— Verba Volant

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Viajes

Hoy estaba profundamente dormido, agotado de mi escalada de ayer, cuando me ha parecido escuchar una melodía. Ya completamente despierto, aguzando todos los sentidos, me he incorporado y, definitivamente, la canción estaba en mi cabeza. Hacía mucho que no la oía, siglos parece que ocurrieron aquellos momentos de bailes en las verbenas, cuando bailar era un hecho natural para expresarse, para sacar todo lo que llevaba dentro. ¡Le daba tan poca importancia a todo lo que acontecía de manera normal!

Las palabras de la canción se me amontonaban en la cabeza y aparecían dispersas. Trataba sobre perdidas y soledades, de noches y miedos al silencio, de recuerdos, de sueños rotos en pedazos, de magia que se desvanece. De un enemigo que habita en mí mismo y de una nostalgia que apuñala. Entonces, lo he visto más claro: de que reconoceré mi voz cuando me amenace la locura.

Y sí, noto que mi cabeza ronda palabras que son sentimientos y sentimientos que se vuelven contra mí, de modo cruel y paulatino. He pensado que necesitaba ayuda y no sabía dónde buscarla. Al final, he acudido a un sitio recóndito de mi hábitat, ese donde habitan las figuras mágicas. En ellas, tengo el orden y la geometría, pero también las curvas de la volubilidad. Me he detenido delante de ellas y, por primera vez en la vida, me he arrodillado venerando símbolos de todo aquello de lo quiero escapar.

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Hoy he podido escapar. He respirado hondo, he abierto a machetazos brozas y brozas de vegetación y, detrás, he encontrado una puerta. Estaba cerrada con llave, maldita sea. Me he acordado de un mensaje que recibí hace tiempo, cuando tenía teléfono móvil antes de quedarme en la indigencia tecnológica. «Las vasijas no sirven solo para guardar el vino». Recordé eso, que hace unos meses, en unos enseres encontrados junto a mi recibidor (un amigo pedante lo llamaría hall), había un cuenco de barro en el que alguien había realizado unos dibujos geométricos parecidos a cruces gamadas. Allí había una llave solitaria, que nunca supe para que servía.

Di media vuelta, recorrí de nuevo todo el camino. Me llevó casi medio día regresar con el preciado trofeo en la mano. Giré la cerradura, que parecía casi inutilizada. Pero insistí, puse toda mi fuerza en el giro y se escuchó la música mágica que hace «clic» y con la que comienza todo.

Me había puesto ropa cómoda para la excursión. El pantalón corto y la camiseta sin mangas me provocaron muchas rozaduras y heridas, pero no me importo. Me esperaba una montaña escalonada. Era muy corta, pero suficiente.

Comencé el ascenso y, demasiado pronto, llegué a la cima, tras la que una niebla persistente me impedía ver más allá. Cansado de no cansarme, volví a bajar por la ladera y, a partir de entonces, fui emprendiendo subidas y bajadas de las maneras más estrambóticas. Saltando con dos pies, haciendo sentadillas, alargando cada pie con pasos ascendentes y largos, a pasitos cortos y veloces. Lo que al principio era pura rutina, al cabo de poco tiempo, me hizo sudar. La niebla se fue atemperando y empecé a ver una luz parecida a esas que un alcalde de cierta ciudad recóndita en el noroeste llamaba «leds», pero no eran millones. Eran cuatro.

Después de llegar y llegar y llegar y llegar, vi que no avanzaba. Estuve a punto de lanzarme al precipicio, como intentó una vez Robinson Crusoe, pero un exceso de prudencia me hizo volver. La puerta estaba entornada. Cogí la llave que había dejado en el bolsillo interior del pantalón corto. Y me volví a encerrar, como si fuera estuviese un enemigo al que no supe identificar. Todavía.

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Como comenté ayer, ese magnífico periodista burgalés y gran aficionado a los viajes que es Héctor Jiménez me lanzó el guante hace tiempo en Twitter para que diese la lista de mis ciudades europeas favoritas (él lo ha hecho en su blog ViaheroconH en esta entrada).

He tardado en contestar por mi tendencia natural a postergar aquello que me apetece hacer, pero también —y, en este caso, sobre todo— porque no sabía muy bien como responder. O, mejor, sabía cómo hacer esta lista, pero sabiendo que iba a decepcionar a todo el mundo.

