— Verba Volant

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Amistad

Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no “descubre” a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, “destapar” a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor “destapa” y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas “de verdad” en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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La historia de hoy trata de Alfonso. Bueno, mejor vamos a llamarle Fonsi, hipocorístico que ahora se asocia a una canción de consecuencias nefastas para la historia de la música, pero que encaja en esta entrada como anillo al dedo. Porque jamás llamé Alfonso a Fonsi, ni en los momentos relajados ni en los serios. Todavía no sabía la razón, pero la he adivinado cuando he pensado en esta entrada.

Era el segundo curso que impartía clase de Lengua y Literatura Castellana en 3.º de la ESO y esa sección A que me llegaba ahora era famosa ya por su trayectoria. ¿No habéis oído esa expresión de “Es una clase muy buena académica, pero muy revoltosa y habladora”? Pues eso es lo que escuché yo a mis compañeros cuando hablaban de la clase de marras. Siempre he procurado no hacer ni puñetero caso a esas valoraciones del grupo o de los individuos. Son tantas ocasiones con las que me esperaba una cosa y me he encontrado la otra (para mal, para bien), que siempre prefería comprobarlo con mis propios ojos cuando llegase el momento. Eso sí, me acuerdo que una compañera dijo “Y ese Alfonso, qué pesado es, siempre de broma e intentando liarla” y, no sé por qué, me quedé con la copla.

Llegué a clase, me presenté, dije alguna parida —imagino que diría alguna, lo contrario me habría extrañado— y, de inmediato, Fonsi dijo algo a media voz con una sonrisilla que es difícil de olvidar. Y yo contraataqué con un “Fonsi, fuera de clase”.

La cosa, en forma de diálogo, sería más o menos así:

—Fonsi, fuera de clase.
—Pero si no he hecho nada.
—Precisamente por eso, Fonsi. Fuera de clase.
—Es injusto, me has cogido manía y no sé por qué.
—En efecto, Fonsi, te he cogido manía y no sé por qué. Fuera de clase.

Y Fonsi puso rumbo a la puerta cabeceando, rezando en voy baja algo referente a las injusticias de este mundo, pero esbozando esa sonrisa de pillete que le ha caracterizado y todavía le caracteriza. Toda la clase reaccionó con bromas dedicadas a Fonsi, que mientras se iba, tuvo que escuchar: “Te ha calado a la primera”, “Hala, ya tienes la primera anécdota del año para contar en casa” y otras muchas cosas más.

Frente a esa expulsión, hay que decir varias cosas. La primera, que era auténticamente extraño que yo expulsase a un alumno. La segunda, que fue una expulsión que procedió del instinto y no estaba basada en nada racional, ni siquiera en nada mínimamente justificado. Y, ahora que lo pienso, también hay una tercera. Creo recordar que ese año entró un nuevo director en el centro que dijo que no se podía expulsar a nadie, que estaba prohibido. No añadiré nada más, pero sí creo necesario subrayar que Fonsi no fue, de ningún modo, una cabeza de turco que emplease yo contra el sistema. Y fue una expulsión que no figuró nunca en el parte correspondiente.

Di esa clase de forma normal y relajada y, al día siguiente, tocó dar clase de nuevo en 3.º A. Fonsi iba a decir algo a su compañera de atrás, y yo le dije: “Fonsi, no te vuelvas y cállate, anda”. “Que no me llames Fonsi, que me llamo Alfonso. Y no estaba hablando”. A lo que yo le dije: “Vale, Fonsi, lo que tú digas, pero cállate, anda”. Se lo dije en un tono neutro que podía querer decir tanto “Te vas a volver a ir de clase cagando leches” como “¿No ves que te estoy vacilando un poco?”. Fonsi, que de tonto no tenía un pelo, entendió perfectamente que se trataba de la segunda opción y con ella nos movimos de forma relajada hasta que acabó 2.º de BACH.

Pero, por muy gracioso que fuese, la historia de la expulsión de Fonsi no puede alcanzar aquí su grado máximo de explicación. El contexto, la situación, el juego que nos dio a lo largo de todos los años, van mucho más allá de lo que cuento aquí.

