— Verba Volant

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Contrastes

Es septiembre y (algunos) volvemos. Esto significa, entre otras cosas, que nos hemos fuimos y que no nos hemos quedado. Podemos llamar a este período vacaciones, por ejemplo.

En el tiempo de retorno, los informativos televisivos llenan minutos hablando del estrés de la vuelta, lo mismo que llenaron minutos durante julio y agosto diciendo que algunos no desconectaban. Y todo nos suena —a mí, al menos— a patraña, a serpiente sempiterna de verano.

No hay que darle más vueltas, creo. Volver no es tan malo, al menos en muchos trabajos. Y creo que no tendría que ser traumático. El tiempo vacacional se entiende desde la perspectiva necesaria y agradecida de tener un trabajo. Sin él, la pausa no sería. Y la vuelta a la rutina nos marca un camino al que nos debemos. Nos encontramos con lo de siempre y con cosas nuevas, con pilas de trabajo acumulado y con ilusiones renovadas. ¿Qué tiene de malo? Volver llorando no nos ayuda nada ni en nada. La nostalgia es mucho peor que el recuerdo: entornar los ojos con la queja nos impide la imagen vívida de lo disfrutado.

Hemos estado de vacaciones (algunos, claro) y tampoco entiendo el regodeo en cada instante de de cada día, la necesidad de retratar, fotografiar y narrar cada segundo. No sé si es para enseñarnos o, más bien, para inventarnos un estado de felicidad permanente (que, por supuesto, no existe).

A mí me gusta mirar al pasado con la nitidez de la imaginación y contemplar presente con la nebulosa de la ilusión.

Síndrome, dicen, no me fastidies.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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Las vacaciones de verano, que iban a ser muy productivas antes de que empezasen y, ahora que están a punto de acabar, se han revelado como un escalón que conduce a un abismo de días vacíos respecto a todas las promesas intelectuales que me había hecho a mí mismo.

Una entrada al día al día, me dije entonces. O, mejor, el desarrollo de las anotaciones precisas para esa historia con la que llevo desde hace unos dos años. Pero las anotaciones continúan y el desarrollo no se desarrolla. Leída alguna al azar, ahora, se convierten en pequeños retazos de algo que ya no existe o que no sé por qué existía, una porción mínima de algo al que ya no le encuentro el sentido.

Leer esas notas significa evidenciar todo lo que ya no recuerdo. O quizás no tanto no recordar, sino olvidar, que no sé si es lo mismo. No recordar como algo orgánico y olvidar como algo predominantemente involuntariamente consciente o voluntariamente volátil. Sea una cosa u otra, significa quedarse sin el pasado que se quiere seleccionar y sobre el que se quiere subrayar, engrandecer o manejar.

Nada es perfecto y menos nuestras vidas, que se encarrillan con demasiada frecuencia a todos aquellos abismos por los que no deseamos precipitarnos. El consuelo que me quedaba ante ese punto de partida era el poder consignar todo aquello por lo que se sufre, delinear todo aquello por lo que transige, silenciar todo aquello por lo que se ama.

Pero de todo ello han quedado apenas unas pocas líneas, unas hojas en formato electrónico que se perderán en la selva de muchas otras, amasadas sin ningún tipo de criterio ni de prelación estética. Sin un Sin una circunspección que las ordene, sin un murmullo dulce que las lea y las aprecie.

En todo esto me encontraba hasta hace unos minutos, cuando he abierto el frigorífico. He tomado un tercio de una porción de tarta de queso que compré ayer el la pastelería Geltoki de San Sebastián. Las únicas salidas de mi ciudad que me he permitido a lo largo del verano han sido cuatro viajes a Guipúzcoa, en los que la rutina, de un modo u otro, ha sido nadar y nadar, pasear, comer, pasear, comer un helado, tomar un pincho y una caña y un pincho. Nunca con ese orden salvo el mar. Casualmente, me topé la última vez con esa pastelería y esa tarta. Y ayer, al iniciar la rutina de evitar la parte vieja, llena de algo que ya no es su esencia, e ir a la plaza Easo para estar en el centro sin estar descentrado, volví al establecimiento para paladear de nuevo esa delicia.

No soy Proust, ya me gustaría. Y la tarta de queso es mucho más reciente en mi vida que esa magdalena en el té. No obstante, yo ahora estoy mojando la tarta con el sabor dulce del salitre del mar y pienso en todo lo que me queda para acabar un verano con poca memoria, mucho olvido, pocas líneas y paciencia. Mucha paciencia.

Me hubiese gustado poner una foto a esta entrada, pero se me ha olvidado.

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Es una foto de un torso masculino. Para ser exactos, no solamente un torso, puesto que el encuadre llega hasta la boca. Es un cuerpo fibroso, en el que se adivinan todos los músculos (llaman la atención los hombros, los pectorales y los músculos abdominales). Sin embargo, los auténticos protagonistas son los brazos, que aparecen retratados en su envés muy cerca del cuerpo, a escasos centímetros, en un momento de máxima tensión. Esta tensión se despliega desde abajo, con unos puños cerrados que se diría que están haciendo mella en las palmas de las manos, hasta cada centímetro de su recorrido, dibujado por todas las venas y arterias que podría mostrar el más detallado manual de anatomía. Todo este aparato circulatorio esta marcado de forma exagerada, desmesurada y desbordante. Cuando se aprecia con más atención la fotografía, se ve que el recorrido de las venas se vislumbra también en los hombros (no tanto, sin embargo, en el cuello, en el que restalla, eso sí, el esternocleidomastoideo).

La imagen desvela tensión, es indudable, pero la boca nos desvela algún detalle adicional en ese cuerpo acostumbrado al deporte o al gimnasio (en todo caso, al ejercicio extremo). Y ahí radica el auténtico valor de la fotografía. Es un cuerpo que refleja, más allá de la tirantez y la presión, un inusitado sufrimiento que no está justificado tanto en el cuerpo como en el temperamento o en el carácter.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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Estaban ayer encendidas las redes por un titular que apareció en varios periódicos, como este de El País: «Uno de cada ocho hombres cree que podría ganar al tenis a Serena Williams» o este de Público: «Uno de cada ocho hombres cree que ganaría a la leyenda del tenis Serena Williams». Ambas noticias se recrean en la denuncia del machismo en el deporte poniendo el grito en el cielo basándose en un dato procedente de una encuesta realizada por YouGov.

Ambos titulares, claro está, son escandalosos. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que puede vencer a esta magnífica deportista, poseedora de más títulos de Grand Slam que Roger Federer. Creo que ni siquiera al machito más triunfalista se le puede pasar por la cabeza, a no ser que sea jugador profesional de tenis y esté relativamente bien situado el el ranking. Como creo que esa no es la situación de ninguna de las 1 732 personas a las que se les planteó esta cuestión, pienso que es preciso desentrañar este misterio de tintes prepotentes y supremacistas en el que un 12 % de hombres (y un 3 % de mujeres) piensan que pueden ganar a la campeona estadounidense.

Y el misterio, que se prolonga durante la noticia de Público, no dura ni medio segundo en el interior de la noticia de El País. Porque la pregunta que se les planteaba a este buen número de británicos era «Could you win a point off Serena Williams?», es decir, «¿Podrías ganar un punto a Serena Williams?». Las respuestas se desmenuzan y segregan según ideología política, género, región, edad o nivel de estudios. Los resultados, a mi juicio, revelan varias cosas. Una, que un 12 % no tiene ni idea y, por lo tanto, no entra en juego. Y, acudiendo al género, sorprende la diferencia entre las respuestas de hombres y mujeres. En el que las mujeres son, desde luego, más prudentes o menos prepotentes.

Pero la miga está en hacer de esta respuesta un canto contra el machismo imperante. Se es machista contra Serena Williams de forma tristemente frecuente y desde ángulos muy distintos, pero creo que no es el caso de la pregunta de marras. Porque hablamos de un punto. Me hubiese gustado que la pregunta se hubiese planteado respecto a un tenista masculino de primer nivel como Djokovic, Nadal o Federer. Probablemente, hubiese habido más de un flipado que afirmase que era capaz de ganar un punto a estos tenistas, pero nadie con las funciones mentales estables y bien conservadas se atrevería a afirmar que es capaz de ganar un partido ni a Serena ni a ningún tenista de nivel, ni masculino ni femenino. Pero un punto, en un partido de tenis, puede provenir de una devolución demasiado fuerte, un deseo de adornarse intentando poner la pelota en la misma línea o dar a la bola con un efecto endiablado cuyas revoluciones se quedan en el lado de la red que no tocaba.

