— Verba Volant

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Apartamento de Dexter Morgan en Miami Beach

El turista tenía una promesa y un reto. Es una persona que, aunque no lo reconozca, tiene algo de fetichista. Bueno, quizás no, quizás más que fetichista es una persona que justifica su superficialidad con estereotipos. Él, para salvarse, piensa que son estereotipos, pero cada uno justifica sus motivaciones vitales como puede y como quiere.

El turista está alojado en el sur de una isla amparada en el vicio, como tuvimos ocasión de comprobar en una entrada anterior. Desde mucho antes de comenzar su viaje sabía que haría una excursión larga y prolongada hacia el norte, en busca del lugar donde se rodaron algunas de las escenas de una de sus series de ficción favoritas. Era la casa del héroe y asesino, del monstruo que todos llevamos dentro. El turista confía en la buena voluntad de una mujer que le asegura, en la parada de autobús, que este le llevaría hasta el norte de la isla. Pasado un buen rato y con un tráfico insoportable –la isla es famosa por el constante rodaje de series, de películas, de eventos multitudinarios–, el turista se da cuenta de que la ruta es errónea y decide parar un taxi. Le da al taxista el papel con una dirección y este le asegura que a los diez minutos y por poco dinero le llevará a su destino. Pasada una media hora de bandazos, esperas e interrogantes, el turista le pide al conductor que pare en medio de la nada. Y, de esta manera, se encuentra perdido en medio de unas coordenadas conocidas a medias, solo aproximadas. De pronto, un nombre procedente del mundo de la ficción se desvela como real. De pronto, un mar conocido en fotogramas. De pronto, un edificio de apartamentos de estructura reconocible, aunque muy diferente, por otra parte, del que existía en su imaginario, en una memoria recortada por el encuadre, por el plano.

El turista se encuentra con un cartel intimidatorio en un país en el que estas advertencias no pueden ser tomadas a la ligera. Se lo piensa una, dos veces. Todo pasa por cortar unos bandas que obstaculizan el acceso a través de unas escaleras. El turista es tonto y fetichista e inconsciente, pero hasta extremos más o menos moderados. Por eso, decide cambiar la estrategia. Se encamina al aparcamiento exterior de la urbanización aledaña. Desde allí no se ve nada. Pero el turista ha visto muchas películas y sabe que en todas las traseras de los edificios se encuentran los cubos de la basura. Se encamina hacia ese lugar y decide trepar, auparse, encaramarse. Y llega a verlo. Está ahí. El lugar por el que el héroe-asesino sale esbozando una sonrisa todos los días en la cabecera de la ficción.

El turista saca la cámara y dispara. Se nos olvidaba decir que iba vestido como el monstruo cuando sale a trabajar.

Las vistas de Bay Harbor desde el apartamento de Dexter

Las vistas de Bay Harbor desde la urbanización

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

La urbanización. De ahí viene la denominación «Bay Harbor Butcher»

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

Otra vista del apartamento

En Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter

Y el monstruo 😉

(Las fotografías pertenecen a mi galería de Flickr.)

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El turista, por motivos de trabajo, se ha trasladado de la capital del estado a otra localidad, pero estamos hablando de turismo y no de cuestiones laborales. Por eso, pasaremos ese capítulo para contar cuando el turista, después de pasar una noche en vela en el aeropuerto, ha puesto rumbo a otro país, tan cercano como distante, tan próximo como opuesto. La primera sensación que recibe el turista es un azote de verano en la cara. El verano no está presente solo en el clima, sino en la forma de vestir y, más allá, en las caras de las personas. Un taxi le conduce a lo que podría suponerse el paraíso.

El turista, después de llegar al hotel, sale a la calle con las expectativas puestas en lo que sabe del lugar por la ficción, por los reportajes, por la televisión. Y pronto llega a una calle que, a partir de entonces, será «la calle». El turista recibe con sorpresa esa avalancha de cuerpos, unos exuberantes, otros desbordantes; todos concupiscentes. Es como si una alegría desbordante y un deseo de aprovechar el momento presente asaltase la calle para beber, para comer y para pasear en plena exhibición. Al turista todo este proceso le parece muy similar al roneo. De hecho, es un proceso étnico, una forma de comunicación a distancia que favorece el acercamiento, la primera toma de contacto y de conocimiento.

El turista, algo desconcertado, da unos pasos hacia la playa y se encuentra con la arena fina del paraíso. Una extensión enorme de arena y agua, con cuerpos convertidos en recipientes de vitamina D. El turista deja la bolsa y la toalla y se mete en el agua. Sumerge todo su cuerpo en el mar y, cuando sale a respirar, con las gotas que agitan su cabello aflora también una sonrisa de felicidad.

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El turista ha podido disfrutar de ese otro viaje, el horizontal. El turista tiene una extraña teoría, que a él le gusta denominar la teoría de las calles paralelas. Según esta teoría, que es siempre personal, pero casi siempre transferible, basta con salirse de una calle principal en una gran ciudad y coger la paralela para calibrar las auténticas dimensiones, evoluciones y secretos de una urbe. Y, así, el turista ha callejeado para enamorarse de esa ciudad interior, deteriorada pero rebosante, emergente y decadente. Su destino último es una plaza famosa por reunir a mariachis a los que se les contrata por horas para cantar en algún acontecimiento. El turista, de forma inevitable, se ha acordado de su padre, al que le gustaba felicitar por teléfono a sus amigos con «Las mañanitas». Y ha estado a punto de acercarse a uno de esos grupos, contarles la historia y pedirles que cantasen solamente esa canción. Para ofrecer a su padre una canción de felicitación por todos los años que vivió, por todos los años que la enfermedad le dejó seguir adelante, por todas las cosas que el turista recuerda de forma permanente: su cariño, su ingenio desbordante, su sentido del humor. Sin embargo, no sabe por qué razón. El turista no se atrevió a formular su petición. Escuchó unas rancheras y se marchó de allí con la esperanza de que «Las mañanitas» suenen y sueñen en alguna otra parte.

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Pirámide Teotihuacán

Pocos acciones turísticas son tan representativas como el ascenso. Al turista le encanta llegar hasta lo más empirigotado siempre que viaja a algún sitio. Ver desde lo alto es una forma de dominar, de confundir la generalidad con la esencia, de contemplar sin ser visto.

El turista, por lo tanto, no podía dejar de subirse a dos templos, del Sol y la Luna. Para ello, contrata un viaje en una furgoneta. Para su sorpresa, el viaje no comienza con una subida, sino con un descenso, una extraña historia de una señora que se presenta ante un un indio; de una capa con flores y una imagen; de un dogma de fe que mueve más que montañas. El turista piensa que,en el fondo, esa historia acaba con la ilusión de un ascenso y que, por lo tanto, el sentimiento de esas personas en el viaje de sus vidas no es muy diferente al que él imprime al viaje de su maleta y de sus pies.

La furgoneta llega a un destino y la historia de una subida comienza por una planta y un mineral que los justifica. El turista, ansioso, llega por fin al momento de su ascenso personal, que él convierte en existencial. Da gracias a su entrenamiento como atleta de fondo para llegar a la cima con una sonrisa y no con un jadeo. Y, al ver todo el mundo alrededor, vuelve a experimentar ese paradójico sentimiento de ser único, entre decenas de turistas que hacen lo mismo que él. Vuelve a repetir la operación que es algo más que vicio: es reiteración.

Y vuelve a bajar. El turista monta en la furgoneta, camino de la gran, de la caótica ciudad. Ahora toca el momento de la exploración, que es horizontal y que también tiene una explicación para el turista. Pero esa es otra historia.

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México DF

El turista empezaba una jornada de trabajo. Le espera una Universidad enorme en conocimiento, en volumen, en reconocimiento académico. Para llegar, ha cogido el metro. Desde el primer momento ha comprobado que tomar un metro se convertía en un acto de violencia, empujones y codazos. Más que aglomeración, el turista cree que la palabra exacta es hacinamiento.

El turista acaba la jornada con provecho. Muchas ideas nuevas, otras fortalecidas, algunas refutadas. Llega al hotel, deja los bártulos académicos y se lanza a la calle. El turista sale a ciegas y, casi sin querer, se encuentra con una plaza enorme, desmesurada, poblada de policías y miembros de seguridad privada. Más que de seguridad, en algunas ocasiones le da otra sensación rara, que no sabe muy bien qué explicar.

Coge una calle al azar y se propone recorrerla despacio, pero el cansancio y el desajuste horario motivan que decida volver al hotel. El turista se tumba en la cama y se queda unos instantes dormido. En un impulso que no sabe de dónde viene, el turista decide ir al gimnasio para ponerse a correr sobre una cinta. Sin horizonte, como si no hubiera mañana.

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 México DF Zócalo

 

El turista, durante unos días, lo será a tiempo parcial. Acude a un lugar lejano por razones de trabajo, para hablar sobre el hablar, sobre el argumentar, sobre el comunicar. Pero el turista piensa que, incluso en estos momentos, no puede evitar esa mirada entre admirada y extrañada a lo que es ajeno.

El periplo comenzó ayer y el turista, además de cansancios, desfases horarios, esperas y controles, traspasó sobrecogido la oscuridad. Había hecho una escala en el país que es dueño y señor del mundo y, por lo tanto, de la luz. El avión recorría cientos de kilómetros en los que la luz permanecía casi constante, perseverante. De pronto, en una extraña situación que el turista asoció a la frontera, se hizo la oscuridad. Ni un punto de luz a lo largo de minutos, minutos y minutos. El turista parpadeaba sin comprender, sin encontrar nada que explicase algo que no era, a fin de cuentas, sino el paso del mundo del poder al de la carencia.

Eso sí. De pronto, la luz apareció a sus ojos con refulgencia, con magia, con insistencia. No era un cambio sino más, bien, la evidencia de un contraste que a la postre, es la contradicción misma de nuestros mundos.

El turista, al final, llegó a su destino. A través de la ventanilla del taxi su mirada recorría un mundo para el que carecía de contexto previo y, por lo tanto, le provocó una admiración ingenua, que seguramente es en la que más confía.

Y, poco a poco, ya en el hotel, sus ojos se cerraban para soñar.

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Raúl cruzando Abbey Road

El turista se reafirma en cada viaje. Naturalmente, en un viaje a Londres el turista tenía varios lugares que visitar y uno de ellos era, por supuesto, Abbey Road. Al turista le da igual que ese paso de peatones ahora esté unos metros más allá del original. También le da igual tener que hacer cola para tener que cruzar por ese paso de peatones y que los coches, sin duda ya acostumbrados, tengan que esperar pacientemente a que se inmortalice el momento.

El turista no es un viajero y, aunque no necesariamente siga todas las rutinas de los que visitan una ciudad, piensa que no tiene por qué renunciar a todo aquello que le apetezca hacer y que quizá nunca pueda volver a repetir. En este sentido, piensa que los viajeros son una cosa y los turistas otra, pero que no son compartimentos estancos. En todo caso, el turista decide que, si un viajero no quiere hacerse una foto cruzando el paso de cebra de Abbey Road, allá él y sus elecciones.

Por un momento, el turista se siente invadido del espíritu de esa portada de disco que tanto le gusta. El resto, son cavilaciones.

(Esta entrada pertenece a la serie Diario de un turista.)

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Lucifer

Un viaje a Madrid de tres días da para mucho.

Nada más llegar, descubres que va a ser una lástima que se carguen de ese modo la sanidad pública. Una visita –y no de cortesía– a las urgencias del hospital de La Princesa me sirvió, aparte de para sacar un cuerpo extraño alojado en el interior del párpado, para descubrir todo un modelo de buen funcionamiento.

Un breve recorrido por El Prado hace que se pueda reflexionar sobre la diferencia entre ver un museo y asistir a un espectáculo. Como yo, cuando visito un museo, prefiero no confundir lo primero con lo segundo, descubro que es una suerte poder estar en alguna sala a solas, conversando con una obra maestra.

Un partido de Euroliga del Real Madrid te lleva a la maravilla del baloncesto de alto nivel en directo. Disfruté como un niño y, una vez más, sigo sin entender cómo la mayoría de los mortales prefiere ver a 22 tipos persiguiendo un balón con los pies.

Unos paseos reiterados por el centro de Madrid provocan que no puedas entender que alguien califique a la capital como una ciudad fea. La belleza de la Gran Vía y –sobre todo– las callejuelas del centro, el encanto de algo añejo, solo estropeado con la uniformidad de las tiendas de franquicias, que están haciendo que todas las tiendas de todas las ciudades de todos los lugares del mundo tengan los mismos referentes. Y, por encima de todas las cosas, encontrar bares con encanto en los que los camareros saben tirar bien las cañas.

Y, todo ello, para aprovechar el viaje, porque todo acabada en una boda familiar. Pero, desde luego, en todo este fin de semana, la boda fue lo de menos.

Como todo lo bueno tiene su contrapartida de (in)justicia poética, la vuelta es un marasmo de correos y de tareas que están esperando, acechando los días de ocio. Para que no te olvides de lo que es el día a día.

(Imagen de Tonimadrid.)

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Es genial tener ideas geniales. Los políticos suelen tener muchas de estos planteamientos: el otro día, le tocó a nuestro querido ministro de Industria, Energia y Turismo, José Manuel Soria, que recomendaba a los españoles que pasasen las vacaciones siempre en España. De esta genial recomendación se desgranan geniales particulares: que es mejor elegir España que playas a más de 40 grados o inundadas de mosquitos, que tenemos lugares y paisajes heterogéneos, con gran oferta gastronómica… La genialidad no es privativa, mal que nos pese, de un ministro español: algunos medios británicos, bien a través de noticias, bien a través de la publicidad, desaniman a sus ciudadanos a viajar al infernal e inhóspito Benidorm (cosa con la que estoy totalmente de acuerdo con ellos: ¡qué cosa más fea, por Dios!) y se refresquen con el verde de sus campiñas y enturbien su hígado dándole al té mañana, tarde y noche.

Estamos todos de acuerdo en que la cosa está chunga, en que hay que hacer piña, en que la autarquía al poder para recordar tiempos remotos (¿era cierta la anécdota de que se pinchaban las ruedas a representantes de la ONU en la España franquista diciendo que los coches eran suyos pero el aire era nuestro?) Se nos fue el negocio inmobilario en forma de burbuja y el turismo se convierte en una necesidad resistente de la que tendría Viriato tendría que sentirse orgulloso.

Mezclar españolismo y etnocentrismo se convierte en algo tan familiar como rancio para todos los que queremos tener memoria. Pero no tiene que preocuparse el ministro: los españoles se tienen que quedar en España (eso sí, el restro de extranjeros del mundo mundial tienen que venir aquí a disfrutar del sol sin calor y sin mosquitos), por supuesto (por su puesto). Luego los presidentes de las comunidades autónomas recomendarán que no salgamos de la región, los presidentes de las diputaciones que no salgamos de la provincia, los alcaldes que no salgamos del municipio y la cartera menguada de los españoles, al fin, dictará que ni siquiera podemos salir de casa.

No obstante, como recordaba hoy oportunamente Alejandra Agudo, la torre Eiffel está en París, si José Manuel Soria no lo remedia. Y viajar por España es extraordinario, pero llegar a conocer otros lugares y otras culturas es también magnífico. Como España, el mundo es ricamente diverso en la gastronomía, los paisajes y entornos que aconseja Soria en España. Por otro lado, tampoco hemos de obsesionarnos: los españoles acabaremos conociendo otros lugares gracias a la obligación que tendremos de salir pintando de una España que se resquebraja; los inmigrantes, a su vez, sentirán la necesidad de consolarse en su enfermedad en sus lugares de origen. Y, además, si queremos conocer lo que hay fuera, en la Polinesia, en México, en China o en el Lejano Oeste… siempre podremos ir a Port Aventura, parque en el que, gracias a sus montañas rusas, sabremos a ritmo de subidas y bajadas lo que es la prima de riesgo. Eso sí que mola.

 

 

(La fotografía pertenece a laprovincia.es, Diario de las Palmas.)

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