— Verba Volant

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Deporte

Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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No valoro todo lo que he corrido, sino el hecho seguir corriendo. Es cierto que correr, ahora, significa heredar todos los kilómetros acumulados después de muchos años, pero nada de esto me importa ahora si solamente fuese una historia para contar.

No corrí hasta los 14, cuando, con un grupo de compañeros por el profesor de Educación Física, participé en unas poquitas carreras de campeonatos escolares sin ningún éxito. Hacía otros deportes y correr no era, para mí, más que un complemento. Seguiría siendo un complemento después, a partir de los 16, pero reconozco que salir a correr, frecuentemente solo, se convertía en un espacio de libertad para que todos mis fantasmas personales convivieran con la respiración y el ritmo cardíaco acelerados. También corría acompañado por algunos amigos, aunque éramos pocos, por aquel entonces, los que «corríamos»: no era una actividad «de moda». Había muchos que decían que hacían jogging o no sé qué cosas, que consistían básicamente en salir al campo con un chándal caro, trotar un rato y comerse un par de bolsas de patatas fritas. Sería el equivalente a los que hacen running ahora con todos los artilugios y sofisticaciones.

Podría contar muchas cosas sobre esta evolución en el correr, pero solo diré que corrí mi primer maratón a eso de los 28 años (sin pasar antes por la prudencia de hacer la mitad). Y, entonces aprendí muchas cosas sobre esta maravillosa afición (hacer series, aprender a ser muy disciplinado, saber sufrir) y sobre la vida: ¡a veces son cosas tan parecidas! Descubrí la maravilla de correr a ritmos aceptables buenas tiradas de kilómetros en las tardes de primavera, la paz inmensa de correr sobre la nieve, la sensación estupenda de llegar a las diferentes metas que te ibas poniendo en el calendario. He tenido muy buenos compañeros de carrera, pero destaco aquí a mi amadísimo perro Thor, un pastor belga con el que compartí miles de kilómetros gozosos perdidos entre los campos de la periferia.

Estas líneas se alargarían y alargarían con anécdotas y batallas variadas, pero tengo que llegar al «seguir corriendo». Un día, hace más de veinte años, iba corriendo con mi amigo Jaime, con el que compartíamos metros y metros, charlas y charlas en momentos estupendos momentos de la vida y en trances terribles. Y no sé quién de los dos (poco importa porque es algo que teníamos ambos muy cerca del corazón). Él o yo, uno de los dos dijo: «A mí lo que me gustaría es seguir corriendo. Que, dentro de veinte años, podamos seguir experimentando esta sensación». Subrayo que no nos importaba el hecho de correr como balas, sino un futuro en el que el correr siguiese formando parte de nuestro modo de vida, de nuestra concepción de las cosas.

Tras un paréntesis de una lesión molesta, tras un paréntesis de descanso mental de unos cuantos años en los que me negué a correr muchos kilómetros, Félix, otro amigo, me fue animando y corrí por primera vez un cross alpino en Pradoluengo y me encontré con esa carrera tan bonita que es la Nocturna de Modúbar…

Pero la importancia de esta entrada llega ahora, con la anécdota vital de lo que significa correr para mí. Asiduo de la San Silvestre Cidiana para despedir el año, un lejano 31 de diciembre, cerca del cambio de milenio, dejé la bolsa con el dorsal y todos los bártulos en el maletero del coche en un aparcamiento cerca del hospital. Ese día no pude correr porque nació mi hijo. Teniendo un niño pequeño de cumpleaños, tampoco lo puede hacer durante unos cuantos años en los que ese día tenía que ser una celebración intensa para él. Al ir creciendo, nos apuntamos por primera vez a esa San Silvestre de nuevo y ya no dejamos de hacerlo, año tras año. Al principio, yo le esperaba. Al pasar los años, empezamos a ir a la par y él se iba despegando en la parte final de la carrera. Pasaron otros años más y salíamos juntos de casa, estábamos juntos en la salida y compartíamos unos metros de carrera para que él volase y yo me mantuviese… si podía El año pasado, tuve una rotura de fibras en la pierna y no pude correr con él. Estuve en la meta y —que no se entere nadie— lloré con toda la tristeza que suponía para mí no correr con él ese día.

El presente año ha sido muy especial. Él y yo hemos corrido unas cuantas pruebas juntos y hemos compartido muchos días de preparación. Porque correr es algo que ha de ser habitual y no esporádico. Entrenamos para lo que serían para él sus primeras carreras de diez kilómetros, de veinte kilómetros. Correr juntos la Behobia-San Sebastián es una de las cosas más bonitas que me ha pasado en esta vida. Mantuvimos un gran ritmo (yo bajé más de cuatro minutos mi marca del año anterior gracias a él), fuimos animándonos en las cuestas más duras y él, que se encontraba con fuerzas para el impulso final, aceleró unos metros pero me esperó un poquito en la meta para llegar juntos.

La semana pasada corrimos los dos el cross de El Crucero, nos queda otra San Silvestre preparatoria para la Cidiana del día 31 en Los Balbases y estamos entrenando muy fuerte y con muchas ganas para ese día de carrera con el que acabaremos el año. Como en otras ocasiones, probablemente nos veamos tan solo durante los primeros metros y luego ya en la meta.. Pero yo pienso ahora, hoy, en la conversación mantenida con mi amigo Jaime. Y compruebo, con gran alegría, lo que significa en esta vida seguir corriendo.

Imagen de Shelby L. Bell.

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Esta entrada comienza con alguien sobre el que no voy a escribir (hoy), pero que me ha conducido a escribir sobre cuatro alumnos. El alumno sobre el que no voy a escribir hoy me lo encontré el otro día en el gimnasio y va ocupar otra entrada en otro momento. Un comentario que hicimos durante nuestra conversación me impulso a esto, ahora.

He tenido muchos alumnos vinculados con el deporte, incluso profesionalmente. También tengo que hablar de ellos (en este caso, de ellas). Se me acumula el trabajo, está claro. Pero hoy voy a hablar específicamente de cuatro alumnos atletas.

La primera atleta de la que tengo que hablar es de Lucía. Lucía era una chica estilizada, muy delgada, un poco tímida. Las cuestiones académicas, en algunas ocasiones, se le ponían cuesta arriba, pero ella nunca daba nada por perdido. Yo era su tutor en segundo de bachillerato y empecé bromeando con ella la primera vez que sus padres vinieron a hablar conmigo. Eran enormes, gigantes, fuertes. A mí me sonaba su madre porque había jugado al baloncesto. Eran gente maja y agradable. Al día siguiente, le dije a Lucía: «Que sepas que tienes mis asignaturas aprobadas por lo menos con un siete. A ver quién se atreve a suspenderte si luego vienen tus padres a pegarme». Desde ese momento, descubría a una Lucía mucho más próxima y más graciosa. Lucía era una promesa de la marcha atlética. Aunque no eran pocos los momentos en los que nos reíamos del difícil arte de marchar sin que sea sinónimo de correr rápido, el caso es que la chica iba superando pruebas hasta llegar a la selección española en categorías inferiores. Todo parecía apuntar a que Lucía llegaría a ser seleccionada por España para unos Campeonatos del Mundo o para unos Juegos Olímpicos, pero una lesión que perduró en el tiempo hizo que se torcieran las cosas. Así de injusto es el mundo.

Conocí después a su hermano, Ramiro. Le di clase de Introducción a los medios de comunicación e información, una asignatura de 4.º de la ESO de la que ya he hablado en algún momento. Ramiro empezó también con esto de la marcha atlética y no era nada malo. Invirtiendo el camino que suele hacerse de ser corredor a marchador, Ramiro se pasó al mundo de las carreras y queda en muy buenas posiciones en pruebas largas. Como en muchas ocasiones, cuando pienso en las reacciones de clase de mis alumnos, advierto que la educación ha sido para mí un paraíso de sonrisas. Veo como si fuese ahora a Ramiro disfrutando del momento de las clases… cuando eran divertidas.

