— Verba Volant

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Tag "Vacaciones"

He optado por no escribir entradas sobre el día 31 de diciembre y el 1 de enero, que iban a ser las últimas. A partir del 2, aunque no tenga que ir a la uni, he recuperado gran parte del ritmo de trabajo. Mi resumen de la «salida» y «entrada», de años viejos y años nuevos es que esos cambios solo afectan a mi humor, pero no a mi estado, que no pasa a ser ni líquido ni gaseoso. El día 31 lo dejamos en dos grandes momentos: cumpleaños de mi hijo y la tradicional San Silvestre Cidiana, de la que quedé especialmente contento. El día 1 de enero, lo dejamos con la maravillosa sensación de estar nadando con la piscina entera para mí.

Pero esta breve entrada quiero dedicarla a mi donación de sangre número 100. El día 2 de enero, por la mañanita, cumplí el centenar de donaciones. Después de 35 años y pocos parones, he acudido a la Hermandad de Donantes de Sangre de Burgos a poner mi granito de arena, o sea mi gotita de la vena.

Todavía recuerdo mi primera donación, llena de miedos. Acudí con Guillermo, el hermano de mi amigo Eduardo, que me animó a donar y se ofreció, desde su experiencia, a acompañarme ese primer día. Se lo agradezco mucho porque, de no ser por él, no sé si hubiese dado el paso/el brazo.

Y, desde entonces, el acto de donar se ha convertido en una alegre rutina. Me gusta pensar que esos casi 50 litros de sangre han podido ayudar a gente que lo necesitaba. No se trata tanto de ese deseo de pervivencia de mi sangre en el cuerpo de los otros, sino de poner a disposición de los que lo precisan una pequeña parte de mí que no supone ningún esfuerzo, ningún mérito.

Años más tarde, tanto en la educación secundaria como en la universidad, he animado a algunos alumnos a donar. De hecho, yo también he sido compañero de principiantes ilusionados que, con su generosidad, riegan ahora otros cuerpos. Quedaba con ellos por las tardes y recuerdo especialmente un día en el que, pensando que irían dos, se presentaron doce. Con un poquito de miedo, como me ocurrió a mí. Con una sonrisa al acabar.

Así que eso, solo eso, merece mi atención. Y es el broche de mis entradas sobre las vacaciones. Hasta las próximas… donaciones y vacaciones.

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Escribo la que será la última entrada de 2019 y no tengo ganas de hacer un recorrido por el día de ayer ni por el año que acaba. No obstante, hay dos cosas que necesito contar.

Ayer estaba en el salón escuchando música. Fui saltando de canción en canción, de cantante en compositor, hasta que me di cuenta. Sin querer, en esas conversaciones musicales que tengo con Google Home, me puse a escuchar Scheherezade, la obra de Rimsky-Kórsakov, que era una de las composiciones favoritas de mi padre. Fui recorriendo sus movimientos recordando las veces que compartía espacio en el salón de la casa familiar con mi padre, él con los ojos cerrados y moviendo la cabeza, yo con los ojos cerrados imitándolo, pero abriéndolos de vez en cuando por curiosidad e impaciencia.

Para equilibrar, luego escuché a Nat King Cole cantando en español. Aunque mi madre prefería por encima de todos a María Dolores Pradera, todavía recuerdo a mi madre poniendo las cintas de Nat King Cole y canturreando mientras hacía cosas por la casa, mientras yo iba persiguiéndola y cantando también, imitando esa voz engolada, un poco impostada, con pronunciación forzada pero con un ritmo que, para mí, ayer y hoy, son mágicos.

Podría decir más cosas, podría haber dicho menos. Pero ayer me di cuenta de todo lo que echo de menos a mis padres. Cada momento, cada día, cada año. Cuando llegan los últimos días del año, pienso lo que disfrutaban con todas las rutinas y con todas las sorpresas que llegarían al día siguiente. El 31 de diciembre, que contaré mañana.

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Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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Shameless

Cuarto día (de vacaciones). Esta vez, la noche se ha dividido en dos partes, en dos intermedios de Shameless. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero me encantan las comedias que lo parecen y no lo son, tipo Shameless o las queridísimas y adoradas Weeds y, sobre todo, Californication. A medida que avanzan, no dejan de ser graciosas, pero casi no cabe lugar en ellas para la risa, sino para la reflexión. La familia Gallagher es un compendio triste de todas nuestras esencias, casi condenadas al fracaso, pero en una lucha permanente que solamente ha abandonado el más irresponsable, que es el padre de familia que nunca ha sido ni padre ni miembro de esa familia de pleno derecho.

