— Verba Volant

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En los pocos ratos de piscina de los que estoy disfrutando hasta el momento, me siento plácidamente a leer A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen. Ayer me encontré un pasaje con el que creo que nos sentimos identificados todos los que tenemos pasión por libros desde pequeños:

Cuando era un niño, como apenas tenía unos centavos, dedicaba mucho tiempo a escoger qué libro comprar, y lo placentero que era aquello, mientras que de adulto, como ya podía adquirir muchos libros, esa excitación había desaparecido

Woody Allen, A propósito de nada, Alianza Editorial, p. 131

Cerré los ojos y me transporté a los tiempos en los que, a partir de los ocho o nueve años, invertía todo el dinero que iba sacando entre propinas y tíos generosos para comprarme libros. Un poco más adelante, me acercaba, ya sin mi madre, a recoger a la librería Granado, que estaba cerca del Mercado Sur, los pedidos de tebeos (Mortadelo para mí, El capitán Trueno para mi padre). La librera, Humi, era una señora que me daba mucho miedo. Tenía un carácter arisco que manifestaba sobre todo en la manera de tratar a la dependienta. Me hacía mucha gracia que, cuando ella se daba trabajosamente la vuelta para buscar algo, esta le hacía burla y a mí me guiñaba un ojo y sonreía.

Pese a ese carácter, Humi me trataba bien y llegamos a hacer un pacto nunca escrito y nunca expresado (y del que —creo— nunca se enteró mi madre): yo me llevaba» a cuenta» un libro e iba ahorrando hasta pagárselo. Así, de uno en uno, fui cimentando los principios de una biblioteca que iba creciendo y de la cual me sentía muy orgulloso. Ponía todo mi empeño en gastar poco en todo lo demás para conseguir el siguiente, en una especie de migas de pan que serían los hitos que marcarían mi futuro como lector.

Mi abuela y mi tía, ayudadas por mi padre cuando salía de trabajar, habían regentado durante años una librería en la calle Laín Calvo y tenía, de algún modo, ese gusanillo cobijado en el fenotipo. Yo no viví esa época de vivir entre familia y entre libros, pero sentí que algo llevaba dentro que me impulsaba a ese gozo.

Un poco más adelante, a eso de los catorce, pasé a visitar, cada vez con más frecuencia, la librería de Hijos de Santiago Rodríguez (que también combinaba con encargos en la librería Luz y Vida: mi padre era amigo de Álvaro, el padre de Álvaro, el hijo de Álvaro, que hoy se regenta la librería). La razón era sencilla: era un establecimiento enorme y, a diferencia de la de la familia Granado, esta tenía todos los libros al alcance de la mano. Durante años y años, me pasé horas disfrutando del contacto con los libros, leía pasajes, avanzaba páginas y, sobre todo, me las prometía felices pensando cuál sería mi próxima joya, aquella que haría brillar mis ojos durante unos cuantos días con una prosa llena de aventuras, intrigas y pasajes llenos de belleza.

A medida que fui creciendo, fue aumentando mi abanico de obsesiones en ese delicioso negro sobre blanco. Llegó la poesía, la filosofía y la historia y, ya como universitario, los libros de estudios literarios, de teoría de la literatura y de lingüística. Pese a tener los objetivos mucho más claros, yo seguía paseando con alegría por las librerías para ir descubriendo tesoros escondidos, libros que estaban esperándome, sin que yo lo supiese. Libros que, seguramente, me habían descubierto a mí mucho antes de que yo los descubriese a ellos.

Cada ciudad en la que he pasado algo de mi tiempo se ha llevado parte de mi corazón y de mis ahorros, de los que nunca me ha importando tan poco (tampoco) desprenderme. Creo que la librería Sandoval de Valladolid, la librería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid y un par de librerías de París han sido algunas de las más afortunadas, puesto que los libros técnicos eran considerablemente caros.

La alegría inmensa de comprar un libro para consultarlo o para devorarlo sigue estando presente en mi día a día. Afortunadamente, trabajo con libros y entre libros, aunque en algunas ocasiones ahora las ediciones sean digitales. Sumando todos los volúmenes que tengo distribuidos por aquí o por allá, serán unos diez mil los libros que rondan por mi cabeza. Entre ellos, por supuesto, alguno espera ansioso su turno y empuja su lomo para que destaque entre sus hermanos y sea el elegido para su primer disfrute o para el milagro de la relectura, ese que practico —también, afortunadamente— desde hace años (¡qué estupendo es descubrir que los libros cambian contigo y nunca son iguales a los de la primera vez!).

Y ayer, cuando leía ese pasaje de Woody Allen, pensé que tenía que escribir sobre aquellos días en los que iba contando peseta a peseta lo que me iba a costar llegar al próximo libro, en ese perpetuo caminar, en ese ascenso constante, en el que la cima siempre espera, gozosa, un poco más allá.

La imagen es de Santiago Atienza.

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Sucedió hace casi una semana ya. Me enteré de la muerte de Carlos Alonso a través de las redes sociales de un modo tristemente progresivo: primero, vi el perfil de la Policía Local de Burgos con un crespón negro. Después, leí mencionado un nombre, Carlos, sin dar más detalles. ¿Cuántos policías locales podían llamarse Carlos? Más adelante, un detalle significativo me hizo temer lo peor: hablaron de la sonrisa de Carlos. Y un poco más tarde, llegó el dato contundente: su vinculación con el mundo del baloncesto.

De este modo me enteré de que Carlos había muerto. En ese estado de confusión y abatimiento, pensé en la última vez que le vi, que es una historia que se cuenta en tres vueltas.

Primera vuelta

Fue el día 19 de diciembre pasado, en el cross del Crucero. Como era frecuente, él era uno de los policías locales encargados de vigilar el recorrido de la prueba, que tenía tres vueltas.

Y allí, mientras corría la primera vuelta, del cross del Crucero, vi a Carlos por primera. Nos saludamos con la mano, dijimos cuatro palabras y, sobre todo, sonreímos.

No hay característica que definiese mejor a Carlos que su sonrisa. Conocí a Carlos, primero, jugando mil y una veces al baloncesto en el patio de El Molinillo, de los jesuitas, que fue durante unos cuantos años embrión espontáneo de vocaciones deportivas y de buenas relaciones humanas. Después, fuimos compañeros en el Gromber, equipo de baloncesto de tercera división (el equivalente aproximado de la actual liga EBA, para entendernos). Tuvimos ocasión de conocernos bien, de charlar largo y tendido. Y de reírnos. Porque Carlos se reía de todo y con todos. Carlos tenía una risa contagiosa para manifestar su alegría y sus penas, de las que siempre sacaba su lado más positivo.

Segunda vuelta

Estaba yo a puntito de llegar a la segunda vuelta y dio la casualidad de que Carlos estaba de espaldas en ese momento. Pero, como por arte de magia, miró de reojo, se giró y me dijo: «Joder, Raúl, qué fino te has quedado, macho». Yo iba con la respiración a mil y le dije alguna tontería con la que, una vez más, nos volvimos a reír.

Con Carlos no experimentabas solamente un momento de risas y sonrisas, sino que te hacía sentirte bien. Después de muchos años de jugar al baloncesto y de vernos de manera rápida y casi fortuita, coincidimos en un gimnasio, en el que ambos hacíamos spinning. Como el trabajaba por turnos, a veces aprovechaba los momentos que tenía por la mañana para darle a los pedales. Y, en los momentos previos a la clase y, después, en la salida y en los vestuarios, retomábamos nuestras conversaciones uniendo lo que ocurrió hace mil años y lo que nos había sucedido antes de ayer por la tarde.

Esos ratitos de charla distendida sobre asuntos ligeros, pero también sobre algunas cosas más personales, ligadas al hoy o al ayer, me reconciliaban con el mundo. Yo, que tiendo a envenenarme por dentro, admiraba mucho esa manera de estar en el mundo, liviano y firme, sometido a la levitación con las más rotundas consecuencias.

Tercera vuelta

En el Cross, estaba ya con ganas de terminar. ¡Qué duro se estaba haciendo el recorrido, cuesta tras cuesta! Llegué a la tercera vuelta. No había mucha gente alrededor esta vez…

Después de no coincidir durante mucho tiempo en el gimnasio, me encontraba con cierta frecuencia a Carlos. Como he dicho, muchas veces en las carreras. Pero también en otras ocasiones, mientras él hacia la ronda a pie con su inseparable Jose Antón. Algunas veces, si la cosa estaba tranquila, podíamos intercambiar unos minutitos en los que resumíamos todo lo que nos sucedía. Era un ponerse al día en cuatro patadas, en brincos de actualidad sobre nuestro presente, aunque es cierto que muchas veces salía la chispa del pasado, con anécdotas que, compartidas, eran todavía más sugerentes y deliciosas. Nunca te despedías de Carlos sin que te diese la sensación de que había merecido la pena cada momento pasado con él.

Como digo, estaba completando ya la vuelta, la tercera. Vi a Carlos y, cuando estuvimos uno a la altura del otro, nos moríamos de risa. Era gracioso ese carrusel del recorrido, con él como eje sobre el que yo corría, ya con muchas ganas de acabar, como decía más arriba.

Nos vimos, nos dijimos esas gracias que nos gastábamos siempre y yo le dije: «Bueno, Carlos, nos vemos en la siguiente».

Y ahora, cuando han pasado unos días, cuando ha pasado ese tiempo de despedida inminente (los antiguos compañeros de baloncesto andábamos por las afueras del tanatorio como almas en pena hasta que, poco a poco, fuimos encontrándonos y dándonos un abrazo), cuando recuerdo las preciosas palabras de su hija, no puedo dejar de imaginarme a Carlos con su risa, con su manera de contemplar el mundo. Aunque ya no vuelva a coincidir con él en ninguna vuelta. De la vida, de una carrera.

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Este es el título que tenía preparado para una entrada que había escrito hace unos días y no lo voy a cambiar porque me gusta y porque (me) desconcierta.

Todo parte de un estar hasta los huevos infinito. En momentos de avalancha, de opiniones sin pausa, de redes sociales que llenan de ruido y de reacciones virulentas, necesito refugiarme.

Ahora mismo, tendría que estar interviniendo en unos foros de mis asignaturas de modalidad virtual, pero me acojo al derecho a cansarme, a dejarme llevar por lo que me apetece. Y, en momentos de saturación, me refugio en las ficciones.

Me cobijo en los mundos que adoro, en los momentos con los que tanto disfruto, en las vidas imaginadas que son reales porque las incorporo, trocito a trocito, a mi manera de concebir el mundo. Y, a diferencia del ruido sin más, estas me aportan paz y desasosiego y tristeza y esperanza en dosis medicinales que me enseñan siempre sin darme lecciones.

Podría hablar de los libros que acabo de leer y el que estoy leyendo, pero no voy a decir que estoy acabando Fran Kiss Stein, de Jeanette Winterson, que juega con la creación de ese monstruo y trata de su creación en el siglo XIX y las maneras de aproximarlo a nuestro momento.

No voy a hacer enumeraciones ni análisis ni nada de nada. Solo voy a decir que me he enamorado en la guerra fría del blanco y negro y el formato cuatro tercios de Cold War. Que he visto el miedo al futuro en Los días que vendrán. Que, en El cuento de las comadrejas, he distinguido a los que saben de la vida y a los que no saben, a los que cazan y a los que son cazados por el humor, por la experiencia, por tener más secretos que nadie. Me he reído y me he sobrecogido con Jojo Rabbit. ¿Qué majadero puede pensar que trata el problema de nazis y de los judíos con poco respeto? Roman Griffin Davis se merece un monumento (mucho más que mi adorada Scarlett) y la película, en general me devuelve esas ganas de pensar en cosas difíciles de manera muy simple. He visto Parasite. Me he pasado la película en pleno debate de ping-pong: se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece. Todavía no tengo un juicio claro, pero sé que, cuando le he dado tantas vueltas a una ficción, suele merecérselo.

Sobre todo, porque pienso en el momento del plan que nunca falla, que consiste exactamente en no tener un plan. Porque la vida no funciona por modelos establecidos previamente. Porque el futuro está basado en la máxima más sabia: «Si no tienes un plan, nada puede salir mal». Lo que significa que la esperanza es ir ajustándote a una realidad de la que no escapas.

Y he acabado, claro, con la risa. La risa que no ríe, la gracia que no existe, el ser humano descompuesto en maquillaje, en colores y en formas que, en el fondo, son tan serias que asustan. Porque la vida del Joker asusta. Entre otras cosas, porque la vida, cuando te la han servido en la bandeja de la precariedad, de la maldad y de la ruindad, sale mal siempre. Y luego hay imbéciles que piensan que nuestras miserias más recónditas son ejemplos para la revuelta, para el descontento en masa.

