— Verba volant

Urb 0921b

Visitar una ciudad se ha convertido en un proceso de reconocimiento más que de descubrimiento. Vemos lo ya visto, con una diferencia: ahora somos nosotros los que nos ponemos en la foto. En una ocasión, la creación de Adán se desveló ante mis ojos de manera palpable, rigurosa y cercana: se trataba de un póster de tamaño gigantesco. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, lo magnífico queda apagado por una soledad acompañada de cientos de personas, unos guías insistiendo en que cese el alboroto de manera rutinaria y baldía, y una sensación exagerada de que eso -el Génesis- está muy lejos. Estamos rodeados de todo por todas partes, incapaces de deglutir y comprender todo lo que nos circunda, ansiosos por atacar una sala más, un cuadro más, por tener las narices cerca de otra obra maestra. Es lo que sucede por visitar ciudades como Roma: lo tenemos bien merecido. Cuando pasa esto, cuando te das cuenta de que ya lo has visto todo, sucede el milagro. Las nubes, prietas, se cierran, las gotas de lluvia empiezan a caer mientras caminas por el Trastévere y percibes, aprecias, -entonces- que deambular por las calles mojadas de Roma, disfrutar de unas gotas de agua caídas del Cielo, tiene en esta bendita ciudad un sabor distinto que te cambia la mirada. Alzas los ojos al cielo y sonríes. Sabes que detrás de todo esto tiene que estar Miguel Ángel o Rafael… o uno de esos que salen en los libros con muchas fotos.

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Vivo y sin conexión a Internet… Contaré todo el día 28.

Besos, abrazos… ciao.

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Roman Hol2

Sí, soy más partidario de la Roma de William Wyler que la de Fellini, por mucho que éste último me guste mucho. Y ahora voy a tener la oportunidad -por fin- de visitarla, aunque sea por motivos de trabajo. Adoraba la magia de la visita de la ciudad a ritmo de Vespa. Y Audrey Hepburn -comparto pasión con los amigos y colegas- es lo más de lo más. De lo más bella, de lo más elegante, de lo más estilosa, de lo más… de lo más. Espero poder tener una conexión a internet a mano, para poder seguir dando la paliza a los parroquianos que se pasan de vez en cuando por aquí. Cuando esta entrada aparezca, ya estaré pisando esa bendita ciudad. Los viajes son pequeñas vidas concentradas en experiencias, en momentos y en intensidades. Estaré trabajando, pero intentaré escaparme algunos momentitos de la rutina. Lástima que ni la Vespa ni Audrey Hepburn me estén esperando.

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Boadella

¿Hasta qué punto es un compromiso o un chiste? Albert Boadella, de la mano de Esperanza Aguirre, pasa a dirigir los Teatros del Canal. ¿Experimentos? ¿Jugar con pólvora? ¿Pasarse al lado oscuro, a la promoción del teatro a salto de subvención?  Yo, de estas cosas, ni idea. Por cierto: el periodista de El País no se corta un pelo.

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Arcimboldo Otono1

Siempre me han gustado los cuadros de Arcimboldo. Me resulta tan sorprendente la gran modernidad de sus pinturas, que parecen haberse adelantado en cuatro siglos a las vanguardias como el que algunos piensen que una mente imaginativa puede estar necesariamente próxima a una mente enferma. Si esto es cierto, yo puestos a elegir, me quedo con el desvarío incontrolado pero magníficamente definido de este otoño afrutado que está cada vez más cerca.

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Castanno

Las estaciones son tránsitos de algo hacia otra cosa. La mella en nuestro corazón está a punto de tener lugar, dentro de poco, no sé tampoco muy bien cuándo (siempre he sido un poco panoli), no sé muy bien el porqué. Pero las castañas están lloviendo ya sobre el asfalto, sobre la tierra, sobre el alma áspera. Sería cruel  y excesivo decir que el otoño tiene la finalidad de llenar de hojas el suelo y de líneas los cuadernos de redacciones de los escolares, aplicados al tópico sempiterno. Pero los días se acortan, la línea del cielo hoy -a estas horas, a las ocho treinta de la tarde- cae sobre los perfiles de las casas y de las cosas. Tanto, que casi todo es contraluz o contrasombra. No sé muy bien la razón, no sé por qué todo cae. No sé por qué los suelos devienen bellas alfombras llenas de desechos bellos, pero hoy de mi corazón caen lágrimas, se estrellan en el suelo para abrirse en dos, para mostrar su interior secreto. Me he entretenido un poco entre línea y línea y los minutos se agolpan  en el reloj -esquina inferior derecha, ya sabéis-, especulaciones digitales sobre algo que antes afeitaba el rostro de las esferas. Ocho y treinta y siete, ya. La ciudad un poco más muerta, entre los estertores de un calor que empaña el frío de nuestro porvenir. Déclin-Decline-Gefälle. El ocaso de todas las cosas, en francés, es un poco más triste. Pero más bello.

