— Verba Volant

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Sentido

Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Guardo un retrato que me hicieron hace unos años. He ido al cajón de las cosas inútiles para buscar una fotografía, la única que conservo, además de las que están incorporadas a diferentes carnés con identificaciones, permisos y más zarandajas tan prescindibles para mí ahora. También me he topado con eso que llamábamos dinero de plástico y he esbozado una sonrisa.

Es una fotografía realizada en un parque público. Yo estoy de pie, vestido adecuadamente, con un pantalón limpio, una camisa blanca, inmaculada y sin ninguna arruga. Todavía llevaba gafas (ahora mi vida es un poco más difusa). Me apoyo un árbol y esbozo una media sonrisa. El fotógrafo, recuerdo, me logró sacar este aditamento gestual tan impropio de mi naturaleza.

Ver el retrato y contemplar un cielo que era siempre azul, aunque lloviese, aunque tronara, me ha hecho caer en la cuenta de que, en algún lugar, tiene que haber una máquina de retratar. Me paso horas buscando por todos los rincones, hasta que la encuentro. Es muy antigua, me pregunto si funciona. Intento ponerla en marcha y sí, oigo ese sonidito mágico.

Ahora me paso el día retratándome. Pongo la mano en el ángulo perfecto y ensayo planos cenitales y americanos y primerísimos primeros planos. Todo lo que da de sí mi brazo, hasta que busco apoyos para jugar más con los ángulos y las posturas. Me emborracho de mí mismo en un acto de vacío endiosamiento. Cuando se me acaba un carrete que no puedo revelar, disparo imaginándome un resultado que no sucederá. Y sonrío mucho, me río, suelto carcajadas, llenas de una felicidad inmensa. Procede de la angustia sublime de que nadie me volverá a ver reír.

(Quinta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa). 

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Desde ayer, todo ha resultado fácil y contradictorio. Fue realizando una búsqueda desesperada por todos los bártulos acumulados y he descubierto un extraño artefacto. Siguiendo la lógica de un cable que acababa en una cosa con dos salientes, he conectado eso a un artilugio que estaba en la pared. Y he descubierto otro mundo.

Accionando botones, he ido viendo otros lugares distintos a mi pequeño habitáculo. Me he pasado horas y horas mirando a personas contando sucesos que me transmitían miedo. Seres casi fantásticos, fantasmas casi, saliendo de casas con gente enferma. Conexión con hospitales de campaña. Militares y policía patrullando las calles. Cada acción con el botón me transportaba a otro infierno, hasta que llegado a unas imágenes extrañas, que carecían de color. Un señor tenía pasaportes. Otro señor tocaba un piano. Una señora llevaba un sombrero que le tapaba parte de su bello rostro. Había policías y militares también, pero parecía una historia de perdedores que no finalizaba en fracaso. He oído algo de que ellos vestían de gris y tú vestías de azul. He sonreído porque he descubierto otro universo en el que me quedaría para siempre.

(Cuarta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa).

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Hoy estaba profundamente dormido, agotado de mi escalada de ayer, cuando me ha parecido escuchar una melodía. Ya completamente despierto, aguzando todos los sentidos, me he incorporado y, definitivamente, la canción estaba en mi cabeza. Hacía mucho que no la oía, siglos parece que ocurrieron aquellos momentos de bailes en las verbenas, cuando bailar era un hecho natural para expresarse, para sacar todo lo que llevaba dentro. ¡Le daba tan poca importancia a todo lo que acontecía de manera normal!

Las palabras de la canción se me amontonaban en la cabeza y aparecían dispersas. Trataba sobre perdidas y soledades, de noches y miedos al silencio, de recuerdos, de sueños rotos en pedazos, de magia que se desvanece. De un enemigo que habita en mí mismo y de una nostalgia que apuñala. Entonces, lo he visto más claro: de que reconoceré mi voz cuando me amenace la locura.

