— Verba volant

 

El turista, al fin, ha cogido el coche de madrugada, ha escogido un disco de música que le permita escuchar su música favorita durante unas cuantas horas seguidas y se ha tomado todo el tiempo del mundo para ajustar el asiento y los espejos retrovisores. Ha metido la marcha atrás, ha respirado fuerte y ha visto en el navegador del coche un panorama de seis horas de conducción hasta su destino. No le cuesta conducir durante muchas horas. Al contrario, un viaje largo le ayuda a mirar la carretera de manera que su viaje no sea solo por el exterior sino que le permite indagar, un poco, en los recovecos que las prisas suelen dejar en la penumbra. La calma se la brinda, paradójicamente, una música escuchada a un volumen un poquito más alto del normal y con unas melodías que no se pueden imaginar ni siquiera los que piensan que le conocen bien. Aunque ahora ya no puede apretar tanto el acelerador como le gusta, no puede evitar sonreír a medida que el navegador va reduciendo sus expectativas de llegada. Tiene muy a mano una Coca Cola de la que se beneficia en las rectas, más bellas si son interminables. El turista sabe que, en el fondo, las huellas y los caminos, ahora con forma de carretera, son una forma de simbolizar el trazado de una vida. Ahora, con el volante a la altura perfecta, piensa y vuelve a sonreír. Quizá piense en todos los preludios, en todos los vaticinios de los amaneceres, cuando el sol todavía no amenaza con la crueldad de su luz, con la malicia de intentar conocer todas las cosas.

(Fotografía tomada de mi galería de Flickr.)

Read More

El turista comienza este año sin saber cómo comenzar. Por no saber, no sabe ni dónde ni cómo se iniciará en la tarea de poner rumbo a algún sitio. Es consciente, sin embargo, de que este año no le esperará ninguna playa exótica en el otro lado del mundo. Asimila que no serán las millas náuticas las que configuren el recorrido. Sabe que tiene que partir de que, este año, buscará más el destino como legado y no como desiderátum; como sosiego más que como agitación. De lo primero que será consciente nuestro turista será de que todo surgirá sentado en un coche y con toda la carretera por delante, sin más límites que el cercenamiento de no poder agotar las posibilidades del acelerador. Mirar campos, poblaciones y polígonos industriales a los lados y, al frente, solo la línea del horizonte mediatizada por el asfalto. A nuestro viajero no le arredran los kilómetros ni las horas de viaje. Le gusta erguirse en el asiento, respirar acompasadamente y, en ocasiones, soltar un resoplido o canturrear mientras escucha la música ecléctica y disonante en ocasiones que sale del disco reproducido de manera aleatoria. No hará más paradas que las que le dicten su vejiga y el depósito de la gasolina.

El turista sabe que este año, lleno de contenciones, ha de serlo también de búsqueda de un remanso en el que descansen sus músculos maxilares. De buscar algún medio para que la cabeza deje de buscar siempre la senda del nerviosismo y del agobio. Sea la meta que sea, ha de ser una meta más simbólica que real, menos obvia y más poblada de los ingredientes que den paz, que proporcionen olvidos de (casi) todos los agobios de su mundo. Este año, el turista sabe que los días de asueto son un intermedio para otra cosa. Una manera necesaria y decidida de decir basta ya, de parar, de olvidar activamente todas sus obsesiones.

Nuestro turista piensa todas esas cosas a pocos días de ponerse en marcha. Sin saber dónde ir ni cómo iniciarse en el rumbo de la pausa. Y, aunque intente engañarse, sabe que su cabeza, por suerte o por desgracia, le irá acompañando a todas las partes.

(Imagen de Lali Masriera.)

Read More

He recibido varios mensajes desde el cielo, desde el espacio, desde los bits, desde la conversación cara a cara. Y todos los mensajes me dicen que mantenga la calma. Que mantenga la calma. Que la vida, toda ella, es una forma de malgastar el tiempo y que solo de nosotros depende de si lo malgastamos bien o mal. Que es mejor pasar de puntillas por las ofensas. Que, en el fondo, todo es cuestión de tragar la saliva, aunque sea gorda. De beber mucha agua para que pase el mal trago. De levantar un poco más la cabeza para despejar el esófago. Me dicen los mensajes algo de las muchas razones para desviar el enfoque y mirar hacia las cosas que aportan un sentido y no profundizar en las que se lo quitan. Me dicen, sobre todo, que abra el buzón que viene de más arriba, directamente de las personas que más me han querido. Me envían una sonrisa, un trozo de atardecer cálido (que este verano, en esta ciudad, con este temperamento, se convierte en un imposible). Unas palabras, apenas unos susurros que destilan pequeños momentos, retazos menudos de momentos, de melodías y paisajes. Y escribo esto para contestar: mensaje recibido.

