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Eres un paréntesis: acaba y empieza, sin nostalgia ni pena, desafíos, el Thyssen y el cielo de Madrid… y el paréntesis

Acaba y empieza

Septiembre se mete de tapadillo en el verano. El último día de piscina fue muy triste, con mucho calor, la piscina llena de nostálgicos aprovechando hasta el tuétano. Acaba la temporada de piscina y la recordaremos durante meses cuando el frío sea más profundo y parezca irreversible.

Sin nostalgia y sin pena

Tengo nostalgia y pena de que acabe al verano, pero odio a todos los que se muestran nostálgicos y penosos a la vuelta. No me gusta empezar un nuevo curso triste por lo que he perdido, sino por lo que me voy a encontrar. Buf, parezco un libro de autoayuda.

Desafíos

Este verano he llegado a una nueva meta, pero no estoy contento. Tendría que estar orgulloso y, de hecho, manifiesto ese orgullo de cara a la galería, pero, en mi fuero interno, tengo una sensación de vacío y de pena. Tengo que desafiarme mejor.

El Thyssen y el cielo de Madrid

Tendré que hablar un día de exposiciones, tendré que confesar que es la primera vez que visito el Thyssen y que tengo dos cosas que tengo que deciros de él y una se llama Mondrian. De momento, pienso en el atardecer de una tarde calurosa y en el cielo de Madrid. Y de su belleza

Eres un paréntesis

También tendría que evocar unas cuantas ficciones. Hay una que me ha llegado a lo más profundo. Fue una película que cayó durante una noche de insomnio, que era mucho mejor de lo que parecía, de esas que retratan tu vida. En ella, un personaje le dice a otro: «Eres un paréntesis». Y yo me quedé de piedra porque retrataba lo que es, de hecho, el signo de puntuación de mi vida.

Imagen de Robert Clinton.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

Tarde de piscina – un error de cálculo, buscando mi territorio, un entrenamiento suave, cambio con frutos secos y horchata. Y baja el sol y el ánimo en mi corazón

un error de cálculo

La tarde comienza con un tremendo error de cálculo: el miedo a que las calles cortadas por la meta de la Vuelta a Burgos dejasen cortadas algunas calles me han llevado a dejar aparcado el coche cerca del recinto de la piscina y volver corriendo a casa a mediodía. Por la tarde, enfundado con la camiseta y las mallas, con una gorra para protegerme de un sol de justicia, he arrastrado mis pies con muy pocas ganas. Nunca costó tanto llegar al paraíso.

buscando mi territorio

El césped de la piscina es una marca continua de territorios. Cada uno lo extiende como quiere y como puede, como si no hubiera pandemia, como si no existiesen más que ellos en el universo. Como casi todo el mundo, tengo algunos sitios preferidos, sobre todo aquellos en los que al principio hace sol pero, a medida que avanza la tarde, empieza a reinar una sombra deliciosa. Pero un par de chicas tienen extendidas unas toallas de ochocientos metros cuadrado; una pareja mayor tiene esparcidas las sillas en un sitio, las toallas en otro, las bolsas en otro; uno de los huecos posibles está cerca de un grupo que no para de hablar de cosas intranscendentes a volumen brutal. Hay sitio en otros lugares de la piscina, pero yo lo quiero en ese. Al final, tengo suerte y un ente solitario se marcha dejando el sitio perfecto.

entrenamiento suave

Con las idas y vueltas corriendo (trotando más bien), me daba pereza entrenar, pero hoy tocaba una sesión más o menos suave de 2 800 m, así que he ido con calma cuando había que ir. Para no aburrirme, pienso en mis cosas, claro. Para no aburrirme, juego y entreno la respiración. Largo respirando a derecha, largo respirando a izquierda, largo respiran cada tres. De tanto no querer aburrirme, empiezo el juego de alternar respiraciones: cada dos, cada tres, cada cuatro, cada cinco, cada seis y cada siete. Y la respiración se resiente y dejo de aburrirme. Tanto, que en la serie siguiente propongo aburrirme con algo más rutinario. Se me ha puesto a tiro alguien que nada dos calles más allá y voy a cazarle.

cambio de parcela buscando el sol con frutos secos y horchata

Salgo de la piscina y un señor ha puesto su silla tan cerca de la mía que, si estuviese en las condiciones idóneas, me hubiese dejado embarazado. Le digo algo porque no sé callarme y él me dice que lo siente. Me da tanta pena que me cambio de sitio yo, buscando un poco de sol y recuperándome con un puñado de frutos secos y pasas que degusto uno a uno, una a una, para que me duren. Y un poco de horchata.

baja el sol y el ánimo en mi corazón

El sol, que me calienta hasta reconfortarme por fuera y por dentro, va tomando esos ángulos de agosto que hacen que se oculte pronto. Vuelven las sombras y baja el ánimo en mi corazón. Hoy la tarde concluye cogiendo bastante pronto ese coche, ese que lo ha provocado todo.

Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Sobrehumano, inhumano o imposible

Es sobrehumano y se encuentra por encima de todos nosotros. Alcanza la temperatura de un dios y de un héroe. Enseña, escribe, aprende, vive, convive, dialoga, contesta, publica en series ilimitadas investigaciones que son buenas para el mundo. Llega a la última balda sin coger una banqueta. Pinta sin escalera. Cambia las bombillas sin deslumbrarse. No le hace falta apagar la luz para cambiar los interruptores que encienden todas sus vidas.

Es inhumano y se encuentra entre los abismos. Se lanzó una vez desde una colina sin darse cuenta de que no tenía parapente y cayó a plomo. Intenta multiplicarse y dividirse. Hace el pino para notar el suelo con más contundencia, con la crueldad del trapecista al que se le desacompasa el compañero y la vida y la columna vertebral. Practica la postura del loto y no llega ni a la mitad. Se agacha y recoge las migajas del tiempo perdido, del tiempo invertido sin poder revertir todo lo que intentó acumular con las manos abiertas y con los dedos resbalando por el agua.

Nuestro trabajo no es sobrehumano ni inhumano: es imposible. No se puede gestionar, enseñar, investigar, publicar. No tendría permitirse que perdiésemos nuestro tiempo, que no tuviésemos días ni horas ni minutos sin esa permanente sensación de culpabilidad. Miramos a lo alto y nos sentimos pequeños. Miramos desde lo alto y sentimos miedo. Y así. Así todos los putos días.

Reflexión sobre la impotencia que se siente ante nuestro trabajo con imagen de Paul B.

Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.

Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Instrucciones prácticas para contar hasta 500

Algunos piensan que no es necesaria ninguna fórmula mágica para contar hasta quinientos. Se trata de un número redondo y par que podemos contar por unidades, por decenas y por centenas en un pispás. A pesar de ello, creo que es conveniente que revisemos la manera que tenemos de contar para llegar hasta ese número.

Quinientos es un número fácil para contar como eso, como un número. Pero a mí me interesa, hoy, saber exactamente cuál es el alcance del número quinientos. Voy a hacer una cosa y os invito a que realicéis este proceso conmigo: contemos a cada persona como unidad hasta llegar a quinientos. ¿Seremos capaces de «nombrar» a quinientas personas conocidas y relacionadas, de alguna manera, con nuestra vida?

Nos contamos a nosotros, eso es fácil: ¡uno! A nuestra familia más directa, que también es muy sencillo. Los que tengan familias muy numerosas, alcanzarán pronto una cantidad considerable. Pero vayamos a las parejas de los primos y de las primas. Igual les ponemos cara, pero no sé si tenemos siempre un nombre para ellos, para ellas. Si tienen hijos, la cosa se complica. ¿Cómo va la cuenta? Insisto: tenemos que llegar a quinientos con sus nombres.

Para llegar, creo que no nos va a dar con la familia. Tenemos que acudir a los amigos. Empecemos a contar, siempre que no sean los que tenéis en Facebook (¿seríais capaces de asegurar que conocéis con caras y nombres a vuestros contactos en las redes sociales o en la agenda de vuestro teléfono? Decía que vayamos a los amigos. ¿Tenéis muchos? ¿Cuántos os salen? Seguramente, tendremos que tirar de memoria para ir rescatando a algunos que teníamos escondidos. Tenemos una ventaja: conocemos a algunos familiares de nuestros amigos, de nuestras amigas: padres, madres, parejas, hijos e hijas. ¿Sabéis todos sus nombres?

Como con los familiares y amigos no alcanzamos los quinientos, podemos seguir por otras vías. Por ejemplo, podemos acudir a los que fueron nuestros compañeros cuando estudiábamos. Esto es un buen recurso, porque nos podemos acordar de Juan Luis, de Joaquín, de Sonia, de Yolanda, de Susana y de Nacho, a los que no rescatábamos hace siglos. Si os pasa como a mí, muy pronto tendréis el reto de intentar acordaros de esas personas que convivieron muchos años con vosotros y a los que ahora no podemos poner nombre.

Si trabajáis, tenéis otro paso ganado. Enumerad los nombres de las personas que trabajan con vosotros. Dependiendo del trabajo, pueden ser muchas. A mí, desde luego, me salen unas cuantas. Si habéis tenido una vida laboral larga y accidentada, os podéis acordar de jefes anteriores (en algunos casos, de toda su familia, pero eso no cuenta ahora), de personas con las que coincidisteis. Seguro que mantuvisteis una gran relación con alguno, que salisteis a cenar en pareja. ¿Os acordáis del nombre de cada excompañero, de cada pareja?

Como soy profesor, tengo vía libre para el filón de los alumnos y de los exalumnos (por supuesto, cuando pongo esto en masculino nunca hay que olvidar el necesario desdoblamiento). Presumo de buena memoria y me van saliendo como churros, con nombres y apellidos, pero mi seguridad empieza a flaquear cuando intento concentrarme.

No sé cómo vais vosotros, pero yo no he llegado a quinientos ni con mucho. Se me ocurre que podemos tirar del vecindario, de los comercios en los que compramos. Porque, de momento, estamos moviéndonos en el mundo «de verdad» y no el de las ficciones televisivas, musicales o literarias, por poner tres ejemplos.

Reconozco mi desesperación. He ido buscando y rebuscando y no he pasado de los trescientos y pico. Me queda un mundo para conseguir el reto.

Si os ha pasado como yo, os dejo que vayamos haciendo excepciones. A los (pongamos) trescientos cincuenta, vamos a sumarles directores de cine (¿cuántos sois capaces de enumerar?), directores de orquesta, novelistas de vanguardia, cantantes de reguetón, premios nobel de Medicina, grandes inventores, tertulianos de La Sexta. Como no alcanzo los quinientos, me estoy acordando de que no había contado a los amigos (y amigas, claro) de mis padres.

No sé. Quizás sea capaz de llegar, aunque lo dudo. Si vosotros lo habéis conseguido, os pido un último favor: a esa lista casi imposible de quinientos nombres con sus caras, sumad veintitrés. ¿Qué por qué? Lo vais a saber enseguida.

Ayer leí en la prensa que habían muerto quinientas veintitrés personas en nuestro país por coronavirus. Quinientas veintitrés personas que tenían caras, nombres y apellidos, que eran hijos de alguien, primos de alguien, parejas de alguien, compañeros de trabajo de alguien, amigos de alguien, amigos de los padres de alguien, que estudiaron con alguien… y que ahora ya no están. Quinientos veintitrés hombres y mujeres.

Cuando, día a día, los medios de comunicación vayan cantando las víctimas como en un bingo, volved a poner la cuenta a cero. A mí, desde luego, me entran ganas de llorar.

Me ocurre a mí, hoy, que necesito poner nombres y caras a los números. Para entender qué coño nos pasa.

Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

Ausencia de nostalgia con un poco de chía

Algo más tarde que de costumbre, empiezo con un vaso de agua fría. Luego voy pelando un kiwi demasiado maduro, demasiado alargado y aplanado. Mientras, tomo la medida justa de leche con la taza y la vierto en el cazo. Echo un poquito de leche también en el vaso que he terminado con una cucharada de chía. No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida. Mientras se calienta la leche, corto un panecillo (10 céntimos en el supermercado) que había sacado de madrugada del congelador e introduzco las mitades en el tostador. Dejo la leche un poquito más en el fuego mientras deslizo la margarina por cada cara del panecillo, echo la leche en la taza (de Astérix, con el lema «Mens sana in corpore sano») y remato la versión sana de las tostadas con un una cucharilla de mermelada. De melocotón, claro.

Como un pequeño cuenco de sopa de pollo con aire asiático que, sobre una base real, un día me inventé. Tienen esos noodles algo de cocina magrebí por una especia que no sé como se llama comprada en Marrakech. Una tortilla con muchas claras, que proceden de una negativa tajante a desperdiciar lo que sobraba de la crema pastelera hecha hace dos días. Tenía elegidos ya tres langostinos, pero decido saltarme todas las normas —soy un rebelde— y me como otros dos más embadurnados en salsa vinagreta. Tres croquetas de jamón realizadas a modo de prueba y con cierto éxito.

Quedaba una micra de roscón de reyes hecha en casa comido entre los días cuatro y cinco. Un poco de gaseosa. Un trocito de turrón de chocolate. Un trocito de turrón de yema. Cada vez me empalaga más. Un breve reposo para tomar una onza de chocolate con cacao casi en estado puro y Coca-Cola. Zero.

Una laminita de queso muy poco curado y bajo en grasa con un trocito de pan.

Y queda un cuarto de hora para acabar el día. Un cuenco minúsculo de ensalada. Un dedo y medio de tortilla de patata hecha ayer. Un plátano (me apetecería otra fruta, pero se están poniendo pochos). En honor a la verdad, es una banana. En honor a la verdad, una banana pocha. Y dejaré pasar un cuarto de hora para tomar un yogur griego natural.

No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida.