— Verba Volant

Archive
Laberintos

Empiezo a escribir mi aventura.

Llevo unos días explorando ya y he llegado varias veces a las cataratas. Me ha costado mucho, lo reconozco, he tenido que recorrer metros y metros de parqué, cruzar quicios de las puertas, sobrepasar los límites de un espacio que implosiona e impresiona a medida que lo atraviesas de forma repetida.

Cuando llego, todavía no se escucha el agua. Hay un mecanismo mágico que acciona el caudal de agua que, una vez desprovisto de mi traje de camuflaje, resbala sobre mi cabeza. He corrido el riesgo de que llegasen los cocodrilos, a los que veía a lo lejos, en el borde. Luego uno se ha ido deslizando con elegancia y sigilo. Me he muerto de miedo. Entonces, de forma rápida, el caudal ha cesado. Me he secado con algo que tenía a mano.

Ya con el traje de faena, han llegado las ocho de la tarde. Un sonido se ha escuchado más allá de los árboles, parecía gente aplaudiendo, pero yo no veía nada a través de la lluvia transparente que ha empezado a surgir tras mis cortinas. Estando aquí, solo, reconozco que me han entrado ganas de llorar

Estas entradas, claro está, tienen un evidente referente literario, cuya lectura me impresionó cuando era casi un niño. Nunca pensé que me iba a ocurrir a mí.

Read More

Alguien ha escrito en Twitter una frase que me ha gustado y lo he comentado por ahí. Otro (alguien) me ha dicho que era de Antonio Porchia, que lo ponía en el tuit. Y me ha dicho que tendría que leer a Antonio Porchia, así en general. Yo he dicho que no conocía a Porchia y, acto seguido, otra persona me ha recriminado que no lo conociese. Y otra persona más, que estaba totalmente de acuerdo con las otras, me ha dicho que tendría que leer Voces. Y yo les he dicho que no leo Voces, pero las oigo. Constantemente, entre las paredes del cráneo y que iban y venían en continuo vaivén de hemisferio-plaf en hemisferio-plof.

Se ha sumado otra persona, que ha dicho que menos coñas. Que las Voces de Porchia se leen o se escuchan, pero uno no puede limitarse a oírlas. Yo no he dicho nada, pero he pensado que, cuando se oye para dentro, acabas escuchando esos y otros sonidos y lees en braille en los pliegues de esa nuez un poco grande llamada cerebro.

Cuando tenía ante mí a dieciocho personas dándome lecciones, veía a lo lejos que se aproximaban más y más. Y, entonces, me he acordado de las Voces que oigo en Twitter.

«Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada»

Read More

Aunque no me haga ninguna falta para recordarlo, cada 17 de enero salta un aviso en el calendario:

De manera ingenua e infantil, desde las ocho de la mañana, le he ido dando a «Posponer». El aviso salta y salta cada diez minutos y yo me niego a «Cerrar». Nada sirve de consuelo, nada salva la herida profunda, la pena anclada en el pecho.

Desde hace 13 años, los amaneceres del 17 de enero me causan pánico. A medida que avanza el día recuerdo la consciencia perdida, la diálisis interrumpida. La magia solamente salva un momento: cuando, en busca de una habitación libre, hay un tránsito de la planta de Nefrología a la Infantil, único lugar donde quedaba una cama libre. No encuentro lugar más apropiado para el tránsito para una persona con ese espíritu tan especial, travieso, juguetón.

Cuando no hay nada que hacer, solamente queda esperar, sentado en la parte derecha de la cama. Cogiendo una mano que no sé ya si siente. Horrorizado por los pitidos constantes del saturador de oxígeno.

Empezada la tarde, llega el desenlace y nunca he sido capaz de procesarlo bien. Quizás porque esos intensos ojos azules seguían abiertos. Quizás porque, en un momento, aprovechando que estábamos él y yo a solas, me vi obligado a cerrarlos. Para no verlos nunca más.

Read More

La calma ha desaparecido de nuestra vida. No existe —ya— en el ritmo diario, en el hogar, en la lectura. Qué bellos esos momentos en los que se leía despacio por placer. Qué necesarios esos momentos en los que detenías la lectura y pensabas e ibas más allá. Y gozabas.

