros. Me siento desdoblado sin quererlo, dividido en un Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin haber pasado por la ingestión de la pócima tramposa. Me encuentro con alusiones y réplicas veladas que yo no he pedido y que no he querido. El mundo es abierto y ancho y libre, y cada cual es amo de sus actos y de sus palabras, pero a mí me gustaría ser amo y señor de las más que modestas líneas que tengo a bien escribir porque me da la gana y que vosotros leéis porque sois buena gente y queréis pasar un rato con ellas. Me gustaría escribir aviesa amargura –por citar una cita inexistente y, por lo tanto, ejemplificatioria– y no encontrarme al cabo de poco con ese pensamiento y palabras estampados en el reflejo de otra pantalla para querer decir no-sé-qué. No creo que mi mundo y sus expresiones sean dignos de tantos seguimientos, apéndices y réplicas. Creo que ni las he pedido ni las he estimulado. Por si fuera poco (y sin que tenga que ver con lo anterior), mi correo se ha visto incomodado por mentes pertinaces que no aceptaban un silencio. Hasta se han permitido el lujo de sentirse ofendidas por no ocupar el lugar de Chipirón, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que soy yo el que decido en mi blog el lugar que ocupa cada uno. Para eso es mío.

Y es lo que tienen las ficciones, amigos. Al final, se funden con la vida.

En definitiva, cada vez que me sentaba ante el ordenador en busca de enlazar una historia con palabras más o menos afortunadas, me asaltaba la obsesión de no querer encontrarme lo que iba a venir después. Así que tenía que explotar y contarlo a mis parroquianos, por aquello de aliviar un poco las penas. Pues eso. E insisto: no son figuraciones mías.

(La imagen es de Ignacio Conejo.)

Por Raúl, hace 2 meses y 24 días

Puntos y comas. Cuestión de norma, pero también de estilo

Delibes

Van en una oposición y se las dan de listos: ponen un examen con un texto para corregir la puntuación, un parrafito de El hereje (el que encabeza esta entrada). Los opositores van y lo hacen. Y el tribunal va y lo corrige. Y como para corregir hay una cuestión esencial, que es el criterio, ellos utilizan uno: todos los ejercicios que tengan la puntuación exacta al original están bien. Y los que no, por deducción de la buena, están mal. Es cultura de Sesame Street. Se dejan olvidado el propósito del ejercicio, que me imagino que no será aprenderse esta novela de memoria, esta vez sí, con puntos y comas, sino que tendrá el loable propósito de que los futuros funcionarios sepan poner los puntos sobre las íes.

Todo esto nos lleva a la gran cuestión, que es la ignorancia generalizada sobre cuestiones ortográficas. En asuntos de puntuación, es tan importante saber que no vale cualquier cosa como ser plenamente consciente de que también entran en su campo asuntos estilísticos. Y, en ese campo, Delibes tiene el suyo (inmejorable, magistral) y otros muchos pueden proponer varias alternativas igualmente correctas. Y lo peor de todo esto es que la cultura queda para muchos en el terreno de lo inexpugnable, cuando escribir y redactar correctamente es cosa de todos. Y no sólo de Delibes (que, por cierto, lo hacía como los ángeles, con los que ahora cuenta historias).

Por Raúl, hace 2 meses y 27 días

Teresa sentada en un banco - Fragmentos #24

Banco

Son las diez y media de la mañana. Teresa está sentada en un banco público, con la mirada entreverada entre el infinito y el deambular de los viandantes por la acera. Teresa ha salido pronto de casa y ha llevado algo de calzado para que lo arregle el zapatero. Pese a vivir desde hace muchos años fuera de su ciudad natal, Teresa es fiel a muchas de las rutinas de su infancia y su juventud. Del mismo modo que sabe que la carne, el pan y la fruta nunca sabrán como en aquellos alegres días de infancia, también es perfectamente consciente de que no existe en el mundo un zapatero mejor que aquel que te arregló los desaguisados de las patadas que empezaste a dar a la vida y a aquellos zapatos a los que hubo que cambiar dos veces de suela. Su madre insistía en que debía de tirarlos, que estaban viejos. Pero Teresa les adornaba de betún para tapar sus costras y los frotaba con la bayeta como si le fuera en ello la vida. Esa restauración la consagraba con la vida, porque las personas empezamos nuestra felicidad por el bienestar de nuestras extremidades y la culminamos con la consciencia de que existen algunos sueños imposibles. Hoy, el zapatero le ha dado a Teresa uno de los mejores regalos que se puede recibir en este loco mundo. Le ha dicho que se fuese a hacer unos recados y que a los veinte minutos volviese a recoger los zapatos. Teresa ha salido del zapatero con la nariz arrugada por el olor fuerte de la cola mezclada con el cuero y con la sensación de que su tiempo, ese tiempo traicionero que nos empecinamos en malgastar en las rutinas, se ha detenido hoy durante veinte minutos. Los mismos veinte minutos en los que Teresa, pensando en sus cosas y ofreciendo al mundo su sonrisa, ha permanecido apaciblemente sentada en un banco, congraciada con el sol y con el aire.

