— Verba volant

Hospital

Leo hoy una noticia que me ha dejado sin resuello: “la muerte se ha hecho más compleja: morir ya no es dejar de respirar o que el corazón deje de latir, sino perder la capacidad de hacerlo de forma autónoma. Una persona puede seguir respirando y manteniendo las funciones básicas de su cuerpo, y sin embargo estar muerta”. Mi corazón, de repente, se ha encogido de manera brusca, conteniendo la contracción, y todo mi sistema cardiovascular se ha quedado mudo. Por un momento, en ese paréntesis sin respiración y sin pulso, he creído que estaba muerto. El susto ha durado sólo unos instantes. Mis pulmones han vuelto a recibir el aire como el buceador después de segundos y segundos en apnea, mi corazón ha recobrado su fuerza con un latido tan fuerte que casi me perfora la sien derecha. Sin poder alcanzar a comprender los motivos, me ha venido a la cabeza una secuencia de Gattaca, esa maravilla cinematográfica de Andrew Niccol que trata de muchas cosas, pero que se gesta en torno a los corazones cansados. En una secuencia, Uma Thurman le dice a Ethan Hawke: “Tengo más suerte que muchos y menos suerte que otros”. En la era de la ingeniería genética, su corazón tiene una pequeña probabilidad de fallar. Ella no sabe que la persona a la que tiene en frente es Jerome, un superdotado intelectual y con vigora fogosidad muscular, pero también Vincent, un enclenque niño nacido por la vía natural cuyo corazón ya lleva encima unos miles latidos más de los previstos. Un poco más adelante, uno de ellos pregunta: ¿Qué problema tuviste tú en el corazón. A lo que alguien le contesta: “¿Alguna vez te rompieron el tuyo? Fue entonces cuando me di cuenta del corazón, de la respiración y de las enfermedades. Fue entonces cuando me di cuenta de que respiro y mi corazón late. Pero podría estar muerto. Autónomamente muerto.

(Imagen de ortizmj12)

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Letras

Acabo de escuchar la información existencial meteorológica. El tiempo para hoy, muy nuboso en mi ciudad Posibilidad de lluvia durante todo el día, con chubascos esporádicos durante la mañana y una noche que acabará mojándonos con seguridad casi absoluta. Esto significa que las moléculas de nuestro cuerpo estarán privadas tan tempranamente de abrigo que sentiremos frío. Durante todo el día. El viento azotará nuestro rostro y podrá haber nieblas que dificulten algo, parcialmente, nuestra visión. A dos grados, con viento y con lluvia, apetece mantenerse al abrigo del tiempo, de los vaivenes del clima. Refugiarse en casa o no asomarse demasiado a la realidad, no vaya a ser que la nariz se nos quede fría. Con el miedo metido en el cuerpo, me acurruco en el diccionario. He aquí los resultados.  Las palabras, las ponéis vosotros (apuesto lo que queráis a que no sois capaces de adivinarlas), en estos días de tiempo adverso:

“Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad. Correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo. Principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos”.

“Conjunto de todas las virtudes, por el que es bueno quien las tiene. Atributo de Dios por el cual ordena todas las cosas en número, peso o medida. Ordinariamente se entiende por la divina disposición con que castiga o premia, según merece cada uno”.

“Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo. Blandura, suavidad”.

“Cualidad del que corrompe el estado habitual de las cosas”. “Que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano”.

El tiempo, ya lo he dicho, frío. Nuboso. Posibilidad elevada de chubascos. Así durante toda la vida. Maldito otoño.

(Imagen de Alberto Gil)

