— Verba Volant

Ya decía yo que era difícil cumplir con el propósito de una entrada diaria. Ayer fue un día de quiero y no puedo, de se me fue el santo al cielo, de sí, luego lo hago cuando el luego eran otras muchas cosas. Fui anotando cosas que ahora no veo tan convenientes y otras las tenía en algún sitio de la cabeza, pero se me han olvidado

Correr en Los Balbases

En el sexto día, corrí la San Silvestre de Los Balbases. Como creo que comenté, el año pasado estaba apuntado, pero no pude hacerla por culpa de una rotura de fibras en el cuádriceps que me las hizo pasar canutas. Este año las fibras estaban en su sitio y las ganas, intactas. Es una prueba muy dura, con cuestas muy largas que no te esperas y que, valga la redundancia, aunque en este caso la redundancia no es suficiente, se me hicieron muy cuesta arriba. Pero fue una carrera bonita, el ritmo estupendo y, además de mi hijo, coincidí allí con mis compañeros del equipo de natación: Sara y Tory, en la organización; Antuán y Marimar, corriendo. Buena gente, buena compañía. Y la antesala de la San Silvestre Cidiana del día 31. Por cierto, en Los Balbases han tenido la estupenda iniciativa de plantar un árbol por cada corredor inscrito, que ha llegado a publicarse hoy en El País.

Pelis y lecturas

La tarde la dediqué a hacer el vago, con zapeo en los inicios de la tarde y algo más de intensidad a medida que pasaban las horas. Acabé Mula, de Eastwood, que me gustó mucho. Esa sintonía entre el bueno y el malo que no es tal, porque el malo no nos lo parece en absoluto. Es más, nos parece muy bueno. En este sentido, tiene algo que me recuerda a Un mundo perfecto.

Luego estuve leyendo algo de ensayo, artículos de opinión. También alguna cosa más relacionada directamente con el trabajo. No daré la chapa comentando cada cosa. Solamente una, que me llamó la atención: un artículo en el que se contaba la vida de una comadrona en el estado de Nueva York que atendía partos a domicilio. Me di cuenta de que, si bien es cierto que algunas personas eligen esa opción por ser más «natural», en el contexto estadounidense, bajo ese falso pretexto, se esconde una atención más personalizada y un ahorro inmenso de dólares y de pruebas muy caras y, a veces, innecesarias con las que los hospitales justifican sus presupuestos.

Emojis

No recuerdo exactamente cuando saltó la noticia de que la palabra de 2019 elegida por la Fundéu era emoji. En el momento de leerlo, ya me temía lo que luego ocurrió: avalanchas de opiniones en las redes sociales. Que si no hay palabras españolas, que si fomentando una palabra que supone la eliminación del lenguaje como dios manda, que si para qué emoji si tenemos la palabra emoticono

En cuanto a por qué esta palabra y no otra, hubiese pasado con cualquiera, así que no vamos a darle más vueltas. En cuanto a eso de que poniendo una carita o dibujito ahorramos palabras, sería necesario recordar que los emojis y los emoticonos no dejan de ser, en una comunicación escrita con muchos componentes orales, el correlativo de nuestros gestos. Un emoji afianza lo que decimos, lo matiza, lo carga de expresividad. Y, en ocasiones, sí, hace que no sean necesarias las palabras. ¿Pasa algo?

Otro capítulo aparte es el de decir que emoticono es la palabra española para la extranjera emoji. Un emoticono es un conjunto de caracteres del teclado que imitan un gesto. Por ejemplo, si quiero guiñar un ojo, pulsaré el punto y coma y, seguidamente, el signo de cerrar paréntesis. Un emoji, sin embargo, es ese carácter ya desarrollado: una carita sonriente guiñando un ojo. A ver estos listos que creen que son palabras equivalentes cómo hacen una sevillana, una berenjena o una paella con emoticonos.

Música

Spotify nos hace todos los años una recopilación de la música que más escuchamos. A mí es frecuente que me salga La Casa Azul, que me encanta desde el principio, me gusta su evolución, su sonido, su ritmo. Y dejo esta canción de 2016, que lo dice todo: «Podría ser peor».

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Baloncesto y bravas

Esta noche, ha habido intermedio, pero no Shameless. Luego, si puedo y no me alargo, lo cuento. Como dije ayer, había partillo de baloncesto entre amigos. El inicio fue para no volver a coger un balón en la vida, pero luego fue mejorando y, al final, pasamos un buen rato con una calidad de juego (relativamente) digna. Lo mejor, desde luego, es encontrarte con gente a la que quieres y aprecias, con la que te encuentras bien. Si luego se une alguno más al momento de las bravas posterior al partido, la cosa sale estupenda. Como dentro de unos días repetiremos, volveremos a disfrutar de todas esas cosas que tenemos en común pero que, por vivir lejos, no siempre conocemos.

Docentes digitales, cabreos monumentales

Había leído un poco del artículo «Docentes: mutación o extinción», pero no había recorrido el trabajo con reflexión porque sabía que me iba a cabrear, como ha ocurrido finalmente. Resulta que estos colegas o coleguillas nos dicen que los profesores universitarios tenemos que evolucionar y adquirir una identidad digital. Dan por sentado que no la tenemos. Dan por sentado que hay que tenerla. Dan por sentado que hay que evolucionar hacia esto. Cuidado, que el que escribe aquí —o sea, yo— es poco sospechoso de ir en contra de esas cosas. Pero es que ya me canso de leer y escuchar memeces. En España, los profesores universitarios estamos a un sistema desquiciado y desquiciante en el que solo nos falta hacer el pino y sujetar con los pies todo el universo. Dicen los colegas o coleguillas que las cuestiones por las que nos acreditan y nos conceden sexenios no son importantes. Dicen los colegas o coleguillas cómo debemos hacer un trabajo que ya hacemos y que es tremendamente injusto: estamos (omni)presentes en las redes sociales, en el correo electrónico y en todos los sitios. A cambio, recibimos correos todos los días de la semana, nos inquieren y requieren con espera de respuestas tempranas en vacaciones. Parece que tenemos que estar de guardia permanente, lo que a mí ya, francamente, me ha hecho que esté en guardia. Y cabreado (monumentalmente) por la injusticia de no poder prosperar al ritmo adecuado de un trabajo que, por exhaustivo y multiplicado, se ha convertido en inabarcable.

Referencia del artículo:

Cabrera, M., Poza, J. L., & Lloret, N. (2019). Docente: mutación o extinción. Telos: Cuadernos de Comunicación e Innovación112, 74–79. Recuperado de https://telos.fundaciontelefonica.com/wp-content/uploads/2019/12/telos-112-ANALISIS-humanidades-stem-marga-cabrera-nuria-lloret.pdf

Películas

En el quinto día, no ha habido series, ha habido películas. Cometí el error de ser fiel a Netflix. Vi Los dos papas, que tiene sus cosas buenas aunque no sea muy allá, pero luego vi una peli titulada La perfección para la que no tengo palabras. O sí, unas palabras: aún me pregunto qué pinta el retrato de Góngora en una sala de una especie de academia selecta de chelistas. Menos mal que he empezado también a ver Mula, de Eastwood. Eso ya es otro cantar.

La tarde-noche tuvo una réplica de las bravas mañaneras en versión más fina y con compañía ampliada. Lo pasamos bien.

Y este es el quinto día de vacaciones, en el que noto que cada vez tiene más cosas de trabajo atrapando momentos que deberían ocuparse en otras cosas. Mañana toca una carrera, así que hay que dormir y soñar. Sobre todo, soñar.

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Shameless

Cuarto día (de vacaciones). Esta vez, la noche se ha dividido en dos partes, en dos intermedios de Shameless. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero me encantan las comedias que lo parecen y no lo son, tipo Shameless o las queridísimas y adoradas Weeds y, sobre todo, Californication. A medida que avanzan, no dejan de ser graciosas, pero casi no cabe lugar en ellas para la risa, sino para la reflexión. La familia Gallagher es un compendio triste de todas nuestras esencias, casi condenadas al fracaso, pero en una lucha permanente que solamente ha abandonado el más irresponsable, que es el padre de familia que nunca ha sido ni padre ni miembro de esa familia de pleno derecho.

Deporte. Baloncesto

Habituados a que hable de las excelencias de deportes más o menos individuales, he dicho poco que me apasiona el baloncesto. Como hoy, quinto día, tenía un partido con los amigos del que hablaré mañana necesariamente, fui con mi hijo a tirar unos tiros, a poner los músculos y la coordinación a punto.

Lo que ocurre es que, para mí, desde hace muchos años, jugar al baloncesto es síntoma de un fracaso irreversible. El paso del tiempo no mejora para nada ni para nadie, pero los que hemos jugado al baloncesto con relativa eficacia sufrimos ahora el hecho de que la cabeza va a la velocidad correcta, pero el cuerpo no está sincronizado. Todo lo que deriva de ello es frustración y añoranza, cosa que a mí no me gusta porque prefiero mirar hacia objetivos que pueda seguir cumpliendo.

Reflexiones en la frutería

Suelo comprar la fruta y las verduras en el supermercado, pero siempre me queda la cosa de ir al mercado, que no tengo muy lejos de casa, para comprar en la necesaria proximidad y cercanía que no se mide solo en distancias. Así lo hicimos cuando acabamos de jugar al baloncesto. Fuimos al Mercado Sur, que daba una sensación de vacío inexplicable en un día después de Navidad. Recorrimos los puestos y, al final, nos decidimos por uno en el que el género no tenía mala pinta. El precio tampoco estaba mal. Cuando llegó la hora de la cena, me di cuenta de que la frutera nos había puesto prácticamente toda la fruta demasiado madura sin preguntarnos. Me cabreó mucho y me sentí estafado. No digo que todo el comercio de proximidad sea así, porque sé que no es cierto. Y creo que lo volveré a intentar. Pero que todos los fruteros del mundo, y los de Burgos en particular, sepan que, si vuelve a caberme la duda, optaré por elegirla yo mismo en el supermercado enfundándome el guante preceptivo.

Escritura del artículo sobre el mundo STEM y el mundo SHH

Comentaba el otro día que había leído algunos artículos muy interesantes en el número 112 de la revista Telos. Venciendo algo la pereza, he escrito en Scripta Manent, ese blog profesional que no frecuento como debería, una entrada glosando las ideas de Reyes Calderón. Me adelanto a los acontecimientos, porque esto ha ocurrido hoy, pero resultan muy pertinentes las observaciones que ha hecho mi querida Sandra L. en Twitter. ¿Pintan algo en este mundo tecnológico las Humanidades? Leed y discutid.

¿Trabajar en vacaciones?

Aunque lo he insinuado desde el primer día, es prácticamente imposible no trabajar durante las vacaciones. Diría que forma parte de nuestro trabajo, pero, como no me va a creer nadie, no lo digo. Además de ir avanzando en la lectura de alguna interesante de la que daré cuenta en algún momento, tengo que gestionar alguna cosilla de la coordinación de nuestro máster en ELE. A eso se añade una iniciativa procedente de colegas de Cataluña y Aragón que motiva que los coordinadores de la antigua selectividad podamos reflexionar sobre la naturaleza de las distintas pruebas en cada distrito. Pero dejemos de hablar de trabajo, que son días de descanso.

Hacia dentro

Tendría que decir que he acabado la película de Denys Arcand y que empecé otras dos. Que sigo con Abella Cienfuegos, aunque no he avanzado tanto como esperaba. Pero hay días que se viven para dentro y de los que no se puede verbalizar con detalle y extensión.

