— Verba volant

Columpio2

Las cadenas se tensan, víctimas de la dureza del eslabón; se aflojan, víctimas del aire y del impulso. Un mundo vacío lleno de aire, un mundo lleno del tenaz propósito de no soltar amarras. Miré aquella tarde el parque, ausente de paseos y de voces, con mi conciencia como único testigo de un orbe que se redondea siendo inmensamente plano. Los días de viento recio y hojas caídas nos obsesionan con un suelo cada vez más inundado de materia antes viva. Hay que levantar la vista, siguiendo la órbita del columpio, aunque el cielo gris nos declare que vendrán días peores.

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Columpio

Mientras la noche empieza a ser un leve tejido que se despereza del sueño y mientras los párpados cansados se aventuran a romper la obstinación del ojo envuelto en legañas, todos los columpios de la ciudad han decidido de manera paritaria y espontánea poner al mundo en movimiento. Desean romper así con nuestros cuerpos acurrucados en las sombras de los recuerdos, desean mover -así- el eje de nuestros destinos para darle un nuevo ímpetu. Nadie sabe con precisión cuándo empiezan a oscilar sus cadenas ni cuándo la sospecha del aire como agente queda descartada para el resto de la eternidad. Esos columpios se mueven al ritmo de nuestros sueños para mecerlos, atentos a las reglas caóticas de la ciencia de los vaivenes; se mueven con la debilidad del transcurso del día o con la proyección de todas las fuerzas del mañana. En el momento justo en el que el sol recupera la hegemonía, los columpios -lentamente- paran. La misión callada de dar cuerda a nuestras vidas se ha vuelto a cumplir, como cada día. El mundo se ha puesto en marcha.

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Sansecont

Hoy es uno de esos días que no lo son, que son fronteras, uno de esos días en los que la confianza en ti mismo se viste de corto y sin mangas, ansiando que la vitamina D te golpee con fuerza y casi por última vez en una piel bien suministrada de sol para el resto del año. Uno de esos días en los que respiras hondo para inhalar bocanadas de aire todavía tibio, uno de esos días en lo que transpiras y destilas gotas de sudor todavía no encerradas y golpeadas hacia dentro. Hoy todavía confiarás en tu suerte, en la decidida calidez de tu rostro, en la seguridad del pie descubierto a medias, porque es uno de esos días que no lo son, que son fronteras. Uno de esos días que son límites entre el infinito y el cero, pero cercanos a eso tan terrorífico que es la indeterminación. En la plenitud del día, tu sonrisa todavía devolverá un haz de rayos limpios, luego empapados en nubes. Hoy es uno de esos días en los que todo se empieza a acabar, sin saber si el amanecer trajo algo ya empezado. Hoy es uno de esos días en los que nadie conocerá el mañana. Y un día caerán sobre nuestras cabezas gotas de lluvia. Y entonces, un día no muy lejano al día de mañana, el viento frío nos torcerá el rostro y el alma. Hoy es uno de estos últimos días en los que todavía hay esperanza. Hoy es uno de esos días,Y no va a ser cosa de desaprovecharlo.

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Postal

Conviene empezar contando la historia del título de esta entrada. No estaba destinada a titularse así: inicialmente, estaba encabezada como “Postales desde otro mundo”. Hoy he cambiado de título dos veces: el nuevo era “Postales desde el infierno” y, a la postre, se ha quedado tal y como lo habéis podido leer. Todo lo anterior es totalmente necesario para comprender íntegro el sentido de este post.

El asunto comienza con un par de costumbres medianamente excéntricas que tenía mi padre. La primera, encargar a todos los amigos que salían al extranjero que enviasen desde todos esos destinos -cuanto más lejano y recóndito, mejor- cartas que él previamente les ha dado, destinadas a causar la sorpresa de sus destinatarios. Así, comprobaban que Jesús Urbina siempre era capaz de comunicarse desde todos los rincones del mundo con todas las personas que se proponía. Las líneas que escribía mantenían un periplo con los lugares y las personas y se convertían, por sí mismas, en una aventura.

