— Verba Volant

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Enseñanza

Tuve como alumna a Noelia (he dejado de poner la inicial real de cada nombre porque empezaba a ser una empresa imposible) hace poco tiempo. Se sentaba en la primera fila, en la parte izquierda de la clase. Al ser una asignatura de segundo semestre, empezábamos en febrero y lo primero que me llamó la atención de ella es que, durante la primera clase, estuviese en manga corta. No eran días de alguno de esos «veranillos» que se disfrutan por esas fechas. Al día siguiente, con la misma climatología, comprobé que seguía fiel a la manga corta, con una camiseta distinta. Asentada y asumida la manga corta, el objeto de asombro a partir de entonces era la variedad. Nunca repetía camiseta. Teníamos clase los lunes y los martes y, pasados algunos días, viendo que Noelia persistía en el uso de prendas de manga corta siempre diferentes, no pude evitar el impulso de preguntar. Ella me contestó de manera seria el lugar de internet en el que hacía los pedidos.

Descubrí el reverso de Noelia el día que entregó la primera práctica. En algunas ocasiones, es difícil descubrir cómo es un alumno desde el punto de vista académico durante las clases. Creo que en el nivel universitario es todavía más difícil: las reacciones de seriedad o ligereza, de apuntar ideas o evadirse con una mancha en la pared no son nada significativas y una actitud, significando una cosa, puede significar la contraria. Noelia hizo una práctica maravillosa. No solamente porque estaba perfecta desde el punto de vista conceptual, sino porque los ejemplos que había escogido para fundamentarla eran maravillosos y originales y distintos a todo lo que yo había visto hasta entonces. De hecho, descubrí algunos canales de humor en YouTube gracias a ella. Con esta práctica y las sucesivas, descubrí no solo la inteligencia prodigiosa de Noelia, sino su gran sentido del humor.

Noelia siguió demostrando, entrega tras entrega, su grandísima calidad como estudiante. Remató su participación en la asignatura con una prueba final magistral, llena de fina agudeza, plagada de buenas reflexiones, completa en casi todas las dimensiones. Y, como digo, siempre destacaba en ella su manera de interpretar los textos.

De manera inevitable, siempre pienso en la capacidad de Noelia para interpretar el humor (hay que subrayar que el humor es una herramienta especialmente útil cuando hablamos de la asignatura que imparto: Pragmática del español). Cierto es, sin embargo, que, en mi relación con ella como profesor, era muy difícil atisbar esa manera graciosa y ácida de contemplar la vida. Es cierto que se podía entrever una sonrisa maliciosa en algunas ocasiones. Puedo estar equivocado de parte a parte, pero me da la impresión de que Noelia no solo utilizaba el humor como escudo, sino como manera de enfrentarse al mundo. Yo intentaba involucrarla en las dinámicas de clase, pero creo que no lo conseguí nunca ni un poquito. Noelia, no sé por qué, estaba a años luz de esto y de otras muchas cosas.

Esta entrada, que iba a ser eminentemente descriptiva, creo que tiene que derivar hacia la explicación y la deducción. En ocasiones, por mucho que lo intente, un tipo concreto de profesor no llega a conectar con un alumno. Creo que Noelia aprendió cosas en mi clase. Pero, en ocasiones, un profesor debe contentarse con llegar a los objetivos meramente académicos. Ni siquiera llego a saber si le caía bien o mal a Noelia. En algunas ocasiones, me daba la impresión de que le caía como el culo. Pero el trabajo como profesor ha de consistir en enseñar a los alumnos y que los alumnos aprendan, así que no siempre se pueden conseguir círculos perfectos.

En este caso, Noelia siempre adaptaba formas que no eran caprichosas. Eran todas las variantes de dibujos y textos de sus preciosas camisetas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Oí hablar de Anne mucho antes de que fuese alumna mía. Recuerdo bastantes menciones a Anne en mis conversaciones con Juan Miguel (el chicho al que le echaron de clase por preguntar por los números impares) y Julio (ahora director de orquesta). Me vienen a la memoria, al menos, dos momentos. En uno de ellos, en un ratito al acabar las clases de la tarde (sí, eran épocas en las que también había horario vespertino), estábamos hablando los tres de algo relacionado con el tema de la memoria y la imaginación (que estábamos analizando en el bloque dedicado a la Psicología en la asignatura de Filosofía). Como era habitual, las clases se prolongaban en observaciones sobre asuntos infinitos. Surgió algo relacionado con la imaginación y la creatividad y Julio me dijo: pues ya vas a ver cuando tengas en clase a Anne, vas a flipar. La segunda vez tuvo lugar en una cafetería. Estábamos hablando sobre arte (más en concreto sobre arte abstracto o, mejor, no figurativo). Yo estaba defendiendo a mi siempre adorado Mondrian y también a Kandinski. Hablábamos de formas y de colores, de nuestras capacidades (a ellos se les daba muy bien la música y ambos se dedicaron luego a ella, Juan Miguel como complemento y afición, Julio, como he dicho más arriba, como devoción y profesión) de nuestras incapacidades. Ahí hablaba yo de mi pasión por el arte y de mi nula habilidad para pintar. Les decía algo relacionado con una forma y con unos colores que tenía constantemente en la cabeza y que era incapaz de llevar al papel. Y Juan Miguel dijo algo parecido a pues Anne seguro que sabría exactamente qué forma es y cómo representarla y combinarla con colores.

He de reconocer que me mostraba entre maravillado y escéptico ante una persona que rondaba los cursos inferiores y a la que, en una ocasión, me señalaron de lejos. Mira, esa es Anne.

Anne llegó a mis clases de Filosofía de 3.º de BUP y empecé a descubrir a qué se referían Juan Miguel y Julio cuando hablaban maravillas de ella. No solo destacaba por sus innegables capacidades, sino, sobre todo y ante todo, por una manera totalmente diferente de ver el mundo y, por lo tanto, de analizarlo e interpretarlo. Sus observaciones siempre tenían una dimensión fresca, original, no trillada por la medianía. Era de natural callado y no era fácil que interviniese mucho en clase. Prefería escuchar y, de repente sonreír. Y, entonces, pensaba yo, que ya había surcado por su mente una idea maravillosa. Esa creatividad la mostraba, sobre todo, en los exámenes y, más adelante, en las conversaciones que teníamos fuera de clase. Me asombraba cada segundo con relaciones que yo no veía, con planteamientos y relaciones que no se me habían pasado nunca por la cabeza. Nada era disparatado, nada era extraño. Con Anne, descubrías que el mundo era un pozo de riquezas sin descubrir por culpa de nuestras mentes cuadriculadas.

