— Verba Volant

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Arte

Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres «extraños» que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de «normalidad» que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: «Coño, Berengario». En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba «Pájaro» cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

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Tengo que hablar de algunas historias que recordé ayer con Fonsi. Estuve ayer con él pasando un buen rato, tomando un café, recordando anécdotas de aquellos tiempos y contemplando cómo cambia la perspectiva de todo según la persona que lo contemple o teniendo en cuenta el paso del tiempo. Gracias a este encuentro, apareció una historia que estoy seguro que hará las delicias de los seguidores de la serie y que tiene que ver con un chico que veía ovnis y cómo yo una vez invoqué en clase a los extraterrestres desde la ventana.

Pero hoy tocaba, ineludiblemente, hablar de Silvia. La mayor parte de las historias que han aparecido aquí, hasta el momento, son historias de chicos de instituto. Alguna he contado sobre alumnos de la universidad, pero siempre hay que tener mucho cuidado porque están (relativamente) más próximas y siempre quiero evitar el que alguien se pueda sentir aludido.

Pero hablar de Silvia, como vais a tener ocasión de comprobar, es distinto. Silvia fue mi alumna en la asignatura de «Análisis del lenguaje publicitario». Formaba parte de un grupo de amigos con gran espíritu creativo en el que que se encuentran, al menos, dos personas de las que contaré alguna historia con cierto detenimiento aquí. Es como si conociese a Silvia de toda la vida. Siempre me da la impresión de que hubiese sido alumna ya desde los tiempos de la secundaria (de hecho, vivía en el mismo barrio, es amiga de una de mis mejores alumnas de aquella época y estudió en un instituto muy próximo). De Silvia subrayaría su curiosidad mezclada con el asombro (en suma, la palabra griega thaumasía, de la que hablé hace tiempo). Porque recuerdo a Silvia siempre preguntando. De manera insistente, pero nunca pesada; de forma polémica, en el mejor sentido del término. Con Silvia no valían respuestas comunes y triviales, porque sus dudas nunca lo eran. Podían ir hacia la superficie o hacia el fondo del asunto, pero siempre tenían un sentido profundo. A Silvia siempre le ha gustado el debate en el mejor de los sentidos del término por lo que tiene de confrontación elegante de pareceres para llegar a una conclusión o a ninguna. O a todas las anteriores.

Hablo en el título de la entrada de su espíritu renacentista y de un Leonardo redivivo. También cabría un juego de palabras divertido. Silvia sería una Leonardo «redidiva». Porque es la reencarnación de la curiosidad, de las ganas de conocer y de la excelencia. Una de las cosas en las que destacaba siempre (y destaca ahora) es por su espíritu interdisciplinar. A Silvia le gusta escribir, le gusta dibujar, le gusta hacer fotos, le gusta cantar. Su interés se extiende a todas las disciplinas, incluidas las científicas. Y esa mezcla muy aglutinada entre el espíritu humanístico y creador y el espíritu científico e innovador (realicemos todos los quiasmos que deseemos) es lo explica la manera que tiene Silvia de enfrentarse al mundo. Todo ese interés, ahora, se ha convertido en su trabajo, que aúna el aspecto científico con su formación como comunicadora y divulgadora.

Quedo de vez en cuando con Silvia (de hecho, nos debemos una llamada para tomar algo y charlar). Su conversación siempre es fecunda, su juicio atinado, aunque nunca convencional ni acomodaticio. Solemos hablar de pelis y de libros, de cosas de la vida y de las peligrosas pseudociencias. Su conversación siempre deja un poso agradable. Con Silvia hablar nunca es una pérdida de tiempo.

Un día, hace unos cuantos años, cuando vi a Silvia y a su amiga Mariola durante un evento en el Teatro Principal dibujando a uno de los ponentes, me vino esa imagen de ella como persona renacentista, interesada por todo. Es algo de agradecer en estos mundos actuales y estrechos, especializados en las evanescencias de la nada. Silvia siempre tiene mil y una maneras de contar. Por eso, hoy tocaba hablar de ella.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Hersson Piratoba.

