— Verba Volant

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Laberintos

De niño, nunca tuve un Scalextric. Creo necesario recordar que, cuando yo era niño, tener un Scalextric era un símbolo de estatus. Estaban los que tenían un Scalextric y los que no lo teníamos. Y, los que no teníamos un Scalextric podíamos fastidiarnos, sin más. Pero algunos afortunados contábamos con una alternativa: tener un amigo que tenía un Scalextric. Yo tenía algunos amigos con Scalextric, pero pocos y poco. Quiero decir que no había muchos (o, al menos, el Scalextric no estaba montado en su casa cuando me invitaban a merendar pan con chocolate o bocadillo de chorizo). Y que los amigos que tenían un Scalextric tenían uno muy básico, de esos con forma de elipse, que no permitían grandes derroches de pericia y velocidad.

Los niños que no teníamos un Scalextric vivíamos en inferioridad de condiciones respecto a los que sí lo tenían. Cuando en las fiestas del colegio había «Competición de Scalextric» los vienes o los sábados por la tarde, siempre nos apuntábamos y, como no teníamos práctica, nos eliminaban a la primera de cambio. Perder en la primera ronda era todo un símbolo de ser un perdedor. Yo busqué un triste subterfugio para sobrevivir en esa selva de estatus. Como la pista montada en el colegio era enorme, los «pilotos» necesitaban «ayudantes» cuando el coche derrapaba o salía disparado de su carril por exceso de velocidad. Yo intenté ser un ayudante rápido y eficaz. No solamente incorporaba al coche con rapidez a su punto idóneo, sino que echaba para atrás los pelillos de los contactos eléctricos para que el coche no se atascara. Y, desde ese momento, me convertí en un ayudante experto, colaborador del piloto. Como todos los años y en todas las competiciones participaba, salía y entraba en la sala con fluidez y, en alguna ocasión, con un triunfo, todos los que no estaban dentro pensaban que era un niño con estatus. Los que estaban dentro sabían que no.

Como de niño uno lo espera todo, siempre aguardaba con ilusión a la mañana de Reyes para ver si había suerte. Un año, me las prometí felices: me levanté y vi una caja enorme encima del sofá del salón, una caja en la que, de todos los regalos posibles, solamente podía caber un Scalextric. Yo sabía que era casi imposible, que un Scalextric era muy caro y lejano de nuestros posibles, o de los posibles que tenían los Reyes Magos para casas como la mía, pero no podía ser otra cosa que un Scalextric. Como siempre he sido disciplinado y paciente, dejé este paquete en último lugar. Cuando llegó el momento, rasgué el papel de regalo y me encontré con una caja de Ibertrén. El Ibertrén no era un Scalextric, aunque pudiera parecer su versión ferroviaria. El Ibertrén era un juego en el que se montaban raíles con vías y manejabas un tren (máquina y vagones) a diferentes velocidades.

De la ausencia de Scalextric, de la presencia de Ibertrén y de sus consecuencias para mi vida, siento que tengo que hablar otro día.

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Confieso que llevo unos días entre atareado y cabreado. Tengo un trabajo casi siempre gratificante, pero hay momentos en los que hay que temer paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia.

Coincide todo esto cuando estaba leyendo esta mañana algunos artículos del magnífico número de la revista Investigación y Ciencia que dedica su número de diciembre a «Verdades, mentiras e incertidumbres». Por ejemplo tenemos el artículo de Claire Wardle, que habla de las maneras existentes de desinformar en las redes sociales y que pueden acabar en confusión, en caos. Dice, Wardle, por ejemplo, que la conectividad y el uso de la tecnología de las redes no promueve la tolerancia, sino que refuerza de forma más rápida nuestros prejuicios, puesto que tendemos no tanto a razonar como a aceptar como válido todo aquello que coincida con nuestras creencias: el sesgo de confirmación, del que también habla Helena Matute (que también tiene un artículo sobre sesgos cognitivos en este número de la revista). Y es precisamente eso lo que difundimos, nuestros prejuicios y nuestras creencias… aunque sean falsos. Lo malo es que algo no solamente puede ser falso, sino que se puede difundir un contenido inventado o manipulado (desinformación) o una unformación perniciosa, tal y como figura en el gráfico.

Quienes solo buscan incrementar las tensiones existentes comprenden estas tendencias y crean contenidos para enfurecer o agitar a una audiencia específica que actuará como mensajera. El objetivo consiste en que sean los propios usuarios quienes refuercen y den credibilidad al mensaje original a través de su difusión y esto se hace de manera muy sencilla: se crean un contenido para agitar a un grupo de receptores que van actuar, encantados, como mensajeros de una idea que hacen suya. No se trata de información, sino de métodos para socavar nuestra confianza.

«Se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en sus errores»

Además, como explican Cailin O’Connor y James Owen Weatherall en su artículo, «la desinformación más eficaz comienza con semillas de verdad». La ciencia de redes, de hecho, ha estudiado de forma exhaustiva cómo se difunden falsedades o desinformación a través de las redes sociales. Es útil leer también el artículo de Walter Quattrociocchi en la misma revista en octubre de 2016, titulado «La era de la desinformación», en el que se vuelve sobre el concepto del sesgo de confirmación antes apuntado: se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en su propia desinformación o en sus errores ignorando al resto.

En fin, toda una avalancha de información interesante sobre las maneras existentes de generar contenido engañoso y de que una comunidad concreta lo acepte y lo difunda.

Y así ando hoy, entre atareado y cabreado, cuando me he acordado de que las experiencias deportivas sirven también para nuestra vida cotidiana. De la natación en aguas abiertas he aprendido una cosa importante: cuando tienes que nadar y hay mucho oleaje, hay que evitar por todos los medios intentar enfrentarse a la ola dejando que choque contra tu cuerpo (lo único que conseguirás es nadar más despacio o pararte o tragar agua) Si es posible, las olas hay que pasarlas por debajo. Para eso, tienes que ver cómo se acercan, coger un poco de aire y sumergirte hasta que lo agitado pase.

La imagen pertenece a uno de los artículos de la revista y es de Wesley Allsbrook.

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Bianca entra al museo en el turno de mañana. Son las ocho menos cuarto y va pasando por los controles para empleados que van realizando con cierta desgana sus compañeros de seguridad. Se dirige a los vestuarios para ponerse un uniforme que, desde hace un par de meses, le queda mucho más holgado. En el cuello de la camisa le caben ya dos dedos.

Tres compañeras suyas, entre risas, comentan algo de una cena del día anterior, a la que Bianca no fue. Pese a llevar ya nueve meses como vigilante de sala en los Museos Vaticanos, aún no se ha integrado del todo en las rutinas de ocio de todos los que trabajan allí. Mientras sale junto a ellas, antes de llegar a su puesto, se detiene a hablar con Carlo, que está cerca de ella, también en las salas de arte religioso moderno. Carlo siempre está sonriente, aunque hoy tiene cara de no haber dormido bien, o no haber dormido suficiente.

Carlo y Bianca han charlado mucho sobre sus circunstancias a lo largo de las semanas que han compartido en salas colindantes. Se sienten insignificantes, entre obras maestras fabulosas, pero siempre condicionadas a ser un lugar de paso entre Rafael y Miguel Ángel. La Capilla Sixtina parece el destino al que todo turista se abalanza y la prisa solamente se matiza cuando los miembros del safari turístico en el que se han convertido los museos se detienen ante la sencillez, maestría y, por qué no decirlo, ingenuidad de Rafael. A Bianca le gustó mucho cuando Carlo y ella, al acabar la jornada al poco de empezar, le dijo que Rafael le recordaba a los dibujos de Walt Disney.

Bianca no puede evitar recordar su primer gran trabajo, en la galería de Villa Borghese. Después de acabar los estudios universitarios de Historia del Arte y aterrizar como camarera en una trattoria, siempre había querido trabajar en un museo. Cuando vio que las plazas más codiciadas eran poco accesibles para ella y sus circunstancias, Bianca empezó como vigilante de sala y le pareció el paraíso. Todas las mañanas se enfrentaba a la contemplación y al deleite del rapto de Proserpina. Bianca llegó a conocer cada gesto, cada músculo, cada matiz, sorprendida por cómo conseguía el escultor mostrar la delicadeza del muslo hendido por la mano vigorosa. La galería era, en muchos momentos del día, un remanso de paz, solo revuelta en las horas punta o en los meses de avalancha.

Bianca, empujada por su hermano y sus padres, decidió dar el salto a los Museos Vaticanos pensando que cambiaba de dimensión y categoría. Todo salió bien y quedó por encima de otros aspirantes. Cuando la mujer que se hizo por primera vez de estos museos reunió a todos los vigilantes de sala para contarles su nueva filosofía sobre las exposiciones y las obras, Bianca se contagió de su entusiasmo. Recuerda esa charla con cierta nostalgia, todos los trabajadores vigorizados por la arenga y rematando el acto con un sonoro aplauso.

El primer destino fue la Capilla Sixtina, ni más ni menos. Pero Bianca tuvo pocas oportunidades de dialogar con el genio y las pinturas al fresco. Se sentía ridícula dando palmadas (tanto ruido para exigir silencio) y recordando cada medio segundo que estaba prohibido sacar fotografías. Bianca empezó a notar que la capilla la asfixiaba, la exprimía. Que los turistas manaban por la sala e irrumpían de forma salvaje en la delicada vida del arte para mancillarlo con su interesada indiferencia, con sus voces elevadas, esas que Bianca tenía la obligación de sofocar.

Después de algunos cambios, instalaron a Bianca en la zona de obras contemporáneas. En concreto, Bianca cohabitaba desde hace mucho con el estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon. El primer día, no pudo evitar quedarse contemplando al papa retratado para dentro, sintiendo, por un lado, un profundo rechazo y, por otro, una extraña sintonía. Fue un ritual que seguía nada más entrar a la sala.

Después, llegó al vacío. Sin apenas percibirlo, Bianca fue asimilando todas las rutinas. Conoce al dedillo el número de pasos que hay desde su silla hasta la pared del fondo. Hace apuestas sobre sí misma sobre el visitante que se detendrá delante de alguno de los cuadros de la sala y, normalmente, no se equivoca. Contempla los mohínes de extrañeza, de rechazo incluso, que a algunos les provoca la obra de Bacon. Ve cómo farfullan críticas a ese retrato hondo, tan modernamente realista y la indiferencia o el desconocimiento de muchos ante las diferentes gradaciones de lo bello.

Bianca pasó a fijarse en cómo iban vestidos los turistas, cargados de libros, audioguías y planos. O, simplemente, libres de toda carga, ligeros en ese camino que conduce a ninguna parte o a todos los sitios. No puede reprimir inventar historias sobre las vidas de todos los transeúntes, como la historia que, adornada mil veces, se ha convertido en un clásico de las conversaciones entre amigos, la de la señora que acude cada martes por la mañana, contempla y siente el silencio del cuadro de Bacon y llora cada vez que se marcha.

Hace un par de semanas, llegó el momento más triste para Bianca. Se dirigió hacia su puesto, en la silla junto a la ventana, sin alzar ni una sola vez la vista para disfrutar de lo que tanto ama. El tiempo ya no pasa girando sobre las obras de arte, sino sobre el cómputo de mujeres sin pendientes, de hombres con cazadora gris o de ancianos con bastón.

De tanto vigilar que no suceda nada, Bianca ha acabado por vaciar su existencia. En su trabajo y en su vida, ha pasado de sentir placer a sentir nervios, y de sentir nervios a sentir miedo. El miedo que ahora le atenaza la garganta cuando, al acabar la jornada, le entran ganas de llorar.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

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Tengo tantas cosas que escribir… Empezaría por la impresión que me ha causado la versión que ha realizado Pablo Auladell en cómic de El paraíso perdido de Milton. He paladeado cada viñeta, disfrutado con cada dibujo y con cada sombra.

Durante estas últimas semanas, de forma casual, muchas de los libros que he leído, muchas de las películas y series que he visto trataban, de algún modo, sobre la muerte. Y sobre la memoria. Y sobre el recuerdo. Escribo hoy precisamente de esto, un día doloroso con una muerte acaecida hace 41 años. De algún modo, marcó mi vida.

Acabé ayer Ordesa, de Manuel Vilas, que habla, claro, de la muerte y del recuerdo. De lo que perdura y de lo que fallece. De lo que es polvo y se convierte en polvo y de lo que no era polvo y en polvo lo convertimos. Me siento identificado en muchas cosas con Vilas, con su forma de ir y de volver sobre lo mismo, que es lo distinto. Con el hondo sufrimiento de vivir y el dolor como «intensificación de la conciencia». Y, como Vilas, noto cómo se fue hundiendo la vida con la muerte de mis seres queridos. Sobre todo con esa muerte tan temprana, tan poco prevista, tan injusta. Cuando yo tenía solo 12 años y tendría que haber sido feliz. Pero, desde entones, he contemplado la vida con cierta distancia, como si ella y yo tuviésemos una relación tortuosa porque yo no me fiase mucho de ella. El personaje de Ordesa no acude nunca a los entierros. Yo los evito siempre que puedo. Me aterra pensar el día en que vi levantar un ataúd con unos esquís cruzados encima. Me da un miedo aterrador el silencio y siento todavía un aluvión también de voces acechantes. Qué te pasa. Por qué gritas. Por qué no duermes. Por qué no reaccionas. Tú, que tenías toda la vida de alegrías. Quizás no vuelva a ir nunca más a un entierro. Sabedlo.

Estos días he estado mirando fotos. Algunas no las había visto hasta hace poco, aunque sean antiguas. Y contemplo vidas que ya no lo son. En blanco y negro. Un tenebroso blanco y negro que no me devuelve más que momentos que yo no viví o momentos en los que viví, cuando ahora estoy perdido, perdido como siempre estuve. El blanco y negro. Hace un par de semanas, pude revisitar De repente, el último verano. Una película de Joseph Leo Mankiewicz. Casi nada, Mankiewicz: Carta a tres esposas, Eva al desnudo, Operación Cicerón, La condesa descalza, la huella… Creo que solamente había visto una vez De repente, el último verano. Yo, que soy de ver y ver y ver una y otra vez las películas, solamente la había visto una vez. Y, desde luego, no la había asimilado. Veo las escenas iniciales y me fijo en los fondos de jardín salvaje, cómo luego llevan los fondos de una librería ordenada. Y no hago más que fijarme en las figuras y en los fondos. Qué película, dios. Todas las pasiones soterradas se nos revelan, se nos rebelan. Qué magníficos los actores, Katharine, Elizabeth, Montgomery. Almas atormentadas, cada una a su manera. Qué pensaría Montgomery, qué ideas se le pasearían por la cabeza.

Además de Munro, además de otros relatos, he vuelto a Góngora por una extraña circunstancia que solo puede saber Óscar Esquivias, a él se la confesé el otro día en Twitter. Fue una casualidad. Voy leyendo a trompicones y me encuentro con el verso: «breve flor, hierba humilde, tierra poca» Cómo me gusta, madre mía. Releo pasajes del Polifemo y me siento en mi salsa, cuando comienzo a adentrarme en la caverna del monstruo, ese lugar que es la antítesis del lugar ameno. Y también he leído El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández. Otra vez esa autoficción que me agrada tanto, que ahora parece tendencia narrativa. De alguna manera, siempre ha sido. Tendencia. Otra novela sobre muertes y recuerdo. Y, como él, me pregunto qué derechos tenemos sobre los demás, sobre la memoria de la familia. En qué medida soy egoísta porque sufro por alguien que no soy yo. Y que recuerdo todavía con dolor un 2 de abril, cuando él ya no recuerda ni siente dolor ni sabe ya nada de nada. Él, que me enseñó a construir castillos, a hacer circuitos eléctricos con el Electro-L, a hacer magníficos aviones de papel. 19 años y toda una vida que no lo es. Ya. Entonces, como en la novela, «Sientes que todo empieza a acabar».

Pero no todo va a ser malo. La memoria me trajo ayer el recuerdo de la serie McMillan y esposa. La veía cuando era pequeño, antes de cualquier atisbo de tragedia (aunque, desde los seis años, viví tragedias en dosis prolongadas e intensas. Se me han quedado en el alma). Una serie de policías, protagonizada por Rock y Susan, que eran Stewart y Sally. Los McMillan. Ellos salvaban mi infancia con historias tontas. No recuerdo ahora casi nada. Solamente que eran historias tontas, con ambientes elegantes. En el que la gente, todavía, sabía resolver los misterios.

La imagen pertenece a un fotograma de De repente, el último verano.


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Tengo algunos temas pendientes por tratar en este blog. Proceden de mis lecturas recientes, de reflexiones compartidas sobre la memoria y el recuerdo, de mi descubrimiento de la novela gráfica. Algunas canciones, un cuadro.

Pero escribo estas líneas para decir que me voy a tirar a la piscina. He comentado alguna vez que la natación es una de mis pasiones. Sin haber nadado de pequeño, habiendo aprendido solo y de mala manera y sin una sola clase, llegué hace años a un club de natación donde he mejorado mucho. Gracias a unos entrenadores excelentes, a unos compañeros inmejorables que siempre te animan, y también, por qué no decirlo, a mi fuerza de voluntad, he ido haciendo progresos. Y he ido cumpliendo sueños: mi primera competición, mis primeros 100 metros estilos, mis primeros 50 mariposa… mi nefasto y reciente 200 libres. He nadado cuatro veces una travesía de casi 3000 metros entre Guetaria y Zarauz.

Desde hace unas cuantas semanas, me preparaba para competir en un trofeo de fondo preparatorio para el campeonato de España. La ilusión de las ilusiones, la emoción más emocionante es para mí nadar en una competición los 1500 libres. Lo expliqué hace tiempo y no voy a repetirlo más que de forma resumida: cuando era adolescente, me quedé pegado a la televisión viendo al gran nadador, entonces soviético, Vladimir Salnikov pulverizando récords. Estaba en una fiesta en casa de un amigo y dejé la música y la juerga por disfrutar en la televisión del salón de este magnífico espectáculo. Durante mis largos devaneos en la piscina, siempre soñaba con Salnikov y pensaba, claro, que nunca podría llegar a lanzarme a una piscina para nadar los 1500.

Se puso a la vista el Campeonato de España de fondo de natación máster y me pregunté a mí mismo: «¿Y si lo intento?». Pregunté a algunos compañeros que me animaron: «Claro, ¿por qué no lo vas a intentar». Me puse en las manos de una de mis compañeras y entrenadoras, que me delineó el plan de entrenamiento perfecto para el torneo preparatorio. Y complementé toda mi actividad física incrementándola con los entrenamientos en la piscina. Todo iba bien, hasta que mi cabeza se bloqueó. Me empecé a obsesionar, me entró el miedo, llegaron los desvelos y muchas horas en blanco por la noche, un ataque de ansiedad a la mañana siguiente. Y dije que lo dejaba, que me plantaba. Por primera vez en mi vida, iba a abandonar un objetivo deportivo antes de intentarlo. Pero estaba metiéndome demasiada presión e iba a explotar.

Escribí a dos de mis compañeros y se lo dije. Me mandaron sendos mensajes que me emocionaron. Pusieron las cosas en su sitio, en el contexto adecuado. Rebatían todos mis miedos y mis sentimientos negativos con palabras de ánimo y diciéndome, sencillamente, que disfrutase, que no pensase en una marca concreta. Que me tirase a la piscina por el mero placer de nadar.

Y, gracias a ellos, he decidido que me voy a tirar a la piscina. Y, en efecto, voy a intentar este reto con el objetivo más ambicioso: disfrutar haciéndolo lo mejor posible. Me subiré al poyete y, cuando escuche la señal sonora, me lanzaré al agua. Os puedo asegurar que, desde el principio y en cada uno de los 60 largos, me acordaré de de Vladimir Salnikov. Seremos hermanos gemelos con décadas de distancia, él en una piscina de 50 metros y yo en una piscina de 25. Y no sonreiré porque se me llenaría la boca de agua.

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La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

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Tenía ganas de contar ya la historia de Antonio. Rondaba por mi cabeza desde hace semanas y había hecho referencia a ella en un par de ocasiones. Ayer me encontré a Florence, una chica cuya historia tenía ya esbozada en la cabeza, pero me he levantado y he pensado: hoy le toca a él, contar su historia. Digo Antonio porque ya no respeto siempre el anonimato de las iniciales y porque su nombre empieza por una de las últimas letras de alfabeto y no he encontrado un sustituto posible. También porque él se reconocerá en ese nombre, estoy seguro. Porque también es el suyo.

En contra de lo que sostenía en una entrada anterior, en la que afirmaba que solamente cuento lo que he visto, lo que he vivido, el título de la entrada corresponde a algo que él me ha contado y con el que creo que pasamos el último rato de risas. Hacía tiempo que no nos veíamos y me lo encontré por El Espolón. Yo iba recién despierto, él estirando la madrugada. Creo que me dijo que había estado durmiendo por ahí. Tratándose de Antonio, «por ahí» hubiese podido tratarse de la casa de amigos o de desconocidos. O de un parque. O del séptimo cielo, qué se yo. Porque Antonio es una novela en sí mismo. Dentro de todos los alumnos que he tenido, quizás sea el que menos se ajuste, punto por punto, a todo tipo de convenciones. Espíritu libre que hace lo que quiere y no lo que le dejan.

Podría parecer, por lo dicho, que Antonio es un impresentable. Y, de hecho, lo es. Es al único impresentable que presentaría en sociedad para afirmar su impresentabilidad y, a la vez, para negarla de manera rotunda. Lo que quiero decir es que Antonio es asertivamente contradictorio, contradictoriamente asertivo. Optimista con pozos de amargura, triste y convulso en sus momentos de plenitud.

Decía que me encontré a Antonio y hablamos para ponernos un poco al corriente de todo. Entonces, él me contó la historia de la piscina. En una de sus innumerables salidas al arbitrio de la noche, sus amigos y él acabaron en las piscinas municipales de El Plantío. Menos mal que era verano. Saltaron la valla, se despojaron una a una de todas sus prendas y decidieron sumergirse en el agua en un acto de libertad absoluta. Todo fue bien hasta que dejó de ir. Algún vecino de la zona debió de llamar a la policía, que se presentó al recinto (qué bien hubiese quedado decir que se personó). Y puede que los amigos de Antonio fueran más rápidos que él, puede que Antonio se atrancase en un intento de recibir a la ley, al menos, en calzoncillos. Pero le pillaron. Me imagino la conversación, la denuncia y todos sus pormenores, tal y como me los está contando Antonio, y no puedo parar de reír.

Antonio forma parte de uno de los núcleos más sólidos, de los vínculos más fuertes que, después de muchos años, he tenido con un grupo de alumnos. Como he dicho ya alguna vez, hay años en los que te encuentras con unos cuantos alumnos que funcionan de manera maravillosa, que son una unidad en sí mismos y un todo que se engrana de manera perfecta como conjunto. La clase, en esos momentos, se convertía en un momento de eucaristía del conocimiento, de las emociones y de un aprovechamiento intelectual y personal. Creo que esto les ocurrió, en efecto, a ellos, pero también a mí. Tengo que contar la historia de cada uno de ellos. Por separado, eran maravillosos. Juntos, invencibles.

La clase era un momento para soñar y para especular, para discutir y para desarrollar interpretaciones. Sobre los textos, sobre los filósofos, sobre los escritores. A las poesías se les sacaba toda la sustancia, a las novelas todos sus entresijos, a las obras de teatro todas sus tensiones. Cada texto era un descubrimiento, un pozo de petróleo del que estábamos seguros de que podríamos extraer barriles y barriles. Hablaré de ellos, de su inteligencia y de su integridad como personas, de su fidelidad a ellos mismos y su comunicación conmigo. Antonio siempre era el más desbocado, el más extremo. Su pensamiento, simplemente, no era como el de los demás. Su personalidad tampoco. Lo mismo decía una chorrada como la copa de un pino como acertaba con un pensamiento afilado, lleno de ramificaciones. Lo mismo era zafio y ramplón que escribía una maravilla cargada de poesía.

De hecho, ahora, de vez en cuando, escribe unos textos magníficos, dignos de una lectura detenida y cariñosa. Para disfrutar de las palabras. Porque Antonio, frente a lo que pueda parecer, es una persona que se desnuda en sus acciones, pero a la que se le descubre por su forma de expresarse, en toda su comicidad y su tragedia.

Antonio era el tipo de alumno que te podía encantar o te podía desesperar. Siempre excesivo, te hundía una clase en el barro o la elevaba a un estado superior al que esperabas. Tengo cariño por Antonio. En nuestra lucha por ser entendidos sin ser explicados, pienso ahora, tan distintos, que tenemos algo de sintonía. Él es más calmado y prudente de lo que se cree, yo tengo un lado más salvaje y rebelde del que parece.

Las pocas veces que nos hemos encontrado después, nos reímos no solo de lo que ha pasado, sino de lo que nos pasa ahora. Y contemplamos, entre la sonrisa y la bruma, todo lo que tiene que venir.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Mario Izquierdo.

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Es domingo por la mañana y he desayunado mientras escuchaba un podcast de humor. En una ocasión, la risa ha provocado un pequeño conflicto entre el cruasán, la leche y mi faringe. He leído durante un rato, aprovechando una extraña paz y una luz preciosa que entraba por la ventana. He apagado la aplicación de «Libros» y me pasado a jugar un rato más largo del previsto a Toy Blast. Mientras jugaba de forma intensa, casi compulsiva, me preguntaba si no había otra manera de matar el tiempo.

He ido al despacho y me he puesto a contestar a correos del trabajo. A corregir prácticas. A mandar mensajes a los foros de las asignaturas. A preparar las próximas tareas. Sin transición mental que lo justificase, me han venido a la cabeza unos oráculos del Libro de Isaías. Dicho así, parezco un personaje de las ficciones estadounidenses, que conocen la Biblia al dedillo y profieren algunas de sus máximas de modo eficaz, pero críptico, hermético.

Estaba luego con los auriculares, escuchando a un grupo que no me atrevo a confesar. Luego he pasado a Joe Crepúsculo, lo confieso sin culpa y con dicha. Y a Ismael Serrano, como casi siempre. Y a Manuela Vellés y a Los Caligaris. He corregido otras dos prácticas y he notado las piernas agarrotadas. Después de una semana intensa de entrenamientos, los días en los que toca descanso me duelen los músculos de tal manera que suelo romper la abstinencia en forma de kilómetros o de pesas o de largos de piscina. Pero he vencido a la tentación y he seguido en casa.

He empezado a leer un relato de Alice Munro. Me lo recomendó Cárol el pasado viernes. Para revisar la memoria, la vuelta atrás y la prospección de nuestros recuerdos. La mezcla ha sido perfecta porque estoy leyendo ahora El dolor de los demás. Lo pensaba el otro día, cambiando el título: la felicidad de los demás. Esa felicidad que aparece en las redes sociales, en las fotos de comida exótica, en las calles de una ciudad siempre lejana, en la sonrisa de un grupo, en el salto a la de tres. Gente que solamente ha saltado para la foto. ¿Se puede ser feliz contando toda la pátina de nuestra vida, sin escarbar, sin explicar los momentos en los que tienes unas ganas tremendas de llorar? ¿Sin pensar en esos momentos en casa, con el pantalón de chándal, la camiseta medio rota y esa mancha que no se quita, en los que cualquier vida te parece más deseable, más apetecible?

Es domingo por la mañana y he estado a punto de escribir una entrada. Estaba escrita con un recurso que me gusta mucho, la segunda persona que equivale al yo. Hablaba de llegar tarde a todos los lugares que no dependen de un reloj, de los reflejos de lo que no soy, de los momentos en los que desaparezco dejando entrever que estoy detrás de una servilleta. Infantil, sin duda. Reflexionaba sobre el momento de mi vida en el que me resistí por primera vez a dejar que el acto de llover resbalase por mi cabello, mi cara, mi cuello. Y calase toda la ropa. El día, en suma, en el que se te olvida cualquier otra cosa que no sea el acto de sobrevivir. Decía también que nunca he estado en el campo en una noche de agosto, con una manta extendida en el suelo para esperar el milagro de halos de fuego cruzando el cielo. Y me reprochaba, me reprocho, ser demasiado impaciente, demasiado urbano.

Las coincidencias existen. Porque en esas líneas que existían en borrador pero que suprimiré dentro de poco hablaba de correr y saltar y no sentir el aire bajo mis pies. Ese que habita en las fotos de las que hablaba unos párrafos más arriba. Lo escrito, leído ahora, en su conjunto, no me ha gustado nada. Solo algunas líneas, ideas sueltas. Quizás el final, en el que decía algo así como «Siente la llamada de lo dulcemente, de lo apasionadamente salvaje». No era esa la manera de acabar. Sin tener ninguna idea de lo que se me pasaría por la cabeza al escribirlo, remataba con un «Que, a veces, es —como el cielo— azul. Algún día lo utilizaré para una entrada.

Se me olvidaba decir que también me hacía algunas preguntas. Por ejemplo, si alguna vez perderé el control (ese que me atenaza, ese que me estrangula), ese con el que uno no consigue disfrutar de todo hasta el instante más extremo. Lo leo ahora y no entiendo lo que quería decir, a no ser que me refiera a momentos muy concretos que tienen alguna presencia importante en mi vida.

Y estaba mirando mirando por la ventana de mi vida cuando he pensado en los peces pleuronectiformes. No había nada en la calle que justificase ese acto. Miraba, simplemente, con los ojos de la imaginación. He pensado lo que me gustan las platusas, los gallos y los lenguados. Me gustan por su sabor y por su forma, por su carne más o menos prieta. Por habitar en el fondo marino, entre la arena. Sabiendo permanecer miméticos, acordes con el entorno, aparentemente discretos. Capaces de vestir con elegancia cualquier tipo de ropajes, ajustados a lo que les circunda en su propia excepcionalidad. No necesitan gritar a las cuatro corrientes marina que están ahí. Pero, cuando los encuentras, sientes que has hallado algo realmente importante.

Es domingo por la mañana y, como podéis comprobar, no ha pasado nada digno de contar.

La imagen es de Roban Kramer.

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Escribir sobre Albano, lo confieso, es entrar en otra dimensión por muchos motivos. He estado durante tantos años a su lado como profesor; he presenciado tantos momentos suyos, buenos, malos y regulares; he empatizado con él tantas veces sin un solo desencuentro, que he pospuesto hablar sobre él aquí porque no sabía muy bien por qué historia empezar.

Hay muchas cosas de Albano que no puedo contar. Algunas, por el sagrado derecho de la privacidad que se establece cuando a un profesor se le cuenta algo de modo confidencial. Otras, porque no me da la gana. Pero tengo en mente muchas anécdotas que estarán plasmadas aquí sin ninguna duda.

Y he decidido empezar por el día en el que a Albano y a mí unos profes de algún que otro colegio pijo (no todos, que conste) nos acusaron de hacer trampas. Pero tengo que ir hacia atrás un año: se celebraba la primera edición del Concurso Hispanoamericano de Ortografía (ahora ya van, creo, por la XII edición). Las bases del concurso exigían pasar por tres fases: la fase escolar, en el centro, la fase provincial, la fase nacional… y de ahí al paraíso. En el momento en el que vi la convocatoria, empecé a calentar motores y a animar a mis alumnos poniendo a Cuba como destino, haciendo pasar por sus mentes el calor del Caribe, las playas de brisa amable, el encanto de La Habana… Iba destinado a los alumnos del último año de bachillerato.

Organicé la fase escolar realizando unas pruebas entre todos los alumnos. Los había muy buenos y estudiosos. Los había muy buenos y estudiosos e inteligentes. Y luego estaba Albano. Albano había pasado por el sistema anterior (el del BUP) y había repetido tantas veces que casi agota las hojas del libro de escolaridad. Solo la transición al nuevo sistema le permitió continuar. Ahora seguro que estáis pensando en un alumno díscolo, en un chico pasota, en un vago, en un malandrín, en qué se yo. Ninguna de estas cosas era Albano. Muy al contrario, se trataba de un chico muy inteligente y con una de las culturas más vastas e insospechadas para alguien de su edad. Albano barrió en la fase escolar con unos conocimientos prodigiosos.

Y el día de la fase provincial nos presentamos en el instituto Cardenal López de Mendoza. Llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando, nos fuimos saludando (obviamente, conocía a muchos de ellos: era amigo de alguno de ellos, había coincidido mil veces en otras circunstancias, alguno incluso fue profesor mío en el instituto). Luego, tanto los chicos como los profesores miraron a Albano. De arriba a abajo. Despacio. Porque Albano no vestía ni bien ni mal. Simplemente, tenía una forma distinta —ni zaparrastrosa, ni macarra, ni provocativa, ni nada, solo distinta— de vestir. Todos los demás, especialmente los que pertenecían a colegios privados, iban muy monos, decentes y elegantes. Parecía que la ortografía entraba por los ojos en forma de pantalón de pinzas con la raya bien planchada, en forma de falda plisadita con la altura justa, con camisa o blusa inmaculada, con jersey de cuello redondo del color de moda en aquella época.

El concurso empezó y, mientras los alumnos hacían los ejercicios en la sala de la biblioteca, una compañera del Mendoza, estupenda profesora y persona encantadora, nos fue contando historias muy interesante de este edificio tan maravilloso (para los que no son de Burgos, es preciso apuntar que la parte noble es del siglo XVI). Fuimos a tomar un café después. Un cuarto de hora antes de finalizar el ejercicio, volvimos al instituto. Esperamos en el claustro. Salieron los chicos y el jurado empezó a corregir los ejercicios. Se mascaba un ambiente de nerviosismo y tensión, mientras Albano y yo hablábamos de los encantos de Cuba. Después de media hora, salió el inspector de educación que ejercía de presidente del jurado y proclamó el nombre del ganador, que no era otro que Albano. Primero hubo un momento de estupefacción entre los niños monos, que miraban a sus profesores sin comprender nada. Después, las naturales felicitaciones, besos y demás. No puedo extenderme más en estos momentos: Albano acudió a la fase regional, que no ganó por un pelo (en forma de una palabra ignota que una chica, bien adiestrada y competente, supo adivinar). Y ahí quedó la cosa, no sin antes recibir para nuestro instituto una porrada de libros en forma de premio que nos vinieron de perlas.

Al año siguiente se convocó la segunda edición del concurso. Albano había repetido curso y, por lo tanto, formó parte de los alumnos que hicieron las pruebas en nuestro instituto. Y, por supuesto, volvió a ganar. Nos tocó ir al instituto Cardenal López de Mendoza. La circunstancia fue tan parecida que puedo hacer un copia-pega: llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando —y aquí se acabaron las similitudes y el copia-pega—, sus compañeros, monos ellos también ese año, miraron a Albano, que vestía, me imagino, con una réplica exacta de los ropajes que lucía el año anterior (ahora desvelo un detalle que creo que saben muy pocas personas: Albano vestía casi siempre igual, pero tenía muchas prendas diferentes a modo de réplica). Entre los profesores, en cambio, se produjo un movimiento extraño. Algunos cuchicheaban, empezaron a hablar unos con otros. Los representantes de tres colegios pijos hicieron una melé organizada de la que salió, en forma de balón, un portavoz que dijo: «Esto no puede ser, este chico es el mismo del año pasado. Esto es un fraude». En sus mentes de vidas previsibles, no podían concebir que un alumno que acudiese a ese concurso de mentes excelentes y memorias prodigiosas hubiese repetido curso. Cuando les comuniqué esta circunstancia de forma discreta y comedida, ellos pensaban que no era cierto, que estábamos haciendo trampas, que queríamos apear de la excelencia a su centro, que les arrebataríamos sus billetes de avión y estancia pagada a Colombia, los jugos bien mezclados en la barra del bar que habría, con toda seguridad, en un hotel de ensueño.

La cosa se calmó un poco. Mientras los alumnos hacían las pruebas, algunos compañeros nos fuimos a tomar un café con la profe del Mendoza. No estaba ninguno de estos compañeros que habían protestado, que me imagino que estaban indignados con una circunstancia tan inesperadamente inesperada, por lo que, en un ambiente relajado, yo les conté al resto (hasta donde les pude contar) cosas de Albano. Ya de vuelta al instituto, el presidente del jurado dijo el nombre del ganador, que fue una chica que ganó a Albano con solo un acierto de diferencia. Faltó un pelo

Y Albano y yo emprendimos nuestro viaje de vuelta a la realidad, a nuestro instituto. Y nos reímos del mundo, de la situación que nos tocó vivir, de los prejuicios y de la ortografía entre pantalones de pinzas bien planchados, entre faldas plisadas. Siempre a la altura justa. Hablaré más de Albano, que ahora es buen amigo. Siempre lo fue.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Turol Jones de la preciosa entrada del instituto Cardenal López de Mendoza.

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