Ayer fue uno de esos días. Como hay acontecimientos frutos de la casualidad y acontecimientos fruto de la causalidad, veo que las causas fueron vestigios. Que las reflexiones de Cabanas sobre la felicidad de la entrada de ayer, que las reflexiones sobre el mundo STEM de ayer y hoy me llevan a la esquizofrénica paradoja de que, en el mundo del arte, tengo una mente SHH y, en el mundo reflexivo y vital tengo una mente STEM. Y que la belleza que busco en las obras no logro adaptarla y acomodarla a mi vida para que sea plácida. De forma inmisericorde, mi día a día no me sirve para disfrutar, sino para encauzar una tendencia poco evitable a la cuantificación, al análisis puro y duro, sin porqués que alivien la espera.

Escuché muchas canciones, claro. Pero, gracias a un artículo de The New Yorker, que reflexiona de forma clarividente sobre los vídeos del grupodescubrí esta canción, que me gustó mucho:

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La prudencia me ha aconsejado que cambie el título de esta serie de entradas. Así, omitiré el «de vacaciones» para no dar cancha a a todos aquellos que nos envidian y nos odian a partes iguales por la asociación inmediata entre profesores y vacaciones, de la que ya escribí hace tiempo. Decido también escribir las entradas a día vencido para dar cuenta de todo el día, no solo de una parte.

Si dijera que el tercer día comenzó, de madrugada, con otro capítulo de Shameless, estaría ya siendo demasiado reiterativo. Solamente me queda hacer dos precisiones, para aquellos que preguntan. La primera, que no es que padezco de insomnio: duermo cerca de siete horas diarias, lo que pasa es que reparto mis tiempos de sueño con una ficción de por medio. La segunda, que esta serie es una falsa comedia que, tras una historia alocada de una familia más que loca, esconde muchas otras cosas.

La Cartuja y el mindfulness

Empiezo el día como dios manda, corriendo, como llevo haciendo desde casi toda una vida los días 25 de diciembre y el 1 de enero. Para mí, correr es una fiesta, una de las mayores fiestas, la fiesta de sentirse vivo.

Cuando corro por la mañana, sean los kilómetros que sean, suelo organizar mi recorrido haciendo que pase, inevitablemente, por la Cartuja de Miraflores. Es mi mindfulness particular. Para cuando empiezo a subir la cuesta exigente por la carretera, ya llevo cuatro kilómetros recorridos y, tras la ascensión, el premio es de primera categoría. Esa sensación de llegar, apenas inaugurado el día, en completa soledad, con ese incomparable edificio, esa maravillosa naturaleza es lo más parecido a la plenitud. Lo que ocurre es que, lamentablemente, empecé mi sesión de entrenamiento demasiado tarde y el mindfulness low-cost se fue a tomar por riau: al llegar al final, me encontré con coches mal aparcados, dos autobuses y una avalancha de gente que salía de misa. Una pena.

Los polvorones del muerto

Luego ha llegado la comida en familia del día de Navidad. No quiero que se me olvide que para mí, otro de los grandes clásicos de la Navidad son los «mazapanes del muerto». Son los mazapanes de Soto marca Segura, que me cautivaron desde niño con una foto que parecía eso, «la del muerto». Desde entonces, tengo al señor Segura en mis pensamientos, en mis oraciones y en mis degluciones. Para el que no conozca «al muerto», ahí va una imagen de la web corporativa:

Libros, lecturas

Olvidaba muchas cosas hechas entre medias y altero aquí el orden cronológico. Todas estas cosas las hice de madrugada, a lo largo de la mañana o de la tarde o cuando la noche acecha. Acabé el libro de Cercas, que me pareció bien, lo que no está mal. He empezado a leer Cómica, de Abella Cienfuegos (ediciones Caballo de Troya, 2019), que me está pareciendo bien. De momento, no llevo más de treinta o cuarenta páginas, pero me gusta.

Me dio por cumplir un deseo que me apetecía desde hace tiempo y me suscribí a la edición digital del The New Yorker, así que veo ahora satisfechas mis ansias de cultureta leía en inglés en porciones intensas.

Luego, empujado por un enlace de mi admirado amigo Daniel Torregrosa, llegué a la entrevista que le hacen al psicólogo Edgar Cabanas en El País a raíz de su libro Happycracia. Tiene más razón que un santo cuando habla de la avalancha de mentiras sobre la felicidad derramadas por los libros de autoayuda, esos que nunca ayudan a nada. Iba a escribir mucho más sobre el contenido de la entrevista y de lo que pienso de todo esto, pero acabo como acaba la entrevista, con unas palabras de Cabanas: «“De la felicidad también se sale. No nos obsesionemos con ella”.

Pelis y documentales

Como ya he comentado, veo las series, las películas y documentales «por fascículos». Al que no le guste, lo siento, pero yo administro mis tiempos como quiero. Entre la Nochebuena y el día de Navidad, veo siempre Qué bello es vivir. Lo hago por muchas razones que no puedo contar de forma detallada. Lo resumo aquí diciendo que es un cuento navideño que me gusta. Que, pese a su aparente simpleza, cada vez que la veo descubro algo. Que le encantaba a mi padre y daría lo que fuera por que él viviese, por verla juntos una vez más.

También estoy viendo La caída del imperio americano, de Denys Arcand. No había vuelto a ver nada de Arcand desde aquella mágica Jesús de Montreal, así que se merece una oportunidad. Y me faltan algo así como cuarenta y cinco minutos, pero la historia me atrae. Tiene tanto que ver con todo lo que estoy contando en esta entrada y lo que me queda por contar que me resultaría pedante pormenorizarlo.

También he disto la TED talk de Chimamanda Adichie titulada «El peligro de la historia única». Llegué hasta aquí gracias a una de sus contribuciones en el periódico La Verdad.de ese gran escritor que es Miguel Ángel Hernández. Si no habéis leído El dolor de los demás, no sé qué diablos hacéis perdiendo el tiempo aquí. El vídeo, que dura menos de veinte minutos, me parece fundamental. Proporciona unas claves esenciales para entender y encuadrar adecuadamente todo tipo de historias: las individuales, las colectivas, las geográficas, las que afectan a las clases sociales y las que afectan a la formación y a la cultura. El sesgo de creer entender todo entendiendo solamente una parte es uno de los mayores peligros que acechan a nuestra mente, que desea constreñirse, engatusada en el regocijo de lo pequeño y manejable, huidiza de lo complejo y grandes que son nuestros mundos.