Nunca di clase de Literatura a Anne, y bien que lo lamento. Pero era muy frecuente que hablásemos de poemas, de autores, de formas de crear. Yo le retaba a componer textos en los que hubiese, por ejemplo, tres sustantivos que elegíamos en ese momento al azar. Ella, que sabía que yo también escribía, me lanzaba el guante para que entrase en «competición» con ella. No había manera de compararse con sus textos. Cuidaba sus composiciones no solo con una técnica y una imaginación que la situaban fuera de este mundo, sino con una letra preciosa y precisa, escoltando como folio con una funda de plástico e impregnando cada cosa que escribía con una fragancia que hacía de sus poemas una sinfonía para los sentidos.

Creo que Anne se merece alguna entrada más, así que omitiré muchas historias para acabar con una, la que da título a la entrada. Fuimos uno de aquellos años de excursión a San Sebastián con dos clases. Antonio, el profes de Religión y Latín, otros alumnos entre los que se encontraba Anne fuimos recorriendo el Paseo de la Concha disfrutando de un magnífico día de primavera. Atravesamos el puerto y entramos en el Aquarium. Cuando visito las ciudades y los museos, siempre busco un momento para perderme en mí mismo y deambular sin rumbo fijo. Paseaba por las salas del recinto y llegaba a la zona más oscura, en la que había muy poca gente. Delante de uno de los cristales, se encontraba Anne. Me paré desde lejos y estuve un rato mirando lo que ella contemplaba. Permanecía quieta, observando al pulpo que habitaba esa sección del recinto. Me acerqué y, sin decirle nada, me quedé quieto también, intentado imaginar lo que tenía todo eso de fascinante (otras vitrinas estaban llenas de alegría y de peces de colores). Dijo unas palabras en voz alta. No las dijo para mí (probablemente, ni sabía que yo estaba allí), sino como reflexión en voz alta. «¿En qué estará pensando este pulpo?». No estaba hablando del pensamiento de los pulpos, no de las capacidades cognitivas de los cefalópodos, no del lenguaje y las formas de comunicación de los animales. Anne estaba pensando en ese pulpo como ser individual, recluido en los abismos del recinto, en soledad, oscuridad. Era, en suma, un canto a la introspección. Se quedó un rato más mirando el pulpo. Y luego, lentamente, se marchó.

Anne acabó su andadura por el instituto y comenzó la carrera de Humanidades. Pasó un tiempo en Francia, luego dio clases de español para extranjeros en la universidad y, después, aprobó las oposiciones de Lengua y Literatura. Todavía recuerdo un día en el que quedamos a tomar un café para celebrar su incorporación al delicado y delicioso mundo de la enseñanza. Ella me estaba muy agradecida por unos materiales que le había dejado para realizar la programación que, en el fondo, no tenían ninguna importancia. Con esa sonrisa hermética y amplia, puso encima de la mesa Jerjes conquista el mar, de Óscar Esquivias y un poemario de Pedro Olaya. «Toma, son para ti».

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Karen.

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No ha sido la primera vez que hablamos aquí de faltas de ortografía y, probablemente, no será esta la última ocasión en que nos tengamos que referir a esas borrascas de la enseñanza que a veces desencadenan huracanes.

Sin embargo, antes de que las nubes empiecen a ennegrecerse, empezaremos por el pronóstico del tiempo académico. En esto del oficio del enseñar, ni hay fórmulas mágicas ni todos contemplan la realidad del mismo modo. Digamos que, entre todos los alumnos que han pasado por mis aulas, puede mostrarse un contraste muy fuerte entre aquellos que acabaron encantados y otros a los que les atacaba el sistema nervioso. Había pocos indiferentes a los que les diese igual ocho que ochenta. Un servidor, estando, naturalmente, contento con los primeros, entendía también a los segundos. Soy una persona peculiar que, como todas las personas peculiares, tienen aristas que pinchan y, en ocasiones, pueden resultar molestas e incordiantes para algunos. Por lo tanto, en mis clases siempre había una diferencia térmica de más/menos 20 grados.

Y, en la sensación más térmica cercana al bajo cero, estaba Tomasa. Tuvo la mala suerte de toparse conmigo durante cuatro años (de 2.º de BUP a COU, repitiendo el de en medio). Tomasa era una estudiante que estudiaba poco. En sí misma, era un oxímoron. Es cierto que no tenía muchas habilidades para desenvolverse académicamente, y eso hacía que algunos de mis compañeros sintiesen compasión por ella. Pero a mí no me daba mucha pena por dos razones: la primera, porque tenía una disposición nula para enfrentarse a los problemas y mejorarlos; la segunda, porque, como acabo de apuntar, no se esforzaba lo más mínimo. En suma, gran parte de su devenir por el instituto se redujo a esperar de manera paciente a que le fuesen cayendo migajas en forma de aprobados.

Tomasa hacía un examen (de Literatura en 2.º, de Filosofía en 3.º, de Historia de la Filosofía en COU) y lo suspendía con unos errores de concepto bárbaros, con una falta de profundidad inusitada y con una desidia absoluta. La secuencia era siempre la misma: veía las correcciones y pedía revisar el examen. Yo le indicaba los errores, las contradicciones y las inexactitudes y ella asistía al acto como si la cosa no fuese con ella. Nunca aplicaba los consejos que se le daban. Creo que ni siquiera escuchaba lo que le decía. Eso sí, se mantenía con postura hierática y cara de asco nada disimulada durante todos y cada uno de los segundos que duraba la revisión. Creo que lo que esperaba era el aprobado por abrasión.

En clase, Tomasa buscaba que la dejasen en paz, que no le preguntasen, que pasasen de ella. Era una manera de manifestar al mundo que no quería trabajar ni esforzarse. Yo me negaba por sistema. Ella era una más y tenía que intentarlo. Porque el propósito de Tomasa era aprobar. Si ella hubiese sido de los alumnos que lo quieren mandar todo al carajo, quizás (solo quizás) hubiese dejado que nadase en ese mar tranquilo. Pero quería aprobar y eso no lo iba a conseguir por la cara.

