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Un conductor y un ciclista (esta mañana)

Esta mañana, antes de ir a la universidad, tenía que pasar por el supermercado. Espero que no lea esto ningún representante de la policía local, pero iba por la acera. Todos los días voy por una calle muy poco transitada por la acera hasta que llego al carril para bicicletas que me deja en la puerta de mi facultad. Había poco tráfico y he pensado para mis adentros (¿para dónde si no?), condicionado por la avalancha de multas que ponen últimamente a los que vamos en bici (no sé si somos ciclistas): «No hay muchos coches. ¿Y si, por una vez, hago lo «correcto» y voy por la calzada»?.

Y eso he hecho. He ido por la calzada y, en el cruce que está justo antes del supermercado, con la preferencia para mí, un coche ha avanzado con gran «alegría» (vamos a decirlo así) sin detenerse. He tenido que pegar un frenazo de órdago. Él se ha parado a muy poquito de mí. En esta ocasión, ha habido suerte. No sé lo que hubiese ocurrido si, como toda parecía señalar, si nos hubiésemos «encontrado», pero dado el material del que están fabricados los vehículos, creo que hubiese salido perdiendo. No sé hasta qué punto. Él ha puesto cara de susto y yo creo que le he mirado fatal y seguro que ha salido de mi boca algún improperio.

He entrado en el supermercado. En un pasillo, un hombre, al que no conocía, me ha parado. Se ha identificado como el conductor. De la manera más elegante, educada, pausada y humilde que haya visto, se ha disculpado. Me ha dicho que, no sabe por qué, no me ha visto (es conveniente señalar aquí que yo iba embutido en un anorak amarillo fosfórito). No ha buscado ninguna excusa, sino que ha proyectado toda su preocupación. A su vez, yo le he dado las gracias por su forma de actuar y, a la vez, le he pedido perdón por el más que seguro improperio, del que él no era consciente.

No nos hemos dado la mano por todas las circunstancias sanitarias en tiempos de pandemia, pero nos hemos despedido con una sonrisa que se adivinaba en nuestra mirada. En mi caso, muy agradecido por encontrarme a una persona como él.

Todos nos podemos equivocar, está claro. Si él se hubiese equivocado un poco más y yo hubiese frenado un poco menos, a saber. Ya me han atropellado dos veces y, aunque no he salido nunca herido gravemente, quizás a la tercera hubiese ido la vencida.

Yo no puedo culpar a este gran tipo por sus errores. Pero sí voy a hacer una cosa a partir de ahora: como persona que utiliza la bicicleta cada día para desplazarme por la ciudad, no voy a bajar a jugármela otra vez en la calzada.

He dicho muchas veces que, en las ciudades, el peatón es el rey y no tiene que ser molestado ni asediado por nadie. Tenemos que buscar un modelo urbano que encuentre la convivencia entre peatones, ciclistas (y «patinetistas) y automovilistas. Quiero, ruego e imploro, por lo tanto, una oportunidad para que todos tengamos nuestro sitio. El mío, desde luego, no va a ser la calzada. Cuando voy por la acera, intento ir separado de los peatones y, cuando están cerca, pongo pie a tierra.

¿Os jugáis algo a que la próxima vez que escriba algo sobre este tema hablaré de la multa que me ha caído?

La imagen es de Óscar.

El equilibrio, una mierda (Una mierda para el equilibrio)

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Me acuerdo del juego infantil de los balancines, en el que la mesura inicial y mi tendencia atávica a la seguridad me llevaba a la inacción hasta que el niño que tenía en frente me hacía descubrir ese lado divertido y terrorífico y desconcertante que suponía el desencajarte, tener que sujetarte con fuerza y temer lo que estaría por venir, que podía ser esa mezcla de arena y piedrecitas de la salías con un algodón chorreante de agua oxigenada.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Por mucho que defendiese en mis clases de filosofía a Parménides como abogado del diablo y me diese por enarbolar los argumentos de Zenón de Elea con Aquiles y la tortuga, con flechas o con cualquier aporía que estuviese al alcance. Pero luego llegaba Heráclito, con ese movimiento que se demuestra andando, con ríos y fuegos y seres que somos y no somos los mismos.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Por mucho que mi cabeza parezca que tienda al orden, a la triangulación y los círculos perfectos, que solo habitan en el exterior y tienen poco que ver con mis adentros. Una cosa es intentar que todo encaje, nadar y guardar la ropa, pensar en el paso que vas a dar para no caerte y otra cosa muy distinta es la procesión que va por dentro. De hecho, ni se me ocurre acercarme a menos de un metro de un precipicio. Porque estoy convencido de que el equilibrio es una entelequia y siempre hay una pierna que flojea, una superficie resbalaliza y un imprevisto que te arroja hacia los abismos.

No sé muy bien qué es el equilibrio. De hecho, siempre que he intentado pintar, la bazofia ha resurgido de intentar emular mis queridos neoplasticismos confundiéndolos con un exceso de simetría. Y no puedo dejar de sentirme fascinado por los excesos, las manchas, la tensión y las ausencias. Amo el arte y la literatura y el cine equilibrados, pero me desato cuando me sacan de las casillas, de los finales y de los principios ordenados.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Y esto no es una crítica hacia nadie, sino una constatación que me hago ahora y aquí para mí mismo. Diría que la vida es zozobra, miasma y que lo demás son ansias de que todo sea de colores más cercanos al rosa. También quiero que conste ante notario que mi pensamiento girase en torno a otras órbitas, que pudiese condensar el universo en frases bellas que conjugasen con esa congratulación cósmica.

Mientras tanto… Una mierda el equilibrio.

La imagen es de GLAS-8.

Tres conclusiones en las pruebas de acceso a la Universidad

Breve introducción: durante tres días, he estado corrigiendo más de ciento cincuenta exámenes de lo que hoy se llama EBAU, ayer PAU y, hace un poquito más, Selectividad. En el examen de Lengua, hay una parte dedicada al análisis textual (el comentario de texto de toda la vida) en el que los estudiantes tienen que dar una opinión personal sobre un texto. En esta convocatoria, se elegía entre un editorial de El País sobre la ansiedad juvenil y una columna de Millás sobre la globalización. Los profesores corregimos a ciegas y solo vemos como dato un número de referencia y un código de barras. No obstante, mi imaginación ha dado para inventarme tres historias, que son la consecuencia de tres respuestas maravillosas.

La chica que aspira a ingresar en una Facultad de Medicina

Ágata ha entrado en el examen muy nerviosa. La cola y la distancia, la mascarilla que agobia, el protocolo de acceso no han ayudado. Ágata entra al aula del examen, recibe pacientemente las instrucciones. De repente, llega a la clase una señora con un sobre blanco. Se lo entrega a uno de los profesores que vigila, que rasga el sobre. Empiezan a repartir los ejercicios. El examen de Lengua será el comienzo de tres días que condensarán todo lo que ha luchado desde la primera evaluación de primero de Bachillerato.

El examen llega a la mesa de Ágata. Echa un vistazo rápido. Primero a las preguntas de literatura, qué alivio, son temas que se sabe al dedillo. Ágata empieza de manera muy ordenada, con esa rutina que le ha enseñado su profesora en el instituto. La literatura la borda. El análisis sintáctico y la morfología son coser y cantar. Solo ha dudado un momento, pero no ha caído en la trampa de poner una perífrasis donde no era. Empieza la parte del comentario de texto. Se decanta por el editorial sobre ansiedad juvenil. Pronto ve el tema y la tesis y los argumentos. Empieza a escribir de modo compulsivo porque se da tiempo de que, ahora, su gran enemigo es el tiempo. Va a contrarreloj. La asimilación de conceptos y su perspicacia le lleva a sortear con habilidad los mecanismos de cohesión.

Mira el reloj y comprueba que faltan cinco minutos. Queda la opinión personal. Ágata siente que no puede más, que el tiempo acogota su mente y que todavía quedan demasiados días para demostrarlo todo. Respira hondo y comienza a escribir doce líneas de prosa dulce y conceptos atinados en el que muestra su lado más frágil, el más delicado. Le da la vuelta al texto para contar cosas que no ha dicho nunca a nadie.

