— Verba Volant

Ya no crees en la gente, te has vuelto nihilista, sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas. No recuerdo el momento en el que dije que el cielo se está abriendo bajo tus pies.

Y te diría que te vengas conmigo a cualquier otra parte. Estoy perdido entre las sombras, pero, de momento, te recuerdo con tres notas sencillas y una bandera tan blanca como tu corazón.

Canción prosificada de modo minimalista y modificada a voluntad de «A cualquier otra parte», de Dorian. La imagen está tomada unas horas antes de que llegue el otoño.

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En los pocos ratos de piscina de los que estoy disfrutando hasta el momento, me siento plácidamente a leer A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen. Ayer me encontré un pasaje con el que creo que nos sentimos identificados todos los que tenemos pasión por libros desde pequeños:

Cuando era un niño, como apenas tenía unos centavos, dedicaba mucho tiempo a escoger qué libro comprar, y lo placentero que era aquello, mientras que de adulto, como ya podía adquirir muchos libros, esa excitación había desaparecido

Woody Allen, A propósito de nada, Alianza Editorial, p. 131

Cerré los ojos y me transporté a los tiempos en los que, a partir de los ocho o nueve años, invertía todo el dinero que iba sacando entre propinas y tíos generosos para comprarme libros. Un poco más adelante, me acercaba, ya sin mi madre, a recoger a la librería Granado, que estaba cerca del Mercado Sur, los pedidos de tebeos (Mortadelo para mí, El capitán Trueno para mi padre). La librera, Humi, era una señora que me daba mucho miedo. Tenía un carácter arisco que manifestaba sobre todo en la manera de tratar a la dependienta. Me hacía mucha gracia que, cuando ella se daba trabajosamente la vuelta para buscar algo, esta le hacía burla y a mí me guiñaba un ojo y sonreía.

Pese a ese carácter, Humi me trataba bien y llegamos a hacer un pacto nunca escrito y nunca expresado (y del que —creo— nunca se enteró mi madre): yo me llevaba» a cuenta» un libro e iba ahorrando hasta pagárselo. Así, de uno en uno, fui cimentando los principios de una biblioteca que iba creciendo y de la cual me sentía muy orgulloso. Ponía todo mi empeño en gastar poco en todo lo demás para conseguir el siguiente, en una especie de migas de pan que serían los hitos que marcarían mi futuro como lector.

Mi abuela y mi tía, ayudadas por mi padre cuando salía de trabajar, habían regentado durante años una librería en la calle Laín Calvo y tenía, de algún modo, ese gusanillo cobijado en el fenotipo. Yo no viví esa época de vivir entre familia y entre libros, pero sentí que algo llevaba dentro que me impulsaba a ese gozo.

Un poco más adelante, a eso de los catorce, pasé a visitar, cada vez con más frecuencia, la librería de Hijos de Santiago Rodríguez (que también combinaba con encargos en la librería Luz y Vida: mi padre era amigo de Álvaro, el padre de Álvaro, el hijo de Álvaro, que hoy se regenta la librería). La razón era sencilla: era un establecimiento enorme y, a diferencia de la de la familia Granado, esta tenía todos los libros al alcance de la mano. Durante años y años, me pasé horas disfrutando del contacto con los libros, leía pasajes, avanzaba páginas y, sobre todo, me las prometía felices pensando cuál sería mi próxima joya, aquella que haría brillar mis ojos durante unos cuantos días con una prosa llena de aventuras, intrigas y pasajes llenos de belleza.

A medida que fui creciendo, fue aumentando mi abanico de obsesiones en ese delicioso negro sobre blanco. Llegó la poesía, la filosofía y la historia y, ya como universitario, los libros de estudios literarios, de teoría de la literatura y de lingüística. Pese a tener los objetivos mucho más claros, yo seguía paseando con alegría por las librerías para ir descubriendo tesoros escondidos, libros que estaban esperándome, sin que yo lo supiese. Libros que, seguramente, me habían descubierto a mí mucho antes de que yo los descubriese a ellos.

Cada ciudad en la que he pasado algo de mi tiempo se ha llevado parte de mi corazón y de mis ahorros, de los que nunca me ha importando tan poco (tampoco) desprenderme. Creo que la librería Sandoval de Valladolid, la librería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid y un par de librerías de París han sido algunas de las más afortunadas, puesto que los libros técnicos eran considerablemente caros.

