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Helena siente la vida a través de las pantallas y de las ficciones

Helena ha encendido la televisión, se ha desplazado por el menú de HBO y se ha inyectado en vena los tres últimos capítulos de la serie basada en el libro de Elena Ferrante. Ha seguido con pasión las peripecias de Elena y Raffaella. Ponerse delante de la pantalla no solamente se limita vivir toda esta historia, que le resulta apasionante, sino una manera de escribir, ella misma, con el poder de las imágenes las palabras que habitan en el corazón. A Helena le gusta compartir el nombre con Elena Greco y con ese misterio que ronda tras el seudónimo de Elena Ferrante. Y le gusta todavía que el suyo tenga una letra más, aunque sea muda. Desde luego, no es insignificante.

Son las siete y media de la tarde de un martes. Helena tiene una montaña de trabajo pendiente. Tareas y tareas acumuladas en esa trampa interminable de un trabajo que es presencial y virtual y eterno. Su casa es una extensión ya pública de lo privado, su cámara y el micro un hábito. Helena disfraza su hábitat con un fondo de pantalla luminoso, blanco, elegante, con un toque provisional. Entra ahora en una reunión de las que antes se programaba solamente por las mañanas y ahora brota a cualquier hora. Le han prometido que será corta. Se pone un jersey rojo con manga francesa que le aporta contraste con el fondo blanco y seguridad.

Helena intenta estar atenta, pero se distrae con facilidad. Ahora mismo, se fija en la manera compulsiva de mover la cabeza de Raquel, su compañera de proyecto. Antes ha intentado averiguar el simbolismo del cuadro de David, la persona encargada de las redes sociales. Helena siente envidia de los que están mirándola a ella porque miran a la cámara. Ella es incapaz de fijar sus ojos en ese pequeño agujerito y siempre tiene la mirada un poco más abajo, en el vaivén de la existencia de los demás, que le interesa poco, pero que hace que la espera hacia el final sea más amena.

La reunión, en efecto, ha acabado pronto. Después de treinta y cinco minutos de objetivos, proyectos y balances, Helena se refugia en un libro. Durante las vacaciones, su vida ha sido la de Pablo y Raluca en La buena suerte. La de Elvira Lindo con el corazón abierto hacia la historia familiar que es, de algún modo, la historia que rastrea el pasado de todos. La escapada de Nat a una vida en el campo que no es una huida, sino una aproximación en Un amor. El paseo por los infiernos Delparaíso y los misterios del antes y del después de las existencias que son explosiones en las que, a veces, desaparece todo menos uno —una misma, siente Helena—, como en Rewind.

Víctima de la ficción de la serie de HBO, Helena se sienta en el sofá blanco inmaculado, como el fondo del escritorio virtual. Solamente los visitantes más observadores notarán una mancha fruto de una merienda familiar apresurada. Ahora apresa con sus manos La vida mentirosa de los adultos para sentir la adolescencia en las carnes de Giovanna y conocer cuáles son los límites del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos, que vuelve después de más de un año. La imagen es un detalle de la portada de la última novela de Elena Ferrante.

Acelerando. Parando. Y es primavera en tu ciudad

El sábado ha ido avanzando y has ido serpenteando por un desayuno temprano, una película intermedia y una vuelta a un sueño irremediablemente ligero. Respiras con las páginas de Los chicos de la Nickel al que acompañas con un poquito de Wagner. Con cierta desgana, te levantas y te diriges a la cocina. Coges una cebolla, dos dientes de ajo, dos zanahorias medianas y un puerro que está en su última oportunidad. Los pones a fuego muy liviano con una gota de aceite mientras intentas acelerar como puedes la cocción de unos garbanzos que quieres incorporar al caldo. Marcas un poco de carne de morcillo y echas un chorrito de vino blanco. Cada cosa por separado y preparando el momento de ensamblar. Será una sopa.

Sales de casa y coges el coche porque no te queda otro remedio. Te diriges a una gran tienda de deportes. Compras una cámara nueva para la bici, un líquido para que los pinchazos no te dejen tirado y no evitas el impulso de elegir una camiseta para correr que se incorpore a esas prendas con las que cobras la libertad a cambio de un poquito de frío, de un poquito de viendo.

Llegas a casa. Acabas de preparar la comida apuntalando un poco de leche frita en el horno. 

