— Verba Volant

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Contrastes

No ha sido la primera vez que hablamos aquí de faltas de ortografía y, probablemente, no será esta la última ocasión en que nos tengamos que referir a esas borrascas de la enseñanza que a veces desencadenan huracanes.

Sin embargo, antes de que las nubes empiecen a ennegrecerse, empezaremos por el pronóstico del tiempo académico. En esto del oficio del enseñar, ni hay fórmulas mágicas ni todos contemplan la realidad del mismo modo. Digamos que, entre todos los alumnos que han pasado por mis aulas, puede mostrarse un contraste muy fuerte entre aquellos que acabaron encantados y otros a los que les atacaba el sistema nervioso. Había pocos indiferentes a los que les diese igual ocho que ochenta. Un servidor, estando, naturalmente, contento con los primeros, entendía también a los segundos. Soy una persona peculiar que, como todas las personas peculiares, tienen aristas que pinchan y, en ocasiones, pueden resultar molestas e incordiantes para algunos. Por lo tanto, en mis clases siempre había una diferencia térmica de más/menos 20 grados.

Y, en la sensación más térmica cercana al bajo cero, estaba Tomasa. Tuvo la mala suerte de toparse conmigo durante cuatro años (de 2.º de BUP a COU, repitiendo el de en medio). Tomasa era una estudiante que estudiaba poco. En sí misma, era un oxímoron. Es cierto que no tenía muchas habilidades para desenvolverse académicamente, y eso hacía que algunos de mis compañeros sintiesen compasión por ella. Pero a mí no me daba mucha pena por dos razones: la primera, porque tenía una disposición nula para enfrentarse a los problemas y mejorarlos; la segunda, porque, como acabo de apuntar, no se esforzaba lo más mínimo. En suma, gran parte de su devenir por el instituto se redujo a esperar de manera paciente a que le fuesen cayendo migajas en forma de aprobados.

Tomasa hacía un examen (de Literatura en 2.º, de Filosofía en 3.º, de Historia de la Filosofía en COU) y lo suspendía con unos errores de concepto bárbaros, con una falta de profundidad inusitada y con una desidia absoluta. La secuencia era siempre la misma: veía las correcciones y pedía revisar el examen. Yo le indicaba los errores, las contradicciones y las inexactitudes y ella asistía al acto como si la cosa no fuese con ella. Nunca aplicaba los consejos que se le daban. Creo que ni siquiera escuchaba lo que le decía. Eso sí, se mantenía con postura hierática y cara de asco nada disimulada durante todos y cada uno de los segundos que duraba la revisión. Creo que lo que esperaba era el aprobado por abrasión.

En clase, Tomasa buscaba que la dejasen en paz, que no le preguntasen, que pasasen de ella. Era una manera de manifestar al mundo que no quería trabajar ni esforazarse. Yo me negaba por sistema. Ella era una más y tenía que intentarlo. Porque el propósito de Tomasa era aprobar. Si ella hubiese sido de los alumnos que lo quieren mandar todo al carajo, quizás (solo quizás) hubiese dejado que nadase en ese mar tranquilo. Pero quería aprobar y eso no lo iba a conseguir por la cara.

Había pospuesto hablar de la historia de Tomasa porque es una sucesión de desencuentros. Recuerdo que, en una ocasión, vino a la revisión con su madre apareciendo como víctima de un complot mundial contra ella. Yo, de manera paciente, intenté hablar con delicadeza tajante pensando en un futuro primaveral, soleado y con viento agradable. Y no puedo seguir porque la historia sería una serie en en el blog con entidad propia.

Pero todavía no he hablado de lo peor que tenía desde el punto de vista académico Tomasa y que nunca —tampoco— tuvo intención de mejorar: su forma de expresarse y su ortografía. La redacción coherente era nula y las palabras de Tomasa parecían escribirse al arbitrio del azar más caprichoso. Tampoco en esto siguió ningún consejo. Ella pensaba que las letras se escribían por accidente o por una intervención divina o diabólica que no nacía de su mente y finalizaba en su mano.

Un día, sin yo esperarlo, llegó la perfección de todos las debacles. El examen empezó con viento racheado, con redacción confusa, las nubes empezaron a descargar lluvia en forma de tildes ausentes, un trueno cambió letras de sitio y el oleaje empezó a hacer de los papeles algo cada vez más innavegable. La carga eléctrica fue subiendo de forma inconmensurable hasta estallar en la perfección de todas las imperfecciones. Tomasa había escrito habéces. Sí, sí, como lo leéis. A veces, había visto escribir a veces de formas muy dispares. Palabras juntas, una tilde que se escapa de forma injustificada… pero nunca vi una falta tan sublime, tan estupenda, tan magnífica. Había llegado la tormenta —perdón, la falta de ortografía— perfecta.

¿Aprobó Tomasa al final? ¿Llegó para ella la calma? ¿Le llegué a caer bien, casi al final de los tiempos? Quizás lo cuente. Quizás lo cuente algún día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Dalibor Levícek.



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Escribir sobre Albano, lo confieso, es entrar en otra dimensión por muchos motivos. He estado durante tantos años a su lado como profesor; he presenciado tantos momentos suyos, buenos, malos y regulares; he empatizado con él tantas veces sin un solo desencuentro, que he pospuesto hablar sobre él aquí porque no sabía muy bien por qué historia empezar.

Hay muchas cosas de Albano que no puedo contar. Algunas, por el sagrado derecho de la privacidad que se establece cuando a un profesor se le cuenta algo de modo confidencial. Otras, porque no me da la gana. Pero tengo en mente muchas anécdotas que estarán plasmadas aquí sin ninguna duda.

Y he decidido empezar por el día en el que a Albano y a mí unos profes de algún que otro colegio pijo (no todos, que conste) nos acusaron de hacer trampas. Pero tengo que ir hacia atrás un año: se celebraba la primera edición del Concurso Hispanoamericano de Ortografía (ahora ya van, creo, por la XII edición). Las bases del concurso exigían pasar por tres fases: la fase escolar, en el centro, la fase provincial, la fase nacional… y de ahí al paraíso. En el momento en el que vi la convocatoria, empecé a calentar motores y a animar a mis alumnos poniendo a Cuba como destino, haciendo pasar por sus mentes el calor del Caribe, las playas de brisa amable, el encanto de La Habana… Iba destinado a los alumnos del último año de bachillerato.

