— Verba Volant

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Sentido

Nuestros bolsillos guardan sorpresas infinitas, ya lo sabemos. La moneda que evita el tambor de la lavadora y permanece en el bolsillo pequeño del pantalón vaquero. El billete refulgente y resistente en el bolso de una camisa. Qué se yo la de cosas que encontramos agazapadas en los bolsillos.

En mi caso, me he maravillado con un caso de resiliencia literaria como no había visto hasta ahora. El papel arrugado ha permanecido en el bolsillo izquierdo de uno de los abrigos que más uso durante meses. Yo sabía que estaba allí porque tengo tendencia a meter la mano en el bolsillo y juguetear con lo que hay dentro. Cuando llega el otoño, recojo algunas de las castañas que me parecen más bonitas del suelo y las meto en el bolsillo y luego pasan a mi estantería. Ahora mismo estoy viendo una hilera de nueve castañas que, pacientes y arrugadas, saben que tuvieron la oportunidad de ser tocadas y ahora permanecen solamente al abrigo de las miradas. Mi padre tenía siempre en el bolsillo un tornillo y una tuerca para ese juego de dedos y bolsillos.

Decía que tocaba yo ese papel sin saber lo que era. Pensaba que era una de esas cartas de los bancos que no valen para nada, un panfletillo entregado en la calle, qué se yo. Hoy lo he sacado y he decidido desentrañar el misterio.

El tiempo ha hecho estragos en esta materia tan endeble y, al ir desdoblándolo, he tenido que poner un mimo especial para que no se despedazase. Iba desplegándolo y solo era una superficie blanca.

Me decidí a ir extendiéndolo y todavía no había más que esa belleza de un blanco con los matices de unos dobleces que se negarán a desaparecer para siempre.

En el último momento, cuando ya quedaba poco, adivinaba unas letras al otro lado, escritas a ordenador. Cuando lo desplegué entero, no llegué a conseguir que no se rompiese por la parte central. Y vi esto:

No se leía bien (en la foto he aumentado el contraste y las letras revelan mejor su cuerpo y su firmeza), pero se distinguía perfectamente la última línea, en la que aparecía un nombre, Sam Shepard y el título de un libro, Crónicas de motel. Ahora, ya desplegado, ya dispuesto, me he puesto a leer el principio: «Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster…» y la memoria me ha devuelto el relato de Shepard y su sentido. De ese contraste entre la magia de la sonrisa perfecta del actor y las bocas feas y propias, solo dignas de los mortales como el protagonista de esa historia cuando se mira en el espejo, que refleja nuestro vacío.

Y he decidido volver a pensar en las sonrisas, en el vacío de nuestras caras, que es el de nuestras almas, que es el que contrasta con nuestros sueños y con nuestros ideales. En cómo llenar una vida vacía con las imágenes de la perfección con la que disfrutamos de las ficciones.

Historia verídica hasta el infinito. Reproduzco a continuación el relato «La sonrisa de Burt Lancaster» que he transcrito para guardarlo en algún lugar fuera del alcance de mis bolsillos:

“Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en “Veracruz”. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando entre las tomateras. Riéndome con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi imitación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo, y montado encima del diente roto que estaba junto a él. De hecho, había llegado a estar convencido de que poseía una hilera de perfectos y perlados dientes, como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reírme en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba a solas.Después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.”

Sam Sephard, «La sonrisa de Burt Lancaster», en Crónicas de motel.
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Ayer fue un día complicado, ya lo he dicho, pero la tristeza tenía que convivir con el trabajo (reuniones, tutorías telefónicas, conversaciones de pasillo, correos electrónicos) y con otros aspectos de la vida recluidos y condicionados, eso sí, por un halo de melancolía.

En el trabajo, las correcciones de un TFM me han llevado más tiempo del que me esperaba. Pero lo que ha ido ocupando mi tiempo, sobre todo, se ha compartimiento en un artículo de Lucía y Cristina, compañeras que trabajan en cosas que me interesan. Acaban de publicar un artículo que he estado leyendo entre ayer y hoy y me ha hecho pensar. También tengo pendiente profundizar en otras cosas que pueden ser importantes, como un proyecto de investigación cualitativa para el que tengo que formarme y aprender cientos de cosas, otra vez más…

Ayer intervine un par de veces en las redes sociales y cada vez estoy más convencido de que voy a convertirme en un ser aséptico, participante y divulgador en lo académico y lo profesional. Qué aburrido estoy de un juego de comprensión a medias, de no asimilar lo que se lee, de tanto exabrupto.

