Archivo de la categoría: Sentido

Una de cal y otra de tristeza

En el famoso dicho de «Una de cal y otra de arena», nunca he llegado a saber cuál es el término positivo y cuál el negativo y, aunque podría guglearlo ahora mismo, prefiero quedarme con la duda.

La entrada de hoy iba a estar proyectada en dos polos antagónicos, como la cal y la arena. En una parte iba a sacar toda la mala leche y en otra iba a hablar de cosas delicadas.

Se ve que me voy haciendo mayor. Cada vez me da más pereza enfadarme contra el mundo. O, mejor dicho, contra algunas de las malas personas que deambulan por este mundo. Así que la cal me va a servir para enterrar los exabruptos de lengua viperina.

Y me quedo con la tristeza como estado bello en el que habitar el mundo. Resignado a disfrutar solamente de las alegrías a tiempo parcial, hay una tristeza en la que te encuentras, con la que te identificas y, al final, con la que te acostumbras a convivir.

Viene todo esto a colación de mi última lectura, la novela El baile del reloj, de Anne Tyler. Quizás no sea una novela triste, eso lo dejo para que opine cada uno. Pero a mí, como me ocurrió ya con El turista accidental, los personajes de Tyler me dejan un profundo poso de tristeza. Me ocurrió primero con ese viajero que deambulaba por el mundo para escribir guías de viajes y me ocurre ahora con Willa, un personaje en la encrucijada.

Esa manera de emprender los viajes para no quedarse, esa prosa calmada y detallada, cargada de emociones, que me sirven para escribir en el reverso de mi vida. Porque, en la vida, siempre hay una de cal y una de tristeza.

Con imagen de Camil Tucan.

Eres un paréntesis: acaba y empieza, sin nostalgia ni pena, desafíos, el Thyssen y el cielo de Madrid… y el paréntesis

Acaba y empieza

Septiembre se mete de tapadillo en el verano. El último día de piscina fue muy triste, con mucho calor, la piscina llena de nostálgicos aprovechando hasta el tuétano. Acaba la temporada de piscina y la recordaremos durante meses cuando el frío sea más profundo y parezca irreversible.

Sin nostalgia y sin pena

Tengo nostalgia y pena de que acabe al verano, pero odio a todos los que se muestran nostálgicos y penosos a la vuelta. No me gusta empezar un nuevo curso triste por lo que he perdido, sino por lo que me voy a encontrar. Buf, parezco un libro de autoayuda.

Desafíos

Este verano he llegado a una nueva meta, pero no estoy contento. Tendría que estar orgulloso y, de hecho, manifiesto ese orgullo de cara a la galería, pero, en mi fuero interno, tengo una sensación de vacío y de pena. Tengo que desafiarme mejor.

El Thyssen y el cielo de Madrid

Tendré que hablar un día de exposiciones, tendré que confesar que es la primera vez que visito el Thyssen y que tengo dos cosas que tengo que deciros de él y una se llama Mondrian. De momento, pienso en el atardecer de una tarde calurosa y en el cielo de Madrid. Y de su belleza

Eres un paréntesis

También tendría que evocar unas cuantas ficciones. Hay una que me ha llegado a lo más profundo. Fue una película que cayó durante una noche de insomnio, que era mucho mejor de lo que parecía, de esas que retratan tu vida. En ella, un personaje le dice a otro: «Eres un paréntesis». Y yo me quedé de piedra porque retrataba lo que es, de hecho, el signo de puntuación de mi vida.

Imagen de Robert Clinton.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

unas cenizas en una urna, un momento prodigioso de lectura, dos imbéciles, dos chapuzones y tres cervezas

unas cenizas en una urna

Ayer empezó el día con una mezcla de tristeza, de reflexión y de encuentros. En el cementerio de Miranda de Ebro, se enterraría una urna con las cenizas de una persona muy querida de mi familia. Había muerto hace ya tiempo, pero la pandemia había evitado que esos restos de polvo enamorado reposasen en el lugar adecuado. Miré la lápida y encontré los nombres de parte de la historia familiar y me conmovió, al ver mi apellido allí escrito, ser consciente de que quedamos ya muy pocos y ni querer pensar siquiera quién puede ser el siguiente. Como siempre ocurre en los duelos, los muertos nos sirven para reconciliarnos con los que quedan, que en este caso eran personas a las que hacía muchísimos años que no veía, e incluso otras personas a las que no conocía pero que están muy próximas en la memoria de la familia.

un momento prodigioso de lectura

Casi nunca abandono de un libro (si dijera que uno de los pocos que he abandonado en varias ocasiones ha sido El señor de los anillos seguro que más de uno me guardará rencor eterno). Pienso que puede que llegue una frase sorprendente, un personaje que fascina, una recuperación prodigiosa, qué se yo. Estoy leyendo Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro. No es que no me estuviese gustando, es que me estaba confundiendo y desconcertando porque recorre un sendero que no era esperado. Y ahí estaba yo, por la tarde, una vez asentado en la piscina, avanzando en la lectura, cuando he arribado a un pasaje maravilloso. Podía verse venir, pero yo estaba despistado en mi desasosiego. Y todo encaja en la manera que a mi me gusta que encaje las lecturas, desarmándome y revolviendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza.

dos ímbéciles

Las tardes de piscina dan para mucho, sobre todo cuando has vuelto de un acto luctuoso, has comido pronto y quieres refugiarte del sol en una sombra fresca y amena, con el sonido de agua como telón de fondo. En el devenir de las horas, pasan conocidos con los que charlas de manera más o menos detenido, con los que compartes agradables palabras intrascendentes, saludos (cordiales casi siempre, protocolarios y circunstanciales algunos), te pones al día de las vidas o qué se yo. Fue así con unas cuantas personas y, aunque la tarde fue más o menos afortunada, tuve la mala fortuna de encontrarme con dos imbéciles. Uno me hizo una de las preguntas más tontas que he tenido ocasión de responder y otro me contó de manera pormenorizada una vida, la suya, que me interesa solo en lo superficial y no en los detalles con los que fue machacando más aún que la tarde de calor plomizo.

dos chapuzones

No fue un entrenamiento como tal porque ayer era un día en el que tocaba recuperar, así que utilicé la natación para refrescarme, para gozar del agua, para notar la respiración y convivir con ella, para saber compartir la felicidad del cuerpo para que la mente se anime.

tres cervezas

En las tardes de piscina, hay un largo momento de privacidad, salpicada de esos encuentros de los que hablaba, de baños y de lecturas. Cuando las horas avanzan, me reúno siempre con unos buenos amigos. Tres cervezas, unas patatas fritas, una buena conversación y unas risas sirvieron para finalizar.

Cenizas, nombres familiares, encuentros, lecturas que te reconcilian, imbéciles que siempre son menos que las personas a las que consideras o a las que aprecias y baños de frescor hacia fuera y hacia dentro.

Otra día. Y una tarde de piscina.

Los libros finos

“los estantes repletos de libros, casi todos de lomos delgadísimos, porque casi todos son libros de poesía.”

Alejandro Zafra, Poeta Chileno

Toda nuestra vida en unas páginas. Dilatada como en las novelas, explicada como en los ensayos, mimetizada como en las obras dramáticas.

Toda una manera de aludir sin aludidos, de detallar sin descripciones, de reconocer sin anagnórisis. Nuestras existencias condensadas en esos libros finos, con pocas páginas, mucho espacio en blanco. Con las sílabas contadas, con los silencios ventilados, con una intensión necesariamente intensa para comunicar y para conocer y para identificar-nos.

Los libros finos, de lomos delgadísimos. Quién pudiera contar como los poetas.

Con una imagen de Shara Reid.

Preferiría no hacerlo

Nos dejamos llevar por la novedad. Atentos al último lanzamiento editorial, a lo recientísimo de las listas de Spotify, al estreno en cualquier plataforma de la película o de la serie de turno, tendemos a olvidar a todo lo demás o, al menos, a relegarlo de manera casi definitiva.

Yo también dejo ser acunado por los vientos de lo reciente, pero, el otro día, rescaté un libro que tenía pendiente desde hace lustros. Bartleby, el escribiente es un relato maravilloso escrito por Herman Melville  a mediados del siglo XIX.  Melville sorprende siempre por su modernidad. En este caso, Bartleby trabaja como pasante en el pequeño bufete de un abogado neoyorquino. Todo marcha a la perfección hasta que, ante un encargo de trabajo, el pasante dice: «Preferiría no hacerlo». Y esa es la frase que marca el devenir del relato, ante la incredulidad y estupefacción (no exenta de lástima) de su jefe.

Es inevitable que aflore en nosotros, desde la primera vez que escuchamos a Bartleby y a medida que se reafirma en su no-acción, la misma inquietud que tiene el abogado. Lo que ocurre es que, además, y de modo paralelo, van sobrevolando las teorías que lo justifican. A mí me llevaron desde el postulado de la resistencia pasiva a la antesala de la narrativa de Kafka.

Preferiría no hacerlo. 

En un mundo en el que estamos predispuestos a la acción y al sí, encandila que alguien se plante. No se trata de rebeldía. Se trata, más bien, de algo mucho más profundo (o de algo mucho más superficial, no sé, a veces pienso lo uno y a veces lo otro). 

El relato se lee muy rápidamente, aunque el poso no se olvida y traspasa los días. Dejo al lector que no haya leído a Melville con la duda de cuál será el futuro de Bartleby. 

Por mi parte, pienso en este trabajador, en este pasante atípico. Y en la de veces que he dicho que sí.

Imagen de Vakas.

 

Helena siente la vida a través de las pantallas y de las ficciones

Helena ha encendido la televisión, se ha desplazado por el menú de HBO y se ha inyectado en vena los tres últimos capítulos de la serie basada en el libro de Elena Ferrante. Ha seguido con pasión las peripecias de Elena y Raffaella. Ponerse delante de la pantalla no solamente se limita vivir toda esta historia, que le resulta apasionante, sino una manera de escribir, ella misma, con el poder de las imágenes las palabras que habitan en el corazón. A Helena le gusta compartir el nombre con Elena Greco y con ese misterio que ronda tras el seudónimo de Elena Ferrante. Y le gusta todavía que el suyo tenga una letra más, aunque sea muda. Desde luego, no es insignificante.

Son las siete y media de la tarde de un martes. Helena tiene una montaña de trabajo pendiente. Tareas y tareas acumuladas en esa trampa interminable de un trabajo que es presencial y virtual y eterno. Su casa es una extensión ya pública de lo privado, su cámara y el micro un hábito. Helena disfraza su hábitat con un fondo de pantalla luminoso, blanco, elegante, con un toque provisional. Entra ahora en una reunión de las que antes se programaba solamente por las mañanas y ahora brota a cualquier hora. Le han prometido que será corta. Se pone un jersey rojo con manga francesa que le aporta contraste con el fondo blanco y seguridad.

Helena intenta estar atenta, pero se distrae con facilidad. Ahora mismo, se fija en la manera compulsiva de mover la cabeza de Raquel, su compañera de proyecto. Antes ha intentado averiguar el simbolismo del cuadro de David, la persona encargada de las redes sociales. Helena siente envidia de los que están mirándola a ella porque miran a la cámara. Ella es incapaz de fijar sus ojos en ese pequeño agujerito y siempre tiene la mirada un poco más abajo, en el vaivén de la existencia de los demás, que le interesa poco, pero que hace que la espera hacia el final sea más amena.

La reunión, en efecto, ha acabado pronto. Después de treinta y cinco minutos de objetivos, proyectos y balances, Helena se refugia en un libro. Durante las vacaciones, su vida ha sido la de Pablo y Raluca en La buena suerte. La de Elvira Lindo con el corazón abierto hacia la historia familiar que es, de algún modo, la historia que rastrea el pasado de todos. La escapada de Nat a una vida en el campo que no es una huida, sino una aproximación en Un amor. El paseo por los infiernos Delparaíso y los misterios del antes y del después de las existencias que son explosiones en las que, a veces, desaparece todo menos uno —una misma, siente Helena—, como en Rewind.

Víctima de la ficción de la serie de HBO, Helena se sienta en el sofá blanco inmaculado, como el fondo del escritorio virtual. Solamente los visitantes más observadores notarán una mancha fruto de una merienda familiar apresurada. Ahora apresa con sus manos La vida mentirosa de los adultos para sentir la adolescencia en las carnes de Giovanna y conocer cuáles son los límites del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos, que vuelve después de más de un año. La imagen es un detalle de la portada de la última novela de Elena Ferrante.

Acelerando. Parando. Y es primavera en tu ciudad

El sábado ha ido avanzando y has ido serpenteando por un desayuno temprano, una película intermedia y una vuelta a un sueño irremediablemente ligero. Respiras con las páginas de Los chicos de la Nickel al que acompañas con un poquito de Wagner. Con cierta desgana, te levantas y te diriges a la cocina. Coges una cebolla, dos dientes de ajo, dos zanahorias medianas y un puerro que está en su última oportunidad. Los pones a fuego muy liviano con una gota de aceite mientras intentas acelerar como puedes la cocción de unos garbanzos que quieres incorporar al caldo. Marcas un poco de carne de morcillo y echas un chorrito de vino blanco. Cada cosa por separado y preparando el momento de ensamblar. Será una sopa.

Sales de casa y coges el coche porque no te queda otro remedio. Te diriges a una gran tienda de deportes. Compras una cámara nueva para la bici, un líquido para que los pinchazos no te dejen tirado y no evitas el impulso de elegir una camiseta para correr que se incorpore a esas prendas con las que cobras la libertad a cambio de un poquito de frío, de un poquito de viendo.

Llegas a casa. Acabas de preparar la comida apuntalando un poco de leche frita en el horno. 

El inicio de la tarde se diluye en un ensueño sin saber muy bien lo que dura ni para qué te ha servido. Lees la prensa. Recuperas los suplementos de libros y lees un par de críticas. Apuntas dos títulos. En las redes sociales, ves que Lucía y Cristina han sacado un libro de esas cosas a las que te dedicas. Tiene tan buena pinta que estás deseando pedirlo y que llegue muy pronto. 

Sigues una película en el iPad, pero te niegas a seguir. Es tan previsible, tan poco inquietante que te dan ganas de recuperar esos minutos preciosos que has invertido. No comprendes por qué te has empecinado en mantener la televisión de fondo mientras tanto. La apagas enfadado, aunque era un pecado del que solo tú eras culpable.

Rescatas un programa de Página Dos que tenías pendiente y apuntas otras dos ideas. Vuelves con Los chicos de la Nickel. Te queda poco menos de la mitad. Vas al ordenador y, aunque miras el correo y un par de mensajes en el foro, dices que hoy no, que lo sientes, que tienes que parar.

Miras por la ventana. La abres y notas que hace mucho frío fuera. Es primavera en Burgos.

Ahora piensas que tendrías que escribir un poco, que lo tienes muy abandonado y te regocijas porque estás escuchando Pandora’s Box. De Orchestral Manoeuvres In The Dark.

La imagen es de Parg.

Historias de alumnos – Felices 37, Nerea

Historias de alumnos es una de las secciones que más quiero en este blog y una de la que más me inquietan. Tengo tantos alumnos y alumnas por incorporar, tantas cosas que contar, tantos detalles entreverados que insinuar, que, al final, es una sección que tengo siempre en la cabeza y que no llevo a estos papeles volantes.

Sé a ciencia cierta que algunos están esperando su «historia» porque he hablado con ellos, se la he prometido, pero tengo dos que van a ir por delante. Se trata de historias de alumnos de los que ya he contado, de los que ya he hablado.

Y hoy va dedicada a Nerea, de la que dije esto hace dos años (no seáis perezosos y dedicad unos minutos a su historia inicial):

Como adivináis en el título de la entrada de hoy, Nerea cumplió el otro día 37 años. La resta que tengo que hacer para calcular el momento en el que la conocí es cruel porque delata que soy ya mucho más viejo, pero también satisfactoria porque los años han pasado y sigo sabiendo mucho de su vida. Podría haberle mandado un escueto mensaje para felicitarla, pero he preferido hacer —hoy— esto.

En el fondo, la historia de hoy no la cuento yo. Si leéis la entrada que le dediqué, os podéis hacer una idea del aprecio que siento por ella. En el fondo, hoy quiero hablar un poco de ella a través de las historias que nos cuenta.

Muy frecuentemente, Nerea escribe en sus redes sociales. Yo la leo siempre con mucho interés porque me gusta mucho cómo cuenta las cosas. Nos va desvelando pequeños secretos, intimidades, anécdotas, anhelos y fracasos. Destacan especialmente los momentos en los que nos cuenta sus viajes.

Cuando leo a Nerea, siento un pequeño pozo de tristeza por lo que afecta a los sueños no cumplidos, pero también un gusto por la manera en la que ha sabido afrontar su vida. Y, por encima de todo, me quedo con esas lecciones positivas con las que interpreta su presente a partir de su pasado.

Sé que Nerea se lamenta por lo que no ha podido ser y suceder. Pero la veo en las fotos que cuelga de su familia, de sus amigos, del trabajo, las imágenes de esos lugares soñados a los que ha viajado y es fácil adivinar que Nerea es una persona valiente que sabe enfrentarse al día a día. Nunca hay que olvidar el pasado, pero siempre es deseable recorrerlo con los ojos nublados de futuro y proyectarlos luego a un presente al que, si se le pasa lista, cumple de sobras con los objetivos.

Ella no lo sabe (o no sé si lo sabe, la verdad), pero su manera de contar es precisamente eso: un repaso por los dolores, una base de sueños cumplidos y una mirada que siempre se proyecta en el horizonte. Todos somos conscientes de que, mirando al cielo, al mar, a la naturaleza, a una calle, a un edificio, o elevando la vista hacia un rascacielos, esa mirada es, también, una introspección sobre los rincones de nuestra vida, aquellos que nos han habitado y aquellos en los que viviremos. Leer lo que nos cuenta Nerea es tener la sensación de que es una persona en reflexión tensa y serena a la vez, pero siempre perpetua. Leer a Nerea, a veces, es ponerse triste para, de manera casi inmediata, sentir un halo de esperanza. Su manera de escribir, en el fondo, es como su manera de sonreír, siempre sugiriendo, siempre guardándose algo en la recámara.

Yo sé que Nerea me tiene aprecio, que considera valiosos los momentos en los que nos pudimos detener en clase haciendo de la reflexión y la lectura un momento para aprender, pero también para disfrutar. Lo que no sabe Nerea es que yo no tengo ningún mérito, que soy un impostor. Si algún pequeña minucia positiva he tenido como profesor, ha surgido de los momentos en los que me he limitado a ser un espejo. El espejo en el que ellos aprendieron a verse. A proyectarse.

Y así me encuentro hoy, muy feliz por seguir disfrutando de la vida de Nerea en imágenes y en palabras. Ella también ha aprendido en desdoblarse en espejos multicolores para que, con sus ventanas de ficción, nosotros sigamos viviendo nuestras vidas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto se la he robado a Nerea.