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Cultura

Me gusta leer todo tipo de literatura, toda suerte de libros. Alterno lecturas ligeras con páginas más solemnes. Sin coincidir con las épocas del año (no espero necesariamente al verano para el noir, por ejemplo) pero sí con los estados de ánimo, paso alguna vez —de puntillas— por los grandes éxitos, esos libros que están siempre a mano en las librerías y en los escalafones de libros más vendidos. Hoy voy a hablar de cuatro lecturas que han dado y darán unos buenos duros a los libreros y a las editoriales, pero de muy distinto signo. La casualidad ha hecho que leyese estos cuatro libros en tantas de dos a dos. Los cuatro libros pueden considerarse éxitos de ventas, pero su calado literario, su profundidad artística es muy diferente.

Primero me adentré en un autor del que todo el mundo al que le gustan los libros tochos, apasionantes y de fácil lectura me había hablado maravillas. No voy a mencionar ni al autor ni al libro, por aquello de las adivinanzas y de que la imaginación (o las suposiciones) vuelen con entera libertad. Es un autor que me cae mal y bien a partes iguales por razones que no vienen al caso.. o sí vienen al caso, pero no caben en esta entrada. Aunque es un escritor con una buena tanda de novelas exitosas, yo era un lector novel de sus páginas. A medida que pasaba líneas y líneas, horas y horas (que no son tantas, porque el libro se digería rápido), me iba preguntando qué verían los demás en ese libro que no veía yo… o que no veía yo en ese libro que todos los demás veían. Se trata de una novela de intriga. El autor, que es muy inteligente, habla de una protagonista muy inteligente. No sé quién quiere parecer más listo, si el autor o la protagonista. Cuando la novela quiere exponer la inteligencia de la protagonista, creo que se queda corto. Cuando el autor quiere dejar traslucir su propia inteligencia, se pasa cuatro pueblos. Va dejando pistas, pistas y pistas de todo lo que sabe, de todo lo que abarca, de todo lo que esboza y de lo que sabe mucho más. También va soltando miguitas de pan culturales para que los lectores, que las reconocen, se sienten también pequeños dioses del conocimiento compartido. La intriga no me parecía tan intrigante, la composición repetitiva e irónica y juguetona de algunos personajes me parecía cada vez menos irónica y juguetona, pero cada vez más repetitiva. Hay que decir que, fuera del libro, fuera de la escritura, el autor se mueve como pez en el agua. Es un estratega perfecto, una persona afable y amable que establece mil vínculos que creo que son sinceros con sus lectores. Y eso pesa e influye para que su fama transcienda, crezca.

Después de acabar ese libro, el azar hizo que cayese en mis manos Los asquerosos, De Santiago Lorenzo (del que ya hablé aquí en otra ocasión). Empecé leyéndolo con la impresión de que imitaba a Eduardo Mendoza, seguí leyéndolo con la impresión de que leía Robinson Crusoe y luego me di cuenta de que la novela iba mucho más allá, en una reflexión sobre la soledad y la compañía, sobre la supervivencia y los modos de vivir, sobre el silencio y el ruido. Sobre lo que somos por lo que somos y lo que somos en nuestra sintonía o nuestro contraste con los demás. A medida que iba leyendo, me preguntaba por qué no había mucha más gente leyendo Los asquerosos que el libraco de más arriba, qué miedo o qué falta de formación o qué falta de motivación nos llevaba a leer para pensarnos listos con los acertijos en vez de leer para reflexionar sobre nosotros, sobre el mundo. Para penetrar en un modo de escritura diferente, no sé si sublime, quizás no, más arriesgada. Insisto en que esta novela se convirtió en una novela de éxito, muy bien vendida y comentada en los corrillos culturales y literarios. Pero merece más.