La alegría inmensa de comprar un libro para consultarlo o para devorarlo sigue estando presente en mi día a día. Afortunadamente, trabajo con libros y entre libros, aunque en algunas ocasiones ahora las ediciones sean digitales. Sumando todos los volúmenes que tengo distribuidos por aquí o por allá, serán unos diez mil los libros que rondan por mi cabeza. Entre ellos, por supuesto, alguno espera ansioso su turno y empuja su lomo para que destaque entre sus hermanos y sea el elegido para su primer disfrute o para el milagro de la relectura, ese que practico —también, afortunadamente— desde hace años (¡qué estupendo es descubrir que los libros cambian contigo y nunca son iguales a los de la primera vez!).

Y ayer, cuando leía ese pasaje de Woody Allen, pensé que tenía que escribir sobre aquellos días en los que iba contando peseta a peseta lo que me iba a costar llegar al próximo libro, en ese perpetuo caminar, en ese ascenso constante, en el que la cima siempre espera, gozosa, un poco más allá.

La imagen es de Santiago Atienza.

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Breve introducción: durante tres días, he estado corrigiendo más de ciento cincuenta exámenes de lo que hoy se llama EBAU, ayer PAU y, hace un poquito más, Selectividad. En el examen de Lengua, hay una parte dedicada al análisis textual (el comentario de texto de toda la vida) en el que los estudiantes tienen que dar una opinión personal sobre un texto. En esta convocatoria, se elegía entre un editorial de El País sobre la ansiedad juvenil y una columna de Millás sobre la globalización. Los profesores corregimos a ciegas y solo vemos como dato un número de referencia y un código de barras. No obstante, mi imaginación ha dado para inventarme tres historias, que son la consecuencia de tres respuestas maravillosas.

La chica que aspira a ingresar en una Facultad de Medicina

Ágata ha entrado en el examen muy nerviosa. La cola y la distancia, la mascarilla que agobia, el protocolo de acceso no han ayudado. Ágata entra al aula del examen, recibe pacientemente las instrucciones. De repente, llega a la clase una señora con un sobre blanco. Se lo entrega a uno de los profesores que vigila, que rasga el sobre. Empiezan a repartir los ejercicios. El examen de Lengua será el comienzo de tres días que condensarán todo lo que ha luchado desde la primera evaluación de primero de Bachillerato.

El examen llega a la mesa de Ágata. Echa un vistazo rápido. Primero a las preguntas de literatura, qué alivio, son temas que se sabe al dedillo. Ágata empieza de manera muy ordenada, con esa rutina que le ha enseñado su profesora en el instituto. La literatura la borda. El análisis sintáctico y la morfología son coser y cantar. Solo ha dudado un momento, pero no ha caído en la trampa de poner una perífrasis donde no era. Empieza la parte del comentario de texto. Se decanta por el editorial sobre ansiedad juvenil. Pronto ve el tema y la tesis y los argumentos. Empieza a escribir de modo compulsivo porque se da tiempo de que, ahora, su gran enemigo es el tiempo. Va a contrarreloj. La asimilación de conceptos y su perspicacia le lleva a sortear con habilidad los mecanismos de cohesión.

Mira el reloj y comprueba que faltan cinco minutos. Queda la opinión personal. Ágata siente que no puede más, que el tiempo acogota su mente y que todavía quedan demasiados días para demostrarlo todo. Respira hondo y comienza a escribir doce líneas de prosa dulce y conceptos atinados en el que muestra su lado más frágil, el más delicado. Le da la vuelta al texto para contar cosas que no ha dicho nunca a nadie.

El chico que estudiará Periodismo o Filología

Sergio llega a la hora a la que estaban convocados por el profesor que les acompaña un poco justo. Su madre le ha acercado en el coche y había más tráfico del esperado. Su madre aparentaba estar tranquila y eso, paradójicamente, le ha puesto algo más nervioso.

Ha metido todas sus pertenencias en una bolsa transparente, se ha echado el gel y, después de minutos y minutos interminables, una vez sentado y pasado el protocolo inicial, se ha podido quitar, por fin, la mascarilla. Sergio mira hacia la izquierda y ve a Marta, su compañera desde que iban a infantil. Toda la vida juntos y ahora están, por fin, ahí. Ambos sonríen y, cuando ya empiezan a repartir los exámenes, murmura: «Suerte».

Sergio tiene dos sueños: los días pares, sueña con dar clase en un instituto o en un colegio para compartir su pasión por las letras y que estas no sean un reducto para los que se escapan de las asignaturas «difíciles», mientras que los días impares siente el impulso irrefrenable de ir a Japón para enseñar español y cosas de la cultura mientras se atiborra de sushi y viaja por todo Oriente.

