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La Navidad. Parece que no, pero sí

La Navidad se acerca. Parece que no, pero sí. Y estaréis pensando que es evidente, que basta con fijarse en los supermercados hace semanas, en las calles, en algunas tiendas, en casas en los que el árbol de ha adelantado a las necesidades y a las circunstancias. Pero yo suelo tener una venda en los ojos que me impide contemplar lo que ve todo el mundo. Me pongo la venda antes de la herida y continúo así mucho mucho tiempo, como si nada ocurriese. Durante días y días, camino de puntillas para que el tiempo no me (lo) note. 

En los ratos libres cuando el día termino y llego al hotel, sin embargo, he descubierto una de mis grandes contradicciones. Tengo un par de películas de esas de ambiente navideño que están entre mis favoritas. Y no pienso deciros cuáles son. Felices sueños, sueños felices.

La imagen es de Travis Leech.

Listado de malas personas (con nombre y apellidos)

Un listado de malas personas ha de ser, necesariamente, personal e intransferible. Aunque podríamos llegar a un acuerdo para catalogar de forma universal a unas cuantas personas malas (casi todas tienen bigote), lo más frecuente es que los listados de esa categoría suelan ser individuales, aunque compartidos, puede, entre algunos familiares, amigos y allegados.

El propósito fundamental de esta entrada no es crear(me) enemigos, puesto que, a buen seguro, las personas a las que voy a calificar de «malas» me tienen también señalado a mí con la mira telescópica del francotirador, sino que mi objetivo, más bien, consiste en registrar de manera más o menos aséptica alguna reflexión y hacer público un catálogo de animadversiones justificadas.

Menos mal que esto es una reflexión a vuela pluma y no tengo que acudir a fuentes bibliográficas para definir el concepto. ¿Qué es ser una mala persona, en qué consiste y qué características tienen las personas malas? Serán respuestas que dejo al imaginario colectivo en el que, más o menos, todos solemos estar de acuerdo.

Pero vayamos al turrón, que siento ya la impaciencia de los lectores.

Tengo que decir que afirmar la maldad absoluta de una persona constituiría una necedad por mi parte. Pienso ahora en unas cuantas personas nefandas y convertirlas en malas en sí mismas las convertiría en mera caricatura. Es normal que tendamos a la brocha gorda, al trazo exagerado de los defectos en las personas que nos caen como el culo, pero hay que reconocer que, a buen seguro y con ejemplos en la mano, alguna cosa buena o alguna virtud pueden tener. Puede ser.

¿Qué personas malas conozco? Muchas. Muchísimas. Es fácil reconocerlas: me han hecho daño o me lo hacen todavía. No califico como plenamente malas a las que (me) lo provocan de forma inconsciente (aunque es bueno vitalizar el pensamiento reflexivo). Me refiero, más bien, a aquellas que se lo piensan y que, probablemente, se relamen en su maldad. O no en su maldad, de la que no son conscientes porque (quién sabe) todo el mundo piensa de sí mismo que es bueno, sino en su deseo de fastidiar al personal en general o a mí en particular.

A todo el que haya llegado hasta aquí, también le parecerá pertinente el que pueda obviar mi «malapersonidad». Es cierto. De hecho, no serán pocos los que están ávidos de estas líneas por lo mala persona que les parezco. Que uno es humano y no de piedra, por lo que arrastra no pocos pensamientos aviesos. Creo que una de las características más típicas de las malas personas es considerarse buenas frente al enemigo, siempre malo. Pero, como son sentimientos recíprocos, la maldad ronda por todas partes, por todos los frentes.

Bueno, que me enrollo. Vamos a ello. Sigamos.

Decía más arriba que conozco a muchas personas malas. Algunas me cayeron mal un tiempo y sigo en ello. Otras me cayeron mal, pero se me ha olvidado por qué. Otras, objetivamente, no me caen nada bien, pero contemplo sus acciones o sus omisiones con unos ojos más amables. En ese listado que voy a hacer público dentro de nada, no sería justo meter a todo el mundo el mismo saco. Otras tenían rasgos de malos-malísimos, pero era solo de cara a la galería. Es posible, incluso, que haya algunos que se creían malos, pero lo fueran en forma de algodón de azúcar.

