Por Raúl, hace 3 meses y 12 días

Escribiendo. (Sobre escribir)

Pluma

Hoy, que me planteo escribir sobre el acto de la escritura, me doy cuenta que Verba volant no contaba con una categoría de «Escritura». Sí tiene una sobre «Creatividad», que como es obvio, tiene mucho que ver con la primera, aunque no son sinónimos exactos. Partiendo de lo obvio, hemos ido parcelando y especializando los términos de lectura y escritura. En un nivel elemental, la lectura y escritura son actos cognitivos e intelectuales básicos y que sustentan los cimientos básicos de la alfabetización. Son primero un acto psicomotriz que deriva en algo más complejo. Ya desde ese principio, la lectura es un acto más sencillo que la escritura.

La lectura y la escritura experimentan luego por una profundización. De la lectura más o menos mecánica y de la escritura más o menos reproductora de lo existente, pasamos a la lectura y la escritura como actos cognitivos ampliados a nuestra existencia particular. Es el momento en el que nos separamos de la lectura dirigida para proyectar la lectura como un acto vital, libre y más o menos espontáneo. Es el momento (no experimentado por todos) en el que nos ponemos ante un papel o una pantalla e intentamos escribir sobre el mundo o, al menos, intentamos contar a los demás el mundo desde nosotros. Es esta etapa fuertemente mimética. Elegimos, pero todavía preferimos volver a casa que adentrarnos en bosques desconocidos. Ampliamos nuestros horizontes, pero éstos no se corresponden con los confines del Universo.

El siguiente paso lo experimentan menos individuos todavía. Es el terreno de la lectura impulsiva y compulsiva, en la que descubrimos terrenos ignotos. Es el mundo en el que por primera vez descubrimos que esos confines del Universo de la realidad no son fijos, porque los ensancha permanentemente el mundo de la ficción. Al margen del terreno de lo posible, enriquecemos nuestra experiencia con personajes que no existían y que ahora nos explican; abundamos en el viaje de paisajes y lugares que no existían o de los que nos perdíamos una determinada perspectiva; el mundo de la acción no será ya solamente el mundo de lo pasado ni de lo posible, sino también el de lo futurible y lo impensado e impensable. En la escritura, los que se encuentran en ese nivel intentan devolver ese mundo de experiencias nuevas para regenerarlo, contradecirlo o ensancharlo.

El pasado 17 de abril El País publicaba una encuesta entre escritores para hablar de «La derrota de la página en blanco» en la que dan consejos (o no los dan) a los escritores que se encuentran con la página en blanco. Lo que más me gusta de esa encuesta es el hecho de no pueden hallarse muchos vínculos entre lo que dicen unos y lo que dicen los otros. Más allá de todo eso, algunos piensan justo lo contrario que otros. Esa es la maravilla de la escritura: un acto mecánico que puede enseñarse; una destreza que puede afianzarse; unas pautas ortográficas, morf0lógicas, sintácticas y textuales que pueden enseñarse; unas fórmulas que pueden aprenderse. Pero, más allá de todo lo evidente, un acto tan hondo y tan profundo que se nos escapa de las manos. Un acto que es relativamente fácil de explicar una vez que está hecho pero que nació para romper las planchas y los moldes que lo albergan para resurgir siempre en un acto nuevo.

Me gusta el acto de la escritura por lo que tiene de experiencia que no se conforma con los límites. Me gusta el acto de la escritura porque, al margen de recursos más o menos fáciles, es siempre un acto de misterio. Le mejor idea puede convertirse en podredumbre y la idea que parece que no tiene recorrido alcanza a llenar el mundo del matiz de belleza que le faltaba. Me gusta el acto de escribir y, sobre todo, el acto de escribir ficciones porque es un acto de invitación en el que menú de degustación versa sobre lo más íntimo de la personalidad. Me gusta también porque, como en toda invitación, a veces la comida es más bien escasa, a veces atraganta; a veces el plato está rico y otras, por quererlo demasiado sabroso, se arruina por exceso de pretensión. Me gusta el acto de la escritura porque es contradictorio: ayuda a pensar en uno mismo y, a la vez, a que uno se embarulle aún más; ayuda a la locura y a la cordura; ayuda a enseñar cosas de uno mismo y del mundo y, al mismo tiempo, esconde más de lo que enseña, sugiere más que dice.