Organicé la fase escolar realizando unas pruebas entre todos los alumnos. Los había muy buenos y estudiosos. Los había muy buenos y estudiosos e inteligentes. Y luego estaba Albano. Albano había pasado por el sistema anterior (el del BUP) y había repetido tantas veces que casi agota las hojas del libro de escolaridad. Solo la transición al nuevo sistema le permitió continuar. Ahora seguro que estáis pensando en un alumno díscolo, en un chico pasota, en un vago, en un malandrín, en qué se yo. Ninguna de estas cosas era Albano. Muy al contrario, se trataba de un chico muy inteligente y con una de las culturas más vastas e insospechadas para alguien de su edad. Albano barrió en la fase escolar con unos conocimientos prodigiosos.

Y el día de la fase provincial nos presentamos en el instituto Cardenal López de Mendoza. Llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando, nos fuimos saludando (obviamente, conocía a muchos de ellos: era amigo de alguno de ellos, había coincidido mil veces en otras circunstancias, alguno incluso fue profesor mío en el instituto). Luego, tanto los chicos como los profesores miraron a Albano. De arriba a abajo. Despacio. Porque Albano no vestía ni bien ni mal. Simplemente, tenía una forma distinta —ni zaparrastrosa, ni macarra, ni provocativa, ni nada, solo distinta— de vestir. Todos los demás, especialmente los que pertenecían a colegios privados, iban muy monos, decentes y elegantes. Parecía que la ortografía entraba por los ojos en forma de pantalón de pinzas con la raya bien planchada, en forma de falda plisadita con la altura justa, con camisa o blusa inmaculada, con jersey de cuello redondo del color de moda en aquella época.

El concurso empezó y, mientras los alumnos hacían los ejercicios en la sala de la biblioteca, una compañera del Mendoza, estupenda profesora y persona encantadora, nos fue contando historias muy interesante de este edificio tan maravilloso (para los que no son de Burgos, es preciso apuntar que la parte noble es del siglo XVI). Fuimos a tomar un café después. Un cuarto de hora antes de finalizar el ejercicio, volvimos al instituto. Esperamos en el claustro. Salieron los chicos y el jurado empezó a corregir los ejercicios. Se mascaba un ambiente de nerviosismo y tensión, mientras Albano y yo hablábamos de los encantos de Cuba. Después de media hora, salió el inspector de educación que ejercía de presidente del jurado y proclamó el nombre del ganador, que no era otro que Albano. Primero hubo un momento de estupefacción entre los niños monos, que miraban a sus profesores sin comprender nada. Después, las naturales felicitaciones, besos y demás. No puedo extenderme más en estos momentos: Albano acudió a la fase regional, que no ganó por un pelo (en forma de una palabra ignota que una chica, bien adiestrada y competente, supo adivinar). Y ahí quedó la cosa, no sin antes recibir para nuestro instituto una porrada de libros en forma de premio que nos vinieron de perlas.

Al año siguiente se convocó la segunda edición del concurso. Albano había repetido curso y, por lo tanto, formó parte de los alumnos que hicieron las pruebas en nuestro instituto. Y, por supuesto, volvió a ganar. Nos tocó ir al instituto Cardenal López de Mendoza. La circunstancia fue tan parecida que puedo hacer un copia-pega: llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando —y aquí se acabaron las similitudes y el copia-pega—, sus compañeros, monos ellos también ese año, miraron a Albano, que vestía, me imagino, con una réplica exacta de los ropajes que lucía el año anterior (ahora desvelo un detalle que creo que saben muy pocas personas: Albano vestía casi siempre igual, pero tenía muchas prendas diferentes a modo de réplica). Entre los profesores, en cambio, se produjo un movimiento extraño. Algunos cuchicheaban, empezaron a hablar unos con otros. Los representantes de tres colegios pijos hicieron una melé organizada de la que salió, en forma de balón, un portavoz que dijo: “Esto no puede ser, este chico es el mismo del año pasado. Esto es un fraude”. En sus mentes de vidas previsibles, no podían concebir que un alumno que acudiese a ese concurso de mentes excelentes y memorias prodigiosas hubiese repetido curso. Cuando les comuniqué esta circunstancia de forma discreta y comedida, ellos pensaban que no era cierto, que estábamos haciendo trampas, que queríamos apear de la excelencia a su centro, que les arrebataríamos sus billetes de avión y estancia pagada a Colombia, los jugos bien mezclados en la barra del bar que habría, con toda seguridad, en un hotel de ensueño.

La cosa se calmó un poco. Mientras los alumnos hacían las pruebas, algunos compañeros nos fuimos a tomar un café con la profe del Mendoza. No estaba ninguno de estos compañeros que habían protestado, que me imagino que estaban indignados con una circunstancia tan inesperadamente inesperada, por lo que, en un ambiente relajado, yo les conté al resto (hasta donde les pude contar) cosas de Albano. Ya de vuelta al instituto, el presidente del jurado dijo el nombre del ganador, que fue una chica que ganó a Albano con solo un acierto de diferencia. Faltó un pelo

Y Albano y yo emprendimos nuestro viaje de vuelta a la realidad, a nuestro instituto. Y nos reímos del mundo, de la situación que nos tocó vivir, de los prejuicios y de la ortografía entre pantalones de pinzas bien planchados, entre faldas plisadas. Siempre a la altura justa. Hablaré más de Albano, que ahora es buen amigo. Siempre lo fue.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Turol Jones de la preciosa entrada del instituto Cardenal López de Mendoza.