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Disco

Nacho sale por las noches muy de cuando en cuando pero hoy es una de esas noches en las que lo hace con todas sus consecuencias. Sus costumbres, atávicas, metódicas. Después de unos devaneos con las cervezas colmadas por una servilleta enrollada, después de patear las aceras, el asfalto, de modo impenitente, sus amigos y él se dirigen a un bar con pista de baile. Música electrónica. Nacho, en sus días normales, es amante de la cocacola a secas, pero esas noches decide colmar su vaso y su cabeza con una mezcla a base de mucho güisqui y poco gas en sucesiones excesivas, en sucesiones interminables. Le agrada ir deslizando el líquido de forma rápida y contundente, sin que ni por un momento se aprecie un degustar de la bebida, sin ese chasquido del “hasta aquí hemos llegado”. Le gusta ir sincronizando los fuertes ritmos de la música con un corazón cada vez más acelerado, le gusta comprobar cómo las luces, los focos, van girando aleatoriamente. Sus ojos emprenden el camino de la hipnosis y van interiorizando los bamboleos de claridades multicolores. Sólo entonces, Nacho abre un paso desordenado hacia la zona de baile. Su estilo es nulo pero ecléctico. Con todo el alcohol atronando desde la cabeza al justo centro de las entrañas, empieza a dar vueltas. Nota su cabeza asintiendo y negando, animada por sus brazos por delante y por detrás. Ahora suena Moby. “Disco lies”: perfecto para bailar y perfecto para su cabeza atontada, el bar como símbolo de la música dance, la mentira como símbolo de la verdad. Nacho hace un alto en sus acometidas. Estira su cuello y lo gira. Ahora utiliza sus pies como un epicentro de peonza que gira y gira, brazos levemente estirados. Es una manera alocada de olvidar. Nacho ha llamado hoy por teléfono y ella no estaba en casa.

(Puedes ir leyendo la secuencia de Fragmentos para una teoría del caos de forma ordenada pinchando aquí)

(Imagen de obo-bobolina)

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Life

Quinientas maneras de morir, quinientas formas de mantener la esperanza, quinientos saltos al vacío, quinientos saltos de alegría. Quinientas personas que te exasperan, quinientas personas que te motivan, quinientas personas que te resultan totalmente indiferentes. Quinientas formas de trabajo, quinientas formas de explotación, quinientas formas de salvar nuestro planeta.

Contadas una a una, quinientas es una cantidad considerable. Sé lo que me vas a decir: que si hay más, que si hay menos. Miradlo desde arriba, desde abajo y desde todas partes. Quinientos será un número de mierda, pero quinientas maneras de mirar el mundo no están nada mal. Para construirlo. O para destrozarlo.

(Imagen de SliceofNYC)

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Dior

Sheyla ha salido del trabajo. Una jornada prolongada hacia los estertores de la tarde, una jornada intensa. Sheyla está cansada de los días que no se acaban y de los trabajos que ha ido perdiendo casi al mismo ritmo de haberlos obtenido. Su talante risueño hace que escale todas las dificultades, todos sus fracasos. Sheyla pasea por el Paseo de la Castellana, con la tranquilidad y el abrigo de la noche, de las luces encendidas que se atisban entre los árboles. Le gusta el movimiento de los coches rectilíneos en sus destinos, el alboroto caótico pero ordenado de la procesión de vuelta a casa. Ella se resiste. Pasea ondulando su zancada, con esa tendencia a oscilar de forma excesiva la pierna derecha en su marcha. Sin duda, es la reminiscencia infantil que intentaba evitar las baldosas rojas, la maldición. Ahora, mientras camina, mira al suelo, registrando cada minucia, cada colilla. Las calles -piensa- cada vez están más sucias. De forma mecánica, como siempre, se encamina hacia Raimundo Fernández Villaverde, con la inconsciencia del hábito del que retarda todos los días su vuelta a la oscuridad de su morada. No puede suponer las vueltas que tiene el destino, el recado en que le espera en un contestador ya desacostumbrado a la calidez de las voces conocidas. En un momento, llega a la altura de una tienda. Dior. Sheyla piensa: “Me cago en Dior”. Y se ríe.

(Puedes ir leyendo la secuencia de Fragmentos para una teoría del caos de forma ordenada pinchando aquí)

(Imagen de phil h)

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War

En la entrada anterior sobre El arte de la guerra aparecieron detractores de mi tendencia belicista. Creo conveniente deciros a todos que la guerra es algo que, militar y socialmente, no me atrae. La mejor noticia de mi vida me la dieron cuando me declararon inútil para el servicio militar, entonces obligatorio. Y los vaivenes de tropas y las veleidades de los gerifaltes me la traen -pura y llanamente- al pairo. Pero la guerra es un factor ineludible de la vida social: aun no queriéndolo, la brega diaria te obliga a dejar la margarita que llevas en el pelo y ponerte el traje de faena. Y entonces es cuando las enseñanzas de Sun Tzu se hacen indispensables. Son, más que nada, un libro de autoayuda para salir a la calle, entrar en tu centro de trabajo o enfrentarte a alguno de los lazos que aún te quedan por ahí. Lo que pasa es que los libros de autoayuda son mariconadas pusilámines, timoratas, y El arte de la guerra es un libro de experiencia contrastada: más de veinte siglos dedicados al noble arte de la jodienda, de hacerte respetar cuando el “por las buenas” te deja tirado en la cuneta a punto del disparo por debajo del occipital.

