— Verba Volant

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Sentido

Hace unos días, leía en el blog de un compañero de facultad una reflexión sobre los comienzos de curso: me gusta la magia que se produce cuando lo que muchos —desgraciadamente— conciben como cíclico y repetitivo no es sino una aventura que forma parte de un camino para el descubrimiento y, por lo tanto, para el aprendizaje. Un profesor no puede realizar bien su oficio si habla desde la atalaya de la sabiduría absoluta (¿qué es esa presunta sabiduría?, ¿dónde está?), sino que su labor se afianza en los matices nuevos que da descubriendo en lo podría parecer ya conocido, en la interpretación que se le ocurre que puede ser fruto de un cambio de perspectiva, de una mirada con unos ojos que nunca contemplan el mismo objeto.

No hay enseñanza provechosa sin ese cambio de piel que nos ha de suceder cada vez que volvemos a nuestra tarea. Y, en ese aprendizaje, creo que es esencial el papel de los estudiantes. Una clase, sea virtual o presencial, es una comunión irrepetible entre los profesores y los alumnos. El tema 3 o el texto B podrá ser el mismo (o no), pero una observación atinada, una pregunta a tiempo, una duda manifestada en voz alta, nos sirven para apuntalar el edificio de nuestro conocimiento… o puede que, en algún momento, para derribarlo e intentar construir uno nuevo.

Después de muchos años en este oficio, creo que me aburriría soberanamente si, curso tras curso, mi labor fuese enseñar todo lo que sé. Prefiero seguir aprendiendo para que todo tenga sentido.

Imagen de Jef Safi.

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No importa lo que pase. Si todo va bien, canta y baila. Si las cosas se tuercen, pon música.

Si optas por canciones tristes, te servirá para que esa tristeza supure por tus heridas, para que brote por tu epidermis y se convierta en un acto de contemplación o de redención, un momento de reconciliarse con las cosas bellas. Si optas por canciones alegres, sube aún más el volumen (si puedes, todavía un poco más: los auriculares también valen para no cabrear a todo el barrio). Que tu corazón salga del latido mustio y se vaya acelerando hasta que retumbe.

No quieras ser trascendente, no pretendas ir más allá de tus fuerzas. Sal de los límites y vuelve a las canciones de tu adolescencia o a las canciones que le gustaban a tu madre y que canturreaba a todas horas o a todas aquellas que no pasaron a la historia de la música.

Si echas a alguien de menos, no dudes y elige esas canciones importantes. Extiende como una alfombra toda la lista de los momentos que os unieron, pero apuesta también por otras melodías que supondrán una nueva senda, la senda de vuestro futuro.

No descartes tampoco subirte a los clásicos de los clásicos. Escala todo lo alto que quieras y prueba a mezclarlos en cócteles imposibles.

Pero, por encima de todas las cosas, hay algo que tienes que tener en cuenta. Cuando sientas que el silencio es atronador, no dejes que el momento revierta en afonía. En este caso, huye de la música callada y piensa en algo más parecido a una soledad sonora. Cuando sientas que tu vida pasa por unos instantes de zozobra, pon música.

Entrada escrita en una tarde en la que sonaban The Corrs, Artic Monkeys, Bach, Pretenders, Moby, M-Clan, Coque Malla, Efecto Mariposa, Immaculate Fools, Mikel Erentxun, Indigo Drone, McEnroe, Jovanotti, Fangoria, Kool Hertz, Muse, Rod Stewart, Chopin, Leo Sayer y The Thorns. Y alguna más.

La fotografía es mía, pero no la había colgado —todavía— en ningún sitio.

