— Verba Volant

Me doy cuenta de que esta serie va tejiendo una tela de araña en la que las historias van entrelazándose, organizadas en un tejido en el que una cosa lleva a la otra, una persona a la de más allá. Aunque yo no lo pretendía, van adquiriendo un orden causal en el que un hecho hace que salte una chispa, una persona hace que se piense en la siguiente, la mirada de una persona evoca la de otra. En este caso, el espacio me ha puesto delante de los ojos a la chica hikikomori.

Antes que nada, quizás sea bueno recordar que los hikikomoris son personas que abandonan todo trato social para permanecer recluidas en su casa. En un estado de aislamiento casi total, debido a su inseguridad, cade vez mantienen menos relaciones con las personas, se vuelven tímidos y, en un estado de retroalimentación que toma la forma de pescadilla que se muerde la cola, suelen ser objeto de burlas en los colegios, lo que les empuja más y más a la reclusión. Su único contacto con el mundo exterior son las pantallas del ordenador y de la televisión.

Se llamaba Julia. Me he acordado de ella porque se sentaba en la misma clase y en el mismo sitio en el que años antes, se había sentado uno de los alumnos de esta historia. Si ya viene a ser un tópico hablar de sonrisas, la de Julia era sospechosamente hierática, un tipo de risa permanente que no devolvía al que la veía la sensación de que existiese una felicidad detrás. Permanecía muy recta en la silla y su mirada rara vez estaba centrada en las cosas de este mundo. Cuando pasabas cerca de su pupitre, descubrías que dibujaba manga de forma casi compulsiva. Estaba obsesionada por todo lo que tenía que ver con Japón: series de dibujos en televisión, juegos de ordenador, cómics… Nuestro mundo, en definitiva, no era el suyo y los pensamientos de Julia estaban a más de diez mil kilómetros de distancia.

Intentar rescatar a Julia para devolverla a la clase se convirtió para mí en una causa perdida. Lo más que conseguí es que hiciese los ejercicios de Lengua de forma mecánica, que me respondiese siempre con una calma nerviosa pero educada que venía a significar un pero déjame en paz y déjame volver a mi ensimismamiento. Le preguntabas y dibujaba. Le preguntabas y levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba. Le preguntabas, esbozaba su sonrisa mecánica, levantaba la cabeza, la bajaba y dibujaba.

En una época en la que no había conexiones de banda ancha en las casas y se accedía a internet a través del teléfono, Julia se pasaba todo el tiempo que podía en su casa jugando con el ordenador y conectada a internet. No quiero ni imaginar la factura de teléfonos que pagaba su madre. Incluso en los dos recreos de la mañana, que duraban 20 minutos, Julia, se iba a su casa (vivía justo enfrente del instituto, a menos de veinte metros) y se encerraba en su habitación para disfrutar con su enajenada obsesión por el ordenador. Luego volvía a clase (en este sentido, hay que decir que su reclusión nunca fue total, puesto que jamás faltaba a su cita con las aulas) soportando esos intervalos de tiempo interminable hasta que llegaba la hora de volver a su casa, dibujar y jugar, jugar y dibujar.

No se le conocían amigos. Yo no era su tutor, pero, al parecer, su madre no reaccionaba (las circunstancias vitales de la familia no parecían ser las mejores). Y no tengo más recuerdo de Julia que el vivir presa de su tímida, persistente y destructora obsesión.

Como habéis podido comprobar, esta historia ha sido corta. Nunca supe más cosas de Julia. Nunca, obviamente, me la encontré por la calle. Nunca supe si consiguió superar sus problemas, si un día consiguió salir a la calle, coger todo el aire posible en los pulmones, con el sol en el rostro, y liberar su sonrisa de todas las soledades. Y no sabré nunca si mandó Japón a la mierda para vivir —de verdad— consigo misma, junto a otros.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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Se llamaba Adán y llegó para estudiar el BUP en mi instituto. Al parecer, tenía cierta fama en la sala de profesores ya en primer curso, pero yo no le conocí hasta 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO) en clase de Literatura. Ya he comentado que no solía hacer mucho caso de las cosas que se decían de los alumnos, para bien o para mal, puesto que el prejuicio establecido y las etiquetas que ponemos a los alumnos pueden no coincidir con la realidad. A veces, se alejan de ella sospechosa o irremediablemente. Y, además, no estaba presente en las sesiones de evaluación, que es donde solían hacerse muchos comentarios valorativos sobre los alumnos.

