Historias de alumnos. Todas las veces que me equivoqué (aplicadas al caso de Esperanza)

Aunque ya he hablado de unos cuantos malentendidos, fracasos e historias fallidas, todavía puede haber momentos en los que las personas que leen esto piensan que esta es una serie autocomplaciente en la que me dedico a echarme flores y a tender puentes de buenrollismo sobre mi trabajo como profesor.

Y no es cierto, para bien o para mal. Aunque tengo muchos momentos de satisfacción, excelentes recuerdos y vívidas experiencias positivas, muy a menudo me asaltan los fantasmas de todas las veces que me equivoqué, de todas aquellas en las que obre o no obré, en las que por acción u omisión o yo no sé qué, las cosas no salieron bien, salieron regular o salieron mal. Todas las veces en las que, creo que con buena intención, no conseguí llegar a los propósitos de la excelencia y me quedé en una incierta frontera entre el querer, el no querer, el poder y el no poder.

Después de cientos y cientos de estudiantes, quizá miles, todavía pienso en todos a los que no recuerdo, todos aquellos que estaban necesitados de una buena acción educativa, de un contenido bien aplicado y que les llegase y pudiese moldear, al menos un poco, su personalidad y su futuro. O, por lo menos, su conocimiento. En esa visión panorámica hacia el pasado, también contemplo rostros en los que fracasé. Es el caso de Esperanza.

Esperanza era una chica reservada, tímida y nada propensa a la exposición y a la exhibición en clase. De lo que no cabe la menor duda era de que era una persona educada, encantadora, con muy buenas amistades y relaciones entre sus compañeros, sus amigos y sus amigas. Sin embargo, Esperanza no conseguía arrancar con brío en la asignatura que impartía en el instituto. Se quedaba siempre en ese quicio entre el cuatro y pico y el cinco. Ocurría, sobre todo, en el comentario de texto. Es cierto que yo era (más o menos) exigente, pero no llegaba a superar de manera satisfactoria todos los obstáculos en forma de resúmenes, opiniones críticas y la exágesis de formas y contenidos.

Había otro elemento que me condicionaba gravemente. Esperanza era hija de un profesor del centro con el que yo había tenido muy buena relación y, por circunstancias de la vida, nos habíamos distanciado mucho. Yo me encontraba ante el problema de que tanto él como Esperanza pensasen que las notas medianas o bajas que le ponía estuviesen condicionadas por esta razón. Y no. Juro que no. Jamás se me ocurriría que un alumno/hijo sufriese las desavenencias con el examigo/padre. Aunque él y yo nos comunicábamos muy poco, yo me creía en la obligación de dar alguna explicación y algún razonamiento sobre lo que hacía. Le proponía a Esperanza, en algunas ocasiones, que se presentase a las pruebas de recuperación para lograr redondear lo que, a mi perecer, no se moldeaba de forma adecuada. Ella se sentía insegura pese a mis intentos de que pisase firme. Y puede que fuese una obsesión mía, pero su padre escuchaba mis intenciones con cierta suspicacia y, cuando las intenciones se convertían en calificaciones, la suspicacia era, según la idea que tenía en mi cabeza y que jamás sabré si es cierta, la suspicacia se trocaba en desconfianza.

Los años corrieron y yo, al poco tiempo, pasé a dar clase en la universidad. Fui sabiendo de Esperanza, Claro. Estudió Periodismo. Y luego un máster. Y, más tarde, empezó a trabajar en una de sus pasiones, que era el mundo de la comunicación y el deporte. Y es francamente buena. Leo siempre sus escritos y están llenos de armonías, de aciertos y de palabras ajustadas. Y pienso que es poco posible que alguien con esas cualidades las tuviese silentes cuando se trataba de interpretar y analizar las producciones textuales ajenas. Así que quedan pocas opciones y algo se me perdió a mí por el camino. En ese éxito actual, le doy vueltas a si Esperanza ha pensado alguna vez en todo esto y si su padre también lo han hecho. Y si han llegado a una conclusión parecida. Segura y justamente, puede que haya sido así.

No es posible acertar siempre. Pero duele saber qué es lo que ha pasado para que las cosas no salieran bien… y cuántas veces habrá ocurrido sin que yo me haya dado cuenta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Günter Hentschel

Cuando (no) escribo

Cuando no escribo, me gustaría escribir. Cuando escribo, me gustaría hacerlo de otra forma. Y, cuando intento hacerlo de distintas maneras, no estoy conforme ni a gusto con ninguna. Me gustaría, por ejemplo, escribir de manera poética y rítmica, pero no me llega ni el talento ni la sustancia de los sustantivos, que se pierden en unos adjetivos que, queriendo decir, se diluyen en matices insustanciales o redundantes. O vacíos, que es peor. Me gustaría también escribir de manera cortante, incisiva y rápida y, a veces, creo que casi lo consigo, pero la dilación y la sintaxis y las enumeraciones y el polisíndeton me pierden sin remedio.

Y escribo y no escribo en períodos alternantes y alternativos. Sin esperanza y sin convencimiento, lastrado por modelos demasiado perfectos. Angustiado por la dura lucha entre res y verba,  ingenium y ars, sin buscar nunca provecho y consiguiendo poco deleite. No para mí mismo. Tampoco para los demás.

En suma, me hubiese atraído luchar por  la utilidad, por la actualidad, por la formación, por la magia, por el brillo o por el metalenguaje, que se puede acercar a un metaverso en el que no pienso profundizar. Porque ni me gustan las cosas livianas ni las cosas demasiado pesadas. ¿Inspiración o espiración? Expiración, sin duda. Nunca me quedo con nada y es mi destino.

Y aquí me quedo, en la nada. O en el abismo o en la superficie. En el misterio o en la fruslería.

Con imagen de Gauthier V.

Historias de alumnos – La alumna que tenía pájaros en la cabeza

En ocasiones, la casualidad es un itinerario del destino. O puede que no, que la casualidad sea solo un marco en el que se engloban circunstancias para las que no encontramos, al principio, una justificación plausible. Y creo que esto es lo que ocurre con la alumna que tenía pájaros en la cabeza.

Para que se entienda mejor el párrafo anterior, he de ponerlo en contexto. Desde hace unos años, imparto unas cuantas asignaturas de grado y de máster en línea. Y sucede que, sobre todo en el grado, me encuentro con estudiantes de la índole más variada. Son muchos los que hacen este grado por placer, porque el destino les llevó en el pasado a hacer otra cosa, porque quieren completar una formación más redonda. Y me he encontrado con personas de lo más variado de la fauna humana. Algunos profesores de primaria, secundaria o de universidad con gran experiencia en sus respectivos campos de especialidad, personas con un doctorado (o dos), estudiantes que lo han sido ya de no-sé-cuántas licenciaturas o grados. Científicos, repartidores, escritores, electricistas, periodistas y comunicadores, políticos, guías turísticos, filólogos, restauradores (de arte y de comida)… Todos ellos, todas ellas, con unas experiencias y vivencias que enriquecen la manera de enfocar las asignaturas y, en el aspecto más egoísta, me enriquecen a mí. Me hacen aprender y mejorar. Son tan benevolentes que intentan disimular y no ponen en evidencia un síndrome del impostor que padezco y evidencio.

Las materias que yo hago como que enseño y en las que aprendo suelen tener unos seminarios optativos de carácter semanal en el que compartimos y explicamos cuestiones esenciales, ponemos ejemplos, resolvemos dudas. Aunque virtuales, son encuentros «cara a cara» en el que, con el tiempo, se van estableciendo lazos (más o menos) profundos.

