— Verba Volant

Archive
Contrastes

¿Os acordáis de aquellos boletines de notas del antiguo BUP, esos que tenían calificaciones de «Muy deficiente», en el que las notas venían acompañadas de una actitud, que podía ser «Excelente», «Buena», «Normal», «Deficiente» e incluso «Negativa»? En la parte de abajo, con asteriscos, aparecía una comparativa del alumno con el resto de la clase. Si no los tenéis en mente, no os preocupéis, es buena señal. Significa, simplemente, que soy relativamente jóvenes.

Para recuerdo de unos e información nueva para otros, ahí va uno de esos boletines, sacado de internet:

Tuve bastantes problemas con los empollones, estos boletines y la calificación de la actitud. Había unos cuantos alumnos que eran buenos estudiantes… y nada más que eso. Se dedicaban a sacar buenas notas, pero, en clase, siempre permanecían demasiado quietos, casi sin participar (a no ser que hubiese un estímulo en forma de punto positivo). Yo no tenía (ni tengo) nada en contra de los alumnos con buen expediente, por supuesto, pero sí con esos alumnos «adorno» que parecía que estaban en clase como de visita, en un tránsito tedioso, acompañados por el vulgo, es decir, sus compañeros. Recuerdo la primera vez que califiqué a una de esas alumnas con un sobresaliente acompañado de una D en actitud, es decir, una actitud pasiva. Recién incorporado al instituto, mis veteranos compañeros me decían que cómo se me ocurría, que qué había hecho la chica, que con ellos se portaba bien. Y no es que la chica se portase mal: la chica, simplemente, no se portaba. Se dedicaba a estar y esa dedicación, para los buenos o para los malos, merecía para mí una actitud pasiva.

Pero vayamos con la historia de hoy. No me hubiese acordado de esta historia si hace unos diez días no hubiese visto corriendo en un paso de peatones con el semáforo en rojo a Jonás. Jonás era un alumno de Filosofía en uno de mis primeros años en el instituto. Cumplía a rajatabla todos los requisitos para que le diesen el carné de empollón: mucho estudio y esfuerzo centrado casi exclusivamente en lo memorístico, y escaso interés y empatía por el resto de sus compañeros, a los que parecía menospreciar. Un servidor, que, aunque no lo parezca, es muy cumplidito, soportó con grandes dosis de estoicismo a Jonás. Al final, un sistema totalmente alejado de la evaluación continua le otorgaba de forma sencilla unas calificaciones elevadísimas. Como digo, no era Jonás una persona ni inteligente ni brillante, pero su elogiosa dedicación al estudio provocaba que sacase sobresalientes en casi todas las asignaturas (sí, os lo podéis imaginar, en todas menos en Educación Física).

Como digo, Jonás estaba en mi clase de Filosofía de 3.º de BUP y tenía escasas virtudes personales y una empatía casi nula. Pero lo le recuerdo especialmente por su caligrafía, horrorosa, alambicada, nerviosa, sucia, totalmente ilegible. No sé cómo podían corregirle los exámenes mis compañeros (quizás era la experiencia, no sé), pero yo era incapaz. Hice esfuerzos ímprobos en la primera y la segunda evaluación (la corrección era un acto casi de adivinación), pero en la tercera me cansé. Le iba a suspender porque su examen no se entendía, pero, sabedor de la que me iba a caer entre mis compañeros si suspendía al «listo», opté por una solución intermedia y conciliadora. Fui donde Jonás, le entregué el examen que me había hecho en la tercera evaluación y le dije que no había por dónde cogerlo, que no se podía leer. Que se lo llevase a casa el fin de semana y lo pasase a limpio («pasar a limpio», en ese caso, es la expresión más acertada y conveniente, desde luego).

Pasó el fin de semana, Jonás me entregó el ejercicio el lunes por la mañana con una sonrisa poco habitual en él y el martes por la tarde le dije que bajase a la sala de visitas. Le pedí el examen original, el pésimamente escrito, para archivarlo, pero me dijo que se lo había dejado en casa. «Nada, no hay problema», le contesté. Le dije que se sentase, le saqué el examen que me había entregado el lunes y le pedí, por favor, que me lo fuese leyendo. Jonás se quedó bastante extrañado. A fin de cuentas, si lo había pasado a limpio, no tenía mucho sentido esa lectura en voz alta. Empezó con la primera pregunta. Le dije que, por favor, se saltase dos párrafos y que leyese a partir de ahí. Así lo hizo Jonás mientras yo sacaba una copia del examen original de Jonás. El chico empezó a sudar y a tartamudear mientras yo le decía «Sigue, sigue». En un momento determinado, le dije que parase, que había una cosa que no comprendía: «¿Cómo es posible que en el examen original falten esos párrafos que me estás leyendo ahora?». «¿Ah, no están?, qué raro», me dijo él. «Sí, muy raro. Muy raro», le dije yo.

Resulta que Jonás, el alumno ejemplar, ese alumno serio y condescendiente, era un fullero. En vez de estar agradecido por la oportunidad de escribir el examen de forma que se pudiese leer, él optó por el fraude y la trampa. Reconozco que el viernes anterior, cuando estaba haciendo la fotocopia de ese original que ya suponía que no iba a ser devuelto, esbocé una sonrisa maliciosa.

En aquella tercera evaluación, Jonás sacó un muy deficiente. Le tenía que haber dejado la asignatura suspensa hasta septiembre por el embeleco en el examen, pero lo dejé pasar. No sé mucho más de Jonás. Si he de ser sincero, tampoco me importa. Solo me he acordado al verle hace unos días. Mientras pasaba corriendo el semáforo en rojo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Álex R. F.

.

Read More

¿A cuántos alumnos he conocido a los que les encante bailar? Es una pregunta sencilla con una respuesta rotunda: no lo sé. Inmediatamente, me surge otra pregunta, para la que tengo dos respuestas. La pregunta es: «¿Tendría que saberlo?», para la que tengo dos respuestas simultáneas: «No» y «No sé, a lo mejor sí». La primera opción es evidente, así que no la desarrollaré. La segunda sería más digna de matices, sobre todo si la aplico a algún caso concreto. Recuerdo perfectamente a alumnos a los que les gustaba el fútbol, el baloncesto y el salto de trampolín; alumnos a los que les apasionaba el cine o la cocina; incluso, en el mundo de la música, alumnos chiflados por el acordeón, la guitarra, el piano o el rap. El interrogante sobre el baile me suele acuciar los fines de semana, cuando el equipo de baloncesto de mi ciudad, el San Pablo Burgos, juega en casa. En los tiempos muertos, entre las animadoras del equipo, está Susana.

Di clase a Susana en el instituto y en la universidad. Son ya unos cuantos alumnos los que han tenido el dudoso honor de aguantarme en el nivel educativo de secundaria y el universitario. En el caso de Susana, creo que fui su profesor en el instituto durante nada más y nada menos que tres años, para luego ser alumna mía cuando impartía clase de «Medios de comunicación y sociedad» en la (entonces) diplomatura de Educación Social. Creía que conocía bien a Susana, una chica que participaba en clase, que estaba siempre bien dispuesta a trabajar y asimilar lo aprendido. Pero, al verla bailar, estaba claro que no conocía absolutamente nada de Susana. Cuando la recuerdo, siempre lo hago con ella sentada. Con unos años más o con unos años menos, pero sentada. Sonriente casi siempre, a veces un poco más seria, pero sentada. Más o menos concentrada, pero sedente.

Los fines de semana, en cambio, veo a Susana saltar a la pista junto con sus compañeras al ritmo de la música, ejecutando una coreografía perfecta en la que ella se desenvuelve a las mil maravillas. Su cara esboza una sonrisa de felicidad suprema. Se nota que está disfrutando de ese momento, se percibe claramente que está hecha para bailar, para moverse, para desencadenar emociones rítmicas con su enorme talento. Es tan buena bailando que se nota incluso que tiene que contenerse, reprimir ese movimiento perfecto para ajustarse al ritmo de sus compañeras. Siendo ellas muy buenas, Susana es excelente y sobresaliente.

Y aquí viene la gran cuestión sobre la pertinencia de la pregunta que hacía al principio: ¿tendría que haber sabido que a Susana le apasionaba bailar? No sé cómo tendría que responder a esta pregunta en general, de modo absoluto, pero, cuando la veo a ella, pienso que sí, que, si hubiese querido conocer todas las dimensiones y capacidades de Susana, tendría que haber sido consciente, al menos, de su vocación de moverse como elemento primordial; de su necesidad de incorporar el ritmo en grandes dosis en todas las parcelas de la vida. ¿Cuántas veces no logramos entender bien a nuestros alumnos, no sacamos el máximo de ellos, por no saber algo más de las cosas que les apasionan?

Cierto es que las personas no somos siempre las mismas. Cada uno de nosotros tiene sus parcelas, sus ámbitos, sus limbos, a veces casi excluyentes, muchos de ellos voluntariamente escondidos. Pero hay ocasiones, hay que reconocerlo, que es imprescindible saber si un alumno sabe bailar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Gustave Deghilage.

Read More

Se llamaba Adán y llegó para estudiar el BUP en mi instituto. Al parecer, tenía cierta fama en la sala de profesores ya en primer curso, pero yo no le conocí hasta 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO) en clase de Literatura. Ya he comentado que no solía hacer mucho caso de las cosas que se decían de los alumnos, para bien o para mal, puesto que el prejuicio establecido y las etiquetas que ponemos a los alumnos pueden no coincidir con la realidad. A veces, se alejan de ella sospechosa o irremediablemente. Y, además, no estaba presente en las sesiones de evaluación, que es donde solían hacerse muchos comentarios valorativos sobre los alumnos.

