— Verba Volant

Archive
Laberintos

Guardo un retrato que me hicieron hace unos años. He ido al cajón de las cosas inútiles para buscar una fotografía, la única que conservo, además de las que están incorporadas a diferentes carnés con identificaciones, permisos y más zarandajas tan prescindibles para mí ahora. También me he topado con eso que llamábamos dinero de plástico y he esbozado una sonrisa.

Es una fotografía realizada en un parque público. Yo estoy de pie, vestido adecuadamente, con un pantalón limpio, una camisa blanca, inmaculada y sin ninguna arruga. Todavía llevaba gafas (ahora mi vida es un poco más difusa). Me apoyo un árbol y esbozo una media sonrisa. El fotógrafo, recuerdo, me logró sacar este aditamento gestual tan impropio de mi naturaleza.

Ver el retrato y contemplar un cielo que era siempre azul, aunque lloviese, aunque tronara, me ha hecho caer en la cuenta de que, en algún lugar, tiene que haber una máquina de retratar. Me paso horas buscando por todos los rincones, hasta que la encuentro. Es muy antigua, me pregunto si funciona. Intento ponerla en marcha y sí, oigo ese sonidito mágico.

Ahora me paso el día retratándome. Pongo la mano en el ángulo perfecto y ensayo planos cenitales y americanos y primerísimos primeros planos. Todo lo que da de sí mi brazo, hasta que busco apoyos para jugar más con los ángulos y las posturas. Me emborracho de mí mismo en un acto de vacío endiosamiento. Cuando se me acaba un carrete que no puedo revelar, disparo imaginándome un resultado que no sucederá. Y sonrío mucho, me río, suelto carcajadas, llenas de una felicidad inmensa. Procede de la angustia sublime de que nadie me volverá a ver reír.

(Quinta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa). 

Read More

Desde ayer, todo ha resultado fácil y contradictorio. Fue realizando una búsqueda desesperada por todos los bártulos acumulados y he descubierto un extraño artefacto. Siguiendo la lógica de un cable que acababa en una cosa con dos salientes, he conectado eso a un artilugio que estaba en la pared. Y he descubierto otro mundo.

Accionando botones, he ido viendo otros lugares distintos a mi pequeño habitáculo. Me he pasado horas y horas mirando a personas contando sucesos que me transmitían miedo. Seres casi fantásticos, fantasmas casi, saliendo de casas con gente enferma. Conexión con hospitales de campaña. Militares y policía patrullando las calles. Cada acción con el botón me transportaba a otro infierno, hasta que llegado a unas imágenes extrañas, que carecían de color. Un señor tenía pasaportes. Otro señor tocaba un piano. Una señora llevaba un sombrero que le tapaba parte de su bello rostro. Había policías y militares también, pero parecía una historia de perdedores que no finalizaba en fracaso. He oído algo de que ellos vestían de gris y tú vestías de azul. He sonreído porque he descubierto otro universo en el que me quedaría para siempre.

(Cuarta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa).

Read More

Hoy estaba profundamente dormido, agotado de mi escalada de ayer, cuando me ha parecido escuchar una melodía. Ya completamente despierto, aguzando todos los sentidos, me he incorporado y, definitivamente, la canción estaba en mi cabeza. Hacía mucho que no la oía, siglos parece que ocurrieron aquellos momentos de bailes en las verbenas, cuando bailar era un hecho natural para expresarse, para sacar todo lo que llevaba dentro. ¡Le daba tan poca importancia a todo lo que acontecía de manera normal!

Las palabras de la canción se me amontonaban en la cabeza y aparecían dispersas. Trataba sobre perdidas y soledades, de noches y miedos al silencio, de recuerdos, de sueños rotos en pedazos, de magia que se desvanece. De un enemigo que habita en mí mismo y de una nostalgia que apuñala. Entonces, lo he visto más claro: de que reconoceré mi voz cuando me amenace la locura.

Y sí, noto que mi cabeza ronda palabras que son sentimientos y sentimientos que se vuelven contra mí, de modo cruel y paulatino. He pensado que necesitaba ayuda y no sabía dónde buscarla. Al final, he acudido a un sitio recóndito de mi hábitat, ese donde habitan las figuras mágicas. En ellas, tengo el orden y la geometría, pero también las curvas de la volubilidad. Me he detenido delante de ellas y, por primera vez en la vida, me he arrodillado venerando símbolos de todo aquello de lo quiero escapar.

