— Verba Volant

Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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Escribo esta segunda entrada sobre libros siguiendo el reto de «Siete días de libros» y lo hago subrayando que, en los días sucesivos, la elección no tiene ningún orden de preferencia.

Lo hago sobre un libro que me fascina: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No llegué a la historia por primera vez a través del papel, sino gracias a una reposición de la serie de RTVE dirigida por Pedro Amalio López y protagonizada por el gran Pepe Martín. Tenía 12 años, pasaba parte de los veranos en Madrid y, después de comer y esperando que llegase la hora de bajar a la piscina, me tumbaba en el suelo de la salita y quedaba totalmente absorbido por esta historia de traiciones e injusticia, de venganzas y salvaciones. Llegaron luego, casi simultáneamente aquellas versiones en viñetas de las «Joyas literarias juveniles», que adaptaban textos literarios en formato cómic, que no sirvieron nunca para disuadirme de leer los textos originales sino, antes bien, me dieron magníficas ideas para elegir las historias que me gustaban.

No recuerdo la primera vez que leí el texto original de Dumas. Tendría, probablemente, unos 15 o 16 años. Conocía bien la historia, pero quedé prendado por el ritmo vertiginoso (pese a los dos grandes tomos) que tenía el autor francés para narrarla. Mi parte preferida ha sido siempre la de la fuga del Castillo de If, esos momentos de aprendizaje y preparación que convierten a Edmundo en un auténtico sabio, casi un superhombre. La primera vez, también me gustaba mucho la parte de la venganza metódica, casi cartesiana, pero en sucesivas lecturas he acabado el libro disfrutando más de la primera parte que de la segunda, aunque me agraden mucho las dos. La segunda vez que volví al libro tendría ya unos 30 años. Había comprado una nueva edición cuando era socio del Círculo de Lectores. Abrí el libro y comencé mi relectura en sábado por la mañana y, atrapado de nuevo por la historia, no abandoné la lectura (a excepción de las necesidades vitales imperiosas) hasta que me lo acabé. Tenía miedo de que se tratase de uno de esos libros a los que se vuelve pasados los años y decepciona, pero no lo hizo de ningún modo. Antes bien, me hizo fortalecer algunas intuiciones juveniles y me encandiló con otros muchos aspectos nuevos. Volví a él hace poco, unos dos o tres años y seguí padeciendo y disfrutando de estas aventuras narradas por Dumas y sus colaboradores.

Tener esta oportunidad para hablar espontáneamente de libros me ayuda a comprender algunas cosas. Yo, que creía que tenía un poso vengativo y justiciero, creo que me dejo llevar mucho más por las historias de conocimiento y de liberación. De hecho, me gusta muchísimo el proceso que sigue Alejandro para romper con esa traición inicial y cómo salva su vida gracias a su inteligencia, a su previsión, a su preparación. Me gusta mucho más el Edmundo hombre que se enfrenta al mundo y se libera que el Edmundo-dios que quiere restablecer y compensar un mundo con pesos y balanzas que ya no tienen mucho sentido más que el poético.

Para este segundo libro del reto, he elegido la historia del conde Montecristo, pero he estado a punto de cambiarla varias veces dudando entre dos libros, así que haré referencia a ellos. Son los dos también libros de aventuras. Se trata de El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, y de Scaramouche, de Rafael Sabatini. Me doy cuenta de que, como en el caso anterior, son historias vividas antes en las pantallas que en los libros. Otro denominador común entre ambas es que, en esas películas, el protagonista es Stewart Granger, un actor que siempre me ha fascinado y al que tengo que dedicar una entrada un día de estos, porque su nombre me remite también a otro gran libro, Las minas del rey Salomón y a una historia de contrabandistas, Moonfleet, que es una de mis películas preferidas.