La calma ha desaparecido y no queda, por supuesto, ningún resquicio para hacer las cosas bien y coserlas despacio en nuestro ritmo de trabajo cotidiano. Nos hemos convertido en máquinas de hacer cosas sin buscar apenas su sentido, con esa prisa necesaria para el corto plazo que no depara ningún beneficio a la larga si no es el utilitario. Nos vemos impelidos a hacer y hacer, de manera brusca e inminente, sin que tengamos tiempo para tomar aliento, para respirar. Para destilar lo necesario de lo accesorio. ¿Dónde queda el momento de un profesor —por ejemplo— para reflexionar, para darle un par de vueltas a un concepto, a una idea, a una frase?

La puta prisa nos está matando. Y lamentaremos que no nos hayan dado oportunidad para la calma cuando, en medio de la tormenta, busquemos una orilla.

Imagen de Teresa Vicente Illoro.

Read More

Shameless

Cuarto día (de vacaciones). Esta vez, la noche se ha dividido en dos partes, en dos intermedios de Shameless. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero me encantan las comedias que lo parecen y no lo son, tipo Shameless o las queridísimas y adoradas Weeds y, sobre todo, Californication. A medida que avanzan, no dejan de ser graciosas, pero casi no cabe lugar en ellas para la risa, sino para la reflexión. La familia Gallagher es un compendio triste de todas nuestras esencias, casi condenadas al fracaso, pero en una lucha permanente que solamente ha abandonado el más irresponsable, que es el padre de familia que nunca ha sido ni padre ni miembro de esa familia de pleno derecho.

Deporte. Baloncesto

Habituados a que hable de las excelencias de deportes más o menos individuales, he dicho poco que me apasiona el baloncesto. Como hoy, quinto día, tenía un partido con los amigos del que hablaré mañana necesariamente, fui con mi hijo a tirar unos tiros, a poner los músculos y la coordinación a punto.

Lo que ocurre es que, para mí, desde hace muchos años, jugar al baloncesto es síntoma de un fracaso irreversible. El paso del tiempo no mejora para nada ni para nadie, pero los que hemos jugado al baloncesto con relativa eficacia sufrimos ahora el hecho de que la cabeza va a la velocidad correcta, pero el cuerpo no está sincronizado. Todo lo que deriva de ello es frustración y añoranza, cosa que a mí no me gusta porque prefiero mirar hacia objetivos que pueda seguir cumpliendo.

Reflexiones en la frutería

Suelo comprar la fruta y las verduras en el supermercado, pero siempre me queda la cosa de ir al mercado, que no tengo muy lejos de casa, para comprar en la necesaria proximidad y cercanía que no se mide solo en distancias. Así lo hicimos cuando acabamos de jugar al baloncesto. Fuimos al Mercado Sur, que daba una sensación de vacío inexplicable en un día después de Navidad. Recorrimos los puestos y, al final, nos decidimos por uno en el que el género no tenía mala pinta. El precio tampoco estaba mal. Cuando llegó la hora de la cena, me di cuenta de que la frutera nos había puesto prácticamente toda la fruta demasiado madura sin preguntarnos. Me cabreó mucho y me sentí estafado. No digo que todo el comercio de proximidad sea así, porque sé que no es cierto. Y creo que lo volveré a intentar. Pero que todos los fruteros del mundo, y los de Burgos en particular, sepan que, si vuelve a caberme la duda, optaré por elegirla yo mismo en el supermercado enfundándome el guante preceptivo.

Escritura del artículo sobre el mundo STEM y el mundo SHH

Comentaba el otro día que había leído algunos artículos muy interesantes en el número 112 de la revista Telos. Venciendo algo la pereza, he escrito en Scripta Manent, ese blog profesional que no frecuento como debería, una entrada glosando las ideas de Reyes Calderón. Me adelanto a los acontecimientos, porque esto ha ocurrido hoy, pero resultan muy pertinentes las observaciones que ha hecho mi querida Sandra L. en Twitter. ¿Pintan algo en este mundo tecnológico las Humanidades? Leed y discutid.

¿Trabajar en vacaciones?

Aunque lo he insinuado desde el primer día, es prácticamente imposible no trabajar durante las vacaciones. Diría que forma parte de nuestro trabajo, pero, como no me va a creer nadie, no lo digo. Además de ir avanzando en la lectura de alguna interesante de la que daré cuenta en algún momento, tengo que gestionar alguna cosilla de la coordinación de nuestro máster en ELE. A eso se añade una iniciativa procedente de colegas de Cataluña y Aragón que motiva que los coordinadores de la antigua selectividad podamos reflexionar sobre la naturaleza de las distintas pruebas en cada distrito. Pero dejemos de hablar de trabajo, que son días de descanso.

