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Escribir es algo que se olvida (Me olvidé de escribir, hoy me toca callar)

Ayer escribía sobre la facilidad y rapidez con la que se pierde la destreza en la escritura. Cuando acabé de componer esta entrada sobre la no-escritura, aconteció una desgracia: por esos recónditos quicios del azar, me vino a la cabeza la canción «Me olvidé de vivir», aquella de Julio Iglesias… y estuve algo así como tres horas canturreando para mis adentros «Me olvidé de escribir». Que un vivales como Julio Iglesias afirme que se olvidó de vivir me pone a mí en un grave aprieto, pero yo no pensaba en eso ni en nada, solo intentaba quitarme de la cabeza esa melodía y esa forma de cantar de nuestro cantante internacional, egregio, que a mí me espanta. La duermevela todavía mantenía el pulso entre la vida que corre sin freno, la vida que se vive un momento, el juego de los sentimientos y los aplausos envueltos en sueños, hasta que pude descansar.

Me levanté a las cuatro de la mañana a beber un poco de agua y, cuando rellenaba el vaso por segunda vez, me llegó otra vez la melodía con pequeñas trazas de la letra. Mezclaba la experiencia de la vida con la de la escritura, pero yo solo quería volver a la cama, conciliar el sueño, dormir sin vivir y sin escribir, solo descansar, descansar solo. Y me pregunto ahora, a media tarde, si olvidarse de escribir es olvidarse de vivir o de sufrir o de gozar o de pensar.

Y llegué al «Hoy me toca llorar» de la canción pensando si debería finalizar con un «Hoy me toca callar».

Escribir es algo que se olvida

He intentado escribir de cuatro o cinco maneras diferentes que escribir es algo que se olvida, pero no he sabido cómo ponerlo palabra por palabra, bien redactado y con los sintagmas en su sitio. Cada vez que cambiaba algo, era para peor. La alternativa a ser incapaz de escribir que escribir es algo que se olvida —me aferro a esa expresión, que es la única que se me ocurre de forma inmediata e intuitiva— es no escribir sobre el acto de escribir.

Como soy muy cabezota, me empecino en escribir sobre el acto de no escribir, como me ocurre en muchas otras ocasiones, aunque el hecho de abandonar esa tensión y dejarme en manos de la desgana gane siempre por una diferencia abultada. Ahora me limito a escuchar a Art Pepper, pensar en las musarañas y en ese saxofón que oscila entre las paredes del salón. Y dejar abierta la puerta.

No escribir es muy sencillo para el que no escribe nunca, pero también para todos los que se sienten aturullados de palabras. Cuando escribir es menos que una decisión, pero más que una necesidad. Me gustaría saber decirlo, pero se me ha olvidado porque ahora todo este milagro compositivo se me encasquilla, se me resiste y se me revuelve en ese espacio que habitó entre la cabeza y las manos.

Un impulso no basta y toda la paciencia del mundo tampoco. Quizás debería intentarlo en un poquito a poco, pero entonces escucho el piano de Oscar Peterson y me vengo arriba, como ese sol de mi ciudad, que en ocasiones gana a las nubes y se asoma entre los estertores de un final de primavera de catorce grados centígrados.

Si supiese dibujar, dibujaría. Si supiese cantar, cantaría. Como no sé escribir, porque se me ha olvidado (quizás nunca he sabido), escribo. A ver qué pasa, a ver qué me pasa.

No recordar, no escribir y una tarta de queso

Las vacaciones de verano, que iban a ser muy productivas antes de que empezasen y, ahora que están a punto de acabar, se han revelado como un escalón que conduce a un abismo de días vacíos respecto a todas las promesas intelectuales que me había hecho a mí mismo.

Una entrada al día al día, me dije entonces. O, mejor, el desarrollo de las anotaciones precisas para esa historia con la que llevo desde hace unos dos años. Pero las anotaciones continúan y el desarrollo no se desarrolla. Leída alguna al azar, ahora, se convierten en pequeños retazos de algo que ya no existe o que no sé por qué existía, una porción mínima de algo al que ya no le encuentro el sentido.

Leer esas notas significa evidenciar todo lo que ya no recuerdo. O quizás no tanto no recordar, sino olvidar, que no sé si es lo mismo. No recordar como algo orgánico y olvidar como algo predominantemente involuntariamente consciente o voluntariamente volátil. Sea una cosa u otra, significa quedarse sin el pasado que se quiere seleccionar y sobre el que se quiere subrayar, engrandecer o manejar.

Nada es perfecto y menos nuestras vidas, que se encarrillan con demasiada frecuencia a todos aquellos abismos por los que no deseamos precipitarnos. El consuelo que me quedaba ante ese punto de partida era el poder consignar todo aquello por lo que se sufre, delinear todo aquello por lo que transige, silenciar todo aquello por lo que se ama.

Pero de todo ello han quedado apenas unas pocas líneas, unas hojas en formato electrónico que se perderán en la selva de muchas otras, amasadas sin ningún tipo de criterio ni de prelación estética. Sin un Sin una circunspección que las ordene, sin un murmullo dulce que las lea y las aprecie.

