— Verba Volant

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Sentido

Siempre que me han preguntado —y me he preguntado— cuál es el primer recuerdo que tengo de pequeño, me han venido a la mente dos. Uno, muy íntimo y que nunca digo, es cómo jugaba en la casa de mi infancia en un largo pasillo, arrastrándome primero y corriendo a trompicones después. El segundo, que es el que manifiesto en voy alta, es el del día que el ser humano llegó a la Luna. El hecho en sí lo apoyo, además, con unas palabras de mi padre, que me dijo mientras veíamos la televisión: «Fíjate bien, Raúl, que este es un día que vas a recordar para siempre».

El acontecimiento, en sí, es tan importante y el recuerdo emotivo tan fuerte que siempre me ha parecido digno de mención. Siempre me he sentido, pues, muy orgulloso de que el ser humano llegase a la luna y yo estuviese allí para guardarlo como el primer recuerdo de mi existencia en este mundo, que ya se prolongaba hacia el Universo.

Sin embargo, creo que ha llegado el día de reconocer que mis recuerdos no son tales.

En cuanto al primero e íntimo, el del pasillo, porque es totalmente imposible que pueda recordarme a mí mismo reptando por el pasillo. La clave de mi recuerdo se encuentra en una foto, que he rescatado de un álbum familiar, en la que me encuentro exactamente como mi recuerdo: solo, sentado en mitad del pasillo, con un baby pequeño o un babero grande precioso de felpa que me hizo mi madre (ese sí lo recuerdo porque lo he visto mucho más tarde, lo recuperé en su día). En definitiva, el hecho en sí ocurrió y yo solo me he limitado a encajar esa fotografía en la cadena memorística de mi imaginación.

En cuanto al segundo, digno y memorable, tenía yo 1 178 días cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, lo que supone unos tres años y un poquito que me temo que quizás no sean suficientes para fijar un recuerdo en la memoria. Todo esto aunque vea esas imágenes casi con idolatría y tengan un significado aún más especial para mí. Todo esto aunque reviva las palabras de mi padre para unir todo el amor familiar con ese acontecimiento científico, humano, de primera categoría.

Lo que sí creo a pies juntillas es que yo estuve allí. Creo con fe ciega que mi padre, según me aseguró mil veces, me dijo esas palabras, que acompañan mi vida desde hace tantos años.

En definitiva, la llegada del ser humano a la Luna supuso, para mí, un primer paso como criatura que imagina y recrea, un gran salto para mi humanidad.

(Reflexión muy oportuna hoy, 16 de julio de 2019, día en el que partió la misión Apollo 11 en su viaje hacia la Luna, surgida a partir de la lectura del magnífico libro Nuestra mente nos engaña, de Helena Matute).

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Con días de retraso, hablaré del último libro del reto de siete días en siete libros, pero para eso habrá que esperar hasta el final. Tengo que hablar de más libros, de más cosas.

Hoy he dormido más de ocho horas y el día ha amanecido luminoso. Ayer me desperté a eso de las cuatro y media con la obsesión de que no iba a entrar en el bañador jammer que me había comprado (es un tipo de bañador ajustadísimo —y ajustadísimo es tan literal que se tarda un buen rato en poner, casi centímetro a centímetro—, que llega hasta las rodillas, que comprime los músculos para sacarles el mejor rendimiento y provoca que el agua deslice y ofrezca poca resistencia, dentro de lo posible. Iba a ser el día en el que, por primera vez en mi vida, competiría en un Campeonato de España de natación. Llegamos a Vitoria y, en una piscina preciosa, cumplí uno de los retos que tenía fijados desde los 16 años y del que ya he hablado varias veces. Lo más importante no es que rebajase mi tiempo en el 1500 libres y en los 200 libres, nadados junto a mis compañeros en el relevo 4×200. Fue mucho más gratificante que disfruté muchísimo no solo al finalizar las pruebas, sino durante el tiempo que estaba en la piscina moviendo brazos y piernas. No hay cosa más preciosa que el aire que recoges cuando sacas la cabeza para impulsarte. Un poco más.

Era una manera perfecta de empezar el final de una semana que ha sido criminal, cargada de responsabilidades, llena de trabajos y prácticas. Mientras algunos se acuerdan de las vacaciones de los profesores, yo no logro recordar ni un día de las vacaciones que no haya tenido que sentarme dedicado a mis labores. Volver a la facultad, sin embargo, nunca me resulta traumático: siempre encuentras dificultades, pero también muchos compañeros que te ayudan a superarlas.

