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Historias de alumnos – La alumna que tenía pájaros en la cabeza

En ocasiones, la casualidad es un itinerario del destino. O puede que no, que la casualidad sea solo un marco en el que se engloban circunstancias para las que no encontramos, al principio, una justificación plausible. Y creo que esto es lo que ocurre con la alumna que tenía pájaros en la cabeza.

Para que se entienda mejor el párrafo anterior, he de ponerlo en contexto. Desde hace unos años, imparto unas cuantas asignaturas de grado y de máster en línea. Y sucede que, sobre todo en el grado, me encuentro con estudiantes de la índole más variada. Son muchos los que hacen este grado por placer, porque el destino les llevó en el pasado a hacer otra cosa, porque quieren completar una formación más redonda. Y me he encontrado con personas de lo más variado de la fauna humana. Algunos profesores de primaria, secundaria o de universidad con gran experiencia en sus respectivos campos de especialidad, personas con un doctorado (o dos), estudiantes que lo han sido ya de no-sé-cuántas licenciaturas o grados. Científicos, repartidores, escritores, electricistas, periodistas y comunicadores, políticos, guías turísticos, filólogos, restauradores (de arte y de comida)… Todos ellos, todas ellas, con unas experiencias y vivencias que enriquecen la manera de enfocar las asignaturas y, en el aspecto más egoísta, me enriquecen a mí. Me hacen aprender y mejorar. Son tan benevolentes que intentan disimular y no ponen en evidencia un síndrome del impostor que padezco y evidencio.

Las materias que yo hago como que enseño y en las que aprendo suelen tener unos seminarios optativos de carácter semanal en el que compartimos y explicamos cuestiones esenciales, ponemos ejemplos, resolvemos dudas. Aunque virtuales, son encuentros «cara a cara» en el que, con el tiempo, se van estableciendo lazos (más o menos) profundos.

Pero hablemos de Julia. Julia fue mi alumna hace unos años. Pertenecía a una promoción fantástica y muy implicada en los seminarios de los que acabo de hablar. Antes de conocerla por lo que decía, todos los asistentes tuvimos la ocasión de comprobar que tenía pájaros en la cabeza… literalmente. Bueno, quizás no eran pájaros, sino pájaro. No voy a decir que a mí me parecía un periquito por si Julia llega a leer esto. Seguro que no lo es y ella se enfada un poco debido a mi ignorancia ornitológica. El caso es que se crearon, desde el principio, secuencias hipnóticas en las que las palabras aleteaban al ritmo de ese pájaro precioso de colores intensos. Lo de los colores intensos no lo sé, quizás es una trampa de la memoria.

Las personas que tienen pájaros en la cabeza no pueden ser, obviamente, personas normales. Y esto lo digo con todo el respeto hacia las personas que no son normales. Simplemente, no son convencionales y, precisamente por esa razón, enfocan las cosas y la vida desde un ángulo distinto.

Me enteré con el tiempo que Julia tenía como oficio las palabras. También literalmente. Julia es escritora. También con el tiempo, fui comprobando la exigencia que tenía para escribir tal palabra, ese enunciado, aquel texto. No valían excusas ni sinónimos ni atajos. Así en Juan Ramón: «Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas»

Como la asignatura es de ámbito lingüístico y trata de usos, de contextos, de actos en los que se tienen intenciones, se comunica, se infiere y se presupone, la profesión de Julia se entrecruzó pronto (y creo que para siempre) con su oficio y su trabajo. No hay nada mejor —o nada peor— que una reflexión a mayores sobre lo que se hace y sobre lo que se ama. Y, de forma inevitable, Julia y yo empezamos a comunicarnos por correo para hablar de eso que nos apasiona. 

Uno de los momentos apasionantes tuvo lugar cuando estaba leyendo un libro suyo. Tildaba a uno de los personajes de «bodoque». Y yo encontré la palabra precisa, que no recuerdo haber visto antes por escrito, empleada por mi padre decenas y decenas de veces. Le pregunté y supe que «bodoque» no era un azar, sino una elección, la única posible entre alternativas desterradas porque no servían al propósito. Eso es tener un oficio como dios manda y desempeñarlo de manera excelente.