Decía que se llamaba Adán, no me acuerdo de su apellido, pero sí creo recordar que algunos de mis alumnos decían que el tal Adán y yo teníamos cierto aire de familia (años después, todavía ignoro por qué). Nuestro conocimiento mutuo fue épico, todavía lo tengo bien fresquito en la memoria. Como solía ocurrir en la primera clase, después de presentarme y antes incluso de pasar lista, iba preguntando a todos cuántos libros habían leído, qué tipo de libros preferían, si había algún libro que les había marcado especialmente. Para los profesores que hayan llegado recientemente a esto de la enseñanza, quizás estas preguntas puedan parecerles, directamente, ciencia ficción. Quizás muchos alumnos de estos cursos ahora no tengan mucho que decir o todo lo que digan se resuma en libros de literatura infantil y juvenil sin ninguna calidad literaria. Este no era exactamente el caso en aquella época, aunque también es cierto que el paso del tiempo dulcifica y magnifica los recuerdos de las épocas pasadas haciendo de estas algo mejores de lo que fueron y convirtiéndolas en una proyección de nuestros anhelos.

Decía que iba preguntando esas cuestiones y llegó el turno de Adán. Yo no sabía quién era él, no reconocía a los alumnos por su cara al no haberles dado clase y, como digo, no había pasado lista. A la pregunta de marras, él me dijo: «A mí me gustan mucho los libros de Stephen King». Todavía no llego a saber por qué, mi respuesta inmediata fue: «¿Y por qué te gustan esas mierdas?». Él quedó francamente descolocado, erguido y tieso como estaba en el asiento, se echó un poco para atrás, y no supo muy bien qué decir. Esbozó algo de «Pues no está tan mal», pero no le entendí bien. Mi reacción, como digo, fue inesperada incluso viniendo de alguien como yo (y lo digo porque, desgraciadamente, me conozco bien). Entre otras cosas, porque algunos libros de Stephen King, sin ser la quintaesencia de la literatura, no están tan mal y cualquier adicto a sus historias y con paciencia para leer libros tan extensos podría fácilmente extender sus lecturas hacia otros campos más selectos. Como digo, la cara de mosqueo duró minutos, frente al cachondeo general de algunos de sus compañeros, que se congratulaban del momento de estupor vivido por Adán.

Luego pasé lista y me enteré de que era él, el chico del que hablaban todos, el superdotado. Y no me refiero a una superdotación sin más, de esas de alumnos que sobrepasan holgadamente la media del cociente intelectual del resto de los mortales (de hecho, en esa clase la estadística habitual se rompía porque había otros alumnos con unas mentes prodigiosas. Hablaré en esta serie, al menos, de dos de ellos), sino una mente privilegiada para procesar, asimilar y entender todo lo que se decía a una velocidad vertiginosa. En el retrato que ahora hago de él soy un tanto injusto porque, aunque lo que voy a decir creo que no se escapa una pizca de la realidad, sí existen otros elementos que pueden condicionar esa impresión, que podría parecer negativa y que se manifestarán al final de esta entrada. Ya sabéis que en estas entradas hablo de risas y sonrisas. La suya, la sonrisa de Adán, solía ser una sonrisa de autosuficiencia. Una elevación escueta de los labios hacia arriba enseñando las paletas que, en algunos casos, podía significar «Ahora vas a saber tú lo que es bueno». Adán lo intentó en esa clase un par de veces. Alguna pregunta capciosa, una observación cargada con nitroglicerina, pero yo respondía como si no me diera por aludido y, todo hay que decirlo, con algunas dosis de retranca.

Ahora que ya estaba, por fin, metido en el curso de Adán, descubrí que había en el profesorado dos bandos en lo que al chico se refería:

Había un bando, liderado especialmente por una de mis compañeras que se enfrentaba a Adán por el método de la negación. Tendía a ponerle inicialmente unas notas que se alejaban mucho de las que se merecía porque lo contemplaba a la luz de los años y la formación que tenía ella. Ella, y otros que la secundaron en el futuro, intentaban ningunear su excelencia ignorando que, con toda su inteligencia y madurez a cuestas, era un chaval de 15 años y, desde luego, no conocía todos los resquicios de una disciplina que ella había estudiado durante cinco años. En definitiva, lo rebajaba de su altura natural, la elevación que le correspondía haciendo trampas. He de decir que esto es muy común entre el colectivo glorioso al que pertenezco. El hecho de estar a un lado determinado de la mesa, cerca de una pizarra y con un bolígrafo rojo en la mano para manejar nuestra autoestima nos hace creer que somos más inteligentes que los pobres sufridores e incautos que tenemos delante. Y nada más lejos de la verdad. Pero dejémoslo, es un asunto que nos llevaría mucho tiempo.

Otro bando, mucho más numeroso, era el de los sufridores. Profesores que llegaban a clase y a los que se les helaba la sangre cada vez que Adán levantaba la mano para hacer una pregunta. Si intentaban salir por los cerros de Úbeda, Adán insistía, contraargumentaba y contraatacaba, argüía y colegía, derivaba y volvía hasta que acababan agotados. Un día, en el recreo, un compañero me confesaba, casi llorando, que no podía más, que la situación le superaba. Yo le pregunté qué había pasado y él me dijo que intentaba contestar a lo que Adán le preguntaba, pero se le agotaban los conocimientos y los argumentos. Le planteé: «¿Y por qué no le dices, simplemente, que no sabes la respuesta?». Porque Adán, siendo justo o injusto en esos momentos, podía aceptar las limitaciones de los profesores, pero no el rodeo ni la mentira. Si a una pregunta interesante y ávida de conocimiento (hay que subrayar que Adán no levantaba la mano simplemente para fastidiar) se le respondía con un «Mira, pues esto, así, no me lo había planteado. Lo miro y mañana lo comentamos», el chico lo aceptaba de forma natural. Si la respuesta, en cambio, iba enmarañando o enmascarando una ignorancia, Adán se sentía defraudado y procedía sin piedad.

