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Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.

Profesores de 150 años

De manera casual, me he encontrado últimamente algunos mensajes en las redes sociales escritos por profesores que acaban de llegar a las aulas. No hace mucho que dejaron de ser ellos los alumnos y ahora han pasado al otro lado. Me refiero, claro, a todos los que están en las aulas por vocación y no por obligación.

Entre ellos, afortunadamente, es frecuente encontrar mensajes cargados de ilusiones mezcladas, por supuesto, con ciertas dosis de miedos e inquietudes, propios de quien se enfrenta por primera vez a esa experiencia y que resultan más que comprensibles. Saben que están llenos a partes iguales de sabiduría e ignorancia. Que les queda todo un camino por recorrer siendo conscientes —también— de todas las naves que les condujeron hasta aquí y que, a veces, es necesario quemar.

Sin embargo, reconozco que me llena de estupor leer mensajes cargados de insolencia y de menosprecio hacia quienes son los destinatarios de nuestras enseñanzas. Son mensajes recriminatorios en torno a todas las supuestas ignorancias de los alumnos. Por supuesto, estos neoprofesores están instalados en una presunta superioridad que no emana de una realidad, sino de una descompostura apabullante.

Cuando uno docente entra en el aula, ha de ser muy consciente de que se encuentra ante un conjunto de personas a las que tiene que formar tanto en su colectividad como en su individualidad. No hay mundos perfectos, sino contextos reales. No hay conocimientos ideales, sino circunstancias y situaciones concretas, a veces muy poderosas, a las que un profesor ha de hacer frente, pero no para criticarlas, sino para solucionarlas. No hay seres cargados o no de sabidurías, sino de personas con una capacidad muy elevada para aprender. En vez de manifestar críticas o poner cara de superioridad y de asco, un docente tiene que ir cargado de todas sus ilusiones, de toda su ciencia, de todo su entusiasmo, de toda su humildad y de toda su perseverancia. El proceso de enseñar no surge de la ciencia infusa, sino del contagio. El que comunica con desprecio contagia desprecio. El que comunica desde un pedestal o un púlpito no demuestra su autoridad, sino que se distancia de manera inexorable de aquellos a los que debería tener cerca. La enseñanza no es un campo de minas, sino una tierra que se siembra con proximidad, con humildad y con la sabiduría de quien sabe que no sabe casi nada y que es capaz de aprender mucho en ese proceso de contacto con sus estudiantes.

Hay profesores que llevan toda una vida en el aula y siguen con la ilusión (casi) intacta. El contacto humano con sus estudiantes los va enriqueciendo día a día. Me pongo muy triste, sin embargo, cuando descubro que hay profesores que llevan en el aula muy poco tiempo y parece que llevasen 150 años. Resabiados y malogrados, pesimistas, apocalípticos. Cuando un docente entra en el aula, tiene que respirar ese aire nuevo, remangarse y ser conscientes de que hoy, gracias a su trabajo, gracias a todos esos seres humanos que comparten ese espacio, empieza todo.

La imagen es de Id Aarno.

Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Felizqué

Que sí, que la Navidad está sobrevalorada. Quizás la navidad no, no lo sé, tampoco lo he pensado mucho. Que ya sé que, a fuerza de sonreír, aunque sea un rictus y no felicidad auténtica, hay algo dentro de nuestro cerebro que desencadena un efecto que no sé cómo se llama. Un conocido mío, iluminado él, me decía que él se ponía un lapicero en la boca y lo mordía para subir las comisuras de los labios y funcionaba. Yo me quedaba maravillado escuchándole. No por lo del ejercicio de sonrisa felificera, no, sino por el convencimiento que tenía de que tenía que ser un lapicero. Luego le miré los dientes y lo entendí todo. Tenía unos dientes perfectos y esa sonrisa falsa/verdadera no se había estropeado porque hincaba los dientes en algo blandito, madera. Un estilográfo le ponía en la boca, no te jode, a ver de qué se alegraba, mordiendo por el rotringdelcerodos para obtener una muesca que no se le iba a quitar en su puñetera vida. Un rotulador edding550 sería una alternativa, para que el mordisco se le hiciese grande y toda la alegría de la huerta se le fuese regando con el chorrillo de saliva que le provocaría la boca abierta.