He tenido que afilar el lapicero para sacar toda mi maldad (hay que ser muy malo y rencoroso para hacer una lista de personas malas), recuperar mi peor yo, regurgitarme de malos recuerdos o despertarme conscientemente de hechos actuales.

Y, puestos a ello, me doy cuenta de que he conocido nada más a una persona con la que he experimentado y deducido consecuentemente solo defectos y ninguna virtud. Era tan mala (hace muchos años que no tengo noticia de ella) que no es que fuese exclusivamente mala conmigo, sino que no vi tampoco ningún rasgo de bondad para ningún otro conviviente/sufriente.

Tuve la mala suerte de coincidir con él en un trabajo anterior, hace ya muchos años. Había prometido nombre y apellidos, pero, como en los periódicos, aunque no le concedo la presunción, le pondré las iniciales: M. D. B. Quizá tampoco se merezca mucho más.

Y ya estaría. Lo demás, es una escala de grises. Y a mí me gusta mirar hacia lo más claro.

Con imagen de Fryless.

 

Una de cal y otra de tristeza

En el famoso dicho de «Una de cal y otra de arena», nunca he llegado a saber cuál es el término positivo y cuál el negativo y, aunque podría guglearlo ahora mismo, prefiero quedarme con la duda.

La entrada de hoy iba a estar proyectada en dos polos antagónicos, como la cal y la arena. En una parte iba a sacar toda la mala leche y en otra iba a hablar de cosas delicadas.

Se ve que me voy haciendo mayor. Cada vez me da más pereza enfadarme contra el mundo. O, mejor dicho, contra algunas de las malas personas que deambulan por este mundo. Así que la cal me va a servir para enterrar los exabruptos de lengua viperina.

Y me quedo con la tristeza como estado bello en el que habitar el mundo. Resignado a disfrutar solamente de las alegrías a tiempo parcial, hay una tristeza en la que te encuentras, con la que te identificas y, al final, con la que te acostumbras a convivir.

Viene todo esto a colación de mi última lectura, la novela El baile del reloj, de Anne Tyler. Quizás no sea una novela triste, eso lo dejo para que opine cada uno. Pero a mí, como me ocurrió ya con El turista accidental, los personajes de Tyler me dejan un profundo poso de tristeza. Me ocurrió primero con ese viajero que deambulaba por el mundo para escribir guías de viajes y me ocurre ahora con Willa, un personaje en la encrucijada.

Esa manera de emprender los viajes para no quedarse, esa prosa calmada y detallada, cargada de emociones, que me sirven para escribir en el reverso de mi vida. Porque, en la vida, siempre hay una de cal y una de tristeza.

Con imagen de Camil Tucan.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

Tarde de piscina – un error de cálculo, buscando mi territorio, un entrenamiento suave, cambio con frutos secos y horchata. Y baja el sol y el ánimo en mi corazón

un error de cálculo

La tarde comienza con un tremendo error de cálculo: el miedo a que las calles cortadas por la meta de la Vuelta a Burgos dejasen cortadas algunas calles me han llevado a dejar aparcado el coche cerca del recinto de la piscina y volver corriendo a casa a mediodía. Por la tarde, enfundado con la camiseta y las mallas, con una gorra para protegerme de un sol de justicia, he arrastrado mis pies con muy pocas ganas. Nunca costó tanto llegar al paraíso.

buscando mi territorio

El césped de la piscina es una marca continua de territorios. Cada uno lo extiende como quiere y como puede, como si no hubiera pandemia, como si no existiesen más que ellos en el universo. Como casi todo el mundo, tengo algunos sitios preferidos, sobre todo aquellos en los que al principio hace sol pero, a medida que avanza la tarde, empieza a reinar una sombra deliciosa. Pero un par de chicas tienen extendidas unas toallas de ochocientos metros cuadrado; una pareja mayor tiene esparcidas las sillas en un sitio, las toallas en otro, las bolsas en otro; uno de los huecos posibles está cerca de un grupo que no para de hablar de cosas intranscendentes a volumen brutal. Hay sitio en otros lugares de la piscina, pero yo lo quiero en ese. Al final, tengo suerte y un ente solitario se marcha dejando el sitio perfecto.

entrenamiento suave

Con las idas y vueltas corriendo (trotando más bien), me daba pereza entrenar, pero hoy tocaba una sesión más o menos suave de 2 800 m, así que he ido con calma cuando había que ir. Para no aburrirme, pienso en mis cosas, claro. Para no aburrirme, juego y entreno la respiración. Largo respirando a derecha, largo respirando a izquierda, largo respiran cada tres. De tanto no querer aburrirme, empiezo el juego de alternar respiraciones: cada dos, cada tres, cada cuatro, cada cinco, cada seis y cada siete. Y la respiración se resiente y dejo de aburrirme. Tanto, que en la serie siguiente propongo aburrirme con algo más rutinario. Se me ha puesto a tiro alguien que nada dos calles más allá y voy a cazarle.

cambio de parcela buscando el sol con frutos secos y horchata

Salgo de la piscina y un señor ha puesto su silla tan cerca de la mía que, si estuviese en las condiciones idóneas, me hubiese dejado embarazado. Le digo algo porque no sé callarme y él me dice que lo siente. Me da tanta pena que me cambio de sitio yo, buscando un poco de sol y recuperándome con un puñado de frutos secos y pasas que degusto uno a uno, una a una, para que me duren. Y un poco de horchata.

baja el sol y el ánimo en mi corazón

El sol, que me calienta hasta reconfortarme por fuera y por dentro, va tomando esos ángulos de agosto que hacen que se oculte pronto. Vuelven las sombras y baja el ánimo en mi corazón. Hoy la tarde concluye cogiendo bastante pronto ese coche, ese que lo ha provocado todo.

unas cenizas en una urna, un momento prodigioso de lectura, dos imbéciles, dos chapuzones y tres cervezas

unas cenizas en una urna

Ayer empezó el día con una mezcla de tristeza, de reflexión y de encuentros. En el cementerio de Miranda de Ebro, se enterraría una urna con las cenizas de una persona muy querida de mi familia. Había muerto hace ya tiempo, pero la pandemia había evitado que esos restos de polvo enamorado reposasen en el lugar adecuado. Miré la lápida y encontré los nombres de parte de la historia familiar y me conmovió, al ver mi apellido allí escrito, ser consciente de que quedamos ya muy pocos y ni querer pensar siquiera quién puede ser el siguiente. Como siempre ocurre en los duelos, los muertos nos sirven para reconciliarnos con los que quedan, que en este caso eran personas a las que hacía muchísimos años que no veía, e incluso otras personas a las que no conocía pero que están muy próximas en la memoria de la familia.

un momento prodigioso de lectura

Casi nunca abandono de un libro (si dijera que uno de los pocos que he abandonado en varias ocasiones ha sido El señor de los anillos seguro que más de uno me guardará rencor eterno). Pienso que puede que llegue una frase sorprendente, un personaje que fascina, una recuperación prodigiosa, qué se yo. Estoy leyendo Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro. No es que no me estuviese gustando, es que me estaba confundiendo y desconcertando porque recorre un sendero que no era esperado. Y ahí estaba yo, por la tarde, una vez asentado en la piscina, avanzando en la lectura, cuando he arribado a un pasaje maravilloso. Podía verse venir, pero yo estaba despistado en mi desasosiego. Y todo encaja en la manera que a mi me gusta que encaje las lecturas, desarmándome y revolviendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza.

dos ímbéciles

Las tardes de piscina dan para mucho, sobre todo cuando has vuelto de un acto luctuoso, has comido pronto y quieres refugiarte del sol en una sombra fresca y amena, con el sonido de agua como telón de fondo. En el devenir de las horas, pasan conocidos con los que charlas de manera más o menos detenido, con los que compartes agradables palabras intrascendentes, saludos (cordiales casi siempre, protocolarios y circunstanciales algunos), te pones al día de las vidas o qué se yo. Fue así con unas cuantas personas y, aunque la tarde fue más o menos afortunada, tuve la mala fortuna de encontrarme con dos imbéciles. Uno me hizo una de las preguntas más tontas que he tenido ocasión de responder y otro me contó de manera pormenorizada una vida, la suya, que me interesa solo en lo superficial y no en los detalles con los que fue machacando más aún que la tarde de calor plomizo.

dos chapuzones

No fue un entrenamiento como tal porque ayer era un día en el que tocaba recuperar, así que utilicé la natación para refrescarme, para gozar del agua, para notar la respiración y convivir con ella, para saber compartir la felicidad del cuerpo para que la mente se anime.

tres cervezas

En las tardes de piscina, hay un largo momento de privacidad, salpicada de esos encuentros de los que hablaba, de baños y de lecturas. Cuando las horas avanzan, me reúno siempre con unos buenos amigos. Tres cervezas, unas patatas fritas, una buena conversación y unas risas sirvieron para finalizar.

