— Verba Volant

Amigos íntimos, confianzas máximas

Social Security Wainting Room, by Xosé Castro

Ayer tuve que ir al hospital de Burgos (HUBU para los amigos) a una consulta externa. Tenía hora a las diez de la mañana y, tremendamente disciplinado, acudí diez minutos antes. Me encontré en un pasillo en el que había muchas personas. «Demasiadas», pensé. A mitad de ese largo pasillo, encontré de forma casi milagrosa una silla libre. Me dirigí allí con una rapidez inusitada y, al llegar, me di cuenta que un señor ocupaba su silla y parte de la que quería que fuese mía. La ocupaba no porque su volumen lo hiciese necesario, sino porque, al parecer, quería estar cómodo. De momento solo hice un gesto de proximidad delicado, casi levitando y sin decir palabra, pero el amigo no se movía. Solté un conciso «Ejem» y tampoco, él seguía mirando al horizonte, que no era otro que el de la pared con dos puertas que había en frente. Ya incómodo, emití un «¿Me permite?» al que no respondió. Me miró rápida pero intensamente y se movió… un poco, menos de dos centímetros.

Me senté a duras penas, notando el calor profuso de su cuerpo. Intenté parecer indiferente, pero no lo conseguí. Sentía esa proximidad con ahogo y su humanidad elevaba mi desesperación y la temperatura corporal. Moví con cierta brusquedad la cadera. Si hubiese sido un partido de fútbol, sin duda el árbitro hubiese señalado penalti. Él, como defensa aguerrido, conseguía mantener su posición a duras penas. Tuve suerte de que, en ese momento, su mujer, que estaba situada a la derecha (y, por cierto, con mucho espacio entre ella y su querido esposo), le preguntó algo. Aproveché ese breve momento de distracción y su consiguiente inclinación para ganar parte del territorio que él había colonizado tan injustamente. Por otro lado, el reloj había avanzado un poco y pensaba que tendría que esperar muy poco. Ya

Una enfermera salió de la puerta de la consulta y dijo en voz alta: «¡Volantes!» Una avalancha de papeles se depositaron en sus manos con una agilidad pasmosa. Como yo no creía que esto era una carrera de los cien metros lisos ni un ejercicio tipo Spartan Race, noté con pena que mi cita quedaba solo en una poco digna penúltima posición. Cuando me quise volver a sentar, el amigo y esposo ya había vuelto a sus trece, que no eran otras que plantar su pandero en un tercio de mi silla. Y todo volvió a empezar: el ejem, el me permite, el culeteo y todo lo demás. Pareció reinar un momento de calma pero una señora, que estaba de pie a unos veinte centímetros de mí por la izquierda, tosió como si necesitase devolver el alma a los infiernos. Todo ello lo hizo sin que mediase por su parte ningún obstáculo en forma de pañuelo, mano, manga o escudo protector. No, lanzó su expectoración a los cuatro puntos cardinales y a mí me tocó todo el viento este. Que fue mucho. Intenté coger aire para librarme de los bacilos, pero fue demasiado tarde.

A todo esto, mi amigo íntimo de la derecha tenía unos papeles en la mano. Miré de reojo y vi que los liaba en un canutillo. Eran cuatro o cinco folios, o sea que formaban un complejo robusto que empezó a bombardear sobre su pierna izquierda. Con un ritmo lento al principio, que acabó en un tum-tum-tum vertiginoso que retumbaba en mis oídos y se transmitía por vía táctil a mi pierna, triste e inevitablemente pegada a la suya. No podía más. La puerta de la consulta se abrió y confié en el destino, pero no. Le tocaba a uno que había llegado mucho después. Podía haberle tocado a la señora de la izquierda, pensé cuando me regó con otro tosido acompañado de salpicaduras.