Creo que casi todo el mundo conoce la anécdota: cuando le preguntaron a Orson Welles por sus tres directores de cine favoritos, él respondió: «John Ford, John Ford y John Ford». Y eso es exactamente lo que voy a hacer yo hoy. Mi lista de ciudades top europeas es: París, París y París. Como sé que parece un exabrupto, voy a intentar justificarlo brevemente.

París, París y París

La razón principal y básica es que París es mi ciudad favorita, aquella en la que me siento bien, la que me hace disfrutar más cuando vuelvo una y otra vez. Prueba de ello, y la segunda razón, es que, en muchas ocasiones, ante la duda de a qué sitio ir por vacaciones, digo muchas veces «París». Tantas, que habré estado ya, por una razón o por otra, algo así como en veinte ocasiones. Eso ha restringido mucho los lugares europeos que he visitado, pero ha encumbrado, magnificado e intensificado París. La tercera razón es que viví una experiencia fabulosa durante mi estancia en un minúsculo apartamento en las afueras de París gracias a una beca predoctoral. Refugiado en la magnífica biblioteca del Pompidou durante horas y horas (en la que viví experiencias inolvidables, como la que cuento en «La chica del Pompidou»), pasaba el resto del tiempo pateando la ciudad. Volvía una y otra vez a los mismos sitios (soy de repetir una y otra vez). De esta manera, he tenido una experiencia compulsiva en diferentes museos, me he perdido tantas horas en el Louvre que no puedo ni contarlas, he callejeado por lugares recónditos pero también por los conocidísimos. He meditado frente al río y por las alturas y a ras de suelo y mirando las cúpulas doradas y las torres y esos edificios y ese urbanismo mágico. He vivido la cultura de la calle. Armado de un bocadillo y una cocacola, pasaba la hora del almuerzo viendo a un genio de la comedia callejera, que me conocía ya de sobra como el espectador más fiel. Y a los patinadores hábiles. Y a los cantantes buenos, a los malos y a los mediocres, en el metro, en cualquier calle. He hablado de casi todo con el propietario argelino de la tienda que me surtía de víveres en ese piso que no tenía ni frigorífico.

Vuelvo una y otra vez a París para buscar lo mismo de siempre, para buscar siempre algo diferente, para oler el Sena, para pasearme por Gibert Jeune y comprar baratísimos libros de segunda mano, para dejarme millonadas en los estantes especializados de la FNAC. Es una ciudad en la que no me pierdo si no me lo propongo, en la que encuentro todo lo que quiero sin proponérmelo.

Y hay otras muchas otras razones que no puedo enumerar aquí, porque significaría hablar de Proust. Y eso supondría un libro, toda una vida. Olvidaba también que me siento muy bien hablando en francés.

Francia, en suma, es un país que conozco relativamente bien, aunque me faltan millones de ciudades por descubrir. Eso sí, un día tengo que hablar de Saint-Malo. Lo prometo.

Roma

Hablé de Roma hace muy poco. Es el último viaje europeo que he hecho. Tuve una experiencia muy agradable de Roma la primera vez que la visité y esa experiencia se ha ratificado sobradamente esta segunda vez. Roma acoge tantas manifestaciones artísticas y tan variadas que puede sobrecoger a cualquiera. Pero, pese a su grandeza, Roma se me hace siempre una ciudad cálida, idónea para el paseo en el que disfruto de cada rincón. Una ciudad en la que la luz es mágica sin que esto sea una metáfora. Es fácil querer ser romano. Ojalá lo consiga alguna vez.

Para los que piensen en opciones como Venecia o Florencia por encima de Roma, he de decirles que Roma es la única ciudad italiana que conozco. Es frecuente que mis viajes comiencen por razones de trabajo y aproveche todos mis ratos libres para conocer aquellos lugares en los que habito también en otras dimensiones.

Londres

Londres ha sido mi lugar de paso hacia la universidad de Exeter, pero también el lugar de maravillarme durante una semana de verano. Pongo Londres como tercera ciudad porque es una de las ciudades que creía que más me iba a decepcionar y, sin embargo, es una de las que más me ha sorprendido (para bien).

Creo imprescindible decir que nunca he visitado una ciudad en un autobús panorámico y que huyo como del diablo de los tours al uso. Me gusta coger el metro y el autobús y, sobre todo, patear la ciudad por propia iniciativa y con un plan que está delineado primero e improvisado o cambiado después. Cuando estoy en una ciudad, suelo recorrer caminando una media de veinte kilómetros diarios: la experiencia es agotadora e inagotable. Londres no me sorprendió tanto por lo que esperaba, que es magnífico, como por lo inesperado. Esos momentos en los que enlazas calles y recuerdos, esos itinerarios que te llevan a donde no te esperas y acabas donde empezaste.

Poco amigo de rutas, como acabo de decir, una experiencia de esas de rutas guiadas de Jack el Destripador me llevó a una zona de Londres y a unas calles en las que aprendí otras muchas cosas. Lo mejor, descubrir todas esas zonas, esos pubs, esos bares cuando la ruta finaliza, cuando el guía calla.

Y tampoco puedo hablar de los museos, porque os aburriría en exceso. Pero un día hablaré mi experiencia con el arte contemporáneo, de mi delirio por Mondrian. Lo prometo.

¿Y lo demás?

Querido Héctor, no voy a seguir con la lista. Tendría que poner, claro, Amsterdam. Tendría que anotar, por supuesto, cosas de Moscú. Y hablar de Brujas. Pero es una lista necesariamente incompleta. ¿Podéis creer que no he estado nunca en un país nórdico? ¿Qué solamente conozco una pequeña ciudad alemana? Y no conozco ni Praga ni Budapest ni otros muchos lugares de Europa. ¿Podéis creer que no he estado en Lisboa, que solo conozco la magnífica Coímbra y Covilhã, ambas por asistir a ciclos de conferencias o congresos?

La culpa de todo, lo confieso, la tiene París. París, París y París.

La foto pertenece a mi galería de Flickr.

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Roma, que te ofrece cada día un punto en el universo, o te da la vida

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me gustaría mucho escribir estas líneas como un ciudadano romano y creo, que en cierta medida, tuve muchos momentos de compañía, conversaciones afables, soplos divertidos y confidencias a media voz para que así fuera. Viví pizzas romanas, paseos romanos, deambular romano. Compartí un tiempo y un espacio con algo parecido a serlo. Sin embargo, como ya he manifestado en más de una ocasión, me tengo resignar (he aprendido a hacerlo) a pasar por el mundo, por mi mundo y por el demás, como un turista, ese turista accidental del libro que, por más que pasen los años, creo que constituye, inconscientemente, uno de mis paradigmas vitales, mi religión nada metafísica para soportar este transcurrir. Por lo tanto, en el caso que me ocupa, no soy capaz de poner un adjetivo ni una preposición. Pensé en Roma, de Roma y pronto los descarté. Me dio un amago pedante de romanita, que abandoné de inmediato. Sobre Roma, quizás sí, no lo sé. Dejémoslo en blanco para facilitar(me) las cosas.

Como digo, ni soy viajero, por más que es algo que me gustaría ser y no aparentar, ni soy habitante de ninguna parte. Ni siquiera (y sobre todo) de mí mismo. Y veo y escucho y vivo en ese transcurrir que es ver, asimilar a veces de manera acelerada, escuchar una música y que me suene a algo que ya he conocido y que, de alguna manera, reafirme con mis visitas.

Otra cosa más: ¿cómo poder comprender a alguien como yo, que padece de acromatopsia aguda cuando habla de colores? ¿Cómo expresar los matices que uno siente cuando los demás piensan que mi visión está condenada al barullo o a la injusta escala de grises o a la inexistencia de gradaciones calibradas? Una avalancha de colores es para mí Roma. Lo fue la primera vez que pisé ese bendito/maldito suelo y lo ha sido esta última, que no sé si lo será definitivamente. Unas palabras al salir de la Capilla Sixtina, cuando abandonaba ese paraíso, verbalizaron ese temor, siempre posible cuando dejamos un espacio, un lugar que hemos usurpado durante días. La Capilla Sixtina, el color. El color cotidiano que te inunda de lo que para mí son ocres y no te abandona hasta que te marchas. Y, por supuesto, ese color púrpura que no puedes ver con los ojos de tu tiempo pero te imaginas en esa época en la que te gusta anclarte cuando piensas en cómo dibujar cada palabra. Y esa explosión renacentista, barroca, qué se yo. También el color del ingrediente de cada plato que comí. El color de la ropa elegante que contemplé en los escaparates, a veces sorprendentemente barata, en ocasiones esperablemente cara. El color gris azulado de unas zapatillas Diadora que me enamoraron en el escaparate y que empujaron mi memoria al joven que calzaba esa marca con diecisiete años.

Y esa luz. La luz que se va haciendo intensa y esplendorosa a medida que despunta el día. Nunca he visitado una Roma moteada por las nubes, nunca he visto una lágrima que no procediese del primor de las cúpulas. Roma te abre los ojos porque es una luz que no engaña. Y, con esa luz, contemplas todas las cosas, las de fuera y las de dentro. Esa luz, y el calor, los guardas en tus manos y en tu rostro y en tu pecho y la garantía de visitar la ciudad durante unos días certifica que siempre guardarás una chispa en su interior. Y esa luz también. La luz de los minutos en los que lo completo se cansa para transitar a lo perfecto. La luz del atardecer en Roma, la más bella que he contemplado nunca en una ciudad. Luego, se hace de noche espaciadamente y los puntitos de luz de los bares y restaurantes del Trastévere hacen el resto.

He estado, a lo largo de mi vida, quince días en Roma. Habré pasado por la Fontana que todos conocemos más de siete veces. Nunca lancé una moneda de ninguna de las maneras habilitadas para cumplir los sueños prometidos. El último día, ya solo, me dije que por qué no. Haría una excepción en mis obstinaciones. El destino pareció decirme lo que tiene que ser mi vida: la fuente estaba vacía durante esa mañana. No había agua a la que lanzar mis anhelos. Me quedaban pocas horas para ir hacia el aeropuerto. Y, cuando cogí el tren Leonardo en la estación Términi, me pregunté si, alguna vez, de nuevo, escucharía la cantinela mágica: Prossima fermata, Colosseo.

Roma, concédeme tu luz perpetua

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me doy cuenta ahora de que las entradas romanas que he escrito y algunas que me quedan por escribir debería adscribirlas a mi serie de Diario de un turista. Así lo hice, creo, la primera vez que visité la ciudad.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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Helena necesitaba poner distancia. Distancia de todo y de todos. A Helena no se le ha ocurrido nada mejor que materializar esa distancia en una dimensión real. Buscó en un sitio de viajes por internet y eligió un combinado de vuelo y hotel para 8 días. 8 000 kilómetros en un vuelo de 10 horas le ha parecido razonable. El lugar elegido le ha permitido poner espacio y kilómetros entre su día a día, pero también supone un cambio radical. Helena quiere permutar frío que siente su alma y que se materializa en el invierno gélido de su ciudad por la calidez de los veinticinco grados, la sensación de sentir el sol y la brisa del mar en la cara, descansar.

Helena llegó al hotel después de que un autobús fuese realizando la peregrinación desde el aeropuerto hasta los hoteles en los que se iban bajando todos los pasajeros. El vehículo estaba casi vacío cuando el autobús se detuvo, al fin, en un resort con nombre sugerente. Un empleado muy simpático y dispuesto recogió sus cosas y Helena se encaminó a una recepción que parecía un palacio. Después de realizar todos los trámites, una chica muy atenta le invitó a acercarse a una mesa donde había un pequeño cóctel de bienvenida. Helena se encuentra muy cansada y bebe rápidamente el brebaje exótico. Cuando se dirige hacia su habitación, empieza a sentir un calor húmedo, que se corta de forma abrupta cuando entra en una habitación inmensa, de iluminación difusa y elegante, con un aire acondicionado a una temperatura alarmantemente fría.

Helena lleva ya varios días en el complejo, saltando de la piscina a la playa, de la playa al restaurante (cada día uno diferente), del restaurante a una terraza donde toma una margarita. Allí conoce a Ralph y Gina, una pareja de recién casados que le invita un día a sentarse con ellos. Helena se muestra reticente en un principio, temerosa de molestar a los enamorados. Piensa que hay mucha distancia entre su soledad y su felicidad y, sobre todo, entre sus cuarenta y tantos y la exultante juventud de la pareja. Pero Ralph y Gina son tremendamente simpáticos. Helena se quita pronto ese complejo de eterna molestia para considerarlos auténticos amigos. Cansados los tres de estar repantigados al sol, sale con ellos a ver ciudades antiguas llenas de encanto e historia. Otro día, acuden a nadar a un lugar mágico. Helena salta desde lo que a ella le parece un precipicio hasta un pozo de agua cálida. Animada por Ralph y Gina, se enfunda unas gafas de buceo y unas aletas para explorar el fondo marino en una isla llena de corales. Helena, Ralph y Gina, hambrientos, comen langosta hasta reventar. Helena ríe cuando Gina cuenta anécdotas de su familia, llena de recovecos y extrañezas y estalla en alegría cuando Gina le obsequia con una pulsera preciosa que Ralph y ella le han comprado a un chico que va vendiendo bisutería en la playa. Para que no nos olvides nunca.

Gina y Ralph salen para su país al día siguiente de madrugada. Helena se ha levantado para darles el último abrazo. Tienes que venir a visitarnos, dicen Ralph y Gina. Estamos en contacto, dice Helena. Ya sabéis dónde estoy si venís a España.

Helena da un pequeño paseo por una playa que contempla un sol naciente esplendoroso. Se hace una foto con el móvil. Va a desayunar al restaurante. Café, tortitas y unos huevos revueltos. Un poquito después, ha contratado un paseo en barca. Mateo, el empleado del hotel, enciende el motor y va adentrándose en el mar hasta que, después, va siguiendo a mucha distancia la línea de la costa. Pasados diez minutos, Helena le pide que pare el motor. Mateo enciende un cigarrillo y se pone a mirar el móvil. Helena contempla el mar desde ese mar en calma. Y siente ganas de llorar.

(Imagen de Cristian. Esta entrada es el fragmento número 51 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Me acuerdo de un verano, hace mucho, tendría yo veinte años, en el verano francés en Angles, cerca de La Roche-sur-Yon, cuando la alergia me impedía dormir y, en ese cuarto prestado, tenía a mano todos los libros de Astérix y de Tintín. Recuerdo el sirope añadido al agua de la comida, las tardes de petanca en la plaza del pueblo, la impresión de empezar entendiendo poco de una lengua que, con el paso del tiempo, hablaría regular y con un extraño acento rural. Me acuerdo de un cuenco lleno de rábanos en ensalada, de una bandeja repleta de ancas de rana, de unas sartenes con resquicios que luego serían expuestas a las lenguas de los gatos. Recuerdo los viajes en bicicleta a través de los campos, del Puy de Fou, de los paseos en barca por la Venise Verte. Recuerdo la cerveza con limón, las conversaciones con el abuelo sobre la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de los franceses y un vecino alemán del que todo el pueblo sospechaba un pasado avieso y un presente demasiado silencioso. Me acuerdo de las mañanas en las que escribía versos en español, casi siempre romances ávidos de luminosidad. Los tendré guardados, casi seguro, pero no sé dónde estarán. Y recuerdo también poemas escritos en un francés breve, llenos de incompetencia, lacónicos y plagados de sustantivos. Si hay suerte, cayeron alguna vez en el cubo de la basura.

Me acuerdo de casi todo no acordándome de nada. De noches de discoteca cuando estaba de moda salpimentar las canciones inglesas con alguna palabra en español. De  una visita a una farmacia inmaculadamente limpia y de unas pastillas para la garganta. De unas sobremesas que cada vez eran más largas, sobre todo cuando el padre, cargado de amabilidad, llegaba cansado de sus quehaceres en el campo. Del horroroso concurso televisivo Intervilles, de la mala suerte de tener a Claude como pésimo coetáneo, de la costumbre familiar de no lavar los vasos y guardarlos en el frigorífico.

Recuerdo hoy ese verano francés y todavía no sé por qué.

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Recorriste un largo camino hasta llegar al puente sobre el río Kwai. Te hubiese gustado visitarlo sin mucha gente alrededor, pero sabes que, con el turismo de nuestros días, esto es imposible. No obstante, recorriste un trecho un poquito más largo y lograste bajar por unas escaleras. De repente, te quedaste solo. Te acercaste a la orilla, cerca de una barca amarrada a un embarcadero diminuto y lo contemplaste desde abajo. Era inevitable contrastar la realidad con la ficción, la memoria cinematográfica con la historia real, más consistente y menos poética.

Pasada media hora, montaste en el tren, que inundaba de polvo los vagones a medida que penetraba por una jungla asombrosamente seca. Sacaste la cámara para grabar parte del viaje. Luego pudiste comprobar que, tras el traqueteo agitado del tren, la realidad puede verse con calma, despacio. En todos sus detalles, que inevitablemente se vuelven hacia adentro.

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El turista se ha despertado entre las sombras y la pereza. Al salir de la cama, su cuerpo se estremece por un aire acondicionado que ha sido su compañero de noche. El turista abre las cortinas y ve que esta noche ha llovido en Bangkok.

Lo cierto es que el turista tiene una vista normal desde su ventana. Nada espectacular, ni mucho menos. Pero, ya algo más desperezado, se da cuenta de que hubiese dado todo el oro del mundo por poder escribir una frase así años antes. Era tan extraño para él pensar en Asia, en una ciudad que lo era solo en las novelas, en las películas y en sus sueños, que se da cuenta de que tiene que retener ese momento, vivirlo un poco más. Pensarlo y sentirlo con algo de detenimiento.

Reacciona cuando se da cuenta de que solo faltan quince minutos para bajar a recepción y encaminarse con sus colegas a la universidad. Batido de chocolate, ducha, cepillado de dientes, elección rápida de ropa y salir pitando. La mañana transcurre entre la rutina y el interés hasta que llega la hora de comer. Todos están sentados en la planta baja de la universidad, en un lugar techado pero sin paredes: es la hora de comer.

De repente, empieza a caer una tromba de agua. Obstinadamente, primero es el sonido, luego la sensación de aumento de humedad y, directamente, la lluvia acompañada de viento, que va mojando los laterales del lugar, la que le devuelve la idea al turista: llueve sobre Bangkok.

Más tarde, el turista se acerca por primera vez, de forma titubeante, hacia la noche. Un taxista despistado. Unas indicaciones contradictorias de un comerciante. Y, de pronto, un dedo amigo señalando el lugar.

Al turista le deslumbra la luna llena de cada foco de luz difusa, cada sonido estridente de toda la masa de seres más o menos como él  que buscan lo distintivo en algo que ya es solo de ellos, invasores de todo en todas las partes. Horas más tarde, todo se acaba. El turista coge un taxi. El conductor, sonriente y despistado, le lleva hacia ninguna parte.  Perdido y solo en el asiento trasero, el turista sonríe. Acaba de recordar que, nada más despertarse, ha visto llover sobre Bangkok.

(Esta entrada pertenece a la serie Diario de un turista).

 

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En el ferry hacia Manhattan

Te has desplazado a otra isla solo para volver. Has corrido para coger un sitio privilegiado y sentir que, navegando, vuelas hasta Manhattan. Los edificios soñados se acercan a ti, llenos de cristales, llenos de la memoria desgajada en fotogramas. Dejas la libertad a tu izquierda y te encaminas hacia la esperanza.

Te has desplazado a otra isla solo para volver. Para ver un puente a tu derecha y notas un leve balanceo de las olas, que te empujan. En el ferri, justo a tu lado, una pareja se besa. Y tú dejas la cámara por un momento, dejas de fotografiar para dejar ese instante en un lugar íntimo de tus recuerdos.

Te has desplazado a otra isla solo para volver. Y llegas. Y desembarcas de nuevo. Y, antes de recorrer las calles, te sientas justo al lado de la entrada del metro. Miras hacia un lado y hacia otro. Y te levantas pensando en volver, una y mil veces. Y sueñas con esperar a que, allí, en todo lo alto, encuentres todo lo que buscabas.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Flatiron NYC

Nunca podía haberlo imaginado, siempre creía que iba a ser fiel a París. Ha sido mi ciudad desde la primera vez que la pisé.

He estado tantas veces allí… He paseado tantas veces por sus calles mojadas que reflejan el cielo… Empecé por las cosas grandes, los monumentos y lo evidente, pero fui descendiendo al detalle, al rincón inexplorado y tranquilo, a la tienda de la periferia en la que me abastecía durante los atardeceres. He respirado tantas veces ese aire, lleno a veces de humo y contaminación, lleno siempre de ecos y de misterio. En el tiempo en el que viví allí, dediqué tantas horas a estar entre sus libros, entre su cultura… En la suerte de haber explorado muchas de las grandes ciudades del mundo, París era para mí algo diferente, incomparable, inimitable.

Sin embargo, hace poco una ciudad ha entrado en mi corazón. Sabía que podía ocurrir y estaba prevenido. Estuve allí muy poco tiempo, pero esos pocos días se convirtieron en ansia de eternidades. Fue un impacto, un derechazo a la lógica y una conmoción a los sentidos. Todavía no me atrevo a decir que será mi ciudad para siempre, pero me he enamorado de forma compulsiva. Y quiero volver a pasear, a rastrear, a imaginar citas imposibles, a subir a las alturas.

Siempre quedará París, pero Nueva York ha llegado para quedarse.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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