Música

Por supuesto, la música me ha acompañado durante este tercer día de Navidad, uno de esos días que ya sabéis que no me gustan. La primera canción que he escuchado, ha sido «Last Christmas», de Wham! La he puesto porque me gusta y porque, en 2013, prosifiqué esta y otra en «Un día de Navidad en dos canciones». Me ha acompañado Joe Crepúsculo con «Mi fábrica de baile» y «Música para adultos». He escuchado La pasión según san Mateo casi en bucle.

Confieso que, como casi todas las noches, el momento crítico es el de acostarse, cerrar los ojos y que llegue el miedo.

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Soy el tipo menos hábil del mundo. Escribo sobre mi segundo día de vacaciones eligiendo el momento menos propicio, cuando todo el mundo está de camino hacia algún sitio en el que pasar un rato de langostinos y de turrones, cuando todo el mundo está en esa espera en la que queda con los amigos para apurar una cerveza, un vino, una copa de cava hasta el momento en el que se desplace a esa ingesta de langostinos y turrones.

Hoy ha sido un día raro. He vuelto a realizar esa paradiña nocturna a la que ya estoy acostumbrado para volver a Shameless. Tenía una mañana llena de proyectos, que se han quedado en otro capítulo de Shameless, un tiempo más largo del que deseaba para solventar cosas del trabajo a través del correo y, eso sí, un buen momento de lectura. No había dicho que estoy leyendo Terra alta, de Cercas. Jamás de los jamases había leído a un semifinalista y a un finalista del Planeta de forma consecutiva, pero Vilas y su Alegría se lo merecían y quería volver a Cercas. Tampoco había dicho que, en esa ronda de libros muy vendidos, opté por abandonar el último libro de Dolores Redondo, que me estaba quitando un tiempo precioso que necesitaba para otras cosas. Estoy disfrutando del libro de Cercas por razones que no sean obvias.

Me he sentido muy ridículo yendo al supermercado a comprar unos panecillos. Había largas colas de personas ultimando el acopio de los víveres sin fin de la Nochebuena y yo, al llegar a la caja, estiro la mano con mi bolsita de un panecillo integral y tres panecillos normales para que me lleguen para la comida y para el desayuno de mañana y pasado en forma de tostadas.

Luego, esta vez sí, he ido al gimnasio. Qué a gusto me siento cuando cargo con las pesas al ritmo de la música. Es una rutina sincrónica en la que, a veces, se me va el santo al cielo sin perder el compás pero perdiéndome en mis cosas. Antes he vibrado un rato. No con la vida ni con la música, sino con una máquina que vibra. La utilizo para calentar los músculos, para endurecer las fibras. Luego, cuando llego al vestuario, me miro al espejo, saco músculo y pongo cara de malo. Qué a gusto me siento.

Prescindo de muchas cosas prescindibles que no quiero contar, que no interesan a nadie. Porque ya os he dicho que no me gusta la Navidad y que me pone de muy mala leche. Esto me afecta solo a mí: me parece estupendo que al resto de la humanidad con mayúscula la Navidad les parezca estupenda. Yo paso sigilosamente.

Acabo por hablar de música. Me doy cuenta de que últimamente escucho mucho a Bach. Hace muchos años, era muy de Beethoven. Luego era muy de Mozart. Pero creo que soy de Bach, definitivamente. El azar me ha llevado a una canción de Morat que explica mucho de mi vida. El dedo en el iPad me ha llevado a «Hungry Heart» de Springsteen. Y ahora, que pongo el punto final a esta entrada, escucho «September», de Earth, Wind & Fire.

La imagen es de Nathalie.

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Como comenté ayer, ese magnífico periodista burgalés y gran aficionado a los viajes que es Héctor Jiménez me lanzó el guante hace tiempo en Twitter para que diese la lista de mis ciudades europeas favoritas (él lo ha hecho en su blog ViaheroconH en esta entrada).

He tardado en contestar por mi tendencia natural a postergar aquello que me apetece hacer, pero también —y, en este caso, sobre todo— porque no sabía muy bien como responder. O, mejor, sabía cómo hacer esta lista, pero sabiendo que iba a decepcionar a todo el mundo.

Creo que casi todo el mundo conoce la anécdota: cuando le preguntaron a Orson Welles por sus tres directores de cine favoritos, él respondió: «John Ford, John Ford y John Ford». Y eso es exactamente lo que voy a hacer yo hoy. Mi lista de ciudades top europeas es: París, París y París. Como sé que parece un exabrupto, voy a intentar justificarlo brevemente.

París, París y París

La razón principal y básica es que París es mi ciudad favorita, aquella en la que me siento bien, la que me hace disfrutar más cuando vuelvo una y otra vez. Prueba de ello, y la segunda razón, es que, en muchas ocasiones, ante la duda de a qué sitio ir por vacaciones, digo muchas veces «París». Tantas, que habré estado ya, por una razón o por otra, algo así como en veinte ocasiones. Eso ha restringido mucho los lugares europeos que he visitado, pero ha encumbrado, magnificado e intensificado París. La tercera razón es que viví una experiencia fabulosa durante mi estancia en un minúsculo apartamento en las afueras de París gracias a una beca predoctoral. Refugiado en la magnífica biblioteca del Pompidou durante horas y horas (en la que viví experiencias inolvidables, como la que cuento en «La chica del Pompidou»), pasaba el resto del tiempo pateando la ciudad. Volvía una y otra vez a los mismos sitios (soy de repetir una y otra vez). De esta manera, he tenido una experiencia compulsiva en diferentes museos, me he perdido tantas horas en el Louvre que no puedo ni contarlas, he callejeado por lugares recónditos pero también por los conocidísimos. He meditado frente al río y por las alturas y a ras de suelo y mirando las cúpulas doradas y las torres y esos edificios y ese urbanismo mágico. He vivido la cultura de la calle. Armado de un bocadillo y una cocacola, pasaba la hora del almuerzo viendo a un genio de la comedia callejera, que me conocía ya de sobra como el espectador más fiel. Y a los patinadores hábiles. Y a los cantantes buenos, a los malos y a los mediocres, en el metro, en cualquier calle. He hablado de casi todo con el propietario argelino de la tienda que me surtía de víveres en ese piso que no tenía ni frigorífico.