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Que los museos, hace mucho tiempo, se convirtieron en algo que es difícil definir, pero que no coincide con lo que un aficionado al arte espera, es algo sabido y evidente. Lo que ya no cabe en ellos es esa consagración a las musas a la que se apega la etimología de la palabra museo. Ese elemento etéreo, creador y fundamentador sigue, claro está, en las obras, pero que se queda en ellas y no traspasa a los paseantes que entran en estos recintos, habitáculos de cosas que se exhiben para que no se disfruten desde un punto de vista artístico. La culpa no sé de quién es. Probablemente, la penitencia está en los museos mismos, que fomentan el convertirse en centros de atracción de avalanchas de personas a las que el arte les importa tres cojones.

Me sucedió hace unos días, en el MoMA. ¿Cometí el error de entrar el día de acceso gratuito? Puede que sí (pero también me ocurrió hace unos cuantos años, aunque en menor medida). Me parece bien que se pasee por un museo. Me parece bien que cada uno se pare en la obra en la que le dé la gana. Me parece bien que uno se olvide de la obra y se vaya a tomar un café con dos bolsitas de azúcar. Me parece bien,faltaría más, acudir a un museo para curiosear, sin más (bendita curiosidad, que ha despertado tantas vocaciones). Puestos a que me parezcan bien las cosas, me podría parecer bien incluso esa sospechosa tendencia existente en las multitudes a que a todos les guste la misma obra. En los museos, hay unas cuantas obras que atraen la atención de la masa y hay otros cuantos cuadros magníficos, bellos y sugerentes que pasan desapercibidos. A veces, porque el autor o el cuadro, no es conocido. A veces, porque el cuadro más famoso del autor (y no necesariamente el mejor) le hace sombra.

Centrémonos. Decía que estaba en el MoMA y que había más gente que en la romería del Rocío. ¿Devotos del arte a tutiplén? ¿Ansiosos del día gratis? ¿Aprovechados de un día lluvioso y relativamente frío en NYC? No lo sé, de verdad. Lo auténticamente extraño (y que ahora es lo habitual en los museos famosos, populares y masificados) es que casi nadie miraba, disfrutando y observando, las obras expuestas. Lo único que se percibía era una masa amorfa errante y peregrinante para  ver los cuadros. No, mentira, ni siquiera para ver las obras, sino para  hacer una foto al cuadro en cuestión (como si no encontrásemos imágenes de excelente calidad de esos mismos cuadros en obras impresas y en el todo gratis de internet). No, ni siquiera para hacerse una foto, sino para hacerse selfis con los cuadros. Importa un carajo que la obra esté allí y tú la hayas disfrutado: lo que importa es que tú estés con ella y se lo mandes por WhatsApp a los amigos y lo cuelgues en Instagram y te den 743 likes.

Lo que al principio era indignación, acabó por ser un sentimiento honesto y sincero de cagarme en la madre, padre y demás familiares de los fotografiadores empedernidos, vivos o difuntos. Llegas al quinto piso y allí están los Van Gogh. Algunos, sufriendo en silencio el envite de La noche estrellada. Este cuadro se ha convertido el reclamo indiscutible de las masas en el MoMA. Espero mi turno pacientemente para acercarme, consciente de que poca conversación es posible entre el cuadro y su espectador con tantas interferencias. Repito lo dicho: no veo a nadie mirando el cuadro, sino a personas fotografiando el cuadro y volviéndose a la cámara del móvil para, con cara de gilipollas, sonreír con gesto impostado como diciendo: «Sí, amigos seguidores de las redes sociales (sí, colegas de grupos de WhatsApp), estoy aquí, delante de esto que me dicen que es famoso». En el momento en el que me encuentro cerca de la primera fila, a punto de llegar, un padre con dos niñas pequeñas se cuela e invade el espacio de todos los demás. Da la espalda al cuadro, sitúa a sus hijas estratégicamente en el encuadre y hace un selfi. Luego otro. Y otro. Y otro. Y otro más. Cuando parece haber acabado, cambia de sitio a las niñas y vuelve a la carga con otro. Y otro. Y otro. Quizás llegó a hacer otros cinco más. En el cabreo monumental que llegó cuando mi habitual prudencia me abandonó para decirle al pavo cuatro cosas, solo encontré a una persona más desesperada que yo: la encargada de la sala, situada a la izquierda del cuadro, que me miraba y, sin palabras, parecía decirme todo. Y allí dejé al cuadro, ahogado en su propia popularidad. Menos mal que, poco después, disfruté de mi querido Mondrian relativamente tranquilo. Nunca me defrauda.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr (lo que me suele divertir en los museos últimamente es hacer fotos a los que hacen fotos).