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Suelo empezar a escribir las historias de alumnos a eso de las siete y media de la mañana. Después de desayunar y recoger un poco la cocina, me siento y le dedico unos treinta minutos a contar cosas en esta serie que, aunque he comenzado hace poco tiempo, tiene ya unas cuantas entradas. Acostumbro a escribirlas casi de un tirón y con apenas revisiones (de hecho, más de una vez yo mismo he encontrado con alguna errata desagradable y, más frecuentemente, alguno de los lectores, a los que agradezco en el alma que hagan sonar las alarmas). En cierto modo, estas historias fluyen de un modo muy diferente al resto de entradas del blog, que suelen ser más pausadas y meditadas. Me acuerdo de mi padre que siempre decía: “Yo no he escrito un borrador en mi vida”. En cierta medida, también es un homenaje a una manera diferente de enfrentarse a la escritura.

Muy pocas veces me he salido de esa rutina. A la hora de elegir las historias, manda también el instinto. Hay anécdotas que tengo grabadas en la cabeza para que sean contadas pronto y luego se demoran más de la cuenta. Porque, cuando me siento, digo, no, joder, hoy tengo que hacer a X protagonista. Tengo una lista larguísima de historias por contar que, como sabéis, a veces se entrecruzan. Por regla general, el único recordatorio que tengo está en mi aplicación de notas, en la que figuran decenas y decenas de nombres, a veces acompañados con una o dos palabras. Con eso vale. En otras ocasiones, como ya ha ocurrido, te has cruzado con una anécdota durante el fin de semana, te encuentras una cara conocida por la calle, alguien te recuerda un nombre. Y surge la magia de la memoria.

Es complicado ir buscando nombres e ir propiciando el aconsejable anonimato. Para ello, en algunas ocasiones he empezado a no respetar la letra inicial del nombre e incluso he cambiado de sexo a los protagonistas.

Esta serie como protagonistas a los alumnos o, más específicamente, las historias que yo he vivido con ellos. Es indispensable, a veces, relatar algo del contexto, contar alguna circunstancia relacionada con el instituto, mencionar de pasada a algún profesor. Pero, aunque algunos me lo piden, no contaré directamente nada relacionado con mis compañeros (aunque tengo un par de excepciones en la cabeza, siempre justificadas). Me consta que algunos me leen y creo que todos preferimos contar cosas de esos auténticos protagonistas de la enseñanza: los alumnos.

Y cuanto todo esto para deciros que, a lo largo de unas semanas, quizás no pueda seguir al mismo ritmo de escritura con estas historias. Lamentablemente, esa desconexión con el mundo y el presente, que me proporcionaba una sensación maravillosamente agradable, no va a poder tener lugar como acto litúrgico cada día. Hay dos razones para ello.

La primera, el maldito/bendito sistema Bolonia, que provoca que los profesores en la universidad cada vez tengamos que dedicar más tiempo a quehaceres varios. Como me niego a reducir la enseñanza a un cúmulo de cuestionarios y pruebas tipo test, la gran cantidad de alumnos a los que hay que dedicar merecida atención me va a obligar a invertir muchísimo tiempo en corregir prácticas e ir acompañando su proceso de aprendizaje de forma intensiva.

La segunda, una cuestión deportiva. Hablaré un día de ella con algo más de detalle, pero solo apuntaré que, desde que era niño, tenía el sueño de nadar en una competición los 1.500 metros libres. En general, todo lo relacionado con nadar era tan solo eso, un sueño, no hace demasiados años. El estar en un club de natación máster me ha permitido ir cumpliendo algunos objetivos de manera pausada y modesta. Y, además de alguna otra competición de por medio, ya hay una meta para conseguir ese objetivo: el campeonato de natación máster de fondo. Si todo va como está previsto, allí estaré nadando la prueba reina del fondo en piscina. Siempre me ha gustado prepararme adecuadamente para los retos y esta vez no va a ser menos. Y entrenar de modo adecuado conlleva, lógicamente, una inversión importante de tiempo.

En resumen, hoy he invertido el tiempo que suelo invertir en escribir una entrada en justificar por qué no lo haré de forma tan sistemática durante unas semanas. Eso no quiere decir que, con un poco de suerte, mañana mismo os encontréis leyendo una. Pero empezaré la mañana, después de contestar la avalancha de correos, corrigiendo prácticas para no perder ni un minuto. Así pasaré gran parte del día hasta que llegue el momento del entrenamiento y mi condición física mejore entre el gimnasio, el correr y los muchos largos de piscina que me esperan.

Hoy ni siquiera voy a leer lo que he escrito hasta ahora, así que sea lo que dios quiera. Iré avisando en las redes sociales cuando haya alguna entrada, alguna novedad o algo digno de contar. Ni siquiera voy a poner una maldita foto.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Quinn Dombrowki.

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Hay un grupo de alumnos de los que no he hablado hasta ahora. Se trata de los alumnos que acuden a las clases de español de la universidad. Normalmente, son alumnos de intercambio del programa Erasmus que necesitan lecciones de refuerzo o de profundización para desenvolverse de forma adecuada en las clases durante el tiempo que están en nuestra ciudad. Tengo con ellos una experiencia relativamente reciente, a la que he llegado después de unos cuantos años de formación. Siempre me había interesado el mundo del español como lengua extranjera y he de decir que es una dedicación sumamente interesante. Te encuentras, habitualmente, con un alumnado muy motivado y en un entorno de aprendizaje muy agradable. A fin de cuentas, el profesor de ELE entabla con ellos un vínculo que va más allá de lo lingüístico para adentrarse en lo social y en lo cultural.

En otras historias, hablaré de alumnos muy divertidos y simpáticos; también contaré anécdotas curiosas y que os harán esbozar una sonrisa. Pero hoy toca hablar de la chica que decía a todo: “No, no me gusta”. Se trataba de una chica estadounidense que nunca estuvo muy vinculada con un grupo en el que había coreanos, italianos, brasileños, franceses y alemanes. Las clases habían empezado a finales de agosto con un calor infernal en las aulas y esta chica, a la que llamaremos Kate, que incluso había vivido en Alaska, se pasó tres días con un anorak abrochado hasta arriba. Ella creía que tenía un buen nivel de español, quizá confiada por haber chapurreado palabras con otras personas en su país, pero la verdad es que se enteraba de bastante poco. Un profesor de ELE tiene que contar con grandes dosis de paciencia. Más que mano izquierda, a veces necesita varios brazos izquierdos para capear imprevistos que podían surgir en las clases.

Cuando llegaba a la clase, todos me estaban esperando juntos en la puerta del aula, sentados a veces en el suelo, con una sonrisa y hablando entre ellos (a veces en inglés, a medida que avanzaba el curso en español). Todos menos Kate, que estaba sentada en un banco a diez metros de ellos. Naturalmente, yo hice todo lo posible para que se integrase en el grupo, pero resultaba ser una misión imposible. Kate miraba de forma esquiva, intentando rehuir todo contacto. Era obvio que le ocurría algo, pero no llegamos a saber qué.

Una de las estructuras que aprendíamos era “A mí me gusta…”. Creábamos con ella una dinámicas sobre preferencias, gustos o aficiones que estaban muy relacionadas con la realidad de estos alumnos y que aprovechábamos para establecer comparaciones culturales con la cultura hispana. Un día les puse un anuncio publicitario que a todos les encantó. A todos menos a Kate, que ponía esa cara de pocos amigos que nos empezaba a resultar tan familiar y que creaba una tensión en la clase que yo intentaba evitar porque hacía que los compañeros se sintiesen incómodos. Le pregunté con una sonrisa: “¿Kate, te gusta?”. Ella me contestó: “No, no me gusta”. Y así ocurrió con todos los materiales imaginables. En los vídeos cortos sobre costumbres o historias curiosas, Kate decía “No, no me gusta”. En las canciones (todo un surtido de variedades aptas para cualquiera), Kate decía “No, no me gusta”. En unas recetas típicas de España o de México o de Italia o de qué sé yo dónde, le preguntaba si le gustaba esa comida y ella decía, claro está, “No, no me gusta”.

Algunos compañeros se lo tomaban ya a broma, pero para mí resultaba un asunto muy serio. Además de alguna conversación al margen de los compañeros o con la única chica con la que se sentía un poco más cercana (lo cual era algo así como estar a kilómetros de distancia), procuraba por todos los medios que se involucrase. Un día, me enteré de que le gustaba el reguetón. Contraviniendo todo lo que tenía previsto, programé una actividad muy entretenida sobre cómo se escribe una canción de reguetón para finalizar con una canción de Daddy Yankee, al parecer su cantante favorito. La actividad previa tuvo como respuesta un “No, no me gusta”. Cuando llegó la canción de Daddy Yankee, me volví asegurar de que era su cantante favorito. Ella dijo que sí. Yo me alegraba para mis adentros del triunfo, por fin. A los quince segundos de empezar el vídeo con la letra sobreimpresa, sonó el teléfono de Kate. Sin mediar palabra, Kate contestó al teléfono, se puso a hablar mientras recorría un pasillo de la clase que se me hizo eterno, abrió la puerta y se marchó. Ese día no volvió.

Como remate a la entrada, diré que me encontré por los recintos universitarios a Kate. Nunca me saludó (al parecer, tampoco a ninguno de sus compañeros de clase con los que tuve algo de relación). Un día de otoño en el que empezó a hacer frío de verdad, vi a Kate caminando lentamente con una cazadora liviana y sin abrochar. Ese día pensé: “Los caminos de Kate son inescrutables”.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Quinn Dombrowki.


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¿Os acordáis de aquellos boletines de notas del antiguo BUP, esos que tenían calificaciones de “Muy deficiente”, en el que las notas venían acompañadas de una actitud, que podía ser “Excelente”, “Buena”, “Normal”, “Deficiente” e incluso “Negativa”? En la parte de abajo, con asteriscos, aparecía una comparativa del alumno con el resto de la clase. Si no los tenéis en mente, no os preocupéis, es buena señal. Significa, simplemente, que soy relativamente jóvenes.

Para recuerdo de unos e información nueva para otros, ahí va uno de esos boletines, sacado de internet:

Tuve bastantes problemas con los empollones, estos boletines y la calificación de la actitud. Había unos cuantos alumnos que eran buenos estudiantes… y nada más que eso. Se dedicaban a sacar buenas notas, pero, en clase, siempre permanecían demasiado quietos, casi sin participar (a no ser que hubiese un estímulo en forma de punto positivo). Yo no tenía (ni tengo) nada en contra de los alumnos con buen expediente, por supuesto, pero sí con esos alumnos “adorno” que parecía que estaban en clase como de visita, en un tránsito tedioso, acompañados por el vulgo, es decir, sus compañeros. Recuerdo la primera vez que califiqué a una de esas alumnas con un sobresaliente acompañado de una D en actitud, es decir, una actitud pasiva. Recién incorporado al instituto, mis veteranos compañeros me decían que cómo se me ocurría, que qué había hecho la chica, que con ellos se portaba bien. Y no es que la chica se portase mal: la chica, simplemente, no se portaba. Se dedicaba a estar y esa dedicación, para los buenos o para los malos, merecía para mí una actitud pasiva.

Pero vayamos con la historia de hoy. No me hubiese acordado de esta historia si hace unos diez días no hubiese visto corriendo en un paso de peatones con el semáforo en rojo a Jonás. Jonás era un alumno de Filosofía en uno de mis primeros años en el instituto. Cumplía a rajatabla todos los requisitos para que le diesen el carné de empollón: mucho estudio y esfuerzo centrado casi exclusivamente en lo memorístico, y escaso interés y empatía por el resto de sus compañeros, a los que parecía menospreciar. Un servidor, que, aunque no lo parezca, es muy cumplidito, soportó con grandes dosis de estoicismo a Jonás. Al final, un sistema totalmente alejado de la evaluación continua le otorgaba de forma sencilla unas calificaciones elevadísimas. Como digo, no era Jonás una persona ni inteligente ni brillante, pero su elogiosa dedicación al estudio provocaba que sacase sobresalientes en casi todas las asignaturas (sí, os lo podéis imaginar, en todas menos en Educación Física).

Como digo, Jonás estaba en mi clase de Filosofía de 3.º de BUP y tenía escasas virtudes personales y una empatía casi nula. Pero lo le recuerdo especialmente por su caligrafía, horrorosa, alambicada, nerviosa, sucia, totalmente ilegible. No sé cómo podían corregirle los exámenes mis compañeros (quizás era la experiencia, no sé), pero yo era incapaz. Hice esfuerzos ímprobos en la primera y la segunda evaluación (la corrección era un acto casi de adivinación), pero en la tercera me cansé. Le iba a suspender porque su examen no se entendía, pero, sabedor de la que me iba a caer entre mis compañeros si suspendía al “listo”, opté por una solución intermedia y conciliadora. Fui donde Jonás, le entregué el examen que me había hecho en la tercera evaluación y le dije que no había por dónde cogerlo, que no se podía leer. Que se lo llevase a casa el fin de semana y lo pasase a limpio (“pasar a limpio”, en ese caso, es la expresión más acertada y conveniente, desde luego).

Pasó el fin de semana, Jonás me entregó el ejercicio el lunes por la mañana con una sonrisa poco habitual en él y el martes por la tarde le dije que bajase a la sala de visitas. Le pedí el examen original, el pésimamente escrito, para archivarlo, pero me dijo que se lo había dejado en casa. “Nada, no hay problema”, le contesté. Le dije que se sentase, le saqué el examen que me había entregado el lunes y le pedí, por favor, que me lo fuese leyendo. Jonás se quedó bastante extrañado. A fin de cuentas, si lo había pasado a limpio, no tenía mucho sentido esa lectura en voz alta. Empezó con la primera pregunta. Le dije que, por favor, se saltase dos párrafos y que leyese a partir de ahí. Así lo hizo Jonás mientras yo sacaba una copia del examen original de Jonás. El chico empezó a sudar y a tartamudear mientras yo le decía “Sigue, sigue”. En un momento determinado, le dije que parase, que había una cosa que no comprendía: “¿Cómo es posible que en el examen original falten esos párrafos que me estás leyendo ahora?”. “¿Ah, no están?, qué raro”, me dijo él. “Sí, muy raro. Muy raro”, le dije yo.

Resulta que Jonás, el alumno ejemplar, ese alumno serio y condescendiente, era un fullero. En vez de estar agradecido por la oportunidad de escribir el examen de forma que se pudiese leer, él optó por el fraude y la trampa. Reconozco que el viernes anterior, cuando estaba haciendo la fotocopia de ese original que ya suponía que no iba a ser devuelto, esbocé una sonrisa maliciosa.

En aquella tercera evaluación, Jonás sacó un muy deficiente. Le tenía que haber dejado la asignatura suspensa hasta septiembre por el embeleco en el examen, pero lo dejé pasar. No sé mucho más de Jonás. Si he de ser sincero, tampoco me importa. Solo me he acordado al verle hace unos días. Mientras pasaba corriendo el semáforo en rojo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Álex R. F.

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¿A cuántos alumnos he conocido a los que les encante bailar? Es una pregunta sencilla con una respuesta rotunda: no lo sé. Inmediatamente, me surge otra pregunta, para la que tengo dos respuestas. La pregunta es: “¿Tendría que saberlo?”, para la que tengo dos respuestas simultáneas: “No” y “No sé, a lo mejor sí”. La primera opción es evidente, así que no la desarrollaré. La segunda sería más digna de matices, sobre todo si la aplico a algún caso concreto. Recuerdo perfectamente a alumnos a los que les gustaba el fútbol, el baloncesto y el salto de trampolín; alumnos a los que les apasionaba el cine o la cocina; incluso, en el mundo de la música, alumnos chiflados por el acordeón, la guitarra, el piano o el rap. El interrogante sobre el baile me suele acuciar los fines de semana, cuando el equipo de baloncesto de mi ciudad, el San Pablo Burgos, juega en casa. En los tiempos muertos, entre las animadoras del equipo, está Susana.

Di clase a Susana en el instituto y en la universidad. Son ya unos cuantos alumnos los que han tenido el dudoso honor de aguantarme en el nivel educativo de secundaria y el universitario. En el caso de Susana, creo que fui su profesor en el instituto durante nada más y nada menos que tres años, para luego ser alumna mía cuando impartía clase de “Medios de comunicación y sociedad” en la (entonces) diplomatura de Educación Social. Creía que conocía bien a Susana, una chica que participaba en clase, que estaba siempre bien dispuesta a trabajar y asimilar lo aprendido. Pero, al verla bailar, estaba claro que no conocía absolutamente nada de Susana. Cuando la recuerdo, siempre lo hago con ella sentada. Con unos años más o con unos años menos, pero sentada. Sonriente casi siempre, a veces un poco más seria, pero sentada. Más o menos concentrada, pero sedente.

Los fines de semana, en cambio, veo a Susana saltar a la pista junto con sus compañeras al ritmo de la música, ejecutando una coreografía perfecta en la que ella se desenvuelve a las mil maravillas. Su cara esboza una sonrisa de felicidad suprema. Se nota que está disfrutando de ese momento, se percibe claramente que está hecha para bailar, para moverse, para desencadenar emociones rítmicas con su enorme talento. Es tan buena bailando que se nota incluso que tiene que contenerse, reprimir ese movimiento perfecto para ajustarse al ritmo de sus compañeras. Siendo ellas muy buenas, Susana es excelente y sobresaliente.

Y aquí viene la gran cuestión sobre la pertinencia de la pregunta que hacía al principio: ¿tendría que haber sabido que a Susana le apasionaba bailar? No sé cómo tendría que responder a esta pregunta en general, de modo absoluto, pero, cuando la veo a ella, pienso que sí, que, si hubiese querido conocer todas las dimensiones y capacidades de Susana, tendría que haber sido consciente, al menos, de su vocación de moverse como elemento primordial; de su necesidad de incorporar el ritmo en grandes dosis en todas las parcelas de la vida. ¿Cuántas veces no logramos entender bien a nuestros alumnos, no sacamos el máximo de ellos, por no saber algo más de las cosas que les apasionan?