Así que ya lo siento, amigos. Yo sigo inspirándome en las ideas del maestro, que en su capítulo II trata sobre el inicio de las operaciones: “sé rápido como el trueno que retumba antes de que hayas podido taparte los oídos, veloz como el relámpago que relumbra antes de haber podido pestañear”. Si no, flojearán tus fuerzas: si no, habrá sublevaciones; si no, se te agotarán víveres y suministros. No movilices a tu ejército dos veces para la misma campaña, quita las armas a tu enemigo y no a tu propio pueblo. Y, sobre todo, “si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas”.

Y esto lo digo porque hay mucho bicho suelto, mucha gente que parece que no se entera, mucha gente que esconde la cara para ocultar su perversidad y su estulticia. Y tienen que tener cuidado, porque hay otros que no sabemos muchas cosas del arte de la vida, pero leemos. Y tenemos a nuestro alcance toda una despensa de víveres para nutrirnos y todo un arsenal de letras para armar nuestro cerebro. Sun Tzu, ¡a por ellos!

(Imagen de ZR)

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Vinilo

(Lo que ahora empieza es la entrada número uno de Fragmentos para una teoría del caos. Como todo fragmento que se precie, tiene todo el derecho a ser parte o porción de una cosa quebrada o partida, pero también trozo de obra o parte conservada de un libro o escrito. Como teoría, puede ser algo especulativo no puesto nunca en práctica, leyes seriadas que relacionan un orden determinado de los fenómenos, o algunas cosas más. El caos puede ser confusión o desorden, estado amorfo o indefinido previo a la ordenación del cosmos, o un comportamiento aparentemente errático de algunos sistemas dinámicos. Aparecerá siempre el título de la entrada, seguido de Fragmentos #x, categorizada como Fragmentos para una teoría del caos -y/o más cosas-. Para seguir una secuencia ordenada de lectura, podréis acudir a una entrada creada a este fin en mi sitio web URBINAVOLANT. La suerte está echada.)

Ana escucha. Le gusta sentarse en la alfombra del salón, con la espalda apoyada en el sofá. Las piernas encogidas,  buscando algo parecido a una posición fetal que recubra de protección su mundo frágil. De vez en cuando, Ana baja la cabeza para tocarse las rodillas con la nariz, acariciándola de rótula en rótula para sentir las líneas suaves de los pantalones de pana que se compró ayer. Ahora mismo, Ana escucha una sonata para violín y piano de Beethoven. El ritual siempre es el mismo, un placer y un homenaje. Todavía recuerda las tardes en las que entraba de puntillas en el salón, cuando su padre se refugiaba del ajetreo y del ruido para escuchar música. Las reglas eran claras: ni una palabra, oído alerta. Su padre, sentado en ese cómodo sillón, piernas cruzadas. Ella, en ese mismo sitio, en el que está ahora. Los dos cerraban los ojos. No lo sabían, pero oscilaban sus vértebras al compás del violín casi al unísono. Ana sigue la música con los ojos cerrados, pero a veces mira también la pared vacía, en el único resquicio libre de cuadros, de estanterías. Se diría que está triste, pero está feliz. Quizá se encuentre en ese estadio intermedio que no sabemos definir y que constituye el eje de su vida. La suerte, esta vez, está de su lado. Hoy ha recibido buenas noticias.

(La imagen es de pablokdc)

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URB 222c

En pleno delirio de ruptura (y rotura) surrealista, dicen que Jean Cocteau, ante la pregunta de qué cosa preservaría del Louvre en caso de incendio, contestó que salvaría, sin lugar a dudas, el fuego. En la misma senda, Salvador Dalí contestó a una pregunta similar en una entrevista. Esta vez puesto en peligro el museo del Prado, contestó que salvaría el aire de Las Meninas de Velázquez. Siempre me han  dado envidia las respuestas ingeniosas, pero no obsta para que sean chuminadas. Aunque las dos contestaciones puedan parecer equivalentes, la de Cocteau es más una chuminada ingeniosa y la de la Dalí más una ingeniosa chuminada. En la primera, el afán rupturista rompe con todo; en la segunda, el afán provocador rompe con todo… pero se queda con un elemento del arte. No es lo mismo la nada que la Nada. En cualquier caso, en el triste supuesto de que el Louvre o el Prado se quemasen, dejarían en los rescoldos mucha chusma, mucha avalancha turística y mucha tiendencita de recuerdos… El fuego de los museos sólo sería el fuego de los dioses con el incendio a llamaradas de las obras en soledad, crepitando pinceladas y aceites, destilando los trazos magistrales. Las pavesas de los maestros serían fabulosas, agitándose por un aire que ya no les pertenece y al que evocaron. El aire de Las Meninas se mezclaría con el aire para comprobar que ambos eran idénticos. Y la Gioconda podría al fin descansar de tantas miradas indiscriminadas y obscenas. Tras los devaneos de Cocteau y Dalí con alguno de los cuatro elementos, nos restan dos ingenios que preserven nuestro mundo artístico, en pleno cambio climático, con la tierra de nuestras pisadas, con el agua de las brazadas que nos restan por nadar. Sólo entonces conseguiremos que Empédocles sonría desde sus ideas. Desde la Eternidad. El Amor y la Discordia harán el resto.

Esta entrada se inserta en el contexto de algunas reflexiones sobre las obras maestras que he mantenido en las entradas “Discutiendo sobre obras maestras”, “El silencio y la muerte” y “Esto ya lo conozco”.

(La fotografía de la entrada es de mi hijo Alberto y las anécdotas de Cocteau y Dalí las he recordado gracias a Jordi Guzmán)

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Urbinavcont

Cuando se cumple una etapa, hay que intentar hacer las mismas cosas… y alguna más: si no, estás muerto. Esta entrada, después de la 300 y de la nada, recoge esas llaves prestadas que abren la puerta del mundo de las palabras para escoger, entre ellas, algunas cosas. Me gustaría que figuraran aquí como declaración de intenciones y como exposición de proyectos. Y ojo, que un poco más abajo pido algún pequeño favor, así que los samaritanos enrollados que haya por ahí, que se mojen.

1. En Verba volant va a seguir conviviendo un poco de todo. En publico y -sobre todo- en privado, muchos de vosotros me habéis mostrado vuestras justas preferencias y siempre las he tenido muy en cuenta… para luego equivocarme como me daba la gana. Me gusta picotear y, por lo tanto, me seguiré marcando algunas entradas teórico-divulgativas hiperenlazadas mezcladas con un tonillo personal, del mismo modo que afilaré cuchillos para clavárselos a alguien (virtualmente, eso sí, y nunca por la espalda), contaré relatos o mostraré estados de ánimo, reales o fingidos.

2. Un proyecto que me hace una ilusión y del que ya he dejado muestras es realizar entradas con prosificación de canciones. Tengo toda la ambición de intentar hacerlo mucho mejor que hasta ahora. El guante me lo arrojó Ana Santos en esta entrada y yo lo recojo gustoso. Para este proyecto pido vuestra colaboración. Obviamente, no quiero hacer un espacio de “canciones dedicadas”, pero sí uno de canciones propuestas por vosotros. Así que ya sabéis, moved el culo. Me voy a atrever con cualquier cosa…

3. La acogida que ha tenido mi entrada 300 me ha llenado de alegría (prometo contestar a los comentarios este fin de semana). Era una entrada que había proyectado hace mucho y era un procedimiento, ese de mezclar y armonizar voces y texto, que tenía en mente sin saber hasta entonces cómo sacarlo adelante. En este mundo en el que es difícil ser distinto, creo que es una fusión que puede albergar cosas interesantes. Alguno de vosotros ya se ha ofrecido en privado para colaborar en posibles derivaciones. Antes de eso, ya tenía en mente echar mano de algunos actores a los que conozco para realizar algún que otro experimento. Pese a todo, también voz a seguir utilizando mi espantosa voz. A fin de cuentas, para eso es mía.