A Sergio la lengua y la literatura le apasionan. En el instituto, se lee todos los libros que puede y algunos más. Mientras la rutina y la necesidad conducen a una manera de estudiar los temas de forma monótona, él alimenta y revitaliza todo gracias a sus lecturas. En lengua, es de los frikis que siempre van más allá, que ven una frase alambicada y se relamen los dedos y disfrutan sementando una palabra compuesta diluyendo todos sus componentes.

Sergio no necesita nota para entrar en la carrera de Español. En ese sentido, se siente muy confiado. Ha decidido presentarse a todas las asignaturas porque quiere demostrarse a sí mismo que puede llegar bien lejos, también, en el latín y en la filosofía.

Elige el texto de Millás. Aporta un enfoque muy original en los mecanismos cohesivos, va un paso más allá en los argumentos. Su mente analítica ha puesto al tiempo de su parte. Quedan quince minutos para dar su opinión sobre un tema no tan obvio como parece. Piensa que Juan José Millás tiene la razón y no la tiene. Le hace gracia pensar que eso es, precisamente, lo que refleja Millás en muchas de sus novelas, esa realidad poliédrica que construimos nosotros desde nuestra perspectiva. Sergio sonríe, respira profundamente, y se dedica a escribir las que serán, por el momento, las quince líneas más bellas de su vida.

La chica que aprobó por los pelos y no sabe qué hacer con su vida

Carla ha sido una de las beneficiadas por el confinamiento. Los criterios en su colegio han sido más laxos y se ha escapado por los bordes del sistema para llegar a unas pruebas que no le motivan nada.

Empezó el bachillerato por inercia, fue aprobando cada asignatura como pasa la tarde los fines de semana hasta que queda con sus amigas y todavía no ha enfocado su vida hacia nada concreto. Ni falta que le hace.

Carla ha dedicado muy poco tiempo a estudiar la EBAU. Solo acudió a las pocas clases presenciales de las últimas semanas porque coincidía con todos sus compañeros, que tenía perdidos entre los wasaps. Sus padres parecían cotorras con todas sus broncas, que hacían pasar por reflexiones serenas, sobre la responsabilidad y sobre el futuro.

En el caso del examen de Lengua, Carla no ha preparado nada. Pese a que este año era fácil que tocase un tema de Literatura estudiando poco, no se le ha pasado ni por la imaginación ponerse a estudiar unos apuntes que hay que calzarse a fuerza de memoria. No sabe hacer análisis sintácticos y le parece que distinguir una palabra derivada de una parasintética no le va a salvar la vida cuando salte en paracaídas y no funcione la anilla.

El folio triple que le dan para contestar es, bien lo sabe Carla, una pérdida de tiempo y de dinero. Del tema de literatura pone el nombre, la frase la deja a medias. Hace un análisis morfológico porque la palabra estaba a huevo. Del texto, pone el tema porque es media línea, la tesis porque es línea y media y dos argumentos que se veían de lejos. Y decide que ya. Quiere esperar a que pase la primera media hora para salir y respirar aire filtrado hasta que se quite la mascarilla y la mande a tomar por culo.

El tiempo se le está haciendo muy largo y, después de ver las idas y venidas de los profesores que vigilan, lee el texto con un poquito más de atención. Tiene todavía un rato y la pregunta de opinión personal le dará medio punto que puede ser simbólico. Se van a cagar, piensa Carla. Y demuestra, en veinte líneas, que se puede hablar de ansiedad dándole la vuelta a las estadísticas, a las comparaciones y a las instituciones que la estudian. Ella habla de lo que siente cuando no se siente. Mientras escribe, siente unas ganas inmensas de llorar. Cuando sale por la puerta del aula y sale a la calle, respira dos o tres veces y se pone la mascarilla. La puñetera mascarilla.

La imagen es de Vicente.

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A mí no me parece que hoy sea 26 de junio. Estaría más de acuerdo con las circunstancias si me dijeran que es un 17 de mayo caluroso, un 22 de mayo, todo lo más. Pero es imposible que hoy, precisamente hoy, sea 26 de junio.

Todavía no ha habido tránsito progresivo hacia el verano, los trámites para acabar el curso siguen siendo infinitos, los estudiantes no han pegado la etiqueta 1 y la etiqueta 2 en las hojas de selectividad, mis pies no han pisado el agua del mar y mis manos no han abrazado el agua intentando avanzar un poco más. No hay en mi ciudad fuegos de artificio ni hay turistas invadiendo las calles y haciéndose selfis delante de la Catedral.

Hoy no es un día propio y efectivo para convertirse, afectivamente, en un 26 de junio a todos los efectos. No encuentro al señor que pinta un paisaje kitsch con spray vivos ni al mago ambulante con su mesa inestable ni al titiretero gracioso y alegre a su pesar.

Noto que algo nos falta para que los días sean como los de antes. Quizás sea una visión catastrofista, quizás me esté haciendo mayor. Pero, lo más seguro, es que algo ronde en el aire que le resta fuerza al avance de los días. Permaneceré atento hoy al calendario, no vaya a ser que le se hayan volado unas cuantas páginas.

Hoy, 26 de junio de 2020, no habrá en mi ciudad dos personas dándose un beso cuando salgan del teatro.

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Esta, indudablemente, es una historia extraña que me ha empujado a salir momentáneamente de mi deliberado silencio.

Parte de un sueño que tuve hace unos días. Era uno de esos sueños plácidos y recurrentes que van merodeando el dormir de manera muy agradable en alguien, como yo, que piensa que no sueña porque no recuerda lo que le acontece cuando pierde la vigilancia sobre sí mismo.

En el sueño, una imagen nítida en blanco y negro de Eugenio y una frase de una canción: «Si te vas, por qué te callas». La canción seguía en mi sueño e iba aportando estrofas sugerentes con una historia triste de amores y fracasos. Lamentablemente, no he conseguido rescatar más que el título y otras imágenes sobre ese vídeo musical y onírico. «Si te vas, por qué te callas» era la manera que tenía Eugenio de rematar cada estrofa. En el sueño, el cantante tiene una voz un poco más grave que la del original, del que os hablaré después. No puedo dar muchos más detalles: está claro que mi cabeza captaba una imagen de Eugenio tocando la guitarra, sentado, en un ligero plano picado, que resaltaba sus facciones y con las sombras matizando hasta los poros. Después, un acompañamiento musical extraño: una persona hacía ruidos fuertes y acompasados con un cartel enorme que hacían de contrapunto a la melodía y le proferían un toque casi violento, de manifestación de la ruptura.

Y no puedo deciros mucho más. Pude rescatar todo esto porque me desperté a las cuatro de la mañana y apunté alguna de las ideas que se iban desvaneciendo de manera rápida. Eugenio es un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual, de grandes y variados talentos, al que considero mi amigo, aunque hace mucho que solo sé de él por las redes sociales. Entre esos talentos, esta el de la música. No solo toca varios instrumentos, sino que le gusta oficiar de luthier y construye cachivaches que suenan luego maravillosamente. Es una delicia ver su Instagram para escuchar esas composiciones.

Tengo muchas cosas que contar de Eugenio, al que pongo, en esta ocasión, con su nombre real, pero no lo voy a hacer, de momento. No obstante, voy a considerar esta entrada como una de las partes egregias de mis Historias de alumnos. Y será una historia de alumnos contando algo del futuro. Porque pido, desde aquí, a Eugenio, que haga realidad mis sueños.

Imagen de Joanna Boj.

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Lo habréis comprobado: últimamente no escribo. Y es cierto, no publico entradas desde hace mucho. Es una forma de protección para que el vacío no me duela.

Vivimos momentos difíciles. En principio, hay seres raros, entre los que me cuento, que no tienen inconvenientes poderosos para sentirse necesitados de muchas cosas alrededor. Por lo tanto, sobrevivo bien. O, al menos, eso creía. A medida que pasan días, semanas y meses, todo se vuelve del mismo color.

O quizá no se vuelva todo del mismo color. No, al menos, para mí, si no lo escribo. Si lo plasmo en papel, la escala de grises me acogota la cabeza y sufro. Si lo dejo pasar, si lo vivo entre visillos sin dar cuenta de que miro y cuento, todo sobrevuela lo suficientemente ligero para ser un soplo de aire que no ahoga.

Me limito a vivir. Y no solo. Más allá de eso, me contento con vivir. Y más allá, me congratulo de vivirlo para no contarlo. Eso, es exactamente, el egoísmo existencial con el que me alimento.

Veo las estrellas y no las cuento. Cuento las zancadas y no las pongo de manifiesto. Si no se escucha, todo me suena más fácil.

Y las madrugadas transcurren corriendo, las mañanas trabajando, los mediodías comiendo, la sobremesa soñando, las tardes corrigiendo y leyendo. Los rayos últimos del sol me pillan paseando, el hambre cenando y la noche dejando que todo pase un día más.

Imagen de Camil Tucan.

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Estoy sin carretera y con manta, cargado de un frío interior que hiela el alma. Sin punto de origen ni destino, recluido en el último confín de la indiferencia, la dejadez y la apatía. Sin dar pasos que avancen ni respuestas a todos los interrogantes que ya no me brotan, que ya no me interesan.

Estiro la manta para que cubra los hombros y, entonces, los pies quedan al descubierto. Tapo los pies y empieza, otra vez más, el ciclo imposible. La televisión es un espejo donde miro con los ojos vacíos buscando algo que sea un reflejo de otra cosa. Abandono la ciencia ficción a la mitad, paso al melodrama que no me aguanta ni cinco minutos y aprieto el botón de la tragedia. De momento, solo me quedan las historias de amor.

Me cubro de penas con unos auriculares que me transporten a la verdad, al final, al oscuro lugar del que proviene mi talante natural. Y, hoy, me contento con olvidar.

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No estás seguro, no sabes si estás bien o mal o regular. Si echas de menos la calle o estás a gusto en casa. Si te gustaría tener más tiempo para ti o no disponer de un minuto, que las tareas te acogotasen el cerebro o que las ideas se desplazasen sin moverse, planas, en todo el sentido de la inercia.

No estás seguro de cómo está el mundo por fuera. Si es apolipsis o colapso, si es centro o periferia, si se acomoda a la norma al descontrol. No conoces remedios infalibles ni para la política ni para la ciencia ni para el bienestar interior. Ni eres consciente de si tu cuerpo es una síncopa o un apócope.

No tienes muy claro qué canción escoger, que película elegir, qué libro dejar a medias y cuál exprimir hasta las ultimas consecuencias. No sabes a quién llamar, a quién acudir, ni siquiera estás muy seguro si quieres contemplar qué es lo que les ocurre a otros o permanecer en la más ignominiosa de las ignorancias.

No sabes si vas o vienes, aunque sabes que no vas a ningún lado ni vienes de ningún sitio. Tampoco sabes si irás o vendrás. Ni hacía dónde, ni cómo. Cuándo no depende de ti.

Y así pasan días y días y días. Y tú no estás ni eres. Ni te manifiestas.

Imagen de Bart.

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Leo en la web que se ofrecen muchos cursos de lectura rápida, pero yo no quiero. Yo quiero que me enseñen a leer de manera muy lenta y pausada. Quiero también aprender a pasar las páginas muy despacio, doblándolas con mis dedos. O detenerme en ese tránsito y volver hacia atrás y releer siete veces una palabra que me inspire belleza o ritmo o lo que sea. Deseo con todas mis fuerzas que me enseñen a leer un pasaje y, obnubilado, poder levantar la vista y mirar el espacio que entre las cortinas para sintonizar esas frases con el rayo de luz que entra por la ventana.

Yo no quiero leer y comprender todo de manera eficaz y productiva, no quiero rentabilizar el tiempo que dedico a lo que amo. No quiero apretar el acelerador y que los ojos bombardeen las serifas de las letras, las anulen, les quiten importancia. Quiero ver el grano del papel y pararme antes de empezar un capítulo. Quiero dejarlo todo para comenzar de nuevo.

Lo que más necesito en mi vida es un curso de lectura perezosa, divagadora. No quiero la lectura acelerada.

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Me pregunto si he podido ser yo. Asintomático y alegre, en las poquísimas ocasiones que he salido del confinamiento a la farmacia o al supermercado o a donar sangre porque me lo pidieron. Protegiéndome de los demás, con el miedo en el cuerpo, resulta que todo ha podido suceder al revés de como pensaba.

Me pregunto si he podido ser yo. El causante de transmisión, pasándole la bola a otro y este a otro y este a otro más. Si he podido toser sin protección, aunque no lo piense, aunque no lo pienso. Si una cercanía no deseada ha generado que la cosa se traslade, se pose y traspase hacia los lugares nada deseados, pero propicios.

Me pregunto si, en el caso de que esa bola haya pasado de uno a otro, alguien ha podido quedar afectado gravemente, mermadas sus facultades, encerrado sin sus familiares, sin nada que no sean trajes de pesadilla en mundos de ciencia ficción. O si esa bola ha pesado tanto que ha mandado al mundo de las tinieblas a otro ser humano, agonizando en soledad, velado en la oscura individualidad de la nada, confinado para siempre, fuera de todo nuestro recuerdo.

Me pregunto, cada vez más insistentemente. ¿He podido ser yo?

Reflexión en torno a Mateo, 26:25 con imagen de Irina Souiki.

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