— Verba Volant

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Sentido

Bianca entra al museo en el turno de mañana. Son las ocho menos cuarto y va pasando por los controles para empleados que van realizando con cierta desgana sus compañeros de seguridad. Se dirige a los vestuarios para ponerse un uniforme que, desde hace un par de meses, le queda mucho más holgado. En el cuello de la camisa le caben ya dos dedos.

Tres compañeras suyas, entre risas, comentan algo de una cena del día anterior, a la que Bianca no fue. Pese a llevar ya nueve meses como vigilante de sala en los Museos Vaticanos, aún no se ha integrado del todo en las rutinas de ocio de todos los que trabajan allí. Mientras sale junto a ellas, antes de llegar a su puesto, se detiene a hablar con Carlo, que está cerca de ella, también en las salas de arte religioso moderno. Carlo siempre está sonriente, aunque hoy tiene cara de no haber dormido bien, o no haber dormido suficiente.

Carlo y Bianca han charlado mucho sobre sus circunstancias a lo largo de las semanas que han compartido en salas colindantes. Se sienten insignificantes, entre obras maestras fabulosas, pero siempre condicionadas a ser un lugar de paso entre Rafael y Miguel Ángel. La Capilla Sixtina parece el destino al que todo turista se abalanza y la prisa solamente se matiza cuando los miembros del safari turístico en el que se han convertido los museos se detienen ante la sencillez, maestría y, por qué no decirlo, ingenuidad de Rafael. A Bianca le gustó mucho cuando Carlo y ella, al acabar la jornada al poco de empezar, le dijo que Rafael le recordaba a los dibujos de Walt Disney.

Bianca no puede evitar recordar su primer gran trabajo, en la galería de Villa Borghese. Después de acabar los estudios universitarios de Historia del Arte y aterrizar como camarera en una trattoria, siempre había querido trabajar en un museo. Cuando vio que las plazas más codiciadas eran poco accesibles para ella y sus circunstancias, Bianca empezó como vigilante de sala y le pareció el paraíso. Todas las mañanas se enfrentaba a la contemplación y al deleite del rapto de Proserpina. Bianca llegó a conocer cada gesto, cada músculo, cada matiz, sorprendida por cómo conseguía el escultor mostrar la delicadeza del muslo hendido por la mano vigorosa. La galería era, en muchos momentos del día, un remanso de paz, solo revuelta en las horas punta o en los meses de avalancha.

Bianca, empujada por su hermano y sus padres, decidió dar el salto a los Museos Vaticanos pensando que cambiaba de dimensión y categoría. Todo salió bien y quedó por encima de otros aspirantes. Cuando la mujer que se hizo por primera vez de estos museos reunió a todos los vigilantes de sala para contarles su nueva filosofía sobre las exposiciones y las obras, Bianca se contagió de su entusiasmo. Recuerda esa charla con cierta nostalgia, todos los trabajadores vigorizados por la arenga y rematando el acto con un sonoro aplauso.

El primer destino fue la Capilla Sixtina, ni más ni menos. Pero Bianca tuvo pocas oportunidades de dialogar con el genio y las pinturas al fresco. Se sentía ridícula dando palmadas (tanto ruido para exigir silencio) y recordando cada medio segundo que estaba prohibido sacar fotografías. Bianca empezó a notar que la capilla la asfixiaba, la exprimía. Que los turistas manaban por la sala e irrumpían de forma salvaje en la delicada vida del arte para mancillarlo con su interesada indiferencia, con sus voces elevadas, esas que Bianca tenía la obligación de sofocar.

Después de algunos cambios, instalaron a Bianca en la zona de obras contemporáneas. En concreto, Bianca cohabitaba desde hace mucho con el estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon. El primer día, no pudo evitar quedarse contemplando al papa retratado para dentro, sintiendo, por un lado, un profundo rechazo y, por otro, una extraña sintonía. Fue un ritual que seguía nada más entrar a la sala.