El chico que estudiará Periodismo o Filología

Sergio llega a la hora a la que estaban convocados por el profesor que les acompaña un poco justo. Su madre le ha acercado en el coche y había más tráfico del esperado. Su madre aparentaba estar tranquila y eso, paradójicamente, le ha puesto algo más nervioso.

Ha metido todas sus pertenencias en una bolsa transparente, se ha echado el gel y, después de minutos y minutos interminables, una vez sentado y pasado el protocolo inicial, se ha podido quitar, por fin, la mascarilla. Sergio mira hacia la izquierda y ve a Marta, su compañera desde que iban a infantil. Toda la vida juntos y ahora están, por fin, ahí. Ambos sonríen y, cuando ya empiezan a repartir los exámenes, murmura: «Suerte».

Sergio tiene dos sueños: los días pares, sueña con dar clase en un instituto o en un colegio para compartir su pasión por las letras y que estas no sean un reducto para los que se escapan de las asignaturas «difíciles», mientras que los días impares siente el impulso irrefrenable de ir a Japón para enseñar español y cosas de la cultura mientras se atiborra de sushi y viaja por todo Oriente.

A Sergio la lengua y la literatura le apasionan. En el instituto, se lee todos los libros que puede y algunos más. Mientras la rutina y la necesidad conducen a una manera de estudiar los temas de forma monótona, él alimenta y revitaliza todo gracias a sus lecturas. En lengua, es de los frikis que siempre van más allá, que ven una frase alambicada y se relamen los dedos y disfrutan sementando una palabra compuesta diluyendo todos sus componentes.

Sergio no necesita nota para entrar en la carrera de Español. En ese sentido, se siente muy confiado. Ha decidido presentarse a todas las asignaturas porque quiere demostrarse a sí mismo que puede llegar bien lejos, también, en el latín y en la filosofía.

Elige el texto de Millás. Aporta un enfoque muy original en los mecanismos cohesivos, va un paso más allá en los argumentos. Su mente analítica ha puesto al tiempo de su parte. Quedan quince minutos para dar su opinión sobre un tema no tan obvio como parece. Piensa que Juan José Millás tiene la razón y no la tiene. Le hace gracia pensar que eso es, precisamente, lo que refleja Millás en muchas de sus novelas, esa realidad poliédrica que construimos nosotros desde nuestra perspectiva. Sergio sonríe, respira profundamente, y se dedica a escribir las que serán, por el momento, las quince líneas más bellas de su vida.

La chica que aprobó por los pelos y no sabe qué hacer con su vida

Carla ha sido una de las beneficiadas por el confinamiento. Los criterios en su colegio han sido más laxos y se ha escapado por los bordes del sistema para llegar a unas pruebas que no le motivan nada.

Empezó el bachillerato por inercia, fue aprobando cada asignatura como pasa la tarde los fines de semana hasta que queda con sus amigas y todavía no ha enfocado su vida hacia nada concreto. Ni falta que le hace.

Carla ha dedicado muy poco tiempo a estudiar la EBAU. Solo acudió a las pocas clases presenciales de las últimas semanas porque coincidía con todos sus compañeros, que tenía perdidos entre los wasaps. Sus padres parecían cotorras con todas sus broncas, que hacían pasar por reflexiones serenas, sobre la responsabilidad y sobre el futuro.

En el caso del examen de Lengua, Carla no ha preparado nada. Pese a que este año era fácil que tocase un tema de Literatura estudiando poco, no se le ha pasado ni por la imaginación ponerse a estudiar unos apuntes que hay que calzarse a fuerza de memoria. No sabe hacer análisis sintácticos y le parece que distinguir una palabra derivada de una parasintética no le va a salvar la vida cuando salte en paracaídas y no funcione la anilla.

El folio triple que le dan para contestar es, bien lo sabe Carla, una pérdida de tiempo y de dinero. Del tema de literatura pone el nombre, la frase la deja a medias. Hace un análisis morfológico porque la palabra estaba a huevo. Del texto, pone el tema porque es media línea, la tesis porque es línea y media y dos argumentos que se veían de lejos. Y decide que ya. Quiere esperar a que pase la primera media hora para salir y respirar aire filtrado hasta que se quite la mascarilla y la mande a tomar por culo.

El tiempo se le está haciendo muy largo y, después de ver las idas y venidas de los profesores que vigilan, lee el texto con un poquito más de atención. Tiene todavía un rato y la pregunta de opinión personal le dará medio punto que puede ser simbólico. Se van a cagar, piensa Carla. Y demuestra, en veinte líneas, que se puede hablar de ansiedad dándole la vuelta a las estadísticas, a las comparaciones y a las instituciones que la estudian. Ella habla de lo que siente cuando no se siente. Mientras escribe, siente unas ganas inmensas de llorar. Cuando sale por la puerta del aula y sale a la calle, respira dos o tres veces y se pone la mascarilla. La puñetera mascarilla.

La imagen es de Vicente.

A mí no me parece que hoy sea 26 de junio

A mí no me parece que hoy sea 26 de junio. Estaría más de acuerdo con las circunstancias si me dijeran que es un 17 de mayo caluroso, un 22 de mayo, todo lo más. Pero es imposible que hoy, precisamente hoy, sea 26 de junio.

Todavía no ha habido tránsito progresivo hacia el verano, los trámites para acabar el curso siguen siendo infinitos, los estudiantes no han pegado la etiqueta 1 y la etiqueta 2 en las hojas de selectividad, mis pies no han pisado el agua del mar y mis manos no han abrazado el agua intentando avanzar un poco más. No hay en mi ciudad fuegos de artificio ni hay turistas invadiendo las calles y haciéndose selfis delante de la Catedral.

Hoy no es un día propio y efectivo para convertirse, afectivamente, en un 26 de junio a todos los efectos. No encuentro al señor que pinta un paisaje kitsch con spray vivos ni al mago ambulante con su mesa inestable ni al titiretero gracioso y alegre a su pesar.

Noto que algo nos falta para que los días sean como los de antes. Quizás sea una visión catastrofista, quizás me esté haciendo mayor. Pero, lo más seguro, es que algo ronde en el aire que le resta fuerza al avance de los días. Permaneceré atento hoy al calendario, no vaya a ser que le se hayan volado unas cuantas páginas.

Hoy, 26 de junio de 2020, no habrá en mi ciudad dos personas dándose un beso cuando salgan del teatro.

Una mano abierta y unos frutos secos

Estaban sentados en una terraza, en un bar que se encontraba en mitad del paseo de la bahía. Los dos, un hombre y una mujer, en paralelo, mirando al mar. Tenían los pies apoyados en una especie de cajón acolchado y, entre medias, una mesita sostenía dos vasos con cerveza, un bloque de servilletas y un bol con frutos secos variados. Unas flores distribuidas de forma perfecta en jardineras desprendían un agradable olor que, mezclado con la brisa del mar, aportaba un clima de extraña armonía para los sentidos. La pareja alterna la mirada al infinito con alguna sonrisa cómplice. Parecen enfrascados en una conversación sobre lo divino y lo cotidiano, hablando de esas cosas importantes que solo aparecen en los momentos aparentemente triviales. La mujer alza un poco el cuello y dice algo de un barco que va atravesando la bahía. Él dirige su mirada a ese infinito cercano para contemplar el instante sin que se les escape nada.

Siguen charlando de sus cosas en una conversación pausada y animada al mismo tiempo. La mujer, al cabo de un rato, extiende su mano izquierda, muy cerca del brazo de su compañero. El hombre se inclina hacia la mesa para coger el surtido de frutos secos y hace un ademán de servir unos pocos en la mano de la mujer. Ella cierra la mano y, riendo, dice: «No quiero frutos secos, quiero que me des la mano. Tonto.»

Imagen de Pablo.

Tricentésimo día

Hoy, como tenía muchas cosas pendientes, he decidido perder el tiempo. Recordando una entrada que escribí hace mucho tiempo, he acudido a Wikipedia para ver el artículo dedicado al 27 de octubre. La casualidad me ha premiado con la primera de sus carambolas: hoy es el tricentésimo día del año y eso, como todas las cosas redondas, es cosa digna de mención.

Si no hubiese visto Vikings, no le habría dado importancia al hecho de que muriese el rey Athelstan, y me doy cuenta de que tal día como hoy, en 1553, unos salvajes en forma de cristianos quemaron vivo (si lo hubiesen quemado muerto, la cosa no sería para tanto) al gran humanista Miguel Servet. Un 27 de octubre de 1807 Napoleón nos la metió doblada y Francia y España firmaron un tratado en el que creíamos que los gabachos iban a estar de paso y se quedaron para invadirnos un poco nada más.  O que a Estados Unidos le daría por detonar unas cuantas bombas atómicas para poner al mundo a prueba de… bombas.

Desde luego, un 27 de octubre da para muchas cosas, de las que paso de poner enlaces. Por ejemplo, que en 1992, en el ejército de Estados Unidos, se asesinó a un radiotelegrafista porque era homosexual. Y que tal barbaridad no sirvió más que para invitar a los gays a que silenciasen su orientación sexual. Vinieron al mundo el escritor Dylan Thomas (1914) y mi admiradísimo  y adorado pintor Roy Lichtenstein (1923).

Y, como en 2013 murió Lou Reed y celebramos el día de san Frumencio, escucho «Walk on the Wild Side» y,  para rematar un día más de diletancia, me voy a tomar un bocadillo de calamares.

Por qué soy nadador máster

Francamente, no sé muy bien lo que soy. En el perfil de una de las redes sociales a las que pertenezco, he escrito que soy profesor de la Universidad de Burgos, corredor y nadador. Por alguna razón, he querido subrayar tres características para definirme. Vaya por delante que no me gustan los reduccionismos. No me gustan los que solo se sienten profesores, los que solo se sienten corredores, los que solo se sienten nadadores. Tampoco me gusta ser solamente esas tres. Hay muchas más rondando y, si lo pienso detenidamente, me siento tan profesor, corredor y nadador como lector, receptor visual de series y películas, padre, amante del queso… y eso en un breve resumen. En la suma de este ser diletante, también podría decir que soy egocéntrico, ríspido, ser difícil de risa fácil, maniático o cabezota.

La definición de uno mismo, por lo tanto, no es tarea sencilla. Pero, salvando todo lo dicho, no me disgusta ser profesor, corredor y nadador. La verdad es que, en esencia, soy lo primero por encima de lo segundo y lo tercero. A fin de cuentas, soy profesor porque es la afición y la devoción con la que tengo la suerte de ganarme la vida. Es el sueño que tuve de adolescente convertido en realidad y, pese a los momentos difíciles, me permite sentirme una persona sumamente afortunada.

Sin embargo, ser corredor y nadador no son «obligaciones», sino satisfactorios complementos. Dado que correr es un deporte que me ha acompañado muchísimos años de mi vida, lo tengo ya como algo incorporado y asumido. La natación ha llegado más tarde. Bueno, en realidad es algo difícil de explicar. Leer la entrada que escribí hace ya un tiempo puede servir de complemento a lo que digo en esta. Sentirme nadador (y, especialmente, nadador máster) sería, en principio, una especie de suicidio. Entre mis escasas virtudes no se encuentra la flotabilidad. El agua es, para todos, un medio adverso, pero hay personas que en el agua mejoran: yo empeoro notablemente. Tampoco tengo una técnica depurada. Lo bueno es que antes no tenía ni siquiera técnica. Y ahí es donde quiero (empezar a) llegar. Soy nadador máster porque me gustan los retos difíciles. Vaya por delante que soy nadador y no he añadido adjetivos. Tendría que especificar que soy una nadador muy malo. Pero hay una serie de cosas que antes para mí eran una quimera y ahora son realidad. Y estas cosas, elementales para casi todos los que han tenido contacto con la natación desde pequeños, son para mí pequeños sueños cumplidos. Siempre quise aprender a hacer virajes. Ahora sé hacerlos. Me encantan los de braza (que es, definitivamente, mi peor estilo) y hasta he conseguido nadar en una competición 50 metros espalda haciendo un volteo que para mí resultaba casi imposible. Siempre quise nadar una prueba de estilos. Ya he nadado tres veces los 100 estilos. El tiempo que hago es de risa, pero he mejorado cuatro segundos la última vez que competí en esta prueba. Siempre he querido nadar una prueba de mariposa. Hace pocos días, nade los 50 mariposa. Si a esa prueba le hubiesen añadido un metro más, quizás no hubiese acabado, porque acabé reventado. Pero la hice. En definitiva, ahora compito y, en algunas ocasiones, no soy el último. Y, cuando llego el último, llego mucho antes de aquellos que no lo han intentado. Sé que parece un consuelo fácil, pero no lo es.

Y luego están los entrenamientos. Pertenezco a un club de natación máster en el que en cada entrenamiento es un pequeño (o gran reto). Esos entrenamientos dirigidos hacen que luego vaya a la piscina por mi cuenta y me rompa los cuernos intentando repetir y repetir, por ejemplo, esos ejercicios de pies que son superiores a mí. O eso creía, porque ahora avanzo poco… pero un poco más que antes. Sé que puede parecer de locos, pero el julio pasado, cada vez que me metía a nadar en la piscina, me propuse una mejora necesaria: introducir una patada más y mejorar la posición de las manos en crol. Como esto es una cuestión neurológica más que de otra cosa, tenía que pensarlo cada vez (cada patada, cada largo), dándome cuenta cuando la cosa no funcionaba. Al final, conseguí que fuese algo automático.

Por último, está el que para mí es el colofón de las competiciones: la travesía Guetaria-Zarauz. Antes de nadarla, solo pensar que mis compañeros hacían una travesía marítima de casi 3.000 metros que salía del puerto de Guetaria para llevar a la plaza de Zarauz me parecía una cosa de locos. Hace tres años, me apunté con la intención de acabarla. Y la acabé. Hace dos años, me apunté con la intención de mejor mi tiempo y lo  mejoré. El año pasado, con esa mejora técnica que apuntaba en el párrafo anterior, me apunté con el deseo no revelado a nadie de hacerlo mucho mejor. Y lo hice mucho mejor. Si me lo dicen unos meses antes, no me lo hubiese creído. Cuando me enteré del resultado, se me saltaban las lágrimas de alegría La realidad me dice que, en el futuro, ya no pueda mejorar ese tiempo (es probable que lo empeore). Pero me apuntaré este año. Entrenaré a morir para mejorar. Porque asumiré el resultado que sea, pero nunca por adelantado.

Acabo, que estoy escribiendo una entrada interminable. Me considero nadador máster porque es algo que, para mí, no se consigue solo. Soy nadador máster gracias a los entrenadores y compañeros del club. Yo, que tiendo a la misantropía (y, a veces, hasta me enorgullezco de ello), en la natación, solo por mi mismo no soy nadie. Necesito y escucho cada consejo, cada corrección, cada ánimo y cada aliento. Y eso me complementa, me hace mejor. Por eso me considero nadador. Nadador máster. No me digáis que no es bonito ser cosas que antes solo soñabas.

La imagen es de Cristina.

De no saber cómo ni por qué

Iba a hablar de maravillas y excelencias, de esperanzas y consuelos, de las fuerzas para permanecer. De sonrisas, de manos tendidas, de suertes y fortunas. Del todo sin división en partes. De no saber cómo ni por qué.

Iba a hablar de luz, de sentimientos a ras de piel y resquicios hasta el tuétano tuétano. De palabras, truenos, sonidos y abrazos. De sueños con los ojos abiertos de par en par. De rostros, voces, rotos, descosidos. De sentidos.

Iba a hablar de ángeles sin demonios, de plumas y bichos raros, de lugares a los que no perteneces. De controles, de cuerpos y de almas. De personas especiales, singulares e irrepetibles.

Iba a contar historias de locuras sencillas, de trazos curvos inmensamente rectos, de fuegos y temblores, de días sin sus noches respectivas. De calles, ríos y canciones.

Iba a contar esas historias hasta que me quedé en silencio, mecido entre los destellos de un susurro.

 

 

 

 

 

 

Prosa y verso

Soltando un poco la cuerda de las vacaciones, estaba preparando unas cosas del trabajo. Unos textos con sus ejemplos ilustrativos, cosas de palabras, acciones y contextos. Luego me vino un recuerdo. Fui dejando poco a poco el ordenador y

me puse a leer versos

para sentir el frío de una tarde cálida

en la que pisábamos las mismas baldosas

ese día en que, después de la tormenta,

pisaste sobre una losa hueca

y el agua nos invadió las pantorrillas.

Y leía que el alma nos ha cortado a su medida, a solas, sin el testigo de todo lo que no somos. Después, no sé por qué, aparté los libros y los auriculares me devolvieron unas palabras en forma de canción, que, más que notas, eran recuerdos convertidos en fotografías del alma y pensando que

Vivo cerca del paraíso, pero el reino

no es de nuestro mundo:

está cerca de un zumo a la luz de una galleta,

próximo el edén distante,

dormida tú en el sofá tras una noche de perros y pesadillas

y yo desvelando cada pliegue de un trayecto conocido.

Son momentos de ensoñación en los que todo se nubla para vislumbrar una verdad más allá, que traspasa muchos millones de segundos con el suelo en todo lo alto y el cielo brillando por todos los suelos. Unas notas que desvelan y revelan

Que nos sentaremos

frente a frente

para reconocernos

pensando en esa poca habilidad tuya

para reconocer los rostros

en los contextos adecuados

y esa incapacidad mía

para las tareas más cotidianas.

Es una búsqueda de las huellas, un acto reflejo de perderse en todos los laberintos. Tú, que pensabas que la vida era fácil, hasta que cada meandro iba a demostrar que el agua que llega a la mar no podía nunca ser la misma. En un principio, fue un sueño.

La coincidencia de que nos pasen

las mismas cosas por la cabeza

Es una ilusión, dijiste. Demasiado bueno

para ser verdad.

¿Existe el amor o solo consiste

en un proyecto,

en un balance de cuentas,

en una manera de olvidarse en los detalles?

¿La vida era eso?

Revelarse contra la conformidad

y negar que todos los días sean uniformes,

que el horizonte es imposible y no un problema de bulto,

 de no encontrar

la manilla de la puerta.

Pasa todo por unos retazos, como esa aseveración que aún persiste con toda el alma, ese concepto tan bello de estar juntos, que es permanecer y alegrarse y transcender. Una locura equilibrada que se construye con cada fragmento de una historia que se perfila rato a rato.

 

Buscando una emboscada de abrazos sin medida,

un vaho que empañe todos los reflejos

de la mirada de todos los que no pueden ser tú.

Hoy hace frío, lejos del tiempo. Nada más desapacible que una espera a solas, en el portal del dolor. Nos toca ver la noche desde ángulos distantes,

y sentir que es un consuelo

que todo el universo se resuma

en los márgenes,

que, como todo el mundo sabe,

son lo único importante.

 

Me voy

Bajo el sol

speral acto de irse, el esfuerzo de recoger todo lo imprescindible en un espacio reducido (preferiblemente con ruedas y en espacio cuantificable en unidades de volumen). El resultado de dejar las cosas atrás sin saber lo que te espera, sin conocer el entorno ni el barrio ni el grado de comodidad de un colchón que te soportará de ahora en adelante. El transcurso de muchas horas en las que caben todos los pensamientos, todas los miedos y todas las esperanzas. El hecho de irse en una proporción no deseada ni deseable. En un proceso en el que todo lo tienes que convertir: las palabras que son extrañas porque serán tan mías como suyas, las monedas y el efecto de las horas sobre los meridianos. La decisión, esa meditación entre la necesidad de estar repicando y estar presente en todas las procesiones del bendito y agobiante acto del trabajo.

Me voy. Cuando aquí todas las hojas respiren el frío sobre el suelo, yo me voy. Hacia la primavera.

Imagen de Jorge Gobbi.