4. Voy a ser tan osado como para recoger un título de una entrada y convertirlo en algo muchísimo más grande: Fragmentos para una teoría del caos. Es una idea que me empezó a rondar estos días pasados por la cabeza y que ayer, en un momento, me quedó mucho más clara. Eso de grande no sé todavía cómo concretarlo. Grande, como para partir de ella y hacer un ensayo novelado, una novela o algo raro… Tengo la intención de que sus fundamentos, sus delineaciones o sus concreciones figuren en este blog de formas diversas… pero también tengo la sana osadía de que eso, así o de otra manera, pase del mundo virtual a otro. Todavía no sé cómo. Todavía no sé cuál.

5. Desde hace ya casi un mes, ha nacido URBINAVOLANT. De hecho, VERBAVOLANT siempre estuvo pensado como parte de algo. De momento, URBINAVOLANT es un sitio web de orientación académica en el que voy aportando material de trabajo y reflexión para todos mis alumnos, pero también tengo intención de que broten más cosas. Contaba con una página web para mis alumnos desde hace más de seis años, pero era algo estático y muy poco moldeable. Ahora, con este sitio y otras posibles vinculaciones, voy a poder moldear más mis (sanas) intenciones.

6. Dentro de este ámbito, tengo algunas deudas intelectuales, artísticas  y personales. Salpicaré estas últimas líneas con alguna de ellas. Quiero potenciar y mejorar las imágenes del blog. He dicho ya que la fotografía es una gran pasión sobre la que no tengo casi dominio, pero he ido aprendiendo y seguiré. Como la ambición no tiene límites, alguno de vosotros sabe que tengo metido el asunto del vídeo entre ceja y ceja, y soy muy cabezota: aprenderé y filmaré. Lo juro.

No voy a poner nombres. Muchos de vosotros sabéis directa o indirectamente lo que he aprendido de vuestras ideas, de vuestras propuestas y de vuestros blogs y trabajos. Y juro que soy agradecido. Tanto, como para daros las gracias. GRACIAS… Pero tanto como para seguir pidiendo: ideas, lista para apuntarse a bombardeos… DADME ALGO. QUIERO MÁS.

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Et tibi dabo claves regni caelorum

¿Qué más se puede contar, después de no haber contado nada? ¿Qué se puede comunicar, cuando ya no queda más que el eco de lo dicho? El experimento de hace dos días me ha dejado afónico, proclive más a callar que a hablar, dejando reposar las letras que han estado dando saltitos en mi cerebro. Lo cierto es que puede ser indiferente haber escrito trescientas entradas, treinta o tres, pero cuando me senté ayer para acometer la 301, sentí el pánico de no estar a la altura, de no alcanzar el nivel, de no llegar a saber muy claramente por qué camino optar. ¿Entrada de reflexión, entrada de creación, entrada de divulgación, entrada de desesperación? Al final, he optado por la entrada sobre la nada. Escribir unas líneas que no tengan ningún contenido, que no quieran decir más que lo dicho, que no me comprometan a decir una palabra de más. Cuando pulso a “publicar”, siempre he tenido la sensación de no saber qué iba a ser lo siguiente, siempre he tenido la sensación de abandono y de ignorancia. Cuando releo lo escrito, tengo una sensación de estar enajenado de mis propias ideas o, lo que es peor, de sentirlas como ajenas, expulsadas de mi paraíso por haber sido repudiadas. Me da la impresión de haberme descuidado, de no haberme puesto todas las galas para la fiesta a la que yo mismo me invitaba. Mientras otros dicen afanarse en lo que no hacen, yo aborrezco la depresión después del parto.

Dicho lo dicho, me afeitaba hace poco con una imagen en la cabeza (la imagen la entrada), a la que inmediatamente ha escoltado la frase y el contexto: “Et tibi dabo claves regni caelorum” A mí nadie me ha dado las llaves del reino de los cielos (más bien, he sido expulsado, maleta en mano, del paraíso de los hombres), pero he pensado. Quizá el reino de los cielos era el reino de las palabras. He visto una llave suelta. La he cogido prestada para robar todas las palabras del universo. Las voy a mezclar y mezclar, en cóctel mental y frenético. A ver qué pasa.

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