Hago esta entrada en completo desorden, porque el primer alumno en el que pienso como atleta es José María, de la vieja guardia del BUP y el COU. Cuando empecé a darle clase, yo no sabía de su afición por el mundo del atletismo. Lo que sí llamaba la atención era una delgadez extrema, un cuerpo espigado, ligero, sin peso. No lo recuerdo ahora, pero creo que yo, por aquel entonces, estaba yo haciendo mis pinitos en el mundo de la larga distancia y seguro que hablaría mucho de correr, correr y correr. Poco me imaginaba que José María era de los que corría de lo lindo. Ahora, ya veterano, sigo estando al tanto de sus logros gracias a las redes sociales. Me consuela saber que los buenos corredores también sufren, también tienen malos días, también pasan por momentos de duda. Pero siempre ganan los buenos momentos, en los que el atletismo sirve como lección de vida.

Y acabo, esta vez sí, con el último, Delfín. A Delfín lo tuve de alumno en la universidad, en Comunicación Audiovisual. Como en el caso de José María, era de estos tipos altos, sin carne en el cuerpo, puras máquinas para rondar los tres minutos el kilómetro, algo que los que estén familiarizados con el atletismo saben que está al alcance de unos poquitos nada más. He tenido relación con Delfín porque es un tipo que saca unas fotos magníficas y, hasta hace poco, trabajó como fotógrafo en la universidad. En algunas carreras, tuvo que cambiar la camiseta de tirantes por el trabajo de inmortalizar los momentos en los que corren otros. Siempre he pensado que nadie mejor preparado para captar el momento que alguien que los ha vivido por dentro tantas veces.

Qué gusto me da recordar ahora, juntos, a Lucía, a Ramiro, a José María y a Delfín. Qué identificado me siento… en esta distancia entre lo que soy yo, un aficionado mediocre, con ellos, talentosos y preparados. Pese a esa distancia, existe un vínculo común y mágico entre los que nos dedicamos a dar un paso más rápido que otro. Y es un auténtico gusto el momento en el que te cruzas con alguno de ellos entrenando, en el que no da tiempo más que a levantar la mano y a esbozar una sonrisa, o cuando estás en una línea de salida (nunca me encontraré con ellos próximo en una meta). Y das una mano, un abrazo ladeado y un ánimo. Buena carrera hemos hecho, amigos, buena carrera.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto la he robado de una cuenta de Instagram… Espero que me perdonen.

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Tengo algunos temas pendientes por tratar en este blog. Proceden de mis lecturas recientes, de reflexiones compartidas sobre la memoria y el recuerdo, de mi descubrimiento de la novela gráfica. Algunas canciones, un cuadro.

Pero escribo estas líneas para decir que me voy a tirar a la piscina. He comentado alguna vez que la natación es una de mis pasiones. Sin haber nadado de pequeño, habiendo aprendido solo y de mala manera y sin una sola clase, llegué hace años a un club de natación donde he mejorado mucho. Gracias a unos entrenadores excelentes, a unos compañeros inmejorables que siempre te animan, y también, por qué no decirlo, a mi fuerza de voluntad, he ido haciendo progresos. Y he ido cumpliendo sueños: mi primera competición, mis primeros 100 metros estilos, mis primeros 50 mariposa… mi nefasto y reciente 200 libres. He nadado cuatro veces una travesía de casi 3000 metros entre Guetaria y Zarauz.

