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El monstruo somos nosotros

Empieza el día, preparo el desayuno. Mientras, tanto, escucho en El cine en la Ser una frase que me deja con la margarina a medias en el panecillo: «En las películas de monstruos, el monstruo somos nosotros». Me quedo perplejo ante algo tan obvio, pero que me había pasado desapercibido hasta ahora. Y, mientras extiendo la mermelada de melocotón, mientras llevo la bandeja hacia la mesa, mientras voy desayunando, pienso en todos los monstruos que han pasado por el cine que me gusta y voy mirándome en sus espejos.

Salgo de la aplicación de radio para ir a la música y voy recogiendo los restos del desayuno entre «Alors on dance» de Stromae, «Cómo me gustaría contarte» de Dani Martín y «Pandora’s Box». Me van apareciendo ideas para escribir sobre el bailar en general y la primera vez que escuché la canción de Stromae en una clase de spinning en el gimnasio en particular, que siempre anunciaba un esfuerzo extremo. Sobre esas personas de tu familia que ya no están y que provocan que cada vez me calle más sentimientos, que se queda como posos en un rincón del alma. Y la canción de OMD, que es una de las canciones que escucho en bucle últimamente y que me gusta por la historia que cuenta, que es una historia de cine y de fracasos.

Después de correr (me he pegado una paliza mayúscula con cuestas de esas que te hacen picadillo las piernas) y la ducha, me he puesto a ver una película tonta, Juliet naked que me ha atrapado precisamente porque me gustan las películas tontas, sobre todo cuando ves, como en las películas de monstruos, que las películas tontas me retratan mucho más que las obras maestras. Me ha gustado ver a Rose Byrne, que me ha llevado a rememorar con añoranza la genial Damages, y, claro está, a Ethan Hawke, del que hay tantas cosas que decir que me tengo que quedar callado y dejarlo para lo siguiente, pero, sobre todo, a Chris O’Dowd.

O’Dowd, un actor que me gusta porque retrata a la perfección a los bobalicones con atisbos de simpatía insulsa que están detrás de todos nosotros, como los monstruos. Da la casualidad de que, hace relativamente poco, había visto a Chris O’Dowd en la estupenda serie State of Union, miniserie que no tiene desperdicio y en la que comparte cartel con Rosamund Pike, que es una de mis actrices favoritísimas. La casualidad hizo que viese el otro día I care a lot, en la que se demuestra que Pike es una excelente actriz que domina el registro de la simpatía, pero también —y sobre todo— el de la ambivalencia de ese lado perverso que tienen los monstruos, con lo que aplicaos el cuento…

Y no sé por qué azares he recordado una película que vi hace unos cuantos meses, El buen maestro, que me gusta como me gustan todas las películas que tienen que ver con la enseñanza, sus conflictos y, ante todo, sus entresijos. Recuerdo cómo me enfadó ver que el título en español se ponía del lado del profe, mientras que el título francés Les grands esprits, que pone el foco en el talento más que en sus descubridores. Los azares me han llevado a cavilar en torno a ese mundo de las aulas en los que, como los peces globo, hay mucha redondez, pero también mucho veneno. Y los monstruos han vuelto a rondarme.

Y, con mucha gula y poco apetito, me he levantado y he partido un poco de la tarta de queso que hice ayer. Cremosa por dentro, tostadita por fuera, de esas que solo se comían en Donosti. La música me ha acompañado cucharada a cucharada. Ha vuelto, como siempre, Joe Crepúsculo y «Mi fábrica de baile». Y, con el último trozo, ha llegado «Brass in Pocket» de Pretenders, que te muestra las maneras de sentirse especial.

Como hacía mucho tiempo que no escribía, pensaba que hoy sí. Que hoy iba a escribir sobre los monstruos. Sobre nosotros.

Con imagen de Neil Schofield.

Historias de alumnos. Carta semipública para Antonio

Tal y como comentaba ayer, me apetecía, por un lado, felicitar a Nerea no tanto por cumplir 37 años como por aglutinar tantos sentimientos y experiencias y tener esa manera tan estupenda de expresarlos. Y, por otro, contestar a un mensaje de correo que me escribió Antonio.

Vaya por delante una cosa: me hace una grandísima ilusión que mis alumnos, actuales, antiguos y remotos, me escriban —en el formato que sea, por la vía que sea— para contarme cosas de ellos, de mí, de cosas pasadas y de las cosas que nos pasan ahora, de lo que piensan que va a pasar y que nos gusta o nos afecta o nos importa.

