Es una imagen en un primer plano demasiado cercano y, por lo tanto, poco misericordioso. Una mujer que abandonó la juventud hace unos años mira a la cámara desde un blanco y negro que representa el paso del tiempo en toda su crudeza. El efecto, al parecer, es buscado por el artista, que se ceba en las patas de gallo, en las bolsas de los ojos y en las minúsculas pero perceptibles laceraciones del tiempo en el labio superior. La mirada, sin embargo, no es una mirada dura: en los ojos de esa mujer parece que la vida es contemplada no desde la contundencia, sino desde el miedo. Pese a todo, parece una mujer bella o que, al menos, ha retenido parcelas de unos tiempos más condescendientes. Pese al monocromatismo de la escala de grises extrema, pese a la pelusilla que adorna las patillas, pese a unas cejas en las que la pinza debería sobreabundar, la mujer, con su miedo, desafía de manera poco agresiva al espectador, que se siente como un intruso inmerso en una historia, en una vida, que no conoce. De hecho, la mirada, parece traspasar al que lo contempla como si fuese transparente. El brillo de los ojos nos regurgita con su inquietud, pero también con una demostración de que, en el fondo, no es una mujer a la que le domine el miedo, sino una mujer que sabe que el miedo existe; una mujer que nos ilumina con su conocimiento, para que sepamos lo que nos aguarda a todos a la vuelta de la esquina.
Hoy, volvemos a ser subjetivos, porque no todo en el monte es orégano. Porque de todo tiene que haber en la viña del Señor. Porque las calles ayer se nos vistieron de fiesta con pequeños retazos de blancura. Porque la vida duele a dosis imperfectas. Porque los culebreos de los coches sobre la nieve han desvelado –una vez más– que todo el orbe, que toda la urbe es una metáfora de nuestras vidas, flageladas por las ráfagas del frío en nuestros rostros. Cuando parecía que el aliento no nos llegaba a los pulmones, hemos descubierto la falsedad de las aceras y de las personas. Las medias tintas y los dobles raseros son más poderosas que las tetas, las carretas y todas las rimas en esa consonante tan fea. Lo mismo que otros días necesitábamos la imparcialidad, hoy necesitamos desatar nuestro dolor en gritos que la noche fría nos devuelva en un eco gélidamente perfecto. Porque la belleza anida tras los cristales, esquinada en cada objeto imperfecto. Porque los días y las noches nos devuelven lo que no le pedimos. Porque la carretera atronadora de Bruce Springsteen ha acompasado nuestro cuerpo con la madrugada. Porque el amanecer todavía no existe, aunque los blancos retazos vayan creando una ilusión anticipada. Porque las farolas devuelven la luz tímida y opaca que encubre las tinieblas. Hoy, con la coraza puesta para la nueva batalla que es cada jornada, volvemos a ser subjetivos. Aunque duela un poco. Porque no todo el monte es orégano. Porque las colinas de hierbas aromáticas quedan muy muy lejos y están cubiertas por el frío de la nieve, del hielo. Y de nuestro corazón.
Objetivar la depresión es una de las tareas más complicadas cuando se está dentro. Del mismo modo que casi no hay modo de arreglar un ascensor si se está en su interior, hablar de la depresión sin victimismos, derrotas y autocomplacencias es una meta difícilmente conseguible.
La depresión es una de las enfermedades más terribles para el que la padece y una de las más absurdas para el que la ve padecer (si ese ver padecer no te toca de muy cerca). Algunos de los reflejos de este espejo –a veces cóncavo, a veces convexo, pero nunca plano– pueden ser desgajarse de la tristeza y no conseguirlo, sentir un grado supremo de inutilidad y ver que la razón es uno mismo, seguir en el camino por inercia (o por miedo), no ser capaz de llevar los proyectos y ponerlos en marcha, no tener proyectos. La depresión conduce al aislamiento de no querer estar con nadie y a la contradicción eufórica en los momentos de subida, tan escasos y patéticos. La depresión te mantiene entre el pozo de la medicación y el pozo directo del abismo. Lo peor, con diferencia, llega cuando estás solo. En el quicio de la media tarde, cuando la luz natural se apaga y buscamos el abrigo del hogar, uno se sienta en el sofá y siente un vacío que no se rellena más que comiendo de forma compulsiva y desordenada y con dosis exageradas de televisión basura con la mirada no enfocada hacia ninguna parte.
Como decía, lo curioso es el contraste entre el deprimido y su mundo circundante. Por más que los que te rodeen conozcan tu dolor profundo, al no ser éste objetivado ni objetivable pasa a ser olvidado. La tortura de tener una vida sin plazos, la actitud de mantenerse en la indefinición y en los compromisos vacíos son para el deprimido las patadas que consiguen hundirlo aún más en una enfermedad que pocos consideran como tal. Las conductas de uno, entonces, pasan a ser injustificables y, por lo tanto, vituperables y punibles. Si para un atleta que tiene un hueso de la pierna fracturado la escayola le exime (tristemente) de seguir con su entrenamiento y, por lo tanto, no se le exigen nuevos retos en la convalecencia, en la vida del deprimido el mundo gira alrededor y él tiene que seguir danzando. Si no puede, se le critica. Si se cae, se le recrimina. Si no se levanta, pocos se acercan a echarle una mano.
Hay una cosa más difícil aún que objetivar una depresión: padecerla. Cuando la mente está tan turbia, tan perdida como para no poder racionalizar la existencia con criterios medianamente serenos, la cabeza se acogota, se inclina. De esta manera, es muy difícil ver el horizonte. Y, con el rostro y el ánimo encogido, lo único que queda es buscar el calor de tus propios brazos en los días difíciles del invierno. Y eso no es la cura, sino el parche.
La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?
La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.
En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.
Estamos en época de exámenes, así que no me resisto a hablar de ello. Lo haré de manera breve y pausada, cosa aconsejable en mi estado de cabreo supino. No sé qué es lo que no funciona en el sistema universitario o en la mente de algunos profesores y alumnos, pero me encuentro con varias situaciones preocupantes.
Por ejemplo, recibo frecuentemente correos electrónicos en los que se pervierte la ortografía, la gramática y la redacción con total impunidad.
Por ejemplo, los alumnos se amparan en que no pueden asistir a clase por los motivos más variopintos para que se les facilite todo el trabajo. Se ve que los alumnos que cumplen su trabajo como es debido son de una casta inferior. Antes, un alumno decidía ir a clase o no ir. En este último caso, se buscaba la vida sin involucrar al profesor.
Por ejemplo, los alumnos que deciden no asistir a clase te preguntan dónde pueden conseguir los manuales de referencia básicos una semana antes del examen. Juro que no estoy de broma: algunos dicen que son caros y si conozco algún modo de sacarlos más baratos. Otros dicen que es que ahora los ejemplares de la biblioteca están cogidos. Y otros, sin más, deciden que les vas a dejar tu ejemplar y, a hechos consumados, te piden que se los dejes en un momento que ellos tengan libre.
¿Qué le pasa a la Universidad? ¿Qué nos pasa? Y la última: ¿qué fuerzas dedicamos a lo que merece la pena?
El dolor. Sensación extrema con la que, de alguna manera, somos conscientes de que estamos vivos. El dolor nos achica, nos encoge en nuestra humilde condición humana para hacernos partícipes de la gran evidencia: que, alguna vez, dejaremos de ser nosotros para pasar a ser ¿nada? El dolor físico, en su intensidad o en su constancia, es tremendo e incontinente. Pocos fármacos son más utilizados y más queridos que los analgésicos, que casi nos sirven de llavero con el que abrir las puertas de la ataraxia. El dolor, si no es crónico, tras su viaje por las meninges, los tuétanos, los tendones o las piezas dentales, pasa. Y, tras él llega la calma. Para mí, existe un dolor mucho más preocupante --por desbordante, por subjetivo--. Es el dolor del alma. El dolor del alma, seguramente, no es sino una variante peculiar del dolor corporal. Seguro que tiene su base en nuestros neurotransmisores o, en todo caso, en algún lugar del andamiaje de nuestra consciencia. Serotonina por allí, serotonina por allá. De todos los dolores anímicos, el más extremos es el dolor de sentirse vivo. Como sucede con el dolor específico y localizado en una parte de nuestro cuerpo, el dolor de sentirse vivo nos hace vivir cada momento desde la conciencia del abismo. Si vivir en la ignorancia supone desentendimiento o, según se mire, felicidad, el centrarnos en el mismo acto de vivir nos devuelve todas las esquirlas de las rupturas anímico-óseas acumuladas en el acto de nuestra vida. Vivir sabiendo y sufriendo que se vive es el acto, quizá, de mayor humanidad, pero también --quizá-- el acto de mayor inconsciencia. En el fondo, resulta de la paradoja de saber que vivimos, de saber justamente qué es la vida, en pleno acto de reflexión existencial.
Vivir duele. Nos duele. Me duele. Entre otras cosas, porque es algo que va más allá de un acto meramente administrativo. Entre otras cosas, porque la conciencia de la vida asume conocer sus extremos. ¿Alguien dijo que el dolor es bueno? Del dolor de vivir nadie sale indemne. En todo caso, sale pertrechado para entrar en combate.
(Con el propósito de que esto gire hacia algún sitio, comienzo una serie que llevará por nombre Objetivización. En ella intentaré hablar de todas las cosas serias que se me pasan por la cabeza y que necesito sacar a flote desde un punto de vista objetivo para no sucumbir. La imagen es de victor_uno.)
Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.
Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos «sugiriendo» su lectura --obligada, naturalmente-- aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.
Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.
Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.
Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.
Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».
Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»
Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.
(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)
Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.
Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.
En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.
En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.
Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.
¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.
Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.