(Imagen de _Teb.)

Por Raúl, hace 3 meses

Mónica no ha podido dormir - Fragmentos #23

Bed

Mónica sabe que cometía un error al meterse en la cama. Es perfectamente consciente de que el sueño no se puede inducir con los ojos como platos, los nervios exaltados y el cerebro en efervescencia. Pese a todo, lo intenta. Ocupa su lado de la cama de forma obediente. Hace fuerza en los párpados para mantenerlos cerrados, pero su mente empieza a recorrer todas las miserias de lo acontecido a lo largo del día. Los problemas con el trabajo la están matando. Mónica es una mujer plenamente consciente de las pequeñas miserias de su vida, pero intenta siempre esconderlas bajo una sonrisa muy explícita y con un brillo especial en los ojos. A lo largo de toda la jornada, ha intentado engañar su abatimiento con esos mismos gestos, pero un pelo algo menos peinado y unos movimientos más recurrentes y nerviosos la delatan. Mónica sigue pensando en sus cosas, pero la cama no le ayuda a contemplar las cosas desde una perspectiva vertical, que comprenda todos los estratos de las situaciones. La horizontalidad aplana su vista hasta obcecarse monográficamente en argumentos recurrentes que son ciertos, pero no suficientes, pero no únicos. Mónica se resiste a dar la primera vuelta sobre sí misma, del mismo modo que se obstina en intentar no sucumbir a ponerse bien la pernera del pijama, abigarrada en torno a la pantorrilla. Teme que las arrugas del pijama se mezclen con las arrugas de la vida y el lecho sea un terreno de batalla. Mónica siente pasar los segundos, pero sabe que tardarán mucho en convertirse en minutos y serán una eternidad transformados en horas. Mónica va repasando monólogo a monólogo todos los lados negativos y se ha olvidado de dibujar mentalmente una tabla de doble entrada que le sirva para la resolución de sus conflictos externos e internos. Antes lo hacía de forma explícita, en un viejo cuaderno de su época universitaria, con un papel reciclado pero con empaque. Ahora continúa con el sendero de la tabla única que, por lo tanto, no es su salvación. Mónica ha dejado de buscar una salida porque sabe que, en el fondo, la vida es un laberinto en el que es más fácil encontrarse con el Minotauro que con el hilo de Ariadna. Muchas veces ese hilo es tan frágil, tan transparente, que pasa a menudo por delante de sus narices sin que ella acierte a verlo. Y el toro es mitológico y fuerte y grande y temible. Y las pesadillas pesan más que los sueños bellos. Mónica sigue respirando fuerte, engañando a la vigilia. Cansada de todo sin descansar de nada, Mónica se ha levantado. Ha caminado a tientas entre su cansancio y la oscuridad. Se ha arropado con una manta de cuadros en el sofá. Y, casi sin quererlo, se ha olvidado por un momento de que tenía sueño y de que estaba preocupada. Ahora su respiración ficticia ya no es una ficción.

(Imagen de Javier L. Navarrete.)

Por Raúl, hace 3 meses y 2 días

Servicio técnico. Profesionales. Personas

Informatique

La pantalla de mi MacBook parpadeaba sospechosamente mal desde hacía meses y la vagancia hizo que fuese posponiendo buscar una solución hasta que, al final, el asunto fue a mayores y me impedía trabajar. La directa fue buscar un servicio técnico en Burgos. Para aligerar el asunto y pasar otras cosas por alto, dejémoslo en que Burgos no cuenta con un servicio técnico integral de maquinitas de Apple. Las soluciones, desde mi ciudad, pasaban por ser intermediarios con un servicio técnico remoto e ignoto.

