— Verba Volant

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Tag "Doce uvas"

Y, casi sin quererlo, tenemos que esperar otro caudal de cantidades ingentes de segundos, que es la única manera de simular simultaneidades.

Nacemos como puntos entre el eje de abscisas y ordenadas. Tan encasillados como para quejarnos luego de vidas en el cuarto de las sombras. Tan solo quiero que me salves de las verdades inocentes, que aproximes tus palabras para decirme las verdades más intensas y más horribles. Tan solo quiero que la belleza inusitada me sorprenda de día en día, de año en año. Acordándonos, por cada porción de fruta echa zumo, de las personas a las que queremos. Para demostrar que no somos cuerpos reversibles, ni seres capicúas que no aportan ninguna suerte, ninguna papeleta ganadora en ningún sorteo. Cuando estés a la sombra de un árbol adornado, no olvides que en la radio todavía emiten las lentas, las hondas canciones de amor. Que el mundo es maquinaria engrasada con las minúsculas porciones de la realidad que inyectan la ilusión.

(Imagen de Muhammad Ahmed.)

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A ver si acabamos, que el champán espera. La burbuja de metáfora y la burbuja que pasea por la garganta para rebañarla con nuevas sensaciones.

Toda porción guarda el estigma. Que la filosofía nos enseñó que el todo es la suma de las partes pero nadie nos habló de la escabechina. El exceso de vida, que no tiene por qué ser desenfreno, es la única justificación de nuestro retrato. Antes de tirar por la borda los miércoles de la mañana por cualquier razón que valga (a saber: semanas por mitades), merece la pena pasear por el caleidoscopio sin orden ni concierto. Que la luz mezclada con los cristales del azar es muy puñetera. El roto y los descosidos dan la razón a los que nos dijeron que todo lo que necesitábamos era amor, por más que sea un monstruo con forma de quimera. Manteniendo la calma y la compostura, nos damos cuenta de que todo esto dura mientras dura el cuerpo para buscar otro que nos acompaña. Que nos acompañe.

(Imagen de Magalie L’Abbé.)

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A ver si se acaba ya. He perdido la cuenta, la noción del tiempo. No puedo más.

Quien más, quien menos, todos hemos escondido la mierda debajo de la alfombra. Quizá el mobiliario de nuestros hogares, tan próximo al minimalismo, evita los arcones en los que guardemos piezas mayores. Hemos perdido el sabor de los matices de tanto devorarlos. Desde que las fresqueras se convirtieron en neveras y desde que las alacenas se transformaron en armarios hasta el techo, no hemos tenido tregua gustativa. Las reglas nacieron para seguirlas y para romperlas, para jugar y para esquivar. No siempre los árbitros miran en el ángulo correcto. La nieve nace blanca para confundirse en barro cuando se mezcla con el tiempo y las aceras. Solo los solitarios oyen los tambores de guerra con la antelación deseada aunque no prevista. Luego llegan las lágrimas y luego, y siempre, el mañana.

(Imagen de Travis Swicegood.)

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Y, sin embargo, te das cuenta de que, en un breve descuido, has perdido todo el compás, todo el ritmo. Todo el brío.

Puede que no todas las voces, al final, sean ecualizadas por la línea telefónica. Es probable que no todas las misivas dependan, a la postre, de un tipo de letra y de unos puntos por pulgada. Quizá haya una voz, una mano, una boca más allá de la tecnología. Y, siguiendo el recorrido inverso, seguramente llegamos a un cerebro, a un hígado y, sobre todo, a un bazo real que nutra nuestra realidad de plaquetas que sepan lamer nuestras heridas. Que la medicina interna, por serlo, queda olvidada en un rincón hasta que nuestros órganos, orgánulos y vísceras llaman a la puerta. No vale la pena caminar por caminar sin una hoja de ruta que, eso sí, no esté escrita por ninguna parte. Poquito a poco, se cavilan las derivas y las derrotas, que no siempre son pérdidas si los barcos llenos de luces llegan a puerto, a su destino. Los fantasmas viejos asustan más por pertenecer a gremios bien consolidados que por merodear entre las telarañas deshabitadas de nuestros halos transparentes impersonales. Intransferibles.

(Imagen de Luc De Leeuw.)

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Quién te iba a decir que, a estas alturas, seguirías sin perder el ritmo, sin perder comba, con los dedos tocando más cristal que blanda morfología.

Las revoluciones surgen cuando las voluntades adelgazan las paredes firmes hechas con las piedras de la tradición, de la persistencia baldía que se acaba. Ni más ni menos que las cadenas rotas con ritmos dislocados para liberar de las muñecas lo que no es sino trasunto de algo más grande, de algo más importante. Lo innoble, al final, quizá es mucho más elegante y más educado y más selecto. Que el mundo no se construye a golpes de efectos florales y de falsa comida japonesa. Soñar imposibles es lo que hace que el enroque (largo, corto) sea la única manera legal de mover dos piezas para evitar que el dedo índice, en fuerza mitad mecánica, mitad centrífuga, tire el rey que supone el final de la partida. Las lecciones las dan los que poseen los sentimientos y no los manuales de estilo, de urbanidad y de etiqueta. La buena suerte es consecuencia directa de la lucha de clases que, una vez y otra, acaba con la sangre derramándose en las alcantarillas.