Hacia dentro

Tendría que decir que he acabado la película de Denys Arcand y que empecé otras dos. Que sigo con Abella Cienfuegos, aunque no he avanzado tanto como esperaba. Pero hay días que se viven para dentro y de los que no se puede verbalizar con detalle y extensión.

Ayer fue uno de esos días. Como hay acontecimientos frutos de la casualidad y acontecimientos fruto de la causalidad, veo que las causas fueron vestigios. Que las reflexiones de Cabanas sobre la felicidad de la entrada de ayer, que las reflexiones sobre el mundo STEM de ayer y hoy me llevan a la esquizofrénica paradoja de que, en el mundo del arte, tengo una mente SHH y, en el mundo reflexivo y vital tengo una mente STEM. Y que la belleza que busco en las obras no logro adaptarla y acomodarla a mi vida para que sea plácida. De forma inmisericorde, mi día a día no me sirve para disfrutar, sino para encauzar una tendencia poco evitable a la cuantificación, al análisis puro y duro, sin porqués que alivien la espera.

Escuché muchas canciones, claro. Pero, gracias a un artículo de The New Yorker, que reflexiona de forma clarividente sobre los vídeos del grupodescubrí esta canción, que me gustó mucho:

Read More

Escribía el otro día sobre lo que significa no tener un Scalextric cuando uno es pequeño y lo espera con todas sus fuerzas, que no es sino una metáfora sobre lo que ocurre en la vida… si alguien espera un Scalextric.

Visto a toro pasado, el Scalextric es para los que se lo merecen, para los amantes de la velocidad y el éxito, para todos aquellos que esperan algo en la vida y lo obtienen. Ellos piensan que el triunfo procede del mérito y del trabajo, pero no es cierto. El triunfo procede de una razón ignota que se traduce en haber tenido la suerte de que los coches a toda velocidad apretando el gatillo pasasen, un día de la navidad o de su cumpleaños para auparlos hacia algo para lo que estaban predestinados.

No alcanzar esa vida exquisita puede llevar al lloro, al rencor o, simplemente, a la envidia. Habrá alguien que puede pensar que no tener un Scalextric supone, en la vida, mirar un poco de través, con el ceño fruncido, los ojos achinados, un mohín de enfado. Pero no, carecer de Scalextric es una actitud ante la vida que te ha tocado. Enfrentarte a ella más calmado, con un horizonte sin pistas que se montan, sin carreras infinitas. Puede también que sin el sobresalto de derrapar hasta que la vida te arroje a uno de sus confines si sales mal parado.

Querer un Scalextric y no tenerlo te enfrenta, desde muy pronto, al hecho de querer muchas cosas y no obtenerlas, de no esperar demasiado de la vida. También te enseña a que no tener una cosa no significa tener nada. Pronto descubres que hay otras cosas diferentes a las que todo el mundo espera. Incluso, que hay cosas diferentes a las que esperas tú.

La infancia que no es fácil no tiene por qué ser detestable. Yo tuve en mi infancia dos hechos que me conmocionaron. Uno, fue más duradero en el tiempo y yo no era consciente de lo que ocurría. Simplemente, sabía que ocurría algo. Otro, vino de la noche a la mañana años más tarde y yo entonces fui consciente de que lo más terrible que puede llegar en la vida te sacude sin avisar y sin posibilidad de protegerte. Tampoco daremos más detalles.

No tener Scalextric y que la vida te sacuda de forma contundente más de una vez provoca que busques refugio. En la lectura. En los juegos más o menos silenciosos, solitarios. En el paraíso de una imaginación con la que vuelas. En la realidad de una cabeza que te enseña a pensar de forma ordenada para no volverte loco. o que te enseña a desvariar para que el orden no te arañe el futuro. Es fácil sentirse víctima del destino y de las circunstancias, buscar justificaciones para un talante sombrío. Más difícil pero más rentable resulta levantar la vista del suelo y buscar una línea de fuga hacia un horizonte que no se construye con líneas paralelas.

