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Contrastes

Estaban ayer encendidas las redes por un titular que apareció en varios periódicos, como este de El País: «Uno de cada ocho hombres cree que podría ganar al tenis a Serena Williams» o este de Público: «Uno de cada ocho hombres cree que ganaría a la leyenda del tenis Serena Williams». Ambas noticias se recrean en la denuncia del machismo en el deporte poniendo el grito en el cielo basándose en un dato procedente de una encuesta realizada por YouGov.

Ambos titulares, claro está, son escandalosos. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que puede vencer a esta magnífica deportista, poseedora de más títulos de Grand Slam que Roger Federer. Creo que ni siquiera al machito más triunfalista se le puede pasar por la cabeza, a no ser que sea jugador profesional de tenis y esté relativamente bien situado el el ranking. Como creo que esa no es la situación de ninguna de las 1 732 personas a las que se les planteó esta cuestión, pienso que es preciso desentrañar este misterio de tintes prepotentes y supremacistas en el que un 12 % de hombres (y un 3 % de mujeres) piensan que pueden ganar a la campeona estadounidense.

Y el misterio, que se prolonga durante la noticia de Público, no dura ni medio segundo en el interior de la noticia de El País. Porque la pregunta que se les planteaba a este buen número de británicos era «Could you win a point off Serena Williams?», es decir, «¿Podrías ganar un punto a Serena Williams?». Las respuestas se desmenuzan y segregan según ideología política, género, región, edad o nivel de estudios. Los resultados, a mi juicio, revelan varias cosas. Una, que un 12 % no tiene ni idea y, por lo tanto, no entra en juego. Y, acudiendo al género, sorprende la diferencia entre las respuestas de hombres y mujeres. En el que las mujeres son, desde luego, más prudentes o menos prepotentes.

Pero la miga está en hacer de esta respuesta un canto contra el machismo imperante. Se es machista contra Serena Williams de forma tristemente frecuente y desde ángulos muy distintos, pero creo que no es el caso de la pregunta de marras. Porque hablamos de un punto. Me hubiese gustado que la pregunta se hubiese planteado respecto a un tenista masculino de primer nivel como Djokovic, Nadal o Federer. Probablemente, hubiese habido más de un flipado que afirmase que era capaz de ganar un punto a estos tenistas, pero nadie con las funciones mentales estables y bien conservadas se atrevería a afirmar que es capaz de ganar un partido ni a Serena ni a ningún tenista de nivel, ni masculino ni femenino. Pero un punto, en un partido de tenis, puede provenir de una devolución demasiado fuerte, un deseo de adornarse intentando poner la pelota en la misma línea o dar a la bola con un efecto endiablado cuyas revoluciones se quedan en el lado de la red que no tocaba.

También se olvida que la encuesta en cuestión, de manera general, es tonta a más no poder. Se compone de otras dos preguntas, además de la de Serena: «¿Alguna vez te has inventado una excusa para evitar ir a una despedida de soltero?» o «¿Piensas que luces más vestido o desnudo?». O, lo que es lo mismo, que no es el colmo de preguntas dignas de un sesudo estudio sociológico, vamos.

El problema es que nos dejamos llevar —nos ocurre a todos— por un titular, alguien lo pone en un tuit sin haber leído la noticia y, por lo tanto, sin haberla digerido, y un conjunto de comentaristas de tecla fácil realizan juicios sobre lo que no existe. Seguimos en el mundo de la caverna, querido Platón. Todo son creencias y conjeturas.

Imagen de Chris Pelliccione.

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Siempre que me han preguntado —y me he preguntado— cuál es el primer recuerdo que tengo de pequeño, me han venido a la mente dos. Uno, muy íntimo y que nunca digo, es cómo jugaba en la casa de mi infancia en un largo pasillo, arrastrándome primero y corriendo a trompicones después. El segundo, que es el que manifiesto en voy alta, es el del día que el ser humano llegó a la Luna. El hecho en sí lo apoyo, además, con unas palabras de mi padre, que me dijo mientras veíamos la televisión: «Fíjate bien, Raúl, que este es un día que vas a recordar para siempre».

El acontecimiento, en sí, es tan importante y el recuerdo emotivo tan fuerte que siempre me ha parecido digno de mención. Siempre me he sentido, pues, muy orgulloso de que el ser humano llegase a la luna y yo estuviese allí para guardarlo como el primer recuerdo de mi existencia en este mundo, que ya se prolongaba hacia el Universo.

