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El futuro era esto

Tantos presentes cotidianos esperando para descubrir que, al final, el futuro era esto: inquietud, desconfianza, miedo.

Tantos pasados menospreciados pensando que lo mejor esta por venir para constatar que, al final, el futuro era esto.

Ayer paseaba en las horas cercanas al retorno obligado a nuestras casas. Entre los árboles, el río, las nubes y la luna, descubrí que, afortunadamente, el futuro también era esto.

(Fotografía tomada ayer mientras la ciudad anochecía)

Cuando la vida zozobra, pon música

No importa lo que pase. Si todo va bien, canta y baila. Si las cosas se tuercen, pon música.

Si optas por canciones tristes, te servirá para que esa tristeza supure por tus heridas, para que brote por tu epidermis y se convierta en un acto de contemplación o de redención, un momento de reconciliarse con las cosas bellas. Si optas por canciones alegres, sube aún más el volumen (si puedes, todavía un poco más: los auriculares también valen para no cabrear a todo el barrio). Que tu corazón salga del latido mustio y se vaya acelerando hasta que retumbe.

No quieras ser trascendente, no pretendas ir más allá de tus fuerzas. Sal de los límites y vuelve a las canciones de tu adolescencia o a las canciones que le gustaban a tu madre y que canturreaba a todas horas o a todas aquellas que no pasaron a la historia de la música.

Si echas a alguien de menos, no dudes y elige esas canciones importantes. Extiende como una alfombra toda la lista de los momentos que os unieron, pero apuesta también por otras melodías que supondrán una nueva senda, la senda de vuestro futuro.

No descartes tampoco subirte a los clásicos de los clásicos. Escala todo lo alto que quieras y prueba a mezclarlos en cócteles imposibles.

Pero, por encima de todas las cosas, hay algo que tienes que tener en cuenta. Cuando sientas que el silencio es atronador, no dejes que el momento revierta en afonía. En este caso, huye de la música callada y piensa en algo más parecido a una soledad sonora. Cuando sientas que tu vida pasa por unos instantes de zozobra, pon música.

Entrada escrita en una tarde en la que sonaban The Corrs, Artic Monkeys, Bach, Pretenders, Moby, M-Clan, Coque Malla, Efecto Mariposa, Immaculate Fools, Mikel Erentxun, Indigo Drone, McEnroe, Jovanotti, Fangoria, Kool Hertz, Muse, Rod Stewart, Chopin, Leo Sayer y The Thorns. Y alguna más.

La fotografía es mía, pero no la había colgado —todavía— en ningún sitio.

Compartir a Mafalda

Murió Quino hace unos días y todas las redes se convirtieron en un emotivo escaparate de homenajes a ese gran dibujante, humorista y filósofo de las verdades cotidianas más profundas. Cada contribución subrayaba la manera que había tenido Quino (con su genial Mafalda como exponente máximo) de acompañar nuestras vidas, la manera de expresar de manera acertadísima sobre todo lo que nos pasa, sobre cómo somos, sobre todo lo que les ocurre y la manera de ser de todos los que tenemos alrededor. En pocas palabras, Quino ha sabido explicar el mundo y nuestro mundo.

Por supuesto, estas muestras de justa veneración venían acompañadas con tiras cómicas como ejemplo de ese ajuste entre su pensamiento y nuestra manera de pensar. Con una argumentación sencillamente complicada, es inevitable sonreír y sentir que formamos parte de algo común.

Todas esas contribuciones, como digo, nacen del cariño —también, reconozcámoslo, ha habido lugar para el postrero— y son indicio de esa chispa y esa sintonía. No obstante, a través de mensajes de WhatsApp, han empezado a proliferar (yo he recibido varios) enlaces al libro Todo Mafalda en PDF. Creo que ese «detalle» no supone ningún signo de amor por Quino ni representa nada de la esencia del humorista. Regalar totalmente a Mafalda no solo es algo reprobable (es un libro que sigue en venta y, por lo tanto, se regatea a los herederos de Quino una ganancia que les pertenece), sino que es algo carente de sentido. Si compartir detalles de cómo contribuye Mafalda a nuestro mundo es magnífico, compartir una integridad amorfa es feo, invasivo y de mal gusto. Es algo así como regalar una colonia costosísima en una garrafa de diez litros.

Los que aman a Mafalda conservan como oro en paño esos preciosos libros apasaidos. Los que llegaron más tarde o querían conservar todo ese legado, compraron el libro que reunía todo lo anterior, que es lo que corresponde. Realizar ese esfuerzo para tener ese magnífico repositorio de pensamiento expresado en clave de humor. Yo todavía recuerdo con cariño especial el momento en el que compré el libro en la librería Ateneo en Buenos Aires.

Como he trabajado mucho con Mafalda (es un filón parra muchos aspectos relacionados con la comunicación y con el lenguaje), también tengo ese famoso PDF y nunca lo he compartido con nadie: jamás se me ocurría desparramarlo a los cuatro vientos. Cuando se trata de Quino, destapemos unas gotas de genialidad. Para percibir su esencia y todo lo que le debemos.

A mí, que me gustaría ser Mafalda, siempre me he quedado en Felipe.