Si la piscina me enseña a regular la respiración, a dosificar el aire y a saber mantener un ritmo (¡qué importante es la disciplina, que solamente se logra si se entrena, en el deporte y en la vida!), la ficción me está dando tantos momentos maravillosos que compensan muchos sinsabores.

Iba a hablar del último libro que he leído esta semana (El adversario, de Emmanuel Carrère, que me ha gustado y no me ha gustado a la vez), pero tenía que elegir un libro para acabar con el reto propuesto. Y desfilaban tantos libros como candidatos que a punto he estado de dejar la serie sin un final.

Y me doy cuenta de que no voy a poder de algunos de mis poetas favoritos. Hubiese empezado, sin duda, por Ángel González, mi favorito entre los favoritos. De Góngora, por supuesto. De García Montero y Gil de Biedma, del descubrimiento que me supuso la lectura de Fuera de campo de Pablo García Casado. Y de tantos otros. Y de Cernuda, claro.

Que no figurará Drácula que, es una novela perfecta en todos los sentidos, una obra que siempre está muy por encima de cualquier expectativa. De la conmoción que me supuso la lectura de Frankenstein, en la que no sabía que había ternura, en los sentimientos destilados en las obras de Dickens y de Stevenson, de Twain. Qué injusto resulta resulta saltarse todas esas ficciones. Y las de Galdós y las de Millás, por poner pequeños grandes ejemplos. Me acuerdo ahora del pecado que supone no dedicar unas líneas a las obras de Julio Llamazares.

Me pregunto cómo es posible no hablar de Jardiel Poncela (qué grande como dramaturgo, que deliciosas y desternillantes sus novelas). ¿No dedicaré ni un segundo a las clases en las que llorábamos de risa a las ocho y media de la mañana disfrutando de Miguel Mihura y de los dilemas existenciales del bueno de Augusto?

Hablando de risa, me hubiese parecido indispensable no omitir la novela a la que tengo por más graciosa de todas las que he léido (Terapia, de David Lodge). Hablando de misterio y ficción policíaca, no poder hablar del momento en el que Conan Doyle de Sherlock Holmes se incorporó a mi vida con su obra completa. El disfrute de la crónica hecha literatura en García Márquez o Capote. O esa obra suprema del para mí cada vez más cuestionable Pérez-Reverte que es Territorio Comanche, de la que hablaba Víctor un día. Del día que descubrí a Marta Sanz, de los dos días magníficos que pasé con La invención del amor, de Ovejero. De Rafael Reig y de Miguel Ángel Hernández. Del momento demasiado tardío en el que descubrí a los griegos. Del día que asistí a la representación de El lector por horas. De todas las veces que he redescubierto a Eco en El nombre de la rosa.

Tenía casi decidido que hablaría, como último libro, de Richard Ford, pero luego pensé en Ian McEwan, ese maravilloso Sábado, y lo tuve claro. Luego me acordé de que sería imperdonable no dedicarle ese espacio a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, que tanto supuso para mí. Me vino a la cabeza todo lo que siento con las narraciones de Auster, de lo que me gusta su manera de contar, y, entre todo lo que me gusta de él, me iba a decidir, definitivamente, por Brooklyn Follies. Con ese final que lo resume todo, dios mío.

Y en esas meditaciones y divagaciones estaba cuando empecé a leer por un rebote del destino a una autora que, de manera imperdonable, desconocía. Cayó en mis manos Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Lo empecé sin saber a qué atenerme, fue ganándome como solo lo consiguen las grandes narraciones y lo acabé la semana pasada en la que, para mí, destaca un pasaje esencial:

—Llevan toda la vida en este lugar. Morirán aquí.

—Los envidio por ello —comentó Hema.

—¿De verdad?

—Yo nunca he pertenecido a un lugar de esa manera.

Se refiere a lugares en un libro que trata de personas que nacen en un país y residen en otro, que asimilan parte de algo sin desgajarse de las tradiciones u olvidándose de ellas, de una tierra en la que viven y de la que no proceden, en la que pasan su vida sin un arraigo absoluto. Pero el fragmento, para mí, no se ciñe solamente a territorios geográficos, sino a territorios vitales y existenciales, a mundos personales. Y me conmovió pensar en mí existencia como habitante de esa tierra desacostumbrada que es la vida. Habitante aparente de (casi) un único lugar y con la sensación constante de pertenecer a otros con toda la fuerza que aporta la desubicación, la dislocación. A mí también me da la impresión de que «nunca he pertenecido a un lugar de esa manera».


