— Verba Volant

Cuando, aburrido, miro por la ventana, invento otra vida diferente en la misma ciudad. Por si un día me dejas y todo acaba, te pido que pintes las estrellas de plata para que me imagine que estamos los dos a mandos de una nave espacial. Viajaríamos de madrugada, sin que nos haga falta decir ni una palabra. Y, cuando estés despistada, imaginaré que te hago una foto con las nubes blancas como detrás. Desde aquí, en lo alto domino el horizonte donde veía claro el porvenir: tres ilusiones, dos recuerdos. Y ese firmamento que dibuja el caminito multicolor.

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De hecho, más de una vez te he querido abrazar por temor a perderte después y pienso en aquel piloto que sobrevuela e peligro desde que el cielo amenazaba con lloverse. Y hoy, al verte llorar, me he acordado del calor de la casa en aquel invierno y el frío que siento en mi corazón.

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A veces, tengo ganas de fiesta, ganas de que acabe el invierno y vuelva el momento de nadar en el mar. Soñar en el verano me hace más fácil ilusionarme con un cambio de final. Todavía guardo algunos poemas y algunas cartas que nos escribíamos entonces y ahora te harían reír. Me imagino tu cara triste, mi amor de plata. Imagino que todo vuelve a empezar y que seamos delfines viviendo en toda la inmensidad del mar.

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Cuando la rutina pese demasiado, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta y maravillosa sensación de libertad. Partiremos hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto, un paraíso de bosques y montañas, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes. Sobre un mapa imaginario, dibujaremos caminos y nos invadirá una ilusión desconocida por avanzar entre sus curvas y pedregales. Llegaremos al fondo, ese del que me has hablado tanto, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes.

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Procura no cruzar al otro lado, no dejes que te engañe la frontera. Yo me quedaré a vivir siempre, viviendo los momentos de nuestro pasado. No dejes de viajar en tranvías y trenes, recuerda cómo me besabas y acuérdate de esa canción pop que envuelve nuestra vida hasta todos los finales. No te vayas demasiado lejos, quédate a vivir de este lado. Si necesitas olvidar y estar callada, quédate dormida en los hoteles, escucha el rumor de los volcanes y deja bien cerrado tu pequeño mundo, en el que podrás curar cualquier herida. Y, si un día decides volver, rodea tu cabeza con mis manos. Así quiero quedarme. Para siempre.

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El frío de este invierno que me habita, el cansancio y la costumbre, no conocen ni siquiera un ápice de un amor tan bien guardado, atento siempre a tu mirada. El color de los días tristes no consigue apagar nada. Y sigo viendo dos cuerpos abrazados, sobre un amor tan fuerte.

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Ven a bailar y, si te quieres quedar, te llevaré hasta el cielo en mi coche.

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Quisiera ser un planeta que girase alrededor de ti. Tú serías la estrella de mi corazón y conseguirías borrar todas mis huellas. Cuando tengo una pena muy grande, confieso que me encanta mirar tu cara, tan graciosa cuando bebes zumo de limón. Para olvidar esas penas, esos miedos, esa noche oscura, te besaré en espiral cuando no nos mire nadie. Entre tanta mentira y tanta canción, no paro de reír con una sonrisa inocente, demasiado infantil, que me hace pensar qué tonta es la vida y qué grande es nuestro amor. Así que piénsalo, necesito algo más en esta vida: estrellas. O limones.

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(Canciones prosificadas, modificadas y distribuidas a voluntad del sublime disco de Family, Un soplo en el corazón. Con imagen de Silke Remmery).

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Ayer fue un día complicado, ya lo he dicho, pero la tristeza tenía que convivir con el trabajo (reuniones, tutorías telefónicas, conversaciones de pasillo, correos electrónicos) y con otros aspectos de la vida recluidos y condicionados, eso sí, por un halo de melancolía.

En el trabajo, las correcciones de un TFM me han llevado más tiempo del que me esperaba. Pero lo que ha ido ocupando mi tiempo, sobre todo, se ha compartimiento en un artículo de Lucía y Cristina, compañeras que trabajan en cosas que me interesan. Acaban de publicar un artículo que he estado leyendo entre ayer y hoy y me ha hecho pensar. También tengo pendiente profundizar en otras cosas que pueden ser importantes, como un proyecto de investigación cualitativa para el que tengo que formarme y aprender cientos de cosas, otra vez más…

Ayer intervine un par de veces en las redes sociales y cada vez estoy más convencido de que voy a convertirme en un ser aséptico, participante y divulgador en lo académico y lo profesional. Qué aburrido estoy de un juego de comprensión a medias, de no asimilar lo que se lee, de tanto exabrupto.

Escribí una entrada que no he publicado. La verdad es que escribo muchas entradas que quedan ocultas, que no deseo que lea nadie. La de ayer sí aparecerá, creo. Es una serie de prosificaciones sobre canciones de Family. Es un grupo que ahora escucho casi en bucle. Un soplo en el corazón es una obra maestra de la que no tuve noticia hasta hace bien poco y mira que es un disco bien antiguo… También tengo a medio escribir una historia que me tiene algo preocupado, ahora que visito casi a diario un supermercado. Veremos

La música ha dejado menos espacio que otras veces para las ficciones audiovisuales. Ahora estoy viendo dos series de las que ya hablaré. También sigo leyendo. Compagino El último barco, una intriga policíaca que, siendo convencional, me resulta algo diferente. Y los poemas de Benjamín Prado, que he ido leyendo primero en orden y luego a salto de mata y preferencias. Fui a un partido de baloncesto del Autocid, que jugó fatal, desbordado por un equipo que supo jugarle. Decepción, cena, cama y lectura.

Hoy he salido a correr, necesitado de una tirada larga de kilómetros con muchas cuestas. Tenía que llevar un ritmo alto para olvidarme de todo y centrarme en las exigencias del cuerpo. Hacía uno de esos días grises y bonitos con premios en forma de paisajes de una naturaleza que me encanta frecuentar, repetir. He vuelto a leer cosas del trabajo intentando asimilar, pero he desconectado por completo del correo electrónico, que solamente he consultado una vez. Me prometo siempre no abrirlo con frecuencia, no estar pendiente de lo que pueda considerarse urgente cuando necesito tiempo libre, tiempo para pensar y tiempo para mí.

Después de comer, una sesión de series y lectura y lectura. Y lectura. Luego ha vuelto la música. «Estado provisional» de León Benavente, «Música para adultos» de Joe Crepúsculo, «Por ti» de Sidonie.

Soy ahora las seis de la tarde. Y sigo viviendo.

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Aunque no me haga ninguna falta para recordarlo, cada 17 de enero salta un aviso en el calendario:

De manera ingenua e infantil, desde las ocho de la mañana, le he ido dando a «Posponer». El aviso salta y salta cada diez minutos y yo me niego a «Cerrar». Nada sirve de consuelo, nada salva la herida profunda, la pena anclada en el pecho.

Desde hace 13 años, los amaneceres del 17 de enero me causan pánico. A medida que avanza el día recuerdo la consciencia perdida, la diálisis interrumpida. La magia solamente salva un momento: cuando, en busca de una habitación libre, hay un tránsito de la planta de Nefrología a la Infantil, único lugar donde quedaba una cama libre. No encuentro lugar más apropiado para el tránsito para una persona con ese espíritu tan especial, travieso, juguetón.

Cuando no hay nada que hacer, solamente queda esperar, sentado en la parte derecha de la cama. Cogiendo una mano que no sé ya si siente. Horrorizado por los pitidos constantes del saturador de oxígeno.

Empezada la tarde, llega el desenlace y nunca he sido capaz de procesarlo bien. Quizás porque esos intensos ojos azules seguían abiertos. Quizás porque, en un momento, aprovechando que estábamos él y yo a solas, me vi obligado a cerrarlos. Para no verlos nunca más.

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ADVERTENCIA: después de escuchar algunas observaciones, la entrada que vas a leer no es exactamente como la que había escrito originalmente. Por un lado, el bueno, le he quitado un poco de sarcasmos; por otro, el malo, he subrayado algún aspecto negativo que me ha señalado Juan Ignacio (Carrasco), que también ha aportado una observación muy oportuna que he incorporado también. Ahí va.

En la puerta del baño de mujeres de la Facultad de Humanidades y Comunicación de mi universidad, alguien ha puesto el cartel que aparece en la imagen de un poquito más arriba.

CIERREN LA PUERTA

POR FAVOR

SALEN OLORES AL PASILLO

Lo veo todos los días antes de llegar a mi despacho por el pasillo y confieso que no me gusta nada. Por lo que alcanzo a saber, no es un mensaje puesto de manera «institucional» por el personal de información y conserjería, de mantenimiento o de limpieza, sino una «alegre» iniciativa de alguna persona escrupulosa.

El mensaje me parece poco adecuado desde todos los puntos de vista. Me pregunto si era necesario un mensaje como este, en el que abundan los detalles. «Cierren la puerta, por favor» me parecería lo correcto. Cualquiera con sentido común entiende que un enunciado como este tiene una razón que no hace falta especificar.

En un mensaje «extendido» como este, que detalla la propagación (y propalación) de olores al pasillo, «por favor» es un elemento que, lejos de resultar cortés, parece displicente y, si se me apura, ejemplarizante: el «universo» de las puertas para fuera, abiertas, sería el de las personas que no son conscientes del daño olfativo para los que circulan por el pasillo; el universo de las puertas para dentro, cerradas, es el de la contención necesaria y el de la buena educación. Pero el mero hecho de extenderlo y detallarlo provoca, a mi juicio, el efecto contrario.

Cuando veo el cartel, todos los días en toda su dimensión, no dejo de pensar que el mensaje me huele muy mal. Y ahora no deja de asaltarme una pregunta: ¿por qué la persona que ha puesto el cartelito ha decidido ponerlo por dentro en vez de por fuera?

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foto abajo izquierdo

Espero siempre con ilusión la llegada de las nuevas ediciones del festival Escena Abierta, un proyecto teatral que organizan la Universidad de Burgos y el Ayuntamiento de Burgos y que llega ya a 21 ediciones con propuestas muy interesantes e innovadoras alejadas del teatro convencional. Escena Abierta explora nuevos acercamientos al hecho dramático y acierta casi siempre. En suma, es vivificador para el panorama cultural burgalés que exista un festival de esta magnitud y calidad, en el que he tenido ocasión de disfrutar con obras auténticamente fascinantes.

Acudí el pasado lunes al Centro Cultural La Estación al estreno absoluto de Diagnóstico con grandes expectativas , una pieza artística de Abajo Izquierdo. En las noticias previas, nos decían que mezclaba psiquiatría y psicología clínica con el mundo del arte, que era una pieza que nos serviría para cuestionarnos los límites de la racionalidad, que nos enseñaría a situarnos frente a la locura y lo artístico. Todo ello, desde la intimidad del artista, en una sinceridad proyectada a partir de las acciones de los personajes. Al final, un psiquiatra o psicólogo clínico emitiría un diagnóstico.

Hay un espacio en el que están distribuidas unas «bisillas» (esas que ilustran la entrada) en las que nos invitan a sentarnos y no sabemos exactamente cuándo comienza la obra, porque hay una serie de problemas técnicos y ajustes que demoran su inicio y que no sabes si forman parte de la obra en sí o no. A la izquierda, hay una urna vertical, estrecha, en la que se encuentra un hombre desnudo. A la derecha, una urna vertical idéntica a la anterior en la que se encuentran unos personajes realizando esos ajustes y que será el ámbito de actuación de los dos personajes, un hombre y una mujer. En el centro, una pantalla para proyectar vídeo. Cuando la obra comienza «de verdad», me encuentro ante un gran dilema ético-artístico. Veo y escucho y no comprendo nada, aunque intento entender. Me digo a mí mismo que soy víctima de mi propia contradicción, porque sé que el arte no está hecho para ser entendido, sino para ser sentido. Pero no puedo evitar intentar sentir sin sentir, sin conseguirlo, y me vuelvo a interrogar para comprender por qué no logro meterme en la obra o, al menos, en el proceso de la obra. Porque la obra son esas dos cosas simultáneamente. Luego llega mi segunda contradicción: pienso que esto es una chorrada mayúscula que se le ocurre a cualquiera. Y revivo los momentos en los que me río de los que están ante una obra pictórica de vanguardia y alguien suelta aquello de «Eso lo hace mi hijo de cinco años». Sigo intentando introducirme en la obra y no pensar que es una puerilidad, cuando llega el momento.

Todo lo que intento comprender para gozar de la experiencia creativa, artística; todo lo que intento deducir mientras aumenta mi impaciencia me lo «explica» el actor de la derecha, que es actor y «autor» a la vez. Nos dice que lo que vemos es lo que él ha sido, que nosotros contemplamos el proceso. Y ahí es cuando abandono definitivamente mi intento de gozar. La explicación en sí misma me decepciona tanto, me deja tan indiferente, me aburre tanto en su aparente profundidad que me agota. Contemplo dilatándose hasta la extenuación ese proceso de experiencia creativa vista desde dentro y desde fuera, con ese «autor» que me parece un Pepito Grillo, explicador poco pertinente porque pienso que, en todo caso, la obra debería explicarse en sí misma.

Abandono muchos detalles (el modo de pintase, de retratarse, de aclararse y oscurecerse, de descubrirse, víctimas sencillas de un universo abarrotado) de ese proceso de tedio y decepción para ir hasta la parte final. En ese momento el «autor» nos habla de la paciencia, de que todo está concebido para que nos sintamos incómodos, para que experimentemos la impaciencia, que resulta una alegoría, parece, de nuestro modo de vivir y resulta algo propio también del proceso artista. Y yo me siento como un lelo, teniendo en cuenta que, justamente en la entrada anterior a esta hablo de la necesidad de la calma en mi vida, en nuestras vidas. Y pienso que no, que no quiero calma, que quiero impaciencia, chispa, que las cosas surjan sin dilatarse demasiado. Porque a mí me gusta detenerme en la calma de las cosas que disfruto, pero no quiero estirar el tiempo para que nadie me demuestre mi propia impaciencia. No es que no admita que me den lecciones, porque agradezco todas y cada una de las lecciones de belleza y de pensamiento y de sentimiento que me han dado los libros, las películas, la pintura, las obras de teatro. ¡El arte y la creación han cambiado tanto mi vida, mis vidas! El proceso me ha recordado a uno de las modalidades poéticas que más odio: las fábulas tipo Samaniego, que me enervan, me sublevan.

Luego llega el momento del diagnóstico. En este caso, le toca emitir el «veredicto» a un psiquiatra de prestigio en mi ciudad (también artista, por cierto) y habla no sé si con sinceridad o para quedar bien, no estoy seguro del todo. Como cada uno se queda con lo que quiere, yo me quedo con lo que creo más sincero de su discurso, una palabra que he empleado antes: «puerilidad». ¿Qué dirán los psiquiatras y psicólogos en días venideros?

A mí, después de ver la obra con su diagnóstico incorporado, todo me resulta un acto absoluto de vanidad pretenciosa. ¿De verdad alguien diseña una obra con un proceso artístico para que se lo diagnostiquen? ¿Hacen falta cuatro días y cuatro profesionales? ¿De verdad es necesario un diagnóstico?

El psiquiatra acaba y es aplaudido en su intento. Luego, el «autor» nos invita a dibujar las sillas en las que estamos sentados. Después proyectan unos cuantos dibujos elegidos y nos los explica, por si no hemos entendido y atendido lo suficiente. No tengo palabras para ese momento, lo confieso. A todo esto, no paro de mirar el reloj. En una cosa tiene razón el autor: es esta una obra para probar nuestra paciencia, para ajustar nuestros nervios a la exasperación.

Para finalizar-finalizar, dice que la obra puede cambiar de signo cada día, que podemos ir otro día a comprobarlo. Yo tengo una sincera curiosidad y me pregunto si todo va a ser tan malo como la experiencia personal que he padecido. Algunas personas de mi alrededor (público, es conveniente decirlo, que sabe a lo que va y conoce lo que es el teatro experimental) esbozan una sonrisa. Una chica próxima susurra: «Ni de coña».

Cuando la obra acaba, ya de verdad, aplaude muy poca gente (otros ya se han ido). Y, yo que soy persona insegura por naturaleza, no me queda otra que preguntarme, sinceramente, si soy tonto, si soy insensible, si soy un tradicional o si me he perdido algo. No he compartido mi experiencia con otros espectadores, pero me gustaría muchísimo saber si le ha gustado a alguien y por qué. No puedo evitar deslindar placer de comprensión y de conocimiento. Lo reconozco.

Como estas líneas pueden resultar un poco duras, he de decir que tiendo a ser benévolo con las cosas que veo, leo y escucho, que me quedo con lo bueno y no me ensaño con lo negativo. Pero, ahora ya sí, me callo.

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La calma ha desaparecido de nuestra vida. No existe —ya— en el ritmo diario, en el hogar, en la lectura. Qué bellos esos momentos en los que se leía despacio por placer. Qué necesarios esos momentos en los que detenías la lectura y pensabas e ibas más allá. Y gozabas.

La calma ha desaparecido y no queda, por supuesto, ningún resquicio para hacer las cosas bien y coserlas despacio en nuestro ritmo de trabajo cotidiano. Nos hemos convertido en máquinas de hacer cosas sin buscar apenas su sentido, con esa prisa necesaria para el corto plazo que no depara ningún beneficio a la larga si no es el utilitario. Nos vemos impelidos a hacer y hacer, de manera brusca e inminente, sin que tengamos tiempo para tomar aliento, para respirar. Para destilar lo necesario de lo accesorio. ¿Dónde queda el momento de un profesor —por ejemplo— para reflexionar, para darle un par de vueltas a un concepto, a una idea, a una frase?

La puta prisa nos está matando. Y lamentaremos que no nos hayan dado oportunidad para la calma cuando, en medio de la tormenta, busquemos una orilla.

Imagen de Teresa Vicente Illoro.

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He optado por no escribir entradas sobre el día 31 de diciembre y el 1 de enero, que iban a ser las últimas. A partir del 2, aunque no tenga que ir a la uni, he recuperado gran parte del ritmo de trabajo. Mi resumen de la «salida» y «entrada», de años viejos y años nuevos es que esos cambios solo afectan a mi humor, pero no a mi estado, que no pasa a ser ni líquido ni gaseoso. El día 31 lo dejamos en dos grandes momentos: cumpleaños de mi hijo y la tradicional San Silvestre Cidiana, de la que quedé especialmente contento. El día 1 de enero, lo dejamos con la maravillosa sensación de estar nadando con la piscina entera para mí.

Pero esta breve entrada quiero dedicarla a mi donación de sangre número 100. El día 2 de enero, por la mañanita, cumplí el centenar de donaciones. Después de 35 años y pocos parones, he acudido a la Hermandad de Donantes de Sangre de Burgos a poner mi granito de arena, o sea mi gotita de la vena.

Todavía recuerdo mi primera donación, llena de miedos. Acudí con Guillermo, el hermano de mi amigo Eduardo, que me animó a donar y se ofreció, desde su experiencia, a acompañarme ese primer día. Se lo agradezco mucho porque, de no ser por él, no sé si hubiese dado el paso/el brazo.

Y, desde entonces, el acto de donar se ha convertido en una alegre rutina. Me gusta pensar que esos casi 50 litros de sangre han podido ayudar a gente que lo necesitaba. No se trata tanto de ese deseo de pervivencia de mi sangre en el cuerpo de los otros, sino de poner a disposición de los que lo precisan una pequeña parte de mí que no supone ningún esfuerzo, ningún mérito.

Años más tarde, tanto en la educación secundaria como en la universidad, he animado a algunos alumnos a donar. De hecho, yo también he sido compañero de principiantes ilusionados que, con su generosidad, riegan ahora otros cuerpos. Quedaba con ellos por las tardes y recuerdo especialmente un día en el que, pensando que irían dos, se presentaron doce. Con un poquito de miedo, como me ocurrió a mí. Con una sonrisa al acabar.

Así que eso, solo eso, merece mi atención. Y es el broche de mis entradas sobre las vacaciones. Hasta las próximas… donaciones y vacaciones.

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Escribo la que será la última entrada de 2019 y no tengo ganas de hacer un recorrido por el día de ayer ni por el año que acaba. No obstante, hay dos cosas que necesito contar.

Ayer estaba en el salón escuchando música. Fui saltando de canción en canción, de cantante en compositor, hasta que me di cuenta. Sin querer, en esas conversaciones musicales que tengo con Google Home, me puse a escuchar Scheherezade, la obra de Rimsky-Kórsakov, que era una de las composiciones favoritas de mi padre. Fui recorriendo sus movimientos recordando las veces que compartía espacio en el salón de la casa familiar con mi padre, él con los ojos cerrados y moviendo la cabeza, yo con los ojos cerrados imitándolo, pero abriéndolos de vez en cuando por curiosidad e impaciencia.

Para equilibrar, luego escuché a Nat King Cole cantando en español. Aunque mi madre prefería por encima de todos a María Dolores Pradera, todavía recuerdo a mi madre poniendo las cintas de Nat King Cole y canturreando mientras hacía cosas por la casa, mientras yo iba persiguiéndola y cantando también, imitando esa voz engolada, un poco impostada, con pronunciación forzada pero con un ritmo que, para mí, ayer y hoy, son mágicos.

Podría decir más cosas, podría haber dicho menos. Pero ayer me di cuenta de todo lo que echo de menos a mis padres. Cada momento, cada día, cada año. Cuando llegan los últimos días del año, pienso lo que disfrutaban con todas las rutinas y con todas las sorpresas que llegarían al día siguiente. El 31 de diciembre, que contaré mañana.

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Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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