Pero hablemos de Julia. Julia fue mi alumna hace unos años. Pertenecía a una promoción fantástica y muy implicada en los seminarios de los que acabo de hablar. Antes de conocerla por lo que decía, todos los asistentes tuvimos la ocasión de comprobar que tenía pájaros en la cabeza… literalmente. Bueno, quizás no eran pájaros, sino pájaro. No voy a decir que a mí me parecía un periquito por si Julia llega a leer esto. Seguro que no lo es y ella se enfada un poco debido a mi ignorancia ornitológica. El caso es que se crearon, desde el principio, secuencias hipnóticas en las que las palabras aleteaban al ritmo de ese pájaro precioso de colores intensos. Lo de los colores intensos no lo sé, quizás es una trampa de la memoria.

Las personas que tienen pájaros en la cabeza no pueden ser, obviamente, personas normales. Y esto lo digo con todo el respeto hacia las personas que no son normales. Simplemente, no son convencionales y, precisamente por esa razón, enfocan las cosas y la vida desde un ángulo distinto.

Me enteré con el tiempo que Julia tenía como oficio las palabras. También literalmente. Julia es escritora. También con el tiempo, fui comprobando la exigencia que tenía para escribir tal palabra, ese enunciado, aquel texto. No valían excusas ni sinónimos ni atajos. Así en Juan Ramón: «Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas»

Como la asignatura es de ámbito lingüístico y trata de usos, de contextos, de actos en los que se tienen intenciones, se comunica, se infiere y se presupone, la profesión de Julia se entrecruzó pronto (y creo que para siempre) con su oficio y su trabajo. No hay nada mejor —o nada peor— que una reflexión a mayores sobre lo que se hace y sobre lo que se ama. Y, de forma inevitable, Julia y yo empezamos a comunicarnos por correo para hablar de eso que nos apasiona. 

Uno de los momentos apasionantes tuvo lugar cuando estaba leyendo un libro suyo. Tildaba a uno de los personajes de «bodoque». Y yo encontré la palabra precisa, que no recuerdo haber visto antes por escrito, empleada por mi padre decenas y decenas de veces. Le pregunté y supe que «bodoque» no era un azar, sino una elección, la única posible entre alternativas desterradas porque no servían al propósito. Eso es tener un oficio como dios manda y desempeñarlo de manera excelente.

Y, más adelante, fui descubriendo a través de sus palabras esa cabeza llena de pájaros, que no tiene nada que ver con la concepción que tenemos de persona idealista y no aterrizado. O quizás sí que tenga que ver, siempre que estar en tierra signifique estar pegado siempre a algo seguro y fijo sin atreverse a experimentar, a soñar, a ver desde más arriba, desde un lado y desde el otro. Porque Julia tiene las palabras como instrumento para contar historias (literalmente), para contar vidas sujetas a circunstancias injustas y difíciles (literalmente). A veces, para contar y retratar el lado más oscuro de nuestras existencias pasadas y presentes. Literalmente

Las palabras vuelan y los pájaros, a veces, tienen una cabeza para sembrar los sueños y las pesadillas con imágenes. No siempre es fácil, pero (a veces) es bello. Lo mismo que los azares del destino.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen ha sido tomada de una página web de un profesional de la traducción.

Le llamaban Trinidad. Una historia personal

Si digo que Le llamaban Trinidad es una película que me encanta, muchos pensaréis que os estoy tomando el pelo. Pero no.

Durante toda mi infancia y mi primera adolescencia, tuve la suerte de que mi padre me llevaba a todas las películas («autorizadas», claro) que ponían en los cines de mi ciudad. Eran tiempos en los que, junto con el cine de estreno, había muchos salas que ofrecían sesiones dobles que, de una u otra manera, reponían sin parar.