¿La solución para la página en blanco? Hace unos meses se la oí a Raúl Vacas y me parece de mucha ayuda: se coge una hoja en blanco, se aplasta y se arruga. Aunque todavía no conozca el resabio de la tinta, ya no parte de cero y quita el miedo. Y de ahí a crear el mundo, sólo queda la distancia que media entre el mundo y nuestro mundo... y lo que podamos aportar. Si es que podemos (y nos dejan).

(Imagen de Diego Sandoval.)

Por Raúl, hace 3 meses y 13 días

Viviendo deprisa por dentro

Stress

Vivimos deprisa. Tan deprisa como para hastiarnos si no mantenemos firme el pie en el acelerador. Tan rápido como para mantenernos en la nube de apresuramiento que no nos deja bajar la intensidad. Vivimos deprisa por dentro y por fuera. Hemos sido educados para la respuesta rápida, para avivar el ritmo, para ser productivos, para subir rápido. Vivimos tan deprisa como para no saber lo que es vivir de otro modo. Y, cuando nos apalancamos en esa nebulosa, llegan el estrés y la ansiedad (o la ansiedad y el estrés).

Siempre he pensado que es bueno vivir con cierta tensión. La tensión nos obliga a estar alerta, a no perder los reflejos. Nos ayuda a esquivar los golpes y nos enseña a canalizar el chute de adrenalina que necesitaremos en las situaciones salvajes de nuestra no tan civilizada vida. Quizá la clave no consista en evitar el estrés sino en aprender a vivir con él. La solución, en efecto, pasa por no conectar nuestro nervio vital con el pasado ni con el futuro. Pasa por superar los momentos del presente dosificando las dosis y aprendiendo a vivir el día a día acolchándolo con intervalos de calma.

Todavía recuerdo cuando, hace años, intentaba sentarme en semipenumbra en el suelo de mi habitación, con las piernas cruzadas e intentando pausar la respiración mientras cerraba los ojos. No conseguía dejar la mente en blanco ni un mísero minuto. Desde ese momento, me convencí de que algunas personas podían vivir con calma y otras no seríamos nunca capaces de vivir serenamente. Entre los motivos recónditos, probablemente anida un perfeccionismo más o menos insano y un autoanálisis inmisericorde.

Creo que es muy difícil vivir en el mundo actual sin estrés. Anular el estrés sería algo así como volver al mundo calmado de antaño, ese mismo mundo que perseguimos en los días de vacaciones, en los momentos de asueto. Vivir permanentemente en ese mundo no es posible en el mundo de hoy. Todo lo que nos queda es saber vivir con el aliento detrás de la nuca sabiendo que nunca será posible parar del todo, pero sabiendo que ese motor nos puede arrojar al vacío. De nosotros, de nuestro aprendizaje vital, depende que no caigamos en el precipicio.

(Es muy interesante el artículo de Inmaculada de la Fuente en El País, «Vivir en paz es posible». La imagen es de Anna Gay.)

Por Raúl, hace 3 meses y 18 días

Unas cuantas observaciones sobre la lectura, la tecnología y cuestiones afines

Robot

Los seres humanos tememos a las máquinas, pese a que somos sus constructores (o precisamente por eso). Las hemos temido siempre en función de diferentes razones que van desde lo externo (nos llegarán a quitar el trabajo) hasta lo interno (nos hacen seres inútiles). Los seres humanos, que hemos concebido estructural y ontológicamente a las máquinas, hemos ido parcelando nuestros miedos y los hemos ido volcando en diferentes manifestaciones artísticas (entre todas, siempre me quedaré con Metrópolis, Blade Runner y, ahora Battlestar Galactica).