He de decir que a mí, particularmente, Adán me caía bien. Creo que no solo nos soportábamos, sino que teníamos una relación profesor-alumno, alumno-profesor, bastante cordial. Cuando se le contemplaba desde una óptica un poco más relajada, se descubría en Adán un gran sentido del humor, una rechifla constante contra el mundo y cualquier de sus circunstancias, una manera muy enriquecedora de contemplar la enseñanza, en la que no solo enseñas sino que eres enseñado de una forma ágil, hábil y provechosa.

Todavía recuerdo un día en el que Adán me preguntó si podía hablar conmigo en privado. Estaba en COU y yo, ese año, ya no les daba clase. Reconozco que estaba muy intrigado ante lo que me querría decir. Lleno de serenidad, me fue esbozando lo que se había comentado en clase de Lengua sobre una cuestión bastante compleja relacionada con los tipos de sintagmas, sus tipologías y sus funciones. Él había preguntado en clase y el profesor le había dado una contestación demasiado apresurada y, desde la profundidad que necesitaba Adán en las contestaciones, totalmente inexacta. Quería reunirse conmigo para saber si la cuestión era aceptable como el profesor se le había dicho. Yo le dije que no. Le expliqué la cuestión en pocas palabras y, naturalmente, él me entendió a la perfección. Tampoco me gustaba llevar la contraria a un compañero. Le dije que, al tratar estas cuestiones, se suelen dar respuestas aproximadas, que si tal, que si cual… Cuando se iba, me dijo: «Ya me imaginaba que el profesor estaba equivocado, pero no se lo quería decir en clase. No le quería hacer pasar un mal rato».

Adán entró a estudiar Medicina. Allí, al parecer, todos los profesores alababan su excelencia. También es cierto que muchos le aconsejaron especialidades alejadas del contacto directo con los pacientes. Después de una más que divertida propuesta para dedicarse a la medicina forense, Adán ahora es radiólogo. He coincidido con él solamente dos o tres veces. Sigue teniendo esa misma sonrisa que, pareciendo autosuficiente, está cargada de ironía. Adán es un buen tipo, una mente privilegiada y un alumno cuyo paso por nuestras vidas no se puede, no se debe, olvidar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pimthida.

Read More

Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

Read More

Hoy dudada entre publicar: «El chico que acabó desnudo de madrugada en una piscina municipal» o «El chico que contestaba con perfección y elegancia a una pregunta del examen y dejaba las otras cuatro en blanco», pero me he decantado por esta.

Para contar esta historia, tengo que explicar algo de mi pasado que conecta con lo que cuento hoy. Yo también estudié, como todos estos alumnos de los que hablo, en el instituto protagonista en muchas de estas entradas. Se trata de un centro situado en un barrio de Burgos. Ahora (también cuando daba clase allí) es un instituto normal, lleno de gente de todas las procedencias, en el que caben también los alumnos procedentes de orígenes modestos. Decir que es un centro normal lleno de gente normal quiere decir muchas cosas (creo que todas buenas) cuando hablamos de Burgos.

Pero, cuando llegué a ese centro, el barrio en el que se ubicaba era mucho más conflictivo de lo que es ahora y algunos de los alumnos que estaban en el centro en los primeros cursos de BUP también lo eran. Hoy no toca explicar cómo llegué a estudiar allí, pero sí tengo que decir que era frecuente que mis compañeros fuesen señalando, cuando salíamos del colegio, a unas cuantas personas que vivían en el barrio por su mote y con observaciones tan atemorizantes para un chico de 14 años que había vivido antes en otros mundos: «Este salió de la cárcel hace dos semanas», «Mira, aquel siempre va con pistola», «Ese trapichea con heroína. Está enganchado que no veas». Ninguno de esos angelitos estaba dentro del instituto, pero algunos parecían dignos aspirantes a esos tronos. Quizás el miedo estaba más en mi imaginación que en la realidad, pero, en la primera semana de clase, un compañero me pidió prestado un bolígrafo y yo no me atreví a pedirle que me lo devolviera. Recuerdo también a dos chicas nuevas que se sentaban justo delante, desesperadas porque un tipo de la fila de al lado se volvía durante la clase y adornaba todo tipo de gesticulación lasciva dirigiéndose hacia ellas. Me mantuve durante unas semanas lleno de inquietudes, que se acabaron cuando, en una hora libre que tuvimos porque faltó el profesor, cayó en mis manos un balón de baloncesto. Con una de mis pocas habilidades, me convertí en un pequeño héroe que ayudó al instituto a ganar partidos en la liga escolar. Puedo decir que, con mi dominio de la canasta, se acabaron mis problemas.