Recuerdo especialmente un día de mi infancia, después del hecho contundente e irreversible. Yo no era consciente de haber entrado en un bucle de pesadillas, de dolor profundo y sordo. Un médico amigo de la familia llegó a casa, me hizo preguntas, me recetó unas pastillas. No sé si ese día o al siguiente o al que sigue al que seguía, me montaron en el coche de una amiga de mi hermana para dar una vuelta. No sé si por propia iniciativa o animado por alguien, abrí la ventanilla y esbocé un grito. En un día de abril, alguien decidió desplazar el techo desplegable del vehículo y me puse de pie (eran tiempos sin cinturón de seguridad, sin medidas estrictas que lo impidiesen). Grité de nuevo, de forma prudente y luego varias veces más, con todas mis fuerzas. Luego me reí con todas mis fuerzas, me senté de nuevo y, mirando por la ventanilla, descubrí que la vida es un viaje muy distinto a la carrera de ese Scalextic que nunca tuve. Un Scalextric que no quiero tener.

Imagen de Pom’.

Read More

De niño, nunca tuve un Scalextric. Creo necesario recordar que, cuando yo era niño, tener un Scalextric era un símbolo de estatus. Estaban los que tenían un Scalextric y los que no lo teníamos. Y, los que no teníamos un Scalextric podíamos fastidiarnos, sin más. Pero algunos afortunados contábamos con una alternativa: tener un amigo que tenía un Scalextric. Yo tenía algunos amigos con Scalextric, pero pocos y poco. Quiero decir que no había muchos (o, al menos, el Scalextric no estaba montado en su casa cuando me invitaban a merendar pan con chocolate o bocadillo de chorizo). Y que los amigos que tenían un Scalextric tenían uno muy básico, de esos con forma de elipse, que no permitían grandes derroches de pericia y velocidad.

Los niños que no teníamos un Scalextric vivíamos en inferioridad de condiciones respecto a los que sí lo tenían. Cuando en las fiestas del colegio había «Competición de Scalextric» los vienes o los sábados por la tarde, siempre nos apuntábamos y, como no teníamos práctica, nos eliminaban a la primera de cambio. Perder en la primera ronda era todo un símbolo de ser un perdedor. Yo busqué un triste subterfugio para sobrevivir en esa selva de estatus. Como la pista montada en el colegio era enorme, los «pilotos» necesitaban «ayudantes» cuando el coche derrapaba o salía disparado de su carril por exceso de velocidad. Yo intenté ser un ayudante rápido y eficaz. No solamente incorporaba al coche con rapidez a su punto idóneo, sino que echaba para atrás los pelillos de los contactos eléctricos para que el coche no se atascara. Y, desde ese momento, me convertí en un ayudante experto, colaborador del piloto. Como todos los años y en todas las competiciones participaba, salía y entraba en la sala con fluidez y, en alguna ocasión, con un triunfo, todos los que no estaban dentro pensaban que era un niño con estatus. Los que estaban dentro sabían que no.

Como de niño uno lo espera todo, siempre aguardaba con ilusión a la mañana de Reyes para ver si había suerte. Un año, me las prometí felices: me levanté y vi una caja enorme encima del sofá del salón, una caja en la que, de todos los regalos posibles, solamente podía caber un Scalextric. Yo sabía que era casi imposible, que un Scalextric era muy caro y lejano de nuestros posibles, o de los posibles que tenían los Reyes Magos para casas como la mía, pero no podía ser otra cosa que un Scalextric. Como siempre he sido disciplinado y paciente, dejé este paquete en último lugar. Cuando llegó el momento, rasgué el papel de regalo y me encontré con una caja de Ibertrén. El Ibertrén no era un Scalextric, aunque pudiera parecer su versión ferroviaria. El Ibertrén era un juego en el que se montaban raíles con vías y manejabas un tren (máquina y vagones) a diferentes velocidades.

De la ausencia de Scalextric, de la presencia de Ibertrén y de sus consecuencias para mi vida, siento que tengo que hablar otro día.

Read More

Confieso que llevo unos días entre atareado y cabreado. Tengo un trabajo casi siempre gratificante, pero hay momentos en los que hay que temer paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia.

