— Verba Volant

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Ciudades

Apartamento de Dexter Morgan en Miami Beach

El turista tenía una promesa y un reto. Es una persona que, aunque no lo reconozca, tiene algo de fetichista. Bueno, quizás no, quizás más que fetichista es una persona que justifica su superficialidad con estereotipos. Él, para salvarse, piensa que son estereotipos, pero cada uno justifica sus motivaciones vitales como puede y como quiere.

El turista está alojado en el sur de una isla amparada en el vicio, como tuvimos ocasión de comprobar en una entrada anterior. Desde mucho antes de comenzar su viaje sabía que haría una excursión larga y prolongada hacia el norte, en busca del lugar donde se rodaron algunas de las escenas de una de sus series de ficción favoritas. Era la casa del héroe y asesino, del monstruo que todos llevamos dentro. El turista confía en la buena voluntad de una mujer que le asegura, en la parada de autobús, que este le llevaría hasta el norte de la isla. Pasado un buen rato y con un tráfico insoportable –la isla es famosa por el constante rodaje de series, de películas, de eventos multitudinarios–, el turista se da cuenta de que la ruta es errónea y decide parar un taxi. Le da al taxista el papel con una dirección y este le asegura que a los diez minutos y por poco dinero le llevará a su destino. Pasada una media hora de bandazos, esperas e interrogantes, el turista le pide al conductor que pare en medio de la nada. Y, de esta manera, se encuentra perdido en medio de unas coordenadas conocidas a medias, solo aproximadas. De pronto, un nombre procedente del mundo de la ficción se desvela como real. De pronto, un mar conocido en fotogramas. De pronto, un edificio de apartamentos de estructura reconocible, aunque muy diferente, por otra parte, del que existía en su imaginario, en una memoria recortada por el encuadre, por el plano.

El turista se encuentra con un cartel intimidatorio en un país en el que estas advertencias no pueden ser tomadas a la ligera. Se lo piensa una, dos veces. Todo pasa por cortar unos bandas que obstaculizan el acceso a través de unas escaleras. El turista es tonto y fetichista e inconsciente, pero hasta extremos más o menos moderados. Por eso, decide cambiar la estrategia. Se encamina al aparcamiento exterior de la urbanización aledaña. Desde allí no se ve nada. Pero el turista ha visto muchas películas y sabe que en todas las traseras de los edificios se encuentran los cubos de la basura. Se encamina hacia ese lugar y decide trepar, auparse, encaramarse. Y llega a verlo. Está ahí. El lugar por el que el héroe-asesino sale esbozando una sonrisa todos los días en la cabecera de la ficción.

El turista saca la cámara y dispara. Se nos olvidaba decir que iba vestido como el monstruo cuando sale a trabajar.

Las vistas de Bay Harbor desde el apartamento de Dexter

Las vistas de Bay Harbor desde la urbanización

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

La urbanización. De ahí viene la denominación «Bay Harbor Butcher»

Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter en Miami Beach

Otra vista del apartamento

En Bay Harbor, la urbanización del apartamento de Dexter

Y el monstruo 😉

(Las fotografías pertenecen a mi galería de Flickr.)

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México DF

El turista empezaba una jornada de trabajo. Le espera una Universidad enorme en conocimiento, en volumen, en reconocimiento académico. Para llegar, ha cogido el metro. Desde el primer momento ha comprobado que tomar un metro se convertía en un acto de violencia, empujones y codazos. Más que aglomeración, el turista cree que la palabra exacta es hacinamiento.

El turista acaba la jornada con provecho. Muchas ideas nuevas, otras fortalecidas, algunas refutadas. Llega al hotel, deja los bártulos académicos y se lanza a la calle. El turista sale a ciegas y, casi sin querer, se encuentra con una plaza enorme, desmesurada, poblada de policías y miembros de seguridad privada. Más que de seguridad, en algunas ocasiones le da otra sensación rara, que no sabe muy bien qué explicar.

Coge una calle al azar y se propone recorrerla despacio, pero el cansancio y el desajuste horario motivan que decida volver al hotel. El turista se tumba en la cama y se queda unos instantes dormido. En un impulso que no sabe de dónde viene, el turista decide ir al gimnasio para ponerse a correr sobre una cinta. Sin horizonte, como si no hubiera mañana.

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Bici ambulancia en Londres

Pues sí, lo siento. Voy a hablar de bicis. Con el pedal en el pie y con el corazón en el pecho. Y sí, probablemente voy a decir cosas que no gusten a los que no les gustan las cosas que digo y que gusten a los que les gustan las cosas que digo. Incluso, pueden darse casos extraños, cruzados e híbridos.

Empezaré por unas palabras que dediqué al blog En bici por Burgos:

Somos peligrosos opresores en las aceras, molestos carcamales en las calzadas y en el carril bici compartido somos cuando podemos. El carril bici se convierte en estercolero, sumidero que no asume, zona que se valla para que no se vaya, lugar de periplo de tacones de aguja y carritos de maleta…
Me siento orgulloso y contento de ir en bicicleta.

Y sí, amigos, sostengo prácticamente todo lo que dije.

¿La bici es un vehículo? Sí y no. Cuando el que opina es un sufrido conductor, que quiere ir a 50 km/h y se encuentra con un ciclista que va a 17, no. Cuando el que opina es un peatón y contempla indignado a un ciclista en una acera, sí. Puede que todos tengan un poquito de razón y nadie la tenga en su totalidad. Si fuese un vehículo, sin más, no existiría la necesidad de hacer carriles para las bicicletas. La misma existencia (o inexistencia) de estos carriles contesta a gran parte de las preguntas y resolvería, de pensarlo bien, gran parte de las dudas. Pregunta: «¿Por dónde deberían ir los ciclistas?». Respuesta: «Por el carril bici». Pero no hay… Entonces, llegamos a la cuestión: los peatones dicen que por la carretera; los conductores, no dicen: pitan, se arriman, insultan. Los leguleyos dicen que para eso están las normas, normativas y leyes. Y los ciclistas pensamos que algunas normas están hechas… con el culo.

Y yo me pregunto: «¿Por dónde deberían ir los ciclistas cuando no hay carril bici»? Y sí, me sé la respuesta de lo que pensáis y no os va a gustar la mía, pero la digo (soy ciclista y bocazas): «Por la acera». Y me dicen: «Está prohibido». «Eres un botarate». «Una buena multa y se te quitaban las ganas». Y yo solo sé que prefiero una multa a un atropello. En los últimos diez días, haciendo lo que tenía que hacer y circulando por donde, según la normativa, tenía que ir, casi me arrollan dos veces. ¿Qué pasa si te arrollan? Que te puedes rozar el brazo, pero también puedes romperte la cabeza. Sí, voy por la acera. Eso sí, estrangularía con el cable de freno a todos aquellos que van por la acera molestando a los peatones, zigzagueando, circulando rápido y a embestidas, con el móvil encendido y guasapeando. Para el que me niegue esta posibilidad y considere que estoy cercano a la más pura barbarie, solo le pondré un ejemplo: ¿qué opción aconsejaría un padre, una madre, a su hijo de quince años para circular en bici por la ciudad?

Cojo la bicicleta todos los días y es mi herramienta básica para ir a trabajar (e ir a muchos otros sitios). Y, por encima de todo, echo de menos por parte de todos un poco de tolerancia. Y soy consciente de que los peatones tienen que ser los reyes de las ciudades. Sin paliativos. No tienen por qué sufrir por nada y por nadie. Todos los años mueren peatones víctimas de algún energúmeno en coche. También todos los años mueren ciclistas víctimas de algún energúmeno… en coche. No conozco ningún caso cruzado ni a la inversa. Y sí, soy consciente de que los ciclistas también causamos accidentes cuando vamos por ahí como los reyes insurrectos del mambo. ¿Tenemos que respetar los semáforos, los cruces, las señales? Sí. Se habla mucho del poco respeto que tenemos los ciclistas a las señales y a las normas. Todavía no he oído soltar espumarajos por la boca en contra de los peatones que hacen lo que les viene en gana.

Me remito a las palabras iniciales para mostrar mi asombro. Hay muchas razones por las cuales los ciclistas quedamos arrinconados. En una calle peatonal puede circular un coche en determinadas circunstancias (residentes, etc.), pero no una bicicleta. En la mayor parte de los lugares no hay un mísero lugar para aparcar las bicicletas (como paradoja, lo hay en sitios en los que no puedes llegar con la bici en bici, sino andando). ¿Que se pone una feria y tenderetes? En el carril bici. ¿Que es otoño y hay que limpiar las aceras de hojas? Al carril bici. ¿Que nieva y es necesario apartar la nieve? Al carril bici.

¿Tanto molestamos si vamos calmados y serenos? ¿No será mejor multar a los animales, sean de la especie que sean? ¿Tanto mal provoca el que hace las cosas con prudencia y educación? La única solución que veo es que no veamos al otro como enemigo. Pero como me sé eso de Thomas Hobbes y que si el lobo y el hombre y tal, solo se me ocurre una: pongamos más carriles para las bicicletas. Si no podemos, hagamos una normativa con velocidades y especifiquemos las actividades molestas.

Y sí, soy consciente de que me va a caer un chorreo y me van a dar por todos lados. Y que los conocidos, cuando me vean sobre el aparato, van a estar vigilantes, expectantes. Pero me siento orgulloso y contento de ir en bicicleta. No soy un hipster, ni un iluminado, ni un retrógado. Soy un tipo al que le gusta ir en bici, respirar sin ahogarme y deslizarme sin importunar. Sí, he hablado de las bicis. ¿Pasa algo?

(Esta entrada pertenece a la serie: “Voy a hablar de…”. Se trata de entradas críticas sobre algún tema más o menos de actualidad o algún acontecimiento digno de hincarle el diente. La imagen pertenece a mi galería de Flickr y está tomada en mi penúltimo viaje a Londres.)

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Nací en Burgos hace 44 años y he vivido en esta ciudad casi toda mi vida, con un paréntesis en Valladolid para estudiar la carrera. Soy burgalés sin serlo de bandera (porque nunca he sabido muy bien para qué sirven exactamente) y me siento tan orgulloso de sus encantos como como consciente de sus defectos. Sí, me gusta la Catedral y las Huelgas y la Cartuja. Sí, que si Atapuerca y que el Museo de la Evolución Humana. Sí, la morcilla y el queso. Y se me olvidaba el Cid. Que si las dos estaciones: el invierno y la del ferrocarril (un chiste que se ha quedado antiguo, ahora que la moderna estación nos la han mandado a tomar por el culo). Y también sé que es una ciudad provinciana (muy provinciana), entrampada en el estancamiento de todo tipo y deudora de un pasado más glorioso al que sus habitantes se agarran con mayor o menor ahínco.

Digo todo esto antes de que algún burgalés de pro empiece a tirarme los trastos a la cabeza. Hablo desde dentro sin rencores, pero también sin tapujos. Pues bien, vamos al tajo. Las ciudades de provincias han tenido siempre el encanto: disfrazan o velan sus defectos con una vida más apacible, más cercana. Tienden puentes entre sus habitantes, que están enlazados por el conocimiento de las familias a nada que escarbes con tres observaciones, con dos preguntas. Desde hace ya unos cuantos años (al menos así lo percibo), Burgos se ha convertido en algo distinto.

Vivimos con un caos circulatorio digno de ciudades infinitamente más grandes. Coger el coche en hora punta se convierte en un acto temerario. Se ha confundido la necesaria peatonalización de algunas calles con una tortura en la que es francamente difícil que nuestro vehículo llegue más o menos directamente a su destino. Que conste que no soy un usuario obsesivo del coche: cojo la bicicleta siempre que puedo y me dejan, pero cualquiera que use la bici sabe que las cosas han mejorado tanto como se han entrampado. Los carriles para bicis son el reducto para casi todo y los usuarios de tan loable medio de transporte estamos poco menos que demonizados. El servicio de autobuses es pésimo. Para los que no son usuarios habituales de las líneas, coger un autobús en nuestra ciudad se convierte en un galimatías de casi imposible resolución. Los paneles informativos con las llegadas aproximadas de los autobuses son muy escasos y, además, muchas veces no funcionan. Menos mal que en las paradas siempre hay pasajeros informados que te dan una idea aproximada de lo que puede venir y a dónde te llevará.

Las obras están encanallando nuestra ciudad hasta tal punto de convertirlas en algo desagradable. Parece que queremos parecernos a otras ciudades que han convertido la obra pública en algo que está más allá de los ciudadanos. Se empiezan obras sin acabar otras. Sería muy divertido contarles a los foráneos las historias sucesivas de los puentes que cruzan nuestra ciudad. Se levantan los asfaltos de las calzadas y de las aceras vez tras vez sin que los burgaleses encontremos motivo suficiente que lo justifique. Si digo que una pequeña parte de la Plaza Mayor (junto a la Plaza de Santo Domingo de Guzmán) está otra vez levantada muchos pensarán que esto llega a la categoría de cachondeo. Se cierran calles, otras se estrechan, se desvía la circulación en el último momento sin nada que lo anuncie previamente (es muy divertido llegar a tener que dar rodeos por el barrio de Cortes porque no había ni una sola posibilidad de girar hacia algún sitio que no fuera la nada).

Estamos representados por unos representantes que no nos representan. Algunos parece que piensan o hacen pensando en la foto del día de la inauguración ficticia de algo que todavía no será hasta dentro de mucho tiempo. Son los mismos que han aumentado nuestro nivel demográfico a cargo de unas espantosas estatuas que empiezan a brotar como setas: la mayoría de nulo interés artístico; todas muy caras. Igual acaban dando a esos mamotretos derecho al voto para que siga este infierno.

Eso sí, tenemos uno de los más bellos otoños del universo, hasta que decidan llegar al Paseo de la Isla y joderlo punto por punto.

(Imagen de Uriarte de Izpikua.)

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Me enteré de que ella había vuelto. Deambulé como loco, de un lado a otro. Conocida su afición por los lugares de paso, ávida por ver pasar ante sus ojos la materia viva del paseante meditabundo, me sumergí por todas las calles, por todos los recovecos, por todas las esquinas. La busqué luego por los grandes lugares de tránsito, aquellos que gustan de remontar el vuelo de los sueños y de las personas, desde MAD hasta CIA, pero no vi claras las huellas serenas de sus pasos. Enseguida fui consciente, tuve la seguridad que sólo se puede manifestar con las expresiones literales, de que estaba jugando al escondite. Intenté buscar hacia fuera, consciente de mi error, sabedor de que todas las búsquedas de nuestro mundo han de partir de nuestro yo profundo. Cansado de los miles de kilómetros hacia arriba, hacia abajo, en un periplo de miles de lugares, de miles de organismos digitales, de miles de sueños concentrados en unos ojos que pudiesen devolverme la mirada, me puse a callejear por esos senderos eternos en los que las rúas brillan con decadencias y huelen con esplendores. Sentí, por un momento, que estaba barriendo todos los recovecos del ancho mundo con mis pasos atorados, cual aprendiz de escritor de post embebecido por la mentira de los enlaces. De repente, sin ser muy consciente del cuándo suspendido con los segundos tranquilos ni del cómo de los azares que no o son, me la encontré. Sus ojos paralelos sosteniendo mi mirada, su boca esbozada en la más bonita de las sonrisas del mundo. Me estrechó su mano estrictamente, me acompañó un centenar de pasos, me susurró unas palabras que en mis oídos sonaron al bisbiseo de las cosquillas. Me invitó a entrar en su casa y me presentó a su amiga.

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Visitar una ciudad se ha convertido en un proceso de reconocimiento más que de descubrimiento. Vemos lo ya visto, con una diferencia: ahora somos nosotros los que nos ponemos en la foto. En una ocasión, la creación de Adán se desveló ante mis ojos de manera palpable, rigurosa y cercana: se trataba de un póster de tamaño gigantesco. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, lo magnífico queda apagado por una soledad acompañada de cientos de personas, unos guías insistiendo en que cese el alboroto de manera rutinaria y baldía, y una sensación exagerada de que eso –el Génesis– está muy lejos. Estamos rodeados de todo por todas partes, incapaces de deglutir y comprender todo lo que nos circunda, ansiosos por atacar una sala más, un cuadro más, por tener las narices cerca de otra obra maestra. Es lo que sucede por visitar ciudades como Roma: lo tenemos bien merecido. Cuando pasa esto, cuando te das cuenta de que ya lo has visto todo, sucede el milagro. Las nubes, prietas, se cierran, las gotas de lluvia empiezan a caer mientras caminas por el Trastévere y percibes, aprecias, -entonces- que deambular por las calles mojadas de Roma, disfrutar de unas gotas de agua caídas del Cielo, tiene en esta bendita ciudad un sabor distinto que te cambia la mirada. Alzas los ojos al cielo y sonríes. Sabes que detrás de todo esto tiene que estar Miguel Ángel o Rafael… o uno de esos que salen en los libros con muchas fotos.

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