La clase que teníamos me parecía de otra década. Acostumbrado como estaba a las mesas individuales, aquí teníamos mesas en las que los dos pupitres estaban unidos. Yo me sentaba en la última fila y a mi compañero le conocía porque los dos procedíamos del mismo colegio. Un día, en el descanso entre clase y clase, yo estaba inclinado hacia la derecha hablando con una chica de la fila de al lado, cuando escuché un grito tremendo de mi amigo. Me di la vuelta y me dijo que le habían clavado una navaja. Se apretaba el muslo con las manos. Llevaba un pantalón de pana y yo no veía nada (el azar había originado que el corte coincidiese con una de las líneas del pantalón). En dos segundos, empezó a brotar la sangre. El pinchazo no era profundo, pero sangraba de forma más que significativa.

Como es habitual, no cabe aquí contar toda esta historia, que precede a la que tiene justo protagonismo hoy, pero sí creo necesario decir que el chico que había clavado la navaja a mi compañero no llegó a ser expulsado ni un solo día del instituto, todavía no llego a entender por qué. No quiero ni pensar que estaban acostumbrados (que no lo era el caso). Tampoco quería pensar que fuese el miedo a las represalias. Y otro apunte: decidió clavar la navaja a mi amigo, simplemente, porque se lo había apostado con un colega a cambio de un cigarrillo. Para que veáis lo sencillas que son las cosas del clavar.

Muchos años después, trasladamos nuestra historia a una clase de 2.º de BUP (3.º de ESO). Cuando el primer día me dispongo a pasar lista, reconozco esos apellidos al instante. Miro la cara del chaval y noto un inconfundible aire de familia. La misma forma de la cabeza, el pelo lacio y con un corte similar. Le pregunto: ¿»Tú eres hermano de…?». Él me contesta con una sonrisa que, inmediatamente, interpreto como sarcástica. «Sí», me dice. Al día siguiente, cuando vuelvo a pasar lista, me dice: «Mi hermano te manda recuerdos». Y yo vuelvo a pensar en películas de miedo y lleno mi cabeza de pájaros de pésimos augurios. En los días siguientes, Alberto, que así se llamaba el hermano del navajero, siempre me mira de reojo y sonríe. Siempre contesta a mis preguntas de manera lacónica.

Mi asociación de Alberto con su hermano y las navajas duró mucho más de lo que cuento aquí. Con el tiempo, sin embargo, descubro que Alberto no tiene nada que ver con su hermano. Su sonrisa no es aviesa ni endiablada. Es, simplemente, una sonrisa. Y su forma lacónica de contestar es, simplemente, una forma de ser. Alejado ya de los prejuicios, nunca vi un mal gesto en Alberto, nunca una mala intención. Es cierto que no era muy buen estudiante y que le gustaba mucho más distraerse durante las clases que aprovecharlas, pero eso no hacía de Alberto deudor de ninguna de las malas mañas que le precedieron. Esto me enseñó lo perjudicial que es montarse una película sobre la enseñanza con un guion preestablecido.

Por cierto, más tarde me enteré de que el hermano de Alberto me mandaba unos saludos sinceros que nada tenían que ver con otra cosa que no fuera con el recuerdo de un compañero al que no se le daba nada mal jugar al baloncesto. Y ahora veo unas cuantas veces a Alberto durante el año. Trabaja en un bar al que voy con cierta frecuencia a comer unos pinchos que me encantan. Me recibe siempre con esa sonrisa que le caracterizaba ya a los 16 años. Y yo se la devuelvo con otra sonrisa, esa con la que tenía que haber recibido a Alberto desde el primer día. Sin ningún tipo de prejuicios.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Guillermo Ruiz.

Read More

La historia de hoy sería muy larga, pero la resumiré lo más posible para quedarme con lo esencial.

Pongámonos en el contexto inmediatamente anterior a lo que voy a contar: Acto primero. Es el segundo año en el que imparto la asignatura de «Análisis del lenguaje publicitario» en la universidad. Hay más de cien personas en una clase (las aulas inmensas que había por aquel entonces en la Facultad de Derecho) para hacer un examen. Llevamos casi quince minutos desde que ha empezado la prueba de la convocatoria de junio. Sin llamar siquiera a la puerta ni pedir permiso para entrar, dos personas irrumpen en la clase y emprenden el ascenso para sentarse. Yo les digo que no pueden entrar al aula. Uno de ellos dice: «Pero, venga tío, joder, no te pases, enróllate». Y yo, además de reconvenirle por expresarse de ese modo, le hago saber que hay alumnos que han entregado el examen y ya han salido del aula, por lo que es del todo imposible que ellos entren. Uno de ellos se marcha, comprensivo, y el otro suelta una argumentación digna de la mejor filosofía griega en la época de Pericles a voz en grito mientras sale: «¡Mecagüendiós, mecagüendiós!». Una intervención impecable

Acto segundo. Después de la convocatoria de septiembre, toca uno de los días de revisión de examen. Llega el chico de los modales perfectos, de la labia del mejor Demóstenes. Había venido a ver el examen (que estaba suspenso). Yo le digo: «Tienes 87 faltas de ortografía». Él me dice: «Sí, bueno, pero quiero ver qué fallos tiene el examen». Yo le digo: «Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía». Y él vuelve a la carga: «Si, ya me lo has dicho, pero yo venía a ver qué me ha salido mal en el examen». Y yo le digo: «Pues eso, que tienes 87 faltas de ortografía». A lo que él me espeta: «Ya te oído. ¿Pero me puedes decir de una vez por qué coño he suspendido el examen». A lo que yo le digo, con paciencia y sin modificar el tono de mi voz: «Tienes 87 faltas de ortografía». Él se levanta, y diciendo algo así como «Joder, el pavo, me tiene manía», sale del despacho dando un portazo.

