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Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Sobrehumano, inhumano o imposible

Es sobrehumano y se encuentra por encima de todos nosotros. Alcanza la temperatura de un dios y de un héroe. Enseña, escribe, aprende, vive, convive, dialoga, contesta, publica en series ilimitadas investigaciones que son buenas para el mundo. Llega a la última balda sin coger una banqueta. Pinta sin escalera. Cambia las bombillas sin deslumbrarse. No le hace falta apagar la luz para cambiar los interruptores que encienden todas sus vidas.

Es inhumano y se encuentra entre los abismos. Se lanzó una vez desde una colina sin darse cuenta de que no tenía parapente y cayó a plomo. Intenta multiplicarse y dividirse. Hace el pino para notar el suelo con más contundencia, con la crueldad del trapecista al que se le desacompasa el compañero y la vida y la columna vertebral. Practica la postura del loto y no llega ni a la mitad. Se agacha y recoge las migajas del tiempo perdido, del tiempo invertido sin poder revertir todo lo que intentó acumular con las manos abiertas y con los dedos resbalando por el agua.

Nuestro trabajo no es sobrehumano ni inhumano: es imposible. No se puede gestionar, enseñar, investigar, publicar. No tendría permitirse que perdiésemos nuestro tiempo, que no tuviésemos días ni horas ni minutos sin esa permanente sensación de culpabilidad. Miramos a lo alto y nos sentimos pequeños. Miramos desde lo alto y sentimos miedo. Y así. Así todos los putos días.

Reflexión sobre la impotencia que se siente ante nuestro trabajo con imagen de Paul B.

Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.

Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Instrucciones prácticas para contar hasta 500

Algunos piensan que no es necesaria ninguna fórmula mágica para contar hasta quinientos. Se trata de un número redondo y par que podemos contar por unidades, por decenas y por centenas en un pispás. A pesar de ello, creo que es conveniente que revisemos la manera que tenemos de contar para llegar hasta ese número.

Quinientos es un número fácil para contar como eso, como un número. Pero a mí me interesa, hoy, saber exactamente cuál es el alcance del número quinientos. Voy a hacer una cosa y os invito a que realicéis este proceso conmigo: contemos a cada persona como unidad hasta llegar a quinientos. ¿Seremos capaces de «nombrar» a quinientas personas conocidas y relacionadas, de alguna manera, con nuestra vida?

Nos contamos a nosotros, eso es fácil: ¡uno! A nuestra familia más directa, que también es muy sencillo. Los que tengan familias muy numerosas, alcanzarán pronto una cantidad considerable. Pero vayamos a las parejas de los primos y de las primas. Igual les ponemos cara, pero no sé si tenemos siempre un nombre para ellos, para ellas. Si tienen hijos, la cosa se complica. ¿Cómo va la cuenta? Insisto: tenemos que llegar a quinientos con sus nombres.

Para llegar, creo que no nos va a dar con la familia. Tenemos que acudir a los amigos. Empecemos a contar, siempre que no sean los que tenéis en Facebook (¿seríais capaces de asegurar que conocéis con caras y nombres a vuestros contactos en las redes sociales o en la agenda de vuestro teléfono? Decía que vayamos a los amigos. ¿Tenéis muchos? ¿Cuántos os salen? Seguramente, tendremos que tirar de memoria para ir rescatando a algunos que teníamos escondidos. Tenemos una ventaja: conocemos a algunos familiares de nuestros amigos, de nuestras amigas: padres, madres, parejas, hijos e hijas. ¿Sabéis todos sus nombres?

Como con los familiares y amigos no alcanzamos los quinientos, podemos seguir por otras vías. Por ejemplo, podemos acudir a los que fueron nuestros compañeros cuando estudiábamos. Esto es un buen recurso, porque nos podemos acordar de Juan Luis, de Joaquín, de Sonia, de Yolanda, de Susana y de Nacho, a los que no rescatábamos hace siglos. Si os pasa como a mí, muy pronto tendréis el reto de intentar acordaros de esas personas que convivieron muchos años con vosotros y a los que ahora no podemos poner nombre.

