— Verba Volant

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Amistad

Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

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Oí hablar de Anne mucho antes de que fuese alumna mía. Recuerdo bastantes menciones a Anne en mis conversaciones con Juan Miguel (el chicho al que le echaron de clase por preguntar por los números impares) y Julio (ahora director de orquesta). Me vienen a la memoria, al menos, dos momentos. En uno de ellos, en un ratito al acabar las clases de la tarde (sí, eran épocas en las que también había horario vespertino), estábamos hablando los tres de algo relacionado con el tema de la memoria y la imaginación (que estábamos analizando en el bloque dedicado a la Psicología en la asignatura de Filosofía). Como era habitual, las clases se prolongaban en observaciones sobre asuntos infinitos. Surgió algo relacionado con la imaginación y la creatividad y Julio me dijo: pues ya vas a ver cuando tengas en clase a Anne, vas a flipar. La segunda vez tuvo lugar en una cafetería. Estábamos hablando sobre arte (más en concreto sobre arte abstracto o, mejor, no figurativo). Yo estaba defendiendo a mi siempre adorado Mondrian y también a Kandinski. Hablábamos de formas y de colores, de nuestras capacidades (a ellos se les daba muy bien la música y ambos se dedicaron luego a ella, Juan Miguel como complemento y afición, Julio, como he dicho más arriba, como devoción y profesión) de nuestras incapacidades. Ahí hablaba yo de mi pasión por el arte y de mi nula habilidad para pintar. Les decía algo relacionado con una forma y con unos colores que tenía constantemente en la cabeza y que era incapaz de llevar al papel. Y Juan Miguel dijo algo parecido a pues Anne seguro que sabría exactamente qué forma es y cómo representarla y combinarla con colores.

He de reconocer que me mostraba entre maravillado y escéptico ante una persona que rondaba los cursos inferiores y a la que, en una ocasión, me señalaron de lejos. Mira, esa es Anne.

Anne llegó a mis clases de Filosofía de 3.º de BUP y empecé a descubrir a qué se referían Juan Miguel y Julio cuando hablaban maravillas de ella. No solo destacaba por sus innegables capacidades, sino, sobre todo y ante todo, por una manera totalmente diferente de ver el mundo y, por lo tanto, de analizarlo e interpretarlo. Sus observaciones siempre tenían una dimensión fresca, original, no trillada por la medianía. Era de natural callado y no era fácil que interviniese mucho en clase. Prefería escuchar y, de repente sonreír. Y, entonces, pensaba yo, que ya había surcado por su mente una idea maravillosa. Esa creatividad la mostraba, sobre todo, en los exámenes y, más adelante, en las conversaciones que teníamos fuera de clase. Me asombraba cada segundo con relaciones que yo no veía, con planteamientos y relaciones que no se me habían pasado nunca por la cabeza. Nada era disparatado, nada era extraño. Con Anne, descubrías que el mundo era un pozo de riquezas sin descubrir por culpa de nuestras mentes cuadriculadas.

Nunca di clase de Literatura a Anne, y bien que lo lamento. Pero era muy frecuente que hablásemos de poemas, de autores, de formas de crear. Yo le retaba a componer textos en los que hubiese, por ejemplo, tres sustantivos que elegíamos en ese momento al azar. Ella, que sabía que yo también escribía, me lanzaba el guante para que entrase en «competición» con ella. No había manera de compararse con sus textos. Cuidaba sus composiciones no solo con una técnica y una imaginación que la situaban fuera de este mundo, sino con una letra preciosa y precisa, escoltando como folio con una funda de plástico e impregnando cada cosa que escribía con una fragancia que hacía de sus poemas una sinfonía para los sentidos.