El señor paró con el canutillo cuando su señora le volvió a importunar con otra de sus preguntas. Una vez más, aproveché para hacerme con un espacio convincente, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Mi amigo empezó a mover las piernas hacia dentro y hacia fuera. A mí el hacia dentro me importaba poco, pero el hacia fuera me convenía más bien poco porque chocaba de forma tan abrupta en la pierna, en todo el cuerpo que me hacía bailar. Y yo tenía muy pocas ganas de jarana. Cuando dejaba todo su trajín de piernas alternaba con los golpes del canutillo. Y así prosiguió en minutos que se convirtieron en interminables.

Había pasado ya más de una hora cuando sale la enfermera. Me levanto para decirle oiga mire, que han pasado ya unas cuantas personas que tenían cita mucho más tarde que yo y es que tengo una reunión y llego tarde. Ella me calmó diciendo que ya quedaba poco, que hoy era un día muy difícil. Cuando vuelvo a mi asiento, la señora de la izquierda había hecho un amago de ocupar mi sitio. Veloz como el rayo, me siento. Ella volvió a su posición inicial, de pie, pero alargó la mano derecha hasta dejarla a cuatro centímetros de mis ojos. Lo que vi allí era difícil de describir. Era una mano con una uñas llenas de consistencia, en un desaseo que solo se consigue con perseverancia. A fe mía, era un trabajo perfecto. Recogió la mano. A todo esto, otro hombre relativamente joven había ocupado la parte cercana a la puerta de la consulta. Desde allí, que era mi horizonte blanco, emitió un estornudo libre como el viento. Para qué vamos a reprimir nuestros instintos con un poco de educación si el agua salida de uno mismo está limpia como el agua del Canal de Lozoya.

Vuelvo a sentir un calor insoportable y ahora entiendo la razón. El amigo de la derecha no se contenta con dejar abiertas las piernas más que Nadia Comaneci en sus buenos tiempos (también vale para los malos, pero no vamos a hablar de su agitada vida personal): ahora ha depositado el brazo en parte de mi asiento. Yo encojo todo mi cuerpo, intentando reducirlo a la mínima expresión. Como un tipo que vi en la tele metiéndose en una pecera bien pequeña. Creía que ya era hora de protestar, de marcar el territorio de la educación con un reproche educado. Me lo pienso una vez. Dos veces. Tres. Al final, me giro un poco hacia mi amigo y abro los la boca para emitir la queja. Justo en ese momento, se abre la puerta de la consulta y una voz dice: «Raúl Urbina Fonturbel, puede usted pasar».

(La imagen es de Xosé Castro)

3 comments
  1. Gelu says: octubre 7, 201512:05 am

    Buenas noches, Raúl Urbina:

    Lo has explicado tan bien, que ha sido como ver una película. Es de los mejores relatos que he leído, y -a pesar de lo serio del tema-, se hace difícil no reír.

    Saludos.
    P.D.: Repartamos culpas, también las “escasas” sillas de diseño de la fotografía, tienen su responsabilidad en las situaciones, y llevan al título que has elegido.

  2. Magdalena says: octubre 8, 20159:41 am

    Tengo que confesar que me he reído a mandíbula batiente… A pesar de lo delicado de la situación. En general, ni las sillas ni los espacios ni los sistemas de citas están pensados para hacerte sentir una persona. De ahí, me imagino, el nombre de «paciente».

    Espero que ya estes bien y en casa.

  3. Raúl says: octubre 24, 20156:55 pm

    Magdalena y Gelu: muchas gracias por haber captado tan bien las dos partes de la entrada.

    Cuando la escribí sobre un hecho absolutamente real, no dejaba de pensar en un fragmento de «El castellano viejo» de Larra, que era desternillante pero tenía detrás una realidad más profunda.

    Aquí destaco la falta de educación, que es algo que reconozco que me saca de mis casillas, pero también la falta de espacio en un hospital que es nuevo y, además, ha costado un riñón.

    Y me quito el sombrero ante los profesionales, que están haciendo un magnífico trabajo.

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