Había pospuesto hablar de la historia de Tomasa porque es una sucesión de desencuentros. Recuerdo que, en una ocasión, vino a la revisión con su madre apareciendo como víctima de un complot mundial contra ella. Yo, de manera paciente, intenté hablar con delicadeza tajante pensando en un futuro primaveral, soleado y con viento agradable. Y no puedo seguir porque la historia sería una serie en en el blog con entidad propia.

Pero todavía no he hablado de lo peor que tenía desde el punto de vista académico Tomasa y que nunca —tampoco— tuvo intención de mejorar: su forma de expresarse y su ortografía. La redacción coherente era nula y las palabras de Tomasa parecían escribirse al arbitrio del azar más caprichoso. Tampoco en esto siguió ningún consejo. Ella pensaba que las letras se escribían por accidente o por una intervención divina o diabólica que no nacía de su mente y finalizaba en su mano.

Un día, sin yo esperarlo, llegó la perfección de todas las debacles. El examen empezó con viento racheado, con redacción confusa, las nubes empezaron a descargar lluvia en forma de tildes ausentes, un trueno cambió letras de sitio y el oleaje empezó a hacer de los papeles algo cada vez más innavegable. La carga eléctrica fue subiendo de forma inconmensurable hasta estallar en la perfección de todas las imperfecciones. Tomasa había escrito habéces. Sí, sí, como lo leéis. A veces, había visto escribir a veces de formas muy dispares. Palabras juntas, una tilde que se escapa de forma injustificada… pero nunca vi una falta tan sublime, tan estupenda, tan magnífica. Había llegado la tormenta —perdón, la falta de ortografía— perfecta.

¿Aprobó Tomasa al final? ¿Llegó para ella la calma? ¿Le llegué a caer bien, casi al final de los tiempos? Quizás lo cuente. Quizás lo cuente algún día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Dalibor Levícek.



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Escribir sobre Albano, lo confieso, es entrar en otra dimensión por muchos motivos. He estado durante tantos años a su lado como profesor; he presenciado tantos momentos suyos, buenos, malos y regulares; he empatizado con él tantas veces sin un solo desencuentro, que he pospuesto hablar sobre él aquí porque no sabía muy bien por qué historia empezar.

Hay muchas cosas de Albano que no puedo contar. Algunas, por el sagrado derecho de la privacidad que se establece cuando a un profesor se le cuenta algo de modo confidencial. Otras, porque no me da la gana. Pero tengo en mente muchas anécdotas que estarán plasmadas aquí sin ninguna duda.

Y he decidido empezar por el día en el que a Albano y a mí unos profes de algún que otro colegio pijo (no todos, que conste) nos acusaron de hacer trampas. Pero tengo que ir hacia atrás un año: se celebraba la primera edición del Concurso Hispanoamericano de Ortografía (ahora ya van, creo, por la XII edición). Las bases del concurso exigían pasar por tres fases: la fase escolar, en el centro, la fase provincial, la fase nacional… y de ahí al paraíso. En el momento en el que vi la convocatoria, empecé a calentar motores y a animar a mis alumnos poniendo a Cuba como destino, haciendo pasar por sus mentes el calor del Caribe, las playas de brisa amable, el encanto de La Habana… Iba destinado a los alumnos del último año de bachillerato.

Organicé la fase escolar realizando unas pruebas entre todos los alumnos. Los había muy buenos y estudiosos. Los había muy buenos y estudiosos e inteligentes. Y luego estaba Albano. Albano había pasado por el sistema anterior (el del BUP) y había repetido tantas veces que casi agota las hojas del libro de escolaridad. Solo la transición al nuevo sistema le permitió continuar. Ahora seguro que estáis pensando en un alumno díscolo, en un chico pasota, en un vago, en un malandrín, en qué se yo. Ninguna de estas cosas era Albano. Muy al contrario, se trataba de un chico muy inteligente y con una de las culturas más vastas e insospechadas para alguien de su edad. Albano barrió en la fase escolar con unos conocimientos prodigiosos.

Y el día de la fase provincial nos presentamos en el instituto Cardenal López de Mendoza. Llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando, nos fuimos saludando (obviamente, conocía a muchos de ellos: era amigo de alguno de ellos, había coincidido mil veces en otras circunstancias, alguno incluso fue profesor mío en el instituto). Luego, tanto los chicos como los profesores miraron a Albano. De arriba a abajo. Despacio. Porque Albano no vestía ni bien ni mal. Simplemente, tenía una forma distinta —ni zaparrastrosa, ni macarra, ni provocativa, ni nada, solo distinta— de vestir. Todos los demás, especialmente los que pertenecían a colegios privados, iban muy monos, decentes y elegantes. Parecía que la ortografía entraba por los ojos en forma de pantalón de pinzas con la raya bien planchada, en forma de falda plisadita con la altura justa, con camisa o blusa inmaculada, con jersey de cuello redondo del color de moda en aquella época.

El concurso empezó y, mientras los alumnos hacían los ejercicios en la sala de la biblioteca, una compañera del Mendoza, estupenda profesora y persona encantadora, nos fue contando historias muy interesante de este edificio tan maravilloso (para los que no son de Burgos, es preciso apuntar que la parte noble es del siglo XVI). Fuimos a tomar un café después. Un cuarto de hora antes de finalizar el ejercicio, volvimos al instituto. Esperamos en el claustro. Salieron los chicos y el jurado empezó a corregir los ejercicios. Se mascaba un ambiente de nerviosismo y tensión, mientras Albano y yo hablábamos de los encantos de Cuba. Después de media hora, salió el inspector de educación que ejercía de presidente del jurado y proclamó el nombre del ganador, que no era otro que Albano. Primero hubo un momento de estupefacción entre los niños monos, que miraban a sus profesores sin comprender nada. Después, las naturales felicitaciones, besos y demás. No puedo extenderme más en estos momentos: Albano acudió a la fase regional, que no ganó por un pelo (en forma de una palabra ignota que una chica, bien adiestrada y competente, supo adivinar). Y ahí quedó la cosa, no sin antes recibir para nuestro instituto una porrada de libros en forma de premio que nos vinieron de perlas.

