— Verba Volant

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Lectura

Con días de retraso, hablaré del último libro del reto de siete días en siete libros, pero para eso habrá que esperar hasta el final. Tengo que hablar de más libros, de más cosas.

Hoy he dormido más de ocho horas y el día ha amanecido luminoso. Ayer me desperté a eso de las cuatro y media con la obsesión de que no iba a entrar en el bañador jammer que me había comprado (es un tipo de bañador ajustadísimo —y ajustadísimo es tan literal que se tarda un buen rato en poner, casi centímetro a centímetro—, que llega hasta las rodillas, que comprime los músculos para sacarles el mejor rendimiento y provoca que el agua deslice y ofrezca poca resistencia, dentro de lo posible. Iba a ser el día en el que, por primera vez en mi vida, competiría en un Campeonato de España de natación. Llegamos a Vitoria y, en una piscina preciosa, cumplí uno de los retos que tenía fijados desde los 16 años y del que ya he hablado varias veces. Lo más importante no es que rebajase mi tiempo en el 1500 libres y en los 200 libres, nadados junto a mis compañeros en el relevo 4×200. Fue mucho más gratificante que disfruté muchísimo no solo al finalizar las pruebas, sino durante el tiempo que estaba en la piscina moviendo brazos y piernas. No hay cosa más preciosa que el aire que recoges cuando sacas la cabeza para impulsarte. Un poco más.

Era una manera perfecta de empezar el final de una semana que ha sido criminal, cargada de responsabilidades, llena de trabajos y prácticas. Mientras algunos se acuerdan de las vacaciones de los profesores, yo no logro recordar ni un día de las vacaciones que no haya tenido que sentarme dedicado a mis labores. Volver a la facultad, sin embargo, nunca me resulta traumático: siempre encuentras dificultades, pero también muchos compañeros que te ayudan a superarlas.

Si la piscina me enseña a regular la respiración, a dosificar el aire y a saber mantener un ritmo (¡qué importante es la disciplina, que solamente se logra si se entrena, en el deporte y en la vida!), la ficción me está dando tantos momentos maravillosos que compensan muchos sinsabores.

Iba a hablar del último libro que he leído esta semana (El adversario, de Emmanuel Carrère, que me ha gustado y no me ha gustado a la vez), pero tenía que elegir un libro para acabar con el reto propuesto. Y desfilaban tantos libros como candidatos que a punto he estado de dejar la serie sin un final.

Y me doy cuenta de que no voy a poder de algunos de mis poetas favoritos. Hubiese empezado, sin duda, por Ángel González, mi favorito entre los favoritos. De Góngora, por supuesto. De García Montero y Gil de Biedma, del descubrimiento que me supuso la lectura de Fuera de campo de Pablo García Casado. Y de tantos otros. Y de Cernuda, claro.

Que no figurará Drácula que, es una novela perfecta en todos los sentidos, una obra que siempre está muy por encima de cualquier expectativa. De la conmoción que me supuso la lectura de Frankenstein, en la que no sabía que había ternura, en los sentimientos destilados en las obras de Dickens y de Stevenson, de Twain. Qué injusto resulta resulta saltarse todas esas ficciones. Y las de Galdós y las de Millás, por poner pequeños grandes ejemplos. Me acuerdo ahora del pecado que supone no dedicar unas líneas a las obras de Julio Llamazares.

Me pregunto cómo es posible no hablar de Jardiel Poncela (qué grande como dramaturgo, que deliciosas y desternillantes sus novelas). ¿No dedicaré ni un segundo a las clases en las que llorábamos de risa a las ocho y media de la mañana disfrutando de Miguel Mihura y de los dilemas existenciales del bueno de Augusto?

Hablando de risa, me hubiese parecido indispensable no omitir la novela a la que tengo por más graciosa de todas las que he léido (Terapia, de David Lodge). Hablando de misterio y ficción policíaca, no poder hablar del momento en el que Conan Doyle de Sherlock Holmes se incorporó a mi vida con su obra completa. El disfrute de la crónica hecha literatura en García Márquez o Capote. O esa obra suprema del para mí cada vez más cuestionable Pérez-Reverte que es Territorio Comanche, de la que hablaba Víctor un día. Del día que descubrí a Marta Sanz, de los dos días magníficos que pasé con La invención del amor, de Ovejero. De Rafael Reig y de Miguel Ángel Hernández. Del momento demasiado tardío en el que descubrí a los griegos. Del día que asistí a la representación de El lector por horas. De todas las veces que he redescubierto a Eco en El nombre de la rosa.

