— Verba Volant

Me siento a escribir siempre con buenas ideas, que desaparecen como por arte de magia cuando pulso la primera tecla. En mi cabeza, discurro sobre la soledad y la compañía y me vienen avalanchas de palabras exactas, ajustadas a conceptos precisos, dispuestas en períodos sintácticos llenos de elegancia. Y expreso perfectamente mis sueños y mis anhelos y mis frustraciones y mis realidades.

Bueno, no mis realidades, que no existen. Solo son manifestaciones de algo mediatizado por una percepción que es una manera de ver el mundo. Ni mi realidad ni la realidad, sino algo que está a medias. A veces, cuando quiero contar algo, pienso en un cuadro que me gusta. Y creo que sería un buen recurso describirlo, ponerle lengua a algo que es visual. O, cuando quiero subrayar algo, me siento inclinado a ponerle manifestación escrita a unas notas musicales que me agradan, que me llenan la vida de una felicidad que, como la realidad, tampoco existe, como tampoco existe exactamente la tristeza.

Me siento a escribir y los dedos esperan a la cabeza y la cabeza a los dedos. Y pulso la tecla de retroceso como manifestación de una frustración pequeña. Y selecciono con el ratón oraciones, a veces, otras veces párrafos enteros para mandarlos a la basura, esa metáfora tan bien avenida de papelera que ya no recicla. Otras, más optimista, pulso la tecla de avance de párrafo y dejo en suspensión para más adelante una modificación que no haré nunca. Me siento a escribir sobre cientos de borradores adocenados, sobre miles de notitas olvidadas en alguna parte que no se manifiesta.

Y las realidades, la felicidad y la tristeza ni siquiera llega a la ficción, llena de buenas intenciones, pero ninguna explosión, ningún movimiento tectónico. Ninguna réplica.

La imagen es de Julio César Cerletti .

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Guardo un retrato que me hicieron hace unos años. He ido al cajón de las cosas inútiles para buscar una fotografía, la única que conservo, además de las que están incorporadas a diferentes carnés con identificaciones, permisos y más zarandajas tan prescindibles para mí ahora. También me he topado con eso que llamábamos dinero de plástico y he esbozado una sonrisa.

Es una fotografía realizada en un parque público. Yo estoy de pie, vestido adecuadamente, con un pantalón limpio, una camisa blanca, inmaculada y sin ninguna arruga. Todavía llevaba gafas (ahora mi vida es un poco más difusa). Me apoyo un árbol y esbozo una media sonrisa. El fotógrafo, recuerdo, me logró sacar este aditamento gestual tan impropio de mi naturaleza.

Ver el retrato y contemplar un cielo que era siempre azul, aunque lloviese, aunque tronara, me ha hecho caer en la cuenta de que, en algún lugar, tiene que haber una máquina de retratar. Me paso horas buscando por todos los rincones, hasta que la encuentro. Es muy antigua, me pregunto si funciona. Intento ponerla en marcha y sí, oigo ese sonidito mágico.

Ahora me paso el día retratándome. Pongo la mano en el ángulo perfecto y ensayo planos cenitales y americanos y primerísimos primeros planos. Todo lo que da de sí mi brazo, hasta que busco apoyos para jugar más con los ángulos y las posturas. Me emborracho de mí mismo en un acto de vacío endiosamiento. Cuando se me acaba un carrete que no puedo revelar, disparo imaginándome un resultado que no sucederá. Y sonrío mucho, me río, suelto carcajadas, llenas de una felicidad inmensa. Procede de la angustia sublime de que nadie me volverá a ver reír.

(Quinta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa). 

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Desde ayer, todo ha resultado fácil y contradictorio. Fue realizando una búsqueda desesperada por todos los bártulos acumulados y he descubierto un extraño artefacto. Siguiendo la lógica de un cable que acababa en una cosa con dos salientes, he conectado eso a un artilugio que estaba en la pared. Y he descubierto otro mundo.