En todo esto me encontraba hasta hace unos minutos, cuando he abierto el frigorífico. He tomado un tercio de una porción de tarta de queso que compré ayer el la pastelería Geltoki de San Sebastián. Las únicas salidas de mi ciudad que me he permitido a lo largo del verano han sido cuatro viajes a Guipúzcoa, en los que la rutina, de un modo u otro, ha sido nadar y nadar, pasear, comer, pasear, comer un helado, tomar un pincho y una caña y un pincho. Nunca con ese orden salvo el mar. Casualmente, me topé la última vez con esa pastelería y esa tarta. Y ayer, al iniciar la rutina de evitar la parte vieja, llena de algo que ya no es su esencia, e ir a la plaza Easo para estar en el centro sin estar descentrado, volví al establecimiento para paladear de nuevo esa delicia.

No soy Proust, ya me gustaría. Y la tarta de queso es mucho más reciente en mi vida que esa magdalena en el té. No obstante, yo ahora estoy mojando la tarta con el sabor dulce del salitre del mar y pienso en todo lo que me queda para acabar un verano con poca memoria, mucho olvido, pocas líneas y paciencia. Mucha paciencia.

Me hubiese gustado poner una foto a esta entrada, pero se me ha olvidado.

Querido diario dos puntos

Querido diario:

Te escribo hoy, 7 de enero de 2016, tras mucho tiempo de ausencia. Y lo hago más por lo que quiero callar que por lo que que quede reflejado en estas líneas. Es muy difícil –todo un acto de injusticia– establecer nuestra existencia como una balanza en la que pesas circunstancias vitales de las que ignoras casi todo, sobre todo cuando alguien ya ha elegido por ti el lado más cruel de tu destino. Conoces la ya frecuente dificultad que tengo para dormir. Empiezo la lucha aferrándome al edredón y sintiendo una amargura que me acompaña en los primeros sueños. Luego, de repente, abro los ojos entre la pesadilla, con ese dolor extraño que no consigo localizar porque me temo que pertenece a un lugar recóndito que se llama alma. Me entristece que haya tenido que empezar a sentir ese dolor como algo familiar, que parece que me acompaña a donde quiera que vaya. Conozco la sensación y reconozco que me da mucho miedo. Mientras tanto, los días pasan y no me dicen nada. Todo es una monotonía tremenda que me lleva siempre a lo mismo. A la ausencia y a sentirme a gusto entre esas tardes frías y lluviosas que tanto se parecen a lo que soy. A veces me pregunto si hay en todo esto algo de autocomplacencia algo de pose de hombre maldito, pero creo que es una sensación que refleja perfectamente algo que ya no es cómo me siento, sino lo que soy.

No puedo escribir más, compréndeme. No eres el tipo de diario que tiene una cerradura en forma de corazón. Y, si lo fueses, la llave que lo abre no es más que una manera cruel de hurgar en una herida que ya es eterna.

(La imagen es de Alonis)

Querido diario dos puntos

Imagen de EstefaniaVS

Querido diario dos puntos

Escribo en tus páginas satinadas, matizadas por esa cubierta acartonada ya doblada en sus extremos, sobre esas líneas de un color azul vagamente descolorido. Ya he tenido que borrar dos líneas y sé que no te gusta que te mancillen con palabras que solo se sostienen en el anonimato y el odio de los tachones poco escrupulosos. De forma anecdótica, te diré que he empezado a escribir de nuevo, después de tanto tiempo, otra vez a un ritmo de un ritmo. Pero, en esta ocasión, se me ha descabalgado entre las manos. Lo he intentado atrapar, pero la canción ha sido más rápida que yo punto y aparte

Quiero que sepas que he cogido, otra vez, el bolígrafo de casi siempre, ese que pinta de una forma lo suficientemente firme pero no horada la hoja de forma contundente, agresiva. Sé que no te gusta que las páginas sean un conglomerado de palimpsestos entre el recto y el verso. Y coincido contigo dos puntos qué desagradable es ver esa invasión violenta entre trazos, con relieves que revelan un estado de ánimo más allá de las palabras, que tendrían que ser suficientes, que tendrían que ser necesarias punto y aparte

Hoy ha la lluvia ha intentado atraparme en varias ocasiones pero he conseguido esquivarla. Y, como en el ritmo de la canción, una racha de viento entre los árboles se ha vengado con una descarga inesperada. El retorno se me ha hecho muy largo, como la vida que tienes atrapada en esa goma que clausura y guarda tus secretos. Ahora tendría que buscar un párrafo que remate y compense la escritura, pero no importa. Sabes que esto es algo que queda entre tú y yo, a modo de narración de explicación de un universo que es demasiado particular como para escribirlo en mayúsculas punto y aparte

Todos me dicen que tendría que tener motivos para estar contento y tienen razón, lo sé. Pero la vida es una camisa en la que los botones y los ojales no son equidistantes. No obstante, me acuerdo del calor. Querido diario dos puntos yo no sé qué sentirás tú, cuando mis manos te abandonan y te quedas solitario, lleno de palabras y enmiendas, en el cajón al pairo de la temperatura ambiente. Al margen del calor, creo que a los dos, por lo menos, nos quedan las palabras punto final

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La entrada que no pienso escribir para no acabar con mis principios

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Un escritor, sea en un blog o en bloc, siempre se plantea cómo llegan los escritos a sus lectores. Y es difícil que estos, los receptores, no tengan que ver, de algún modo, con lo que escribe el autor. Es complicado abstraerse de gustos, de consejos, de influencias y, sobre todo, de éxitos.

Como no podía ser de otro modo, cada uno tiene unos objetivos al escribir y parte de unos principios. En mi caso, escribo porque me gusta y escribo de lo que me gusta. A ráfagas, a impulsos. Con series y planificaciones, sí, pero también adaptando el tono y el tema al día en el que se escribe, al sentimiento que uno tiene. Como llevo ya muchos años en esto, sé perfectamente lo que más gusta y lo que no: hay entradas con centenares de visitas y entradas con docenas escasas. Lo natural sería fijarse en los números y escribir con ellos como destino final…

Pero no. Escribiré esas entradas que les gustan a centenares solo cuando me apetezca escribirlas y porque las considere adecuadas al momento. Y, francamente, me quedo con las entradas más íntimas o más difíciles (o más simbólicas). Aunque exista únicamente una persona que las lea y disfrute con ellas, seguiré. Lo haré por los lectores, sumados uno a uno; lo haré por mí, para no terminar con mis principios.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

La rosa. El nombre. Las preguntas

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: «Porque Pinocho estaba ya registrado».

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: «¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

Escribir

L'écrivain

He empezado cuatro veces a escribir una entrada sobre la escritura. Y he comenzado a hablar de aspectos neuronales, culturales, de aprendizaje y otras cosas más. Después de escribir unos párrafos infumables, me he dado cuenta de que era absolutamente incongruente que escribiese mal sobre el hecho de escribir. Y ahora, después de estar escribiendo este párrafo, me doy cuenta de que escribo sobre el hecho de no escribir.

Paradojas al margen, quizás, fuera mejor recordar los sabios consejos que tenían los tratadistas de retórica para construir discursos, pero volvía de nuevo a liarme. Por eso, he preferido adaptarlas y decir (escribir) que todo escritor tiene que tener algo que transmitir, tiene que tener imaginación para hacerlo y tiene que tener técnica para escribirlo bien.

Es algo tan sencillo como para tenerlo claro. Es algo tan complicado como para pensarlo –pensárselo– dos veces. Antes de escribirlo y antes de hacerlo.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

También tengo una amigo que va en busca del Grial. Y es negro.

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Ayer decía que tenía un amigo que se llamaba Leo Finch y hablaba un poco –con él, con todos– sobre el acto de escribir, con sus ilusiones, sus miserias y, a veces, sus inacciones. Y resulta que, de tanto frotar la lámpara mágica de las palabras, ha salido un genio (que sí, puede ser el de Aladino; que sí, que puede ser el geniecillo maligno de Descartes) y parece que una olla de esas de las antiguas, de las que funcionan bien si tienen el pitorro libre de atascos y van administrando vapor a golpetazos, ha empezado a cocinar algunas líneas en el paraíso de las palabras.

Porque, manoseando esa lámpara, resulta que el vapor ha dibujado la figura de otro amigo mío. Puestos a chulear, podré decir que soy uno de los primeros en la lista de atisbar sus ingenios. Sería un mocoso de 14 años, sí, probablemente; y, lo que es peor, sería un mocoso con un gran bigote de pelusilla, pero ya tenía la ilusión creadora –si no recuerdo mal, basada aún en una enfermiza afición por el dibujo de espadas, hachas, lanzas y demás– y una incipiente pasión lectora. Y sé que busca el Grial desde hace mucho tiempo. Entre otras cosas, porque durante unas clases que fueron para mí una delicia leímos El halcón maltés de Dashiell Hammet. Algunos descubrieron a su primera femme fatale envuelta en las páginas de un libro y yo tuve el enorme privilegio de leer uno de los exámenes más perfectos que he tenido que corregir durante mi temporada (bastante larga) como profesor de Literatura Universal.

La vida, sus aficiones y sus «aficciones» le han llevado por muchas sendas creativas diferentes e interdisciplinares. Porque el ingenio se muestra con la punta del lápiz, con un visor de una cámara, delante de un teclado o con una casaca de gusto, para mí, dudoso a lomos de un monopatín (obviamente, en ese mundo no hay nada perfecto). Y este amigo mío, que va en busca del Grial, si un día se pone, igual lo encuentra. Y sí, es negro.

(De hecho, otro día, si me da por ahí –que espero que sí–, escribiré algo sobre un grupo de chicos que coincidieron en un espacio y un tiempo. Y de cómo coincidí con ellos. Porque el mundo de la enseñanza podrá ser bueno, malo; enaltecido o vilipendiado; pero nunca podrá ser indiferente. La foto que ilustra la entrada es de Mario Larrá y tiene todos los derechos reservados. Como me imagino que leerá la entrada, si quiere que la quite… pues la quito.)