Decía que se llamaba Adán, no me acuerdo de su apellido, pero sí creo recordar que algunos de mis alumnos decían que el tal Adán y yo teníamos cierto aire de familia (años después, todavía ignoro por qué). Nuestro conocimiento mutuo fue épico, todavía lo tengo bien fresquito en la memoria. Como solía ocurrir en la primera clase, después de presentarme y antes incluso de pasar lista, iba preguntando a todos cuántos libros habían leído, qué tipo de libros preferían, si había algún libro que les había marcado especialmente. Para los profesores que hayan llegado recientemente a esto de la enseñanza, quizás estas preguntas puedan parecerles, directamente, ciencia ficción. Quizás muchos alumnos de estos cursos ahora no tengan mucho que decir o todo lo que digan se resuma en libros de literatura infantil y juvenil sin ninguna calidad literaria. Este no era exactamente el caso en aquella época, aunque también es cierto que el paso del tiempo dulcifica y magnifica los recuerdos de las épocas pasadas haciendo de estas algo mejores de lo que fueron y convirtiéndolas en una proyección de nuestros anhelos.

Decía que iba preguntando esas cuestiones y llegó el turno de Adán. Yo no sabía quién era él, no reconocía a los alumnos por su cara al no haberles dado clase y, como digo, no había pasado lista. A la pregunta de marras, él me dijo: “A mí me gustan mucho los libros de Stephen King”. Todavía no llego a saber por qué, mi respuesta inmediata fue: “¿Y por qué te gustan esas mierdas?”. Él quedó francamente descolocado, erguido y tieso como estaba en el asiento, se echó un poco para atrás, y no supo muy bien qué decir. Esbozó algo de “Pues no está tan mal”, pero no le entendí bien. Mi reacción, como digo, fue inesperada incluso viniendo de alguien como yo (y lo digo porque, desgraciadamente, me conozco bien). Entre otras cosas, porque algunos libros de Stephen King, sin ser la quintaesencia de la literatura, no están tan mal y cualquier adicto a sus historias y con paciencia para leer libros tan extensos podría fácilmente extender sus lecturas hacia otros campos más selectos. Como digo, la cara de mosqueo duró minutos, frente al cachondeo general de algunos de sus compañeros, que se congratulaban del momento de estupor vivido por Adán.

Luego pasé lista y me enteré de que era él, el chico del que hablaban todos, el superdotado. Y no me refiero a una superdotación sin más, de esas de alumnos que sobrepasan holgadamente la media del cociente intelectual del resto de los mortales (de hecho, en esa clase la estadística habitual se rompía porque había otros alumnos con unas mentes prodigiosas. Hablaré en esta serie, al menos, de dos de ellos), sino una mente privilegiada para procesar, asimilar y entender todo lo que se decía a una velocidad vertiginosa. En el retrato que ahora hago de él soy un tanto injusto porque, aunque lo que voy a decir creo que no se escapa una pizca de la realidad, sí existen otros elementos que pueden condicionar esa impresión, que podría parecer negativa y que se manifestarán al final de esta entrada. Ya sabéis que en estas entradas hablo de risas y sonrisas. La suya, la sonrisa de Adán, solía ser una sonrisa de autosuficiencia. Una elevación escueta de los labios hacia arriba enseñando las paletas que, en algunos casos, podía significar “Ahora vas a saber tú lo que es bueno”. Adán lo intentó en esa clase un par de veces. Alguna pregunta capciosa, una observación cargada con nitroglicerina, pero yo respondía como si no me diera por aludido y, todo hay que decirlo, con algunas dosis de retranca.

Ahora que ya estaba, por fin, metido en el curso de Adán, descubrí que había en el profesorado dos bandos en lo que al chico se refería:

Había un bando, liderado especialmente por una de mis compañeras que se enfrentaba a Adán por el método de la negación. Tendía a ponerle inicialmente unas notas que se alejaban mucho de las que se merecía porque lo contemplaba a la luz de los años y la formación que tenía ella. Ella, y otros que la secundaron en el futuro, intentaban ningunear su excelencia ignorando que, con toda su inteligencia y madurez a cuestas, era un chaval de 15 años y, desde luego, no conocía todos los resquicios de una disciplina que ella había estudiado durante cinco años. En definitiva, lo rebajaba de su altura natural, la elevación que le correspondía haciendo trampas. He de decir que esto es muy común entre el colectivo glorioso al que pertenezco. El hecho de estar a un lado determinado de la mesa, cerca de una pizarra y con un bolígrafo rojo en la mano para manejar nuestra autoestima nos hace creer que somos más inteligentes que los pobres sufridores e incautos que tenemos delante. Y nada más lejos de la verdad. Pero dejémoslo, es un asunto que nos llevaría mucho tiempo.

