— Verba Volant

Archive
Enseñanza

Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Read More

Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

Read More

Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

Read More

La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

Read More

La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Read More

La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

Read More

Recuerdo la primera vez que entré en la clase de segundo de BUP que mis compañeros calificaban de maldita. «Son unos cabrones», decía uno de mis compañeros. «Te hacen la vida imposible, no hay quien los soporte», decía otra profesora. «Van a mala leche. Joder, qué pesados», decía el de más allá.

A mí lo que me ocurrió cuando entré en esa clase por primera vez es que me invadió la luz que entraba por sus ventanas. No sé explicarlo muy bien, pero otras clases, además de ser algo más oscuras, tenían una luz más amarillenta y mortecina, pese a todas las luces fluorescentes del techo de sus universos. Esta no, era una luz que irradiaba luz y nada más. Nada la filtraba, nada la absorbía. Nunca había dado clase en esa aula hasta entonces.

Ahora cada cual pensará: «Ya está aquí está el enrollado. Sus compañeros dicen que esta clase está llena de ángulos y dificultades y él está contento». Sí y no. Es que, de verdad, cuando entré, tuve unos segundos en los que no fijé en los alumnos, lo reconozco. Entré por la puerta, fui avanzando hacia la mesa del profesor, dejé los bártulos encima, me di la vuelta y sentí esa luz tan especial. Tan espacial. Luego los vi, claro. Aunque tengo dificultades para mirarlos en su conjunto ahora. De hecho, solo recuerdo cuatro caras. Muy reconocibles, eso sí.

En las semanas que llevo escribiendo estas historias de alumnos la casualidad ha hecho que me haya encontrado dos veces a Mauricio. Para mis compañeros desesperados, Mauricio era el estandarte de todas las rebeliones. Al que tildaban de gamberro y diletante por naturaleza, no era más que un adolescente con un fondo generoso. Le gustaba dejarse ver y hacerse oír, eso sí. La última vez coincidimos en los vestuarios de una piscina municipal. Charlamos un ratito. Tiene un hablar profundo y pausado, es una persona encantadora.

Luego estaba Garcés. A ese sí que algunos profesores le tenían miedo de verdad. Era delgadito y, si hiciésemos caso de esas clasificaciones aquellas de los biotipos, correspondía claramente al ectomorfo. «Es un insolente» decía una». «Ya puedes tener cuidado con él», decía otro. «Y mira que es listo. Todo lo que tiene de listo lo tiene de cabrón», decía aquel. Lo cierto es que Garcés necesita de una entrada exclusiva. Era un chico guapete, que tardó unas semanas en cambiar la forma de mirar, de mirarme. Empezaba mirando de través, algo que siempre he considerado inquietante y peligroso, pero hablé con él varias veces en privado y tengo que contar parte de la última conversación que mantuvimos. Lo dejo para otro día.

Y, a mi derecha, se encontraba Elisa. Suelo destacar en los alumnos la sonrisa, pero no era lo primero que llamaba la atención en ella. De hecho, Elisa tenía una sonrisa franca y ponderada. No necesitaba elevar mucho la comisura de los labios para esbozar lo que sentía. Pero no era la sonrisa lo que sobresalía. Lo que destacaba en Elisa eran sus ojos. Eran unos ojos preciosos, profundos. Era una mirada que transmitía tranquilidad y serenidad. Solo muy al fondo se adivinaba un esbozo de las inquietudes que jugaban en su cabeza.

Sin embargo, esta descripción de Elisa no pude completarla hasta semanas más tarde, cuando le tocó hacer el papel de Celestina durante la lectura de varios fragmentos de la obra. Lo primero que me llamó la atención fue una voz preciosa, llena de modulaciones y matices. Después, llegó la interpretación. Cuando las lecturas en voz alta en clase de Literatura solían ser más bien timoratas (me costaba dios y ayuda que se desatasen), Elisa se marcó una interpretación magistral. No era impostura ni afectación ni chulería. La lectura perfecta le salía directamente de las entrañas. Yo no recuerdo lo que dije, pero sí lo que sentí: la admiración manifiesta de alguien que tiene un futuro seguro como actriz.