Desde hace unas cuantas semanas, me preparaba para competir en un trofeo de fondo preparatorio para el campeonato de España. La ilusión de las ilusiones, la emoción más emocionante es para mí nadar en una competición los 1500 libres. Lo expliqué hace tiempo y no voy a repetirlo más que de forma resumida: cuando era adolescente, me quedé pegado a la televisión viendo al gran nadador, entonces soviético, Vladimir Salnikov pulverizando récords. Estaba en una fiesta en casa de un amigo y dejé la música y la juerga por disfrutar en la televisión del salón de este magnífico espectáculo. Durante mis largos devaneos en la piscina, siempre soñaba con Salnikov y pensaba, claro, que nunca podría llegar a lanzarme a una piscina para nadar los 1500.

Se puso a la vista el Campeonato de España de fondo de natación máster y me pregunté a mí mismo: «¿Y si lo intento?». Pregunté a algunos compañeros que me animaron: «Claro, ¿por qué no lo vas a intentar». Me puse en las manos de una de mis compañeras y entrenadoras, que me delineó el plan de entrenamiento perfecto para el torneo preparatorio. Y complementé toda mi actividad física incrementándola con los entrenamientos en la piscina. Todo iba bien, hasta que mi cabeza se bloqueó. Me empecé a obsesionar, me entró el miedo, llegaron los desvelos y muchas horas en blanco por la noche, un ataque de ansiedad a la mañana siguiente. Y dije que lo dejaba, que me plantaba. Por primera vez en mi vida, iba a abandonar un objetivo deportivo antes de intentarlo. Pero estaba metiéndome demasiada presión e iba a explotar.

Escribí a dos de mis compañeros y se lo dije. Me mandaron sendos mensajes que me emocionaron. Pusieron las cosas en su sitio, en el contexto adecuado. Rebatían todos mis miedos y mis sentimientos negativos con palabras de ánimo y diciéndome, sencillamente, que disfrutase, que no pensase en una marca concreta. Que me tirase a la piscina por el mero placer de nadar.

Y, gracias a ellos, he decidido que me voy a tirar a la piscina. Y, en efecto, voy a intentar este reto con el objetivo más ambicioso: disfrutar haciéndolo lo mejor posible. Me subiré al poyete y, cuando escuche la señal sonora, me lanzaré al agua. Os puedo asegurar que, desde el principio y en cada uno de los 60 largos, me acordaré de de Vladimir Salnikov. Seremos hermanos gemelos con décadas de distancia, él en una piscina de 50 metros y yo en una piscina de 25. Y no sonreiré porque se me llenaría la boca de agua.

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En 2014, critiqué algunas cosas que no me parecían bien de la San Silvestre Cidiana. El año pasado, volví a hacer lo mismo. Llegados a 2017 y una vez corrida la San Silvestre de la edición de 2016, me veo obligado a volver a hablar de ella. Así que, por lo tanto, amigos, amigas, hablemos de la San Silvestre Cidiana, una vez más.

Este año creo que son dignos de reseñar dos cambios: el lugar de salida y el modo de salida en dos turnos (los peques tuvieron la carrera por la mañana). A ello se une algo que ya cambió para bien el año pasado, que es la incorporación de un chip al dorsal para dar algo de coherencia a los resultados de la llegada. Vayamos, pues, a las novedades. Y sí, voy a hablar de ellas.

La primera novedad era el lugar de salida de la carrera. Después de varios intentos para cambiar el lugar de partida (algunos auténticamente disparatados, como el de 2014), se optó por salir desde la Avenida del Arlanzón, en el Coliseum de Burgos. Cuando me enteré, empecé a echar sapos y culebras por la boca: vaya, nos quitan la salida en el centro para tener que ir al quinto pino; vaya coñazo, ir para luego volver por una paralela, vaya, rectas llenas de monotonía. Después de hacer la carrera, lo único que puedo decir es que el lugar elegido es un auténtico acierto: un lugar en el que los corredores nos podíamos mover mucho mejor y de fácil acceso.

La segunda novedad fue el sistema de salida en dos turnos, separados por cinco minutos de diferencia. En el primero, salían los corredores federados y aquellos que habían quedado entre los mil primeros en la edición anterior. En el segundo, el resto de corredores (unos cuantos miles). Algunos críticos decían que esto suponía desvirtuar una carrera que es, a la vez, una fiesta para celebrar el fin de año de forma sana y divertida. Creo que un número de 1.500 corredores no hace una división muy sangrante, puesto que pueden convivir los excelentes corredores con otros de nivel medio. Para mí, lo más importante radica en el hecho de que se pueda correr y este sistema lo consigue. El que quiere hacer una carrera meramente lúdica al ritmo que le da la gana, lo puede hacer como siempre. Y el que quiere ir un poco más rápido y sin tantas aglomeraciones, también puede hacerlo sin problemas. Por lo tanto, creo que es otro acierto.

Una combinación de estas dos novedades, la de salir en una recta muy larga mediante turnos diferenciados, ayuda a que no haya aglomeraciones tan peligrosas como las de años anteriores. Para cuando se llega a la primera curva en la Plaza del Cid, ya cada uno va a un ritmo que hace que la carrera se organice por sí sola. La salida en tandas, además, ayuda mucho a ello porque no hay luchas cainitas en la salida y en el inicio de la carrera. Dejo claro que esta es una opinión sesgada porque yo salí en la primera tanda y, por lo tanto, no sé lo que ocurrió en la segunda. Desde luego, hay un problema: si alguien corre por primera vez o no corrió el año anterior, le toca sufrir la aglomeración supina. Pese a ello, y a la espera de las impresiones de las personas que corrieron en ese grupo, la impresión es, para mí, de lo más positiva.

Otro aspecto muy favorable de este año no ha sido de carácter organizativo, sino de la participación ciudadana en la carrera. Había mucho más público que otros años y a mí me dio la impresión de que era también más participativo, algo que no suele ser la «marca de la casa» en nuestro querido Burgos. Correr así, con muchas personas y entre muchas personas, es una maravilla.

Y acabo con una circunstancia especial que acompañaba a esta edición: el homenaje de los Tragaleguas al gran José Mariscal, «Falio». Todo un ejemplo en lo personal y en lo deportivo, que no dejará de seguir corriendo, nadando y pedaleando, pero sí lo hará a otro ritmo más pausado por exigencias del guion.

En suma, aquí el Urbina, gruñón, criticón y protestón por naturaleza, se ve en la gozosa obligación de señalar también todo lo positivo de esta carrera. Olé, esta vez (y esperemos que para siempre) con la San Silvestre Cidiana. Enhorabuena a todos y feliz 2017 trotando y brincando.

 

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Runners, by Marco

Esta tarde se celebra la Nocturna de Modúbar, una carrera preciosa en la que se contará con 2.500 participantes en las modalidades de carrera, senderismo y canicross. La he corrido en las dos ediciones pasadas y no dudé en apuntarme (tampoco es cuestión de dudar mucho porque, el mismo día en el que se abre la inscripción, las plazas se agotan a las pocas horas). Otros años he entrenado más. En esta ocasión, una molestísima alergia al cloro me ha dejado fuera de la piscina durante mucho tiempo y me ha impedido también prepararme en condiciones para la carrera, ya que casi no podía respirar. Si a eso le sumamos todos los días de lluvia que hemos sufrido (me gusta correr con calor, con frío, con nieve… pero nunca lloviendo), la cosa se ponía cada vez más difícil.

El caso es que la semana pasada, cuando iba entrenando 16 kilómetros a un ritmo lentísimo , pensé que no iba a correr. Que para hacerlo mal no merecía la pena. Que quería hacer la prueba, al menos, a menos de 5 minutos el kilómetro. Que el ácido láctico me iba a atenazar las piernas e iba a estar dolorido durante la prueba y dos días después. Todo eran excusas que me lo ponían muy fácil. Un pequeño tirón en un abductor apareció cuando ya quedaban pocos kilómetros para llegar a casa: pensé que lo tenía claro. Bajé un poco un ritmo –que ya era muy lento– y noté que podía seguir corriendo. Y, en ese momento, decidí que, por supuesto, participaría en la Nocturna. He corrido algún que otro maratón, muchos medios maratones y unas cuantas carreras más cortas y no me he retirado nunca. Y ahora no voy a abandonar antes de empezar. Si corro despacio, ya lo haré más rápido a la siguiente. Por lo tanto, esta noche me enfundaré la malla y la camiseta, me ataré unas zapatillas razonablemente nuevas, me pondré el frontal para iluminar las sombras de la noche y disfrutaré de un gran momento. Y pondré con imperdibles un dorsal que me empuje, un día más, a seguir. Porque no correr no es una opción.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen de Marco.)

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Estampida, de Domingo Cáceres

Pues sí, voy a volver a hablar de la San Silvestre Cidiana. Lo hice ya una vez y, después de la experiencia de ayer, creo que es conveniente decir un par de cosas.

La razón fundamental por la que escribo esto es por la salida de la prueba: una nueva ubicación a la que nada hay que reprochar, pero una falta total de previsión de algo fundamental que pudo causar serios problemas. Los que llegamos pronto para encontrar un buen sitio para salir estuvimos un buen rato cobijados en un buen ambiente de carrera pero, a medida que se iba acercando la hora de la prueba, fuimos viendo que muchos corredores, en vez de ir colocándose detrás, iban ocupando el lateral de la calle, fuera de la línea recta de salida. La consecuencia es que, en el momento del inicio de la carrera, se formó un embudo en el que no había forma de salir: empujones, avasallamiento, luchas denodadas por intentar ir hacia ninguna parte. El asunto duró un buen rato y fue angustioso al pensar en qué ocurriría si alguien se tropieza y cae. Una vez más, faltó la previsión: todos sabemos que esta no es una carrera normal, que el número de participantes excede con mucho el que suele participar en este tipo de pruebas en Burgos y que algunos no están acostumbrados a saber lo que supone situarse en una línea de meta. Como eso lo sabemos todos, la organización tendría que haber previsto todo esto. Bastaba con haber puesto unas vallas para que los participantes hubiesen ido colocándose en orden para haber solucionado la papeleta.

La otra cuestión no depende de nadie más que de nosotros mismos y, por ello, creo que es batalla perdida. No puedo entender cómo una carrera que es una fiesta puede convertirse en un momento en el que se reparten empujones a diestro y siniestro, se obstaculiza a los que quieren correr muy en serio (que conste que yo no soy uno de ellos). ¿Tan difícil es pensar en cosas sencillas? Oye, que lo mío es disfrutar un rato con los amigos, vamos trotando (o andamos) porque queremos celebrar de esta manera tan estupenda el fin de año. Perfecto. Oye, que somos un grupito de jovencitos/as que casi nunca corremos y hemos quedado y nos unimos a esta tradición. Perfecto. Oye, que cojo el carrito del niño porque me hace ilusión que, desde muy pronto, disfrute de un evento tan formidable. Perfecto. Sin embargo, no es tan perfecto que, asumiendo todo lo anterior, no se tenga en cuenta a todos aquellos que quieren hacer una fiesta de su pasión, de su vicio confesable y quieren disfrutar corriendo. Quizás no haciendo marcas; por supuesto sin batir récords. Si la San Silvestre es una carrera, ¿por qué no dejar correr a los que quieren? La cosa sería tan fácil como no obstaculizar, no entorpecer, no colarse, no correr sin dorsal, no hacer de nuestra fiesta una manera de aguar la fiesta de los demás. Y dejo para el final lo que ya he comentado más arriba: la de los iluminados que no se conforman con lo que hay (les guste o no) y se dedican a encontrar su camino a base de golpes y codazos: les daba igual lo que hubiera a un lado, al otro, delante o detrás. En las primeras centenas de metros se vio de todo y pocas cosas eran bonitas. ¿De verdad disfrutar del sano y aparentemente inofensivo acto de correr, ese que practicamos muchos a lo largo de todo el año, se tiene que convertir una guerra campal?

Como no sería justo que estas líneas no fuesen ecuánimes, hay que decir bien alto y públicamente que la carrera ha ido mejorando mucho: los chips en los dorsales hacen de la llegada algo tremendamente confortable, el recorrido estaba bien pensado en sus líneas generales. Y, detrás de todo, hay un grupo de voluntarios que hacen que, pese a todo, unos miles de personas disfruten del fin de año con algo tan sano y fraternal como es el noble arte de correr.

(La imagen es de Domingo Cáceres).

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En el reciente campeonato mundial de natación de Kazán, una nadadora sobresalió sobre las demás. No es la más rápida, no es la que posee una técnica más perfecta, pero deslumbró por encima de todas y nos cautivó en las series de clasificación y en las finales de los 200, 400, 800 y 1.500 metros libres: cuatro medallas de oro a las que se suma una prueba de relevos. En las carreras de fondo, quitó la razón a Jon Urbanchek, que vaticinaba que las pruebas de 800 y 1.500 libres desaparecerían de la competición porque eran aburridas. Creo que todos los espectadores que estábamos frente al televisor disfrutamos cada largo que nadaba Ledecky, en pruebas en las que no competía contra las demás, porque les sacaba una ventaja abrumadora, sino solamente contra sí misma. Cada brazada era un portento de voluntad, de fuerza, de energía.

Tal y como afirmaba Diego Torres, el éxito de Ledecky se basa en un un el entrenamiento duro y el sentimiento de satisfacción por el trabajo bien hecho. Es una persona normal pero con una cualidad que tienen los deportistas de fondo y que los distingue de todos los demás: el gusto por la monotonía y la repetición. Cuando todo el mundo duerme, Ledecky se mete en el agua a las cinco menos cuarto de la mañana. Simplemente, le gusta sentir que es «la primera persona del mundo en despertar”.

Y puede que ese sentimiento de ser única siendo normal, de ser como todos siendo excepcional sea parte de un éxito. Pero, para mí, la auténtica maravilla reside en una de sus declaraciones tras la victoria en los 1.500 libres: le preguntaron que en qué pensaba cuando nada. Y ella contestó que piensa en mantener el ritmo y sobre todo, por encima de todo, «Me concentro en el sonido del agua». Y eso no es solo deporte, sino una manera de vivir. No son brazadas: simplemente, es magia.

La imagen es de Raul Lieberwirth.

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Nadador

Fue en verano, aunque no recuerdo el año. Un amigo celebraba una fiesta en su casa y, en una salita, había un televisor encendido. Se celebraba un campeonato de natación (creo que un campeonato mundial, pero podía haber sido también un europeo). Con la furiosa música de la fiesta de fondo, tres personas nos quedamos embobadas disfrutando durante poquito más de quince minutos de la magnífica actuación de Vladimir Salnikov, uno de los grandes nadadores de las carreras de fondo.

Desde ese momento, emocionado, albergué una ilusión, que mantuve en secreto muchos años. Nunca fui a unas clases de natación: aprendí yo solo, a duras penas. Hasta los trece años no supe meter la cabeza en el agua para nadar. A partir de los catorce, me mataba con la razón y con mi propia incapacidad. Pero, algún año más tarde, después de ver a Vladimir Salnikov en una piscina (no sé por qué fue él, podía haber ocurrido con algún otro nadador más rápido, con alguno más famoso, con alguno más carismático), fui a la piscina. Nunca había nadado más de dos largos a crol seguidos. Ese día, hice cinco. Al día siguiente, 15. Al día siguiente, llegué a los 30. Y, al siguiente, conseguí llegar a los 40. Desde ese verano, siempre nadé –muy despacio y muy mal– todos los días durante muchos minutos, horas en algún caso.  Y, mientras tanto, en mis tardes de piscina mis ojos seguían embobados y envidiosos las brazadas de los que se desplazan en el agua con elegancia.

