— Verba Volant

Este fin de semana he hecho muchas cosas. La primera —y fundamental— ha sido ponerme nervioso porque hoy comienza el nuevo semestre académico. No puedo evitar sentir la tensión ante lo nuevo, las personas que llegan a mi vida y que quizás puedan permanecer para quedarse, como han hecho tantas otras, o deslizarse para perderse en un dulce o negro o transparente olvido.

También he visto dos películas: Yesterday y Green Book. Bueno, también he visto Keepers, pero de esa no hablo. Al modo de la película, he preguntado cómo sería un mundo sin los Beatles, aunque es una pregunta sin sentido porque no conocemos lo que no existe. Y me he preguntado lo que han aportado las canciones de los Beatles a la cultura, a la música, a mi vida. Sé que hay muchas personas que aborrecen a los Beatles, pero es algo que yo no llego a comprender del todo. Si borrásemos a los Beatles de la faz de la tierra y, como ocurre en la película, sus canciones surgieran, poco a poco, una a una, parecería que hay un milagro sobre la tierra. En mi vida, los Beatles fueron muy importantes. Hasta que tuve mis primeros discos, en mi casa había mucha música clásica, algunos discos de cantautores, música melódica… y Abbey Road. Y me contemplo, desde la lejanía de un tiempo añorado, con la funda del vinilo en la mano mientras iba escuchando, una y otra vez, cada canción. Cerraba los ojos y me trasladaba hacia un lugar muy cercano y muy querido, que estaba próximo a mi corazón. Al margen de dos discos de éxitos sin sustancia, mi primer disco deseado y regalado fue, después, Double Fantasy de John Lennon. Y los Beatles y Lennon me han ido acompañando como aquellos amigos que, aunque no ves durante meses, te alegras de reencontrar porque son los mejores.

La película de Peter Farrely, Green Book, tiene lo que todas las películas con pareja de por medio. ¡Qué estupendo es ver cómo dos mundos distintos se acercan cada vez más hasta mezclarse! Puede tratarse de una concepción del mundo, de un tipo de música, de cómo comer, de cómo hablar y escribir. De cómo manifestar y defender tus principios. De cómo ganar en un mundo que tiende al caos y que, con esa amalgama, nos reconcilia con algunas causas, que se resumen en una: la causa del ser humano, de lo que somos en lo más profundo.

Luego ha llegado la lectura. He terminado Lluvia fina, de Luis Landero. Me ha encantado. Resume, de otro modo muy diferente y con un desenlace también muy distinto, aspectos muy hondos de lo nuestro. En este caso, es la conversación entre personas próximas, entre familias y familiares. Subraya el valor del recuerdo mediatizado por todo lo que no recordamos y construimos, por todo lo que decimos y el poso que va dejando en nuestro interlocutor. No puedo decir mucho para no desvelar ese momento de lluvia fina con unas palabras que van pesando como losas.

Sigo escuchando canciones de Haim. He repetido en bucle «El colapso gravitacional» de La Casa Azul y he vuelto una y otra vez a «Fix You» de Coldplay. Qué canción, por dios.

Y me he levantado pronto, he actualizado algunas cosas de las asignaturas intentando mirarlas con los ojos de alguien nuevo, que llega ahora. Y, próximo ya el inicio, me levanto y empiezo a andar para pensar en mis cosas y en un submarino amarillo dibujado en un cuaderno negro para que todos lo lean.

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Nuestros bolsillos guardan sorpresas infinitas, ya lo sabemos. La moneda que evita el tambor de la lavadora y permanece en el bolsillo pequeño del pantalón vaquero. El billete refulgente y resistente en el bolso de una camisa. Qué se yo la de cosas que encontramos agazapadas en los bolsillos.

En mi caso, me he maravillado con un caso de resiliencia literaria como no había visto hasta ahora. El papel arrugado ha permanecido en el bolsillo izquierdo de uno de los abrigos que más uso durante meses. Yo sabía que estaba allí porque tengo tendencia a meter la mano en el bolsillo y juguetear con lo que hay dentro. Cuando llega el otoño, recojo algunas de las castañas que me parecen más bonitas del suelo y las meto en el bolsillo y luego pasan a mi estantería. Ahora mismo estoy viendo una hilera de nueve castañas que, pacientes y arrugadas, saben que tuvieron la oportunidad de ser tocadas y ahora permanecen solamente al abrigo de las miradas. Mi padre tenía siempre en el bolsillo un tornillo y una tuerca para ese juego de dedos y bolsillos.

