— Verba volant

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Tus sentidos atentos, tu cuerpo en lucha. Te dispones a cerrar los ojos y lo consigues, por fin . En seguida empiezas a notar cómo desfilan unas lucecitas blancas -minúsculas- que oscilan de un lado y de otro. Son pequeñas, pero poderosas. Por un momento, crees lo imposible. En vez de contemplar la oscuridad, ves luz. Demasiada luz que se escapa por los bordes de la mirada cerrada. Respiras dos veces profundamente y te revuelves, obstinado, sobre tu lecho de tortura. Tu cabeza siente una extraña opresión que no es dolor, sientes cómo la presión vital empuja tus huesos hacia dentro. Llegas a plantearte si llegarán hasta su justo centro.  Sientes esos huesos uno a uno. Incluso puedes delimitar sus crueles fronteras. Cambias de postura. Tus párpados se cierran cada vez más, pero la luz, esa luz incomprensible que no es vital, que es molesta, se acurruca otra vez en el interior de tus órbitas. El silencio no mejora las cosas. Notas tu cuerpo cansado, tan cansado como para no dormir, tan agotado que da la impresión de que no va a reposar jamás. Por un momento, otro más, la claridad cesa. Recorres un túnel por fin oscuro, avanzas con tu cabeza y tu cuerpo a ese lugar plácido que hará cesar por fin tu conciencia parcialmente. Entonces, vuelves a ver lo que ya has visto. A lo lejos, siempre dentro de tu campo visual acotado, vuelves a notarlos. Son unos ojos que te miran desde un lugar ignoto que esta más allá de todo. Y tienes miedo.

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Mil hilos de sangre por encima de las casas. La noche llama temblando cauterios de luces blancas. Son fragmentos prosificados de un romance que acabo de crear. Lo de crear es un decir, porque los versos son de Lorca. Lo único que he hecho es entrar aquí (puedes crear a pelo un poema utilizando sus versos o ir escogiendo las combinaciones tú mismo). El resultado, todo lo malo que tiene el azar; todo lo bueno que tiene el destino.

Hoy, es cierto, mi noche ha temblado con cauterios de luces blancas. En medio de la noche, en la soledad del que se siente solo, mi cabeza y mi cuerpo se han volcado a la inercia de sufrir sin porqué. El cuerpo se agita al ritmo de la mente y la mente se agita a sí misma, en un vaivén complicado, inestable e incómodo que no ha mecido mis sueños sino mi desesperación. En la duermevela del que no está a un lado ni al otro de la frontera de la vida, la noche, por fin, ha cesado. He notado algún rayo de luz tras el que se podía adivinar el sentido. Cuando he subido la persiana para que se abalanzase sobre mí un chorro de claridad, cuando he abierto la ventana para que me azotase un hálito de aire del alisio de las ilusiones. Pero todo ha sido lo que no es. Sólo he visto mil hilos de sangre encima de las casas. Lorca, una vez más, me ha dado la razón.

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Póster de Roman Holiday

A veces la ilusión de nuestras vidas es vivir. Sin más, simplemente. Con la magia y el encanto que tiene liberarse de las cadenas, de las obligaciones, de las acometidas de la rutina, esa bruja aburrida. Un día, ves la vida atropellarte con su paso rápido, a ritmo de Vespa sin control, sin saber pero consciente que la vida consiste en el pasar de la potencia al acto. Con todas las sorpresas, las sonrisas e imprevistos. Dejar que se te escapen los zapatos, que vuelen al albedrío de la patada liberadora, que puedas mostrar tu rebelión, tu abdicación, a ritmo de pelo por fin libre, por fin al viento. La vida es así. Y esa es nuestra ilusión. Luego, agachas la cabeza, te humillas al protocolo de las cadenas, las obligaciones y de la rutina. Y sueñas con que el sueño es posible. Ese día, ya no tienes tiempo. Y otro día, vete tú a saber cuándo, te mueres.