La casualidad hizo que, unos días atrás, recibiera un wasap de, Ángel, uno de los amigos y compañeros de clase de Antonio. Ángel ha pasado «al otro lado» y ahora es profe. Me hace muy feliz que seamos ahora colegas, filólogos y que coincidamos en reuniones, aunque sea virtuales, para cosas relacionadas con el mundo académico. Y, hace muy poco, Antonio me escribió un correo electrónico, del que voy a hablar (parcialmente, lo que se pueda) aquí y al que daré contestación privada y merecida.

Antes de nada, os convendría recordar quién es Antonio:

Historias de alumnos: el chico al que pilló desnudo la policía en una piscina de madrugada

Decía que había recibido un correo de Antonio. Me dice que ha venido escribiendo a familiares y amigos desde Navidad y que, ahora, me ha llegado el turno a mí. Desveló aquí, naturalmente, solo lo que puedo contar.

Su manera de empezar demuestra que me conoce bien:

Bueno, solo quería saludarte y preguntarte cómo estás, dónde pones las manos y en tu caso, más importante, dónde pones la cabeza.

Antonio sabe mi cuerpo va por un lado y mi cabeza por otro. O, lo más importante, que mi cabeza va a su bola, por mucho que tenga una mente cuadriculada en el sentido más estricto y que tienda a salirse por sus márgenes en su sentido más extravagante.

El correo es un repaso por el cine, por la literatura y por las cosas del presente más inmediato, ese que está a ras de suelo. Antonio es rebelde y díscolo y provocador y me suelta, así de primeras, que ha dejado de gustarle Blade Runner. Él sabe que ese es un golpe bajo, una noticia que solamente puede comunicarse cara a cara. Que esa película, para mí, condensa todas las películas, las vidas, nuestras vidas en todas sus versiones (las de la película, las de nuestras vidas). Pero yo no le voy a contestar que un día, cuando volvamos a coincidir ese cogollito de estrellas de esa clase mágica en la que estuvimos tantas horas, les invito a ver Blade Runner 2049 a todos ellos para convencer a Antonio de que el viaje por los replicantes, que quizás soy yo, que quizás es él, que quizás somos nosotros, sigue mereciendo la pena.

Eso sí, a renglón seguido, me comenta que sigue viendo cine y disfrutando. Quizás no hay nada más hermoso que te digan que he aportado una diminuta semilla para disfrutar un poco más de las ficciones. Antonio y casi todos los que pasaron por mis clases en bachillerato saben lo que es la ficción para mí, una cuestión de principios y de finales, pero nunca de tibiezas, nunca de términos medios. La única manera que tenemos de comprender el mundo o de incomprenderlo y rebelarnos. Una vez más.

Me dice que sigue leyendo a Lorca y que lo hace en voz alta. Que ha descubierto que los libros están hechos para leerlos así, en voz alta. Así, un libro se lee y se escucha y tiene eco. Yo voy a hacer una confesión aquí. Como me leerán pocos, así no se entera casi nadie: encantándome García Márquez, me costó mucho entrar por Cien años de soledad, no me preguntéis por que. Un día, dar clase me salvó (una vez más): leí un pasaje de la novela y las palabras empezaron a cobrar una forma, una sinuosidad y unas sugerencias en las que comprendí, a la vez que ellos, por primera vez, que estaba ante una obra maestra y no solo un nombre ilustre.

Dice Antonio que le gustaría leer más teatro, pero que no logra engancharle. El teatro, si es posible, hay que verlo y escucharlo. Recuerdo, sin embargo, ese maravilloso sucedáneo cuando íbamos repartiendo papeles para La vida es sueño o para Hamlet o para Tres sombreros de copa y la magia cobraba todo su sentido. Éramos nosotros y ellos. Nuestra vida era la suya y la suya la hacíamos nuestra, perdidos en prisiones, en destinos, en venganzas, en intrigas, en juegos de malabares en los que siempre se cae un sombrero.

Y acabo como acaba (casi) Antonio, para contaros lo que hace ahora:

Estoy recogiendo aceitunas en Jaén. Ahorita barriéndolas del suelo. Qué locura.