Escribí una entrada que no he publicado. La verdad es que escribo muchas entradas que quedan ocultas, que no deseo que lea nadie. La de ayer sí aparecerá, creo. Es una serie de prosificaciones sobre canciones de Family. Es un grupo que ahora escucho casi en bucle. Un soplo en el corazón es una obra maestra de la que no tuve noticia hasta hace bien poco y mira que es un disco bien antiguo… También tengo a medio escribir una historia que me tiene algo preocupado, ahora que visito casi a diario un supermercado. Veremos

La música ha dejado menos espacio que otras veces para las ficciones audiovisuales. Ahora estoy viendo dos series de las que ya hablaré. También sigo leyendo. Compagino El último barco, una intriga policíaca que, siendo convencional, me resulta algo diferente. Y los poemas de Benjamín Prado, que he ido leyendo primero en orden y luego a salto de mata y preferencias. Fui a un partido de baloncesto del Autocid, que jugó fatal, desbordado por un equipo que supo jugarle. Decepción, cena, cama y lectura.

Hoy he salido a correr, necesitado de una tirada larga de kilómetros con muchas cuestas. Tenía que llevar un ritmo alto para olvidarme de todo y centrarme en las exigencias del cuerpo. Hacía uno de esos días grises y bonitos con premios en forma de paisajes de una naturaleza que me encanta frecuentar, repetir. He vuelto a leer cosas del trabajo intentando asimilar, pero he desconectado por completo del correo electrónico, que solamente he consultado una vez. Me prometo siempre no abrirlo con frecuencia, no estar pendiente de lo que pueda considerarse urgente cuando necesito tiempo libre, tiempo para pensar y tiempo para mí.

Después de comer, una sesión de series y lectura y lectura. Y lectura. Luego ha vuelto la música. «Estado provisional» de León Benavente, «Música para adultos» de Joe Crepúsculo, «Por ti» de Sidonie.

Soy ahora las seis de la tarde. Y sigo viviendo.

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He optado por no escribir entradas sobre el día 31 de diciembre y el 1 de enero, que iban a ser las últimas. A partir del 2, aunque no tenga que ir a la uni, he recuperado gran parte del ritmo de trabajo. Mi resumen de la «salida» y «entrada», de años viejos y años nuevos es que esos cambios solo afectan a mi humor, pero no a mi estado, que no pasa a ser ni líquido ni gaseoso. El día 31 lo dejamos en dos grandes momentos: cumpleaños de mi hijo y la tradicional San Silvestre Cidiana, de la que quedé especialmente contento. El día 1 de enero, lo dejamos con la maravillosa sensación de estar nadando con la piscina entera para mí.

Pero esta breve entrada quiero dedicarla a mi donación de sangre número 100. El día 2 de enero, por la mañanita, cumplí el centenar de donaciones. Después de 35 años y pocos parones, he acudido a la Hermandad de Donantes de Sangre de Burgos a poner mi granito de arena, o sea mi gotita de la vena.

Todavía recuerdo mi primera donación, llena de miedos. Acudí con Guillermo, el hermano de mi amigo Eduardo, que me animó a donar y se ofreció, desde su experiencia, a acompañarme ese primer día. Se lo agradezco mucho porque, de no ser por él, no sé si hubiese dado el paso/el brazo.

Y, desde entonces, el acto de donar se ha convertido en una alegre rutina. Me gusta pensar que esos casi 50 litros de sangre han podido ayudar a gente que lo necesitaba. No se trata tanto de ese deseo de pervivencia de mi sangre en el cuerpo de los otros, sino de poner a disposición de los que lo precisan una pequeña parte de mí que no supone ningún esfuerzo, ningún mérito.

Años más tarde, tanto en la educación secundaria como en la universidad, he animado a algunos alumnos a donar. De hecho, yo también he sido compañero de principiantes ilusionados que, con su generosidad, riegan ahora otros cuerpos. Quedaba con ellos por las tardes y recuerdo especialmente un día en el que, pensando que irían dos, se presentaron doce. Con un poquito de miedo, como me ocurrió a mí. Con una sonrisa al acabar.

Así que eso, solo eso, merece mi atención. Y es el broche de mis entradas sobre las vacaciones. Hasta las próximas… donaciones y vacaciones.

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Escribo la que será la última entrada de 2019 y no tengo ganas de hacer un recorrido por el día de ayer ni por el año que acaba. No obstante, hay dos cosas que necesito contar.

Ayer estaba en el salón escuchando música. Fui saltando de canción en canción, de cantante en compositor, hasta que me di cuenta. Sin querer, en esas conversaciones musicales que tengo con Google Home, me puse a escuchar Scheherezade, la obra de Rimsky-Kórsakov, que era una de las composiciones favoritas de mi padre. Fui recorriendo sus movimientos recordando las veces que compartía espacio en el salón de la casa familiar con mi padre, él con los ojos cerrados y moviendo la cabeza, yo con los ojos cerrados imitándolo, pero abriéndolos de vez en cuando por curiosidad e impaciencia.

