Por Raúl, hace 36 minutos

Deseo, seducción

Irina

El deseo es una emoción, un impulso. Parte de alguien para llegar a nosotros o parte de nosotros para llegar a alguien. En ese intersticio, se provoca la tensión entre el deseante y el deseado, entre la imagen y su reflejo, entre la realidad y la imaginación. El deseo es también disputa o reñida compartición (1 y 2). El deseo es, también, una obsesión. Lo decía Avicena, en palabras de Umberto Eco: el amor es «un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto [...]: no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al o ser satisfecho, se convierte en un pensamiento obsesivo» (El nombre de la rosa). Ese pensamiento obsesivo nos recorre las entrañas al ver los hombros de Irina, sus labios y su mirada fija en nuestros ojos, convencidos destinatarios de su luz divina. Es un deseo de dentro, casi impuro, que paradójicamente se convierte también en algo puro y sereno, nacido de la convicción de la imposibilidad hecha realidad. No es Irina, no somos nosotros. Es Irina en nosotros. O ni siquiera eso. No es Irina, es lo que su reflejo nos deja ver. Es la obsesión del melancólico, decía Avicena. Hablaremos sobre los humores y sobre los temperamentos. Otro día. Pero los deseantes deseadores parecemos atrabiliarios, melancólicos, cuencos excedentes de bilis negra que desbordan la pasión.

Sólo tenemos una medicina, que es la seducción. Pero esa es arma poderosa, nuestra baza para la conquista. Y también hablaremos de ella otro día. No es bueno mostrar las armas (ni las bazas) a los «enemigos» co-deseantes, a no ser que ellos las elijan en un duelo.

Por Raúl, hace 2 días

Soy, modestia aparte, un hombre objeto

Complu

Pospongo para las próximas entradas mi proyecto de hablar del interior y del exterior, porque un suceso imprevisto ha cambiado mi vida. Me he dado cuenta de que soy un hombre objeto. Así, sin comerlo ni beberlo, sin salir a buscarlo y con toda la modestia del mundo. Las cosas son así, amigos. Y lo he descubierto en el transcurso natural del día a día, leyendo. Si desciendo, evidencia a evidencia, me doy cuenta de que soy un ser humano y, por lo tanto, animal; animal y, por lo tanto, ser vivo; ser vivo y, por lo tanto, cosa, objeto. Me desmarco, pues, de las hienas, de los champiñones y de las abstracciones punto por punto y evolutivamente. Como dice Jesús Mosterín, «decir de algo o de alguien que es una cosa, lejos de ser un insulto, es un piropo ontológico. La alternativa a ser una cosa es ser un mero accidente, o una abstracción, o una ficción» (La naturaleza humana, Espasa-Calpe, 2007, pág. 54). Y no os podéis imaginar lo que me alegro de no ser una hiena (aunque sea un animal no carente de encanto y equivalente a unos cuantos humanos que conozco), de eludir el champiñón (aunque sea la exquisitez de las basuras, pero inevitablemente unido a la cocción junto con el insulso perejil) o de ser una abstracción (que se pierde en el ser no siendo nada). Eso, ser una cosa, es algo que yo nos lo decía Aristóteles con palabras más rimbombantes (sustancia, dicen los latinos y los traductores; ousía, decía él). Pero cosa está bien. Me gusta.

Ahora me miro al espejoSr. K, me gustas un huevo!) y, viéndome cosa, recupero mi dignidad. Me aprecio, me acerco y dejo de ver arrugas, canas, para contemplar laberintos, surcos de belleza enmarcada. Y me siento digno parternaire de las chicas de Intimissimi y de todo lo que se lleve por delante. Soy una cosa, amigos. Y sólo falta que una femme fatale (esta, por ejemplo) venga, se arroje a mis brazos y me diga: «Ven aquí, cosita mía» y así quedar plenamente reconciliado con el mundo y con sus moléculas.