Qué locura, Antonio, qué locura. Recoger esas perlas, tan deliciosas, con tanto trabajo. Me gusta imaginarte con la espalda doblada, con esfuerzo. Lo mismo que me ha gustado recibir todas tus palabras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Tomás Hornos.

 
 

Un mundo sin submarinos amarillos y un cuaderno verde para personas negras

Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

Historias de alumnos: la clase que aplaudió a rabiar una película de Billy Wilder

Durante unos poquitos años, di clase de una asignatura llamada «Introducción a los medios de información y comunicación». Se trataba de una asignatura de las llamadas «de iniciación profesional» que se impartía en 4.º de ESO. Cualquier alumno podía escogerla, pero era obligatorio que la cursasen todos los alumnos de la denominada «Diversificación curricular» (sin enrollarme mucho —y simplificando mucho también—, diré que era un sistema diseñado por el ministerio para aquellos alumnos que se preveía que no podrían obtener el título por la vía convencional y necesitaban un programa específico de asignaturas junto con otras asignaturas que hacían con el resto de sus compañeros).

Para todo aquel que no esté familiarizado con aquel sistema y para el lector que no conoce los entresijos de la enseñanza, seguro que le viene alguna palabra demasiado fácil y simplista para denominar a ese programa de «Diversificación curricular». La «Diversificación curricular» acogía una variedad incontable de circunstancias singulares y de particularidades personales y sociales que no se pueden juzgar si no es para equivocarse de medio a medio.

Bueno, a lo que íbamos. Decía que la asignatura de marras se llamaba «Introducción a los medios de información y comunicación». El diseño de la asignatura acogía contenidos relacionados con los medios de comunicación, con el ámbito de la informática aplicada y con los medios audiovisuales. Como indicaba más arriba, era una asignatura escogida de forma libre por muchos alumnos y obligatoria para los alumnos de Diversificación.

A la hora de dar una asignatura como esta, uno tendría la tentación de hacer las cosas de manera facilona, pero yo me planteé justamente lo contrario. Desde luego, tenía que ser una materia esencialmente práctica en la que los contenidos se asimilasen «haciendo». Pero eso no significo para mí, en ningún momento, plantear una asignatura de perfil bajo. Los alumnos, por ejemplo, realizaban blogs (en el momento en el que los blogs estaban empezando). Y cuando digo que realizaban me refiero a que no solo los creaban en una plataforma, sino que incluso modificaban las plantillas introduciendo código, por poner un ejemplo.

Pero el bloque en el que yo, como docente, me planteaba un auténtico reto era el dedicado al cine. Hablábamos de cine analizando las breves secuencias de los Lumière, descubriendo todos los trucos (nunca mejor dicho) de Meliès, riendo y llorando con Chaplin… Aprendíamos con ejemplos todo lo referente a planos, angulación de cámara, tipos de montaje y un largo etcétera. Mi reto era que, salvo excepciones, pudiesen descubrir el cine desde sus principios y que no se resignasen a los prejuicios que tenían sobre las películas en blanco y negro. Y he de decir que, pese a la reserva inicial, lo íbamos consiguiendo.

Además de analizar fragmentos breves, todos los años veíamos una película completa. Alguna vez tocó Hitchcock. El año que comento, vimos Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder. Era un visionado en el que nos deteníamos para analizar muchos elementos y en el que les llamaba la atención sobre algunos aspectos que no eran muy evidentes si no se atendía a los detalles. Ellos también realizaban observaciones sobre lo que veían. En el caso de esta película, más o menos hacia la mitad, fui dejando, poco a poco, disfrutar de la historia sin pararla demasiado.

Nunca me ha gustado ejercer de profesor vigilante así que yo estaba en primera fila y no podía ver sus reacciones, a excepción de algún comentario en voz alta y, por supuesto, muchas risas. En principio, muchas más de las que esperaba. A veces llegué a tener la duda de si exageraban para dar la nota. Llegamos al «Bueno, nadie es perfecto» y hubo un segundo de silencio en los que me temí lo peor. Tras ese segundo muy tenso para mí, hubo un aplauso espontáneo y prolongado. Estos alumnos, educados en un contexto en el que el cine clásico es algo raro y viejo, valoraban con reverencia y respeto lo que habían descubierto como una obra maestra. Ellos, claro, lo decían con otras palabras: «Cojonuda, tía, vaya peli». «El tío este era un genio» (subrayo que también hacían menciones al director, a ese ser genial que no se ve, pero que ellos habían descubierto casi por primera vez).