Creo que Anne se merece alguna entrada más, así que omitiré muchas historias para acabar con una, la que da título a la entrada. Fuimos uno de aquellos años de excursión a San Sebastián con dos clases. Antonio, el profes de Religión y Latín, otros alumnos entre los que se encontraba Anne fuimos recorriendo el Paseo de la Concha disfrutando de un magnífico día de primavera. Atravesamos el puerto y entramos en el Aquarium. Cuando visito las ciudades y los museos, siempre busco un momento para perderme en mí mismo y deambular sin rumbo fijo. Paseaba por las salas del recinto y llegaba a la zona más oscura, en la que había muy poca gente. Delante de uno de los cristales, se encontraba Anne. Me paré desde lejos y estuve un rato mirando lo que ella contemplaba. Permanecía quieta, observando al pulpo que habitaba esa sección del recinto. Me acerqué y, sin decirle nada, me quedé quieto también, intentado imaginar lo que tenía todo eso de fascinante (otras vitrinas estaban llenas de alegría y de peces de colores). Dijo unas palabras en voz alta. No las dijo para mí (probablemente, ni sabía que yo estaba allí), sino como reflexión en voz alta. «¿En qué estará pensando este pulpo?». No estaba hablando del pensamiento de los pulpos, no de las capacidades cognitivas de los cefalópodos, no del lenguaje y las formas de comunicación de los animales. Anne estaba pensando en ese pulpo como ser individual, recluido en los abismos del recinto, en soledad, oscuridad. Era, en suma, un canto a la introspección. Se quedó un rato más mirando el pulpo. Y luego, lentamente, se marchó.

Anne acabó su andadura por el instituto y comenzó la carrera de Humanidades. Pasó un tiempo en Francia, luego dio clases de español para extranjeros en la universidad y, después, aprobó las oposiciones de Lengua y Literatura. Todavía recuerdo un día en el que quedamos a tomar un café para celebrar su incorporación al delicado y delicioso mundo de la enseñanza. Ella me estaba muy agradecida por unos materiales que le había dejado para realizar la programación que, en el fondo, no tenían ninguna importancia. Con esa sonrisa hermética y amplia, puso encima de la mesa Jerjes conquista el mar, de Óscar Esquivias y un poemario de Pedro Olaya. «Toma, son para ti».

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Karen.

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Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

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Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no «descubre» a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, «destapar» a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor «destapa» y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas «de verdad» en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: «Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza». Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: «Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza». Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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La historia de hoy trata de Alfonso. Bueno, mejor vamos a llamarle Fonsi, hipocorístico que ahora se asocia a una canción de consecuencias nefastas para la historia de la música, pero que encaja en esta entrada como anillo al dedo. Porque jamás llamé Alfonso a Fonsi, ni en los momentos relajados ni en los serios. Todavía no sabía la razón, pero la he adivinado cuando he pensado en esta entrada.

Era el segundo curso que impartía clase de Lengua y Literatura Castellana en 3.º de la ESO y esa sección A que me llegaba ahora era famosa ya por su trayectoria. ¿No habéis oído esa expresión de «Es una clase muy buena académica, pero muy revoltosa y habladora»? Pues eso es lo que escuché yo a mis compañeros cuando hablaban de la clase de marras. Siempre he procurado no hacer ni puñetero caso a esas valoraciones del grupo o de los individuos. Son tantas ocasiones con las que me esperaba una cosa y me he encontrado la otra (para mal, para bien), que siempre prefería comprobarlo con mis propios ojos cuando llegase el momento. Eso sí, me acuerdo que una compañera dijo «Y ese Alfonso, qué pesado es, siempre de broma e intentando liarla» y, no sé por qué, me quedé con la copla.

Llegué a clase, me presenté, dije alguna parida —imagino que diría alguna, lo contrario me habría extrañado— y, de inmediato, Fonsi dijo algo a media voz con una sonrisilla que es difícil de olvidar. Y yo contraataqué con un «Fonsi, fuera de clase».

La cosa, en forma de diálogo, sería más o menos así:

—Fonsi, fuera de clase.
—Pero si no he hecho nada.
—Precisamente por eso, Fonsi. Fuera de clase.
—Es injusto, me has cogido manía y no sé por qué.
—En efecto, Fonsi, te he cogido manía y no sé por qué. Fuera de clase.

Y Fonsi puso rumbo a la puerta cabeceando, rezando en voy baja algo referente a las injusticias de este mundo, pero esbozando esa sonrisa de pillete que le ha caracterizado y todavía le caracteriza. Toda la clase reaccionó con bromas dedicadas a Fonsi, que mientras se iba, tuvo que escuchar: «Te ha calado a la primera», «Hala, ya tienes la primera anécdota del año para contar en casa» y otras muchas cosas más.

