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Tarde de piscina – un error de cálculo, buscando mi territorio, un entrenamiento suave, cambio con frutos secos y horchata. Y baja el sol y el ánimo en mi corazón

un error de cálculo

La tarde comienza con un tremendo error de cálculo: el miedo a que las calles cortadas por la meta de la Vuelta a Burgos dejasen cortadas algunas calles me han llevado a dejar aparcado el coche cerca del recinto de la piscina y volver corriendo a casa a mediodía. Por la tarde, enfundado con la camiseta y las mallas, con una gorra para protegerme de un sol de justicia, he arrastrado mis pies con muy pocas ganas. Nunca costó tanto llegar al paraíso.

buscando mi territorio

El césped de la piscina es una marca continua de territorios. Cada uno lo extiende como quiere y como puede, como si no hubiera pandemia, como si no existiesen más que ellos en el universo. Como casi todo el mundo, tengo algunos sitios preferidos, sobre todo aquellos en los que al principio hace sol pero, a medida que avanza la tarde, empieza a reinar una sombra deliciosa. Pero un par de chicas tienen extendidas unas toallas de ochocientos metros cuadrado; una pareja mayor tiene esparcidas las sillas en un sitio, las toallas en otro, las bolsas en otro; uno de los huecos posibles está cerca de un grupo que no para de hablar de cosas intranscendentes a volumen brutal. Hay sitio en otros lugares de la piscina, pero yo lo quiero en ese. Al final, tengo suerte y un ente solitario se marcha dejando el sitio perfecto.

entrenamiento suave

Con las idas y vueltas corriendo (trotando más bien), me daba pereza entrenar, pero hoy tocaba una sesión más o menos suave de 2 800 m, así que he ido con calma cuando había que ir. Para no aburrirme, pienso en mis cosas, claro. Para no aburrirme, juego y entreno la respiración. Largo respirando a derecha, largo respirando a izquierda, largo respiran cada tres. De tanto no querer aburrirme, empiezo el juego de alternar respiraciones: cada dos, cada tres, cada cuatro, cada cinco, cada seis y cada siete. Y la respiración se resiente y dejo de aburrirme. Tanto, que en la serie siguiente propongo aburrirme con algo más rutinario. Se me ha puesto a tiro alguien que nada dos calles más allá y voy a cazarle.

cambio de parcela buscando el sol con frutos secos y horchata

Salgo de la piscina y un señor ha puesto su silla tan cerca de la mía que, si estuviese en las condiciones idóneas, me hubiese dejado embarazado. Le digo algo porque no sé callarme y él me dice que lo siente. Me da tanta pena que me cambio de sitio yo, buscando un poco de sol y recuperándome con un puñado de frutos secos y pasas que degusto uno a uno, una a una, para que me duren. Y un poco de horchata.

baja el sol y el ánimo en mi corazón

El sol, que me calienta hasta reconfortarme por fuera y por dentro, va tomando esos ángulos de agosto que hacen que se oculte pronto. Vuelven las sombras y baja el ánimo en mi corazón. Hoy la tarde concluye cogiendo bastante pronto ese coche, ese que lo ha provocado todo.

Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Sobrehumano, inhumano o imposible

Es sobrehumano y se encuentra por encima de todos nosotros. Alcanza la temperatura de un dios y de un héroe. Enseña, escribe, aprende, vive, convive, dialoga, contesta, publica en series ilimitadas investigaciones que son buenas para el mundo. Llega a la última balda sin coger una banqueta. Pinta sin escalera. Cambia las bombillas sin deslumbrarse. No le hace falta apagar la luz para cambiar los interruptores que encienden todas sus vidas.

Es inhumano y se encuentra entre los abismos. Se lanzó una vez desde una colina sin darse cuenta de que no tenía parapente y cayó a plomo. Intenta multiplicarse y dividirse. Hace el pino para notar el suelo con más contundencia, con la crueldad del trapecista al que se le desacompasa el compañero y la vida y la columna vertebral. Practica la postura del loto y no llega ni a la mitad. Se agacha y recoge las migajas del tiempo perdido, del tiempo invertido sin poder revertir todo lo que intentó acumular con las manos abiertas y con los dedos resbalando por el agua.