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La publicidad es un tipo de discurso persuasivo en el que es muy frecuente que se omitan elementos. No es necesario que haya una argumentación completa para que esta llegue al receptor de manera exitosa y eficaz. Esto, que ocurre de modo general en toda la comunicación publicitaria, se consigue plasmar de manera muy inteligente en la campaña realizada por Miami Ad School, una agencia alemana, para el Museo del Louvre.

El lema de la campaña es You don’t have to see it, to know you have to see it (No tienes que verlo para saber que tienes que verlo. Se trata de una bonita paradoja que evidencia que las obras que pueden apreciarse en el Louvre son sobradamente conocidas por el público, por lo que no necesitan ser mostradas más que de forma pixelada en las imágenes de la campaña. Por lo tanto, la campaña se basa en lo que no muestra y todos comprenden: No tienes que verlo [aquí] para verlo [en el Louvre]. Desde el punto de vista cognitivo, entendemos lo que no está por lo que está. O, lo que es lo mismo, es mucho mejor ver la auténtica realidad de lo que ya conocemos que ver una imagen. Sería la elevación por sublimación del Ceci n’est pas un pipe de Magritte (o, visto de una manera más crítica, su reducción al absurdo).

Para juzgar si este reconocimiento es completo por parte de todos los receptores, dejo, además de la Mona Lisa que encabeza la entrada, las imágenes del Juramento de los Horacios,  La Libertad guiando al pueblo y La balsa de la Medusa. Basta con que pinchéis sobre cada imagen.

La información sobre esta campaña me llegó a través de la web Ads of the World.

Esta entrada, publicada primero en ScriptaManent, aparece también en mi blog personal, VerbaVolant.

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Films

¿Cómo medir la calidad de una obra artística? Esta es una pregunta imposible de responder. Cada vez que alguien se ha propuesto «medir» de algún modo una obra artística se ha metido en un jardín teórico que se ha convertido en laberinto y del que no ha podido salir. Los aficionados al cine recordarán la escena de El club de los poetas muertos en la que el profesor Keating desbroza irónicamente y luego destroza la teoría de Evans Pritchard (en vídeo aquí) con la que medir la calidad literaria de una poesía por medio de una gráfica en la que se juega con las variables de la perfección y la importancia. Convengamos, por lo tanto, que cualquier intento de medir la calidad artística de la obra es mera aproximación.

Por otro lado, tendríamos la opinión opuesta, la de los que piensan que la calidad artística es una ponderación totalmente subjetiva. Que cada individuo es soberano no solo sobre sus preferencias, sino también sobre cualquier canon establecido por críticos y eruditos.

En suma: ¿los estudiosos e intelectuales, los especialistas en sus respectivos campos artísticos son dignos de algún tipo crédito o el juicio sobre las obras es variable y relativo también por encima de ellos?