¿Qué decir de El prisionero de Zenda? El que no haya leído esta novela, haría muy bien en abandonar la lectura de este mísero blog y empaparse de una historia que figura en torno a la figura del doble, de ese haz y envés de nosotros mismos en los que se refleja lo mejor y lo peor. Gracias a él y a las circunstancias, vivimos lo que no queremos, anhelamos lo que nunca pudimos alcanzar y adquirimos un sentido del deber que nos es ajeno, aunque nuestra vida esté constantemente en peligro.

Y, con Scaramouche, pasa lo mismo. En este caso, es muy aconsejable leer el libro y ver la película (o viceversa) para apreciar las diferencias entre ambos. Tenemos aquí, también, una historia de venganza, de nobles y lacayos, de huidas y teatro… y de cómo entre peleas de espadas uno se enfrenta a algo más que a su enemigo.

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En una red social, me han propuesto el reto de participar en una cadena para hablar de siete libros en siete días y proponer a otra persona que participe en esta cadena a raíz de cada libro del que hable. ¿Cómo decir que no a un reto como este, cuando leer se encuentra en el centro mismo de mi manera de vivir?

Le he dado alguna vuelta al asunto y me ha parecido adecuado ampliar en una entrada del blog algunos detalles relacionados con el libro que escojo cada día. Entre otras cosas, porque en las redes sociales cada vez soy más conciso y menos participativo. Ahí solo anoto y apunto y aquí daré algo más de extensión y de justificaciones.

Cualquier reto en el que haya que escoger siete libros se anticipa ya como un desafío imposible. En su propia imposibilidad, lo haré factible gracias a ciertas dosis reducción y (también) gracias a alguna trampa, que veréis en su momento.

Pero me resulta muy sencillo escribir el primero de la lista: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Proust llegó a mi vida cuando estudiaba cuarto de Filología Hispánica en Valladolid y se instaló en ella para siempre. Hay un hueco siempre dentro de mí para la Recherche. Aún recuerdo cuando comencé la lectura del libro en la traducción de Alianza, realizada por Pedro Salinas. Quedé inmediatamente enamorado y embelesado por una manera de contar, que era la que a mí más me gustaba de entre todas las posibles. Esa sintaxis alambicada y alargada, ese devaneo con las palabras que no es vacío sino, que en sí mismo, completa un mundo y una manera de enfrentarse a él.

Al año siguiente, allá por mi cumpleaños, recibí un regalo inesperado: se trataba de la obra completa de Proust (como sabéis, es una obra compuesta por siete novelas) en francés. La vida me enseñaría, poco después, muchas cosas sobre tiempos recuperados y tiempos perdidos. Yo no había acabado de leer todavía la obra en español, pero la lectura de la Recherche en francés supuso para mí una conmoción y un obsequio para cada uno de los sentidos hasta llegar al intelecto de una forma vaporosa, oxigenada, perfecta.

La manera de concebir el tiempo y, sobre todo, la manera de integrar el tiempo en la vida real y en nuestro sentido existencial supone uno de los mayores logros de la obra. Esa vida dilatada en mil detalles y matices, que parece perdida para siempre, es recuperada por el sentido y el tiempo de la escritura. Nunca perder el tiempo fue una manera tan estupenda de ganarlo. Nunca perderse en el detalle supuso una manera tan excelsa de encontrarlo.

Me maravilla ahora comprobar que, cuando escribo estas líneas, soy mayor que Proust. El novelista francés murió a los 51 años y, sin embargo, aquí estoy yo, incapaz de perder el tiempo y recuperarlo. Menos mal que lo atrapo de vez en cuando gracias a su prosa.

Hace falta que no vuelvo a Proust leyéndolo de parte a parte. Decididamente, tengo que buscar todo un verano para recuperar el tiempo.

La imagen que ilustra la entrada es la última página del último tomo de la obra. Demuestra de forma muy gráfica que, para hablar del tiempo y de la vida, hay que hacerlo corrigiendo mil y un matices. La vida no admite tachones y añadidos. La escritura, afortunadamente, sí.

