— Verba Volant

Casas #1 – Hospital General Yagüe

No es, una casa, ciertamente. Pero, en todo caso, es un lugar de referencia vital. Se trata del Hospital General Yagüe (en el Burgos «de toda la vida», se llamaba coloquialmente Las trescientas camas). Nací allí y permanecí algo –imagino: como todas las cosas de nuestros primeros meses, pertenecen más al ámbito de lo narrado por nosotros que al territorio de nuestra memoria–. Unos días o algo más. Si lo narrado es cierto y la inferencia que he realizado luego es afortunada (ya no queda casi nadie que me lo pueda corroborar), algo más de unos días. Quiero decir que algo más de los días normales de un recién nacido tras un parto. Que si algo de vértigo, o algo así. No sé si fui bautizado allí por si las moscas o porque la estancia fue más prolongada por un motivo que ignoro.

Hablar de un hospital como un hogar es una especie de contrasentido: es más un lugar de tránsito hacia la vida, hacia la salud, hacia la muerte que un sitio donde se permanece. Pero, en cierta medida, mi vida ha estado bastante ligada a ese hospital. Nací allí, ya digo. Y lo visité alguna que otra vez de niño. No muchas: no tanto por ser especialmente resistente; más bien, por ser un chaval reticente a descalabrarse. De visita, eso sí. Por enfermedades ajenas.

Hubo un momento, no obstante, en el que el hospital se convirtió en una pequeña sucursal del hogar. Una operación mal realizada y algo de mala suerte hizo que mi padre se debatiese en una lucha entre la vida y la muerte en una guerra que se libró en diferentes batallas, algunas de ellas muy largas. En esos casos, las puertas fueron muy importantes: la antigua puerta de la UCI, que era el nexo común entre los escasos minutos de contacto visual; la puerta de los quirófanos, a la espera de noticias acompañada la familia de todos los terrores acumulados en la espera. Habitaciones de casi todas las plantas del hospital, de salas de pruebas a las que tuve que acostumbrarme. Noches de tinieblas entre el sillón de acompañante y el suelo.

Los hospitales, a veces, son lugares también de alegrías: allí nació mi hijo un 31 de diciembre. Todo un día de preparto, de pie ante una camilla. Siendo el que menos sufre y con la única misión de la espera. Un chiquitín de dos kilos y un poquito. Una noche de alegría, de vasito de sidra y once uvas (sí, me tocaron once uvas) para pasar la noche. Y una semana en la sala de neonatos en las que los padres solo tienen contacto con su hijo unas horas. Una semana en la que eres padre solo a trozos de mañana y retazos de  tarde, con el día de Reyes en el que el regalo pudo llegar, al fin, a otra casa.

Luego llegó la desgracia propia en forma de hepatitis tóxica y brutal. Quince días (o tres semanas, no recuerdo. Fueron para mí algo mucho más largas de lo que el tiempo pueda contar) que desparramaron mi concepción de la vida. Tras ella, volvió la salud pero no volví a ser el mismo. Noches demasiado claras para ser dormidas y días demasiado turbios como para ver una luz de esperanzas. Charlas entre médico y paciente cargadas de delicadeza y sinceridad que te ponían ante las fronteras de ti mismo, con los límites bien cerca, bien diáfanos.

El hospital fue lugar de días y noches de urgencias, de pequeños percances familiares. De sustos que, afortunadamente, no llegaron a nada importante. Pero la vida es puta, como sabe todo aquel que la ha contemplado detenidamente. El hospital fue el lugar donde murió mi padre, después de haber perdido la guerra aunque ganase todas las batallas a las que me he referido. Poco más de un año más tarde, en circunstancias terroríficamente similares, el lugar donde murió mi madre. Nada reseñable que quiera recordar sin que se me parta el corazón y vuelvan los horrores. Solo dos cosas: que mi madre, pudo, al fin, olvidar de forma radical y no en tristes dosis; que mi padre murió en la planta más adecuada para su espíritu de niño.

Y creo que un hospital, lugar de tránsito, es buen momento para recordar que se nace, se vive y se muere (ahora que ya no se nace ni se muere en casa). Como metáfora existencial, el hospital donde todo comenzó para mí ya no existe. Se cerró hace muy poquito tiempo y se ha sustituido por uno nuevo en el que, todavía, no ha pasado nada reseñable (si este blog sobrevive a los años, seguro que este nuevo lugar guardará pequeños recovecos, salas y habitaciones llenas de historias).

(Imagen de Viajar24h.com)

2 comments
  1. merche pallares says: julio 16, 20125:22 am

    Esta serie promete… Me ha gustado mucho tu relato de ese hospital que ya no existe. Besotes, M.

  2. Aldabra says: julio 20, 201210:37 am

    emotivo relato de trocitos de tu vida: con sus momenots buenos y malos, como tiene que ser cualquier relato que se precie.

    yo nací como tu hijo, un 31 de diciembre, en un hospital que le llamaban de Caridad, y actualmente sus instalaciones forman parte del campus universitario de Ferrol… me gusta el rumbo que tomó su historia.

    biquiños.,

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