Al año siguiente se convocó la segunda edición del concurso. Albano había repetido curso y, por lo tanto, formó parte de los alumnos que hicieron las pruebas en nuestro instituto. Y, por supuesto, volvió a ganar. Nos tocó ir al instituto Cardenal López de Mendoza. La circunstancia fue tan parecida que puedo hacer un copia-pega: llegábamos charlando y riendo con nuestras cosas (hay algo que siempre he valorado en Albano: siempre hemos sintonizado con un tipo de humor muy peculiar). Llegamos al claustro antes de entrar en la biblioteca y vemos a otros chicos, otras chicas, acompañados por sus profesores. Casi todos muy serios, erguidos, circunspectos. Los profesores con los brazos cruzados, preocupados por la tremenda responsabilidad que tenían, qué se yo. Cuando nos fuimos acercando —y aquí se acabaron las similitudes y el copia-pega—, sus compañeros, monos ellos también ese año, miraron a Albano, que vestía, me imagino, con una réplica exacta de los ropajes que lucía el año anterior (ahora desvelo un detalle que creo que saben muy pocas personas: Albano vestía casi siempre igual, pero tenía muchas prendas diferentes a modo de réplica). Entre los profesores, en cambio, se produjo un movimiento extraño. Algunos cuchicheaban, empezaron a hablar unos con otros. Los representantes de tres colegios pijos hicieron una melé organizada de la que salió, en forma de balón, un portavoz que dijo: «Esto no puede ser, este chico es el mismo del año pasado. Esto es un fraude». En sus mentes de vidas previsibles, no podían concebir que un alumno que acudiese a ese concurso de mentes excelentes y memorias prodigiosas hubiese repetido curso. Cuando les comuniqué esta circunstancia de forma discreta y comedida, ellos pensaban que no era cierto, que estábamos haciendo trampas, que queríamos apear de la excelencia a su centro, que les arrebataríamos sus billetes de avión y estancia pagada a Colombia, los jugos bien mezclados en la barra del bar que habría, con toda seguridad, en un hotel de ensueño.

La cosa se calmó un poco. Mientras los alumnos hacían las pruebas, algunos compañeros nos fuimos a tomar un café con la profe del Mendoza. No estaba ninguno de estos compañeros que habían protestado, que me imagino que estaban indignados con una circunstancia tan inesperadamente inesperada, por lo que, en un ambiente relajado, yo les conté al resto (hasta donde les pude contar) cosas de Albano. Ya de vuelta al instituto, el presidente del jurado dijo el nombre del ganador, que fue una chica que ganó a Albano con solo un acierto de diferencia. Faltó un pelo

Y Albano y yo emprendimos nuestro viaje de vuelta a la realidad, a nuestro instituto. Y nos reímos del mundo, de la situación que nos tocó vivir, de los prejuicios y de la ortografía entre pantalones de pinzas bien planchados, entre faldas plisadas. Siempre a la altura justa. Hablaré más de Albano, que ahora es buen amigo. Siempre lo fue.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Turol Jones de la preciosa entrada del instituto Cardenal López de Mendoza.

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Vuelvo después de unos días en los que no he podido contar historias de alumnos, aunque un contacto muy intenso con ellos a través de sus trabajos académicos y tutorías me ha dejado alguna anécdota que será necesario dejar apuntada para el futuro. Dejo aquí alguna palabra evocadora: empatía, desencuentro, revelación, firmeza, (mala) educación, chispa, gracia, ligereza, reflexión.

Hoy voy a escribir sobre el chico que me compraba caramelos Golia venciendo la tentación de hacerlo sobre alguien al que he recordado mientras desayunaba. Se trataba de un alumno crucial en un grupo de los que yo denomino mágicos: de repente, en una clase, hay un conjunto de alumnos con los que se establecen unos lazos estrechos de confianza para trabajar y progresar de maravilla. Tengo que hablar de ellos porque ahí se encuentra el chico que apareció de madrugada desnudo en una piscina, el chico que se apostó conmigo mil morenitos y los perdió, el chico al que dediqué una entrada cuando salió el último libro de la saga de Harry Potter o la chica que lo comprendía y todo lo explicaba con una sonrisa. Pero hablar de ese alumno que, después de unos años de profundidad, colaboración y yo creía que amistad se ha desvinculado por completo de esas conexiones me suscitaba demasiadas preguntas como para intentar abordarlas ahora que un potente rayo de sol entra por mi ventana.

La historia de hoy, en cambio, responde a esa luz potente que vivifica esta mañana de invierno. Los que no sois de Burgos no sois conscientes de que el frío, en nuestra ciudad invernal, se mezcla a veces con unos cielos azules y con unos destellos solares que hacen de las temperaturas bajo cero momentos de alegría. Es un frío que no se soporta, sino que se disfruta. Un momento atmosférico que, en el momento de salir a la calle, te hace inhalar con cautela pequeñas dosis de vida que luego dosificas entre el vaho de tu espiración.

Pero vayamos con Tomás. Tomás fue un chico que llegó al instituto en 3.º de BUP (1.º de bachillerato). Como ya he dicho en alguna otra ocasión, no era infrecuente que, por motivos diversos, recibiésemos en el centro a muchos alumnos en el últimos años de aquel Bachillerato Unificado Polivalente, una vez que se escogía entre «Letras» o «Ciencias».

Siempre he intentado algún recurso para acoger al «nuevo». Sin conocerlos todavía, siento lo que pueden sentir, situados en una clase en la que todos se conocen desde hace muchos años y en la que los lazos de unión entre muchos son muy estrechos. Durante todos aquellos años, seguí muchas estrategias, pero siempre había una común: crear un vínculo. No iba a contar uno de esos vínculos porque sé que me vais a poner a parir, pero ahí va: les ponía un mote. No exactamente un mote, sino que les llamaba de cierta manera. En este caso, Tomás se convirtió inmediatamente en Tommy. Sus compañeros enseguida entraban en el juego y, de ser alguien relativamente desconocido para todos, ese nombre nuevo vinculado al antiguo suponía un ritual de «bautizo» en el que alguien «nacía» en esa nueva fe de chicos maravillosos que ya serán, de verdad, sus compañeros. Para los más suspicaces, me veo en la obligación de decir que, al menor atisbo de molestia o sentimiento negativo por parte del afectado, restauraba su nombre de inmediato.