No me gustaba cómo olía el asunto, así que opté por buscarme la vida. iPhone y Google Maps dieron con una dirección en Valladolid. De ahí, a una página web y un teléfono. Marqué el número y hablé con una persona que, desde el primer momento, me dio una magnífica impresión. Así que empaquete el portátil y lo enfilé vía servicio de mensajería y paquetería hacia Valladolid. Hacía más de un año que me había comprado el ordenador y, por lo tanto, no contaba con que estuviese acogido por ninguna garantía. Era consciente, por tanto, que el asunto me iba a salir por unos cuantos euracos de, al menos, mano de obra. Fue el servicio técnico de Valladolid el que me insistió que les adjuntase la factura. Se dieron cuenta de que el problema de la pantalla no era ligero precisamente y mediaron con Apple para que la reparación entrase en la garantía de los componentes del ordenador. Así fue. Ellos, probablemente, hubiesen ganado más dinero con alguien que, ya de por sí, estaba resignado a pagar. Sin embargo, han demostrado que son unos extraordinarios profesionales que hacen bien su trabajo. En un mundo en el que muchas veces tendemos a desconfiar de la despreocupación profesional y personal de los demás, da gusto encontrarse con personas que contradicen este desvarío de nuestro descreimiento con la valía ajena. Esto también reconcilia al mundo con la rapidez de los medios actuales de comunicación que, en este caso, lejos de embrutecer posibilitan la agilidad y el contacto humano y directo.

Total, que mi MacBook descansa ahora en su maletín con una pantalla nueva y funcionando a las mil maravillas esperando para mañana un día ajetreado. Y yo estoy más que contento siendo consciente de que, detrás de todo este mundo de sombra, hay muchas personas que nos confirman que el mundo todavía puede funcionar, aunque sea defectuoso de fábrica. Aunque haga muchos años que nos lo regalaron.

(Y como detrás de cada profesional hay un nombre –Juan José– y una empresa –Ingraf–, gracias de corazón. La imagen es de Belgapixel's.)

Por Raúl, hace 3 meses y 4 días

Toma leche

Bubblemilk

Viernes. 16:30 de la tarde. Telefonillo. ¿Sí? ¡Mercadona! Abro. Noventa segundos de espera. Ding dong. Hola, buenas tardes. Le traigo su pedido. Buenas tardes. Estupendo. La leche. ¿Por dónde la dejo? No se preocupe. La dejamos aquí y la voy colocando yo luego. Usted verá. Ya le digo, no se preocupe. El empleado va cogiendo cosas del carrito de ruedas. Y va sacando la leche. Una caja de seis. Dos cajas de seis. Tres cajas de seis. Cuatro cajas de seis... Me extraño. Nunca pido más de tres. Cinco cajas de seis. Seis cajas de seis (como los toros, pero con duplicación real y no reiteración). ¿Pero no se ha equivocado? No sé, a mí me extrañó cuando empecé a coger el pedido. Pero mire la nota. Y espere, que en la furgoneta tengo más. Joder, pues sí. Dieciocho. Que yo creía que eran seis por tres. Pero no, que son dieciocho por seis... a ver que calculo... ¡108!

Se va el empleado. Adiós, buenas tardes. Buenas tardes. En mi recibidor una montaña de leche. Pese a la premura, estructura piramidal casi perfecta. Tengo que encogerme hasta el suspiro para pasar al salón. Saco al ordenador del stand by . A mercadona.es. Lista de la compra. Joder, pues sí. Ahora no se hace el pedido por litro; se hace por cajas. Dieciocho cajas de seis litros. Sí, sí, 108. Ni uno más ni uno menos. Bueno, me consuelo. Tomamos mucha leche (¡y tanta!). Se me ilumina el cerebrito. La leche tarda en caducar. Me vuelvo al recibidor. Miro la fecha. 20 de agosto de 2010. Vuelta al salón. Saco la calculadora y hago cuentas. A ver. 108. Dividido entre 84. Igual. 1,28571429. Razonamiento: me va a salir leche hasta por las orejas (repito: razonamiento. Si no hubiese sido razonamiento, la leche me hubiese salido por otro sitio).

Vuelta al recibidor. Transvase épico recibidor-despensa. Toma leche. Y creo que todo esto ha sido una venganza del destino.

(Imagen de Tywak.)

Por Raúl, hace 3 meses y 7 días

Inicios y finales

Unicornio

Creíais que esto era el final y descubrís ahora que es sólo el principio: os sentasteis en un pupitre con tres añitos para dibujar, cantar y esbozar ilusiones, y salís con una mochila desgastada por el roce de vuestros sueños, con unas carpetas abarrotadas de apuntes con las esquinas dobladas, con los bolígrafos exhaustos de una escritura volcada en la rutina diaria. Sin embargo, vuestro cansancio, el hastío de asistir a las clases cuando el sol calienta, os impide levantar la vista para recobrar la ilusión por lo que os espera, por todos los inicios de los finales del resto de vuestras vidas.

