Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Una capa de pintura

VerbaVolant ha experimentado un pequeño cambio. Desde hace muchos años, había sido fiel a un diseño que estaba dando ya algunos problemas técnicos y ha llegado la hora de cambiarlo.

He cambiado la cabecera, en la que ahora la expresión Verba volant vuela en un azul intenso (nota: me dicen que el fondo de azul no tiene nada, que es morado, pero soy acromatópsico perdido) con alguna entre diminutas estrellas blancas. La tipografía es muy sencilla, ya lo veis, pero espero que sea evocadora.

En cuanto al diseño, para los que no conocéis las tripas de las plataformas de blogs (y de muchas páginas y sitios web), el mío funciona con WordPress. El tema al que he sido fiel durante casi quince años se llamaba Blogum y me gustaba. A medida que WordPress fue cambiando de versiones, este temita era cada vez menos versátil y provocaba descuadres, tipos de letra muy pequeños… Además, un tema actualizado siempre da más garantías de seguridad. Por dentro, todo funciona como siempre.

No soy diseñador profesional de webs, claro, ni pretendo serlo. La labor especializada de los que se ganan la vida con estas cosas está fuera de mi alcance. Sí que intento seguir unos principios básicos, que giran siempre en la tendencia al minimalismo, a la sencillez y a la facilidad de acceso y lectura.

Espero que os guste (he cogido la foto prestada de una web de bricolaje).

Instrucciones prácticas para contar hasta 500

Algunos piensan que no es necesaria ninguna fórmula mágica para contar hasta quinientos. Se trata de un número redondo y par que podemos contar por unidades, por decenas y por centenas en un pispás. A pesar de ello, creo que es conveniente que revisemos la manera que tenemos de contar para llegar hasta ese número.

Quinientos es un número fácil para contar como eso, como un número. Pero a mí me interesa, hoy, saber exactamente cuál es el alcance del número quinientos. Voy a hacer una cosa y os invito a que realicéis este proceso conmigo: contemos a cada persona como unidad hasta llegar a quinientos. ¿Seremos capaces de «nombrar» a quinientas personas conocidas y relacionadas, de alguna manera, con nuestra vida?

Nos contamos a nosotros, eso es fácil: ¡uno! A nuestra familia más directa, que también es muy sencillo. Los que tengan familias muy numerosas, alcanzarán pronto una cantidad considerable. Pero vayamos a las parejas de los primos y de las primas. Igual les ponemos cara, pero no sé si tenemos siempre un nombre para ellos, para ellas. Si tienen hijos, la cosa se complica. ¿Cómo va la cuenta? Insisto: tenemos que llegar a quinientos con sus nombres.

Para llegar, creo que no nos va a dar con la familia. Tenemos que acudir a los amigos. Empecemos a contar, siempre que no sean los que tenéis en Facebook (¿seríais capaces de asegurar que conocéis con caras y nombres a vuestros contactos en las redes sociales o en la agenda de vuestro teléfono? Decía que vayamos a los amigos. ¿Tenéis muchos? ¿Cuántos os salen? Seguramente, tendremos que tirar de memoria para ir rescatando a algunos que teníamos escondidos. Tenemos una ventaja: conocemos a algunos familiares de nuestros amigos, de nuestras amigas: padres, madres, parejas, hijos e hijas. ¿Sabéis todos sus nombres?

Como con los familiares y amigos no alcanzamos los quinientos, podemos seguir por otras vías. Por ejemplo, podemos acudir a los que fueron nuestros compañeros cuando estudiábamos. Esto es un buen recurso, porque nos podemos acordar de Juan Luis, de Joaquín, de Sonia, de Yolanda, de Susana y de Nacho, a los que no rescatábamos hace siglos. Si os pasa como a mí, muy pronto tendréis el reto de intentar acordaros de esas personas que convivieron muchos años con vosotros y a los que ahora no podemos poner nombre.

Si trabajáis, tenéis otro paso ganado. Enumerad los nombres de las personas que trabajan con vosotros. Dependiendo del trabajo, pueden ser muchas. A mí, desde luego, me salen unas cuantas. Si habéis tenido una vida laboral larga y accidentada, os podéis acordar de jefes anteriores (en algunos casos, de toda su familia, pero eso no cuenta ahora), de personas con las que coincidisteis. Seguro que mantuvisteis una gran relación con alguno, que salisteis a cenar en pareja. ¿Os acordáis del nombre de cada excompañero, de cada pareja?