Por Raúl, hace 3 días

Nuestro descubrimiento

Cosmohombre

Creo que lo he dicho ya, de manera implícita o explícita, es algo obvio: no hago más que mirarme. Me gustaría reflejarme y reflexionar como mi amigo Pedro en La acequia en su serie dedicada al deseo. Pero entonces no me vería a mí, no sería capaz. Cuando veo esto se anula por completo mi reflexión sobre el ser humano: será una cuestión del flujo sanguíneo, que parece que sigue otros derroteros lejanos a mi cerebro. O no. Quizá, ya lo sé, todo esté en él. Pero contemplo intelectualmente el deseo, reflexiono sobre la pasión, buceo en la emoción y no puedo contemplarme más que cómo un sujeto pasivo (qué mal suena esto...). Un ser distante y alejado de mí mismo. Como soy un elemental de tomo y lomo, me lo planteo muy en serio y decido cambiar. Me digo a mí mismo: a) «No te deleitarás con los carteles publicitarios de mujeres en las paradas de autobuses; b) no quedarás diluido en la belleza sensual de esos labios tan lejanos de ti mismo; y c) no realizarás contrastes del deseo con tu pobre, con tu triste vida». Por eso, me he hecho un propósito firme. Voy a cambiar. Voy a dejar de mirarme al mundo como modelo de todo y a mí mismo como modelo de nada. Y voy a recorrer, a socorrer y corroer el paso de nuestra existencia por dentro y por fuera. Para el interior, ya he encontrado la forma de darme un garbeo. Bucearé por el cuerpo y sus problemas para buscar soluciones. Y exploraré el corazón y los músculos, el íleon y el oído interno. Con interés pero con desapego. Con el ansia científica de verlo todo en su versión íntegra, con el impulso ineludible de estudiar la autopsia calibrada y seca en armarios y muebles de metal. Para el exterior, me dedicaré al Universo. Estrella a estrella, con explosiones grandes y estrellas enanas, nebulosas y polvos (cósmicos). De lo grande a lo pequeño, del interior a su reverso. Con el propósito confesable de abarcar la imposibilidad del todo. Pero no nos engañemos: el cuerpo (su cuerpo) a veces encierra todos los secretos del Universo en los que nos perdemos.

Por Raúl, hace 4 días

Dando vueltas

Tendedero

No sabía yo que la vida no es cíclica, como creían los griegos (la naturaleza manda); ni lineal, como querían los cristianos medievales (Dios dispone); ni siquiera es una mezcla de espiral y rizoma, como me gusta a mí que sean los laberintos, tan presentes en Verba volant. Al hacer la foto de este tendedero, me di cuenta de que la vida es así: un conjunto estructurado de cuerdas donde colgamos las cosas más íntimas y las más superficiales, blancas, negras y de colores intensos; las prendas que nos arropan, nos cobijan, nos embellecen, nos distinguen o nos enmarcan. Una vez hemos lavado nuestros trapitos de la vida, los sujetamos fielmente con la pinza del cariño o del corsé. A veces, queda una arruga. Es cuestión de gustos: hay quien prefiere tender rápido y planchar con más vigor (o, simplemente, no hacerlo). La minucia y el detenimiento nos alejarán de largas sesiones de plancha, a riesgo de mayor tiempo a la intemperie. No es infrecuente que se nos escape de las manos ese calcetín díscolo que nos obligará a tener un par huérfano o, lo que es peor, motivará la visita de la vecina que nos devuelva el honor perdido. En esto del tender, como en la vida, también hay diferencia de sexos: los hombres caemos en la despreocupación de exhibir lo más íntimo mezclado con lo externo; las mujeres, en cambio, protegen sus secretos parapetándolos de guarniciones amplias y poderosas. Siempre dejamos lo difícil para el final, el acceso a esas cuerdas que nos obligan a las puntillas, al riego de caer, al miedo al vacío. A veces, como en la vida, dejamos las cosas en el tendedero para que se sequen. Pero muchas veces tendemos, salimos a la vida y se pone a llover. Intentamos rescatar la ropa con rápidos impulsos, pero ya es demasiado tarde. Resignados, dejamos la ropa tendida un rato más. Hasta que ya no nos queda más remedio, como me ha pasado a mí esta tarde. Esto es la vida, amigos, esto es la vida.

Por Raúl, hace 5 días

Ventanas redondas

Ojo de buey

Las cosas son como son y como somos, en matrimonio canónico e indisoluble. No hay nada mejor para ver la realidad que contemplarla por la ventana adecuada. Lo decía con muchísimo ingenio Henry James en el prólogo a Retrato de una dama: en la casa de la ficción no hay una ventana, sino innumerables, con diferentes formas, de colores diversos y situadas a distintas alturas. Miramos por esos resquicios y, recíprocamente, somos observados. Espiamos con descaro la vida y ésta, en injusta reciprocidad, se atreve a meterse en el ambigú de nuestra alma mirando al trasluz del de ese cristal de ida y vuelta («Nos miran», decía un personaje de Los otros -no tiene nada que ver con la película de Amenábar, aunque fueron casi contemporáneas- la inquietante novela de Javier García Sánchez: Ediciones B, 1998). Así que no nos resta sino elegir la altura, la forma y el color del vano por donde miraremos al mundo. Yo, me quedo con la propuesta de Sophie en el capítulo tercero de In Treatment: -que empieza a ser mi  manual vital de supervivencia: «Tienes que hacer una ventana redonda al exterior. Así te podrás sentir como en un barco.» Mola.