No recuerdo cuándo la vi por primera vez, mas para un niño serio y algo triste como yo era una delicia disfrutar de una película del oeste, con mamporros a mansalva, con un dúo de protagonistas antagónicos en el que era inevitable ponerse de parte de Trinidad, un personaje que, pese a lo que tenía de vago y guarro, no dejaba de destilar elegancia y socarronería tras esos ojos claros y brillantes. Salvando las distancias, era algo así como ver a Astérix y Obélix traspasados a los estertores del spaghetti-western. Una parodia de las pelis que habían acabado por llevar al ocaso del género hasta que volvió a resucitar con motivos crepusculares. La película contó con una secuela con los mismos actores, llamada Le seguían llamando Trinidad, que motivó una divertida confusión que condujo a que mi padre y yo viésemos en el cine la primera de ellas no sé cuántas veces.

Tocaba el día de ir al cine y mi padre me pedía que mirase la cartelera en el periódico. De vez en cuando, se producía la feliz casualidad de que volvían a reponerla. Y yo le decía que podíamos ir a «una de los hermanos Trinidad». Y mi padre se hacía el tonto y decía que si esa no la habíamos visto. Y yo me hacía el tonto dos veces y le decía que no, que era otra de la misma saga. Y mi padre esbozaba la sonrisa entreverada y me decía que vale, que íbamos a esa.

Entrábamos en el cine y empezaba la película. Y veíamos ese inicio mítico, con el caballo tirando de una hamaca en la que vaguea el deslavazado protagonista. Mi padre se acercaba y me susurraba un «Me has engañado, es la misma» y yo, mirando la pantalla, le decía que igual es que empezaba de la misma manera que las otras. Pero llegaba a la tasquilla donde le daban de comer, le arrebataba la sartén al dueño, se aprovisionaba de legumbres para parar un tren en un ambiente tenso que se remataba con un sonoro regüeldo y ya no cabía duda. Yo me moría de risa, tanto por la escena como por la situación, en la que veía de reojo a mi padre sonreír abiertamente consciente de que, una vez más, volvía a ser feliz viendo una parodia de películas del oeste.

Y Le llamaban Trinidad se convirtió, por repetición y reiteración, en una película que fueron muchas, todas distintas y todas la misma. Películas que, de puro ligeras, han calado en mí de manera muy profunda. Mi padre ya no está, pero yo he visto alguna vez con mi hijo la película en la tele. Y sigo viendo llegar a Terence Hill desde ninguna parte, con el caballo ejerciendo de GPS y arrastrando la tumbona en la que él esta tranquilamente dormido, lleno de mugre. Y, gracias a él, sigo evocando esos ojos azules profundos y esa sonrisa a medias con las que fuimos tan felices gracias a las ficciones.

Historias de alumnos. La estación de paso

Tengo pendientes muchas historias de alumnos. Han tenido tanto éxito que me abrumaba el número de personas que esperaban a que llegase su historia. Creo que soy muy injusto postergando tanto la escritura y, casi con total seguridad, volveré sobre estas historias que me abren la ventana del recuerdo.

De hecho, escribo estas líneas porque una de las historia s que tengo pendientes se refiere a una alumna con la que me encontré el otro día en un avión hacia Londres. Explicaré los detalles cuando hable de ella. Baste decir que, a los pocos días, me mandó un wasap en el que adjuntaba un artículo que escribí en un periódico de Burgos. Se trata de un texto que compuse para ellos, un grupo de estudiantes fabuloso con el que aprendí todos los días. Leí, lleno de emoción, esas palabras en clase. Es este:

Esta mañana he dado la última clase de Literatura a mis alumnos de COU. No será mi última clase de Literatura. pero sí la última para ellos. Y cuando me he despedido, les he contado la historia de la estación de paso. 