No tengo ninguna pretensión –hoy, aquí– de meterme en ese debate, pero sí quiero hacer una breve reflexión en torno a un caso concreto. Mi alabado portal IMDb, que se ha convertido para mí en una pequeña obsesión y un gran pasatiempo que me sirve para rastrear datos, buscar curiosidades, establecer comparaciones o añadir detalles a mi pasión por el arte cinematográfico, que ahora no se acaba en las películas sino que se prolonga en las series televisivas. IMDb, además de ser una base de datos que pone a nuestro alcance cualquier pormenor de esas películas y series, con sus actores, directores, etc., también establece una clasificación de las mejores películas de la historia del cine en función de los votos que recibe de los visitantes registrados de su página.

De esa lista de 250 películas, que cambia de un día a otro según vayan valorando los aficionados, se sacan varias conclusiones. Yo voy a subrayar en esta entrada tres. La primera, muy obvia, lo discutido y discutible de alguna de las inclusiones y exclusiones de la lista. La segunda, también elemental, que parece que las personas votan en función, claro está, de sus conocimientos; y parece que los escasos conocimientos del cine clásico (la edad puede que sea un factor determinante) hacen que algunas de las mayores creaciones de la ficción cinematográfica no aparezcan en lugares relevantes.

Pero hoy quiero detenerme en un tercer aspecto, no tan obvio: las calificaciones. Ayer, de entre esas 250 películas, solo 6 brillaban con una nota superior a 9. Hoy, al consultarla para escribir esta entrada, son solo 4 (Cadena perpetua, El Padrino, El Padrino II y El caballero oscuro) [la última consulta las ha reducido a las tres primeras]. Las últimas de la lista tienen una nota de 8. Y ahora viene mi pregunta: ¿cómo es posible que, entre las mejores películas, solo haya tres «de sobresaliente» y el resto sean notables, aunque sean «altos»? En mis tiempos de enseñanza en Bachillerato, solía preguntar a los alumnos por la calificación de algún poema magistral de Garcilaso, de Góngora, de Quevedo, de Cernuda, de Lorca… Era muy complicado que pusiesen una nota superior al 8. En una escala tan corta como la decimal, al margen de cualquier otra cuestión, se nota una falta de criterio. Si no hay poemas, novelas, cuadros, películas, fotografías, «de 10», ¿que espacio queda para la excelencia?

No sé si necesitamos críticos y especialistas. Yo, sinceramente, creo que sí. Pero lo que sí necesitamos ineludiblemente es que los aficionados a las diferentes manifestaciones artísticas tengan un criterio para valorar y, aunque sea al margen de baremos y notas, sepan poner las obras en su sitio. En el sitio que deben de tener en la historia. Para valorar. Para valorarnos.

(Imagen de Adam Foster.)

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Hablar de un creador puede parecer subjetivo cuando lo haces desde el conocimiento personal y desde la amistad. En este caso, creedme que, mucho más allá, hablo del él como acto de justicia.

Esta entrada podría ser larguísima, porque la estética de la pintura (y escultura) de Rodrigo Alonso Cuesta merecería no solo una cuantas líneas, sino un estudio académico, pormenorizado y que atendiese a todos los detalles.

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Rodrigo es un pintor con una larga trayectoria (podéis ver el conjunto de sus trabajos en su blog Cortar y pegar). Es un artista muy rico, tanto desde el punto de vista técnico como desde el punto de vista conceptual: quizás ambos aspectos no sean sino una parte de lo mismo.

A  modo de trasvase artístico, puede plasmar en pintura el sentimiento que le transmite una película. Es algo que consigue en una serie de pinturas elaboradas al hilo de El árbol de la vida de Terrence Malick. La pintura que tenéis más abajo, así como el resto de la serie, les demuestra a todos aquellos que no entendieron la película que se perdieron algo del sentido que tiene el artista para captar algo intangible y devolverlo en forma de obra.

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Dentro de sus cuadros, confieso mi admiración y devoción por el camino estético que ha emprendido recientemente. Para mí, una de sus obras cumbres es Embarcadero II, que es el cuadro que encabeza esta entrada. También queda perfectamente plasmado en las dos versiones de El mesquilón (podeís ver parte del proceso pictórico en este vídeo, que pertenece al canal del pintor en Youtube). La siguiente imagen pertenece a El mesquilón II. Tuve la suerte de ver algunas fotos de esos cuadros cuando estaban en proceso (Rodrigo es una de las pocas personas que utilizan Whatsapp para cosas que merecen la pena).