Después, llegó al vacío. Sin apenas percibirlo, Bianca fue asimilando todas las rutinas. Conoce al dedillo el número de pasos que hay desde su silla hasta la pared del fondo. Hace apuestas sobre sí misma sobre el visitante que se detendrá delante de alguno de los cuadros de la sala y, normalmente, no se equivoca. Contempla los mohínes de extrañeza, de rechazo incluso, que a algunos les provoca la obra de Bacon. Ve cómo farfullan críticas a ese retrato hondo, tan modernamente realista y la indiferencia o el desconocimiento de muchos ante las diferentes gradaciones de lo bello.

Bianca pasó a fijarse en cómo iban vestidos los turistas, cargados de libros, audioguías y planos. O, simplemente, libres de toda carga, ligeros en ese camino que conduce a ninguna parte o a todos los sitios. No puede reprimir inventar historias sobre las vidas de todos los transeúntes, como la historia que, adornada mil veces, se ha convertido en un clásico de las conversaciones entre amigos, la de la señora que acude cada martes por la mañana, contempla y siente el silencio del cuadro de Bacon y llora cada vez que se marcha.

Hace un par de semanas, llegó el momento más triste para Bianca. Se dirigió hacia su puesto, en la silla junto a la ventana, sin alzar ni una sola vez la vista para disfrutar de lo que tanto ama. El tiempo ya no pasa girando sobre las obras de arte, sino sobre el cómputo de mujeres sin pendientes, de hombres con cazadora gris o de ancianos con bastón.

De tanto vigilar que no suceda nada, Bianca ha acabado por vaciar su existencia. En su trabajo y en su vida, ha pasado de sentir placer a sentir nervios, y de sentir nervios a sentir miedo. El miedo que ahora le atenaza la garganta cuando, al acabar la jornada, le entran ganas de llorar.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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Roma, que te ofrece cada día un punto en el universo, o te da la vida

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me gustaría mucho escribir estas líneas como un ciudadano romano y creo, que en cierta medida, tuve muchos momentos de compañía, conversaciones afables, soplos divertidos y confidencias a media voz para que así fuera. Viví pizzas romanas, paseos romanos, deambular romano. Compartí un tiempo y un espacio con algo parecido a serlo. Sin embargo, como ya he manifestado en más de una ocasión, me tengo resignar (he aprendido a hacerlo) a pasar por el mundo, por mi mundo y por el demás, como un turista, ese turista accidental del libro que, por más que pasen los años, creo que constituye, inconscientemente, uno de mis paradigmas vitales, mi religión nada metafísica para soportar este transcurrir. Por lo tanto, en el caso que me ocupa, no soy capaz de poner un adjetivo ni una preposición. Pensé en Roma, de Roma y pronto los descarté. Me dio un amago pedante de romanita, que abandoné de inmediato. Sobre Roma, quizás sí, no lo sé. Dejémoslo en blanco para facilitar(me) las cosas.

Como digo, ni soy viajero, por más que es algo que me gustaría ser y no aparentar, ni soy habitante de ninguna parte. Ni siquiera (y sobre todo) de mí mismo. Y veo y escucho y vivo en ese transcurrir que es ver, asimilar a veces de manera acelerada, escuchar una música y que me suene a algo que ya he conocido y que, de alguna manera, reafirme con mis visitas.

Otra cosa más: ¿cómo poder comprender a alguien como yo, que padece de acromatopsia aguda cuando habla de colores? ¿Cómo expresar los matices que uno siente cuando los demás piensan que mi visión está condenada al barullo o a la injusta escala de grises o a la inexistencia de gradaciones calibradas? Una avalancha de colores es para mí Roma. Lo fue la primera vez que pisé ese bendito/maldito suelo y lo ha sido esta última, que no sé si lo será definitivamente. Unas palabras al salir de la Capilla Sixtina, cuando abandonaba ese paraíso, verbalizaron ese temor, siempre posible cuando dejamos un espacio, un lugar que hemos usurpado durante días. La Capilla Sixtina, el color. El color cotidiano que te inunda de lo que para mí son ocres y no te abandona hasta que te marchas. Y, por supuesto, ese color púrpura que no puedes ver con los ojos de tu tiempo pero te imaginas en esa época en la que te gusta anclarte cuando piensas en cómo dibujar cada palabra. Y esa explosión renacentista, barroca, qué se yo. También el color del ingrediente de cada plato que comí. El color de la ropa elegante que contemplé en los escaparates, a veces sorprendentemente barata, en ocasiones esperablemente cara. El color gris azulado de unas zapatillas Diadora que me enamoraron en el escaparate y que empujaron mi memoria al joven que calzaba esa marca con diecisiete años.

Y esa luz. La luz que se va haciendo intensa y esplendorosa a medida que despunta el día. Nunca he visitado una Roma moteada por las nubes, nunca he visto una lágrima que no procediese del primor de las cúpulas. Roma te abre los ojos porque es una luz que no engaña. Y, con esa luz, contemplas todas las cosas, las de fuera y las de dentro. Esa luz, y el calor, los guardas en tus manos y en tu rostro y en tu pecho y la garantía de visitar la ciudad durante unos días certifica que siempre guardarás una chispa en su interior. Y esa luz también. La luz de los minutos en los que lo completo se cansa para transitar a lo perfecto. La luz del atardecer en Roma, la más bella que he contemplado nunca en una ciudad. Luego, se hace de noche espaciadamente y los puntitos de luz de los bares y restaurantes del Trastévere hacen el resto.

He estado, a lo largo de mi vida, quince días en Roma. Habré pasado por la Fontana que todos conocemos más de siete veces. Nunca lancé una moneda de ninguna de las maneras habilitadas para cumplir los sueños prometidos. El último día, ya solo, me dije que por qué no. Haría una excepción en mis obstinaciones. El destino pareció decirme lo que tiene que ser mi vida: la fuente estaba vacía durante esa mañana. No había agua a la que lanzar mis anhelos. Me quedaban pocas horas para ir hacia el aeropuerto. Y, cuando cogí el tren Leonardo en la estación Términi, me pregunté si, alguna vez, de nuevo, escucharía la cantinela mágica: Prossima fermata, Colosseo.

Roma, concédeme tu luz perpetua

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me doy cuenta ahora de que las entradas romanas que he escrito y algunas que me quedan por escribir debería adscribirlas a mi serie de Diario de un turista. Así lo hice, creo, la primera vez que visité la ciudad.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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querido diario dos puntos

en seis días, he pasado de la nada a la luz y al calor. ha sido un calor intenso, es verdad, pero el milagro de la luz que comenzaba con el atardecer ha ido puliendo los grados centígrados hasta transformarlos en una sensación ideal para el paseo, para la divagación, para la charla entre las vistas y las miradas hacia una ciudad bella, justificable por la grandeza de su propia decadencia, o, quizás, por la debilidad de su propio esplendor.

escribo en estas páginas para decirte que he paladeado lo antiguo en plena nocturnidad, recorriendo gradas y galerías, contemplando lo que fue un templo de la sangre y del vigor y de la injusticia y de la fuerza bruta que necesitaba (también) ser astuta. me ha dado la sensación de quedar ensimismado ante la ingeniería encaminada a la crudeza. ahora, con la distancia, la vemos como cierta injusticia poética, puede que como espectáculo narrativo en plena dramaturgia.

toda la ciudad está repleta de columnas y miradas, de vestigios e intuiciones. toda una armonía dispersa y reunida que evita el diecisiete, como me enteré casi el último día, casi en el último momento.

quiero contarte también que una noche perdí todos los medios de transporte, ya avanzada la noche. y recorrí la ciudad a un trote nervioso y rápido. y me encontré en una situación contradictoria, con la prisa del que quiere volver y con la calma necesaria para saberse encontrarse con lo inesperado. así, de repente, me topaba, con ese azar que solo es causalidad, con todo el catálogo de las postales que nunca había divisado con esa luz tenue, con esa soledad que solo pervertía mi respiración. esa soledad que rodeaba a todos los edificios, por la noche que prometía estirarse como cuando todo tiende al infinito.

llegué al hotel en plena ascensión de adrenalina y de incredulidad, con esos ojos cansados que seguían maravillas. ahora —ya— con los ojos cerrados. hay otras cosas que quiero contarte, querido diario, sobre estos días, sobre estos momentos. pero ahora me basta con esto.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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Es septiembre y (algunos) volvemos. Esto significa, entre otras cosas, que nos hemos fuimos y que no nos hemos quedado. Podemos llamar a este período vacaciones, por ejemplo.