Read More

Hoy he podido escapar. He respirado hondo, he abierto a machetazos brozas y brozas de vegetación y, detrás, he encontrado una puerta. Estaba cerrada con llave, maldita sea. Me he acordado de un mensaje que recibí hace tiempo, cuando tenía teléfono móvil antes de quedarme en la indigencia tecnológica. «Las vasijas no sirven solo para guardar el vino». Recordé eso, que hace unos meses, en unos enseres encontrados junto a mi recibidor (un amigo pedante lo llamaría hall), había un cuenco de barro en el que alguien había realizado unos dibujos geométricos parecidos a cruces gamadas. Allí había una llave solitaria, que nunca supe para que servía.

Di media vuelta, recorrí de nuevo todo el camino. Me llevó casi medio día regresar con el preciado trofeo en la mano. Giré la cerradura, que parecía casi inutilizada. Pero insistí, puse toda mi fuerza en el giro y se escuchó la música mágica que hace «clic» y con la que comienza todo.

Me había puesto ropa cómoda para la excursión. El pantalón corto y la camiseta sin mangas me provocaron muchas rozaduras y heridas, pero no me importo. Me esperaba una montaña escalonada. Era muy corta, pero suficiente.

Comencé el ascenso y, demasiado pronto, llegué a la cima, tras la que una niebla persistente me impedía ver más allá. Cansado de no cansarme, volví a bajar por la ladera y, a partir de entonces, fui emprendiendo subidas y bajadas de las maneras más estrambóticas. Saltando con dos pies, haciendo sentadillas, alargando cada pie con pasos ascendentes y largos, a pasitos cortos y veloces. Lo que al principio era pura rutina, al cabo de poco tiempo, me hizo sudar. La niebla se fue atemperando y empecé a ver una luz parecida a esas que un alcalde de cierta ciudad recóndita en el noroeste llamaba «leds», pero no eran millones. Eran cuatro.

Después de llegar y llegar y llegar y llegar, vi que no avanzaba. Estuve a punto de lanzarme al precipicio, como intentó una vez Robinson Crusoe, pero un exceso de prudencia me hizo volver. La puerta estaba entornada. Cogí la llave que había dejado en el bolsillo interior del pantalón corto. Y me volví a encerrar, como si fuera estuviese un enemigo al que no supe identificar. Todavía.

Read More

Empiezo a escribir mi aventura.

Llevo unos días explorando ya y he llegado varias veces a las cataratas. Me ha costado mucho, lo reconozco, he tenido que recorrer metros y metros de parqué, cruzar quicios de las puertas, sobrepasar los límites de un espacio que implosiona e impresiona a medida que lo atraviesas de forma repetida.

Cuando llego, todavía no se escucha el agua. Hay un mecanismo mágico que acciona el caudal de agua que, una vez desprovisto de mi traje de camuflaje, resbala sobre mi cabeza. He corrido el riesgo de que llegasen los cocodrilos, a los que veía a lo lejos, en el borde. Luego uno se ha ido deslizando con elegancia y sigilo. Me he muerto de miedo. Entonces, de forma rápida, el caudal ha cesado. Me he secado con algo que tenía a mano.

Ya con el traje de faena, han llegado las ocho de la tarde. Un sonido se ha escuchado más allá de los árboles, parecía gente aplaudiendo, pero yo no veía nada a través de la lluvia transparente que ha empezado a surgir tras mis cortinas. Estando aquí, solo, reconozco que me han entrado ganas de llorar

Estas entradas, claro está, tienen un evidente referente literario, cuya lectura me impresionó cuando era casi un niño. Nunca pensé que me iba a ocurrir a mí.

Read More

Alguien ha escrito en Twitter una frase que me ha gustado y lo he comentado por ahí. Otro (alguien) me ha dicho que era de Antonio Porchia, que lo ponía en el tuit. Y me ha dicho que tendría que leer a Antonio Porchia, así en general. Yo he dicho que no conocía a Porchia y, acto seguido, otra persona me ha recriminado que no lo conociese. Y otra persona más, que estaba totalmente de acuerdo con las otras, me ha dicho que tendría que leer Voces. Y yo les he dicho que no leo Voces, pero las oigo. Constantemente, entre las paredes del cráneo y que iban y venían en continuo vaivén de hemisferio-plaf en hemisferio-plof.