(Imagen de Javier Sanjuán, excelente fotógrafo burgalés del que recomiendo visitar su galería en Flickr.)

Read More

La “constelación familiar” es una terapia creada –y sin evidencia científica comprobada– por Bert Hellinger que tiene su fundamento en elementos culturales de procedencia inconsciente y que podría considerarse una variante de algunas de las teorías del inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung. Según este pensador alemán, muchos problemas psicológicos esconden sus razones en conflictos, hábitos y normas familiares registradas y asimiladas por un individuo y que influyen poderosa, aunque no de forma voluntaria, en su con(s)ciencia.

Más allá de los elementos en los que se basa esta teoría como terapia, me ha parecido interesante la forma de estudiar la familia desde el punto de vista de la teoría general de sistemas. Me resulta muy curioso, por ejemplo, que algunos integrantes de estas constelaciones se unen con el objetivo de reducir el sentimiento de otro de los miembros y surgen implicaciones muy interesantes como la arrogación, mediante la cual algunos miembros se apropian del derecho o de la responsabilidad de otra persona del grupo en aras de un supuesto equilibrio.

Particularmente, al margen de los beneficios terapéuticos que pueda tener comprender este funcionamiento, a mí me interesa mucho más el comprobar el daño que puede hacer, a su vez, tomar las relaciones como clanes y querer encajar con calzador a individuos procedentes de sistemas diferentes a un sistema tomado como el único válido, incluso aunque se perjudique el equilibrio mismo del clan al que se pertenece. Por ejemplo, la táctica de exclusión del sistema es contradictoria en sí misma, ya que beneficia al sistema del clan originario, pero genera, a su vez, un sistema viciado en el que algunos individuos del mismo clan pueden salir perjudicados. Lo curioso del comportamiento humano es que hay muchas personas para las que ese sistema es tan poderoso que no son capaces de individualizarse y, por lo tanto, tener la autonomía suficiente para corregir los problemas. En definitiva, creo que la asunción de ese sistema de constelaciones puede ser positivo para la permanencia del clan en cuanto tal en su forma originaria, pero no es necesariamente el mejor para los individuos que lo integran. A veces se alcanzan mayores logros con la defensa de la individualidad que con la asunción del gregarismo, sobre todo cuando este conduce a la ignorancia del otro y a la negación de los derechos de los que no pertenecen a la constelación pero interactúan con gente de su órbita.

Somos animales de costumbres y las costumbres crean culturas, pero también somos seres individualizados que debemos saber asumir muy bien los roles de nuestra actuación para ir en beneficio del progreso, para no convertir las relaciones en rebaños. Solo así brilla la humanidad de los individuos por encima de la dudosa luz de generalizaciones que, por serlo, cercenan la raíz misma que les da sentido.

(Imagen de SantiMB.)

 

 

Read More

Corren malos tiempos para los minutos del verano: se congelaron esta mañana entre un soplo de viento frío y una nube que se cruzó en mitad del cielo. Este verano parece que desea acercarse a los inviernos en los que no existe más lumbre que los propios abrazos como insignia, como refugio. La estela de la columna vertebral aprovecha para tiritar hasta cimbrear las caderas y los grados centígrados se derraman por los ventanales. Corren malos tiempos para los minutos de verano: están por los suelos, como las cucarachas, las mentiras y las rebajas. Las hojas de los árboles parecen querer decir que nos volveremos a ver, en algún tiempo en el que los momentos se junten como una aguja con su hilo enhebrado.

Y es que corren malos tiempos para los minutos de verano, enredados entre los dedos de la mano.

(Imagen de Mo Enaldi.)

Read More

Hace un mes tuve que empaquetar muchos años de mi vida familiar, recoger la vida de mis padres y disgregarla, dividirla, empaquetarla, seleccionarla o abandonarla. Entre las decisiones que tuve –tuvimos, que mi hermana estuvo también inmersa en el proceso–, nada más difícil como las cosas que, aparentemente, menos valor tenían. Una caja menuda en la que tu madre guardaba pequeñas cosas como si fueran tesoros; un archivador lleno de las facturas de la luz con la que leíste tantas horas; un cuadro que te quedabas observando fijamente cuando eras pequeño. De entre todas las elecciones, la mayor traición fue la de una planta, el último vestigio vivo de la casa que se abandonaba. Una planta testigo de los últimos cuidados de tu madre cuando aún le quedaban vestigios de razón. Uno de los grandes errores que he cometido, últimamente, fue no agarrarme con fuerza a la maceta para no desprenderme de ella hasta que tuviera el hálito de la savia.