Vicente Verdú publicó en El País el pasado día 8 un artículo titulado «Mirar sin ver bien» en el que volcaba ese miedo interno de los humanos hacia los avances tecnológicos. La argumentación no es nueva: las máquinas privan a los seres humanos del esfuerzo y esta privación nos convierte, paulatinamente, en seres anquilosados e inútiles. Es cierto que la especie humana está evolutivamente dotada para soportar grandes esfuerzos físicos, pero la evolución cultural nos ha ido apartando de ellos gracias a rampas, palancas, ruedas y poleas, y así sucesivamente. A mis cuarenta y tres años, pertenezco a una generación que vio a su madre de rodillas en el suelo fregando el suelo esponja en mano. Los sucesivos avances que fueron llenando las casas han ido facilitando la vida. Y así ha ocurrido en todos los ámbitos vitales y laborales.

Lo que hace de la técnica algo nuevo convierte a ésta también en algo rigurosamente contemporáneo y, por lo tanto, difícil de entender y de justificar. Nadie niega la conveniencia de una grúa en la construcción ni de una lavadora en una cocina, pero sí cuestiona el invento de hoy para el futuro. Recuerdo que en mi generación empezamos odiando los móviles. Alguno también odiaba los ordenadores. Ahora casi nadie denuncia su uso sin abuso porque lo hemos incorporado a nuestra realidad cotidiana. En el inicio de los sistema de navegación para coches, se hicieron miles de chistes con el TomTom y, aunque nadie descarte el encanto de las incertidumbres del viaje, tampoco niega nadie la comodidad del transporte puerta a puerta, sin rodeos ni peligrosas vacilaciones.

Uno de los avances más de moda en la actualidad son los libros electrónicos, de los que existe ya una amplia variedad de modelos y prestaciones. Se les ha atacado desde algunos frentes sin recato y con presupuestos poco realistas. El soporte escrito en general y el libro como soporte de la escritura en particular han variado muchísimo a lo largo de la historia y nosotros, en la actualidad, defendemos al libro de hoy porque es el que conocemos, pero no porque haya sido el formato tradicional unívoco a lo largo de los siglos. Nos imaginamos una Biblioteca de Alejandría como una biblioteca actual pero a lo bestia, pero con ello no hacemos sino deformar la realidad y acomodarla a nuestros días. En días más recientes, otro aparato aglutinador de libros electrónicos y de otras muchas cosas ha salido a la venta en Estados Unidos y ha acaparado portadas de periódicos, cabeceras de informativos y entradas y entradas de blogs. Me refiero, claro está, al famoso iPad de Apple. Lo primero que se ha hecho es satanizarlo sin conocerlo (también hay que reconocer que se ha venerado en el ara de la estrategia de marketing más compulsiva). Ahora nos tocará empezar a sacarle pegas sin una conciencia despierta que vea que, probablemente, éste u otros aparatos similares cambiarán a medio plazo nuestra manera de comunicarnos y, por lo tanto, revolucionará nuestra manera de estar en contacto con muchas manifestaciones culturales.

En el ámbito estricto de la literatura y la lectura, creo que el miedo a estos aparatejos viene más de lo que pueda ocurrir con el libro como modelo de negocio que de la negación de sus posibles virtudes. Mucha de la información escrita y audiovisual que recibimos diariamente procede ya de Internet. Todos sabemos hacia donde va la prensa escrita en su formato tradicional. Vemos ya que las televisiones se abren a las redes sociales y a Internet. Utilizamos medios diversos para repescar nuestros productos cinematográficos favoritos. Vemos retransmisiones deportivas o extractos de telediarios en el móvil.

Querámoslo a no, leeremos libros en nuevos aparatos, aunque no nos privemos del gusto del contacto con el papel de hoy para mañana. ¿No nos deleitamos ya con la lectura de blogs, que han ampliado nuestra perspectiva cultural e informativa con productos de calidad sorprendente. Probablemente, estos dispositivos acabarán construyendo un nuevo modelo de lectura y los creadores aprovecharan la ventaja electrónica para ofrecernos nuevas propuestas (obsérvese lo original de planteamientos como el de un Romeo y una Julieta en Twitter).