Han pasado muchos meses de lecturas variopintas, afortunadas o no, de diferentes calados y diferentes cataduras. Y, en la tercera novela que voy a comentar, volví a caer en las redes, en la trampa del mismo autor del primer libro que he comentado, los mismos personajes (bueno, uno más, que me ha estomagado), los mismos guiños. Fuera del libro, para el libro, las mismas alabanzas a su quehacer, a su maestría para narrar. Escritores amigos que hacen loas. Personajes famosos que hacen loas. Personas anónimas que hacen la ola por cada línea, por cada sugerencia, por cada aporte de esa inmensa inteligencia que desgranan sus páginas. No podía remediar pensar en los razonamientos sobre la lectura del primer libro, para llegar a la misma conclusión: el autor es tan inteligente como para planificar una novela con estrategia, para decir y para eludir, para conectar con los intereses de sus lectores medios. A mí las personas muy inteligentes me cansan porque no estoy a la altura: soy mediocre, de ese montón que se arrastra por la existencia con cuatro ideas obsesivas en la cabeza. Y, gustándome las novelas de intriga y de suspense y de aventuras mil, esta manera de escribir no me engancha.

Justo al acabarla, llegué al cuarto libro del que voy a hablar. Se trata de un libro que no va a ser nada sospechoso de no alcanzar fama y lectores, porque es, ni más ni menos, un semifinalista del premio Planeta. Manuel Vilas, ni más ni menos. Alegría, ni más ni menos. Había disfrutado hacía meses con Ordesa, que me pareció un libro fuera de lo común, estupendo, interesante, agudo, descorazonador y benevolente con una historia que, siendo del autor, acaba siendo la nuestra. Y Alegría, siguiendo la misma senda de la autoficción, siéndolo, no es una segunda parte ni una continuación del primero. Alegría es un laberinto de vivencias que desvelan emociones y que acaban por transmitir sentimientos. Al contrario que el afamado autor del primer y del tercer libro, Vilas me tiene ganado desde el principio, lo reconozco. Me siento muy identificado con la autoficción que no es autocomplaciente ni onanista, sino que, por el contrario, sirve de soporte y de lanzadera de frases brillantes, de reflexiones que se revuelven contra sí mismas y que los lectores, agotados de intentar deducir, precisamos cerrar nuestra voluntad y dejarnos llevar por un torrente de sensaciones.

Frente a los defensores del todo vale, hay libros buenos y malos. Si me apuran, hasta objetivamente hablando. Y, aunque aquí haya hablado de tres autores y cuatro libros que cuentan (y algunos irán sumando) con tantos lectores como para ser considerados éxitos de ventas, no todo vale, no todo es lo mismo. Vaya por delante que a mí me parece estupendo que cada uno lea lo que le venga en gana y que se divierta como le parezca. Sin embargo, en cuanto al color rojo y al negro (y sus derivaciones femeninas), me quedo con Stendhal. En lo demás, ¡viva Santiago Lorenzo!, ¡viva Manuel Vilas!

Imagen de CJS*64.

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Elegir entre un tipo de letra de «palo seco» o una letra con serifas o remates no es un asunto menor, aunque en algunas ocasiones nos pueda pasar desapercibido.

Para comprobarlo, es muy recomendable la exposición «Idoletrías. Garamond vs. Helvética», que organiza el Instituto Cervantes en la «Caja de las Letras» en su sede central de la calle Alcalá en Madrid del 11 de octubre al 4 de enero.

Además de la exposición, resulta muy interesante ver el programa La hora Cervantes de TVE en el que hay intervenciones muy esclarecedoras e interesantes de lo que aporta el mundo del diseño a la cultura, pero también a nuestro contacto con la realidad en el día a día.

Los tipos Garamond y Helvética son dos de los grandes paradigmas de las formas de mostrar las letras. La primera, Garamond, diseñada den el siglo XVI, es la campeona año tras año en su uso en los libros editados en todo el planeta. La segunda, Helvética, paradigma de la modernidad, creada a mediados del siglo XX, máximo exponente gráfico de lectura clara y limpia y, por lo tanto, muy apta para gráficos y carteles.

Esta entrada ha aparecido también en mi blog académico Scripta Manent.