Me levanté de la silla, me puse frente a ellos y me puse a aplaudir también con ellos. Pocas veces he sido más feliz dando clase que en ese momento.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Una película mal explicada

Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

Bajo el embrujo de Sherezade

Vuelves a ver Carta de una desconocida. Hacía muchos años que no contemplabas esa magnífica historia, llena de sentimientos, de ternura y realidades que te abofetean sin misericordia, contada con sutil maestría. Ves a Joan Fontaine-Lisa Berndle recorriendo la casa de Louis Jourdan-Stefan Brand: Lisa se desliza, casi vuela en un montaje prodigioso, por todas las estancias, por todos los objetos que le devuelven, en su ausencia, todo lo que ama. Por un momento, ingenuos nosotros, nos creemos la historia de ese amor. Porque dos semanas no es nada, pero pueden ser la barrera que separa las palabras de la incomprensión y la villanía, incluso la barrera que nos separa de la muerte.

Y sientes que la vida, afortunadamente, te atrapa bajo el embrujo de Sherezade. Siempre dispuesto a vivir un día más gracias a una historia que desearías que fuese interminable. En permanente estado de suspense, como ese artificio, el cliffhangerque te mantiene en vilo. Porque te enganchas a las ficciones como si no hubiera otra forma de consuelo. Porque, así, vives en todos los puntos cardinales, en todas las épocas y bajo todas las perspectivas.

Cada vez que sientes que la vida te oprime, cada vez que intentas respirar y parece que no hay aire suficiente, una historia te rescata. La casualidad ha hecho que hayas puesto la televisión y estuviese Joan Fontaine viviendo la historia de un amor. El mismo que le causa la muerte. Y así, ha aparecido otro escalón en la subida al paraíso de las ficciones.

Todos siguen vivos: Errol Flynn, Toni Scott, Willy Wilder…

willywilder

Como ya sabéis, desde hace unos meses y sobre todo en las redes sociales, hago mención a los cumpleaños y aniversarios de los (mis) grandes del cine. Si la cosa se complica y el espacio lo requiere, les dedico también una entrada. Y, en este caso, la cosa se ha complicado porque he pasado unos días fuera y el espacio y la justicia poética precisaba de dedicarles unas líneas.

La cosa parecería sencilla, pero vais a ver muy pronto que no lo es tanto.

Porque un día 20 de junio de 1928 nació Martin Landau, al que vi por primera vez en Con la muerte en los talones haciendo de malo de catálogo y en Delitos y faltas desplegó todas sus maravillas y todos sus matices. Pero es que también un 20 de junio, esta vez de 1909, nació Errol Flynn, ese simpático caradura en la ficción y caradura y excesivo en su agitadísima vida real, el mejor Robin Hood, el mejor capitán Blood, el mejor halcón de los mares y el genial capitán Nelson de Objetivo, Birmania.

Porque un día 21 de junio de 1921 nació Jane Russell, con la que supimos que los caballeros las prefieren rubias, aunque ella convierta a las morenas en mujeres irresistibles. Pero es que también un 21 de junio, de 1944, nació Toni Scott, que no es tan solo –ni mucho menos– el hermano de Ridley, sino uno de los mejores directores del mejor cine de acción, al que siempre le puso un acento singular (Marea roja, Días de trueno, Top Gun…).

Y porque tal día como hoy, 22 de junio de 1929 nació la muy evidente, obvia y oscarizada Meryl Streep, que no fue mi santo de devoción en sus momentos más serios y más dramáticos pero que ha acabado sido santa de mi corazón a medida que ha asumido mejor sus matices melodramáticos para escaparse de ellos. Pero es que también un 22 de junio, de 1966, nació Emmanuel Seigner, la inseparable compañera de Roman Polanski, que siempre ha sabido inquietarnos y provocarnos (Lunas de hiel, La novena puerta, esa película irregular en la que sus ojos eran el diablo de ojos verdes): solo por ser el Virgilio que acompaña al soso Harrison Ford en el infierno de la noche de París en Frenético ya se hubiese merecido un puesto de honor en la historia del cine.

Pero es que, tal día como hoy, en 1921, nació Billy Wilder y aquí decir cualquier palabra, poner cualquier apelativo, señalar y subrayar un matiz es tan innecesario como herético. Gracias a sus palabras y su mirada, el cine ha sido mejor y me contará (para siempre, pase lo que pase) como uno de sus más fieles acólitos, uno de sus más humildes servidores.

Se me olvidaba decir que, aunque alguno de ellos hayan muerto, todos siguen vivos.

El responsable de la muerte de Bambi

Hoy, 11 de junio de 2015, cumplen años dos grandes actores y grandes doctores en la ficción:

Gene Wilder, de filmografía irregular pero que, solamente por haber interpretado al Dr. Frankenstein (él preferiría que pronunciásemos «Fronk-en-steen») y haber sido el guionista de esa joya que es El jovencito Frankenstein, se merece que adornemos con flores cada uno de sus 79 años.

Hugh Laurie, que será para siempre y eternamente el Dr. House en House M. D, que nos ha transmitido con esa papel toda la mala leche encajada entre sorna, descaro y frustración, y que cumple 55 años.

Pero, repasando datos y anécdotas, me encontrado con un cineasta que merece la pena rescatar: James Algar, que nació un 11 de junio de un ya lejano 1912 y al que yo no tenía el gusto de conocer por el nombre. Solo diré que es, nada más y nada menos, el director del «El aprendiz de brujo», esa obra maestra del cine que es una de las partes de, a mi juicio, una de las películas más deslumbrantes, meritorias y poco conocidas de Disney: Fantasía, un filme en el que la animación se pone al servicio de la música clásica y la música el servicio de la animación.

Algar, además, es uno de los responsables de ese gran descubrimiento que fue tan duro (y necesario) en nuestra infancia: James Algar, y no otro, es el director responsable de la muerte de Bambi.

Aquí os dejo «El aprendiz de brujo»:

Howard Hawks: cuando todas las rutinas se desbaratan

Monkey Business

Dentro de todas las rutinas cotidianas, suelo tener una que es muy agradable: abro la aplicación de IMDb en mi iPad y me pongo a consultar algún dato de una película o una serie, alguna pequeña anécdota, un apunte biográfico que llama la atención… Nunca falta ver en qué día nacieron algunos de mis directores y actores favoritos.

Hoy acabo de ver que, un 30 de mayo de 1896, nació Howard Hawks. Hawks es uno de mis directores (y guionistas) favoritos. Algunos de sus detractores le reprochan la sencillez de las escenas: la cámara en las películas de Hawks nunca está en un sitio inesperado, jamás en una angulación significativa… lo que quiere decir, en la mayor parte de las ocasiones, que se encuentra en el lugar justo para contar una historia.

La fiera de mi niña, Solo los ángeles tienen alas, Luna nueva, El sargento York, Bola de fuego, Tener y no tener, El sueño eterno, Río Rojo, La novia era él, Me siento rejuvenecer, Los caballeros las prefieren rubias, Río Bravo, ¡Hatari!, Su juego favorito, Río Lobo. Una nómina de obras maestras que asusta, entre la comedia desenfrenada, casi surrealista, el mejor cine negro, el Western.

Howard Hawks era un auténtico maestro en dejar a los hombres, a menudo famosos galanes o tipos duros, en el más espantoso de los ridículos, sujetos a situaciones que no pueden dominar y siempre girando a unas mujeres claramente superiores.  Hawks fue el que nos demostró que la vida nos hace vivir de forma cotidiana en un sitio en el que no deberíamos estar, experimentar unas vivencias de una forma que no nos corresponde. Nos hace sentirnos extraños en los momentos y los lugares que, quizá, fueron nuestros pero ya no nos pertenecen o, al contrario, acaba por hacernos próximos y cotidianos todos los delirios que acabarán siento el centro de nuestra vida.

¿Qué queda por hacer? Para mí, sin duda, coger una de sus películas, una de sus comedias locas y ver que el mundo cobra sentido cuando todas las rutinas se desbaratan.

Tus finales favoritos

Entras en un ascensor y no sabes ni quién eres. Te han mostrado la historia de tu vida en un papel doblado con agilidad y conocimiento. Has ido a buscar lo que más temías, después de toda una existencia de búsqueda taxativa de respuestas, y te has encontrado con todos los interrogantes. Ahora frunces el ceño y esperas otro futuro. La puerta del ascensor se cierra.

(Esta entrada abre una nueva serie, en la que hablaré de los finales de mis películas favoritas)