Si trabajáis, tenéis otro paso ganado. Enumerad los nombres de las personas que trabajan con vosotros. Dependiendo del trabajo, pueden ser muchas. A mí, desde luego, me salen unas cuantas. Si habéis tenido una vida laboral larga y accidentada, os podéis acordar de jefes anteriores (en algunos casos, de toda su familia, pero eso no cuenta ahora), de personas con las que coincidisteis. Seguro que mantuvisteis una gran relación con alguno, que salisteis a cenar en pareja. ¿Os acordáis del nombre de cada excompañero, de cada pareja?

Como soy profesor, tengo vía libre para el filón de los alumnos y de los exalumnos (por supuesto, cuando pongo esto en masculino nunca hay que olvidar el necesario desdoblamiento). Presumo de buena memoria y me van saliendo como churros, con nombres y apellidos, pero mi seguridad empieza a flaquear cuando intento concentrarme.

No sé cómo vais vosotros, pero yo no he llegado a quinientos ni con mucho. Se me ocurre que podemos tirar del vecindario, de los comercios en los que compramos. Porque, de momento, estamos moviéndonos en el mundo «de verdad» y no el de las ficciones televisivas, musicales o literarias, por poner tres ejemplos.

Reconozco mi desesperación. He ido buscando y rebuscando y no he pasado de los trescientos y pico. Me queda un mundo para conseguir el reto.

Si os ha pasado como yo, os dejo que vayamos haciendo excepciones. A los (pongamos) trescientos cincuenta, vamos a sumarles directores de cine (¿cuántos sois capaces de enumerar?), directores de orquesta, novelistas de vanguardia, cantantes de reguetón, premios nobel de Medicina, grandes inventores, tertulianos de La Sexta. Como no alcanzo los quinientos, me estoy acordando de que no había contado a los amigos (y amigas, claro) de mis padres.

No sé. Quizás sea capaz de llegar, aunque lo dudo. Si vosotros lo habéis conseguido, os pido un último favor: a esa lista casi imposible de quinientos nombres con sus caras, sumad veintitrés. ¿Qué por qué? Lo vais a saber enseguida.

Ayer leí en la prensa que habían muerto quinientas veintitrés personas en nuestro país por coronavirus. Quinientas veintitrés personas que tenían caras, nombres y apellidos, que eran hijos de alguien, primos de alguien, parejas de alguien, compañeros de trabajo de alguien, amigos de alguien, amigos de los padres de alguien, que estudiaron con alguien… y que ahora ya no están. Quinientos veintitrés hombres y mujeres.

Cuando, día a día, los medios de comunicación vayan cantando las víctimas como en un bingo, volved a poner la cuenta a cero. A mí, desde luego, me entran ganas de llorar.

Me ocurre a mí, hoy, que necesito poner nombres y caras a los números. Para entender qué coño nos pasa.

Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

Ausencia de nostalgia con un poco de chía

Algo más tarde que de costumbre, empiezo con un vaso de agua fría. Luego voy pelando un kiwi demasiado maduro, demasiado alargado y aplanado. Mientras, tomo la medida justa de leche con la taza y la vierto en el cazo. Echo un poquito de leche también en el vaso que he terminado con una cucharada de chía. No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida. Mientras se calienta la leche, corto un panecillo (10 céntimos en el supermercado) que había sacado de madrugada del congelador e introduzco las mitades en el tostador. Dejo la leche un poquito más en el fuego mientras deslizo la margarina por cada cara del panecillo, echo la leche en la taza (de Astérix, con el lema «Mens sana in corpore sano») y remato la versión sana de las tostadas con un una cucharilla de mermelada. De melocotón, claro.

Como un pequeño cuenco de sopa de pollo con aire asiático que, sobre una base real, un día me inventé. Tienen esos noodles algo de cocina magrebí por una especia que no sé como se llama comprada en Marrakech. Una tortilla con muchas claras, que proceden de una negativa tajante a desperdiciar lo que sobraba de la crema pastelera hecha hace dos días. Tenía elegidos ya tres langostinos, pero decido saltarme todas las normas —soy un rebelde— y me como otros dos más embadurnados en salsa vinagreta. Tres croquetas de jamón realizadas a modo de prueba y con cierto éxito.