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Siempre me han molestado profundamente las personas que se definen como de «Letras» o de «Ciencias». Que no se me entienda mal: creo que lo que (me) ocurre es no tengo nada en contra ni de las Letras ni de las Ciencias y compruebo que hay muchas personas que se declaran incondicionales de uno u otro bando por razones peregrinas y, desde luego, nada consistentes. Los de Letras, diciendo que los de Ciencias son unos borregos e ignorantes que no piensan más que en números; los de Ciencias, diciendo que los se Letras son unos iluminados y pretenciosos que no piensan en una realidad tangible. Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras. Lo único que sé es que, en un momento demasiado temprano de mi vida, tuve elegir una cosa a la que llamaban «Letras», que me obligaba a dejar de lado una asignatura que me apasionaba (Física). Luego escogí una carrera a la que llamaban «de Letras» (Filología Hispánica). Y, de pronto, me encontré metido en los campos de la Lingüística, disciplina a la que creo que nadie con un mínimo de sensatez y conocimiento llamaría «de Letras». Y ese es el laberinto continuo en el que me muevo. Me interesa todo, no solamente una parte, no solamente desde un ángulo, aunque no alcance a conocer casi nada.

«Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido exactamente qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras»

Interesándome todo, me interesa, claro, eso que se llama «cultura general». Pero no esa que los de Letras afirman que poseen ellos y los de Ciencias no, esa que debe consistir en ignorar los principios más básicos de la historia de la ciencia, sino aquella que intenta abarcar todo lo importante. Y hay que ser muy ignorante (es decir, no tener cultura general ni de ninguna otra clase) para pasar por alto tantos siglos de aportaciones esenciales para el ser humano. Tener cultura general no significa tan solo saber de Historia, de Literatura o de Arte, sino conocer unos principios básicos de Biología, de Astronomía, de Física, de Matemáticas.

A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica. En un arranque de locura para mis compañeros de clase, que me veían como un bicho raro, leí con pasión a los trece años la Breve historia de la Química de Asimov, al que he visitado y revisitado muchas veces tanto en sus obras de divulgación como en sus obras de ficción. Y pronto llegó, claro, Cosmos de Carl Sagan, esa maravilla que ha ayudado a abrir a tantas personas las maravillas de la ciencia.

«A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica»

Y precisamente de divulgación científica, de Letras y de Ciencias, va el propósito específico de esta entrada. He tenido la inmensa suerte de poner mi granito de arena para que en la Universidad de Burgos hubiese un curso de verano a favor de la ciencia y en contra de las pseudociencias, esa variante tan peligrosa y que va impregnando, desgraciadamente, algunas conciencias mal documentadas y que llega, incluso, a algunos medios de comunicación que informan muy mal sobre este conocimiento pseudocientífico haciéndolo pasar por «verdadero». El mérito de todo esto lo ha tenido (y tiene) Luis Alfonso Gámez, buen amigo desde entonces, que ha dirigido ya cuatro ediciones de este curso y ha contado siempre con un magnífico cartel de divulgadores y especialistas. Este julio pasado, tuve la ocasión de compartir cartel (y mantel) con algunos de ellos, entre los que se encuentra Daniel Torregrosa, al que conocía por el interesante blog Ese punto azul pálido. Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada. Químico de formación, Torregrosa (Dani para mí) es un magnífico divulgador científico con unos vastos conocimientos sobre todo lo que hemos hablado antes que cabe dentro de la «cultura general».

«Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada»

Y, como divulgador científico, ha publicado un libro indispensable: Del mito al laboratorio, que ya va por su tercera edición. Se trata de un libro delicioso que aborda algunos mitos clásicos y explica sus extensiones en el campo de la ciencia en forma de planetas, elementos de la tabla periódica, etc., etc. Los mitos, que nacieron como elementos cosmogónicos y teogónicos para intentar dar respuesta a las grandes preguntas del ser humano (luego filósofos «presocráticos» como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Demócrito… dieron el gran paso con fundamentos más sólidos y explicaciones más elaboradas), tienen en este libro la conexión ideal con la ciencia y todas sus derivaciones.

El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee. Se nota, además, algo que, desde un punto de vista personal, aprecio muchísimo: especialmente en algunos de los capítulos (me viene a la memoria, por ejemplo, «Perseo»), la «narración» del mito se realiza con una delicadeza y un interés que va más allá del esquema «Cuento-el-mito-lo-asocio-con-algo-científico-y-ya». La obra, por lo tanto, no es importante solo por lo que cuenta, sino por la atención dedicada a la forma, que recrea el mito y lo vincula de forma muy atinada.