El inicio de la tarde se diluye en un ensueño sin saber muy bien lo que dura ni para qué te ha servido. Lees la prensa. Recuperas los suplementos de libros y lees un par de críticas. Apuntas dos títulos. En las redes sociales, ves que Lucía y Cristina han sacado un libro de esas cosas a las que te dedicas. Tiene tan buena pinta que estás deseando pedirlo y que llegue muy pronto. 

Sigues una película en el iPad, pero te niegas a seguir. Es tan previsible, tan poco inquietante que te dan ganas de recuperar esos minutos preciosos que has invertido. No comprendes por qué te has empecinado en mantener la televisión de fondo mientras tanto. La apagas enfadado, aunque era un pecado del que solo tú eras culpable.

Rescatas un programa de Página Dos que tenías pendiente y apuntas otras dos ideas. Vuelves con Los chicos de la Nickel. Te queda poco menos de la mitad. Vas al ordenador y, aunque miras el correo y un par de mensajes en el foro, dices que hoy no, que lo sientes, que tienes que parar.

Miras por la ventana. La abres y notas que hace mucho frío fuera. Es primavera en Burgos.

Ahora piensas que tendrías que escribir un poco, que lo tienes muy abandonado y te regocijas porque estás escuchando Pandora’s Box. De Orchestral Manoeuvres In The Dark.

La imagen es de Parg.

Historias de alumnos – Felices 37, Nerea

Historias de alumnos es una de las secciones que más quiero en este blog y una de la que más me inquietan. Tengo tantos alumnos y alumnas por incorporar, tantas cosas que contar, tantos detalles entreverados que insinuar, que, al final, es una sección que tengo siempre en la cabeza y que no llevo a estos papeles volantes.

Sé a ciencia cierta que algunos están esperando su «historia» porque he hablado con ellos, se la he prometido, pero tengo dos que van a ir por delante. Se trata de historias de alumnos de los que ya he contado, de los que ya he hablado.

Y hoy va dedicada a Nerea, de la que dije esto hace dos años (no seáis perezosos y dedicad unos minutos a su historia inicial):

Como adivináis en el título de la entrada de hoy, Nerea cumplió el otro día 37 años. La resta que tengo que hacer para calcular el momento en el que la conocí es cruel porque delata que soy ya mucho más viejo, pero también satisfactoria porque los años han pasado y sigo sabiendo mucho de su vida. Podría haberle mandado un escueto mensaje para felicitarla, pero he preferido hacer —hoy— esto.

En el fondo, la historia de hoy no la cuento yo. Si leéis la entrada que le dediqué, os podéis hacer una idea del aprecio que siento por ella. En el fondo, hoy quiero hablar un poco de ella a través de las historias que nos cuenta.

Muy frecuentemente, Nerea escribe en sus redes sociales. Yo la leo siempre con mucho interés porque me gusta mucho cómo cuenta las cosas. Nos va desvelando pequeños secretos, intimidades, anécdotas, anhelos y fracasos. Destacan especialmente los momentos en los que nos cuenta sus viajes.

Cuando leo a Nerea, siento un pequeño pozo de tristeza por lo que afecta a los sueños no cumplidos, pero también un gusto por la manera en la que ha sabido afrontar su vida. Y, por encima de todo, me quedo con esas lecciones positivas con las que interpreta su presente a partir de su pasado.

Sé que Nerea se lamenta por lo que no ha podido ser y suceder. Pero la veo en las fotos que cuelga de su familia, de sus amigos, del trabajo, las imágenes de esos lugares soñados a los que ha viajado y es fácil adivinar que Nerea es una persona valiente que sabe enfrentarse al día a día. Nunca hay que olvidar el pasado, pero siempre es deseable recorrerlo con los ojos nublados de futuro y proyectarlos luego a un presente al que, si se le pasa lista, cumple de sobras con los objetivos.

Ella no lo sabe (o no sé si lo sabe, la verdad), pero su manera de contar es precisamente eso: un repaso por los dolores, una base de sueños cumplidos y una mirada que siempre se proyecta en el horizonte. Todos somos conscientes de que, mirando al cielo, al mar, a la naturaleza, a una calle, a un edificio, o elevando la vista hacia un rascacielos, esa mirada es, también, una introspección sobre los rincones de nuestra vida, aquellos que nos han habitado y aquellos en los que viviremos. Leer lo que nos cuenta Nerea es tener la sensación de que es una persona en reflexión tensa y serena a la vez, pero siempre perpetua. Leer a Nerea, a veces, es ponerse triste para, de manera casi inmediata, sentir un halo de esperanza. Su manera de escribir, en el fondo, es como su manera de sonreír, siempre sugiriendo, siempre guardándose algo en la recámara.