Tenía casi decidido que hablaría, como último libro, de Richard Ford, pero luego pensé en Ian McEwan, ese maravilloso Sábado, y lo tuve claro. Luego me acordé de que sería imperdonable no dedicarle ese espacio a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, que tanto supuso para mí. Me vino a la cabeza todo lo que siento con las narraciones de Auster, de lo que me gusta su manera de contar, y, entre todo lo que me gusta de él, me iba a decidir, definitivamente, por Brooklyn Follies. Con ese final que lo resume todo, dios mío.

Y en esas meditaciones y divagaciones estaba cuando empecé a leer por un rebote del destino a una autora que, de manera imperdonable, desconocía. Cayó en mis manos Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Lo empecé sin saber a qué atenerme, fue ganándome como solo lo consiguen las grandes narraciones y lo acabé la semana pasada en la que, para mí, destaca un pasaje esencial:

—Llevan toda la vida en este lugar. Morirán aquí.

—Los envidio por ello —comentó Hema.

—¿De verdad?

—Yo nunca he pertenecido a un lugar de esa manera.

Se refiere a lugares en un libro que trata de personas que nacen en un país y residen en otro, que asimilan parte de algo sin desgajarse de las tradiciones u olvidándose de ellas, de una tierra en la que viven y de la que no proceden, en la que pasan su vida sin un arraigo absoluto. Pero el fragmento, para mí, no se ciñe solamente a territorios geográficos, sino a territorios vitales y existenciales, a mundos personales. Y me conmovió pensar en mí existencia como habitante de esa tierra desacostumbrada que es la vida. Habitante aparente de (casi) un único lugar y con la sensación constante de pertenecer a otros con toda la fuerza que aporta la desubicación, la dislocación. A mí también me da la impresión de que «nunca he pertenecido a un lugar de esa manera».


La imagen es de Marc Surià.

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Para este sexto día hablando de libros, me decanto por uno de los que más me gustó en esa época de infancia en el que se el niño tantea el universo y lo expande e intensifica gracias a las novelas de aventuras.

Hubiese podido escoger otras novelas de Julio Verne. Sin duda, mi favorita es 20 000 leguas de viaje submarino. Por muchas razones, pero, sobre todo, por el maravilloso personaje del capitán Nemo, digno de un análisis mucho más pormenorizado y que apareció también en La isla misteriosa. Pero la novela de aventuras marinas llegó más tarde que la de las estepas siberianas, así que elijo esta y no aquella. O, mejor, elijo las dos, pero solo hablo de una.

Miguel Strogoff, el correo del zar, que tiene el reto de recorrer el camino que dista entre Moscú e Irkutsk en Siberia, lleno de amenazas y de peligros. Y, en su contra, un malo-malísimo antagonista: el malvado y rencoroso Ivan Ogareff. Como es posible que algunos visitantes de este blog no hayan leído la novela, no puedo hablar de ese momento crítico de la obra, donde al correo del zar le privan de algo fundamental para seguir con su misión. La manera de narrar las adversidades, el talante de Miguel para enfrentarse a ellas, la compañía de Nadia en su viaje…

Para mí, Irkutsk fue el símbolo de lo remoto, lejano e inalcanzable. Como anécdota, diré que, en uno de mis viajes a Rusia por motivos académicos, conocí a dos profesoras que eran de esa localidad siberiana. Me parecía imposible estar en sesiones de ponencias y comiendo o tomando un café con personas del otro confín del mundo, ese al que tuvo que llegar Strogoff para cumplir su misión.

Hablando de Julio Verne, aprovecho para mencionar El castillo de los Cárpatos, una novela muy representativa de la narrativa de fines del XIX, en el que, pasado el realismo, se vuelve al interés por lo fantástico. Aquí tenemos una historia con un malo lleno de secretos y una obsesión: una cantante de ópera, que muere aterrorizada en el escenario. A partir de ahí, la narración se desplaza a los Cárpatos, en Transilvania (nada menos). Y, con un toque de obsesión casi vampírica, asistiremos a un submundo de espíritus y apariciones, de melodías y figuras enigmáticas. Los personajes, de algún modo, se han de reconocer a sí mismos en un mundo de espejos.