«El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee»

El otro día, en Twitter, ya vimos algunas aplicaciones prácticas que puede tener el libro en el campo de la enseñanza:

Iniciativas como esta, llevadas a cabo por libros como este, harán que los alumnos (todos los lectores, en general) no vean las cosas como de «Ciencias» o de «Letras», sino conectadas. Porque el conocimiento, la cultura general es algo mucho más importante que «las Letras, las Ciencias».

En definitiva: si queréis pasar un buen rato y aprender conciliando campos muy distintos, tenéis que leer este libro… ya.

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Quitemos rótulos en los museos, los nombres de los pintores y los títulos a los cuadros. Eliminemos a los guías y las audioguías. No pongamos flechas para señalar los caminos de las visitas. Que el que acuda a un museo lo haga porque quiere y no por el nombre. Que se detenga ante un cuadro y se arriesgue a que no sea el adecuado. Que aventure una opinión fuera del contexto.

Eliminemos los nombres reconocidos y reconocibles de los libros. Atemos a los críticos de los suplementos de cultura: podemos, también, encerrarlos maniatados en un cuarto oscuro. Mientras, que los lectores abran un libro como obra fresca, sin mancha. Sin trampa, sin cartón y, sobre todo, sin solapillas que nos cuenten demasiadas cosas. Que todo aquel que abra un libro se deleite por lo que está allí escrito. Que descubra lo que son para él descubrimientos. Que no se asombre por nada, por todo.

Suprimamos las listas de las mejores canciones de la historia de la música. Que, a partir de hoy, Mozart y los Rolling no sean ni siquiera nombres. Que la gente baile con la música que quiera y cierre los ojos y llore cuando le venga en gana. Que las notas musicales iluminen el mundo como si no hubiese habido un ayer. Como si no vaya a haber un mañana. Que el que escuche música sea tan solo consciente, quizás, de que es algo diferente a lo que suena cuando los pájaros cantan.

Borremos del mapa a los actores fetiche, a los directores de renombre. Tachemos con espray los títulos de las películas. Dejemos a los críticos de cine en el cuarto de al lado, donde dejamos también a los críticos literarios. Que nadie medianamente entendido emita su juicio en voz alta. Que los espectadores dejen las palomitas en el mostrador y den una patada al vaso de Pepsi y lo estampen contra la pared de la entrada a las multisalas. Que aprendan a ver el cine de la única manera en que se puede disfrutar, como los esclavos de la caverna de Platón. Aunque luego uno escape. Aunque luego se lo cuente a los demás.

Y que suceda así con cada una de las artes en cada uno de sus espacios. A ver qué pasa.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

 

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Es cierto: el mundo de los libros, del cine, de los discos, del periodismo y de otras industrias culturales se va al garete. ¿De quién es la culpa? No lo sé. Juro que no lo sé. Pero no estoy nada de acuerdo con la respuesta, casi unánime, que se da desde el mundo de la industria: la culpa es de la cultura del todo gratis y de las descargas ilegales. Parecemos olvidar que la industria estaba antes y las descargas ilegales después. También olvidamos que hubo un momento de vacilaciones y de decisiones equivocadas, que a veces perduran. No voy a hacer una entrada extensa, sino que voy a comentar algunos pocos ejemplos.

Empecemos por el cine. Los que hemos al cine durante toda una vida, sabemos que no hay nada comparable con ver una historia en pantalla grande (no olvidemos esto de las pantallas grandes: algunas salas de multisalas tienen una pantalla, en proporción, más pequeña que la de algunos televisores actuales). La costumbre de ir al cine se mantenía incluso en grupos de jóvenes que aprovechaban con deleite el día del espectador. En un momento determinado, se nos convenció de que ir al cine era acudir a un espectáculo carísimo por el que, además de las entradas, teníamos que ir avituallados por chocolatinas, palomitas y bebidas gigantescas. Comprar una película en vídeo primero o en DVD después no era nada barato. ¿Qué ocurrió? Qué la gente vio que podía ver una película gratis en su casa por… nada. No es que no se quiera ir al cine: las iniciativas recientes de abaratar durante unos días el precio de las entradas nos demuestran que seguimos queriendo ver el cine en pantalla grande. En cuanto a pagar por ver el cine en casa, la decisión inicial de hacer tanto negocio por las copias ha llevado al negocio hasta su destrucción. Cuando han querido reaccionar, ha sido demasiado tarde.