La imagen es de Marc Surià.

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Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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En una red social, me han propuesto el reto de participar en una cadena para hablar de siete libros en siete días y proponer a otra persona que participe en esta cadena a raíz de cada libro del que hable. ¿Cómo decir que no a un reto como este, cuando leer se encuentra en el centro mismo de mi manera de vivir?

Le he dado alguna vuelta al asunto y me ha parecido adecuado ampliar en una entrada del blog algunos detalles relacionados con el libro que escojo cada día. Entre otras cosas, porque en las redes sociales cada vez soy más conciso y menos participativo. Ahí solo anoto y apunto y aquí daré algo más de extensión y de justificaciones.

Cualquier reto en el que haya que escoger siete libros se anticipa ya como un desafío imposible. En su propia imposibilidad, lo haré factible gracias a ciertas dosis reducción y (también) gracias a alguna trampa, que veréis en su momento.

Pero me resulta muy sencillo escribir el primero de la lista: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Proust llegó a mi vida cuando estudiaba cuarto de Filología Hispánica en Valladolid y se instaló en ella para siempre. Hay un hueco siempre dentro de mí para la Recherche. Aún recuerdo cuando comencé la lectura del libro en la traducción de Alianza, realizada por Pedro Salinas. Quedé inmediatamente enamorado y embelesado por una manera de contar, que era la que a mí más me gustaba de entre todas las posibles. Esa sintaxis alambicada y alargada, ese devaneo con las palabras que no es vacío sino, que en sí mismo, completa un mundo y una manera de enfrentarse a él.

Al año siguiente, allá por mi cumpleaños, recibí un regalo inesperado: se trataba de la obra completa de Proust (como sabéis, es una obra compuesta por siete novelas) en francés. La vida me enseñaría, poco después, muchas cosas sobre tiempos recuperados y tiempos perdidos. Yo no había acabado de leer todavía la obra en español, pero la lectura de la Recherche en francés supuso para mí una conmoción y un obsequio para cada uno de los sentidos hasta llegar al intelecto de una forma vaporosa, oxigenada, perfecta.

La manera de concebir el tiempo y, sobre todo, la manera de integrar el tiempo en la vida real y en nuestro sentido existencial supone uno de los mayores logros de la obra. Esa vida dilatada en mil detalles y matices, que parece perdida para siempre, es recuperada por el sentido y el tiempo de la escritura. Nunca perder el tiempo fue una manera tan estupenda de ganarlo. Nunca perderse en el detalle supuso una manera tan excelsa de encontrarlo.

Me maravilla ahora comprobar que, cuando escribo estas líneas, soy mayor que Proust. El novelista francés murió a los 51 años y, sin embargo, aquí estoy yo, incapaz de perder el tiempo y recuperarlo. Menos mal que lo atrapo de vez en cuando gracias a su prosa.

Hace falta que no vuelvo a Proust leyéndolo de parte a parte. Decididamente, tengo que buscar todo un verano para recuperar el tiempo.

La imagen que ilustra la entrada es la última página del último tomo de la obra. Demuestra de forma muy gráfica que, para hablar del tiempo y de la vida, hay que hacerlo corrigiendo mil y un matices. La vida no admite tachones y añadidos. La escritura, afortunadamente, sí.

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Como creo haber comentado ya en esta serie, queun año (hace muchos ya) un compañero de instituto y yo fuimos de excursión a París con un grupo de alumnos de 2.º de bachillerato. Fue un viaje fantástico, que nació en los dulces momentos en los que se podía viajar a la ciudad francesa desde Burgos en un tren directo nocturno. Te metías en la cama y despertabas en París. También eran los dulces momentos en los que la estación de trenes de mi ciudad estaba en el centro de la ciudad y no en el quinto pino. Ahora los viajes en tren en Burgos, desgraciadamente, se han reducido a la mínima expresión. Cuesta llegar a esa nueva estación, ultramoderna y ultravacía, que ya no es lugar de tránsito hacia un sueño sino lugar de éxodo o de huida.

