— Verba Volant

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La ficción, por muy planificada que esté, tiene sus momentos, sus sorpresas. Hoy voy, muy brevemente, de alguna de estas circunstancias.

La primera tiene que ver con espacios vacíos, momentos en los que la metáfora de un agujero negro es toda una realidad (como todas las metáforas, que no son sino una realidad de nuestros procesos cognitivos). Estuve días y días saltando entre no escribir nada y rellenar borradores de tres líneas que no me llevaban a ninguna parte. Ante esto, solo caben dos opciones: tirar la toalla o esperar sin desesperar. Afortunadamente, hice lo segundo.

La segunda tiene que ver, precisamente, con ese momento de espera. Cuando todo parecía perdido, surge un momento –que surge, naturalmente, cuando estás haciendo otra cosa– y que me ha ayudado a relacionar muchas de las ideas que tenía cogidas por los pelos. Hoy están ya en el proceso de quedar arraigadas en el cuero cabelludo.

La tercera está relacionada con la primera y la segunda. Entre los espacios vacíos y esos saltos cualitativos que se dan por la improvisación pero que son posibles por la perseverancia, una entrevista que me realizaron el viernes –y de la cual daré noticia en su momento– me llevó a una constatación: que no había dejado por escrito aquí ninguna de estos avatares. Y que, en forma de borradores, algunas entradas están empujando para que cuente cosas.

Eso hago. Eso haré. Lo prometo.

(Imagen de Bachmont. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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Diez días sin escribir una entrada. 568 comentarios de spam sin moderar. Dos semanas de incertidumbre. Y, hoy, un día difícil. Punto.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Adolescencia y distancia; recuerdo de futuro con proyectos y de pasados sin ansiedades. Ventanas todavía no empañadas, puertas cerradas sin pestillos. Luz sin estertores. El azar como base para una de las últimas causas, personales e intransferibles. Ojos todavía no fatigados de sostener con la mirada el mundo. El aire matizado por las rendijas de las persianas. Pintarse los labios para enfrentarse al mundo y, sobre todo, para subsanar sus sequedades. Contar historias para no dormir, para quedarse dormido y para reflexionar debajo de las mantas. Comer con la moderación del inane y sobrepasarse con el exceso del compulsivo. Luchar para no quedarse en la cuneta, correr para avanzar despacio, saberse de memoria el trayecto para luego perderse por los quicios de las puertas que no se deben traspasar. Sacarse las espinas de todas las heridas laceradas, utilizar con moderación el yodo y el agua oxigenada. Fumar para intentar ser y beber para ser consciente de olvidar. Acudir a las citas para ver qué pasa. Temer y temblar frente a las sacudidas. Buscar lo que nadie ha encontrado y encontrar lo que no se busca. Estudiar por obligación, para comprender, para claudicar. Leer por pasión y por principios, desde el incio hasta que te pida el cuerpo más. Y la suerte, que no sabemos hacia qué precipicio nos llevará, ni cuándo, ni dónde. Para nunca pensar en un después.

(Imagen de R-Queso, palabras robadas y transformadas de un papel arrojado a la nada.)

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El contestador automático tiene fama de aparato incómodo e impersonal. Es frecuente que sintamos una rabia interna o, al menos, una molestia fundamentada cuando llamamos a alguien y se interpone entre nosotros el contestador. Nuestra reacción frustrada es la de colgar violentamente maldiciendo nuestra mala suerte. Pero creo que el contestador automático puede cumplir una importante función social. Ahora que la crisis aprieta y los psicoterapeutas están tan caros, podemos utilizarlo como interlocutor de nuestras filias y fobias, de nuestras neurosis y carencias afectivas.

El requisito previo es disponer de una tarifa plana para nuestro teléfono. El segundo, armarnos de paciencia. El tercero, aguardar agazapados la suerte. Y así, cuando salga el mensaje pregrabado e impersonal de Movistar marcando un número al azar, aprovecharemos para desencadenar nuestra ira: «Hola, grandísimo hijo de la gran puta. Tengo apuros económicos, no llego a fin de mes y estoy del gobierno y de los políticos hasta los cojones.» Si preparamos con premiditación –y, en este caso, necesaria nocturnidad– el asalto a una multinacional que nos avisa de que el horario de atención al cliente es de nueve de la mañana a diez de la noche, de lunes a sábado, diremos: «Estoy en contra del libre mercado y de la libre circulación de las mercancías. Y Fidel y Corea del Norte, la antigua URSS y Ho-Chi-Ming están en vuestro punto de mira».

Como las voces son los registros del alma, esperaremos la llegada de una voz masculina autoritaria y rígida para dejar, simplemente: «Irás al gimnasio, pero tienes una tripa que parece una mochila. Chulo, más que chulo», o, si somos crueles, «Te quedan menos de tres telediarios». Seguramente, a algunos esto les parecerá una crueldad innecesaria, pero no olvidemos que se trata de una terapia nuestra y contra el mundo, una manera infantil y enrabietada de liberar la adrenalina en un grito desgarrado y sólo mitigado por la línea telefónica, que deformará algo nuestra voz y nuestros sentimientos más ocultos.

Y, otra vez, como las voces son los registros del alma, cuando llegue una voz femenina y aterciopelada, con un regusto de melancolía, nos reconciliaremos con el mundo: «Hola, ¿qué tal estás? Hace mucho tiempo que no sé de ti, que no me llamas. Los otoños enfrían nuestros huesos. No confundas la marcha de la vida con la de las estrellas, porque nunca fueron paralelas. No confíes en la simbiosis, ni en la receta de bizcocho de tu madre, ni en nada que no sea un corazón compungido puesto frente a frente. Recuerda que los días son las alfombras rizadas de unos ríos que no pasaron sin mojarnos tiernamente. Si todavía hay un momento de esplendor en esta delgada vida, es el canto de tu voz. Nos llamamos, si eso».

Frente a todo esto, tenemos otro gran enemigo tecnológico: el identificador de llamadas, que nos puede llevar a la cárcel, al odio, a la ignominia. O a los rincones más sinceros de un corazón al que no conocemos. Todavía.

(Imagen de Susan NYC. Entrada surgida al hilo de Ismael Serrano – Mensaje En El Contestador)

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El viajero ha recordado lo que piensan muchos, que, en las sociedades contemporáneas, hemos cambiado la noción del viaje por la del desplazamiento, medido en horas computables a ritmo constante. Esa visión convierte a los personajes del trayecto en meros traspasadores de provincias, comunidades y fronteras a ritmos vertiginosos. No obstante, este turista no concibe sólo el viaje como destino y es amigo de las horas muertas, rellenas siempre de alguna circunstancia. Le agradan las horas diletantes en las que se empieza sin haber llegado, porque el recorrido es vida, e importa, y conmueve.

Este viajero ha comenzado el viaje contante y sonante con un trayecto en coche hasta Madrid para llegar al aeropuerto. Le gusta llegar con tiempo suficiente a todas partes y ha establecido un margen suficiente en el que los kilómetros no se cuentan como una unidad de longitud sino como una medida de tiempo. Pese a su previsión, el viajero no contaba con la vergonzosa situación del país en el que vive, que pasa por ser de primera y está a la cola de los países con los que ansía codearse: ha sufrido los nervios de encontrarse encarcelado en atascos en una carretera en los que los carriles adelgazaban a ritmo de obras que nunca deberían de coincidir con ciertos meses, con ciertas fechas. Entonces, ha pensado que se puede gozar del viaje como premisa previa que luego puede ser refutada en una conclusión, que es cagarse en la madre de todas las autoridades (in)competentes.

Y, después, ha pensado que su viaje empezaría. Luego. Más tarde. Mucho más tarde.

(Imagen de Luz A. Villa, sobre un deseo de lo que hubiese sido la A-1.)

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Banco

Son las diez y media de la mañana. Teresa está sentada en un banco público, con la mirada entreverada entre el infinito y el deambular de los viandantes por la acera. Teresa ha salido pronto de casa y ha llevado algo de calzado para que lo arregle el zapatero. Pese a vivir desde hace muchos años fuera de su ciudad natal, Teresa es fiel a muchas de las rutinas de su infancia y su juventud. Del mismo modo que sabe que la carne, el pan y la fruta nunca sabrán como en aquellos alegres días de infancia, también es perfectamente consciente de que no existe en el mundo un zapatero mejor que aquel que te arregló los desaguisados de las patadas que empezaste a dar a la vida y a aquellos zapatos a los que hubo que cambiar dos veces de suela. Su madre insistía en que debía de tirarlos, que estaban viejos. Pero Teresa les adornaba de betún para tapar sus costras y los frotaba con la bayeta como si le fuera en ello la vida. Esa restauración la consagraba con la vida, porque las personas empezamos nuestra felicidad por el bienestar de nuestras extremidades y la culminamos con la consciencia de que existen algunos sueños imposibles. Hoy, el zapatero le ha dado a Teresa uno de los mejores regalos que se puede recibir en este loco mundo. Le ha dicho que se fuese a hacer unos recados y que a los veinte minutos volviese a recoger los zapatos. Teresa ha salido del zapatero con la nariz arrugada por el olor fuerte de la cola mezclada con el cuero y con la sensación de que su tiempo, ese tiempo traicionero que nos empecinamos en malgastar en las rutinas, se ha detenido hoy durante veinte minutos. Los mismos veinte minutos en los que Teresa, pensando en sus cosas y ofreciendo al mundo su sonrisa, ha permanecido apaciblemente sentada en un banco, congraciada con el sol y con el aire.

(Imagen de _Teb.)

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