Que no, que no soy el Grinch, que pesados. Quizás no sea un christmaslover, pero soy propenso a que me dé un poco igual todo, imaginaos lo poco que me cuesta abstraerme de todo y de muchos. Y sí, no me gustan los villancicos, no me gustan. Y sí, me gustan algunas películas navideñas, mira por dónde. Que uno se contradice en lo que quiere o con lo que puede. Que me veo Solo en casa uno y dos siempre que se tercie. Que La jungla de cristal es uno de los motivos por los que vivo, señoras y señores, con John McClane redimiéndose con el mundo y, sobre todo, consigo mismo, conmigo mismo, con todo lo que se menea y a lo que no pega tiros. Y, en el colmo de los oxímoros, tengo a Love actually en el limbo. Me parece tan bonita y tan triste y tan decadente y tan empalagosa y tan tierna y tan cínica y tan… que la veo y la reveo para ir poniéndome en el lugar de muchos de sus personajes. Pero no voy a decir cuáles, pedazo de cotillas.

Y dejo para un párrafo aparte Qué bello es vivir. Que sí, que yo soy áspero para las relaciones personales y para mostrarme afectuoso y para ser el más majo del barrio. De todos esos cargos soy culpable. Pero la ficción es la ficción y me gustan esos cuentos con ogros capitalistas y príncipes con principios, me gusta que Búfalo no quiere dormir, no quiere dormir, no quiere dormir. Y los gimnasios con piscinas agazapadas por abajo. Y los albornoces que se enredan y los pomos de las escaleras que se desprenden (bueno, eso en la ficción, no podría aguantar eso en la vida real, me daría un soponcio, lo confieso). Y los discos y que se llamen con esos teléfonos que yo no he conocido pero mi padre sí. Y que los ángeles caigan del cielo porque no se han ganado las alas. Y las sorderas obtenidas en los lagos helados y los hermanos que triunfan y tú te quedas por el camino del negocio familiar para sacar todo adelante. Es todo tan ficticio, tan exagerado, tan imperfecto en su desarrollo y tan perfecto en sus finales que parece una filosofía de vida que no comparto y que, precisamente por eso, amo.

Felizqué, amigos y amigas, felizqué. No me veréis mandar una felicitación estandarizada por wasap, lo siento mucho. Y solo contesto aquellas que están personalizadas y añaden algo a lo que no sea una lista de contacto. Mandé ayer una felicitación ayer a una amiga que estaba cenando sola. Un abrazo a una familia a la que se le fue un pilar. Y otra a otro amigo al que quiero y aprecio por muchas razones y que es al único al que le felicito, por puro placer, el Año Nuevo.

Vivimos tiempos difíciles, quién lo duda. Tiempos con distancias que se agrandan y con abrazos que no llegan. ¿Y sabéis qué? Que yo también espero que llegue algo que nos reconforte. Pero nunca he pensado en que la Navidad fuese un tiempo para esto y para aquello. La navidad está hecha para ser un conjunto de días que se pasan con el tiempo. Como la juventud, como la vida y como la risa de ese conocido con el lapicero en la boca. Y, a modo de final: nunca he aguanto ver un edding550 mordido, con los colmillos ahí marcados para siempre. Pero siempre quedará el olor del napalm o de la tinta permanente que es así porque no se va nunca.

(Esto, hoy, va sin foto).

Un ayer inmejorable con Ángel González

Os voy a hablar de un día inmejorable, pero necesito, antes, un poco de contexto.

El prólogo

Si estuviera ante la angustiosa —imposible— necesidad de elegir a un poeta preferido, escogería a Ángel González. Lo descubrí, en esas casualidades maravillosas que nos ofrece la fortuna, ojeando una antología. Abrí el libro por una página cualquiera y empecé a leer eso de:

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
….

Y mi vida cambió para siempre. Pasé de un poema a otro, me compré la antología de Cátedra de sus poemas y llegué casi de inmediato a Palabra sobre palabra. Tengo un ejemplar firmado «A mi amigo Raúl», que es uno de mis tesoros más queridos, y vuelvo a él siempre porque, para mí, Ángel no desaparece nunca.

Un amanecer desde lo alto

Como ya he dicho hace poco, corro desde el amanecer para alcanzar muy pronto a las alturas bellas de mi ciudad. Y el viernes tocó llegar hasta el Castillo. Atravieso el puente Bessón y, por la calle Barrantes, y, ya siempre en cuesta, llego hasta el arco de Fernán González para empezar el tramo más duro. Hay unas escaleritas muy cortas y al lado una rampa. Elijo la rampa sabiendo que necesitaré de todos los impulsos. Luego arribo a un tramo de tierra en el que la cuesta viene marcada por unos troncos atravesados. Si das la zancada de uno en uno, te quedas corto. Si das la zancada de dos en dos, sabes que tienes que sufrir las consecuencias. Escojo la segunda opción. Apenas unos metros de falso alivio hasta alcanzar el final. Un kilómetro clavado desde mi casa.