Otros vínculos se forjaban conociendo un poco más las costumbres de los chicos. En este caso, Tommy era un devorador compulsivo de caramelos Golia. Yo solía llevar algún caramelo en el bolsillo para aliviar la castigada garganta de alguien que se tiraba más de veinte horas semanales dando clase, pero un día se me habían olvidado y, como sabía que Tommy tendría recambios en su cazadora, le pedí uno de esos caramelos. La excepción se hizo rutina y, al entrar en su clase, lo primero que hacía Tommy era ofrecerme un caramelo, que yo aceptaba muy agradecido. Luego pasamos a las bromas de los supuestos efectos laxantes que conllevaba, al parecer, un consumo excesivo de esos caramelos, para acabar haciendo encargos a Tommy. Le pedía en muchas ocasiones el favor de que me comprase unos caramelos en la tienda de golosinas de la esquina. No era ninguna obligación, por supuesto, sino un favor que me hacía gustoso y que yo le agradecía ofreciéndole alguno de esos caramelos en clase. En muchas ocasiones, la invitación se hacía extensiva a otros de sus compañeros. Ahora que no nos escucha nadie, diremos que el consumo de «sustancias» tales como caramelos, chicles, regaliz y derivados estaba totalmente prohibido mientras nos encontrábamos dentro del recinto, pero yo tendía a saltarme esa regla un día sí y otro también.

Al poco tiempo, Tommy ya estaba totalmente integrado en clase. Era un tipo encantador, con una voz profunda y un corazón cargado de buenos sentimientos mezclados con una fina ironía, de esas que hacen sonreír un poco de lado. Compartíamos el baloncesto como una afición común y, como además era conocedor del baloncesto de los años en los que yo jugaba, debatíamos sobre jugadores antiguos y nuevos, comparábamos y establecíamos nuestras diferencias, gustos y preferencias.

Como se deduce de todo lo que comento más arriba, siempre tuve una gran simpatía por Tommy. A todo esto se añadía un poso de melancolía, un atisbo de sufrimiento que él escondía, pero que estaba arraigado en un hueco muy profundo que yo notaba y que no sabía identificar. Al margen de su carácter socarrón y sociable, Tommy, en los últimos tiempos, sufría. Al año siguiente, en su último año en el centro, ya avanzada la noche durante la fiesta de despedida que se celebró en una discoteca que ya no existe y que evidencia lo mayores que nos hemos hecho, Tommy me contó cuál era su problema, aquello que le hacía sufrir y que yo, evidentemente, no voy a contar aquí.

Me encuentro mucho con Tommy. Estudió en Salamanca, ahora tiene una niña encantadora, cuenta con un trabajo muy vocacional. Y coincidimos en muchas carreras. Porque Tommy, desde hace años, ha descubierto que correr es el mejor bálsamo para la mente, un momento de escape y un momento para la mejora. Un reto que espera siempre y que sobrevive a las lesiones y a los días en los que nos encontramos un poco más bajos. No son pocas las ocasiones en las que, entrenando, Tommy vuelve y yo voy, y viceversa. Por supuesto, ahora le llamo Tomás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Ana Villar.

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Hay un grupo de alumnos de los que no he hablado hasta ahora. Se trata de los alumnos que acuden a las clases de español de la universidad. Normalmente, son alumnos de intercambio del programa Erasmus que necesitan lecciones de refuerzo o de profundización para desenvolverse de forma adecuada en las clases durante el tiempo que están en nuestra ciudad. Tengo con ellos una experiencia relativamente reciente, a la que he llegado después de unos cuantos años de formación. Siempre me había interesado el mundo del español como lengua extranjera y he de decir que es una dedicación sumamente interesante. Te encuentras, habitualmente, con un alumnado muy motivado y en un entorno de aprendizaje muy agradable. A fin de cuentas, el profesor de ELE entabla con ellos un vínculo que va más allá de lo lingüístico para adentrarse en lo social y en lo cultural.

En otras historias, hablaré de alumnos muy divertidos y simpáticos; también contaré anécdotas curiosas y que os harán esbozar una sonrisa. Pero hoy toca hablar de la chica que decía a todo: «No, no me gusta». Se trataba de una chica estadounidense que nunca estuvo muy vinculada con un grupo en el que había coreanos, italianos, brasileños, franceses y alemanes. Las clases habían empezado a finales de agosto con un calor infernal en las aulas y esta chica, a la que llamaremos Kate, que incluso había vivido en Alaska, se pasó tres días con un anorak abrochado hasta arriba. Ella creía que tenía un buen nivel de español, quizá confiada por haber chapurreado palabras con otras personas en su país, pero la verdad es que se enteraba de bastante poco. Un profesor de ELE tiene que contar con grandes dosis de paciencia. Más que mano izquierda, a veces necesita varios brazos izquierdos para capear imprevistos que podían surgir en las clases.

Cuando llegaba a la clase, todos me estaban esperando juntos en la puerta del aula, sentados a veces en el suelo, con una sonrisa y hablando entre ellos (a veces en inglés, a medida que avanzaba el curso en español). Todos menos Kate, que estaba sentada en un banco a diez metros de ellos. Naturalmente, yo hice todo lo posible para que se integrase en el grupo, pero resultaba ser una misión imposible. Kate miraba de forma esquiva, intentando rehuir todo contacto. Era obvio que le ocurría algo, pero no llegamos a saber qué.

Una de las estructuras que aprendíamos era «A mí me gusta…». Creábamos con ella una dinámicas sobre preferencias, gustos o aficiones que estaban muy relacionadas con la realidad de estos alumnos y que aprovechábamos para establecer comparaciones culturales con la cultura hispana. Un día les puse un anuncio publicitario que a todos les encantó. A todos menos a Kate, que ponía esa cara de pocos amigos que nos empezaba a resultar tan familiar y que creaba una tensión en la clase que yo intentaba evitar porque hacía que los compañeros se sintiesen incómodos. Le pregunté con una sonrisa: «¿Kate, te gusta?». Ella me contestó: «No, no me gusta». Y así ocurrió con todos los materiales imaginables. En los vídeos cortos sobre costumbres o historias curiosas, Kate decía «No, no me gusta». En las canciones (todo un surtido de variedades aptas para cualquiera), Kate decía «No, no me gusta». En unas recetas típicas de España o de México o de Italia o de qué sé yo dónde, le preguntaba si le gustaba esa comida y ella decía, claro está, «No, no me gusta».