He visitado tantas veces París que ya me es difícil contar las ocasiones en las que he podido disfrutar de la que fue durante muchos años mi ciudad preferida, sin lugar a dudas (y que ahora tiene, quizás, una competidora de necesaria consideración). Si exceptuamos el maravilloso verano en el que estuve allí recogiendo datos e investigando para la tesis doctoral, siempre he visitado la ciudad con gente nueva. Esto tiene un lado de negativo, el de tener que girar casi siempre sobre los mismos lugares, siempre inexcusables, siempre imprescindibles, pero tiene un ángulo maravilloso: he colaborado también a que muchos ojos nuevos descubriesen esta ciudad.

Con este grupo de alumnos, concebimos el viaje como una oportunidad para aprender, pero también para ganar en autonomía personal. Había alumnos que no se habían desenvuelto nunca por sí mismos en una ciudad grande, y menos en el extranjero, así que todos los días comenzábamos con la misma rutina. Quedábamos en el vestíbulo del hotel y explicábamos brevemente el plan de la jornada. Acto seguido, pasaba a dos personas la guía (esa que un imbécil extravió), cogíamos el plano, les daba algunas explicaciones y les pedía que nos llevasen en metro al lugar desde el que iniciaríamos nuestro recorrido. Todos los días trazábamos un camino que pudiésemos realizar andando, que es la mejor forma de disfrutar de una ciudad. Y esas dos personas nos conducían hasta la estación de metro, nos señalaban las bifurcaciones y los transbordos hasta llegar a nuestro destino.

Ese día, tocaba Nôtre Dame. Nunca he llevado a nadie a conocer la catedral de París para que la contemple desde la explanada en la que se ven de frente las torres. Creo que fue un error urbanístico abrir ese espacio tan grande, que priva al monumento gótico de su necesaria verticalidad. Por eso, ese día, como siempre, bajamos del metro en una estación en la que se llega a Nôtre Dame por un lateral. Y siempre me callo el descubrimiento hasta que el visitante nuevo, que no sabe que la tiene justo al lado, alza la vista y contempla la maravilla. No ven la catedral, sino que la descubren.

Esta ocasión la visita a la catedral era diferente. Como se trataba de un grupo numeroso, madrugamos para poder subir a las torres pronto y no esperar mucho en las largas colas de ascenso al paraíso. Al poco tiempo, se presentó un inconveniente. Esmeralda, una de las alumnas, decía que no subía. «Que no, que no subo allí arriba, que tengo vértigo. Que me dan miedo las alturas. Que no subo». Esmeralda era una chica extraordinaria, siempre con una sonrisa amable en la boca, llena de dulzura. Pero el terror a las alturas la ofuscaba. Estuvimos un buen rato parados fuera de la cola intentando aportar razones, pero hay poco que hacer cuando las razones se chocan con un miedo visceral.

En mi fuero interno, contemplé seriamente la posibilidad de quedarme con ella dando una vuelta por las horizontalidades mientras sus compañeros disfrutaban de las verticalidades, pero una de sus amigas se acercó a Esmeralda, apretó su mano y dijo: «¿Confías en nosotras? Cierra los ojos mientras subimos las escaleras». Esmeralda, tras pensárselo una y dos y tres veces, aceptó de forma tímida y timorata. Escoltada por sus dos compañeras a las que estrechaba las manos con nerviosismo extremo, fue ascendiendo por las escaleras. Yo iba detrás. El camino fue largo, con muchas paradas en escalones que hicieron de campo base en ese ascenso. Esmeralda lloraba y sonreía nerviosa, pero avanzaba gracias a las palabras de ánimo de sus amigas. Cada tropiezo era un centímetro ganado al miedo.

Llegamos al último tramo de la escalera, la llevamos hacia el lugar perfecto. Esmeralda todavía estaba alterada, pero se empezó a calmar. Su amiga Florence le dijo: «Ahora abre los ojos». Y así fue como Esmeralda, gracias a sus amigas, estuvo, por primera vez, más cerca del cielo, con París a sus pies.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Tengo algunos temas pendientes por tratar en este blog. Proceden de mis lecturas recientes, de reflexiones compartidas sobre la memoria y el recuerdo, de mi descubrimiento de la novela gráfica. Algunas canciones, un cuadro.

Pero escribo estas líneas para decir que me voy a tirar a la piscina. He comentado alguna vez que la natación es una de mis pasiones. Sin haber nadado de pequeño, habiendo aprendido solo y de mala manera y sin una sola clase, llegué hace años a un club de natación donde he mejorado mucho. Gracias a unos entrenadores excelentes, a unos compañeros inmejorables que siempre te animan, y también, por qué no decirlo, a mi fuerza de voluntad, he ido haciendo progresos. Y he ido cumpliendo sueños: mi primera competición, mis primeros 100 metros estilos, mis primeros 50 mariposa… mi nefasto y reciente 200 libres. He nadado cuatro veces una travesía de casi 3000 metros entre Guetaria y Zarauz.

