— Verba Volant

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No tengas miedo: el único riesgo es caer dentro de la cordura. Y la única manera de recobrar tu cordura es volverte complemente loco: sabes que los dolores del corazón solo los curan los vendavales, las tormentas. El amor dura todo el tiempo que permanecemos aquí, mirándote sin perder detalle. ¿Es lícito sentirse insípido por tener el descaro de amar? No podemos cerrar los ojos ignorando que se puede quedar atrapado entre el miedo de sentir algo dulce. Y prestar atención a todas las cosas que no son importantes.

Recoger todos esas nimiedades para construir una historia. Para dar mil significados a una sola palabra, para atribuir mil sentidos a un detalle liviano. Todo es para ti, para los días en los que el viento y el frío te hace recogerte en tu bufanda para quedar fuera de la vista y del alcance de todo lo demás.

Y hacer las cosas bien. Pintar las cosas con colores diferentes a los de siempre. Y, sin dejar que se sequen, colgar todas y cada una en un muro para que todos las ignoren.  Sabes que soy capaz de apagar todas las estrellas si eso te hace olvidar un segundo de tu abismo. Te transportaré lejos de todo. Estaré allí cuando te caigas. Estaré ahí cuando asciendas y que cambie la línea del horizonte. Devoto, escucho cada palabras que pronuncias, y miro tus labios por un espejo que me transporta a ese lado desconocido, a ese lado que yo no sospechaba y que se encuentra cercano a la verdad. Mientras tanto, seguimos con la locura como única forma de no volvernos cuerdos.

Fuera de nuestro alcance, se llega al horizonte si extiendes los brazos para mirar por debajo la belleza, para descubrir la perfección debajo de las pequeñas imperfecciones. Mirando dentro. Escalando muros y quitando escalas para contemplar todo lo bello sin pensar en las consecuencias. Esta noche, bajo el aura de los sueños, somos seres imperfectos viviendo nuestro instante de equilibrio.

Después de muchos años mirando, he logrado al fin contemplar el mundo. Brillante bajo los días locos, bajo una ciudad que se mueve bajo el dolor de nuestras almas. Encender el mundo bajo todas las formas conocidas. ¿Permanecerás bajo mi esperanza y bajo mi dolor? La lluvia ha dejado su sonido y, ahora, nosotros gritamos entre todos los silencios para no oír más allá de nuestras voces, entre el resplandor de los charcos. A la luz de la luna.

(Imagen de Ron Sombilon.)

  

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Desde hace seis años, Isabel trabaja como monitora en un centro deportivo. Para Isabel, el gimnasio formaba una parte importante de su vida. Entraba a la sala, se subía a la tarima, contemplaba a todos los asistentes y esbozaba una amplia sonrisa. Isabel sabe que el trabajo desvela una parte importante de su concepción de la vida y, por eso, intentaba hacer llevaderos los momentos más duros de las sesiones. Un comentario acertado, una pequeña maldad, una observación que denota conocimiento… Desde hace unos meses, Isabel se siente algo más perdida. En otras ocasiones, pese a encontrarse mal, pese a estar triste, a Isabel esas horas de contacto directo con el esfuerzo le servían para sobreponerse. Para dar algo más. Para olvidar los sinsabores de todo lo cotidiano.

Ahora, sin embargo, Isabel entre en una sala repleta y se siente vacía. La rutina, que antes le servía para sobreponerse, ahora se le viene encima con todos los pesos. Isabel piensa, ahora, que un día es igual a otro, que una sesión es igual a otra, que el mundo se comprime en sesenta minutos que han de pasar pronto para volver a la realidad. A veces, Isabel se marcha a casa escuchando la música del coche a todo volumen para olvidar. No obstante, no hay ni un solo día en el que sueñe con volver a iluminar la sala con la sonrisa, para que cada día sea único, especial. No hay ningún día en el que no sueñe en volver a comenzar.

 

(Imagen de Michael Kötter. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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La ficción, por muy planificada que esté, tiene sus momentos, sus sorpresas. Hoy voy, muy brevemente, de alguna de estas circunstancias.

La primera tiene que ver con espacios vacíos, momentos en los que la metáfora de un agujero negro es toda una realidad (como todas las metáforas, que no son sino una realidad de nuestros procesos cognitivos). Estuve días y días saltando entre no escribir nada y rellenar borradores de tres líneas que no me llevaban a ninguna parte. Ante esto, solo caben dos opciones: tirar la toalla o esperar sin desesperar. Afortunadamente, hice lo segundo.

La segunda tiene que ver, precisamente, con ese momento de espera. Cuando todo parecía perdido, surge un momento –que surge, naturalmente, cuando estás haciendo otra cosa– y que me ha ayudado a relacionar muchas de las ideas que tenía cogidas por los pelos. Hoy están ya en el proceso de quedar arraigadas en el cuero cabelludo.

La tercera está relacionada con la primera y la segunda. Entre los espacios vacíos y esos saltos cualitativos que se dan por la improvisación pero que son posibles por la perseverancia, una entrevista que me realizaron el viernes –y de la cual daré noticia en su momento– me llevó a una constatación: que no había dejado por escrito aquí ninguna de estos avatares. Y que, en forma de borradores, algunas entradas están empujando para que cuente cosas.

Eso hago. Eso haré. Lo prometo.

(Imagen de Bachmont. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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Diez días sin escribir una entrada. 568 comentarios de spam sin moderar. Dos semanas de incertidumbre. Y, hoy, un día difícil. Punto.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Adolescencia y distancia; recuerdo de futuro con proyectos y de pasados sin ansiedades. Ventanas todavía no empañadas, puertas cerradas sin pestillos. Luz sin estertores. El azar como base para una de las últimas causas, personales e intransferibles. Ojos todavía no fatigados de sostener con la mirada el mundo. El aire matizado por las rendijas de las persianas. Pintarse los labios para enfrentarse al mundo y, sobre todo, para subsanar sus sequedades. Contar historias para no dormir, para quedarse dormido y para reflexionar debajo de las mantas. Comer con la moderación del inane y sobrepasarse con el exceso del compulsivo. Luchar para no quedarse en la cuneta, correr para avanzar despacio, saberse de memoria el trayecto para luego perderse por los quicios de las puertas que no se deben traspasar. Sacarse las espinas de todas las heridas laceradas, utilizar con moderación el yodo y el agua oxigenada. Fumar para intentar ser y beber para ser consciente de olvidar. Acudir a las citas para ver qué pasa. Temer y temblar frente a las sacudidas. Buscar lo que nadie ha encontrado y encontrar lo que no se busca. Estudiar por obligación, para comprender, para claudicar. Leer por pasión y por principios, desde el incio hasta que te pida el cuerpo más. Y la suerte, que no sabemos hacia qué precipicio nos llevará, ni cuándo, ni dónde. Para nunca pensar en un después.

(Imagen de R-Queso, palabras robadas y transformadas de un papel arrojado a la nada.)

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El contestador automático tiene fama de aparato incómodo e impersonal. Es frecuente que sintamos una rabia interna o, al menos, una molestia fundamentada cuando llamamos a alguien y se interpone entre nosotros el contestador. Nuestra reacción frustrada es la de colgar violentamente maldiciendo nuestra mala suerte. Pero creo que el contestador automático puede cumplir una importante función social. Ahora que la crisis aprieta y los psicoterapeutas están tan caros, podemos utilizarlo como interlocutor de nuestras filias y fobias, de nuestras neurosis y carencias afectivas.

El requisito previo es disponer de una tarifa plana para nuestro teléfono. El segundo, armarnos de paciencia. El tercero, aguardar agazapados la suerte. Y así, cuando salga el mensaje pregrabado e impersonal de Movistar marcando un número al azar, aprovecharemos para desencadenar nuestra ira: «Hola, grandísimo hijo de la gran puta. Tengo apuros económicos, no llego a fin de mes y estoy del gobierno y de los políticos hasta los cojones.» Si preparamos con premiditación –y, en este caso, necesaria nocturnidad– el asalto a una multinacional que nos avisa de que el horario de atención al cliente es de nueve de la mañana a diez de la noche, de lunes a sábado, diremos: «Estoy en contra del libre mercado y de la libre circulación de las mercancías. Y Fidel y Corea del Norte, la antigua URSS y Ho-Chi-Ming están en vuestro punto de mira».

Como las voces son los registros del alma, esperaremos la llegada de una voz masculina autoritaria y rígida para dejar, simplemente: «Irás al gimnasio, pero tienes una tripa que parece una mochila. Chulo, más que chulo», o, si somos crueles, «Te quedan menos de tres telediarios». Seguramente, a algunos esto les parecerá una crueldad innecesaria, pero no olvidemos que se trata de una terapia nuestra y contra el mundo, una manera infantil y enrabietada de liberar la adrenalina en un grito desgarrado y sólo mitigado por la línea telefónica, que deformará algo nuestra voz y nuestros sentimientos más ocultos.

Y, otra vez, como las voces son los registros del alma, cuando llegue una voz femenina y aterciopelada, con un regusto de melancolía, nos reconciliaremos con el mundo: «Hola, ¿qué tal estás? Hace mucho tiempo que no sé de ti, que no me llamas. Los otoños enfrían nuestros huesos. No confundas la marcha de la vida con la de las estrellas, porque nunca fueron paralelas. No confíes en la simbiosis, ni en la receta de bizcocho de tu madre, ni en nada que no sea un corazón compungido puesto frente a frente. Recuerda que los días son las alfombras rizadas de unos ríos que no pasaron sin mojarnos tiernamente. Si todavía hay un momento de esplendor en esta delgada vida, es el canto de tu voz. Nos llamamos, si eso».

Frente a todo esto, tenemos otro gran enemigo tecnológico: el identificador de llamadas, que nos puede llevar a la cárcel, al odio, a la ignominia. O a los rincones más sinceros de un corazón al que no conocemos. Todavía.

(Imagen de Susan NYC. Entrada surgida al hilo de Ismael Serrano – Mensaje En El Contestador)

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