Han transcurrido años (muchos años) con toda esa rutina hasta que llegó un momento, bien pasados los cuarenta, en el que decidí que aspiraba a dar un paso más y hacer lo que nunca había conseguido: aprender a nadar bien. Entre azares y voluntades, me puse en contacto con un club de natación. Y, desde ese momento, meterme en una piscina cobró un nuevo significado: sigo haciendo las cosas muy mal, pero sé lo que tengo que hacer para mejorar. El agua es ahora un momento de entrenamiento ilusionante para enfrentarme con mis pocas destrezas e intentar vencer a mis miedos e incapacidades. A fin de cuentas, soy una persona mediocre en todos los sentidos del término y en todos los ámbitos, pero tengo fuerza de voluntad y capacidad de sufrimiento. Por si fuera poco, he conocido a un grupo de personas maravillosas en este club de natación (el Club Natación Tizona). Algunos son grandes campeones y con todos ellos siempre tienes algo de lo que aprender, alguna lección que apuntarte para el deporte y para la vida.

Ayer llegó otro momento importante para mí. Después de tantos años arrastrando mis ilusiones, competí en una piscina como nadador máster. Combatiendo mis miedos, no fui el peor. Y, aunque lo hubiese sido, había ganado mucho con el intento. Aunque nadé muchísima menos distancia, ayer, después de tantos años, volví a ver e imaginarme al gran Vladimir Salnikov. Nuestro equipo quedó campeón y todos los componentes conseguimos puntos para la victoria. Y, salvando todas las distancias y todos los años pasados, conseguí verlo mucho más cerca dentro de mi voluntad.

Imagen de Tsutomu Takasu.

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Flexibility

Toda mi vida (laboral) he trabajado como profesor. Lo que no todo el mundo sabe es que, por distintas y azarosas razones, mi primer empleo fue el de profesor de Educación Física. Muy lejos de pensar, como algunos compañeros de carrera me decían, que esto de dar «gimnasia» –así llamaban de forma despectiva a la asignatura– era una rebaja profesional, a mí me pareció la mejor manera de empezar a ganarme la vida.

Hoy no toca, sin embargo, hablar de todos esos beneficios, de las razones y las motivaciones (hablaré en otra ocasión de todo esto), sino de los contenidos. Uno de los aspectos básicos que había que transmitir a los alumnos era la existencia de unas cualidades físicas básicas, a las que se unían las cualidades o habilidades psicomotrices. Y viene esto a cuento por lo siguiente: a medida que pasa la vida, de las cuatro cualidades físicas básicas (la fuerza, la resistencia, la velocidad y la flexibilidad), nos empeñamos en fortalecernos y entrenarnos para las tres primeras. Nos gusta ser veloces y resistentes y fuertes. Creemos que ahí residen los pilares esenciales, en el deporte como en la vida.

He practicado deporte toda mi vida y he competido de forma intensa. Y durante años me ejercitaba para ser más fuerte, más resistente… y por ir manteniendo toda la velocidad que me permitiesen mis brazos y mis piernas. Desde hace unos meses, he empezado a compaginar el entrenamiento intenso en todas esas manifestaciones con una sesión semanal de gimnasio en la que, sin desdeñar otras cualidades físicas básicas y habilidades psicomotrices (el equilibrio, por ejemplo) la flexibilidad forma parte esencial del entrenamiento. Porque me he dado cuenta de que la flexibilidad es una de esas cualidades con las que nacemos y que vamos perdiendo, centímetro a centrímetro, hasta que no nos queda nada. Y hay que seguir luchando por ser flexible. Tanto en el deporte como en la vida.

(Imagen de Ashley Harrigan)

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