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Todavía no tenía conocimiento de la serie que vendría después, pero acabé viéndolo. Una pura estética realista a la que va ganando terreno la abstracción. Todavía no se ve, pero esta ahí. No estaría de más acabar, de una vez con todas, con la mentira de que el realismo es siempre y puramente figurativo. No lo es. Nunca lo ha sido (para mí, Mondrian es uno de los pintores más realistas que conozco. Y no es ni paranoia ni confusión. Lo juro). A fuerza de hacerse más nítidos y compartimentarse en colores, lo más puramente cotidiano se convierte en Realidad. Lo mismo puede decirte, también de su serie Vidrios, del que tenemos aquí una muestra (Vidrio VII):

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Esta etapa intermedia confieso que me apasiona. Los hallazgos estéticos del pintor y la cantidad de estímulos que es capaz de provocar en el que mira pertenecen no al artífice con más o menos oficio, sino al Artista.

Y no podía ser de otra manera. En el momento en el que se descubre que la realidad lo es precisamente porque puede segmentarse y no fragmentarse. En el momento en el que alguien descubre que los segmentos forman parte de un todo, basta con darle una vuelta más. Y, en la obra de Rodrigo Alonso, podemos ver el proceso, el cambio: el collage (esta elección estética y no otra es totalmente significativa) de papel sobre tabla Molinos en Baltanás:

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El final –provisional, afortunadamente. ¿Quién sabe hacia dónde nos llevará el artista en el futuro?– lo tenemos en la serie de paisajes castellanos. Una vez visto todo lo anterior, ¿alguien dudaba que el paisaje, el auténtico, no podía ser más que arte abstracto? Lo podemos ver en la obra En el límite: Castilla en el paisaje I:

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Nótese bien, por si alguien estaba algo despistado, el título del cuadro: no se trata de que sea el paisaje sea un paisaje de Castilla. Se trata, simplemente, de que Castilla estaba en el paisaje. Nada más y nada menos. Es estar en el límite.

(Esta es solo una pequeña muestra. Como siempre en este blog, personal y subjetiva. Podéis deleitaros mucho más con las exposiciones y con la página web de Rodrigo Alonso Cuesta: artista.)

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Lo primero que llama nuestra atención, al ver la imagen, es la duda: a simple vista, no puede saberse si se trata de una fotografía o de una pintura hiperrealista. El primer impulso, acostumbrado ya al asombro ante el detalle del que son capaces algunos pintores, es pensar que es la imagen de una pintura. Pero no. Un análisis más detenido me lleva a la certeza de que es una fotografía. En este caso concreto, me parece mucho más difícil reflejar el contenido por medio de una cámara de fotos que utilizando el pincel.

Una vez resuelta la duda, paso a la inquietud. ¿Cómo es posible sacar una fotografía como esta? La imagen refleja, ni más ni menos, la habitación de Las Meninas. Ahora puede entenderse la duda inicial, pues son muchas las variantes pictóricas sobre el cuadro de Velázquez; pero, en una foto, la cosa cambia. Lo que más llama la atención es la ausencia de personajes. La escena es un decorado perfecto. La curiosidad me lleva al ordenador para ver el original y contrastar que el fotógrafo, de modo deslumbrante, ha reproducido hasta el más mínimo detalle. Le ha tenido que llevar semanas ajustar el estudio con todos los detalles: puertas, espejos, ventanas, lienzo, suelo, lámpara… Incluso ha sabido reproducir, seguramente con focos magistralmente dispuestos, los ángulos de la luz sobre los objetos. Al no haber personajes, están ausentes las sombras. Me paso el día volviendo a coger la fotografía intentando jugar a ver las diferencias, pero no las encuentro. Obviamente, los contornos de los objetos son más duros, pero todo lo demás permanece exacto al cuadro original.