Como ya viene siendo frecuente en estas historias, hay muchas cosas más que contar de Fonsi a lo largo de esos años de instituto. Porque Fonsi estaba en una clase muy importante para mí (en la que estaba, por cierto, el chico que llevaba siempre demasiado limpios los zapatos) y otros muchos que tendrán su historia de forma más que merecida.

La historia final que voy a contar de Fonsi tiene que ver con un día de despedida. Antes de la fiesta de despedida de los alumnos en el instituto (esa que yo, siempre que fui coordinador o tutor me negué siempre a llamar “Fiesta de graduación” porque no era tal y porque para mí siempre fue más importante en estos actos lo personal que lo académico), tenía la costumbre durante unos años de llevarles a una zona de campo cercana al centro. En una de las horas de tutoría, ya próximos los exámenes finales, nos sentábamos entre la hierba y les explicaba que, además de ese momento de fiesta en la que iban a estar también sus familiares, en el que se dirían discursos y palabras protocolarias, este, probablemente, iba a ser el último momento que iban a coincidir todos. Que se prometerían mil y una quedadas a las que asistirían unos pocos. Que la vida les haría estar aquí y allá, a veces a miles de kilómetros de distancia. Que las vidas, lo mismo que se encuentran, se separan de forma más o menos inexorable. Aunque algunos de ellos sean amigos de siempre, no siempre iban a estar todos. Así que era el momento de que, el que lo quisiera, hablase de cualquier anécdota, que contase algo divertido que había ocurrido en el transcurso de esos años…

En esas intervenciones, se iba saltando de lo trascendental a lo intrascendente (que, en estos casos, a veces es lo más importante) y, entre bromas y algún ataque de timidez, se iban deshilando palabras preciosas de despedida, de recuerdo de los mejores momentos. Lo teníamos fácil, porque muchos pudimos decir “Siempre nos quedará París”. Fonsi comentó, claro está, ese momento en el que fue expulsado nada más entrar en clase, entre las risas de todos. Porque todos ellos sabían que Fonsi era un tipo fundamental y excepcional, divertido y poco convencional, arisco en su misma calidez no siempre reconocida. Cuando nos levantamos y nos íbamos a marcharnos, Fonsi me dijo unas palabras, entre susurros, que yo nunca podré olvidar.

Ahora Fonsi y yo intercambiamos, de vez en cuando, algún guasap relacionado con algún burgalés que dice que hace rap y hace, simplemente, el payaso. Pero eso, quizás, sea otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de The Naked Ape.

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Dios los cría y ellos se juntan. Ocurre con frecuencia en la enseñanza: hornadas de clases alborotadas y habladoras, secuencia de empollones demasiado serios en pocos metros cuadrados… y grupos de personas sensacionales con los que uno se encuentra auténticamente a gusto. He tenido la suerte de disfrutar en varias ocasiones de una clase en la que coincidían un grupo de alumnos con el que todo era posible.

La historia de Lucía se enmarca en una clase de ese tipo. Algunos de sus compañeros tendrán, de forma más que merecida, su propia historia. Juntos vivimos muchos grandes momentos que, cuando sean aquí reflejados, harán asaltar las dudas sobre si todo lo que cuento aquí es cierto. Ellos y yo sabemos que, aunque se traspasen todas las fronteras de la verosimilitud, las cosas ocurrieron (más o menos) así.

Pero presentemos la historia de hoy. Lucía era una chica introvertidamente extrovertida. Cualquiera que la conozca poco diría que estoy loco si la considero introvertida, pero cualquiera que haya convivido con ella sabe perfectamente a lo que me refiero. La clase en la que estaba Lucía era maravillosamente participativa. Les di clase en varios cursos y me aguantaron en clases de Filosofía y de Literatura. Amiga del chascarrillo fácil pero también de una ironía aguda, decidí asignar a Lucía siempre un papel en las lecturas de obras de teatro que hacíamos en clase.

Hago un inciso muy breve: cualquiera que dude del poder de la literatura en la enseñanza media solamente tiene que acudir a la lectura colectiva y explicada de obras dramáticas para comprobar cómo la fuerza de la ficción llega a los alumnos. Ya hablaremos de ello, si tenemos ocasión.

