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Historias de alumnos – La alumna que tenía pájaros en la cabeza

En ocasiones, la casualidad es un itinerario del destino. O puede que no, que la casualidad sea solo un marco en el que se engloban circunstancias para las que no encontramos, al principio, una justificación plausible. Y creo que esto es lo que ocurre con la alumna que tenía pájaros en la cabeza.

Para que se entienda mejor el párrafo anterior, he de ponerlo en contexto. Desde hace unos años, imparto unas cuantas asignaturas de grado y de máster en línea. Y sucede que, sobre todo en el grado, me encuentro con estudiantes de la índole más variada. Son muchos los que hacen este grado por placer, porque el destino les llevó en el pasado a hacer otra cosa, porque quieren completar una formación más redonda. Y me he encontrado con personas de lo más variado de la fauna humana. Algunos profesores de primaria, secundaria o de universidad con gran experiencia en sus respectivos campos de especialidad, personas con un doctorado (o dos), estudiantes que lo han sido ya de no-sé-cuántas licenciaturas o grados. Científicos, repartidores, escritores, electricistas, periodistas y comunicadores, políticos, guías turísticos, filólogos, restauradores (de arte y de comida)… Todos ellos, todas ellas, con unas experiencias y vivencias que enriquecen la manera de enfocar las asignaturas y, en el aspecto más egoísta, me enriquecen a mí. Me hacen aprender y mejorar. Son tan benevolentes que intentan disimular y no ponen en evidencia un síndrome del impostor que padezco y evidencio.

Las materias que yo hago como que enseño y en las que aprendo suelen tener unos seminarios optativos de carácter semanal en el que compartimos y explicamos cuestiones esenciales, ponemos ejemplos, resolvemos dudas. Aunque virtuales, son encuentros «cara a cara» en el que, con el tiempo, se van estableciendo lazos (más o menos) profundos.

Pero hablemos de Julia. Julia fue mi alumna hace unos años. Pertenecía a una promoción fantástica y muy implicada en los seminarios de los que acabo de hablar. Antes de conocerla por lo que decía, todos los asistentes tuvimos la ocasión de comprobar que tenía pájaros en la cabeza… literalmente. Bueno, quizás no eran pájaros, sino pájaro. No voy a decir que a mí me parecía un periquito por si Julia llega a leer esto. Seguro que no lo es y ella se enfada un poco debido a mi ignorancia ornitológica. El caso es que se crearon, desde el principio, secuencias hipnóticas en las que las palabras aleteaban al ritmo de ese pájaro precioso de colores intensos. Lo de los colores intensos no lo sé, quizás es una trampa de la memoria.

Las personas que tienen pájaros en la cabeza no pueden ser, obviamente, personas normales. Y esto lo digo con todo el respeto hacia las personas que no son normales. Simplemente, no son convencionales y, precisamente por esa razón, enfocan las cosas y la vida desde un ángulo distinto.

Me enteré con el tiempo que Julia tenía como oficio las palabras. También literalmente. Julia es escritora. También con el tiempo, fui comprobando la exigencia que tenía para escribir tal palabra, ese enunciado, aquel texto. No valían excusas ni sinónimos ni atajos. Así en Juan Ramón: «Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas»

Como la asignatura es de ámbito lingüístico y trata de usos, de contextos, de actos en los que se tienen intenciones, se comunica, se infiere y se presupone, la profesión de Julia se entrecruzó pronto (y creo que para siempre) con su oficio y su trabajo. No hay nada mejor —o nada peor— que una reflexión a mayores sobre lo que se hace y sobre lo que se ama. Y, de forma inevitable, Julia y yo empezamos a comunicarnos por correo para hablar de eso que nos apasiona. 