Quedaba una micra de roscón de reyes hecha en casa comido entre los días cuatro y cinco. Un poco de gaseosa. Un trocito de turrón de chocolate. Un trocito de turrón de yema. Cada vez me empalaga más. Un breve reposo para tomar una onza de chocolate con cacao casi en estado puro y Coca-Cola. Zero.

Una laminita de queso muy poco curado y bajo en grasa con un trocito de pan.

Y queda un cuarto de hora para acabar el día. Un cuenco minúsculo de ensalada. Un dedo y medio de tortilla de patata hecha ayer. Un plátano (me apetecería otra fruta, pero se están poniendo pochos). En honor a la verdad, es una banana. En honor a la verdad, una banana pocha. Y dejaré pasar un cuarto de hora para tomar un yogur griego natural.

No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida.

Felizqué

Que sí, que la Navidad está sobrevalorada. Quizás la navidad no, no lo sé, tampoco lo he pensado mucho. Que ya sé que, a fuerza de sonreír, aunque sea un rictus y no felicidad auténtica, hay algo dentro de nuestro cerebro que desencadena un efecto que no sé cómo se llama. Un conocido mío, iluminado él, me decía que él se ponía un lapicero en la boca y lo mordía para subir las comisuras de los labios y funcionaba. Yo me quedaba maravillado escuchándole. No por lo del ejercicio de sonrisa felificera, no, sino por el convencimiento que tenía de que tenía que ser un lapicero. Luego le miré los dientes y lo entendí todo. Tenía unos dientes perfectos y esa sonrisa falsa/verdadera no se había estropeado porque hincaba los dientes en algo blandito, madera. Un estilográfo le ponía en la boca, no te jode, a ver de qué se alegraba, mordiendo por el rotringdelcerodos para obtener una muesca que no se le iba a quitar en su puñetera vida. Un rotulador edding550 sería una alternativa, para que el mordisco se le hiciese grande y toda la alegría de la huerta se le fuese regando con el chorrillo de saliva que le provocaría la boca abierta.

Que no, que no soy el Grinch, que pesados. Quizás no sea un christmaslover, pero soy propenso a que me dé un poco igual todo, imaginaos lo poco que me cuesta abstraerme de todo y de muchos. Y sí, no me gustan los villancicos, no me gustan. Y sí, me gustan algunas películas navideñas, mira por dónde. Que uno se contradice en lo que quiere o con lo que puede. Que me veo Solo en casa uno y dos siempre que se tercie. Que La jungla de cristal es uno de los motivos por los que vivo, señoras y señores, con John McClane redimiéndose con el mundo y, sobre todo, consigo mismo, conmigo mismo, con todo lo que se menea y a lo que no pega tiros. Y, en el colmo de los oxímoros, tengo a Love actually en el limbo. Me parece tan bonita y tan triste y tan decadente y tan empalagosa y tan tierna y tan cínica y tan… que la veo y la reveo para ir poniéndome en el lugar de muchos de sus personajes. Pero no voy a decir cuáles, pedazo de cotillas.

Y dejo para un párrafo aparte Qué bello es vivir. Que sí, que yo soy áspero para las relaciones personales y para mostrarme afectuoso y para ser el más majo del barrio. De todos esos cargos soy culpable. Pero la ficción es la ficción y me gustan esos cuentos con ogros capitalistas y príncipes con principios, me gusta que Búfalo no quiere dormir, no quiere dormir, no quiere dormir. Y los gimnasios con piscinas agazapadas por abajo. Y los albornoces que se enredan y los pomos de las escaleras que se desprenden (bueno, eso en la ficción, no podría aguantar eso en la vida real, me daría un soponcio, lo confieso). Y los discos y que se llamen con esos teléfonos que yo no he conocido pero mi padre sí. Y que los ángeles caigan del cielo porque no se han ganado las alas. Y las sorderas obtenidas en los lagos helados y los hermanos que triunfan y tú te quedas por el camino del negocio familiar para sacar todo adelante. Es todo tan ficticio, tan exagerado, tan imperfecto en su desarrollo y tan perfecto en sus finales que parece una filosofía de vida que no comparto y que, precisamente por eso, amo.