Podemos hablar del mundo de las series de televisión. Primero llegaron las iniciativas de los canales de televisión generalista, que acabaron con nuestra paciencia inundando de publicidad y alargando algo que podíamos ver descargado en menos de cuarenta y cinco minutos. Algunos de los aficionados descubrimos que podíamos ver una serie subtitulada al español traducida por un colectivo de personas de forma desinteresada justo al día siguiente de ser estrenadas en su país de origen. Una vez más, cuando se han visto con el agua al cuello, han intentado reaccionar, pero ya es tarde. En este caso concreto, yo estaría dispuesto a pagar de mil amores u a cantidad razonable por ver casa capítulo de mis series favoritas… o por una tarifa plana que me permita verlas todas. En otros países, ya es posible. Aquí no nos dejan.

En el mundo de la música, llegó un momento en el que comprar un disco costaba un ojo de la cara. Poco a poco, además, el concepto de disco se reducía en muchos casos a dos canciones decentes y diez mierdas de relleno. Cuando llegó el momento de pagar por los discos un precio razonable, alguien descubrió que se podía hacer gratis de forma rápida.

Vayamos a los periódicos. Las plataformas digitales mediante las que podemos leer periódicos nos ofrecen un producto viejo: el PDF poco mejorado del periódico que se puede leer en papel. Poco importa que hayas pagado religiosamente: no te enterarás de las novedades y, además, antes de entrar en cada periódico concreto te abrasarán con publicidad.

¿Los libros? Cuando me compré mi primer lector de libros electrónicos, estuve durante dos horas intentando comprar un libro determinado de forma legal. Me fue imposible. Durante el proceso, mi experiencia fue un auténtico tutorial en el que conocí de forma fácil y accesible plataformas que me lo ofrecían gratis. Además, en España somos doblemente imbéciles. El ejemplo de las imágenes de esta entrada es suficientemente ilustrativo: un libro no cuesta lo que nos dicen que cuesta, porque vemos que en Estados  Unidos los precios son otros. Y el desfase no se debe solo al IVA. Cuando la diferencia entre el precio de un libro en edición electrónica y la edición en papel sea justa, la gente comprará y no descargará libros. Bueno, me equivoco: habremos llegado demasiado tarde.

Para que no haya dudas de lo que escribo y no se interprete de forma errónea, diré que soy de los que paga. Me he gastado dinerales en todos esos productos y sigo pagando por muchos de ellos. En el caso de la prensa digital, ya me he hartado y me daré de baja de Kiosko y Más y Orbyt. En el caso de los libros electrónicos, me estoy cansando ante la injusticia de unos precios que no tienen sentido. Eso sí, no dudo ni un momento en comprar cuando tengo la sensación de no ser timado. ¿Música? Hay grupos excelentes que ponen a nuestra disposición de manera gratuita. En otros casos, pago por cada canción y no compró el reto de la porquería que ofrece el disco. En cuanto al cine, ya no voy. Me gusta ver el cine en versión original y lo busco donde me lo ofrecen. Y, en el caso de las series, las veo religiosamente el día después de ser estrenadas también en versión original. Algún idiota perdió la oportunidad de hacer negocio conmigo. Igual no es demasiado tarde. Pero, a lo mejor, los listos o los inadaptados, por querer ganar tan pronto, han perdido definitivamente la partida.

 

 