Para equilibrar, luego escuché a Nat King Cole cantando en español. Aunque mi madre prefería por encima de todos a María Dolores Pradera, todavía recuerdo a mi madre poniendo las cintas de Nat King Cole y canturreando mientras hacía cosas por la casa, mientras yo iba persiguiéndola y cantando también, imitando esa voz engolada, un poco impostada, con pronunciación forzada pero con un ritmo que, para mí, ayer y hoy, son mágicos.

Podría decir más cosas, podría haber dicho menos. Pero ayer me di cuenta de todo lo que echo de menos a mis padres. Cada momento, cada día, cada año. Cuando llegan los últimos días del año, pienso lo que disfrutaban con todas las rutinas y con todas las sorpresas que llegarían al día siguiente. El 31 de diciembre, que contaré mañana.

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Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Shameless

Cuarto día (de vacaciones). Esta vez, la noche se ha dividido en dos partes, en dos intermedios de Shameless. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero me encantan las comedias que lo parecen y no lo son, tipo Shameless o las queridísimas y adoradas Weeds y, sobre todo, Californication. A medida que avanzan, no dejan de ser graciosas, pero casi no cabe lugar en ellas para la risa, sino para la reflexión. La familia Gallagher es un compendio triste de todas nuestras esencias, casi condenadas al fracaso, pero en una lucha permanente que solamente ha abandonado el más irresponsable, que es el padre de familia que nunca ha sido ni padre ni miembro de esa familia de pleno derecho.

Deporte. Baloncesto

Habituados a que hable de las excelencias de deportes más o menos individuales, he dicho poco que me apasiona el baloncesto. Como hoy, quinto día, tenía un partido con los amigos del que hablaré mañana necesariamente, fui con mi hijo a tirar unos tiros, a poner los músculos y la coordinación a punto.

Lo que ocurre es que, para mí, desde hace muchos años, jugar al baloncesto es síntoma de un fracaso irreversible. El paso del tiempo no mejora para nada ni para nadie, pero los que hemos jugado al baloncesto con relativa eficacia sufrimos ahora el hecho de que la cabeza va a la velocidad correcta, pero el cuerpo no está sincronizado. Todo lo que deriva de ello es frustración y añoranza, cosa que a mí no me gusta porque prefiero mirar hacia objetivos que pueda seguir cumpliendo.

Reflexiones en la frutería

Suelo comprar la fruta y las verduras en el supermercado, pero siempre me queda la cosa de ir al mercado, que no tengo muy lejos de casa, para comprar en la necesaria proximidad y cercanía que no se mide solo en distancias. Así lo hicimos cuando acabamos de jugar al baloncesto. Fuimos al Mercado Sur, que daba una sensación de vacío inexplicable en un día después de Navidad. Recorrimos los puestos y, al final, nos decidimos por uno en el que el género no tenía mala pinta. El precio tampoco estaba mal. Cuando llegó la hora de la cena, me di cuenta de que la frutera nos había puesto prácticamente toda la fruta demasiado madura sin preguntarnos. Me cabreó mucho y me sentí estafado. No digo que todo el comercio de proximidad sea así, porque sé que no es cierto. Y creo que lo volveré a intentar. Pero que todos los fruteros del mundo, y los de Burgos en particular, sepan que, si vuelve a caberme la duda, optaré por elegirla yo mismo en el supermercado enfundándome el guante preceptivo.

Escritura del artículo sobre el mundo STEM y el mundo SHH

Comentaba el otro día que había leído algunos artículos muy interesantes en el número 112 de la revista Telos. Venciendo algo la pereza, he escrito en Scripta Manent, ese blog profesional que no frecuento como debería, una entrada glosando las ideas de Reyes Calderón. Me adelanto a los acontecimientos, porque esto ha ocurrido hoy, pero resultan muy pertinentes las observaciones que ha hecho mi querida Sandra L. en Twitter. ¿Pintan algo en este mundo tecnológico las Humanidades? Leed y discutid.

¿Trabajar en vacaciones?

Aunque lo he insinuado desde el primer día, es prácticamente imposible no trabajar durante las vacaciones. Diría que forma parte de nuestro trabajo, pero, como no me va a creer nadie, no lo digo. Además de ir avanzando en la lectura de alguna interesante de la que daré cuenta en algún momento, tengo que gestionar alguna cosilla de la coordinación de nuestro máster en ELE. A eso se añade una iniciativa procedente de colegas de Cataluña y Aragón que motiva que los coordinadores de la antigua selectividad podamos reflexionar sobre la naturaleza de las distintas pruebas en cada distrito. Pero dejemos de hablar de trabajo, que son días de descanso.