Felizqué, amigos y amigas, felizqué. No me veréis mandar una felicitación estandarizada por wasap, lo siento mucho. Y solo contesto aquellas que están personalizadas y añaden algo a lo que no sea una lista de contacto. Mandé ayer una felicitación ayer a una amiga que estaba cenando sola. Un abrazo a una familia a la que se le fue un pilar. Y otra a otro amigo al que quiero y aprecio por muchas razones y que es al único al que le felicito, por puro placer, el Año Nuevo.

Vivimos tiempos difíciles, quién lo duda. Tiempos con distancias que se agrandan y con abrazos que no llegan. ¿Y sabéis qué? Que yo también espero que llegue algo que nos reconforte. Pero nunca he pensado en que la Navidad fuese un tiempo para esto y para aquello. La navidad está hecha para ser un conjunto de días que se pasan con el tiempo. Como la juventud, como la vida y como la risa de ese conocido con el lapicero en la boca. Y, a modo de final: nunca he aguanto ver un edding550 mordido, con los colmillos ahí marcados para siempre. Pero siempre quedará el olor del napalm o de la tinta permanente que es así porque no se va nunca.

(Esto, hoy, va sin foto).

Carpe diem con Blade Runner

No quería empezar así, que va, nada más lejos de mi intención. Tampoco quería comenzar el párrafo de esta manera, ni de broma. Puede que a alguien le interese el «carpe diem» porque tengan poso o porque sí o porque le dé por pensar en subirse a una silla como signo de protesta. Aunque luego esos que lo piensan se hayan doblegado a alguien o a algo, quién no lo ha hecho (doblegarse, no pensar en subirse en una silla: yo, de hecho, me he subido, pero no como alumno y no para cambiar una lámpara). Y, desgraciadamente, cada vez hay menos gente a la que le interese Blade Runner. Y tenéis que saber que, en ese caso, estáis muertos para mí, meros replicases de segunda (generación). (Blade Runner «la buena», aunque tengamos que hablar un día de ella, Dani, de la del 2049 con una marinera y unas cuantas cervezas, si has llegado hasta este párrafo intrigado).

Yo quería hablar de cosas mucho más prosaicas, de esas que se escuchan en la tele. Esta tarde, mientras posponía todas mis tareas, me dedicaba a ver un programa de televisión (grabado, para saltarme los anuncios, qué cuco yo) y he oído a alguien famoso y afable y simpático decir que lo que hay que hacer es vivir la vida y disfrutarla. Y yo he pensado que sí, que estamos de acuerdo. Que la eudamonía está ahí como meta para todos, que la cosa está en encontrar caminos.

Y sí. Y no. Porque pensaba yo, mientras sentía que el programa seguía circulando por mis ojos y mis oídos, que se trataría de eso, de vivir la vida y disfrutarla. Pero no sé vosotros, pero yo la vivo a un 47,43 % y la disfruto a un 29,85 % (siendo generosos). Que no es inconformismo, qué va. Que no es quejarse de vicio, qué va, aunque un poco sí. Que no sé lo que es esto que tenemos entre manos, tan corto, que no nos acaba de llenar. No sé si me explico, seguro que no. Pero vaya mierda de poso que, cuando queda cada vez más agua, más difícil es de evitar.

Y que ya sé que a lo mejor no es tanto esa visión demasiado exultante de vivir la vida y disfrutarla, sino algo con el foco más puesto en vivir y aprovechar el momento. Y ahí la hemos liado. Que aprovechar es algo muy difuso y con el que puede que no todos estemos de acuerdo. Pero, desde luego, no es sinónimo de disfrutar, no tiene por qué. Pero acabo/acabamos tan cansado/s de intentar aprovechar el momento en el sentido más práctico que no lo aprovecho, que no le saco sustancia ni sinsustancia. Ni accidentes. Que es un vacío que no sé dónde está, pero se respira y se huele y palpa. Y la boca te sabe mal cuando te despiertas, cuando duermes y cuando pasas por el día a día cojeando tus miserias.