La rutina, el desayuno apresurado, la subida de escaleras que, a las ocho y media de la mañana se hacen eternas, esas clases de rollos interminables, esconden algunos de los recuerdos que perdurarán en vuestras vidas. Siento deciros esto, pero mañana haréis todas esas cosas todos juntos casi por última vez. El hábito os impedirá ser conscientes de que, a partir de ahora, vuestras vidas se separarán del único modo que sabe la sucesión lógica de los días, de los meses, de los años. Prometeréis reuniones para tomar café, para ir a cenar, para mil cosas. No penséis ni por un momento que esas promesas se cumplirán: cuando salgáis por última vez por esa puerta (¡cuántas veces os la cerraron en las narices por llegar tarde!), nada será lo mismo. Por eso, al acto de mañana yo nunca lo llamo ceremonia de graduación, sino la fiesta de despedida.

Las despedidas no son malas. Son la lógica eterna de la vida, que es un eterno encontrarse y desencontrarse, un cúmulo de inicios y de finales, una metáfora del gran inicio y de la gran meta. Hoy cerráis una bella etapa. Sobre la estructura de vuestros cuerpos, los años os regalarán cicatrices, canas, úlceras, roturas y rupturas. Os iréis llenando de experiencias que os harán más sabios. O más tontos. O más desgraciados. O más felices. O –lo más probable– toda una amalgama de esas cosas que se llaman Vida.

Me siento particularmente orgulloso de haber sido, en algún momento, una parte pequeña de vuestras vidas. Ojalá podáis desbrozar los problemas que os esperan al ritmo del análisis sintáctico: buscad los verbos, los nexos, si los sucesos van juntos o separados, descomponed para comprender, juntad para generalizar... Ojalá podáis enfrentaros a los miles de amaneceres con la perspectiva de una bellas líneas que tratan de amor. Nos hemos reído. Me habéis aguantado. Hemos ido trazando una línea o varias todos juntos, entre los desencuentros y la armonía. Pese a intentarlo, nunca existió la clase perfecta, aquélla que todo profesor desearía haberos regalado. Sin embargo, nos quedan muchos ratos de sonrisas. Nos quedan algunas películas que nos enseñaron a ser humanos, aunque nunca podamos estar seguros de lo que somos. Siempre os quedará la alabanza de Mondrian, incluso aunque sea estúpido.

Ahora todo esto queda muy cercano. Dentro de poco, todo formará parte de un recuerdo. Mañana os juntaréis en un acto bello pero protocolario, rodeado de todos los que os han acompañado en estos dieciocho años. En vuestras casas, en vuestras clases, en vuestras almas. Y a mí ya no me quedará casi nada que decir. Y, como Roy, soy ese replicante que dice sus últimas palabras:

Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Vosotros, sin embargo, sois esa paloma que aletea hacia ese azul infinito.

(El origami del unicornio es de Pablo Noel.)

Por Raúl, hace 3 meses y 8 días

Elogio de las series de televisión

True Blood

Ayer acabé de ver Battlestar Galactica. Tengo que escribir sobre esta serie, pero lo voy a dejar para otro día porque prefiero tamizar las emociones por el filtro de las horas. Pero no puedo dejar de lado la oportunidad de tratar un asunto del que he hablado con frecuencia pero sólo de manera tangencial. Por lo tanto, hoy hablaré, en general, de las series de televisión.

Sí, yo también pertenecía a ese grupo de enamorados del cine que se negaba a ver series de televisión. Era de los que había degustado las excelencias de las mejores películas, desde el cine clásico estadounidense hasta las más arduas y elaboradas excelencias de cine-club. Desde muy pronto, mi padre me llevaba a todas las películas que había en cartelera (y, por aquel entonces, eran muchas y, sobre todo, variadas) y, más adelante, llegaba a ver más de una película diaria entre días del espectador, días de paganini, sesiones cinéfilas, vídeo y –cada vez menos– televisión. En el televisor, por supuesto, me entretuve con las series de televisión teniéndolas siempre por un género menor e intranscendente.