Vistas así las cosas, la tecnología no va a restar, no nos va a privar de las cosas buenas que teníamos, sino que va añadir a éstas otros retos, otras perspectivas, otros caminos y otros horizontes.

(Dicho lo dicho, no deja de ser gracioso y pertinente este vídeo. No os lo perdáis. La foto que encabeza la entrada es de Don Solo.)

Por Raúl, hace 3 meses y 19 días

Cosas de las que te enteras

Hoy, sin levantarme de la cama, me he enterado de muchas cosas. Por ejemplo, he sabido que el día 12 de abril en Burgos la temperatura podía oscilar entre 0 grados centígrados de mínima y 11 grados de máxima. Que sería un día de intervalos nubosos con posibles lloviznas, Que el viento correría del nordeste a 22 kilómetros por hora. Que habría una posibilidad de lluvia de 1,8 mm. Que las nubes cubrirían el cielo en un 50 por ciento exacto. Que la probabilidad de tormentas es tan escasa como para rebajar las posibilidades a un 2 por ciento. Que la noche tendría una iluminada un tres por ciento. Que el sol saldría a las siete cuarenta (de la mañana, claro) y que su ocaso tendría lugar  a las ocho cincuenta(de la noche, claro-¿oscuro?).

También me he enterado de que un día 12 de abril no tengo otra cosa especial que hacer que la que me dictan todos los lunes no festivos y, por lo tanto, festivos: dar clase, dar clase, dar clase y dar clase. He sabido que la alarma de mi móvil sonaría cuatro veces un minuto antes de la hora de que acabase la clase.

He sabido de antemano lo que iba a comer. Cómo iba a ir vestido. A qué hora aproximada saldría de casa y a qué hora aproximada llegaría de vuelta.

Desde las seis de la mañana, he vivido el día de hoy, ante lo cual sólo me queda una pregunta: ¿para qué coño me he levantado?

Por Raúl, hace 3 meses y 22 días

Las temibles y horripilantes fichas de lectura

Llamas

Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.

El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.

Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?

Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo «literatura juvenil?

Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?

No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo («A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos»), que han  perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.

En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.

Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.

(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)

Por Raúl, hace 3 meses y 25 días

Haciendo test para calcular nuestros años, nuestras vidas

Sombrerillo

Hoy he dedicado algo así como una hora a hacer el gamba (reconozco ser un experto). Así que he enfilado un sitio web en el que distraerme con alguna chorradilla y he recalado en éste para llegar a las siguientes conclusiones:

  • Pertenezco a ese grupo de hombres que ha ampliado, sustituido o desplazado las obsesiones propias de su sexo (excepción hecha de nuestra obsesión general y principal, en la que todos coincidimos), especialmente en el cuidado de su cuerpo.
  • Soy del club de los eternos inmaduros, que se niegan a crecer. Esta negación no es la de un espíritu joven, sino la de un puñetero crío.

Lo más divertido, ha sido ponerme a hacer test en los que no creo. He hecho uno sobre mi esperanza de vida y otro sobre mi «edad interior». Eso sí, juro que no he hecho trampa en las respuestas y he intentado todo lo sincero que se puede ser en un test. ¿Los resultados? Buenos y malos. Buenos, porque mi esperanza de vida es de 84 años, lo que indica que soy un tipo más o menos sano en sus hábitos (ya veréis lo que nos reímos mañana como se me caiga un pedrusco en la cabeza). Malos, porque tengo la edad interior de un ancianillo. El resultado del test no lo dice en clave negativo, ya que dice que en mi interior habita la sabiduría (si alguien quiere verla, que esté atenta al pedrusco. Si me da en plena cocorota, podrá ver la sabiduría en persona).

¿Conclusión? Que entre la esperanza de vida y la sabiduría de los cojones llevo vividos más años de los que tengo, por lo que me quedan menos de los que me dicen (pedrusco excluido). Y yo, preocupado.

(Imagen de J. Star.)

Por Raúl, hace 3 meses y 26 días

Vacaciones...

URB 109-1

Ya he descubierto la razón de la sequía de entradas que sufre este blog últimamente.