Frente a esa expulsión, hay que decir varias cosas. La primera, que era auténticamente extraño que yo expulsase a un alumno. La segunda, que fue una expulsión que procedió del instinto y no estaba basada en nada racional, ni siquiera en nada mínimamente justificado. Y, ahora que lo pienso, también hay una tercera. Creo recordar que ese año entró un nuevo director en el centro que dijo que no se podía expulsar a nadie, que estaba prohibido. No añadiré nada más, pero sí creo necesario subrayar que Fonsi no fue, de ningún modo, una cabeza de turco que emplease yo contra el sistema. Y fue una expulsión que no figuró nunca en el parte correspondiente.

Di esa clase de forma normal y relajada y, al día siguiente, tocó dar clase de nuevo en 3.º A. Fonsi iba a decir algo a su compañera de atrás, y yo le dije: «Fonsi, no te vuelvas y cállate, anda». «Que no me llames Fonsi, que me llamo Alfonso. Y no estaba hablando». A lo que yo le dije: «Vale, Fonsi, lo que tú digas, pero cállate, anda». Se lo dije en un tono neutro que podía querer decir tanto «Te vas a volver a ir de clase cagando leches» como «¿No ves que te estoy vacilando un poco?». Fonsi, que de tonto no tenía un pelo, entendió perfectamente que se trataba de la segunda opción y con ella nos movimos de forma relajada hasta que acabó 2.º de BACH.

Pero, por muy gracioso que fuese, la historia de la expulsión de Fonsi no puede alcanzar aquí su grado máximo de explicación. El contexto, la situación, el juego que nos dio a lo largo de todos los años, van mucho más allá de lo que cuento aquí.

Como ya viene siendo frecuente en estas historias, hay muchas cosas más que contar de Fonsi a lo largo de esos años de instituto. Porque Fonsi estaba en una clase muy importante para mí (en la que estaba, por cierto, el chico que llevaba siempre demasiado limpios los zapatos) y otros muchos que tendrán su historia de forma más que merecida.

La historia final que voy a contar de Fonsi tiene que ver con un día de despedida. Antes de la fiesta de despedida de los alumnos en el instituto (esa que yo, siempre que fui coordinador o tutor me negué siempre a llamar «Fiesta de graduación» porque no era tal y porque para mí siempre fue más importante en estos actos lo personal que lo académico), tenía la costumbre durante unos años de llevarles a una zona de campo cercana al centro. En una de las horas de tutoría, ya próximos los exámenes finales, nos sentábamos entre la hierba y les explicaba que, además de ese momento de fiesta en la que iban a estar también sus familiares, en el que se dirían discursos y palabras protocolarias, este, probablemente, iba a ser el último momento que iban a coincidir todos. Que se prometerían mil y una quedadas a las que asistirían unos pocos. Que la vida les haría estar aquí y allá, a veces a miles de kilómetros de distancia. Que las vidas, lo mismo que se encuentran, se separan de forma más o menos inexorable. Aunque algunos de ellos sean amigos de siempre, no siempre iban a estar todos. Así que era el momento de que, el que lo quisiera, hablase de cualquier anécdota, que contase algo divertido que había ocurrido en el transcurso de esos años…

En esas intervenciones, se iba saltando de lo trascendental a lo intrascendente (que, en estos casos, a veces es lo más importante) y, entre bromas y algún ataque de timidez, se iban deshilando palabras preciosas de despedida, de recuerdo de los mejores momentos. Lo teníamos fácil, porque muchos pudimos decir «Siempre nos quedará París». Fonsi comentó, claro está, ese momento en el que fue expulsado nada más entrar en clase, entre las risas de todos. Porque todos ellos sabían que Fonsi era un tipo fundamental y excepcional, divertido y poco convencional, arisco en su misma calidez no siempre reconocida. Cuando nos levantamos y nos íbamos a marcharnos, Fonsi me dijo unas palabras, entre susurros, que yo nunca podré olvidar.

Ahora Fonsi y yo intercambiamos, de vez en cuando, algún guasap relacionado con algún burgalés que dice que hace rap y hace, simplemente, el payaso. Pero eso, quizás, sea otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de The Naked Ape.