(Imagen de marycesyl.)

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De cómo las ilusiones, a golpe de campanada, se vuelven rutina.

Los sonidos de réquiem son bellos porque son de muerte y, por ende, de la finitud de reposar en paz y pasar página y capítulo hasta la otra vida. En el lío teosófico que nos montaron, no sabemos dónde quedan las coordenadas exactas para estar y permanecer. Pensábamos que las trompetas anuncian los finales, pero, en estas cosas, la existencia se explica más con la cinematografía que con el pentagrama. El miedo, no obstante, se ha ido por los mismos caminos que las riadas que fueron y que sólo dejan agujereada la memoria. La constatación, el coraje y las lágrimas son el eje sobre el que se erige la afirmación de que no tenemos que seguir la ruta de lo conocido. Cierra los ojos y niégate a servir, a bogar siempre por la corriente que recurre.

(Imagen de Bitzenhofer.)

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Hacia la mitad. Quién lo diría. Queda la mitad. Quién lo diría.

Te enseñaré las heridas de la guerra en la que tuve el gusto de intervenir a título personal, intransferible. Con el sonido de la munición silbando en mi cabeza y eligiendo la mejor manera de elegir, entre el elenco de armas, la más letal, aquella que se parte en dos cuando llega a su destino. La nada es siempre y el tiempo nunca porque las noches son largas, porque los minutos se agitan con el tesón de lo pertinaz y no pertinente, de lo obsesivo sin contenido ni continente. Los recovecos del alma son, a veces, más carnosos que la distancia equidistante de los labios rojos porque tienen sangre de haber combatido en mil batallas. Que, por el mero gusto de la lucha, hubo días que te quitaste la coraza y el casco y marchaste hacia delante. Siempre hacia delante.

(Imagen de Jasper Nance.)

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Lo que tanto esperabas se te acaba atragantando. Debe de ser el acopio de miradas sobre una pantalla, pautas por el ritmo de unas campanadas que en un principio parecían lentas.

Si las paredes hablaran y si las luces no vulnerasen los efectos de la luz más natural de la naturaleza, las palabras dirían lo que sus hablantes no pueden imaginar por el espanto o por el miedo. No hay forma más profunda de reflexionar que conducir a velocidad de crucero por una carretera mientras llueve sin prisa pero sin calma. El calor es algo que echas de menos cuando vives en latitudes que maltratan tu día a día por dentro y por fuera. En esas ocasiones, sólo queda gritar cuando estás solo para notar, al final, que el final será una garganta irritada con los sinsabores del buscarte por todas partes, con los dibujos de tu silueta por el aire.

(Imagen de Tomas Sobek.)

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Olvidábamos en el tres todo lo que tiene de perfecto y de epifánico porque nos interesa resaltar la pura materialidad del cuatro, acopio de tierra, agua, fuego y aire sobre lo que se sujetaba todo lo que somos, según el sabio de Agrigento. El cuatro como búsqueda extensa de lo que, compuesto, va más allá y traspasa la realidad para ser ella misma.

Juegos de manos para esconder, juegos de manos para maravillar. Esperando que los sentimientos puedan licuarse para dejar las pulpas aparte de forma aséptica, industrial. No hay más número de candilejas y luminarias que una proporción exacta dividida en la magnitud de los escenarios en los que se representan los cuadros de costumbres, que no tienen por qué ser de verdad, sino en los que cabe lo onírico en lo que se esconde el final de un peldaño de la escalera que asciende a los cielos de los cielos por los siglos de los siglos. Las esperas se hacen eternas porque meditamos en los gestos que pueden suceder y que no acontecen. Querer es poder por propia voluntad. O por el forro de los cojones, que nunca son mancos. La vida no se descubre, sino que se inventa. O no se inventa, sino que se descubre. Y entre el discernimiento de los verbos, nos quedamos mutilados.

(Imagen de Nicholas_Gent.)

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De la misma constatación de que no hay dos sin tres surge la idea de Los Panchos, Los Tres Sudamericanos y el Trío Sacapuntas (ah, perdón, no; me he equivocado).

No juegues a la excusa, ni a la tapadera del negocio sucio de las armas cargadas por demonios. Los venenos se acumulan en la sangre y, pese a los torniquetes (que te impiden el paso fluido de la sangre para la función de fluir hasta los recovecos del corazón), pese a las medidas preventivas, pese a las vacunas alojadas entre la frialdad de la nevera donde todo miasma queda conservado, el mal fluye y fluye hasta agarrotar los músculos y embotar cabezas. Nuestra existencia no es todo lo que se predica, ni todo lo que se adivina, ni todo lo que se esconde. El ritmo, simplemente, acelera los efectos contundentes del tiempo que te posas en una vida cansina, adocenada y muerta por el asco, por el tedio y por los prospectos de los medicamentos.

(Imagen de Max Westby.)

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