(En la imagen, la rota imagen de una planta viva junto con otra, que –seca– me recordaba el mimo aplicado a las cosas pequeñas.)

Read More

La cara que no consigo olvidar. El rastro del placer o del remordimiento. Mi tesoro o el precio que tengo que pagar. La canción que el verano tararea o el frío que acompaña al otoño. Infinidad de cosas diferentes: la bella o la bestia, la escasez o la demasía, el arrastre hacia el cielo o la conversión en el infierno. El espejo en el que contemplo los sueños, la sonrisa reflejada y retratada en la superficie de las aguas.  Lo que parece ser y lo que no es, lo que no es y lo parece. Los ojos de recovecos tan íntimos cuando se lamenta, cuando llora. La vuelta del pasado, la presencia del ahora, la llegada desde el mundo de las sombras. Todo lo que tendré presente hasta el día en que me muera. La razón para sobrevivir. La asunción de sus risas y de sus lágrimas. El significado de todas las cosas que habitan por debajo de los cielos.

(Versión prosificada y libremente modificada de “She”, de Elvis Costello, en una tarde en la que, sin querer, me acordé de Notting Hill.)

Read More

Vivir supone, quizá, saber jugar las cartas que un día nos repartieron. Vivir supone, quizá, esperar al momento del descarte para que la nueva oportunidad te propicie conseguir una buena mano. Vivir quizá suponga saber jugar con nuestros compañeros de mesa, adivinar sus gestos y sus reacciones; reconocer el momento de echar un farol, asimilar que te puedes encontrar rivales débiles y peligrosos. Vivir supone interiorizar que, quizá, no sepas si ahora toca acercarte a las veintiuna, o si eliges falta o pasa si juegas a la ruleta. Quizá suponga, también, jugártela una vez a la ruleta rusa. Y puede que vivir sea todo un ejercicio de funambulismo en días ventosos. El problema del funambulista es asumir con consciencia plena que se asoma al abismo todos los días. Lo que no sabemos nosotros, quizá, ni tampoco el equilibrista, es que el abismo sabe esperar.

(Imagen de Wiros.)

Read More

Noto con profunda tristeza que Verba volant está de capa caída. Desde hace unas cuantas semanas (casi meses), hay algo que me preocupa muchísimo más que la falta de ideas: noto que me faltan las ganas de escribir o que, simplemenet, se me olvida el hecho de que tengo abierto ese vehículo de comunicación. Lo primero que se le ocurre a uno ante esta situación es que, quizá, vaya siendo el momento de dejarlo. Entre otras cosas, porque es bastante poco probable que el mundo explote ante tan relativo desastre. Sin embargo, me voy a esforzarme para que esto no ocurra. Y esta entrada va precisamente de eso, de las razones de mi escritura.

Cuando han llegado los momentos de pensar han dejarlo, he necesitado recuperar los momentos en los que empecé. Verba volant nació un bendito 19 de agosto de 2007. Crearlo fue, para mí (no hablo de la Humanidad, a la que le puede importar un bledo), una magnífica idea: creía que tenía algo que decir (aunque fuera para mí mismo); pensaba que tenía un proyecto creativo y cultural entre las manos y que podía ponerlo en práctica; estaba convencido de que, al margen de la calidad, de la cantidad o de la intensidad, era algo que necesitaba, viviendo casi siempre en el puñetero borde del abismo. Los principios fueron solitarios porque así era muy deseo. Al poco tiempo, la lectura del mismo se ampliaría con la amable y cordial acogida en la Burgosfera. Y, un poquito después, el blog siguió creciendo y creciendo con un número de lectores más o menos recurrentes que iba aumentando paulatinamente. Me consta que les gustaba a una, dos, tres, cuatro o cinco personas (y eso, para mí, era más que suficiente). Había un poquito de creación literaria, una miajita de experimentación, un incipiente interés por la fotografía, algo de reflexión teórica deliberadamente personalizada… Todo esto se ha mantenido con una inmensa ilusión, un no desdeñable esfuerzo (si pasásemos todo esto a papel, contaría con miles de páginas) y servía también como una auténtica terapia. Puestos a sufrir en este mundo, no estaba mal escribir sobre ese sufrimiento y, de paso, beneficiarme de la catarsis.