Como soy profesor, tengo vía libre para el filón de los alumnos y de los exalumnos (por supuesto, cuando pongo esto en masculino nunca hay que olvidar el necesario desdoblamiento). Presumo de buena memoria y me van saliendo como churros, con nombres y apellidos, pero mi seguridad empieza a flaquear cuando intento concentrarme.

No sé cómo vais vosotros, pero yo no he llegado a quinientos ni con mucho. Se me ocurre que podemos tirar del vecindario, de los comercios en los que compramos. Porque, de momento, estamos moviéndonos en el mundo «de verdad» y no el de las ficciones televisivas, musicales o literarias, por poner tres ejemplos.

Reconozco mi desesperación. He ido buscando y rebuscando y no he pasado de los trescientos y pico. Me queda un mundo para conseguir el reto.

Si os ha pasado como yo, os dejo que vayamos haciendo excepciones. A los (pongamos) trescientos cincuenta, vamos a sumarles directores de cine (¿cuántos sois capaces de enumerar?), directores de orquesta, novelistas de vanguardia, cantantes de reguetón, premios nobel de Medicina, grandes inventores, tertulianos de La Sexta. Como no alcanzo los quinientos, me estoy acordando de que no había contado a los amigos (y amigas, claro) de mis padres.

No sé. Quizás sea capaz de llegar, aunque lo dudo. Si vosotros lo habéis conseguido, os pido un último favor: a esa lista casi imposible de quinientos nombres con sus caras, sumad veintitrés. ¿Qué por qué? Lo vais a saber enseguida.

Ayer leí en la prensa que habían muerto quinientas veintitrés personas en nuestro país por coronavirus. Quinientas veintitrés personas que tenían caras, nombres y apellidos, que eran hijos de alguien, primos de alguien, parejas de alguien, compañeros de trabajo de alguien, amigos de alguien, amigos de los padres de alguien, que estudiaron con alguien… y que ahora ya no están. Quinientos veintitrés hombres y mujeres.

Cuando, día a día, los medios de comunicación vayan cantando las víctimas como en un bingo, volved a poner la cuenta a cero. A mí, desde luego, me entran ganas de llorar.

Me ocurre a mí, hoy, que necesito poner nombres y caras a los números. Para entender qué coño nos pasa.

La falta que nos hacemos (Una historia de amor, una carpeta, dos canciones y una frase)

Entraba el otro día en la facultad cuando, en un pasillo lateral que comunica con otro edificio, vi a una chica y a un chico sentados en un poyete que recorre todo ese pasillo. Ella tenía una carpeta clasificadora abierta y le estaba enseñando algo al chico. Reían y hablaban, hablaban y reían. Tuve una sensación de envidia sana viendo a esa pareja (tenían toda la pinta de serlo, por su complicidad y su cercanía) con toda la vida por delante. 

Subí al despacho y, como tenía en una reunión en otra dependencia de la universidad, volví a salir y pasaba por la entrada cuando vi que en el poyete estaba esa carpeta, una botella de agua y un vaso de café de plástico. No vi a la pareja por los alrededores, así que cogí la carpeta para entregarla en conserjería. Era una típica carpeta adolescente, forrada con un papel de color vivo, con un par de fotografías pegadas con dos títulos de canciones y el logotipo de Spotify. Pero lo que más me llamó la atención es una banda de texto escrita con una caligrafía exquisita que decía: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Justo cuando llegaba a entregar la carpeta, llegaron los dos corriendo. «Creo que os habéis dejado esto», dije mientras se la daba. «Uy, sí, gracias. Tengo todos los apuntes del examen, menos mal», dijo la chica. Se dirigió al chico y dijo: «¿Ves las que me lías. Tonto?». Por el tono y lo que se adivinaba por debajo de la fortaleza de una mascarilla FFP2, estaba sonriendo. «¡Gracias!!, me dijo también como despedida mientras se alejaban dando un pequeño empujón al chico, al que él contestó removiendo un pelo castaño oscuro que se iba convirtiendo en todos más claros, casi rubio, por las puntas.

Y la historia acabó ahí, mientras ellos atravesaban la puerta más cercana y yo me dirigía, al lado del jardincillo, hacia la otra salida. Mientras iba andando, busqué en el móvil el título de esas dos canciones. Una era «Perdona (Ahora sí que sí)», de Carolina Durante y la otra «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea. Y me imaginé una historia:

Clara y Rodrigo son dos estudiantes de Enfermería. Se conocieron en un grupo de prácticas y, poco a poco, fueron conociéndose un poco más. Disfrutaban de todas las cosas en común y percibían cada vez con más valor las cosas en las que discrepaban, que les ayudaban a ser mejores, más completos gracias a esa perspectiva complementaria.

Rodrigo y Clara pasan tiempo juntos, pero, no enlazan todos los minutos, las horas y los días que les gustaría. Cuando llega el fin de semana, Rodrigo envía wasaps a Clara, que aparecen como no leídos o son contestados con bastante retraso por ella. Rodrigo sufre, se pregunta por qué todos esos eternos intervalos en los que no tiene noticias de ella. Y no le dice nada a Clara porque no quiere ser pesado e invasivo. Hace quince días, un viernes, le envió a Clara el enlace a la canción que el grupo Carolina Durante canta junto a Amaya, «Pido perdón (Ahora sí que sí)», que empieza: «Se me olvida que no me quieres / Sobre todo cuando es viernes / No respondes mis mensajes / No merezco tu atención». Y acompaña el enlace con un lacónico «Así eres».

Clara, que había escuchado la canción, que conocía por Paquita Salas, sonrió y respondió a los pocos minutos con tres emojis carcajeantes y este texto: «Pero qué mal concepto tienes…Yo creo que es más algo así». Y un enlace a «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea, de la que Rodrigo entresacó: «Nos conocemos hace algunos años ya / Somos de esos a los que apenas cuesta hablar / Y, sin embargo,hemos pasado / Muy poco tiempo junto al mar / O disfrutando de una copa en cualquier bar. / No quiero perderte / Acuérdate un poco de mí / Sabes que siempre estaré ahí / Y no dejes de sonreír / Y, por favor, confía en mí».

Rodrigo, como Clara, sonrió de manera cómplice. Escribió «Eso es muyyyyy bonito» y lo acompañó con el emoji de la carita que tiene corazones en vez de ojos.

Pasó el resto del viernes y todo el sábado y el domingo por la mañana y parte de la tarde del domingo. Y, cuando ya era de noche y el día se agota de aburrimiento, de nostalgia y de pereza, Rodrigo recibe otro wasap de Clara: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Y esta es la invención de una historia de amor entre Clara y Rodrigo, entre Rodrigo Clara, entresacada de una carpeta clasificadora olvidada en un poyete. A la entrada de mi facultad.

La imagen es de Danilo Urbina. Pese al apellido, no tiene nada que ver conmigo.


Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

Ausencia de nostalgia con un poco de chía

Algo más tarde que de costumbre, empiezo con un vaso de agua fría. Luego voy pelando un kiwi demasiado maduro, demasiado alargado y aplanado. Mientras, tomo la medida justa de leche con la taza y la vierto en el cazo. Echo un poquito de leche también en el vaso que he terminado con una cucharada de chía. No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida. Mientras se calienta la leche, corto un panecillo (10 céntimos en el supermercado) que había sacado de madrugada del congelador e introduzco las mitades en el tostador. Dejo la leche un poquito más en el fuego mientras deslizo la margarina por cada cara del panecillo, echo la leche en la taza (de Astérix, con el lema «Mens sana in corpore sano») y remato la versión sana de las tostadas con un una cucharilla de mermelada. De melocotón, claro.

Como un pequeño cuenco de sopa de pollo con aire asiático que, sobre una base real, un día me inventé. Tienen esos noodles algo de cocina magrebí por una especia que no sé como se llama comprada en Marrakech. Una tortilla con muchas claras, que proceden de una negativa tajante a desperdiciar lo que sobraba de la crema pastelera hecha hace dos días. Tenía elegidos ya tres langostinos, pero decido saltarme todas las normas —soy un rebelde— y me como otros dos más embadurnados en salsa vinagreta. Tres croquetas de jamón realizadas a modo de prueba y con cierto éxito.

Quedaba una micra de roscón de reyes hecha en casa comido entre los días cuatro y cinco. Un poco de gaseosa. Un trocito de turrón de chocolate. Un trocito de turrón de yema. Cada vez me empalaga más. Un breve reposo para tomar una onza de chocolate con cacao casi en estado puro y Coca-Cola. Zero.

Una laminita de queso muy poco curado y bajo en grasa con un trocito de pan.

Y queda un cuarto de hora para acabar el día. Un cuenco minúsculo de ensalada. Un dedo y medio de tortilla de patata hecha ayer. Un plátano (me apetecería otra fruta, pero se están poniendo pochos). En honor a la verdad, es una banana. En honor a la verdad, una banana pocha. Y dejaré pasar un cuarto de hora para tomar un yogur griego natural.

No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida.

Acotar segmentos. Aunque, sin embargo, en algo estemos de acuerdo

Se me da mal acotar segmentos, lo reconozco.

Nunca he entendido por qué las líneas aparecen en el mapa delimitan una ciudad, una provincia, un país, un continente, qué se yo. Seguimos una raya para enarbolar banderas que convertimos en sentimientos, en identificaciones de lo que somos y (no sé si) de lo que queremos ser.

Me pasa lo mismo con las manecillas, en trance de desaparición, de esos relojes, que avanzan hasta un límite en el que se nos obliga a cambiar de día, de mes de año para arrancar las hojas, que ya casi no existen, de los calendarios. Seguimos esas hendiduras para marcar un devenir que inestabiliza nuestro presente para que los nostálgicos se queden en el pasado y los que necesitan olvidar confíen su suerte al futuro.

Como se me da mal acotar segmentos, no soy muy de enarbolar banderas ni de añorar el pasado ni de esperar demasiado del futuro. Ni de aspirar a conocer a ciencia cierta cuáles son los límites de las sucesos que los tienen.

Los límites existen, qué duda cabe. Si los estiras demasiado, se rompen. Si los encoges demasiado, se constriñen para no volver a ser lo que eran. Ojalá conociésemos y dominásemos la ductilidad de la resiliencia, ojalá.

Yo lo sé, sí. Asimos la vara de medir espacios, tiempos y personas, es un hecho. Nos sirve, quizás, para situarnos y saber dónde y cuándo estamos. Olvidamos, sin embargo, que nosotros actuamos, aunque sea solamente en pequeña medida, en nuestros espacios y en nuestros tiempos.

Por eso, me niego a confiar en la suerte de que 2021 sea mejor simplemente porque acotamos ese segmento mientras hacemos lo mismo, pensamos lo mismo, sentimos lo mismo. En algo, sin embargo, estamos de acuerdo. Me apunto a delimitar el segmento de 2020 y calificarlo de desgracia suprema, naufragio hacia los abismos. Una puta mierda, por acotarlo en tres palabras.

Imagen de Gatol Fotografía.

Felizqué

Que sí, que la Navidad está sobrevalorada. Quizás la navidad no, no lo sé, tampoco lo he pensado mucho. Que ya sé que, a fuerza de sonreír, aunque sea un rictus y no felicidad auténtica, hay algo dentro de nuestro cerebro que desencadena un efecto que no sé cómo se llama. Un conocido mío, iluminado él, me decía que él se ponía un lapicero en la boca y lo mordía para subir las comisuras de los labios y funcionaba. Yo me quedaba maravillado escuchándole. No por lo del ejercicio de sonrisa felificera, no, sino por el convencimiento que tenía de que tenía que ser un lapicero. Luego le miré los dientes y lo entendí todo. Tenía unos dientes perfectos y esa sonrisa falsa/verdadera no se había estropeado porque hincaba los dientes en algo blandito, madera. Un estilográfo le ponía en la boca, no te jode, a ver de qué se alegraba, mordiendo por el rotringdelcerodos para obtener una muesca que no se le iba a quitar en su puñetera vida. Un rotulador edding550 sería una alternativa, para que el mordisco se le hiciese grande y toda la alegría de la huerta se le fuese regando con el chorrillo de saliva que le provocaría la boca abierta.

Que no, que no soy el Grinch, que pesados. Quizás no sea un christmaslover, pero soy propenso a que me dé un poco igual todo, imaginaos lo poco que me cuesta abstraerme de todo y de muchos. Y sí, no me gustan los villancicos, no me gustan. Y sí, me gustan algunas películas navideñas, mira por dónde. Que uno se contradice en lo que quiere o con lo que puede. Que me veo Solo en casa uno y dos siempre que se tercie. Que La jungla de cristal es uno de los motivos por los que vivo, señoras y señores, con John McClane redimiéndose con el mundo y, sobre todo, consigo mismo, conmigo mismo, con todo lo que se menea y a lo que no pega tiros. Y, en el colmo de los oxímoros, tengo a Love actually en el limbo. Me parece tan bonita y tan triste y tan decadente y tan empalagosa y tan tierna y tan cínica y tan… que la veo y la reveo para ir poniéndome en el lugar de muchos de sus personajes. Pero no voy a decir cuáles, pedazo de cotillas.

Y dejo para un párrafo aparte Qué bello es vivir. Que sí, que yo soy áspero para las relaciones personales y para mostrarme afectuoso y para ser el más majo del barrio. De todos esos cargos soy culpable. Pero la ficción es la ficción y me gustan esos cuentos con ogros capitalistas y príncipes con principios, me gusta que Búfalo no quiere dormir, no quiere dormir, no quiere dormir. Y los gimnasios con piscinas agazapadas por abajo. Y los albornoces que se enredan y los pomos de las escaleras que se desprenden (bueno, eso en la ficción, no podría aguantar eso en la vida real, me daría un soponcio, lo confieso). Y los discos y que se llamen con esos teléfonos que yo no he conocido pero mi padre sí. Y que los ángeles caigan del cielo porque no se han ganado las alas. Y las sorderas obtenidas en los lagos helados y los hermanos que triunfan y tú te quedas por el camino del negocio familiar para sacar todo adelante. Es todo tan ficticio, tan exagerado, tan imperfecto en su desarrollo y tan perfecto en sus finales que parece una filosofía de vida que no comparto y que, precisamente por eso, amo.

Felizqué, amigos y amigas, felizqué. No me veréis mandar una felicitación estandarizada por wasap, lo siento mucho. Y solo contesto aquellas que están personalizadas y añaden algo a lo que no sea una lista de contacto. Mandé ayer una felicitación ayer a una amiga que estaba cenando sola. Un abrazo a una familia a la que se le fue un pilar. Y otra a otro amigo al que quiero y aprecio por muchas razones y que es al único al que le felicito, por puro placer, el Año Nuevo.

Vivimos tiempos difíciles, quién lo duda. Tiempos con distancias que se agrandan y con abrazos que no llegan. ¿Y sabéis qué? Que yo también espero que llegue algo que nos reconforte. Pero nunca he pensado en que la Navidad fuese un tiempo para esto y para aquello. La navidad está hecha para ser un conjunto de días que se pasan con el tiempo. Como la juventud, como la vida y como la risa de ese conocido con el lapicero en la boca. Y, a modo de final: nunca he aguanto ver un edding550 mordido, con los colmillos ahí marcados para siempre. Pero siempre quedará el olor del napalm o de la tinta permanente que es así porque no se va nunca.

(Esto, hoy, va sin foto).

Un ayer inmejorable con Ángel González

Os voy a hablar de un día inmejorable, pero necesito, antes, un poco de contexto.

El prólogo

Si estuviera ante la angustiosa —imposible— necesidad de elegir a un poeta preferido, escogería a Ángel González. Lo descubrí, en esas casualidades maravillosas que nos ofrece la fortuna, ojeando una antología. Abrí el libro por una página cualquiera y empecé a leer eso de:

Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
….

Y mi vida cambió para siempre. Pasé de un poema a otro, me compré la antología de Cátedra de sus poemas y llegué casi de inmediato a Palabra sobre palabra. Tengo un ejemplar firmado «A mi amigo Raúl», que es uno de mis tesoros más queridos, y vuelvo a él siempre porque, para mí, Ángel no desaparece nunca.

Un amanecer desde lo alto

Como ya he dicho hace poco, corro desde el amanecer para alcanzar muy pronto a las alturas bellas de mi ciudad. Y el viernes tocó llegar hasta el Castillo. Atravieso el puente Bessón y, por la calle Barrantes, y, ya siempre en cuesta, llego hasta el arco de Fernán González para empezar el tramo más duro. Hay unas escaleritas muy cortas y al lado una rampa. Elijo la rampa sabiendo que necesitaré de todos los impulsos. Luego arribo a un tramo de tierra en el que la cuesta viene marcada por unos troncos atravesados. Si das la zancada de uno en uno, te quedas corto. Si das la zancada de dos en dos, sabes que tienes que sufrir las consecuencias. Escojo la segunda opción. Apenas unos metros de falso alivio hasta alcanzar el final. Un kilómetro clavado desde mi casa.

Entre todas las inmensas posibilidades, me encamino hacia el Mirador, que ofrece una visión tan maravillosa de la ciudad que me obligo a pararme mucho más por la necesidad de belleza que por la necesidad de descansar.

El Mirador no son las alturas de Vetusta ni la Riesenrad de Viena

Cuando llego hasta el Mirador para contemplar la belleza de la ciudad, no puedo evitar acordarme de don Fermín de Pas, que sube a las alturas de Vetusta para contemplar con ansia depredadora todos los rincones de la ciudad. Tampoco puedo olvidarme de la noria de Viena y de Orson Welles como ese Harry Lime que contempla a los demás como insectos prescindibles. En mi caso, contemplar las alturas supone esa visión de conjunto que se desglosa después a través de los días, los meses, los años que he vivido en Burgos. Me sirve para hacerme partícipe, en su pequeñez, de una ciudad que suelo recorrer a tamaño real todos los días sin apreciar los detalles del conjunto.

Bajando para vivir

Subir es bajar, inevitablemente. Y bajo enredado por todas las callejuelas, todos los enredos y todos los misterios de una ciudad que despierta. Y enfilo el paseo de La Isla para hacer un largo espín de más de cuatrocientos metros de iba. Rodeo el árbol que, al final del paseo, está cerca del puente Malatos. Y hago una larga serie en progresión hasta volver a la rutina.

Disfrutar con gente grande

Por la tarde, tengo la suerte de ir a ver un partido de baloncesto después de meses y meses contemplando el deporte de mis amores por la televisión. Me acuerdo de todas las horas de entrenamiento que hice allí en ese lugar hace tantos años. De muchos de los tiros que fallé, de algún lanzamiento importante que anoté. Mientras veía a esos gigantes, me acordaba de cómo fui iniciándome en este deporte de gente grande siendo yo pequeño, de cómo tuve que aprender a defender y a defenderme, de cómo tuve que cambiar de cometido y de función.

Muy pronto me empecé a olvidar de mí porque el partido fue creciendo junto con esos gigantes de hoy y, después de unas cuantas dolorosas derrotas, lograron llegar al final y pelear y creer en que era posible. Y vencer. Me fui a casa con el intermedio de una caña y una ración de calamares.

Rompiéndome los tímpanos con el techno

Llegué a casa, me puse los auriculares para acabar el día con música techno. «Techno Prank» de Dubdogz.Ouça, «Freaks» de MC Dj K. Y «Scream Shout» de will.i.am & Britney Spears. Subo el volumen hasta que, con el orden rítmico, se ordenan, las ideas, y se mezclan y se reordenan. Y repito con otra versión de «Scream Shout», para percibir cada impulso, cada palabra.

Noche y braquicardia. Ayer y Ángel González

Da igual qué día sea. Cuando avanza la noche y ya todo es ayer, mi corazón entra en reposo. Durante bastantes minutos, entro en esta braquicardia que procede de ser deportista de fondo. El corazón ronda las 36 o 38 pulsaciones pase lo que pase.

Y, al despertar, me acuerdo de ayer. Era sábado, pero me ocurre todos los días de mi vida. Y me mimetizo con el poema:

Por eso mismo,
porque es como os digo
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.

Así, siempre es ayer. La fotografía refleja ese momento sublime en el Mirador del Castillo.

Tocar el piano

https://flic.kr/p/92RXdm

A mí me encantaría aprender a tocar el piano, es un instrumento que siempre me ha fascinado. Fui al conservatorio con esa ilusión a eso de los doce años, cuando era necesario hacer dos años de solfeo antes de tocar (en los dos sentidos del término) un instrumento.

Eran tiempos, claro, en los que para tocar un piano tenías que tener uno. Aunque no sea lo mismo, ahora existen teclados de precio moderado que sirven para hacer un apaño, pero, por aquel entonces, los pianos tenían un precio prohibitivo. Desde el momento de ingresar en el conservatorio, ya desconfiaba de las promesas de mi madre, que me aseguraba que tendría uno.

Cuando llegó el momento de tener que elegir el instrumento, mi madre me confesó que tendía que elegir otro, que de piano nanay. Y que la guitarra que tenía mi hermana por casa podría servirme. Ahora me doy cuenta de que hubiese podido optar por el violín, un instrumento exquisito que podría haber estado a nuestro alcance, pero cedí. La culpa no la tuvieron ni la profesora que tuve (que no me gustaba nada) ni la guitarra en sí, pero empecé a perder la ilusión por la música y me inclinaba más por ver Con ocho basta y otros programas infames en la televisión que por las semicorcheas y la clave de do.

Y ahora pienso, muchísimo tiempo después, que quizás no sea tarde para cumplir ese pequeño sueño. Y poder tocar el piano o, al menos, intentarlo.

La imagen es de Mischelle.