Otro bando, mucho más numeroso, era el de los sufridores. Profesores que llegaban a clase y a los que se les helaba la sangre cada vez que Adán levantaba la mano para hacer una pregunta. Si intentaban salir por los cerros de Úbeda, Adán insistía, contraargumentaba y contraatacaba, argüía y colegía, derivaba y volvía hasta que acababan agotados. Un día, en el recreo, un compañero me confesaba, casi llorando, que no podía más, que la situación le superaba. Yo le pregunté qué había pasado y él me dijo que intentaba contestar a lo que Adán le preguntaba, pero se le agotaban los conocimientos y los argumentos. Le planteé: “¿Y por qué no le dices, simplemente, que no sabes la respuesta?”. Porque Adán, siendo justo o injusto en esos momentos, podía aceptar las limitaciones de los profesores, pero no el rodeo ni la mentira. Si a una pregunta interesante y ávida de conocimiento (hay que subrayar que Adán no levantaba la mano simplemente para fastidiar) se le respondía con un “Mira, pues esto, así, no me lo había planteado. Lo miro y mañana lo comentamos”, el chico lo aceptaba de forma natural. Si la respuesta, en cambio, iba enmarañando o enmascarando una ignorancia, Adán se sentía defraudado y procedía sin piedad.

He de decir que a mí, particularmente, Adán me caía bien. Creo que no solo nos soportábamos, sino que teníamos una relación profesor-alumno, alumno-profesor, bastante cordial. Cuando se le contemplaba desde una óptica un poco más relajada, se descubría en Adán un gran sentido del humor, una rechifla constante contra el mundo y cualquier de sus circunstancias, una manera muy enriquecedora de contemplar la enseñanza, en la que no solo enseñas sino que eres enseñado de una forma ágil, hábil y provechosa.

Todavía recuerdo un día en el que Adán me preguntó si podía hablar conmigo en privado. Estaba en COU y yo, ese año, ya no les daba clase. Reconozco que estaba muy intrigado ante lo que me querría decir. Lleno de serenidad, me fue esbozando lo que se había comentado en clase de Lengua sobre una cuestión bastante compleja relacionada con los tipos de sintagmas, sus tipologías y sus funciones. Él había preguntado en clase y el profesor le había dado una contestación demasiado apresurada y, desde la profundidad que necesitaba Adán en las contestaciones, totalmente inexacta. Quería reunirse conmigo para saber si la cuestión era aceptable como el profesor se le había dicho. Yo le dije que no. Le expliqué la cuestión en pocas palabras y, naturalmente, él me entendió a la perfección. Tampoco me gustaba llevar la contraria a un compañero. Le dije que, al tratar estas cuestiones, se suelen dar respuestas aproximadas, que si tal, que si cual… Cuando se iba, me dijo: “Ya me imaginaba que el profesor estaba equivocado, pero no se lo quería decir en clase. No le quería hacer pasar un mal rato”.

Adán entró a estudiar Medicina. Allí, al parecer, todos los profesores alababan su excelencia. También es cierto que muchos le aconsejaron especialidades alejadas del contacto directo con los pacientes. Después de una más que divertida propuesta para dedicarse a la medicina forense, Adán ahora es radiólogo. He coincidido con él solamente dos o tres veces. Sigue teniendo esa misma sonrisa que, pareciendo autosuficiente, está cargada de ironía. Adán es un buen tipo, una mente privilegiada y un alumno cuyo paso por nuestras vidas no se puede, no se debe, olvidar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

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Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

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Hoy dudada entre publicar: “El chico que acabó desnudo de madrugada en una piscina municipal” o “El chico que contestaba con perfección y elegancia a una pregunta del examen y dejaba las otras cuatro en blanco”, pero me he decantado por esta.

Para contar esta historia, tengo que explicar algo de mi pasado que conecta con lo que cuento hoy. Yo también estudié, como todos estos alumnos de los que hablo, en el instituto protagonista en muchas de estas entradas. Se trata de un centro situado en un barrio de Burgos. Ahora (también cuando daba clase allí) es un instituto normal, lleno de gente de todas las procedencias, en el que caben también los alumnos procedentes de orígenes modestos. Decir que es un centro normal lleno de gente normal quiere decir muchas cosas (creo que todas buenas) cuando hablamos de Burgos.

Pero, cuando llegué a ese centro, el barrio en el que se ubicaba era mucho más conflictivo de lo que es ahora y algunos de los alumnos que estaban en el centro en los primeros cursos de BUP también lo eran. Hoy no toca explicar cómo llegué a estudiar allí, pero sí tengo que decir que era frecuente que mis compañeros fuesen señalando, cuando salíamos del colegio, a unas cuantas personas que vivían en el barrio por su mote y con observaciones tan atemorizantes para un chico de 14 años que había vivido antes en otros mundos: “Este salió de la cárcel hace dos semanas”, “Mira, aquel siempre va con pistola”, “Ese trapichea con heroína. Está enganchado que no veas”. Ninguno de esos angelitos estaba dentro del instituto, pero algunos parecían dignos aspirantes a esos tronos. Quizás el miedo estaba más en mi imaginación que en la realidad, pero, en la primera semana de clase, un compañero me pidió prestado un bolígrafo y yo no me atreví a pedirle que me lo devolviera. Recuerdo también a dos chicas nuevas que se sentaban justo delante, desesperadas porque un tipo de la fila de al lado se volvía durante la clase y adornaba todo tipo de gesticulación lasciva dirigiéndose hacia ellas. Me mantuve durante unas semanas lleno de inquietudes, que se acabaron cuando, en una hora libre que tuvimos porque faltó el profesor, cayó en mis manos un balón de baloncesto. Con una de mis pocas habilidades, me convertí en un pequeño héroe que ayudó al instituto a ganar partidos en la liga escolar. Puedo decir que, con mi dominio de la canasta, se acabaron mis problemas.

La clase que teníamos me parecía de otra década. Acostumbrado como estaba a las mesas individuales, aquí teníamos mesas en las que los dos pupitres estaban unidos. Yo me sentaba en la última fila y a mi compañero le conocía porque los dos procedíamos del mismo colegio. Un día, en el descanso entre clase y clase, yo estaba inclinado hacia la derecha hablando con una chica de la fila de al lado, cuando escuché un grito tremendo de mi amigo. Me di la vuelta y me dijo que le habían clavado una navaja. Se apretaba el muslo con las manos. Llevaba un pantalón de pana y yo no veía nada (el azar había originado que el corte coincidiese con una de las líneas del pantalón). En dos segundos, empezó a brotar la sangre. El pinchazo no era profundo, pero sangraba de forma más que significativa.

Como es habitual, no cabe aquí contar toda esta historia, que precede a la que tiene justo protagonismo hoy, pero sí creo necesario decir que el chico que había clavado la navaja a mi compañero no llegó a ser expulsado ni un solo día del instituto, todavía no llego a entender por qué. No quiero ni pensar que estaban acostumbrados (que no lo era el caso). Tampoco quería pensar que fuese el miedo a las represalias. Y otro apunte: decidió clavar la navaja a mi amigo, simplemente, porque se lo había apostado con un colega a cambio de un cigarrillo. Para que veáis lo sencillas que son las cosas del clavar.

Muchos años después, trasladamos nuestra historia a una clase de 2.º de BUP (3.º de ESO). Cuando el primer día me dispongo a pasar lista, reconozco esos apellidos al instante. Miro la cara del chaval y noto un inconfundible aire de familia. La misma forma de la cabeza, el pelo lacio y con un corte similar. Le pregunto: ¿”Tú eres hermano de…?”. Él me contesta con una sonrisa que, inmediatamente, interpreto como sarcástica. “Sí”, me dice. Al día siguiente, cuando vuelvo a pasar lista, me dice: “Mi hermano te manda recuerdos”. Y yo vuelvo a pensar en películas de miedo y lleno mi cabeza de pájaros de pésimos augurios. En los días siguientes, Alberto, que así se llamaba el hermano del navajero, siempre me mira de reojo y sonríe. Siempre contesta a mis preguntas de manera lacónica.

Mi asociación de Alberto con su hermano y las navajas duró mucho más de lo que cuento aquí. Con el tiempo, sin embargo, descubro que Alberto no tiene nada que ver con su hermano. Su sonrisa no es aviesa ni endiablada. Es, simplemente, una sonrisa. Y su forma lacónica de contestar es, simplemente, una forma de ser. Alejado ya de los prejuicios, nunca vi un mal gesto en Alberto, nunca una mala intención. Es cierto que no era muy buen estudiante y que le gustaba mucho más distraerse durante las clases que aprovecharlas, pero eso no hacía de Alberto deudor de ninguna de las malas mañas que le precedieron. Esto me enseñó lo perjudicial que es montarse una película sobre la enseñanza con un guion preestablecido.

Por cierto, más tarde me enteré de que el hermano de Alberto me mandaba unos saludos sinceros que nada tenían que ver con otra cosa que no fuera con el recuerdo de un compañero al que no se le daba nada mal jugar al baloncesto. Y ahora veo unas cuantas veces a Alberto durante el año. Trabaja en un bar al que voy con cierta frecuencia a comer unos pinchos que me encantan. Me recibe siempre con esa sonrisa que le caracterizaba ya a los 16 años. Y yo se la devuelvo con otra sonrisa, esa con la que tenía que haber recibido a Alberto desde el primer día. Sin ningún tipo de prejuicios.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Guillermo Ruiz.

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La historia de hoy sería muy larga, pero la resumiré lo más posible para quedarme con lo esencial.

Pongámonos en el contexto inmediatamente anterior a lo que voy a contar: Acto primero. Es el segundo año en el que imparto la asignatura de “Análisis del lenguaje publicitario” en la universidad. Hay más de cien personas en una clase (las aulas inmensas que había por aquel entonces en la Facultad de Derecho) para hacer un examen. Llevamos casi quince minutos desde que ha empezado la prueba de la convocatoria de junio. Sin llamar siquiera a la puerta ni pedir permiso para entrar, dos personas irrumpen en la clase y emprenden el ascenso para sentarse. Yo les digo que no pueden entrar al aula. Uno de ellos dice: “Pero, venga tío, joder, no te pases, enróllate”. Y yo, además de reconvenirle por expresarse de ese modo, le hago saber que hay alumnos que han entregado el examen y ya han salido del aula, por lo que es del todo imposible que ellos entren. Uno de ellos se marcha, comprensivo, y el otro suelta una argumentación digna de la mejor filosofía griega en la época de Pericles a voz en grito mientras sale: “¡Mecagüendiós, mecagüendiós!”. Una intervención impecable

Acto segundo. Después de la convocatoria de septiembre, toca uno de los días de revisión de examen. Llega el chico de los modales perfectos, de la labia del mejor Demóstenes. Había venido a ver el examen (que estaba suspenso). Yo le digo: “Tienes 87 faltas de ortografía”. Él me dice: “Sí, bueno, pero quiero ver qué fallos tiene el examen”. Yo le digo: “Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía”. Y él vuelve a la carga: “Si, ya me lo has dicho, pero yo venía a ver qué me ha salido mal en el examen”. Y yo le digo: “Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía”. A lo que él me espeta: “Ya te oído. ¿Pero me puedes decir de una vez por qué coño he suspendido el examen”. A lo que yo le digo, con paciencia y sin modificar el tono de mi voz: “Tienes 87 faltas de ortografía”. Él se levanta, y diciendo algo así como “Joder, el pavo, me tiene manía”, sale del despacho dando un portazo.

No es la primera vez que hablaré de las faltas de ortografía en los exámenes. Creo que tengo otras tres historias, al menos, dignas de ser contadas sobre el particular. Pero no me negaréis, en cualquier caso, que esta es significativa. Por cierto: el examen, al margen de las 87 faltas de ortografía, estaba plagado de fallos e inexactitudes.

La historia tuvo un tercer acto, pero no lo pienso contar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cuito Cuanavale.

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Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no “descubre” a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, “destapar” a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor “destapa” y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas “de verdad” en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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No me gustaría hacer de estas entradas una loa complaciente para todos aquellos que fueron o son sus protagonistas legítimos, autocomplaciente para mí. La enseñanza, con todo lo que supone convivir con personas jóvenes o adolescentes, tiene cientos de vertientes maravillosas, pero no es tampoco perfecta. Muchas veces falla por los profesores, por los alumnos, por las familias, por un sistema anquilosado. Me atrevería a decir que también, quizás, por el azar o por la casualidad. En definitiva, en el oficio de enseñar y formar a personas hay muchísimas cosas cosas que se nos escapan, a veces muchas más de las que tenemos controladas, asentadas.

Por esa razón, me ha venido a la cabeza hoy la historia de un chico del que ni siquiera recuerdo el nombre. Por mis aulas, en casi treinta años, han pasado miles de alumnos y es imposible guardar memoria de todos y cada uno de ellos, con sus nombres, caras y apellidos. Pero, aunque reconozco y veo ahora la cara de este chico, no soy capaz de saber cómo se llamaba. Y, por lo que adivinaréis muy pronto, hablar en esta historia de un chico sin nombre será especialmente significativo.

Le di clase de Educación Física un año y ni siquiera me acuerdo de si era buen o mal alumno. Le di clase de Filosofía en 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) y no recuerdo ninguna cosa relevante de él. Ninguna intervención en clase. Ninguna pregunta realizada o respondida. Ningún comportamiento fuera de lo normal. Ni siquiera recuerdo un comportamiento normal. Solo me viene a la memoria que se sentaba en clase y pasaba desapercibido y transparente hasta que llegaba la siguiente. Sí recuerdo sus notas, pero no sus exámenes. Sacaba siempre un notable alto, notas cercanas al ocho, lo que evidenciaba que tenía una capacidad para razonar y expresar muy bien lo que pensaba (de eso se trataba, a fin de cuentas, en Filosofía). Pero no recuerdo ninguna cosa que dejase escrita y a la que yo hubiese dado una relevancia especial. En suma, lo hubiese tenido por buen alumno si hubiese pensado más en él.

Ahí acabó mi historia con ese chico del que no recuerdo el nombre. Pasó luego por COU, pero yo no le di clase. Y fue luego a la Escuela Politécnica para hacer una de las que se denominaban entonces ingenierías técnicas, que se hacían en tres años. Creo que fue Ingeniaría Técnica Industrial, pero no estoy seguro, de eso me enteré más tarde.

Al parecer, el chico del que no recuerdo el nombre, estando en tercero, suspendió una asignatura por primera vez en su vida. Es preciso señalar que estas carreras eran bastante difíciles y no era frecuente que los alumnos las aprobasen a la primera y de un tirón. Se presentó en septiembre y la volvió a suspender. No estaba preparado para el fracaso y entró en un bucle de melancolía. Sus padres lograron con gran alivio que aceptase ir al pueblo durante el fin de semana para intentar olvidarse de todo. Un día, cuando la tarde empezaba a avanzar de forma inexorable, le dijo a su abuela que le hiciese una tortilla de patatas para cenar. Salió de casa. Fue a la orilla del río y, al parecer, se ató una piedra al cuerpo con una cuerda que había cogido en casa. Se tiró al río. Y desapareció de las vidas de todos, de su vida misma.

Puede pensarse que esta historia me toca solamente de modo marginal, pero, cuando nos enteramos en el instituto de la noticia en las primeras reuniones del curso, me afectó profundamente. Me pregunté cuántas vidas pasarían por la mía de puntillas siendo profesor. Cuántos pequeños (o grandes) detalles ignoro e ignoraré. Cuántas congojas, problemas o frustraciones pueden pasar por la vida de esos chicos sin que les demos importancia, sin que les prestemos atención. Cuántas personas han pasado por mi lado sin ser muy consciente de que hay algo mucho más profundo, mucho más hondo, que los circunda y, en ocasiones, les agobia, les ata hasta que se hunden. Puede que todo lo que le pasaba al chico fuese, simplemente inescrutable. Ni siquiera sabemos los detalles y los matices de lo que es, para mí, una vida ignorada. Pero el hecho de no haber sabido nada de él, de no haberle reconocido, el hecho de que ni siquiera recuerde su nombre es muy significativo.

Al encontrarme con algún exalumno de aquellos años por la calle, cuando me preguntan si me acuerdo de él, me pongo muy contento cuando veo esa cara, por la que han transcurrido los años y las experiencias, y me viene a la mente un nombre, un apellido, alguna evidencia de que, un día, estuvo conmigo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hefin Owen.


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Cristina pertenecía a una clase de la que he hablado ya alguna vez en esta serie. Les di clase de Literatura (recuerdo que, antes, la Lengua y de Literatura eran asignaturas distintas) en 3.º de BUP y COU (en el sistema actual, 1.º y 2.º de BACH).

Como clase, funcionaban de una manera fantástica. Apuntaban maneras algunos de ellos en 2.º de BUP (Cristina no estaba aún en mi clase ese primer año), cuando la Literatura era una asignatura común, y despuntaron de forma sobresaliente cuando, en 3.º y en COU, eran asignaturas específicas para la rama de letras. Hablo muchas veces, como sabéis, de la sonrisa como uno de los elementos más característicos de mis recuerdos de las personas. En el caso de Cristina, lo que recuerdo primero es el brillo de sus ojos. Era un brillo colorido en unos ojos preciosos (como soy daltónico, no sé si verdes o color avellana) que procedía de la pasión. Porque la pasión de Cristina era la Literatura.

Ya desde las primeras clases, me asusté de la confianza que ponía Cristina en todo lo que yo decía. Si aconsejaba un libro, se lo leía de un tirón. Si adoraba a un autor o una obra, ella lo colocaba en su balda de propósitos para un estudio calmado y detenido. Si defenestraba a un autor, ella se extrañaba en un principio de esa descalificación para luego entender que, en el mundo de los libros y de la literatura, había que tomar partido, inevitablemente.

El nivel que tenía Cristina para comentar las obras que leíamos sería digno de toda una serie de historias sobre la lectura y las interpretaciones. Se apartaba de lo trivial para centrarse de forma atinada en la esencia. A su edad, ya era capaz de alejarse de las interpretaciones facilonas y ad hoc para dar un paso más, maduro, original y creativo. Tenía la competencia de algunos de sus compañeros, también excelentes, pero Cristina era distinta en su manera de vivir con los textos, de asumirlos, deglutirlos y asimilarlos. En ella, la Literatura era un poso para todo lo demás, el principio y el fin de todas las cosas, el lugar en el que confluían los elementos para entender el mundo.

Se sentaba en la primera fila, justo a mi derecha y no perdía ocasión para detectar un gesto, una afirmación arriesgada por mi parte. Ella se lanzaba en tromba en busca de una verdad que tenía en los libros su esencia y que se vería recompensada mil y una veces.

Yo no fui nunca el tutor de la clase de Cristina, pero hablaba mucho con esa clase de infinidad de cuestiones relacionadas con su presente y su futuro (a veces —también— de su pasado). Llegó el día en el que les pregunté qué les gustaría estudiar y Cristina dijo que Periodismo. Me extrañó en un principio, porque tenía manera de filóloga, pero yo no quería tampoco frustrar una vocación enfocada al mundo de la comunicación y que tenía en la escritura uno de sus puntos fuertes. Por razones que no vienen al caso, volví a plantear la pregunta y, cuando Cristina volvió a decir “Periodismo”, ya no me pude reprimir: “¿Y nunca has pensado en Filología Hispánica?”. Su contestación me dejó pasmado: “Es la carrera que más me gustaría estudiar, pero no me veo capaz”. Cristina tenía en un concepto tan alto aquello que adoraba —y que dominaba— que no se consideraba apta para lo que tendría que ser su destino natural. Creo que no mantuve nunca una conversación privada con Cristina sobre este asunto. Me limitaba a volver a sacar la conversación en clase una y otra vez (si puedo sobresalir en algo sobre los demás, es la de tener una capacidad para ser pesado fuera de todos los límites posibles). Con las valoraciones y el trabajo que Cristina hacía en clase cada día su confianza se fortaleció y sus miedos empezaron a resquebrajarse. A la persistente pregunta ella seguía contestando “Periodismo”, pero lo hacía con esa sonrisa aviesa y malvada de quien tenía ya decidido lo contrario. Era, creo, nuestra broma privada, que era, a fin de cuenta, la más pública de las manifestaciones y declaraciones.

Cristina estudió, afortunadamente, Filología Hispánica y es una filóloga excelente. He tenido ocasión de comprobarlo en carnes muy cercanas a las mías. Cuando mi hijo empezó el bachillerato en el instituto, mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que su tutora (y profesora de Lengua y Literatura) me conocía. Pero esa sorpresa inicial resistió solo dos nombres (el de otra alumna mía que llevaba ya un par de años en el instituto y de la que hablaré un día cuando en la serie trataré sobre el pensamiento de los pulpos) y el de Cristina. No sabía que ella daba clase en el instituto, pero las pistas que me dio mi hijo eran infalibles. Una persona así solo podía ser Cristina.

Cristina era una profesora maravillosa, una espléndida tutora. Sabía llevar una clase con criterio y con inteligencia, con toda la mano dura que supone saber guiar con una mano blanda, con toda la sorna y retranca que solamente utilizan aquellos que tienen ese algo más que se necesita para ser profesor de vocación infinita. Me acuerdo de mi hijo diciendo: “Es que esta profesora sí que sabe…”.

Cristina vive cerca de mi casa y suelo encontrarme con ella con cierta frecuencia. Ha logrado a convencer a Julián, su marido para poner a sus dos hijos nombres de escritores que ella adora. Y nada me hace más feliz que sea ella una de las personas dedicadas a enseñar la Literatura por contagio. De eso se trata. Seguro que, cuando ella entra en clase, sigue teniendo ese extraño brillo en los ojos. Seguro que, en algún momento, preguntará más de tres veces a alguno de sus alumnos qué quiere estudiar. Y encontrará a alumnos que le agradezcan eternamente el no haber estudiado otra cosa que no sea Filología. Aunque ellos no sepan esta historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Svenwerk.

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La historia de hoy trata de Alfonso. Bueno, mejor vamos a llamarle Fonsi, hipocorístico que ahora se asocia a una canción de consecuencias nefastas para la historia de la música, pero que encaja en esta entrada como anillo al dedo. Porque jamás llamé Alfonso a Fonsi, ni en los momentos relajados ni en los serios. Todavía no sabía la razón, pero la he adivinado cuando he pensado en esta entrada.

Era el segundo curso que impartía clase de Lengua y Literatura Castellana en 3.º de la ESO y esa sección A que me llegaba ahora era famosa ya por su trayectoria. ¿No habéis oído esa expresión de “Es una clase muy buena académica, pero muy revoltosa y habladora”? Pues eso es lo que escuché yo a mis compañeros cuando hablaban de la clase de marras. Siempre he procurado no hacer ni puñetero caso a esas valoraciones del grupo o de los individuos. Son tantas ocasiones con las que me esperaba una cosa y me he encontrado la otra (para mal, para bien), que siempre prefería comprobarlo con mis propios ojos cuando llegase el momento. Eso sí, me acuerdo que una compañera dijo “Y ese Alfonso, qué pesado es, siempre de broma e intentando liarla” y, no sé por qué, me quedé con la copla.

Llegué a clase, me presenté, dije alguna parida —imagino que diría alguna, lo contrario me habría extrañado— y, de inmediato, Fonsi dijo algo a media voz con una sonrisilla que es difícil de olvidar. Y yo contraataqué con un “Fonsi, fuera de clase”.

La cosa, en forma de diálogo, sería más o menos así:

—Fonsi, fuera de clase.
—Pero si no he hecho nada.
—Precisamente por eso, Fonsi. Fuera de clase.
—Es injusto, me has cogido manía y no sé por qué.
—En efecto, Fonsi, te he cogido manía y no sé por qué. Fuera de clase.

Y Fonsi puso rumbo a la puerta cabeceando, rezando en voy baja algo referente a las injusticias de este mundo, pero esbozando esa sonrisa de pillete que le ha caracterizado y todavía le caracteriza. Toda la clase reaccionó con bromas dedicadas a Fonsi, que mientras se iba, tuvo que escuchar: “Te ha calado a la primera”, “Hala, ya tienes la primera anécdota del año para contar en casa” y otras muchas cosas más.

Frente a esa expulsión, hay que decir varias cosas. La primera, que era auténticamente extraño que yo expulsase a un alumno. La segunda, que fue una expulsión que procedió del instinto y no estaba basada en nada racional, ni siquiera en nada mínimamente justificado. Y, ahora que lo pienso, también hay una tercera. Creo recordar que ese año entró un nuevo director en el centro que dijo que no se podía expulsar a nadie, que estaba prohibido. No añadiré nada más, pero sí creo necesario subrayar que Fonsi no fue, de ningún modo, una cabeza de turco que emplease yo contra el sistema. Y fue una expulsión que no figuró nunca en el parte correspondiente.

Di esa clase de forma normal y relajada y, al día siguiente, tocó dar clase de nuevo en 3.º A. Fonsi iba a decir algo a su compañera de atrás, y yo le dije: “Fonsi, no te vuelvas y cállate, anda”. “Que no me llames Fonsi, que me llamo Alfonso. Y no estaba hablando”. A lo que yo le dije: “Vale, Fonsi, lo que tú digas, pero cállate, anda”. Se lo dije en un tono neutro que podía querer decir tanto “Te vas a volver a ir de clase cagando leches” como “¿No ves que te estoy vacilando un poco?”. Fonsi, que de tonto no tenía un pelo, entendió perfectamente que se trataba de la segunda opción y con ella nos movimos de forma relajada hasta que acabó 2.º de BACH.

Pero, por muy gracioso que fuese, la historia de la expulsión de Fonsi no puede alcanzar aquí su grado máximo de explicación. El contexto, la situación, el juego que nos dio a lo largo de todos los años, van mucho más allá de lo que cuento aquí.

Como ya viene siendo frecuente en estas historias, hay muchas cosas más que contar de Fonsi a lo largo de esos años de instituto. Porque Fonsi estaba en una clase muy importante para mí (en la que estaba, por cierto, el chico que llevaba siempre demasiado limpios los zapatos) y otros muchos que tendrán su historia de forma más que merecida.

La historia final que voy a contar de Fonsi tiene que ver con un día de despedida. Antes de la fiesta de despedida de los alumnos en el instituto (esa que yo, siempre que fui coordinador o tutor me negué siempre a llamar “Fiesta de graduación” porque no era tal y porque para mí siempre fue más importante en estos actos lo personal que lo académico), tenía la costumbre durante unos años de llevarles a una zona de campo cercana al centro. En una de las horas de tutoría, ya próximos los exámenes finales, nos sentábamos entre la hierba y les explicaba que, además de ese momento de fiesta en la que iban a estar también sus familiares, en el que se dirían discursos y palabras protocolarias, este, probablemente, iba a ser el último momento que iban a coincidir todos. Que se prometerían mil y una quedadas a las que asistirían unos pocos. Que la vida les haría estar aquí y allá, a veces a miles de kilómetros de distancia. Que las vidas, lo mismo que se encuentran, se separan de forma más o menos inexorable. Aunque algunos de ellos sean amigos de siempre, no siempre iban a estar todos. Así que era el momento de que, el que lo quisiera, hablase de cualquier anécdota, que contase algo divertido que había ocurrido en el transcurso de esos años…

En esas intervenciones, se iba saltando de lo trascendental a lo intrascendente (que, en estos casos, a veces es lo más importante) y, entre bromas y algún ataque de timidez, se iban deshilando palabras preciosas de despedida, de recuerdo de los mejores momentos. Lo teníamos fácil, porque muchos pudimos decir “Siempre nos quedará París”. Fonsi comentó, claro está, ese momento en el que fue expulsado nada más entrar en clase, entre las risas de todos. Porque todos ellos sabían que Fonsi era un tipo fundamental y excepcional, divertido y poco convencional, arisco en su misma calidez no siempre reconocida. Cuando nos levantamos y nos íbamos a marcharnos, Fonsi me dijo unas palabras, entre susurros, que yo nunca podré olvidar.

Ahora Fonsi y yo intercambiamos, de vez en cuando, algún guasap relacionado con algún burgalés que dice que hace rap y hace, simplemente, el payaso. Pero eso, quizás, sea otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de The Naked Ape.

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Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el “tratamiento” que le daba a su “problema”: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

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