Yo sé que Nerea me tiene aprecio, que considera valiosos los momentos en los que nos pudimos detener en clase haciendo de la reflexión y la lectura un momento para aprender, pero también para disfrutar. Lo que no sabe Nerea es que yo no tengo ningún mérito, que soy un impostor. Si algún pequeña minucia positiva he tenido como profesor, ha surgido de los momentos en los que me he limitado a ser un espejo. El espejo en el que ellos aprendieron a verse. A proyectarse.

Y así me encuentro hoy, muy feliz por seguir disfrutando de la vida de Nerea en imágenes y en palabras. Ella también ha aprendido en desdoblarse en espejos multicolores para que, con sus ventanas de ficción, nosotros sigamos viviendo nuestras vidas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto se la he robado a Nerea.

La falta que nos hacemos (Una historia de amor, una carpeta, dos canciones y una frase)

Entraba el otro día en la facultad cuando, en un pasillo lateral que comunica con otro edificio, vi a una chica y a un chico sentados en un poyete que recorre todo ese pasillo. Ella tenía una carpeta clasificadora abierta y le estaba enseñando algo al chico. Reían y hablaban, hablaban y reían. Tuve una sensación de envidia sana viendo a esa pareja (tenían toda la pinta de serlo, por su complicidad y su cercanía) con toda la vida por delante. 

Subí al despacho y, como tenía en una reunión en otra dependencia de la universidad, volví a salir y pasaba por la entrada cuando vi que en el poyete estaba esa carpeta, una botella de agua y un vaso de café de plástico. No vi a la pareja por los alrededores, así que cogí la carpeta para entregarla en conserjería. Era una típica carpeta adolescente, forrada con un papel de color vivo, con un par de fotografías pegadas con dos títulos de canciones y el logotipo de Spotify. Pero lo que más me llamó la atención es una banda de texto escrita con una caligrafía exquisita que decía: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Justo cuando llegaba a entregar la carpeta, llegaron los dos corriendo. «Creo que os habéis dejado esto», dije mientras se la daba. «Uy, sí, gracias. Tengo todos los apuntes del examen, menos mal», dijo la chica. Se dirigió al chico y dijo: «¿Ves las que me lías. Tonto?». Por el tono y lo que se adivinaba por debajo de la fortaleza de una mascarilla FFP2, estaba sonriendo. «¡Gracias!!, me dijo también como despedida mientras se alejaban dando un pequeño empujón al chico, al que él contestó removiendo un pelo castaño oscuro que se iba convirtiendo en todos más claros, casi rubio, por las puntas.

Y la historia acabó ahí, mientras ellos atravesaban la puerta más cercana y yo me dirigía, al lado del jardincillo, hacia la otra salida. Mientras iba andando, busqué en el móvil el título de esas dos canciones. Una era «Perdona (Ahora sí que sí)», de Carolina Durante y la otra «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea. Y me imaginé una historia:

Clara y Rodrigo son dos estudiantes de Enfermería. Se conocieron en un grupo de prácticas y, poco a poco, fueron conociéndose un poco más. Disfrutaban de todas las cosas en común y percibían cada vez con más valor las cosas en las que discrepaban, que les ayudaban a ser mejores, más completos gracias a esa perspectiva complementaria.

Rodrigo y Clara pasan tiempo juntos, pero, no enlazan todos los minutos, las horas y los días que les gustaría. Cuando llega el fin de semana, Rodrigo envía wasaps a Clara, que aparecen como no leídos o son contestados con bastante retraso por ella. Rodrigo sufre, se pregunta por qué todos esos eternos intervalos en los que no tiene noticias de ella. Y no le dice nada a Clara porque no quiere ser pesado e invasivo. Hace quince días, un viernes, le envió a Clara el enlace a la canción que el grupo Carolina Durante canta junto a Amaya, «Pido perdón (Ahora sí que sí)», que empieza: «Se me olvida que no me quieres / Sobre todo cuando es viernes / No respondes mis mensajes / No merezco tu atención». Y acompaña el enlace con un lacónico «Así eres».

Clara, que había escuchado la canción, que conocía por Paquita Salas, sonrió y respondió a los pocos minutos con tres emojis carcajeantes y este texto: «Pero qué mal concepto tienes…Yo creo que es más algo así». Y un enlace a «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea, de la que Rodrigo entresacó: «Nos conocemos hace algunos años ya / Somos de esos a los que apenas cuesta hablar / Y, sin embargo,hemos pasado / Muy poco tiempo junto al mar / O disfrutando de una copa en cualquier bar. / No quiero perderte / Acuérdate un poco de mí / Sabes que siempre estaré ahí / Y no dejes de sonreír / Y, por favor, confía en mí».

Rodrigo, como Clara, sonrió de manera cómplice. Escribió «Eso es muyyyyy bonito» y lo acompañó con el emoji de la carita que tiene corazones en vez de ojos.

Pasó el resto del viernes y todo el sábado y el domingo por la mañana y parte de la tarde del domingo. Y, cuando ya era de noche y el día se agota de aburrimiento, de nostalgia y de pereza, Rodrigo recibe otro wasap de Clara: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Y esta es la invención de una historia de amor entre Clara y Rodrigo, entre Rodrigo Clara, entresacada de una carpeta clasificadora olvidada en un poyete. A la entrada de mi facultad.

La imagen es de Danilo Urbina. Pese al apellido, no tiene nada que ver conmigo.


Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

Acotar segmentos. Aunque, sin embargo, en algo estemos de acuerdo

Se me da mal acotar segmentos, lo reconozco.

Nunca he entendido por qué las líneas aparecen en el mapa delimitan una ciudad, una provincia, un país, un continente, qué se yo. Seguimos una raya para enarbolar banderas que convertimos en sentimientos, en identificaciones de lo que somos y (no sé si) de lo que queremos ser.

Me pasa lo mismo con las manecillas, en trance de desaparición, de esos relojes, que avanzan hasta un límite en el que se nos obliga a cambiar de día, de mes de año para arrancar las hojas, que ya casi no existen, de los calendarios. Seguimos esas hendiduras para marcar un devenir que inestabiliza nuestro presente para que los nostálgicos se queden en el pasado y los que necesitan olvidar confíen su suerte al futuro.

Como se me da mal acotar segmentos, no soy muy de enarbolar banderas ni de añorar el pasado ni de esperar demasiado del futuro. Ni de aspirar a conocer a ciencia cierta cuáles son los límites de las sucesos que los tienen.

Los límites existen, qué duda cabe. Si los estiras demasiado, se rompen. Si los encoges demasiado, se constriñen para no volver a ser lo que eran. Ojalá conociésemos y dominásemos la ductilidad de la resiliencia, ojalá.

Yo lo sé, sí. Asimos la vara de medir espacios, tiempos y personas, es un hecho. Nos sirve, quizás, para situarnos y saber dónde y cuándo estamos. Olvidamos, sin embargo, que nosotros actuamos, aunque sea solamente en pequeña medida, en nuestros espacios y en nuestros tiempos.

Por eso, me niego a confiar en la suerte de que 2021 sea mejor simplemente porque acotamos ese segmento mientras hacemos lo mismo, pensamos lo mismo, sentimos lo mismo. En algo, sin embargo, estamos de acuerdo. Me apunto a delimitar el segmento de 2020 y calificarlo de desgracia suprema, naufragio hacia los abismos. Una puta mierda, por acotarlo en tres palabras.

Imagen de Gatol Fotografía.

Un ayer inmejorable con Ángel González

Os voy a hablar de un día inmejorable, pero necesito, antes, un poco de contexto.

El prólogo

Si estuviera ante la angustiosa —imposible— necesidad de elegir a un poeta preferido, escogería a Ángel González. Lo descubrí, en esas casualidades maravillosas que nos ofrece la fortuna, ojeando una antología. Abrí el libro por una página cualquiera y empecé a leer eso de:

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
….

Y mi vida cambió para siempre. Pasé de un poema a otro, me compré la antología de Cátedra de sus poemas y llegué casi de inmediato a Palabra sobre palabra. Tengo un ejemplar firmado «A mi amigo Raúl», que es uno de mis tesoros más queridos, y vuelvo a él siempre porque, para mí, Ángel no desaparece nunca.

