Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Los libros finos

“los estantes repletos de libros, casi todos de lomos delgadísimos, porque casi todos son libros de poesía.”

Alejandro Zafra, Poeta Chileno

Toda nuestra vida en unas páginas. Dilatada como en las novelas, explicada como en los ensayos, mimetizada como en las obras dramáticas.

Toda una manera de aludir sin aludidos, de detallar sin descripciones, de reconocer sin anagnórisis. Nuestras existencias condensadas en esos libros finos, con pocas páginas, mucho espacio en blanco. Con las sílabas contadas, con los silencios ventilados, con una intensión necesariamente intensa para comunicar y para conocer y para identificar-nos.

Los libros finos, de lomos delgadísimos. Quién pudiera contar como los poetas.

Con una imagen de Shara Reid.

Preferiría no hacerlo

Nos dejamos llevar por la novedad. Atentos al último lanzamiento editorial, a lo recientísimo de las listas de Spotify, al estreno en cualquier plataforma de la película o de la serie de turno, tendemos a olvidar a todo lo demás o, al menos, a relegarlo de manera casi definitiva.

Yo también dejo ser acunado por los vientos de lo reciente, pero, el otro día, rescaté un libro que tenía pendiente desde hace lustros. Bartleby, el escribiente es un relato maravilloso escrito por Herman Melville  a mediados del siglo XIX.  Melville sorprende siempre por su modernidad. En este caso, Bartleby trabaja como pasante en el pequeño bufete de un abogado neoyorquino. Todo marcha a la perfección hasta que, ante un encargo de trabajo, el pasante dice: «Preferiría no hacerlo». Y esa es la frase que marca el devenir del relato, ante la incredulidad y estupefacción (no exenta de lástima) de su jefe.

Es inevitable que aflore en nosotros, desde la primera vez que escuchamos a Bartleby y a medida que se reafirma en su no-acción, la misma inquietud que tiene el abogado. Lo que ocurre es que, además, y de modo paralelo, van sobrevolando las teorías que lo justifican. A mí me llevaron desde el postulado de la resistencia pasiva a la antesala de la narrativa de Kafka.

Preferiría no hacerlo. 

En un mundo en el que estamos predispuestos a la acción y al sí, encandila que alguien se plante. No se trata de rebeldía. Se trata, más bien, de algo mucho más profundo (o de algo mucho más superficial, no sé, a veces pienso lo uno y a veces lo otro). 

El relato se lee muy rápidamente, aunque el poso no se olvida y traspasa los días. Dejo al lector que no haya leído a Melville con la duda de cuál será el futuro de Bartleby. 

Por mi parte, pienso en este trabajador, en este pasante atípico. Y en la de veces que he dicho que sí.

Imagen de Vakas.

 

Helena siente la vida a través de las pantallas y de las ficciones

Helena ha encendido la televisión, se ha desplazado por el menú de HBO y se ha inyectado en vena los tres últimos capítulos de la serie basada en el libro de Elena Ferrante. Ha seguido con pasión las peripecias de Elena y Raffaella. Ponerse delante de la pantalla no solamente se limita vivir toda esta historia, que le resulta apasionante, sino una manera de escribir, ella misma, con el poder de las imágenes las palabras que habitan en el corazón. A Helena le gusta compartir el nombre con Elena Greco y con ese misterio que ronda tras el seudónimo de Elena Ferrante. Y le gusta todavía que el suyo tenga una letra más, aunque sea muda. Desde luego, no es insignificante.

Son las siete y media de la tarde de un martes. Helena tiene una montaña de trabajo pendiente. Tareas y tareas acumuladas en esa trampa interminable de un trabajo que es presencial y virtual y eterno. Su casa es una extensión ya pública de lo privado, su cámara y el micro un hábito. Helena disfraza su hábitat con un fondo de pantalla luminoso, blanco, elegante, con un toque provisional. Entra ahora en una reunión de las que antes se programaba solamente por las mañanas y ahora brota a cualquier hora. Le han prometido que será corta. Se pone un jersey rojo con manga francesa que le aporta contraste con el fondo blanco y seguridad.

Helena intenta estar atenta, pero se distrae con facilidad. Ahora mismo, se fija en la manera compulsiva de mover la cabeza de Raquel, su compañera de proyecto. Antes ha intentado averiguar el simbolismo del cuadro de David, la persona encargada de las redes sociales. Helena siente envidia de los que están mirándola a ella porque miran a la cámara. Ella es incapaz de fijar sus ojos en ese pequeño agujerito y siempre tiene la mirada un poco más abajo, en el vaivén de la existencia de los demás, que le interesa poco, pero que hace que la espera hacia el final sea más amena.

La reunión, en efecto, ha acabado pronto. Después de treinta y cinco minutos de objetivos, proyectos y balances, Helena se refugia en un libro. Durante las vacaciones, su vida ha sido la de Pablo y Raluca en La buena suerte. La de Elvira Lindo con el corazón abierto hacia la historia familiar que es, de algún modo, la historia que rastrea el pasado de todos. La escapada de Nat a una vida en el campo que no es una huida, sino una aproximación en Un amor. El paseo por los infiernos Delparaíso y los misterios del antes y del después de las existencias que son explosiones en las que, a veces, desaparece todo menos uno —una misma, siente Helena—, como en Rewind.

Víctima de la ficción de la serie de HBO, Helena se sienta en el sofá blanco inmaculado, como el fondo del escritorio virtual. Solamente los visitantes más observadores notarán una mancha fruto de una merienda familiar apresurada. Ahora apresa con sus manos La vida mentirosa de los adultos para sentir la adolescencia en las carnes de Giovanna y conocer cuáles son los límites del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos, que vuelve después de más de un año. La imagen es un detalle de la portada de la última novela de Elena Ferrante.

Acelerando. Parando. Y es primavera en tu ciudad

El sábado ha ido avanzando y has ido serpenteando por un desayuno temprano, una película intermedia y una vuelta a un sueño irremediablemente ligero. Respiras con las páginas de Los chicos de la Nickel al que acompañas con un poquito de Wagner. Con cierta desgana, te levantas y te diriges a la cocina. Coges una cebolla, dos dientes de ajo, dos zanahorias medianas y un puerro que está en su última oportunidad. Los pones a fuego muy liviano con una gota de aceite mientras intentas acelerar como puedes la cocción de unos garbanzos que quieres incorporar al caldo. Marcas un poco de carne de morcillo y echas un chorrito de vino blanco. Cada cosa por separado y preparando el momento de ensamblar. Será una sopa.

Sales de casa y coges el coche porque no te queda otro remedio. Te diriges a una gran tienda de deportes. Compras una cámara nueva para la bici, un líquido para que los pinchazos no te dejen tirado y no evitas el impulso de elegir una camiseta para correr que se incorpore a esas prendas con las que cobras la libertad a cambio de un poquito de frío, de un poquito de viendo.

Llegas a casa. Acabas de preparar la comida apuntalando un poco de leche frita en el horno. 

El inicio de la tarde se diluye en un ensueño sin saber muy bien lo que dura ni para qué te ha servido. Lees la prensa. Recuperas los suplementos de libros y lees un par de críticas. Apuntas dos títulos. En las redes sociales, ves que Lucía y Cristina han sacado un libro de esas cosas a las que te dedicas. Tiene tan buena pinta que estás deseando pedirlo y que llegue muy pronto. 

Sigues una película en el iPad, pero te niegas a seguir. Es tan previsible, tan poco inquietante que te dan ganas de recuperar esos minutos preciosos que has invertido. No comprendes por qué te has empecinado en mantener la televisión de fondo mientras tanto. La apagas enfadado, aunque era un pecado del que solo tú eras culpable.

Rescatas un programa de Página Dos que tenías pendiente y apuntas otras dos ideas. Vuelves con Los chicos de la Nickel. Te queda poco menos de la mitad. Vas al ordenador y, aunque miras el correo y un par de mensajes en el foro, dices que hoy no, que lo sientes, que tienes que parar.

Miras por la ventana. La abres y notas que hace mucho frío fuera. Es primavera en Burgos.

Ahora piensas que tendrías que escribir un poco, que lo tienes muy abandonado y te regocijas porque estás escuchando Pandora’s Box. De Orchestral Manoeuvres In The Dark.

La imagen es de Parg.

Sobrehumano, inhumano o imposible

Es sobrehumano y se encuentra por encima de todos nosotros. Alcanza la temperatura de un dios y de un héroe. Enseña, escribe, aprende, vive, convive, dialoga, contesta, publica en series ilimitadas investigaciones que son buenas para el mundo. Llega a la última balda sin coger una banqueta. Pinta sin escalera. Cambia las bombillas sin deslumbrarse. No le hace falta apagar la luz para cambiar los interruptores que encienden todas sus vidas.

Es inhumano y se encuentra entre los abismos. Se lanzó una vez desde una colina sin darse cuenta de que no tenía parapente y cayó a plomo. Intenta multiplicarse y dividirse. Hace el pino para notar el suelo con más contundencia, con la crueldad del trapecista al que se le desacompasa el compañero y la vida y la columna vertebral. Practica la postura del loto y no llega ni a la mitad. Se agacha y recoge las migajas del tiempo perdido, del tiempo invertido sin poder revertir todo lo que intentó acumular con las manos abiertas y con los dedos resbalando por el agua.

Nuestro trabajo no es sobrehumano ni inhumano: es imposible. No se puede gestionar, enseñar, investigar, publicar. No tendría permitirse que perdiésemos nuestro tiempo, que no tuviésemos días ni horas ni minutos sin esa permanente sensación de culpabilidad. Miramos a lo alto y nos sentimos pequeños. Miramos desde lo alto y sentimos miedo. Y así. Así todos los putos días.

Reflexión sobre la impotencia que se siente ante nuestro trabajo con imagen de Paul B.

Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.

Profesores de 150 años

De manera casual, me he encontrado últimamente algunos mensajes en las redes sociales escritos por profesores que acaban de llegar a las aulas. No hace mucho que dejaron de ser ellos los alumnos y ahora han pasado al otro lado. Me refiero, claro, a todos los que están en las aulas por vocación y no por obligación.

Entre ellos, afortunadamente, es frecuente encontrar mensajes cargados de ilusiones mezcladas, por supuesto, con ciertas dosis de miedos e inquietudes, propios de quien se enfrenta por primera vez a esa experiencia y que resultan más que comprensibles. Saben que están llenos a partes iguales de sabiduría e ignorancia. Que les queda todo un camino por recorrer siendo conscientes —también— de todas las naves que les condujeron hasta aquí y que, a veces, es necesario quemar.

Sin embargo, reconozco que me llena de estupor leer mensajes cargados de insolencia y de menosprecio hacia quienes son los destinatarios de nuestras enseñanzas. Son mensajes recriminatorios en torno a todas las supuestas ignorancias de los alumnos. Por supuesto, estos neoprofesores están instalados en una presunta superioridad que no emana de una realidad, sino de una descompostura apabullante.

Cuando uno docente entra en el aula, ha de ser muy consciente de que se encuentra ante un conjunto de personas a las que tiene que formar tanto en su colectividad como en su individualidad. No hay mundos perfectos, sino contextos reales. No hay conocimientos ideales, sino circunstancias y situaciones concretas, a veces muy poderosas, a las que un profesor ha de hacer frente, pero no para criticarlas, sino para solucionarlas. No hay seres cargados o no de sabidurías, sino de personas con una capacidad muy elevada para aprender. En vez de manifestar críticas o poner cara de superioridad y de asco, un docente tiene que ir cargado de todas sus ilusiones, de toda su ciencia, de todo su entusiasmo, de toda su humildad y de toda su perseverancia. El proceso de enseñar no surge de la ciencia infusa, sino del contagio. El que comunica con desprecio contagia desprecio. El que comunica desde un pedestal o un púlpito no demuestra su autoridad, sino que se distancia de manera inexorable de aquellos a los que debería tener cerca. La enseñanza no es un campo de minas, sino una tierra que se siembra con proximidad, con humildad y con la sabiduría de quien sabe que no sabe casi nada y que es capaz de aprender mucho en ese proceso de contacto con sus estudiantes.

Hay profesores que llevan toda una vida en el aula y siguen con la ilusión (casi) intacta. El contacto humano con sus estudiantes los va enriqueciendo día a día. Me pongo muy triste, sin embargo, cuando descubro que hay profesores que llevan en el aula muy poco tiempo y parece que llevasen 150 años. Resabiados y malogrados, pesimistas, apocalípticos. Cuando un docente entra en el aula, tiene que respirar ese aire nuevo, remangarse y ser conscientes de que hoy, gracias a su trabajo, gracias a todos esos seres humanos que comparten ese espacio, empieza todo.

La imagen es de Id Aarno.

Historias de alumnos. Carta semipública para Antonio

Tal y como comentaba ayer, me apetecía, por un lado, felicitar a Nerea no tanto por cumplir 37 años como por aglutinar tantos sentimientos y experiencias y tener esa manera tan estupenda de expresarlos. Y, por otro, contestar a un mensaje de correo que me escribió Antonio.

Vaya por delante una cosa: me hace una grandísima ilusión que mis alumnos, actuales, antiguos y remotos, me escriban —en el formato que sea, por la vía que sea— para contarme cosas de ellos, de mí, de cosas pasadas y de las cosas que nos pasan ahora, de lo que piensan que va a pasar y que nos gusta o nos afecta o nos importa.

La casualidad hizo que, unos días atrás, recibiera un wasap de, Ángel, uno de los amigos y compañeros de clase de Antonio. Ángel ha pasado «al otro lado» y ahora es profe. Me hace muy feliz que seamos ahora colegas, filólogos y que coincidamos en reuniones, aunque sea virtuales, para cosas relacionadas con el mundo académico. Y, hace muy poco, Antonio me escribió un correo electrónico, del que voy a hablar (parcialmente, lo que se pueda) aquí y al que daré contestación privada y merecida.

Antes de nada, os convendría recordar quién es Antonio:

Historias de alumnos: el chico al que pilló desnudo la policía en una piscina de madrugada

Decía que había recibido un correo de Antonio. Me dice que ha venido escribiendo a familiares y amigos desde Navidad y que, ahora, me ha llegado el turno a mí. Desveló aquí, naturalmente, solo lo que puedo contar.

Su manera de empezar demuestra que me conoce bien:

Bueno, solo quería saludarte y preguntarte cómo estás, dónde pones las manos y en tu caso, más importante, dónde pones la cabeza.

Antonio sabe mi cuerpo va por un lado y mi cabeza por otro. O, lo más importante, que mi cabeza va a su bola, por mucho que tenga una mente cuadriculada en el sentido más estricto y que tienda a salirse por sus márgenes en su sentido más extravagante.

El correo es un repaso por el cine, por la literatura y por las cosas del presente más inmediato, ese que está a ras de suelo. Antonio es rebelde y díscolo y provocador y me suelta, así de primeras, que ha dejado de gustarle Blade Runner. Él sabe que ese es un golpe bajo, una noticia que solamente puede comunicarse cara a cara. Que esa película, para mí, condensa todas las películas, las vidas, nuestras vidas en todas sus versiones (las de la película, las de nuestras vidas). Pero yo no le voy a contestar que un día, cuando volvamos a coincidir ese cogollito de estrellas de esa clase mágica en la que estuvimos tantas horas, les invito a ver Blade Runner 2049 a todos ellos para convencer a Antonio de que el viaje por los replicantes, que quizás soy yo, que quizás es él, que quizás somos nosotros, sigue mereciendo la pena.

Eso sí, a renglón seguido, me comenta que sigue viendo cine y disfrutando. Quizás no hay nada más hermoso que te digan que he aportado una diminuta semilla para disfrutar un poco más de las ficciones. Antonio y casi todos los que pasaron por mis clases en bachillerato saben lo que es la ficción para mí, una cuestión de principios y de finales, pero nunca de tibiezas, nunca de términos medios. La única manera que tenemos de comprender el mundo o de incomprenderlo y rebelarnos. Una vez más.

Me dice que sigue leyendo a Lorca y que lo hace en voz alta. Que ha descubierto que los libros están hechos para leerlos así, en voz alta. Así, un libro se lee y se escucha y tiene eco. Yo voy a hacer una confesión aquí. Como me leerán pocos, así no se entera casi nadie: encantándome García Márquez, me costó mucho entrar por Cien años de soledad, no me preguntéis por que. Un día, dar clase me salvó (una vez más): leí un pasaje de la novela y las palabras empezaron a cobrar una forma, una sinuosidad y unas sugerencias en las que comprendí, a la vez que ellos, por primera vez, que estaba ante una obra maestra y no solo un nombre ilustre.

Dice Antonio que le gustaría leer más teatro, pero que no logra engancharle. El teatro, si es posible, hay que verlo y escucharlo. Recuerdo, sin embargo, ese maravilloso sucedáneo cuando íbamos repartiendo papeles para La vida es sueño o para Hamlet o para Tres sombreros de copa y la magia cobraba todo su sentido. Éramos nosotros y ellos. Nuestra vida era la suya y la suya la hacíamos nuestra, perdidos en prisiones, en destinos, en venganzas, en intrigas, en juegos de malabares en los que siempre se cae un sombrero.

Y acabo como acaba (casi) Antonio, para contaros lo que hace ahora:

Estoy recogiendo aceitunas en Jaén. Ahorita barriéndolas del suelo. Qué locura.

Qué locura, Antonio, qué locura. Recoger esas perlas, tan deliciosas, con tanto trabajo. Me gusta imaginarte con la espalda doblada, con esfuerzo. Lo mismo que me ha gustado recibir todas tus palabras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Tomás Hornos.

 
 

Historias de alumnos – Felices 37, Nerea

Historias de alumnos es una de las secciones que más quiero en este blog y una de la que más me inquietan. Tengo tantos alumnos y alumnas por incorporar, tantas cosas que contar, tantos detalles entreverados que insinuar, que, al final, es una sección que tengo siempre en la cabeza y que no llevo a estos papeles volantes.

Sé a ciencia cierta que algunos están esperando su «historia» porque he hablado con ellos, se la he prometido, pero tengo dos que van a ir por delante. Se trata de historias de alumnos de los que ya he contado, de los que ya he hablado.

Y hoy va dedicada a Nerea, de la que dije esto hace dos años (no seáis perezosos y dedicad unos minutos a su historia inicial):

Como adivináis en el título de la entrada de hoy, Nerea cumplió el otro día 37 años. La resta que tengo que hacer para calcular el momento en el que la conocí es cruel porque delata que soy ya mucho más viejo, pero también satisfactoria porque los años han pasado y sigo sabiendo mucho de su vida. Podría haberle mandado un escueto mensaje para felicitarla, pero he preferido hacer —hoy— esto.

En el fondo, la historia de hoy no la cuento yo. Si leéis la entrada que le dediqué, os podéis hacer una idea del aprecio que siento por ella. En el fondo, hoy quiero hablar un poco de ella a través de las historias que nos cuenta.

Muy frecuentemente, Nerea escribe en sus redes sociales. Yo la leo siempre con mucho interés porque me gusta mucho cómo cuenta las cosas. Nos va desvelando pequeños secretos, intimidades, anécdotas, anhelos y fracasos. Destacan especialmente los momentos en los que nos cuenta sus viajes.

Cuando leo a Nerea, siento un pequeño pozo de tristeza por lo que afecta a los sueños no cumplidos, pero también un gusto por la manera en la que ha sabido afrontar su vida. Y, por encima de todo, me quedo con esas lecciones positivas con las que interpreta su presente a partir de su pasado.

Sé que Nerea se lamenta por lo que no ha podido ser y suceder. Pero la veo en las fotos que cuelga de su familia, de sus amigos, del trabajo, las imágenes de esos lugares soñados a los que ha viajado y es fácil adivinar que Nerea es una persona valiente que sabe enfrentarse al día a día. Nunca hay que olvidar el pasado, pero siempre es deseable recorrerlo con los ojos nublados de futuro y proyectarlos luego a un presente al que, si se le pasa lista, cumple de sobras con los objetivos.

Ella no lo sabe (o no sé si lo sabe, la verdad), pero su manera de contar es precisamente eso: un repaso por los dolores, una base de sueños cumplidos y una mirada que siempre se proyecta en el horizonte. Todos somos conscientes de que, mirando al cielo, al mar, a la naturaleza, a una calle, a un edificio, o elevando la vista hacia un rascacielos, esa mirada es, también, una introspección sobre los rincones de nuestra vida, aquellos que nos han habitado y aquellos en los que viviremos. Leer lo que nos cuenta Nerea es tener la sensación de que es una persona en reflexión tensa y serena a la vez, pero siempre perpetua. Leer a Nerea, a veces, es ponerse triste para, de manera casi inmediata, sentir un halo de esperanza. Su manera de escribir, en el fondo, es como su manera de sonreír, siempre sugiriendo, siempre guardándose algo en la recámara.

Yo sé que Nerea me tiene aprecio, que considera valiosos los momentos en los que nos pudimos detener en clase haciendo de la reflexión y la lectura un momento para aprender, pero también para disfrutar. Lo que no sabe Nerea es que yo no tengo ningún mérito, que soy un impostor. Si algún pequeña minucia positiva he tenido como profesor, ha surgido de los momentos en los que me he limitado a ser un espejo. El espejo en el que ellos aprendieron a verse. A proyectarse.

Y así me encuentro hoy, muy feliz por seguir disfrutando de la vida de Nerea en imágenes y en palabras. Ella también ha aprendido en desdoblarse en espejos multicolores para que, con sus ventanas de ficción, nosotros sigamos viviendo nuestras vidas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto se la he robado a Nerea.