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Historias de alumnos. Todas las veces que me equivoqué (aplicadas al caso de Esperanza)

Aunque ya he hablado de unos cuantos malentendidos, fracasos e historias fallidas, todavía puede haber momentos en los que las personas que leen esto piensan que esta es una serie autocomplaciente en la que me dedico a echarme flores y a tender puentes de buenrollismo sobre mi trabajo como profesor.

Y no es cierto, para bien o para mal. Aunque tengo muchos momentos de satisfacción, excelentes recuerdos y vívidas experiencias positivas, muy a menudo me asaltan los fantasmas de todas las veces que me equivoqué, de todas aquellas en las que obre o no obré, en las que por acción u omisión o yo no sé qué, las cosas no salieron bien, salieron regular o salieron mal. Todas las veces en las que, creo que con buena intención, no conseguí llegar a los propósitos de la excelencia y me quedé en una incierta frontera entre el querer, el no querer, el poder y el no poder.

Después de cientos y cientos de estudiantes, quizá miles, todavía pienso en todos a los que no recuerdo, todos aquellos que estaban necesitados de una buena acción educativa, de un contenido bien aplicado y que les llegase y pudiese moldear, al menos un poco, su personalidad y su futuro. O, por lo menos, su conocimiento. En esa visión panorámica hacia el pasado, también contemplo rostros en los que fracasé. Es el caso de Esperanza.

Esperanza era una chica reservada, tímida y nada propensa a la exposición y a la exhibición en clase. De lo que no cabe la menor duda era de que era una persona educada, encantadora, con muy buenas amistades y relaciones entre sus compañeros, sus amigos y sus amigas. Sin embargo, Esperanza no conseguía arrancar con brío en la asignatura que impartía en el instituto. Se quedaba siempre en ese quicio entre el cuatro y pico y el cinco. Ocurría, sobre todo, en el comentario de texto. Es cierto que yo era (más o menos) exigente, pero no llegaba a superar de manera satisfactoria todos los obstáculos en forma de resúmenes, opiniones críticas y la exágesis de formas y contenidos.

Había otro elemento que me condicionaba gravemente. Esperanza era hija de un profesor del centro con el que yo había tenido muy buena relación y, por circunstancias de la vida, nos habíamos distanciado mucho. Yo me encontraba ante el problema de que tanto él como Esperanza pensasen que las notas medianas o bajas que le ponía estuviesen condicionadas por esta razón. Y no. Juro que no. Jamás se me ocurriría que un alumno/hijo sufriese las desavenencias con el examigo/padre. Aunque él y yo nos comunicábamos muy poco, yo me creía en la obligación de dar alguna explicación y algún razonamiento sobre lo que hacía. Le proponía a Esperanza, en algunas ocasiones, que se presentase a las pruebas de recuperación para lograr redondear lo que, a mi perecer, no se moldeaba de forma adecuada. Ella se sentía insegura pese a mis intentos de que pisase firme. Y puede que fuese una obsesión mía, pero su padre escuchaba mis intenciones con cierta suspicacia y, cuando las intenciones se convertían en calificaciones, la suspicacia era, según la idea que tenía en mi cabeza y que jamás sabré si es cierta, la suspicacia se trocaba en desconfianza.

Los años corrieron y yo, al poco tiempo, pasé a dar clase en la universidad. Fui sabiendo de Esperanza, Claro. Estudió Periodismo. Y luego un máster. Y, más tarde, empezó a trabajar en una de sus pasiones, que era el mundo de la comunicación y el deporte. Y es francamente buena. Leo siempre sus escritos y están llenos de armonías, de aciertos y de palabras ajustadas. Y pienso que es poco posible que alguien con esas cualidades las tuviese silentes cuando se trataba de interpretar y analizar las producciones textuales ajenas. Así que quedan pocas opciones y algo se me perdió a mí por el camino. En ese éxito actual, le doy vueltas a si Esperanza ha pensado alguna vez en todo esto y si su padre también lo han hecho. Y si han llegado a una conclusión parecida. Segura y justamente, puede que haya sido así.

No es posible acertar siempre. Pero duele saber qué es lo que ha pasado para que las cosas no salieran bien… y cuántas veces habrá ocurrido sin que yo me haya dado cuenta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Günter Hentschel

Historias de alumnos. La estación de paso

Tengo pendientes muchas historias de alumnos. Han tenido tanto éxito que me abrumaba el número de personas que esperaban a que llegase su historia. Creo que soy muy injusto postergando tanto la escritura y, casi con total seguridad, volveré sobre estas historias que me abren la ventana del recuerdo.

De hecho, escribo estas líneas porque una de las historia s que tengo pendientes se refiere a una alumna con la que me encontré el otro día en un avión hacia Londres. Explicaré los detalles cuando hable de ella. Baste decir que, a los pocos días, me mandó un wasap en el que adjuntaba un artículo que escribí en un periódico de Burgos. Se trata de un texto que compuse para ellos, un grupo de estudiantes fabuloso con el que aprendí todos los días. Leí, lleno de emoción, esas palabras en clase. Es este:

Esta mañana he dado la última clase de Literatura a mis alumnos de COU. No será mi última clase de Literatura. pero sí la última para ellos. Y cuando me he despedido, les he contado la historia de la estación de paso. 