De la nada, nada sale.

Desde hace unos cuantos días, he parado radicalmente cualquier tipo de actividad pseudoacadémica o pseudointelectural. No sólo lo necesitaba mi cabecita, sino también mi cuerpo. El ritmo enloquecido al que estoy atado desde hace ya años me ha ido provocando el trazado de una espiral en la que, poco a poco, me iba quedando sin salidas. La cosa –es cierto– tenía sus cosas buenas. El estado frenético de  intentar llegar a todo provocaba una vorágine de ideas efervescentes unas veces y latentes otras que llegaban desde muchos puntos a la vez y que estallaban en la pantalla o en el papel de una manera u otra.

Ahora me he obligado a parar. Lo debería de haber hecho hace mucho tiempo, pero cuando uno entra en la espiral acaba resbalándose por las curvas hasta llegar a un fondo infinito. Esta parada técnica, al contrario de lo que pensaba, no ha refrescado mi cabeza, sino que la ha vaciado más de lo que estaba (que ya es decir). Al contrario de lo que pensaba, la sensación resultante no es negativa en el plazo corto de unas vacaciones cortas.

Lo que queda ahora es el miedo de lo que pasará cuando cuerpo y mente decidan el retorno. Lo del cuerpo es una asignatura que he ido abandonando por muchas razones difíciles de explicar en pocas palabras sin entrar en detalles minuciosos. El deporte ha sido para mí uno de los elementos vitales. Me sostenía por dentro y por fuera. Lo de la mente es cosa del oficio. Tendré que buscar para mi profesión el equivalente al asiento con bolitas de los taxistas, feo pero efectivo.

Mientras tanto, seguiré intentando juntar palabras, aunque los esfuerzos sean baldíos.

Por Raúl, hace 3 meses y 28 días

Sonría. Más, por favor. Más (por favor). Dios le dé a usted muchos años de alegrías

Payaso01

Que la sonrisa era beneficiosa para el estado de ánimo ya lo sabíamos. Que nos ayudaba también a fortalecer tropecientos músculos del rostro, también. Pero ahora vienen unos investigadores de la Universidad estatal de Wayne (con resultados publicados en la revista Psychological Science, según leo en Los Angeles Times) y nos dicen que, cuanto más larga (la sonrisa), más esperanza de vida tendremos. El estudio ha sido realizado utilizando imágenes de jugadores de béisbol y entre los rancios y los de sonrisa extra-XL hay ni más ni menos que siete años de diferencia.

Total, que vives más años y encima te lo pasas bien. Que le den por saco al payasete triste.

(Imagen de Oryctes.)

Por Raúl, hace 3 meses y 29 días

Cosas que hacer cuando estás muerto (blogológicamente muerto)

Cortocircuito

Mi ausencia en Verba volant llega ya a nivel de rotación trienal de cultivos (parece que éste toca barbecho). Quizá sea mejor calificarla de pájara monumental. El que haya experimentado una sabrá a lo que me refiero: vas corriendo (o en bici) y te encuentras muy bien, vas a ritmo o incluso aceleras un poquito con una media sonrisa. Disfrutas hasta del paisaje. De repente, las piernas se te agarrotan en perfecta consonancia con una cabeza que se atonta, que pierde la noción del tiempo y el espacio. Cuando llega la pájara, no hay nada que hacer. No puedes continuar con el ritmo y lo que queda es ir al trantrán con la mirada perdida pero con un único objetivo: llegar, a ser posible vivo.

Bueno, pues algo de esto me está ocurriendo. Cuando antes siempre acudían mil ideas en hilera, ahora no llegan ni metiendo el cubo en el pozo, que parece seco. Cuando antes juntabas cuatro palabras y dos igual hasta quedaban bonitas, ahora te sientas y miras la pantalla como una vaca viendo pasar el tren.

¿Qué se hace mientras se está blogológicamente muerto? Lees (poco). Te apalancas horas y horas en la televisión para sufrir una sobredosis de basura. Escuchas música, pero no toda la que querías. Miras por la ventana cómo pasa la vida por los cuerpos de los demás. Consumes unos días de tu tiempo en no hacer absolutamente nada, en el sentido más absoluto del término.