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Dios los cría y ellos se juntan. Ocurre con frecuencia en la enseñanza: hornadas de clases alborotadas y habladoras, secuencia de empollones demasiado serios en pocos metros cuadrados… y grupos de personas sensacionales con los que uno se encuentra auténticamente a gusto. He tenido la suerte de disfrutar en varias ocasiones de una clase en la que coincidían un grupo de alumnos con el que todo era posible.

La historia de Lucía se enmarca en una clase de ese tipo. Algunos de sus compañeros tendrán, de forma más que merecida, su propia historia. Juntos vivimos muchos grandes momentos que, cuando sean aquí reflejados, harán asaltar las dudas sobre si todo lo que cuento aquí es cierto. Ellos y yo sabemos que, aunque se traspasen todas las fronteras de la verosimilitud, las cosas ocurrieron (más o menos) así.

Pero presentemos la historia de hoy. Lucía era una chica introvertidamente extrovertida. Cualquiera que la conozca poco diría que estoy loco si la considero introvertida, pero cualquiera que haya convivido con ella sabe perfectamente a lo que me refiero. La clase en la que estaba Lucía era maravillosamente participativa. Les di clase en varios cursos y me aguantaron en clases de Filosofía y de Literatura. Amiga del chascarrillo fácil pero también de una ironía aguda, decidí asignar a Lucía siempre un papel en las lecturas de obras de teatro que hacíamos en clase.

Hago un inciso muy breve: cualquiera que dude del poder de la literatura en la enseñanza media solamente tiene que acudir a la lectura colectiva y explicada de obras dramáticas para comprobar cómo la fuerza de la ficción llega a los alumnos. Ya hablaremos de ello, si tenemos ocasión.

Decía que Lucía siempre tenía un papel en las obras que leíamos. De forma casi automática, ella sabía que le tocarían papeles que entraban en los registros de Gracita Morales. Bueno, no exactamente del registro de Gracita Morales, sino en el tipo de personajes que representaba la actriz española. Empezó, por supuesto, haciendo el papel de criada en obras de Lope o Calderón y acabó por formar parte memorable de las lecturas de Tres sombreros de copa en los que, aunque fuera primerísima hora de mañana, nos moríamos de risa. No solo hacía gracia en la interpretación de su papel, sino en los comentarios que realizaba sobre él. Lucía sabía (sabe) reírse de sí misma y todos sabemos que los que saben reírse de sí mismos se conocen mejor que todos los demás.

Lucía era la persona perfecta en el engranaje perfecto de un grupo de amigos dispuestos a disfrutar de la vida sublimando lo que significa aprender y, por lo tanto, mejorando lo que significaba enseñar. En esas clases, reflexionábamos sobre lo más bajo y sobre lo más excelso porque ellos nunca se conformaban con haber llegado al final. Siempre querían más, siempre daban una interpretación más, siempre hacían un esfuerzo generoso consigo mismos y con los otros para ser mejores.

Como es habitual, tengo que dejar muchas cosas sobre Lucía y aquellos años para otro día. Sí tengo que decir que estudió fuera de Burgos, que siguió haciendo teatro como aficionada (muchas veces, le dieron papeles para los que ella estaba predestinada). Incluso acabó con una pierna rota en extrañas circunstancias que nunca me ha sabido aclarar.

Cuando acabó la licenciatura, Lucía sintió un vacío que no sabía llenar en este país que no siempre da facilidades para explotar el talento de los que lo tienen y decidió marchar a Chicago para dar clase en un colegio. Al principio, despotricaba contra un sistema de enseñanza en el que acabó sintiéndose cómoda porque era exigente. Su experiencia en Estados Unidos le llevó a explorar el mundo y a sí misma. Al cabo de unos años, cuando el proceso de introspección finalizó, decidió regresar. Creo que Lucía, que echaba mucho de menos lo que dejó cuando se fue, también echa mucho de menos cosas de allí ahora que ha vuelto, enredada en el injustísimo juego de las interinidades.

Lucía, desde hace muchos años, ha pasado a formar parte del reducido grupo de personas a las que considero amigas. Me ha salvado mil y una veces del infierno los abstract con sus traducciones. Nos hemos tomado muchas cervezas con otros compañeros de aquella época para hablar de lo de ahora y de lo de entonces (tenemos, por cierto, una pendiente).