Me gustan las ficciones que me cuentan, que desgranan y explican lo que siento ahora, cuando tendría que estar escribiendo mensajes en los foros. Cuando tendría que estar en un sinvivir, que me aleja demasiado de mis fantasmas.

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Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

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Nuestros bolsillos guardan sorpresas infinitas, ya lo sabemos. La moneda que evita el tambor de la lavadora y permanece en el bolsillo pequeño del pantalón vaquero. El billete refulgente y resistente en el bolso de una camisa. Qué se yo la de cosas que encontramos agazapadas en los bolsillos.

En mi caso, me he maravillado con un caso de resiliencia literaria como no había visto hasta ahora. El papel arrugado ha permanecido en el bolsillo izquierdo de uno de los abrigos que más uso durante meses. Yo sabía que estaba allí porque tengo tendencia a meter la mano en el bolsillo y juguetear con lo que hay dentro. Cuando llega el otoño, recojo algunas de las castañas que me parecen más bonitas del suelo y las meto en el bolsillo y luego pasan a mi estantería. Ahora mismo estoy viendo una hilera de nueve castañas que, pacientes y arrugadas, saben que tuvieron la oportunidad de ser tocadas y ahora permanecen solamente al abrigo de las miradas. Mi padre tenía siempre en el bolsillo un tornillo y una tuerca para ese juego de dedos y bolsillos.

Decía que tocaba yo ese papel sin saber lo que era. Pensaba que era una de esas cartas de los bancos que no valen para nada, un panfletillo entregado en la calle, qué se yo. Hoy lo he sacado y he decidido desentrañar el misterio.

El tiempo ha hecho estragos en esta materia tan endeble y, al ir desdoblándolo, he tenido que poner un mimo especial para que no se despedazase. Iba desplegándolo y solo era una superficie blanca.

Me decidí a ir extendiéndolo y todavía no había más que esa belleza de un blanco con los matices de unos dobleces que se negarán a desaparecer para siempre.

En el último momento, cuando ya quedaba poco, adivinaba unas letras al otro lado, escritas a ordenador. Cuando lo desplegué entero, no llegué a conseguir que no se rompiese por la parte central. Y vi esto:

No se leía bien (en la foto he aumentado el contraste y las letras revelan mejor su cuerpo y su firmeza), pero se distinguía perfectamente la última línea, en la que aparecía un nombre, Sam Shepard y el título de un libro, Crónicas de motel. Ahora, ya desplegado, ya dispuesto, me he puesto a leer el principio: «Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster…» y la memoria me ha devuelto el relato de Shepard y su sentido. De ese contraste entre la magia de la sonrisa perfecta del actor y las bocas feas y propias, solo dignas de los mortales como el protagonista de esa historia cuando se mira en el espejo, que refleja nuestro vacío.

Y he decidido volver a pensar en las sonrisas, en el vacío de nuestras caras, que es el de nuestras almas, que es el que contrasta con nuestros sueños y con nuestros ideales. En cómo llenar una vida vacía con las imágenes de la perfección con la que disfrutamos de las ficciones.

Historia verídica hasta el infinito. Reproduzco a continuación el relato «La sonrisa de Burt Lancaster» que he transcrito para guardarlo en algún lugar fuera del alcance de mis bolsillos:

“Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en “Veracruz”. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando entre las tomateras. Riéndome con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi imitación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo, y montado encima del diente roto que estaba junto a él. De hecho, había llegado a estar convencido de que poseía una hilera de perfectos y perlados dientes, como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reírme en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba a solas.Después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.”

Sam Sephard, «La sonrisa de Burt Lancaster», en Crónicas de motel.
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Ayer fue un día complicado, ya lo he dicho, pero la tristeza tenía que convivir con el trabajo (reuniones, tutorías telefónicas, conversaciones de pasillo, correos electrónicos) y con otros aspectos de la vida recluidos y condicionados, eso sí, por un halo de melancolía.