Y, más adelante, fui descubriendo a través de sus palabras esa cabeza llena de pájaros, que no tiene nada que ver con la concepción que tenemos de persona idealista y no aterrizado. O quizás sí que tenga que ver, siempre que estar en tierra signifique estar pegado siempre a algo seguro y fijo sin atreverse a experimentar, a soñar, a ver desde más arriba, desde un lado y desde el otro. Porque Julia tiene las palabras como instrumento para contar historias (literalmente), para contar vidas sujetas a circunstancias injustas y difíciles (literalmente). A veces, para contar y retratar el lado más oscuro de nuestras existencias pasadas y presentes. Literalmente

Las palabras vuelan y los pájaros, a veces, tienen una cabeza para sembrar los sueños y las pesadillas con imágenes. No siempre es fácil, pero (a veces) es bello. Lo mismo que los azares del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen ha sido tomada de una página web de un profesional de la traducción.

Le llamaban Trinidad. Una historia personal

Si digo que Le llamaban Trinidad es una película que me encanta, muchos pensaréis que os estoy tomando el pelo. Pero no.

Durante toda mi infancia y mi primera adolescencia, tuve la suerte de que mi padre me llevaba a todas las películas («autorizadas», claro) que ponían en los cines de mi ciudad. Eran tiempos en los que, junto con el cine de estreno, había muchos salas que ofrecían sesiones dobles que, de una u otra manera, reponían sin parar.

No recuerdo cuándo la vi por primera vez, mas para un niño serio y algo triste como yo era una delicia disfrutar de una película del oeste, con mamporros a mansalva, con un dúo de protagonistas antagónicos en el que era inevitable ponerse de parte de Trinidad, un personaje que, pese a lo que tenía de vago y guarro, no dejaba de destilar elegancia y socarronería tras esos ojos claros y brillantes. Salvando las distancias, era algo así como ver a Astérix y Obélix traspasados a los estertores del spaghetti-western. Una parodia de las pelis que habían acabado por llevar al ocaso del género hasta que volvió a resucitar con motivos crepusculares. La película contó con una secuela con los mismos actores, llamada Le seguían llamando Trinidad, que motivó una divertida confusión que condujo a que mi padre y yo viésemos en el cine la primera de ellas no sé cuántas veces.

Tocaba el día de ir al cine y mi padre me pedía que mirase la cartelera en el periódico. De vez en cuando, se producía la feliz casualidad de que volvían a reponerla. Y yo le decía que podíamos ir a «una de los hermanos Trinidad». Y mi padre se hacía el tonto y decía que si esa no la habíamos visto. Y yo me hacía el tonto dos veces y le decía que no, que era otra de la misma saga. Y mi padre esbozaba la sonrisa entreverada y me decía que vale, que íbamos a esa.

Entrábamos en el cine y empezaba la película. Y veíamos ese inicio mítico, con el caballo tirando de una hamaca en la que vaguea el deslavazado protagonista. Mi padre se acercaba y me susurraba un «Me has engañado, es la misma» y yo, mirando la pantalla, le decía que igual es que empezaba de la misma manera que las otras. Pero llegaba a la tasquilla donde le daban de comer, le arrebataba la sartén al dueño, se aprovisionaba de legumbres para parar un tren en un ambiente tenso que se remataba con un sonoro regüeldo y ya no cabía duda. Yo me moría de risa, tanto por la escena como por la situación, en la que veía de reojo a mi padre sonreír abiertamente consciente de que, una vez más, volvía a ser feliz viendo una parodia de películas del oeste.

Y Le llamaban Trinidad se convirtió, por repetición y reiteración, en una película que fueron muchas, todas distintas y todas la misma. Películas que, de puro ligeras, han calado en mí de manera muy profunda. Mi padre ya no está, pero yo he visto alguna vez con mi hijo la película en la tele. Y sigo viendo llegar a Terence Hill desde ninguna parte, con el caballo ejerciendo de GPS y arrastrando la tumbona en la que él esta tranquilamente dormido, lleno de mugre. Y, gracias a él, sigo evocando esos ojos azules profundos y esa sonrisa a medias con las que fuimos tan felices gracias a las ficciones.