Entre todas las inmensas posibilidades, me encamino hacia el Mirador, que ofrece una visión tan maravillosa de la ciudad que me obligo a pararme mucho más por la necesidad de belleza que por la necesidad de descansar.

El Mirador no son las alturas de Vetusta ni la Riesenrad de Viena

Cuando llego hasta el Mirador para contemplar la belleza de la ciudad, no puedo evitar acordarme de don Fermín de Pas, que sube a las alturas de Vetusta para contemplar con ansia depredadora todos los rincones de la ciudad. Tampoco puedo olvidarme de la noria de Viena y de Orson Welles como ese Harry Lime que contempla a los demás como insectos prescindibles. En mi caso, contemplar las alturas supone esa visión de conjunto que se desglosa después a través de los días, los meses, los años que he vivido en Burgos. Me sirve para hacerme partícipe, en su pequeñez, de una ciudad que suelo recorrer a tamaño real todos los días sin apreciar los detalles del conjunto.

Bajando para vivir

Subir es bajar, inevitablemente. Y bajo enredado por todas las callejuelas, todos los enredos y todos los misterios de una ciudad que despierta. Y enfilo el paseo de La Isla para hacer un largo espín de más de cuatrocientos metros de iba. Rodeo el árbol que, al final del paseo, está cerca del puente Malatos. Y hago una larga serie en progresión hasta volver a la rutina.

Disfrutar con gente grande

Por la tarde, tengo la suerte de ir a ver un partido de baloncesto después de meses y meses contemplando el deporte de mis amores por la televisión. Me acuerdo de todas las horas de entrenamiento que hice allí en ese lugar hace tantos años. De muchos de los tiros que fallé, de algún lanzamiento importante que anoté. Mientras veía a esos gigantes, me acordaba de cómo fui iniciándome en este deporte de gente grande siendo yo pequeño, de cómo tuve que aprender a defender y a defenderme, de cómo tuve que cambiar de cometido y de función.

Muy pronto me empecé a olvidar de mí porque el partido fue creciendo junto con esos gigantes de hoy y, después de unas cuantas dolorosas derrotas, lograron llegar al final y pelear y creer en que era posible. Y vencer. Me fui a casa con el intermedio de una caña y una ración de calamares.

Rompiéndome los tímpanos con el techno

Llegué a casa, me puse los auriculares para acabar el día con música techno. «Techno Prank» de Dubdogz.Ouça, «Freaks» de MC Dj K. Y «Scream Shout» de will.i.am & Britney Spears. Subo el volumen hasta que, con el orden rítmico, se ordenan, las ideas, y se mezclan y se reordenan. Y repito con otra versión de «Scream Shout», para percibir cada impulso, cada palabra.

Noche y braquicardia. Ayer y Ángel González

Da igual qué día sea. Cuando avanza la noche y ya todo es ayer, mi corazón entra en reposo. Durante bastantes minutos, entro en esta braquicardia que procede de ser deportista de fondo. El corazón ronda las 36 o 38 pulsaciones pase lo que pase.

Y, al despertar, me acuerdo de ayer. Era sábado, pero me ocurre todos los días de mi vida. Y me mimetizo con el poema:

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Así, siempre es ayer. La fotografía refleja ese momento sublime en el Mirador del Castillo.

Carpe diem con Blade Runner

No quería empezar así, que va, nada más lejos de mi intención. Tampoco quería comenzar el párrafo de esta manera, ni de broma. Puede que a alguien le interese el «carpe diem» porque tengan poso o porque sí o porque le dé por pensar en subirse a una silla como signo de protesta. Aunque luego esos que lo piensan se hayan doblegado a alguien o a algo, quién no lo ha hecho (doblegarse, no pensar en subirse en una silla: yo, de hecho, me he subido, pero no como alumno y no para cambiar una lámpara). Y, desgraciadamente, cada vez hay menos gente a la que le interese Blade Runner. Y tenéis que saber que, en ese caso, estáis muertos para mí, meros replicases de segunda (generación). (Blade Runner «la buena», aunque tengamos que hablar un día de ella, Dani, de la del 2049 con una marinera y unas cuantas cervezas, si has llegado hasta este párrafo intrigado).