También se olvida que la encuesta en cuestión, de manera general, es tonta a más no poder. Se compone de otras dos preguntas, además de la de Serena: «¿Alguna vez te has inventado una excusa para evitar ir a una despedida de soltero?» o «¿Piensas que luces más vestido o desnudo?». O, lo que es lo mismo, que no es el colmo de preguntas dignas de un sesudo estudio sociológico, vamos.

El problema es que nos dejamos llevar —nos ocurre a todos— por un titular, alguien lo pone en un tuit sin haber leído la noticia y, por lo tanto, sin haberla digerido, y un conjunto de comentaristas de tecla fácil realizan juicios sobre lo que no existe. Seguimos en el mundo de la caverna, querido Platón. Todo son creencias y conjeturas.

Imagen de Chris Pelliccione.

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Siempre que me han preguntado —y me he preguntado— cuál es el primer recuerdo que tengo de pequeño, me han venido a la mente dos. Uno, muy íntimo y que nunca digo, es cómo jugaba en la casa de mi infancia en un largo pasillo, arrastrándome primero y corriendo a trompicones después. El segundo, que es el que manifiesto en voy alta, es el del día que el ser humano llegó a la Luna. El hecho en sí lo apoyo, además, con unas palabras de mi padre, que me dijo mientras veíamos la televisión: «Fíjate bien, Raúl, que este es un día que vas a recordar para siempre».

El acontecimiento, en sí, es tan importante y el recuerdo emotivo tan fuerte que siempre me ha parecido digno de mención. Siempre me he sentido, pues, muy orgulloso de que el ser humano llegase a la luna y yo estuviese allí para guardarlo como el primer recuerdo de mi existencia en este mundo, que ya se prolongaba hacia el Universo.

Sin embargo, creo que ha llegado el día de reconocer que mis recuerdos no son tales.

En cuanto al primero e íntimo, el del pasillo, porque es totalmente imposible que pueda recordarme a mí mismo reptando por el pasillo. La clave de mi recuerdo se encuentra en una foto, que he rescatado de un álbum familiar, en la que me encuentro exactamente como mi recuerdo: solo, sentado en mitad del pasillo, con un baby pequeño o un babero grande precioso de felpa que me hizo mi madre (ese sí lo recuerdo porque lo he visto mucho más tarde, lo recuperé en su día). En definitiva, el hecho en sí ocurrió y yo solo me he limitado a encajar esa fotografía en la cadena memorística de mi imaginación.

En cuanto al segundo, digno y memorable, tenía yo 1 178 días cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, lo que supone unos tres años y un poquito que me temo que quizás no sean suficientes para fijar un recuerdo en la memoria. Todo esto aunque vea esas imágenes casi con idolatría y tengan un significado aún más especial para mí. Todo esto aunque reviva las palabras de mi padre para unir todo el amor familiar con ese acontecimiento científico, humano, de primera categoría.

Lo que sí creo a pies juntillas es que yo estuve allí. Creo con fe ciega que mi padre, según me aseguró mil veces, me dijo esas palabras, que acompañan mi vida desde hace tantos años.

En definitiva, la llegada del ser humano a la Luna supuso, para mí, un primer paso como criatura que imagina y recrea, un gran salto para mi humanidad.

(Reflexión muy oportuna hoy, 16 de julio de 2019, día en el que partió la misión Apollo 11 en su viaje hacia la Luna, surgida a partir de la lectura del magnífico libro Nuestra mente nos engaña, de Helena Matute).