Se ha sumado otra persona, que ha dicho que menos coñas. Que las Voces de Porchia se leen o se escuchan, pero uno no puede limitarse a oírlas. Yo no he dicho nada, pero he pensado que, cuando se oye para dentro, acabas escuchando esos y otros sonidos y lees en braille en los pliegues de esa nuez un poco grande llamada cerebro.

Cuando tenía ante mí a dieciocho personas dándome lecciones, veía a lo lejos que se aproximaban más y más. Y, entonces, me he acordado de las Voces que oigo en Twitter.

«Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada»

Read More

Aunque no me haga ninguna falta para recordarlo, cada 17 de enero salta un aviso en el calendario:

De manera ingenua e infantil, desde las ocho de la mañana, le he ido dando a «Posponer». El aviso salta y salta cada diez minutos y yo me niego a «Cerrar». Nada sirve de consuelo, nada salva la herida profunda, la pena anclada en el pecho.

Desde hace 13 años, los amaneceres del 17 de enero me causan pánico. A medida que avanza el día recuerdo la consciencia perdida, la diálisis interrumpida. La magia solamente salva un momento: cuando, en busca de una habitación libre, hay un tránsito de la planta de Nefrología a la Infantil, único lugar donde quedaba una cama libre. No encuentro lugar más apropiado para el tránsito para una persona con ese espíritu tan especial, travieso, juguetón.

Cuando no hay nada que hacer, solamente queda esperar, sentado en la parte derecha de la cama. Cogiendo una mano que no sé ya si siente. Horrorizado por los pitidos constantes del saturador de oxígeno.

Empezada la tarde, llega el desenlace y nunca he sido capaz de procesarlo bien. Quizás porque esos intensos ojos azules seguían abiertos. Quizás porque, en un momento, aprovechando que estábamos él y yo a solas, me vi obligado a cerrarlos. Para no verlos nunca más.

Read More

La calma ha desaparecido de nuestra vida. No existe —ya— en el ritmo diario, en el hogar, en la lectura. Qué bellos esos momentos en los que se leía despacio por placer. Qué necesarios esos momentos en los que detenías la lectura y pensabas e ibas más allá. Y gozabas.

La calma ha desaparecido y no queda, por supuesto, ningún resquicio para hacer las cosas bien y coserlas despacio en nuestro ritmo de trabajo cotidiano. Nos hemos convertido en máquinas de hacer cosas sin buscar apenas su sentido, con esa prisa necesaria para el corto plazo que no depara ningún beneficio a la larga si no es el utilitario. Nos vemos impelidos a hacer y hacer, de manera brusca e inminente, sin que tengamos tiempo para tomar aliento, para respirar. Para destilar lo necesario de lo accesorio. ¿Dónde queda el momento de un profesor —por ejemplo— para reflexionar, para darle un par de vueltas a un concepto, a una idea, a una frase?

La puta prisa nos está matando. Y lamentaremos que no nos hayan dado oportunidad para la calma cuando, en medio de la tormenta, busquemos una orilla.

Imagen de Teresa Vicente Illoro.

Read More

Shameless

Cuarto día (de vacaciones). Esta vez, la noche se ha dividido en dos partes, en dos intermedios de Shameless. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero me encantan las comedias que lo parecen y no lo son, tipo Shameless o las queridísimas y adoradas Weeds y, sobre todo, Californication. A medida que avanzan, no dejan de ser graciosas, pero casi no cabe lugar en ellas para la risa, sino para la reflexión. La familia Gallagher es un compendio triste de todas nuestras esencias, casi condenadas al fracaso, pero en una lucha permanente que solamente ha abandonado el más irresponsable, que es el padre de familia que nunca ha sido ni padre ni miembro de esa familia de pleno derecho.

Deporte. Baloncesto

Habituados a que hable de las excelencias de deportes más o menos individuales, he dicho poco que me apasiona el baloncesto. Como hoy, quinto día, tenía un partido con los amigos del que hablaré mañana necesariamente, fui con mi hijo a tirar unos tiros, a poner los músculos y la coordinación a punto.