Imagínese el lector una estación de ferrocarril modesta y pequeña. Una estación que, si del viajero dependiera, no existiría, pues sirve tan sólo para enlazar un tren con otro en un transbordo necesario. El trabajo de los ferroviarios de esta estación es el mismo que en Atocha o Chamartín, aunque (eso si), más modesto. Hay en esa estación gran-des letreros con los horarios de entradas y salidas, un empleado en taquilla que expende los billetes, un mozo de equipajes, empleados de circulación, un jefe de estación… Es esta una estación anodina a la que los pasajeros llegan a regañadientes. Una estación en la que muchos de ellos mirarán insistentemente el reloj esperando ese tren que parece no llegar nunca. Una estación que, a unos pocos se les antojará una estación pintoresca, y en la que no les importará, si tienen tiempo pasear lentamente por el andén disfrutando del olor de los árboles cercanos y de la abarullada calma propia de estos lugares. Alguno, incluso, se enamorará durante diez minutos de esa mujer a la que no volverá a ver jamás. Otros, por último, se afanarán por encerrarse en la lectura de un libro o intentarán estudiar profundamente un informe de su empresa interrogando a los cielos por qué ese balance no cuadra. 

Esta estación es un microcosmos en el que hay viajeros que protestan, empleados descontentos con su trabajo, futuros pasajeros de paciencia infinita, ferroviarios con vocación auténtica, personas que pasaban por allí para matar su tiempo sombrío, gente, en fin, a la que le gusta contemplar cómo se alejan los trenes (o disfrutar extáticamente de su llegada). 

Algunos (pasajeros y empleados) cometen un error tremendo, y piensan que ese lugar intermedio es la meta: y, en cierta medida, pretenden ignorar que existe un final. No quieren creer que el tren, con más o menos retraso, siempre llega. No quieren reconocer que, aunque prometan regresar, nunca más volverán ya a coger ese tren que les conduce a un destino irrepetible y único. En el fondo, ansían nadar en el perpetuo olvido del presente. Los viaje-ros siempre pasan y, aunque hubiesen llegado a fumar un cigarrillo y conversar con el ferroviario de turno, cuando el tren entra por la vía primera y el altavoz anuncia su salida, se despiden atolondradamente, pronuncian un fugaz ¡Hasta la próxima! Y se marchan. Mientras, al factor de circulación no le queda más remedio que ponerse la gorra. levantar el banderín y tocar el silba-to para que continúe el futuro. Aunque sepa que, hoy. la estación se quedar vacía. Aunque sepa que mañana vendrán otros. 

Hoy les he contado esta pequeña historia a mis alumnos de Literatura de COU en la que sería su última clase. Pretendía con ello marcar de alegoría y pretencioso ingenio nuestro adiós mutuo. Una profunda tristeza me obligó a narrar demasiado deprisa. Un ‘vacío que iba vaciando mi garganta para plasmar-se en mis ojos me obligó a no decir-les lo que ahora les digo. Que a muchos de ellos les quise y les quiero. Que tengan suerte y la vida les trate dignamente. Que les echan! de menos. Que hoy, como un tonto. me quedé con la gorra y el banderín dando la salida a un tren desde esta estación de paso. 

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. El artículo apareció en Burgos Siglo XXI el 14 de junio de 1999. La imagen es de Mariano Mantel.

La Navidad. Parece que no, pero sí

La Navidad se acerca. Parece que no, pero sí. Y estaréis pensando que es evidente, que basta con fijarse en los supermercados hace semanas, en las calles, en algunas tiendas, en casas en los que el árbol de ha adelantado a las necesidades y a las circunstancias. Pero yo suelo tener una venda en los ojos que me impide contemplar lo que ve todo el mundo. Me pongo la venda antes de la herida y continúo así mucho mucho tiempo, como si nada ocurriese. Durante días y días, camino de puntillas para que el tiempo no me (lo) note. 

En los ratos libres cuando el día termino y llego al hotel, sin embargo, he descubierto una de mis grandes contradicciones. Tengo un par de películas de esas de ambiente navideño que están entre mis favoritas. Y no pienso deciros cuáles son. Felices sueños, sueños felices.

La imagen es de Travis Leech.

A la cama no te irás – Creo que te falta alegría y cíñete a la rutina. En Oxford

A la cama no te irás.

Durante semanas, me había comprometido conmigo mismo a dejar unos breves pensamientos en este blog cuando acabase el día. Vez tras vez, he ido incumpliendo mi promesa.