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Como creo haber comentado ya en esta serie, queun año (hace muchos ya) un compañero de instituto y yo fuimos de excursión a París con un grupo de alumnos de 2.º de bachillerato. Fue un viaje fantástico, que nació en los dulces momentos en los que se podía viajar a la ciudad francesa desde Burgos en un tren directo nocturno. Te metías en la cama y despertabas en París. También eran los dulces momentos en los que la estación de trenes de mi ciudad estaba en el centro de la ciudad y no en el quinto pino. Ahora los viajes en tren en Burgos, desgraciadamente, se han reducido a la mínima expresión. Cuesta llegar a esa nueva estación, ultramoderna y ultravacía, que ya no es lugar de tránsito hacia un sueño sino lugar de éxodo o de huida.

He visitado tantas veces París que ya me es difícil contar las ocasiones en las que he podido disfrutar de la que fue durante muchos años mi ciudad preferida, sin lugar a dudas (y que ahora tiene, quizás, una competidora de necesaria consideración). Si exceptuamos el maravilloso verano en el que estuve allí recogiendo datos e investigando para la tesis doctoral, siempre he visitado la ciudad con gente nueva. Esto tiene un lado de negativo, el de tener que girar casi siempre sobre los mismos lugares, siempre inexcusables, siempre imprescindibles, pero tiene un ángulo maravilloso: he colaborado también a que muchos ojos nuevos descubriesen esta ciudad.

Con este grupo de alumnos, concebimos el viaje como una oportunidad para aprender, pero también para ganar en autonomía personal. Había alumnos que no se habían desenvuelto nunca por sí mismos en una ciudad grande, y menos en el extranjero, así que todos los días comenzábamos con la misma rutina. Quedábamos en el vestíbulo del hotel y explicábamos brevemente el plan de la jornada. Acto seguido, pasaba a dos personas la guía (esa que un imbécil extravió), cogíamos el plano, les daba algunas explicaciones y les pedía que nos llevasen en metro al lugar desde el que iniciaríamos nuestro recorrido. Todos los días trazábamos un camino que pudiésemos realizar andando, que es la mejor forma de disfrutar de una ciudad. Y esas dos personas nos conducían hasta la estación de metro, nos señalaban las bifurcaciones y los transbordos hasta llegar a nuestro destino.

Ese día, tocaba Nôtre Dame. Nunca he llevado a nadie a conocer la catedral de París para que la contemple desde la explanada en la que se ven de frente las torres. Creo que fue un error urbanístico abrir ese espacio tan grande, que priva al monumento gótico de su necesaria verticalidad. Por eso, ese día, como siempre, bajamos del metro en una estación en la que se llega a Nôtre Dame por un lateral. Y siempre me callo el descubrimiento hasta que el visitante nuevo, que no sabe que la tiene justo al lado, alza la vista y contempla la maravilla. No ven la catedral, sino que la descubren.

Esta ocasión la visita a la catedral era diferente. Como se trataba de un grupo numeroso, madrugamos para poder subir a las torres pronto y no esperar mucho en las largas colas de ascenso al paraíso. Al poco tiempo, se presentó un inconveniente. Esmeralda, una de las alumnas, decía que no subía. «Que no, que no subo allí arriba, que tengo vértigo. Que me dan miedo las alturas. Que no subo». Esmeralda era una chica extraordinaria, siempre con una sonrisa amable en la boca, llena de dulzura. Pero el terror a las alturas la ofuscaba. Estuvimos un buen rato parados fuera de la cola intentando aportar razones, pero hay poco que hacer cuando las razones se chocan con un miedo visceral.

