— Verba Volant

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Nuestros bolsillos guardan sorpresas infinitas, ya lo sabemos. La moneda que evita el tambor de la lavadora y permanece en el bolsillo pequeño del pantalón vaquero. El billete refulgente y resistente en el bolso de una camisa. Qué se yo la de cosas que encontramos agazapadas en los bolsillos.

En mi caso, me he maravillado con un caso de resiliencia literaria como no había visto hasta ahora. El papel arrugado ha permanecido en el bolsillo izquierdo de uno de los abrigos que más uso durante meses. Yo sabía que estaba allí porque tengo tendencia a meter la mano en el bolsillo y juguetear con lo que hay dentro. Cuando llega el otoño, recojo algunas de las castañas que me parecen más bonitas del suelo y las meto en el bolsillo y luego pasan a mi estantería. Ahora mismo estoy viendo una hilera de nueve castañas que, pacientes y arrugadas, saben que tuvieron la oportunidad de ser tocadas y ahora permanecen solamente al abrigo de las miradas. Mi padre tenía siempre en el bolsillo un tornillo y una tuerca para ese juego de dedos y bolsillos.

Decía que tocaba yo ese papel sin saber lo que era. Pensaba que era una de esas cartas de los bancos que no valen para nada, un panfletillo entregado en la calle, qué se yo. Hoy lo he sacado y he decidido desentrañar el misterio.

El tiempo ha hecho estragos en esta materia tan endeble y, al ir desdoblándolo, he tenido que poner un mimo especial para que no se despedazase. Iba desplegándolo y solo era una superficie blanca.

Me decidí a ir extendiéndolo y todavía no había más que esa belleza de un blanco con los matices de unos dobleces que se negarán a desaparecer para siempre.

En el último momento, cuando ya quedaba poco, adivinaba unas letras al otro lado, escritas a ordenador. Cuando lo desplegué entero, no llegué a conseguir que no se rompiese por la parte central. Y vi esto:

No se leía bien (en la foto he aumentado el contraste y las letras revelan mejor su cuerpo y su firmeza), pero se distinguía perfectamente la última línea, en la que aparecía un nombre, Sam Shepard y el título de un libro, Crónicas de motel. Ahora, ya desplegado, ya dispuesto, me he puesto a leer el principio: «Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster…» y la memoria me ha devuelto el relato de Shepard y su sentido. De ese contraste entre la magia de la sonrisa perfecta del actor y las bocas feas y propias, solo dignas de los mortales como el protagonista de esa historia cuando se mira en el espejo, que refleja nuestro vacío.

Y he decidido volver a pensar en las sonrisas, en el vacío de nuestras caras, que es el de nuestras almas, que es el que contrasta con nuestros sueños y con nuestros ideales. En cómo llenar una vida vacía con las imágenes de la perfección con la que disfrutamos de las ficciones.

Historia verídica hasta el infinito. Reproduzco a continuación el relato «La sonrisa de Burt Lancaster» que he transcrito para guardarlo en algún lugar fuera del alcance de mis bolsillos:

“Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en “Veracruz”. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando entre las tomateras. Riéndome con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi imitación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo, y montado encima del diente roto que estaba junto a él. De hecho, había llegado a estar convencido de que poseía una hilera de perfectos y perlados dientes, como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reírme en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba a solas.Después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.”

Sam Sephard, «La sonrisa de Burt Lancaster», en Crónicas de motel.
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Ayer fue un día complicado, ya lo he dicho, pero la tristeza tenía que convivir con el trabajo (reuniones, tutorías telefónicas, conversaciones de pasillo, correos electrónicos) y con otros aspectos de la vida recluidos y condicionados, eso sí, por un halo de melancolía.

En el trabajo, las correcciones de un TFM me han llevado más tiempo del que me esperaba. Pero lo que ha ido ocupando mi tiempo, sobre todo, se ha compartimiento en un artículo de Lucía y Cristina, compañeras que trabajan en cosas que me interesan. Acaban de publicar un artículo que he estado leyendo entre ayer y hoy y me ha hecho pensar. También tengo pendiente profundizar en otras cosas que pueden ser importantes, como un proyecto de investigación cualitativa para el que tengo que formarme y aprender cientos de cosas, otra vez más…

Ayer intervine un par de veces en las redes sociales y cada vez estoy más convencido de que voy a convertirme en un ser aséptico, participante y divulgador en lo académico y lo profesional. Qué aburrido estoy de un juego de comprensión a medias, de no asimilar lo que se lee, de tanto exabrupto.

Escribí una entrada que no he publicado. La verdad es que escribo muchas entradas que quedan ocultas, que no deseo que lea nadie. La de ayer sí aparecerá, creo. Es una serie de prosificaciones sobre canciones de Family. Es un grupo que ahora escucho casi en bucle. Un soplo en el corazón es una obra maestra de la que no tuve noticia hasta hace bien poco y mira que es un disco bien antiguo… También tengo a medio escribir una historia que me tiene algo preocupado, ahora que visito casi a diario un supermercado. Veremos

La música ha dejado menos espacio que otras veces para las ficciones audiovisuales. Ahora estoy viendo dos series de las que ya hablaré. También sigo leyendo. Compagino El último barco, una intriga policíaca que, siendo convencional, me resulta algo diferente. Y los poemas de Benjamín Prado, que he ido leyendo primero en orden y luego a salto de mata y preferencias. Fui a un partido de baloncesto del Autocid, que jugó fatal, desbordado por un equipo que supo jugarle. Decepción, cena, cama y lectura.

Hoy he salido a correr, necesitado de una tirada larga de kilómetros con muchas cuestas. Tenía que llevar un ritmo alto para olvidarme de todo y centrarme en las exigencias del cuerpo. Hacía uno de esos días grises y bonitos con premios en forma de paisajes de una naturaleza que me encanta frecuentar, repetir. He vuelto a leer cosas del trabajo intentando asimilar, pero he desconectado por completo del correo electrónico, que solamente he consultado una vez. Me prometo siempre no abrirlo con frecuencia, no estar pendiente de lo que pueda considerarse urgente cuando necesito tiempo libre, tiempo para pensar y tiempo para mí.

Después de comer, una sesión de series y lectura y lectura. Y lectura. Luego ha vuelto la música. «Estado provisional» de León Benavente, «Música para adultos» de Joe Crepúsculo, «Por ti» de Sidonie.

Soy ahora las seis de la tarde. Y sigo viviendo.

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Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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Esta entrada comienza con alguien sobre el que no voy a escribir (hoy), pero que me ha conducido a escribir sobre cuatro alumnos. El alumno sobre el que no voy a escribir hoy me lo encontré el otro día en el gimnasio y va ocupar otra entrada en otro momento. Un comentario que hicimos durante nuestra conversación me impulso a esto, ahora.

He tenido muchos alumnos vinculados con el deporte, incluso profesionalmente. También tengo que hablar de ellos (en este caso, de ellas). Se me acumula el trabajo, está claro. Pero hoy voy a hablar específicamente de cuatro alumnos atletas.

La primera atleta de la que tengo que hablar es de Lucía. Lucía era una chica estilizada, muy delgada, un poco tímida. Las cuestiones académicas, en algunas ocasiones, se le ponían cuesta arriba, pero ella nunca daba nada por perdido. Yo era su tutor en segundo de bachillerato y empecé bromeando con ella la primera vez que sus padres vinieron a hablar conmigo. Eran enormes, gigantes, fuertes. A mí me sonaba su madre porque había jugado al baloncesto. Eran gente maja y agradable. Al día siguiente, le dije a Lucía: «Que sepas que tienes mis asignaturas aprobadas por lo menos con un siete. A ver quién se atreve a suspenderte si luego vienen tus padres a pegarme». Desde ese momento, descubría a una Lucía mucho más próxima y más graciosa. Lucía era una promesa de la marcha atlética. Aunque no eran pocos los momentos en los que nos reíamos del difícil arte de marchar sin que sea sinónimo de correr rápido, el caso es que la chica iba superando pruebas hasta llegar a la selección española en categorías inferiores. Todo parecía apuntar a que Lucía llegaría a ser seleccionada por España para unos Campeonatos del Mundo o para unos Juegos Olímpicos, pero una lesión que perduró en el tiempo hizo que se torcieran las cosas. Así de injusto es el mundo.

Conocí después a su hermano, Ramiro. Le di clase de Introducción a los medios de comunicación e información, una asignatura de 4.º de la ESO de la que ya he hablado en algún momento. Ramiro empezó también con esto de la marcha atlética y no era nada malo. Invirtiendo el camino que suele hacerse de ser corredor a marchador, Ramiro se pasó al mundo de las carreras y queda en muy buenas posiciones en pruebas largas. Como en muchas ocasiones, cuando pienso en las reacciones de clase de mis alumnos, advierto que la educación ha sido para mí un paraíso de sonrisas. Veo como si fuese ahora a Ramiro disfrutando del momento de las clases… cuando eran divertidas.