Y sí, noto que mi cabeza ronda palabras que son sentimientos y sentimientos que se vuelven contra mí, de modo cruel y paulatino. He pensado que necesitaba ayuda y no sabía dónde buscarla. Al final, he acudido a un sitio recóndito de mi hábitat, ese donde habitan las figuras mágicas. En ellas, tengo el orden y la geometría, pero también las curvas de la volubilidad. Me he detenido delante de ellas y, por primera vez en la vida, me he arrodillado venerando símbolos de todo aquello de lo quiero escapar.

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Hoy he podido escapar. He respirado hondo, he abierto a machetazos brozas y brozas de vegetación y, detrás, he encontrado una puerta. Estaba cerrada con llave, maldita sea. Me he acordado de un mensaje que recibí hace tiempo, cuando tenía teléfono móvil antes de quedarme en la indigencia tecnológica. «Las vasijas no sirven solo para guardar el vino». Recordé eso, que hace unos meses, en unos enseres encontrados junto a mi recibidor (un amigo pedante lo llamaría hall), había un cuenco de barro en el que alguien había realizado unos dibujos geométricos parecidos a cruces gamadas. Allí había una llave solitaria, que nunca supe para que servía.

Di media vuelta, recorrí de nuevo todo el camino. Me llevó casi medio día regresar con el preciado trofeo en la mano. Giré la cerradura, que parecía casi inutilizada. Pero insistí, puse toda mi fuerza en el giro y se escuchó la música mágica que hace «clic» y con la que comienza todo.

Me había puesto ropa cómoda para la excursión. El pantalón corto y la camiseta sin mangas me provocaron muchas rozaduras y heridas, pero no me importo. Me esperaba una montaña escalonada. Era muy corta, pero suficiente.

Comencé el ascenso y, demasiado pronto, llegué a la cima, tras la que una niebla persistente me impedía ver más allá. Cansado de no cansarme, volví a bajar por la ladera y, a partir de entonces, fui emprendiendo subidas y bajadas de las maneras más estrambóticas. Saltando con dos pies, haciendo sentadillas, alargando cada pie con pasos ascendentes y largos, a pasitos cortos y veloces. Lo que al principio era pura rutina, al cabo de poco tiempo, me hizo sudar. La niebla se fue atemperando y empecé a ver una luz parecida a esas que un alcalde de cierta ciudad recóndita en el noroeste llamaba «leds», pero no eran millones. Eran cuatro.

Después de llegar y llegar y llegar y llegar, vi que no avanzaba. Estuve a punto de lanzarme al precipicio, como intentó una vez Robinson Crusoe, pero un exceso de prudencia me hizo volver. La puerta estaba entornada. Cogí la llave que había dejado en el bolsillo interior del pantalón corto. Y me volví a encerrar, como si fuera estuviese un enemigo al que no supe identificar. Todavía.

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Empiezo a escribir mi aventura.

Llevo unos días explorando ya y he llegado varias veces a las cataratas. Me ha costado mucho, lo reconozco, he tenido que recorrer metros y metros de parqué, cruzar quicios de las puertas, sobrepasar los límites de un espacio que implosiona e impresiona a medida que lo atraviesas de forma repetida.

Cuando llego, todavía no se escucha el agua. Hay un mecanismo mágico que acciona el caudal de agua que, una vez desprovisto de mi traje de camuflaje, resbala sobre mi cabeza. He corrido el riesgo de que llegasen los cocodrilos, a los que veía a lo lejos, en el borde. Luego uno se ha ido deslizando con elegancia y sigilo. Me he muerto de miedo. Entonces, de forma rápida, el caudal ha cesado. Me he secado con algo que tenía a mano.

Ya con el traje de faena, han llegado las ocho de la tarde. Un sonido se ha escuchado más allá de los árboles, parecía gente aplaudiendo, pero yo no veía nada a través de la lluvia transparente que ha empezado a surgir tras mis cortinas. Estando aquí, solo, reconozco que me han entrado ganas de llorar

Estas entradas, claro está, tienen un evidente referente literario, cuya lectura me impresionó cuando era casi un niño. Nunca pensé que me iba a ocurrir a mí.