Yo he aprendido tantas cosas de personas como Lucía que solo puedo soñar con seguir intentando desbrozar cosas de mí y procurar entregarme (yo, que soy tan tímido, reservado y distante casi siempre) con lo poco que sé, con lo poco que soy, para que se me pegue todo lo bueno que me han dado personas como ella.

Se me olvidaba: como he dicho, Lucía volverá a aparecer en estas historias, con este o con otro nombre, pero también estará presente su hermano, que también fue alumno mí, al que también considero mi amigo. Una de las personas cuya historia merece la pena contar. Pero eso será otro día. Pero ahora, cuando en Chicago hace tanto frío, tocaba hablar de Lucía.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Vynz100.

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Llevo nada más y nada menos que 30 años dando la matraca impartiendo clase a ni se sabe ya cuántas generaciones de alumnos. Fueron 19 años dando clase en la enseñanza secundaria y bachillerato y 11 ya en la universidad. El abanico de anécdotas, historias y aventuras, como os podéis imaginar, es casi infinito y, a raíz de algo que me ocurrió hace un par de meses, he creído conveniente contar alguna alguna cosa curiosa que me ha pasado (o que me está pasando) con mis alumnos. Siempre, claro está, con el debido respeto a sus circunstancias e identidades (los nombres están cambiados y, en algunos casos, los años y el contexto está alterado para no dar demasiados datos) y siempre, claro está, teniendo en cuenta su privacidad: nada de lo dicho aquí forma parte del secreto profesional. Vamos a ello.

Bruno

La anécdota con Bruno fue la que me ha impulsado a escribir estas entradas. Bruno fue mi alumno de Lengua Castellana y Literatura en 3º de la ESO. Pertenecía al grupo de los desadaptados, desengañados y rebeldes y reconozco que era difícil lidiar con él. En esa clase había tres alumnos de perfil «difícil» y Bruno era uno de ellos. Rara vez te miraba a los ojos. Cuando no estaba ido, estaba intentando liarla y, cuando hablaba, era a veces para responder de malas maneras. Pero eso fue al principio. Bruno no llegó nunca a ser un buen alumno ni le llegó a apasionar nada de lo que decíamos en clase. Yo nunca he tolerado insubordinaciones y malos modos y a Bruno le cayeron unas cuantas broncas, pero tampoco he sido de los que ha puesto la etiqueta de por vida a las personas que han pasado por mi clase. Al final, creo que llegamos a una situación de respeto mutuo más que aceptable.

No había vuelto a ver a Bruno hasta hace unos meses. Han pasado un montón de años y vi a Bruno cerca de mi facultad, con el traje de trabajo de una compañía telefónica. Nos reconocimos inmediatamente y no sabía cómo iba a resultar el encuentro. Le saludé cordialmente y él se acercó a mí de forma muy cariñosa y me dio un abrazo. Charlamos un buen rato y nos contamos varias anécdotas graciosas de aquellos tiempos. Él guardaba un buen recuerdo de aquel año que coincidimos. Ahora me miraba de frente y sus ojos chispeaban con una vigor del que se desprende que él ya no tenía sobre la cabeza todos los problemas de su adolescencia. Yo me sentí muy feliz y le estoy muy agradecido al mundo de la enseñanza por haber conocido a personas como a Bruno. Estos alumnos que son necesarios para que los profesores bajemos de nuestra torre de marfil y contemplemos el mundo desde un ángulo real para no ver alumnosdelenguayliteratura, sino personas, chavales que están creciendo y madurando con todos sus problemas, con circunstancias a veces infernales. Bruno nos puede enseñar a todos muchas cosas y ese abrazo será difícil de olvidar.

Iba a hablar en esta entrada de tres alumnos, pero creo que con Bruno es más que suficiente. Para empezar.

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Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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La experiencia nos dice que, a lo largo de la vida, nos encontraremos con unos cuantos profesores nefastos y unos cuantos profesores buenos, pero solo un reducidísimo número de profesores imprescindibles. De los nefastos, guardaremos malos hábitos, una visión estrecha y lo mejor que puede pasarnos es que caigan en el olvido. Gracias a los buenos, habremos comprendido cosas que, de otro modo, nos hubiesen resultado incomprensibles y habremos ganado peso en nuestra formación como alumnos y como seres humanos. Los profesores imprescindibles son algo muy distinto.