Coincide todo esto cuando estaba leyendo esta mañana algunos artículos del magnífico número de la revista Investigación y Ciencia que dedica su número de diciembre a «Verdades, mentiras e incertidumbres». Por ejemplo tenemos el artículo de Claire Wardle, que habla de las maneras existentes de desinformar en las redes sociales y que pueden acabar en confusión, en caos. Dice, Wardle, por ejemplo, que la conectividad y el uso de la tecnología de las redes no promueve la tolerancia, sino que refuerza de forma más rápida nuestros prejuicios, puesto que tendemos no tanto a razonar como a aceptar como válido todo aquello que coincida con nuestras creencias: el sesgo de confirmación, del que también habla Helena Matute (que también tiene un artículo sobre sesgos cognitivos en este número de la revista). Y es precisamente eso lo que difundimos, nuestros prejuicios y nuestras creencias… aunque sean falsos. Lo malo es que algo no solamente puede ser falso, sino que se puede difundir un contenido inventado o manipulado (desinformación) o una unformación perniciosa, tal y como figura en el gráfico.

Quienes solo buscan incrementar las tensiones existentes comprenden estas tendencias y crean contenidos para enfurecer o agitar a una audiencia específica que actuará como mensajera. El objetivo consiste en que sean los propios usuarios quienes refuercen y den credibilidad al mensaje original a través de su difusión y esto se hace de manera muy sencilla: se crean un contenido para agitar a un grupo de receptores que van actuar, encantados, como mensajeros de una idea que hacen suya. No se trata de información, sino de métodos para socavar nuestra confianza.

«Se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en sus errores»

Además, como explican Cailin O’Connor y James Owen Weatherall en su artículo, «la desinformación más eficaz comienza con semillas de verdad». La ciencia de redes, de hecho, ha estudiado de forma exhaustiva cómo se difunden falsedades o desinformación a través de las redes sociales. Es útil leer también el artículo de Walter Quattrociocchi en la misma revista en octubre de 2016, titulado «La era de la desinformación», en el que se vuelve sobre el concepto del sesgo de confirmación antes apuntado: se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en su propia desinformación o en sus errores ignorando al resto.

En fin, toda una avalancha de información interesante sobre las maneras existentes de generar contenido engañoso y de que una comunidad concreta lo acepte y lo difunda.

Y así ando hoy, entre atareado y cabreado, cuando me he acordado de que las experiencias deportivas sirven también para nuestra vida cotidiana. De la natación en aguas abiertas he aprendido una cosa importante: cuando tienes que nadar y hay mucho oleaje, hay que evitar por todos los medios intentar enfrentarse a la ola dejando que choque contra tu cuerpo (lo único que conseguirás es nadar más despacio o pararte o tragar agua) Si es posible, las olas hay que pasarlas por debajo. Para eso, tienes que ver cómo se acercan, coger un poco de aire y sumergirte hasta que lo agitado pase.

La imagen pertenece a uno de los artículos de la revista y es de Wesley Allsbrook.

Read More

Bianca entra al museo en el turno de mañana. Son las ocho menos cuarto y va pasando por los controles para empleados que van realizando con cierta desgana sus compañeros de seguridad. Se dirige a los vestuarios para ponerse un uniforme que, desde hace un par de meses, le queda mucho más holgado. En el cuello de la camisa le caben ya dos dedos.

Tres compañeras suyas, entre risas, comentan algo de una cena del día anterior, a la que Bianca no fue. Pese a llevar ya nueve meses como vigilante de sala en los Museos Vaticanos, aún no se ha integrado del todo en las rutinas de ocio de todos los que trabajan allí. Mientras sale junto a ellas, antes de llegar a su puesto, se detiene a hablar con Carlo, que está cerca de ella, también en las salas de arte religioso moderno. Carlo siempre está sonriente, aunque hoy tiene cara de no haber dormido bien, o no haber dormido suficiente.

Carlo y Bianca han charlado mucho sobre sus circunstancias a lo largo de las semanas que han compartido en salas colindantes. Se sienten insignificantes, entre obras maestras fabulosas, pero siempre condicionadas a ser un lugar de paso entre Rafael y Miguel Ángel. La Capilla Sixtina parece el destino al que todo turista se abalanza y la prisa solamente se matiza cuando los miembros del safari turístico en el que se han convertido los museos se detienen ante la sencillez, maestría y, por qué no decirlo, ingenuidad de Rafael. A Bianca le gustó mucho cuando Carlo y ella, al acabar la jornada al poco de empezar, le dijo que Rafael le recordaba a los dibujos de Walt Disney.