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Sucedió hace casi una semana ya. Me enteré de la muerte de Carlos Alonso a través de las redes sociales de un modo tristemente progresivo: primero, vi el perfil de la Policía Local de Burgos con un crespón negro. Después, leí mencionado un nombre, Carlos, sin dar más detalles. ¿Cuántos policías locales podían llamarse Carlos? Más adelante, un detalle significativo me hizo temer lo peor: hablaron de la sonrisa de Carlos. Y un poco más tarde, llegó el dato contundente: su vinculación con el mundo del baloncesto.

De este modo me enteré de que Carlos había muerto. En ese estado de confusión y abatimiento, pensé en la última vez que le vi, que es una historia que se cuenta en tres vueltas.

Primera vuelta

Fue el día 19 de diciembre pasado, en el cross del Crucero. Como era frecuente, él era uno de los policías locales encargados de vigilar el recorrido de la prueba, que tenía tres vueltas.

Y allí, mientras corría la primera vuelta, del cross del Crucero, vi a Carlos por primera. Nos saludamos con la mano, dijimos cuatro palabras y, sobre todo, sonreímos.

No hay característica que definiese mejor a Carlos que su sonrisa. Conocí a Carlos, primero, jugando mil y una veces al baloncesto en el patio de El Molinillo, de los jesuitas, que fue durante unos cuantos años embrión espontáneo de vocaciones deportivas y de buenas relaciones humanas. Después, fuimos compañeros en el Gromber, equipo de baloncesto de tercera división (el equivalente aproximado de la actual liga EBA, para entendernos). Tuvimos ocasión de conocernos bien, de charlar largo y tendido. Y de reírnos. Porque Carlos se reía de todo y con todos. Carlos tenía una risa contagiosa para manifestar su alegría y sus penas, de las que siempre sacaba su lado más positivo.

Segunda vuelta

Estaba yo a puntito de llegar a la segunda vuelta y dio la casualidad de que Carlos estaba de espaldas en ese momento. Pero, como por arte de magia, miró de reojo, se giró y me dijo: «Joder, Raúl, qué fino te has quedado, macho». Yo iba con la respiración a mil y le dije alguna tontería con la que, una vez más, nos volvimos a reír.

Con Carlos no experimentabas solamente un momento de risas y sonrisas, sino que te hacía sentirte bien. Después de muchos años de jugar al baloncesto y de vernos de manera rápida y casi fortuita, coincidimos en un gimnasio, en el que ambos hacíamos spinning. Como el trabajaba por turnos, a veces aprovechaba los momentos que tenía por la mañana para darle a los pedales. Y, en los momentos previos a la clase y, después, en la salida y en los vestuarios, retomábamos nuestras conversaciones uniendo lo que ocurrió hace mil años y lo que nos había sucedido antes de ayer por la tarde.

Esos ratitos de charla distendida sobre asuntos ligeros, pero también sobre algunas cosas más personales, ligadas al hoy o al ayer, me reconciliaban con el mundo. Yo, que tiendo a envenenarme por dentro, admiraba mucho esa manera de estar en el mundo, liviano y firme, sometido a la levitación con las más rotundas consecuencias.

Tercera vuelta

En el Cross, estaba ya con ganas de terminar. ¡Qué duro se estaba haciendo el recorrido, cuesta tras cuesta! Llegué a la tercera vuelta. No había mucha gente alrededor esta vez…

Después de no coincidir durante mucho tiempo en el gimnasio, me encontraba con cierta frecuencia a Carlos. Como he dicho, muchas veces en las carreras. Pero también en otras ocasiones, mientras él hacia la ronda a pie con su inseparable Jose Antón. Algunas veces, si la cosa estaba tranquila, podíamos intercambiar unos minutitos en los que resumíamos todo lo que nos sucedía. Era un ponerse al día en cuatro patadas, en brincos de actualidad sobre nuestro presente, aunque es cierto que muchas veces salía la chispa del pasado, con anécdotas que, compartidas, eran todavía más sugerentes y deliciosas. Nunca te despedías de Carlos sin que te diese la sensación de que había merecido la pena cada momento pasado con él.

Como digo, estaba completando ya la vuelta, la tercera. Vi a Carlos y, cuando estuvimos uno a la altura del otro, nos moríamos de risa. Era gracioso ese carrusel del recorrido, con él como eje sobre el que yo corría, ya con muchas ganas de acabar, como decía más arriba.

Nos vimos, nos dijimos esas gracias que nos gastábamos siempre y yo le dije: «Bueno, Carlos, nos vemos en la siguiente».

Y ahora, cuando han pasado unos días, cuando ha pasado ese tiempo de despedida inminente (los antiguos compañeros de baloncesto andábamos por las afueras del tanatorio como almas en pena hasta que, poco a poco, fuimos encontrándonos y dándonos un abrazo), cuando recuerdo las preciosas palabras de su hija, no puedo dejar de imaginarme a Carlos con su risa, con su manera de contemplar el mundo. Aunque ya no vuelva a coincidir con él en ninguna vuelta. De la vida, de una carrera.

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Este es el título que tenía preparado para una entrada que había escrito hace unos días y no lo voy a cambiar porque me gusta y porque (me) desconcierta.

Todo parte de un estar hasta los huevos infinito. En momentos de avalancha, de opiniones sin pausa, de redes sociales que llenan de ruido y de reacciones virulentas, necesito refugiarme.

Ahora mismo, tendría que estar interviniendo en unos foros de mis asignaturas de modalidad virtual, pero me acojo al derecho a cansarme, a dejarme llevar por lo que me apetece. Y, en momentos de saturación, me refugio en las ficciones.

Me cobijo en los mundos que adoro, en los momentos con los que tanto disfruto, en las vidas imaginadas que son reales porque las incorporo, trocito a trocito, a mi manera de concebir el mundo. Y, a diferencia del ruido sin más, estas me aportan paz y desasosiego y tristeza y esperanza en dosis medicinales que me enseñan siempre sin darme lecciones.

Podría hablar de los libros que acabo de leer y el que estoy leyendo, pero no voy a decir que estoy acabando Fran Kiss Stein, de Jeanette Winterson, que juega con la creación de ese monstruo y trata de su creación en el siglo XIX y las maneras de aproximarlo a nuestro momento.

No voy a hacer enumeraciones ni análisis ni nada de nada. Solo voy a decir que me he enamorado en la guerra fría del blanco y negro y el formato cuatro tercios de Cold War. Que he visto el miedo al futuro en Los días que vendrán. Que, en El cuento de las comadrejas, he distinguido a los que saben de la vida y a los que no saben, a los que cazan y a los que son cazados por el humor, por la experiencia, por tener más secretos que nadie. Me he reído y me he sobrecogido con Jojo Rabbit. ¿Qué majadero puede pensar que trata el problema de nazis y de los judíos con poco respeto? Roman Griffin Davis se merece un monumento (mucho más que mi adorada Scarlett) y la película, en general me devuelve esas ganas de pensar en cosas difíciles de manera muy simple. He visto Parasite. Me he pasado la película en pleno debate de ping-pong: se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece. Todavía no tengo un juicio claro, pero sé que, cuando le he dado tantas vueltas a una ficción, suele merecérselo.

Sobre todo, porque pienso en el momento del plan que nunca falla, que consiste exactamente en no tener un plan. Porque la vida no funciona por modelos establecidos previamente. Porque el futuro está basado en la máxima más sabia: «Si no tienes un plan, nada puede salir mal». Lo que significa que la esperanza es ir ajustándote a una realidad de la que no escapas.

Y he acabado, claro, con la risa. La risa que no ríe, la gracia que no existe, el ser humano descompuesto en maquillaje, en colores y en formas que, en el fondo, son tan serias que asustan. Porque la vida del Joker asusta. Entre otras cosas, porque la vida, cuando te la han servido en la bandeja de la precariedad, de la maldad y de la ruindad, sale mal siempre. Y luego hay imbéciles que piensan que nuestras miserias más recónditas son ejemplos para la revuelta, para el descontento en masa.

Me gustan las ficciones que me cuentan, que desgranan y explican lo que siento ahora, cuando tendría que estar escribiendo mensajes en los foros. Cuando tendría que estar en un sinvivir, que me aleja demasiado de mis fantasmas.

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Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

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