Considero que he tenido tres profesores que han marcado mi vida: uno de ellos, en 3.º de BUP (el actual 1.º de Bach) y los otros dos, bien distribuidos en mi carrera de Filología Hispánica en primer curso y en cuarto. Es cierto que el primero tardó en llegar demasiado tiempo, pero mereció la pena. Y las circunstancias que figuran más abajo explicarán que hoy hable de él en esta entrada.

Se llama Manolo y, como decía más arriba, me dio clase cuando yo tenía 17 años. Pese a ser un ávido lector y una persona muy interesada en algunos temas culturales, me resbalaba el ámbito académico. Son los años en los que es frecuente que uno piense en otras cosas y yo ponía todo mi empeño en dedicarles mi tiempo y mis atenciones ajenas a la vida académica. Entonces, llegó él. Me dio clase de Filosofía y de Literatura (por aquel entonces no se daba la mezcla habitual de Lengua y Literatura, sino que estas se separaban por cursos).

En Filosofía, me enseñó a ser riguroso con los conceptos y, sobre todo, conmigo mismo. Me hizo dar con las claves del análisis y de la síntesis y me enseñó los misterios de la Lógica, de la Psicología y de la Metafísica. En Literatura, descubrí que el análisis de los textos literarios podía revelar en los textos una profundidad y una riqueza que yo hasta entonces desconocía. Gracias a él, descubrí algo que, desde ese momento, siempre he tenido presente: que lo difícil es más fácil de lo que parece y, sobre todo, que lo fácil es mucho más difícil de lo que aparenta. En vez de dar un recorrido superficial por las obras literarias, siempre insistió en leerlas con devoción y profundidad, como si nos fuera la vida en ello.

Un día, Manolo –que era nuestro tutor– nos empezó a orientar sobre las alternativas que teníamos  cuando acabáramos el COU (el actual 2.º de Bach). Yo era de los que tenía en mente estudiar Psicología y Periodismo. Pero, gracias a él, descubrí que existía una cosa rara y misteriosa que se llamaba Filología Hispánica. No entendía ni el nombre, pero me empezó a desvelar su contenido en asignaturas y pensé que, por fin, se me abría el mundo. Desde entonces, me convertí en un más que aceptable estudiante, ilusionado con mi futuro.

El azar, que en este caso no solo fue casualidad sino también causalidad, hizo que, pocos años después, recién acabada la carrera, acabara dando clase en el mismo centro en el que Manolo me enseñara gran parte de los fundamentos de lo que he llegado a saber en mi vida. Y fui allí profesor de Filosofía y Literatura durante muchos años. Nunca intenté imitarle, pero sí procuré seguir sus principios. Por encima de todo, recordaba su metodología: las materias no son algo estático, sino que evolucionan como tales y, por lo tanto, es necesario renovar su forma de difundirlas. No vale con lo de siempre porque el mundo cambia y los alumnos no siempre los mismos.

El tiempo ha hecho que Manolo pasase de ser mi profesor a ser mi compañero, pero nunca dejó de ser mi maestro. En los tiempos en los que compartíamos días de Selectividad acompañando a nuestros alumnos, yo siempre procuraba escucharle atento. Cada vez que hablamos me aporta siempre una forma nueva de ver las cosas, un ángulo que yo no había contemplado desde ese punto de vista.

Hace poco, tuve incluso la suerte de contar con Manolo como alumno en un par de cursos de formación. No dejaba de ser paradójico: enseñar al que te lo ha enseñado todo. Porque Manolo me ha dado otras muchas lecciones. Entre ellas, la más importante es que la docencia es una profesión en la que, enseñando a los demás, te encuentras en un proceso permanente de aprendizaje. No es solo la formación continua, sino la virtud y la necesidad de ir un poco más allá. Y, además, contar con que un profesor es mucho más que un docente: un profesor como Manolo es un docente que habla y escucha, que imparte conocimiento con la generosidad del que es sabio.

Dentro de unos pocos días, Manolo se jubila. No diré que deja atrás una etapa, porque no se deja nunca de ser un profesor como lo es él. Yo tuve la suerte de descubrir muchas cosas con él y gracias a él.  Y le debo mucho de lo que soy hoy. Y todavía me quedan por aprender muchas cosas. Tantas…

(Imagen de Michael Davis-Burchat.)

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