— Verba Volant

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Contrastes

Hoy quiero contar de forma rápida un conjunto de cosas que me han pasado a lo largo de la semana.

La primera tiene que ver con una árbitra. Estaba viendo un partido del Autocid en la LEB Plata y se daba la circunstancia, afortunadamente nada extraña ya, de que los árbitros fueran dos, como siempre en esa liga, chico y chica. Es una cosa en la que ni siquiera reparo porque no tiene nada que ver con el juego. En todo caso, las primeras veces que ocurría me alegraba pensando que ya era hora de que arbitrasen mujeres en las ligas masculinas.

El caso es que el partido estaba todavía en los prolegómenos del calentamiento y un individuo que tenía delante decía a su amigo de al lado con voz bien alta lo guapa que era la árbitra. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre el aspecto físico de las personas que están a la vista y valorar su edad, su estatura, su cabellera o sus orejas. Incluso puede comentarlo a quien quiera, faltaría más, siempre que sea una conversación privada entre personas que quieren hablar de lo que les salga de las narices. Pero el tipo, al que llamaremos ya directamente el idiota, lo dijo con una voz rasgada y un volumen que no venía a cuento.

Todos los idiotas, al parecer, están encantados de reconocerse como tales porque lo de la árbitra guapa lo sacó a relucir alguna vez más. Lo auténticamente vomitivo aconteció cuando lo gritó un par de veces en voz alta a lo largo del partido para que ella lo oyera. Los árbitros están acostumbrados a todo menos a que les llamen guapos. Pero está claro que aquí nadie tenía por qué alegrarse de las ocurrencias de un tipo que tendría que callarse o ser más educado o yo qué sé. Pero es demasiado pedirle estas cosas a un idiota.

La segunda tiene que ver con Twitter. La policía municipal escribía un tuit contando el altercado ocurrido entre unos corredores y un ciclista. Este último debió sacar el candado a pasear por la cabeza de alguno de los corredores y se armó la de dios es cristo. Resulta que la policía, en una frase posterior hablaba de «el conductor». Yo les dije que el tuit no quedaba claro y ellos me respondieron que el que conduce era conductor, cosa obvia que todo el mundo sabe. Y yo les dije que, pese a ello, si dicen ciclista la cosa está más clara. Porque si yo cuento que «Un niño de siete que iba en bicicleta con su madre tuvo un problema por el carril bici. Una anciana iba a cruzar y el conductor no respetó un paso de peatones» la cosa no queda clara. Sin embargo, hubo cinco personas que le dieron un me gusta a la contestación de la policía sobre el concepto de conductor. Un listo incluso me dijo que me habían dado un rasca en toda la boca. Y yo me quedé pensando profundamente en esos cinco «me gusta» y me daba pánico la manera que tienen algunos de entender el mundo.

En resumen, al menos cohabitan en este mundo un idiota y cinco personas de pensamiento leve en este mundo. O, al menos, eso he podido descubrir a lo largo de esta semana. A algunos les parecerá poco, claro, aunque lo de la árbitra «guapa» no sea algo menor. Eso es que no han vivido la historia que ha ocurrido hoy en mi despacho durante cuarenta minutos interminables. Una historia que no contaré porque no tengo palabras.

La imagen es de Olle Svensson.

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ADVERTENCIA: después de escuchar algunas observaciones, la entrada que vas a leer no es exactamente como la que había escrito originalmente. Por un lado, el bueno, le he quitado un poco de sarcasmos; por otro, el malo, he subrayado algún aspecto negativo que me ha señalado Juan Ignacio (Carrasco), que también ha aportado una observación muy oportuna que he incorporado también. Ahí va.

En la puerta del baño de mujeres de la Facultad de Humanidades y Comunicación de mi universidad, alguien ha puesto el cartel que aparece en la imagen de un poquito más arriba.

CIERREN LA PUERTA

POR FAVOR

SALEN OLORES AL PASILLO

Lo veo todos los días antes de llegar a mi despacho por el pasillo y confieso que no me gusta nada. Por lo que alcanzo a saber, no es un mensaje puesto de manera «institucional» por el personal de información y conserjería, de mantenimiento o de limpieza, sino una «alegre» iniciativa de alguna persona escrupulosa.

El mensaje me parece poco adecuado desde todos los puntos de vista. Me pregunto si era necesario un mensaje como este, en el que abundan los detalles. «Cierren la puerta, por favor» me parecería lo correcto. Cualquiera con sentido común entiende que un enunciado como este tiene una razón que no hace falta especificar.