Un amanecer desde lo alto

Como ya he dicho hace poco, corro desde el amanecer para alcanzar muy pronto a las alturas bellas de mi ciudad. Y el viernes tocó llegar hasta el Castillo. Atravieso el puente Bessón y, por la calle Barrantes, y, ya siempre en cuesta, llego hasta el arco de Fernán González para empezar el tramo más duro. Hay unas escaleritas muy cortas y al lado una rampa. Elijo la rampa sabiendo que necesitaré de todos los impulsos. Luego arribo a un tramo de tierra en el que la cuesta viene marcada por unos troncos atravesados. Si das la zancada de uno en uno, te quedas corto. Si das la zancada de dos en dos, sabes que tienes que sufrir las consecuencias. Escojo la segunda opción. Apenas unos metros de falso alivio hasta alcanzar el final. Un kilómetro clavado desde mi casa.

Entre todas las inmensas posibilidades, me encamino hacia el Mirador, que ofrece una visión tan maravillosa de la ciudad que me obligo a pararme mucho más por la necesidad de belleza que por la necesidad de descansar.

El Mirador no son las alturas de Vetusta ni la Riesenrad de Viena

Cuando llego hasta el Mirador para contemplar la belleza de la ciudad, no puedo evitar acordarme de don Fermín de Pas, que sube a las alturas de Vetusta para contemplar con ansia depredadora todos los rincones de la ciudad. Tampoco puedo olvidarme de la noria de Viena y de Orson Welles como ese Harry Lime que contempla a los demás como insectos prescindibles. En mi caso, contemplar las alturas supone esa visión de conjunto que se desglosa después a través de los días, los meses, los años que he vivido en Burgos. Me sirve para hacerme partícipe, en su pequeñez, de una ciudad que suelo recorrer a tamaño real todos los días sin apreciar los detalles del conjunto.

Bajando para vivir

Subir es bajar, inevitablemente. Y bajo enredado por todas las callejuelas, todos los enredos y todos los misterios de una ciudad que despierta. Y enfilo el paseo de La Isla para hacer un largo espín de más de cuatrocientos metros de iba. Rodeo el árbol que, al final del paseo, está cerca del puente Malatos. Y hago una larga serie en progresión hasta volver a la rutina.

Disfrutar con gente grande

Por la tarde, tengo la suerte de ir a ver un partido de baloncesto después de meses y meses contemplando el deporte de mis amores por la televisión. Me acuerdo de todas las horas de entrenamiento que hice allí en ese lugar hace tantos años. De muchos de los tiros que fallé, de algún lanzamiento importante que anoté. Mientras veía a esos gigantes, me acordaba de cómo fui iniciándome en este deporte de gente grande siendo yo pequeño, de cómo tuve que aprender a defender y a defenderme, de cómo tuve que cambiar de cometido y de función.

Muy pronto me empecé a olvidar de mí porque el partido fue creciendo junto con esos gigantes de hoy y, después de unas cuantas dolorosas derrotas, lograron llegar al final y pelear y creer en que era posible. Y vencer. Me fui a casa con el intermedio de una caña y una ración de calamares.

Rompiéndome los tímpanos con el techno

Llegué a casa, me puse los auriculares para acabar el día con música techno. «Techno Prank» de Dubdogz.Ouça, «Freaks» de MC Dj K. Y «Scream Shout» de will.i.am & Britney Spears. Subo el volumen hasta que, con el orden rítmico, se ordenan, las ideas, y se mezclan y se reordenan. Y repito con otra versión de «Scream Shout», para percibir cada impulso, cada palabra.

Noche y braquicardia. Ayer y Ángel González

Da igual qué día sea. Cuando avanza la noche y ya todo es ayer, mi corazón entra en reposo. Durante bastantes minutos, entro en esta braquicardia que procede de ser deportista de fondo. El corazón ronda las 36 o 38 pulsaciones pase lo que pase.

Y, al despertar, me acuerdo de ayer. Era sábado, pero me ocurre todos los días de mi vida. Y me mimetizo con el poema:

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Así, siempre es ayer. La fotografía refleja ese momento sublime en el Mirador del Castillo.

Tocar el piano

https://flic.kr/p/92RXdm

A mí me encantaría aprender a tocar el piano, es un instrumento que siempre me ha fascinado. Fui al conservatorio con esa ilusión a eso de los doce años, cuando era necesario hacer dos años de solfeo antes de tocar (en los dos sentidos del término) un instrumento.