Algunos compañeros se lo tomaban ya a broma, pero para mí resultaba un asunto muy serio. Además de alguna conversación al margen de los compañeros o con la única chica con la que se sentía un poco más cercana (lo cual era algo así como estar a kilómetros de distancia), procuraba por todos los medios que se involucrase. Un día, me enteré de que le gustaba el reguetón. Contraviniendo todo lo que tenía previsto, programé una actividad muy entretenida sobre cómo se escribe una canción de reguetón para finalizar con una canción de Daddy Yankee, al parecer su cantante favorito. La actividad previa tuvo como respuesta un «No, no me gusta». Cuando llegó la canción de Daddy Yankee, me volví asegurar de que era su cantante favorito. Ella dijo que sí. Yo me alegraba para mis adentros del triunfo, por fin. A los quince segundos de empezar el vídeo con la letra sobreimpresa, sonó el teléfono de Kate. Sin mediar palabra, Kate contestó al teléfono, se puso a hablar mientras recorría un pasillo de la clase que se me hizo eterno, abrió la puerta y se marchó. Ese día no volvió.

Como remate a la entrada, diré que me encontré por los recintos universitarios a Kate. Nunca me saludó (al parecer, tampoco a ninguno de sus compañeros de clase con los que tuve algo de relación). Un día de otoño en el que empezó a hacer frío de verdad, vi a Kate caminando lentamente con una cazadora liviana y sin abrochar. Ese día pensé: «Los caminos de Kate son inescrutables».

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Quinn Dombrowki.


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Tengo que hablar de algunas historias que recordé ayer con Fonsi. Estuve ayer con él pasando un buen rato, tomando un café, recordando anécdotas de aquellos tiempos y contemplando cómo cambia la perspectiva de todo según la persona que lo contemple o teniendo en cuenta el paso del tiempo. Gracias a este encuentro, apareció una historia que estoy seguro que hará las delicias de los seguidores de la serie y que tiene que ver con un chico que veía ovnis y cómo yo una vez invoqué en clase a los extraterrestres desde la ventana.

Pero hoy tocaba, ineludiblemente, hablar de Silvia. La mayor parte de las historias que han aparecido aquí, hasta el momento, son historias de chicos de instituto. Alguna he contado sobre alumnos de la universidad, pero siempre hay que tener mucho cuidado porque están (relativamente) más próximas y siempre quiero evitar el que alguien se pueda sentir aludido.

Pero hablar de Silvia, como vais a tener ocasión de comprobar, es distinto. Silvia fue mi alumna en la asignatura de «Análisis del lenguaje publicitario». Formaba parte de un grupo de amigos con gran espíritu creativo en el que que se encuentran, al menos, dos personas de las que contaré alguna historia con cierto detenimiento aquí. Es como si conociese a Silvia de toda la vida. Siempre me da la impresión de que hubiese sido alumna ya desde los tiempos de la secundaria (de hecho, vivía en el mismo barrio, es amiga de una de mis mejores alumnas de aquella época y estudió en un instituto muy próximo). De Silvia subrayaría su curiosidad mezclada con el asombro (en suma, la palabra griega thaumasía, de la que hablé hace tiempo). Porque recuerdo a Silvia siempre preguntando. De manera insistente, pero nunca pesada; de forma polémica, en el mejor sentido del término. Con Silvia no valían respuestas comunes y triviales, porque sus dudas nunca lo eran. Podían ir hacia la superficie o hacia el fondo del asunto, pero siempre tenían un sentido profundo. A Silvia siempre le ha gustado el debate en el mejor de los sentidos del término por lo que tiene de confrontación elegante de pareceres para llegar a una conclusión o a ninguna. O a todas las anteriores.

Hablo en el título de la entrada de su espíritu renacentista y de un Leonardo redivivo. También cabría un juego de palabras divertido. Silvia sería una Leonardo «redidiva». Porque es la reencarnación de la curiosidad, de las ganas de conocer y de la excelencia. Una de las cosas en las que destacaba siempre (y destaca ahora) es por su espíritu interdisciplinar. A Silvia le gusta escribir, le gusta dibujar, le gusta hacer fotos, le gusta cantar. Su interés se extiende a todas las disciplinas, incluidas las científicas. Y esa mezcla muy aglutinada entre el espíritu humanístico y creador y el espíritu científico e innovador (realicemos todos los quiasmos que deseemos) es lo explica la manera que tiene Silvia de enfrentarse al mundo. Todo ese interés, ahora, se ha convertido en su trabajo, que aúna el aspecto científico con su formación como comunicadora y divulgadora.

Quedo de vez en cuando con Silvia (de hecho, nos debemos una llamada para tomar algo y charlar). Su conversación siempre es fecunda, su juicio atinado, aunque nunca convencional ni acomodaticio. Solemos hablar de pelis y de libros, de cosas de la vida y de las peligrosas pseudociencias. Su conversación siempre deja un poso agradable. Con Silvia hablar nunca es una pérdida de tiempo.

Un día, hace unos cuantos años, cuando vi a Silvia y a su amiga Mariola durante un evento en el Teatro Principal dibujando a uno de los ponentes, me vino esa imagen de ella como persona renacentista, interesada por todo. Es algo de agradecer en estos mundos actuales y estrechos, especializados en las evanescencias de la nada. Silvia siempre tiene mil y una maneras de contar. Por eso, hoy tocaba hablar de ella.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Hersson Piratoba.

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¿Os acordáis de aquellos boletines de notas del antiguo BUP, esos que tenían calificaciones de «Muy deficiente», en el que las notas venían acompañadas de una actitud, que podía ser «Excelente», «Buena», «Normal», «Deficiente» e incluso «Negativa»? En la parte de abajo, con asteriscos, aparecía una comparativa del alumno con el resto de la clase. Si no los tenéis en mente, no os preocupéis, es buena señal. Significa, simplemente, que soy relativamente jóvenes.