En un mensaje «extendido» como este, que detalla la propagación (y propalación) de olores al pasillo, «por favor» es un elemento que, lejos de resultar cortés, parece displicente y, si se me apura, ejemplarizante: el «universo» de las puertas para fuera, abiertas, sería el de las personas que no son conscientes del daño olfativo para los que circulan por el pasillo; el universo de las puertas para dentro, cerradas, es el de la contención necesaria y el de la buena educación. Pero el mero hecho de extenderlo y detallarlo provoca, a mi juicio, el efecto contrario.

Cuando veo el cartel, todos los días en toda su dimensión, no dejo de pensar que el mensaje me huele muy mal. Y ahora no deja de asaltarme una pregunta: ¿por qué la persona que ha puesto el cartelito ha decidido ponerlo por dentro en vez de por fuera?

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foto abajo izquierdo

Espero siempre con ilusión la llegada de las nuevas ediciones del festival Escena Abierta, un proyecto teatral que organizan la Universidad de Burgos y el Ayuntamiento de Burgos y que llega ya a 21 ediciones con propuestas muy interesantes e innovadoras alejadas del teatro convencional. Escena Abierta explora nuevos acercamientos al hecho dramático y acierta casi siempre. En suma, es vivificador para el panorama cultural burgalés que exista un festival de esta magnitud y calidad, en el que he tenido ocasión de disfrutar con obras auténticamente fascinantes.

Acudí el pasado lunes al Centro Cultural La Estación al estreno absoluto de Diagnóstico con grandes expectativas , una pieza artística de Abajo Izquierdo. En las noticias previas, nos decían que mezclaba psiquiatría y psicología clínica con el mundo del arte, que era una pieza que nos serviría para cuestionarnos los límites de la racionalidad, que nos enseñaría a situarnos frente a la locura y lo artístico. Todo ello, desde la intimidad del artista, en una sinceridad proyectada a partir de las acciones de los personajes. Al final, un psiquiatra o psicólogo clínico emitiría un diagnóstico.

Hay un espacio en el que están distribuidas unas «bisillas» (esas que ilustran la entrada) en las que nos invitan a sentarnos y no sabemos exactamente cuándo comienza la obra, porque hay una serie de problemas técnicos y ajustes que demoran su inicio y que no sabes si forman parte de la obra en sí o no. A la izquierda, hay una urna vertical, estrecha, en la que se encuentra un hombre desnudo. A la derecha, una urna vertical idéntica a la anterior en la que se encuentran unos personajes realizando esos ajustes y que será el ámbito de actuación de los dos personajes, un hombre y una mujer. En el centro, una pantalla para proyectar vídeo. Cuando la obra comienza «de verdad», me encuentro ante un gran dilema ético-artístico. Veo y escucho y no comprendo nada, aunque intento entender. Me digo a mí mismo que soy víctima de mi propia contradicción, porque sé que el arte no está hecho para ser entendido, sino para ser sentido. Pero no puedo evitar intentar sentir sin sentir, sin conseguirlo, y me vuelvo a interrogar para comprender por qué no logro meterme en la obra o, al menos, en el proceso de la obra. Porque la obra son esas dos cosas simultáneamente. Luego llega mi segunda contradicción: pienso que esto es una chorrada mayúscula que se le ocurre a cualquiera. Y revivo los momentos en los que me río de los que están ante una obra pictórica de vanguardia y alguien suelta aquello de «Eso lo hace mi hijo de cinco años». Sigo intentando introducirme en la obra y no pensar que es una puerilidad, cuando llega el momento.

Todo lo que intento comprender para gozar de la experiencia creativa, artística; todo lo que intento deducir mientras aumenta mi impaciencia me lo «explica» el actor de la derecha, que es actor y «autor» a la vez. Nos dice que lo que vemos es lo que él ha sido, que nosotros contemplamos el proceso. Y ahí es cuando abandono definitivamente mi intento de gozar. La explicación en sí misma me decepciona tanto, me deja tan indiferente, me aburre tanto en su aparente profundidad que me agota. Contemplo dilatándose hasta la extenuación ese proceso de experiencia creativa vista desde dentro y desde fuera, con ese «autor» que me parece un Pepito Grillo, explicador poco pertinente porque pienso que, en todo caso, la obra debería explicarse en sí misma.

Abandono muchos detalles (el modo de pintase, de retratarse, de aclararse y oscurecerse, de descubrirse, víctimas sencillas de un universo abarrotado) de ese proceso de tedio y decepción para ir hasta la parte final. En ese momento el «autor» nos habla de la paciencia, de que todo está concebido para que nos sintamos incómodos, para que experimentemos la impaciencia, que resulta una alegoría, parece, de nuestro modo de vivir y resulta algo propio también del proceso artista. Y yo me siento como un lelo, teniendo en cuenta que, justamente en la entrada anterior a esta hablo de la necesidad de la calma en mi vida, en nuestras vidas. Y pienso que no, que no quiero calma, que quiero impaciencia, chispa, que las cosas surjan sin dilatarse demasiado. Porque a mí me gusta detenerme en la calma de las cosas que disfruto, pero no quiero estirar el tiempo para que nadie me demuestre mi propia impaciencia. No es que no admita que me den lecciones, porque agradezco todas y cada una de las lecciones de belleza y de pensamiento y de sentimiento que me han dado los libros, las películas, la pintura, las obras de teatro. ¡El arte y la creación han cambiado tanto mi vida, mis vidas! El proceso me ha recordado a uno de las modalidades poéticas que más odio: las fábulas tipo Samaniego, que me enervan, me sublevan.

Luego llega el momento del diagnóstico. En este caso, le toca emitir el «veredicto» a un psiquiatra de prestigio en mi ciudad (también artista, por cierto) y habla no sé si con sinceridad o para quedar bien, no estoy seguro del todo. Como cada uno se queda con lo que quiere, yo me quedo con lo que creo más sincero de su discurso, una palabra que he empleado antes: «puerilidad». ¿Qué dirán los psiquiatras y psicólogos en días venideros?

A mí, después de ver la obra con su diagnóstico incorporado, todo me resulta un acto absoluto de vanidad pretenciosa. ¿De verdad alguien diseña una obra con un proceso artístico para que se lo diagnostiquen? ¿Hacen falta cuatro días y cuatro profesionales? ¿De verdad es necesario un diagnóstico?

El psiquiatra acaba y es aplaudido en su intento. Luego, el «autor» nos invita a dibujar las sillas en las que estamos sentados. Después proyectan unos cuantos dibujos elegidos y nos los explica, por si no hemos entendido y atendido lo suficiente. No tengo palabras para ese momento, lo confieso. A todo esto, no paro de mirar el reloj. En una cosa tiene razón el autor: es esta una obra para probar nuestra paciencia, para ajustar nuestros nervios a la exasperación.

Para finalizar-finalizar, dice que la obra puede cambiar de signo cada día, que podemos ir otro día a comprobarlo. Yo tengo una sincera curiosidad y me pregunto si todo va a ser tan malo como la experiencia personal que he padecido. Algunas personas de mi alrededor (público, es conveniente decirlo, que sabe a lo que va y conoce lo que es el teatro experimental) esbozan una sonrisa. Una chica próxima susurra: «Ni de coña».

Cuando la obra acaba, ya de verdad, aplaude muy poca gente (otros ya se han ido). Y, yo que soy persona insegura por naturaleza, no me queda otra que preguntarme, sinceramente, si soy tonto, si soy insensible, si soy un tradicional o si me he perdido algo. No he compartido mi experiencia con otros espectadores, pero me gustaría muchísimo saber si le ha gustado a alguien y por qué. No puedo evitar deslindar placer de comprensión y de conocimiento. Lo reconozco.

Como estas líneas pueden resultar un poco duras, he de decir que tiendo a ser benévolo con las cosas que veo, leo y escucho, que me quedo con lo bueno y no me ensaño con lo negativo. Pero, ahora ya sí, me callo.

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La calma ha desaparecido de nuestra vida. No existe —ya— en el ritmo diario, en el hogar, en la lectura. Qué bellos esos momentos en los que se leía despacio por placer. Qué necesarios esos momentos en los que detenías la lectura y pensabas e ibas más allá. Y gozabas.

La calma ha desaparecido y no queda, por supuesto, ningún resquicio para hacer las cosas bien y coserlas despacio en nuestro ritmo de trabajo cotidiano. Nos hemos convertido en máquinas de hacer cosas sin buscar apenas su sentido, con esa prisa necesaria para el corto plazo que no depara ningún beneficio a la larga si no es el utilitario. Nos vemos impelidos a hacer y hacer, de manera brusca e inminente, sin que tengamos tiempo para tomar aliento, para respirar. Para destilar lo necesario de lo accesorio. ¿Dónde queda el momento de un profesor —por ejemplo— para reflexionar, para darle un par de vueltas a un concepto, a una idea, a una frase?

La puta prisa nos está matando. Y lamentaremos que no nos hayan dado oportunidad para la calma cuando, en medio de la tormenta, busquemos una orilla.

Imagen de Teresa Vicente Illoro.

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Soy el tipo menos hábil del mundo. Escribo sobre mi segundo día de vacaciones eligiendo el momento menos propicio, cuando todo el mundo está de camino hacia algún sitio en el que pasar un rato de langostinos y de turrones, cuando todo el mundo está en esa espera en la que queda con los amigos para apurar una cerveza, un vino, una copa de cava hasta el momento en el que se desplace a esa ingesta de langostinos y turrones.

Hoy ha sido un día raro. He vuelto a realizar esa paradiña nocturna a la que ya estoy acostumbrado para volver a Shameless. Tenía una mañana llena de proyectos, que se han quedado en otro capítulo de Shameless, un tiempo más largo del que deseaba para solventar cosas del trabajo a través del correo y, eso sí, un buen momento de lectura. No había dicho que estoy leyendo Terra alta, de Cercas. Jamás de los jamases había leído a un semifinalista y a un finalista del Planeta de forma consecutiva, pero Vilas y su Alegría se lo merecían y quería volver a Cercas. Tampoco había dicho que, en esa ronda de libros muy vendidos, opté por abandonar el último libro de Dolores Redondo, que me estaba quitando un tiempo precioso que necesitaba para otras cosas. Estoy disfrutando del libro de Cercas por razones que no sean obvias.

Me he sentido muy ridículo yendo al supermercado a comprar unos panecillos. Había largas colas de personas ultimando el acopio de los víveres sin fin de la Nochebuena y yo, al llegar a la caja, estiro la mano con mi bolsita de un panecillo integral y tres panecillos normales para que me lleguen para la comida y para el desayuno de mañana y pasado en forma de tostadas.

Luego, esta vez sí, he ido al gimnasio. Qué a gusto me siento cuando cargo con las pesas al ritmo de la música. Es una rutina sincrónica en la que, a veces, se me va el santo al cielo sin perder el compás pero perdiéndome en mis cosas. Antes he vibrado un rato. No con la vida ni con la música, sino con una máquina que vibra. La utilizo para calentar los músculos, para endurecer las fibras. Luego, cuando llego al vestuario, me miro al espejo, saco músculo y pongo cara de malo. Qué a gusto me siento.

Prescindo de muchas cosas prescindibles que no quiero contar, que no interesan a nadie. Porque ya os he dicho que no me gusta la Navidad y que me pone de muy mala leche. Esto me afecta solo a mí: me parece estupendo que al resto de la humanidad con mayúscula la Navidad les parezca estupenda. Yo paso sigilosamente.

Acabo por hablar de música. Me doy cuenta de que últimamente escucho mucho a Bach. Hace muchos años, era muy de Beethoven. Luego era muy de Mozart. Pero creo que soy de Bach, definitivamente. El azar me ha llevado a una canción de Morat que explica mucho de mi vida. El dedo en el iPad me ha llevado a «Hungry Heart» de Springsteen. Y ahora, que pongo el punto final a esta entrada, escucho «September», de Earth, Wind & Fire.

La imagen es de Nathalie.

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Escribía el otro día sobre lo que significa no tener un Scalextric cuando uno es pequeño y lo espera con todas sus fuerzas, que no es sino una metáfora sobre lo que ocurre en la vida… si alguien espera un Scalextric.

Visto a toro pasado, el Scalextric es para los que se lo merecen, para los amantes de la velocidad y el éxito, para todos aquellos que esperan algo en la vida y lo obtienen. Ellos piensan que el triunfo procede del mérito y del trabajo, pero no es cierto. El triunfo procede de una razón ignota que se traduce en haber tenido la suerte de que los coches a toda velocidad apretando el gatillo pasasen, un día de la navidad o de su cumpleaños para auparlos hacia algo para lo que estaban predestinados.

No alcanzar esa vida exquisita puede llevar al lloro, al rencor o, simplemente, a la envidia. Habrá alguien que puede pensar que no tener un Scalextric supone, en la vida, mirar un poco de través, con el ceño fruncido, los ojos achinados, un mohín de enfado. Pero no, carecer de Scalextric es una actitud ante la vida que te ha tocado. Enfrentarte a ella más calmado, con un horizonte sin pistas que se montan, sin carreras infinitas. Puede también que sin el sobresalto de derrapar hasta que la vida te arroje a uno de sus confines si sales mal parado.

Querer un Scalextric y no tenerlo te enfrenta, desde muy pronto, al hecho de querer muchas cosas y no obtenerlas, de no esperar demasiado de la vida. También te enseña a que no tener una cosa no significa tener nada. Pronto descubres que hay otras cosas diferentes a las que todo el mundo espera. Incluso, que hay cosas diferentes a las que esperas tú.

La infancia que no es fácil no tiene por qué ser detestable. Yo tuve en mi infancia dos hechos que me conmocionaron. Uno, fue más duradero en el tiempo y yo no era consciente de lo que ocurría. Simplemente, sabía que ocurría algo. Otro, vino de la noche a la mañana años más tarde y yo entonces fui consciente de que lo más terrible que puede llegar en la vida te sacude sin avisar y sin posibilidad de protegerte. Tampoco daremos más detalles.

No tener Scalextric y que la vida te sacuda de forma contundente más de una vez provoca que busques refugio. En la lectura. En los juegos más o menos silenciosos, solitarios. En el paraíso de una imaginación con la que vuelas. En la realidad de una cabeza que te enseña a pensar de forma ordenada para no volverte loco. o que te enseña a desvariar para que el orden no te arañe el futuro. Es fácil sentirse víctima del destino y de las circunstancias, buscar justificaciones para un talante sombrío. Más difícil pero más rentable resulta levantar la vista del suelo y buscar una línea de fuga hacia un horizonte que no se construye con líneas paralelas.

Recuerdo especialmente un día de mi infancia, después del hecho contundente e irreversible. Yo no era consciente de haber entrado en un bucle de pesadillas, de dolor profundo y sordo. Un médico amigo de la familia llegó a casa, me hizo preguntas, me recetó unas pastillas. No sé si ese día o al siguiente o al que sigue al que seguía, me montaron en el coche de una amiga de mi hermana para dar una vuelta. No sé si por propia iniciativa o animado por alguien, abrí la ventanilla y esbocé un grito. En un día de abril, alguien decidió desplazar el techo desplegable del vehículo y me puse de pie (eran tiempos sin cinturón de seguridad, sin medidas estrictas que lo impidiesen). Grité de nuevo, de forma prudente y luego varias veces más, con todas mis fuerzas. Luego me reí con todas mis fuerzas, me senté de nuevo y, mirando por la ventanilla, descubrí que la vida es un viaje muy distinto a la carrera de ese Scalextic que nunca tuve. Un Scalextric que no quiero tener.

Imagen de Pom’.

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Me gusta leer todo tipo de literatura, toda suerte de libros. Alterno lecturas ligeras con páginas más solemnes. Sin coincidir con las épocas del año (no espero necesariamente al verano para el noir, por ejemplo) pero sí con los estados de ánimo, paso alguna vez —de puntillas— por los grandes éxitos, esos libros que están siempre a mano en las librerías y en los escalafones de libros más vendidos. Hoy voy a hablar de cuatro lecturas que han dado y darán unos buenos duros a los libreros y a las editoriales, pero de muy distinto signo. La casualidad ha hecho que leyese estos cuatro libros en tantas de dos a dos. Los cuatro libros pueden considerarse éxitos de ventas, pero su calado literario, su profundidad artística es muy diferente.

Primero me adentré en un autor del que todo el mundo al que le gustan los libros tochos, apasionantes y de fácil lectura me había hablado maravillas. No voy a mencionar ni al autor ni al libro, por aquello de las adivinanzas y de que la imaginación (o las suposiciones) vuelen con entera libertad. Es un autor que me cae mal y bien a partes iguales por razones que no vienen al caso.. o sí vienen al caso, pero no caben en esta entrada. Aunque es un escritor con una buena tanda de novelas exitosas, yo era un lector novel de sus páginas. A medida que pasaba líneas y líneas, horas y horas (que no son tantas, porque el libro se digería rápido), me iba preguntando qué verían los demás en ese libro que no veía yo… o que no veía yo en ese libro que todos los demás veían. Se trata de una novela de intriga. El autor, que es muy inteligente, habla de una protagonista muy inteligente. No sé quién quiere parecer más listo, si el autor o la protagonista. Cuando la novela quiere exponer la inteligencia de la protagonista, creo que se queda corto. Cuando el autor quiere dejar traslucir su propia inteligencia, se pasa cuatro pueblos. Va dejando pistas, pistas y pistas de todo lo que sabe, de todo lo que abarca, de todo lo que esboza y de lo que sabe mucho más. También va soltando miguitas de pan culturales para que los lectores, que las reconocen, se sienten también pequeños dioses del conocimiento compartido. La intriga no me parecía tan intrigante, la composición repetitiva e irónica y juguetona de algunos personajes me parecía cada vez menos irónica y juguetona, pero cada vez más repetitiva. Hay que decir que, fuera del libro, fuera de la escritura, el autor se mueve como pez en el agua. Es un estratega perfecto, una persona afable y amable que establece mil vínculos que creo que son sinceros con sus lectores. Y eso pesa e influye para que su fama transcienda, crezca.

Después de acabar ese libro, el azar hizo que cayese en mis manos Los asquerosos, De Santiago Lorenzo (del que ya hablé aquí en otra ocasión). Empecé leyéndolo con la impresión de que imitaba a Eduardo Mendoza, seguí leyéndolo con la impresión de que leía Robinson Crusoe y luego me di cuenta de que la novela iba mucho más allá, en una reflexión sobre la soledad y la compañía, sobre la supervivencia y los modos de vivir, sobre el silencio y el ruido. Sobre lo que somos por lo que somos y lo que somos en nuestra sintonía o nuestro contraste con los demás. A medida que iba leyendo, me preguntaba por qué no había mucha más gente leyendo Los asquerosos que el libraco de más arriba, qué miedo o qué falta de formación o qué falta de motivación nos llevaba a leer para pensarnos listos con los acertijos en vez de leer para reflexionar sobre nosotros, sobre el mundo. Para penetrar en un modo de escritura diferente, no sé si sublime, quizás no, más arriesgada. Insisto en que esta novela se convirtió en una novela de éxito, muy bien vendida y comentada en los corrillos culturales y literarios. Pero merece más.

Han pasado muchos meses de lecturas variopintas, afortunadas o no, de diferentes calados y diferentes cataduras. Y, en la tercera novela que voy a comentar, volví a caer en las redes, en la trampa del mismo autor del primer libro que he comentado, los mismos personajes (bueno, uno más, que me ha estomagado), los mismos guiños. Fuera del libro, para el libro, las mismas alabanzas a su quehacer, a su maestría para narrar. Escritores amigos que hacen loas. Personajes famosos que hacen loas. Personas anónimas que hacen la ola por cada línea, por cada sugerencia, por cada aporte de esa inmensa inteligencia que desgranan sus páginas. No podía remediar pensar en los razonamientos sobre la lectura del primer libro, para llegar a la misma conclusión: el autor es tan inteligente como para planificar una novela con estrategia, para decir y para eludir, para conectar con los intereses de sus lectores medios. A mí las personas muy inteligentes me cansan porque no estoy a la altura: soy mediocre, de ese montón que se arrastra por la existencia con cuatro ideas obsesivas en la cabeza. Y, gustándome las novelas de intriga y de suspense y de aventuras mil, esta manera de escribir no me engancha.

Justo al acabarla, llegué al cuarto libro del que voy a hablar. Se trata de un libro que no va a ser nada sospechoso de no alcanzar fama y lectores, porque es, ni más ni menos, un semifinalista del premio Planeta. Manuel Vilas, ni más ni menos. Alegría, ni más ni menos. Había disfrutado hacía meses con Ordesa, que me pareció un libro fuera de lo común, estupendo, interesante, agudo, descorazonador y benevolente con una historia que, siendo del autor, acaba siendo la nuestra. Y Alegría, siguiendo la misma senda de la autoficción, siéndolo, no es una segunda parte ni una continuación del primero. Alegría es un laberinto de vivencias que desvelan emociones y que acaban por transmitir sentimientos. Al contrario que el afamado autor del primer y del tercer libro, Vilas me tiene ganado desde el principio, lo reconozco. Me siento muy identificado con la autoficción que no es autocomplaciente ni onanista, sino que, por el contrario, sirve de soporte y de lanzadera de frases brillantes, de reflexiones que se revuelven contra sí mismas y que los lectores, agotados de intentar deducir, precisamos cerrar nuestra voluntad y dejarnos llevar por un torrente de sensaciones.

Frente a los defensores del todo vale, hay libros buenos y malos. Si me apuran, hasta objetivamente hablando. Y, aunque aquí haya hablado de tres autores y cuatro libros que cuentan (y algunos irán sumando) con tantos lectores como para ser considerados éxitos de ventas, no todo vale, no todo es lo mismo. Vaya por delante que a mí me parece estupendo que cada uno lea lo que le venga en gana y que se divierta como le parezca. Sin embargo, en cuanto al color rojo y al negro (y sus derivaciones femeninas), me quedo con Stendhal. En lo demás, ¡viva Santiago Lorenzo!, ¡viva Manuel Vilas!

Imagen de CJS*64.

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Lo dije el otro día, Nunca he tenido un Scalextric. Dejamos la historia (mi historia) cuando, un seis de enero, vi en el salón una caja grande con un envoltorio que yo imaginaba ser de un glamuroso Scalextric con el que echaría mil y una carreras y cambiaría al estatus de los niños de mi edad, de todas las edades, que tenían un Scalextric.

Pero el envoltorio, lo dije también, contenía un Ibertrén. Que a cualquier persona le puede parecer la versión en ferrocarril de un Scalextric, pero no lo era. Ni mucho menos. Al rasgar el papel de regalo y contemplar el resultado, puse cara de póquer. Sobre todo porque sabía lo que escondía ese Ibertrén, que no eran sino las ilusiones de mi padre, que había sido ferroviario, para el que los trenes eran lo más. En toda su inocencia y con toda su buena voluntad, pensaba que un Ibertrén era mucho mejor que un Scalextric, qué duda cabe, con esa máquina de Talgo a escala no-sé-cuántos, con todos esas vías, esas traviesas, esa estación.

El Ibertrén no era como el Scalextric porque en el Scalextric se echaban carreras entre dos coches y en el Ibertrén, aunque podía haber más de un convoy, no se trataba de ganar, sino de circular con orden. En el Scalextric, salirse de pista era producto de un chute de adrenalina. En el Ibertrén, una aberración que procedía de un impulso mal contenido.

Yo, por supuesto, no sabía nada de todo eso cuando llevé el Ibertrén a la mesa del comedor. Mi familia me perseguía detrás, emocionados con mi emoción, que ya he dicho que era aparente. Hicimos la mesa todo lo grande que se podía (era misteriosamente prolongable hasta casi el infinito) y todos me ayudaron, con las instrucciones en la mano. Lo primero era montar las traviesas, de una precisión mucho más exquisita que los paneles del Scalextric. Primero fue un circuito sencillo y funcional. El Ibertrén no tenía un mando como el Scalextric, sino un dispositivo con una ruedecita que controlaba la velocidad y alguna cosa más, no recuerdo.

En un arranque de malicia, tendía a acelerar para que el tren descarrilase, pero me di cuenta pronto de que un tren descarrilado acarreaba consecuencias, vagones orillados, catástrofe absoluta. Y empecé a aprender a controlarme.

Luego llegaron las prolongaciones. Alguien de mi familia, no recuerdo quién, ojalá fuese mi hermano, me llevó a Garfe, una tienda de juguetes que hace tanto tiempo que no existe como para evidenciar que ya no vivo en mi tiempo sino en otro. Y allí compramos más vías y más desvíos para que, con un montaje más enrevesado, todo se pareciese más a la simple realidad.

Poco a poco, el comedor de casa pasó a ser un desvío natural de mi habitación cuando me cansaba de leer tebeos o de tirar un machete de caucho durísimo contra el cojín de la cama con un gorro tipo trampero a lo Daniel Boone. A veces estaba acompañado, en alguna ocasión especial, pero, en otras ocasiones, pasaba mucho tiempo solo montando y remontando, modificando recorridos. Un día, alguien, no recuerdo quién, intentó montar las vías demasiado rápido por el método abreviado de abrirlas con un tenedor. Y yo me enfadé mucho. «Se podía haber metido el tenedor en el culo», dije. Y mi madre se enfadó muchísimo. Yo no creía que fuese para tanto, no sé, era una forma de hablar.

El Ibertrén modificó mis deseos de velocidad por mi afán de control. La prisa se convirtió en calma relativa. El Scalextic era para mí caos y el Ibertrén orden. Sin darme cuenta, había pasado del mito al logos. O yo qué sé. No sé si primero era yo y luego el Ibertrén o el Ibertrén me hizo un poquito más yo, no tengo ni idea. No sería justo pensarlo y deducirlo ahora, a toro pasado.

Lo guardo casi todo, todo lo que puedo, pero creo que no conservo nada del Ibertrén en el trastero. Bueno, sí. Durante años, años y años, las luces del árbol de navidad se controlaban con el mando el Ibertrén. Mi hermano, que era un manitas y tenía siempre buenas ideas, utilizo el control del Ibertrén que se había estropeado para encender y regular las luces.

Y a mí, que odio las fiestas de navidad con todas mis fuerzas, se me enciende una chispa de alegría cuando veo el mando que hizo mi hermano. Hace años que no se puede usar, la seguridad ha cambiado y ahora sería peligros. Pero está ahí siempre, para regular y controlar esta puñetera melancolía.

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De niño, nunca tuve un Scalextric. Creo necesario recordar que, cuando yo era niño, tener un Scalextric era un símbolo de estatus. Estaban los que tenían un Scalextric y los que no lo teníamos. Y, los que no teníamos un Scalextric podíamos fastidiarnos, sin más. Pero algunos afortunados contábamos con una alternativa: tener un amigo que tenía un Scalextric. Yo tenía algunos amigos con Scalextric, pero pocos y poco. Quiero decir que no había muchos (o, al menos, el Scalextric no estaba montado en su casa cuando me invitaban a merendar pan con chocolate o bocadillo de chorizo). Y que los amigos que tenían un Scalextric tenían uno muy básico, de esos con forma de elipse, que no permitían grandes derroches de pericia y velocidad.

Los niños que no teníamos un Scalextric vivíamos en inferioridad de condiciones respecto a los que sí lo tenían. Cuando en las fiestas del colegio había «Competición de Scalextric» los vienes o los sábados por la tarde, siempre nos apuntábamos y, como no teníamos práctica, nos eliminaban a la primera de cambio. Perder en la primera ronda era todo un símbolo de ser un perdedor. Yo busqué un triste subterfugio para sobrevivir en esa selva de estatus. Como la pista montada en el colegio era enorme, los «pilotos» necesitaban «ayudantes» cuando el coche derrapaba o salía disparado de su carril por exceso de velocidad. Yo intenté ser un ayudante rápido y eficaz. No solamente incorporaba al coche con rapidez a su punto idóneo, sino que echaba para atrás los pelillos de los contactos eléctricos para que el coche no se atascara. Y, desde ese momento, me convertí en un ayudante experto, colaborador del piloto. Como todos los años y en todas las competiciones participaba, salía y entraba en la sala con fluidez y, en alguna ocasión, con un triunfo, todos los que no estaban dentro pensaban que era un niño con estatus. Los que estaban dentro sabían que no.

Como de niño uno lo espera todo, siempre aguardaba con ilusión a la mañana de Reyes para ver si había suerte. Un año, me las prometí felices: me levanté y vi una caja enorme encima del sofá del salón, una caja en la que, de todos los regalos posibles, solamente podía caber un Scalextric. Yo sabía que era casi imposible, que un Scalextric era muy caro y lejano de nuestros posibles, o de los posibles que tenían los Reyes Magos para casas como la mía, pero no podía ser otra cosa que un Scalextric. Como siempre he sido disciplinado y paciente, dejé este paquete en último lugar. Cuando llegó el momento, rasgué el papel de regalo y me encontré con una caja de Ibertrén. El Ibertrén no era un Scalextric, aunque pudiera parecer su versión ferroviaria. El Ibertrén era un juego en el que se montaban raíles con vías y manejabas un tren (máquina y vagones) a diferentes velocidades.

De la ausencia de Scalextric, de la presencia de Ibertrén y de sus consecuencias para mi vida, siento que tengo que hablar otro día.

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Confieso que llevo unos días entre atareado y cabreado. Tengo un trabajo casi siempre gratificante, pero hay momentos en los que hay que temer paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia.

Coincide todo esto cuando estaba leyendo esta mañana algunos artículos del magnífico número de la revista Investigación y Ciencia que dedica su número de diciembre a «Verdades, mentiras e incertidumbres». Por ejemplo tenemos el artículo de Claire Wardle, que habla de las maneras existentes de desinformar en las redes sociales y que pueden acabar en confusión, en caos. Dice, Wardle, por ejemplo, que la conectividad y el uso de la tecnología de las redes no promueve la tolerancia, sino que refuerza de forma más rápida nuestros prejuicios, puesto que tendemos no tanto a razonar como a aceptar como válido todo aquello que coincida con nuestras creencias: el sesgo de confirmación, del que también habla Helena Matute (que también tiene un artículo sobre sesgos cognitivos en este número de la revista). Y es precisamente eso lo que difundimos, nuestros prejuicios y nuestras creencias… aunque sean falsos. Lo malo es que algo no solamente puede ser falso, sino que se puede difundir un contenido inventado o manipulado (desinformación) o una unformación perniciosa, tal y como figura en el gráfico.

Quienes solo buscan incrementar las tensiones existentes comprenden estas tendencias y crean contenidos para enfurecer o agitar a una audiencia específica que actuará como mensajera. El objetivo consiste en que sean los propios usuarios quienes refuercen y den credibilidad al mensaje original a través de su difusión y esto se hace de manera muy sencilla: se crean un contenido para agitar a un grupo de receptores que van actuar, encantados, como mensajeros de una idea que hacen suya. No se trata de información, sino de métodos para socavar nuestra confianza.

«Se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en sus errores»

Además, como explican Cailin O’Connor y James Owen Weatherall en su artículo, «la desinformación más eficaz comienza con semillas de verdad». La ciencia de redes, de hecho, ha estudiado de forma exhaustiva cómo se difunden falsedades o desinformación a través de las redes sociales. Es útil leer también el artículo de Walter Quattrociocchi en la misma revista en octubre de 2016, titulado «La era de la desinformación», en el que se vuelve sobre el concepto del sesgo de confirmación antes apuntado: se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en su propia desinformación o en sus errores ignorando al resto.

En fin, toda una avalancha de información interesante sobre las maneras existentes de generar contenido engañoso y de que una comunidad concreta lo acepte y lo difunda.

Y así ando hoy, entre atareado y cabreado, cuando me he acordado de que las experiencias deportivas sirven también para nuestra vida cotidiana. De la natación en aguas abiertas he aprendido una cosa importante: cuando tienes que nadar y hay mucho oleaje, hay que evitar por todos los medios intentar enfrentarse a la ola dejando que choque contra tu cuerpo (lo único que conseguirás es nadar más despacio o pararte o tragar agua) Si es posible, las olas hay que pasarlas por debajo. Para eso, tienes que ver cómo se acercan, coger un poco de aire y sumergirte hasta que lo agitado pase.

La imagen pertenece a uno de los artículos de la revista y es de Wesley Allsbrook.

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