En suma, me resulta una novela muy interesante por esa recreación de lo misterioso y lo romántico, mezclado con lo moderno de un modo que solamente podremos entender una vez que hayamos acabado el libro.

Y, ya que la cosa va de obsesiones, de personajes enigmáticos y cantantes de ópera, el extra no podía ser otro que El fantasma de la Ópera, de Gaston Leroux. La historia es muy conocida por sus versiones cinematográficas y el musical de éxito continuado, pero aconsejo vivamente leer la novela: tiene algunas variantes, matices y derivas en la historia que son bastante diferentes a lo que sucede en las versiones fílmicas y teatrales.

A veces, uno no sabe los misterios que habitan en el subsuelo de sus vidas, pero la literatura está ahí, muy atenta, para desvelarlos.

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Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

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Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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Escribo esta segunda entrada sobre libros siguiendo el reto de «Siete días de libros» y lo hago subrayando que, en los días sucesivos, la elección no tiene ningún orden de preferencia.

Lo hago sobre un libro que me fascina: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No llegué a la historia por primera vez a través del papel, sino gracias a una reposición de la serie de RTVE dirigida por Pedro Amalio López y protagonizada por el gran Pepe Martín. Tenía 12 años, pasaba parte de los veranos en Madrid y, después de comer y esperando que llegase la hora de bajar a la piscina, me tumbaba en el suelo de la salita y quedaba totalmente absorbido por esta historia de traiciones e injusticia, de venganzas y salvaciones. Llegaron luego, casi simultáneamente aquellas versiones en viñetas de las «Joyas literarias juveniles», que adaptaban textos literarios en formato cómic, que no sirvieron nunca para disuadirme de leer los textos originales sino, antes bien, me dieron magníficas ideas para elegir las historias que me gustaban.

No recuerdo la primera vez que leí el texto original de Dumas. Tendría, probablemente, unos 15 o 16 años. Conocía bien la historia, pero quedé prendado por el ritmo vertiginoso (pese a los dos grandes tomos) que tenía el autor francés para narrarla. Mi parte preferida ha sido siempre la de la fuga del Castillo de If, esos momentos de aprendizaje y preparación que convierten a Edmundo en un auténtico sabio, casi un superhombre. La primera vez, también me gustaba mucho la parte de la venganza metódica, casi cartesiana, pero en sucesivas lecturas he acabado el libro disfrutando más de la primera parte que de la segunda, aunque me agraden mucho las dos. La segunda vez que volví al libro tendría ya unos 30 años. Había comprado una nueva edición cuando era socio del Círculo de Lectores. Abrí el libro y comencé mi relectura en sábado por la mañana y, atrapado de nuevo por la historia, no abandoné la lectura (a excepción de las necesidades vitales imperiosas) hasta que me lo acabé. Tenía miedo de que se tratase de uno de esos libros a los que se vuelve pasados los años y decepciona, pero no lo hizo de ningún modo. Antes bien, me hizo fortalecer algunas intuiciones juveniles y me encandiló con otros muchos aspectos nuevos. Volví a él hace poco, unos dos o tres años y seguí padeciendo y disfrutando de estas aventuras narradas por Dumas y sus colaboradores.

Tener esta oportunidad para hablar espontáneamente de libros me ayuda a comprender algunas cosas. Yo, que creía que tenía un poso vengativo y justiciero, creo que me dejo llevar mucho más por las historias de conocimiento y de liberación. De hecho, me gusta muchísimo el proceso que sigue Alejandro para romper con esa traición inicial y cómo salva su vida gracias a su inteligencia, a su previsión, a su preparación. Me gusta mucho más el Edmundo hombre que se enfrenta al mundo y se libera que el Edmundo-dios que quiere restablecer y compensar un mundo con pesos y balanzas que ya no tienen mucho sentido más que el poético.