 (Para aquellos que no saben cómo pueden ver estas series, algunas no emitidas aún en España, este enlace les va a ser el hilo que unirá la ficción con sus mentes de manera provechosa y fecunda.)

(La imagen es de Bruno Girin)

Por Raúl, hace 6 días

Cuando los ángeles críen sexo

 

Ángeles

Hoy es uno de esos días en los que a uno le apetece protestar contra todo y contra todos. Uno de esos días en que lo más confortable para el cuerpo es el inconformismo del alma. El día de los ángeles y de los demonios. Y de más cosas. Una de mis inspiraciones, lo reconozco, ha sido la visita de los dos sitios web del padre Fortea (1 y 2), sacerdote que exorciza y que me ha dejado entre anonadado y patidifuso. Pero hoy no hablaremos de eso. Decía que es el día de los ángeles y de los demonios, pero también de los fantasmas. Según se nos dice en una página de las web susodichas, los fantasmas son de lo más concurrido entre los exorcistas: se aparecen con forma humana, no dicen nada y tienen un carácter amenazante y terrorífico. Yo -de momento- no tengo nada de padre Karras, pero desde hace cosa de un año a esta parte conozco a unas cuantas personas que cumplen uno por uno todos los requisitos. Por si acaso, tengo que ir haciéndome con alguno de estos libros para documentarme. Y creo que esos fantasmas, demonios y demás son ajenos y no propios, pero ahora me asalta la duda. Mis padres siempre decían que era muy posesivo. Y ahora me encuentro con que hay gente y gente que no para de mirarme. ¿Tendré síntomas? Ira furiosa y pérdida de consciencia y amnesia, segunda personalidad con carácter maligno, músculos faciales en tensión y manos crispadas, voz henchida de odio y rabia... Fuera de esto, parecemos más o menos normales pero vemos sombras, sentimos sensaciones extrañas o crujidos en alguna parte del cuerpo: a mí me pasa mucho con los pies... Total, nada que no pueda confundirse con un desorden disociativo de andar por casa.

Fantasmas a mi alrededor, yo hecho un poco diablo. ¿Dónde queda sitio en esta vida para los ángeles? No sé. Yo llevo todo el día acordándome de unos versos de Lorca: «Asesinado por el cielo. / Entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal, / dejaré crecer mis cabellos.» Que no intenten los entendidos del universo lorquiano encontrar tras estos versos un más que probable trasfondo homosexual aplicado a mi humilde persona, que no van por ahí los tiros. Otra posible interpretación sería la de la rebeldía obstinada del poeta ante el mundo que le ha tocado vivir, demasiado oscuro o demasiado claro, pero sin muchos matices. Me siento, como Lorca, asesinado por el cielo. Me siento el raro de turno, Pitufo gruñón contra todo lo que existe de estratosfera para abajo (lo de arriba, afortunadamente, lo ignoro. Y no conozco aún Google Sky). Estoy rodeado de gente tan infinitamente buena, tan infinitamente santa y tan infinitamente importante, que su estatura moral se aleja mucho de mi enanismo, que se cobija en las suelas de los zapatos (no sé si de los suyos o de los míos). ¿Fantasma? Con esas características que he mencionado, muy poco. ¿Demonio? Parece que mucho. ¿Ángel? Ni de coña. Por lo menos, hasta que los ángeles críen sexo. Como las ranas (¿o era pelo?).

(Imagen a partir de una fotografía de Manel)

Por Raúl, hace 8 días

Aeroembolismo agudo en un lugar que se llamaba alma

pez

Un día, buceando en lo que sería probablemente una apacible y sosegada mañana de una tarde de verano, me encontraba sumergido en el día a día. Buceaba requebrando las dificultades, en lo más hondo de mi vida y con la mirada atenta y pendular del que quiere verlo todo a través de ese cristal. Me había pertrechado con todo el material necesario en una tienda especializada llamada Filosofía, sentido y dimensión existencial. Había otra tienda en frente, mucho más barata, que se llamaba Moralidades vacuas y autoayudas, pero me habían dicho que los productos eran de peor realidad y que, al final, amortizabas tu compra si ponías de tu parte un poco más de sacrificio. Estaba tranquilo viendo un espécimen ignoto, de colores vivos y mirada fija, cuando el manómetro me indicó una presión elevada y el profundímetro atestiguaba que había llegado demasiado lejos. Justo entonces, el regulador vital me empezó a fallar y mi desasosiego e imprudencia me hicieron olvidar todas las tablas de descompresión y ascendí demasiado rápido. Tenía una sensación angustiada y una necesidad imperante de abrir la boca y respirar aire puro.