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La entrada de hoy sólo tiene la intención de apostillar de manera muy breve algunos aspectos de mi post anterior, así como glosar de forma libre algunos de vuestros comentarios. Defiendo la Enseñanza 2.0 con el mismo ahínco que defiendo cualquier Enseñanza que se escriba con mayúsculas. Y la Enseñanza 2.0 ha de contar con varios pilares: profesores 2.0, contenido 2.0, alumnos 2.0. No creáis que me olvido: también tecnología 2.0 (y presupuesto «2.0» y políticos 2.0). Manuel Andrés -un profesor de secundaria al que debo mi pasión por la Filosofía, un conocimiento más inicial pero riguroso del análisis literario y el descubrimiento de la carrera de Filología- me lo comentaba un día con precisión: del mismo modo que las técnicas quirúrgicas avanzan y nadie se sometería a una operación de menisco con las tácticas de hace treinta años, los profesores debemos también de utilizar las técnicas más avanzadas (cuando son mejores, sin dejar de lado los aspectos positivos de las antiguas). Los tiempos actuales son los que son (mejores, peores, iguales… ¡quién lo sabe!) pero tenemos que aprovecharnos del mundo que nos circunda y no renegar de él, como el judoka sabe que se combate mejor aprovechando la fuerza de su oponente. Necesitamos sacar lo mejor de nosotros mismos, estamos obligados a entresacar lo mejor de los contenidos (y enseñarlos y sugerirlos e incentivarlos y reforzarlos) y también estamos destinados a sacar lo mejor de nuestros alumnos. Que lo tienen. Y mucho.

Las Humanidades serán las que las circunstancias, el contexto y los políticos quieran, pero también lo que nosotros dejemos que sean. Hacemos poco favor a las Humanidades oponiéndolas de forma tonta a las Ciencias (conozco a algún profesor al que se le anega la boca de mala baba cuando ataca a los docentes de ciencias, mientras él mismo defiende su disciplina con la palabra ciencia por delante). Lo interesante no es oponer, porque nada es opuesto a nada (quizá), sino saber en qué lugar está cada uno, por qué y para qué.

Crear una Enseñanza (2.0) de las Humanidades 2.0 no garantiza nada (mejor ni peor), pero nos adentra en el mundo en el que vivimos, con la enseñanza dentro, que es lo que las Humanidades han intentado hacer siempre. Es una enseñanza que no desprecia nada, sino que acoge. Una enseñanza que no abomina, sino integra. Una enseñanza que tiene la obligación de asumir la interacción de las nuevas tecnologías porque eso -también- son las Humanidades de nuestra era.

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Cielo con estela de avión

Ayer por la mañana se me ocurrió escribir una entrada. No quiero decir -claro- que en otras veces las entradas no se me ocurran y se escriban solas, pero sí es cierto que hay otras muchas ocasiones en que se me ocurren después de estar sentado ante la pantalla y (casi-casi) con las manos enganchadas en las teclas. Y se me han ocurrido muchas cosas para contar, lo que pasa es que ya estaban contadas de manera más precisa y contrastada por Pedro Ojeda (su análisis sobre la Universidad española es encomiable y digno de mención). Por lo tanto, me voy a permitir el lujo de comentar las cuestiones más diversas con relativo orden y concierto.

Lo primero sería hacerse una pregunta: ¿qué pintan las Humanidades en el mundo contemporáneo? La respuesta inmediata que me viene a la mente es «Todo»,  lo cual -bien es cierto- es una manera de decir «Nada», máxime con que el no-sé-dónde firmante tiene un título en el que pone algo así como «Filosofía y Letras». Algunas veces he comentado a quien me ha querido escuchar que me parece bastante inútil establecer una oposición demasiado maniquea entre las Ciencias y Letras. Entre otras cosas, porque no sabría yo dónde poner la palabra Cultura sino a caballo entre las unas y las otras. Con el bagaje de ser durante ya demasiados años profesor de Filosofía, tengo el culo más pelado que un mono. Para los científicos, la Filosofía es una divagación generalista; para los «letristas», la Filosofía es una cosa más bien rara digna de aprenderse de memoria. Por si acaso.

Concibo la cultura y -como tal- las Humanidades como un estudio lo suficientemente específico como para apretar y lo medianamente amplio como para abarcar. Lejanos como estamos de ese conocimiento todo abarcado y abarcable por un solo hombre (si ello fue alguna vez posible, cosa que dudo), quizá nunca hemos estado más cerca. Desde la Enciclopedia francesa, como colofón de los más de mil y un intentos serios de abarcar el saber, nunca hemos estado más cerca del conocimiento generalista y especializado. Lo cual, como he dicho antes, también nos hace estar ubicados a muchos en el deseo relajado de no interesarnos por conocimiento alguno. Tenemos a golpe de clic la explicación visualizada de algún confín de la galaxia con el mismo detalle que el vientre de un insecto, aunque hay escandalosas lagunas en toda esta Red que no logra atrapar todos los peces. ¿De quién es la culpa? Ahí es donde entramos nosotros.