En el trabajo, las correcciones de un TFM me han llevado más tiempo del que me esperaba. Pero lo que ha ido ocupando mi tiempo, sobre todo, se ha compartimiento en un artículo de Lucía y Cristina, compañeras que trabajan en cosas que me interesan. Acaban de publicar un artículo que he estado leyendo entre ayer y hoy y me ha hecho pensar. También tengo pendiente profundizar en otras cosas que pueden ser importantes, como un proyecto de investigación cualitativa para el que tengo que formarme y aprender cientos de cosas, otra vez más…

Ayer intervine un par de veces en las redes sociales y cada vez estoy más convencido de que voy a convertirme en un ser aséptico, participante y divulgador en lo académico y lo profesional. Qué aburrido estoy de un juego de comprensión a medias, de no asimilar lo que se lee, de tanto exabrupto.

Escribí una entrada que no he publicado. La verdad es que escribo muchas entradas que quedan ocultas, que no deseo que lea nadie. La de ayer sí aparecerá, creo. Es una serie de prosificaciones sobre canciones de Family. Es un grupo que ahora escucho casi en bucle. Un soplo en el corazón es una obra maestra de la que no tuve noticia hasta hace bien poco y mira que es un disco bien antiguo… También tengo a medio escribir una historia que me tiene algo preocupado, ahora que visito casi a diario un supermercado. Veremos

La música ha dejado menos espacio que otras veces para las ficciones audiovisuales. Ahora estoy viendo dos series de las que ya hablaré. También sigo leyendo. Compagino El último barco, una intriga policíaca que, siendo convencional, me resulta algo diferente. Y los poemas de Benjamín Prado, que he ido leyendo primero en orden y luego a salto de mata y preferencias. Fui a un partido de baloncesto del Autocid, que jugó fatal, desbordado por un equipo que supo jugarle. Decepción, cena, cama y lectura.

Hoy he salido a correr, necesitado de una tirada larga de kilómetros con muchas cuestas. Tenía que llevar un ritmo alto para olvidarme de todo y centrarme en las exigencias del cuerpo. Hacía uno de esos días grises y bonitos con premios en forma de paisajes de una naturaleza que me encanta frecuentar, repetir. He vuelto a leer cosas del trabajo intentando asimilar, pero he desconectado por completo del correo electrónico, que solamente he consultado una vez. Me prometo siempre no abrirlo con frecuencia, no estar pendiente de lo que pueda considerarse urgente cuando necesito tiempo libre, tiempo para pensar y tiempo para mí.

Después de comer, una sesión de series y lectura y lectura. Y lectura. Luego ha vuelto la música. «Estado provisional» de León Benavente, «Música para adultos» de Joe Crepúsculo, «Por ti» de Sidonie.

Soy ahora las seis de la tarde. Y sigo viviendo.

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Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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Esta entrada comienza con alguien sobre el que no voy a escribir (hoy), pero que me ha conducido a escribir sobre cuatro alumnos. El alumno sobre el que no voy a escribir hoy me lo encontré el otro día en el gimnasio y va ocupar otra entrada en otro momento. Un comentario que hicimos durante nuestra conversación me impulso a esto, ahora.

He tenido muchos alumnos vinculados con el deporte, incluso profesionalmente. También tengo que hablar de ellos (en este caso, de ellas). Se me acumula el trabajo, está claro. Pero hoy voy a hablar específicamente de cuatro alumnos atletas.

La primera atleta de la que tengo que hablar es de Lucía. Lucía era una chica estilizada, muy delgada, un poco tímida. Las cuestiones académicas, en algunas ocasiones, se le ponían cuesta arriba, pero ella nunca daba nada por perdido. Yo era su tutor en segundo de bachillerato y empecé bromeando con ella la primera vez que sus padres vinieron a hablar conmigo. Eran enormes, gigantes, fuertes. A mí me sonaba su madre porque había jugado al baloncesto. Eran gente maja y agradable. Al día siguiente, le dije a Lucía: «Que sepas que tienes mis asignaturas aprobadas por lo menos con un siete. A ver quién se atreve a suspenderte si luego vienen tus padres a pegarme». Desde ese momento, descubría a una Lucía mucho más próxima y más graciosa. Lucía era una promesa de la marcha atlética. Aunque no eran pocos los momentos en los que nos reíamos del difícil arte de marchar sin que sea sinónimo de correr rápido, el caso es que la chica iba superando pruebas hasta llegar a la selección española en categorías inferiores. Todo parecía apuntar a que Lucía llegaría a ser seleccionada por España para unos Campeonatos del Mundo o para unos Juegos Olímpicos, pero una lesión que perduró en el tiempo hizo que se torcieran las cosas. Así de injusto es el mundo.

Conocí después a su hermano, Ramiro. Le di clase de Introducción a los medios de comunicación e información, una asignatura de 4.º de la ESO de la que ya he hablado en algún momento. Ramiro empezó también con esto de la marcha atlética y no era nada malo. Invirtiendo el camino que suele hacerse de ser corredor a marchador, Ramiro se pasó al mundo de las carreras y queda en muy buenas posiciones en pruebas largas. Como en muchas ocasiones, cuando pienso en las reacciones de clase de mis alumnos, advierto que la educación ha sido para mí un paraíso de sonrisas. Veo como si fuese ahora a Ramiro disfrutando del momento de las clases… cuando eran divertidas.

Hago esta entrada en completo desorden, porque el primer alumno en el que pienso como atleta es José María, de la vieja guardia del BUP y el COU. Cuando empecé a darle clase, yo no sabía de su afición por el mundo del atletismo. Lo que sí llamaba la atención era una delgadez extrema, un cuerpo espigado, ligero, sin peso. No lo recuerdo ahora, pero creo que yo, por aquel entonces, estaba yo haciendo mis pinitos en el mundo de la larga distancia y seguro que hablaría mucho de correr, correr y correr. Poco me imaginaba que José María era de los que corría de lo lindo. Ahora, ya veterano, sigo estando al tanto de sus logros gracias a las redes sociales. Me consuela saber que los buenos corredores también sufren, también tienen malos días, también pasan por momentos de duda. Pero siempre ganan los buenos momentos, en los que el atletismo sirve como lección de vida.

Y acabo, esta vez sí, con el último, Delfín. A Delfín lo tuve de alumno en la universidad, en Comunicación Audiovisual. Como en el caso de José María, era de estos tipos altos, sin carne en el cuerpo, puras máquinas para rondar los tres minutos el kilómetro, algo que los que estén familiarizados con el atletismo saben que está al alcance de unos poquitos nada más. He tenido relación con Delfín porque es un tipo que saca unas fotos magníficas y, hasta hace poco, trabajó como fotógrafo en la universidad. En algunas carreras, tuvo que cambiar la camiseta de tirantes por el trabajo de inmortalizar los momentos en los que corren otros. Siempre he pensado que nadie mejor preparado para captar el momento que alguien que los ha vivido por dentro tantas veces.

Qué gusto me da recordar ahora, juntos, a Lucía, a Ramiro, a José María y a Delfín. Qué identificado me siento… en esta distancia entre lo que soy yo, un aficionado mediocre, con ellos, talentosos y preparados. Pese a esa distancia, existe un vínculo común y mágico entre los que nos dedicamos a dar un paso más rápido que otro. Y es un auténtico gusto el momento en el que te cruzas con alguno de ellos entrenando, en el que no da tiempo más que a levantar la mano y a esbozar una sonrisa, o cuando estás en una línea de salida (nunca me encontraré con ellos próximo en una meta). Y das una mano, un abrazo ladeado y un ánimo. Buena carrera hemos hecho, amigos, buena carrera.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto la he robado de una cuenta de Instagram… Espero que me perdonen.

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Elegir entre un tipo de letra de «palo seco» o una letra con serifas o remates no es un asunto menor, aunque en algunas ocasiones nos pueda pasar desapercibido.

Para comprobarlo, es muy recomendable la exposición «Idoletrías. Garamond vs. Helvética», que organiza el Instituto Cervantes en la «Caja de las Letras» en su sede central de la calle Alcalá en Madrid del 11 de octubre al 4 de enero.

Además de la exposición, resulta muy interesante ver el programa La hora Cervantes de TVE en el que hay intervenciones muy esclarecedoras e interesantes de lo que aporta el mundo del diseño a la cultura, pero también a nuestro contacto con la realidad en el día a día.

Los tipos Garamond y Helvética son dos de los grandes paradigmas de las formas de mostrar las letras. La primera, Garamond, diseñada den el siglo XVI, es la campeona año tras año en su uso en los libros editados en todo el planeta. La segunda, Helvética, paradigma de la modernidad, creada a mediados del siglo XX, máximo exponente gráfico de lectura clara y limpia y, por lo tanto, muy apta para gráficos y carteles.

Esta entrada ha aparecido también en mi blog académico Scripta Manent.

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