Desde hace unas cuantas semanas, me preparaba para competir en un trofeo de fondo preparatorio para el campeonato de España. La ilusión de las ilusiones, la emoción más emocionante es para mí nadar en una competición los 1500 libres. Lo expliqué hace tiempo y no voy a repetirlo más que de forma resumida: cuando era adolescente, me quedé pegado a la televisión viendo al gran nadador, entonces soviético, Vladimir Salnikov pulverizando récords. Estaba en una fiesta en casa de un amigo y dejé la música y la juerga por disfrutar en la televisión del salón de este magnífico espectáculo. Durante mis largos devaneos en la piscina, siempre soñaba con Salnikov y pensaba, claro, que nunca podría llegar a lanzarme a una piscina para nadar los 1500.

Se puso a la vista el Campeonato de España de fondo de natación máster y me pregunté a mí mismo: «¿Y si lo intento?». Pregunté a algunos compañeros que me animaron: «Claro, ¿por qué no lo vas a intentar». Me puse en las manos de una de mis compañeras y entrenadoras, que me delineó el plan de entrenamiento perfecto para el torneo preparatorio. Y complementé toda mi actividad física incrementándola con los entrenamientos en la piscina. Todo iba bien, hasta que mi cabeza se bloqueó. Me empecé a obsesionar, me entró el miedo, llegaron los desvelos y muchas horas en blanco por la noche, un ataque de ansiedad a la mañana siguiente. Y dije que lo dejaba, que me plantaba. Por primera vez en mi vida, iba a abandonar un objetivo deportivo antes de intentarlo. Pero estaba metiéndome demasiada presión e iba a explotar.

Escribí a dos de mis compañeros y se lo dije. Me mandaron sendos mensajes que me emocionaron. Pusieron las cosas en su sitio, en el contexto adecuado. Rebatían todos mis miedos y mis sentimientos negativos con palabras de ánimo y diciéndome, sencillamente, que disfrutase, que no pensase en una marca concreta. Que me tirase a la piscina por el mero placer de nadar.

Y, gracias a ellos, he decidido que me voy a tirar a la piscina. Y, en efecto, voy a intentar este reto con el objetivo más ambicioso: disfrutar haciéndolo lo mejor posible. Me subiré al poyete y, cuando escuche la señal sonora, me lanzaré al agua. Os puedo asegurar que, desde el principio y en cada uno de los 60 largos, me acordaré de de Vladimir Salnikov. Seremos hermanos gemelos con décadas de distancia, él en una piscina de 50 metros y yo en una piscina de 25. Y no sonreiré porque se me llenaría la boca de agua.

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La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

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Recuerdo la primera vez que entré en la clase de segundo de BUP que mis compañeros calificaban de maldita. «Son unos cabrones», decía uno de mis compañeros. «Te hacen la vida imposible, no hay quien los soporte», decía otra profesora. «Van a mala leche. Joder, qué pesados», decía el de más allá.

A mí lo que me ocurrió cuando entré en esa clase por primera vez es que me invadió la luz que entraba por sus ventanas. No sé explicarlo muy bien, pero otras clases, además de ser algo más oscuras, tenían una luz más amarillenta y mortecina, pese a todas las luces fluorescentes del techo de sus universos. Esta no, era una luz que irradiaba luz y nada más. Nada la filtraba, nada la absorbía. Nunca había dado clase en esa aula hasta entonces.

Ahora cada cual pensará: «Ya está aquí está el enrollado. Sus compañeros dicen que esta clase está llena de ángulos y dificultades y él está contento». Sí y no. Es que, de verdad, cuando entré, tuve unos segundos en los que no fijé en los alumnos, lo reconozco. Entré por la puerta, fui avanzando hacia la mesa del profesor, dejé los bártulos encima, me di la vuelta y sentí esa luz tan especial. Tan espacial. Luego los vi, claro. Aunque tengo dificultades para mirarlos en su conjunto ahora. De hecho, solo recuerdo cuatro caras. Muy reconocibles, eso sí.