Para este segundo libro del reto, he elegido la historia del conde Montecristo, pero he estado a punto de cambiarla varias veces dudando entre dos libros, así que haré referencia a ellos. Son los dos también libros de aventuras. Se trata de El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, y de Scaramouche, de Rafael Sabatini. Me doy cuenta de que, como en el caso anterior, son historias vividas antes en las pantallas que en los libros. Otro denominador común entre ambas es que, en esas películas, el protagonista es Stewart Granger, un actor que siempre me ha fascinado y al que tengo que dedicar una entrada un día de estos, porque su nombre me remite también a otro gran libro, Las minas del rey Salomón y a una historia de contrabandistas, Moonfleet, que es una de mis películas preferidas.

¿Qué decir de El prisionero de Zenda? El que no haya leído esta novela, haría muy bien en abandonar la lectura de este mísero blog y empaparse de una historia que figura en torno a la figura del doble, de ese haz y envés de nosotros mismos en los que se refleja lo mejor y lo peor. Gracias a él y a las circunstancias, vivimos lo que no queremos, anhelamos lo que nunca pudimos alcanzar y adquirimos un sentido del deber que nos es ajeno, aunque nuestra vida esté constantemente en peligro.

Y, con Scaramouche, pasa lo mismo. En este caso, es muy aconsejable leer el libro y ver la película (o viceversa) para apreciar las diferencias entre ambos. Tenemos aquí, también, una historia de venganza, de nobles y lacayos, de huidas y teatro… y de cómo entre peleas de espadas uno se enfrenta a algo más que a su enemigo.

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En una red social, me han propuesto el reto de participar en una cadena para hablar de siete libros en siete días y proponer a otra persona que participe en esta cadena a raíz de cada libro del que hable. ¿Cómo decir que no a un reto como este, cuando leer se encuentra en el centro mismo de mi manera de vivir?

Le he dado alguna vuelta al asunto y me ha parecido adecuado ampliar en una entrada del blog algunos detalles relacionados con el libro que escojo cada día. Entre otras cosas, porque en las redes sociales cada vez soy más conciso y menos participativo. Ahí solo anoto y apunto y aquí daré algo más de extensión y de justificaciones.

Cualquier reto en el que haya que escoger siete libros se anticipa ya como un desafío imposible. En su propia imposibilidad, lo haré factible gracias a ciertas dosis reducción y (también) gracias a alguna trampa, que veréis en su momento.

Pero me resulta muy sencillo escribir el primero de la lista: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Proust llegó a mi vida cuando estudiaba cuarto de Filología Hispánica en Valladolid y se instaló en ella para siempre. Hay un hueco siempre dentro de mí para la Recherche. Aún recuerdo cuando comencé la lectura del libro en la traducción de Alianza, realizada por Pedro Salinas. Quedé inmediatamente enamorado y embelesado por una manera de contar, que era la que a mí más me gustaba de entre todas las posibles. Esa sintaxis alambicada y alargada, ese devaneo con las palabras que no es vacío sino, que en sí mismo, completa un mundo y una manera de enfrentarse a él.

Al año siguiente, allá por mi cumpleaños, recibí un regalo inesperado: se trataba de la obra completa de Proust (como sabéis, es una obra compuesta por siete novelas) en francés. La vida me enseñaría, poco después, muchas cosas sobre tiempos recuperados y tiempos perdidos. Yo no había acabado de leer todavía la obra en español, pero la lectura de la Recherche en francés supuso para mí una conmoción y un obsequio para cada uno de los sentidos hasta llegar al intelecto de una forma vaporosa, oxigenada, perfecta.

La manera de concebir el tiempo y, sobre todo, la manera de integrar el tiempo en la vida real y en nuestro sentido existencial supone uno de los mayores logros de la obra. Esa vida dilatada en mil detalles y matices, que parece perdida para siempre, es recuperada por el sentido y el tiempo de la escritura. Nunca perder el tiempo fue una manera tan estupenda de ganarlo. Nunca perderse en el detalle supuso una manera tan excelsa de encontrarlo.

Me maravilla ahora comprobar que, cuando escribo estas líneas, soy mayor que Proust. El novelista francés murió a los 51 años y, sin embargo, aquí estoy yo, incapaz de perder el tiempo y recuperarlo. Menos mal que lo atrapo de vez en cuando gracias a su prosa.

Hace falta que no vuelvo a Proust leyéndolo de parte a parte. Decididamente, tengo que buscar todo un verano para recuperar el tiempo.