Uno de los momentos apasionantes tuvo lugar cuando estaba leyendo un libro suyo. Tildaba a uno de los personajes de «bodoque». Y yo encontré la palabra precisa, que no recuerdo haber visto antes por escrito, empleada por mi padre decenas y decenas de veces. Le pregunté y supe que «bodoque» no era un azar, sino una elección, la única posible entre alternativas desterradas porque no servían al propósito. Eso es tener un oficio como dios manda y desempeñarlo de manera excelente.

Y, más adelante, fui descubriendo a través de sus palabras esa cabeza llena de pájaros, que no tiene nada que ver con la concepción que tenemos de persona idealista y no aterrizado. O quizás sí que tenga que ver, siempre que estar en tierra signifique estar pegado siempre a algo seguro y fijo sin atreverse a experimentar, a soñar, a ver desde más arriba, desde un lado y desde el otro. Porque Julia tiene las palabras como instrumento para contar historias (literalmente), para contar vidas sujetas a circunstancias injustas y difíciles (literalmente). A veces, para contar y retratar el lado más oscuro de nuestras existencias pasadas y presentes. Literalmente

Las palabras vuelan y los pájaros, a veces, tienen una cabeza para sembrar los sueños y las pesadillas con imágenes. No siempre es fácil, pero (a veces) es bello. Lo mismo que los azares del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen ha sido tomada de una página web de un profesional de la traducción.

Le llamaban Trinidad. Una historia personal

Si digo que Le llamaban Trinidad es una película que me encanta, muchos pensaréis que os estoy tomando el pelo. Pero no.

Durante toda mi infancia y mi primera adolescencia, tuve la suerte de que mi padre me llevaba a todas las películas («autorizadas», claro) que ponían en los cines de mi ciudad. Eran tiempos en los que, junto con el cine de estreno, había muchos salas que ofrecían sesiones dobles que, de una u otra manera, reponían sin parar.

No recuerdo cuándo la vi por primera vez, mas para un niño serio y algo triste como yo era una delicia disfrutar de una película del oeste, con mamporros a mansalva, con un dúo de protagonistas antagónicos en el que era inevitable ponerse de parte de Trinidad, un personaje que, pese a lo que tenía de vago y guarro, no dejaba de destilar elegancia y socarronería tras esos ojos claros y brillantes. Salvando las distancias, era algo así como ver a Astérix y Obélix traspasados a los estertores del spaghetti-western. Una parodia de las pelis que habían acabado por llevar al ocaso del género hasta que volvió a resucitar con motivos crepusculares. La película contó con una secuela con los mismos actores, llamada Le seguían llamando Trinidad, que motivó una divertida confusión que condujo a que mi padre y yo viésemos en el cine la primera de ellas no sé cuántas veces.

Tocaba el día de ir al cine y mi padre me pedía que mirase la cartelera en el periódico. De vez en cuando, se producía la feliz casualidad de que volvían a reponerla. Y yo le decía que podíamos ir a «una de los hermanos Trinidad». Y mi padre se hacía el tonto y decía que si esa no la habíamos visto. Y yo me hacía el tonto dos veces y le decía que no, que era otra de la misma saga. Y mi padre esbozaba la sonrisa entreverada y me decía que vale, que íbamos a esa.

Entrábamos en el cine y empezaba la película. Y veíamos ese inicio mítico, con el caballo tirando de una hamaca en la que vaguea el deslavazado protagonista. Mi padre se acercaba y me susurraba un «Me has engañado, es la misma» y yo, mirando la pantalla, le decía que igual es que empezaba de la misma manera que las otras. Pero llegaba a la tasquilla donde le daban de comer, le arrebataba la sartén al dueño, se aprovisionaba de legumbres para parar un tren en un ambiente tenso que se remataba con un sonoro regüeldo y ya no cabía duda. Yo me moría de risa, tanto por la escena como por la situación, en la que veía de reojo a mi padre sonreír abiertamente consciente de que, una vez más, volvía a ser feliz viendo una parodia de películas del oeste.

Y Le llamaban Trinidad se convirtió, por repetición y reiteración, en una película que fueron muchas, todas distintas y todas la misma. Películas que, de puro ligeras, han calado en mí de manera muy profunda. Mi padre ya no está, pero yo he visto alguna vez con mi hijo la película en la tele. Y sigo viendo llegar a Terence Hill desde ninguna parte, con el caballo ejerciendo de GPS y arrastrando la tumbona en la que él esta tranquilamente dormido, lleno de mugre. Y, gracias a él, sigo evocando esos ojos azules profundos y esa sonrisa a medias con las que fuimos tan felices gracias a las ficciones.

Listado de malas personas (con nombre y apellidos)

Un listado de malas personas ha de ser, necesariamente, personal e intransferible. Aunque podríamos llegar a un acuerdo para catalogar de forma universal a unas cuantas personas malas (casi todas tienen bigote), lo más frecuente es que los listados de esa categoría suelan ser individuales, aunque compartidos, puede, entre algunos familiares, amigos y allegados.

El propósito fundamental de esta entrada no es crear(me) enemigos, puesto que, a buen seguro, las personas a las que voy a calificar de «malas» me tienen también señalado a mí con la mira telescópica del francotirador, sino que mi objetivo, más bien, consiste en registrar de manera más o menos aséptica alguna reflexión y hacer público un catálogo de animadversiones justificadas.

Menos mal que esto es una reflexión a vuela pluma y no tengo que acudir a fuentes bibliográficas para definir el concepto. ¿Qué es ser una mala persona, en qué consiste y qué características tienen las personas malas? Serán respuestas que dejo al imaginario colectivo en el que, más o menos, todos solemos estar de acuerdo.

Pero vayamos al turrón, que siento ya la impaciencia de los lectores.

Tengo que decir que afirmar la maldad absoluta de una persona constituiría una necedad por mi parte. Pienso ahora en unas cuantas personas nefandas y convertirlas en malas en sí mismas las convertiría en mera caricatura. Es normal que tendamos a la brocha gorda, al trazo exagerado de los defectos en las personas que nos caen como el culo, pero hay que reconocer que, a buen seguro y con ejemplos en la mano, alguna cosa buena o alguna virtud pueden tener. Puede ser.

¿Qué personas malas conozco? Muchas. Muchísimas. Es fácil reconocerlas: me han hecho daño o me lo hacen todavía. No califico como plenamente malas a las que (me) lo provocan de forma inconsciente (aunque es bueno vitalizar el pensamiento reflexivo). Me refiero, más bien, a aquellas que se lo piensan y que, probablemente, se relamen en su maldad. O no en su maldad, de la que no son conscientes porque (quién sabe) todo el mundo piensa de sí mismo que es bueno, sino en su deseo de fastidiar al personal en general o a mí en particular.

A todo el que haya llegado hasta aquí, también le parecerá pertinente el que pueda obviar mi «malapersonidad». Es cierto. De hecho, no serán pocos los que están ávidos de estas líneas por lo mala persona que les parezco. Que uno es humano y no de piedra, por lo que arrastra no pocos pensamientos aviesos. Creo que una de las características más típicas de las malas personas es considerarse buenas frente al enemigo, siempre malo. Pero, como son sentimientos recíprocos, la maldad ronda por todas partes, por todos los frentes.

Bueno, que me enrollo. Vamos a ello. Sigamos.

Decía más arriba que conozco a muchas personas malas. Algunas me cayeron mal un tiempo y sigo en ello. Otras me cayeron mal, pero se me ha olvidado por qué. Otras, objetivamente, no me caen nada bien, pero contemplo sus acciones o sus omisiones con unos ojos más amables. En ese listado que voy a hacer público dentro de nada, no sería justo meter a todo el mundo el mismo saco. Otras tenían rasgos de malos-malísimos, pero era solo de cara a la galería. Es posible, incluso, que haya algunos que se creían malos, pero lo fueran en forma de algodón de azúcar.

He tenido que afilar el lapicero para sacar toda mi maldad (hay que ser muy malo y rencoroso para hacer una lista de personas malas), recuperar mi peor yo, regurgitarme de malos recuerdos o despertarme conscientemente de hechos actuales.

Y, puestos a ello, me doy cuenta de que he conocido nada más a una persona con la que he experimentado y deducido consecuentemente solo defectos y ninguna virtud. Era tan mala (hace muchos años que no tengo noticia de ella) que no es que fuese exclusivamente mala conmigo, sino que no vi tampoco ningún rasgo de bondad para ningún otro conviviente/sufriente.

Tuve la mala suerte de coincidir con él en un trabajo anterior, hace ya muchos años. Había prometido nombre y apellidos, pero, como en los periódicos, aunque no le concedo la presunción, le pondré las iniciales: M. D. B. Quizá tampoco se merezca mucho más.

Y ya estaría. Lo demás, es una escala de grises. Y a mí me gusta mirar hacia lo más claro.

Con imagen de Fryless.

 

El monstruo somos nosotros

Empieza el día, preparo el desayuno. Mientras, tanto, escucho en El cine en la Ser una frase que me deja con la margarina a medias en el panecillo: «En las películas de monstruos, el monstruo somos nosotros». Me quedo perplejo ante algo tan obvio, pero que me había pasado desapercibido hasta ahora. Y, mientras extiendo la mermelada de melocotón, mientras llevo la bandeja hacia la mesa, mientras voy desayunando, pienso en todos los monstruos que han pasado por el cine que me gusta y voy mirándome en sus espejos.

Salgo de la aplicación de radio para ir a la música y voy recogiendo los restos del desayuno entre «Alors on dance» de Stromae, «Cómo me gustaría contarte» de Dani Martín y «Pandora’s Box». Me van apareciendo ideas para escribir sobre el bailar en general y la primera vez que escuché la canción de Stromae en una clase de spinning en el gimnasio en particular, que siempre anunciaba un esfuerzo extremo. Sobre esas personas de tu familia que ya no están y que provocan que cada vez me calle más sentimientos, que se queda como posos en un rincón del alma. Y la canción de OMD, que es una de las canciones que escucho en bucle últimamente y que me gusta por la historia que cuenta, que es una historia de cine y de fracasos.

Después de correr (me he pegado una paliza mayúscula con cuestas de esas que te hacen picadillo las piernas) y la ducha, me he puesto a ver una película tonta, Juliet naked que me ha atrapado precisamente porque me gustan las películas tontas, sobre todo cuando ves, como en las películas de monstruos, que las películas tontas me retratan mucho más que las obras maestras. Me ha gustado ver a Rose Byrne, que me ha llevado a rememorar con añoranza la genial Damages, y, claro está, a Ethan Hawke, del que hay tantas cosas que decir que me tengo que quedar callado y dejarlo para lo siguiente, pero, sobre todo, a Chris O’Dowd.

O’Dowd, un actor que me gusta porque retrata a la perfección a los bobalicones con atisbos de simpatía insulsa que están detrás de todos nosotros, como los monstruos. Da la casualidad de que, hace relativamente poco, había visto a Chris O’Dowd en la estupenda serie State of Union, miniserie que no tiene desperdicio y en la que comparte cartel con Rosamund Pike, que es una de mis actrices favoritísimas. La casualidad hizo que viese el otro día I care a lot, en la que se demuestra que Pike es una excelente actriz que domina el registro de la simpatía, pero también —y sobre todo— el de la ambivalencia de ese lado perverso que tienen los monstruos, con lo que aplicaos el cuento…

Y no sé por qué azares he recordado una película que vi hace unos cuantos meses, El buen maestro, que me gusta como me gustan todas las películas que tienen que ver con la enseñanza, sus conflictos y, ante todo, sus entresijos. Recuerdo cómo me enfadó ver que el título en español se ponía del lado del profe, mientras que el título francés Les grands esprits, que pone el foco en el talento más que en sus descubridores. Los azares me han llevado a cavilar en torno a ese mundo de las aulas en los que, como los peces globo, hay mucha redondez, pero también mucho veneno. Y los monstruos han vuelto a rondarme.

Y, con mucha gula y poco apetito, me he levantado y he partido un poco de la tarta de queso que hice ayer. Cremosa por dentro, tostadita por fuera, de esas que solo se comían en Donosti. La música me ha acompañado cucharada a cucharada. Ha vuelto, como siempre, Joe Crepúsculo y «Mi fábrica de baile». Y, con el último trozo, ha llegado «Brass in Pocket» de Pretenders, que te muestra las maneras de sentirse especial.

Como hacía mucho tiempo que no escribía, pensaba que hoy sí. Que hoy iba a escribir sobre los monstruos. Sobre nosotros.

Con imagen de Neil Schofield.

Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Los libros finos

“los estantes repletos de libros, casi todos de lomos delgadísimos, porque casi todos son libros de poesía.”

Alejandro Zafra, Poeta Chileno

Toda nuestra vida en unas páginas. Dilatada como en las novelas, explicada como en los ensayos, mimetizada como en las obras dramáticas.

Toda una manera de aludir sin aludidos, de detallar sin descripciones, de reconocer sin anagnórisis. Nuestras existencias condensadas en esos libros finos, con pocas páginas, mucho espacio en blanco. Con las sílabas contadas, con los silencios ventilados, con una intensión necesariamente intensa para comunicar y para conocer y para identificar-nos.

Los libros finos, de lomos delgadísimos. Quién pudiera contar como los poetas.

Con una imagen de Shara Reid.

Preferiría no hacerlo

Nos dejamos llevar por la novedad. Atentos al último lanzamiento editorial, a lo recientísimo de las listas de Spotify, al estreno en cualquier plataforma de la película o de la serie de turno, tendemos a olvidar a todo lo demás o, al menos, a relegarlo de manera casi definitiva.

Yo también dejo ser acunado por los vientos de lo reciente, pero, el otro día, rescaté un libro que tenía pendiente desde hace lustros. Bartleby, el escribiente es un relato maravilloso escrito por Herman Melville  a mediados del siglo XIX.  Melville sorprende siempre por su modernidad. En este caso, Bartleby trabaja como pasante en el pequeño bufete de un abogado neoyorquino. Todo marcha a la perfección hasta que, ante un encargo de trabajo, el pasante dice: «Preferiría no hacerlo». Y esa es la frase que marca el devenir del relato, ante la incredulidad y estupefacción (no exenta de lástima) de su jefe.

Es inevitable que aflore en nosotros, desde la primera vez que escuchamos a Bartleby y a medida que se reafirma en su no-acción, la misma inquietud que tiene el abogado. Lo que ocurre es que, además, y de modo paralelo, van sobrevolando las teorías que lo justifican. A mí me llevaron desde el postulado de la resistencia pasiva a la antesala de la narrativa de Kafka.

Preferiría no hacerlo. 

En un mundo en el que estamos predispuestos a la acción y al sí, encandila que alguien se plante. No se trata de rebeldía. Se trata, más bien, de algo mucho más profundo (o de algo mucho más superficial, no sé, a veces pienso lo uno y a veces lo otro). 

El relato se lee muy rápidamente, aunque el poso no se olvida y traspasa los días. Dejo al lector que no haya leído a Melville con la duda de cuál será el futuro de Bartleby. 

Por mi parte, pienso en este trabajador, en este pasante atípico. Y en la de veces que he dicho que sí.

Imagen de Vakas.

 

Helena siente la vida a través de las pantallas y de las ficciones

Helena ha encendido la televisión, se ha desplazado por el menú de HBO y se ha inyectado en vena los tres últimos capítulos de la serie basada en el libro de Elena Ferrante. Ha seguido con pasión las peripecias de Elena y Raffaella. Ponerse delante de la pantalla no solamente se limita vivir toda esta historia, que le resulta apasionante, sino una manera de escribir, ella misma, con el poder de las imágenes las palabras que habitan en el corazón. A Helena le gusta compartir el nombre con Elena Greco y con ese misterio que ronda tras el seudónimo de Elena Ferrante. Y le gusta todavía que el suyo tenga una letra más, aunque sea muda. Desde luego, no es insignificante.

Son las siete y media de la tarde de un martes. Helena tiene una montaña de trabajo pendiente. Tareas y tareas acumuladas en esa trampa interminable de un trabajo que es presencial y virtual y eterno. Su casa es una extensión ya pública de lo privado, su cámara y el micro un hábito. Helena disfraza su hábitat con un fondo de pantalla luminoso, blanco, elegante, con un toque provisional. Entra ahora en una reunión de las que antes se programaba solamente por las mañanas y ahora brota a cualquier hora. Le han prometido que será corta. Se pone un jersey rojo con manga francesa que le aporta contraste con el fondo blanco y seguridad.

Helena intenta estar atenta, pero se distrae con facilidad. Ahora mismo, se fija en la manera compulsiva de mover la cabeza de Raquel, su compañera de proyecto. Antes ha intentado averiguar el simbolismo del cuadro de David, la persona encargada de las redes sociales. Helena siente envidia de los que están mirándola a ella porque miran a la cámara. Ella es incapaz de fijar sus ojos en ese pequeño agujerito y siempre tiene la mirada un poco más abajo, en el vaivén de la existencia de los demás, que le interesa poco, pero que hace que la espera hacia el final sea más amena.

La reunión, en efecto, ha acabado pronto. Después de treinta y cinco minutos de objetivos, proyectos y balances, Helena se refugia en un libro. Durante las vacaciones, su vida ha sido la de Pablo y Raluca en La buena suerte. La de Elvira Lindo con el corazón abierto hacia la historia familiar que es, de algún modo, la historia que rastrea el pasado de todos. La escapada de Nat a una vida en el campo que no es una huida, sino una aproximación en Un amor. El paseo por los infiernos Delparaíso y los misterios del antes y del después de las existencias que son explosiones en las que, a veces, desaparece todo menos uno —una misma, siente Helena—, como en Rewind.

Víctima de la ficción de la serie de HBO, Helena se sienta en el sofá blanco inmaculado, como el fondo del escritorio virtual. Solamente los visitantes más observadores notarán una mancha fruto de una merienda familiar apresurada. Ahora apresa con sus manos La vida mentirosa de los adultos para sentir la adolescencia en las carnes de Giovanna y conocer cuáles son los límites del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos, que vuelve después de más de un año. La imagen es un detalle de la portada de la última novela de Elena Ferrante.

Historias de alumnos. Carta semipública para Antonio

Tal y como comentaba ayer, me apetecía, por un lado, felicitar a Nerea no tanto por cumplir 37 años como por aglutinar tantos sentimientos y experiencias y tener esa manera tan estupenda de expresarlos. Y, por otro, contestar a un mensaje de correo que me escribió Antonio.

Vaya por delante una cosa: me hace una grandísima ilusión que mis alumnos, actuales, antiguos y remotos, me escriban —en el formato que sea, por la vía que sea— para contarme cosas de ellos, de mí, de cosas pasadas y de las cosas que nos pasan ahora, de lo que piensan que va a pasar y que nos gusta o nos afecta o nos importa.

La casualidad hizo que, unos días atrás, recibiera un wasap de, Ángel, uno de los amigos y compañeros de clase de Antonio. Ángel ha pasado «al otro lado» y ahora es profe. Me hace muy feliz que seamos ahora colegas, filólogos y que coincidamos en reuniones, aunque sea virtuales, para cosas relacionadas con el mundo académico. Y, hace muy poco, Antonio me escribió un correo electrónico, del que voy a hablar (parcialmente, lo que se pueda) aquí y al que daré contestación privada y merecida.

Antes de nada, os convendría recordar quién es Antonio:

Historias de alumnos: el chico al que pilló desnudo la policía en una piscina de madrugada

Decía que había recibido un correo de Antonio. Me dice que ha venido escribiendo a familiares y amigos desde Navidad y que, ahora, me ha llegado el turno a mí. Desveló aquí, naturalmente, solo lo que puedo contar.

Su manera de empezar demuestra que me conoce bien:

Bueno, solo quería saludarte y preguntarte cómo estás, dónde pones las manos y en tu caso, más importante, dónde pones la cabeza.

Antonio sabe mi cuerpo va por un lado y mi cabeza por otro. O, lo más importante, que mi cabeza va a su bola, por mucho que tenga una mente cuadriculada en el sentido más estricto y que tienda a salirse por sus márgenes en su sentido más extravagante.

El correo es un repaso por el cine, por la literatura y por las cosas del presente más inmediato, ese que está a ras de suelo. Antonio es rebelde y díscolo y provocador y me suelta, así de primeras, que ha dejado de gustarle Blade Runner. Él sabe que ese es un golpe bajo, una noticia que solamente puede comunicarse cara a cara. Que esa película, para mí, condensa todas las películas, las vidas, nuestras vidas en todas sus versiones (las de la película, las de nuestras vidas). Pero yo no le voy a contestar que un día, cuando volvamos a coincidir ese cogollito de estrellas de esa clase mágica en la que estuvimos tantas horas, les invito a ver Blade Runner 2049 a todos ellos para convencer a Antonio de que el viaje por los replicantes, que quizás soy yo, que quizás es él, que quizás somos nosotros, sigue mereciendo la pena.

Eso sí, a renglón seguido, me comenta que sigue viendo cine y disfrutando. Quizás no hay nada más hermoso que te digan que he aportado una diminuta semilla para disfrutar un poco más de las ficciones. Antonio y casi todos los que pasaron por mis clases en bachillerato saben lo que es la ficción para mí, una cuestión de principios y de finales, pero nunca de tibiezas, nunca de términos medios. La única manera que tenemos de comprender el mundo o de incomprenderlo y rebelarnos. Una vez más.

Me dice que sigue leyendo a Lorca y que lo hace en voz alta. Que ha descubierto que los libros están hechos para leerlos así, en voz alta. Así, un libro se lee y se escucha y tiene eco. Yo voy a hacer una confesión aquí. Como me leerán pocos, así no se entera casi nadie: encantándome García Márquez, me costó mucho entrar por Cien años de soledad, no me preguntéis por que. Un día, dar clase me salvó (una vez más): leí un pasaje de la novela y las palabras empezaron a cobrar una forma, una sinuosidad y unas sugerencias en las que comprendí, a la vez que ellos, por primera vez, que estaba ante una obra maestra y no solo un nombre ilustre.

Dice Antonio que le gustaría leer más teatro, pero que no logra engancharle. El teatro, si es posible, hay que verlo y escucharlo. Recuerdo, sin embargo, ese maravilloso sucedáneo cuando íbamos repartiendo papeles para La vida es sueño o para Hamlet o para Tres sombreros de copa y la magia cobraba todo su sentido. Éramos nosotros y ellos. Nuestra vida era la suya y la suya la hacíamos nuestra, perdidos en prisiones, en destinos, en venganzas, en intrigas, en juegos de malabares en los que siempre se cae un sombrero.

Y acabo como acaba (casi) Antonio, para contaros lo que hace ahora:

Estoy recogiendo aceitunas en Jaén. Ahorita barriéndolas del suelo. Qué locura.

Qué locura, Antonio, qué locura. Recoger esas perlas, tan deliciosas, con tanto trabajo. Me gusta imaginarte con la espalda doblada, con esfuerzo. Lo mismo que me ha gustado recibir todas tus palabras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Tomás Hornos.

 
 

Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.