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Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

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Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres «extraños» que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de «normalidad» que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: «Coño, Berengario». En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba «Pájaro» cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

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Como habéis podido comprobar, a lo largo de esta serie hablo, sobre todo, de alumnos. Decidí no hablar más que de forma ocasional de otros profesores y solo de forma tangencial y por alusiones sobre los padres. En suma, es una serie de historias de alumnos en todas sus individualidades. Aprovecho esta pequeña introducción para apuntar algo que desarrollaré quizás otro día, quizás en otro lugar (de este blog o fuera de él): no escribo la historia de los alumnos, así, en general, sino la historia que yo sé y tal y como yo la viví. A lo largo de estas semanas, he tenido ocasión de charlar, con un café, Coca-Cola o caña de por medio, pero también a través de WhatsApp, del correo o los mensajes directos de Twitter con alguno de los protagonistas (o con protagonistas que, a su vez, son amigos de otros protagonistas). Y se extrañan de que me acuerde de un detalle y que, sin embargo, no cuenten otro que a ellos les parece relevante y que ocurrió en otra clase o en otra capa de sus vidas. No ejerzo de narrador omnisciente. Cuento lo que vi desde el ángulo en el que lo veía (a lo que se añade, claro, todo el sumatorio modificador de la memoria). A lo más que llego, como en alguna narración de finales del XIX, es a encaramarme a un banco para adivinar lo que ocurre en el interior de una casa intentando que mi cabeza deduzca lo que apenas contemplan mis ojos.

Pero vayamos a la entrada de hoy que, como digo, es una excepción. Hoy, por primera vez y creo que por última, hablaré de un colectivo. Lo he titulado «Los que nunca fueron jóvenes», que no es otra cosa que decir «Los que siempre fueron viejos».

Si existe algo maravilloso en nuestra profesión, es, sin duda, el estar en contacto con personas jóvenes. Es cierto, a veces esos millones de neuronas que mueren a borbotones y se regeneran de forma esplendorosa en esas edades puede dar dolores de cabeza. A veces, cuando se llega a determinadas etapas de la vida, quizás a algunos les produzca pereza. Pero no hay nada que pueda compararse al acto de ver crecer los cuerpos y las mentes, los deseos que son impulsos y los impulsos que son deseos, el partir casi de cero para negarlo todo, para planteárselo todo como si nada antes hubiese existido. Negar la autoridad y aceptar las normas a regañadientes. Sublevarse ante lo que es injusto y ante lo que —tan solo— lo parece.

Cuando hablo de alumnos que siempre han sido viejos no hablo de alumnos que son maduros, que han adelantado en meses (pocos o muchos) el proceso natural de la edad. Personas que pueden ser más prudentes, analíticas o reflexivas. En definitiva, cuando hablo de viejos, hablo de viejos. A veces, no hay manera de explicar las cosas si no es a través de tautologías. Ya di alguna pista de ellos cuando hablé del alumno que siempre llevaba limpios los zapatos. Iba a descender a hablar de ellos con ejemplos, pero me ha asaltado la desidia y me ha entrado una flojera que se extendía desde las meninges hasta las puntas de los dedos.

La verdad es que les dedico una entrada cuando no tengo mucho que decir sobre ellos. De forma automática, se puede decir que muchos profesores sentimos cierta aversión por ellos, pero no es cierto. A mí, personalmente, me provocan sensaciones que van desde la desconfianza a la pena.

Desconfianza, porque no llego a admitir que estén perdiendo de forma tan triste la única y maravillosa «enfermedad» que se cura con el tiempo. A medida que cumplimos años son tantas veces en las que uno echa la vista atrás con ciertos visos de nostalgia que no podemos entender que haya personas que desperdicien de forma tan inútil sus presentes. De alguna manera, siento esa desconfianza cuando percibo cierto orgullo impostado en sus actitudes. Pena, porque ves que se rodean de pensamientos viejos, de ideologías viejas, de costumbres viejas. Se regodean en su propia perfección de sentirse perfectamente viejos, endiosados y blandiendo los estandartes de un sentido y unos juicios que no les corresponden en ese período de sus naturalezas.

Da igual lo que se les sugiera, lo que se les diga, a lo que se les empuje. Los alumnos viejos siempre obedecen de la misma manera a unos principios que parece que revolotean por encima de ellos como buitres que les arrebatan la libertad de pensar de la manera más irreflexiva, de gritar de la forma más espontánea. Como profesor, uno tiene que lidiar con todo. Lo que me gusta y lo que no me gusta, lo que le produce desconfianza y lo que le produce pena. A veces, tiene que pintarse con un barniz en el que resbalen todas las opiniones. Pero reconozco que a mí me pone muy feliz rodearme de personas que piensan que siempre serán jóvenes, con todos los futuros siempre por delante.

Y vosotros, ¿habéis conocido a algún compañero viejo cuando erais jóvenes?

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Petalouda62.

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