Hago esta entrada en completo desorden, porque el primer alumno en el que pienso como atleta es José María, de la vieja guardia del BUP y el COU. Cuando empecé a darle clase, yo no sabía de su afición por el mundo del atletismo. Lo que sí llamaba la atención era una delgadez extrema, un cuerpo espigado, ligero, sin peso. No lo recuerdo ahora, pero creo que yo, por aquel entonces, estaba yo haciendo mis pinitos en el mundo de la larga distancia y seguro que hablaría mucho de correr, correr y correr. Poco me imaginaba que José María era de los que corría de lo lindo. Ahora, ya veterano, sigo estando al tanto de sus logros gracias a las redes sociales. Me consuela saber que los buenos corredores también sufren, también tienen malos días, también pasan por momentos de duda. Pero siempre ganan los buenos momentos, en los que el atletismo sirve como lección de vida.

Y acabo, esta vez sí, con el último, Delfín. A Delfín lo tuve de alumno en la universidad, en Comunicación Audiovisual. Como en el caso de José María, era de estos tipos altos, sin carne en el cuerpo, puras máquinas para rondar los tres minutos el kilómetro, algo que los que estén familiarizados con el atletismo saben que está al alcance de unos poquitos nada más. He tenido relación con Delfín porque es un tipo que saca unas fotos magníficas y, hasta hace poco, trabajó como fotógrafo en la universidad. En algunas carreras, tuvo que cambiar la camiseta de tirantes por el trabajo de inmortalizar los momentos en los que corren otros. Siempre he pensado que nadie mejor preparado para captar el momento que alguien que los ha vivido por dentro tantas veces.

Qué gusto me da recordar ahora, juntos, a Lucía, a Ramiro, a José María y a Delfín. Qué identificado me siento… en esta distancia entre lo que soy yo, un aficionado mediocre, con ellos, talentosos y preparados. Pese a esa distancia, existe un vínculo común y mágico entre los que nos dedicamos a dar un paso más rápido que otro. Y es un auténtico gusto el momento en el que te cruzas con alguno de ellos entrenando, en el que no da tiempo más que a levantar la mano y a esbozar una sonrisa, o cuando estás en una línea de salida (nunca me encontraré con ellos próximo en una meta). Y das una mano, un abrazo ladeado y un ánimo. Buena carrera hemos hecho, amigos, buena carrera.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto la he robado de una cuenta de Instagram… Espero que me perdonen.

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Elegir entre un tipo de letra de «palo seco» o una letra con serifas o remates no es un asunto menor, aunque en algunas ocasiones nos pueda pasar desapercibido.

Para comprobarlo, es muy recomendable la exposición «Idoletrías. Garamond vs. Helvética», que organiza el Instituto Cervantes en la «Caja de las Letras» en su sede central de la calle Alcalá en Madrid del 11 de octubre al 4 de enero.

Además de la exposición, resulta muy interesante ver el programa La hora Cervantes de TVE en el que hay intervenciones muy esclarecedoras e interesantes de lo que aporta el mundo del diseño a la cultura, pero también a nuestro contacto con la realidad en el día a día.

Los tipos Garamond y Helvética son dos de los grandes paradigmas de las formas de mostrar las letras. La primera, Garamond, diseñada den el siglo XVI, es la campeona año tras año en su uso en los libros editados en todo el planeta. La segunda, Helvética, paradigma de la modernidad, creada a mediados del siglo XX, máximo exponente gráfico de lectura clara y limpia y, por lo tanto, muy apta para gráficos y carteles.

Esta entrada ha aparecido también en mi blog académico Scripta Manent.

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Siempre me han molestado profundamente las personas que se definen como de «Letras» o de «Ciencias». Que no se me entienda mal: creo que lo que (me) ocurre es no tengo nada en contra ni de las Letras ni de las Ciencias y compruebo que hay muchas personas que se declaran incondicionales de uno u otro bando por razones peregrinas y, desde luego, nada consistentes. Los de Letras, diciendo que los de Ciencias son unos borregos e ignorantes que no piensan más que en números; los de Ciencias, diciendo que los se Letras son unos iluminados y pretenciosos que no piensan en una realidad tangible. Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras. Lo único que sé es que, en un momento demasiado temprano de mi vida, tuve elegir una cosa a la que llamaban «Letras», que me obligaba a dejar de lado una asignatura que me apasionaba (Física). Luego escogí una carrera a la que llamaban «de Letras» (Filología Hispánica). Y, de pronto, me encontré metido en los campos de la Lingüística, disciplina a la que creo que nadie con un mínimo de sensatez y conocimiento llamaría «de Letras». Y ese es el laberinto continuo en el que me muevo. Me interesa todo, no solamente una parte, no solamente desde un ángulo, aunque no alcance a conocer casi nada.

«Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido exactamente qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras»

Interesándome todo, me interesa, claro, eso que se llama «cultura general». Pero no esa que los de Letras afirman que poseen ellos y los de Ciencias no, esa que debe consistir en ignorar los principios más básicos de la historia de la ciencia, sino aquella que intenta abarcar todo lo importante. Y hay que ser muy ignorante (es decir, no tener cultura general ni de ninguna otra clase) para pasar por alto tantos siglos de aportaciones esenciales para el ser humano. Tener cultura general no significa tan solo saber de Historia, de Literatura o de Arte, sino conocer unos principios básicos de Biología, de Astronomía, de Física, de Matemáticas.

A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica. En un arranque de locura para mis compañeros de clase, que me veían como un bicho raro, leí con pasión a los trece años la Breve historia de la Química de Asimov, al que he visitado y revisitado muchas veces tanto en sus obras de divulgación como en sus obras de ficción. Y pronto llegó, claro, Cosmos de Carl Sagan, esa maravilla que ha ayudado a abrir a tantas personas las maravillas de la ciencia.

«A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica»

Y precisamente de divulgación científica, de Letras y de Ciencias, va el propósito específico de esta entrada. He tenido la inmensa suerte de poner mi granito de arena para que en la Universidad de Burgos hubiese un curso de verano a favor de la ciencia y en contra de las pseudociencias, esa variante tan peligrosa y que va impregnando, desgraciadamente, algunas conciencias mal documentadas y que llega, incluso, a algunos medios de comunicación que informan muy mal sobre este conocimiento pseudocientífico haciéndolo pasar por «verdadero». El mérito de todo esto lo ha tenido (y tiene) Luis Alfonso Gámez, buen amigo desde entonces, que ha dirigido ya cuatro ediciones de este curso y ha contado siempre con un magnífico cartel de divulgadores y especialistas. Este julio pasado, tuve la ocasión de compartir cartel (y mantel) con algunos de ellos, entre los que se encuentra Daniel Torregrosa, al que conocía por el interesante blog Ese punto azul pálido. Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada. Químico de formación, Torregrosa (Dani para mí) es un magnífico divulgador científico con unos vastos conocimientos sobre todo lo que hemos hablado antes que cabe dentro de la «cultura general».

«Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada»

Y, como divulgador científico, ha publicado un libro indispensable: Del mito al laboratorio, que ya va por su tercera edición. Se trata de un libro delicioso que aborda algunos mitos clásicos y explica sus extensiones en el campo de la ciencia en forma de planetas, elementos de la tabla periódica, etc., etc. Los mitos, que nacieron como elementos cosmogónicos y teogónicos para intentar dar respuesta a las grandes preguntas del ser humano (luego filósofos «presocráticos» como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Demócrito… dieron el gran paso con fundamentos más sólidos y explicaciones más elaboradas), tienen en este libro la conexión ideal con la ciencia y todas sus derivaciones.

El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee. Se nota, además, algo que, desde un punto de vista personal, aprecio muchísimo: especialmente en algunos de los capítulos (me viene a la memoria, por ejemplo, «Perseo»), la «narración» del mito se realiza con una delicadeza y un interés que va más allá del esquema «Cuento-el-mito-lo-asocio-con-algo-científico-y-ya». La obra, por lo tanto, no es importante solo por lo que cuenta, sino por la atención dedicada a la forma, que recrea el mito y lo vincula de forma muy atinada.

«El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee»

El otro día, en Twitter, ya vimos algunas aplicaciones prácticas que puede tener el libro en el campo de la enseñanza:

Iniciativas como esta, llevadas a cabo por libros como este, harán que los alumnos (todos los lectores, en general) no vean las cosas como de «Ciencias» o de «Letras», sino conectadas. Porque el conocimiento, la cultura general es algo mucho más importante que «las Letras, las Ciencias».

En definitiva: si queréis pasar un buen rato y aprender conciliando campos muy distintos, tenéis que leer este libro… ya.

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Roma, que te ofrece cada día un punto en el universo, o te da la vida

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me gustaría mucho escribir estas líneas como un ciudadano romano y creo, que en cierta medida, tuve muchos momentos de compañía, conversaciones afables, soplos divertidos y confidencias a media voz para que así fuera. Viví pizzas romanas, paseos romanos, deambular romano. Compartí un tiempo y un espacio con algo parecido a serlo. Sin embargo, como ya he manifestado en más de una ocasión, me tengo resignar (he aprendido a hacerlo) a pasar por el mundo, por mi mundo y por el demás, como un turista, ese turista accidental del libro que, por más que pasen los años, creo que constituye, inconscientemente, uno de mis paradigmas vitales, mi religión nada metafísica para soportar este transcurrir. Por lo tanto, en el caso que me ocupa, no soy capaz de poner un adjetivo ni una preposición. Pensé en Roma, de Roma y pronto los descarté. Me dio un amago pedante de romanita, que abandoné de inmediato. Sobre Roma, quizás sí, no lo sé. Dejémoslo en blanco para facilitar(me) las cosas.

Como digo, ni soy viajero, por más que es algo que me gustaría ser y no aparentar, ni soy habitante de ninguna parte. Ni siquiera (y sobre todo) de mí mismo. Y veo y escucho y vivo en ese transcurrir que es ver, asimilar a veces de manera acelerada, escuchar una música y que me suene a algo que ya he conocido y que, de alguna manera, reafirme con mis visitas.

Otra cosa más: ¿cómo poder comprender a alguien como yo, que padece de acromatopsia aguda cuando habla de colores? ¿Cómo expresar los matices que uno siente cuando los demás piensan que mi visión está condenada al barullo o a la injusta escala de grises o a la inexistencia de gradaciones calibradas? Una avalancha de colores es para mí Roma. Lo fue la primera vez que pisé ese bendito/maldito suelo y lo ha sido esta última, que no sé si lo será definitivamente. Unas palabras al salir de la Capilla Sixtina, cuando abandonaba ese paraíso, verbalizaron ese temor, siempre posible cuando dejamos un espacio, un lugar que hemos usurpado durante días. La Capilla Sixtina, el color. El color cotidiano que te inunda de lo que para mí son ocres y no te abandona hasta que te marchas. Y, por supuesto, ese color púrpura que no puedes ver con los ojos de tu tiempo pero te imaginas en esa época en la que te gusta anclarte cuando piensas en cómo dibujar cada palabra. Y esa explosión renacentista, barroca, qué se yo. También el color del ingrediente de cada plato que comí. El color de la ropa elegante que contemplé en los escaparates, a veces sorprendentemente barata, en ocasiones esperablemente cara. El color gris azulado de unas zapatillas Diadora que me enamoraron en el escaparate y que empujaron mi memoria al joven que calzaba esa marca con diecisiete años.

Y esa luz. La luz que se va haciendo intensa y esplendorosa a medida que despunta el día. Nunca he visitado una Roma moteada por las nubes, nunca he visto una lágrima que no procediese del primor de las cúpulas. Roma te abre los ojos porque es una luz que no engaña. Y, con esa luz, contemplas todas las cosas, las de fuera y las de dentro. Esa luz, y el calor, los guardas en tus manos y en tu rostro y en tu pecho y la garantía de visitar la ciudad durante unos días certifica que siempre guardarás una chispa en su interior. Y esa luz también. La luz de los minutos en los que lo completo se cansa para transitar a lo perfecto. La luz del atardecer en Roma, la más bella que he contemplado nunca en una ciudad. Luego, se hace de noche espaciadamente y los puntitos de luz de los bares y restaurantes del Trastévere hacen el resto.

He estado, a lo largo de mi vida, quince días en Roma. Habré pasado por la Fontana que todos conocemos más de siete veces. Nunca lancé una moneda de ninguna de las maneras habilitadas para cumplir los sueños prometidos. El último día, ya solo, me dije que por qué no. Haría una excepción en mis obstinaciones. El destino pareció decirme lo que tiene que ser mi vida: la fuente estaba vacía durante esa mañana. No había agua a la que lanzar mis anhelos. Me quedaban pocas horas para ir hacia el aeropuerto. Y, cuando cogí el tren Leonardo en la estación Términi, me pregunté si, alguna vez, de nuevo, escucharía la cantinela mágica: Prossima fermata, Colosseo.

Roma, concédeme tu luz perpetua

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me doy cuenta ahora de que las entradas romanas que he escrito y algunas que me quedan por escribir debería adscribirlas a mi serie de Diario de un turista. Así lo hice, creo, la primera vez que visité la ciudad.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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