Obviamente, salió el tema de su vocación. No recuerdo si fue ese día u otro o el siguiente. Ella me dijo que quería ingresar en la escuela de teatro, pero que sus padres preferían que se centrase en los estudios. Elisa era una estudiante magnífica y estoy totalmente seguro de que hubiese podido compaginar a las mil maravillas todo lo que se le pusiera por delante. No sé cómo lo vio ella y cómo lo contempla ahora desde la distancia, pero creo que se sintió mutilada en uno de sus mayores talentos.

En los años siguientes, no tuve contacto directo con Elisa. No recuerdo si inicialmente iba a estudiar Enfermería, pero creo que se marchó a estudiar a Madrid algo relacionado con las Ciencias de la Salud. Biología, creo.

Bastantes años más tarde, viendo en la tele un programa dedicado a españoles que viven en Copenhague, veo que dedican unos minutos a una cafetería-librería preciosa dedicada a la literatura hispánica. Y veo a Elisa, es la encargada (o la propietaria, no recuerdo) del local. Tiene el pelo más corto, sigue con esa sonrisa apenas esbozada y enigmática. Y esos ojos que traspasan la pantalla. Anduve trasteando por internet para encontrar el contacto de correo electrónico de la librería. Todavía conservo el correo que le mandé y su respuesta. Una beca Erasmus la llevó hacia el norte y todas sus inquietudes por las letras tuvieron allí su desarrollo. Allí se quedó y allí vive. Veo que la librería, el contacto y la difusión por la literatura y la cultura en español le devuelven esa pasión por la palabra. Y contemplo con mucha alegría esos giros perfectos que, a veces la biología devuelve en forma de rizomas. Porque Elisa era mirada y letra y palabra.

Veo ahora una foto de la librería en Copenhague y contemplo la misma luz, aquella con la que me olvidé de todo la primera vez que entré en esa clase.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen está sacada de aquí.

Read More

Tenía ganas de contar ya la historia de Antonio. Rondaba por mi cabeza desde hace semanas y había hecho referencia a ella en un par de ocasiones. Ayer me encontré a Florence, una chica cuya historia tenía ya esbozada en la cabeza, pero me he levantado y he pensado: hoy le toca a él, contar su historia. Digo Antonio porque ya no respeto siempre el anonimato de las iniciales y porque su nombre empieza por una de las últimas letras de alfabeto y no he encontrado un sustituto posible. También porque él se reconocerá en ese nombre, estoy seguro. Porque también es el suyo.

En contra de lo que sostenía en una entrada anterior, en la que afirmaba que solamente cuento lo que he visto, lo que he vivido, el título de la entrada corresponde a algo que él me ha contado y con el que creo que pasamos el último rato de risas. Hacía tiempo que no nos veíamos y me lo encontré por El Espolón. Yo iba recién despierto, él estirando la madrugada. Creo que me dijo que había estado durmiendo por ahí. Tratándose de Antonio, «por ahí» hubiese podido tratarse de la casa de amigos o de desconocidos. O de un parque. O del séptimo cielo, qué se yo. Porque Antonio es una novela en sí mismo. Dentro de todos los alumnos que he tenido, quizás sea el que menos se ajuste, punto por punto, a todo tipo de convenciones. Espíritu libre que hace lo que quiere y no lo que le dejan.

Podría parecer, por lo dicho, que Antonio es un impresentable. Y, de hecho, lo es. Es al único impresentable que presentaría en sociedad para afirmar su impresentabilidad y, a la vez, para negarla de manera rotunda. Lo que quiero decir es que Antonio es asertivamente contradictorio, contradictoriamente asertivo. Optimista con pozos de amargura, triste y convulso en sus momentos de plenitud.