Historias de alumnos. La estación de paso

Tengo pendientes muchas historias de alumnos. Han tenido tanto éxito que me abrumaba el número de personas que esperaban a que llegase su historia. Creo que soy muy injusto postergando tanto la escritura y, casi con total seguridad, volveré sobre estas historias que me abren la ventana del recuerdo.

De hecho, escribo estas líneas porque una de las historia s que tengo pendientes se refiere a una alumna con la que me encontré el otro día en un avión hacia Londres. Explicaré los detalles cuando hable de ella. Baste decir que, a los pocos días, me mandó un wasap en el que adjuntaba un artículo que escribí en un periódico de Burgos. Se trata de un texto que compuse para ellos, un grupo de estudiantes fabuloso con el que aprendí todos los días. Leí, lleno de emoción, esas palabras en clase. Es este:

Esta mañana he dado la última clase de Literatura a mis alumnos de COU. No será mi última clase de Literatura. pero sí la última para ellos. Y cuando me he despedido, les he contado la historia de la estación de paso. 

Imagínese el lector una estación de ferrocarril modesta y pequeña. Una estación que, si del viajero dependiera, no existiría, pues sirve tan sólo para enlazar un tren con otro en un transbordo necesario. El trabajo de los ferroviarios de esta estación es el mismo que en Atocha o Chamartín, aunque (eso si), más modesto. Hay en esa estación gran-des letreros con los horarios de entradas y salidas, un empleado en taquilla que expende los billetes, un mozo de equipajes, empleados de circulación, un jefe de estación… Es esta una estación anodina a la que los pasajeros llegan a regañadientes. Una estación en la que muchos de ellos mirarán insistentemente el reloj esperando ese tren que parece no llegar nunca. Una estación que, a unos pocos se les antojará una estación pintoresca, y en la que no les importará, si tienen tiempo pasear lentamente por el andén disfrutando del olor de los árboles cercanos y de la abarullada calma propia de estos lugares. Alguno, incluso, se enamorará durante diez minutos de esa mujer a la que no volverá a ver jamás. Otros, por último, se afanarán por encerrarse en la lectura de un libro o intentarán estudiar profundamente un informe de su empresa interrogando a los cielos por qué ese balance no cuadra. 

Esta estación es un microcosmos en el que hay viajeros que protestan, empleados descontentos con su trabajo, futuros pasajeros de paciencia infinita, ferroviarios con vocación auténtica, personas que pasaban por allí para matar su tiempo sombrío, gente, en fin, a la que le gusta contemplar cómo se alejan los trenes (o disfrutar extáticamente de su llegada). 

Algunos (pasajeros y empleados) cometen un error tremendo, y piensan que ese lugar intermedio es la meta: y, en cierta medida, pretenden ignorar que existe un final. No quieren creer que el tren, con más o menos retraso, siempre llega. No quieren reconocer que, aunque prometan regresar, nunca más volverán ya a coger ese tren que les conduce a un destino irrepetible y único. En el fondo, ansían nadar en el perpetuo olvido del presente. Los viaje-ros siempre pasan y, aunque hubiesen llegado a fumar un cigarrillo y conversar con el ferroviario de turno, cuando el tren entra por la vía primera y el altavoz anuncia su salida, se despiden atolondradamente, pronuncian un fugaz ¡Hasta la próxima! Y se marchan. Mientras, al factor de circulación no le queda más remedio que ponerse la gorra. levantar el banderín y tocar el silba-to para que continúe el futuro. Aunque sepa que, hoy. la estación se quedar vacía. Aunque sepa que mañana vendrán otros. 

Hoy les he contado esta pequeña historia a mis alumnos de Literatura de COU en la que sería su última clase. Pretendía con ello marcar de alegoría y pretencioso ingenio nuestro adiós mutuo. Una profunda tristeza me obligó a narrar demasiado deprisa. Un ‘vacío que iba vaciando mi garganta para plasmar-se en mis ojos me obligó a no decir-les lo que ahora les digo. Que a muchos de ellos les quise y les quiero. Que tengan suerte y la vida les trate dignamente. Que les echan! de menos. Que hoy, como un tonto. me quedé con la gorra y el banderín dando la salida a un tren desde esta estación de paso. 