En mi fuero interno, contemplé seriamente la posibilidad de quedarme con ella dando una vuelta por las horizontalidades mientras sus compañeros disfrutaban de las verticalidades, pero una de sus amigas se acercó a Esmeralda, apretó su mano y dijo: «¿Confías en nosotras? Cierra los ojos mientras subimos las escaleras». Esmeralda, tras pensárselo una y dos y tres veces, aceptó de forma tímida y timorata. Escoltada por sus dos compañeras a las que estrechaba las manos con nerviosismo extremo, fue ascendiendo por las escaleras. Yo iba detrás. El camino fue largo, con muchas paradas en escalones que hicieron de campo base en ese ascenso. Esmeralda lloraba y sonreía nerviosa, pero avanzaba gracias a las palabras de ánimo de sus amigas. Cada tropiezo era un centímetro ganado al miedo.

Llegamos al último tramo de la escalera, la llevamos hacia el lugar perfecto. Esmeralda todavía estaba alterada, pero se empezó a calmar. Su amiga Florence le dijo: «Ahora abre los ojos». Y así fue como Esmeralda, gracias a sus amigas, estuvo, por primera vez, más cerca del cielo, con París a sus pies.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

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Tengo tantas cosas que escribir… Empezaría por la impresión que me ha causado la versión que ha realizado Pablo Auladell en cómic de El paraíso perdido de Milton. He paladeado cada viñeta, disfrutado con cada dibujo y con cada sombra.

Durante estas últimas semanas, de forma casual, muchas de los libros que he leído, muchas de las películas y series que he visto trataban, de algún modo, sobre la muerte. Y sobre la memoria. Y sobre el recuerdo. Escribo hoy precisamente de esto, un día doloroso con una muerte acaecida hace 41 años. De algún modo, marcó mi vida.

Acabé ayer Ordesa, de Manuel Vilas, que habla, claro, de la muerte y del recuerdo. De lo que perdura y de lo que fallece. De lo que es polvo y se convierte en polvo y de lo que no era polvo y en polvo lo convertimos. Me siento identificado en muchas cosas con Vilas, con su forma de ir y de volver sobre lo mismo, que es lo distinto. Con el hondo sufrimiento de vivir y el dolor como «intensificación de la conciencia». Y, como Vilas, noto cómo se fue hundiendo la vida con la muerte de mis seres queridos. Sobre todo con esa muerte tan temprana, tan poco prevista, tan injusta. Cuando yo tenía solo 12 años y tendría que haber sido feliz. Pero, desde entones, he contemplado la vida con cierta distancia, como si ella y yo tuviésemos una relación tortuosa porque yo no me fiase mucho de ella. El personaje de Ordesa no acude nunca a los entierros. Yo los evito siempre que puedo. Me aterra pensar el día en que vi levantar un ataúd con unos esquís cruzados encima. Me da un miedo aterrador el silencio y siento todavía un aluvión también de voces acechantes. Qué te pasa. Por qué gritas. Por qué no duermes. Por qué no reaccionas. Tú, que tenías toda la vida de alegrías. Quizás no vuelva a ir nunca más a un entierro. Sabedlo.

Estos días he estado mirando fotos. Algunas no las había visto hasta hace poco, aunque sean antiguas. Y contemplo vidas que ya no lo son. En blanco y negro. Un tenebroso blanco y negro que no me devuelve más que momentos que yo no viví o momentos en los que viví, cuando ahora estoy perdido, perdido como siempre estuve. El blanco y negro. Hace un par de semanas, pude revisitar De repente, el último verano. Una película de Joseph Leo Mankiewicz. Casi nada, Mankiewicz: Carta a tres esposas, Eva al desnudo, Operación Cicerón, La condesa descalza, la huella… Creo que solamente había visto una vez De repente, el último verano. Yo, que soy de ver y ver y ver una y otra vez las películas, solamente la había visto una vez. Y, desde luego, no la había asimilado. Veo las escenas iniciales y me fijo en los fondos de jardín salvaje, cómo luego llevan los fondos de una librería ordenada. Y no hago más que fijarme en las figuras y en los fondos. Qué película, dios. Todas las pasiones soterradas se nos revelan, se nos rebelan. Qué magníficos los actores, Katharine, Elizabeth, Montgomery. Almas atormentadas, cada una a su manera. Qué pensaría Montgomery, qué ideas se le pasearían por la cabeza.

Además de Munro, además de otros relatos, he vuelto a Góngora por una extraña circunstancia que solo puede saber Óscar Esquivias, a él se la confesé el otro día en Twitter. Fue una casualidad. Voy leyendo a trompicones y me encuentro con el verso: «breve flor, hierba humilde, tierra poca» Cómo me gusta, madre mía. Releo pasajes del Polifemo y me siento en mi salsa, cuando comienzo a adentrarme en la caverna del monstruo, ese lugar que es la antítesis del lugar ameno. Y también he leído El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández. Otra vez esa autoficción que me agrada tanto, que ahora parece tendencia narrativa. De alguna manera, siempre ha sido. Tendencia. Otra novela sobre muertes y recuerdo. Y, como él, me pregunto qué derechos tenemos sobre los demás, sobre la memoria de la familia. En qué medida soy egoísta porque sufro por alguien que no soy yo. Y que recuerdo todavía con dolor un 2 de abril, cuando él ya no recuerda ni siente dolor ni sabe ya nada de nada. Él, que me enseñó a construir castillos, a hacer circuitos eléctricos con el Electro-L, a hacer magníficos aviones de papel. 19 años y toda una vida que no lo es. Ya. Entonces, como en la novela, «Sientes que todo empieza a acabar».

Pero no todo va a ser malo. La memoria me trajo ayer el recuerdo de la serie McMillan y esposa. La veía cuando era pequeño, antes de cualquier atisbo de tragedia (aunque, desde los seis años, viví tragedias en dosis prolongadas e intensas. Se me han quedado en el alma). Una serie de policías, protagonizada por Rock y Susan, que eran Stewart y Sally. Los McMillan. Ellos salvaban mi infancia con historias tontas. No recuerdo ahora casi nada. Solamente que eran historias tontas, con ambientes elegantes. En el que la gente, todavía, sabía resolver los misterios.

La imagen pertenece a un fotograma de De repente, el último verano.


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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: «A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas». Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Tengo algunos temas pendientes por tratar en este blog. Proceden de mis lecturas recientes, de reflexiones compartidas sobre la memoria y el recuerdo, de mi descubrimiento de la novela gráfica. Algunas canciones, un cuadro.

Pero escribo estas líneas para decir que me voy a tirar a la piscina. He comentado alguna vez que la natación es una de mis pasiones. Sin haber nadado de pequeño, habiendo aprendido solo y de mala manera y sin una sola clase, llegué hace años a un club de natación donde he mejorado mucho. Gracias a unos entrenadores excelentes, a unos compañeros inmejorables que siempre te animan, y también, por qué no decirlo, a mi fuerza de voluntad, he ido haciendo progresos. Y he ido cumpliendo sueños: mi primera competición, mis primeros 100 metros estilos, mis primeros 50 mariposa… mi nefasto y reciente 200 libres. He nadado cuatro veces una travesía de casi 3000 metros entre Guetaria y Zarauz.

Desde hace unas cuantas semanas, me preparaba para competir en un trofeo de fondo preparatorio para el campeonato de España. La ilusión de las ilusiones, la emoción más emocionante es para mí nadar en una competición los 1500 libres. Lo expliqué hace tiempo y no voy a repetirlo más que de forma resumida: cuando era adolescente, me quedé pegado a la televisión viendo al gran nadador, entonces soviético, Vladimir Salnikov pulverizando récords. Estaba en una fiesta en casa de un amigo y dejé la música y la juerga por disfrutar en la televisión del salón de este magnífico espectáculo. Durante mis largos devaneos en la piscina, siempre soñaba con Salnikov y pensaba, claro, que nunca podría llegar a lanzarme a una piscina para nadar los 1500.

Se puso a la vista el Campeonato de España de fondo de natación máster y me pregunté a mí mismo: «¿Y si lo intento?». Pregunté a algunos compañeros que me animaron: «Claro, ¿por qué no lo vas a intentar». Me puse en las manos de una de mis compañeras y entrenadoras, que me delineó el plan de entrenamiento perfecto para el torneo preparatorio. Y complementé toda mi actividad física incrementándola con los entrenamientos en la piscina. Todo iba bien, hasta que mi cabeza se bloqueó. Me empecé a obsesionar, me entró el miedo, llegaron los desvelos y muchas horas en blanco por la noche, un ataque de ansiedad a la mañana siguiente. Y dije que lo dejaba, que me plantaba. Por primera vez en mi vida, iba a abandonar un objetivo deportivo antes de intentarlo. Pero estaba metiéndome demasiada presión e iba a explotar.

Escribí a dos de mis compañeros y se lo dije. Me mandaron sendos mensajes que me emocionaron. Pusieron las cosas en su sitio, en el contexto adecuado. Rebatían todos mis miedos y mis sentimientos negativos con palabras de ánimo y diciéndome, sencillamente, que disfrutase, que no pensase en una marca concreta. Que me tirase a la piscina por el mero placer de nadar.

Y, gracias a ellos, he decidido que me voy a tirar a la piscina. Y, en efecto, voy a intentar este reto con el objetivo más ambicioso: disfrutar haciéndolo lo mejor posible. Me subiré al poyete y, cuando escuche la señal sonora, me lanzaré al agua. Os puedo asegurar que, desde el principio y en cada uno de los 60 largos, me acordaré de de Vladimir Salnikov. Seremos hermanos gemelos con décadas de distancia, él en una piscina de 50 metros y yo en una piscina de 25. Y no sonreiré porque se me llenaría la boca de agua.

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La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

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Recuerdo la primera vez que entré en la clase de segundo de BUP que mis compañeros calificaban de maldita. «Son unos cabrones», decía uno de mis compañeros. «Te hacen la vida imposible, no hay quien los soporte», decía otra profesora. «Van a mala leche. Joder, qué pesados», decía el de más allá.

A mí lo que me ocurrió cuando entré en esa clase por primera vez es que me invadió la luz que entraba por sus ventanas. No sé explicarlo muy bien, pero otras clases, además de ser algo más oscuras, tenían una luz más amarillenta y mortecina, pese a todas las luces fluorescentes del techo de sus universos. Esta no, era una luz que irradiaba luz y nada más. Nada la filtraba, nada la absorbía. Nunca había dado clase en esa aula hasta entonces.

Ahora cada cual pensará: «Ya está aquí está el enrollado. Sus compañeros dicen que esta clase está llena de ángulos y dificultades y él está contento». Sí y no. Es que, de verdad, cuando entré, tuve unos segundos en los que no fijé en los alumnos, lo reconozco. Entré por la puerta, fui avanzando hacia la mesa del profesor, dejé los bártulos encima, me di la vuelta y sentí esa luz tan especial. Tan espacial. Luego los vi, claro. Aunque tengo dificultades para mirarlos en su conjunto ahora. De hecho, solo recuerdo cuatro caras. Muy reconocibles, eso sí.

En las semanas que llevo escribiendo estas historias de alumnos la casualidad ha hecho que me haya encontrado dos veces a Mauricio. Para mis compañeros desesperados, Mauricio era el estandarte de todas las rebeliones. Al que tildaban de gamberro y diletante por naturaleza, no era más que un adolescente con un fondo generoso. Le gustaba dejarse ver y hacerse oír, eso sí. La última vez coincidimos en los vestuarios de una piscina municipal. Charlamos un ratito. Tiene un hablar profundo y pausado, es una persona encantadora.

Luego estaba Garcés. A ese sí que algunos profesores le tenían miedo de verdad. Era delgadito y, si hiciésemos caso de esas clasificaciones aquellas de los biotipos, correspondía claramente al ectomorfo. «Es un insolente» decía una». «Ya puedes tener cuidado con él», decía otro. «Y mira que es listo. Todo lo que tiene de listo lo tiene de cabrón», decía aquel. Lo cierto es que Garcés necesita de una entrada exclusiva. Era un chico guapete, que tardó unas semanas en cambiar la forma de mirar, de mirarme. Empezaba mirando de través, algo que siempre he considerado inquietante y peligroso, pero hablé con él varias veces en privado y tengo que contar parte de la última conversación que mantuvimos. Lo dejo para otro día.

Y, a mi derecha, se encontraba Elisa. Suelo destacar en los alumnos la sonrisa, pero no era lo primero que llamaba la atención en ella. De hecho, Elisa tenía una sonrisa franca y ponderada. No necesitaba elevar mucho la comisura de los labios para esbozar lo que sentía. Pero no era la sonrisa lo que sobresalía. Lo que destacaba en Elisa eran sus ojos. Eran unos ojos preciosos, profundos. Era una mirada que transmitía tranquilidad y serenidad. Solo muy al fondo se adivinaba un esbozo de las inquietudes que jugaban en su cabeza.

Sin embargo, esta descripción de Elisa no pude completarla hasta semanas más tarde, cuando le tocó hacer el papel de Celestina durante la lectura de varios fragmentos de la obra. Lo primero que me llamó la atención fue una voz preciosa, llena de modulaciones y matices. Después, llegó la interpretación. Cuando las lecturas en voz alta en clase de Literatura solían ser más bien timoratas (me costaba dios y ayuda que se desatasen), Elisa se marcó una interpretación magistral. No era impostura ni afectación ni chulería. La lectura perfecta le salía directamente de las entrañas. Yo no recuerdo lo que dije, pero sí lo que sentí: la admiración manifiesta de alguien que tiene un futuro seguro como actriz.

Obviamente, salió el tema de su vocación. No recuerdo si fue ese día u otro o el siguiente. Ella me dijo que quería ingresar en la escuela de teatro, pero que sus padres preferían que se centrase en los estudios. Elisa era una estudiante magnífica y estoy totalmente seguro de que hubiese podido compaginar a las mil maravillas todo lo que se le pusiera por delante. No sé cómo lo vio ella y cómo lo contempla ahora desde la distancia, pero creo que se sintió mutilada en uno de sus mayores talentos.

En los años siguientes, no tuve contacto directo con Elisa. No recuerdo si inicialmente iba a estudiar Enfermería, pero creo que se marchó a estudiar a Madrid algo relacionado con las Ciencias de la Salud. Biología, creo.

Bastantes años más tarde, viendo en la tele un programa dedicado a españoles que viven en Copenhague, veo que dedican unos minutos a una cafetería-librería preciosa dedicada a la literatura hispánica. Y veo a Elisa, es la encargada (o la propietaria, no recuerdo) del local. Tiene el pelo más corto, sigue con esa sonrisa apenas esbozada y enigmática. Y esos ojos que traspasan la pantalla. Anduve trasteando por internet para encontrar el contacto de correo electrónico de la librería. Todavía conservo el correo que le mandé y su respuesta. Una beca Erasmus la llevó hacia el norte y todas sus inquietudes por las letras tuvieron allí su desarrollo. Allí se quedó y allí vive. Veo que la librería, el contacto y la difusión por la literatura y la cultura en español le devuelven esa pasión por la palabra. Y contemplo con mucha alegría esos giros perfectos que, a veces la biología devuelve en forma de rizomas. Porque Elisa era mirada y letra y palabra.

Veo ahora una foto de la librería en Copenhague y contemplo la misma luz, aquella con la que me olvidé de todo la primera vez que entré en esa clase.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen está sacada de aquí.

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