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Deporte

Runner, de Sw Swann

Frente a otros muchos aficionados, a mí no me molesta que correr se haya puesto de moda: ahora en cualquier lugar «civilizado» te encuentras corredores hasta en la sopa. Ni siquiera me molesta que, para el noble arte de correr, se calcen unas zapatillas por encima de sus posibilidades y de sus tiempos y de sus kilos o que, antes de correr dos minutos seguidos, tengan un aparato GPS, pulsómetro, altímetro, brújula y la biblia-en-verso. No, no me molesta que corran al ritmo de una música que llevan dentro de un teléfono listísimo embutido con una funda en su brazo. No me molesta que se haya puesto de moda ni que el que empezó a correr hace dos días dé lecciones de ritmos y de isquiotibiales. No me molesta, sino que me agrada, que ahora haya mil y una carreras, solidarias y no, de montaña y de asfalto, nocturnas y por la mañanita bien temprano.

No me molestan todas estas cosas porque correr es mucho mejor que cualquier otra cosa. Porque correr enseña a perseguir objetivos a medio o largo plazo, pero nunca ofrece su golosina a la primera de cambio. Porque correr te pone en contacto con el suelo pero te invita a mirar el cielo cuando llegas a una meta. Porque, antes o después, correr provoca darle la vuelta a muchas rutinas en la vida cotidiana. Porque correr te conduce a muchos más sitios que a los que se piensa antes de comenzar.

Eso sí, hay una cosa que no soporto. Que me supera. Que me revienta. Y es que me cambien el nombre y el oficio. Y que algunos gilipollas no sean lo que tienen que ser y sean simplemente… runners.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen Sw Swann.)

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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CrossAlpino2014SierraDemanda

Esta entrada, probablemente, la entiendan y la sientan como suya todos los que practican algún deporte y, sobre todo, los que practican uno de esos deportes solitarios y solitarios que son los deportes de fondo. Trata sobre el éxito y la superación. Y sobre ganar. Y sobre no perder. Y sobre sufrir. Y sobre poner el cuerpo y la mente al límite.

Esta mañana se ha disputado el IV Cross Alpino de la Sierra de la Demanda. A lo largo de mi vida como amante del atletismo de fondo, las he pasado canutas, tanto en los entrenamientos como, sobre todo en las competiciones, pero nunca como hoy. Corrí esta misma prueba el año pasado y, aunque es cierto el perfil era un bastante menos exigente y tenía menos kilómetros (nos tres menos), hice un tiempo razonable. Hoy acabarla me ha llevado algo así como una hora y veinte minutos más que le año anterior. He sufrido con cada una de las subidas (largas, interminables). Mis piernas se han bloqueado en cada bajada. Me he resbalado mil y una veces y, en más de una ocasión, he visto que casi me iba hacia el abismo. He metido los pies en el barro profundo, negro. Mi cabeza ha chocado de forma nada alegre contra la rama de un árbol. Lo pongo en primera persona, pero seguro que han sufrido cosas parecidas la mayor parte de los corredores. Porque esto del atletismo de fondo es solitario, sí, pero estás rodeado de gente. Personas que te dan conversación. Personas que te animan. Compañeros que te dan una palmadita en la espalda. Espectadores que mienten de forma piadosa para asegurarte que ha pasado lo más duro. Y tú intentas hacer lo mismo. Sufres como un perro pero intentas reservar también palabras de ánimo. Esbozas una sonrisa cuando podrías parecer derrotado. Y, sobre todo, sigues, sigues y sigues. Y te alegras de que todos sigan. Te alegras de que nadie se parece, de que nadie se lesione. Te juntas en grupitos temiendo los momentos en los que te encontrarás solo.

Hoy, como decía, ha sido una carrera dura. Los que no practican deportes como este podrán pensar que solo ganan los ganadores, porque lo contrario parecería una paradoja, un contrasentido. Pero no es cierto. Hoy han ganado todos aquellos que estaban dispuestos a dejarse el alma desde la línea de meta. Hoy han ganado todos los que han llegado a la meta (también, de alguna manera, los que lo han intentado pero se han tenido que retirar). Hoy ha ganado la compañera que, cuando dos corredores a su grupo con cara de sufrimiento, ha esbozado una sonrisa y ha dicho «Oye, ¿y si nos presentamos ya que vamos a estar un rato juntos? Yo me llamo Gema». Hoy ha ganado con todos los honores el primero, faltaría más, pero lo ha hecho con todos los galones el que ha llegado el último. Ha ganado todo aquel que ha traspasado la línea de meta y, aunque unos metros antes ha pensado que no volvía hacer una locura en su puta vida, ha esbozado una sonrisa. Después de unos minutos o unas horas, ha ganado el que está pensando en la siguiente.

Porque, para ganar, no se trata de ganar. Y no, no es un tópico. Los que competimos como aficionados tenemos solo las metas que nos marcamos. Tenemos las ilusiones que se van plasmando en cada calentamiento, en cada línea de salida que traspasamos. Unas veces lo hacemos bien y estamos contentos. Y otras veces, más que contentos, estamos orgullosos. Estamos orgullosos de no haber vencido la tentación de la desidia o el abandono. Cuando todo se ha puesto en nuestra contra, estamos orgullosos de seguir más allá de lo que podía nuestro cuerpo. Y, cuando estamos en la zona de meta, vemos a todo un conjunto de cuerpos extenuados, pero de mentes valientes. Va por mí, claro. Va por todos nosotros.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr)

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Pues sí, he estado a punto de arrepentirme, pero lo voy a hacer. Voy a hablar de la San Silvestre Cidiana, la que se corre en Burgos, mi ciudad (y no precisamente para bien). Eso sí, voy a intentar ser breve.

Esta carrera, con la que muchos burgaleses quieren celebrar el año, poco a poco, va convirtiéndose en un pequeño-gran desastre. ¿Razones? Las hay exteriores e interiores.

Entre las exteriores, está nuestro querido ayuntamiento y algún que otros responsable más. Que más de siete mil personas (el número va creciendo cada año) quieran convertir las calles en un acto de celebración deportiva para despedir el año no es poca cosa. Y, como no es poca cosa, hay que poner empeño en que «la cosa» salga bien. Entre otras muchas tareas que corresponden al ayuntamiento, está la de autorizar un recorrido con una salida y una meta, claro está.

La salida nos ha ido sorprendiendo año a año con variantes. La de este año, ha sido –si cabe– todavía más desastrosa que en años anteriores. ¿A quién se le ocurre poner a correr a siete mil personas empezando en un puente? A un idiota no, porque lo entiende a la primera. El atasco, unido a otras cuestiones que comentaré más abajo, hizo que no se deshiciese un embrollo descomunal hasta pasar el vericueto de Puente de Santa María – Plaza de Vega – Calle Progreso – Calle San Pablo… hasta pasar el puente. Correr, hasta allí, era un imposible. No hablo ya de correr como un acto deportivo, sino de correr con unos principios mínimos de seguridad. ¿Cómo nos podemos alarmar de que no se abran puertas de seguridad en recintos en los que se celebran determinados eventos y podamos meter en un embudo a miles de personas? No pasa nada… hasta que alguien se caiga. Entonces empezarán las risas.

La meta es la de todos los años y el sistema de llegada es claramente insuficiente. No decimos nada porque somos buenos y nos conformamos con cualquier cosa. Pero llegar a una meta y entrar por un sistema de vallados que discurren a un ritmo muy dispar no es la mejor manera de organizar una llegada. No vamos a pedir, claro está, que se haga un cronometraje perfecto y un sistema de calificación infalible, porque no se trata de eso. Pero sí se trata de poner un poco de orden al (tremendo) caos.

Entre las exteriores (con una responsabilidad «interior» también evidente) es el sistema de carrera. Sí, estamos todos de acuerdo: no es una carrera al uso, es una fiesta deportiva. Sí, lo pillamos: es una celebración. Todos sabemos esas cosas. Pero también sabemos que una carrera es para correr. Más deprisa, más despacio… pero correr. Por lo tanto, hay que respetar al que corre. Aquí influyen varias cosas: la primera, la del grupo de «listos» que corren sin dorsal, frente a los tontos que decidimos contribuir con muy pocos euros. La segunda, la de que todo acto social requiere un respeto a las reglas. Si hablamos de un recorrido, hablamos de un tramo que va, sencillamente, desde el principio hasta el final. Cuando yo salí a correr, en la línea de salida no habría más de doscientas personas por delante. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme a seguramente más de un millar después. La costumbre de ir colándose y salir en medio del trayecto es casi esperpéntica. A todo ello se une el grupo de personas que no tienen ningún tipo de criterio. Sí, ya lo he dicho antes: no somos tontos y sabemos lo de la fiesta, etcétera. Pero es lógico pensar que el que no vaya a correr (más o menos rápido, pero a correr y no otra cosa) pueda hacerlo. En el trayecto te encuentras a tipos que corren con un perro (y, desde luego, no hacen canicross), a otros que van con un carrito de niño, a otros que van casi andando en grupo en fila de veintisiete… ¿Caben todas esas personas en una San Silvestre? Por supuesto que sí. Pero cualquiera que tenga dos dedos de frente comprenderá que todas esas personas tienen que ir por detrás de los corredores. Com decía, todo acto social tiene unas normas. Y no es precisamente edificante ni formativo el que, para correr, valga cualquier cosa. Estas circunstancias no convierten la San Silvestre en una fiesta del deporte, sino en una patochada.

Lo que no puede ocurrir es que, año tras año, nos sintamos orgullosos por algo de lo que tendríamos que avergonzarnos. Si es un acto tan importante, la San Silvestre debería contar con medios, con estrategias, con ideas nuevas. No vale con ir sumando participantes cada año, sino en ir planificando cada metro.

(Como pequeño dato curioso, diré que, casi a mi lado en la meta, estaba un individuo con zapatos, vestido de calle y con anorak , sin una dota de sudor, que tenía pinta de no haber corrido ni un solo metro…)

Y, por supuesto, que todo el mundo se lo pase bien. Que todo el mundo disfrute. Que se disfrace, que ría. Que los niños y las familias, se animen. Que sea una fiesta, pero organizada. Que sea una fiesta, pero del deporte.

Menos mal que prometí que iba a ser breve… ¡Feliz 2014!

(Imagen de BMclvr.)

 

No es cuestión de co

 

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El otro día, el blog del equipo de natación al que pertenezco publicó una entrada titulada ¿Qué hacemos los nadadores cuando nadamos? Me gustan las reflexiones que se desprenden de ese gráfico. Una de ellas, porque explica muy bien lo que significa hacer un deporte de resistencia. Sí, es inevitable la pregunta de «¿Qué hago yo aquí?». Es una declaración de lo que supone el sacrificio mientras se está en pleno entrenamiento. Es la pregunta recurrente durante los largos entrenamientos que se hacen corriendo, en bici o nadando. Dura lo que dura el momento de sacrificio. Una vez que acaba, todos sabemos que el esfuerzo ha merecido la pena. Sin duda, repetiremos.

La otra reflexión, la más común es llevar nadando tanto tiempo que olvidas los largos que llevas (cuando entreno solo, siempre hago algunos de más, por si acaso). Ese olvido conlleva muchas cosas, pero sobre todo una: mientras nadas, no hay distracciones posibles. Estás tú solo frente a la piscina. Mirando hacia el fondo. Estás tan concentrado, que la cabeza salta hacia otra cosa. Y, mientras todo eso pasa, te das cuenta de que te olvidabas cuántos largos llevabas y, por lo tanto, cuántos largos te faltan para acabar. Es lo más parecido que conozco al sentido, al misterio de la existencia.

(Imagen de Manuel Quiroga)

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Hoy no he nadado para relajarme. No he dejado que la vida transcurriera a través de los largos hechos con ritmo pausado y con la respiración controlada. He nadado para exigirme, para perfeccionarme. Para estirar las brazadas hasta el límite, para mover las piernas batiendo intentando que los músculos sepan reaccionar a momentos todavía peores. Hoy me costaba recobrar el aliento entre ejercicio y ejercicio. Además, nadaba con la sensación de que, en un momento determinado, me faltaría el aire de forma casi definitiva. Hoy he combinado los estilos para que no quedase ni un pedazo de mi cuerpo sin conciencia de pertenecer a ese todo, a veces disgregado. A veces es bueno recuperar la sensación de conjunto y, para ello, nada mejor que trabajar por partes que parecen desmembradas.

Hoy, cuando el sufrimiento parecía que estallaba, he mirado el reloj y he visto que ya había cumplido con mi cita con el deber autoimpuesto. Luego ha llegado la ducha y, casi sin querer, todo se ha olvidado. Todo era sintonía, armonía y relajación. He cargado con la bolsa de deporte y, cuando el viento ha frotado mi cabello, he sonreído hacia la nada.

(Como pequeña curiosidad, esta entrada la escribí ayer. Hoy pienso repetir. Con imagen de Brandon Warren.)

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Gattaca (Andrew Niccol, 1997) es una magistral película de ciencia ficción que —ignoro por qué razón— no suele ser citada entre las películas esenciales del género. Es una película que abre tantos frentes que no es posible comentarlos hoy aquí, ya que esta entrada no será hoy una crítica cinematográfica. Baste decir que, en un futuro dominado por la genética, los padres pueden elegir las características, siempre positivas, que tendrán sus hijos. En este mundo de hiperselección, los hijos «naturales», por sus evidentes imperfecciones, suelen ser marginados en todas las facetas vitales. En este contexto, Vincent es uno de esos hijos naturales, en una familia que tiene otro hijo, Anton, que cuenta con todas esas características que le hacen especial. Vincent tiene, desde el día de su nacimiento, marcado su destino: tiene cerca de un 90% de probabilidades de morir por un problema cardíaco. El sueño de Vincent, desde pequeño, es alcanzar las estrellas. Literalmente. Dedica todo su empeño, todas sus fuerzas, todos sus minutos libres a prepararse para ese sueño. No contaremos aquí –tampoco– qué es lo que intentará para conseguirlo.

La vida entre los hermanos, desde su infancia, es de una rivalidad siempre desnivelada en favor de Anton. Uno de los retos es lanzarse a una carrera de natación en una playa. El reto consiste en nadar y probar quién llega más lejos. Como hemos adelantado, Anton siempre gana. Sin embargo, hay un momento de la película en la que ambos hermanos, ya adultos, vuelven a retarse. De forma inexplicable, Vincent gana. Anton no se lo puede creer y le pregunta a Vincent cómo ha podido batirle. Y este le contesta: «Nunca dejé nada para la vuelta».

Siempre me ha conmovido ese momento de la película y me gusta aplicarlo a mi práctica deportiva. Llevo practicando diferente tipo de deportes desde que tengo memoria. Me apasiona el sentimiento de superación al que se llega mediante el sufrimiento. En el deporte, no se regala nada. Con mis 178 centímetros, decidí dedicarme en mi juventud al baloncesto. A medida que iba ascendiendo de categoría, me resultaba más difícil jugar en el puesto que más me gustaba (escolta, incluso alero) y tuve que jugar en la posición de base. Aún recuerdo que, para ganar dominio con el balón, me dedicaba a ir corriendo unos 10 kilómetros hasta intentar que el balón fuese la prolongación de mi mano. O dedicaba horas a estar frente una canasta, totalmente solo, al margen de los entrenamientos, para mejorar el tiro de larga distancia.

«Nunca dejé nada para la vuelta». Es el lema de todo aquel que es deportista (no es lo mismo hacer deporte, por bien que se haga, que ser deportista). Desde hace muchos años, practico varios deportes de resistencia, sobre todo el atletismo y la natación. Ayer, por ejemplo, estuve tres horas sufriendo alegremente para intentar ser mejor. Tengo 47 años y ser mejor no significa —nunca lo ha sido— ser «el» mejor. Basta con intentar superarse cada día. Y reconozco, también con cierta tristeza, por qué no decirlo, que no encuentro muchos momentos de felicidad en mi vida fuera del deporte. Cuando estoy en plena actividad cuento con los únicos momentos en los que soy capaz de dejar mi mente totalmente libre de las preocupaciones. Mis pulsaciones suben por la agitación del ejercicio y no por los vaivenes de la preocupación. Y, a veces, imagino cómo me gustaría que fuese mi final (que espero, por otra parte, que sea muy lejano): un momento en el que, de tanto nadar hacia el centro de la nada, ya no quede espacio para volver. Es mi forma de intentar llegar a las estrellas: no dejar nada para la vuelta.

(Imagen de Akunamatata.)

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El otro día fui a una revisión médica. Tenía 46 pulsaciones por minuto, lo que significa que mi corazón late menos veces que el de una persona normal, pero de manera más intensa. Es el resultado de dedicarme durante años y años al entrenamiento duro, sobre todo en deportes de fondo como la natación o el atletismo.

Salí de la consulta médica reflexionando en lo que siempre había sentido de forma intuitiva: que una parte importante de mi vida ha estado entregada al deporte, que es el que me ha otorgado los únicos momentos en los que me puedo desembarazar de la realidad y, a veces, los únicos momentos en los que puedo colocar las piezas de mi desvivir en su sitio más o menos justo. Y pensaba lo agradable que es sufrir durante unas horas en los entrenamientos para sentir, de alguna manera, que dominas parte de tu mundo.

Le di vueltas a las vueltas que tienen nuestras historias, nuestras vidas. En el final que todos tendremos. Y pensé que, de alguna manera, un corazón con la suficiente capacidad de bombear sangre para que llegue de forma inexorable a todas las partes de su cuerpo puede colaborar a que las pulsaciones, como las teclas de una máquina de escribir o de un ordenador, puedan escribir parte del destino de las historias que se sienten y no se cuentan. Con los ojos cerrados. Porque, a veces, el corazón late menos veces que el de una persona normal. Pero de manera más intensa.

(Imagen de Henar Lanchas.)

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Kurs

Hay días que corres por afición, hay días en que corres porque lo necesitas. Y hay días que corres porque sí. Sin más.

Hoy me he enfundado los calcetines, una camiseta térmica, unas mallas y un cortavientos. Cuando me ajustaba las mallas, notaba el dolor del ejercicio de ayer. Pese a todo, he seguido con el ritual. Me he ajustado bien los cordones de las zapatillas y he temido, una vez más, que ese pequeño roto en la parte interior del talón de la zapatilla derecha me va a dar un disgusto más pronto que tarde. He bajado lentamente las escaleras y, mientras iba trotando muy lentamente, he ido ajustando mis guantes, que tienen más rotos que descosidos. Como he comprobado que volvía a llover, me he puesto la gorra.

La lluvia me ha impedido correr por la hierba, a lo largo de la ribera del río. Mis piernas se han ido cargando con los golpes sobre las losetas, sobre el asfalto. Cuando corres, tienes que poner un ritmo. Hoy mi ritmo no era el del pulsómetro. Hoy mi cronómetro no me marcaba las referencias. He dejado, como muchos días, que la disciplina me la imponga la respiración: sabes que corres bien, a ritmo aceptable, cuando respiras fuerte pero no jadeas; sabes que corres bien cuando tú llevas tus piernas y no al revés.

La temperatura, perfecta. La lluvia, la suficiente para ir mojando las gafas; la oportuna para no impedirte avanzar. He llegado a una cuesta inmensa. Ayer ya me había enfrentado a ella. Hoy lo he hecho marcando más las zancadas, impulsándome con más fuerzas. Ayer vencí a la cuesta y me dejé caer en la bajada. Hoy vencí la cuesta todavía más rápido. Me he deslizado por la bajada. Y he vuelto de nuevo a enfrentarme a la cuesta. Más rápido. Más fuerte. Porque hay días que corres porque sí y das una vuelta por el campo. Y por tu voluntad.

(Imagen de Frédéric Glorieux.)

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Ahora que todos hemos estado pegados al sillón juzgando algo desde muy lejos. Ahora que hemos valorado el esfuerzo de años en función de un número de cosas redondas de diferentes valores. Ahora que hemos envidiado el escalafón de otros, que nos hemos reído del propio, que nos hemos enorgullecido o compadecido de «nuestro» estado de cosas, me apetece escribir unas líneas sobre el deporte.

No engañemos a la gente: es mejor ganar que perder. No extraviemos el norte: es mejor llegar que quedarse. No perdamos la perspectiva: es mejor empezar que no haber tenido la voluntad de plantearse un principio. Por eso, el éxito en el deporte, a veces, pasa por los triunfos entre/sobre los demás pero, en la mayoría de ocasiones, el éxito no es más que la competición contra uno mismo. Lo que para un deportista es un fracaso, para otro es un éxito rotundo.

Desde un sillón, se ven las cosas divinamente. No te cansas más allá de los nervios de que ganen «los tuyos» (en estos Juegos de Londres, han sido, sobre todo, «las tuyas»). Juzgas con severidad el esfuerzo ajeno y te permites valorarlo en términos absolutos. No has visto las condiciones en las que entrenan muchos de nuestros deportistas. No has pasado por la lesión que te duele cada vez que te calzas unas zapatillas. No has sufrido la monotonía de dar una vuelta más cuando ya no te quedan ganas ni fuerzas.

Por eso, me apetece decir cuatro cosas hoy: que el deporte se vive desde el sudor propio, desde el ejemplo de perseverancia que supone hacerlo cuando vas bien y cuando vas mal, cuando duele y cuando disfrutas, cuando hace un sol de justicia o cuando hace un frío del carajo. ¿Ganar? Estrictamente hablando, gana uno. Pero millones de deportistas son vencedores de su competición personal contra sí mismos.

Por eso, conviene recordar las imágenes de la competición de maratón en los juegos de Los Angeles 84. Era la primera vez que se disputaban los 42 kilómetros y 195 metros en la modalidad femenina. Los que ya peinamos alguna que otra cana, no recordamos el nombre de la ganadora de la prueba, pero sí el de Gabriela Andersen-Schiess, una atleta suiza que conmovió al mundo: entró al estadio olímpico totalmente exhausta, desprovista de la más mínima coordinación, tambaleante. Su estado era tan preocupante que había decenas de asistentes aconsejando su retirada para poder asistirla (justo hasta esa carrera, la asistencia médica a un corredor durante la misma suponía la descalificación). Ella se negó rotundamente y logró, a duras penas, cruzar la meta. El que vea las imágenes y se atreva a hablar de derrotas y victorias contadas en medallas no tiene ni idea de lo que es el deporte. Ni la vida.

 

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