Visitar una ciudad se ha convertido en un proceso de reconocimiento más que de descubrimiento. Vemos lo ya visto, con una diferencia: ahora somos nosotros los que nos ponemos en la foto. En una ocasión, la creación de Adán se desveló ante mis ojos de manera palpable, rigurosa y cercana: se trataba de un póster de tamaño gigantesco. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, lo magnífico queda apagado por una soledad acompañada de cientos de personas, unos guías insistiendo en que cese el alboroto de manera rutinaria y baldía, y una sensación exagerada de que eso -el Génesis- está muy lejos. Estamos rodeados de todo por todas partes, incapaces de deglutir y comprender todo lo que nos circunda, ansiosos por atacar una sala más, un cuadro más, por tener las narices cerca de otra obra maestra. Es lo que sucede por visitar ciudades como Roma: lo tenemos bien merecido. Cuando pasa esto, cuando te das cuenta de que ya lo has visto todo, sucede el milagro. Las nubes, prietas, se cierran, las gotas de lluvia empiezan a caer mientras caminas por el Trastévere y percibes, aprecias, -entonces- que deambular por las calles mojadas de Roma, disfrutar de unas gotas de agua caídas del Cielo, tiene en esta bendita ciudad un sabor distinto que te cambia la mirada. Alzas los ojos al cielo y sonríes. Sabes que detrás de todo esto tiene que estar Miguel Ángel o Rafael… o uno de esos que salen en los libros con muchas fotos.
Read More












Comentarios recientes