Accionando botones, he ido viendo otros lugares distintos a mi pequeño habitáculo. Me he pasado horas y horas mirando a personas contando sucesos que me transmitían miedo. Seres casi fantásticos, fantasmas casi, saliendo de casas con gente enferma. Conexión con hospitales de campaña. Militares y policía patrullando las calles. Cada acción con el botón me transportaba a otro infierno, hasta que llegado a unas imágenes extrañas, que carecían de color. Un señor tenía pasaportes. Otro señor tocaba un piano. Una señora llevaba un sombrero que le tapaba parte de su bello rostro. Había policías y militares también, pero parecía una historia de perdedores que no finalizaba en fracaso. He oído algo de que ellos vestían de gris y tú vestías de azul. He sonreído porque he descubierto otro universo en el que me quedaría para siempre.

(Cuarta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa).

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Hoy estaba profundamente dormido, agotado de mi escalada de ayer, cuando me ha parecido escuchar una melodía. Ya completamente despierto, aguzando todos los sentidos, me he incorporado y, definitivamente, la canción estaba en mi cabeza. Hacía mucho que no la oía, siglos parece que ocurrieron aquellos momentos de bailes en las verbenas, cuando bailar era un hecho natural para expresarse, para sacar todo lo que llevaba dentro. ¡Le daba tan poca importancia a todo lo que acontecía de manera normal!

Las palabras de la canción se me amontonaban en la cabeza y aparecían dispersas. Trataba sobre perdidas y soledades, de noches y miedos al silencio, de recuerdos, de sueños rotos en pedazos, de magia que se desvanece. De un enemigo que habita en mí mismo y de una nostalgia que apuñala. Entonces, lo he visto más claro: de que reconoceré mi voz cuando me amenace la locura.

Y sí, noto que mi cabeza ronda palabras que son sentimientos y sentimientos que se vuelven contra mí, de modo cruel y paulatino. He pensado que necesitaba ayuda y no sabía dónde buscarla. Al final, he acudido a un sitio recóndito de mi hábitat, ese donde habitan las figuras mágicas. En ellas, tengo el orden y la geometría, pero también las curvas de la volubilidad. Me he detenido delante de ellas y, por primera vez en la vida, me he arrodillado venerando símbolos de todo aquello de lo quiero escapar.

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Hoy he podido escapar. He respirado hondo, he abierto a machetazos brozas y brozas de vegetación y, detrás, he encontrado una puerta. Estaba cerrada con llave, maldita sea. Me he acordado de un mensaje que recibí hace tiempo, cuando tenía teléfono móvil antes de quedarme en la indigencia tecnológica. «Las vasijas no sirven solo para guardar el vino». Recordé eso, que hace unos meses, en unos enseres encontrados junto a mi recibidor (un amigo pedante lo llamaría hall), había un cuenco de barro en el que alguien había realizado unos dibujos geométricos parecidos a cruces gamadas. Allí había una llave solitaria, que nunca supe para que servía.

Di media vuelta, recorrí de nuevo todo el camino. Me llevó casi medio día regresar con el preciado trofeo en la mano. Giré la cerradura, que parecía casi inutilizada. Pero insistí, puse toda mi fuerza en el giro y se escuchó la música mágica que hace «clic» y con la que comienza todo.

Me había puesto ropa cómoda para la excursión. El pantalón corto y la camiseta sin mangas me provocaron muchas rozaduras y heridas, pero no me importo. Me esperaba una montaña escalonada. Era muy corta, pero suficiente.

Comencé el ascenso y, demasiado pronto, llegué a la cima, tras la que una niebla persistente me impedía ver más allá. Cansado de no cansarme, volví a bajar por la ladera y, a partir de entonces, fui emprendiendo subidas y bajadas de las maneras más estrambóticas. Saltando con dos pies, haciendo sentadillas, alargando cada pie con pasos ascendentes y largos, a pasitos cortos y veloces. Lo que al principio era pura rutina, al cabo de poco tiempo, me hizo sudar. La niebla se fue atemperando y empecé a ver una luz parecida a esas que un alcalde de cierta ciudad recóndita en el noroeste llamaba «leds», pero no eran millones. Eran cuatro.

Después de llegar y llegar y llegar y llegar, vi que no avanzaba. Estuve a punto de lanzarme al precipicio, como intentó una vez Robinson Crusoe, pero un exceso de prudencia me hizo volver. La puerta estaba entornada. Cogí la llave que había dejado en el bolsillo interior del pantalón corto. Y me volví a encerrar, como si fuera estuviese un enemigo al que no supe identificar. Todavía.

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Empiezo a escribir mi aventura.

Llevo unos días explorando ya y he llegado varias veces a las cataratas. Me ha costado mucho, lo reconozco, he tenido que recorrer metros y metros de parqué, cruzar quicios de las puertas, sobrepasar los límites de un espacio que implosiona e impresiona a medida que lo atraviesas de forma repetida.

Cuando llego, todavía no se escucha el agua. Hay un mecanismo mágico que acciona el caudal de agua que, una vez desprovisto de mi traje de camuflaje, resbala sobre mi cabeza. He corrido el riesgo de que llegasen los cocodrilos, a los que veía a lo lejos, en el borde. Luego uno se ha ido deslizando con elegancia y sigilo. Me he muerto de miedo. Entonces, de forma rápida, el caudal ha cesado. Me he secado con algo que tenía a mano.

Ya con el traje de faena, han llegado las ocho de la tarde. Un sonido se ha escuchado más allá de los árboles, parecía gente aplaudiendo, pero yo no veía nada a través de la lluvia transparente que ha empezado a surgir tras mis cortinas. Estando aquí, solo, reconozco que me han entrado ganas de llorar

Estas entradas, claro está, tienen un evidente referente literario, cuya lectura me impresionó cuando era casi un niño. Nunca pensé que me iba a ocurrir a mí.

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Sucedió hace casi una semana ya. Me enteré de la muerte de Carlos Alonso a través de las redes sociales de un modo tristemente progresivo: primero, vi el perfil de la Policía Local de Burgos con un crespón negro. Después, leí mencionado un nombre, Carlos, sin dar más detalles. ¿Cuántos policías locales podían llamarse Carlos? Más adelante, un detalle significativo me hizo temer lo peor: hablaron de la sonrisa de Carlos. Y un poco más tarde, llegó el dato contundente: su vinculación con el mundo del baloncesto.

De este modo me enteré de que Carlos había muerto. En ese estado de confusión y abatimiento, pensé en la última vez que le vi, que es una historia que se cuenta en tres vueltas.

Primera vuelta

Fue el día 19 de diciembre pasado, en el cross del Crucero. Como era frecuente, él era uno de los policías locales encargados de vigilar el recorrido de la prueba, que tenía tres vueltas.

Y allí, mientras corría la primera vuelta, del cross del Crucero, vi a Carlos por primera. Nos saludamos con la mano, dijimos cuatro palabras y, sobre todo, sonreímos.

No hay característica que definiese mejor a Carlos que su sonrisa. Conocí a Carlos, primero, jugando mil y una veces al baloncesto en el patio de El Molinillo, de los jesuitas, que fue durante unos cuantos años embrión espontáneo de vocaciones deportivas y de buenas relaciones humanas. Después, fuimos compañeros en el Gromber, equipo de baloncesto de tercera división (el equivalente aproximado de la actual liga EBA, para entendernos). Tuvimos ocasión de conocernos bien, de charlar largo y tendido. Y de reírnos. Porque Carlos se reía de todo y con todos. Carlos tenía una risa contagiosa para manifestar su alegría y sus penas, de las que siempre sacaba su lado más positivo.

Segunda vuelta

Estaba yo a puntito de llegar a la segunda vuelta y dio la casualidad de que Carlos estaba de espaldas en ese momento. Pero, como por arte de magia, miró de reojo, se giró y me dijo: «Joder, Raúl, qué fino te has quedado, macho». Yo iba con la respiración a mil y le dije alguna tontería con la que, una vez más, nos volvimos a reír.

Con Carlos no experimentabas solamente un momento de risas y sonrisas, sino que te hacía sentirte bien. Después de muchos años de jugar al baloncesto y de vernos de manera rápida y casi fortuita, coincidimos en un gimnasio, en el que ambos hacíamos spinning. Como el trabajaba por turnos, a veces aprovechaba los momentos que tenía por la mañana para darle a los pedales. Y, en los momentos previos a la clase y, después, en la salida y en los vestuarios, retomábamos nuestras conversaciones uniendo lo que ocurrió hace mil años y lo que nos había sucedido antes de ayer por la tarde.

Esos ratitos de charla distendida sobre asuntos ligeros, pero también sobre algunas cosas más personales, ligadas al hoy o al ayer, me reconciliaban con el mundo. Yo, que tiendo a envenenarme por dentro, admiraba mucho esa manera de estar en el mundo, liviano y firme, sometido a la levitación con las más rotundas consecuencias.

Tercera vuelta

En el Cross, estaba ya con ganas de terminar. ¡Qué duro se estaba haciendo el recorrido, cuesta tras cuesta! Llegué a la tercera vuelta. No había mucha gente alrededor esta vez…

Después de no coincidir durante mucho tiempo en el gimnasio, me encontraba con cierta frecuencia a Carlos. Como he dicho, muchas veces en las carreras. Pero también en otras ocasiones, mientras él hacia la ronda a pie con su inseparable Jose Antón. Algunas veces, si la cosa estaba tranquila, podíamos intercambiar unos minutitos en los que resumíamos todo lo que nos sucedía. Era un ponerse al día en cuatro patadas, en brincos de actualidad sobre nuestro presente, aunque es cierto que muchas veces salía la chispa del pasado, con anécdotas que, compartidas, eran todavía más sugerentes y deliciosas. Nunca te despedías de Carlos sin que te diese la sensación de que había merecido la pena cada momento pasado con él.

Como digo, estaba completando ya la vuelta, la tercera. Vi a Carlos y, cuando estuvimos uno a la altura del otro, nos moríamos de risa. Era gracioso ese carrusel del recorrido, con él como eje sobre el que yo corría, ya con muchas ganas de acabar, como decía más arriba.

Nos vimos, nos dijimos esas gracias que nos gastábamos siempre y yo le dije: «Bueno, Carlos, nos vemos en la siguiente».

Y ahora, cuando han pasado unos días, cuando ha pasado ese tiempo de despedida inminente (los antiguos compañeros de baloncesto andábamos por las afueras del tanatorio como almas en pena hasta que, poco a poco, fuimos encontrándonos y dándonos un abrazo), cuando recuerdo las preciosas palabras de su hija, no puedo dejar de imaginarme a Carlos con su risa, con su manera de contemplar el mundo. Aunque ya no vuelva a coincidir con él en ninguna vuelta. De la vida, de una carrera.

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Alguien ha escrito en Twitter una frase que me ha gustado y lo he comentado por ahí. Otro (alguien) me ha dicho que era de Antonio Porchia, que lo ponía en el tuit. Y me ha dicho que tendría que leer a Antonio Porchia, así en general. Yo he dicho que no conocía a Porchia y, acto seguido, otra persona me ha recriminado que no lo conociese. Y otra persona más, que estaba totalmente de acuerdo con las otras, me ha dicho que tendría que leer Voces. Y yo les he dicho que no leo Voces, pero las oigo. Constantemente, entre las paredes del cráneo y que iban y venían en continuo vaivén de hemisferio-plaf en hemisferio-plof.

Se ha sumado otra persona, que ha dicho que menos coñas. Que las Voces de Porchia se leen o se escuchan, pero uno no puede limitarse a oírlas. Yo no he dicho nada, pero he pensado que, cuando se oye para dentro, acabas escuchando esos y otros sonidos y lees en braille en los pliegues de esa nuez un poco grande llamada cerebro.

Cuando tenía ante mí a dieciocho personas dándome lecciones, veía a lo lejos que se aproximaban más y más. Y, entonces, me he acordado de las Voces que oigo en Twitter.

«Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada»

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