Imagínese el lector una estación de ferrocarril modesta y pequeña. Una estación que, si del viajero dependiera, no existiría, pues sirve tan sólo para enlazar un tren con otro en un transbordo necesario. El trabajo de los ferroviarios de esta estación es el mismo que en Atocha o Chamartín, aunque (eso si), más modesto. Hay en esa estación gran-des letreros con los horarios de entradas y salidas, un empleado en taquilla que expende los billetes, un mozo de equipajes, empleados de circulación, un jefe de estación… Es esta una estación anodina a la que los pasajeros llegan a regañadientes. Una estación en la que muchos de ellos mirarán insistentemente el reloj esperando ese tren que parece no llegar nunca. Una estación que, a unos pocos se les antojará una estación pintoresca, y en la que no les importará, si tienen tiempo pasear lentamente por el andén disfrutando del olor de los árboles cercanos y de la abarullada calma propia de estos lugares. Alguno, incluso, se enamorará durante diez minutos de esa mujer a la que no volverá a ver jamás. Otros, por último, se afanarán por encerrarse en la lectura de un libro o intentarán estudiar profundamente un informe de su empresa interrogando a los cielos por qué ese balance no cuadra. 

Esta estación es un microcosmos en el que hay viajeros que protestan, empleados descontentos con su trabajo, futuros pasajeros de paciencia infinita, ferroviarios con vocación auténtica, personas que pasaban por allí para matar su tiempo sombrío, gente, en fin, a la que le gusta contemplar cómo se alejan los trenes (o disfrutar extáticamente de su llegada). 

Algunos (pasajeros y empleados) cometen un error tremendo, y piensan que ese lugar intermedio es la meta: y, en cierta medida, pretenden ignorar que existe un final. No quieren creer que el tren, con más o menos retraso, siempre llega. No quieren reconocer que, aunque prometan regresar, nunca más volverán ya a coger ese tren que les conduce a un destino irrepetible y único. En el fondo, ansían nadar en el perpetuo olvido del presente. Los viaje-ros siempre pasan y, aunque hubiesen llegado a fumar un cigarrillo y conversar con el ferroviario de turno, cuando el tren entra por la vía primera y el altavoz anuncia su salida, se despiden atolondradamente, pronuncian un fugaz ¡Hasta la próxima! Y se marchan. Mientras, al factor de circulación no le queda más remedio que ponerse la gorra. levantar el banderín y tocar el silba-to para que continúe el futuro. Aunque sepa que, hoy. la estación se quedar vacía. Aunque sepa que mañana vendrán otros. 

Hoy les he contado esta pequeña historia a mis alumnos de Literatura de COU en la que sería su última clase. Pretendía con ello marcar de alegoría y pretencioso ingenio nuestro adiós mutuo. Una profunda tristeza me obligó a narrar demasiado deprisa. Un ‘vacío que iba vaciando mi garganta para plasmar-se en mis ojos me obligó a no decir-les lo que ahora les digo. Que a muchos de ellos les quise y les quiero. Que tengan suerte y la vida les trate dignamente. Que les echan! de menos. Que hoy, como un tonto. me quedé con la gorra y el banderín dando la salida a un tren desde esta estación de paso. 

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. El artículo apareció en Burgos Siglo XXI el 14 de junio de 1999. La imagen es de Mariano Mantel.

Sobrehumano, inhumano o imposible

Es sobrehumano y se encuentra por encima de todos nosotros. Alcanza la temperatura de un dios y de un héroe. Enseña, escribe, aprende, vive, convive, dialoga, contesta, publica en series ilimitadas investigaciones que son buenas para el mundo. Llega a la última balda sin coger una banqueta. Pinta sin escalera. Cambia las bombillas sin deslumbrarse. No le hace falta apagar la luz para cambiar los interruptores que encienden todas sus vidas.

Es inhumano y se encuentra entre los abismos. Se lanzó una vez desde una colina sin darse cuenta de que no tenía parapente y cayó a plomo. Intenta multiplicarse y dividirse. Hace el pino para notar el suelo con más contundencia, con la crueldad del trapecista al que se le desacompasa el compañero y la vida y la columna vertebral. Practica la postura del loto y no llega ni a la mitad. Se agacha y recoge las migajas del tiempo perdido, del tiempo invertido sin poder revertir todo lo que intentó acumular con las manos abiertas y con los dedos resbalando por el agua.

Nuestro trabajo no es sobrehumano ni inhumano: es imposible. No se puede gestionar, enseñar, investigar, publicar. No tendría permitirse que perdiésemos nuestro tiempo, que no tuviésemos días ni horas ni minutos sin esa permanente sensación de culpabilidad. Miramos a lo alto y nos sentimos pequeños. Miramos desde lo alto y sentimos miedo. Y así. Así todos los putos días.

Reflexión sobre la impotencia que se siente ante nuestro trabajo con imagen de Paul B.

Profesores de 150 años

De manera casual, me he encontrado últimamente algunos mensajes en las redes sociales escritos por profesores que acaban de llegar a las aulas. No hace mucho que dejaron de ser ellos los alumnos y ahora han pasado al otro lado. Me refiero, claro, a todos los que están en las aulas por vocación y no por obligación.

Entre ellos, afortunadamente, es frecuente encontrar mensajes cargados de ilusiones mezcladas, por supuesto, con ciertas dosis de miedos e inquietudes, propios de quien se enfrenta por primera vez a esa experiencia y que resultan más que comprensibles. Saben que están llenos a partes iguales de sabiduría e ignorancia. Que les queda todo un camino por recorrer siendo conscientes —también— de todas las naves que les condujeron hasta aquí y que, a veces, es necesario quemar.

Sin embargo, reconozco que me llena de estupor leer mensajes cargados de insolencia y de menosprecio hacia quienes son los destinatarios de nuestras enseñanzas. Son mensajes recriminatorios en torno a todas las supuestas ignorancias de los alumnos. Por supuesto, estos neoprofesores están instalados en una presunta superioridad que no emana de una realidad, sino de una descompostura apabullante.

Cuando uno docente entra en el aula, ha de ser muy consciente de que se encuentra ante un conjunto de personas a las que tiene que formar tanto en su colectividad como en su individualidad. No hay mundos perfectos, sino contextos reales. No hay conocimientos ideales, sino circunstancias y situaciones concretas, a veces muy poderosas, a las que un profesor ha de hacer frente, pero no para criticarlas, sino para solucionarlas. No hay seres cargados o no de sabidurías, sino de personas con una capacidad muy elevada para aprender. En vez de manifestar críticas o poner cara de superioridad y de asco, un docente tiene que ir cargado de todas sus ilusiones, de toda su ciencia, de todo su entusiasmo, de toda su humildad y de toda su perseverancia. El proceso de enseñar no surge de la ciencia infusa, sino del contagio. El que comunica con desprecio contagia desprecio. El que comunica desde un pedestal o un púlpito no demuestra su autoridad, sino que se distancia de manera inexorable de aquellos a los que debería tener cerca. La enseñanza no es un campo de minas, sino una tierra que se siembra con proximidad, con humildad y con la sabiduría de quien sabe que no sabe casi nada y que es capaz de aprender mucho en ese proceso de contacto con sus estudiantes.

Hay profesores que llevan toda una vida en el aula y siguen con la ilusión (casi) intacta. El contacto humano con sus estudiantes los va enriqueciendo día a día. Me pongo muy triste, sin embargo, cuando descubro que hay profesores que llevan en el aula muy poco tiempo y parece que llevasen 150 años. Resabiados y malogrados, pesimistas, apocalípticos. Cuando un docente entra en el aula, tiene que respirar ese aire nuevo, remangarse y ser conscientes de que hoy, gracias a su trabajo, gracias a todos esos seres humanos que comparten ese espacio, empieza todo.

La imagen es de Id Aarno.

Seguir aprendiendo

Hace unos días, leía en el blog de un compañero de facultad una reflexión sobre los comienzos de curso: me gusta la magia que se produce cuando lo que muchos —desgraciadamente— conciben como cíclico y repetitivo no es sino una aventura que forma parte de un camino para el descubrimiento y, por lo tanto, para el aprendizaje. Un profesor no puede realizar bien su oficio si habla desde la atalaya de la sabiduría absoluta (¿qué es esa presunta sabiduría?, ¿dónde está?), sino que su labor se afianza en los matices nuevos que da descubriendo en lo podría parecer ya conocido, en la interpretación que se le ocurre que puede ser fruto de un cambio de perspectiva, de una mirada con unos ojos que nunca contemplan el mismo objeto.

No hay enseñanza provechosa sin ese cambio de piel que nos ha de suceder cada vez que volvemos a nuestra tarea. Y, en ese aprendizaje, creo que es esencial el papel de los estudiantes. Una clase, sea virtual o presencial, es una comunión irrepetible entre los profesores y los alumnos. El tema 3 o el texto B podrá ser el mismo (o no), pero una observación atinada, una pregunta a tiempo, una duda manifestada en voz alta, nos sirven para apuntalar el edificio de nuestro conocimiento… o puede que, en algún momento, para derribarlo e intentar construir uno nuevo.

Después de muchos años en este oficio, creo que me aburriría soberanamente si, curso tras curso, mi labor fuese enseñar todo lo que sé. Prefiero seguir aprendiendo para que todo tenga sentido.

Imagen de Jef Safi.

Un mundo sin submarinos amarillos y un cuaderno verde para personas negras

Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

Quinto día

Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

Historias de alumnos: el comunicador audiovisual que vino de Galicia

Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Historias de alumnos: el chico que acudió a mi despacho el día que se había muerto uno de mis mejores amigos

Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

Historias de alumnos. El chico que pensaba que la catedral de Burgos era una maravilla

Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.