— Verba volant

Cristina acaba de salir de clase después de una dura jornada que ha comenzado a las ocho de la mañana y que ha concluido cuando la noche ha invadido a mordiscos los resquicios positivos de la tarde. Hoy ha sido un día lleno de clases interminables, de prácticas pendientes, de ajustes horarios, de problemas que creía solucionados. Cristina ha soportado las clases en un asiento cuyo vértice se le clavaba en la espalda, intentado prestar atención al chorro de luz que le devuelve una materia traducida a esquemas poco esquemáticos. No obstante, los ojos demasiado atentos de Cristina revelan, si viajásemos desde su pupila hasta el cerebro, que Cristina, hoy, estaba a otra cosa. No llega a quitarse de la cabeza ese momento de la tarde-noche del viernes, cuando un chat que, en un principio, era una charla inocente entre amigas, se convirtió en una agria discusión que terminó con una palabra demasiado fuerte y rotunda y un clic que la desconectaba del ordenador y, sobre todo, de una amistad labrada desde hace dos años. Por un momento, Cristina ha revivido este momento a raíz de una asociación de palabras totalmente fortuita y se ha removido, impaciente en el asiento. Cristina, de pronto, se ha sentido demasiado cerca a sus compañeras, se ha visto invadida en su minúsculo espacio personal, atrapada y sin posibilidad de salir al pasillo. Ha mirado a un lado y a otro, ha intentado hacerse sitio, ha respirado fuertemente dos bocanadas de aire que, lo sabe, no han hecho más que empeorar las cosas. Cristina, en esas ocasiones, siente que pierde el control. No hay, en esos momentos, escapatoria que resulte cortés, no existen palabras con las que expresar esa sensación de encierro, que no encaja tanto en el cuerpo como en su alma.

Cristina ha tenido que esperar con lágrimas que se asomaban a sus ojos, con ganas irrefrenables de estallar. Se ha intentado distraer mirando fijamente a la luz del fluorescente, luego a los reductos de palabras que evocaban la clase anterior, después a la mesa del profesor, que suponía un bodegón académico bastante desorganizado. En el cambio de clase, cuando podía llegar el momento de la liberación, Cristina no se ha visto con fuerzas para acompañar a sus amigos a tomar un café. Se le había olvidado coger dinero y, aunque sabe que tiene confianza de sobra para decirlo, le ha dado reparo en el último momento. Cristina, de forma contradictoria, se ha quedado sentada en el mismo sitio, sin modificar su postura. La ausencia de personas en sus inmediatos puntos cardinales le ha supuesto un alivio que, en pocos minutos, se ha convertido en una mayúscula sensación de soledad.

Después de toda la jornada, Cristina ha optado por no coger el autobús. Y, andando despacio, paseando bajo el viento y con una serie amenaza de lluvia, Cristina ha caminado con pasos muy cortos hacia el final del día.

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. La imagen es de Bachmont .)

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“Todos queremos tener en la vida algún tipo de significado. Parece que, cuanto más lo buscamos, envejecemos más y es más difícil encontrarlo. Y algunos de nosotros buscamos en lugares equivocados. Pero si nuestras vidas no tienen sentido, ¿qué podemos dejar para las personas que nos importan? ¿Qué dejaré yo?” (Dexter, S06E03)

Quitando capas a las cebollas de la vida, te quedaste con las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas. Preguntando, te quedaste sin respuestas y, lo peor de todo, de tanto preguntar te quedaste sin preguntas. Te quedaste privado de los quicios de los signos de interrogación y de la facilidad de atribuir los efectos a sus causas. Ahora que se hace tarde y que llegan el viento, las gota de lluvia y el frío, solo pides al cielo que tu interior no se contagie, aun más, de los fenómenos meteorológicos.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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El viajero ha llegado a su destino después de un tortuoso vuelo a bordo de un avión de hélices, mecido por el viento y a expensas de una lluvia torrencial. El viajero, mientras sentía una inquietud próxima al miedo, piensa, ahora más que nunca, que los viajes son metáfora de la vida o, incluso, son la vida misma. Llega a un aeropuerto pequeño, casi vacío. Ahora tiene que encontrar un medio para llegar a la ciudad y lo hace contratando a un chófer que se compromete a llevarle a su destino. Al viajero le fascina conocer los nuevos paisajes, los nuevos países en viajes nocturnos, por carretera. El viajero piensa que es una manera de percepción más directa al inconsciente que valorable por la razón del sentido de la vista limpio y diurno. Las señales, las aceras, los comercios, se suceden a un ritmo frenético que cuesta asimilar. Tras la ventanilla, ligeramente abierta, se atisban nuevos olores. Cuando llega a la ciudad, al fin, es incapaz de reconocer algo que no sean las luces del hotel en medio de la negrura del contexto. Los trámites en la recepción se le hacen interminables. Incapaz de mover un músculo, pide algo de comida en la habitación. Vencido por el sueño, por el trasiego, cierra los ojos por un tiempo que él pensaba breve. Y la noche le sumerge entre los sueños, entre las ilusiones de lo que aún resta por vivir.

(Imagen de Juan José Ferres.)

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El viajero, como las ocas afortunadas, va avanzando de bus en bus y de vuelo en vuelo. Ahora permanece entre la calma de un ambiente agitado pero agradable en un aeropuerto lejano de su mundo, pero cercano a sus palabras. El viajero ha dormido con la continuidad entrecortada propia de las luces cambiantes, los ruidos y el saberse sin reposar dentro de una cama. Al final, el cansancio ha podido más que sus obsesiones y ha perdido la partida para recobrar el estado de inocencia.