En las semanas que llevo escribiendo estas historias de alumnos la casualidad ha hecho que me haya encontrado dos veces a Mauricio. Para mis compañeros desesperados, Mauricio era el estandarte de todas las rebeliones. Al que tildaban de gamberro y diletante por naturaleza, no era más que un adolescente con un fondo generoso. Le gustaba dejarse ver y hacerse oír, eso sí. La última vez coincidimos en los vestuarios de una piscina municipal. Charlamos un ratito. Tiene un hablar profundo y pausado, es una persona encantadora.

Luego estaba Garcés. A ese sí que algunos profesores le tenían miedo de verdad. Era delgadito y, si hiciésemos caso de esas clasificaciones aquellas de los biotipos, correspondía claramente al ectomorfo. «Es un insolente» decía una». «Ya puedes tener cuidado con él», decía otro. «Y mira que es listo. Todo lo que tiene de listo lo tiene de cabrón», decía aquel. Lo cierto es que Garcés necesita de una entrada exclusiva. Era un chico guapete, que tardó unas semanas en cambiar la forma de mirar, de mirarme. Empezaba mirando de través, algo que siempre he considerado inquietante y peligroso, pero hablé con él varias veces en privado y tengo que contar parte de la última conversación que mantuvimos. Lo dejo para otro día.

Y, a mi derecha, se encontraba Elisa. Suelo destacar en los alumnos la sonrisa, pero no era lo primero que llamaba la atención en ella. De hecho, Elisa tenía una sonrisa franca y ponderada. No necesitaba elevar mucho la comisura de los labios para esbozar lo que sentía. Pero no era la sonrisa lo que sobresalía. Lo que destacaba en Elisa eran sus ojos. Eran unos ojos preciosos, profundos. Era una mirada que transmitía tranquilidad y serenidad. Solo muy al fondo se adivinaba un esbozo de las inquietudes que jugaban en su cabeza.

Sin embargo, esta descripción de Elisa no pude completarla hasta semanas más tarde, cuando le tocó hacer el papel de Celestina durante la lectura de varios fragmentos de la obra. Lo primero que me llamó la atención fue una voz preciosa, llena de modulaciones y matices. Después, llegó la interpretación. Cuando las lecturas en voz alta en clase de Literatura solían ser más bien timoratas (me costaba dios y ayuda que se desatasen), Elisa se marcó una interpretación magistral. No era impostura ni afectación ni chulería. La lectura perfecta le salía directamente de las entrañas. Yo no recuerdo lo que dije, pero sí lo que sentí: la admiración manifiesta de alguien que tiene un futuro seguro como actriz.

Obviamente, salió el tema de su vocación. No recuerdo si fue ese día u otro o el siguiente. Ella me dijo que quería ingresar en la escuela de teatro, pero que sus padres preferían que se centrase en los estudios. Elisa era una estudiante magnífica y estoy totalmente seguro de que hubiese podido compaginar a las mil maravillas todo lo que se le pusiera por delante. No sé cómo lo vio ella y cómo lo contempla ahora desde la distancia, pero creo que se sintió mutilada en uno de sus mayores talentos.

En los años siguientes, no tuve contacto directo con Elisa. No recuerdo si inicialmente iba a estudiar Enfermería, pero creo que se marchó a estudiar a Madrid algo relacionado con las Ciencias de la Salud. Biología, creo.

Bastantes años más tarde, viendo en la tele un programa dedicado a españoles que viven en Copenhague, veo que dedican unos minutos a una cafetería-librería preciosa dedicada a la literatura hispánica. Y veo a Elisa, es la encargada (o la propietaria, no recuerdo) del local. Tiene el pelo más corto, sigue con esa sonrisa apenas esbozada y enigmática. Y esos ojos que traspasan la pantalla. Anduve trasteando por internet para encontrar el contacto de correo electrónico de la librería. Todavía conservo el correo que le mandé y su respuesta. Una beca Erasmus la llevó hacia el norte y todas sus inquietudes por las letras tuvieron allí su desarrollo. Allí se quedó y allí vive. Veo que la librería, el contacto y la difusión por la literatura y la cultura en español le devuelven esa pasión por la palabra. Y contemplo con mucha alegría esos giros perfectos que, a veces la biología devuelve en forma de rizomas. Porque Elisa era mirada y letra y palabra.

Veo ahora una foto de la librería en Copenhague y contemplo la misma luz, aquella con la que me olvidé de todo la primera vez que entré en esa clase.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen está sacada de aquí.

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