La imagen que ilustra la entrada es la última página del último tomo de la obra. Demuestra de forma muy gráfica que, para hablar del tiempo y de la vida, hay que hacerlo corrigiendo mil y un matices. La vida no admite tachones y añadidos. La escritura, afortunadamente, sí.

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La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

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Hoy tengo que hablaros de Noemí. En mi trayectoria como profesor, he tenido como alumnos a varias sagas familiares. En este caso, Noemí es hermana de Nerea, a la que dedicaré una entrada en esta serie. Noemí y Nerea forman parte de una familia a la que he tenido (y tengo) especial aprecio.

Hoy, sin embargo, quiero hablar de la voz de Noemí. O, mejor dicho, de cómo descubrí a una persona a través de una voz. Noemí era una chica callada, muy introvertida. No le gustaba nada intervenir en clase y pasaba tan desapercibida que, en algunas ocasiones, te dabas cuenta de que era inteligente y buena estudiante solo cuando corregías sus exámenes, llenos de unas observaciones atinadas que iban más allá de una asimilación correcta y evidente de la materia.

No obstante, como digo, descubrí auténticamente a Noemí gracias a la lectura. Aunque no le gustaba nada que le preguntasen en clase, un día, por casualidad —o, seguramente, por intentar sacar a Noemí de ese anonimato silente— le mandé leer un pasaje de literatura. Su mirada tímida cambió cuando fijó la vista en el libro. Dudó unos segundos y, dejando atrás sus miedos, se puso a leer. Su voz era mágica, preciosa, con una tonalidad muy parecida a la de Emma Thompson (o, mejor dicho, a la actriz de doblaje que ponía voz a la actriz inglesa por aquella epoca) y llena de matices. Me quedé embobado escuchando esa voz maravillosa y reconozco que me salté unas cuentas explicaciones solo para dilatar esa experiencia sensorial.

Pasó un buen rato, le mandé parar y me puse a hablar de su lectura y de su voz. Podéis imaginaros la poca gracia que le hizo a una persona tan tímida. Como soy de todo menos prudente, subrayaba los elogios con cada muestra silenciosa de Noemí diciendo «Para ya, pesado, que no quiero que hables de mí a toda la clase». Mandar leer a Noemí fue, a partir de entonces, y durante dos años, una rutina, que ella aceptaba cada vez con más gusto. Creo que pude contribuir un poquito a que ella ganase seguridad, y todos disfrutábamos de un pasaje leído con las pausas perfectas, con la entonación perfecta, con la calma necesaria para poder paladear cada estructura. Como todo profesor pesado, yo seguía con mis alabanzas. Puedo estar equivocado, pero creo que a ella le molestaban cada vez menos. Alguna vez, incluso, creía adivinar que se esbozaba una sonrisa de satisfacción y yo, entonces, me sentía inmensamente feliz por descubrir una porción de esa riquísima personalidad que anidaba en el interior de Noemí.

El último año, en la fiesta de despedida, realizamos un espectáculo en el que se combinaban la música, las imágenes y la poesía. Se trataba de una creación muy ambiciosa que iba en progresión. Encargué a Noemí la poesía que supone el reto más grande y ella lo aceptó con agrado. Sabía que esto suponía leer ante decenas y decenas de personas, muchas de ellas desconocidas. Ella se subiría al escenario y todos estarían pendientes de las palabras que desgranaría con su voz. La lectura de Noemí fue memorable: se enfrentó a alguno de sus fantasmas y los superó con creces; además, muchas de las personas que la escuchamos ese día estuvimos muy cerca de la eternidad con la calidez de esa voz tan parecida a la de Emma Thompson.

Yo aprecio mucho a Noemí y creo que lo sabe. Me aventuro a pensar que Noemí también guarda un buen recuerdo de mí. Quizás hablemos algo más de ella cuando cuente la historia de Nerea.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Theophilos Papadopoulos.

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Comenzaba ayer con una historia que acababa bien, pero, en la enseñanza, no todo es maravilloso ni los profesores somos ejemplos de hacer las cosas perfectamente. La historia de hoy es de las primeras que puedo contar como profesor de Literatura en 2.º de BUP. No era mi primer año como profesor en el centro, pero sí mi primera experiencia en una clase de Literatura (para todos aquellos que solo hayan vivido el sistema de la ESO y el Bachillerato, hay que recordar que durante el BUP y el COU la Lengua y la Literatura eran asignaturas independientes).