La Red supone -en su concepción de Red 2.0– un conocimiento y relación colaborativa. Los juglares, malabaristas, cómicos y saltimbamquis;  los trovadores, ilusionistas, concertistas y dramaturgos; los articulistas, (v-f-w)blogueros, periodistas y novelistas; los tenistas, atletas, baloncestistas y gimnastas; los técno-mercaderos, los empresarios, los mayoristas y libreros; … tienen aquí y ahora asido por el mando de la tecnología toda la sartén con el aceite hirviendo. Sólo queda echarle el huevo frito. Y -claro-, hacen falta gallos, gallinas, partos fallidos y cotidianos y frutos de todo ello.

Los encargados de difundir y enseñar cultura -los profesores, pero ahora también todos los ciudadanos- tenemos que asumir ese papel de forma activa. La Red tiene herramientas maravillosas que ahora están infrautilizadas. No se aprovechan bien los recursos. Por poner un paralelismo bastante gráfico, hagamos memoria de cómo eran antes los catálogos de las bibliotecas. Mis lectores más jovenzuelos no darán crédito si les decimos que se manejaban fichas ajadas, que había que «saber buscar» (y encontrar) la información, que lo más nuevo que había eran los periódicos y el BOE. Nada de novedades, nada de multimedia, nada de películas (los soportes no existían o no lo permitían)… Ahora las bibliotecas -las buenas y las malas- son centros con los fondos localizables (al menos en la pantalla) y el acceso a la información es más rápido. Y más barato. Mientras tanto, en las aulas los profesores hemos optado por varias posibilidades. Una, desempolvar cada año los mismos apuntes y leérselos a los alumnos. Dos, haber cogido esos apuntes desempolvados para pasarlos a un ordenador, imprimirlos y pasarlos a la fotocopista. Tres, haber cogido esos apuntes desempolvados, realizar unas rudimentarias transparencias y cascarlas en una proyección en clase. Cuatro, haber cogido esos apuntes desempolvados y sus correspondientes transparencias y haber hecho el esfuerzo modernizador de hacer un bonito PowerPoint y volvérselo a cascar a los alumnos como si nada. Creemos que estas cuatro soluciones son diferentes, pero son iguales en esencia. Ahora el conocimiento es tan accesible y tan rápido que cualquier avispado tiene a dos pantallas información tan actualizada como la que nosotros manejamos. El mundo de las Humanidades -creo- ha de adaptarse a los nuevos tiempos de manera radical, lo cual no significa renunciar a los grandes momentos que la enseñanza magistral tiene. Me gusta ese concepto etimológico de la enseñanza como pedagogía, que viene a tener a un enseñante-tutor casi junto a nuestros pies (pero no esclavizado, pero no servil, pero no ninguneado, pero no menospreciado) y manejar las herramientas que tenemos a nuestro alcance. 

Creo firmemente en la Cultura -si es que existe- y en las Humanidades -si es que no las hemos matado. La supervivencia, en mayor o menor medida, depende de nosotros, de nuestra participación en un mundo que debemos explicar. El conocimiento, como biblioteca, está ahí. Las estanterías están puestas. Pongámonos el traje de faena y llenemos los estantes. Entre todos. Ya.

(Y lo siento. Me he marcado un Rollo 1.0)

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Pollock Blog 3: Down

Babelia, el suplemento cultural de El País, dedica todo un reportaje a la «Literatura sin papel». De especial interés para los aficionados al blog como nuevo medio de expresión cultural es el artículo de Edmundo Paz Soldán, titulado «El ‘blog’ y la literatura del siglo XXI». Así que nada, estudiantes y estudiosos del futuro: ¿analizaremos algunas manifestaciones de la Burgosfera como quien analiza el papel de las revistas literarias en el siglo XX? Las jornadas sobre literatura y periodismo de la UBU (Mutantes: las palabras en la Red) han sido una muestra de que la Universidad puede (y debe) estar atenta a las nuevas iniciativas culturales y literarias, y no sólo beber el agua del pasado.

 

(La fotografía es de sonojacker

 

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