Eran tiempos, claro, en los que para tocar un piano tenías que tener uno. Aunque no sea lo mismo, ahora existen teclados de precio moderado que sirven para hacer un apaño, pero, por aquel entonces, los pianos tenían un precio prohibitivo. Desde el momento de ingresar en el conservatorio, ya desconfiaba de las promesas de mi madre, que me aseguraba que tendría uno.

Cuando llegó el momento de tener que elegir el instrumento, mi madre me confesó que tendía que elegir otro, que de piano nanay. Y que la guitarra que tenía mi hermana por casa podría servirme. Ahora me doy cuenta de que hubiese podido optar por el violín, un instrumento exquisito que podría haber estado a nuestro alcance, pero cedí. La culpa no la tuvieron ni la profesora que tuve (que no me gustaba nada) ni la guitarra en sí, pero empecé a perder la ilusión por la música y me inclinaba más por ver Con ocho basta y otros programas infames en la televisión que por las semicorcheas y la clave de do.

Y ahora pienso, muchísimo tiempo después, que quizás no sea tarde para cumplir ese pequeño sueño. Y poder tocar el piano o, al menos, intentarlo.

La imagen es de Mischelle.

Los momentos en los que soy perfecto

Hay momentos en los que soy perfecto.

Estos momentos se producen siempre a primera hora de la mañana en los días que salgo a correr. Son trayectos a veces cortos, otras veces mucho más largos, pero siempre están en subida. Caliento en casa de forma intensa sabiendo lo que me espera. Salgo del portal y aprovecho para tirar el plástico en el contenedor. Miro hacia el reloj, aprieto y comienzo. Si tengo suerte, no tengo que pararme en los semáforos (la experiencia me ha enseñado a desentrañar y descubrir la frecuencia de los colores).

Me pongo a correr siempre con la intención de llevar un ritmo tranquilo y sigo al pie de la letra mis propósitos hasta que llega el momento de subir. Puede ser a través del minitrayecto que va desde mi casa hasta al Castillo Puede ser en el peregrinaje de devoción atlética que me lleva hasta la Cartuja de Miraflores. Puede ocurrir que tome la Cartuja como medio para llegar, atravesando arboledas, hasta Fuentes Blancas y suba para abrazar la tapia del monasterio por su lado opuesto.

En todos esos casos, empieza la cuesta y enciendo el ritmo. Voy pidiendo más y más a todo mi cuerpo, pongo mi corazón a prueba, mi respiración casi no da más de sí, pero no cedo. Alargo la zancada, intento ajustar la técnica, abro más las manos para ganar en impulso. Cuando quedan unos pocos metros, acelero todavía más. Y llego.

En esos momentos, casi siempre me encuentro solo con las primeras luces de la mañana y vislumbro esa mezcla maravillosa de naturaleza y arquitectura. Con la Catedral ofreciéndose, entre la niebla, solo para mí. Con la Cartuja construida solo para que yo la vea y la contemple y la disfrute.

Son momentos en los que sonrío brevemente y en los que soy auténticamente perfecto. Momentos en los que me he merecido cada brillo de luz, cada trozo de nube, cada destello de un sol que aparece tímido, cada copo de nieve que estreno.

Más tarde, toca descender. A veces a un ritmo vertiginoso, otras de forma más calmada. Y, después, todo lo que queda del día voy perdiendo perfecciones, voy cediendo poder en los detalles. A mediodía ya soy una persona normal. Y, cuando toca la hora de dormir, ya soy un pobre hombre intentando conciliar el sueño en medio de todas sus miserias.

A veces, sueño que me despierto y que me pongo a correr y que llega un día que asciendo y asciendo para no bajar jamás.

Esta entrada está ilustrada con fotografías que he sacado en los poquísimos momentos que me detengo para captar el momento y que no se me olvide todo lo que he vivido.

El futuro era esto

Tantos presentes cotidianos esperando para descubrir que, al final, el futuro era esto: inquietud, desconfianza, miedo.

Tantos pasados menospreciados pensando que lo mejor esta por venir para constatar que, al final, el futuro era esto.

Ayer paseaba en las horas cercanas al retorno obligado a nuestras casas. Entre los árboles, el río, las nubes y la luna, descubrí que, afortunadamente, el futuro también era esto.

(Fotografía tomada ayer mientras la ciudad anochecía)