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. El artículo apareció en Burgos Siglo XXI el 14 de junio de 1999. La imagen es de Mariano Mantel.

A la cama no te irás – Creo que te falta alegría y cíñete a la rutina. En Oxford

A la cama no te irás.

Durante semanas, me había comprometido conmigo mismo a dejar unos breves pensamientos en este blog cuando acabase el día. Vez tras vez, he ido incumpliendo mi promesa.

Las fuerzas nunca han sido mi fuerte. La fuerza bruta sí. La fuerza de voluntad, depende. Las fuerzas que se oponen, se equilibran o se contrarrestan habitan más en mis teorías que en mis acciones. Que ese es el problema.

En mitad de una noche de ficciones, escuchaba la expresión «Creo que te falta alegría» en esa película que me ha gustado tanto, que me ha dado tanto miedo, en la que me veo representado por eso de arrojarse a la piscina o a donde sea. Otra ronda. Esa identificación que no se produce de forma literal y, por lo tanto, es bastante más peligrosa. Los que me conocen saben que me río mucho, que me río todo el tiempo, que lo convierto todo en risa, en broma. Parecería que eso alivia la vida, pero no es cierto. Me río, simplemente, porque me falta alegría.

Lo decía ya en otro momento y la casualidad me lo ha devuelto con una versión de la misma canción: la música es para las personas tristes. La risa, cuando es auténtica, también. Es una adicción, como otra cualquiera. Y yo voy ronda tras ronda.

Luego, hace también unas semanas, llegó otro acontecimiento digno de ese «A la cama no te irás». La nueva, la última temporada de Dexter. Mi personaje de ficción favorito. ¿Se puede uno sentir identificado con un asesino en serie? No es por los asesinatos, no es por los instintos. Es por lo que se nos pasa por la cabeza. Y, en ese primer capítulo, Dexter se dice a sí mismo: «Cíñete a la rutina». Y eso es lo que hago, las dos cosas que hago. Me río porque soy triste y me ciño a la rutina porque no sé por dónde escapar. A veces, como canta Mina, el cielo está en una habitación.

Ahora viajo mucho por motivos de trabajo. Disfruto y me va bien. Todo lo que casi todo el mundo odia de los vuelos en avión son cosas que adoro porque son rutinas, una por una y repetidas siempre de igual modo. Las asimilo y me encandilan. El mundo ha cambiado mucho sin cambiar nada y ahora moverme se ha convertido en la mejor manera de quedarme quieto en el mismo distinto sitio.

A la cama no te irás y estoy en la cama. Ahora escribiendo. En Oxford. Llegué ayer por la noche para pernoctar en una casa lejana del centro, una casa que no se parecía a nada de lo que yo hubiera visto en persona hasta la fecha. Hoy, entre un frío de pelotas y rachas de viento y nieve que caía a ratos, me ido acercando a un sueño. Lo primero que he hecho ha sido entrar en el despacho de uno de mis colegas, ver una clase de esas que tienen una mesa y diez o doce sillas, en las que todo se desarrolla de forma intensa y no vomitando letanías en serie. Y he recorrido con él toda la historia. Me ha dado envidia  verlo desde fuera. En silencio. Vacío.

Me he dado cuenta de lo poco que hago y  de lo poco que valgo. De cómo, hace ya ni se sabe, desde que era bien joven, he tenido que ir disimulando, como impostor profesional, aparentando que pienso y aparentando que existo. De esa flaqueza de carácter que me empuja a envalentonarme con las cosas vanas e ir dejando para otro día las importantes. ¿Para cuándo unas cuantas frases de ficción bien escritas y construyendo una historia que no se quede entre la dudosa memoria del ordenador? ¿Para cuándo todas esas ideas que, día tras día, pienso provechosas y magníficas y prometedoras, que se convierten en la nada?

En este templo de lo académico, en la primera persona en la que he pensado fue en John L, Austin, uno de los pilares de la disciplina que adoro y en la que milito, ese que nos demostró que decir no era solo eso, sino que también era hacer.

Pero yo hago tan poco que esto solo es una declaración de inacciones. A mí, que tanto me gustaría vivir una clase con una mesa rectangular tan pequeña como para que quepan diez personas (doce como mucho).

Te falta alegría. Cíñete a la rutina, que esa música, esa que tocas y escuchas, es solo para personas tristes.

Pero me he ido a la cama rodeado de palabras. Misión cumplida.

La imagen es de Patrik Theander.

Una de cal y otra de tristeza

En el famoso dicho de «Una de cal y otra de arena», nunca he llegado a saber cuál es el término positivo y cuál el negativo y, aunque podría guglearlo ahora mismo, prefiero quedarme con la duda.

La entrada de hoy iba a estar proyectada en dos polos antagónicos, como la cal y la arena. En una parte iba a sacar toda la mala leche y en otra iba a hablar de cosas delicadas.

Se ve que me voy haciendo mayor. Cada vez me da más pereza enfadarme contra el mundo. O, mejor dicho, contra algunas de las malas personas que deambulan por este mundo. Así que la cal me va a servir para enterrar los exabruptos de lengua viperina.

Y me quedo con la tristeza como estado bello en el que habitar el mundo. Resignado a disfrutar solamente de las alegrías a tiempo parcial, hay una tristeza en la que te encuentras, con la que te identificas y, al final, con la que te acostumbras a convivir.

Viene todo esto a colación de mi última lectura, la novela El baile del reloj, de Anne Tyler. Quizás no sea una novela triste, eso lo dejo para que opine cada uno. Pero a mí, como me ocurrió ya con El turista accidental, los personajes de Tyler me dejan un profundo poso de tristeza. Me ocurrió primero con ese viajero que deambulaba por el mundo para escribir guías de viajes y me ocurre ahora con Willa, un personaje en la encrucijada.

Esa manera de emprender los viajes para no quedarse, esa prosa calmada y detallada, cargada de emociones, que me sirven para escribir en el reverso de mi vida. Porque, en la vida, siempre hay una de cal y una de tristeza.

Con imagen de Camil Tucan.

Eres un paréntesis: acaba y empieza, sin nostalgia ni pena, desafíos, el Thyssen y el cielo de Madrid… y el paréntesis

Acaba y empieza

Septiembre se mete de tapadillo en el verano. El último día de piscina fue muy triste, con mucho calor, la piscina llena de nostálgicos aprovechando hasta el tuétano. Acaba la temporada de piscina y la recordaremos durante meses cuando el frío sea más profundo y parezca irreversible.

Sin nostalgia y sin pena

Tengo nostalgia y pena de que acabe al verano, pero odio a todos los que se muestran nostálgicos y penosos a la vuelta. No me gusta empezar un nuevo curso triste por lo que he perdido, sino por lo que me voy a encontrar. Buf, parezco un libro de autoayuda.

Desafíos

Este verano he llegado a una nueva meta, pero no estoy contento. Tendría que estar orgulloso y, de hecho, manifiesto ese orgullo de cara a la galería, pero, en mi fuero interno, tengo una sensación de vacío y de pena. Tengo que desafiarme mejor.

El Thyssen y el cielo de Madrid

Tendré que hablar un día de exposiciones, tendré que confesar que es la primera vez que visito el Thyssen y que tengo dos cosas que tengo que deciros de él y una se llama Mondrian. De momento, pienso en el atardecer de una tarde calurosa y en el cielo de Madrid. Y de su belleza

Eres un paréntesis

También tendría que evocar unas cuantas ficciones. Hay una que me ha llegado a lo más profundo. Fue una película que cayó durante una noche de insomnio, que era mucho mejor de lo que parecía, de esas que retratan tu vida. En ella, un personaje le dice a otro: «Eres un paréntesis». Y yo me quedé de piedra porque retrataba lo que es, de hecho, el signo de puntuación de mi vida.

Imagen de Robert Clinton.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

unas cenizas en una urna, un momento prodigioso de lectura, dos imbéciles, dos chapuzones y tres cervezas

unas cenizas en una urna

Ayer empezó el día con una mezcla de tristeza, de reflexión y de encuentros. En el cementerio de Miranda de Ebro, se enterraría una urna con las cenizas de una persona muy querida de mi familia. Había muerto hace ya tiempo, pero la pandemia había evitado que esos restos de polvo enamorado reposasen en el lugar adecuado. Miré la lápida y encontré los nombres de parte de la historia familiar y me conmovió, al ver mi apellido allí escrito, ser consciente de que quedamos ya muy pocos y ni querer pensar siquiera quién puede ser el siguiente. Como siempre ocurre en los duelos, los muertos nos sirven para reconciliarnos con los que quedan, que en este caso eran personas a las que hacía muchísimos años que no veía, e incluso otras personas a las que no conocía pero que están muy próximas en la memoria de la familia.

un momento prodigioso de lectura

Casi nunca abandono de un libro (si dijera que uno de los pocos que he abandonado en varias ocasiones ha sido El señor de los anillos seguro que más de uno me guardará rencor eterno). Pienso que puede que llegue una frase sorprendente, un personaje que fascina, una recuperación prodigiosa, qué se yo. Estoy leyendo Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro. No es que no me estuviese gustando, es que me estaba confundiendo y desconcertando porque recorre un sendero que no era esperado. Y ahí estaba yo, por la tarde, una vez asentado en la piscina, avanzando en la lectura, cuando he arribado a un pasaje maravilloso. Podía verse venir, pero yo estaba despistado en mi desasosiego. Y todo encaja en la manera que a mi me gusta que encaje las lecturas, desarmándome y revolviendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza.

dos ímbéciles

Las tardes de piscina dan para mucho, sobre todo cuando has vuelto de un acto luctuoso, has comido pronto y quieres refugiarte del sol en una sombra fresca y amena, con el sonido de agua como telón de fondo. En el devenir de las horas, pasan conocidos con los que charlas de manera más o menos detenido, con los que compartes agradables palabras intrascendentes, saludos (cordiales casi siempre, protocolarios y circunstanciales algunos), te pones al día de las vidas o qué se yo. Fue así con unas cuantas personas y, aunque la tarde fue más o menos afortunada, tuve la mala fortuna de encontrarme con dos imbéciles. Uno me hizo una de las preguntas más tontas que he tenido ocasión de responder y otro me contó de manera pormenorizada una vida, la suya, que me interesa solo en lo superficial y no en los detalles con los que fue machacando más aún que la tarde de calor plomizo.

dos chapuzones

No fue un entrenamiento como tal porque ayer era un día en el que tocaba recuperar, así que utilicé la natación para refrescarme, para gozar del agua, para notar la respiración y convivir con ella, para saber compartir la felicidad del cuerpo para que la mente se anime.

tres cervezas

En las tardes de piscina, hay un largo momento de privacidad, salpicada de esos encuentros de los que hablaba, de baños y de lecturas. Cuando las horas avanzan, me reúno siempre con unos buenos amigos. Tres cervezas, unas patatas fritas, una buena conversación y unas risas sirvieron para finalizar.

Cenizas, nombres familiares, encuentros, lecturas que te reconcilian, imbéciles que siempre son menos que las personas a las que consideras o a las que aprecias y baños de frescor hacia fuera y hacia dentro.

Otra día. Y una tarde de piscina.

Los libros finos

“los estantes repletos de libros, casi todos de lomos delgadísimos, porque casi todos son libros de poesía.”

Alejandro Zafra, Poeta Chileno

Toda nuestra vida en unas páginas. Dilatada como en las novelas, explicada como en los ensayos, mimetizada como en las obras dramáticas.

Toda una manera de aludir sin aludidos, de detallar sin descripciones, de reconocer sin anagnórisis. Nuestras existencias condensadas en esos libros finos, con pocas páginas, mucho espacio en blanco. Con las sílabas contadas, con los silencios ventilados, con una intensión necesariamente intensa para comunicar y para conocer y para identificar-nos.

Los libros finos, de lomos delgadísimos. Quién pudiera contar como los poetas.

Con una imagen de Shara Reid.