Cierto es que las personas no somos siempre las mismas. Cada uno de nosotros tiene sus parcelas, sus ámbitos, sus limbos, a veces casi excluyentes, muchos de ellos voluntariamente escondidos. Pero hay ocasiones, hay que reconocerlo, que es imprescindible saber si un alumno sabe bailar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Gustave Deghilage.

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Se llamaba Adán y llegó para estudiar el BUP en mi instituto. Al parecer, tenía cierta fama en la sala de profesores ya en primer curso, pero yo no le conocí hasta 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO) en clase de Literatura. Ya he comentado que no solía hacer mucho caso de las cosas que se decían de los alumnos, para bien o para mal, puesto que el prejuicio establecido y las etiquetas que ponemos a los alumnos pueden no coincidir con la realidad. A veces, se alejan de ella sospechosa o irremediablemente. Y, además, no estaba presente en las sesiones de evaluación, que es donde solían hacerse muchos comentarios valorativos sobre los alumnos.

Decía que se llamaba Adán, no me acuerdo de su apellido, pero sí creo recordar que algunos de mis alumnos decían que el tal Adán y yo teníamos cierto aire de familia (años después, todavía ignoro por qué). Nuestro conocimiento mutuo fue épico, todavía lo tengo bien fresquito en la memoria. Como solía ocurrir en la primera clase, después de presentarme y antes incluso de pasar lista, iba preguntando a todos cuántos libros habían leído, qué tipo de libros preferían, si había algún libro que les había marcado especialmente. Para los profesores que hayan llegado recientemente a esto de la enseñanza, quizás estas preguntas puedan parecerles, directamente, ciencia ficción. Quizás muchos alumnos de estos cursos ahora no tengan mucho que decir o todo lo que digan se resuma en libros de literatura infantil y juvenil sin ninguna calidad literaria. Este no era exactamente el caso en aquella época, aunque también es cierto que el paso del tiempo dulcifica y magnifica los recuerdos de las épocas pasadas haciendo de estas algo mejores de lo que fueron y convirtiéndolas en una proyección de nuestros anhelos.

Decía que iba preguntando esas cuestiones y llegó el turno de Adán. Yo no sabía quién era él, no reconocía a los alumnos por su cara al no haberles dado clase y, como digo, no había pasado lista. A la pregunta de marras, él me dijo: “A mí me gustan mucho los libros de Stephen King”. Todavía no llego a saber por qué, mi respuesta inmediata fue: “¿Y por qué te gustan esas mierdas?”. Él quedó francamente descolocado, erguido y tieso como estaba en el asiento, se echó un poco para atrás, y no supo muy bien qué decir. Esbozó algo de “Pues no está tan mal”, pero no le entendí bien. Mi reacción, como digo, fue inesperada incluso viniendo de alguien como yo (y lo digo porque, desgraciadamente, me conozco bien). Entre otras cosas, porque algunos libros de Stephen King, sin ser la quintaesencia de la literatura, no están tan mal y cualquier adicto a sus historias y con paciencia para leer libros tan extensos podría fácilmente extender sus lecturas hacia otros campos más selectos. Como digo, la cara de mosqueo duró minutos, frente al cachondeo general de algunos de sus compañeros, que se congratulaban del momento de estupor vivido por Adán.

Luego pasé lista y me enteré de que era él, el chico del que hablaban todos, el superdotado. Y no me refiero a una superdotación sin más, de esas de alumnos que sobrepasan holgadamente la media del cociente intelectual del resto de los mortales (de hecho, en esa clase la estadística habitual se rompía porque había otros alumnos con unas mentes prodigiosas. Hablaré en esta serie, al menos, de dos de ellos), sino una mente privilegiada para procesar, asimilar y entender todo lo que se decía a una velocidad vertiginosa. En el retrato que ahora hago de él soy un tanto injusto porque, aunque lo que voy a decir creo que no se escapa una pizca de la realidad, sí existen otros elementos que pueden condicionar esa impresión, que podría parecer negativa y que se manifestarán al final de esta entrada. Ya sabéis que en estas entradas hablo de risas y sonrisas. La suya, la sonrisa de Adán, solía ser una sonrisa de autosuficiencia. Una elevación escueta de los labios hacia arriba enseñando las paletas que, en algunos casos, podía significar “Ahora vas a saber tú lo que es bueno”. Adán lo intentó en esa clase un par de veces. Alguna pregunta capciosa, una observación cargada con nitroglicerina, pero yo respondía como si no me diera por aludido y, todo hay que decirlo, con algunas dosis de retranca.

Ahora que ya estaba, por fin, metido en el curso de Adán, descubrí que había en el profesorado dos bandos en lo que al chico se refería:

Había un bando, liderado especialmente por una de mis compañeras que se enfrentaba a Adán por el método de la negación. Tendía a ponerle inicialmente unas notas que se alejaban mucho de las que se merecía porque lo contemplaba a la luz de los años y la formación que tenía ella. Ella, y otros que la secundaron en el futuro, intentaban ningunear su excelencia ignorando que, con toda su inteligencia y madurez a cuestas, era un chaval de 15 años y, desde luego, no conocía todos los resquicios de una disciplina que ella había estudiado durante cinco años. En definitiva, lo rebajaba de su altura natural, la elevación que le correspondía haciendo trampas. He de decir que esto es muy común entre el colectivo glorioso al que pertenezco. El hecho de estar a un lado determinado de la mesa, cerca de una pizarra y con un bolígrafo rojo en la mano para manejar nuestra autoestima nos hace creer que somos más inteligentes que los pobres sufridores e incautos que tenemos delante. Y nada más lejos de la verdad. Pero dejémoslo, es un asunto que nos llevaría mucho tiempo.