Bianca no puede evitar recordar su primer gran trabajo, en la galería de Villa Borghese. Después de acabar los estudios universitarios de Historia del Arte y aterrizar como camarera en una trattoria, siempre había querido trabajar en un museo. Cuando vio que las plazas más codiciadas eran poco accesibles para ella y sus circunstancias, Bianca empezó como vigilante de sala y le pareció el paraíso. Todas las mañanas se enfrentaba a la contemplación y al deleite del rapto de Proserpina. Bianca llegó a conocer cada gesto, cada músculo, cada matiz, sorprendida por cómo conseguía el escultor mostrar la delicadeza del muslo hendido por la mano vigorosa. La galería era, en muchos momentos del día, un remanso de paz, solo revuelta en las horas punta o en los meses de avalancha.

Bianca, empujada por su hermano y sus padres, decidió dar el salto a los Museos Vaticanos pensando que cambiaba de dimensión y categoría. Todo salió bien y quedó por encima de otros aspirantes. Cuando la mujer que se hizo por primera vez de estos museos reunió a todos los vigilantes de sala para contarles su nueva filosofía sobre las exposiciones y las obras, Bianca se contagió de su entusiasmo. Recuerda esa charla con cierta nostalgia, todos los trabajadores vigorizados por la arenga y rematando el acto con un sonoro aplauso.

El primer destino fue la Capilla Sixtina, ni más ni menos. Pero Bianca tuvo pocas oportunidades de dialogar con el genio y las pinturas al fresco. Se sentía ridícula dando palmadas (tanto ruido para exigir silencio) y recordando cada medio segundo que estaba prohibido sacar fotografías. Bianca empezó a notar que la capilla la asfixiaba, la exprimía. Que los turistas manaban por la sala e irrumpían de forma salvaje en la delicada vida del arte para mancillarlo con su interesada indiferencia, con sus voces elevadas, esas que Bianca tenía la obligación de sofocar.

Después de algunos cambios, instalaron a Bianca en la zona de obras contemporáneas. En concreto, Bianca cohabitaba desde hace mucho con el estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon. El primer día, no pudo evitar quedarse contemplando al papa retratado para dentro, sintiendo, por un lado, un profundo rechazo y, por otro, una extraña sintonía. Fue un ritual que seguía nada más entrar a la sala.

Después, llegó al vacío. Sin apenas percibirlo, Bianca fue asimilando todas las rutinas. Conoce al dedillo el número de pasos que hay desde su silla hasta la pared del fondo. Hace apuestas sobre sí misma sobre el visitante que se detendrá delante de alguno de los cuadros de la sala y, normalmente, no se equivoca. Contempla los mohínes de extrañeza, de rechazo incluso, que a algunos les provoca la obra de Bacon. Ve cómo farfullan críticas a ese retrato hondo, tan modernamente realista y la indiferencia o el desconocimiento de muchos ante las diferentes gradaciones de lo bello.

Bianca pasó a fijarse en cómo iban vestidos los turistas, cargados de libros, audioguías y planos. O, simplemente, libres de toda carga, ligeros en ese camino que conduce a ninguna parte o a todos los sitios. No puede reprimir inventar historias sobre las vidas de todos los transeúntes, como la historia que, adornada mil veces, se ha convertido en un clásico de las conversaciones entre amigos, la de la señora que acude cada martes por la mañana, contempla y siente el silencio del cuadro de Bacon y llora cada vez que se marcha.

Hace un par de semanas, llegó el momento más triste para Bianca. Se dirigió hacia su puesto, en la silla junto a la ventana, sin alzar ni una sola vez la vista para disfrutar de lo que tanto ama. El tiempo ya no pasa girando sobre las obras de arte, sino sobre el cómputo de mujeres sin pendientes, de hombres con cazadora gris o de ancianos con bastón.

De tanto vigilar que no suceda nada, Bianca ha acabado por vaciar su existencia. En su trabajo y en su vida, ha pasado de sentir placer a sentir nervios, y de sentir nervios a sentir miedo. El miedo que ahora le atenaza la garganta cuando, al acabar la jornada, le entran ganas de llorar.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

Read More

La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

Read More
A %d blogueros les gusta esto: