— Verba Volant

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Sentido

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

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Se me da mal acotar segmentos, lo reconozco.

Nunca he entendido por qué las líneas aparecen en el mapa delimitan una ciudad, una provincia, un país, un continente, qué se yo. Seguimos una raya para enarbolar banderas que convertimos en sentimientos, en identificaciones de lo que somos y (no sé si) de lo que queremos ser.

Me pasa lo mismo con las manecillas, en trance de desaparición, de esos relojes, que avanzan hasta un límite en el que se nos obliga a cambiar de día, de mes de año para arrancar las hojas, que ya casi no existen, de los calendarios. Seguimos esas hendiduras para marcar un devenir que inestabiliza nuestro presente para que los nostálgicos se queden en el pasado y los que necesitan olvidar confíen su suerte al futuro.

Como se me da mal acotar segmentos, no soy muy de enarbolar banderas ni de añorar el pasado ni de esperar demasiado del futuro. Ni de aspirar a conocer a ciencia cierta cuáles son los límites de las sucesos que los tienen.

Los límites existen, qué duda cabe. Si los estiras demasiado, se rompen. Si los encoges demasiado, se constriñen para no volver a ser lo que eran. Ojalá conociésemos y dominásemos la ductilidad de la resiliencia, ojalá.

Yo lo sé, sí. Asimos la vara de medir espacios, tiempos y personas, es un hecho. Nos sirve, quizás, para situarnos y saber dónde y cuándo estamos. Olvidamos, sin embargo, que nosotros actuamos, aunque sea solamente en pequeña medida, en nuestros espacios y en nuestros tiempos.

Por eso, me niego a confiar en la suerte de que 2021 sea mejor simplemente porque acotamos ese segmento mientras hacemos lo mismo, pensamos lo mismo, sentimos lo mismo. En algo, sin embargo, estamos de acuerdo. Me apunto a delimitar el segmento de 2020 y calificarlo de desgracia suprema, naufragio hacia los abismos. Una puta mierda, por acotarlo en tres palabras.

Imagen de Gatol Fotografía.

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Os voy a hablar de un día inmejorable, pero necesito, antes, un poco de contexto.

El prólogo

Si estuviera ante la angustiosa —imposible— necesidad de elegir a un poeta preferido, escogería a Ángel González. Lo descubrí, en esas casualidades maravillosas que nos ofrece la fortuna, ojeando una antología. Abrí el libro por una página cualquiera y empecé a leer eso de:

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
….

Y mi vida cambió para siempre. Pasé de un poema a otro, me compré la antología de Cátedra de sus poemas y llegué casi de inmediato a Palabra sobre palabra. Tengo un ejemplar firmado «A mi amigo Raúl», que es uno de mis tesoros más queridos, y vuelvo a él siempre porque, para mí, Ángel no desaparece nunca.

Un amanecer desde lo alto

Como ya he dicho hace poco, corro desde el amanecer para alcanzar muy pronto a las alturas bellas de mi ciudad. Y el viernes tocó llegar hasta el Castillo. Atravieso el puente Bessón y, por la calle Barrantes, y, ya siempre en cuesta, llego hasta el arco de Fernán González para empezar el tramo más duro. Hay unas escaleritas muy cortas y al lado una rampa. Elijo la rampa sabiendo que necesitaré de todos los impulsos. Luego arribo a un tramo de tierra en el que la cuesta viene marcada por unos troncos atravesados. Si das la zancada de uno en uno, te quedas corto. Si das la zancada de dos en dos, sabes que tienes que sufrir las consecuencias. Escojo la segunda opción. Apenas unos metros de falso alivio hasta alcanzar el final. Un kilómetro clavado desde mi casa.

Entre todas las inmensas posibilidades, me encamino hacia el Mirador, que ofrece una visión tan maravillosa de la ciudad que me obligo a pararme mucho más por la necesidad de belleza que por la necesidad de descansar.

El Mirador no son las alturas de Vetusta ni la Riesenrad de Viena

Cuando llego hasta el Mirador para contemplar la belleza de la ciudad, no puedo evitar acordarme de don Fermín de Pas, que sube a las alturas de Vetusta para contemplar con ansia depredadora todos los rincones de la ciudad. Tampoco puedo olvidarme de la noria de Viena y de Orson Welles como ese Harry Lime que contempla a los demás como insectos prescindibles. En mi caso, contemplar las alturas supone esa visión de conjunto que se desglosa después a través de los días, los meses, los años que he vivido en Burgos. Me sirve para hacerme partícipe, en su pequeñez, de una ciudad que suelo recorrer a tamaño real todos los días sin apreciar los detalles del conjunto.

Bajando para vivir

Subir es bajar, inevitablemente. Y bajo enredado por todas las callejuelas, todos los enredos y todos los misterios de una ciudad que despierta. Y enfilo el paseo de La Isla para hacer un largo espín de más de cuatrocientos metros de iba. Rodeo el árbol que, al final del paseo, está cerca del puente Malatos. Y hago una larga serie en progresión hasta volver a la rutina.

Disfrutar con gente grande

Por la tarde, tengo la suerte de ir a ver un partido de baloncesto después de meses y meses contemplando el deporte de mis amores por la televisión. Me acuerdo de todas las horas de entrenamiento que hice allí en ese lugar hace tantos años. De muchos de los tiros que fallé, de algún lanzamiento importante que anoté. Mientras veía a esos gigantes, me acordaba de cómo fui iniciándome en este deporte de gente grande siendo yo pequeño, de cómo tuve que aprender a defender y a defenderme, de cómo tuve que cambiar de cometido y de función.

Muy pronto me empecé a olvidar de mí porque el partido fue creciendo junto con esos gigantes de hoy y, después de unas cuantas dolorosas derrotas, lograron llegar al final y pelear y creer en que era posible. Y vencer. Me fui a casa con el intermedio de una caña y una ración de calamares.

Rompiéndome los tímpanos con el techno

Llegué a casa, me puse los auriculares para acabar el día con música techno. «Techno Prank» de Dubdogz.Ouça, «Freaks» de MC Dj K. Y «Scream Shout» de will.i.am & Britney Spears. Subo el volumen hasta que, con el orden rítmico, se ordenan, las ideas, y se mezclan y se reordenan. Y repito con otra versión de «Scream Shout», para percibir cada impulso, cada palabra.

Noche y braquicardia. Ayer y Ángel González

Da igual qué día sea. Cuando avanza la noche y ya todo es ayer, mi corazón entra en reposo. Durante bastantes minutos, entro en esta braquicardia que procede de ser deportista de fondo. El corazón ronda las 36 o 38 pulsaciones pase lo que pase.

Y, al despertar, me acuerdo de ayer. Era sábado, pero me ocurre todos los días de mi vida. Y me mimetizo con el poema:

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Así, siempre es ayer. La fotografía refleja ese momento sublime en el Mirador del Castillo.

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https://flic.kr/p/92RXdm

A mí me encantaría aprender a tocar el piano, es un instrumento que siempre me ha fascinado. Fui al conservatorio con esa ilusión a eso de los doce años, cuando era necesario hacer dos años de solfeo antes de tocar (en los dos sentidos del término) un instrumento.

Eran tiempos, claro, en los que para tocar un piano tenías que tener uno. Aunque no sea lo mismo, ahora existen teclados de precio moderado que sirven para hacer un apaño, pero, por aquel entonces, los pianos tenían un precio prohibitivo. Desde el momento de ingresar en el conservatorio, ya desconfiaba de las promesas de mi madre, que me aseguraba que tendría uno.

Cuando llegó el momento de tener que elegir el instrumento, mi madre me confesó que tendía que elegir otro, que de piano nanay. Y que la guitarra que tenía mi hermana por casa podría servirme. Ahora me doy cuenta de que hubiese podido optar por el violín, un instrumento exquisito que podría haber estado a nuestro alcance, pero cedí. La culpa no la tuvieron ni la profesora que tuve (que no me gustaba nada) ni la guitarra en sí, pero empecé a perder la ilusión por la música y me inclinaba más por ver Con ocho basta y otros programas infames en la televisión que por las semicorcheas y la clave de do.

Y ahora pienso, muchísimo tiempo después, que quizás no sea tarde para cumplir ese pequeño sueño. Y poder tocar el piano o, al menos, intentarlo.

La imagen es de Mischelle.

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Hay momentos en los que soy perfecto.

Estos momentos se producen siempre a primera hora de la mañana en los días que salgo a correr. Son trayectos a veces cortos, otras veces mucho más largos, pero siempre están en subida. Caliento en casa de forma intensa sabiendo lo que me espera. Salgo del portal y aprovecho para tirar el plástico en el contenedor. Miro hacia el reloj, aprieto y comienzo. Si tengo suerte, no tengo que pararme en los semáforos (la experiencia me ha enseñado a desentrañar y descubrir la frecuencia de los colores).

Me pongo a correr siempre con la intención de llevar un ritmo tranquilo y sigo al pie de la letra mis propósitos hasta que llega el momento de subir. Puede ser a través del minitrayecto que va desde mi casa hasta al Castillo Puede ser en el peregrinaje de devoción atlética que me lleva hasta la Cartuja de Miraflores. Puede ocurrir que tome la Cartuja como medio para llegar, atravesando arboledas, hasta Fuentes Blancas y suba para abrazar la tapia del monasterio por su lado opuesto.

En todos esos casos, empieza la cuesta y enciendo el ritmo. Voy pidiendo más y más a todo mi cuerpo, pongo mi corazón a prueba, mi respiración casi no da más de sí, pero no cedo. Alargo la zancada, intento ajustar la técnica, abro más las manos para ganar en impulso. Cuando quedan unos pocos metros, acelero todavía más. Y llego.

En esos momentos, casi siempre me encuentro solo con las primeras luces de la mañana y vislumbro esa mezcla maravillosa de naturaleza y arquitectura. Con la Catedral ofreciéndose, entre la niebla, solo para mí. Con la Cartuja construida solo para que yo la vea y la contemple y la disfrute.

Son momentos en los que sonrío brevemente y en los que soy auténticamente perfecto. Momentos en los que me he merecido cada brillo de luz, cada trozo de nube, cada destello de un sol que aparece tímido, cada copo de nieve que estreno.

Más tarde, toca descender. A veces a un ritmo vertiginoso, otras de forma más calmada. Y, después, todo lo que queda del día voy perdiendo perfecciones, voy cediendo poder en los detalles. A mediodía ya soy una persona normal. Y, cuando toca la hora de dormir, ya soy un pobre hombre intentando conciliar el sueño en medio de todas sus miserias.

A veces, sueño que me despierto y que me pongo a correr y que llega un día que asciendo y asciendo para no bajar jamás.

Esta entrada está ilustrada con fotografías que he sacado en los poquísimos momentos que me detengo para captar el momento y que no se me olvide todo lo que he vivido.

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Tantos presentes cotidianos esperando para descubrir que, al final, el futuro era esto: inquietud, desconfianza, miedo.

Tantos pasados menospreciados pensando que lo mejor esta por venir para constatar que, al final, el futuro era esto.

Ayer paseaba en las horas cercanas al retorno obligado a nuestras casas. Entre los árboles, el río, las nubes y la luna, descubrí que, afortunadamente, el futuro también era esto.

(Fotografía tomada ayer mientras la ciudad anochecía)

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Hace unos días, leía en el blog de un compañero de facultad una reflexión sobre los comienzos de curso: me gusta la magia que se produce cuando lo que muchos —desgraciadamente— conciben como cíclico y repetitivo no es sino una aventura que forma parte de un camino para el descubrimiento y, por lo tanto, para el aprendizaje. Un profesor no puede realizar bien su oficio si habla desde la atalaya de la sabiduría absoluta (¿qué es esa presunta sabiduría?, ¿dónde está?), sino que su labor se afianza en los matices nuevos que da descubriendo en lo podría parecer ya conocido, en la interpretación que se le ocurre que puede ser fruto de un cambio de perspectiva, de una mirada con unos ojos que nunca contemplan el mismo objeto.

No hay enseñanza provechosa sin ese cambio de piel que nos ha de suceder cada vez que volvemos a nuestra tarea. Y, en ese aprendizaje, creo que es esencial el papel de los estudiantes. Una clase, sea virtual o presencial, es una comunión irrepetible entre los profesores y los alumnos. El tema 3 o el texto B podrá ser el mismo (o no), pero una observación atinada, una pregunta a tiempo, una duda manifestada en voz alta, nos sirven para apuntalar el edificio de nuestro conocimiento… o puede que, en algún momento, para derribarlo e intentar construir uno nuevo.

Después de muchos años en este oficio, creo que me aburriría soberanamente si, curso tras curso, mi labor fuese enseñar todo lo que sé. Prefiero seguir aprendiendo para que todo tenga sentido.

Imagen de Jef Safi.

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No importa lo que pase. Si todo va bien, canta y baila. Si las cosas se tuercen, pon música.