Decía que me encontré a Antonio y hablamos para ponernos un poco al corriente de todo. Entonces, él me contó la historia de la piscina. En una de sus innumerables salidas al arbitrio de la noche, sus amigos y él acabaron en las piscinas municipales de El Plantío. Menos mal que era verano. Saltaron la valla, se despojaron una a una de todas sus prendas y decidieron sumergirse en el agua en un acto de libertad absoluta. Todo fue bien hasta que dejó de ir. Algún vecino de la zona debió de llamar a la policía, que se presentó al recinto (qué bien hubiese quedado decir que se personó). Y puede que los amigos de Antonio fueran más rápidos que él, puede que Antonio se atrancase en un intento de recibir a la ley, al menos, en calzoncillos. Pero le pillaron. Me imagino la conversación, la denuncia y todos sus pormenores, tal y como me los está contando Antonio, y no puedo parar de reír.

Antonio forma parte de uno de los núcleos más sólidos, de los vínculos más fuertes que, después de muchos años, he tenido con un grupo de alumnos. Como he dicho ya alguna vez, hay años en los que te encuentras con unos cuantos alumnos que funcionan de manera maravillosa, que son una unidad en sí mismos y un todo que se engrana de manera perfecta como conjunto. La clase, en esos momentos, se convertía en un momento de eucaristía del conocimiento, de las emociones y de un aprovechamiento intelectual y personal. Creo que esto les ocurrió, en efecto, a ellos, pero también a mí. Tengo que contar la historia de cada uno de ellos. Por separado, eran maravillosos. Juntos, invencibles.

La clase era un momento para soñar y para especular, para discutir y para desarrollar interpretaciones. Sobre los textos, sobre los filósofos, sobre los escritores. A las poesías se les sacaba toda la sustancia, a las novelas todos sus entresijos, a las obras de teatro todas sus tensiones. Cada texto era un descubrimiento, un pozo de petróleo del que estábamos seguros de que podríamos extraer barriles y barriles. Hablaré de ellos, de su inteligencia y de su integridad como personas, de su fidelidad a ellos mismos y su comunicación conmigo. Antonio siempre era el más desbocado, el más extremo. Su pensamiento, simplemente, no era como el de los demás. Su personalidad tampoco. Lo mismo decía una chorrada como la copa de un pino como acertaba con un pensamiento afilado, lleno de ramificaciones. Lo mismo era zafio y ramplón que escribía una maravilla cargada de poesía.

De hecho, ahora, de vez en cuando, escribe unos textos magníficos, dignos de una lectura detenida y cariñosa. Para disfrutar de las palabras. Porque Antonio, frente a lo que pueda parecer, es una persona que se desnuda en sus acciones, pero a la que se le descubre por su forma de expresarse, en toda su comicidad y su tragedia.

Antonio era el tipo de alumno que te podía encantar o te podía desesperar. Siempre excesivo, te hundía una clase en el barro o la elevaba a un estado superior al que esperabas. Tengo cariño por Antonio. En nuestra lucha por ser entendidos sin ser explicados, pienso ahora, tan distintos, que tenemos algo de sintonía. Él es más calmado y prudente de lo que se cree, yo tengo un lado más salvaje y rebelde del que parece.

Las pocas veces que nos hemos encontrado después, nos reímos no solo de lo que ha pasado, sino de lo que nos pasa ahora. Y contemplamos, entre la sonrisa y la bruma, todo lo que tiene que venir.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Mario Izquierdo.

Read More

Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres «extraños» que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de «normalidad» que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: «Coño, Berengario». En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba «Pájaro» cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

Read More

Como habéis podido comprobar, a lo largo de esta serie hablo, sobre todo, de alumnos. Decidí no hablar más que de forma ocasional de otros profesores y solo de forma tangencial y por alusiones sobre los padres. En suma, es una serie de historias de alumnos en todas sus individualidades. Aprovecho esta pequeña introducción para apuntar algo que desarrollaré quizás otro día, quizás en otro lugar (de este blog o fuera de él): no escribo la historia de los alumnos, así, en general, sino la historia que yo sé y tal y como yo la viví. A lo largo de estas semanas, he tenido ocasión de charlar, con un café, Coca-Cola o caña de por medio, pero también a través de WhatsApp, del correo o los mensajes directos de Twitter con alguno de los protagonistas (o con protagonistas que, a su vez, son amigos de otros protagonistas). Y se extrañan de que me acuerde de un detalle y que, sin embargo, no cuenten otro que a ellos les parece relevante y que ocurrió en otra clase o en otra capa de sus vidas. No ejerzo de narrador omnisciente. Cuento lo que vi desde el ángulo en el que lo veía (a lo que se añade, claro, todo el sumatorio modificador de la memoria). A lo más que llego, como en alguna narración de finales del XIX, es a encaramarme a un banco para adivinar lo que ocurre en el interior de una casa intentando que mi cabeza deduzca lo que apenas contemplan mis ojos.