La segunda era la manera que tenía de escribir las postales desde los diferentes lugares de veraneo. Convencido como estaba de que las postales mantienen un contacto más cercano al cariño o al protocolo que a la información estricta, escribía esas misivas antes de marcharse de vacaciones. Un día se sentaba ante la máquina de escribir -siempre escribía a máquina- y en unas hojas adhesivas que luego quedarían pegadas con precisión quirúrgica y sin resquicios escribía todos los tópicos habidos y por haber: “Está haciendo muy bueno”, “Nos lo estamos pasando estupendamente. Y estamos descansando”. No era infrecuente que algunos, incluso muy próximos, creyesen que era capaz de cargar con la máquina de escribir para aporrear las teclas a pie de playa.

Como veis, estas dos anécdotas explican y justifican el título inicial de “Postales desde otro mundo”. Y se pueden aplicar muy bien al mundo nuestro de la blogosfera: uno puede ir impulsando unas palabras para proyectarlas en un día, en una fecha determinada. Y esa entrada llegará a los destinatarios, tanto si el remitente está ahí como si no. Es una manera entrañable de romper las barreras del espacio y del tiempo.

Prometo mandaros un post desde el infierno. Y, tal y como anda el patio, no sé si voy a tardar mucho.

(Imagen de News Fedora)

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Garbanchip

Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.

Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.

(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)

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Exprimir

Esta mañana me he levantado temprano pare exprimir ideas, pero no he sido capaz de sacar ninguna cosa brillante de la mollera. He pensado que no es posible exprimir los sesos sin tenerlos despiertos y alimentados, así que he subido las persianas hasta ese límite en el que se encasquillan, he abierto las ventanas de par en par, he insuflado todo el aire que he podido en mis pulmones hasta el punto de atragantarme -por avaricioso- y he empezado con el ritual del desayuno. Este ha sido el auténtico comienzo: abro el frigorífico y sólo queda una naranja en el habitáculo donde pernoctan frutas y verduras. Maldigo mi mala suerte: las naranjas de zumo sólo se exprimen en la unidad cuando son bien compartidas. En casos como el mío, la naranja necesita compañía. Disecciono con precisión y aprieto con ganas. Exprimida la naranja, soy incapaz de exprimir el cerebro sin exprimir el corazón. Intento apretarlo para sonsacarle toda la soledad que lleva dentro. Parece que se anima. Ahora, pertrechado ya de vitaminas, oligoelementos y palpitaciones vigorosas, paso a intentar exprimir lo que es mi vida.  Y no lo logro. Dejo pasar más de doce horas desde el primer intento. Hasta ahora, que me he dado cuenta de que estaba pensando en francés, recordando tiempos más felices. Y percibo que exprimir ideas no es lo mismo que expresarlas, del mismo modo que no se puede ignorar que expresar es algo que puede confundirse con la urgencia que uno tiene para decir y ser oído -y escuchado-. Pero con las ideas siempre pasa como en el zumo: las gotas más apetitosas se quedan dentro.

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Miguelon

Esta entrada va a resultar un tanto extraña, porque trata de algo que no he leído, un tema sobre el que no sé nada y unas conexiones sobre las que no puedo decir ni mu. En un repaso muy superficial al periódico de hoy, leo en un titular que la escuela suspende en emociones. No he leído el contenido, pero sé que trata de la inteligencia emocional, sobre la que no voy a hablar.  No voy a hablar sobre la enseñanza en general, ni sobre la enseñanza en particular, porque son temas sobre los que no sé nada y sobre los que tampoco puedo hablar. Me pillan fuera de mi capacidad y de mis funciones. Llevo dedicados dieciocho años de mi vida resueltos en un firme propósito: salir de casa para trabajar, asegurarme de que la puerta de casa esté bien cerrada (esta neurosis mía me juega malas pasadas), llegar a mi puesto de trabajo, sentarme a una mesa (diría que me siento en ella, cosa que también es cierta, pero tampoco lo puedo decir, porque si lo digo todo se sabe), desplegar el periódico que envuelve el bocadillo (es una forma de no darle lujo ni importancia al asunto: el papel de aluminio deslumbra; es una forma de optimización de recursos: siempre utilizo la página de los pasatiempos) y adiestrarme en la difícil tarea de masticar sin hacer ruido, mirando hacia el infinito de esa ventana por la que escapan nuestros sueños. Luego intento reprimir un leve eructo. Palmeteo mi camisa para liberarla de las migas. Y luego paseo. Para arriba, para abajo. Mirando alternativamente hacia el techo y hacia el suelo. Espero pacientemente, reloj en mano, a que pase la mañana dividida en segmentos. Y luego, para casa. Los días que siguen hago lo mismo. Con paciencia y perseverancia. Y así hasta llegar a fin de mes. Intento sin éxito no sonreír levemente cuando mi vista nunca cansada comprueba que, mes a mes, me convierto en millonario. Luego abandono todo exacerbo. Luego me repantingo o me repanchingo (todo en esta vida tiene su sinónimo, menos la muerte) en el sofá, delante de la tele. Mi sueño desencajado desenchufa también mi saliva, que fluye en un reguero desigual por la barbilla. Y alguna vez -sólo alguna- tengo pesadillas. Cada trabajo necesita un trabajador. Y yo tengo lo que me merezco.