Sin embargo, hace años que tuve la suerte de romper de una vez con ese prejuicio que había aparejado la maldición de haberme perdido alguna de las joyas más importantes del arte cinematográfico. Glorificar el cine y penalizar las series proviene de generalizar hasta el extremo con una perspectiva cicatera con la realidad. Creo que fue Winston Churchill el que, ante la pregunta sobre su opinión sobre los franceses, dijo: «No lo sé. No los conozco a todos». En el caso que nos ocupa, decir que el cine es mejor que las series televisivas generaliza y, por lo tanto, miente: hay películas extraordinarias y filmes aberrantes, del mismo modo que existen series bazofiescas y otras magníficas.

Creo que una parte del prejuicio procede del que las series provengan de la televisión. Como aquí todo el mundo es de lo más culto y elevado, parece que denostar los productos televisivos proporciona puntos para entrar en el limbo de la cultura. «Es que no veo la televisión» es una expresión que muchos utilizan como azote contra los incultos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser cierto. Existe una oferta de canales especializados de pago con prestigio bien ganado, pero, además, la moderna tecnología nos permite disfrutar de estas obras sin publicidad y sin tener que esperar a que sean dobladas al español (de eso hablaremos otro día).

No voy a extenderme mucho con más razonamientos. El que sabe de lo que hablo no necesita más palabrería y el que todavía no lo sabe no lo descubrirá hasta que aparque sus ideas preconcebidas. Sólo me limitaré a dar unas cuantas recomendaciones sin orden de preferencia. El que tenga ganas de descubrir productos culturales de elevadísima calidad, todavía está a tiempo:

  1. A dos metros bajo tierra. El sentimiento de la muerte visto desde casa.
  2. Dexter. De cómo un psicópata nos ayuda a entender nuestros propios actos.
  3. In Treatment. A veces una sala con un terapeuta y sus pacientes nos ayuda a proyectarnos en ellos y en él, que es una persona. Como todos.
  4. Battlestar Galactica. Los humanos buscando la humanidad y, mientras, tanto, perdidos de salto en salto por la galaxia sin saber si lo son. O no.
  5. True Blood. La sangre como vida y la discriminación «racial» en el profundo sur norteamericano.
  6. Los Soprano. Un mafioso en terapia y una manera de comprobar que las cosas no son siempre tan obvias como parecen, precisamente porque son obvias.
  7. Californication. Nunca ser un escritor en crisis y pervertido fue tan divertido para él y para nosotros.
  8. Breaking Bad. Una historia que surge del azar y la desgracia de la vida. Paradójicamente, empieza divertida. Paradójicamente, todo se complica.
  9. Mad Men. El mundo de la publicidad visto desde dentro de los sentimientos de los creadores de sueños.
  10. Rome. La historia de un Imperio acaba siendo la comprensión de un proceso bellamente contado más que un conjunto de datos.
  11. Weeds. Viuda, madre... y traficante de marihuana. Sin comentarios.

Después de ver todas estas y algunas más, creo que he descubierto nuevos mundos, personajes, personas y vivencias. Y, sobre todo, creo que he ganado en sabiduría.

Por Raúl, hace 3 meses y 9 días

Crackdown

Trumpet

Y si, hoy tendrías que haber escrito una entrada bonita, una de esas con ternura mezclada con alguna palabra rara. Y sí, sabes que hoy has acabado una de esas series tuyas, todas favoritas, todas obras maestras, todas dejándote un poso de esperanza en que la belleza de las creaciones humanas sean la redención de su inmundicia cotidiana. Y aí, hoy era uno de esos días que hubieses quedado bien con un par de citas selectas, entresacadas no para dar lo mejor de ti mismo, sino para ser el espejo de lo mejor de los demás; que no es lo mismo, que es más mediocre; y, lo peor, que no te explica desde dentro y desde fuera. Y sí, hoy deberías contar a los demás que has visto nuestro planeta en pantalla como nunca lo verías, en el final que es el principio, en eso que es muy difícil de explicar y por eso no lo intentas. Y sí, sabes que podrías haberte dejado vencer por la inercia y poner esa entrada que te mandó la musa de tu blog, pero también eres muy consciente de que son palabras muy especiales que no puedes vaciar aquí y ahora porque sería rebajar su calidad y su sentido. Y sí, sigues dale que te dale rompiendo la delicadeza con música electrónica, cada vez más estridente, cada vez  más agitada, con ritmos que no son los de tu corazón, pero lo aceleran hasta ponerlo a su borde taquicárdico. Y sí, has cumplido con tu obligación, que es gustosa y no impostada. Y sí, prometes escribir sobre todas las cosas que no has puesto hoy porque ser así es mucho más fácil que ser mejor.

(Escrita a este ritmo. Con imagen de Debs Koritsas.)

Por Raúl, hace 3 meses y 14 días

Sueños de niño

Disco2

El abismo de acostarse, para no dormir quizas. Para no despertarse. Con un millón de notas de música agitada en la cabeza, como un vídeo de Lady Gaga a mil revoluciones, sin orden ni concierto. Con la venganza del amor, con los malos tragos de pasar por el quicio de la vida. Los auriculares enquistados en una cabeza atronada por múltiples percusiones sintetizadas. El caos de la música dance atragantado en la amígdala. Intentando darle un sentido a las rectas trazadas con tiralíneas. Y buscando desesperadamente un pijama de pantalones a rayas y camiseta azul para enfundarlo en el cuerpo cansado de los trotes y vapuleos de la vida. Los minutos pasan por los ojos cerrados a dieciocho fotogramas por segundo, que es la velocidad de las cosas mudas en este ensordecedor mundo de sombras. Hasta los mismísimos de encontrar tu estilo en otros sitios, sin saber si el estilo no es tuyo o es que otros se lo apropian. Sin saber dónde nos espera el próximo salto hacia el otro confín de un universo que se escribe sin mayúsculas. La necesidad como extremo y como contingencia. Los acordes fáciles de música pegadiza, pegajosa, que se acopla a tu cuerpo, con los vaivenes del ritmo y de la desesperación. Fashion, baby. Fashion, baby. ¿Hasta dónde llegan los vocablos que siempre debieron escribirse y, sobre todo, pronunciarse en francés? Un mal trago lo tiene cualquiera, pero el atragantón de la vida nos hace deglutir las voces procesadas por las líneas telefónicas. El sueño de la fama produce sombras, monstruos que revientan como la distribución cuerpo-alma, discutida en torno a la glándula pineal. ¿Mentiras del hipotálamo? Somos espejos convertidos en neuronas, plásticas hasta estirarse como los malos alimentos. La buena alimentación se traduce en migas, dicen. Tabla de salvación, afirmaría Hansel. Afirmaría Gretel. Las casas de chocolate son la grande y nutricia y falsa madre. Son la pista que nos lleva hacia el abismo, se tuerza hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia el centro nunca. Es muy obvio. Y anida el ansia de perfección, que es la última de nuestras imperfecciones. ¿Alguna vez fue verdadera la teoría triple de nuestro cerebro? ¿Se descompone en capas, como si de prospecciones arqueológicas hablásemos, meditásemos. Siempre hay quien visita yacimientos para ver las piernas de las mujeres. Es la finalidad última de las escaleras de vanos recortados. No me llames por los nombres que no tengo. Los cadáveres ya no habitan en los cementerios, sino en los armarios, llenos a rebosar de ropa fuera de temporada. ¿Por qué mi mini-mando no obedece a los dictados de la con(s)ciencia? Se habla de lo que no se sabe. De lo que no se siente. De lo que no se paladea con el velo de la vergüenza. La historia de nuestras vidas es una comedia musical que acaba con unas zapatillas y un albornoz en una plaza en una madrugada demasiado caliente para ser tratada con los tonos de la muerte. Necesito desesperadamente el azul turquesa para salvar al mundo de los colores tristes. A fuerza de credulidad, tendré que conformarme con lo que dicen. Aunque todavía me resulta difícil creer que alguien sea asesinado en frente de Central Park. El acto de escribir canciones. El acto de pensarlas. El acto de dibujarlas con las manos. Por eso el mundo es una constante espera de la mirada recibida. Del local brumoso y enloquecido en el que los cuerpos sólo están hechos para bailar y para beber a espuertas. ¿Son los sentimientos la llave de nuestros enojos? Una voz canta y la remezcla la repite como coro pertinaz, impertinente. El interrogante individual se convierte en la interrogación del mundo y, por ende, de la esencia. ¿Habitó alguna vez entre nosotros la partitura que no había de ser cantada, tocada, bailada? Qué maravilla pulsar una tecla y escuchar una voz repetida hasta la saciedad, hasta el hartazgo, hasta la penúltima escalera esculpida por el demiurgo que, de creer a Cioran, sólo puede ser aciago. A lo lejos oigo unas voces que me hablan para que retorne hacia el hilo que me entresaque del laberinto. Puta Ariadna. Ahora que estaba escuchando a las sirenas en forma de unos vecinos: los muy cabrones, siempre se olvidan de apagar el despertador.

(Imagen de Roberto Castaño.)

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