La ausencia de personajes es total: tampoco aparecen los reyes en el espejo, ni los cuadros superiores tienen figuras. No puedo evitar sentir desasosiego ante la materialidad total, la perfecta captación de la vida ausente. Podría parecer, en una primera visión apresurada, que el artista ha querido quitar toda figura (humana y animal) para plasmar el paso del tiempo, pero la escena permanece limpia, no está atravesada por el deseo de visión contrastiva entre el pasado y el futuro.

No obstante, creo que se me escapa algo, que la fotografía me supera y me traspasa. Por último, cuando ya creo que había agotado mis posibilidades de análisis, acabo cayendo en el último detalle, quizás el más trascendental, el que se procesa de forma inconsciente pero que se escapa a la observación. A la fotografía le falta el aire.

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Este fin de semana ha estado René Lavand en Burgos. Lavand es uno de los mejores cartomagos del mundo y nos deleitó el pasado viernes con una conferencia y el sábado con una magistral actuación en la Casa del Cordón. De Lavand se pueden decir muchas cosas. Inicialmente, lo que más llama la atención es que solo tiene un brazo (perdió el derecho en un accidente cuando era niño). De forma lógica, el primer contacto para el que no lo conozca es el asombro de encontrarse con un mago que realiza todos los juegos con una sola mano. También llama la atención su edad: a sus 83 años, sigue paseando su arte por medio mundo. Pero, inmediatamente, lo de las manos y la edad dejan de tener importancia. René Lavand es una de esas personas que llena un escenario, cosa que muchos ansían o intentan pero que solo los grandes artistas consiguen. Su presencia sobrecoge, sobre todo, por unos ojos atentos y sabios, que, de tanto vivir, parecen contener en su interior todas las respuestas.

Lavand sale al escenario y cautiva con sus acciones acompasadas de palabras. Como él dice, su conocimiento opera por sinestesia, por un entrecruzamiento de artes que, en el fondo, responden al eterno juego de la música, de las palabras y los silencios. Con su cadencioso acento argentino, el mago demuestra que su arte procede de un duro trabajo técnico, ya más que asimilado, pero siempre entretejido con el don de la palabra. Pese a que él quite importancia a su sabiduría y se autodefina como «contrabandista de citas», el conocimiento de Lavand va mucho más allá de acompañar sus actuaciones con palabras de otros. Lavand elabora, entreteje, construye. Su presencia en el escenario es, en sí misma, toda una lección de vida. Lejos de los espectáculos ligeros, el discurso de Lavand se remansa en en los amigos y en los sabios que han aportado tanto a su mundo (al mundo), con la experiencia como compañera. En algunas ocasiones, no se sabe si la emoción procede del artista o de la persona: quizás se deba a que ambos, ya, son lo mismo.

Y luego llega la mano desnuda ante el tapete. Un mazo de cartas francesas con las que soñar. Bajo la atenta mirada de una cámara que permite captar sus movimientos en primer plano, Lavand va demostrando que la magia, en el fondo, no es más que la parte en la que lo inexplicable se explica, la parte en que lo explicable no encuentra palabras. Ni más. Ni menos. El espectador se encuentra indefenso ante la magia bien construida. En un principio, se afana por encontrar un gesto falto, una carta cambiada, un «truco» (esa palabra que le causa tanta aversión, consciente de que el truco es impostura y la magia, de ser algo explicable, sería, en todo caso, ficción o, lo que es lo mismo, una verdad explicada desde un determinado punto de vista). Después, el público se relaja y se rinde. Por otro lado, él es perfectamente consciente de la progresión de un número de magia bien construido, que pasa por cinco momentos: la atención, el interés, el asombro, la ilusión y el aplauso. En un repaso poco atento, podría parecer obvio, pero, si somos realistas, es «mágico». Una persona enfrentada, con su mirada profunda y su mano, ya veteada por las manchas de la edad y las décadas de presencia en los escenarios… y una voz que, relajada, se enfrenta al mundo.