Eso sí, has revivido en otros gracias a las películas y las series que van enriqueciendo esa vida que no tienes. Has pensado de forma difusa y lateral, pensando en la plasticidad del cerebro. Al final, llegas a la conclusión de que el tuyo es más plastilina que plástico y que tus neuronas son más cristales llenos de mierda que otra cosa.

Escribes alguna cosilla en Twitter, porque es éste un medio de ráfagas y tienes todavía munición con la que disparar unos tiros aunque no valgan ni con mucho para ganar batallas. Y, de todas esas ideas escupidas, piensas que hay una que tiene más sentido que las demás: que estás haciendo una copia de seguridad de tu disco duro y que, cuando el volcado estaba en proceso, un corte de luz ha mandado todo a la mierda.

(Imagen de GONZOfoto.)

Por Raúl, hace 4 meses y 2 días

El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad.

ÉL.- Acabo de escribir un libro y me queda lo más difícil: tengo que buscar citas de la Biblia y de Shakespeare para encabezar cada capítulo.

ELLA.- ¿Las citas son necesarias?

ÉL.- No.

ELLA.- ¿Entonces?

ÉL.- Quiero que el libro parece bueno. Las citas son la pátina de grandeza.

ELLA.- Yo creía que lo más importante del libro era su contenido.

ÉL.- No, qué va. Eso era antes. Ahora importa que tenga una buena sobrecubierta. En la solapa tiene que poner que actualmente vives en la costa sur inglesa, que tienes mujer (si eres hombre, claro). Y dos hijos.

ELLA.- Lo que más me irrita es la cara de esas fotos. Parece que ser escritor significa ser felices. Yo os imaginaba atormentados.

ÉL.- Eso de la felicidad y el tormento depende de los euros que te adjudiquen con el porcentaje de ventas. Por eso muchos poetas tienen cara de mala leche.

ELLA.- Oye, volviendo a eso de las citas. ¿Me lo estás diciendo en serio?

ÉL.- Totalmente en serio.

ELLA.- Y, ya puestos, por qué no Cervantes.

ÉL.- Porque es español. Habrá escrito una novela cojonuda, pero lo que mola es poner a Shakespeare en inglés como si te supieras las Complete Works de carrerilla. En el caso de la Biblia, no es necesario. Como la gente no la ha leído, no vas a cascar la edición trilingüe.

ELLA.- Siempre he pensado que las citas eran algo así como la virtud de fagocitar el talento de otros.

ÉL.- ¿Y eso quién lo dijo? A mí no se me habría ocurrido. Ja, ja.

ELLA.- Pues no lo he copiado de nadie.

ÉL.- No te lo crees ni tú. Tu mejor amigo es Oscar Wilde. Que te conozco.

ELLA.- Mira, yo tengo muy mala memoria para los chistes y para las frases egregias. Siempre que escucho algo que me gusta intento retenerlo para soltarlo luego en una reunión o en una cena, pero soy incapaz.

ÉL.- Largo se hacía ya, muy largo el cuento tuyo.

ELLA.- ¿Qué?

ÉL.- Nada, son cosas de Benvolio y Shakespeare. Es que estoy haciendo prácticas. En el momento que te descuides, te soltaré que el exilio del mundo no es sino la muerte, una muerte con otro nombre.

ELLA.- Sí, eso lo dice Romeo.

ÉL.- ¡Joder que tía!

ELLA.- Oye, tienes un cerebro más abigarrado que ocho personas durmiendo en seis metros cuadrados.

ÉL.- No lo pillo.

ELLA.- Pues no te pienso revelar mis fuentes. Y, para que te enteres, el arte es la mentira que nos permite comprender la verdad.

ÉL.- ¿Y quién dijo eso?

ELLA.- Picasso, que también queda muy mono. Y también Blas. Y punto redondo.

(Hoy he pasado de poner foto en la entrada. Como diría Henry James, I'm sorry.)

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