Nuestro trabajo no es sobrehumano ni inhumano: es imposible. No se puede gestionar, enseñar, investigar, publicar. No tendría permitirse que perdiésemos nuestro tiempo, que no tuviésemos días ni horas ni minutos sin esa permanente sensación de culpabilidad. Miramos a lo alto y nos sentimos pequeños. Miramos desde lo alto y sentimos miedo. Y así. Así todos los putos días.

Reflexión sobre la impotencia que se siente ante nuestro trabajo con imagen de Paul B.

Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Instrucciones prácticas para contar hasta 500

Algunos piensan que no es necesaria ninguna fórmula mágica para contar hasta quinientos. Se trata de un número redondo y par que podemos contar por unidades, por decenas y por centenas en un pispás. A pesar de ello, creo que es conveniente que revisemos la manera que tenemos de contar para llegar hasta ese número.

Quinientos es un número fácil para contar como eso, como un número. Pero a mí me interesa, hoy, saber exactamente cuál es el alcance del número quinientos. Voy a hacer una cosa y os invito a que realicéis este proceso conmigo: contemos a cada persona como unidad hasta llegar a quinientos. ¿Seremos capaces de «nombrar» a quinientas personas conocidas y relacionadas, de alguna manera, con nuestra vida?

Nos contamos a nosotros, eso es fácil: ¡uno! A nuestra familia más directa, que también es muy sencillo. Los que tengan familias muy numerosas, alcanzarán pronto una cantidad considerable. Pero vayamos a las parejas de los primos y de las primas. Igual les ponemos cara, pero no sé si tenemos siempre un nombre para ellos, para ellas. Si tienen hijos, la cosa se complica. ¿Cómo va la cuenta? Insisto: tenemos que llegar a quinientos con sus nombres.

Para llegar, creo que no nos va a dar con la familia. Tenemos que acudir a los amigos. Empecemos a contar, siempre que no sean los que tenéis en Facebook (¿seríais capaces de asegurar que conocéis con caras y nombres a vuestros contactos en las redes sociales o en la agenda de vuestro teléfono? Decía que vayamos a los amigos. ¿Tenéis muchos? ¿Cuántos os salen? Seguramente, tendremos que tirar de memoria para ir rescatando a algunos que teníamos escondidos. Tenemos una ventaja: conocemos a algunos familiares de nuestros amigos, de nuestras amigas: padres, madres, parejas, hijos e hijas. ¿Sabéis todos sus nombres?

Como con los familiares y amigos no alcanzamos los quinientos, podemos seguir por otras vías. Por ejemplo, podemos acudir a los que fueron nuestros compañeros cuando estudiábamos. Esto es un buen recurso, porque nos podemos acordar de Juan Luis, de Joaquín, de Sonia, de Yolanda, de Susana y de Nacho, a los que no rescatábamos hace siglos. Si os pasa como a mí, muy pronto tendréis el reto de intentar acordaros de esas personas que convivieron muchos años con vosotros y a los que ahora no podemos poner nombre.

Si trabajáis, tenéis otro paso ganado. Enumerad los nombres de las personas que trabajan con vosotros. Dependiendo del trabajo, pueden ser muchas. A mí, desde luego, me salen unas cuantas. Si habéis tenido una vida laboral larga y accidentada, os podéis acordar de jefes anteriores (en algunos casos, de toda su familia, pero eso no cuenta ahora), de personas con las que coincidisteis. Seguro que mantuvisteis una gran relación con alguno, que salisteis a cenar en pareja. ¿Os acordáis del nombre de cada excompañero, de cada pareja?

Como soy profesor, tengo vía libre para el filón de los alumnos y de los exalumnos (por supuesto, cuando pongo esto en masculino nunca hay que olvidar el necesario desdoblamiento). Presumo de buena memoria y me van saliendo como churros, con nombres y apellidos, pero mi seguridad empieza a flaquear cuando intento concentrarme.