Sin embargo, creo que ha llegado el día de reconocer que mis recuerdos no son tales.

En cuanto al primero e íntimo, el del pasillo, porque es totalmente imposible que pueda recordarme a mí mismo reptando por el pasillo. La clave de mi recuerdo se encuentra en una foto, que he rescatado de un álbum familiar, en la que me encuentro exactamente como mi recuerdo: solo, sentado en mitad del pasillo, con un baby pequeño o un babero grande precioso de felpa que me hizo mi madre (ese sí lo recuerdo porque lo he visto mucho más tarde, lo recuperé en su día). En definitiva, el hecho en sí ocurrió y yo solo me he limitado a encajar esa fotografía en la cadena memorística de mi imaginación.

En cuanto al segundo, digno y memorable, tenía yo 1 178 días cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, lo que supone unos tres años y un poquito que me temo que quizás no sean suficientes para fijar un recuerdo en la memoria. Todo esto aunque vea esas imágenes casi con idolatría y tengan un significado aún más especial para mí. Todo esto aunque reviva las palabras de mi padre para unir todo el amor familiar con ese acontecimiento científico, humano, de primera categoría.

Lo que sí creo a pies juntillas es que yo estuve allí. Creo con fe ciega que mi padre, según me aseguró mil veces, me dijo esas palabras, que acompañan mi vida desde hace tantos años.

En definitiva, la llegada del ser humano a la Luna supuso, para mí, un primer paso como criatura que imagina y recrea, un gran salto para mi humanidad.

(Reflexión muy oportuna hoy, 16 de julio de 2019, día en el que partió la misión Apollo 11 en su viaje hacia la Luna, surgida a partir de la lectura del magnífico libro Nuestra mente nos engaña, de Helena Matute).

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Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

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Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres «extraños» que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de «normalidad» que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: «Coño, Berengario». En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba «Pájaro» cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

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Como habéis podido comprobar, a lo largo de esta serie hablo, sobre todo, de alumnos. Decidí no hablar más que de forma ocasional de otros profesores y solo de forma tangencial y por alusiones sobre los padres. En suma, es una serie de historias de alumnos en todas sus individualidades. Aprovecho esta pequeña introducción para apuntar algo que desarrollaré quizás otro día, quizás en otro lugar (de este blog o fuera de él): no escribo la historia de los alumnos, así, en general, sino la historia que yo sé y tal y como yo la viví. A lo largo de estas semanas, he tenido ocasión de charlar, con un café, Coca-Cola o caña de por medio, pero también a través de WhatsApp, del correo o los mensajes directos de Twitter con alguno de los protagonistas (o con protagonistas que, a su vez, son amigos de otros protagonistas). Y se extrañan de que me acuerde de un detalle y que, sin embargo, no cuenten otro que a ellos les parece relevante y que ocurrió en otra clase o en otra capa de sus vidas. No ejerzo de narrador omnisciente. Cuento lo que vi desde el ángulo en el que lo veía (a lo que se añade, claro, todo el sumatorio modificador de la memoria). A lo más que llego, como en alguna narración de finales del XIX, es a encaramarme a un banco para adivinar lo que ocurre en el interior de una casa intentando que mi cabeza deduzca lo que apenas contemplan mis ojos.

Pero vayamos a la entrada de hoy que, como digo, es una excepción. Hoy, por primera vez y creo que por última, hablaré de un colectivo. Lo he titulado «Los que nunca fueron jóvenes», que no es otra cosa que decir «Los que siempre fueron viejos».

Si existe algo maravilloso en nuestra profesión, es, sin duda, el estar en contacto con personas jóvenes. Es cierto, a veces esos millones de neuronas que mueren a borbotones y se regeneran de forma esplendorosa en esas edades puede dar dolores de cabeza. A veces, cuando se llega a determinadas etapas de la vida, quizás a algunos les produzca pereza. Pero no hay nada que pueda compararse al acto de ver crecer los cuerpos y las mentes, los deseos que son impulsos y los impulsos que son deseos, el partir casi de cero para negarlo todo, para planteárselo todo como si nada antes hubiese existido. Negar la autoridad y aceptar las normas a regañadientes. Sublevarse ante lo que es injusto y ante lo que —tan solo— lo parece.