Para recuerdo de unos e información nueva para otros, ahí va uno de esos boletines, sacado de internet:

Tuve bastantes problemas con los empollones, estos boletines y la calificación de la actitud. Había unos cuantos alumnos que eran buenos estudiantes… y nada más que eso. Se dedicaban a sacar buenas notas, pero, en clase, siempre permanecían demasiado quietos, casi sin participar (a no ser que hubiese un estímulo en forma de punto positivo). Yo no tenía (ni tengo) nada en contra de los alumnos con buen expediente, por supuesto, pero sí con esos alumnos «adorno» que parecía que estaban en clase como de visita, en un tránsito tedioso, acompañados por el vulgo, es decir, sus compañeros. Recuerdo la primera vez que califiqué a una de esas alumnas con un sobresaliente acompañado de una D en actitud, es decir, una actitud pasiva. Recién incorporado al instituto, mis veteranos compañeros me decían que cómo se me ocurría, que qué había hecho la chica, que con ellos se portaba bien. Y no es que la chica se portase mal: la chica, simplemente, no se portaba. Se dedicaba a estar y esa dedicación, para los buenos o para los malos, merecía para mí una actitud pasiva.

Pero vayamos con la historia de hoy. No me hubiese acordado de esta historia si hace unos diez días no hubiese visto corriendo en un paso de peatones con el semáforo en rojo a Jonás. Jonás era un alumno de Filosofía en uno de mis primeros años en el instituto. Cumplía a rajatabla todos los requisitos para que le diesen el carné de empollón: mucho estudio y esfuerzo centrado casi exclusivamente en lo memorístico, y escaso interés y empatía por el resto de sus compañeros, a los que parecía menospreciar. Un servidor, que, aunque no lo parezca, es muy cumplidito, soportó con grandes dosis de estoicismo a Jonás. Al final, un sistema totalmente alejado de la evaluación continua le otorgaba de forma sencilla unas calificaciones elevadísimas. Como digo, no era Jonás una persona ni inteligente ni brillante, pero su elogiosa dedicación al estudio provocaba que sacase sobresalientes en casi todas las asignaturas (sí, os lo podéis imaginar, en todas menos en Educación Física).

Como digo, Jonás estaba en mi clase de Filosofía de 3.º de BUP y tenía escasas virtudes personales y una empatía casi nula. Pero lo le recuerdo especialmente por su caligrafía, horrorosa, alambicada, nerviosa, sucia, totalmente ilegible. No sé cómo podían corregirle los exámenes mis compañeros (quizás era la experiencia, no sé), pero yo era incapaz. Hice esfuerzos ímprobos en la primera y la segunda evaluación (la corrección era un acto casi de adivinación), pero en la tercera me cansé. Le iba a suspender porque su examen no se entendía, pero, sabedor de la que me iba a caer entre mis compañeros si suspendía al «listo», opté por una solución intermedia y conciliadora. Fui donde Jonás, le entregué el examen que me había hecho en la tercera evaluación y le dije que no había por dónde cogerlo, que no se podía leer. Que se lo llevase a casa el fin de semana y lo pasase a limpio («pasar a limpio», en ese caso, es la expresión más acertada y conveniente, desde luego).

Pasó el fin de semana, Jonás me entregó el ejercicio el lunes por la mañana con una sonrisa poco habitual en él y el martes por la tarde le dije que bajase a la sala de visitas. Le pedí el examen original, el pésimamente escrito, para archivarlo, pero me dijo que se lo había dejado en casa. «Nada, no hay problema», le contesté. Le dije que se sentase, le saqué el examen que me había entregado el lunes y le pedí, por favor, que me lo fuese leyendo. Jonás se quedó bastante extrañado. A fin de cuentas, si lo había pasado a limpio, no tenía mucho sentido esa lectura en voz alta. Empezó con la primera pregunta. Le dije que, por favor, se saltase dos párrafos y que leyese a partir de ahí. Así lo hizo Jonás mientras yo sacaba una copia del examen original de Jonás. El chico empezó a sudar y a tartamudear mientras yo le decía «Sigue, sigue». En un momento determinado, le dije que parase, que había una cosa que no comprendía: «¿Cómo es posible que en el examen original falten esos párrafos que me estás leyendo ahora?». «¿Ah, no están?, qué raro», me dijo él. «Sí, muy raro. Muy raro», le dije yo.

Resulta que Jonás, el alumno ejemplar, ese alumno serio y condescendiente, era un fullero. En vez de estar agradecido por la oportunidad de escribir el examen de forma que se pudiese leer, él optó por el fraude y la trampa. Reconozco que el viernes anterior, cuando estaba haciendo la fotocopia de ese original que ya suponía que no iba a ser devuelto, esbocé una sonrisa maliciosa.

En aquella tercera evaluación, Jonás sacó un muy deficiente. Le tenía que haber dejado la asignatura suspensa hasta septiembre por el embeleco en el examen, pero lo dejé pasar. No sé mucho más de Jonás. Si he de ser sincero, tampoco me importa. Solo me he acordado al verle hace unos días. Mientras pasaba corriendo el semáforo en rojo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Álex R. F.

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¿A cuántos alumnos he conocido a los que les encante bailar? Es una pregunta sencilla con una respuesta rotunda: no lo sé. Inmediatamente, me surge otra pregunta, para la que tengo dos respuestas. La pregunta es: «¿Tendría que saberlo?», para la que tengo dos respuestas simultáneas: «No» y «No sé, a lo mejor sí». La primera opción es evidente, así que no la desarrollaré. La segunda sería más digna de matices, sobre todo si la aplico a algún caso concreto. Recuerdo perfectamente a alumnos a los que les gustaba el fútbol, el baloncesto y el salto de trampolín; alumnos a los que les apasionaba el cine o la cocina; incluso, en el mundo de la música, alumnos chiflados por el acordeón, la guitarra, el piano o el rap. El interrogante sobre el baile me suele acuciar los fines de semana, cuando el equipo de baloncesto de mi ciudad, el San Pablo Burgos, juega en casa. En los tiempos muertos, entre las animadoras del equipo, está Susana.