No sé cómo vais vosotros, pero yo no he llegado a quinientos ni con mucho. Se me ocurre que podemos tirar del vecindario, de los comercios en los que compramos. Porque, de momento, estamos moviéndonos en el mundo «de verdad» y no el de las ficciones televisivas, musicales o literarias, por poner tres ejemplos.

Reconozco mi desesperación. He ido buscando y rebuscando y no he pasado de los trescientos y pico. Me queda un mundo para conseguir el reto.

Si os ha pasado como yo, os dejo que vayamos haciendo excepciones. A los (pongamos) trescientos cincuenta, vamos a sumarles directores de cine (¿cuántos sois capaces de enumerar?), directores de orquesta, novelistas de vanguardia, cantantes de reguetón, premios nobel de Medicina, grandes inventores, tertulianos de La Sexta. Como no alcanzo los quinientos, me estoy acordando de que no había contado a los amigos (y amigas, claro) de mis padres.

No sé. Quizás sea capaz de llegar, aunque lo dudo. Si vosotros lo habéis conseguido, os pido un último favor: a esa lista casi imposible de quinientos nombres con sus caras, sumad veintitrés. ¿Qué por qué? Lo vais a saber enseguida.

Ayer leí en la prensa que habían muerto quinientas veintitrés personas en nuestro país por coronavirus. Quinientas veintitrés personas que tenían caras, nombres y apellidos, que eran hijos de alguien, primos de alguien, parejas de alguien, compañeros de trabajo de alguien, amigos de alguien, amigos de los padres de alguien, que estudiaron con alguien… y que ahora ya no están. Quinientos veintitrés hombres y mujeres.

Cuando, día a día, los medios de comunicación vayan cantando las víctimas como en un bingo, volved a poner la cuenta a cero. A mí, desde luego, me entran ganas de llorar.

Me ocurre a mí, hoy, que necesito poner nombres y caras a los números. Para entender qué coño nos pasa.

Sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas

Ya no crees en la gente, te has vuelto nihilista, sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas. No recuerdo el momento en el que dije que el cielo se está abriendo bajo tus pies.

Y te diría que te vengas conmigo a cualquier otra parte. Estoy perdido entre las sombras, pero, de momento, te recuerdo con tres notas sencillas y una bandera tan blanca como tu corazón.

Canción prosificada de modo minimalista y modificada a voluntad de «A cualquier otra parte», de Dorian. La imagen está tomada unas horas antes de que llegue el otoño.

No sabes, no estás, no eres

No estás seguro, no sabes si estás bien o mal o regular. Si echas de menos la calle o estás a gusto en casa. Si te gustaría tener más tiempo para ti o no disponer de un minuto, que las tareas te acogotasen el cerebro o que las ideas se desplazasen sin moverse, planas, en todo el sentido de la inercia.

No estás seguro de cómo está el mundo por fuera. Si es apolipsis o colapso, si es centro o periferia, si se acomoda a la norma al descontrol. No conoces remedios infalibles ni para la política ni para la ciencia ni para el bienestar interior. Ni eres consciente de si tu cuerpo es una síncopa o un apócope.

No tienes muy claro qué canción escoger, que película elegir, qué libro dejar a medias y cuál exprimir hasta las ultimas consecuencias. No sabes a quién llamar, a quién acudir, ni siquiera estás muy seguro si quieres contemplar qué es lo que les ocurre a otros o permanecer en la más ignominiosa de las ignorancias.

No sabes si vas o vienes, aunque sabes que no vas a ningún lado ni vienes de ningún sitio. Tampoco sabes si irás o vendrás. Ni hacía dónde, ni cómo. Cuándo no depende de ti.

Y así pasan días y días y días. Y tú no estás ni eres. Ni te manifiestas.

Imagen de Bart.

Un homenaje a Carlos Alonso en tres vueltas

Sucedió hace casi una semana ya. Me enteré de la muerte de Carlos Alonso a través de las redes sociales de un modo tristemente progresivo: primero, vi el perfil de la Policía Local de Burgos con un crespón negro. Después, leí mencionado un nombre, Carlos, sin dar más detalles. ¿Cuántos policías locales podían llamarse Carlos? Más adelante, un detalle significativo me hizo temer lo peor: hablaron de la sonrisa de Carlos. Y un poco más tarde, llegó el dato contundente: su vinculación con el mundo del baloncesto.