No es la primera vez que hablaré de las faltas de ortografía en los exámenes. Creo que tengo otras tres historias, al menos, dignas de ser contadas sobre el particular. Pero no me negaréis, en cualquier caso, que esta es significativa. Por cierto: el examen, al margen de las 87 faltas de ortografía, estaba plagado de fallos e inexactitudes.

La historia tuvo un tercer acto, pero no lo pienso contar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cuito Cuanavale.

Read More

Cristina pertenecía a una clase de la que he hablado ya alguna vez en esta serie. Les di clase de Literatura (recuerdo que, antes, la Lengua y de Literatura eran asignaturas distintas) en 3.º de BUP y COU (en el sistema actual, 1.º y 2.º de BACH).

Como clase, funcionaban de una manera fantástica. Apuntaban maneras algunos de ellos en 2.º de BUP (Cristina no estaba aún en mi clase ese primer año), cuando la Literatura era una asignatura común, y despuntaron de forma sobresaliente cuando, en 3.º y en COU, eran asignaturas específicas para la rama de letras. Hablo muchas veces, como sabéis, de la sonrisa como uno de los elementos más característicos de mis recuerdos de las personas. En el caso de Cristina, lo que recuerdo primero es el brillo de sus ojos. Era un brillo colorido en unos ojos preciosos (como soy daltónico, no sé si verdes o color avellana) que procedía de la pasión. Porque la pasión de Cristina era la Literatura.

Ya desde las primeras clases, me asusté de la confianza que ponía Cristina en todo lo que yo decía. Si aconsejaba un libro, se lo leía de un tirón. Si adoraba a un autor o una obra, ella lo colocaba en su balda de propósitos para un estudio calmado y detenido. Si defenestraba a un autor, ella se extrañaba en un principio de esa descalificación para luego entender que, en el mundo de los libros y de la literatura, había que tomar partido, inevitablemente.

El nivel que tenía Cristina para comentar las obras que leíamos sería digno de toda una serie de historias sobre la lectura y las interpretaciones. Se apartaba de lo trivial para centrarse de forma atinada en la esencia. A su edad, ya era capaz de alejarse de las interpretaciones facilonas y ad hoc para dar un paso más, maduro, original y creativo. Tenía la competencia de algunos de sus compañeros, también excelentes, pero Cristina era distinta en su manera de vivir con los textos, de asumirlos, deglutirlos y asimilarlos. En ella, la Literatura era un poso para todo lo demás, el principio y el fin de todas las cosas, el lugar en el que confluían los elementos para entender el mundo.

Se sentaba en la primera fila, justo a mi derecha y no perdía ocasión para detectar un gesto, una afirmación arriesgada por mi parte. Ella se lanzaba en tromba en busca de una verdad que tenía en los libros su esencia y que se vería recompensada mil y una veces.

Yo no fui nunca el tutor de la clase de Cristina, pero hablaba mucho con esa clase de infinidad de cuestiones relacionadas con su presente y su futuro (a veces —también— de su pasado). Llegó el día en el que les pregunté qué les gustaría estudiar y Cristina dijo que Periodismo. Me extrañó en un principio, porque tenía manera de filóloga, pero yo no quería tampoco frustrar una vocación enfocada al mundo de la comunicación y que tenía en la escritura uno de sus puntos fuertes. Por razones que no vienen al caso, volví a plantear la pregunta y, cuando Cristina volvió a decir «Periodismo», ya no me pude reprimir: «¿Y nunca has pensado en Filología Hispánica?». Su contestación me dejó pasmado: «Es la carrera que más me gustaría estudiar, pero no me veo capaz». Cristina tenía en un concepto tan alto aquello que adoraba —y que dominaba— que no se consideraba apta para lo que tendría que ser su destino natural. Creo que no mantuve nunca una conversación privada con Cristina sobre este asunto. Me limitaba a volver a sacar la conversación en clase una y otra vez (si puedo sobresalir en algo sobre los demás, es la de tener una capacidad para ser pesado fuera de todos los límites posibles). Con las valoraciones y el trabajo que Cristina hacía en clase cada día su confianza se fortaleció y sus miedos empezaron a resquebrajarse. A la persistente pregunta ella seguía contestando «Periodismo», pero lo hacía con esa sonrisa aviesa y malvada de quien tenía ya decidido lo contrario. Era, creo, nuestra broma privada, que era, a fin de cuenta, la más pública de las manifestaciones y declaraciones.