Sin carretera y con manta

Estoy sin carretera y con manta, cargado de un frío interior que hiela el alma. Sin punto de origen ni destino, recluido en el último confín de la indiferencia, la dejadez y la apatía. Sin dar pasos que avancen ni respuestas a todos los interrogantes que ya no me brotan, que ya no me interesan.

Estiro la manta para que cubra los hombros y, entonces, los pies quedan al descubierto. Tapo los pies y empieza, otra vez más, el ciclo imposible. La televisión es un espejo donde miro con los ojos vacíos buscando algo que sea un reflejo de otra cosa. Abandono la ciencia ficción a la mitad, paso al melodrama que no me aguanta ni cinco minutos y aprieto el botón de la tragedia. De momento, solo me quedan las historias de amor.

Me cubro de penas con unos auriculares que me transporten a la verdad, al final, al oscuro lugar del que proviene mi talante natural. Y, hoy, me contento con olvidar.

Necesito un curso de lectura lenta

Leo en la web que se ofrecen muchos cursos de lectura rápida, pero yo no quiero. Yo quiero que me enseñen a leer de manera muy lenta y pausada. Quiero también aprender a pasar las páginas muy despacio, doblándolas con mis dedos. O detenerme en ese tránsito y volver hacia atrás y releer siete veces una palabra que me inspire belleza o ritmo o lo que sea. Deseo con todas mis fuerzas que me enseñen a leer un pasaje y, obnubilado, poder levantar la vista y mirar el espacio que entre las cortinas para sintonizar esas frases con el rayo de luz que entra por la ventana.

Yo no quiero leer y comprender todo de manera eficaz y productiva, no quiero rentabilizar el tiempo que dedico a lo que amo. No quiero apretar el acelerador y que los ojos bombardeen las serifas de las letras, las anulen, les quiten importancia. Quiero ver el grano del papel y pararme antes de empezar un capítulo. Quiero dejarlo todo para comenzar de nuevo.

Lo que más necesito en mi vida es un curso de lectura perezosa, divagadora. No quiero la lectura acelerada.

¿Acaso soy yo? Breves reflexiones sobre la traición en tiempos de coronavirus

Me pregunto si he podido ser yo. Asintomático y alegre, en las poquísimas ocasiones que he salido del confinamiento a la farmacia o al supermercado o a donar sangre porque me lo pidieron. Protegiéndome de los demás, con el miedo en el cuerpo, resulta que todo ha podido suceder al revés de como pensaba.

Me pregunto si he podido ser yo. El causante de transmisión, pasándole la bola a otro y este a otro y este a otro más. Si he podido toser sin protección, aunque no lo piense, aunque no lo pienso. Si una cercanía no deseada ha generado que la cosa se traslade, se pose y traspase hacia los lugares nada deseados, pero propicios.

Me pregunto si, en el caso de que esa bola haya pasado de uno a otro, alguien ha podido quedar afectado gravemente, mermadas sus facultades, encerrado sin sus familiares, sin nada que no sean trajes de pesadilla en mundos de ciencia ficción. O si esa bola ha pesado tanto que ha mandado al mundo de las tinieblas a otro ser humano, agonizando en soledad, velado en la oscura individualidad de la nada, confinado para siempre, fuera de todo nuestro recuerdo.

Me pregunto, cada vez más insistentemente. ¿He podido ser yo?

Reflexión en torno a Mateo, 26:25 con imagen de Irina Souiki.

Me siento a escribir siempre con buenas ideas

Me siento a escribir siempre con buenas ideas, que desaparecen como por arte de magia cuando pulso la primera tecla. En mi cabeza, discurro sobre la soledad y la compañía y me vienen avalanchas de palabras exactas, ajustadas a conceptos precisos, dispuestas en períodos sintácticos llenos de elegancia. Y expreso perfectamente mis sueños y mis anhelos y mis frustraciones y mis realidades.

Bueno, no mis realidades, que no existen. Solo son manifestaciones de algo mediatizado por una percepción que es una manera de ver el mundo. Ni mi realidad ni la realidad, sino algo que está a medias. A veces, cuando quiero contar algo, pienso en un cuadro que me gusta. Y creo que sería un buen recurso describirlo, ponerle lengua a algo que es visual. O, cuando quiero subrayar algo, me siento inclinado a ponerle manifestación escrita a unas notas musicales que me agradan, que me llenan la vida de una felicidad que, como la realidad, tampoco existe, como tampoco existe exactamente la tristeza.

Me siento a escribir y los dedos esperan a la cabeza y la cabeza a los dedos. Y pulso la tecla de retroceso como manifestación de una frustración pequeña. Y selecciono con el ratón oraciones, a veces, otras veces párrafos enteros para mandarlos a la basura, esa metáfora tan bien avenida de papelera que ya no recicla. Otras, más optimista, pulso la tecla de avance de párrafo y dejo en suspensión para más adelante una modificación que no haré nunca. Me siento a escribir sobre cientos de borradores adocenados, sobre miles de notitas olvidadas en alguna parte que no se manifiesta.

Y las realidades, la felicidad y la tristeza ni siquiera llega a la ficción, llena de buenas intenciones, pero ninguna explosión, ningún movimiento tectónico. Ninguna réplica.

La imagen es de Julio César Cerletti .

Estar aquí, allí

Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.