Vuelvo una y otra vez a París para buscar lo mismo de siempre, para buscar siempre algo diferente, para oler el Sena, para pasearme por Gibert Jeune y comprar baratísimos libros de segunda mano, para dejarme millonadas en los estantes especializados de la FNAC. Es una ciudad en la que no me pierdo si no me lo propongo, en la que encuentro todo lo que quiero sin proponérmelo.

Y hay otras muchas otras razones que no puedo enumerar aquí, porque significaría hablar de Proust. Y eso supondría un libro, toda una vida. Olvidaba también que me siento muy bien hablando en francés.

Francia, en suma, es un país que conozco relativamente bien, aunque me faltan millones de ciudades por descubrir. Eso sí, un día tengo que hablar de Saint-Malo. Lo prometo.

Roma

Hablé de Roma hace muy poco. Es el último viaje europeo que he hecho. Tuve una experiencia muy agradable de Roma la primera vez que la visité y esa experiencia se ha ratificado sobradamente esta segunda vez. Roma acoge tantas manifestaciones artísticas y tan variadas que puede sobrecoger a cualquiera. Pero, pese a su grandeza, Roma se me hace siempre una ciudad cálida, idónea para el paseo en el que disfruto de cada rincón. Una ciudad en la que la luz es mágica sin que esto sea una metáfora. Es fácil querer ser romano. Ojalá lo consiga alguna vez.

Para los que piensen en opciones como Venecia o Florencia por encima de Roma, he de decirles que Roma es la única ciudad italiana que conozco. Es frecuente que mis viajes comiencen por razones de trabajo y aproveche todos mis ratos libres para conocer aquellos lugares en los que habito también en otras dimensiones.

Londres

Londres ha sido mi lugar de paso hacia la universidad de Exeter, pero también el lugar de maravillarme durante una semana de verano. Pongo Londres como tercera ciudad porque es una de las ciudades que creía que más me iba a decepcionar y, sin embargo, es una de las que más me ha sorprendido (para bien).

Creo imprescindible decir que nunca he visitado una ciudad en un autobús panorámico y que huyo como del diablo de los tours al uso. Me gusta coger el metro y el autobús y, sobre todo, patear la ciudad por propia iniciativa y con un plan que está delineado primero e improvisado o cambiado después. Cuando estoy en una ciudad, suelo recorrer caminando una media de veinte kilómetros diarios: la experiencia es agotadora e inagotable. Londres no me sorprendió tanto por lo que esperaba, que es magnífico, como por lo inesperado. Esos momentos en los que enlazas calles y recuerdos, esos itinerarios que te llevan a donde no te esperas y acabas donde empezaste.

Poco amigo de rutas, como acabo de decir, una experiencia de esas de rutas guiadas de Jack el Destripador me llevó a una zona de Londres y a unas calles en las que aprendí otras muchas cosas. Lo mejor, descubrir todas esas zonas, esos pubs, esos bares cuando la ruta finaliza, cuando el guía calla.

Y tampoco puedo hablar de los museos, porque os aburriría en exceso. Pero un día hablaré mi experiencia con el arte contemporáneo, de mi delirio por Mondrian. Lo prometo.

¿Y lo demás?

Querido Héctor, no voy a seguir con la lista. Tendría que poner, claro, Amsterdam. Tendría que anotar, por supuesto, cosas de Moscú. Y hablar de Brujas. Pero es una lista necesariamente incompleta. ¿Podéis creer que no he estado nunca en un país nórdico? ¿Qué solamente conozco una pequeña ciudad alemana? Y no conozco ni Praga ni Budapest ni otros muchos lugares de Europa. ¿Podéis creer que no he estado en Lisboa, que solo conozco la magnífica Coímbra y Covilhã, ambas por asistir a ciclos de conferencias o congresos?

La culpa de todo, lo confieso, la tiene París. París, París y París.

La foto pertenece a mi galería de Flickr.

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Escribo esta serie de entradas sobre las vacaciones sin ninguna esperanza de que nadie las lea. ¿A quién le puede interesar lo que yo cuente sobre estos días, sobre este primer día, sobre cualquier cosa que cuente sobre este tema?

Considero que hoy comienzan las vacaciones: los días pasados no eran más que un alegre fin de semana, preludio de esto. Mi intención era ir al gimnasio de buena mañana a realizar una sesión de pesas acompañado de buena música, pero me he concedido el lujo de abandonar este propósito inicial por ver Call me by your name. En realidad, todo comenzaba a las cinco de la mañana, con un episodio de la novena temporada de Shameless. Veo las películas a trozos, las series en porciones, leo varios capítulos alternando y oscilando.

Luego he jugado a Toy Blast, entretenimiento ligero del que abuso. Dejaré mis partidas de Master Mind para las primeras horas de la tarde. He recuperado mi afición por Master Mind, juego que me encanta. Conservo con cariño el juego que me regalaron cuando era pequeño. Llegué a ser tan extravagante como para llevar siempre conmigo una versión de bolsillo con la que retar a alguien en los viajes, incluso en los bares, cuando la música ochentena atronaba en los pubs y era mejor no mirar los vídeos con tanta hombrera, esa estética horrible.