Cuando llegué a la superficie, me encontraba tan mal que tuve que acudir al especialista urgentemente. El terapeuta se sentó en un sillón, yo me puse en frente, en un cómodo sofá. Él me preguntó por lo que me había pasado y yo le conté con detalle los sucesos, uno a uno. Con un rostro que no quiso revelar nada, sólo dijo una palabra: aeroembolismo. Yo puse una cara muy extrañada, ni siquiera llegué a decir nada: una pequeña arruga torcida en la cara demostró que no llegaba a entender lo que me decía. Entonces, el médico me comentó: «Aeroembolismo. Es una enfermedad tristemente común entre vosotros, los que vais buceando por la vida. A veces, intentáis salir demasiado rápido a la superficie y la sangre se os llena de aire, como la gaseosa». Me preguntó si buceaba demasiado tiempo, o si en un mismo día me zambullía muchas veces. Yo le dije que sí, que me gustaba. Que en las profundidades me sentía feliz porque la presión oprimía el cráneo, pero sólo veía lo que deseaba ver, lo que deseaba entender». Él me dijo: «¿No será esto una manera de escapar?» Ni siquiera le contesté, porque la respuesta era obvia, pero sí hice una apostilla: «Lo extraño es que me gusta sumergirme, pero luego ansío volar. O me gusta bucear en agua gélida, y sigo y sigo hasta el agotamiento». Él entrelazó sus manos, movió la cabeza en un ademán casi imperceptible, puso una sonrisa que no lo era (yo creo que era una manera ambigua de señalar que me encontraba entre el diagnóstico de manual y una manera cariñosa de mostrar empatía), y me dijo: «Lo curioso es que los que padecéis aeroembolismo vital, de tanta agua, os deshidratáis. Vamos a hacer lo siguiente: te vamos a insuflar bien de oxígeno en botellas de a medio litro, te vamos a dibujar a mano alzada y con caricias el movimiento de tu corazón y, si eso no es suficiente, te introduciremos de lleno en una habitación llena de huríes que vaporicen de tus venas las burbujas de infelicidad. Te advierto que hay que ser realistas: este mal sólo se previene si limitas la profundidad de tu buceo, si alternas la inmersión con el ansia de despegar. Y, sobre todo, es fundamental que sigas con el protocolo convencional». Yo le dije que no, que paso, que bucearé lo que me dé la gana, que cuando sienta los síntomas me chuten bien de oxígeno, me invadan de caricias y las mil huríes, que me gusta pasar del frío al calor y del bien al mal, del abismo a lo estratosférico. Y que cuando sienta dolor en el alma mezclado mareos, confusión y tos severa me cure con mi pena o siga viviendo hasta reventar. Será como agitar una botella de gaseosa dentro de un profundo mar.

(Versión totalmente libre de una epifanía vital revelada en el episodio 6 de In Treatment, -otra obra maestra de la HBO- entre Paul y Laura)

Por Raúl, hace 9 días

Fragmentos de una teoría del caos

Caos

El pasado abril, murió Edward N. Lorenz, el padre de la teoría del caos, uno de mis mentores espirituales. No por la teoría global en sí, sino por sus fragmentos. Yo soy muy de cosmos por fuera, pero también un partidario ferviente e inconsciente del caos del epitelio hacia dentro. El caos es mito -y, por lo tanto, real- y es ciencia -lo que lleva aparejada una fuerte dosis de imaginación y literatura. No me extraña que ese lleno de vacíos que inunda los huecos marque nuestras vidas y las complete con sinsentidos. Parece que lo impredecible se puede codificar, acodado por atractores y detractores, por lo continuo y por lo discreto, por la bilis amorfa que emerge desde el hígado hasta nuestro cerebro. Es una parálisis dinamizadora que nos pierde y que nos encuentra, que nos olvida y nos explica. El caos es símbolo de la arruga, pero también de la raya perfecta; del sol que ilumina y ciega, pero también de la noche que todo lo pierde y lo encuentra. Lo bueno de estos Fragmentos para una teoría del caos es que pueden servir de título tanto de un libro de poemas como para un artículo científico. Probablemente, ambos podrían ser el mismo y no seríamos capaces de encontrar la diferencia. Podría resultar bello encontrar predicciones meteorológicas en endecasílabos perfectos y oxímoros brutales cobijados por la curva de la integral indefinida, que no es sino otra expresión bella y caóticamente poética. Qué bello pero qué triste es el caos. Es como los estados hipnagógicos previos al sueño: se relajan los músculos, sueñas con la fatalidad de la caída, tus músculos se contraen... Y, sano y salvo, te despiertas para introducirte, una vez más, en el centro de la pesadilla.