Y eso, que me acuerdo mucho de Blade Runner y de ese anuncio luminoso de Coca-Cola con esa invitación al «Enjoy», en una ciudad y una civilización que se está muriendo, con invitaciones a marcharte muy lejos, a un quinto pino que está en el espacio exterior. Que es un espacio fuera de nuestra planeta, pero también externo, puede, a nosotros mismos. Y que, en algún momento, hay que meterse en un ascensor y esperar que se cierre la puerta para que acabe la película. Que es una puerta que abre a algún sitio que puede no ser el paraíso.

Aunque, ahora que lo pienso, llevo desde el mes de marzo sin montarme en un ascensor que me haga subir o bajar. Lo que tengo muy claro es que soy tan míseramente humano que no llego a replicante. A replicarme. A repicarme. Preferiría huir, qué duda cabe. Pero todavía tengo que rendir cuentas y protestar y poner los dedo sobre los párpados del Padre y apretar con toda la rabia que tengo no proviene de ser perecedero, sino de no encontrar la salida al laberinto. De vivir.

La imagen es de Dragan.

anquilosado

Definitivamente, mi escritura está anquilosada. No fluyen el pensamiento en las palabras, las palabras vuelan tan alto que se me escapan o tan bajo que se meten en el fango. Días y días escribiendo borradores de una frase, de cuatro párrafos. Expresiones que no conducían a ninguna parte. 

Conozco parte del problema, pero ignoro todo lo que puede llevar a su resolución. Todo lo que en la cabeza parecía perfecto sale mal y no hay manera de seguir. ¿Dónde se quedó la fantasía, dónde la libertad para teclear y que fuesen emanando los sentidos? ¿Cómo narrar las ausencias, cómo todas las caídas?

Me lleva mucho tiempo comprender que no comprendo nada. Me agobia pensar que no podré volver a juntar unos sentimientos que ronden por ahí, atraparlos y hacerlos brotar en esta soledad acompañada.

Son las 19.24 de la tarde y escucho canciones tristes que me inspiren y no lo consigo. Desplazo una cortina y me encuentro con una calle casi vacía. Un coche avanza despacio. Una mujer lleva a su hijo pequeño en el cochecito. Pasan al menos tres minutos hasta que llega una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Son las 10:27 por la mañana y he pasado la noche durmiendo, con un interludio de un partido de tenis. El amanecer ha coincidido con una pieza de fruta, leche con cacao puro-impuro (mezclo el cacao puro con un pelón de cacao del malo para privar de una excesiva amargura), un panecillo abastecido de margarina y mermelada de melocotón. Acompaso la ingesta entre el frío de la mañana, que se acrecienta con la ventilación (siempre ventilo un poco más de lo necesario).

Después, he leído la prensa y un poco de novela, agazapado en el sofá entre las mantas. Luego, el «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma: «No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia».

Miro en el reloj la temperatura que hace fuera e intento el momento de salir a correr porque no quiero que el frío de la mañana se sincronice con el frío que siento por dentro. Me lanzo, por fin y el frío se mitiga gracias a un sol magnífico que va templando el alma. En un camino de ascensos y ascensos, el corazón se desboca y me siento cada vez más pleno. El descenso concluye hasta un paseo calmado que me hace retornar a casa.

Son las 12:24 y vuelvo a la calme con estiramientos, con música y con yoga. Voy al despacho, enciendo el ordenador y consulto unas referencias bibliográficas que no me dicen nada, olvidado su contexto. Avanzo a tientas y acabo por no llegar a ninguna parte.

Después de comer, intento calmar ese vacío con una película de hace mucho para recordar lo mucho que me ha gustado durante años Michelle Pfeiffer. Su belleza se mezcla con la bruma de un sueño profundo a veces, liviano otras, con el que voy rescatando parte del argumento y recupero esa tristeza de comprobar que, como otras dos veces ya en mi vida, Robert Redford muere en la misma película.

Paseo por la casa intentando evitar incursiones al frigorífico, tomo dosis quizás demasiado elevadas de Coca-Cola (Pero) y vuelvo al despacho.

Son las 18:54 y escucho canciones en francés. Hoy he trotado en un círculo vicioso que, no conduciendo a ninguna parte, me ha transportado a través de porciones de sentimientos para no descubrir que, más allá, no hay nada. Miro por la ventana. Veo a una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Imagen de Etienne.