Deporte. Baloncesto

Habituados a que hable de las excelencias de deportes más o menos individuales, he dicho poco que me apasiona el baloncesto. Como hoy, quinto día, tenía un partido con los amigos del que hablaré mañana necesariamente, fui con mi hijo a tirar unos tiros, a poner los músculos y la coordinación a punto.

Lo que ocurre es que, para mí, desde hace muchos años, jugar al baloncesto es síntoma de un fracaso irreversible. El paso del tiempo no mejora para nada ni para nadie, pero los que hemos jugado al baloncesto con relativa eficacia sufrimos ahora el hecho de que la cabeza va a la velocidad correcta, pero el cuerpo no está sincronizado. Todo lo que deriva de ello es frustración y añoranza, cosa que a mí no me gusta porque prefiero mirar hacia objetivos que pueda seguir cumpliendo.

Reflexiones en la frutería

Suelo comprar la fruta y las verduras en el supermercado, pero siempre me queda la cosa de ir al mercado, que no tengo muy lejos de casa, para comprar en la necesaria proximidad y cercanía que no se mide solo en distancias. Así lo hicimos cuando acabamos de jugar al baloncesto. Fuimos al Mercado Sur, que daba una sensación de vacío inexplicable en un día después de Navidad. Recorrimos los puestos y, al final, nos decidimos por uno en el que el género no tenía mala pinta. El precio tampoco estaba mal. Cuando llegó la hora de la cena, me di cuenta de que la frutera nos había puesto prácticamente toda la fruta demasiado madura sin preguntarnos. Me cabreó mucho y me sentí estafado. No digo que todo el comercio de proximidad sea así, porque sé que no es cierto. Y creo que lo volveré a intentar. Pero que todos los fruteros del mundo, y los de Burgos en particular, sepan que, si vuelve a caberme la duda, optaré por elegirla yo mismo en el supermercado enfundándome el guante preceptivo.

Escritura del artículo sobre el mundo STEM y el mundo SHH

Comentaba el otro día que había leído algunos artículos muy interesantes en el número 112 de la revista Telos. Venciendo algo la pereza, he escrito en Scripta Manent, ese blog profesional que no frecuento como debería, una entrada glosando las ideas de Reyes Calderón. Me adelanto a los acontecimientos, porque esto ha ocurrido hoy, pero resultan muy pertinentes las observaciones que ha hecho mi querida Sandra L. en Twitter. ¿Pintan algo en este mundo tecnológico las Humanidades? Leed y discutid.

¿Trabajar en vacaciones?

Aunque lo he insinuado desde el primer día, es prácticamente imposible no trabajar durante las vacaciones. Diría que forma parte de nuestro trabajo, pero, como no me va a creer nadie, no lo digo. Además de ir avanzando en la lectura de alguna interesante de la que daré cuenta en algún momento, tengo que gestionar alguna cosilla de la coordinación de nuestro máster en ELE. A eso se añade una iniciativa procedente de colegas de Cataluña y Aragón que motiva que los coordinadores de la antigua selectividad podamos reflexionar sobre la naturaleza de las distintas pruebas en cada distrito. Pero dejemos de hablar de trabajo, que son días de descanso.

Hacia dentro

Tendría que decir que he acabado la película de Denys Arcand y que empecé otras dos. Que sigo con Abella Cienfuegos, aunque no he avanzado tanto como esperaba. Pero hay días que se viven para dentro y de los que no se puede verbalizar con detalle y extensión.

Ayer fue uno de esos días. Como hay acontecimientos frutos de la casualidad y acontecimientos fruto de la causalidad, veo que las causas fueron vestigios. Que las reflexiones de Cabanas sobre la felicidad de la entrada de ayer, que las reflexiones sobre el mundo STEM de ayer y hoy me llevan a la esquizofrénica paradoja de que, en el mundo del arte, tengo una mente SHH y, en el mundo reflexivo y vital tengo una mente STEM. Y que la belleza que busco en las obras no logro adaptarla y acomodarla a mi vida para que sea plácida. De forma inmisericorde, mi día a día no me sirve para disfrutar, sino para encauzar una tendencia poco evitable a la cuantificación, al análisis puro y duro, sin porqués que alivien la espera.

Escuché muchas canciones, claro. Pero, gracias a un artículo de The New Yorker, que reflexiona de forma clarividente sobre los vídeos del grupodescubrí esta canción, que me gustó mucho:

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La prudencia me ha aconsejado que cambie el título de esta serie de entradas. Así, omitiré el «de vacaciones» para no dar cancha a a todos aquellos que nos envidian y nos odian a partes iguales por la asociación inmediata entre profesores y vacaciones, de la que ya escribí hace tiempo. Decido también escribir las entradas a día vencido para dar cuenta de todo el día, no solo de una parte.

Si dijera que el tercer día comenzó, de madrugada, con otro capítulo de Shameless, estaría ya siendo demasiado reiterativo. Solamente me queda hacer dos precisiones, para aquellos que preguntan. La primera, que no es que padezco de insomnio: duermo cerca de siete horas diarias, lo que pasa es que reparto mis tiempos de sueño con una ficción de por medio. La segunda, que esta serie es una falsa comedia que, tras una historia alocada de una familia más que loca, esconde muchas otras cosas.

La Cartuja y el mindfulness

Empiezo el día como dios manda, corriendo, como llevo haciendo desde casi toda una vida los días 25 de diciembre y el 1 de enero. Para mí, correr es una fiesta, una de las mayores fiestas, la fiesta de sentirse vivo.

Cuando corro por la mañana, sean los kilómetros que sean, suelo organizar mi recorrido haciendo que pase, inevitablemente, por la Cartuja de Miraflores. Es mi mindfulness particular. Para cuando empiezo a subir la cuesta exigente por la carretera, ya llevo cuatro kilómetros recorridos y, tras la ascensión, el premio es de primera categoría. Esa sensación de llegar, apenas inaugurado el día, en completa soledad, con ese incomparable edificio, esa maravillosa naturaleza es lo más parecido a la plenitud. Lo que ocurre es que, lamentablemente, empecé mi sesión de entrenamiento demasiado tarde y el mindfulness low-cost se fue a tomar por riau: al llegar al final, me encontré con coches mal aparcados, dos autobuses y una avalancha de gente que salía de misa. Una pena.

Los polvorones del muerto

Luego ha llegado la comida en familia del día de Navidad. No quiero que se me olvide que para mí, otro de los grandes clásicos de la Navidad son los «mazapanes del muerto». Son los mazapanes de Soto marca Segura, que me cautivaron desde niño con una foto que parecía eso, «la del muerto». Desde entonces, tengo al señor Segura en mis pensamientos, en mis oraciones y en mis degluciones. Para el que no conozca «al muerto», ahí va una imagen de la web corporativa:

Libros, lecturas

Olvidaba muchas cosas hechas entre medias y altero aquí el orden cronológico. Todas estas cosas las hice de madrugada, a lo largo de la mañana o de la tarde o cuando la noche acecha. Acabé el libro de Cercas, que me pareció bien, lo que no está mal. He empezado a leer Cómica, de Abella Cienfuegos (ediciones Caballo de Troya, 2019), que me está pareciendo bien. De momento, no llevo más de treinta o cuarenta páginas, pero me gusta.

Me dio por cumplir un deseo que me apetecía desde hace tiempo y me suscribí a la edición digital del The New Yorker, así que veo ahora satisfechas mis ansias de cultureta leía en inglés en porciones intensas.

Luego, empujado por un enlace de mi admirado amigo Daniel Torregrosa, llegué a la entrevista que le hacen al psicólogo Edgar Cabanas en El País a raíz de su libro Happycracia. Tiene más razón que un santo cuando habla de la avalancha de mentiras sobre la felicidad derramadas por los libros de autoayuda, esos que nunca ayudan a nada. Iba a escribir mucho más sobre el contenido de la entrevista y de lo que pienso de todo esto, pero acabo como acaba la entrevista, con unas palabras de Cabanas: «“De la felicidad también se sale. No nos obsesionemos con ella”.

Pelis y documentales

Como ya he comentado, veo las series, las películas y documentales «por fascículos». Al que no le guste, lo siento, pero yo administro mis tiempos como quiero. Entre la Nochebuena y el día de Navidad, veo siempre Qué bello es vivir. Lo hago por muchas razones que no puedo contar de forma detallada. Lo resumo aquí diciendo que es un cuento navideño que me gusta. Que, pese a su aparente simpleza, cada vez que la veo descubro algo. Que le encantaba a mi padre y daría lo que fuera por que él viviese, por verla juntos una vez más.

También estoy viendo La caída del imperio americano, de Denys Arcand. No había vuelto a ver nada de Arcand desde aquella mágica Jesús de Montreal, así que se merece una oportunidad. Y me faltan algo así como cuarenta y cinco minutos, pero la historia me atrae. Tiene tanto que ver con todo lo que estoy contando en esta entrada y lo que me queda por contar que me resultaría pedante pormenorizarlo.

También he disto la TED talk de Chimamanda Adichie titulada «El peligro de la historia única». Llegué hasta aquí gracias a una de sus contribuciones en el periódico La Verdad.de ese gran escritor que es Miguel Ángel Hernández. Si no habéis leído El dolor de los demás, no sé qué diablos hacéis perdiendo el tiempo aquí. El vídeo, que dura menos de veinte minutos, me parece fundamental. Proporciona unas claves esenciales para entender y encuadrar adecuadamente todo tipo de historias: las individuales, las colectivas, las geográficas, las que afectan a las clases sociales y las que afectan a la formación y a la cultura. El sesgo de creer entender todo entendiendo solamente una parte es uno de los mayores peligros que acechan a nuestra mente, que desea constreñirse, engatusada en el regocijo de lo pequeño y manejable, huidiza de lo complejo y grandes que son nuestros mundos.

Música

Por supuesto, la música me ha acompañado durante este tercer día de Navidad, uno de esos días que ya sabéis que no me gustan. La primera canción que he escuchado, ha sido «Last Christmas», de Wham! La he puesto porque me gusta y porque, en 2013, prosifiqué esta y otra en «Un día de Navidad en dos canciones». Me ha acompañado Joe Crepúsculo con «Mi fábrica de baile» y «Música para adultos». He escuchado La pasión según san Mateo casi en bucle.

Confieso que, como casi todas las noches, el momento crítico es el de acostarse, cerrar los ojos y que llegue el miedo.

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Soy el tipo menos hábil del mundo. Escribo sobre mi segundo día de vacaciones eligiendo el momento menos propicio, cuando todo el mundo está de camino hacia algún sitio en el que pasar un rato de langostinos y de turrones, cuando todo el mundo está en esa espera en la que queda con los amigos para apurar una cerveza, un vino, una copa de cava hasta el momento en el que se desplace a esa ingesta de langostinos y turrones.

Hoy ha sido un día raro. He vuelto a realizar esa paradiña nocturna a la que ya estoy acostumbrado para volver a Shameless. Tenía una mañana llena de proyectos, que se han quedado en otro capítulo de Shameless, un tiempo más largo del que deseaba para solventar cosas del trabajo a través del correo y, eso sí, un buen momento de lectura. No había dicho que estoy leyendo Terra alta, de Cercas. Jamás de los jamases había leído a un semifinalista y a un finalista del Planeta de forma consecutiva, pero Vilas y su Alegría se lo merecían y quería volver a Cercas. Tampoco había dicho que, en esa ronda de libros muy vendidos, opté por abandonar el último libro de Dolores Redondo, que me estaba quitando un tiempo precioso que necesitaba para otras cosas. Estoy disfrutando del libro de Cercas por razones que no sean obvias.

Me he sentido muy ridículo yendo al supermercado a comprar unos panecillos. Había largas colas de personas ultimando el acopio de los víveres sin fin de la Nochebuena y yo, al llegar a la caja, estiro la mano con mi bolsita de un panecillo integral y tres panecillos normales para que me lleguen para la comida y para el desayuno de mañana y pasado en forma de tostadas.

Luego, esta vez sí, he ido al gimnasio. Qué a gusto me siento cuando cargo con las pesas al ritmo de la música. Es una rutina sincrónica en la que, a veces, se me va el santo al cielo sin perder el compás pero perdiéndome en mis cosas. Antes he vibrado un rato. No con la vida ni con la música, sino con una máquina que vibra. La utilizo para calentar los músculos, para endurecer las fibras. Luego, cuando llego al vestuario, me miro al espejo, saco músculo y pongo cara de malo. Qué a gusto me siento.

Prescindo de muchas cosas prescindibles que no quiero contar, que no interesan a nadie. Porque ya os he dicho que no me gusta la Navidad y que me pone de muy mala leche. Esto me afecta solo a mí: me parece estupendo que al resto de la humanidad con mayúscula la Navidad les parezca estupenda. Yo paso sigilosamente.

Acabo por hablar de música. Me doy cuenta de que últimamente escucho mucho a Bach. Hace muchos años, era muy de Beethoven. Luego era muy de Mozart. Pero creo que soy de Bach, definitivamente. El azar me ha llevado a una canción de Morat que explica mucho de mi vida. El dedo en el iPad me ha llevado a «Hungry Heart» de Springsteen. Y ahora, que pongo el punto final a esta entrada, escucho «September», de Earth, Wind & Fire.

La imagen es de Nathalie.

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Escribo esta serie de entradas sobre las vacaciones sin ninguna esperanza de que nadie las lea. ¿A quién le puede interesar lo que yo cuente sobre estos días, sobre este primer día, sobre cualquier cosa que cuente sobre este tema?

Considero que hoy comienzan las vacaciones: los días pasados no eran más que un alegre fin de semana, preludio de esto. Mi intención era ir al gimnasio de buena mañana a realizar una sesión de pesas acompañado de buena música, pero me he concedido el lujo de abandonar este propósito inicial por ver Call me by your name. En realidad, todo comenzaba a las cinco de la mañana, con un episodio de la novena temporada de Shameless. Veo las películas a trozos, las series en porciones, leo varios capítulos alternando y oscilando.

Luego he jugado a Toy Blast, entretenimiento ligero del que abuso. Dejaré mis partidas de Master Mind para las primeras horas de la tarde. He recuperado mi afición por Master Mind, juego que me encanta. Conservo con cariño el juego que me regalaron cuando era pequeño. Llegué a ser tan extravagante como para llevar siempre conmigo una versión de bolsillo con la que retar a alguien en los viajes, incluso en los bares, cuando la música ochentena atronaba en los pubs y era mejor no mirar los vídeos con tanta hombrera, esa estética horrible.

Ahora lamento no haber ido al gimnasio. Mientras escucho a Freedie Mercury, me veo abocado a escribir tapado con una manta. Cada vez odio más la calefacción central, que impone a todos un horario poco ajustado a mis necesidades de abrigo. Pienso en ir dentro de un rato a la piscina, antes de ir a comprar y hacer la comida, pero esta tarde me esperan unas series en pirámide, el último entrenamiento más o menos duro antes de que empiecen las sansilvestres, así que dejaré que los músculos se sientan poco agradecidos en esa tendencia última hacia la vigorexia.

Tengo que escribir algo sobre el último número de la revista Telos. Tengo pendiente escribir también sobre mis ciudades preferidas de Europa. Se lo tengo prometido a Héctor Jiménez desde hace muchas semanas. Si alguien leyese esto, le recomendaría vivamente el blog de Héctor sobre viajes, VIAHEROCONH. Textos magníficos, imágenes excelentes, buen recurso para recordar lo que uno ha visto o como recomendación para lo que hay que ver. Tengo pendiente un café con Héctor para contarle una cosa sobre él que no sabe. Tengo pendiente también un café pendiente con Álvaro von… Y alguno más. Quizás sea mejor esperar a que acaben estos días.

También he de rematar dos artículos que tengo a medias. He metido horas por un tubo sobre cosas de las que llevaba trabajando cuando estuve en el Instituto de Lingüística en Buenos Aires, cuando aquí hacía frío y allí se estaba en la placidez de un porrón de Quilmes bien fría con unas papas. Y me queda por decidir los temas y los congresos a los que acudir durante el trimestre. Pero hoy es mi primer día de vacaciones, así que lo dejaré reposar hasta que llegue el aburrimiento. Tampoco contestaré un correo tremendamente descortés sobre un asunto académico. Odio la mala educación con todas mis fuerzas. ¿Tanto cuesta pedir algo con educación? Lo guardaré para cuando lo tratemos en las asignaturas del grado y del máster.

Tengo los dedos congelados. Pero era necesario, eso sí, revisar algunos anuncios que quiero estudiar. Y, aunque este no es para analizar, cae en el azar de YouTube el de Paco Rabanne. Y el «Rapper’s Delight» de The Sugarhill Gang ha inundado mi cabeza. Estaba yo en los últimos cursos de la EGB cuando llegó el rap. Una maravilla.

¿He dicho que odio la Navidad? Si no contesto a vuestras amables felicitaciones de correo o WhatsApp, mil disculpas. No estoy para nadie.

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