Si optas por canciones tristes, te servirá para que esa tristeza supure por tus heridas, para que brote por tu epidermis y se convierta en un acto de contemplación o de redención, un momento de reconciliarse con las cosas bellas. Si optas por canciones alegres, sube aún más el volumen (si puedes, todavía un poco más: los auriculares también valen para no cabrear a todo el barrio). Que tu corazón salga del latido mustio y se vaya acelerando hasta que retumbe.

No quieras ser trascendente, no pretendas ir más allá de tus fuerzas. Sal de los límites y vuelve a las canciones de tu adolescencia o a las canciones que le gustaban a tu madre y que canturreaba a todas horas o a todas aquellas que no pasaron a la historia de la música.

Si echas a alguien de menos, no dudes y elige esas canciones importantes. Extiende como una alfombra toda la lista de los momentos que os unieron, pero apuesta también por otras melodías que supondrán una nueva senda, la senda de vuestro futuro.

No descartes tampoco subirte a los clásicos de los clásicos. Escala todo lo alto que quieras y prueba a mezclarlos en cócteles imposibles.

Pero, por encima de todas las cosas, hay algo que tienes que tener en cuenta. Cuando sientas que el silencio es atronador, no dejes que el momento revierta en afonía. En este caso, huye de la música callada y piensa en algo más parecido a una soledad sonora. Cuando sientas que tu vida pasa por unos instantes de zozobra, pon música.

Entrada escrita en una tarde en la que sonaban The Corrs, Artic Monkeys, Bach, Pretenders, Moby, M-Clan, Coque Malla, Efecto Mariposa, Immaculate Fools, Mikel Erentxun, Indigo Drone, McEnroe, Jovanotti, Fangoria, Kool Hertz, Muse, Rod Stewart, Chopin, Leo Sayer y The Thorns. Y alguna más.

La fotografía es mía, pero no la había colgado —todavía— en ningún sitio.

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En los pocos ratos de piscina de los que estoy disfrutando hasta el momento, me siento plácidamente a leer A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen. Ayer me encontré un pasaje con el que creo que nos sentimos identificados todos los que tenemos pasión por libros desde pequeños:

Cuando era un niño, como apenas tenía unos centavos, dedicaba mucho tiempo a escoger qué libro comprar, y lo placentero que era aquello, mientras que de adulto, como ya podía adquirir muchos libros, esa excitación había desaparecido

Woody Allen, A propósito de nada, Alianza Editorial, p. 131

Cerré los ojos y me transporté a los tiempos en los que, a partir de los ocho o nueve años, invertía todo el dinero que iba sacando entre propinas y tíos generosos para comprarme libros. Un poco más adelante, me acercaba, ya sin mi madre, a recoger a la librería Granado, que estaba cerca del Mercado Sur, los pedidos de tebeos (Mortadelo para mí, El capitán Trueno para mi padre). La librera, Humi, era una señora que me daba mucho miedo. Tenía un carácter arisco que manifestaba sobre todo en la manera de tratar a la dependienta. Me hacía mucha gracia que, cuando ella se daba trabajosamente la vuelta para buscar algo, esta le hacía burla y a mí me guiñaba un ojo y sonreía.

Pese a ese carácter, Humi me trataba bien y llegamos a hacer un pacto nunca escrito y nunca expresado (y del que —creo— nunca se enteró mi madre): yo me llevaba» a cuenta» un libro e iba ahorrando hasta pagárselo. Así, de uno en uno, fui cimentando los principios de una biblioteca que iba creciendo y de la cual me sentía muy orgulloso. Ponía todo mi empeño en gastar poco en todo lo demás para conseguir el siguiente, en una especie de migas de pan que serían los hitos que marcarían mi futuro como lector.

Mi abuela y mi tía, ayudadas por mi padre cuando salía de trabajar, habían regentado durante años una librería en la calle Laín Calvo y tenía, de algún modo, ese gusanillo cobijado en el fenotipo. Yo no viví esa época de vivir entre familia y entre libros, pero sentí que algo llevaba dentro que me impulsaba a ese gozo.

Un poco más adelante, a eso de los catorce, pasé a visitar, cada vez con más frecuencia, la librería de Hijos de Santiago Rodríguez (que también combinaba con encargos en la librería Luz y Vida: mi padre era amigo de Álvaro, el padre de Álvaro, el hijo de Álvaro, que hoy se regenta la librería). La razón era sencilla: era un establecimiento enorme y, a diferencia de la de la familia Granado, esta tenía todos los libros al alcance de la mano. Durante años y años, me pasé horas disfrutando del contacto con los libros, leía pasajes, avanzaba páginas y, sobre todo, me las prometía felices pensando cuál sería mi próxima joya, aquella que haría brillar mis ojos durante unos cuantos días con una prosa llena de aventuras, intrigas y pasajes llenos de belleza.