(Imagen de Naccarato)

Por Raúl, hace 10 días

El peso de la lana

Lana

¿Cuánto cuesta un kilo de sueños? ¿Qué gramaje se canjea en la báscula por una sonrisa? ¿Qué longitud tenía el hilo de Ariadna para liberar a Teseo del engreído Minotauro? ¿Cuánta lana se necesita para tejer el laberinto de nuestro conocimiento? ¿Qué ocurre cuando se van cogiendo hebras de lana de colores infinitos, se dejan caer unas sobre otras hasta confundirse con todas las hebras de todos los colores del mundo? ¿Qué sucede cuando hay una mano tendida, que se agacha y recoge esas partículas del universo, sopla sobre ellas y siembra los días con la sombra del color y las noches con la luminosidad de los espectros convertidos en gestos? ¿Se pueden mezclar los colores y los sonidos en un concierto que comience por la síncopa del rojo y acabe por el grisáceo fado no escuchado?

Había prometido escribir entradas desde Covilhã (Portugal), pero el ajetreo de las jornadas y los pocos ratos libres con una conexión a mano me lo han impedido. Hablaré más sobre estos días intensos, llenos de retórica, argumentaciones y persuasiones. Pero hoy me gustaría destacar varias cosas: en lo profesional, que el grupo de investigación LABCOM tiene proyectos que pueden ser el modelo de referencia para cualquier grupo del mundo académico interesado en temas audiovisuales y, además, sabe sacar el máximo provecho de todos sus recursos materiales, tecnológicos y humanos. En lo personal, que el trato que nos han dado a los tres profesores que veníamos de fuera ha sido atento, delicado y exquisito. Este grupo portugués de profesores combina su sabiduría con su modestia, sus referentes académicos con su atinada sonrisa. Quizás sea conveniente explicar el título de la entrada. Parte de la Universidade da Beira Interior está construida sobre una antigua fábrica de lana, en una sabia combinación de funcionalidad y huida del derribo rápido e irreflexivo. La estancia en esta preciosa localidad, la coexistencia del conocimiento, de laboratorio y el ordenador con las antiguas máquinas me han hecho reconocer que el mundo es un ovillo de lana, que encierra en sí mismo los colores y las formas. Sólo falta que alguien sepa inventarlas, disponerlas y tejerlas.

Senti-me muito a gosto em minha estadia em Covilha. Sois bons professores e boas pessoas e, portanto, envidiables. Muito obrigado.

Para terminar, el que quiera conocer la dificultad del rojo y la facilidad del vermelho, la larga extensión y complejidad de nuestros vocablos sencillos y la sencillez de nuestros vocablos complejos, quien quiera sentirse fascinado y diluido en una sociedad que creemos conocer por medio del apartamiento y en una lengua que creemos entender por la vía de la ignorancia, que vaya a la Universidade da Beira Interior. Se sentirá parte de ese ovillo. A mí, me ha reconciliado con la palabra espantoso. No os la perdáis, en sus acepciones más significativas.

 

(La imagen es de chatirygirl)

 

Por Raúl, hace 13 días

El camino de la pasión

De Burgos a Colviha

Por una vez, y sin que sirva de precedente, en Verba volant las palabras significarán lo que tengan que significar en su sentido más literal. Esta tarde emprendo «el camino emocional» de las pasiones. El grupo LABCOM, integrado en la Universidade da Beira Interior en Covilhã (Portugal), ha tenido la amabilidad de invitarme a unas jornadas sobre Retórica, donde hablaré a quien me quiera escuchar sobre «Emociones, publicidad y retórica de las pasiones». Es bonito hablar sobre emociones, es bello hablar sobre la manera de persuadir por medio de la pasión. A mí, la publicidad me gusta: es mi trabajo, es una de mis pasiones. Así que las próximas entradas del blog, hasta el miércoles, las escribiré desde Covilhã.

 

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