Olvidé decir una cosa importante: el bocadillo era de mortadela con aceitunas o de chóped. Días alternos.

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Autorretrato03

Pallor, algor, rigor, livor. No son nombres de una novela barata de seres fantásticos.

Palidez. Frialdad. Agarrotamiento. Color azulado. Son las palabras de lo que somos cuando no somos. La muerte habla latín. Nuestra sangre no fluye, desaparece de nuestros vasos cutáneos. Nuestra temperatura corporal desciende y el termómetro no volverá a indicar -ya- la normalidad de nuestros treinta y seis grados y medio: el descenso vertiginoso tiende a cero. Nuestro cuerpo se vuelve inflexible, mucho más que cuando nosotros creíamos que no dábamos un brazo a torcer. Nuestra sangre se sedimenta, desciende y se aloja en las simas de nuestro vacío para convertirlo en algo azul, como el mar.

Somos la bomba, hasta que dejamos de serlo. No hay nada fantásico. Todo es natural, como la vida misma. Amén

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Montannarusa

El momento ha llegado, amigos de Verba volant, paseantes asiduos y discontinuos por este mazacote de palabras que a veces se aglutina y a veces se desguaza y, muy frecuentemente, se fragmenta y engorda al mismo tiempo en un son de acordes y desacuerdos con uno mismo y con los demás. No hablaré de septiembre. No hablaré de la vuelta de las vacaciones. No hablaré de síndromes, ni síndones, ni síncopas. Chipirón negro ha vuelto. Llevaba muchas veces sin aparecer por este blog, pero también muchas entradas sin aparecer por mi correo electrónico. Hace unos poquitos días, recibí un mensaje de lo más romántico: “Hola, Garbanzo negro. No sé de dónde procede tu fuente de inspiración, pero en el momento en el que te dejo solo un rato, parece que las musas se han escondido en los recovecos de la ramplonería. ¿Te prohíbes a ti mismo pensar en vacaciones? ¿Estás alicaido? ¿Un período de crisis creativa, quizás? ¿Dónde está todo aquello que justificaba que algunos visitásemos tu blog con la esperanza de encontrar para econtrarte y para encontrarnos?” Joder, según ella, sólo se salvan los blogólogos interiores (no es la única que lo piensa) y alguna foto… y poco más. “Eso sí, con tus autorretratos me parto de risa. Sólo imaginarme a un chinado con la cámara vuelta hacia sí mismo y chas, chas, chas me ha hecho curvar la boca en forma de sonrisa. Hay que tener mucho tiempo libre para coger una pelota de tenis y chas chas, una bolsa de naranjas y chas chas…” Es el momento de reconocer que todavía me falta una serie de fotos con una botella de agua y otras chuminadas más.

Pero en los últimos mensajes le ha dado por dos obsesiones. La primera, las montañas rusas. “¿Qué es tu vida? ¿Una balsa en un pantano, el agua en calma, a dos palmos de la orilla? ¿Un abismo sin fondo? Mira, Garbanzo. La vida es una montaña rusa. Subidas y bajadas. Pero con una diferencia: en la montaña rusa, las bajadas son bruscas, pero esperadas. Y te montas porque te da la gana. En la vida, te pagan el billete. Si te bajas en marcha, te pegas el morrazo padre. Y las bajadas llegan sin subidas previas. Y la suerte es más que no caer: la suerte es que el ajetreo no le haga a tu estómago bailar más de lo preciso. Si llega ese momento, no te queda otra: vomitar. Eso sí: cuidado con salpicar, que los ácidos se limpian fatal.”