En el tiempo de retorno, los informativos televisivos llenan minutos hablando del estrés de la vuelta, lo mismo que llenaron minutos durante julio y agosto diciendo que algunos no desconectaban. Y todo nos suena —a mí, al menos— a patraña, a serpiente sempiterna de verano.

No hay que darle más vueltas, creo. Volver no es tan malo, al menos en muchos trabajos. Y creo que no tendría que ser traumático. El tiempo vacacional se entiende desde la perspectiva necesaria y agradecida de tener un trabajo. Sin él, la pausa no sería. Y la vuelta a la rutina nos marca un camino al que nos debemos. Nos encontramos con lo de siempre y con cosas nuevas, con pilas de trabajo acumulado y con ilusiones renovadas. ¿Qué tiene de malo? Volver llorando no nos ayuda nada ni en nada. La nostalgia es mucho peor que el recuerdo: entornar los ojos con la queja nos impide la imagen vívida de lo disfrutado.

Hemos estado de vacaciones (algunos, claro) y tampoco entiendo el regodeo en cada instante de de cada día, la necesidad de retratar, fotografiar y narrar cada segundo. No sé si es para enseñarnos o, más bien, para inventarnos un estado de felicidad permanente (que, por supuesto, no existe).

A mí me gusta mirar al pasado con la nitidez de la imaginación y contemplar presente con la nebulosa de la ilusión.

Síndrome, dicen, no me fastidies.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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Canta en mi esquina una canción tierna, aleja todos mis demonios de una tarde inhóspita de verano. Invita a romper todas las reglas y todos los géneros literarios, como si la vida fuese maravillosa y la temperatura fuese la de siempre a estas horas, unos veintiocho grados soportables a la sombra. Con un buen libro entre las manos y la mirada que permanece enmarcada en unas vistas que no permiten vislumbrar el horizonte.

La cantante posee una voz triste y piadosa, como si la vida fuese estupenda y cabalgásemos por la vida y por las olas y por los terrenos irregulares. Como si fuésemos los únicos seres con sangre efervescente, como si fuésemos los únicos en tener la porción más esponjosa del mejor pastel.

Las aguas claras del vaso encima de la mesa se ondulan con el movimiento de las teclas y la venda de los ojos y la melodía fuertemente percudida alude a sociedades secretas, a manos temblorosas, a noches y a tardes y a días y a manos de plata con dientes como dagas.

Los sonidos se copan de flores y voluntades, expresan la sensación y la dificultad de vivir con nosotros mismos, reacios a descansar, proclives a cegarse en la locura y calentar el océano llegando a cada vuelco de la espuma.

La estrofa habla de cantidades de caricias dibujadas en la punta de los dedos y del poder sanador de las caricias, de las cadenas de abrazos y las palabras susurradas. De apoyarse en las paredes llenas de arrugas para entonar las mejores melodías. De las ventanas y de las brisas y del aire y de las ganzúas que abren las puertas de cada secreto.

Las fuentes afloran en todos los desiertos. Y la armónica suena detrás de la guitarra e invita a cancelar todas las citas, príncipes insolentes de toda nuestra maldita felicidad.

Imagen de Natasha Wheatland.

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Siempre que me han preguntado —y me he preguntado— cuál es el primer recuerdo que tengo de pequeño, me han venido a la mente dos. Uno, muy íntimo y que nunca digo, es cómo jugaba en la casa de mi infancia en un largo pasillo, arrastrándome primero y corriendo a trompicones después. El segundo, que es el que manifiesto en voy alta, es el del día que el ser humano llegó a la Luna. El hecho en sí lo apoyo, además, con unas palabras de mi padre, que me dijo mientras veíamos la televisión: «Fíjate bien, Raúl, que este es un día que vas a recordar para siempre».

El acontecimiento, en sí, es tan importante y el recuerdo emotivo tan fuerte que siempre me ha parecido digno de mención. Siempre me he sentido, pues, muy orgulloso de que el ser humano llegase a la luna y yo estuviese allí para guardarlo como el primer recuerdo de mi existencia en este mundo, que ya se prolongaba hacia el Universo.