Ahora lamento no haber ido al gimnasio. Mientras escucho a Freedie Mercury, me veo abocado a escribir tapado con una manta. Cada vez odio más la calefacción central, que impone a todos un horario poco ajustado a mis necesidades de abrigo. Pienso en ir dentro de un rato a la piscina, antes de ir a comprar y hacer la comida, pero esta tarde me esperan unas series en pirámide, el último entrenamiento más o menos duro antes de que empiecen las sansilvestres, así que dejaré que los músculos se sientan poco agradecidos en esa tendencia última hacia la vigorexia.

Tengo que escribir algo sobre el último número de la revista Telos. Tengo pendiente escribir también sobre mis ciudades preferidas de Europa. Se lo tengo prometido a Héctor Jiménez desde hace muchas semanas. Si alguien leyese esto, le recomendaría vivamente el blog de Héctor sobre viajes, VIAHEROCONH. Textos magníficos, imágenes excelentes, buen recurso para recordar lo que uno ha visto o como recomendación para lo que hay que ver. Tengo pendiente un café con Héctor para contarle una cosa sobre él que no sabe. Tengo pendiente también un café pendiente con Álvaro von… Y alguno más. Quizás sea mejor esperar a que acaben estos días.

También he de rematar dos artículos que tengo a medias. He metido horas por un tubo sobre cosas de las que llevaba trabajando cuando estuve en el Instituto de Lingüística en Buenos Aires, cuando aquí hacía frío y allí se estaba en la placidez de un porrón de Quilmes bien fría con unas papas. Y me queda por decidir los temas y los congresos a los que acudir durante el trimestre. Pero hoy es mi primer día de vacaciones, así que lo dejaré reposar hasta que llegue el aburrimiento. Tampoco contestaré un correo tremendamente descortés sobre un asunto académico. Odio la mala educación con todas mis fuerzas. ¿Tanto cuesta pedir algo con educación? Lo guardaré para cuando lo tratemos en las asignaturas del grado y del máster.

Tengo los dedos congelados. Pero era necesario, eso sí, revisar algunos anuncios que quiero estudiar. Y, aunque este no es para analizar, cae en el azar de YouTube el de Paco Rabanne. Y el «Rapper’s Delight» de The Sugarhill Gang ha inundado mi cabeza. Estaba yo en los últimos cursos de la EGB cuando llegó el rap. Una maravilla.

¿He dicho que odio la Navidad? Si no contesto a vuestras amables felicitaciones de correo o WhatsApp, mil disculpas. No estoy para nadie.

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No valoro todo lo que he corrido, sino el hecho seguir corriendo. Es cierto que correr, ahora, significa heredar todos los kilómetros acumulados después de muchos años, pero nada de esto me importa ahora si solamente fuese una historia para contar.

No corrí hasta los 14, cuando, con un grupo de compañeros por el profesor de Educación Física, participé en unas poquitas carreras de campeonatos escolares sin ningún éxito. Hacía otros deportes y correr no era, para mí, más que un complemento. Seguiría siendo un complemento después, a partir de los 16, pero reconozco que salir a correr, frecuentemente solo, se convertía en un espacio de libertad para que todos mis fantasmas personales convivieran con la respiración y el ritmo cardíaco acelerados. También corría acompañado por algunos amigos, aunque éramos pocos, por aquel entonces, los que «corríamos»: no era una actividad «de moda». Había muchos que decían que hacían jogging o no sé qué cosas, que consistían básicamente en salir al campo con un chándal caro, trotar un rato y comerse un par de bolsas de patatas fritas. Sería el equivalente a los que hacen running ahora con todos los artilugios y sofisticaciones.

Podría contar muchas cosas sobre esta evolución en el correr, pero solo diré que corrí mi primer maratón a eso de los 28 años (sin pasar antes por la prudencia de hacer la mitad). Y, entonces aprendí muchas cosas sobre esta maravillosa afición (hacer series, aprender a ser muy disciplinado, saber sufrir) y sobre la vida: ¡a veces son cosas tan parecidas! Descubrí la maravilla de correr a ritmos aceptables buenas tiradas de kilómetros en las tardes de primavera, la paz inmensa de correr sobre la nieve, la sensación estupenda de llegar a las diferentes metas que te ibas poniendo en el calendario. He tenido muy buenos compañeros de carrera, pero destaco aquí a mi amadísimo perro Thor, un pastor belga con el que compartí miles de kilómetros gozosos perdidos entre los campos de la periferia.

Estas líneas se alargarían y alargarían con anécdotas y batallas variadas, pero tengo que llegar al «seguir corriendo». Un día, hace más de veinte años, iba corriendo con mi amigo Jaime, con el que compartíamos metros y metros, charlas y charlas en momentos estupendos momentos de la vida y en trances terribles. Y no sé quién de los dos (poco importa porque es algo que teníamos ambos muy cerca del corazón). Él o yo, uno de los dos dijo: «A mí lo que me gustaría es seguir corriendo. Que, dentro de veinte años, podamos seguir experimentando esta sensación». Subrayo que no nos importaba el hecho de correr como balas, sino un futuro en el que el correr siguiese formando parte de nuestro modo de vida, de nuestra concepción de las cosas.

Tras un paréntesis de una lesión molesta, tras un paréntesis de descanso mental de unos cuantos años en los que me negué a correr muchos kilómetros, Félix, otro amigo, me fue animando y corrí por primera vez un cross alpino en Pradoluengo y me encontré con esa carrera tan bonita que es la Nocturna de Modúbar…

Pero la importancia de esta entrada llega ahora, con la anécdota vital de lo que significa correr para mí. Asiduo de la San Silvestre Cidiana para despedir el año, un lejano 31 de diciembre, cerca del cambio de milenio, dejé la bolsa con el dorsal y todos los bártulos en el maletero del coche en un aparcamiento cerca del hospital. Ese día no pude correr porque nació mi hijo. Teniendo un niño pequeño de cumpleaños, tampoco lo puede hacer durante unos cuantos años en los que ese día tenía que ser una celebración intensa para él. Al ir creciendo, nos apuntamos por primera vez a esa San Silvestre de nuevo y ya no dejamos de hacerlo, año tras año. Al principio, yo le esperaba. Al pasar los años, empezamos a ir a la par y él se iba despegando en la parte final de la carrera. Pasaron otros años más y salíamos juntos de casa, estábamos juntos en la salida y compartíamos unos metros de carrera para que él volase y yo me mantuviese… si podía El año pasado, tuve una rotura de fibras en la pierna y no pude correr con él. Estuve en la meta y —que no se entere nadie— lloré con toda la tristeza que suponía para mí no correr con él ese día.