Cristina estudió, afortunadamente, Filología Hispánica y es una filóloga excelente. He tenido ocasión de comprobarlo en carnes muy cercanas a las mías. Cuando mi hijo empezó el bachillerato en el instituto, mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que su tutora (y profesora de Lengua y Literatura) me conocía. Pero esa sorpresa inicial resistió solo dos nombres (el de otra alumna mía que llevaba ya un par de años en el instituto y de la que hablaré un día cuando en la serie trataré sobre el pensamiento de los pulpos) y el de Cristina. No sabía que ella daba clase en el instituto, pero las pistas que me dio mi hijo eran infalibles. Una persona así solo podía ser Cristina.

Cristina era una profesora maravillosa, una espléndida tutora. Sabía llevar una clase con criterio y con inteligencia, con toda la mano dura que supone saber guiar con una mano blanda, con toda la sorna y retranca que solamente utilizan aquellos que tienen ese algo más que se necesita para ser profesor de vocación infinita. Me acuerdo de mi hijo diciendo: «Es que esta profesora sí que sabe…».

Cristina vive cerca de mi casa y suelo encontrarme con ella con cierta frecuencia. Ha logrado a convencer a Julián, su marido para poner a sus dos hijos nombres de escritores que ella adora. Y nada me hace más feliz que sea ella una de las personas dedicadas a enseñar la Literatura por contagio. De eso se trata. Seguro que, cuando ella entra en clase, sigue teniendo ese extraño brillo en los ojos. Seguro que, en algún momento, preguntará más de tres veces a alguno de sus alumnos qué quiere estudiar. Y encontrará a alumnos que le agradezcan eternamente el no haber estudiado otra cosa que no sea Filología. Aunque ellos no sepan esta historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Svenwerk.

Read More

Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el «tratamiento» que le daba a su «problema»: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

Read More

Esta es la primera vez en la serie en la que cuento una historia relacionada con un alumno universitario. Habrá muchas más, por supuesto, y con vertientes y variedades suficientes. Obviamente, la relación con los alumnos universitarios no es la misma que la que se mantiene en la educación secundaria. De alguna manera, en la educación secundaria conoces muchos más aspectos de los alumnos, te da tiempo a verlos desde muchas perspectivas y, en cierto sentido, tienes más oportunidades de llegar al fondo (o casi al fondo) de sus vidas.

La historia que cuento sucedió en los primeros años como profesor de universidad. Daba clase de «Análisis del lenguaje publicitario», una de mis asignaturas favoritas. Por primera vez, podía combinar y compaginar aquellas cosas sobre las que investigaba y sobre las que escribía con una pasión que me venía de lejos, ya desde pequeño, puesto que mi padre era creativo publicitario. Pero eso es otra historia que tendrá que esperar.

Como creo que sabéis, acuden a la universidad muchos estudiantes extranjeros con programas de intercambio. El curso en el que se ubica esta historia, acudieron unos cinco estudiantes mexicanos a mi asignatura. Tengo muy buen recuerdo de ellos: algunos de ellos buenos estudiantes (en concreto, dos alumnas brillantísimas), todos ellos muy educados, atentos e interesados en la materia. Bueno, no todos. También estaba el chico mexicano que leía el periódico.

Obviamente, el título de esta entrada no está suficientemente especificado y quiere jugar, en cierto modo, con la duda, la intriga y la indefinición. Me imagino que el resto de los compañeros también leía el periódico, lo mismo que otros alumnos que no eran mexicanos. Es probable que algunos se extrañen de mi fe en la lectura de prensa escrita por parte de los jóvenes, pero hay que subrayar que esto sucedió hace ya unos cuantos años y que, por aquel entonces, el periódico El Mundo repartía de forma gratuita cientos de ejemplares en mi universidad. A la entrada del aulario donde estaban los alumnos de Comunicación Audiovisual había un sinfín de periódicos y, lo primero que hacíamos todos, era aprovecharnos de la gratuidad para leer el periódico en nuestros ratos libres.

Esto de los ratos libres no se aplica al chico mexicano del que hablo, al que llamaremos Alfonso. En una clase de cerca de cien alumnos, él se sentaba al fondo de la clase. Jamás le vi sacar una carpeta, ni una libreta, ni unos folios en blanco. Jamás un bolígrafo o un lapicero. Lo único que hacía, al empezar la clase, era abrir el periódico, siempre atento a sus noticias y nunca a lo que yo decía. En una clase en la que hay tantas personas, suelen ser extraños los momentos de silencio completo, pero, de forma milagrosa, se abrían esos espacios de calma chica justo en el momento en el que Alfonso pasaba las páginas del periódico. También hay que decir que no lo hacía de forma delicada, sino que se deleitaba con el doblez del papel y se enfrentaba a la resistencia de la superficie del material con decisión y rudeza. En resumen, hacía un ruido del carajo.