Cuando hablo de alumnos que siempre han sido viejos no hablo de alumnos que son maduros, que han adelantado en meses (pocos o muchos) el proceso natural de la edad. Personas que pueden ser más prudentes, analíticas o reflexivas. En definitiva, cuando hablo de viejos, hablo de viejos. A veces, no hay manera de explicar las cosas si no es a través de tautologías. Ya di alguna pista de ellos cuando hablé del alumno que siempre llevaba limpios los zapatos. Iba a descender a hablar de ellos con ejemplos, pero me ha asaltado la desidia y me ha entrado una flojera que se extendía desde las meninges hasta las puntas de los dedos.

La verdad es que les dedico una entrada cuando no tengo mucho que decir sobre ellos. De forma automática, se puede decir que muchos profesores sentimos cierta aversión por ellos, pero no es cierto. A mí, personalmente, me provocan sensaciones que van desde la desconfianza a la pena.

Desconfianza, porque no llego a admitir que estén perdiendo de forma tan triste la única y maravillosa «enfermedad» que se cura con el tiempo. A medida que cumplimos años son tantas veces en las que uno echa la vista atrás con ciertos visos de nostalgia que no podemos entender que haya personas que desperdicien de forma tan inútil sus presentes. De alguna manera, siento esa desconfianza cuando percibo cierto orgullo impostado en sus actitudes. Pena, porque ves que se rodean de pensamientos viejos, de ideologías viejas, de costumbres viejas. Se regodean en su propia perfección de sentirse perfectamente viejos, endiosados y blandiendo los estandartes de un sentido y unos juicios que no les corresponden en ese período de sus naturalezas.

Da igual lo que se les sugiera, lo que se les diga, a lo que se les empuje. Los alumnos viejos siempre obedecen de la misma manera a unos principios que parece que revolotean por encima de ellos como buitres que les arrebatan la libertad de pensar de la manera más irreflexiva, de gritar de la forma más espontánea. Como profesor, uno tiene que lidiar con todo. Lo que me gusta y lo que no me gusta, lo que le produce desconfianza y lo que le produce pena. A veces, tiene que pintarse con un barniz en el que resbalen todas las opiniones. Pero reconozco que a mí me pone muy feliz rodearme de personas que piensan que siempre serán jóvenes, con todos los futuros siempre por delante.

Y vosotros, ¿habéis conocido a algún compañero viejo cuando erais jóvenes?

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Petalouda62.

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Tuve como alumna a Noelia (he dejado de poner la inicial real de cada nombre porque empezaba a ser una empresa imposible) hace poco tiempo. Se sentaba en la primera fila, en la parte izquierda de la clase. Al ser una asignatura de segundo semestre, empezábamos en febrero y lo primero que me llamó la atención de ella es que, durante la primera clase, estuviese en manga corta. No eran días de alguno de esos «veranillos» que se disfrutan por esas fechas. Al día siguiente, con la misma climatología, comprobé que seguía fiel a la manga corta, con una camiseta distinta. Asentada y asumida la manga corta, el objeto de asombro a partir de entonces era la variedad. Nunca repetía camiseta. Teníamos clase los lunes y los martes y, pasados algunos días, viendo que Noelia persistía en el uso de prendas de manga corta siempre diferentes, no pude evitar el impulso de preguntar. Ella me contestó de manera seria el lugar de internet en el que hacía los pedidos.

Descubrí el reverso de Noelia el día que entregó la primera práctica. En algunas ocasiones, es difícil descubrir cómo es un alumno desde el punto de vista académico durante las clases. Creo que en el nivel universitario es todavía más difícil: las reacciones de seriedad o ligereza, de apuntar ideas o evadirse con una mancha en la pared no son nada significativas y una actitud, significando una cosa, puede significar la contraria. Noelia hizo una práctica maravillosa. No solamente porque estaba perfecta desde el punto de vista conceptual, sino porque los ejemplos que había escogido para fundamentarla eran maravillosos y originales y distintos a todo lo que yo había visto hasta entonces. De hecho, descubrí algunos canales de humor en YouTube gracias a ella. Con esta práctica y las sucesivas, descubrí no solo la inteligencia prodigiosa de Noelia, sino su gran sentido del humor.

Noelia siguió demostrando, entrega tras entrega, su grandísima calidad como estudiante. Remató su participación en la asignatura con una prueba final magistral, llena de fina agudeza, plagada de buenas reflexiones, completa en casi todas las dimensiones. Y, como digo, siempre destacaba en ella su manera de interpretar los textos.

De manera inevitable, siempre pienso en la capacidad de Noelia para interpretar el humor (hay que subrayar que el humor es una herramienta especialmente útil cuando hablamos de la asignatura que imparto: Pragmática del español). Cierto es, sin embargo, que, en mi relación con ella como profesor, era muy difícil atisbar esa manera graciosa y ácida de contemplar la vida. Es cierto que se podía entrever una sonrisa maliciosa en algunas ocasiones. Puedo estar equivocado de parte a parte, pero me da la impresión de que Noelia no solo utilizaba el humor como escudo, sino como manera de enfrentarse al mundo. Yo intentaba involucrarla en las dinámicas de clase, pero creo que no lo conseguí nunca ni un poquito. Noelia, no sé por qué, estaba a años luz de esto y de otras muchas cosas.

Esta entrada, que iba a ser eminentemente descriptiva, creo que tiene que derivar hacia la explicación y la deducción. En ocasiones, por mucho que lo intente, un tipo concreto de profesor no llega a conectar con un alumno. Creo que Noelia aprendió cosas en mi clase. Pero, en ocasiones, un profesor debe contentarse con llegar a los objetivos meramente académicos. Ni siquiera llego a saber si le caía bien o mal a Noelia. En algunas ocasiones, me daba la impresión de que le caía como el culo. Pero el trabajo como profesor ha de consistir en enseñar a los alumnos y que los alumnos aprendan, así que no siempre se pueden conseguir círculos perfectos.

En este caso, Noelia siempre adaptaba formas que no eran caprichosas. Eran todas las variantes de dibujos y textos de sus preciosas camisetas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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No ha sido la primera vez que hablamos aquí de faltas de ortografía y, probablemente, no será esta la última ocasión en que nos tengamos que referir a esas borrascas de la enseñanza que a veces desencadenan huracanes.

Sin embargo, antes de que las nubes empiecen a ennegrecerse, empezaremos por el pronóstico del tiempo académico. En esto del oficio del enseñar, ni hay fórmulas mágicas ni todos contemplan la realidad del mismo modo. Digamos que, entre todos los alumnos que han pasado por mis aulas, puede mostrarse un contraste muy fuerte entre aquellos que acabaron encantados y otros a los que les atacaba el sistema nervioso. Había pocos indiferentes a los que les diese igual ocho que ochenta. Un servidor, estando, naturalmente, contento con los primeros, entendía también a los segundos. Soy una persona peculiar que, como todas las personas peculiares, tienen aristas que pinchan y, en ocasiones, pueden resultar molestas e incordiantes para algunos. Por lo tanto, en mis clases siempre había una diferencia térmica de más/menos 20 grados.

Y, en la sensación más térmica cercana al bajo cero, estaba Tomasa. Tuvo la mala suerte de toparse conmigo durante cuatro años (de 2.º de BUP a COU, repitiendo el de en medio). Tomasa era una estudiante que estudiaba poco. En sí misma, era un oxímoron. Es cierto que no tenía muchas habilidades para desenvolverse académicamente, y eso hacía que algunos de mis compañeros sintiesen compasión por ella. Pero a mí no me daba mucha pena por dos razones: la primera, porque tenía una disposición nula para enfrentarse a los problemas y mejorarlos; la segunda, porque, como acabo de apuntar, no se esforzaba lo más mínimo. En suma, gran parte de su devenir por el instituto se redujo a esperar de manera paciente a que le fuesen cayendo migajas en forma de aprobados.

Tomasa hacía un examen (de Literatura en 2.º, de Filosofía en 3.º, de Historia de la Filosofía en COU) y lo suspendía con unos errores de concepto bárbaros, con una falta de profundidad inusitada y con una desidia absoluta. La secuencia era siempre la misma: veía las correcciones y pedía revisar el examen. Yo le indicaba los errores, las contradicciones y las inexactitudes y ella asistía al acto como si la cosa no fuese con ella. Nunca aplicaba los consejos que se le daban. Creo que ni siquiera escuchaba lo que le decía. Eso sí, se mantenía con postura hierática y cara de asco nada disimulada durante todos y cada uno de los segundos que duraba la revisión. Creo que lo que esperaba era el aprobado por abrasión.

En clase, Tomasa buscaba que la dejasen en paz, que no le preguntasen, que pasasen de ella. Era una manera de manifestar al mundo que no quería trabajar ni esforzarse. Yo me negaba por sistema. Ella era una más y tenía que intentarlo. Porque el propósito de Tomasa era aprobar. Si ella hubiese sido de los alumnos que lo quieren mandar todo al carajo, quizás (solo quizás) hubiese dejado que nadase en ese mar tranquilo. Pero quería aprobar y eso no lo iba a conseguir por la cara.

Había pospuesto hablar de la historia de Tomasa porque es una sucesión de desencuentros. Recuerdo que, en una ocasión, vino a la revisión con su madre apareciendo como víctima de un complot mundial contra ella. Yo, de manera paciente, intenté hablar con delicadeza tajante pensando en un futuro primaveral, soleado y con viento agradable. Y no puedo seguir porque la historia sería una serie en en el blog con entidad propia.

Pero todavía no he hablado de lo peor que tenía desde el punto de vista académico Tomasa y que nunca —tampoco— tuvo intención de mejorar: su forma de expresarse y su ortografía. La redacción coherente era nula y las palabras de Tomasa parecían escribirse al arbitrio del azar más caprichoso. Tampoco en esto siguió ningún consejo. Ella pensaba que las letras se escribían por accidente o por una intervención divina o diabólica que no nacía de su mente y finalizaba en su mano.

Un día, sin yo esperarlo, llegó la perfección de todas las debacles. El examen empezó con viento racheado, con redacción confusa, las nubes empezaron a descargar lluvia en forma de tildes ausentes, un trueno cambió letras de sitio y el oleaje empezó a hacer de los papeles algo cada vez más innavegable. La carga eléctrica fue subiendo de forma inconmensurable hasta estallar en la perfección de todas las imperfecciones. Tomasa había escrito habéces. Sí, sí, como lo leéis. A veces, había visto escribir a veces de formas muy dispares. Palabras juntas, una tilde que se escapa de forma injustificada… pero nunca vi una falta tan sublime, tan estupenda, tan magnífica. Había llegado la tormenta —perdón, la falta de ortografía— perfecta.

¿Aprobó Tomasa al final? ¿Llegó para ella la calma? ¿Le llegué a caer bien, casi al final de los tiempos? Quizás lo cuente. Quizás lo cuente algún día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Dalibor Levícek.



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Escribir sobre Albano, lo confieso, es entrar en otra dimensión por muchos motivos. He estado durante tantos años a su lado como profesor; he presenciado tantos momentos suyos, buenos, malos y regulares; he empatizado con él tantas veces sin un solo desencuentro, que he pospuesto hablar sobre él aquí porque no sabía muy bien por qué historia empezar.

Hay muchas cosas de Albano que no puedo contar. Algunas, por el sagrado derecho de la privacidad que se establece cuando a un profesor se le cuenta algo de modo confidencial. Otras, porque no me da la gana. Pero tengo en mente muchas anécdotas que estarán plasmadas aquí sin ninguna duda.

Y he decidido empezar por el día en el que a Albano y a mí unos profes de algún que otro colegio pijo (no todos, que conste) nos acusaron de hacer trampas. Pero tengo que ir hacia atrás un año: se celebraba la primera edición del Concurso Hispanoamericano de Ortografía (ahora ya van, creo, por la XII edición). Las bases del concurso exigían pasar por tres fases: la fase escolar, en el centro, la fase provincial, la fase nacional… y de ahí al paraíso. En el momento en el que vi la convocatoria, empecé a calentar motores y a animar a mis alumnos poniendo a Cuba como destino, haciendo pasar por sus mentes el calor del Caribe, las playas de brisa amable, el encanto de La Habana… Iba destinado a los alumnos del último año de bachillerato.

Organicé la fase escolar realizando unas pruebas entre todos los alumnos. Los había muy buenos y estudiosos. Los había muy buenos y estudiosos e inteligentes. Y luego estaba Albano. Albano había pasado por el sistema anterior (el del BUP) y había repetido tantas veces que casi agota las hojas del libro de escolaridad. Solo la transición al nuevo sistema le permitió continuar. Ahora seguro que estáis pensando en un alumno díscolo, en un chico pasota, en un vago, en un malandrín, en qué se yo. Ninguna de estas cosas era Albano. Muy al contrario, se trataba de un chico muy inteligente y con una de las culturas más vastas e insospechadas para alguien de su edad. Albano barrió en la fase escolar con unos conocimientos prodigiosos.

Y el día de la fase provincial nos presentamos en el instituto Cardenal López de Mendoza. Llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando, nos fuimos saludando (obviamente, conocía a muchos de ellos: era amigo de alguno de ellos, había coincidido mil veces en otras circunstancias, alguno incluso fue profesor mío en el instituto). Luego, tanto los chicos como los profesores miraron a Albano. De arriba a abajo. Despacio. Porque Albano no vestía ni bien ni mal. Simplemente, tenía una forma distinta —ni zaparrastrosa, ni macarra, ni provocativa, ni nada, solo distinta— de vestir. Todos los demás, especialmente los que pertenecían a colegios privados, iban muy monos, decentes y elegantes. Parecía que la ortografía entraba por los ojos en forma de pantalón de pinzas con la raya bien planchada, en forma de falda plisadita con la altura justa, con camisa o blusa inmaculada, con jersey de cuello redondo del color de moda en aquella época.

El concurso empezó y, mientras los alumnos hacían los ejercicios en la sala de la biblioteca, una compañera del Mendoza, estupenda profesora y persona encantadora, nos fue contando historias muy interesante de este edificio tan maravilloso (para los que no son de Burgos, es preciso apuntar que la parte noble es del siglo XVI). Fuimos a tomar un café después. Un cuarto de hora antes de finalizar el ejercicio, volvimos al instituto. Esperamos en el claustro. Salieron los chicos y el jurado empezó a corregir los ejercicios. Se mascaba un ambiente de nerviosismo y tensión, mientras Albano y yo hablábamos de los encantos de Cuba. Después de media hora, salió el inspector de educación que ejercía de presidente del jurado y proclamó el nombre del ganador, que no era otro que Albano. Primero hubo un momento de estupefacción entre los niños monos, que miraban a sus profesores sin comprender nada. Después, las naturales felicitaciones, besos y demás. No puedo extenderme más en estos momentos: Albano acudió a la fase regional, que no ganó por un pelo (en forma de una palabra ignota que una chica, bien adiestrada y competente, supo adivinar). Y ahí quedó la cosa, no sin antes recibir para nuestro instituto una porrada de libros en forma de premio que nos vinieron de perlas.

Al año siguiente se convocó la segunda edición del concurso. Albano había repetido curso y, por lo tanto, formó parte de los alumnos que hicieron las pruebas en nuestro instituto. Y, por supuesto, volvió a ganar. Nos tocó ir al instituto Cardenal López de Mendoza. La circunstancia fue tan parecida que puedo hacer un copia-pega: llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando —y aquí se acabaron las similitudes y el copia-pega—, sus compañeros, monos ellos también ese año, miraron a Albano, que vestía, me imagino, con una réplica exacta de los ropajes que lucía el año anterior (ahora desvelo un detalle que creo que saben muy pocas personas: Albano vestía casi siempre igual, pero tenía muchas prendas diferentes a modo de réplica). Entre los profesores, en cambio, se produjo un movimiento extraño. Algunos cuchicheaban, empezaron a hablar unos con otros. Los representantes de tres colegios pijos hicieron una melé organizada de la que salió, en forma de balón, un portavoz que dijo: «Esto no puede ser, este chico es el mismo del año pasado. Esto es un fraude». En sus mentes de vidas previsibles, no podían concebir que un alumno que acudiese a ese concurso de mentes excelentes y memorias prodigiosas hubiese repetido curso. Cuando les comuniqué esta circunstancia de forma discreta y comedida, ellos pensaban que no era cierto, que estábamos haciendo trampas, que queríamos apear de la excelencia a su centro, que les arrebataríamos sus billetes de avión y estancia pagada a Colombia, los jugos bien mezclados en la barra del bar que habría, con toda seguridad, en un hotel de ensueño.

La cosa se calmó un poco. Mientras los alumnos hacían las pruebas, algunos compañeros nos fuimos a tomar un café con la profe del Mendoza. No estaba ninguno de estos compañeros que habían protestado, que me imagino que estaban indignados con una circunstancia tan inesperadamente inesperada, por lo que, en un ambiente relajado, yo les conté al resto (hasta donde les pude contar) cosas de Albano. Ya de vuelta al instituto, el presidente del jurado dijo el nombre del ganador, que fue una chica que ganó a Albano con solo un acierto de diferencia. Faltó un pelo

Y Albano y yo emprendimos nuestro viaje de vuelta a la realidad, a nuestro instituto. Y nos reímos del mundo, de la situación que nos tocó vivir, de los prejuicios y de la ortografía entre pantalones de pinzas bien planchados, entre faldas plisadas. Siempre a la altura justa. Hablaré más de Albano, que ahora es buen amigo. Siempre lo fue.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Turol Jones de la preciosa entrada del instituto Cardenal López de Mendoza.

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