Lo que ocurre es que, para mí, desde hace muchos años, jugar al baloncesto es síntoma de un fracaso irreversible. El paso del tiempo no mejora para nada ni para nadie, pero los que hemos jugado al baloncesto con relativa eficacia sufrimos ahora el hecho de que la cabeza va a la velocidad correcta, pero el cuerpo no está sincronizado. Todo lo que deriva de ello es frustración y añoranza, cosa que a mí no me gusta porque prefiero mirar hacia objetivos que pueda seguir cumpliendo.

Reflexiones en la frutería

Suelo comprar la fruta y las verduras en el supermercado, pero siempre me queda la cosa de ir al mercado, que no tengo muy lejos de casa, para comprar en la necesaria proximidad y cercanía que no se mide solo en distancias. Así lo hicimos cuando acabamos de jugar al baloncesto. Fuimos al Mercado Sur, que daba una sensación de vacío inexplicable en un día después de Navidad. Recorrimos los puestos y, al final, nos decidimos por uno en el que el género no tenía mala pinta. El precio tampoco estaba mal. Cuando llegó la hora de la cena, me di cuenta de que la frutera nos había puesto prácticamente toda la fruta demasiado madura sin preguntarnos. Me cabreó mucho y me sentí estafado. No digo que todo el comercio de proximidad sea así, porque sé que no es cierto. Y creo que lo volveré a intentar. Pero que todos los fruteros del mundo, y los de Burgos en particular, sepan que, si vuelve a caberme la duda, optaré por elegirla yo mismo en el supermercado enfundándome el guante preceptivo.

Escritura del artículo sobre el mundo STEM y el mundo SHH

Comentaba el otro día que había leído algunos artículos muy interesantes en el número 112 de la revista Telos. Venciendo algo la pereza, he escrito en Scripta Manent, ese blog profesional que no frecuento como debería, una entrada glosando las ideas de Reyes Calderón. Me adelanto a los acontecimientos, porque esto ha ocurrido hoy, pero resultan muy pertinentes las observaciones que ha hecho mi querida Sandra L. en Twitter. ¿Pintan algo en este mundo tecnológico las Humanidades? Leed y discutid.

¿Trabajar en vacaciones?

Aunque lo he insinuado desde el primer día, es prácticamente imposible no trabajar durante las vacaciones. Diría que forma parte de nuestro trabajo, pero, como no me va a creer nadie, no lo digo. Además de ir avanzando en la lectura de alguna interesante de la que daré cuenta en algún momento, tengo que gestionar alguna cosilla de la coordinación de nuestro máster en ELE. A eso se añade una iniciativa procedente de colegas de Cataluña y Aragón que motiva que los coordinadores de la antigua selectividad podamos reflexionar sobre la naturaleza de las distintas pruebas en cada distrito. Pero dejemos de hablar de trabajo, que son días de descanso.

Hacia dentro

Tendría que decir que he acabado la película de Denys Arcand y que empecé otras dos. Que sigo con Abella Cienfuegos, aunque no he avanzado tanto como esperaba. Pero hay días que se viven para dentro y de los que no se puede verbalizar con detalle y extensión.

Ayer fue uno de esos días. Como hay acontecimientos frutos de la casualidad y acontecimientos fruto de la causalidad, veo que las causas fueron vestigios. Que las reflexiones de Cabanas sobre la felicidad de la entrada de ayer, que las reflexiones sobre el mundo STEM de ayer y hoy me llevan a la esquizofrénica paradoja de que, en el mundo del arte, tengo una mente SHH y, en el mundo reflexivo y vital tengo una mente STEM. Y que la belleza que busco en las obras no logro adaptarla y acomodarla a mi vida para que sea plácida. De forma inmisericorde, mi día a día no me sirve para disfrutar, sino para encauzar una tendencia poco evitable a la cuantificación, al análisis puro y duro, sin porqués que alivien la espera.

Escuché muchas canciones, claro. Pero, gracias a un artículo de The New Yorker, que reflexiona de forma clarividente sobre los vídeos del grupodescubrí esta canción, que me gustó mucho:

Read More
A %d blogueros les gusta esto: