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El monstruo somos nosotros

Empieza el día, preparo el desayuno. Mientras, tanto, escucho en El cine en la Ser una frase que me deja con la margarina a medias en el panecillo: «En las películas de monstruos, el monstruo somos nosotros». Me quedo perplejo ante algo tan obvio, pero que me había pasado desapercibido hasta ahora. Y, mientras extiendo la mermelada de melocotón, mientras llevo la bandeja hacia la mesa, mientras voy desayunando, pienso en todos los monstruos que han pasado por el cine que me gusta y voy mirándome en sus espejos.

Salgo de la aplicación de radio para ir a la música y voy recogiendo los restos del desayuno entre «Alors on dance» de Stromae, «Cómo me gustaría contarte» de Dani Martín y «Pandora’s Box». Me van apareciendo ideas para escribir sobre el bailar en general y la primera vez que escuché la canción de Stromae en una clase de spinning en el gimnasio en particular, que siempre anunciaba un esfuerzo extremo. Sobre esas personas de tu familia que ya no están y que provocan que cada vez me calle más sentimientos, que se queda como posos en un rincón del alma. Y la canción de OMD, que es una de las canciones que escucho en bucle últimamente y que me gusta por la historia que cuenta, que es una historia de cine y de fracasos.

Después de correr (me he pegado una paliza mayúscula con cuestas de esas que te hacen picadillo las piernas) y la ducha, me he puesto a ver una película tonta, Juliet naked que me ha atrapado precisamente porque me gustan las películas tontas, sobre todo cuando ves, como en las películas de monstruos, que las películas tontas me retratan mucho más que las obras maestras. Me ha gustado ver a Rose Byrne, que me ha llevado a rememorar con añoranza la genial Damages, y, claro está, a Ethan Hawke, del que hay tantas cosas que decir que me tengo que quedar callado y dejarlo para lo siguiente, pero, sobre todo, a Chris O’Dowd.

O’Dowd, un actor que me gusta porque retrata a la perfección a los bobalicones con atisbos de simpatía insulsa que están detrás de todos nosotros, como los monstruos. Da la casualidad de que, hace relativamente poco, había visto a Chris O’Dowd en la estupenda serie State of Union, miniserie que no tiene desperdicio y en la que comparte cartel con Rosamund Pike, que es una de mis actrices favoritísimas. La casualidad hizo que viese el otro día I care a lot, en la que se demuestra que Pike es una excelente actriz que domina el registro de la simpatía, pero también —y sobre todo— el de la ambivalencia de ese lado perverso que tienen los monstruos, con lo que aplicaos el cuento…

Y no sé por qué azares he recordado una película que vi hace unos cuantos meses, El buen maestro, que me gusta como me gustan todas las películas que tienen que ver con la enseñanza, sus conflictos y, ante todo, sus entresijos. Recuerdo cómo me enfadó ver que el título en español se ponía del lado del profe, mientras que el título francés Les grands esprits, que pone el foco en el talento más que en sus descubridores. Los azares me han llevado a cavilar en torno a ese mundo de las aulas en los que, como los peces globo, hay mucha redondez, pero también mucho veneno. Y los monstruos han vuelto a rondarme.

Y, con mucha gula y poco apetito, me he levantado y he partido un poco de la tarta de queso que hice ayer. Cremosa por dentro, tostadita por fuera, de esas que solo se comían en Donosti. La música me ha acompañado cucharada a cucharada. Ha vuelto, como siempre, Joe Crepúsculo y «Mi fábrica de baile». Y, con el último trozo, ha llegado «Brass in Pocket» de Pretenders, que te muestra las maneras de sentirse especial.

Como hacía mucho tiempo que no escribía, pensaba que hoy sí. Que hoy iba a escribir sobre los monstruos. Sobre nosotros.

Con imagen de Neil Schofield.

La falta que nos hacemos (Una historia de amor, una carpeta, dos canciones y una frase)

Entraba el otro día en la facultad cuando, en un pasillo lateral que comunica con otro edificio, vi a una chica y a un chico sentados en un poyete que recorre todo ese pasillo. Ella tenía una carpeta clasificadora abierta y le estaba enseñando algo al chico. Reían y hablaban, hablaban y reían. Tuve una sensación de envidia sana viendo a esa pareja (tenían toda la pinta de serlo, por su complicidad y su cercanía) con toda la vida por delante. 

Subí al despacho y, como tenía en una reunión en otra dependencia de la universidad, volví a salir y pasaba por la entrada cuando vi que en el poyete estaba esa carpeta, una botella de agua y un vaso de café de plástico. No vi a la pareja por los alrededores, así que cogí la carpeta para entregarla en conserjería. Era una típica carpeta adolescente, forrada con un papel de color vivo, con un par de fotografías pegadas con dos títulos de canciones y el logotipo de Spotify. Pero lo que más me llamó la atención es una banda de texto escrita con una caligrafía exquisita que decía: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Justo cuando llegaba a entregar la carpeta, llegaron los dos corriendo. «Creo que os habéis dejado esto», dije mientras se la daba. «Uy, sí, gracias. Tengo todos los apuntes del examen, menos mal», dijo la chica. Se dirigió al chico y dijo: «¿Ves las que me lías. Tonto?». Por el tono y lo que se adivinaba por debajo de la fortaleza de una mascarilla FFP2, estaba sonriendo. «¡Gracias!!, me dijo también como despedida mientras se alejaban dando un pequeño empujón al chico, al que él contestó removiendo un pelo castaño oscuro que se iba convirtiendo en todos más claros, casi rubio, por las puntas.

Y la historia acabó ahí, mientras ellos atravesaban la puerta más cercana y yo me dirigía, al lado del jardincillo, hacia la otra salida. Mientras iba andando, busqué en el móvil el título de esas dos canciones. Una era «Perdona (Ahora sí que sí)», de Carolina Durante y la otra «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea. Y me imaginé una historia:

Clara y Rodrigo son dos estudiantes de Enfermería. Se conocieron en un grupo de prácticas y, poco a poco, fueron conociéndose un poco más. Disfrutaban de todas las cosas en común y percibían cada vez con más valor las cosas en las que discrepaban, que les ayudaban a ser mejores, más completos gracias a esa perspectiva complementaria.

Rodrigo y Clara pasan tiempo juntos, pero, no enlazan todos los minutos, las horas y los días que les gustaría. Cuando llega el fin de semana, Rodrigo envía wasaps a Clara, que aparecen como no leídos o son contestados con bastante retraso por ella. Rodrigo sufre, se pregunta por qué todos esos eternos intervalos en los que no tiene noticias de ella. Y no le dice nada a Clara porque no quiere ser pesado e invasivo. Hace quince días, un viernes, le envió a Clara el enlace a la canción que el grupo Carolina Durante canta junto a Amaya, «Pido perdón (Ahora sí que sí)», que empieza: «Se me olvida que no me quieres / Sobre todo cuando es viernes / No respondes mis mensajes / No merezco tu atención». Y acompaña el enlace con un lacónico «Así eres».

Clara, que había escuchado la canción, que conocía por Paquita Salas, sonrió y respondió a los pocos minutos con tres emojis carcajeantes y este texto: «Pero qué mal concepto tienes…Yo creo que es más algo así». Y un enlace a «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea, de la que Rodrigo entresacó: «Nos conocemos hace algunos años ya / Somos de esos a los que apenas cuesta hablar / Y, sin embargo,hemos pasado / Muy poco tiempo junto al mar / O disfrutando de una copa en cualquier bar. / No quiero perderte / Acuérdate un poco de mí / Sabes que siempre estaré ahí / Y no dejes de sonreír / Y, por favor, confía en mí».

Rodrigo, como Clara, sonrió de manera cómplice. Escribió «Eso es muyyyyy bonito» y lo acompañó con el emoji de la carita que tiene corazones en vez de ojos.

Pasó el resto del viernes y todo el sábado y el domingo por la mañana y parte de la tarde del domingo. Y, cuando ya era de noche y el día se agota de aburrimiento, de nostalgia y de pereza, Rodrigo recibe otro wasap de Clara: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Y esta es la invención de una historia de amor entre Clara y Rodrigo, entre Rodrigo Clara, entresacada de una carpeta clasificadora olvidada en un poyete. A la entrada de mi facultad.

La imagen es de Danilo Urbina. Pese al apellido, no tiene nada que ver conmigo.


Tocar el piano

https://flic.kr/p/92RXdm

A mí me encantaría aprender a tocar el piano, es un instrumento que siempre me ha fascinado. Fui al conservatorio con esa ilusión a eso de los doce años, cuando era necesario hacer dos años de solfeo antes de tocar (en los dos sentidos del término) un instrumento.

Eran tiempos, claro, en los que para tocar un piano tenías que tener uno. Aunque no sea lo mismo, ahora existen teclados de precio moderado que sirven para hacer un apaño, pero, por aquel entonces, los pianos tenían un precio prohibitivo. Desde el momento de ingresar en el conservatorio, ya desconfiaba de las promesas de mi madre, que me aseguraba que tendría uno.

Cuando llegó el momento de tener que elegir el instrumento, mi madre me confesó que tendía que elegir otro, que de piano nanay. Y que la guitarra que tenía mi hermana por casa podría servirme. Ahora me doy cuenta de que hubiese podido optar por el violín, un instrumento exquisito que podría haber estado a nuestro alcance, pero cedí. La culpa no la tuvieron ni la profesora que tuve (que no me gustaba nada) ni la guitarra en sí, pero empecé a perder la ilusión por la música y me inclinaba más por ver Con ocho basta y otros programas infames en la televisión que por las semicorcheas y la clave de do.

Y ahora pienso, muchísimo tiempo después, que quizás no sea tarde para cumplir ese pequeño sueño. Y poder tocar el piano o, al menos, intentarlo.

La imagen es de Mischelle.

Queriendo ser frágil y de papel

Siempre hay un momento para la música y una canción para cada momento. Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, nosotros escogemos ni los momentos ni tampoco la música. Los mejores momentos musicales de mi vida no han sido nunca deliberados. Han surgido siempre de extraños azares, de casualidades que han generado, después, extrañas sensaciones de haber surgido por un motivo.

No me gusta renunciar a la música presente y, de hecho, mis ahoras están inundados de momentos mágicos regalados por artistas actuales, pero me encanta que, gracias a la reproducción aleatoria, afloren melodías del pasado. Lejos de producirme vergüenza, me siento muy feliz cuando se me aproxima una melodía ñoña que buscaba en la emisora de moda con fruición o cuando un éxito de radiofórmula que quedaba registrado en una cinta de casete con una etiqueta de mis favoritos y que iba pasando de mano en mano llega a mí a estas horas de la tarde.

Por eso, doy las gracias a esa reproducción aleatoria de Spotify porque, en versión de Javiera Mena, ha rescatado del naufragio «Yo no te pido la luna», que escuchaba a Fiordaliso cuando la adolescencia me llenaba de granos, de falsas seguridades y de intrigantes titubeos.

Es una canción malísima, facilona, nada depurada y lejos de todos los cánones estéticos admisibles. Pero me gusta pensar que, en la época pandémica de las distancias, quiera envolverme en tus brazos para no quede espacio entre tú y yo. Quiera ser confidente y conocerte por dentro. Quiera ser una locura que vibra y que corra en contra del viento para esperar todos los inviernos. Queriendo ser frágil y de papel, yo no te pido la luna.

Imagen de Thomas Hawk.

Qué horrible es la vida maravillosa

Esta tarde he vivido un momento tristísimo. Estaba contestando los últimos correos laborales de la jornada confiando en los descubrimientos semanales que me ofrece Spotify eligiendo melodías en función de las canciones que más me gustan. Me encanta encontrarme con canciones que no conocía o volver a toparme con viejas conocidas que había olvidado y recurro a esta lista que se renueva cada semana.

La cosa iba estupendamente bien cuando, al poco tiempo, ha saltado la canción «Wonderful Life», de Black. Era una de las canciones preferidas de una de mis amigas de infancia, adolescencia y juventud. Recuerdo como si fuera ayer cuando íbamos en el coche de su novio y ella ponía siempre la cinta de Black, que siempre creaba un momento mágico de serenidad. Hace bien poco, sin avisar, una enfermedad la fulminó en muy pocas semanas. La noticia nos vino de sopetón, sin aviso previo, sin que hubiese una manera de que nos protegiésemos de esas sorpresas desagradables con las que la vida, cada vez más frecuentemente, nos acaba sorprendiendo.

Y, ahora, la mala suerte ha hecho que escuche de nuevo, muchos años después, esta balada tan dulce, que nos cuenta la historia de alguien que sale a un día soleado, con el pelo y los sueños mecidos por el aire, con gaviotas que se reflejan en sus ojos, experimentando la magia del universo por todos los rincones. Sin ninguna necesidad de esconderse, era suficiente con disfrutar de esta vida maravillosa. Con el sol en tus ojos y el calor en el pelo, esta estupenda vida nos basta. La felicidad se consigue evitando la soledad, con un amigo a tu lado, compartiendo ese momento de goce frente a la existencia, ante el cielo y ante el sol. Sin ninguna necesidad de reír ni de llorar, disfrutando de esta vida maravillosa.

Ella, sin embargo, ya no está para ponernos «Wonderful Life». Nunca me ha costado tanto prosificar una canción.

Cuando la vida zozobra, pon música

No importa lo que pase. Si todo va bien, canta y baila. Si las cosas se tuercen, pon música.

Si optas por canciones tristes, te servirá para que esa tristeza supure por tus heridas, para que brote por tu epidermis y se convierta en un acto de contemplación o de redención, un momento de reconciliarse con las cosas bellas. Si optas por canciones alegres, sube aún más el volumen (si puedes, todavía un poco más: los auriculares también valen para no cabrear a todo el barrio). Que tu corazón salga del latido mustio y se vaya acelerando hasta que retumbe.

No quieras ser trascendente, no pretendas ir más allá de tus fuerzas. Sal de los límites y vuelve a las canciones de tu adolescencia o a las canciones que le gustaban a tu madre y que canturreaba a todas horas o a todas aquellas que no pasaron a la historia de la música.

Si echas a alguien de menos, no dudes y elige esas canciones importantes. Extiende como una alfombra toda la lista de los momentos que os unieron, pero apuesta también por otras melodías que supondrán una nueva senda, la senda de vuestro futuro.

No descartes tampoco subirte a los clásicos de los clásicos. Escala todo lo alto que quieras y prueba a mezclarlos en cócteles imposibles.

Pero, por encima de todas las cosas, hay algo que tienes que tener en cuenta. Cuando sientas que el silencio es atronador, no dejes que el momento revierta en afonía. En este caso, huye de la música callada y piensa en algo más parecido a una soledad sonora. Cuando sientas que tu vida pasa por unos instantes de zozobra, pon música.

Entrada escrita en una tarde en la que sonaban The Corrs, Artic Monkeys, Bach, Pretenders, Moby, M-Clan, Coque Malla, Efecto Mariposa, Immaculate Fools, Mikel Erentxun, Indigo Drone, McEnroe, Jovanotti, Fangoria, Kool Hertz, Muse, Rod Stewart, Chopin, Leo Sayer y The Thorns. Y alguna más.

La fotografía es mía, pero no la había colgado —todavía— en ningún sitio.

Sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas

Ya no crees en la gente, te has vuelto nihilista, sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas. No recuerdo el momento en el que dije que el cielo se está abriendo bajo tus pies.

Y te diría que te vengas conmigo a cualquier otra parte. Estoy perdido entre las sombras, pero, de momento, te recuerdo con tres notas sencillas y una bandera tan blanca como tu corazón.

Canción prosificada de modo minimalista y modificada a voluntad de «A cualquier otra parte», de Dorian. La imagen está tomada unas horas antes de que llegue el otoño.

Si te vas, por qué te callas (Historia de un sueño y una canción)

Esta, indudablemente, es una historia extraña que me ha empujado a salir momentáneamente de mi deliberado silencio.

Parte de un sueño que tuve hace unos días. Era uno de esos sueños plácidos y recurrentes que van merodeando el dormir de manera muy agradable en alguien, como yo, que piensa que no sueña porque no recuerda lo que le acontece cuando pierde la vigilancia sobre sí mismo.

En el sueño, una imagen nítida en blanco y negro de Eugenio y una frase de una canción: «Si te vas, por qué te callas». La canción seguía en mi sueño e iba aportando estrofas sugerentes con una historia triste de amores y fracasos. Lamentablemente, no he conseguido rescatar más que el título y otras imágenes sobre ese vídeo musical y onírico. «Si te vas, por qué te callas» era la manera que tenía Eugenio de rematar cada estrofa. En el sueño, el cantante tiene una voz un poco más grave que la del original, del que os hablaré después. No puedo dar muchos más detalles: está claro que mi cabeza captaba una imagen de Eugenio tocando la guitarra, sentado, en un ligero plano picado, que resaltaba sus facciones y con las sombras matizando hasta los poros. Después, un acompañamiento musical extraño: una persona hacía ruidos fuertes y acompasados con un cartel enorme que hacían de contrapunto a la melodía y le proferían un toque casi violento, de manifestación de la ruptura.

Y no puedo deciros mucho más. Pude rescatar todo esto porque me desperté a las cuatro de la mañana y apunté alguna de las ideas que se iban desvaneciendo de manera rápida. Eugenio es un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual, de grandes y variados talentos, al que considero mi amigo, aunque hace mucho que solo sé de él por las redes sociales. Entre esos talentos, esta el de la música. No solo toca varios instrumentos, sino que le gusta oficiar de luthier y construye cachivaches que suenan luego maravillosamente. Es una delicia ver su Instagram para escuchar esas composiciones.

Tengo muchas cosas que contar de Eugenio, al que pongo, en esta ocasión, con su nombre real, pero no lo voy a hacer, de momento. No obstante, voy a considerar esta entrada como una de las partes egregias de mis Historias de alumnos. Y será una historia de alumnos contando algo del futuro. Porque pido, desde aquí, a Eugenio, que haga realidad mis sueños.

Imagen de Joanna Boj.

Un mundo sin submarinos amarillos y un cuaderno verde para personas negras

Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

Cuando la rutina pese demasiado

Cuando, aburrido, miro por la ventana, invento otra vida diferente en la misma ciudad. Por si un día me dejas y todo acaba, te pido que pintes las estrellas de plata para que me imagine que estamos los dos a mandos de una nave espacial. Viajaríamos de madrugada, sin que nos haga falta decir ni una palabra. Y, cuando estés despistada, imaginaré que te hago una foto con las nubes blancas como detrás. Desde aquí, en lo alto domino el horizonte donde veía claro el porvenir: tres ilusiones, dos recuerdos. Y ese firmamento que dibuja el caminito multicolor.

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De hecho, más de una vez te he querido abrazar por temor a perderte después y pienso en aquel piloto que sobrevuela e peligro desde que el cielo amenazaba con lloverse. Y hoy, al verte llorar, me he acordado del calor de la casa en aquel invierno y el frío que siento en mi corazón.

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A veces, tengo ganas de fiesta, ganas de que acabe el invierno y vuelva el momento de nadar en el mar. Soñar en el verano me hace más fácil ilusionarme con un cambio de final. Todavía guardo algunos poemas y algunas cartas que nos escribíamos entonces y ahora te harían reír. Me imagino tu cara triste, mi amor de plata. Imagino que todo vuelve a empezar y que seamos delfines viviendo en toda la inmensidad del mar.

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Cuando la rutina pese demasiado, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta y maravillosa sensación de libertad. Partiremos hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto, un paraíso de bosques y montañas, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes. Sobre un mapa imaginario, dibujaremos caminos y nos invadirá una ilusión desconocida por avanzar entre sus curvas y pedregales. Llegaremos al fondo, ese del que me has hablado tanto, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes.

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Procura no cruzar al otro lado, no dejes que te engañe la frontera. Yo me quedaré a vivir siempre, viviendo los momentos de nuestro pasado. No dejes de viajar en tranvías y trenes, recuerda cómo me besabas y acuérdate de esa canción pop que envuelve nuestra vida hasta todos los finales. No te vayas demasiado lejos, quédate a vivir de este lado. Si necesitas olvidar y estar callada, quédate dormida en los hoteles, escucha el rumor de los volcanes y deja bien cerrado tu pequeño mundo, en el que podrás curar cualquier herida. Y, si un día decides volver, rodea tu cabeza con mis manos. Así quiero quedarme. Para siempre.

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El frío de este invierno que me habita, el cansancio y la costumbre, no conocen ni siquiera un ápice de un amor tan bien guardado, atento siempre a tu mirada. El color de los días tristes no consigue apagar nada. Y sigo viendo dos cuerpos abrazados, sobre un amor tan fuerte.

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Ven a bailar y, si te quieres quedar, te llevaré hasta el cielo en mi coche.

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Quisiera ser un planeta que girase alrededor de ti. Tú serías la estrella de mi corazón y conseguirías borrar todas mis huellas. Cuando tengo una pena muy grande, confieso que me encanta mirar tu cara, tan graciosa cuando bebes zumo de limón. Para olvidar esas penas, esos miedos, esa noche oscura, te besaré en espiral cuando no nos mire nadie. Entre tanta mentira y tanta canción, no paro de reír con una sonrisa inocente, demasiado infantil, que me hace pensar qué tonta es la vida y qué grande es nuestro amor. Así que piénsalo, necesito algo más en esta vida: estrellas. O limones.

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(Canciones prosificadas, modificadas y distribuidas a voluntad del sublime disco de Family, Un soplo en el corazón. Con imagen de Silke Remmery).