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Meditando1

En los tiempos en los que quien no corre vuela, en los tiempos en los que el aliento de la prisa se revuelve hasta nuestra cogote mismo, en los tiempos que son rápidos porque es imposible detenerlos, viví el otro día una experiencia única. Una mujer calzada con hábito salía al exterior de un edificio y permanecía inmóvil, con el sol tibio de una mañana de septiembre. Brazos cruzados, cabeza baja. Minutos y minutos de calma. Por un momento, pensé que estaba dormida. Abrazaba un libro con la presión justa para no ahogarlo, con la presión justa para que no se deslizase por su regazo. Yo iba y venía, hacía y deshacía, y la mujer seguía congelando su presencia en el mundo. Me dieron ganas de gritar para que despertarse de su letargo, envidioso de ese dulce sosiego. “¿Pero no ves que el mundo va a mil por hora?”. Abrí la ventana, moví los brazos en gesto de saludo. Nada. Al cabo del tiempo, pensé que el tiempo detenido se revolvía por dentro, apaciguaba las entrañas y hacía más lento mi corazón. Por unos breves instantes, pensé también que a mi cuerpo -alguna vez- podría inundarle esa calma,  la calma de ese mundo que ralentiza los segundos hasta detenerse en el preciso fotograma que nos permite vernos a nosotros mismos, que nos permite darle vueltas a nuestro espíritu a ritmo lento, para reconocernos por fin. El mundo -de repente- volvió a ponerse en marcha. Me  embutí la cinta de la cámara al cuello, apunté y apunté con el objetivo de mi Canon a ritmo frenético (paparazi-paparazzo de su interior externo), francotirador de su pensar calmo, invasor de sus resquicios de intimidad al compás de mi objetivo 18-200. Inmortalicé un momento que duró toda una vida. Y sonreí satisfecho, cada uno bien situado en el mundo que se merece. Ella siguió rezando.

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Molinos

Son muchos. Su postura básica es ésta: brazo izquierdo en jarras o mano en el bolsillo trasero del pantalón tejano. Hablan de pie y dan pequeños pasos para delante, para detrás, oscilando el cuerpo. Y su rasgo característico, marca de la casa: mueven y mueven su mano derecha acompañándola de palabras, palabras y palabras. Hablan muy pero que muy bien, pero con términos huecos (con veinte vocablos despachan lo que podían haber dicho en seis). Son vehementes. Y cultos-culturillas. Y extremos-extremados. A veces, congelan el tiempo y el espacio, se paran como mimos en el Retiro, alzan la mandíbula a un cielo que les pertenece y tuercen el gesto: no es fruto de la convulsión, sino una manera de demostrar que el mundo gira y gira en torno suyo. Son personas importantes sin haber hecho nada en la vida, grandes trabajadores que se pierden en las alharacas, prohombres que triunfan sobre el trabajo escondido de los demás. Son amigos de alzar la voz cuando están muy muy enfadados y de callar -muy poquitas veces- cuando el miedo atenaza su rostro. No son capaces de aguantar el dolor en silencio, de aguardar la calma de sus vidas con silencio, de pasar por la vida de puntillas. Son firmes porque son frágiles, son seguros porque son débiles. Pero como eso queda muy -pero que muy- adentro, los demás tenemos que soportar que el mundo gire y gire a su alrededor como su brazo. Son los rebeldes acólitos, los que vendan y venden a todo lo que no son ellos. Enhorabuena. Sois los putos amos de vuestro mundo.

(Imagen creada a partir de una foto de LSD13)

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Autorretrato04

Tengo tendencia -ya lo sabéis- al crimen y al desafuero, espero en las esquinas del alma para asaltar malos sentimientos. Me agazapo vigilante, expectante, aguardando con paciencia que las miserias de la vida salgan de su escondite. Un rayo de inquina cruza mi frente, sesgada por cuatro o cinco navajazos en una pelea callejera y autosuficiente por la dignidad humana que, como siempre, sale perdiendo en lucha desigual frente a la maldad, frente al dolor. Cual bucanero de los pasos descarriados, me apodero del botín íntimo de los incautos paseantes que ven trastabillar las monedas de oro, sus más hondos sentimientos, en un injusto pero implacable transvase hacia los bolsillos de mi corazón. Las heridas de todos los que se cruzan por mi camino supuran uno a uno todos los hálitos del vivir, que son esperanzas frustradas, desechadas por el ánimo de los mortales una a una. Soy el ladrón de vuestros sueños, el señor de la codicia, el mandamás del desafuero. Mi vista columbra todos vuestros gestos, todas vuestras inclinaciones, todo vuestro sinsabor. Espero quedarme con todo, acaparador de vuestro mundo, acumulador de esos pálpitos que un día -quizá muy próximo- no sean más que flores.

“Pero yo no he sido, y si he sido, de lo cual no estoy muy de acuerdo, sabe Dios cuánto lo siento. Ya veis que soy un pobre hombre que no ha hecho daño a nadie. Siempre he pensado en devolver las cosas… casi todas.” (“Yo no he sido”, de Fernando Pérez Álvarez, en el catálogo de la exposición Los sentidos del crimen, que puede visitarse en Burgos, del 5 al 28 de septiembre de 2008)

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Persiana

Las luces débiles de la noche tiritan aún sobre la piel del cielo y el reflejo madrugador de los coches impulsa ráfagas de color sobre el asfalto. Pronto será un nuevo día. Intentas revelarte al amanecer subiendo con pereza las persianas de tu casa, con el falso vigor de quien espera algo del acontecer de las horas. Te piensas a ti mismo, dentro de una hora escasa, de pie ante un auditorio que entrevera lo expectante y lo cansado. Te ves por dentro, sin mucho que contar y sin nada -absolutamente nada- que enseñar. El rictus de tu cara ante el espejo te proporciona hoy una arruga más, un sinsabor añadido, una lágrima extra. Sales de la ducha intentando calzar una nueva piel. Te vistes adornando la tristeza con atuendo alegre. Saldrás de casa. Y, cuando entres en escena, tu rigor facial se estirará y sonreirás, como si entre el mundo y tú no hubiera pasado nada. Como si vuestro desacuerdo no fuera absoluto, como si -ambos- no tuvierais que mantener la calma.

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