Otro bando, mucho más numeroso, era el de los sufridores. Profesores que llegaban a clase y a los que se les helaba la sangre cada vez que Adán levantaba la mano para hacer una pregunta. Si intentaban salir por los cerros de Úbeda, Adán insistía, contraargumentaba y contraatacaba, argüía y colegía, derivaba y volvía hasta que acababan agotados. Un día, en el recreo, un compañero me confesaba, casi llorando, que no podía más, que la situación le superaba. Yo le pregunté qué había pasado y él me dijo que intentaba contestar a lo que Adán le preguntaba, pero se le agotaban los conocimientos y los argumentos. Le planteé: “¿Y por qué no le dices, simplemente, que no sabes la respuesta?”. Porque Adán, siendo justo o injusto en esos momentos, podía aceptar las limitaciones de los profesores, pero no el rodeo ni la mentira. Si a una pregunta interesante y ávida de conocimiento (hay que subrayar que Adán no levantaba la mano simplemente para fastidiar) se le respondía con un “Mira, pues esto, así, no me lo había planteado. Lo miro y mañana lo comentamos”, el chico lo aceptaba de forma natural. Si la respuesta, en cambio, iba enmarañando o enmascarando una ignorancia, Adán se sentía defraudado y procedía sin piedad.

He de decir que a mí, particularmente, Adán me caía bien. Creo que no solo nos soportábamos, sino que teníamos una relación profesor-alumno, alumno-profesor, bastante cordial. Cuando se le contemplaba desde una óptica un poco más relajada, se descubría en Adán un gran sentido del humor, una rechifla constante contra el mundo y cualquier de sus circunstancias, una manera muy enriquecedora de contemplar la enseñanza, en la que no solo enseñas sino que eres enseñado de una forma ágil, hábil y provechosa.

Todavía recuerdo un día en el que Adán me preguntó si podía hablar conmigo en privado. Estaba en COU y yo, ese año, ya no les daba clase. Reconozco que estaba muy intrigado ante lo que me querría decir. Lleno de serenidad, me fue esbozando lo que se había comentado en clase de Lengua sobre una cuestión bastante compleja relacionada con los tipos de sintagmas, sus tipologías y sus funciones. Él había preguntado en clase y el profesor le había dado una contestación demasiado apresurada y, desde la profundidad que necesitaba Adán en las contestaciones, totalmente inexacta. Quería reunirse conmigo para saber si la cuestión era aceptable como el profesor se le había dicho. Yo le dije que no. Le expliqué la cuestión en pocas palabras y, naturalmente, él me entendió a la perfección. Tampoco me gustaba llevar la contraria a un compañero. Le dije que, al tratar estas cuestiones, se suelen dar respuestas aproximadas, que si tal, que si cual… Cuando se iba, me dijo: “Ya me imaginaba que el profesor estaba equivocado, pero no se lo quería decir en clase. No le quería hacer pasar un mal rato”.

Adán entró a estudiar Medicina. Allí, al parecer, todos los profesores alababan su excelencia. También es cierto que muchos le aconsejaron especialidades alejadas del contacto directo con los pacientes. Después de una más que divertida propuesta para dedicarse a la medicina forense, Adán ahora es radiólogo. He coincidido con él solamente dos o tres veces. Sigue teniendo esa misma sonrisa que, pareciendo autosuficiente, está cargada de ironía. Adán es un buen tipo, una mente privilegiada y un alumno cuyo paso por nuestras vidas no se puede, no se debe, olvidar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

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Hoy dudada entre publicar: “El chico que acabó desnudo de madrugada en una piscina municipal” o “El chico que contestaba con perfección y elegancia a una pregunta del examen y dejaba las otras cuatro en blanco”, pero me he decantado por esta.

Para contar esta historia, tengo que explicar algo de mi pasado que conecta con lo que cuento hoy. Yo también estudié, como todos estos alumnos de los que hablo, en el instituto protagonista en muchas de estas entradas. Se trata de un centro situado en un barrio de Burgos. Ahora (también cuando daba clase allí) es un instituto normal, lleno de gente de todas las procedencias, en el que caben también los alumnos procedentes de orígenes modestos. Decir que es un centro normal lleno de gente normal quiere decir muchas cosas (creo que todas buenas) cuando hablamos de Burgos.

Pero, cuando llegué a ese centro, el barrio en el que se ubicaba era mucho más conflictivo de lo que es ahora y algunos de los alumnos que estaban en el centro en los primeros cursos de BUP también lo eran. Hoy no toca explicar cómo llegué a estudiar allí, pero sí tengo que decir que era frecuente que mis compañeros fuesen señalando, cuando salíamos del colegio, a unas cuantas personas que vivían en el barrio por su mote y con observaciones tan atemorizantes para un chico de 14 años que había vivido antes en otros mundos: “Este salió de la cárcel hace dos semanas”, “Mira, aquel siempre va con pistola”, “Ese trapichea con heroína. Está enganchado que no veas”. Ninguno de esos angelitos estaba dentro del instituto, pero algunos parecían dignos aspirantes a esos tronos. Quizás el miedo estaba más en mi imaginación que en la realidad, pero, en la primera semana de clase, un compañero me pidió prestado un bolígrafo y yo no me atreví a pedirle que me lo devolviera. Recuerdo también a dos chicas nuevas que se sentaban justo delante, desesperadas porque un tipo de la fila de al lado se volvía durante la clase y adornaba todo tipo de gesticulación lasciva dirigiéndose hacia ellas. Me mantuve durante unas semanas lleno de inquietudes, que se acabaron cuando, en una hora libre que tuvimos porque faltó el profesor, cayó en mis manos un balón de baloncesto. Con una de mis pocas habilidades, me convertí en un pequeño héroe que ayudó al instituto a ganar partidos en la liga escolar. Puedo decir que, con mi dominio de la canasta, se acabaron mis problemas.

La clase que teníamos me parecía de otra década. Acostumbrado como estaba a las mesas individuales, aquí teníamos mesas en las que los dos pupitres estaban unidos. Yo me sentaba en la última fila y a mi compañero le conocía porque los dos procedíamos del mismo colegio. Un día, en el descanso entre clase y clase, yo estaba inclinado hacia la derecha hablando con una chica de la fila de al lado, cuando escuché un grito tremendo de mi amigo. Me di la vuelta y me dijo que le habían clavado una navaja. Se apretaba el muslo con las manos. Llevaba un pantalón de pana y yo no veía nada (el azar había originado que el corte coincidiese con una de las líneas del pantalón). En dos segundos, empezó a brotar la sangre. El pinchazo no era profundo, pero sangraba de forma más que significativa.

Como es habitual, no cabe aquí contar toda esta historia, que precede a la que tiene justo protagonismo hoy, pero sí creo necesario decir que el chico que había clavado la navaja a mi compañero no llegó a ser expulsado ni un solo día del instituto, todavía no llego a entender por qué. No quiero ni pensar que estaban acostumbrados (que no lo era el caso). Tampoco quería pensar que fuese el miedo a las represalias. Y otro apunte: decidió clavar la navaja a mi amigo, simplemente, porque se lo había apostado con un colega a cambio de un cigarrillo. Para que veáis lo sencillas que son las cosas del clavar.

Muchos años después, trasladamos nuestra historia a una clase de 2.º de BUP (3.º de ESO). Cuando el primer día me dispongo a pasar lista, reconozco esos apellidos al instante. Miro la cara del chaval y noto un inconfundible aire de familia. La misma forma de la cabeza, el pelo lacio y con un corte similar. Le pregunto: ¿”Tú eres hermano de…?”. Él me contesta con una sonrisa que, inmediatamente, interpreto como sarcástica. “Sí”, me dice. Al día siguiente, cuando vuelvo a pasar lista, me dice: “Mi hermano te manda recuerdos”. Y yo vuelvo a pensar en películas de miedo y lleno mi cabeza de pájaros de pésimos augurios. En los días siguientes, Alberto, que así se llamaba el hermano del navajero, siempre me mira de reojo y sonríe. Siempre contesta a mis preguntas de manera lacónica.

Mi asociación de Alberto con su hermano y las navajas duró mucho más de lo que cuento aquí. Con el tiempo, sin embargo, descubro que Alberto no tiene nada que ver con su hermano. Su sonrisa no es aviesa ni endiablada. Es, simplemente, una sonrisa. Y su forma lacónica de contestar es, simplemente, una forma de ser. Alejado ya de los prejuicios, nunca vi un mal gesto en Alberto, nunca una mala intención. Es cierto que no era muy buen estudiante y que le gustaba mucho más distraerse durante las clases que aprovecharlas, pero eso no hacía de Alberto deudor de ninguna de las malas mañas que le precedieron. Esto me enseñó lo perjudicial que es montarse una película sobre la enseñanza con un guion preestablecido.

Por cierto, más tarde me enteré de que el hermano de Alberto me mandaba unos saludos sinceros que nada tenían que ver con otra cosa que no fuera con el recuerdo de un compañero al que no se le daba nada mal jugar al baloncesto. Y ahora veo unas cuantas veces a Alberto durante el año. Trabaja en un bar al que voy con cierta frecuencia a comer unos pinchos que me encantan. Me recibe siempre con esa sonrisa que le caracterizaba ya a los 16 años. Y yo se la devuelvo con otra sonrisa, esa con la que tenía que haber recibido a Alberto desde el primer día. Sin ningún tipo de prejuicios.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Guillermo Ruiz.

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La historia de hoy sería muy larga, pero la resumiré lo más posible para quedarme con lo esencial.

Pongámonos en el contexto inmediatamente anterior a lo que voy a contar: Acto primero. Es el segundo año en el que imparto la asignatura de “Análisis del lenguaje publicitario” en la universidad. Hay más de cien personas en una clase (las aulas inmensas que había por aquel entonces en la Facultad de Derecho) para hacer un examen. Llevamos casi quince minutos desde que ha empezado la prueba de la convocatoria de junio. Sin llamar siquiera a la puerta ni pedir permiso para entrar, dos personas irrumpen en la clase y emprenden el ascenso para sentarse. Yo les digo que no pueden entrar al aula. Uno de ellos dice: “Pero, venga tío, joder, no te pases, enróllate”. Y yo, además de reconvenirle por expresarse de ese modo, le hago saber que hay alumnos que han entregado el examen y ya han salido del aula, por lo que es del todo imposible que ellos entren. Uno de ellos se marcha, comprensivo, y el otro suelta una argumentación digna de la mejor filosofía griega en la época de Pericles a voz en grito mientras sale: “¡Mecagüendiós, mecagüendiós!”. Una intervención impecable

Acto segundo. Después de la convocatoria de septiembre, toca uno de los días de revisión de examen. Llega el chico de los modales perfectos, de la labia del mejor Demóstenes. Había venido a ver el examen (que estaba suspenso). Yo le digo: “Tienes 87 faltas de ortografía”. Él me dice: “Sí, bueno, pero quiero ver qué fallos tiene el examen”. Yo le digo: “Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía”. Y él vuelve a la carga: “Si, ya me lo has dicho, pero yo venía a ver qué me ha salido mal en el examen”. Y yo le digo: “Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía”. A lo que él me espeta: “Ya te oído. ¿Pero me puedes decir de una vez por qué coño he suspendido el examen”. A lo que yo le digo, con paciencia y sin modificar el tono de mi voz: “Tienes 87 faltas de ortografía”. Él se levanta, y diciendo algo así como “Joder, el pavo, me tiene manía”, sale del despacho dando un portazo.

No es la primera vez que hablaré de las faltas de ortografía en los exámenes. Creo que tengo otras tres historias, al menos, dignas de ser contadas sobre el particular. Pero no me negaréis, en cualquier caso, que esta es significativa. Por cierto: el examen, al margen de las 87 faltas de ortografía, estaba plagado de fallos e inexactitudes.

La historia tuvo un tercer acto, pero no lo pienso contar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cuito Cuanavale.

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