— Verba Volant

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Laberintos

Es domingo por la mañana y he desayunado mientras escuchaba un podcast de humor. En una ocasión, la risa ha provocado un pequeño conflicto entre el cruasán, la leche y mi faringe. He leído durante un rato, aprovechando una extraña paz y una luz preciosa que entraba por la ventana. He apagado la aplicación de “Libros” y me pasado a jugar un rato más largo del previsto a Toy Blast. Mientras jugaba de forma intensa, casi compulsiva, me preguntaba si no había otra manera de matar el tiempo.

He ido al despacho y me he puesto a contestar a correos del trabajo. A corregir prácticas. A mandar mensajes a los foros de las asignaturas. A preparar las próximas tareas. Sin transición mental que lo justificase, me han venido a la cabeza unos oráculos del Libro de Isaías. Dicho así, parezco un personaje de las ficciones estadounidenses, que conocen la Biblia al dedillo y profieren algunas de sus máximas de modo eficaz, pero críptico, hermético.

Estaba luego con los auriculares, escuchando a un grupo que no me atrevo a confesar. Luego he pasado a Joe Crepúsculo, lo confieso sin culpa y con dicha. Y a Ismael Serrano, como casi siempre. Y a Manuela Vellés y a Los Caligaris. He corregido otras dos prácticas y he notado las piernas agarrotadas. Después de una semana intensa de entrenamientos, los días en los que toca descanso me duelen los músculos de tal manera que suelo romper la abstinencia en forma de kilómetros o de pesas o de largos de piscina. Pero he vencido a la tentación y he seguido en casa.

He empezado a leer un relato de Alice Munro. Me lo recomendó Cárol el pasado viernes. Para revisar la memoria, la vuelta atrás y la prospección de nuestros recuerdos. La mezcla ha sido perfecta porque estoy leyendo ahora El dolor de los demás. Lo pensaba el otro día, cambiando el título: la felicidad de los demás. Esa felicidad que aparece en las redes sociales, en las fotos de comida exótica, en las calles de una ciudad siempre lejana, en la sonrisa de un grupo, en el salto a la de tres. Gente que solamente ha saltado para la foto. ¿Se puede ser feliz contando toda la pátina de nuestra vida, sin escarbar, sin explicar los momentos en los que tienes unas ganas tremendas de llorar? ¿Sin pensar en esos momentos en casa, con el pantalón de chándal, la camiseta medio rota y esa mancha que no se quita, en los que cualquier vida te parece más deseable, más apetecible?

Es domingo por la mañana y he estado a punto de escribir una entrada. Estaba escrita con un recurso que me gusta mucho, la segunda persona que equivale al yo. Hablaba de llegar tarde a todos los lugares que no dependen de un reloj, de los reflejos de lo que no soy, de los momentos en los que desaparezco dejando entrever que estoy detrás de una servilleta. Infantil, sin duda. Reflexionaba sobre el momento de mi vida en el que me resistí por primera vez a dejar que el acto de llover resbalase por mi cabello, mi cara, mi cuello. Y calase toda la ropa. El día, en suma, en el que se te olvida cualquier otra cosa que no sea el acto de sobrevivir. Decía también que nunca he estado en el campo en una noche de agosto, con una manta extendida en el suelo para esperar el milagro de halos de fuego cruzando el cielo. Y me reprochaba, me reprocho, ser demasiado impaciente, demasiado urbano.

Las coincidencias existen. Porque en esas líneas que existían en borrador pero que suprimiré dentro de poco hablaba de correr y saltar y no sentir el aire bajo mis pies. Ese que habita en las fotos de las que hablaba unos párrafos más arriba. Lo escrito, leído ahora, en su conjunto, no me ha gustado nada. Solo algunas líneas, ideas sueltas. Quizás el final, en el que decía algo así como “Siente la llamada de lo dulcemente, de lo apasionadamente salvaje”. No era esa la manera de acabar. Sin tener ninguna idea de lo que se me pasaría por la cabeza al escribirlo, remataba con un “Que, a veces, es —como el cielo— azul. Algún día lo utilizaré para una entrada.

Se me olvidaba decir que también me hacía algunas preguntas. Por ejemplo, si alguna vez perderé el control (ese que me atenaza, ese que me estrangula), ese con el que uno no consigue disfrutar de todo hasta el instante más extremo. Lo leo ahora y no entiendo lo que quería decir, a no ser que me refiera a momentos muy concretos que tienen alguna presencia importante en mi vida.

Y estaba mirando mirando por la ventana de mi vida cuando he pensado en los peces pleuronectiformes. No había nada en la calle que justificase ese acto. Miraba, simplemente, con los ojos de la imaginación. He pensado lo que me gustan las platusas, los gallos y los lenguados. Me gustan por su sabor y por su forma, por su carne más o menos prieta. Por habitar en el fondo marino, entre la arena. Sabiendo permanecer miméticos, acordes con el entorno, aparentemente discretos. Capaces de vestir con elegancia cualquier tipo de ropajes, ajustados a lo que les circunda en su propia excepcionalidad. No necesitan gritar a las cuatro corrientes marina que están ahí. Pero, cuando los encuentras, sientes que has hallado algo realmente importante.

Es domingo por la mañana y, como podéis comprobar, no ha pasado nada digno de contar.

La imagen es de Roban Kramer.

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Escribir sobre Albano, lo confieso, es entrar en otra dimensión por muchos motivos. He estado durante tantos años a su lado como profesor; he presenciado tantos momentos suyos, buenos, malos y regulares; he empatizado con él tantas veces sin un solo desencuentro, que he pospuesto hablar sobre él aquí porque no sabía muy bien por qué historia empezar.

Hay muchas cosas de Albano que no puedo contar. Algunas, por el sagrado derecho de la privacidad que se establece cuando a un profesor se le cuenta algo de modo confidencial. Otras, porque no me da la gana. Pero tengo en mente muchas anécdotas que estarán plasmadas aquí sin ninguna duda.

Y he decidido empezar por el día en el que a Albano y a mí unos profes de algún que otro colegio pijo (no todos, que conste) nos acusaron de hacer trampas. Pero tengo que ir hacia atrás un año: se celebraba la primera edición del Concurso Hispanoamericano de Ortografía (ahora ya van, creo, por la XII edición). Las bases del concurso exigían pasar por tres fases: la fase escolar, en el centro, la fase provincial, la fase nacional… y de ahí al paraíso. En el momento en el que vi la convocatoria, empecé a calentar motores y a animar a mis alumnos poniendo a Cuba como destino, haciendo pasar por sus mentes el calor del Caribe, las playas de brisa amable, el encanto de La Habana… Iba destinado a los alumnos del último año de bachillerato.

Organicé la fase escolar realizando unas pruebas entre todos los alumnos. Los había muy buenos y estudiosos. Los había muy buenos y estudiosos e inteligentes. Y luego estaba Albano. Albano había pasado por el sistema anterior (el del BUP) y había repetido tantas veces que casi agota las hojas del libro de escolaridad. Solo la transición al nuevo sistema le permitió continuar. Ahora seguro que estáis pensando en un alumno díscolo, en un chico pasota, en un vago, en un malandrín, en qué se yo. Ninguna de estas cosas era Albano. Muy al contrario, se trataba de un chico muy inteligente y con una de las culturas más vastas e insospechadas para alguien de su edad. Albano barrió en la fase escolar con unos conocimientos prodigiosos.

Y el día de la fase provincial nos presentamos en el instituto Cardenal López de Mendoza. Llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando, nos fuimos saludando (obviamente, conocía a muchos de ellos: era amigo de alguno de ellos, había coincidido mil veces en otras circunstancias, alguno incluso fue profesor mío en el instituto). Luego, tanto los chicos como los profesores miraron a Albano. De arriba a abajo. Despacio. Porque Albano no vestía ni bien ni mal. Simplemente, tenía una forma distinta —ni zaparrastrosa, ni macarra, ni provocativa, ni nada, solo distinta— de vestir. Todos los demás, especialmente los que pertenecían a colegios privados, iban muy monos, decentes y elegantes. Parecía que la ortografía entraba por los ojos en forma de pantalón de pinzas con la raya bien planchada, en forma de falda plisadita con la altura justa, con camisa o blusa inmaculada, con jersey de cuello redondo del color de moda en aquella época.

El concurso empezó y, mientras los alumnos hacían los ejercicios en la sala de la biblioteca, una compañera del Mendoza, estupenda profesora y persona encantadora, nos fue contando historias muy interesante de este edificio tan maravilloso (para los que no son de Burgos, es preciso apuntar que la parte noble es del siglo XVI). Fuimos a tomar un café después. Un cuarto de hora antes de finalizar el ejercicio, volvimos al instituto. Esperamos en el claustro. Salieron los chicos y el jurado empezó a corregir los ejercicios. Se mascaba un ambiente de nerviosismo y tensión, mientras Albano y yo hablábamos de los encantos de Cuba. Después de media hora, salió el inspector de educación que ejercía de presidente del jurado y proclamó el nombre del ganador, que no era otro que Albano. Primero hubo un momento de estupefacción entre los niños monos, que miraban a sus profesores sin comprender nada. Después, las naturales felicitaciones, besos y demás. No puedo extenderme más en estos momentos: Albano acudió a la fase regional, que no ganó por un pelo (en forma de una palabra ignota que una chica, bien adiestrada y competente, supo adivinar). Y ahí quedó la cosa, no sin antes recibir para nuestro instituto una porrada de libros en forma de premio que nos vinieron de perlas.

Al año siguiente se convocó la segunda edición del concurso. Albano había repetido curso y, por lo tanto, formó parte de los alumnos que hicieron las pruebas en nuestro instituto. Y, por supuesto, volvió a ganar. Nos tocó ir al instituto Cardenal López de Mendoza. La circunstancia fue tan parecida que puedo hacer un copia-pega: llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando —y aquí se acabaron las similitudes y el copia-pega—, sus compañeros, monos ellos también ese año, miraron a Albano, que vestía, me imagino, con una réplica exacta de los ropajes que lucía el año anterior (ahora desvelo un detalle que creo que saben muy pocas personas: Albano vestía casi siempre igual, pero tenía muchas prendas diferentes a modo de réplica). Entre los profesores, en cambio, se produjo un movimiento extraño. Algunos cuchicheaban, empezaron a hablar unos con otros. Los representantes de tres colegios pijos hicieron una melé organizada de la que salió, en forma de balón, un portavoz que dijo: “Esto no puede ser, este chico es el mismo del año pasado. Esto es un fraude”. En sus mentes de vidas previsibles, no podían concebir que un alumno que acudiese a ese concurso de mentes excelentes y memorias prodigiosas hubiese repetido curso. Cuando les comuniqué esta circunstancia de forma discreta y comedida, ellos pensaban que no era cierto, que estábamos haciendo trampas, que queríamos apear de la excelencia a su centro, que les arrebataríamos sus billetes de avión y estancia pagada a Colombia, los jugos bien mezclados en la barra del bar que habría, con toda seguridad, en un hotel de ensueño.

La cosa se calmó un poco. Mientras los alumnos hacían las pruebas, algunos compañeros nos fuimos a tomar un café con la profe del Mendoza. No estaba ninguno de estos compañeros que habían protestado, que me imagino que estaban indignados con una circunstancia tan inesperadamente inesperada, por lo que, en un ambiente relajado, yo les conté al resto (hasta donde les pude contar) cosas de Albano. Ya de vuelta al instituto, el presidente del jurado dijo el nombre del ganador, que fue una chica que ganó a Albano con solo un acierto de diferencia. Faltó un pelo

Y Albano y yo emprendimos nuestro viaje de vuelta a la realidad, a nuestro instituto. Y nos reímos del mundo, de la situación que nos tocó vivir, de los prejuicios y de la ortografía entre pantalones de pinzas bien planchados, entre faldas plisadas. Siempre a la altura justa. Hablaré más de Albano, que ahora es buen amigo. Siempre lo fue.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Turol Jones de la preciosa entrada del instituto Cardenal López de Mendoza.

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Suelo empezar a escribir las historias de alumnos a eso de las siete y media de la mañana. Después de desayunar y recoger un poco la cocina, me siento y le dedico unos treinta minutos a contar cosas en esta serie que, aunque he comenzado hace poco tiempo, tiene ya unas cuantas entradas. Acostumbro a escribirlas casi de un tirón y con apenas revisiones (de hecho, más de una vez yo mismo he encontrado con alguna errata desagradable y, más frecuentemente, alguno de los lectores, a los que agradezco en el alma que hagan sonar las alarmas). En cierto modo, estas historias fluyen de un modo muy diferente al resto de entradas del blog, que suelen ser más pausadas y meditadas. Me acuerdo de mi padre que siempre decía: “Yo no he escrito un borrador en mi vida”. En cierta medida, también es un homenaje a una manera diferente de enfrentarse a la escritura.

Muy pocas veces me he salido de esa rutina. A la hora de elegir las historias, manda también el instinto. Hay anécdotas que tengo grabadas en la cabeza para que sean contadas pronto y luego se demoran más de la cuenta. Porque, cuando me siento, digo, no, joder, hoy tengo que hacer a X protagonista. Tengo una lista larguísima de historias por contar que, como sabéis, a veces se entrecruzan. Por regla general, el único recordatorio que tengo está en mi aplicación de notas, en la que figuran decenas y decenas de nombres, a veces acompañados con una o dos palabras. Con eso vale. En otras ocasiones, como ya ha ocurrido, te has cruzado con una anécdota durante el fin de semana, te encuentras una cara conocida por la calle, alguien te recuerda un nombre. Y surge la magia de la memoria.

Es complicado ir buscando nombres e ir propiciando el aconsejable anonimato. Para ello, en algunas ocasiones he empezado a no respetar la letra inicial del nombre e incluso he cambiado de sexo a los protagonistas.

Esta serie como protagonistas a los alumnos o, más específicamente, las historias que yo he vivido con ellos. Es indispensable, a veces, relatar algo del contexto, contar alguna circunstancia relacionada con el instituto, mencionar de pasada a algún profesor. Pero, aunque algunos me lo piden, no contaré directamente nada relacionado con mis compañeros (aunque tengo un par de excepciones en la cabeza, siempre justificadas). Me consta que algunos me leen y creo que todos preferimos contar cosas de esos auténticos protagonistas de la enseñanza: los alumnos.

Y cuanto todo esto para deciros que, a lo largo de unas semanas, quizás no pueda seguir al mismo ritmo de escritura con estas historias. Lamentablemente, esa desconexión con el mundo y el presente, que me proporcionaba una sensación maravillosamente agradable, no va a poder tener lugar como acto litúrgico cada día. Hay dos razones para ello.

La primera, el maldito/bendito sistema Bolonia, que provoca que los profesores en la universidad cada vez tengamos que dedicar más tiempo a quehaceres varios. Como me niego a reducir la enseñanza a un cúmulo de cuestionarios y pruebas tipo test, la gran cantidad de alumnos a los que hay que dedicar merecida atención me va a obligar a invertir muchísimo tiempo en corregir prácticas e ir acompañando su proceso de aprendizaje de forma intensiva.

La segunda, una cuestión deportiva. Hablaré un día de ella con algo más de detalle, pero solo apuntaré que, desde que era niño, tenía el sueño de nadar en una competición los 1.500 metros libres. En general, todo lo relacionado con nadar era tan solo eso, un sueño, no hace demasiados años. El estar en un club de natación máster me ha permitido ir cumpliendo algunos objetivos de manera pausada y modesta. Y, además de alguna otra competición de por medio, ya hay una meta para conseguir ese objetivo: el campeonato de natación máster de fondo. Si todo va como está previsto, allí estaré nadando la prueba reina del fondo en piscina. Siempre me ha gustado prepararme adecuadamente para los retos y esta vez no va a ser menos. Y entrenar de modo adecuado conlleva, lógicamente, una inversión importante de tiempo.

En resumen, hoy he invertido el tiempo que suelo invertir en escribir una entrada en justificar por qué no lo haré de forma tan sistemática durante unas semanas. Eso no quiere decir que, con un poco de suerte, mañana mismo os encontréis leyendo una. Pero empezaré la mañana, después de contestar la avalancha de correos, corrigiendo prácticas para no perder ni un minuto. Así pasaré gran parte del día hasta que llegue el momento del entrenamiento y mi condición física mejore entre el gimnasio, el correr y los muchos largos de piscina que me esperan.

Hoy ni siquiera voy a leer lo que he escrito hasta ahora, así que sea lo que dios quiera. Iré avisando en las redes sociales cuando haya alguna entrada, alguna novedad o algo digno de contar. Ni siquiera voy a poner una maldita foto.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Quinn Dombrowki.

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Se llamaba Adán y llegó para estudiar el BUP en mi instituto. Al parecer, tenía cierta fama en la sala de profesores ya en primer curso, pero yo no le conocí hasta 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO) en clase de Literatura. Ya he comentado que no solía hacer mucho caso de las cosas que se decían de los alumnos, para bien o para mal, puesto que el prejuicio establecido y las etiquetas que ponemos a los alumnos pueden no coincidir con la realidad. A veces, se alejan de ella sospechosa o irremediablemente. Y, además, no estaba presente en las sesiones de evaluación, que es donde solían hacerse muchos comentarios valorativos sobre los alumnos.

Decía que se llamaba Adán, no me acuerdo de su apellido, pero sí creo recordar que algunos de mis alumnos decían que el tal Adán y yo teníamos cierto aire de familia (años después, todavía ignoro por qué). Nuestro conocimiento mutuo fue épico, todavía lo tengo bien fresquito en la memoria. Como solía ocurrir en la primera clase, después de presentarme y antes incluso de pasar lista, iba preguntando a todos cuántos libros habían leído, qué tipo de libros preferían, si había algún libro que les había marcado especialmente. Para los profesores que hayan llegado recientemente a esto de la enseñanza, quizás estas preguntas puedan parecerles, directamente, ciencia ficción. Quizás muchos alumnos de estos cursos ahora no tengan mucho que decir o todo lo que digan se resuma en libros de literatura infantil y juvenil sin ninguna calidad literaria. Este no era exactamente el caso en aquella época, aunque también es cierto que el paso del tiempo dulcifica y magnifica los recuerdos de las épocas pasadas haciendo de estas algo mejores de lo que fueron y convirtiéndolas en una proyección de nuestros anhelos.

Decía que iba preguntando esas cuestiones y llegó el turno de Adán. Yo no sabía quién era él, no reconocía a los alumnos por su cara al no haberles dado clase y, como digo, no había pasado lista. A la pregunta de marras, él me dijo: “A mí me gustan mucho los libros de Stephen King”. Todavía no llego a saber por qué, mi respuesta inmediata fue: “¿Y por qué te gustan esas mierdas?”. Él quedó francamente descolocado, erguido y tieso como estaba en el asiento, se echó un poco para atrás, y no supo muy bien qué decir. Esbozó algo de “Pues no está tan mal”, pero no le entendí bien. Mi reacción, como digo, fue inesperada incluso viniendo de alguien como yo (y lo digo porque, desgraciadamente, me conozco bien). Entre otras cosas, porque algunos libros de Stephen King, sin ser la quintaesencia de la literatura, no están tan mal y cualquier adicto a sus historias y con paciencia para leer libros tan extensos podría fácilmente extender sus lecturas hacia otros campos más selectos. Como digo, la cara de mosqueo duró minutos, frente al cachondeo general de algunos de sus compañeros, que se congratulaban del momento de estupor vivido por Adán.

Luego pasé lista y me enteré de que era él, el chico del que hablaban todos, el superdotado. Y no me refiero a una superdotación sin más, de esas de alumnos que sobrepasan holgadamente la media del cociente intelectual del resto de los mortales (de hecho, en esa clase la estadística habitual se rompía porque había otros alumnos con unas mentes prodigiosas. Hablaré en esta serie, al menos, de dos de ellos), sino una mente privilegiada para procesar, asimilar y entender todo lo que se decía a una velocidad vertiginosa. En el retrato que ahora hago de él soy un tanto injusto porque, aunque lo que voy a decir creo que no se escapa una pizca de la realidad, sí existen otros elementos que pueden condicionar esa impresión, que podría parecer negativa y que se manifestarán al final de esta entrada. Ya sabéis que en estas entradas hablo de risas y sonrisas. La suya, la sonrisa de Adán, solía ser una sonrisa de autosuficiencia. Una elevación escueta de los labios hacia arriba enseñando las paletas que, en algunos casos, podía significar “Ahora vas a saber tú lo que es bueno”. Adán lo intentó en esa clase un par de veces. Alguna pregunta capciosa, una observación cargada con nitroglicerina, pero yo respondía como si no me diera por aludido y, todo hay que decirlo, con algunas dosis de retranca.

Ahora que ya estaba, por fin, metido en el curso de Adán, descubrí que había en el profesorado dos bandos en lo que al chico se refería:

Había un bando, liderado especialmente por una de mis compañeras que se enfrentaba a Adán por el método de la negación. Tendía a ponerle inicialmente unas notas que se alejaban mucho de las que se merecía porque lo contemplaba a la luz de los años y la formación que tenía ella. Ella, y otros que la secundaron en el futuro, intentaban ningunear su excelencia ignorando que, con toda su inteligencia y madurez a cuestas, era un chaval de 15 años y, desde luego, no conocía todos los resquicios de una disciplina que ella había estudiado durante cinco años. En definitiva, lo rebajaba de su altura natural, la elevación que le correspondía haciendo trampas. He de decir que esto es muy común entre el colectivo glorioso al que pertenezco. El hecho de estar a un lado determinado de la mesa, cerca de una pizarra y con un bolígrafo rojo en la mano para manejar nuestra autoestima nos hace creer que somos más inteligentes que los pobres sufridores e incautos que tenemos delante. Y nada más lejos de la verdad. Pero dejémoslo, es un asunto que nos llevaría mucho tiempo.

Otro bando, mucho más numeroso, era el de los sufridores. Profesores que llegaban a clase y a los que se les helaba la sangre cada vez que Adán levantaba la mano para hacer una pregunta. Si intentaban salir por los cerros de Úbeda, Adán insistía, contraargumentaba y contraatacaba, argüía y colegía, derivaba y volvía hasta que acababan agotados. Un día, en el recreo, un compañero me confesaba, casi llorando, que no podía más, que la situación le superaba. Yo le pregunté qué había pasado y él me dijo que intentaba contestar a lo que Adán le preguntaba, pero se le agotaban los conocimientos y los argumentos. Le planteé: “¿Y por qué no le dices, simplemente, que no sabes la respuesta?”. Porque Adán, siendo justo o injusto en esos momentos, podía aceptar las limitaciones de los profesores, pero no el rodeo ni la mentira. Si a una pregunta interesante y ávida de conocimiento (hay que subrayar que Adán no levantaba la mano simplemente para fastidiar) se le respondía con un “Mira, pues esto, así, no me lo había planteado. Lo miro y mañana lo comentamos”, el chico lo aceptaba de forma natural. Si la respuesta, en cambio, iba enmarañando o enmascarando una ignorancia, Adán se sentía defraudado y procedía sin piedad.

He de decir que a mí, particularmente, Adán me caía bien. Creo que no solo nos soportábamos, sino que teníamos una relación profesor-alumno, alumno-profesor, bastante cordial. Cuando se le contemplaba desde una óptica un poco más relajada, se descubría en Adán un gran sentido del humor, una rechifla constante contra el mundo y cualquier de sus circunstancias, una manera muy enriquecedora de contemplar la enseñanza, en la que no solo enseñas sino que eres enseñado de una forma ágil, hábil y provechosa.

Todavía recuerdo un día en el que Adán me preguntó si podía hablar conmigo en privado. Estaba en COU y yo, ese año, ya no les daba clase. Reconozco que estaba muy intrigado ante lo que me querría decir. Lleno de serenidad, me fue esbozando lo que se había comentado en clase de Lengua sobre una cuestión bastante compleja relacionada con los tipos de sintagmas, sus tipologías y sus funciones. Él había preguntado en clase y el profesor le había dado una contestación demasiado apresurada y, desde la profundidad que necesitaba Adán en las contestaciones, totalmente inexacta. Quería reunirse conmigo para saber si la cuestión era aceptable como el profesor se le había dicho. Yo le dije que no. Le expliqué la cuestión en pocas palabras y, naturalmente, él me entendió a la perfección. Tampoco me gustaba llevar la contraria a un compañero. Le dije que, al tratar estas cuestiones, se suelen dar respuestas aproximadas, que si tal, que si cual… Cuando se iba, me dijo: “Ya me imaginaba que el profesor estaba equivocado, pero no se lo quería decir en clase. No le quería hacer pasar un mal rato”.

Adán entró a estudiar Medicina. Allí, al parecer, todos los profesores alababan su excelencia. También es cierto que muchos le aconsejaron especialidades alejadas del contacto directo con los pacientes. Después de una más que divertida propuesta para dedicarse a la medicina forense, Adán ahora es radiólogo. He coincidido con él solamente dos o tres veces. Sigue teniendo esa misma sonrisa que, pareciendo autosuficiente, está cargada de ironía. Adán es un buen tipo, una mente privilegiada y un alumno cuyo paso por nuestras vidas no se puede, no se debe, olvidar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

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No me gustaría hacer de estas entradas una loa complaciente para todos aquellos que fueron o son sus protagonistas legítimos, autocomplaciente para mí. La enseñanza, con todo lo que supone convivir con personas jóvenes o adolescentes, tiene cientos de vertientes maravillosas, pero no es tampoco perfecta. Muchas veces falla por los profesores, por los alumnos, por las familias, por un sistema anquilosado. Me atrevería a decir que también, quizás, por el azar o por la casualidad. En definitiva, en el oficio de enseñar y formar a personas hay muchísimas cosas cosas que se nos escapan, a veces muchas más de las que tenemos controladas, asentadas.

Por esa razón, me ha venido a la cabeza hoy la historia de un chico del que ni siquiera recuerdo el nombre. Por mis aulas, en casi treinta años, han pasado miles de alumnos y es imposible guardar memoria de todos y cada uno de ellos, con sus nombres, caras y apellidos. Pero, aunque reconozco y veo ahora la cara de este chico, no soy capaz de saber cómo se llamaba. Y, por lo que adivinaréis muy pronto, hablar en esta historia de un chico sin nombre será especialmente significativo.

Le di clase de Educación Física un año y ni siquiera me acuerdo de si era buen o mal alumno. Le di clase de Filosofía en 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) y no recuerdo ninguna cosa relevante de él. Ninguna intervención en clase. Ninguna pregunta realizada o respondida. Ningún comportamiento fuera de lo normal. Ni siquiera recuerdo un comportamiento normal. Solo me viene a la memoria que se sentaba en clase y pasaba desapercibido y transparente hasta que llegaba la siguiente. Sí recuerdo sus notas, pero no sus exámenes. Sacaba siempre un notable alto, notas cercanas al ocho, lo que evidenciaba que tenía una capacidad para razonar y expresar muy bien lo que pensaba (de eso se trataba, a fin de cuentas, en Filosofía). Pero no recuerdo ninguna cosa que dejase escrita y a la que yo hubiese dado una relevancia especial. En suma, lo hubiese tenido por buen alumno si hubiese pensado más en él.

Ahí acabó mi historia con ese chico del que no recuerdo el nombre. Pasó luego por COU, pero yo no le di clase. Y fue luego a la Escuela Politécnica para hacer una de las que se denominaban entonces ingenierías técnicas, que se hacían en tres años. Creo que fue Ingeniaría Técnica Industrial, pero no estoy seguro, de eso me enteré más tarde.

Al parecer, el chico del que no recuerdo el nombre, estando en tercero, suspendió una asignatura por primera vez en su vida. Es preciso señalar que estas carreras eran bastante difíciles y no era frecuente que los alumnos las aprobasen a la primera y de un tirón. Se presentó en septiembre y la volvió a suspender. No estaba preparado para el fracaso y entró en un bucle de melancolía. Sus padres lograron con gran alivio que aceptase ir al pueblo durante el fin de semana para intentar olvidarse de todo. Un día, cuando la tarde empezaba a avanzar de forma inexorable, le dijo a su abuela que le hiciese una tortilla de patatas para cenar. Salió de casa. Fue a la orilla del río y, al parecer, se ató una piedra al cuerpo con una cuerda que había cogido en casa. Se tiró al río. Y desapareció de las vidas de todos, de su vida misma.

Puede pensarse que esta historia me toca solamente de modo marginal, pero, cuando nos enteramos en el instituto de la noticia en las primeras reuniones del curso, me afectó profundamente. Me pregunté cuántas vidas pasarían por la mía de puntillas siendo profesor. Cuántos pequeños (o grandes) detalles ignoro e ignoraré. Cuántas congojas, problemas o frustraciones pueden pasar por la vida de esos chicos sin que les demos importancia, sin que les prestemos atención. Cuántas personas han pasado por mi lado sin ser muy consciente de que hay algo mucho más profundo, mucho más hondo, que los circunda y, en ocasiones, les agobia, les ata hasta que se hunden. Puede que todo lo que le pasaba al chico fuese, simplemente inescrutable. Ni siquiera sabemos los detalles y los matices de lo que es, para mí, una vida ignorada. Pero el hecho de no haber sabido nada de él, de no haberle reconocido, el hecho de que ni siquiera recuerde su nombre es muy significativo.

Al encontrarme con algún exalumno de aquellos años por la calle, cuando me preguntan si me acuerdo de él, me pongo muy contento cuando veo esa cara, por la que han transcurrido los años y las experiencias, y me viene a la mente un nombre, un apellido, alguna evidencia de que, un día, estuvo conmigo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hefin Owen.


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Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el “tratamiento” que le daba a su “problema”: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

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Hoy es 14 de febrero, así que la historia que cuento hoy es la más apropiada. Es el día de la banda sonora de “Historias de amor” de OBK, no porque sea una canción que me guste (en realidad, la detesto), sino porque, probablemente, coincida en el tiempo con el hecho que voy a contaros. Si seguimos la letra de esa canción, probablemente podríamos rastrear muchos de los enamoramientos que acontecieron durante aquellos años.

Antes de empezar, es conveniente que diga que, en esta serie de historias, habrá, con toda probabilidad, muchas historias de amor. Llevar más de 25 años entre jóvenes y adolescentes supone haberlo vivido casi todo: parejas perfectas que duran un día, parejas imperfectas a los que veo ahora ya por segunda vez con un carrito de bebé, parejas destinadas a no conocerse que se conocieron (y vaya si se conocieron), parejas de ahora que ellos ni siquiera se pudieron imaginar entonces, rollos de una noche que duraron una noche y rollos de una noche que duraron cuatro años, parejas que no lo fueron y que, años después, se reencontraron y se amaron.

La historia que cuento hoy tiene algo de anécdota previa que narraré a medias, porque la cosa dará más de sí. Diré que conocí a Clara en 1.º de BUP (el actual 3.º de la ESO). Fui, en ese curso, su profesor de Educación Física. Clara era una chica que se alojaba en una residencia de monjas. No sé si exactamente era novicia, pero parece que su destino estaba enfocado a la vida religiosa. Era una estudiante extraordinaria y, como suele ser frecuente, no muy hábil en las cuestiones deportivas. Pero esa formará parte de otra historia (que podría titularse algo así como “La chica que sacó todo sobresalientes y a la que suspendí una evaluación de Educación Física”. Pero vayamos a la historia de hoy.

Me reencontré con Clara en 3.º de BUP (1.º de bachillerato) como profesor de Filosofía. Olvidada ya la Educación Física, Clara era una de esas estudiantes ejemplares. Inteligente sin ser altiva, brillante sin visos de repelencia. Dedicada, en resumen, a aprender mucho, a no dejar nada en el tintero, a esforzarse por alcanzar mucho conocimiento con excelentes resultados. La asignatura de Filosofía ese primer año exigía tener un pensamiento ordenado, que relacionase conceptos para llevarlos siempre un poco más allá, y Clara lo hacía a las mil maravillas. Ese año, como era habitual en ella, sacó unas calificaciones magníficas.

Empezamos el curso de COU (2.º de bachillerato) y yo me estrenaba como tutor en ese curso (sustituía en esa función a uno de los profesores más veteranos, que no se tomó muy bien el cambio, pero eso es —también— otra historia). Asumía una responsabilidad muy grande para haber llegado hacía muy poco a la enseñanza e intentaba gestionar lo mejor posible todas las contingencias de una clase numerosísima.

Como sé que estáis esperando con intriga el episodio romántico y yo estoy, deliberadamente, dando vueltas y vueltas para postergarlo, lleguemos ya a él. Ese año, llegó a clase un chico nuevo. Decía en alguna entrada anterior que había dado clase en secundaria a chicos con una edad muy similar a la que tenía yo en esos años. Juan José (Juanjo) no llegaba a ser como yo, pero no andaba muy lejos. Como siempre en estos casos, había vivido circunstancias algo peculiares. La fundamental, en su caso, era que había pasado unos años viviendo en Irlanda. Había vuelto a España, a Burgos, y decidió finalizar los estudios para acceder a la universidad. Juanjo era un tipo simpático, de pensamiento ágil y maduro. Era un placer dar clase de Historia de la Filosofía a una mente con una persona con una cabeza tan bien asentada.

Juanjo se sentaba en la parte central de la clase, en la última fila. Uno de esos cambios azarosos que realizaba yo como tutor a lo largo del curso para que los alumnos no se anclaran a un sitio motivó que, en la segunda evaluación, Clara, que siempre era alumna de primeras filas por propia iniciativa, recalase en la última fila, a la derecha de Juanjo. Lo que al principio era distancia entre ellos se convirtió en colaboración. Lo que era solo cooperación, después se convirtió en compañerismo. Lo que era una buena relación entre compañeros, se convirtió en sintonía y simpatía. Yo me alegraba porque veía una evolución sana en Clara, que seguía centrada pero estaba más alegre, más madura, y en Juanjo, que, pese a ser “el nuevo” en la clase se interesaba más todavía en integrarse.

Un día, sonaron las señales de alarma. No las había detectado unas semanas antes. Y eso que atisbé en alguna ocasión una mirada rápida, una sonrisa cómplice entre ellos. Las atribuí, simplemente, a esa manera que tenían de ir conociéndose. Algunos profesores se quejaron de que el rendimiento de Clara había bajado sustancialmente. Uno de los profesores, en modo cotilla, murmuró algo como puesesqueyolaveotodoeldíahablandoconJuanjo. Hablé con ella y, con una cara luminosa y resplandenciente, me dijo que no le pasaba nada. Yo le dije que muy bien, que me alegraba de que no le pasase nada, pero que se pusiese las pilas. En definitiva, nada que no diga un tutor preocupado en esas circunstancias.

Unas semanas más tarde, el bajón de resultados se tradujo en un fracaso académico absoluto. Primero hablé con Clara, que me desveló lo que ya era un secreto a voces. Juanjo y ella, simplemente, se habían enamorado. Y yo, como tutor preocupado pero nada habituado a lidiar con esas contingencias, le dije algo así como que muy bien, que me alegraba… pero añadí que si se lo había pensado bien, que meditara… no sé muy bien qué más le dije ni qué más le tenía que decir.

Al día siguiente, hablé con los dos. Comprobé que la cosa iba muy en serio. A mí, por supuesto, no me importaba la historia en sí (es más, me alegraba), sino el hecho de que Clara no la llegaba a compaginar con su vertiente académica. Los años y los sentimientos le habían hecho cambiar de rumbo vital en un ángulo próximo a los 180 grados y yo lo comprendía, pero, como profesor, intentaba también que mantuviese el ritmo habitual para finalizar ese último curso y enfocar ya su vida como ella quisiese, como ellos deseasen.

Clara no aprobó ese curso. Perdí el rastro de Clara y Juanjo y no sé cómo acabó la historia. Pero todavía recuerdo esa sonrisa cómplice, cuando Juanjo y Clara descubrieron el amor.

(Pequeña observación: mientras escribía esta entrada, estaba escuchando una lista de reproducción de canciones románticas. Cuando escribía las últimas líneas —azares de la vida—, sonada “The Power of Love”, de Jennifer Rush. Acordándome de Clara y Juanjo, me han entrado ganas de llorar. ¡Feliz día de San Valentín, Clara, que sé que me estarás leyendo! Feliz día de San Valentín, amigos, ahora que me estáis leyendo).

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nick.

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Ahora que la adolescencia y la juventud son un septiembre demasiado lejano, lleno de sonrisas y esperanzas. Ahora que los años de estudiante se difuminan entre se difuminan entre amores, lecturas y trenes que acabaron en una vía muerta.

Ahora que aquellos tiempos evocan una playa o un mercado en África, los viajes interminables de autobús para jugar un partido que yo no ganaba, los ratos muertos en mi habitación para leer un Astérix o hacer flexiones hasta quedar sin aliento.

Ahora que quedan tan lejos las jornadas intensas en la Escuela de Idiomas, las tardes y las noches en Valladolid buscando una buena conversación, una cerveza y unas bravas en la zona de Cantarranas. Ahora que se diluyen las cañas en dos vasos, el zurracapote y las chinchiminas, las sesiones de cineclub, la construcción de las vidas entre sueños.

Ahora que casi llego a fin de mes, que pago (más o menos) las facturas, que ya no escribo cartas ni correos. Ahora que cumplo más años que promesas, ahora que llego pronto a todos los sitos que no me importan.

Ahora que paso las noches de claro en claro y no logro dormir de un tirón, ahora que la noche es un rumor de risa ajena que se aleja por la calle y me congela el corazón.

Ahora que respiro a escondidas y que no me pierdo en las sábanas de la madrugada. Ahora que ya no encuentro en las radio las canciones que me inspiran, ahora que me miro en el espejo y me reconozco a duras penas.

Ahora que veo los telediarios pensando que reflejan un mundo en el que no vivo, ahora que los bares ya no son lugar de encuentro sino de reafirmación y de costumbres.

Ahora que, aunque no tenga edad, me gusta sentir cada momento y dejo que la lluvia me moje el rostro, las mejillas y las gotas se deslicen por el cuello. Ahora que reconozco en mis gestos las manías de mis padres, ahora que me desvisto entre la tormenta. Ahora que todo se vuelve verdad, cuando los palacios se derrumban y solo se adivina la hierba en sus solares.

Ahora que recuerdo un vaso que casi se desmenuza entre las manos, ahora que he aprendido a olvidar las reglas, ahora que respiro con 280 letras a las que le sumo los espacios.

Ahora que las noches sin luz me han enseñado a encontrar en las caracolas el sonido de todos los colores, la estridencia que se apaga entre esa incapacidad mía para distinguir el negro del blanco.

Ahora, en el momento en el que el otoño ilumina mis mañanas. Cuando dejo resbalar el reloj para dejar que el tiempo se detenga. Ahora, que cambio de razones y, como siempre, me niego a vestirme de domingo.

Este texto pertenece a la serie de Canciones prosificadas. Recoge dos canciones de Ismael Serrano, “Ahora” y “Ahora que te encuentro”, que sirven de base e inspiración pero que estas imbricadas y modificadas a voluntad. Imagen de Razi Machay

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Os hablaba el otro día de Noemí —la chica que leía con la voz de Emma Thompson— y dije que tendría más historias que contar. Hoy toca hablaros de su hermana, Nerea.

Nerea tenía un talento natural para muchas cosas. Era de esas alumnas que combinaba la facilidad para las Matemáticas con una sensibilidad exquisita para el Arte y para la Literatura. He de reconocer que me agradan los alumnos que escogen las letras por convicción y no por salir corriendo al escuchar palabras relacionadas con las derivadas, las funciones o los ejes de de abscisas y ordenadas.

Cuando tuve a Nerea en clase, su manera de comportarse obedecía siempre a un esquema parecido a este: estaba sentada un poco de lado, con la cabeza hacia abajo escribiendo algo (o, probablemente dibujando). Pese a lo que pudiera parecer, siempre escuchaba muy atentamente. Cuando tenía que intervenir o le preguntabas algo, siempre tardaba unas décimas de segundo más de lo esperado para hablar. No se trataba de vestigios de un pensamiento lento, sino, paradójicamente, de todo lo contrario: prefería esperar un instante para que su cabeza diese con la expresión más precisa, el pensamiento más elaborado. No se trataba de responder a lo que el profesor esperaba, sino responder de manera adecuada. Alternaba la cara seria inicial con una sonrisa que se alargaba, primero de manera indecisa para ver si yo estaba de acuerdo con la respuesta, segundo de manera más confiada cuando yo buscaba alguna razón para vacilarla un poco.

(Me doy cuenta de que hablo mucho de las sonrisas de las alumnos. Cuando quiero acordarme de la sensación que me transmitieron, siempre evoco su sonrisa. Es un recurso que no me falla. ¡Qué de sonrisas he vivido y vivo como profesor y qué significativas son! Inevitablemente, será algo que tendré que tratar como monográfico un día).

Decía que Nerea era reflexiva, quizás un poco retraída al principio (y solo al principio). Que no hablase a bote pronto no significaba timidez, sino la búsqueda de un espacio. A veces, un espacio de reflexión. A veces, un espacio para sí misma. Porque era inevitable, como profesor, pensar en qué estaría pasando por la cabeza de Nerea cuando hacía esos trazos sobre el papel. Celoso de la privacidad, nunca me acerqué para indagar qué estaba haciendo. La curiosidad nunca tiene que servir para invadir una necesaria privacidad, que en Nerea era el espacio de su creatividad, de la mente que volaba por todos los espacios.

Tuve a Nerea como alumna más de un curso, pero recuerdo de manera muy nítida las clases de Literatura Universal en bachillerato. La asignatura de Literatura Universal fue, durante unos años, un auténtico paraíso. Desde luego, lo fue para mí, pero creo que también lo fue para mis alumnos. Antes de que entrase como materia para las pruebas de acceso a la universidad, el profesor podía escoger a su antojo las lecturas que conformarían el programa. Entre esas lecturas, yo iba alternando unos libros fijos, que consideraba imprescindibles (Shakespeare, por ejemplo, siempre estaba presente). Y siempre sin libro de texto, por supuesto. El año de Nerea, decidí hacerles un regalo que consideraba único: la lectura de Moby Dick, que nunca habíamos abordado en la asignatura hasta entonces. Yo esperaba que disfrutasen hasta el infinito de la aventura interior y exterior que supone buscar enfermizamente un demonio fuera de uno mismo cuando ese demonio está alojado en nuestro interior. Pero el fracaso fue absoluto. Los alumnos siempre habían estado contentos con las lecturas elegidas, pero la montaña de mar y arpones se les hizo una galerna insalvable. Personalizo en Nerea ese “disgusto”, aunque, como digo, era extensivo a toda la clase. Ella fue la que se atrevió a decir eso que yo considero tan valiente cuando se habla de una obra maestra: “Es que es un coñazo, de verdad”. Yo estaba tan cegado buscando cachalotes en mi vida que no me daba cuenta de que —quizás— no era el momento de ser Ismael y dejar atrás la melancolía haciéndose a la mar y a la aventura. Lo intenté de todas las formas posibles, pero no hubo manera. Luego he leído en más de una ocasión que Moby Dick era una de esas novelas difíciles de digerir para muchos lectores… y ahí estaba yo, empecinándome en el error sin haber sido consciente de ello, sin haberlo previsto, yo que me las daba de listo.

Hablo de la obra de Melville y de la reacción de Nerea porque la considero muy significativa de su pensamiento: no aceptar nada por válido ni por establecido si no pasaba por su filtro de personal autoconvencimiento. Sin embargo, quizás fuese más significativa su pasión por Hamlet. Es una obra con la que siempre han disfrutado los alumnos, pero Nerea pienso que fue una de las personas que más jugo sacó a los personajes. En el fondo, Nerea siempre se ha tenido que debatir en esas dudas interminables, en esos debates interiores con los que comprenderse mejor a sí misma, con los que comprender mejor el mundo, con los que invitar y mostrar a ese mundo y a las personas que lo circundan cómo era ella y cómo se podía concebir el mundo de muchas maneras posibles de ficción y representación.

Nerea tuvo que pasar en esos años por dos trances horribles: la muerte de uno de sus seres más queridos y los problemas de salud de otra de las personas más cercanas de su familia y con la que Nerea mantenía vínculos indivisibles. Sin que ella lo esperase, en los años en los que hubiese podido echar a volar, a Nerea le tocó poner los pies en la tierra. Su madurez y su aplomo fueron admirables. No se resignó a vivir y conformarse con lo que había, sino que asumió perfectamente el papel que le tocaba. Estudió en la universidad una licenciatura propia relacionada con la Restauración (la artística, claro), curso y luego siguió con otros estudios relacionados con cuestiones artísticas y con la moda. Sin abandonar lo que le gustaba y le apasionaba, sí tuvo que madurar antes de tiempo y pautar sus pasiones para combinarlas con sus obligaciones.

A cualquier otra persona, esto le hubiese marcado para mal, pero Nerea es tan fuerte y tan inteligente que ha sabido construir una vida como le ha tocado vivirla. Para disfrutarla y sacarle el máximo jugo. Si la justicia divina hubiera existido, le hubiese ido estupendamente con una tienda de ropa online en la que vendía sus propios diseños, que eran originales y excelentes. Pero no hubo suerte. Nerea vive disfrutando de los viajes que le abren la cabeza y le insuflan aire nuevo y puro, de todas las notas musicales, personas y matices que ha descubierto en su trabajo actual, del afecto de todos los que le reconocen su esfuerzo y su valentía.

Iba a hablar del cariño inmenso que proceso a esa familia, a Noemí, a Nerea y a su madre, pero no va a ser hoy. Solo me gustaría acabar felicitando a Nerea por su reciente cumpleaños, que me ha chivado alguna de sus redes sociales. No le he mandado ningún mensaje porque quizás ella se acerque hasta el final de esta entrada para comprobar que no se me ha olvidado. Y espero que algún día se arme de paciencia, lea esta entrada que escribí hace un tiempo, coja Moby Dick y se lance de nuevo al mar de las palabras para vivir nuevas aventuras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Elisabeth Tonglet

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