Lavand decía en su libro La belleza del asombro (arraigando su pensamiento al método socrático, es decir, del uso del método filosófico para llegar a la verdad), que el proceso de un artista de la magia pasa en el principiante por la ignorancia incosciente del que no sabe que no sabe. Luego llega a la ignorancia consciente de reconocer su ignorancia. El conocimiento consciente es el del artesano que sabe que sabe y aplica ese conocimiento de forma calculada. El último peldaño es imposible para el que no es maestro: el conocimiento inconsciente en el que al cerebro se le libera de las cadenas de la consciencia  y pasa al no tener que controlar lo que sabe, porque el conocimiento ya es algo asimilado y, por lo tanto, constituye una forma de ser y de enfrentarse a la magia y la vida.

Durante la actuación, el público pasaba por varios estados, por varias reacciones: la primera, el silencio sepulcral de un misterio religioso; la segunda,  los gestos de incomprensión y asombro que avalan, que en un lugar concreto del universo (un tapete, una mesa, un escenario) se estaban rompiendo las leyes de la lógica; la tercera,  las sonrisas que nos llevan a comprender a todos que, en el fondo, se trata de volver a mirar el mundo con los ojos de un niño.

La actuación de Lavand logró crear un microcosmos en el que,  durante hora y media, durante el tiempo que tarda en beberse pausadamente una copa de vino tinto, la vida se contemplaba a través de la magia. Porque la magia, si es buena, si es exacta, si es bella, no es más que un escenario para que, de vez en cuando, podamos mirarnos a nosotros mismos.

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URB 222c

En pleno delirio de ruptura (y rotura) surrealista, dicen que Jean Cocteau, ante la pregunta de qué cosa preservaría del Louvre en caso de incendio, contestó que salvaría, sin lugar a dudas, el fuego. En la misma senda, Salvador Dalí contestó a una pregunta similar en una entrevista. Esta vez puesto en peligro el museo del Prado, contestó que salvaría el aire de Las Meninas de Velázquez. Siempre me han  dado envidia las respuestas ingeniosas, pero no obsta para que sean chuminadas. Aunque las dos contestaciones puedan parecer equivalentes, la de Cocteau es más una chuminada ingeniosa y la de la Dalí más una ingeniosa chuminada. En la primera, el afán rupturista rompe con todo; en la segunda, el afán provocador rompe con todo… pero se queda con un elemento del arte. No es lo mismo la nada que la Nada. En cualquier caso, en el triste supuesto de que el Louvre o el Prado se quemasen, dejarían en los rescoldos mucha chusma, mucha avalancha turística y mucha tiendencita de recuerdos… El fuego de los museos sólo sería el fuego de los dioses con el incendio a llamaradas de las obras en soledad, crepitando pinceladas y aceites, destilando los trazos magistrales. Las pavesas de los maestros serían fabulosas, agitándose por un aire que ya no les pertenece y al que evocaron. El aire de Las Meninas se mezclaría con el aire para comprobar que ambos eran idénticos. Y la Gioconda podría al fin descansar de tantas miradas indiscriminadas y obscenas. Tras los devaneos de Cocteau y Dalí con alguno de los cuatro elementos, nos restan dos ingenios que preserven nuestro mundo artístico, en pleno cambio climático, con la tierra de nuestras pisadas, con el agua de las brazadas que nos restan por nadar. Sólo entonces conseguiremos que Empédocles sonría desde sus ideas. Desde la Eternidad. El Amor y la Discordia harán el resto.

Esta entrada se inserta en el contexto de algunas reflexiones sobre las obras maestras que he mantenido en las entradas «Discutiendo sobre obras maestras», «El silencio y la muerte» y «Esto ya lo conozco».

(La fotografía de la entrada es de mi hijo Alberto y las anécdotas de Cocteau y Dalí las he recordado gracias a Jordi Guzmán)

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