Pero vayamos a la entrada de hoy que, como digo, es una excepción. Hoy, por primera vez y creo que por última, hablaré de un colectivo. Lo he titulado «Los que nunca fueron jóvenes», que no es otra cosa que decir «Los que siempre fueron viejos».

Si existe algo maravilloso en nuestra profesión, es, sin duda, el estar en contacto con personas jóvenes. Es cierto, a veces esos millones de neuronas que mueren a borbotones y se regeneran de forma esplendorosa en esas edades puede dar dolores de cabeza. A veces, cuando se llega a determinadas etapas de la vida, quizás a algunos les produzca pereza. Pero no hay nada que pueda compararse al acto de ver crecer los cuerpos y las mentes, los deseos que son impulsos y los impulsos que son deseos, el partir casi de cero para negarlo todo, para planteárselo todo como si nada antes hubiese existido. Negar la autoridad y aceptar las normas a regañadientes. Sublevarse ante lo que es injusto y ante lo que —tan solo— lo parece.

Cuando hablo de alumnos que siempre han sido viejos no hablo de alumnos que son maduros, que han adelantado en meses (pocos o muchos) el proceso natural de la edad. Personas que pueden ser más prudentes, analíticas o reflexivas. En definitiva, cuando hablo de viejos, hablo de viejos. A veces, no hay manera de explicar las cosas si no es a través de tautologías. Ya di alguna pista de ellos cuando hablé del alumno que siempre llevaba limpios los zapatos. Iba a descender a hablar de ellos con ejemplos, pero me ha asaltado la desidia y me ha entrado una flojera que se extendía desde las meninges hasta las puntas de los dedos.

La verdad es que les dedico una entrada cuando no tengo mucho que decir sobre ellos. De forma automática, se puede decir que muchos profesores sentimos cierta aversión por ellos, pero no es cierto. A mí, personalmente, me provocan sensaciones que van desde la desconfianza a la pena.

Desconfianza, porque no llego a admitir que estén perdiendo de forma tan triste la única y maravillosa «enfermedad» que se cura con el tiempo. A medida que cumplimos años son tantas veces en las que uno echa la vista atrás con ciertos visos de nostalgia que no podemos entender que haya personas que desperdicien de forma tan inútil sus presentes. De alguna manera, siento esa desconfianza cuando percibo cierto orgullo impostado en sus actitudes. Pena, porque ves que se rodean de pensamientos viejos, de ideologías viejas, de costumbres viejas. Se regodean en su propia perfección de sentirse perfectamente viejos, endiosados y blandiendo los estandartes de un sentido y unos juicios que no les corresponden en ese período de sus naturalezas.

Da igual lo que se les sugiera, lo que se les diga, a lo que se les empuje. Los alumnos viejos siempre obedecen de la misma manera a unos principios que parece que revolotean por encima de ellos como buitres que les arrebatan la libertad de pensar de la manera más irreflexiva, de gritar de la forma más espontánea. Como profesor, uno tiene que lidiar con todo. Lo que me gusta y lo que no me gusta, lo que le produce desconfianza y lo que le produce pena. A veces, tiene que pintarse con un barniz en el que resbalen todas las opiniones. Pero reconozco que a mí me pone muy feliz rodearme de personas que piensan que siempre serán jóvenes, con todos los futuros siempre por delante.

Y vosotros, ¿habéis conocido a algún compañero viejo cuando erais jóvenes?

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Petalouda62.

Read More