Yo quería hablar de cosas mucho más prosaicas, de esas que se escuchan en la tele. Esta tarde, mientras posponía todas mis tareas, me dedicaba a ver un programa de televisión (grabado, para saltarme los anuncios, qué cuco yo) y he oído a alguien famoso y afable y simpático decir que lo que hay que hacer es vivir la vida y disfrutarla. Y yo he pensado que sí, que estamos de acuerdo. Que la eudamonía está ahí como meta para todos, que la cosa está en encontrar caminos.

Y sí. Y no. Porque pensaba yo, mientras sentía que el programa seguía circulando por mis ojos y mis oídos, que se trataría de eso, de vivir la vida y disfrutarla. Pero no sé vosotros, pero yo la vivo a un 47,43 % y la disfruto a un 29,85 % (siendo generosos). Que no es inconformismo, qué va. Que no es quejarse de vicio, qué va, aunque un poco sí. Que no sé lo que es esto que tenemos entre manos, tan corto, que no nos acaba de llenar. No sé si me explico, seguro que no. Pero vaya mierda de poso que, cuando queda cada vez más agua, más difícil es de evitar.

Y que ya sé que a lo mejor no es tanto esa visión demasiado exultante de vivir la vida y disfrutarla, sino algo con el foco más puesto en vivir y aprovechar el momento. Y ahí la hemos liado. Que aprovechar es algo muy difuso y con el que puede que no todos estemos de acuerdo. Pero, desde luego, no es sinónimo de disfrutar, no tiene por qué. Pero acabo/acabamos tan cansado/s de intentar aprovechar el momento en el sentido más práctico que no lo aprovecho, que no le saco sustancia ni sinsustancia. Ni accidentes. Que es un vacío que no sé dónde está, pero se respira y se huele y palpa. Y la boca te sabe mal cuando te despiertas, cuando duermes y cuando pasas por el día a día cojeando tus miserias.

Y eso, que me acuerdo mucho de Blade Runner y de ese anuncio luminoso de Coca-Cola con esa invitación al «Enjoy», en una ciudad y una civilización que se está muriendo, con invitaciones a marcharte muy lejos, a un quinto pino que está en el espacio exterior. Que es un espacio fuera de nuestra planeta, pero también externo, puede, a nosotros mismos. Y que, en algún momento, hay que meterse en un ascensor y esperar que se cierre la puerta para que acabe la película. Que es una puerta que abre a algún sitio que puede no ser el paraíso.

Aunque, ahora que lo pienso, llevo desde el mes de marzo sin montarme en un ascensor que me haga subir o bajar. Lo que tengo muy claro es que soy tan míseramente humano que no llego a replicante. A replicarme. A repicarme. Preferiría huir, qué duda cabe. Pero todavía tengo que rendir cuentas y protestar y poner los dedo sobre los párpados del Padre y apretar con toda la rabia que tengo no proviene de ser perecedero, sino de no encontrar la salida al laberinto. De vivir.

La imagen es de Dragan.

anquilosado

Definitivamente, mi escritura está anquilosada. No fluyen el pensamiento en las palabras, las palabras vuelan tan alto que se me escapan o tan bajo que se meten en el fango. Días y días escribiendo borradores de una frase, de cuatro párrafos. Expresiones que no conducían a ninguna parte. 

Conozco parte del problema, pero ignoro todo lo que puede llevar a su resolución. Todo lo que en la cabeza parecía perfecto sale mal y no hay manera de seguir. ¿Dónde se quedó la fantasía, dónde la libertad para teclear y que fuesen emanando los sentidos? ¿Cómo narrar las ausencias, cómo todas las caídas?

Me lleva mucho tiempo comprender que no comprendo nada. Me agobia pensar que no podré volver a juntar unos sentimientos que ronden por ahí, atraparlos y hacerlos brotar en esta soledad acompañada.

Son las 19.24 de la tarde y escucho canciones tristes que me inspiren y no lo consigo. Desplazo una cortina y me encuentro con una calle casi vacía. Un coche avanza despacio. Una mujer lleva a su hijo pequeño en el cochecito. Pasan al menos tres minutos hasta que llega una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Son las 10:27 por la mañana y he pasado la noche durmiendo, con un interludio de un partido de tenis. El amanecer ha coincidido con una pieza de fruta, leche con cacao puro-impuro (mezclo el cacao puro con un pelón de cacao del malo para privar de una excesiva amargura), un panecillo abastecido de margarina y mermelada de melocotón. Acompaso la ingesta entre el frío de la mañana, que se acrecienta con la ventilación (siempre ventilo un poco más de lo necesario).