Di clase a Susana en el instituto y en la universidad. Son ya unos cuantos alumnos los que han tenido el dudoso honor de aguantarme en el nivel educativo de secundaria y el universitario. En el caso de Susana, creo que fui su profesor en el instituto durante nada más y nada menos que tres años, para luego ser alumna mía cuando impartía clase de «Medios de comunicación y sociedad» en la (entonces) diplomatura de Educación Social. Creía que conocía bien a Susana, una chica que participaba en clase, que estaba siempre bien dispuesta a trabajar y asimilar lo aprendido. Pero, al verla bailar, estaba claro que no conocía absolutamente nada de Susana. Cuando la recuerdo, siempre lo hago con ella sentada. Con unos años más o con unos años menos, pero sentada. Sonriente casi siempre, a veces un poco más seria, pero sentada. Más o menos concentrada, pero sedente.

Los fines de semana, en cambio, veo a Susana saltar a la pista junto con sus compañeras al ritmo de la música, ejecutando una coreografía perfecta en la que ella se desenvuelve a las mil maravillas. Su cara esboza una sonrisa de felicidad suprema. Se nota que está disfrutando de ese momento, se percibe claramente que está hecha para bailar, para moverse, para desencadenar emociones rítmicas con su enorme talento. Es tan buena bailando que se nota incluso que tiene que contenerse, reprimir ese movimiento perfecto para ajustarse al ritmo de sus compañeras. Siendo ellas muy buenas, Susana es excelente y sobresaliente.

Y aquí viene la gran cuestión sobre la pertinencia de la pregunta que hacía al principio: ¿tendría que haber sabido que a Susana le apasionaba bailar? No sé cómo tendría que responder a esta pregunta en general, de modo absoluto, pero, cuando la veo a ella, pienso que sí, que, si hubiese querido conocer todas las dimensiones y capacidades de Susana, tendría que haber sido consciente, al menos, de su vocación de moverse como elemento primordial; de su necesidad de incorporar el ritmo en grandes dosis en todas las parcelas de la vida. ¿Cuántas veces no logramos entender bien a nuestros alumnos, no sacamos el máximo de ellos, por no saber algo más de las cosas que les apasionan?

Cierto es que las personas no somos siempre las mismas. Cada uno de nosotros tiene sus parcelas, sus ámbitos, sus limbos, a veces casi excluyentes, muchos de ellos voluntariamente escondidos. Pero hay ocasiones, hay que reconocerlo, que es imprescindible saber si un alumno sabe bailar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Gustave Deghilage.

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Me doy cuenta de que esta serie va tejiendo una tela de araña en la que las historias van entrelazándose, organizadas en un tejido en el que una cosa lleva a la otra, una persona a la de más allá. Aunque yo no lo pretendía, van adquiriendo un orden causal en el que un hecho hace que salte una chispa, una persona hace que se piense en la siguiente, la mirada de una persona evoca la de otra. En este caso, el espacio me ha puesto delante de los ojos a la chica hikikomori.

Antes que nada, quizás sea bueno recordar que los hikikomoris son personas que abandonan todo trato social para permanecer recluidas en su casa. En un estado de aislamiento casi total, debido a su inseguridad, cade vez mantienen menos relaciones con las personas, se vuelven tímidos y, en un estado de retroalimentación que toma la forma de pescadilla que se muerde la cola, suelen ser objeto de burlas en los colegios, lo que les empuja más y más a la reclusión. Su único contacto con el mundo exterior son las pantallas del ordenador y de la televisión.

Se llamaba Julia. Me he acordado de ella porque se sentaba en la misma clase y en el mismo sitio en el que años antes, se había sentado uno de los alumnos de esta historia. Si ya viene a ser un tópico hablar de sonrisas, la de Julia era sospechosamente hierática, un tipo de risa permanente que no devolvía al que la veía la sensación de que existiese una felicidad detrás. Permanecía muy recta en la silla y su mirada rara vez estaba centrada en las cosas de este mundo. Cuando pasabas cerca de su pupitre, descubrías que dibujaba manga de forma casi compulsiva. Estaba obsesionada por todo lo que tenía que ver con Japón: series de dibujos en televisión, juegos de ordenador, cómics… Nuestro mundo, en definitiva, no era el suyo y los pensamientos de Julia estaban a más de diez mil kilómetros de distancia.

Intentar rescatar a Julia para devolverla a la clase se convirtió para mí en una causa perdida. Lo más que conseguí es que hiciese los ejercicios de Lengua de forma mecánica, que me respondiese siempre con una calma nerviosa pero educada que venía a significar un pero déjame en paz y déjame volver a mi ensimismamiento. Le preguntabas y dibujaba. Le preguntabas y levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba. Le preguntabas, esbozaba su sonrisa mecánica, levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba.

En una época en la que no había conexiones de banda ancha en las casas y se accedía a internet a través del teléfono, Julia se pasaba todo el tiempo que podía en su casa jugando con el ordenador y conectada a internet. No quiero ni imaginar la factura de teléfonos que pagaba su madre. Incluso en los dos recreos de la mañana, que duraban 20 minutos, Julia, se iba a su casa (vivía justo enfrente del instituto, a menos de veinte metros) y se encerraba en su habitación para disfrutar con su enajenada obsesión por el ordenador. Luego volvía a clase (en este sentido, hay que decir que su reclusión nunca fue total, puesto que jamás faltaba a su cita con las aulas) soportando esos intervalos de tiempo interminable hasta que llegaba la hora de volver a su casa, dibujar y jugar, jugar y dibujar.

No se le conocían amigos. Yo no era su tutor, pero, al parecer, su madre no reaccionaba (las circunstancias vitales de la familia no parecían ser las mejores). Y no tengo más recuerdo de Julia que el vivir presa de su tímida, persistente y destructora obsesión.

Como habéis podido comprobar, esta historia ha sido corta. Nunca supe más cosas de Julia. Nunca, obviamente, me la encontré por la calle. Nunca supe si consiguió superar sus problemas, si un día consiguió salir a la calle, coger todo el aire posible en los pulmones, con el sol en el rostro, y liberar su sonrisa de todas las soledades. Y no sabré nunca si mandó Japón a la mierda para vivir —de verdad— consigo misma, junto a otros.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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