— Verba Volant

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

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Algo más tarde que de costumbre, empiezo con un vaso de agua fría. Luego voy pelando un kiwi demasiado maduro, demasiado alargado y aplanado. Mientras, tomo la medida justa de leche con la taza y la vierto en el cazo. Echo un poquito de leche también en el vaso que he terminado con una cucharada de chía. No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida. Mientras se calienta la leche, corto un panecillo (10 céntimos en el supermercado) que había sacado de madrugada del congelador e introduzco las mitades en el tostador. Dejo la leche un poquito más en el fuego mientras deslizo la margarina por cada cara del panecillo, echo la leche en la taza (de Astérix, con el lema «Mens sana in corpore sano») y remato la versión sana de las tostadas con un una cucharilla de mermelada. De melocotón, claro.

Como un pequeño cuenco de sopa de pollo con aire asiático que, sobre una base real, un día me inventé. Tienen esos noodles algo de cocina magrebí por una especia que no sé como se llama comprada en Marrakech. Una tortilla con muchas claras, que proceden de una negativa tajante a desperdiciar lo que sobraba de la crema pastelera hecha hace dos días. Tenía elegidos ya tres langostinos, pero decido saltarme todas las normas —soy un rebelde— y me como otros dos más embadurnados en salsa vinagreta. Tres croquetas de jamón realizadas a modo de prueba y con cierto éxito.

Quedaba una micra de roscón de reyes hecha en casa comido entre los días cuatro y cinco. Un poco de gaseosa. Un trocito de turrón de chocolate. Un trocito de turrón de yema. Cada vez me empalaga más. Un breve reposo para tomar una onza de chocolate con cacao casi en estado puro y Coca-Cola. Zero.

Una laminita de queso muy poco curado y bajo en grasa con un trocito de pan.

Y queda un cuarto de hora para acabar el día. Un cuenco minúsculo de ensalada. Un dedo y medio de tortilla de patata hecha ayer. Un plátano (me apetecería otra fruta, pero se están poniendo pochos). En honor a la verdad, es una banana. En honor a la verdad, una banana pocha. Y dejaré pasar un cuarto de hora para tomar un yogur griego natural.

No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida.

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Se me da mal acotar segmentos, lo reconozco.

Nunca he entendido por qué las líneas aparecen en el mapa delimitan una ciudad, una provincia, un país, un continente, qué se yo. Seguimos una raya para enarbolar banderas que convertimos en sentimientos, en identificaciones de lo que somos y (no sé si) de lo que queremos ser.

Me pasa lo mismo con las manecillas, en trance de desaparición, de esos relojes, que avanzan hasta un límite en el que se nos obliga a cambiar de día, de mes de año para arrancar las hojas, que ya casi no existen, de los calendarios. Seguimos esas hendiduras para marcar un devenir que inestabiliza nuestro presente para que los nostálgicos se queden en el pasado y los que necesitan olvidar confíen su suerte al futuro.

Como se me da mal acotar segmentos, no soy muy de enarbolar banderas ni de añorar el pasado ni de esperar demasiado del futuro. Ni de aspirar a conocer a ciencia cierta cuáles son los límites de las sucesos que los tienen.

Los límites existen, qué duda cabe. Si los estiras demasiado, se rompen. Si los encoges demasiado, se constriñen para no volver a ser lo que eran. Ojalá conociésemos y dominásemos la ductilidad de la resiliencia, ojalá.

Yo lo sé, sí. Asimos la vara de medir espacios, tiempos y personas, es un hecho. Nos sirve, quizás, para situarnos y saber dónde y cuándo estamos. Olvidamos, sin embargo, que nosotros actuamos, aunque sea solamente en pequeña medida, en nuestros espacios y en nuestros tiempos.

Por eso, me niego a confiar en la suerte de que 2021 sea mejor simplemente porque acotamos ese segmento mientras hacemos lo mismo, pensamos lo mismo, sentimos lo mismo. En algo, sin embargo, estamos de acuerdo. Me apunto a delimitar el segmento de 2020 y calificarlo de desgracia suprema, naufragio hacia los abismos. Una puta mierda, por acotarlo en tres palabras.

Imagen de Gatol Fotografía.

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Que sí, que la Navidad está sobrevalorada. Quizás la navidad no, no lo sé, tampoco lo he pensado mucho. Que ya sé que, a fuerza de sonreír, aunque sea un rictus y no felicidad auténtica, hay algo dentro de nuestro cerebro que desencadena un efecto que no sé cómo se llama. Un conocido mío, iluminado él, me decía que él se ponía un lapicero en la boca y lo mordía para subir las comisuras de los labios y funcionaba. Yo me quedaba maravillado escuchándole. No por lo del ejercicio de sonrisa felificera, no, sino por el convencimiento que tenía de que tenía que ser un lapicero. Luego le miré los dientes y lo entendí todo. Tenía unos dientes perfectos y esa sonrisa falsa/verdadera no se había estropeado porque hincaba los dientes en algo blandito, madera. Un estilográfo le ponía en la boca, no te jode, a ver de qué se alegraba, mordiendo por el rotringdelcerodos para obtener una muesca que no se le iba a quitar en su puñetera vida. Un rotulador edding550 sería una alternativa, para que el mordisco se le hiciese grande y toda la alegría de la huerta se le fuese regando con el chorrillo de saliva que le provocaría la boca abierta.

Que no, que no soy el Grinch, que pesados. Quizás no sea un christmaslover, pero soy propenso a que me dé un poco igual todo, imaginaos lo poco que me cuesta abstraerme de todo y de muchos. Y sí, no me gustan los villancicos, no me gustan. Y sí, me gustan algunas películas navideñas, mira por dónde. Que uno se contradice en lo que quiere o con lo que puede. Que me veo Solo en casa uno y dos siempre que se tercie. Que La jungla de cristal es uno de los motivos por los que vivo, señoras y señores, con John McClane redimiéndose con el mundo y, sobre todo, consigo mismo, conmigo mismo, con todo lo que se menea y a lo que no pega tiros. Y, en el colmo de los oxímoros, tengo a Love actually en el limbo. Me parece tan bonita y tan triste y tan decadente y tan empalagosa y tan tierna y tan cínica y tan… que la veo y la reveo para ir poniéndome en el lugar de muchos de sus personajes. Pero no voy a decir cuáles, pedazo de cotillas.

Y dejo para un párrafo aparte Qué bello es vivir. Que sí, que yo soy áspero para las relaciones personales y para mostrarme afectuoso y para ser el más majo del barrio. De todos esos cargos soy culpable. Pero la ficción es la ficción y me gustan esos cuentos con ogros capitalistas y príncipes con principios, me gusta que Búfalo no quiere dormir, no quiere dormir, no quiere dormir. Y los gimnasios con piscinas agazapadas por abajo. Y los albornoces que se enredan y los pomos de las escaleras que se desprenden (bueno, eso en la ficción, no podría aguantar eso en la vida real, me daría un soponcio, lo confieso). Y los discos y que se llamen con esos teléfonos que yo no he conocido pero mi padre sí. Y que los ángeles caigan del cielo porque no se han ganado las alas. Y las sorderas obtenidas en los lagos helados y los hermanos que triunfan y tú te quedas por el camino del negocio familiar para sacar todo adelante. Es todo tan ficticio, tan exagerado, tan imperfecto en su desarrollo y tan perfecto en sus finales que parece una filosofía de vida que no comparto y que, precisamente por eso, amo.

Felizqué, amigos y amigas, felizqué. No me veréis mandar una felicitación estandarizada por wasap, lo siento mucho. Y solo contesto aquellas que están personalizadas y añaden algo a lo que no sea una lista de contacto. Mandé ayer una felicitación ayer a una amiga que estaba cenando sola. Un abrazo a una familia a la que se le fue un pilar. Y otra a otro amigo al que quiero y aprecio por muchas razones y que es al único al que le felicito, por puro placer, el Año Nuevo.

Vivimos tiempos difíciles, quién lo duda. Tiempos con distancias que se agrandan y con abrazos que no llegan. ¿Y sabéis qué? Que yo también espero que llegue algo que nos reconforte. Pero nunca he pensado en que la Navidad fuese un tiempo para esto y para aquello. La navidad está hecha para ser un conjunto de días que se pasan con el tiempo. Como la juventud, como la vida y como la risa de ese conocido con el lapicero en la boca. Y, a modo de final: nunca he aguanto ver un edding550 mordido, con los colmillos ahí marcados para siempre. Pero siempre quedará el olor del napalm o de la tinta permanente que es así porque no se va nunca.

(Esto, hoy, va sin foto).

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Os voy a hablar de un día inmejorable, pero necesito, antes, un poco de contexto.

El prólogo

Si estuviera ante la angustiosa —imposible— necesidad de elegir a un poeta preferido, escogería a Ángel González. Lo descubrí, en esas casualidades maravillosas que nos ofrece la fortuna, ojeando una antología. Abrí el libro por una página cualquiera y empecé a leer eso de:

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
….

Y mi vida cambió para siempre. Pasé de un poema a otro, me compré la antología de Cátedra de sus poemas y llegué casi de inmediato a Palabra sobre palabra. Tengo un ejemplar firmado «A mi amigo Raúl», que es uno de mis tesoros más queridos, y vuelvo a él siempre porque, para mí, Ángel no desaparece nunca.

Un amanecer desde lo alto

Como ya he dicho hace poco, corro desde el amanecer para alcanzar muy pronto a las alturas bellas de mi ciudad. Y el viernes tocó llegar hasta el Castillo. Atravieso el puente Bessón y, por la calle Barrantes, y, ya siempre en cuesta, llego hasta el arco de Fernán González para empezar el tramo más duro. Hay unas escaleritas muy cortas y al lado una rampa. Elijo la rampa sabiendo que necesitaré de todos los impulsos. Luego arribo a un tramo de tierra en el que la cuesta viene marcada por unos troncos atravesados. Si das la zancada de uno en uno, te quedas corto. Si das la zancada de dos en dos, sabes que tienes que sufrir las consecuencias. Escojo la segunda opción. Apenas unos metros de falso alivio hasta alcanzar el final. Un kilómetro clavado desde mi casa.

Entre todas las inmensas posibilidades, me encamino hacia el Mirador, que ofrece una visión tan maravillosa de la ciudad que me obligo a pararme mucho más por la necesidad de belleza que por la necesidad de descansar.

El Mirador no son las alturas de Vetusta ni la Riesenrad de Viena

Cuando llego hasta el Mirador para contemplar la belleza de la ciudad, no puedo evitar acordarme de don Fermín de Pas, que sube a las alturas de Vetusta para contemplar con ansia depredadora todos los rincones de la ciudad. Tampoco puedo olvidarme de la noria de Viena y de Orson Welles como ese Harry Lime que contempla a los demás como insectos prescindibles. En mi caso, contemplar las alturas supone esa visión de conjunto que se desglosa después a través de los días, los meses, los años que he vivido en Burgos. Me sirve para hacerme partícipe, en su pequeñez, de una ciudad que suelo recorrer a tamaño real todos los días sin apreciar los detalles del conjunto.

Bajando para vivir

Subir es bajar, inevitablemente. Y bajo enredado por todas las callejuelas, todos los enredos y todos los misterios de una ciudad que despierta. Y enfilo el paseo de La Isla para hacer un largo espín de más de cuatrocientos metros de iba. Rodeo el árbol que, al final del paseo, está cerca del puente Malatos. Y hago una larga serie en progresión hasta volver a la rutina.

Disfrutar con gente grande

Por la tarde, tengo la suerte de ir a ver un partido de baloncesto después de meses y meses contemplando el deporte de mis amores por la televisión. Me acuerdo de todas las horas de entrenamiento que hice allí en ese lugar hace tantos años. De muchos de los tiros que fallé, de algún lanzamiento importante que anoté. Mientras veía a esos gigantes, me acordaba de cómo fui iniciándome en este deporte de gente grande siendo yo pequeño, de cómo tuve que aprender a defender y a defenderme, de cómo tuve que cambiar de cometido y de función.

Muy pronto me empecé a olvidar de mí porque el partido fue creciendo junto con esos gigantes de hoy y, después de unas cuantas dolorosas derrotas, lograron llegar al final y pelear y creer en que era posible. Y vencer. Me fui a casa con el intermedio de una caña y una ración de calamares.

Rompiéndome los tímpanos con el techno

Llegué a casa, me puse los auriculares para acabar el día con música techno. «Techno Prank» de Dubdogz.Ouça, «Freaks» de MC Dj K. Y «Scream Shout» de will.i.am & Britney Spears. Subo el volumen hasta que, con el orden rítmico, se ordenan, las ideas, y se mezclan y se reordenan. Y repito con otra versión de «Scream Shout», para percibir cada impulso, cada palabra.

Noche y braquicardia. Ayer y Ángel González

Da igual qué día sea. Cuando avanza la noche y ya todo es ayer, mi corazón entra en reposo. Durante bastantes minutos, entro en esta braquicardia que procede de ser deportista de fondo. El corazón ronda las 36 o 38 pulsaciones pase lo que pase.

Y, al despertar, me acuerdo de ayer. Era sábado, pero me ocurre todos los días de mi vida. Y me mimetizo con el poema:

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Así, siempre es ayer. La fotografía refleja ese momento sublime en el Mirador del Castillo.

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A mí me encantaría aprender a tocar el piano, es un instrumento que siempre me ha fascinado. Fui al conservatorio con esa ilusión a eso de los doce años, cuando era necesario hacer dos años de solfeo antes de tocar (en los dos sentidos del término) un instrumento.

Eran tiempos, claro, en los que para tocar un piano tenías que tener uno. Aunque no sea lo mismo, ahora existen teclados de precio moderado que sirven para hacer un apaño, pero, por aquel entonces, los pianos tenían un precio prohibitivo. Desde el momento de ingresar en el conservatorio, ya desconfiaba de las promesas de mi madre, que me aseguraba que tendría uno.

Cuando llegó el momento de tener que elegir el instrumento, mi madre me confesó que tendía que elegir otro, que de piano nanay. Y que la guitarra que tenía mi hermana por casa podría servirme. Ahora me doy cuenta de que hubiese podido optar por el violín, un instrumento exquisito que podría haber estado a nuestro alcance, pero cedí. La culpa no la tuvieron ni la profesora que tuve (que no me gustaba nada) ni la guitarra en sí, pero empecé a perder la ilusión por la música y me inclinaba más por ver Con ocho basta y otros programas infames en la televisión que por las semicorcheas y la clave de do.

Y ahora pienso, muchísimo tiempo después, que quizás no sea tarde para cumplir ese pequeño sueño. Y poder tocar el piano o, al menos, intentarlo.

La imagen es de Mischelle.

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No quería empezar así, que va, nada más lejos de mi intención. Tampoco quería comenzar el párrafo de esta manera, ni de broma. Puede que a alguien le interese el «carpe diem» porque tengan poso o porque sí o porque le dé por pensar en subirse a una silla como signo de protesta. Aunque luego esos que lo piensan se hayan doblegado a alguien o a algo, quién no lo ha hecho (doblegarse, no pensar en subirse en una silla: yo, de hecho, me he subido, pero no como alumno y no para cambiar una lámpara). Y, desgraciadamente, cada vez hay menos gente a la que le interese Blade Runner. Y tenéis que saber que, en ese caso, estáis muertos para mí, meros replicases de segunda (generación). (Blade Runner «la buena», aunque tengamos que hablar un día de ella, Dani, de la del 2049 con una marinera y unas cuantas cervezas, si has llegado hasta este párrafo intrigado).

Yo quería hablar de cosas mucho más prosaicas, de esas que se escuchan en la tele. Esta tarde, mientras posponía todas mis tareas, me dedicaba a ver un programa de televisión (grabado, para saltarme los anuncios, qué cuco yo) y he oído a alguien famoso y afable y simpático decir que lo que hay que hacer es vivir la vida y disfrutarla. Y yo he pensado que sí, que estamos de acuerdo. Que la eudamonía está ahí como meta para todos, que la cosa está en encontrar caminos.

Y sí. Y no. Porque pensaba yo, mientras sentía que el programa seguía circulando por mis ojos y mis oídos, que se trataría de eso, de vivir la vida y disfrutarla. Pero no sé vosotros, pero yo la vivo a un 47,43 % y la disfruto a un 29,85 % (siendo generosos). Que no es inconformismo, qué va. Que no es quejarse de vicio, qué va, aunque un poco sí. Que no sé lo que es esto que tenemos entre manos, tan corto, que no nos acaba de llenar. No sé si me explico, seguro que no. Pero vaya mierda de poso que, cuando queda cada vez más agua, más difícil es de evitar.

Y que ya sé que a lo mejor no es tanto esa visión demasiado exultante de vivir la vida y disfrutarla, sino algo con el foco más puesto en vivir y aprovechar el momento. Y ahí la hemos liado. Que aprovechar es algo muy difuso y con el que puede que no todos estemos de acuerdo. Pero, desde luego, no es sinónimo de disfrutar, no tiene por qué. Pero acabo/acabamos tan cansado/s de intentar aprovechar el momento en el sentido más práctico que no lo aprovecho, que no le saco sustancia ni sinsustancia. Ni accidentes. Que es un vacío que no sé dónde está, pero se respira y se huele y palpa. Y la boca te sabe mal cuando te despiertas, cuando duermes y cuando pasas por el día a día cojeando tus miserias.

Y eso, que me acuerdo mucho de Blade Runner y de ese anuncio luminoso de Coca-Cola con esa invitación al «Enjoy», en una ciudad y una civilización que se está muriendo, con invitaciones a marcharte muy lejos, a un quinto pino que está en el espacio exterior. Que es un espacio fuera de nuestra planeta, pero también externo, puede, a nosotros mismos. Y que, en algún momento, hay que meterse en un ascensor y esperar que se cierre la puerta para que acabe la película. Que es una puerta que abre a algún sitio que puede no ser el paraíso.

Aunque, ahora que lo pienso, llevo desde el mes de marzo sin montarme en un ascensor que me haga subir o bajar. Lo que tengo muy claro es que soy tan míseramente humano que no llego a replicante. A replicarme. A repicarme. Preferiría huir, qué duda cabe. Pero todavía tengo que rendir cuentas y protestar y poner los dedo sobre los párpados del Padre y apretar con toda la rabia que tengo no proviene de ser perecedero, sino de no encontrar la salida al laberinto. De vivir.

La imagen es de Dragan.

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Hay momentos en los que soy perfecto.

Estos momentos se producen siempre a primera hora de la mañana en los días que salgo a correr. Son trayectos a veces cortos, otras veces mucho más largos, pero siempre están en subida. Caliento en casa de forma intensa sabiendo lo que me espera. Salgo del portal y aprovecho para tirar el plástico en el contenedor. Miro hacia el reloj, aprieto y comienzo. Si tengo suerte, no tengo que pararme en los semáforos (la experiencia me ha enseñado a desentrañar y descubrir la frecuencia de los colores).

Me pongo a correr siempre con la intención de llevar un ritmo tranquilo y sigo al pie de la letra mis propósitos hasta que llega el momento de subir. Puede ser a través del minitrayecto que va desde mi casa hasta al Castillo Puede ser en el peregrinaje de devoción atlética que me lleva hasta la Cartuja de Miraflores. Puede ocurrir que tome la Cartuja como medio para llegar, atravesando arboledas, hasta Fuentes Blancas y suba para abrazar la tapia del monasterio por su lado opuesto.

En todos esos casos, empieza la cuesta y enciendo el ritmo. Voy pidiendo más y más a todo mi cuerpo, pongo mi corazón a prueba, mi respiración casi no da más de sí, pero no cedo. Alargo la zancada, intento ajustar la técnica, abro más las manos para ganar en impulso. Cuando quedan unos pocos metros, acelero todavía más. Y llego.

En esos momentos, casi siempre me encuentro solo con las primeras luces de la mañana y vislumbro esa mezcla maravillosa de naturaleza y arquitectura. Con la Catedral ofreciéndose, entre la niebla, solo para mí. Con la Cartuja construida solo para que yo la vea y la contemple y la disfrute.

Son momentos en los que sonrío brevemente y en los que soy auténticamente perfecto. Momentos en los que me he merecido cada brillo de luz, cada trozo de nube, cada destello de un sol que aparece tímido, cada copo de nieve que estreno.

Más tarde, toca descender. A veces a un ritmo vertiginoso, otras de forma más calmada. Y, después, todo lo que queda del día voy perdiendo perfecciones, voy cediendo poder en los detalles. A mediodía ya soy una persona normal. Y, cuando toca la hora de dormir, ya soy un pobre hombre intentando conciliar el sueño en medio de todas sus miserias.

A veces, sueño que me despierto y que me pongo a correr y que llega un día que asciendo y asciendo para no bajar jamás.

Esta entrada está ilustrada con fotografías que he sacado en los poquísimos momentos que me detengo para captar el momento y que no se me olvide todo lo que he vivido.

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Definitivamente, mi escritura está anquilosada. No fluyen el pensamiento en las palabras, las palabras vuelan tan alto que se me escapan o tan bajo que se meten en el fango. Días y días escribiendo borradores de una frase, de cuatro párrafos. Expresiones que no conducían a ninguna parte. 

Conozco parte del problema, pero ignoro todo lo que puede llevar a su resolución. Todo lo que en la cabeza parecía perfecto sale mal y no hay manera de seguir. ¿Dónde se quedó la fantasía, dónde la libertad para teclear y que fuesen emanando los sentidos? ¿Cómo narrar las ausencias, cómo todas las caídas?

Me lleva mucho tiempo comprender que no comprendo nada. Me agobia pensar que no podré volver a juntar unos sentimientos que ronden por ahí, atraparlos y hacerlos brotar en esta soledad acompañada.

Son las 19.24 de la tarde y escucho canciones tristes que me inspiren y no lo consigo. Desplazo una cortina y me encuentro con una calle casi vacía. Un coche avanza despacio. Una mujer lleva a su hijo pequeño en el cochecito. Pasan al menos tres minutos hasta que llega una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Son las 10:27 por la mañana y he pasado la noche durmiendo, con un interludio de un partido de tenis. El amanecer ha coincidido con una pieza de fruta, leche con cacao puro-impuro (mezclo el cacao puro con un pelón de cacao del malo para privar de una excesiva amargura), un panecillo abastecido de margarina y mermelada de melocotón. Acompaso la ingesta entre el frío de la mañana, que se acrecienta con la ventilación (siempre ventilo un poco más de lo necesario).

Después, he leído la prensa y un poco de novela, agazapado en el sofá entre las mantas. Luego, el «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma: «No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia».

Miro en el reloj la temperatura que hace fuera e intento el momento de salir a correr porque no quiero que el frío de la mañana se sincronice con el frío que siento por dentro. Me lanzo, por fin y el frío se mitiga gracias a un sol magnífico que va templando el alma. En un camino de ascensos y ascensos, el corazón se desboca y me siento cada vez más pleno. El descenso concluye hasta un paseo calmado que me hace retornar a casa.

Son las 12:24 y vuelvo a la calme con estiramientos, con música y con yoga. Voy al despacho, enciendo el ordenador y consulto unas referencias bibliográficas que no me dicen nada, olvidado su contexto. Avanzo a tientas y acabo por no llegar a ninguna parte.

Después de comer, intento calmar ese vacío con una película de hace mucho para recordar lo mucho que me ha gustado durante años Michelle Pfeiffer. Su belleza se mezcla con la bruma de un sueño profundo a veces, liviano otras, con el que voy rescatando parte del argumento y recupero esa tristeza de comprobar que, como otras dos veces ya en mi vida, Robert Redford muere en la misma película.

Paseo por la casa intentando evitar incursiones al frigorífico, tomo dosis quizás demasiado elevadas de Coca-Cola (Pero) y vuelvo al despacho.

Son las 18:54 y escucho canciones en francés. Hoy he trotado en un círculo vicioso que, no conduciendo a ninguna parte, me ha transportado a través de porciones de sentimientos para no descubrir que, más allá, no hay nada. Miro por la ventana. Veo a una señora mayor, que camina con mucha dificultad. Se para un par de segundos, se ajusta el abrigo y sigue su camino hacia quién sabe dónde.

Imagen de Etienne.

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Siempre hay un momento para la música y una canción para cada momento. Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, nosotros escogemos ni los momentos ni tampoco la música. Los mejores momentos musicales de mi vida no han sido nunca deliberados. Han surgido siempre de extraños azares, de casualidades que han generado, después, extrañas sensaciones de haber surgido por un motivo.

No me gusta renunciar a la música presente y, de hecho, mis ahoras están inundados de momentos mágicos regalados por artistas actuales, pero me encanta que, gracias a la reproducción aleatoria, afloren melodías del pasado. Lejos de producirme vergüenza, me siento muy feliz cuando se me aproxima una melodía ñoña que buscaba en la emisora de moda con fruición o cuando un éxito de radiofórmula que quedaba registrado en una cinta de casete con una etiqueta de mis favoritos y que iba pasando de mano en mano llega a mí a estas horas de la tarde.

Por eso, doy las gracias a esa reproducción aleatoria de Spotify porque, en versión de Javiera Mena, ha rescatado del naufragio «Yo no te pido la luna», que escuchaba a Fiordaliso cuando la adolescencia me llenaba de granos, de falsas seguridades y de intrigantes titubeos.

Es una canción malísima, facilona, nada depurada y lejos de todos los cánones estéticos admisibles. Pero me gusta pensar que, en la época pandémica de las distancias, quiera envolverme en tus brazos para no quede espacio entre tú y yo. Quiera ser confidente y conocerte por dentro. Quiera ser una locura que vibra y que corra en contra del viento para esperar todos los inviernos. Queriendo ser frágil y de papel, yo no te pido la luna.

Imagen de Thomas Hawk.

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