Como era un proyecto mío y muy personal, decidí escribir sobre lo que me daba la gana. Y con estas reflexiones en voz alta llegaron los problemas. Pensaba yo que, privado de todo como estaba, enjuiciado por la pequeña ciudad en la que vivo y sometido al arbitrio severo de encorsetados clanes, podría utilizar este pequeño espacio com lugar de libertad. La sorpresa vino en forma de ataques virulentos, enfados sublimes, acometidas e intentos de que parase. Cualquiera que haya seguido la trayectoria del blog, sabrá que no he sacado el cuchillo a pasear en demasiadas ocasiones. Todos los que saben leer entre líneas (es decir, todos los que saben leer) son perfectamente conscientes de dos cosas: una, que todo esto era un asunto mío; dos, que gritaba por no llorar y que los destinatarios no eran nunca los mismos. Por otro lado, quizá sea más o menos defendible que aquel que ha tenido que tener la boca bien cerrada durante tanto tiempo pudiese abrirla de vez en cuando, sobre todo cuando ha tenido que escuchar tanto disparate; sobre todo cuando un servidor tenía como abogado defensor tan solo a su espejo, que es feo, está manchado y tiene un reflejo contradictorio. Tuve que aguantar lo que nadie sabe. Las estadísticas mostraban diariamente que quienes me negaban el pan y la sal (y que nunca llegarán a saber las raíces de todas las cosas, de todos los males) entrasen de forma compulsiva al blog para darse por aludidos. Había otras veces en las que, después de haber sucedido algún hecho muy desagradable en el que yo era el agraviado de forma pública, mi respuesta literaria y, desde luego, carente de referencias concretas, se leía con lupa para que tuviese otro tipo de consecuencias.

No es bueno vivir con esa presión. Por fortuna, supe librarme de la obsesión de visitar la página de estadísticas para liberarme también de esa carga que, a mi pesar, sigue existiendo. Lo que es obvio, no lo era para algunos: este blog no era un lugar nacido de mi deseo de meterme con nadie, sino que era un lugar en el que, simplemente, el que hablaba era yo. Y al hablar, uno habla de muchas cosas: de las que le rodean y de las que no. Invito a cualquier sabiondo a vivir durante años privado de lo que más quiere, en condiciones lamentables, sufriendo ataques de ansiedad cada dos por tres. Y con otros males todavía peores acechando.

Como digo, no he superado la etapa del sufrimiento porque, desgraciadamente, creo que esto acechaba en mi temperamento y temo que no desaparezca por completo nunca. Sin embargo, el blog seguía sirviéndome para otras muchas cosas. Nacieron algunas series que me empujaron a la idea de escribir varios libros, animado por muchas personas que me lo aconsejaban en las líneas del blog y, sobre todo, en charlas con una cerveza entre las manos. Lo más duro era ver que las personas que más cerca podían haber estado de todo esto tomaban el blog como ese saco de inmundicias vomitorias. Jamás recibí un empujón amable. Jamás una palabra grata. Nada de esto parecía tener ningún mérito. Lo gracioso es que si esto hubiese sido idea de cualquier otro con un acento o un tono de voz diferente al mío, le hubieran puesto en los altares.

Y eso es precisamente lo que me ha llevado a escribir esta entrada, con un aviso para navegantes: el que firma esto va a seguir escribiendo de lo que se le salga en la punta del níspero. Voy a seguir siendo tan educado como algunos lo son conmigo. Voy a seguir utilizando mi cabecita para inventarme historias. Voy a intentar seguir algunos de los principios que me inculcaron y también voy a romper con muchos otros. Voy a procurar compartir con los demás algunas pequeñas habilidades que poseo y también a manifestar mi ignorancia de todo lo que no entiendo. Nada ni nadie va a hacer que me calle y solo yo decidiré sobre qué o sobre quién hablar.

Y otra cosa más: en estas líneas, estaré del lado de todos los que quieran acompañarme, de forma amable, tierna, benévola o crítica. Pero, en mi vida, solo voy a admitir a aquellos, que de acuerdo o no conmigo, decidan estar a mi lado. Porque, aunque no lo parezca, me gustaría que todos los días que configuren el resto de mi vida estén llenos de conversaciones, de guiños cómplices y de sonrisas. Y al que no le guste, que le den por los cuatro puntos cardinales.

(Imagen de Jorge Fabra.)

Read More