Sin embargo, creo que ha llegado el día de reconocer que mis recuerdos no son tales.

En cuanto al primero e íntimo, el del pasillo, porque es totalmente imposible que pueda recordarme a mí mismo reptando por el pasillo. La clave de mi recuerdo se encuentra en una foto, que he rescatado de un álbum familiar, en la que me encuentro exactamente como mi recuerdo: solo, sentado en mitad del pasillo, con un baby pequeño o un babero grande precioso de felpa que me hizo mi madre (ese sí lo recuerdo porque lo he visto mucho más tarde, lo recuperé en su día). En definitiva, el hecho en sí ocurrió y yo solo me he limitado a encajar esa fotografía en la cadena memorística de mi imaginación.

En cuanto al segundo, digno y memorable, tenía yo 1 178 días cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, lo que supone unos tres años y un poquito que me temo que quizás no sean suficientes para fijar un recuerdo en la memoria. Todo esto aunque vea esas imágenes casi con idolatría y tengan un significado aún más especial para mí. Todo esto aunque reviva las palabras de mi padre para unir todo el amor familiar con ese acontecimiento científico, humano, de primera categoría.

Lo que sí creo a pies juntillas es que yo estuve allí. Creo con fe ciega que mi padre, según me aseguró mil veces, me dijo esas palabras, que acompañan mi vida desde hace tantos años.

En definitiva, la llegada del ser humano a la Luna supuso, para mí, un primer paso como criatura que imagina y recrea, un gran salto para mi humanidad.

(Reflexión muy oportuna hoy, 16 de julio de 2019, día en el que partió la misión Apollo 11 en su viaje hacia la Luna, surgida a partir de la lectura del magnífico libro Nuestra mente nos engaña, de Helena Matute).

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Con días de retraso, hablaré del último libro del reto de siete días en siete libros, pero para eso habrá que esperar hasta el final. Tengo que hablar de más libros, de más cosas.

Hoy he dormido más de ocho horas y el día ha amanecido luminoso. Ayer me desperté a eso de las cuatro y media con la obsesión de que no iba a entrar en el bañador jammer que me había comprado (es un tipo de bañador ajustadísimo —y ajustadísimo es tan literal que se tarda un buen rato en poner, casi centímetro a centímetro—, que llega hasta las rodillas, que comprime los músculos para sacarles el mejor rendimiento y provoca que el agua deslice y ofrezca poca resistencia, dentro de lo posible. Iba a ser el día en el que, por primera vez en mi vida, competiría en un Campeonato de España de natación. Llegamos a Vitoria y, en una piscina preciosa, cumplí uno de los retos que tenía fijados desde los 16 años y del que ya he hablado varias veces. Lo más importante no es que rebajase mi tiempo en el 1500 libres y en los 200 libres, nadados junto a mis compañeros en el relevo 4×200. Fue mucho más gratificante que disfruté muchísimo no solo al finalizar las pruebas, sino durante el tiempo que estaba en la piscina moviendo brazos y piernas. No hay cosa más preciosa que el aire que recoges cuando sacas la cabeza para impulsarte. Un poco más.

Era una manera perfecta de empezar el final de una semana que ha sido criminal, cargada de responsabilidades, llena de trabajos y prácticas. Mientras algunos se acuerdan de las vacaciones de los profesores, yo no logro recordar ni un día de las vacaciones que no haya tenido que sentarme dedicado a mis labores. Volver a la facultad, sin embargo, nunca me resulta traumático: siempre encuentras dificultades, pero también muchos compañeros que te ayudan a superarlas.

Si la piscina me enseña a regular la respiración, a dosificar el aire y a saber mantener un ritmo (¡qué importante es la disciplina, que solamente se logra si se entrena, en el deporte y en la vida!), la ficción me está dando tantos momentos maravillosos que compensan muchos sinsabores.

