— Verba Volant

Mi ‘top’ de ciudades europeas, Orson Welles y John Ford

Como comenté ayer, ese magnífico periodista burgalés y gran aficionado a los viajes que es Héctor Jiménez me lanzó el guante hace tiempo en Twitter para que diese la lista de mis ciudades europeas favoritas (él lo ha hecho en su blog ViaheroconH en esta entrada).

He tardado en contestar por mi tendencia natural a postergar aquello que me apetece hacer, pero también —y, en este caso, sobre todo— porque no sabía muy bien como responder. O, mejor, sabía cómo hacer esta lista, pero sabiendo que iba a decepcionar a todo el mundo.

Creo que casi todo el mundo conoce la anécdota: cuando le preguntaron a Orson Welles por sus tres directores de cine favoritos, él respondió: «John Ford, John Ford y John Ford». Y eso es exactamente lo que voy a hacer yo hoy. Mi lista de ciudades top europeas es: París, París y París. Como sé que parece un exabrupto, voy a intentar justificarlo brevemente.

París, París y París

La razón principal y básica es que París es mi ciudad favorita, aquella en la que me siento bien, la que me hace disfrutar más cuando vuelvo una y otra vez. Prueba de ello, y la segunda razón, es que, en muchas ocasiones, ante la duda de a qué sitio ir por vacaciones, digo muchas veces «París». Tantas, que habré estado ya, por una razón o por otra, algo así como en veinte ocasiones. Eso ha restringido mucho los lugares europeos que he visitado, pero ha encumbrado, magnificado e intensificado París. La tercera razón es que viví una experiencia fabulosa durante mi estancia en un minúsculo apartamento en las afueras de París gracias a una beca predoctoral. Refugiado en la magnífica biblioteca del Pompidou durante horas y horas (en la que viví experiencias inolvidables, como la que cuento en «La chica del Pompidou»), pasaba el resto del tiempo pateando la ciudad. Volvía una y otra vez a los mismos sitios (soy de repetir una y otra vez). De esta manera, he tenido una experiencia compulsiva en diferentes museos, me he perdido tantas horas en el Louvre que no puedo ni contarlas, he callejeado por lugares recónditos pero también por los conocidísimos. He meditado frente al río y por las alturas y a ras de suelo y mirando las cúpulas doradas y las torres y esos edificios y ese urbanismo mágico. He vivido la cultura de la calle. Armado de un bocadillo y una cocacola, pasaba la hora del almuerzo viendo a un genio de la comedia callejera, que me conocía ya de sobra como el espectador más fiel. Y a los patinadores hábiles. Y a los cantantes buenos, a los malos y a los mediocres, en el metro, en cualquier calle. He hablado de casi todo con el propietario argelino de la tienda que me surtía de víveres en ese piso que no tenía ni frigorífico.

Vuelvo una y otra vez a París para buscar lo mismo de siempre, para buscar siempre algo diferente, para oler el Sena, para pasearme por Gibert Jeune y comprar baratísimos libros de segunda mano, para dejarme millonadas en los estantes especializados de la FNAC. Es una ciudad en la que no me pierdo si no me lo propongo, en la que encuentro todo lo que quiero sin proponérmelo.

Y hay otras muchas otras razones que no puedo enumerar aquí, porque significaría hablar de Proust. Y eso supondría un libro, toda una vida. Olvidaba también que me siento muy bien hablando en francés.

Francia, en suma, es un país que conozco relativamente bien, aunque me faltan millones de ciudades por descubrir. Eso sí, un día tengo que hablar de Saint-Malo. Lo prometo.

Roma

Hablé de Roma hace muy poco. Es el último viaje europeo que he hecho. Tuve una experiencia muy agradable de Roma la primera vez que la visité y esa experiencia se ha ratificado sobradamente esta segunda vez. Roma acoge tantas manifestaciones artísticas y tan variadas que puede sobrecoger a cualquiera. Pero, pese a su grandeza, Roma se me hace siempre una ciudad cálida, idónea para el paseo en el que disfruto de cada rincón. Una ciudad en la que la luz es mágica sin que esto sea una metáfora. Es fácil querer ser romano. Ojalá lo consiga alguna vez.

Para los que piensen en opciones como Venecia o Florencia por encima de Roma, he de decirles que Roma es la única ciudad italiana que conozco. Es frecuente que mis viajes comiencen por razones de trabajo y aproveche todos mis ratos libres para conocer aquellos lugares en los que habito también en otras dimensiones.

Londres

Londres ha sido mi lugar de paso hacia la universidad de Exeter, pero también el lugar de maravillarme durante una semana de verano. Pongo Londres como tercera ciudad porque es una de las ciudades que creía que más me iba a decepcionar y, sin embargo, es una de las que más me ha sorprendido (para bien).

Creo imprescindible decir que nunca he visitado una ciudad en un autobús panorámico y que huyo como del diablo de los tours al uso. Me gusta coger el metro y el autobús y, sobre todo, patear la ciudad por propia iniciativa y con un plan que está delineado primero e improvisado o cambiado después. Cuando estoy en una ciudad, suelo recorrer caminando una media de veinte kilómetros diarios: la experiencia es agotadora e inagotable. Londres no me sorprendió tanto por lo que esperaba, que es magnífico, como por lo inesperado. Esos momentos en los que enlazas calles y recuerdos, esos itinerarios que te llevan a donde no te esperas y acabas donde empezaste.

Poco amigo de rutas, como acabo de decir, una experiencia de esas de rutas guiadas de Jack el Destripador me llevó a una zona de Londres y a unas calles en las que aprendí otras muchas cosas. Lo mejor, descubrir todas esas zonas, esos pubs, esos bares cuando la ruta finaliza, cuando el guía calla.

Y tampoco puedo hablar de los museos, porque os aburriría en exceso. Pero un día hablaré mi experiencia con el arte contemporáneo, de mi delirio por Mondrian. Lo prometo.

¿Y lo demás?

Querido Héctor, no voy a seguir con la lista. Tendría que poner, claro, Amsterdam. Tendría que anotar, por supuesto, cosas de Moscú. Y hablar de Brujas. Pero es una lista necesariamente incompleta. ¿Podéis creer que no he estado nunca en un país nórdico? ¿Qué solamente conozco una pequeña ciudad alemana? Y no conozco ni Praga ni Budapest ni otros muchos lugares de Europa. ¿Podéis creer que no he estado en Lisboa, que solo conozco la magnífica Coímbra y Covilhã, ambas por asistir a ciclos de conferencias o congresos?

La culpa de todo, lo confieso, la tiene París. París, París y París.

La foto pertenece a mi galería de Flickr.

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