Las fuerzas nunca han sido mi fuerte. La fuerza bruta sí. La fuerza de voluntad, depende. Las fuerzas que se oponen, se equilibran o se contrarrestan habitan más en mis teorías que en mis acciones. Que ese es el problema.

En mitad de una noche de ficciones, escuchaba la expresión «Creo que te falta alegría» en esa película que me ha gustado tanto, que me ha dado tanto miedo, en la que me veo representado por eso de arrojarse a la piscina o a donde sea. Otra ronda. Esa identificación que no se produce de forma literal y, por lo tanto, es bastante más peligrosa. Los que me conocen saben que me río mucho, que me río todo el tiempo, que lo convierto todo en risa, en broma. Parecería que eso alivia la vida, pero no es cierto. Me río, simplemente, porque me falta alegría.

Lo decía ya en otro momento y la casualidad me lo ha devuelto con una versión de la misma canción: la música es para las personas tristes. La risa, cuando es auténtica, también. Es una adicción, como otra cualquiera. Y yo voy ronda tras ronda.

Luego, hace también unas semanas, llegó otro acontecimiento digno de ese «A la cama no te irás». La nueva, la última temporada de Dexter. Mi personaje de ficción favorito. ¿Se puede uno sentir identificado con un asesino en serie? No es por los asesinatos, no es por los instintos. Es por lo que se nos pasa por la cabeza. Y, en ese primer capítulo, Dexter se dice a sí mismo: «Cíñete a la rutina». Y eso es lo que hago, las dos cosas que hago. Me río porque soy triste y me ciño a la rutina porque no sé por dónde escapar. A veces, como canta Mina, el cielo está en una habitación.

Ahora viajo mucho por motivos de trabajo. Disfruto y me va bien. Todo lo que casi todo el mundo odia de los vuelos en avión son cosas que adoro porque son rutinas, una por una y repetidas siempre de igual modo. Las asimilo y me encandilan. El mundo ha cambiado mucho sin cambiar nada y ahora moverme se ha convertido en la mejor manera de quedarme quieto en el mismo distinto sitio.

A la cama no te irás y estoy en la cama. Ahora escribiendo. En Oxford. Llegué ayer por la noche para pernoctar en una casa lejana del centro, una casa que no se parecía a nada de lo que yo hubiera visto en persona hasta la fecha. Hoy, entre un frío de pelotas y rachas de viento y nieve que caía a ratos, me ido acercando a un sueño. Lo primero que he hecho ha sido entrar en el despacho de uno de mis colegas, ver una clase de esas que tienen una mesa y diez o doce sillas, en las que todo se desarrolla de forma intensa y no vomitando letanías en serie. Y he recorrido con él toda la historia. Me ha dado envidia  verlo desde fuera. En silencio. Vacío.

Me he dado cuenta de lo poco que hago y  de lo poco que valgo. De cómo, hace ya ni se sabe, desde que era bien joven, he tenido que ir disimulando, como impostor profesional, aparentando que pienso y aparentando que existo. De esa flaqueza de carácter que me empuja a envalentonarme con las cosas vanas e ir dejando para otro día las importantes. ¿Para cuándo unas cuantas frases de ficción bien escritas y construyendo una historia que no se quede entre la dudosa memoria del ordenador? ¿Para cuándo todas esas ideas que, día tras día, pienso provechosas y magníficas y prometedoras, que se convierten en la nada?

En este templo de lo académico, en la primera persona en la que he pensado fue en John L, Austin, uno de los pilares de la disciplina que adoro y en la que milito, ese que nos demostró que decir no era solo eso, sino que también era hacer.

Pero yo hago tan poco que esto solo es una declaración de inacciones. A mí, que tanto me gustaría vivir una clase con una mesa rectangular tan pequeña como para que quepan diez personas (doce como mucho).

Te falta alegría. Cíñete a la rutina, que esa música, esa que tocas y escuchas, es solo para personas tristes.

Pero me he ido a la cama rodeado de palabras. Misión cumplida.

La imagen es de Patrik Theander.

Un conductor y un ciclista (esta mañana)

Esta mañana, antes de ir a la universidad, tenía que pasar por el supermercado. Espero que no lea esto ningún representante de la policía local, pero iba por la acera. Todos los días voy por una calle muy poco transitada por la acera hasta que llego al carril para bicicletas que me deja en la puerta de mi facultad. Había poco tráfico y he pensado para mis adentros (¿para dónde si no?), condicionado por la avalancha de multas que ponen últimamente a los que vamos en bici (no sé si somos ciclistas): «No hay muchos coches. ¿Y si, por una vez, hago lo «correcto» y voy por la calzada»?.

Y eso he hecho. He ido por la calzada y, en el cruce que está justo antes del supermercado, con la preferencia para mí, un coche ha avanzado con gran «alegría» (vamos a decirlo así) sin detenerse. He tenido que pegar un frenazo de órdago. Él se ha parado a muy poquito de mí. En esta ocasión, ha habido suerte. No sé lo que hubiese ocurrido si, como toda parecía señalar, si nos hubiésemos «encontrado», pero dado el material del que están fabricados los vehículos, creo que hubiese salido perdiendo. No sé hasta qué punto. Él ha puesto cara de susto y yo creo que le he mirado fatal y seguro que ha salido de mi boca algún improperio.

He entrado en el supermercado. En un pasillo, un hombre, al que no conocía, me ha parado. Se ha identificado como el conductor. De la manera más elegante, educada, pausada y humilde que haya visto, se ha disculpado. Me ha dicho que, no sabe por qué, no me ha visto (es conveniente señalar aquí que yo iba embutido en un anorak amarillo fosfórito). No ha buscado ninguna excusa, sino que ha proyectado toda su preocupación. A su vez, yo le he dado las gracias por su forma de actuar y, a la vez, le he pedido perdón por el más que seguro improperio, del que él no era consciente.

No nos hemos dado la mano por todas las circunstancias sanitarias en tiempos de pandemia, pero nos hemos despedido con una sonrisa que se adivinaba en nuestra mirada. En mi caso, muy agradecido por encontrarme a una persona como él.

Todos nos podemos equivocar, está claro. Si él se hubiese equivocado un poco más y yo hubiese frenado un poco menos, a saber. Ya me han atropellado dos veces y, aunque no he salido nunca herido gravemente, quizás a la tercera hubiese ido la vencida.

Yo no puedo culpar a este gran tipo por sus errores. Pero sí voy a hacer una cosa a partir de ahora: como persona que utiliza la bicicleta cada día para desplazarme por la ciudad, no voy a bajar a jugármela otra vez en la calzada.

He dicho muchas veces que, en las ciudades, el peatón es el rey y no tiene que ser molestado ni asediado por nadie. Tenemos que buscar un modelo urbano que encuentre la convivencia entre peatones, ciclistas (y «patinetistas) y automovilistas. Quiero, ruego e imploro, por lo tanto, una oportunidad para que todos tengamos nuestro sitio. El mío, desde luego, no va a ser la calzada. Cuando voy por la acera, intento ir separado de los peatones y, cuando están cerca, pongo pie a tierra.

¿Os jugáis algo a que la próxima vez que escriba algo sobre este tema hablaré de la multa que me ha caído?

La imagen es de Óscar.

Listado de malas personas (con nombre y apellidos)

Un listado de malas personas ha de ser, necesariamente, personal e intransferible. Aunque podríamos llegar a un acuerdo para catalogar de forma universal a unas cuantas personas malas (casi todas tienen bigote), lo más frecuente es que los listados de esa categoría suelan ser individuales, aunque compartidos, puede, entre algunos familiares, amigos y allegados.

El propósito fundamental de esta entrada no es crear(me) enemigos, puesto que, a buen seguro, las personas a las que voy a calificar de «malas» me tienen también señalado a mí con la mira telescópica del francotirador, sino que mi objetivo, más bien, consiste en registrar de manera más o menos aséptica alguna reflexión y hacer público un catálogo de animadversiones justificadas.

Menos mal que esto es una reflexión a vuela pluma y no tengo que acudir a fuentes bibliográficas para definir el concepto. ¿Qué es ser una mala persona, en qué consiste y qué características tienen las personas malas? Serán respuestas que dejo al imaginario colectivo en el que, más o menos, todos solemos estar de acuerdo.

Pero vayamos al turrón, que siento ya la impaciencia de los lectores.

Tengo que decir que afirmar la maldad absoluta de una persona constituiría una necedad por mi parte. Pienso ahora en unas cuantas personas nefandas y convertirlas en malas en sí mismas las convertiría en mera caricatura. Es normal que tendamos a la brocha gorda, al trazo exagerado de los defectos en las personas que nos caen como el culo, pero hay que reconocer que, a buen seguro y con ejemplos en la mano, alguna cosa buena o alguna virtud pueden tener. Puede ser.

¿Qué personas malas conozco? Muchas. Muchísimas. Es fácil reconocerlas: me han hecho daño o me lo hacen todavía. No califico como plenamente malas a las que (me) lo provocan de forma inconsciente (aunque es bueno vitalizar el pensamiento reflexivo). Me refiero, más bien, a aquellas que se lo piensan y que, probablemente, se relamen en su maldad. O no en su maldad, de la que no son conscientes porque (quién sabe) todo el mundo piensa de sí mismo que es bueno, sino en su deseo de fastidiar al personal en general o a mí en particular.

A todo el que haya llegado hasta aquí, también le parecerá pertinente el que pueda obviar mi «malapersonidad». Es cierto. De hecho, no serán pocos los que están ávidos de estas líneas por lo mala persona que les parezco. Que uno es humano y no de piedra, por lo que arrastra no pocos pensamientos aviesos. Creo que una de las características más típicas de las malas personas es considerarse buenas frente al enemigo, siempre malo. Pero, como son sentimientos recíprocos, la maldad ronda por todas partes, por todos los frentes.

Bueno, que me enrollo. Vamos a ello. Sigamos.

Decía más arriba que conozco a muchas personas malas. Algunas me cayeron mal un tiempo y sigo en ello. Otras me cayeron mal, pero se me ha olvidado por qué. Otras, objetivamente, no me caen nada bien, pero contemplo sus acciones o sus omisiones con unos ojos más amables. En ese listado que voy a hacer público dentro de nada, no sería justo meter a todo el mundo el mismo saco. Otras tenían rasgos de malos-malísimos, pero era solo de cara a la galería. Es posible, incluso, que haya algunos que se creían malos, pero lo fueran en forma de algodón de azúcar.

He tenido que afilar el lapicero para sacar toda mi maldad (hay que ser muy malo y rencoroso para hacer una lista de personas malas), recuperar mi peor yo, regurgitarme de malos recuerdos o despertarme conscientemente de hechos actuales.

Y, puestos a ello, me doy cuenta de que he conocido nada más a una persona con la que he experimentado y deducido consecuentemente solo defectos y ninguna virtud. Era tan mala (hace muchos años que no tengo noticia de ella) que no es que fuese exclusivamente mala conmigo, sino que no vi tampoco ningún rasgo de bondad para ningún otro conviviente/sufriente.

Tuve la mala suerte de coincidir con él en un trabajo anterior, hace ya muchos años. Había prometido nombre y apellidos, pero, como en los periódicos, aunque no le concedo la presunción, le pondré las iniciales: M. D. B. Quizá tampoco se merezca mucho más.

Y ya estaría. Lo demás, es una escala de grises. Y a mí me gusta mirar hacia lo más claro.

Con imagen de Fryless.