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En los pocos ratos de piscina de los que estoy disfrutando hasta el momento, me siento plácidamente a leer A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen. Ayer me encontré un pasaje con el que creo que nos sentimos identificados todos los que tenemos pasión por libros desde pequeños:

Cuando era un niño, como apenas tenía unos centavos, dedicaba mucho tiempo a escoger qué libro comprar, y lo placentero que era aquello, mientras que de adulto, como ya podía adquirir muchos libros, esa excitación había desaparecido

Woody Allen, A propósito de nada, Alianza Editorial, p. 131

Cerré los ojos y me transporté a los tiempos en los que, a partir de los ocho o nueve años, invertía todo el dinero que iba sacando entre propinas y tíos generosos para comprarme libros. Un poco más adelante, me acercaba, ya sin mi madre, a recoger a la librería Granado, que estaba cerca del Mercado Sur, los pedidos de tebeos (Mortadelo para mí, El capitán Trueno para mi padre). La librera, Humi, era una señora que me daba mucho miedo. Tenía un carácter arisco que manifestaba sobre todo en la manera de tratar a la dependienta. Me hacía mucha gracia que, cuando ella se daba trabajosamente la vuelta para buscar algo, esta le hacía burla y a mí me guiñaba un ojo y sonreía.

Pese a ese carácter, Humi me trataba bien y llegamos a hacer un pacto nunca escrito y nunca expresado (y del que —creo— nunca se enteró mi madre): yo me llevaba» a cuenta» un libro e iba ahorrando hasta pagárselo. Así, de uno en uno, fui cimentando los principios de una biblioteca que iba creciendo y de la cual me sentía muy orgulloso. Ponía todo mi empeño en gastar poco en todo lo demás para conseguir el siguiente, en una especie de migas de pan que serían los hitos que marcarían mi futuro como lector.

Mi abuela y mi tía, ayudadas por mi padre cuando salía de trabajar, habían regentado durante años una librería en la calle Laín Calvo y tenía, de algún modo, ese gusanillo cobijado en el fenotipo. Yo no viví esa época de vivir entre familia y entre libros, pero sentí que algo llevaba dentro que me impulsaba a ese gozo.

Un poco más adelante, a eso de los catorce, pasé a visitar, cada vez con más frecuencia, la librería de Hijos de Santiago Rodríguez (que también combinaba con encargos en la librería Luz y Vida: mi padre era amigo de Álvaro, el padre de Álvaro, el hijo de Álvaro, que hoy se regenta la librería). La razón era sencilla: era un establecimiento enorme y, a diferencia de la de la familia Granado, esta tenía todos los libros al alcance de la mano. Durante años y años, me pasé horas disfrutando del contacto con los libros, leía pasajes, avanzaba páginas y, sobre todo, me las prometía felices pensando cuál sería mi próxima joya, aquella que haría brillar mis ojos durante unos cuantos días con una prosa llena de aventuras, intrigas y pasajes llenos de belleza.

A medida que fui creciendo, fue aumentando mi abanico de obsesiones en ese delicioso negro sobre blanco. Llegó la poesía, la filosofía y la historia y, ya como universitario, los libros de estudios literarios, de teoría de la literatura y de lingüística. Pese a tener los objetivos mucho más claros, yo seguía paseando con alegría por las librerías para ir descubriendo tesoros escondidos, libros que estaban esperándome, sin que yo lo supiese. Libros que, seguramente, me habían descubierto a mí mucho antes de que yo los descubriese a ellos.

Cada ciudad en la que he pasado algo de mi tiempo se ha llevado parte de mi corazón y de mis ahorros, de los que nunca me ha importando tan poco (tampoco) desprenderme. Creo que la librería Sandoval de Valladolid, la librería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid y un par de librerías de París han sido algunas de las más afortunadas, puesto que los libros técnicos eran considerablemente caros.

La alegría inmensa de comprar un libro para consultarlo o para devorarlo sigue estando presente en mi día a día. Afortunadamente, trabajo con libros y entre libros, aunque en algunas ocasiones ahora las ediciones sean digitales. Sumando todos los volúmenes que tengo distribuidos por aquí o por allá, serán unos diez mil los libros que rondan por mi cabeza. Entre ellos, por supuesto, alguno espera ansioso su turno y empuja su lomo para que destaque entre sus hermanos y sea el elegido para su primer disfrute o para el milagro de la relectura, ese que practico —también, afortunadamente— desde hace años (¡qué estupendo es descubrir que los libros cambian contigo y nunca son iguales a los de la primera vez!).

Y ayer, cuando leía ese pasaje de Woody Allen, pensé que tenía que escribir sobre aquellos días en los que iba contando peseta a peseta lo que me iba a costar llegar al próximo libro, en ese perpetuo caminar, en ese ascenso constante, en el que la cima siempre espera, gozosa, un poco más allá.

La imagen es de Santiago Atienza.

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Esta, indudablemente, es una historia extraña que me ha empujado a salir momentáneamente de mi deliberado silencio.

Parte de un sueño que tuve hace unos días. Era uno de esos sueños plácidos y recurrentes que van merodeando el dormir de manera muy agradable en alguien, como yo, que piensa que no sueña porque no recuerda lo que le acontece cuando pierde la vigilancia sobre sí mismo.

En el sueño, una imagen nítida en blanco y negro de Eugenio y una frase de una canción: «Si te vas, por qué te callas». La canción seguía en mi sueño e iba aportando estrofas sugerentes con una historia triste de amores y fracasos. Lamentablemente, no he conseguido rescatar más que el título y otras imágenes sobre ese vídeo musical y onírico. «Si te vas, por qué te callas» era la manera que tenía Eugenio de rematar cada estrofa. En el sueño, el cantante tiene una voz un poco más grave que la del original, del que os hablaré después. No puedo dar muchos más detalles: está claro que mi cabeza captaba una imagen de Eugenio tocando la guitarra, sentado, en un ligero plano picado, que resaltaba sus facciones y con las sombras matizando hasta los poros. Después, un acompañamiento musical extraño: una persona hacía ruidos fuertes y acompasados con un cartel enorme que hacían de contrapunto a la melodía y le proferían un toque casi violento, de manifestación de la ruptura.

Y no puedo deciros mucho más. Pude rescatar todo esto porque me desperté a las cuatro de la mañana y apunté alguna de las ideas que se iban desvaneciendo de manera rápida. Eugenio es un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual, de grandes y variados talentos, al que considero mi amigo, aunque hace mucho que solo sé de él por las redes sociales. Entre esos talentos, esta el de la música. No solo toca varios instrumentos, sino que le gusta oficiar de luthier y construye cachivaches que suenan luego maravillosamente. Es una delicia ver su Instagram para escuchar esas composiciones.

Tengo muchas cosas que contar de Eugenio, al que pongo, en esta ocasión, con su nombre real, pero no lo voy a hacer, de momento. No obstante, voy a considerar esta entrada como una de las partes egregias de mis Historias de alumnos. Y será una historia de alumnos contando algo del futuro. Porque pido, desde aquí, a Eugenio, que haga realidad mis sueños.

Imagen de Joanna Boj.

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Lo habréis comprobado: últimamente no escribo. Y es cierto, no publico entradas desde hace mucho. Es una forma de protección para que el vacío no me duela.

Vivimos momentos difíciles. En principio, hay seres raros, entre los que me cuento, que no tienen inconvenientes poderosos para sentirse necesitados de muchas cosas alrededor. Por lo tanto, sobrevivo bien. O, al menos, eso creía. A medida que pasan días, semanas y meses, todo se vuelve del mismo color.

O quizá no se vuelva todo del mismo color. No, al menos, para mí, si no lo escribo. Si lo plasmo en papel, la escala de grises me acogota la cabeza y sufro. Si lo dejo pasar, si lo vivo entre visillos sin dar cuenta de que miro y cuento, todo sobrevuela lo suficientemente ligero para ser un soplo de aire que no ahoga.

Me limito a vivir. Y no solo. Más allá de eso, me contento con vivir. Y más allá, me congratulo de vivirlo para no contarlo. Eso, es exactamente, el egoísmo existencial con el que me alimento.

Veo las estrellas y no las cuento. Cuento las zancadas y no las pongo de manifiesto. Si no se escucha, todo me suena más fácil.

Y las madrugadas transcurren corriendo, las mañanas trabajando, los mediodías comiendo, la sobremesa soñando, las tardes corrigiendo y leyendo. Los rayos últimos del sol me pillan paseando, el hambre cenando y la noche dejando que todo pase un día más.

Imagen de Camil Tucan.

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Guardo un retrato que me hicieron hace unos años. He ido al cajón de las cosas inútiles para buscar una fotografía, la única que conservo, además de las que están incorporadas a diferentes carnés con identificaciones, permisos y más zarandajas tan prescindibles para mí ahora. También me he topado con eso que llamábamos dinero de plástico y he esbozado una sonrisa.

Es una fotografía realizada en un parque público. Yo estoy de pie, vestido adecuadamente, con un pantalón limpio, una camisa blanca, inmaculada y sin ninguna arruga. Todavía llevaba gafas (ahora mi vida es un poco más difusa). Me apoyo un árbol y esbozo una media sonrisa. El fotógrafo, recuerdo, me logró sacar este aditamento gestual tan impropio de mi naturaleza.

Ver el retrato y contemplar un cielo que era siempre azul, aunque lloviese, aunque tronara, me ha hecho caer en la cuenta de que, en algún lugar, tiene que haber una máquina de retratar. Me paso horas buscando por todos los rincones, hasta que la encuentro. Es muy antigua, me pregunto si funciona. Intento ponerla en marcha y sí, oigo ese sonidito mágico.

Ahora me paso el día retratándome. Pongo la mano en el ángulo perfecto y ensayo planos cenitales y americanos y primerísimos primeros planos. Todo lo que da de sí mi brazo, hasta que busco apoyos para jugar más con los ángulos y las posturas. Me emborracho de mí mismo en un acto de vacío endiosamiento. Cuando se me acaba un carrete que no puedo revelar, disparo imaginándome un resultado que no sucederá. Y sonrío mucho, me río, suelto carcajadas, llenas de una felicidad inmensa. Procede de la angustia sublime de que nadie me volverá a ver reír.

(Quinta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa). 

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Desde ayer, todo ha resultado fácil y contradictorio. Fue realizando una búsqueda desesperada por todos los bártulos acumulados y he descubierto un extraño artefacto. Siguiendo la lógica de un cable que acababa en una cosa con dos salientes, he conectado eso a un artilugio que estaba en la pared. Y he descubierto otro mundo.

Accionando botones, he ido viendo otros lugares distintos a mi pequeño habitáculo. Me he pasado horas y horas mirando a personas contando sucesos que me transmitían miedo. Seres casi fantásticos, fantasmas casi, saliendo de casas con gente enferma. Conexión con hospitales de campaña. Militares y policía patrullando las calles. Cada acción con el botón me transportaba a otro infierno, hasta que llegado a unas imágenes extrañas, que carecían de color. Un señor tenía pasaportes. Otro señor tocaba un piano. Una señora llevaba un sombrero que le tapaba parte de su bello rostro. Había policías y militares también, pero parecía una historia de perdedores que no finalizaba en fracaso. He oído algo de que ellos vestían de gris y tú vestías de azul. He sonreído porque he descubierto otro universo en el que me quedaría para siempre.

(Cuarta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa).

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Hoy estaba profundamente dormido, agotado de mi escalada de ayer, cuando me ha parecido escuchar una melodía. Ya completamente despierto, aguzando todos los sentidos, me he incorporado y, definitivamente, la canción estaba en mi cabeza. Hacía mucho que no la oía, siglos parece que ocurrieron aquellos momentos de bailes en las verbenas, cuando bailar era un hecho natural para expresarse, para sacar todo lo que llevaba dentro. ¡Le daba tan poca importancia a todo lo que acontecía de manera normal!

Las palabras de la canción se me amontonaban en la cabeza y aparecían dispersas. Trataba sobre perdidas y soledades, de noches y miedos al silencio, de recuerdos, de sueños rotos en pedazos, de magia que se desvanece. De un enemigo que habita en mí mismo y de una nostalgia que apuñala. Entonces, lo he visto más claro: de que reconoceré mi voz cuando me amenace la locura.

Y sí, noto que mi cabeza ronda palabras que son sentimientos y sentimientos que se vuelven contra mí, de modo cruel y paulatino. He pensado que necesitaba ayuda y no sabía dónde buscarla. Al final, he acudido a un sitio recóndito de mi hábitat, ese donde habitan las figuras mágicas. En ellas, tengo el orden y la geometría, pero también las curvas de la volubilidad. Me he detenido delante de ellas y, por primera vez en la vida, me he arrodillado venerando símbolos de todo aquello de lo quiero escapar.

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