Después, he leído la prensa y un poco de novela, agazapado en el sofá entre las mantas. Luego, el «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma: «No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia».

Miro en el reloj la temperatura que hace fuera e intento el momento de salir a correr porque no quiero que el frío de la mañana se sincronice con el frío que siento por dentro. Me lanzo, por fin y el frío se mitiga gracias a un sol magnífico que va templando el alma. En un camino de ascensos y ascensos, el corazón se desboca y me siento cada vez más pleno. El descenso concluye hasta un paseo calmado que me hace retornar a casa.

Son las 12:24 y vuelvo a la calme con estiramientos, con música y con yoga. Voy al despacho, enciendo el ordenador y consulto unas referencias bibliográficas que no me dicen nada, olvidado su contexto. Avanzo a tientas y acabo por no llegar a ninguna parte.

Después de comer, intento calmar ese vacío con una película de hace mucho para recordar lo mucho que me ha gustado durante años Michelle Pfeiffer. Su belleza se mezcla con la bruma de un sueño profundo a veces, liviano otras, con el que voy rescatando parte del argumento y recupero esa tristeza de comprobar que, como otras dos veces ya en mi vida, Robert Redford muere en la misma película.

Paseo por la casa intentando evitar incursiones al frigorífico, tomo dosis quizás demasiado elevadas de Coca-Cola (Pero) y vuelvo al despacho.

Son las 18:54 y escucho canciones en francés. Hoy he trotado en un círculo vicioso que, no conduciendo a ninguna parte, me ha transportado a través de porciones de sentimientos para no descubrir que, más allá, no hay nada. Miro por la ventana. Veo a una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Imagen de Etienne.

El futuro era esto

Tantos presentes cotidianos esperando para descubrir que, al final, el futuro era esto: inquietud, desconfianza, miedo.

Tantos pasados menospreciados pensando que lo mejor esta por venir para constatar que, al final, el futuro era esto.

Ayer paseaba en las horas cercanas al retorno obligado a nuestras casas. Entre los árboles, el río, las nubes y la luna, descubrí que, afortunadamente, el futuro también era esto.

(Fotografía tomada ayer mientras la ciudad anochecía)

Cuando la vida zozobra, pon música

No importa lo que pase. Si todo va bien, canta y baila. Si las cosas se tuercen, pon música.

Si optas por canciones tristes, te servirá para que esa tristeza supure por tus heridas, para que brote por tu epidermis y se convierta en un acto de contemplación o de redención, un momento de reconciliarse con las cosas bellas. Si optas por canciones alegres, sube aún más el volumen (si puedes, todavía un poco más: los auriculares también valen para no cabrear a todo el barrio). Que tu corazón salga del latido mustio y se vaya acelerando hasta que retumbe.

No quieras ser trascendente, no pretendas ir más allá de tus fuerzas. Sal de los límites y vuelve a las canciones de tu adolescencia o a las canciones que le gustaban a tu madre y que canturreaba a todas horas o a todas aquellas que no pasaron a la historia de la música.

Si echas a alguien de menos, no dudes y elige esas canciones importantes. Extiende como una alfombra toda la lista de los momentos que os unieron, pero apuesta también por otras melodías que supondrán una nueva senda, la senda de vuestro futuro.

No descartes tampoco subirte a los clásicos de los clásicos. Escala todo lo alto que quieras y prueba a mezclarlos en cócteles imposibles.

Pero, por encima de todas las cosas, hay algo que tienes que tener en cuenta. Cuando sientas que el silencio es atronador, no dejes que el momento revierta en afonía. En este caso, huye de la música callada y piensa en algo más parecido a una soledad sonora. Cuando sientas que tu vida pasa por unos instantes de zozobra, pon música.

Entrada escrita en una tarde en la que sonaban The Corrs, Artic Monkeys, Bach, Pretenders, Moby, M-Clan, Coque Malla, Efecto Mariposa, Immaculate Fools, Mikel Erentxun, Indigo Drone, McEnroe, Jovanotti, Fangoria, Kool Hertz, Muse, Rod Stewart, Chopin, Leo Sayer y The Thorns. Y alguna más.

La fotografía es mía, pero no la había colgado —todavía— en ningún sitio.