— Verba Volant

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Viajes

Ajedrez en Washington Square NYC

El turista ha tenido un día intenso. Desde el norte de una isla que algunos llamarán jungla, ha ido descendiendo y descendiendo. Su retina se tornaba ansiosa, ávida de captar aquello que ya, con las horas, se le escaparía en su vuelta a la rutina. Pero no ha sido un esfuerzo baldío.

Ha soñado entre obras maestras, ha imaginado cómo se desayuna un cruasán frente a una joyería de lujo. Sobre todo, ha entrado en una tienda de juguetes hasta llegar a ese lugar donde se rodó la secuencia que tanto le gusta, ese niño que quiere ser mayor y ese señor maduro que es feliz como un niño tocando un inmenso piano con los pies. También ha llegado a la paz de ese precioso parque, entre jugadores de ajedrez, y se ha sentado un rato contemplando esa paz, adornada por el juego de unos niños y un chico zampándose su ración de fideos chinos.

Se ha imaginado también cómo sería eso de vivir por allí, con una mezcla de pensamiento progre, una billetera bien cargada y un señor en la puerta esperando para abrirte la puerta del coche. Yendo hacia otro lado, a impulsos, ha llegado a ese edificio que dicen maldito. El turista se ha sentido ofendido porque todo el mundo quisiese sacarse una foto en el lugar del crimen, en ese lugar en el que el talento de uno de sus músicos preferidos acabó para siempre. Se han librado por muy poco. De haberlo sabido, el turista hubiese acudido con un cuaderno de autógrafos y un ejemplar de El guardián sobre el centeno.

 

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Harlem

El turista quiere llegar un poco más lejos, un poco más hondo. Y decide visitar un barrio antes considerado peligroso, nada recomendable para personas de su raza. Ahora –le han asegurado– hay trayectos turísticos que te acercan hasta lo más pintoresco del lugar, pero el turista, pese a serlo, siempre se ha negado en rotundo a ese tipo de desplazamientos en los que no ves más que lo que quieren que veas. Al turista le gusta ver las cosas con sus propios ojos. Convencionales, sí, pero no teledirigidos por nada ni por nadie.

Tanto en los días previos al viaje como cuando se encontraba ya en la ciudad, al turista le dijeron sí, claro, ahora se puede entrar en el barrio sin problemas, ves el teatro nosequé, una iglesia nosecuantos… Eso, sí, no pases de la calle número… Lo que no sabían los que le dieron tan sabios consejos es que al turista no se le pueden barreras, límites.

El turista sale de la boca de metro en la calle en la que comienza todo. Pese a no ser territorio «peligroso», no se encuentra con nadie de los de su especie. En todo caso, visitantes ocasionales, pero ninguna tropa furibunda, ningún viajero perdido. Lo único que ve es a tres personas negras cercanas a los setenta bailando algo parecido al break, pero utilizando un bastón. El turista no se detiene mucho y, para llevar la contraria a todos, va subiendo calles y calles hasta llegar al límite, a la frontera. Mira hacia delante y cruza sin ningún tipo de inquietud. Lo primero que contempla es un cambio de fisionomía no en las calles, que no tienen nada de extraño, pero sí se distinguen en los comercios, en el tipo de negocios, en algún grafiti y, sobre todo, en el volumen de comerciantes y personas que charlan a la puerta de sus tiendas. Un poco más allá, el turista se desvía de la calle principal y comienza algo que no es ninguna aventura, sino un proceso de conocimiento. Ninguna mala cara. Ni una mirada aviesa. Lo único fuera de lo normal es una coincidencia extraña y apacible: en dos lugares distintos, en dos calles diferentes, dos ancianas negras se acercan a él amablemente, atraídas por el contraste de un rostro sin duda ajeno. Se paran amablemente y le preguntas de forma dulce de dónde procede. Mantienen unos pocos minutos la conversación. Y ambas, casi con las mismas palabras, le desean al turista que un buen día. El turista ya lo sabía, pero ahora lo confirma. No es buena cosa establecer prejuicios ni en las fronteras y las calles. Corres el peligro de encontrarte con dos ancianas encantadoras que te enseñen el lado amable de la vida.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Desde el Empire State NYC

El turista ha caminado durante horas. El único descanso que ha tenido ha sido el de tomar un perrito caliente en un puesto callejero, sentado en las escalinatas de un museo. No ha renunciado a su intento de verlo todo, de abarcarlo, de respirar con sus ojos todo el aliento de la ciudad con la que ha soñado tantas veces. Por ejemplo, ha emprendido carreras desaforadas para coger ese ferry gratuito con el que se entienden muchas cosas. Por ejemplo, ha cruzado un puente que suponía algo más que cruzar hacia otra parte. En definitiva, el turista se ha dado cuenta de que, por mucho que haya sido trasladado de un sitio a otro, no era un cambio de lugar, un cruce, sino que todo se resumen en otra cosa más profunda: un cambio de perspectiva.

El turista ha ido percibiendo el atardecer a medida que se iba acercando a su punto de destino. Ya lo ha había visto –es imposible no verlo– pero ahora es la primera vez que lo contempla. Es muy fácil, porque se ve a lo lejos y lo tiene allí, en la avenida por la que se aproxima. Han pasado por el turista todas las ficciones que recuerda contadas sobre ese rascacielos. Por encima de todas, siempre se queda con dos películas, una anidada a la otra con la relación inevitable entre causa y efecto. El turista, aunque no le guste reconocerlo, es aficionado a las comedias románticas porque la irrealidad que las sustenta es la única lógica para sobrevivir en un mundo como este. Ha hecho una cola interminable y se ha prometido que, de ahora en adelante, aprenderá los días festivos de los países que visite.

Al final, el turista ha llegado a ese vestíbulo inconfundible y también ha conseguido llegar, tras mucho tiempo de espera, a esos ascensores con la imagen del edificio. Ha subido y ha tenido la suerte, gracias a un problema técnico de poder realizar el último momento de ascenso por las escaleras, que le han permitido observar esa parte menos engalanada pero igualmente misteriosa, a modo de trastienda. Y ha llegado a a cima, con vistas inigualables, con toda una ciudad a sus pies. A él le hubiera gustado arrojar al vacío a todas las personas anidadas en cada centímetro cuadrado para ganar un momento íntimo. En cualquier caso, ha dado dos vueltas, buscando. Y no ha encontrado a nadie –nadie conocido, al menos– que haya acudido a la cita. Su cita.

(Imagen de mi galería de Flickr.)

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Calle 42 con Times Square

El turista ya había visitado ciudades con edificios altos. De hecho, ha tenido la oportunidad de estar en el más alto de todos, un monstruo erigido casi entre la arena. Y también ha disfrutado, antes de esta ocasión, de una línea del cielo majestuosa, moderna, bonita y pretenciosa, también muy próxima al desierto. Por lo tanto, el turista se creía preparado, precavido, con una sonrisa casi engreída del que cree que ya lo ha visto todo.

Sin embargo, el turista, cuando llegó a esta ciudad, se sintió desbordado. Porque una cosa es una modernidad reciente y en construcción y otra muy diferente es una modernidad asentada en años, en fotogramas, en un encanto de lo moderno que ya es mito. Le dijeron que no lo hiciera, que eso le delataría, pero no pudo remediarlo y el turista miró hacia lo alto. Sus ojos no podían abarcar tanta belleza en forma de escalera, tanta verticalidad rellena de emociones. Miraba a lo alto por un lado y por el otro, pensando en todos aquellos que se sintieron amenazados, asesinados por el cielo. El turista tuvo la extraña sensación de no conocer una ciudad nueva, sino ir reconociendo por primera vez una ciudad sabida. Sin embargo, el turista piensa que el reconocimiento no le garantiza, ni mucho manos, saber con lo que se va a encontrar cuando doble una esquina.

El turista ha decidido no seguir la lógica del plano, sino emprender el camino de su corazón. Y se pierde entre las calles y las avenidas. Y bucea con devoción, por primera vez, lo que tantas veces ha visto. Y siente que algo ha cambiado en su vida, quizás para siempre.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Apartamento de Dexter Morgan en Miami Beach

El turista tenía una promesa y un reto. Es una persona que, aunque no lo reconozca, tiene algo de fetichista. Bueno, quizás no, quizás más que fetichista es una persona que justifica su superficialidad con estereotipos. Él, para salvarse, piensa que son estereotipos, pero cada uno justifica sus motivaciones vitales como puede y como quiere.

El turista está alojado en el sur de una isla amparada en el vicio, como tuvimos ocasión de comprobar en una entrada anterior. Desde mucho antes de comenzar su viaje sabía que haría una excursión larga y prolongada hacia el norte, en busca del lugar donde se rodaron algunas de las escenas de una de sus series de ficción favoritas. Era la casa del héroe y asesino, del monstruo que todos llevamos dentro. El turista confía en la buena voluntad de una mujer que le asegura, en la parada de autobús, que este le llevaría hasta el norte de la isla. Pasado un buen rato y con un tráfico insoportable –la isla es famosa por el constante rodaje de series, de películas, de eventos multitudinarios–, el turista se da cuenta de que la ruta es errónea y decide parar un taxi. Le da al taxista el papel con una dirección y este le asegura que a los diez minutos y por poco dinero le llevará a su destino. Pasada una media hora de bandazos, esperas e interrogantes, el turista le pide al conductor que pare en medio de la nada. Y, de esta manera, se encuentra perdido en medio de unas coordenadas conocidas a medias, solo aproximadas. De pronto, un nombre procedente del mundo de la ficción se desvela como real. De pronto, un mar conocido en fotogramas. De pronto, un edificio de apartamentos de estructura reconocible, aunque muy diferente, por otra parte, del que existía en su imaginario, en una memoria recortada por el encuadre, por el plano.

El turista se encuentra con un cartel intimidatorio en un país en el que estas advertencias no pueden ser tomadas a la ligera. Se lo piensa una, dos veces. Todo pasa por cortar unos bandas que obstaculizan el acceso a través de unas escaleras. El turista es tonto y fetichista e inconsciente, pero hasta extremos más o menos moderados. Por eso, decide cambiar la estrategia. Se encamina al aparcamiento exterior de la urbanización aledaña. Desde allí no se ve nada. Pero el turista ha visto muchas películas y sabe que en todas las traseras de los edificios se encuentran los cubos de la basura. Se encamina hacia ese lugar y decide trepar, auparse, encaramarse. Y llega a verlo. Está ahí. El lugar por el que el héroe-asesino sale esbozando una sonrisa todos los días en la cabecera de la ficción.

El turista saca la cámara y dispara. Se nos olvidaba decir que iba vestido como el monstruo cuando sale a trabajar.

Las vistas de Bay Harbor desde el apartamento de Dexter

Las vistas de Bay Harbor desde la urbanización

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

La urbanización. De ahí viene la denominación «Bay Harbor Butcher»

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

Otra vista del apartamento

En Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter

Y el monstruo 😉

(Las fotografías pertenecen a mi galería de Flickr.)

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El turista, por motivos de trabajo, se ha trasladado de la capital del estado a otra localidad, pero estamos hablando de turismo y no de cuestiones laborales. Por eso, pasaremos ese capítulo para contar cuando el turista, después de pasar una noche en vela en el aeropuerto, ha puesto rumbo a otro país, tan cercano como distante, tan próximo como opuesto. La primera sensación que recibe el turista es un azote de verano en la cara. El verano no está presente solo en el clima, sino en la forma de vestir y, más allá, en las caras de las personas. Un taxi le conduce a lo que podría suponerse el paraíso.

El turista, después de llegar al hotel, sale a la calle con las expectativas puestas en lo que sabe del lugar por la ficción, por los reportajes, por la televisión. Y pronto llega a una calle que, a partir de entonces, será «la calle». El turista recibe con sorpresa esa avalancha de cuerpos, unos exuberantes, otros desbordantes; todos concupiscentes. Es como si una alegría desbordante y un deseo de aprovechar el momento presente asaltase la calle para beber, para comer y para pasear en plena exhibición. Al turista todo este proceso le parece muy similar al roneo. De hecho, es un proceso étnico, una forma de comunicación a distancia que favorece el acercamiento, la primera toma de contacto y de conocimiento.

El turista, algo desconcertado, da unos pasos hacia la playa y se encuentra con la arena fina del paraíso. Una extensión enorme de arena y agua, con cuerpos convertidos en recipientes de vitamina D. El turista deja la bolsa y la toalla y se mete en el agua. Sumerge todo su cuerpo en el mar y, cuando sale a respirar, con las gotas que agitan su cabello aflora también una sonrisa de felicidad.

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El turista ha podido disfrutar de ese otro viaje, el horizontal. El turista tiene una extraña teoría, que a él le gusta denominar la teoría de las calles paralelas. Según esta teoría, que es siempre personal, pero casi siempre transferible, basta con salirse de una calle principal en una gran ciudad y coger la paralela para calibrar las auténticas dimensiones, evoluciones y secretos de una urbe. Y, así, el turista ha callejeado para enamorarse de esa ciudad interior, deteriorada pero rebosante, emergente y decadente. Su destino último es una plaza famosa por reunir a mariachis a los que se les contrata por horas para cantar en algún acontecimiento. El turista, de forma inevitable, se ha acordado de su padre, al que le gustaba felicitar por teléfono a sus amigos con «Las mañanitas». Y ha estado a punto de acercarse a uno de esos grupos, contarles la historia y pedirles que cantasen solamente esa canción. Para ofrecer a su padre una canción de felicitación por todos los años que vivió, por todos los años que la enfermedad le dejó seguir adelante, por todas las cosas que el turista recuerda de forma permanente: su cariño, su ingenio desbordante, su sentido del humor. Sin embargo, no sabe por qué razón. El turista no se atrevió a formular su petición. Escuchó unas rancheras y se marchó de allí con la esperanza de que «Las mañanitas» suenen y sueñen en alguna otra parte.

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Pirámide Teotihuacán

Pocos acciones turísticas son tan representativas como el ascenso. Al turista le encanta llegar hasta lo más empirigotado siempre que viaja a algún sitio. Ver desde lo alto es una forma de dominar, de confundir la generalidad con la esencia, de contemplar sin ser visto.

El turista, por lo tanto, no podía dejar de subirse a dos templos, del Sol y la Luna. Para ello, contrata un viaje en una furgoneta. Para su sorpresa, el viaje no comienza con una subida, sino con un descenso, una extraña historia de una señora que se presenta ante un un indio; de una capa con flores y una imagen; de un dogma de fe que mueve más que montañas. El turista piensa que,en el fondo, esa historia acaba con la ilusión de un ascenso y que, por lo tanto, el sentimiento de esas personas en el viaje de sus vidas no es muy diferente al que él imprime al viaje de su maleta y de sus pies.

La furgoneta llega a un destino y la historia de una subida comienza por una planta y un mineral que los justifica. El turista, ansioso, llega por fin al momento de su ascenso personal, que él convierte en existencial. Da gracias a su entrenamiento como atleta de fondo para llegar a la cima con una sonrisa y no con un jadeo. Y, al ver todo el mundo alrededor, vuelve a experimentar ese paradójico sentimiento de ser único, entre decenas de turistas que hacen lo mismo que él. Vuelve a repetir la operación que es algo más que vicio: es reiteración.

Y vuelve a bajar. El turista monta en la furgoneta, camino de la gran, de la caótica ciudad. Ahora toca el momento de la exploración, que es horizontal y que también tiene una explicación para el turista. Pero esa es otra historia.

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México DF

El turista empezaba una jornada de trabajo. Le espera una Universidad enorme en conocimiento, en volumen, en reconocimiento académico. Para llegar, ha cogido el metro. Desde el primer momento ha comprobado que tomar un metro se convertía en un acto de violencia, empujones y codazos. Más que aglomeración, el turista cree que la palabra exacta es hacinamiento.

El turista acaba la jornada con provecho. Muchas ideas nuevas, otras fortalecidas, algunas refutadas. Llega al hotel, deja los bártulos académicos y se lanza a la calle. El turista sale a ciegas y, casi sin querer, se encuentra con una plaza enorme, desmesurada, poblada de policías y miembros de seguridad privada. Más que de seguridad, en algunas ocasiones le da otra sensación rara, que no sabe muy bien qué explicar.

Coge una calle al azar y se propone recorrerla despacio, pero el cansancio y el desajuste horario motivan que decida volver al hotel. El turista se tumba en la cama y se queda unos instantes dormido. En un impulso que no sabe de dónde viene, el turista decide ir al gimnasio para ponerse a correr sobre una cinta. Sin horizonte, como si no hubiera mañana.

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