Yo nunca le dije nada. Le miraba en muchas ocasiones con cara entre neutra y —digamos— amistosa, y él, cuando se daba cuenta, me devolvía la mirada sin hacer acuse de recibo de una posible intención implícita por mi parte. Pasaron las semanas y se acercaba el momento del examen (no estábamos aún en el Plan Bolonia y, por lo tanto, solo había que realizar un trabajo antes de la prueba final). Antes de nada, he de decir que, siempre que he tenido estudiantes del plan Erasmus u otros planes de intercambio, he intentado adaptarme a sus circunstancias. Cuando el idioma es distinto, por razones evidentes. Y, cuando el idioma es común, como era el caso, intentando comprender de qué tipo de estudios procedían (algunos llegaban desde Escuelas de Negocios) para ajustarme a sus necesidades. Eso sí, jamás les regalaba una nota, aunque les facilitase el camino. Es algo que todos los profesores hacemos en la universidad y que es fácil de comprender por cualquiera.

Pero Alfonso, entendiendo de prensa escrita como el más experto, dado su consumo intensivo de periódicos durante horas y horas, sabía poco de todo lo demás, empezando por la educación y acabando por el sentido común. Un día, unos diez días antes del examen, me dice, de forma un tanto brusca: «Escuche, profesor, que cuándo podemos hacer el examen». Yo le contesté lo único que podía contestarle: «Pues el día del examen, el 15 de junio». «Es que el día 15 de junio estoy ya en México, profesor». «¿Y cómo es que estás en México, si estás de exámenes, Alfonso?». «Es que tomé los boletos del vuelo hace unas semanas, profesor», me dijo. A lo que yo le pregunte: «¿Y cómo coges los billetes del vuelo antes de los exámenes, Alfonso».

Para ahorro de líneas y de paciencia por parte del lector, abrevio el diálogo diciendo que hubo otros muchos «Profesor» y otros muchos «Alfonso». Que a Alfonso se le fue mudando el rostro cuando vio que no iba a regalarle un aprobado que no se merecía desde ningún punto de vista (a todo esto, hay que decir que a ninguno de sus compañeros mexicanos les sucedió lo mismo, dado que cogieron los billetes, lógicamente, en una fecha posterior a los exámenes, salvo una de las alumnas, que me avisó con mucha antelación de sus circunstancias, me había realizado un trabajo excelente —Alfonso nunca entregó el suyo— y con la que quedé para hacerle el examen dos días antes de salir para México).

En ese momento, le dije a Alfonso algunas cosas sobre las clases, los exámenes, las normas elementales de comportamiento y la educación. Creo que no venían en ninguno de los periódicos que había leído durante cuatro meses.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pedro Ribeiro Simões.

Read More

Ahora que la adolescencia y la juventud son un septiembre demasiado lejano, lleno de sonrisas y esperanzas. Ahora que los años de estudiante se difuminan entre se difuminan entre amores, lecturas y trenes que acabaron en una vía muerta.

Ahora que aquellos tiempos evocan una playa o un mercado en África, los viajes interminables de autobús para jugar un partido que yo no ganaba, los ratos muertos en mi habitación para leer un Astérix o hacer flexiones hasta quedar sin aliento.

Ahora que quedan tan lejos las jornadas intensas en la Escuela de Idiomas, las tardes y las noches en Valladolid buscando una buena conversación, una cerveza y unas bravas en la zona de Cantarranas. Ahora que se diluyen las cañas en dos vasos, el zurracapote y las chinchiminas, las sesiones de cineclub, la construcción de las vidas entre sueños.

Ahora que casi llego a fin de mes, que pago (más o menos) las facturas, que ya no escribo cartas ni correos. Ahora que cumplo más años que promesas, ahora que llego pronto a todos los sitos que no me importan.

Ahora que paso las noches de claro en claro y no logro dormir de un tirón, ahora que la noche es un rumor de risa ajena que se aleja por la calle y me congela el corazón.

Ahora que respiro a escondidas y que no me pierdo en las sábanas de la madrugada. Ahora que ya no encuentro en las radio las canciones que me inspiran, ahora que me miro en el espejo y me reconozco a duras penas.

Ahora que veo los telediarios pensando que reflejan un mundo en el que no vivo, ahora que los bares ya no son lugar de encuentro sino de reafirmación y de costumbres.

Ahora que, aunque no tenga edad, me gusta sentir cada momento y dejo que la lluvia me moje el rostro, las mejillas y las gotas se deslicen por el cuello. Ahora que reconozco en mis gestos las manías de mis padres, ahora que me desvisto entre la tormenta. Ahora que todo se vuelve verdad, cuando los palacios se derrumban y solo se adivina la hierba en sus solares.

Ahora que recuerdo un vaso que casi se desmenuza entre las manos, ahora que he aprendido a olvidar las reglas, ahora que respiro con 280 letras a las que le sumo los espacios.

Ahora que las noches sin luz me han enseñado a encontrar en las caracolas el sonido de todos los colores, la estridencia que se apaga entre esa incapacidad mía para distinguir el negro del blanco.

Ahora, en el momento en el que el otoño ilumina mis mañanas. Cuando dejo resbalar el reloj para dejar que el tiempo se detenga. Ahora, que cambio de razones y, como siempre, me niego a vestirme de domingo.

Este texto pertenece a la serie de Canciones prosificadas. Recoge dos canciones de Ismael Serrano, «Ahora» y «Ahora que te encuentro», que sirven de base e inspiración pero que estas imbricadas y modificadas a voluntad. Imagen de Razi Machay

Read More