Ahora está contento, con muchas horas de viaje encima, pero con la ventaja de que mantiene la ilusión del que va, del que todavía mantiene ilusiones. El viajero ha ingerido una frugal colación, de esas de las que hablaba el catecismo, pero la ha acompañado de una bebida gaseosa y dulce, que le ha salpicado con las burbujas una nariz que huele nuevas fragancias.

Dentro de poco, el viajero volverá a desaparecer por otro túnel, volverá a emerger hacia el cielo. Y volverá a sentir que las cosas acaban para seguir comenzando.

(Imagen de apr77.)

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[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

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Me gusta esperar a la madrugada atisbando de reojo por la ventana. Me gusta contemplar los giros de los ciclos de la lavadora y compararlos con los interrogantes que nos hacemos sobre el mundo, sobre el destino. Me gusta creer que los pasos de cebra son los intermedios de la calma. Me gusta hacer ejercicio físico hasta sentir que algo se reconstruye por dentro. Me gusta suponer que todos los balcones tienen escondidos, más allá de las cortinas, secretos eternos. Me gusta pensar que las fotos, además de otras muchas cosas, roban un poquito de nuestra alma. Me gusta escribir al ritmo de la música. Me gusta pensar que, quizás, sería bello mantener intactas nuestras esperanzas. Me gusta saborear los sentidos reposados de las palabras.

Me gusta pensar que los infiernos son más horribles sin la presencia de aquellos a los que se ignora. Me gusta alternar la cal con la arena. Me gusta escuchar música con un punto de volumen más elevado de lo que la mayor parte de la humanidad piensa que es normal. Me gusta pensar que los fracasos se puedan saborear como cucharadas de lo que luego serán nuevas experiencias. Me gustan las ciudades, con sus órdenes y sus anarquías, con sus desvaríos y sus excesos. Me gusta pedalear sin pensar en lo que ocurrirá después, cuando vuelva a reinar la calma. Me gustan los paralelismos, las metáforas y los contrastes no tanto por su belleza sino porque son la forma más eficaz de explicar todos los rincones de nuestro mundo. Me gusta pensar que el futuro y el pasado son imposturas que se inventó alguien que nos quiere robar la vida a dentelladas. Me gusta que el verano extienda sus brazos hasta los quicios del otoño. Me gusta intuir que, tras los sueños, se esconden los deseos. Me gusta ir a trabajar en manga corta. Me gusta saber que, tras la calma, vuelven las tempestades.

(Imagen de Marthax.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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Somos los niños burbuja del fin de la historia. Los que sueñan con tener contratos fijos. Los que sueñan con libélulas. Que anhelan dulces besos, que se esconden tras el brillo de las barras de aquel bar donde nos amamos tiernamente. Ese bar, isla de resistencia, en el que podíamos tallar los futuros y las promesas en cubitos de hielo. Todavía hay quien dice que no es tiempo para hablar de la utopía, que las revoluciones son acciones y conceptos trasnochados. Todavía hay quien afirma que cantarle a la Trova cubana es un anacronismo, que nombrar a Guevara es algo propio del pasado. Mientras, sus palabras y sus babas golpean tu fe, castigan tu futuro en su fragua.

En estos días, el que escribe es consciente del privilegio de nacer en esta orilla, en esta latitud, en este hemisferio. Y cree que aún es posible que este sea el tiempo del ángel temeroso que suspira. El tiempo del átomo que gira en solitario, el tiempo de todos los seres humanos que buscan otro mundo, otro mundo posible.

Mientras tanto, los santos de las causas perdidas discuten  verdades, armados siempre con su piolet, logran confundirse con el enemigo. Mientras tanto, en la calle, un rumor de alas batiendo exige su voz. Exige una voz diferente. Necesita, entre la pregunta y la disidencia, una red de utopias.

En estos días, el que escribe es consciente de habitar en esta orilla. Y cree que aún puede ser el tiempo del hada temerosa que suspira. Esa luciérnaga que abandona el letargo, como Ícaro escapando de una isla. Que busca el sueño, un sueño sublime, de seres humanos que buscan otro mundo. Otro mundo posible.

 

(Versión prosificada y más o menos modificada de la canción “Somos”, de Ismael Serrano, que pertenece a su disco Sueños de un hombre despierto. La foto pertenece a mi galería de Flickr).

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Hablar sin decir verdades como puños: que las verdades son puños de arena. Callar sin llegar a silenciar: que el vacío también tiene contenido. Buscando la exactitud para no omitir y la imprecisión como avalancha. Pensar en que todos los años de trabajo duro no han servido de destrucción, sino sirvieron de pilar esencial sobre el que se erige el presente. No olvidar que los presentes no son sino resquicios sobre los que se resbala el futuro. Estar todo lo feliz que se puede estar en un mundo invadido por las sombras. Relativizar también la llegada de horizontes que no existen, que son falsos, que muestran la salida del sol pero también el nadir, el ocaso. Mirar hacia atrás y comprobar muchas cosas buenas, sin olvidar tampoco los desplantes, las chulerías y el engreimiento de unos pocos. Mirar el futuro con ojos de presente, con ojos de pasado. Con la mirada reversible del que no sabe lo que le espera, pero sabe que espera, que es sinónimo de esperanza. Contemplar un vestigio de tu futuro soñado y sonreír. Gracias a los hados y a los dados, lo conseguí. Y aquí estoy, soñando una vez más. Sabiendo que mis ojos son miopes. Que no contemplan bien la realidad, que la ven más grande. Desdibujada. Afortunadamente.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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