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Me enteré de que ella había vuelto. Deambulé como loco, de un lado a otro. Conocida su afición por los lugares de paso, ávida por ver pasar ante sus ojos la materia viva del paseante meditabundo, me sumergí por todas las calles, por todos los recovecos, por todas las esquinas. La busqué luego por los grandes lugares de tránsito, aquellos que gustan de remontar el vuelo de los sueños y de las personas, desde MAD hasta CIA, pero no vi claras las huellas serenas de sus pasos. Enseguida fui consciente, tuve la seguridad que sólo se puede manifestar con las expresiones literales, de que estaba jugando al escondite. Intenté buscar hacia fuera, consciente de mi error, sabedor de que todas las búsquedas de nuestro mundo han de partir de nuestro yo profundo. Cansado de los miles de kilómetros hacia arriba, hacia abajo, en un periplo de miles de lugares, de miles de organismos digitales, de miles de sueños concentrados en unos ojos que pudiesen devolverme la mirada, me puse a callejear por esos senderos eternos en los que las rúas brillan con decadencias y huelen con esplendores. Sentí, por un momento, que estaba barriendo todos los recovecos del ancho mundo con mis pasos atorados, cual aprendiz de escritor de post embebecido por la mentira de los enlaces. De repente, sin ser muy consciente del cuándo suspendido con los segundos tranquilos ni del cómo de los azares que no o son, me la encontré. Sus ojos paralelos sosteniendo mi mirada, su boca esbozada en la más bonita de las sonrisas del mundo. Me estrechó su mano estrictamente, me acompañó un centenar de pasos, me susurró unas palabras que en mis oídos sonaron al bisbiseo de las cosquillas. Me invitó a entrar en su casa y me presentó a su amiga.

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Payaso

A la luz de la más rabiosa actualidad, el autor de la presente entada opina sobre la risoterapia. Para ver su parecer, léase el título de la misma.

(La imagen es de Winnie27)

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Inocenciox

En esto de los cuadros y el arte, salto muy frecuentemente de la afición y la pasión al fetichismo. Para bien o para mal, puede decirse que soy un forofo, seguidor constante e idólatra de algunas obras. Es lo que me ocurre con retrato de Inocencio X de Velázquez (también me gustan las interpretaciones y estudios de Bacon). Basta contemplarlo para sentirme sobrecogido: rostro severo, inquieto, nervioso, cruel o expectante…, la mano izquierda sujetando un papel con toda la firmeza y, a la vez con toda la suavidad, la mano derecha levitando próxima al brazo del sillón. Me ocurrió desde la primera vez, en un lejano libro de texto de una lejana infancia. Cuando me enteré de que el cuadro estaba expuesto en Roma, entré en estado de frenesí. Y tuve una grata recompensa. La obra se encuentra en uno de los museos que más me ha impresionado, la Galeria Doria-Pamphilj, un precioso palacio en la Vía del Corso (en el que todavía viven sus propietarios: ¡para pasmarse!) que tiene todo lo que tiene que tener un museo: obras magistrales, ambiente recogido, silencio, sensación de intimidad. El cuadro estaba en un cuartito, me acerqué despacio, con la cautela y el miedo del primer amante, intuí su presencia a la izquierda. Pude degustarlo, explorarlo, tocarlo con la suavidad de la mirada. Os aseguro que, desde ese momento, he dado un paso más en mi vida, creo que he aprendido más, creo que he crecido en mi dimensión del mundo. Cuentan que el Papa Inocencio X afirmó al ver el resultado del cuadro: Troppo vero!, demasiado real. Y estoy de acuerdo con él. Solamente el arte puede captar la realidad. La vida está demasiado ocupada en joder la marrana. No es exageración. Es arte. Simplemente.

(Ya hay más fotos en mi galería de Roma)

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Gente

Siete personas. Entre ellas, hay una que evita aborrecer las cosas que hace, se muestra carente de sentimientos, no puede saber exactamente lo que siente y, por consiguiente, no puede expresar qué es lo que le pasa. O, lo que es peor, quizá no sepa que le pasa algo. Tiene emociones demasiado débiles, o demasiado exacerbadas. No tiene punto medio, equilibrio justo, medida exacta. Ve a los demás, los contempla, pero no es capaz de asimilar que las personas, los demás, sienten y padecen. Quizá viva en su propio mundo. Quizá no llegue a saber nunca que existe un mundo fuera del suyo. Quizá siente que le molesta algo, y no sabe el qué ni el porqué de sus dolencias. Puestos a extender, sólo es capaz de hablar de sí mismo, sólo es capaz de indignarse por los actos de los demás. Sus actos, sus palabras, sus omisiones, tienen todas una justificación exacta. La reflexión queda suplantada por la justificación, o por la ignorancia, o por el alboroto, o por la nada.

Podían ser personas que conocemos todos. Quizás puedas ser tú uno de ellos. Puede afectar a tu vida, a tu profesión, a tus amigos. Quizá no sepas lo que te estás perdiendo. De momento, es sólo estadística. Uno de cada siete. Mira hacia un lado, mira hacia el otro y cuenta. Te lo repito una vez más: quizá tú puedas ser uno de ellos. ¿Qué se siente?