Decía que Lucía siempre tenía un papel en las obras que leíamos. De forma casi automática, ella sabía que le tocarían papeles que entraban en los registros de Gracita Morales. Bueno, no exactamente del registro de Gracita Morales, sino en el tipo de personajes que representaba la actriz española. Empezó, por supuesto, haciendo el papel de criada en obras de Lope o Calderón y acabó por formar parte memorable de las lecturas de Tres sombreros de copa en los que, aunque fuera primerísima hora de mañana, nos moríamos de risa. No solo hacía gracia en la interpretación de su papel, sino en los comentarios que realizaba sobre él. Lucía sabía (sabe) reírse de sí misma y todos sabemos que los que saben reírse de sí mismos se conocen mejor que todos los demás.

Lucía era la persona perfecta en el engranaje perfecto de un grupo de amigos dispuestos a disfrutar de la vida sublimando lo que significa aprender y, por lo tanto, mejorando lo que significaba enseñar. En esas clases, reflexionábamos sobre lo más bajo y sobre lo más excelso porque ellos nunca se conformaban con haber llegado al final. Siempre querían más, siempre daban una interpretación más, siempre hacían un esfuerzo generoso consigo mismos y con los otros para ser mejores.

Como es habitual, tengo que dejar muchas cosas sobre Lucía y aquellos años para otro día. Sí tengo que decir que estudió fuera de Burgos, que siguió haciendo teatro como aficionada (muchas veces, le dieron papeles para los que ella estaba predestinada). Incluso acabó con una pierna rota en extrañas circunstancias que nunca me ha sabido aclarar.

Cuando acabó la licenciatura, Lucía sintió un vacío que no sabía llenar en este país que no siempre da facilidades para explotar el talento de los que lo tienen y decidió marchar a Chicago para dar clase en un colegio. Al principio, despotricaba contra un sistema de enseñanza en el que acabó sintiéndose cómoda porque era exigente. Su experiencia en Estados Unidos le llevó a explorar el mundo y a sí misma. Al cabo de unos años, cuando el proceso de introspección finalizó, decidió regresar. Creo que Lucía, que echaba mucho de menos lo que dejó cuando se fue, también echa mucho de menos cosas de allí ahora que ha vuelto, enredada en el injustísimo juego de las interinidades.

Lucía, desde hace muchos años, ha pasado a formar parte del reducido grupo de personas a las que considero amigas. Me ha salvado mil y una veces del infierno los abstract con sus traducciones. Nos hemos tomado muchas cervezas con otros compañeros de aquella época para hablar de lo de ahora y de lo de entonces (tenemos, por cierto, una pendiente).

Yo he aprendido tantas cosas de personas como Lucía que solo puedo soñar con seguir intentando desbrozar cosas de mí y procurar entregarme (yo, que soy tan tímido, reservado y distante casi siempre) con lo poco que sé, con lo poco que soy, para que se me pegue todo lo bueno que me han dado personas como ella.

Se me olvidaba: como he dicho, Lucía volverá a aparecer en estas historias, con este o con otro nombre, pero también estará presente su hermano, que también fue alumno mí, al que también considero mi amigo. Una de las personas cuya historia merece la pena contar. Pero eso será otro día. Pero ahora, cuando en Chicago hace tanto frío, tocaba hablar de Lucía.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Vynz100.

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Llevo nada más y nada menos que 30 años dando la matraca impartiendo clase a ni se sabe ya cuántas generaciones de alumnos. Fueron 19 años dando clase en la enseñanza secundaria y bachillerato y 11 ya en la universidad. El abanico de anécdotas, historias y aventuras, como os podéis imaginar, es casi infinito y, a raíz de algo que me ocurrió hace un par de meses, he creído conveniente contar alguna alguna cosa curiosa que me ha pasado (o que me está pasando) con mis alumnos. Siempre, claro está, con el debido respeto a sus circunstancias e identidades (los nombres están cambiados y, en algunos casos, los años y el contexto está alterado para no dar demasiados datos) y siempre, claro está, teniendo en cuenta su privacidad: nada de lo dicho aquí forma parte del secreto profesional. Vamos a ello.

Bruno

La anécdota con Bruno fue la que me ha impulsado a escribir estas entradas. Bruno fue mi alumno de Lengua Castellana y Literatura en 3º de la ESO. Pertenecía al grupo de los desadaptados, desengañados y rebeldes y reconozco que era difícil lidiar con él. En esa clase había tres alumnos de perfil “difícil” y Bruno era uno de ellos. Rara vez te miraba a los ojos. Cuando no estaba ido, estaba intentando liarla y, cuando hablaba, era a veces para responder de malas maneras. Pero eso fue al principio. Bruno no llegó nunca a ser un buen alumno ni le llegó a apasionar nada de lo que decíamos en clase. Yo nunca he tolerado insubordinaciones y malos modos y a Bruno le cayeron unas cuantas broncas, pero tampoco he sido de los que ha puesto la etiqueta de por vida a las personas que han pasado por mi clase. Al final, creo que llegamos a una situación de respeto mutuo más que aceptable.

No había vuelto a ver a Bruno hasta hace unos meses. Han pasado un montón de años y vi a Bruno cerca de mi facultad, con el traje de trabajo de una compañía telefónica. Nos reconocimos inmediatamente y no sabía cómo iba a resultar el encuentro. Le saludé cordialmente y él se acercó a mí de forma muy cariñosa y me dio un abrazo. Charlamos un buen rato y nos contamos varias anécdotas graciosas de aquellos tiempos. Él guardaba un buen recuerdo de aquel año que coincidimos. Ahora me miraba de frente y sus ojos chispeaban con una vigor del que se desprende que él ya no tenía sobre la cabeza todos los problemas de su adolescencia. Yo me sentí muy feliz y le estoy muy agradecido al mundo de la enseñanza por haber conocido a personas como a Bruno. Estos alumnos que son necesarios para que los profesores bajemos de nuestra torre de marfil y contemplemos el mundo desde un ángulo real para no ver alumnosdelenguayliteratura, sino personas, chavales que están creciendo y madurando con todos sus problemas, con circunstancias a veces infernales. Bruno nos puede enseñar a todos muchas cosas y ese abrazo será difícil de olvidar.

Iba a hablar en esta entrada de tres alumnos, pero creo que con Bruno es más que suficiente. Para empezar.

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Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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La experiencia nos dice que, a lo largo de la vida, nos encontraremos con unos cuantos profesores nefastos y unos cuantos profesores buenos, pero solo un reducidísimo número de profesores imprescindibles. De los nefastos, guardaremos malos hábitos, una visión estrecha y lo mejor que puede pasarnos es que caigan en el olvido. Gracias a los buenos, habremos comprendido cosas que, de otro modo, nos hubiesen resultado incomprensibles y habremos ganado peso en nuestra formación como alumnos y como seres humanos. Los profesores imprescindibles son algo muy distinto.

Considero que he tenido tres profesores que han marcado mi vida: uno de ellos, en 3.º de BUP (el actual 1.º de Bach) y los otros dos, bien distribuidos en mi carrera de Filología Hispánica en primer curso y en cuarto. Es cierto que el primero tardó en llegar demasiado tiempo, pero mereció la pena. Y las circunstancias que figuran más abajo explicarán que hoy hable de él en esta entrada.

Se llama Manolo y, como decía más arriba, me dio clase cuando yo tenía 17 años. Pese a ser un ávido lector y una persona muy interesada en algunos temas culturales, me resbalaba el ámbito académico. Son los años en los que es frecuente que uno piense en otras cosas y yo ponía todo mi empeño en dedicarles mi tiempo y mis atenciones ajenas a la vida académica. Entonces, llegó él. Me dio clase de Filosofía y de Literatura (por aquel entonces no se daba la mezcla habitual de Lengua y Literatura, sino que estas se separaban por cursos).

En Filosofía, me enseñó a ser riguroso con los conceptos y, sobre todo, conmigo mismo. Me hizo dar con las claves del análisis y de la síntesis y me enseñó los misterios de la Lógica, de la Psicología y de la Metafísica. En Literatura, descubrí que el análisis de los textos literarios podía revelar en los textos una profundidad y una riqueza que yo hasta entonces desconocía. Gracias a él, descubrí algo que, desde ese momento, siempre he tenido presente: que lo difícil es más fácil de lo que parece y, sobre todo, que lo fácil es mucho más difícil de lo que aparenta. En vez de dar un recorrido superficial por las obras literarias, siempre insistió en leerlas con devoción y profundidad, como si nos fuera la vida en ello.

Un día, Manolo –que era nuestro tutor– nos empezó a orientar sobre las alternativas que teníamos  cuando acabáramos el COU (el actual 2.º de Bach). Yo era de los que tenía en mente estudiar Psicología y Periodismo. Pero, gracias a él, descubrí que existía una cosa rara y misteriosa que se llamaba Filología Hispánica. No entendía ni el nombre, pero me empezó a desvelar su contenido en asignaturas y pensé que, por fin, se me abría el mundo. Desde entonces, me convertí en un más que aceptable estudiante, ilusionado con mi futuro.

El azar, que en este caso no solo fue casualidad sino también causalidad, hizo que, pocos años después, recién acabada la carrera, acabara dando clase en el mismo centro en el que Manolo me enseñara gran parte de los fundamentos de lo que he llegado a saber en mi vida. Y fui allí profesor de Filosofía y Literatura durante muchos años. Nunca intenté imitarle, pero sí procuré seguir sus principios. Por encima de todo, recordaba su metodología: las materias no son algo estático, sino que evolucionan como tales y, por lo tanto, es necesario renovar su forma de difundirlas. No vale con lo de siempre porque el mundo cambia y los alumnos no siempre los mismos.

El tiempo ha hecho que Manolo pasase de ser mi profesor a ser mi compañero, pero nunca dejó de ser mi maestro. En los tiempos en los que compartíamos días de Selectividad acompañando a nuestros alumnos, yo siempre procuraba escucharle atento. Cada vez que hablamos me aporta siempre una forma nueva de ver las cosas, un ángulo que yo no había contemplado desde ese punto de vista.

Hace poco, tuve incluso la suerte de contar con Manolo como alumno en un par de cursos de formación. No dejaba de ser paradójico: enseñar al que te lo ha enseñado todo. Porque Manolo me ha dado otras muchas lecciones. Entre ellas, la más importante es que la docencia es una profesión en la que, enseñando a los demás, te encuentras en un proceso permanente de aprendizaje. No es solo la formación continua, sino la virtud y la necesidad de ir un poco más allá. Y, además, contar con que un profesor es mucho más que un docente: un profesor como Manolo es un docente que habla y escucha, que imparte conocimiento con la generosidad del que es sabio.

Dentro de unos pocos días, Manolo se jubila. No diré que deja atrás una etapa, porque no se deja nunca de ser un profesor como lo es él. Yo tuve la suerte de descubrir muchas cosas con él y gracias a él.  Y le debo mucho de lo que soy hoy. Y todavía me quedan por aprender muchas cosas. Tantas…

(Imagen de Michael Davis-Burchat.)

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Esta entrada está dedicada al equilibrio emocional de los que tenían un complejo de culpa por alegrarse de la desgracia ajena. Mina Cikara y Susan T. Fiske, de la Universidad de Princeton, están ahí para no quitar nada a nuestras alegrías y restar gravedad a nuestras penas.

Todo parte de una bonita palabra alemana, Schadenfreude,  que es precisamente eso, el sentir placer ante el dolor ajeno. Y se puede demostrar científicamente: lo delatan los músculos de nuestras mejillas, ya que sonreímos ante situaciones de desgracia o malestar ajeno. Por lo tanto, dejamos de lado nuestra empatía cuando se trata de ver al rival pasándolas canutas. Porque no somos malos y crueles de forma discriminada, sino que este sentimiento se produce, ante todo, ante personas a las que envidiamos. En ese grupo, por supuesto, encontramos a los ricos, que provocan de forma unánime nuestra hilaridad. Hasta tal punto, que estaríamos dispuestos a darles una pequeña descarga eléctrica para que espabilen. Lo podemos trasladar también al terreno deportivo: en uno de los experimentos, se demuestra lo que ya sabíamos por malvada experiencia: no solo nos alegra que gane nuestro equipo favorito, sino que también nos hace mucha gracia que pierda nuestro rival más denostado.

Como somos muy humanos –es decir, muy biológicos y muy sociales–, queremos que a la gente “bien” le vaya bonito mientras nosotros estemos allí cerca, con pleno beneficio. Eso sí, en cuanto las cosas pintan mal, nos alegramos de sus males a base de bien. ¿Que el país va bien? Pues alabamos a los políticos. Pero, en el momento en el que la cosa se pone chunga, se pueden ir preparando. Y ahí está el interrogante de si es bueno establecer un sistema en una organización o en una empresa. Sí, mientras todo vaya bien. Es decir, hasta que encontramos a nuestro envidiado de turno teniendo que pasarlas canutas.

Las investigadoras se preguntan si esto es una patología. Y dicen, con razón, que no. Que, simplemente, somos humanos. Para eso tenemos mejillas y sonrisa. Como las hienas.

(Imagen de José García)

Referencias bibliográficas:

  • Información obtenida en el Princeton Journal Watch.
  • Cikara, M., & Fiske, S. T. (2013). Their Pain, our Pleasure: Stereotype content and Schadenfreude. Annals of the New York Academy of Sciences , 1299, 52-59. El resumen del artículo puede consultarse aquí.
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Justforone

No sé, no sé. Resulta que Súper Coco, que tantas cosas elementales nos enseñó, no tenía razón cuando soltaba a la audiencia su prolegómeno (“Hola, amigos…”). Si no se tiene razón al principio, tampoco se tiene al final. Por eso, también estaba equivocado Porky en su tartamudeada despedida (“E… E… E… Esto es todo, amigos”). Y no digamos el bueno de Roberto Carlos, el cantante que tenía amigos sin fin. Tal y como afirma Robin Dunbar en The Times (aquí la noticia en El País), el número de amigos es limitado, al menos en Internet. Aunque la soledad lleve a muchos a extender las zarpas de la amistad por Internet recopilando amigos en las redes sociales, parece que nuestro cerebro no está capacitado para mantener dignamente más de 150 contactos en Internet. Lo gracioso es que, por muchas amistades que agreguemos, lo único que hacemos al final es pasar de ellos como la mierda (algo muy parecido a la vida real, pero con menos gente). En el interludio, hemos ganado un gran poder muscular en nuestras manos, entrenadas por gracia de darle a la ruedecita del ratón para viajar rápidamente por la pantalla y buscar a quien nos interesa.

En las redes sociales encontramos nuestras vidas pasadas, nuestro dudoso presente y todo el futuro de lo evanescente. Lo mismo que te encuentras en el bar con alguien que te da la palmada en la espalda, en Facebook nos topamos con quien no conocemos para que rece una plegaria por nuestra maltrecha alma, para que nos anime en los momentos difíciles, para que se ría de nuestras gracias. La Red magnifica lo insignificante a ráfagas de contactos que, por superficiales y paradójicos, se antojan profundos y duraderos. No me refiero al contacto sincero y afable que mantienen muchos, sino a esa tendencia perversa de pensar que las identidades digitales son idénticas a las personales. En el espacio virtual, todos somos unos tíos majetes, enrollados, serviciales, dispuestos, alegres. En la vida real, no pasamos del aprobado raspado. Por eso, en lo que a las amistades se refiere, en lo personal no pasamos de los cinco lobitos de la mano.

No lo olvidemos: Internet nos hace conocer a personas (y mundos) inabarcables en las restringidas dimensiones espacio-temporales. Favorece el contacto (que, a veces, conduce a un escalón más). Pero nos sobran los amigos. Al menos, en la Red. Y esto ha sido todo, Amigos.

(Imagen de Pensiero.)

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URB 040-1

He estado un poco vago, lo lamento. No sé si las ideas no venían a mí o yo no iba a las ideas, pero me he mantenido en barbecho hasta hoy. Cuajado ya de sol entre las ventanas de casa, recuerdo con placer extremo el maravilloso día que pasamos en Duruelo, Castroviejo y Covaleda gracias a Miguel Simón, director de La Palabra de Burgos. El que suscribe, que es demasiado urbanita –y, por lo tanto, paleto— tuvo la oportunidad de disfrutar del maravilloso paisaje de los Pinares de Durelo de la Sierra, Castroviejo y Covaleda, y gozar con la compañía de compartir mantel, paseo y conversación con gente a la que todavía no conocía en persona.

En fin, que, tratándose de pinares y personas como éstas, siempre se puede decir que se pueden pasar sábados por todo lo alto.

(Podéis ver algunas fotos más aquí)

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Esquinas

Ayer, a las 11:25 de la mañana, viví una de esas situaciones en las que uno duda entre echar para delante o darse la media vuelta. A los pocos minutos y casi a la vuelta de la esquina, me iba a encontrar –como pocas veces lo había hecho en la vida– con mi pasado. Un pasado puro, duro y sin propósito de enmienda, un pasado que tenía la contundencia –por lo menos; ni más ni menos– de un cuarto de siglo. Se celebraban ayer los veinticinco años de que mi promoción del colegio atravesase por última vez la puerta de entrada del colegio para ser –ya definitivamente– la puerta de salida al mundo. A otro mundo. Como la vida, afortunadamente, suele dar la oportunidad de que el pasado sirva para algo, esa misma puerta de salida volvió a servir de entrada muchos años después. Ayer.

Cuando di la vuelta a esa esquina que tanto temía, me encontré con infinidad de caras que creía que iban a ser casi desconocidas. Pero, al instante, se me despejaron todas las dudas. Nosotros, los que ya no somos los mismos, éramos casi idénticos. Es verdad que fuimos unos jovenzuelos y ahora somos lo que un niño que nos viera por la calle, en su irreflenable sinceridad, definiría como “señores” (y “señoras”), pero no es menos cierto que, pese a haber cambiado tantas cosas en nuestras vidas, hemos cambiado poco. Relativamente. Hemos pasado de ser hijos a ser padres, de ser familia a tenerla, de ser el centro del juego a ser su periferia. De tener las caras surcadas por el acné a permanecer marcados por unas (pocas) arrugas, auténticos testigos de que el tiempo y sus inclemencias no han pasado en balde, testigos auténticos de que el sueño de la vida nos ha dejado las marcas de las sábanas que nos ha hecho despertar al sueño de nuestra experiencia.

Todo un conjunto de personas esperaban a la puerta del colegio como quien no se atreve a entrar en el surco de nuestro pasado. Pero llegó el momento de revisitar los lugares por los que nos iniciamos en esto de la vida, de los amigos y de los juegos. Cada palabra de nuestras conversaciones empezaba a diluir el tránsito de los años para convertirse en algo que habíamos retomado hacía poco, con la familiaridad del que sabe que la risa que se avecina no es forzada, sino que continúa el chiste que había silenciado nuestras bocas durante muchos (muchos) años. Como la vida es la vida y somos muy difíciles de cambiar, porque somos casi iguales, el despliegue de horas y minutos empezó a escoger conversaciones y personas con un estricto criterio de selección de las especies. Y empezábamos a sentirnos a gusto con las personas que siempre lo estuvimos, descubriendo que habíamos traicionado parte de nosotros mismos cuando olvidábamos las anécdotas y las vivencias que nos hicieron estar vivos durante tantos y tantos años.

A lo largo del día, doblamos todos juntos muchas otras esquinas, las de nuestros recuerdos y las de los lugares en los que nos perdíamos para intentar ser nosotros mismos. Doblamos esas esquinas sin miedo, acompañados por nuestros amigos de toda la vida. Después, a altas horas de la madrugada, cada uno de nosotros tuvo que girar a la izquierda o a la derecha, para seguir otra vez el camino. Nos separamos de nuevo, pero seguro que no tardaremos otros veinticinco años en vernos. Ni de coña.

(Imagen de p4nc0np4n)

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