El presente año ha sido muy especial. Él y yo hemos corrido unas cuantas pruebas juntos y hemos compartido muchos días de preparación. Porque correr es algo que ha de ser habitual y no esporádico. Entrenamos para lo que serían para él sus primeras carreras de diez kilómetros, de veinte kilómetros. Correr juntos la Behobia-San Sebastián es una de las cosas más bonitas que me ha pasado en esta vida. Mantuvimos un gran ritmo (yo bajé más de cuatro minutos mi marca del año anterior gracias a él), fuimos animándonos en las cuestas más duras y él, que se encontraba con fuerzas para el impulso final, aceleró unos metros pero me esperó un poquito en la meta para llegar juntos.

La semana pasada corrimos los dos el cross de El Crucero, nos queda otra San Silvestre preparatoria para la Cidiana del día 31 en Los Balbases y estamos entrenando muy fuerte y con muchas ganas para ese día de carrera con el que acabaremos el año. Como en otras ocasiones, probablemente nos veamos tan solo durante los primeros metros y luego ya en la meta.. Pero yo pienso ahora, hoy, en la conversación mantenida con mi amigo Jaime. Y compruebo, con gran alegría, lo que significa en esta vida seguir corriendo.

Imagen de Shelby L. Bell.

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Esta entrada comienza con alguien sobre el que no voy a escribir (hoy), pero que me ha conducido a escribir sobre cuatro alumnos. El alumno sobre el que no voy a escribir hoy me lo encontré el otro día en el gimnasio y va ocupar otra entrada en otro momento. Un comentario que hicimos durante nuestra conversación me impulso a esto, ahora.

He tenido muchos alumnos vinculados con el deporte, incluso profesionalmente. También tengo que hablar de ellos (en este caso, de ellas). Se me acumula el trabajo, está claro. Pero hoy voy a hablar específicamente de cuatro alumnos atletas.

La primera atleta de la que tengo que hablar es de Lucía. Lucía era una chica estilizada, muy delgada, un poco tímida. Las cuestiones académicas, en algunas ocasiones, se le ponían cuesta arriba, pero ella nunca daba nada por perdido. Yo era su tutor en segundo de bachillerato y empecé bromeando con ella la primera vez que sus padres vinieron a hablar conmigo. Eran enormes, gigantes, fuertes. A mí me sonaba su madre porque había jugado al baloncesto. Eran gente maja y agradable. Al día siguiente, le dije a Lucía: «Que sepas que tienes mis asignaturas aprobadas por lo menos con un siete. A ver quién se atreve a suspenderte si luego vienen tus padres a pegarme». Desde ese momento, descubría a una Lucía mucho más próxima y más graciosa. Lucía era una promesa de la marcha atlética. Aunque no eran pocos los momentos en los que nos reíamos del difícil arte de marchar sin que sea sinónimo de correr rápido, el caso es que la chica iba superando pruebas hasta llegar a la selección española en categorías inferiores. Todo parecía apuntar a que Lucía llegaría a ser seleccionada por España para unos Campeonatos del Mundo o para unos Juegos Olímpicos, pero una lesión que perduró en el tiempo hizo que se torcieran las cosas. Así de injusto es el mundo.

Conocí después a su hermano, Ramiro. Le di clase de Introducción a los medios de comunicación e información, una asignatura de 4.º de la ESO de la que ya he hablado en algún momento. Ramiro empezó también con esto de la marcha atlética y no era nada malo. Invirtiendo el camino que suele hacerse de ser corredor a marchador, Ramiro se pasó al mundo de las carreras y queda en muy buenas posiciones en pruebas largas. Como en muchas ocasiones, cuando pienso en las reacciones de clase de mis alumnos, advierto que la educación ha sido para mí un paraíso de sonrisas. Veo como si fuese ahora a Ramiro disfrutando del momento de las clases… cuando eran divertidas.

Hago esta entrada en completo desorden, porque el primer alumno en el que pienso como atleta es José María, de la vieja guardia del BUP y el COU. Cuando empecé a darle clase, yo no sabía de su afición por el mundo del atletismo. Lo que sí llamaba la atención era una delgadez extrema, un cuerpo espigado, ligero, sin peso. No lo recuerdo ahora, pero creo que yo, por aquel entonces, estaba yo haciendo mis pinitos en el mundo de la larga distancia y seguro que hablaría mucho de correr, correr y correr. Poco me imaginaba que José María era de los que corría de lo lindo. Ahora, ya veterano, sigo estando al tanto de sus logros gracias a las redes sociales. Me consuela saber que los buenos corredores también sufren, también tienen malos días, también pasan por momentos de duda. Pero siempre ganan los buenos momentos, en los que el atletismo sirve como lección de vida.

Y acabo, esta vez sí, con el último, Delfín. A Delfín lo tuve de alumno en la universidad, en Comunicación Audiovisual. Como en el caso de José María, era de estos tipos altos, sin carne en el cuerpo, puras máquinas para rondar los tres minutos el kilómetro, algo que los que estén familiarizados con el atletismo saben que está al alcance de unos poquitos nada más. He tenido relación con Delfín porque es un tipo que saca unas fotos magníficas y, hasta hace poco, trabajó como fotógrafo en la universidad. En algunas carreras, tuvo que cambiar la camiseta de tirantes por el trabajo de inmortalizar los momentos en los que corren otros. Siempre he pensado que nadie mejor preparado para captar el momento que alguien que los ha vivido por dentro tantas veces.

Qué gusto me da recordar ahora, juntos, a Lucía, a Ramiro, a José María y a Delfín. Qué identificado me siento… en esta distancia entre lo que soy yo, un aficionado mediocre, con ellos, talentosos y preparados. Pese a esa distancia, existe un vínculo común y mágico entre los que nos dedicamos a dar un paso más rápido que otro. Y es un auténtico gusto el momento en el que te cruzas con alguno de ellos entrenando, en el que no da tiempo más que a levantar la mano y a esbozar una sonrisa, o cuando estás en una línea de salida (nunca me encontraré con ellos próximo en una meta). Y das una mano, un abrazo ladeado y un ánimo. Buena carrera hemos hecho, amigos, buena carrera.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto la he robado de una cuenta de Instagram… Espero que me perdonen.

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Tenía olvidada —o aparcada— la serie de Historias de alumnos, pero me ocurrió ayer algo en el supermercado que me ha hecho «volver», aunque sea solamente de manera esporádica… o con algo de continuidad. No lo sé todavía todavía con certeza.

Como decía, estaba en el supermercado, en la zona del pan, dispuesto a comprar unos panecillos (integrales al 25 %), cuando una señora me preguntó: «¿Eres Raúl, no?». Yo le dije que sí y la miré extrañado, porque, en un principio, no la reconocí. «Soy la madre de Ionut», me dijo. Cuando oí el nombre de Ionut, esbocé una gran sonrisa y me lancé a estampar muy decidido dos besos a su madre. Me llevé una alegría infinita cuando estuve charlando con ella un ratito.

Tuve noticias de Ionut antes de estar con él en clase. Se trataba de una familia que había llegado a España procedente de Rumanía y que tuvimos la suerte de que llegase a nuestro instituto. Decía que supe de Ionut porque era un chico muy especial. Llegó sin saber ni papa de español, pero, a los pocos meses de llegar… ¡era prácticamente el mejor alumno de su clase de Lengua en segundo de la ESO! Por lo tanto, iba sabiendo cosas de él y de su progreso como un alumno magnífico. Tenía una hermana más pequeña, Sorina, a la que, lamentablemente, nunca pude tener en clase. Luego hablaré de esto también.

Cuando tuve por primera vez en clase a Ionut, me causó una maravillosa impresión. Esto intenté disimularlo al principio, porque siempre he tenido un extraño principio: procuro ponérselo «difícil» a los alumnos que tienen fama de «buenos y con buenas notas» de cara a la galería, para que no piensen que lo van a tener fácil gracias a esa reputación ganada en cursos anteriores. Pero era muy difícil no sentir empatía y simpatía por Ionut. Una percepción superficial llevaría a considerarlo solamente como un chico muy educado, respetuoso y siempre dispuesto a realizar con éxito todo lo que se refería a las asignaturas. Pero, a poco que se profundizase en esa cara inicialmente sería, se veía una sonrisa irónica y sostenida a medias que escondía un sentido del humor inigualable. Y, además, era un tipo muy inteligente. Pese a que les encargaba unos comentarios de texto y unos análisis morfológicos, sintácticos y semánticos no siempre fáciles, él salía casi siempre bien parado con aportaciones siempre cargadas de matices.

Dado su origen rumano, le «fiché» para que les hablase del auténtico Vlad Tepes, el personaje que sirvió a Bram Stoker para construir el personaje del conde Drácula. Él daba unas charlas magníficas a mis alumnos de Literatura y les instruía en las glorias (y las crueldades) de ese héroe nacional rumano, cuya vida está cargada de anécdotas curiosísimas. Y, durante un tiempo, me ayudó a hacer una tournée contextual sobre el «bueno» de Vlad. Sus compañeros de otros cursos quedaban embelesados con su gran talento para contar historias.

Podría contar muchas cosas de aquella época. Sus compañeros y sus amigos, si decido que esta vuelta a las «Historias» no sea una excepción, pueden engrosar anécdotas muy jugosas. Pero no me queda otro remedio que hablar de Sorina, su hermana. Le diagnosticaron un cáncer cuando era bien jovencita y pasó por momentos auténticamente malos. Yo no la tuve en clase, pero, además de lo que me contaba una compañera, que era su tutora, podía seguir la evolución de Sorina con las caras de Ionut. Fijándome en su rostro, creo que podía acertar si era el día para hacer una broma sobre algo ocurrido en clase, si decir algo ligero sin que se notase que quería distraerlo a él o, simplemente, callarme. El final, Sorina falleció. Fue uno de los momentos más tristes de mi paso por el instituto. Aunque ya he dicho que yo no la había tenido en clase, se trataba de una chica cariñosa y estupenda. Todo el centro quedó conmocionado por la noticia. El único consuelo que me queda es el haber asistido a uno de los funerales más bellos que recuerdo. Era un funeral de rito ortodoxo, lleno de cantos y salmodias que embargaban el ánimo, el alma. Todavía me sobrecojo cuando lo recuerdo.

Cuando hablaba con la madre de Ionut y Sorina en el supermercado, ella me recordó algunas cosas de aquella época. Charlamos sorprendidos de todo el tiempo que había pasado desde entonces, de dónde vivía y trabajaba ahora Ionut, de los años que iba a cumplir. Cómo pasa el tiempo, decíamos. Con un tono de voz más bajo y ceremonioso, me dijo: «Sorina tendría ahora 25». Porque una madre a la que se le muere un hijo no puede concebir nunca su vida sin la comparación de la realidad con esa trágica ausencia.

Me dijo que Ionut volvería a Burgos este próximo puente y, en ese momento, decidí que Ionut, Sorina y sus padres se merecían esta entrada. Ojalá Ionut la lea y sonría recordando esos momentos tan felices que vivimos en el instituto durante aquellos años. Ojalá Ionut la lea y sea consciente de cuánto le apreciamos a él y cuánto echamos de menos una vida sin Sorina.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nikita Perederii.

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