(A partir de una idea surgida viendo el capítulo 11 de la segunda temporada de Los Soprano.)

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Fotografiando

He vuelto ya de Roma e iré colgando en una galería de Flickr las fotos del viaje. Hoy he colgado algunas, pero si queréis ver más iré añadiendo otras muchas en días sucesivos. La fotografía es una de mis pasiones y, a la par, una de mis grandes frustraciones. Me gustaría saber más de lo que sé y tener más técnica de la que tengo… entre otras cosas, porque no sé nada y mi técnica es algo muy parecido al cero absoluto. Pero me apasiona coger entre mis manos mi réflex digital (sin duda, la mejor compra que he hecho en mucho tiempo), de esas en las que aún tienes que echar ojo al visor para tomar la foto, apuntar y creerme el amo y señor de lo que me rodea. Las cosas están ahí, pero la cámara las recoge como yo quiero y como ellas se dejan, a partes exactas e iguales de indefinición y, por lo tanto, de magia. Se dice que, en los primeros tiempos del arte fotográfico, muchas personas no se dejaban retratar porque pensaban que la imagen les arrebataría el alma. Lejos de ser una superchería, es la verdad más rotunda y sublime que he leído, pero con una salvedad: el alma de los seres, de las cosas, se estira de tal manera que ese trocito trasplantado a nuestra cámara se regenera de manera cauta inmediata a la causa de su reflejo. Camara en mano, el mundo es un poco más nuestro gracias a nuestra mirada. Mala -como es mi caso- pero insustituible.

(Aprovecho la ocasión para comentaros algunas cosas: las entradas publicadas recientemente fueron escritas a todo correr en los ratos que me dejaban las madrugadas y las conexiones del hotel y programadas para que fueran apareciendo en un par de días. Por lo tanto, no he podido leer vuestros comentarios con calma hasta hoy. En pleno proceso de deglución de decenas y decenas de correos que tienen que ver con el trabajo -cosa tristemente sagrada-, todavía no puedo contestaros, salvo unos pequeños apuntes. El hotel, perfecto para lo que yo quería: muy próximo a la Università di Roma Tre y a una boca de metro. Los zapatos de señora, hay para todas: rojos, verdes… El mundo sin internet, una evidencia de que soy adicto. Y muchas cosas más de museos, de compañías y soledades, y vivencias, y experiencias, con las que espero aburriros un rato. Besos y abrazos y muchas gracias a todos. Repartid todo como corresponda.)

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Un día nos acercamos a un museo para no atrevernos a mirar de frente lo que las obras quieren decirnos de forma breve y sincera. Preferimos mirar hacia otro lado, o no mirar, o hacer como que no vemos. La verdad es el concepto más duro, la noción más cruel, la más obstinada venganza. Y el arte es el único espejo en el que podemos mirarnos… pero no todos somos igual de guapos. Qué mala pata.

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Visitar una ciudad se ha convertido en un proceso de reconocimiento más que de descubrimiento. Vemos lo ya visto, con una diferencia: ahora somos nosotros los que nos ponemos en la foto. En una ocasión, la creación de Adán se desveló ante mis ojos de manera palpable, rigurosa y cercana: se trataba de un póster de tamaño gigantesco. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, lo magnífico queda apagado por una soledad acompañada de cientos de personas, unos guías insistiendo en que cese el alboroto de manera rutinaria y baldía, y una sensación exagerada de que eso -el Génesis- está muy lejos. Estamos rodeados de todo por todas partes, incapaces de deglutir y comprender todo lo que nos circunda, ansiosos por atacar una sala más, un cuadro más, por tener las narices cerca de otra obra maestra. Es lo que sucede por visitar ciudades como Roma: lo tenemos bien merecido. Cuando pasa esto, cuando te das cuenta de que ya lo has visto todo, sucede el milagro. Las nubes, prietas, se cierran, las gotas de lluvia empiezan a caer mientras caminas por el Trastévere y percibes, aprecias, -entonces- que deambular por las calles mojadas de Roma, disfrutar de unas gotas de agua caídas del Cielo, tiene en esta bendita ciudad un sabor distinto que te cambia la mirada. Alzas los ojos al cielo y sonríes. Sabes que detrás de todo esto tiene que estar Miguel Ángel o Rafael… o uno de esos que salen en los libros con muchas fotos.

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