Entré en aquella clase por primera vez y, sin haber hecho yo nada relevante, tenía a Sandra, una chica de ojos claros y luminosos, entregada a la causa de la Literatura. Adoraba leer por encima de todas las cosas. Esta pasión era desaforada y desbordada, de manera que Sandra suspendía el resto de asignaturas y sacaba siempre sobresalientes en mi asignatura. Aquí fue cuando empecé a ver el lado oscuro de los claustros de profesores: los profesores «de toda la vida» y algunos de los que no eran de la vieja escuela por promoción, pero sí por devoción, no podían comprender que alguien no se enfrentase a una disciplina como materia, sino como pasión y que, por lo tanto, todo aquello que no le gustase se la traía al pairo. Tuve escuchar mil y una veces cosas como «No puede entenderse que alguien sea malo en todas las asignaturas y sea bueno en la tuya» (eso solo podía explicarse y aplicarse a las clases de Educación Física, por lo visto).

Ese traérsela todo al pairo, luego fui descubriéndolo, tenía un origen más profundo y complejo que nunca llegué a conocer con pelos y señales. Aquí nos encontramos ante la difícil frontera entre alumno y persona, persona y alumno, que a veces es difícil de matizar y de la que hablaré al final de la entrada. En una asignatura en la que se estudiaba la Literatura desde la Edad Media hasta el siglo XX, Sandra era la que hacía los comentarios más atinados, las observaciones más profundas, la que leía lo recomendado y todo lo demás. La que siempre traspasaba los límites de la materia para bien y los sublimaba. Ella quería por todos los medios sacar un diez redondo y yo bordeaba siempre sus anhelos y le ponía un más que injusto 9,75 alegando que nadie es perfecto. Lo cierto es que ella se acercaba a la perfección, pero, como profesor, creía que tenía que ponerle siempre una meta más exigente.

Naturalmente, yo intenté muchas veces que Sandra pudiese llegar a un equilibrio entre su gozo por la Literatura y su aprovechamiento académico. Me movía entre el profesor que goza con el placer de sus alumnos y el profesor que sufre y lucha para que los alumnos aprovechen sus años de formación y puedan salir adelante lo mejor posible.

En la tercera evaluación, llegamos a La Regenta. Quiero apuntar que hoy, quizá, pueda extrañarnos que se produjese algo similar en 4.º de la ESO, con la Literatura como reducto de unas pocas líneas de cada autor y escasa profundidad. Decía que estábamos leyendo fragmentos de la obra de Clarín. Le tocó leer a Sandra y llegamos al momento en el que Ana Ozores se ve necesitada de afecto, en el que se aprecian sus carencias afectivas, en el que se aprieta a la almohada para asirse a algo blando y que le aporte ternura. Sandra lo leyó con tanta sensibilidad que se creó un silencio sepulcral en la clase, en la que todos teníamos los pelos de punta. A más de uno le entraron ganas de llorar.

Podría contar muchas cosas más, pero no me quiero alargar en exceso. Como decía, algunas evidencias, comportamientos y cosas medio dichas daban a entender que Sandra pasaba por unos momentos muy difíciles desde el punto de vista personal. Era de Galicia y vivía en una residencia de monjas y, no sé por qué —o no lo quería saber—, ella no se encontraba feliz. Un día (yo vivía aún en casa de mis padres: era un pipiolo de 24 años), Sandra llamó al telefonillo de mi casa a todo llorar diciendo que bajase, que necesitaba consuelo, que tenía problemas y que precisaba de ayuda. El miedo a involucrarme más de la cuenta en una historia personal de una alumna me hizo contestar con cierta dureza. Le dije que yo era su profesor, no su amigo. Que no podía llegar a solucionar los problemas de todos porque me volvería loco. Ignoré sus lágrimas y su petición de ayuda y colgué.

No es necesario decir que, a partir de entonces, se rompió toda la magia. Sandra había vuelto a la triste realidad y comprobaba que la Literatura era una asignatura más, que yo era una persona más (o peor, la persona más arisca y menos comprensiva del universo). Y yo, ahora, tantos años después, sigo lamentándome casi de continuo por no haber respondido de forma adecuada a su petición de ayuda. Quizá, con un poco de suerte, lea esto y me pueda perdonar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para salvaguardar el secreto profesional.

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