De este modo me enteré de que Carlos había muerto. En ese estado de confusión y abatimiento, pensé en la última vez que le vi, que es una historia que se cuenta en tres vueltas.

Primera vuelta

Fue el día 19 de diciembre pasado, en el cross del Crucero. Como era frecuente, él era uno de los policías locales encargados de vigilar el recorrido de la prueba, que tenía tres vueltas.

Y allí, mientras corría la primera vuelta, del cross del Crucero, vi a Carlos por primera. Nos saludamos con la mano, dijimos cuatro palabras y, sobre todo, sonreímos.

No hay característica que definiese mejor a Carlos que su sonrisa. Conocí a Carlos, primero, jugando mil y una veces al baloncesto en el patio de El Molinillo, de los jesuitas, que fue durante unos cuantos años embrión espontáneo de vocaciones deportivas y de buenas relaciones humanas. Después, fuimos compañeros en el Gromber, equipo de baloncesto de tercera división (el equivalente aproximado de la actual liga EBA, para entendernos). Tuvimos ocasión de conocernos bien, de charlar largo y tendido. Y de reírnos. Porque Carlos se reía de todo y con todos. Carlos tenía una risa contagiosa para manifestar su alegría y sus penas, de las que siempre sacaba su lado más positivo.

Segunda vuelta

Estaba yo a puntito de llegar a la segunda vuelta y dio la casualidad de que Carlos estaba de espaldas en ese momento. Pero, como por arte de magia, miró de reojo, se giró y me dijo: «Joder, Raúl, qué fino te has quedado, macho». Yo iba con la respiración a mil y le dije alguna tontería con la que, una vez más, nos volvimos a reír.

Con Carlos no experimentabas solamente un momento de risas y sonrisas, sino que te hacía sentirte bien. Después de muchos años de jugar al baloncesto y de vernos de manera rápida y casi fortuita, coincidimos en un gimnasio, en el que ambos hacíamos spinning. Como el trabajaba por turnos, a veces aprovechaba los momentos que tenía por la mañana para darle a los pedales. Y, en los momentos previos a la clase y, después, en la salida y en los vestuarios, retomábamos nuestras conversaciones uniendo lo que ocurrió hace mil años y lo que nos había sucedido antes de ayer por la tarde.

Esos ratitos de charla distendida sobre asuntos ligeros, pero también sobre algunas cosas más personales, ligadas al hoy o al ayer, me reconciliaban con el mundo. Yo, que tiendo a envenenarme por dentro, admiraba mucho esa manera de estar en el mundo, liviano y firme, sometido a la levitación con las más rotundas consecuencias.

Tercera vuelta

En el Cross, estaba ya con ganas de terminar. ¡Qué duro se estaba haciendo el recorrido, cuesta tras cuesta! Llegué a la tercera vuelta. No había mucha gente alrededor esta vez…

Después de no coincidir durante mucho tiempo en el gimnasio, me encontraba con cierta frecuencia a Carlos. Como he dicho, muchas veces en las carreras. Pero también en otras ocasiones, mientras él hacia la ronda a pie con su inseparable Jose Antón. Algunas veces, si la cosa estaba tranquila, podíamos intercambiar unos minutitos en los que resumíamos todo lo que nos sucedía. Era un ponerse al día en cuatro patadas, en brincos de actualidad sobre nuestro presente, aunque es cierto que muchas veces salía la chispa del pasado, con anécdotas que, compartidas, eran todavía más sugerentes y deliciosas. Nunca te despedías de Carlos sin que te diese la sensación de que había merecido la pena cada momento pasado con él.

Como digo, estaba completando ya la vuelta, la tercera. Vi a Carlos y, cuando estuvimos uno a la altura del otro, nos moríamos de risa. Era gracioso ese carrusel del recorrido, con él como eje sobre el que yo corría, ya con muchas ganas de acabar, como decía más arriba.

Nos vimos, nos dijimos esas gracias que nos gastábamos siempre y yo le dije: «Bueno, Carlos, nos vemos en la siguiente».

Y ahora, cuando han pasado unos días, cuando ha pasado ese tiempo de despedida inminente (los antiguos compañeros de baloncesto andábamos por las afueras del tanatorio como almas en pena hasta que, poco a poco, fuimos encontrándonos y dándonos un abrazo), cuando recuerdo las preciosas palabras de su hija, no puedo dejar de imaginarme a Carlos con su risa, con su manera de contemplar el mundo. Aunque ya no vuelva a coincidir con él en ninguna vuelta. De la vida, de una carrera.

Una comadreja entra en el subsuelo de las risas más desoladoras, de los amores en tiempos de separaciones, de los momentos de miedo y esperanza sin planes

Este es el título que tenía preparado para una entrada que había escrito hace unos días y no lo voy a cambiar porque me gusta y porque (me) desconcierta.

Todo parte de un estar hasta los huevos infinito. En momentos de avalancha, de opiniones sin pausa, de redes sociales que llenan de ruido y de reacciones virulentas, necesito refugiarme.

Ahora mismo, tendría que estar interviniendo en unos foros de mis asignaturas de modalidad virtual, pero me acojo al derecho a cansarme, a dejarme llevar por lo que me apetece. Y, en momentos de saturación, me refugio en las ficciones.

Me cobijo en los mundos que adoro, en los momentos con los que tanto disfruto, en las vidas imaginadas que son reales porque las incorporo, trocito a trocito, a mi manera de concebir el mundo. Y, a diferencia del ruido sin más, estas me aportan paz y desasosiego y tristeza y esperanza en dosis medicinales que me enseñan siempre sin darme lecciones.

Podría hablar de los libros que acabo de leer y el que estoy leyendo, pero no voy a decir que estoy acabando Fran Kiss Stein, de Jeanette Winterson, que juega con la creación de ese monstruo y trata de su creación en el siglo XIX y las maneras de aproximarlo a nuestro momento.

No voy a hacer enumeraciones ni análisis ni nada de nada. Solo voy a decir que me he enamorado en la guerra fría del blanco y negro y el formato cuatro tercios de Cold War. Que he visto el miedo al futuro en Los días que vendrán. Que, en El cuento de las comadrejas, he distinguido a los que saben de la vida y a los que no saben, a los que cazan y a los que son cazados por el humor, por la experiencia, por tener más secretos que nadie. Me he reído y me he sobrecogido con Jojo Rabbit. ¿Qué majadero puede pensar que trata el problema de nazis y de los judíos con poco respeto? Roman Griffin Davis se merece un monumento (mucho más que mi adorada Scarlett) y la película, en general me devuelve esas ganas de pensar en cosas difíciles de manera muy simple. He visto Parasite. Me he pasado la película en pleno debate de ping-pong: se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece. Todavía no tengo un juicio claro, pero sé que, cuando le he dado tantas vueltas a una ficción, suele merecérselo.

Sobre todo, porque pienso en el momento del plan que nunca falla, que consiste exactamente en no tener un plan. Porque la vida no funciona por modelos establecidos previamente. Porque el futuro está basado en la máxima más sabia: «Si no tienes un plan, nada puede salir mal». Lo que significa que la esperanza es ir ajustándote a una realidad de la que no escapas.

Y he acabado, claro, con la risa. La risa que no ríe, la gracia que no existe, el ser humano descompuesto en maquillaje, en colores y en formas que, en el fondo, son tan serias que asustan. Porque la vida del Joker asusta. Entre otras cosas, porque la vida, cuando te la han servido en la bandeja de la precariedad, de la maldad y de la ruindad, sale mal siempre. Y luego hay imbéciles que piensan que nuestras miserias más recónditas son ejemplos para la revuelta, para el descontento en masa.

Me gustan las ficciones que me cuentan, que desgranan y explican lo que siento ahora, cuando tendría que estar escribiendo mensajes en los foros. Cuando tendría que estar en un sinvivir, que me aleja demasiado de mis fantasmas.