Y la segunda, los cuentos. Ella cuenta que un día estaba oyendo en la playa a una madre que le contaba a su hijo el cuento de Garbancito. La madre decía con voz aflautada “A Garbancito no piséis…”. Y ha decidido convertirme en un héroe de cuento. Pequeño pero insistente, insignificante pero egregio: “Garban(cito), eres el héroe de todos los fracasos y el paladín de las palabras perdidas. Es hora de que te des cuenta, de que lo afrontes, de que lo asumas. Anota cada momento en el que tu vida se ha ido al traste, cada detalle que has convertido en herida, cada desliz que te ha hecho desear  que no has nacido. Y dale la vuelta. Conviértelo en tu fuerza, en tu cabina de la montaña rusa. Agárrate bien, y disfruta”.

Sólo queda otra de cuentos. Como veis por el título de la entrada, “Chipirón negro se viste de rojo”. Y también tiene que ver con otro cuento, según me cuenta: “Tú, que eres tan listo, sabrás que Caperucita roja se llama Le petit Chaperon Rouge en francés. Chaperon. Chipirón. Hoy he decidido liarme la capa a la cabeza y cambiar las motas negras de mis ojos por el rojo del vestido de fiesta. Lo hago por ti, Garban(cito). La fiesta, son tus 250 entradas y tu año largo de existencia [en efecto, mi primera entrada, todavía en Blogger, es de mediados de agosto de 2007]. Recuérdalo. El rojo es un vestido de gala. Pero Caperucita es una chica rebelde contra las normas de la vida. Y piensa quién es el malo en todos los cuentos. Sólo te doy una pista: el lobo no es el malo. Pero lo demás, lo tendrás que descubrir tú. Tú, que eres tan listo… apunta, apunta.”

Y, en esta ocasión, no entiendo nada de lo que me dice. Pero yo apunto. Ya estoy en plena feria. ¿Alguien me paga otro viaje?

(La imagen es de infelix)

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Suerte1 300x117

Sigo dándole vueltas a la suerte, aunque quizá la suerte sea un concepto al que no hay que darle tantas vueltas como al bombo de la lotería. La lotería también es suerte, pero es cierto que tienes que comprar un décimo. A mí es prácticamente imposible que me toque, porque no compro. También cabe la posibilidad de encontrarme un décimo perdido en la calle. Cogerlo. Y mirar si me ha tocado. Aún así, sería difícil que me tocase, porque no miro los resultados. Es decir, que puede que haya tenido mucha más suerte de la que creo en mi vida. Pero así son las loterías y los sorteos. Quizás la suerte sea otra cosa, pero yo no sé lo que es. No toco madera, no llevo patas de conejo, no cruzo los dedos y creo que los tréboles de cuatro hojas no existen. Aún así, quiero tener suerte. Y pruebo las cosas en las que confío. Por eso, hoy he entrado en Google y, he tecleado “voy a tener suerte” y, posteriormente he pulsado el botón de Voy a tener suerte. Bueno, no. Antes, me he dado cuenta de unas cuantas cosas. La primera, que existe la posibilidad de una búsqueda avanzada: “con todas las palabras”, “con la frase exacta, con alguna de las palabras”… incluso con la posibilidad de excluir también alguna palabra (¡qué ganas le entran a uno de poner nombres de persona…¡). Luego también se puede escoger el idioma y la región. Yo, por error y debido a la ansiedad, he leído religión, y me he empezado a crear una ensoñación en torno a la suerte y los yidis. Al final, he creído mucho más prudente no acotar la suerte a un terreno y una lengua, no sea que tener  suerte sea un término que sólo se conjugue en suajili. Ni siquiera he entrado en el menú Preferencias. Igual pedir preferencias a la suerte es mucho pedir. Bueno, que me he enrollo.  Que le he dado al botón. Que sí, que voy a tener suerte. Pero, al final, la suerte no se encuentra ni gugleando. Que, como todo el mundo sabe, es un término que significa algo así como hacer burbujas. Pero con la vida.

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