Iba a hablar del último libro que he leído esta semana (El adversario, de Emmanuel Carrère, que me ha gustado y no me ha gustado a la vez), pero tenía que elegir un libro para acabar con el reto propuesto. Y desfilaban tantos libros como candidatos que a punto he estado de dejar la serie sin un final.

Y me doy cuenta de que no voy a poder de algunos de mis poetas favoritos. Hubiese empezado, sin duda, por Ángel González, mi favorito entre los favoritos. De Góngora, por supuesto. De García Montero y Gil de Biedma, del descubrimiento que me supuso la lectura de Fuera de campo de Pablo García Casado. Y de tantos otros. Y de Cernuda, claro.

Que no figurará Drácula que, es una novela perfecta en todos los sentidos, una obra que siempre está muy por encima de cualquier expectativa. De la conmoción que me supuso la lectura de Frankenstein, en la que no sabía que había ternura, en los sentimientos destilados en las obras de Dickens y de Stevenson, de Twain. Qué injusto resulta resulta saltarse todas esas ficciones. Y las de Galdós y las de Millás, por poner pequeños grandes ejemplos. Me acuerdo ahora del pecado que supone no dedicar unas líneas a las obras de Julio Llamazares.

Me pregunto cómo es posible no hablar de Jardiel Poncela (qué grande como dramaturgo, que deliciosas y desternillantes sus novelas). ¿No dedicaré ni un segundo a las clases en las que llorábamos de risa a las ocho y media de la mañana disfrutando de Miguel Mihura y de los dilemas existenciales del bueno de Augusto?

Hablando de risa, me hubiese parecido indispensable no omitir la novela a la que tengo por más graciosa de todas las que he léido (Terapia, de David Lodge). Hablando de misterio y ficción policíaca, no poder hablar del momento en el que Conan Doyle de Sherlock Holmes se incorporó a mi vida con su obra completa. El disfrute de la crónica hecha literatura en García Márquez o Capote. O esa obra suprema del para mí cada vez más cuestionable Pérez-Reverte que es Territorio Comanche, de la que hablaba Víctor un día. Del día que descubrí a Marta Sanz, de los dos días magníficos que pasé con La invención del amor, de Ovejero. De Rafael Reig y de Miguel Ángel Hernández. Del momento demasiado tardío en el que descubrí a los griegos. Del día que asistí a la representación de El lector por horas. De todas las veces que he redescubierto a Eco en El nombre de la rosa.

Tenía casi decidido que hablaría, como último libro, de Richard Ford, pero luego pensé en Ian McEwan, ese maravilloso Sábado, y lo tuve claro. Luego me acordé de que sería imperdonable no dedicarle ese espacio a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, que tanto supuso para mí. Me vino a la cabeza todo lo que siento con las narraciones de Auster, de lo que me gusta su manera de contar, y, entre todo lo que me gusta de él, me iba a decidir, definitivamente, por Brooklyn Follies. Con ese final que lo resume todo, dios mío.

Y en esas meditaciones y divagaciones estaba cuando empecé a leer por un rebote del destino a una autora que, de manera imperdonable, desconocía. Cayó en mis manos Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Lo empecé sin saber a qué atenerme, fue ganándome como solo lo consiguen las grandes narraciones y lo acabé la semana pasada en la que, para mí, destaca un pasaje esencial:

—Llevan toda la vida en este lugar. Morirán aquí.

—Los envidio por ello —comentó Hema.

—¿De verdad?

—Yo nunca he pertenecido a un lugar de esa manera.

Se refiere a lugares en un libro que trata de personas que nacen en un país y residen en otro, que asimilan parte de algo sin desgajarse de las tradiciones u olvidándose de ellas, de una tierra en la que viven y de la que no proceden, en la que pasan su vida sin un arraigo absoluto. Pero el fragmento, para mí, no se ciñe solamente a territorios geográficos, sino a territorios vitales y existenciales, a mundos personales. Y me conmovió pensar en mí existencia como habitante de esa tierra desacostumbrada que es la vida. Habitante aparente de (casi) un único lugar y con la sensación constante de pertenecer a otros con toda la fuerza que aporta la desubicación, la dislocación. A mí también me da la impresión de que «nunca he pertenecido a un lugar de esa manera».


La imagen es de Marc Surià.

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Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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