Decía que tocaba yo ese papel sin saber lo que era. Pensaba que era una de esas cartas de los bancos que no valen para nada, un panfletillo entregado en la calle, qué se yo. Hoy lo he sacado y he decidido desentrañar el misterio.

El tiempo ha hecho estragos en esta materia tan endeble y, al ir desdoblándolo, he tenido que poner un mimo especial para que no se despedazase. Iba desplegándolo y solo era una superficie blanca.

Me decidí a ir extendiéndolo y todavía no había más que esa belleza de un blanco con los matices de unos dobleces que se negarán a desaparecer para siempre.

En el último momento, cuando ya quedaba poco, adivinaba unas letras al otro lado, escritas a ordenador. Cuando lo desplegué entero, no llegué a conseguir que no se rompiese por la parte central. Y vi esto:

No se leía bien (en la foto he aumentado el contraste y las letras revelan mejor su cuerpo y su firmeza), pero se distinguía perfectamente la última línea, en la que aparecía un nombre, Sam Shepard y el título de un libro, Crónicas de motel. Ahora, ya desplegado, ya dispuesto, me he puesto a leer el principio: «Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster…» y la memoria me ha devuelto el relato de Shepard y su sentido. De ese contraste entre la magia de la sonrisa perfecta del actor y las bocas feas y propias, solo dignas de los mortales como el protagonista de esa historia cuando se mira en el espejo, que refleja nuestro vacío.

Y he decidido volver a pensar en las sonrisas, en el vacío de nuestras caras, que es el de nuestras almas, que es el que contrasta con nuestros sueños y con nuestros ideales. En cómo llenar una vida vacía con las imágenes de la perfección con la que disfrutamos de las ficciones.

Historia verídica hasta el infinito. Reproduzco a continuación el relato «La sonrisa de Burt Lancaster» que he transcrito para guardarlo en algún lugar fuera del alcance de mis bolsillos:

“Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en “Veracruz”. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando entre las tomateras. Riéndome con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi imitación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo, y montado encima del diente roto que estaba junto a él. De hecho, había llegado a estar convencido de que poseía una hilera de perfectos y perlados dientes, como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reírme en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba a solas.Después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.”

Sam Sephard, «La sonrisa de Burt Lancaster», en Crónicas de motel.
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Hoy quiero contar de forma rápida un conjunto de cosas que me han pasado a lo largo de la semana.

La primera tiene que ver con una árbitra. Estaba viendo un partido del Autocid en la LEB Plata y se daba la circunstancia, afortunadamente nada extraña ya, de que los árbitros fueran dos, como siempre en esa liga, chico y chica. Es una cosa en la que ni siquiera reparo porque no tiene nada que ver con el juego. En todo caso, las primeras veces que ocurría me alegraba pensando que ya era hora de que arbitrasen mujeres en las ligas masculinas.

El caso es que el partido estaba todavía en los prolegómenos del calentamiento y un individuo que tenía delante decía a su amigo de al lado con voz bien alta lo guapa que era la árbitra. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre el aspecto físico de las personas que están a la vista y valorar su edad, su estatura, su cabellera o sus orejas. Incluso puede comentarlo a quien quiera, faltaría más, siempre que sea una conversación privada entre personas que quieren hablar de lo que les salga de las narices. Pero el tipo, al que llamaremos ya directamente el idiota, lo dijo con una voz rasgada y un volumen que no venía a cuento.

Todos los idiotas, al parecer, están encantados de reconocerse como tales porque lo de la árbitra guapa lo sacó a relucir alguna vez más. Lo auténticamente vomitivo aconteció cuando lo gritó un par de veces en voz alta a lo largo del partido para que ella lo oyera. Los árbitros están acostumbrados a todo menos a que les llamen guapos. Pero está claro que aquí nadie tenía por qué alegrarse de las ocurrencias de un tipo que tendría que callarse o ser más educado o yo qué sé. Pero es demasiado pedirle estas cosas a un idiota.

La segunda tiene que ver con Twitter. La policía municipal escribía un tuit contando el altercado ocurrido entre unos corredores y un ciclista. Este último debió sacar el candado a pasear por la cabeza de alguno de los corredores y se armó la de dios es cristo. Resulta que la policía, en una frase posterior hablaba de «el conductor». Yo les dije que el tuit no quedaba claro y ellos me respondieron que el que conduce era conductor, cosa obvia que todo el mundo sabe. Y yo les dije que, pese a ello, si dicen ciclista la cosa está más clara. Porque si yo cuento que «Un niño de siete que iba en bicicleta con su madre tuvo un problema por el carril bici. Una anciana iba a cruzar y el conductor no respetó un paso de peatones» la cosa no queda clara. Sin embargo, hubo cinco personas que le dieron un me gusta a la contestación de la policía sobre el concepto de conductor. Un listo incluso me dijo que me habían dado un rasca en toda la boca. Y yo me quedé pensando profundamente en esos cinco «me gusta» y me daba pánico la manera que tienen algunos de entender el mundo.

En resumen, al menos cohabitan en este mundo un idiota y cinco personas de pensamiento leve en este mundo. O, al menos, eso he podido descubrir a lo largo de esta semana. A algunos les parecerá poco, claro, aunque lo de la árbitra «guapa» no sea algo menor. Eso es que no han vivido la historia que ha ocurrido hoy en mi despacho durante cuarenta minutos interminables. Una historia que no contaré porque no tengo palabras.

La imagen es de Olle Svensson.

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Cuando, aburrido, miro por la ventana, invento otra vida diferente en la misma ciudad. Por si un día me dejas y todo acaba, te pido que pintes las estrellas de plata para que me imagine que estamos los dos a mandos de una nave espacial. Viajaríamos de madrugada, sin que nos haga falta decir ni una palabra. Y, cuando estés despistada, imaginaré que te hago una foto con las nubes blancas como detrás. Desde aquí, en lo alto domino el horizonte donde veía claro el porvenir: tres ilusiones, dos recuerdos. Y ese firmamento que dibuja el caminito multicolor.

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De hecho, más de una vez te he querido abrazar por temor a perderte después y pienso en aquel piloto que sobrevuela e peligro desde que el cielo amenazaba con lloverse. Y hoy, al verte llorar, me he acordado del calor de la casa en aquel invierno y el frío que siento en mi corazón.

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A veces, tengo ganas de fiesta, ganas de que acabe el invierno y vuelva el momento de nadar en el mar. Soñar en el verano me hace más fácil ilusionarme con un cambio de final. Todavía guardo algunos poemas y algunas cartas que nos escribíamos entonces y ahora te harían reír. Me imagino tu cara triste, mi amor de plata. Imagino que todo vuelve a empezar y que seamos delfines viviendo en toda la inmensidad del mar.

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Cuando la rutina pese demasiado, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta y maravillosa sensación de libertad. Partiremos hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto, un paraíso de bosques y montañas, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes. Sobre un mapa imaginario, dibujaremos caminos y nos invadirá una ilusión desconocida por avanzar entre sus curvas y pedregales. Llegaremos al fondo, ese del que me has hablado tanto, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes.

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Procura no cruzar al otro lado, no dejes que te engañe la frontera. Yo me quedaré a vivir siempre, viviendo los momentos de nuestro pasado. No dejes de viajar en tranvías y trenes, recuerda cómo me besabas y acuérdate de esa canción pop que envuelve nuestra vida hasta todos los finales. No te vayas demasiado lejos, quédate a vivir de este lado. Si necesitas olvidar y estar callada, quédate dormida en los hoteles, escucha el rumor de los volcanes y deja bien cerrado tu pequeño mundo, en el que podrás curar cualquier herida. Y, si un día decides volver, rodea tu cabeza con mis manos. Así quiero quedarme. Para siempre.

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El frío de este invierno que me habita, el cansancio y la costumbre, no conocen ni siquiera un ápice de un amor tan bien guardado, atento siempre a tu mirada. El color de los días tristes no consigue apagar nada. Y sigo viendo dos cuerpos abrazados, sobre un amor tan fuerte.

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Ven a bailar y, si te quieres quedar, te llevaré hasta el cielo en mi coche.

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Quisiera ser un planeta que girase alrededor de ti. Tú serías la estrella de mi corazón y conseguirías borrar todas mis huellas. Cuando tengo una pena muy grande, confieso que me encanta mirar tu cara, tan graciosa cuando bebes zumo de limón. Para olvidar esas penas, esos miedos, esa noche oscura, te besaré en espiral cuando no nos mire nadie. Entre tanta mentira y tanta canción, no paro de reír con una sonrisa inocente, demasiado infantil, que me hace pensar qué tonta es la vida y qué grande es nuestro amor. Así que piénsalo, necesito algo más en esta vida: estrellas. O limones.

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(Canciones prosificadas, modificadas y distribuidas a voluntad del sublime disco de Family, Un soplo en el corazón. Con imagen de Silke Remmery).

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Ayer fue un día complicado, ya lo he dicho, pero la tristeza tenía que convivir con el trabajo (reuniones, tutorías telefónicas, conversaciones de pasillo, correos electrónicos) y con otros aspectos de la vida recluidos y condicionados, eso sí, por un halo de melancolía.

En el trabajo, las correcciones de un TFM me han llevado más tiempo del que me esperaba. Pero lo que ha ido ocupando mi tiempo, sobre todo, se ha compartimiento en un artículo de Lucía y Cristina, compañeras que trabajan en cosas que me interesan. Acaban de publicar un artículo que he estado leyendo entre ayer y hoy y me ha hecho pensar. También tengo pendiente profundizar en otras cosas que pueden ser importantes, como un proyecto de investigación cualitativa para el que tengo que formarme y aprender cientos de cosas, otra vez más…

Ayer intervine un par de veces en las redes sociales y cada vez estoy más convencido de que voy a convertirme en un ser aséptico, participante y divulgador en lo académico y lo profesional. Qué aburrido estoy de un juego de comprensión a medias, de no asimilar lo que se lee, de tanto exabrupto.

Escribí una entrada que no he publicado. La verdad es que escribo muchas entradas que quedan ocultas, que no deseo que lea nadie. La de ayer sí aparecerá, creo. Es una serie de prosificaciones sobre canciones de Family. Es un grupo que ahora escucho casi en bucle. Un soplo en el corazón es una obra maestra de la que no tuve noticia hasta hace bien poco y mira que es un disco bien antiguo… También tengo a medio escribir una historia que me tiene algo preocupado, ahora que visito casi a diario un supermercado. Veremos

La música ha dejado menos espacio que otras veces para las ficciones audiovisuales. Ahora estoy viendo dos series de las que ya hablaré. También sigo leyendo. Compagino El último barco, una intriga policíaca que, siendo convencional, me resulta algo diferente. Y los poemas de Benjamín Prado, que he ido leyendo primero en orden y luego a salto de mata y preferencias. Fui a un partido de baloncesto del Autocid, que jugó fatal, desbordado por un equipo que supo jugarle. Decepción, cena, cama y lectura.

Hoy he salido a correr, necesitado de una tirada larga de kilómetros con muchas cuestas. Tenía que llevar un ritmo alto para olvidarme de todo y centrarme en las exigencias del cuerpo. Hacía uno de esos días grises y bonitos con premios en forma de paisajes de una naturaleza que me encanta frecuentar, repetir. He vuelto a leer cosas del trabajo intentando asimilar, pero he desconectado por completo del correo electrónico, que solamente he consultado una vez. Me prometo siempre no abrirlo con frecuencia, no estar pendiente de lo que pueda considerarse urgente cuando necesito tiempo libre, tiempo para pensar y tiempo para mí.

Después de comer, una sesión de series y lectura y lectura. Y lectura. Luego ha vuelto la música. «Estado provisional» de León Benavente, «Música para adultos» de Joe Crepúsculo, «Por ti» de Sidonie.

Soy ahora las seis de la tarde. Y sigo viviendo.

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Aunque no me haga ninguna falta para recordarlo, cada 17 de enero salta un aviso en el calendario:

De manera ingenua e infantil, desde las ocho de la mañana, le he ido dando a «Posponer». El aviso salta y salta cada diez minutos y yo me niego a «Cerrar». Nada sirve de consuelo, nada salva la herida profunda, la pena anclada en el pecho.

Desde hace 13 años, los amaneceres del 17 de enero me causan pánico. A medida que avanza el día recuerdo la consciencia perdida, la diálisis interrumpida. La magia solamente salva un momento: cuando, en busca de una habitación libre, hay un tránsito de la planta de Nefrología a la Infantil, único lugar donde quedaba una cama libre. No encuentro lugar más apropiado para el tránsito para una persona con ese espíritu tan especial, travieso, juguetón.

Cuando no hay nada que hacer, solamente queda esperar, sentado en la parte derecha de la cama. Cogiendo una mano que no sé ya si siente. Horrorizado por los pitidos constantes del saturador de oxígeno.

Empezada la tarde, llega el desenlace y nunca he sido capaz de procesarlo bien. Quizás porque esos intensos ojos azules seguían abiertos. Quizás porque, en un momento, aprovechando que estábamos él y yo a solas, me vi obligado a cerrarlos. Para no verlos nunca más.

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ADVERTENCIA: después de escuchar algunas observaciones, la entrada que vas a leer no es exactamente como la que había escrito originalmente. Por un lado, el bueno, le he quitado un poco de sarcasmos; por otro, el malo, he subrayado algún aspecto negativo que me ha señalado Juan Ignacio (Carrasco), que también ha aportado una observación muy oportuna que he incorporado también. Ahí va.

En la puerta del baño de mujeres de la Facultad de Humanidades y Comunicación de mi universidad, alguien ha puesto el cartel que aparece en la imagen de un poquito más arriba.

CIERREN LA PUERTA

POR FAVOR

SALEN OLORES AL PASILLO

Lo veo todos los días antes de llegar a mi despacho por el pasillo y confieso que no me gusta nada. Por lo que alcanzo a saber, no es un mensaje puesto de manera «institucional» por el personal de información y conserjería, de mantenimiento o de limpieza, sino una «alegre» iniciativa de alguna persona escrupulosa.

El mensaje me parece poco adecuado desde todos los puntos de vista. Me pregunto si era necesario un mensaje como este, en el que abundan los detalles. «Cierren la puerta, por favor» me parecería lo correcto. Cualquiera con sentido común entiende que un enunciado como este tiene una razón que no hace falta especificar.

En un mensaje «extendido» como este, que detalla la propagación (y propalación) de olores al pasillo, «por favor» es un elemento que, lejos de resultar cortés, parece displicente y, si se me apura, ejemplarizante: el «universo» de las puertas para fuera, abiertas, sería el de las personas que no son conscientes del daño olfativo para los que circulan por el pasillo; el universo de las puertas para dentro, cerradas, es el de la contención necesaria y el de la buena educación. Pero el mero hecho de extenderlo y detallarlo provoca, a mi juicio, el efecto contrario.

Cuando veo el cartel, todos los días en toda su dimensión, no dejo de pensar que el mensaje me huele muy mal. Y ahora no deja de asaltarme una pregunta: ¿por qué la persona que ha puesto el cartelito ha decidido ponerlo por dentro en vez de por fuera?

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foto abajo izquierdo

Espero siempre con ilusión la llegada de las nuevas ediciones del festival Escena Abierta, un proyecto teatral que organizan la Universidad de Burgos y el Ayuntamiento de Burgos y que llega ya a 21 ediciones con propuestas muy interesantes e innovadoras alejadas del teatro convencional. Escena Abierta explora nuevos acercamientos al hecho dramático y acierta casi siempre. En suma, es vivificador para el panorama cultural burgalés que exista un festival de esta magnitud y calidad, en el que he tenido ocasión de disfrutar con obras auténticamente fascinantes.

Acudí el pasado lunes al Centro Cultural La Estación al estreno absoluto de Diagnóstico con grandes expectativas , una pieza artística de Abajo Izquierdo. En las noticias previas, nos decían que mezclaba psiquiatría y psicología clínica con el mundo del arte, que era una pieza que nos serviría para cuestionarnos los límites de la racionalidad, que nos enseñaría a situarnos frente a la locura y lo artístico. Todo ello, desde la intimidad del artista, en una sinceridad proyectada a partir de las acciones de los personajes. Al final, un psiquiatra o psicólogo clínico emitiría un diagnóstico.

Hay un espacio en el que están distribuidas unas «bisillas» (esas que ilustran la entrada) en las que nos invitan a sentarnos y no sabemos exactamente cuándo comienza la obra, porque hay una serie de problemas técnicos y ajustes que demoran su inicio y que no sabes si forman parte de la obra en sí o no. A la izquierda, hay una urna vertical, estrecha, en la que se encuentra un hombre desnudo. A la derecha, una urna vertical idéntica a la anterior en la que se encuentran unos personajes realizando esos ajustes y que será el ámbito de actuación de los dos personajes, un hombre y una mujer. En el centro, una pantalla para proyectar vídeo. Cuando la obra comienza «de verdad», me encuentro ante un gran dilema ético-artístico. Veo y escucho y no comprendo nada, aunque intento entender. Me digo a mí mismo que soy víctima de mi propia contradicción, porque sé que el arte no está hecho para ser entendido, sino para ser sentido. Pero no puedo evitar intentar sentir sin sentir, sin conseguirlo, y me vuelvo a interrogar para comprender por qué no logro meterme en la obra o, al menos, en el proceso de la obra. Porque la obra son esas dos cosas simultáneamente. Luego llega mi segunda contradicción: pienso que esto es una chorrada mayúscula que se le ocurre a cualquiera. Y revivo los momentos en los que me río de los que están ante una obra pictórica de vanguardia y alguien suelta aquello de «Eso lo hace mi hijo de cinco años». Sigo intentando introducirme en la obra y no pensar que es una puerilidad, cuando llega el momento.

Todo lo que intento comprender para gozar de la experiencia creativa, artística; todo lo que intento deducir mientras aumenta mi impaciencia me lo «explica» el actor de la derecha, que es actor y «autor» a la vez. Nos dice que lo que vemos es lo que él ha sido, que nosotros contemplamos el proceso. Y ahí es cuando abandono definitivamente mi intento de gozar. La explicación en sí misma me decepciona tanto, me deja tan indiferente, me aburre tanto en su aparente profundidad que me agota. Contemplo dilatándose hasta la extenuación ese proceso de experiencia creativa vista desde dentro y desde fuera, con ese «autor» que me parece un Pepito Grillo, explicador poco pertinente porque pienso que, en todo caso, la obra debería explicarse en sí misma.

Abandono muchos detalles (el modo de pintase, de retratarse, de aclararse y oscurecerse, de descubrirse, víctimas sencillas de un universo abarrotado) de ese proceso de tedio y decepción para ir hasta la parte final. En ese momento el «autor» nos habla de la paciencia, de que todo está concebido para que nos sintamos incómodos, para que experimentemos la impaciencia, que resulta una alegoría, parece, de nuestro modo de vivir y resulta algo propio también del proceso artista. Y yo me siento como un lelo, teniendo en cuenta que, justamente en la entrada anterior a esta hablo de la necesidad de la calma en mi vida, en nuestras vidas. Y pienso que no, que no quiero calma, que quiero impaciencia, chispa, que las cosas surjan sin dilatarse demasiado. Porque a mí me gusta detenerme en la calma de las cosas que disfruto, pero no quiero estirar el tiempo para que nadie me demuestre mi propia impaciencia. No es que no admita que me den lecciones, porque agradezco todas y cada una de las lecciones de belleza y de pensamiento y de sentimiento que me han dado los libros, las películas, la pintura, las obras de teatro. ¡El arte y la creación han cambiado tanto mi vida, mis vidas! El proceso me ha recordado a uno de las modalidades poéticas que más odio: las fábulas tipo Samaniego, que me enervan, me sublevan.

Luego llega el momento del diagnóstico. En este caso, le toca emitir el «veredicto» a un psiquiatra de prestigio en mi ciudad (también artista, por cierto) y habla no sé si con sinceridad o para quedar bien, no estoy seguro del todo. Como cada uno se queda con lo que quiere, yo me quedo con lo que creo más sincero de su discurso, una palabra que he empleado antes: «puerilidad». ¿Qué dirán los psiquiatras y psicólogos en días venideros?

A mí, después de ver la obra con su diagnóstico incorporado, todo me resulta un acto absoluto de vanidad pretenciosa. ¿De verdad alguien diseña una obra con un proceso artístico para que se lo diagnostiquen? ¿Hacen falta cuatro días y cuatro profesionales? ¿De verdad es necesario un diagnóstico?

El psiquiatra acaba y es aplaudido en su intento. Luego, el «autor» nos invita a dibujar las sillas en las que estamos sentados. Después proyectan unos cuantos dibujos elegidos y nos los explica, por si no hemos entendido y atendido lo suficiente. No tengo palabras para ese momento, lo confieso. A todo esto, no paro de mirar el reloj. En una cosa tiene razón el autor: es esta una obra para probar nuestra paciencia, para ajustar nuestros nervios a la exasperación.

Para finalizar-finalizar, dice que la obra puede cambiar de signo cada día, que podemos ir otro día a comprobarlo. Yo tengo una sincera curiosidad y me pregunto si todo va a ser tan malo como la experiencia personal que he padecido. Algunas personas de mi alrededor (público, es conveniente decirlo, que sabe a lo que va y conoce lo que es el teatro experimental) esbozan una sonrisa. Una chica próxima susurra: «Ni de coña».

Cuando la obra acaba, ya de verdad, aplaude muy poca gente (otros ya se han ido). Y, yo que soy persona insegura por naturaleza, no me queda otra que preguntarme, sinceramente, si soy tonto, si soy insensible, si soy un tradicional o si me he perdido algo. No he compartido mi experiencia con otros espectadores, pero me gustaría muchísimo saber si le ha gustado a alguien y por qué. No puedo evitar deslindar placer de comprensión y de conocimiento. Lo reconozco.

Como estas líneas pueden resultar un poco duras, he de decir que tiendo a ser benévolo con las cosas que veo, leo y escucho, que me quedo con lo bueno y no me ensaño con lo negativo. Pero, ahora ya sí, me callo.

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La calma ha desaparecido de nuestra vida. No existe —ya— en el ritmo diario, en el hogar, en la lectura. Qué bellos esos momentos en los que se leía despacio por placer. Qué necesarios esos momentos en los que detenías la lectura y pensabas e ibas más allá. Y gozabas.

La calma ha desaparecido y no queda, por supuesto, ningún resquicio para hacer las cosas bien y coserlas despacio en nuestro ritmo de trabajo cotidiano. Nos hemos convertido en máquinas de hacer cosas sin buscar apenas su sentido, con esa prisa necesaria para el corto plazo que no depara ningún beneficio a la larga si no es el utilitario. Nos vemos impelidos a hacer y hacer, de manera brusca e inminente, sin que tengamos tiempo para tomar aliento, para respirar. Para destilar lo necesario de lo accesorio. ¿Dónde queda el momento de un profesor —por ejemplo— para reflexionar, para darle un par de vueltas a un concepto, a una idea, a una frase?

La puta prisa nos está matando. Y lamentaremos que no nos hayan dado oportunidad para la calma cuando, en medio de la tormenta, busquemos una orilla.

Imagen de Teresa Vicente Illoro.

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He optado por no escribir entradas sobre el día 31 de diciembre y el 1 de enero, que iban a ser las últimas. A partir del 2, aunque no tenga que ir a la uni, he recuperado gran parte del ritmo de trabajo. Mi resumen de la «salida» y «entrada», de años viejos y años nuevos es que esos cambios solo afectan a mi humor, pero no a mi estado, que no pasa a ser ni líquido ni gaseoso. El día 31 lo dejamos en dos grandes momentos: cumpleaños de mi hijo y la tradicional San Silvestre Cidiana, de la que quedé especialmente contento. El día 1 de enero, lo dejamos con la maravillosa sensación de estar nadando con la piscina entera para mí.

Pero esta breve entrada quiero dedicarla a mi donación de sangre número 100. El día 2 de enero, por la mañanita, cumplí el centenar de donaciones. Después de 35 años y pocos parones, he acudido a la Hermandad de Donantes de Sangre de Burgos a poner mi granito de arena, o sea mi gotita de la vena.

Todavía recuerdo mi primera donación, llena de miedos. Acudí con Guillermo, el hermano de mi amigo Eduardo, que me animó a donar y se ofreció, desde su experiencia, a acompañarme ese primer día. Se lo agradezco mucho porque, de no ser por él, no sé si hubiese dado el paso/el brazo.

Y, desde entonces, el acto de donar se ha convertido en una alegre rutina. Me gusta pensar que esos casi 50 litros de sangre han podido ayudar a gente que lo necesitaba. No se trata tanto de ese deseo de pervivencia de mi sangre en el cuerpo de los otros, sino de poner a disposición de los que lo precisan una pequeña parte de mí que no supone ningún esfuerzo, ningún mérito.

Años más tarde, tanto en la educación secundaria como en la universidad, he animado a algunos alumnos a donar. De hecho, yo también he sido compañero de principiantes ilusionados que, con su generosidad, riegan ahora otros cuerpos. Quedaba con ellos por las tardes y recuerdo especialmente un día en el que, pensando que irían dos, se presentaron doce. Con un poquito de miedo, como me ocurrió a mí. Con una sonrisa al acabar.

Así que eso, solo eso, merece mi atención. Y es el broche de mis entradas sobre las vacaciones. Hasta las próximas… donaciones y vacaciones.

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