Cenizas, nombres familiares, encuentros, lecturas que te reconcilian, imbéciles que siempre son menos que las personas a las que consideras o a las que aprecias y baños de frescor hacia fuera y hacia dentro.

Otra día. Y una tarde de piscina.

Escribir es algo que se olvida (Me olvidé de escribir, hoy me toca callar)

Ayer escribía sobre la facilidad y rapidez con la que se pierde la destreza en la escritura. Cuando acabé de componer esta entrada sobre la no-escritura, aconteció una desgracia: por esos recónditos quicios del azar, me vino a la cabeza la canción «Me olvidé de vivir», aquella de Julio Iglesias… y estuve algo así como tres horas canturreando para mis adentros «Me olvidé de escribir». Que un vivales como Julio Iglesias afirme que se olvidó de vivir me pone a mí en un grave aprieto, pero yo no pensaba en eso ni en nada, solo intentaba quitarme de la cabeza esa melodía y esa forma de cantar de nuestro cantante internacional, egregio, que a mí me espanta. La duermevela todavía mantenía el pulso entre la vida que corre sin freno, la vida que se vive un momento, el juego de los sentimientos y los aplausos envueltos en sueños, hasta que pude descansar.

Me levanté a las cuatro de la mañana a beber un poco de agua y, cuando rellenaba el vaso por segunda vez, me llegó otra vez la melodía con pequeñas trazas de la letra. Mezclaba la experiencia de la vida con la de la escritura, pero yo solo quería volver a la cama, conciliar el sueño, dormir sin vivir y sin escribir, solo descansar, descansar solo. Y me pregunto ahora, a media tarde, si olvidarse de escribir es olvidarse de vivir o de sufrir o de gozar o de pensar.

Y llegué al «Hoy me toca llorar» de la canción pensando si debería finalizar con un «Hoy me toca callar».

Escribir es algo que se olvida

He intentado escribir de cuatro o cinco maneras diferentes que escribir es algo que se olvida, pero no he sabido cómo ponerlo palabra por palabra, bien redactado y con los sintagmas en su sitio. Cada vez que cambiaba algo, era para peor. La alternativa a ser incapaz de escribir que escribir es algo que se olvida —me aferro a esa expresión, que es la única que se me ocurre de forma inmediata e intuitiva— es no escribir sobre el acto de escribir.

Como soy muy cabezota, me empecino en escribir sobre el acto de no escribir, como me ocurre en muchas otras ocasiones, aunque el hecho de abandonar esa tensión y dejarme en manos de la desgana gane siempre por una diferencia abultada. Ahora me limito a escuchar a Art Pepper, pensar en las musarañas y en ese saxofón que oscila entre las paredes del salón. Y dejar abierta la puerta.

No escribir es muy sencillo para el que no escribe nunca, pero también para todos los que se sienten aturullados de palabras. Cuando escribir es menos que una decisión, pero más que una necesidad. Me gustaría saber decirlo, pero se me ha olvidado porque ahora todo este milagro compositivo se me encasquilla, se me resiste y se me revuelve en ese espacio que habitó entre la cabeza y las manos.

Un impulso no basta y toda la paciencia del mundo tampoco. Quizás debería intentarlo en un poquito a poco, pero entonces escucho el piano de Oscar Peterson y me vengo arriba, como ese sol de mi ciudad, que en ocasiones gana a las nubes y se asoma entre los estertores de un final de primavera de catorce grados centígrados.

Si supiese dibujar, dibujaría. Si supiese cantar, cantaría. Como no sé escribir, porque se me ha olvidado (quizás nunca he sabido), escribo. A ver qué pasa, a ver qué me pasa.

Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.