Hacia dentro

Tendría que decir que he acabado la película de Denys Arcand y que empecé otras dos. Que sigo con Abella Cienfuegos, aunque no he avanzado tanto como esperaba. Pero hay días que se viven para dentro y de los que no se puede verbalizar con detalle y extensión.

Ayer fue uno de esos días. Como hay acontecimientos frutos de la casualidad y acontecimientos fruto de la causalidad, veo que las causas fueron vestigios. Que las reflexiones de Cabanas sobre la felicidad de la entrada de ayer, que las reflexiones sobre el mundo STEM de ayer y hoy me llevan a la esquizofrénica paradoja de que, en el mundo del arte, tengo una mente SHH y, en el mundo reflexivo y vital tengo una mente STEM. Y que la belleza que busco en las obras no logro adaptarla y acomodarla a mi vida para que sea plácida. De forma inmisericorde, mi día a día no me sirve para disfrutar, sino para encauzar una tendencia poco evitable a la cuantificación, al análisis puro y duro, sin porqués que alivien la espera.

Escuché muchas canciones, claro. Pero, gracias a un artículo de The New Yorker, que reflexiona de forma clarividente sobre los vídeos del grupodescubrí esta canción, que me gustó mucho:

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La prudencia me ha aconsejado que cambie el título de esta serie de entradas. Así, omitiré el «de vacaciones» para no dar cancha a a todos aquellos que nos envidian y nos odian a partes iguales por la asociación inmediata entre profesores y vacaciones, de la que ya escribí hace tiempo. Decido también escribir las entradas a día vencido para dar cuenta de todo el día, no solo de una parte.

Si dijera que el tercer día comenzó, de madrugada, con otro capítulo de Shameless, estaría ya siendo demasiado reiterativo. Solamente me queda hacer dos precisiones, para aquellos que preguntan. La primera, que no es que padezco de insomnio: duermo cerca de siete horas diarias, lo que pasa es que reparto mis tiempos de sueño con una ficción de por medio. La segunda, que esta serie es una falsa comedia que, tras una historia alocada de una familia más que loca, esconde muchas otras cosas.

La Cartuja y el mindfulness

Empiezo el día como dios manda, corriendo, como llevo haciendo desde casi toda una vida los días 25 de diciembre y el 1 de enero. Para mí, correr es una fiesta, una de las mayores fiestas, la fiesta de sentirse vivo.

Cuando corro por la mañana, sean los kilómetros que sean, suelo organizar mi recorrido haciendo que pase, inevitablemente, por la Cartuja de Miraflores. Es mi mindfulness particular. Para cuando empiezo a subir la cuesta exigente por la carretera, ya llevo cuatro kilómetros recorridos y, tras la ascensión, el premio es de primera categoría. Esa sensación de llegar, apenas inaugurado el día, en completa soledad, con ese incomparable edificio, esa maravillosa naturaleza es lo más parecido a la plenitud. Lo que ocurre es que, lamentablemente, empecé mi sesión de entrenamiento demasiado tarde y el mindfulness low-cost se fue a tomar por riau: al llegar al final, me encontré con coches mal aparcados, dos autobuses y una avalancha de gente que salía de misa. Una pena.

Los polvorones del muerto

Luego ha llegado la comida en familia del día de Navidad. No quiero que se me olvide que para mí, otro de los grandes clásicos de la Navidad son los «mazapanes del muerto». Son los mazapanes de Soto marca Segura, que me cautivaron desde niño con una foto que parecía eso, «la del muerto». Desde entonces, tengo al señor Segura en mis pensamientos, en mis oraciones y en mis degluciones. Para el que no conozca «al muerto», ahí va una imagen de la web corporativa:

Libros, lecturas

Olvidaba muchas cosas hechas entre medias y altero aquí el orden cronológico. Todas estas cosas las hice de madrugada, a lo largo de la mañana o de la tarde o cuando la noche acecha. Acabé el libro de Cercas, que me pareció bien, lo que no está mal. He empezado a leer Cómica, de Abella Cienfuegos (ediciones Caballo de Troya, 2019), que me está pareciendo bien. De momento, no llevo más de treinta o cuarenta páginas, pero me gusta.

Me dio por cumplir un deseo que me apetecía desde hace tiempo y me suscribí a la edición digital del The New Yorker, así que veo ahora satisfechas mis ansias de cultureta leía en inglés en porciones intensas.

Luego, empujado por un enlace de mi admirado amigo Daniel Torregrosa, llegué a la entrevista que le hacen al psicólogo Edgar Cabanas en El País a raíz de su libro Happycracia. Tiene más razón que un santo cuando habla de la avalancha de mentiras sobre la felicidad derramadas por los libros de autoayuda, esos que nunca ayudan a nada. Iba a escribir mucho más sobre el contenido de la entrevista y de lo que pienso de todo esto, pero acabo como acaba la entrevista, con unas palabras de Cabanas: «“De la felicidad también se sale. No nos obsesionemos con ella”.

Pelis y documentales

Como ya he comentado, veo las series, las películas y documentales «por fascículos». Al que no le guste, lo siento, pero yo administro mis tiempos como quiero. Entre la Nochebuena y el día de Navidad, veo siempre Qué bello es vivir. Lo hago por muchas razones que no puedo contar de forma detallada. Lo resumo aquí diciendo que es un cuento navideño que me gusta. Que, pese a su aparente simpleza, cada vez que la veo descubro algo. Que le encantaba a mi padre y daría lo que fuera por que él viviese, por verla juntos una vez más.

También estoy viendo La caída del imperio americano, de Denys Arcand. No había vuelto a ver nada de Arcand desde aquella mágica Jesús de Montreal, así que se merece una oportunidad. Y me faltan algo así como cuarenta y cinco minutos, pero la historia me atrae. Tiene tanto que ver con todo lo que estoy contando en esta entrada y lo que me queda por contar que me resultaría pedante pormenorizarlo.

También he disto la TED talk de Chimamanda Adichie titulada «El peligro de la historia única». Llegué hasta aquí gracias a una de sus contribuciones en el periódico La Verdad.de ese gran escritor que es Miguel Ángel Hernández. Si no habéis leído El dolor de los demás, no sé qué diablos hacéis perdiendo el tiempo aquí. El vídeo, que dura menos de veinte minutos, me parece fundamental. Proporciona unas claves esenciales para entender y encuadrar adecuadamente todo tipo de historias: las individuales, las colectivas, las geográficas, las que afectan a las clases sociales y las que afectan a la formación y a la cultura. El sesgo de creer entender todo entendiendo solamente una parte es uno de los mayores peligros que acechan a nuestra mente, que desea constreñirse, engatusada en el regocijo de lo pequeño y manejable, huidiza de lo complejo y grandes que son nuestros mundos.

Música

Por supuesto, la música me ha acompañado durante este tercer día de Navidad, uno de esos días que ya sabéis que no me gustan. La primera canción que he escuchado, ha sido «Last Christmas», de Wham! La he puesto porque me gusta y porque, en 2013, prosifiqué esta y otra en «Un día de Navidad en dos canciones». Me ha acompañado Joe Crepúsculo con «Mi fábrica de baile» y «Música para adultos». He escuchado La pasión según san Mateo casi en bucle.

Confieso que, como casi todas las noches, el momento crítico es el de acostarse, cerrar los ojos y que llegue el miedo.

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Como comenté ayer, ese magnífico periodista burgalés y gran aficionado a los viajes que es Héctor Jiménez me lanzó el guante hace tiempo en Twitter para que diese la lista de mis ciudades europeas favoritas (él lo ha hecho en su blog ViaheroconH en esta entrada).

He tardado en contestar por mi tendencia natural a postergar aquello que me apetece hacer, pero también —y, en este caso, sobre todo— porque no sabía muy bien como responder. O, mejor, sabía cómo hacer esta lista, pero sabiendo que iba a decepcionar a todo el mundo.

Creo que casi todo el mundo conoce la anécdota: cuando le preguntaron a Orson Welles por sus tres directores de cine favoritos, él respondió: «John Ford, John Ford y John Ford». Y eso es exactamente lo que voy a hacer yo hoy. Mi lista de ciudades top europeas es: París, París y París. Como sé que parece un exabrupto, voy a intentar justificarlo brevemente.

París, París y París

La razón principal y básica es que París es mi ciudad favorita, aquella en la que me siento bien, la que me hace disfrutar más cuando vuelvo una y otra vez. Prueba de ello, y la segunda razón, es que, en muchas ocasiones, ante la duda de a qué sitio ir por vacaciones, digo muchas veces «París». Tantas, que habré estado ya, por una razón o por otra, algo así como en veinte ocasiones. Eso ha restringido mucho los lugares europeos que he visitado, pero ha encumbrado, magnificado e intensificado París. La tercera razón es que viví una experiencia fabulosa durante mi estancia en un minúsculo apartamento en las afueras de París gracias a una beca predoctoral. Refugiado en la magnífica biblioteca del Pompidou durante horas y horas (en la que viví experiencias inolvidables, como la que cuento en «La chica del Pompidou»), pasaba el resto del tiempo pateando la ciudad. Volvía una y otra vez a los mismos sitios (soy de repetir una y otra vez). De esta manera, he tenido una experiencia compulsiva en diferentes museos, me he perdido tantas horas en el Louvre que no puedo ni contarlas, he callejeado por lugares recónditos pero también por los conocidísimos. He meditado frente al río y por las alturas y a ras de suelo y mirando las cúpulas doradas y las torres y esos edificios y ese urbanismo mágico. He vivido la cultura de la calle. Armado de un bocadillo y una cocacola, pasaba la hora del almuerzo viendo a un genio de la comedia callejera, que me conocía ya de sobra como el espectador más fiel. Y a los patinadores hábiles. Y a los cantantes buenos, a los malos y a los mediocres, en el metro, en cualquier calle. He hablado de casi todo con el propietario argelino de la tienda que me surtía de víveres en ese piso que no tenía ni frigorífico.

Vuelvo una y otra vez a París para buscar lo mismo de siempre, para buscar siempre algo diferente, para oler el Sena, para pasearme por Gibert Jeune y comprar baratísimos libros de segunda mano, para dejarme millonadas en los estantes especializados de la FNAC. Es una ciudad en la que no me pierdo si no me lo propongo, en la que encuentro todo lo que quiero sin proponérmelo.

Y hay otras muchas otras razones que no puedo enumerar aquí, porque significaría hablar de Proust. Y eso supondría un libro, toda una vida. Olvidaba también que me siento muy bien hablando en francés.

Francia, en suma, es un país que conozco relativamente bien, aunque me faltan millones de ciudades por descubrir. Eso sí, un día tengo que hablar de Saint-Malo. Lo prometo.

Roma

Hablé de Roma hace muy poco. Es el último viaje europeo que he hecho. Tuve una experiencia muy agradable de Roma la primera vez que la visité y esa experiencia se ha ratificado sobradamente esta segunda vez. Roma acoge tantas manifestaciones artísticas y tan variadas que puede sobrecoger a cualquiera. Pero, pese a su grandeza, Roma se me hace siempre una ciudad cálida, idónea para el paseo en el que disfruto de cada rincón. Una ciudad en la que la luz es mágica sin que esto sea una metáfora. Es fácil querer ser romano. Ojalá lo consiga alguna vez.

Para los que piensen en opciones como Venecia o Florencia por encima de Roma, he de decirles que Roma es la única ciudad italiana que conozco. Es frecuente que mis viajes comiencen por razones de trabajo y aproveche todos mis ratos libres para conocer aquellos lugares en los que habito también en otras dimensiones.

Londres

Londres ha sido mi lugar de paso hacia la universidad de Exeter, pero también el lugar de maravillarme durante una semana de verano. Pongo Londres como tercera ciudad porque es una de las ciudades que creía que más me iba a decepcionar y, sin embargo, es una de las que más me ha sorprendido (para bien).

Creo imprescindible decir que nunca he visitado una ciudad en un autobús panorámico y que huyo como del diablo de los tours al uso. Me gusta coger el metro y el autobús y, sobre todo, patear la ciudad por propia iniciativa y con un plan que está delineado primero e improvisado o cambiado después. Cuando estoy en una ciudad, suelo recorrer caminando una media de veinte kilómetros diarios: la experiencia es agotadora e inagotable. Londres no me sorprendió tanto por lo que esperaba, que es magnífico, como por lo inesperado. Esos momentos en los que enlazas calles y recuerdos, esos itinerarios que te llevan a donde no te esperas y acabas donde empezaste.

Poco amigo de rutas, como acabo de decir, una experiencia de esas de rutas guiadas de Jack el Destripador me llevó a una zona de Londres y a unas calles en las que aprendí otras muchas cosas. Lo mejor, descubrir todas esas zonas, esos pubs, esos bares cuando la ruta finaliza, cuando el guía calla.

Y tampoco puedo hablar de los museos, porque os aburriría en exceso. Pero un día hablaré mi experiencia con el arte contemporáneo, de mi delirio por Mondrian. Lo prometo.

¿Y lo demás?

Querido Héctor, no voy a seguir con la lista. Tendría que poner, claro, Amsterdam. Tendría que anotar, por supuesto, cosas de Moscú. Y hablar de Brujas. Pero es una lista necesariamente incompleta. ¿Podéis creer que no he estado nunca en un país nórdico? ¿Qué solamente conozco una pequeña ciudad alemana? Y no conozco ni Praga ni Budapest ni otros muchos lugares de Europa. ¿Podéis creer que no he estado en Lisboa, que solo conozco la magnífica Coímbra y Covilhã, ambas por asistir a ciclos de conferencias o congresos?

La culpa de todo, lo confieso, la tiene París. París, París y París.

La foto pertenece a mi galería de Flickr.

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Escribo esta serie de entradas sobre las vacaciones sin ninguna esperanza de que nadie las lea. ¿A quién le puede interesar lo que yo cuente sobre estos días, sobre este primer día, sobre cualquier cosa que cuente sobre este tema?

Considero que hoy comienzan las vacaciones: los días pasados no eran más que un alegre fin de semana, preludio de esto. Mi intención era ir al gimnasio de buena mañana a realizar una sesión de pesas acompañado de buena música, pero me he concedido el lujo de abandonar este propósito inicial por ver Call me by your name. En realidad, todo comenzaba a las cinco de la mañana, con un episodio de la novena temporada de Shameless. Veo las películas a trozos, las series en porciones, leo varios capítulos alternando y oscilando.

Luego he jugado a Toy Blast, entretenimiento ligero del que abuso. Dejaré mis partidas de Master Mind para las primeras horas de la tarde. He recuperado mi afición por Master Mind, juego que me encanta. Conservo con cariño el juego que me regalaron cuando era pequeño. Llegué a ser tan extravagante como para llevar siempre conmigo una versión de bolsillo con la que retar a alguien en los viajes, incluso en los bares, cuando la música ochentena atronaba en los pubs y era mejor no mirar los vídeos con tanta hombrera, esa estética horrible.

Ahora lamento no haber ido al gimnasio. Mientras escucho a Freedie Mercury, me veo abocado a escribir tapado con una manta. Cada vez odio más la calefacción central, que impone a todos un horario poco ajustado a mis necesidades de abrigo. Pienso en ir dentro de un rato a la piscina, antes de ir a comprar y hacer la comida, pero esta tarde me esperan unas series en pirámide, el último entrenamiento más o menos duro antes de que empiecen las sansilvestres, así que dejaré que los músculos se sientan poco agradecidos en esa tendencia última hacia la vigorexia.

Tengo que escribir algo sobre el último número de la revista Telos. Tengo pendiente escribir también sobre mis ciudades preferidas de Europa. Se lo tengo prometido a Héctor Jiménez desde hace muchas semanas. Si alguien leyese esto, le recomendaría vivamente el blog de Héctor sobre viajes, VIAHEROCONH. Textos magníficos, imágenes excelentes, buen recurso para recordar lo que uno ha visto o como recomendación para lo que hay que ver. Tengo pendiente un café con Héctor para contarle una cosa sobre él que no sabe. Tengo pendiente también un café pendiente con Álvaro von… Y alguno más. Quizás sea mejor esperar a que acaben estos días.

También he de rematar dos artículos que tengo a medias. He metido horas por un tubo sobre cosas de las que llevaba trabajando cuando estuve en el Instituto de Lingüística en Buenos Aires, cuando aquí hacía frío y allí se estaba en la placidez de un porrón de Quilmes bien fría con unas papas. Y me queda por decidir los temas y los congresos a los que acudir durante el trimestre. Pero hoy es mi primer día de vacaciones, así que lo dejaré reposar hasta que llegue el aburrimiento. Tampoco contestaré un correo tremendamente descortés sobre un asunto académico. Odio la mala educación con todas mis fuerzas. ¿Tanto cuesta pedir algo con educación? Lo guardaré para cuando lo tratemos en las asignaturas del grado y del máster.

Tengo los dedos congelados. Pero era necesario, eso sí, revisar algunos anuncios que quiero estudiar. Y, aunque este no es para analizar, cae en el azar de YouTube el de Paco Rabanne. Y el «Rapper’s Delight» de The Sugarhill Gang ha inundado mi cabeza. Estaba yo en los últimos cursos de la EGB cuando llegó el rap. Una maravilla.

¿He dicho que odio la Navidad? Si no contesto a vuestras amables felicitaciones de correo o WhatsApp, mil disculpas. No estoy para nadie.

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No valoro todo lo que he corrido, sino el hecho seguir corriendo. Es cierto que correr, ahora, significa heredar todos los kilómetros acumulados después de muchos años, pero nada de esto me importa ahora si solamente fuese una historia para contar.

No corrí hasta los 14, cuando, con un grupo de compañeros por el profesor de Educación Física, participé en unas poquitas carreras de campeonatos escolares sin ningún éxito. Hacía otros deportes y correr no era, para mí, más que un complemento. Seguiría siendo un complemento después, a partir de los 16, pero reconozco que salir a correr, frecuentemente solo, se convertía en un espacio de libertad para que todos mis fantasmas personales convivieran con la respiración y el ritmo cardíaco acelerados. También corría acompañado por algunos amigos, aunque éramos pocos, por aquel entonces, los que «corríamos»: no era una actividad «de moda». Había muchos que decían que hacían jogging o no sé qué cosas, que consistían básicamente en salir al campo con un chándal caro, trotar un rato y comerse un par de bolsas de patatas fritas. Sería el equivalente a los que hacen running ahora con todos los artilugios y sofisticaciones.

Podría contar muchas cosas sobre esta evolución en el correr, pero solo diré que corrí mi primer maratón a eso de los 28 años (sin pasar antes por la prudencia de hacer la mitad). Y, entonces aprendí muchas cosas sobre esta maravillosa afición (hacer series, aprender a ser muy disciplinado, saber sufrir) y sobre la vida: ¡a veces son cosas tan parecidas! Descubrí la maravilla de correr a ritmos aceptables buenas tiradas de kilómetros en las tardes de primavera, la paz inmensa de correr sobre la nieve, la sensación estupenda de llegar a las diferentes metas que te ibas poniendo en el calendario. He tenido muy buenos compañeros de carrera, pero destaco aquí a mi amadísimo perro Thor, un pastor belga con el que compartí miles de kilómetros gozosos perdidos entre los campos de la periferia.

Estas líneas se alargarían y alargarían con anécdotas y batallas variadas, pero tengo que llegar al «seguir corriendo». Un día, hace más de veinte años, iba corriendo con mi amigo Jaime, con el que compartíamos metros y metros, charlas y charlas en momentos estupendos momentos de la vida y en trances terribles. Y no sé quién de los dos (poco importa porque es algo que teníamos ambos muy cerca del corazón). Él o yo, uno de los dos dijo: «A mí lo que me gustaría es seguir corriendo. Que, dentro de veinte años, podamos seguir experimentando esta sensación». Subrayo que no nos importaba el hecho de correr como balas, sino un futuro en el que el correr siguiese formando parte de nuestro modo de vida, de nuestra concepción de las cosas.

Tras un paréntesis de una lesión molesta, tras un paréntesis de descanso mental de unos cuantos años en los que me negué a correr muchos kilómetros, Félix, otro amigo, me fue animando y corrí por primera vez un cross alpino en Pradoluengo y me encontré con esa carrera tan bonita que es la Nocturna de Modúbar…

Pero la importancia de esta entrada llega ahora, con la anécdota vital de lo que significa correr para mí. Asiduo de la San Silvestre Cidiana para despedir el año, un lejano 31 de diciembre, cerca del cambio de milenio, dejé la bolsa con el dorsal y todos los bártulos en el maletero del coche en un aparcamiento cerca del hospital. Ese día no pude correr porque nació mi hijo. Teniendo un niño pequeño de cumpleaños, tampoco lo puede hacer durante unos cuantos años en los que ese día tenía que ser una celebración intensa para él. Al ir creciendo, nos apuntamos por primera vez a esa San Silvestre de nuevo y ya no dejamos de hacerlo, año tras año. Al principio, yo le esperaba. Al pasar los años, empezamos a ir a la par y él se iba despegando en la parte final de la carrera. Pasaron otros años más y salíamos juntos de casa, estábamos juntos en la salida y compartíamos unos metros de carrera para que él volase y yo me mantuviese… si podía El año pasado, tuve una rotura de fibras en la pierna y no pude correr con él. Estuve en la meta y —que no se entere nadie— lloré con toda la tristeza que suponía para mí no correr con él ese día.

El presente año ha sido muy especial. Él y yo hemos corrido unas cuantas pruebas juntos y hemos compartido muchos días de preparación. Porque correr es algo que ha de ser habitual y no esporádico. Entrenamos para lo que serían para él sus primeras carreras de diez kilómetros, de veinte kilómetros. Correr juntos la Behobia-San Sebastián es una de las cosas más bonitas que me ha pasado en esta vida. Mantuvimos un gran ritmo (yo bajé más de cuatro minutos mi marca del año anterior gracias a él), fuimos animándonos en las cuestas más duras y él, que se encontraba con fuerzas para el impulso final, aceleró unos metros pero me esperó un poquito en la meta para llegar juntos.

La semana pasada corrimos los dos el cross de El Crucero, nos queda otra San Silvestre preparatoria para la Cidiana del día 31 en Los Balbases y estamos entrenando muy fuerte y con muchas ganas para ese día de carrera con el que acabaremos el año. Como en otras ocasiones, probablemente nos veamos tan solo durante los primeros metros y luego ya en la meta.. Pero yo pienso ahora, hoy, en la conversación mantenida con mi amigo Jaime. Y compruebo, con gran alegría, lo que significa en esta vida seguir corriendo.

Imagen de Shelby L. Bell.

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