A medida que fui creciendo, fue aumentando mi abanico de obsesiones en ese delicioso negro sobre blanco. Llegó la poesía, la filosofía y la historia y, ya como universitario, los libros de estudios literarios, de teoría de la literatura y de lingüística. Pese a tener los objetivos mucho más claros, yo seguía paseando con alegría por las librerías para ir descubriendo tesoros escondidos, libros que estaban esperándome, sin que yo lo supiese. Libros que, seguramente, me habían descubierto a mí mucho antes de que yo los descubriese a ellos.

Cada ciudad en la que he pasado algo de mi tiempo se ha llevado parte de mi corazón y de mis ahorros, de los que nunca me ha importando tan poco (tampoco) desprenderme. Creo que la librería Sandoval de Valladolid, la librería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid y un par de librerías de París han sido algunas de las más afortunadas, puesto que los libros técnicos eran considerablemente caros.

La alegría inmensa de comprar un libro para consultarlo o para devorarlo sigue estando presente en mi día a día. Afortunadamente, trabajo con libros y entre libros, aunque en algunas ocasiones ahora las ediciones sean digitales. Sumando todos los volúmenes que tengo distribuidos por aquí o por allá, serán unos diez mil los libros que rondan por mi cabeza. Entre ellos, por supuesto, alguno espera ansioso su turno y empuja su lomo para que destaque entre sus hermanos y sea el elegido para su primer disfrute o para el milagro de la relectura, ese que practico —también, afortunadamente— desde hace años (¡qué estupendo es descubrir que los libros cambian contigo y nunca son iguales a los de la primera vez!).

Y ayer, cuando leía ese pasaje de Woody Allen, pensé que tenía que escribir sobre aquellos días en los que iba contando peseta a peseta lo que me iba a costar llegar al próximo libro, en ese perpetuo caminar, en ese ascenso constante, en el que la cima siempre espera, gozosa, un poco más allá.

La imagen es de Santiago Atienza.

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Esta, indudablemente, es una historia extraña que me ha empujado a salir momentáneamente de mi deliberado silencio.

Parte de un sueño que tuve hace unos días. Era uno de esos sueños plácidos y recurrentes que van merodeando el dormir de manera muy agradable en alguien, como yo, que piensa que no sueña porque no recuerda lo que le acontece cuando pierde la vigilancia sobre sí mismo.

En el sueño, una imagen nítida en blanco y negro de Eugenio y una frase de una canción: «Si te vas, por qué te callas». La canción seguía en mi sueño e iba aportando estrofas sugerentes con una historia triste de amores y fracasos. Lamentablemente, no he conseguido rescatar más que el título y otras imágenes sobre ese vídeo musical y onírico. «Si te vas, por qué te callas» era la manera que tenía Eugenio de rematar cada estrofa. En el sueño, el cantante tiene una voz un poco más grave que la del original, del que os hablaré después. No puedo dar muchos más detalles: está claro que mi cabeza captaba una imagen de Eugenio tocando la guitarra, sentado, en un ligero plano picado, que resaltaba sus facciones y con las sombras matizando hasta los poros. Después, un acompañamiento musical extraño: una persona hacía ruidos fuertes y acompasados con un cartel enorme que hacían de contrapunto a la melodía y le proferían un toque casi violento, de manifestación de la ruptura.

Y no puedo deciros mucho más. Pude rescatar todo esto porque me desperté a las cuatro de la mañana y apunté alguna de las ideas que se iban desvaneciendo de manera rápida. Eugenio es un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual, de grandes y variados talentos, al que considero mi amigo, aunque hace mucho que solo sé de él por las redes sociales. Entre esos talentos, esta el de la música. No solo toca varios instrumentos, sino que le gusta oficiar de luthier y construye cachivaches que suenan luego maravillosamente. Es una delicia ver su Instagram para escuchar esas composiciones.

Tengo muchas cosas que contar de Eugenio, al que pongo, en esta ocasión, con su nombre real, pero no lo voy a hacer, de momento. No obstante, voy a considerar esta entrada como una de las partes egregias de mis Historias de alumnos. Y será una historia de alumnos contando algo del futuro. Porque pido, desde aquí, a Eugenio, que haga realidad mis sueños.

Imagen de Joanna Boj.

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