— Verba Volant

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Ciencias y letras

Cuentagotas

Pues sí, el sarcasmo, esa bonita palabra de avieso significado, esa burla o esa ironía escoltadas por unos adjetivos fieles y políticamente incorrectos (sangrienta, mordaz, cruel) está alojado en el parahipocampo y se accede a él vía resonancia magnética, tal y como ha investigado la doctora Katherine Rankin. Yo no lo sabía, pero rebuscando por ahí me entero de que la etimología del sarcasmo no es menos bella: tiene su origen en una palabra griega que llevaría a pensar que el sarcasmo es algo así como cortar un pedazo de carne de una persona a la que tengamos entre ceja y ceja. Me gusta saber también -reconozco mi sarcástica monstruosidad- que el sarcasmo es todo un compendio de habilidades sociales cogidas por el envés, dado que uno no puede ser sarcástico sin tener un perfecto conocimiento de la manera de dañar a los demás por la vía oral para llegar hasta el vericueto más intrincado del corazón agraviado. Los que somos así no dejamos de serlo por un sereno arrepentimiento moral, sino por encontrarnos en un preocupante proceso de regresión frontotemporal. No deja de ser curioso también que el hipocampo albergue muchas de las más importantes funciones de la memoria episódica y nuestras habilidades espaciales (lo que es equivalente a afirmar que el sarcasmo es menos una intención de palabras que una expresión de los espacios): parecemos pergeñar nuestros dardos verbales con un tinte de reminiscencia malamalísima a golpe de GPS para asestar el golpe de gracia en el más justo centro. O sea que, tal y como dicen los investigadores, nuestra capacidad lingüística se aloja en el hemisferio cerebral izquierdo pero el lenguaje no literal requiere la activa participación del hemisferio derecho. Los sarcasmos serían, por lo tanto, ganchos de izquierda rematados por derechazos directos a la mandíbula. Algunos intentan ser sarcásticos a golpe de manual, pero creo que el sarcasmo es un don de la malvada naturaleza. Y es el hermano mayor de otros grandes aportes de la humanidad: el cinismo y la ironía. No nos miréis mal, gentes de bien: no somos salvajes. Somos, simplemente, divertidamente malos.

 

(Imagen de Caliope)

 

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Ferarios04g

 

Parece que nuestra percepción de la belleza, nos guste o no, tiene un fuerte componente genético. Y empiezan a proliferar los estudios que así lo avalan: el médico Ulrich Renz ha publicado La ciencia de la belleza, la psicóloga Nancy Etcoff lleva muchos años dándole vueltas a estos asuntos (por ejemplo, en su libro Survival of the Prettiest. The Science of Beauty o su estudio La verdad acerca de la belleza) o Victor Johnston, eminente psicobiólogo que mantuvo una interesante entrevista con Eduardo Punset en Redes. El denominador común de muchos de estos estudios es que nuestra percepción de la belleza de los que nos rodean posee un denominador común más o menos universal, fundamentado en la reproducción y en la selección natural. ¿Dónde queda la belleza interior? Parece que en ningún sitio que no sea el de los constructos sociales. Frente a ellos, permanecen indelebles los elementos naturales de la belleza física externa. La belleza física, según Renz, rompe el principio de igualdad entre los seres humanos: el que nace bello parte con una significativa ventaja inicial en su relación amorosa -y social- con los otros. El interés que siempre ha tenido la belleza a lo largo de la historia de la humanidad (con el arte como su reflejo) se palpa de forma manifiesta en la avalancha de nuestro nuevo siglo por intensificarla falsificándola: los nuevos tratamientos quirúrgicos, gimnásticos, protésicos e inyectables se inclinan por la modificación de unos parámetros que nos vienen dados desde el momento de nacer. Las señales biológicas son esenciales en nuestra percepción de la belleza y nos conducen a los hombres a buscar rostros con bajos índices de testosterona y grandes niveles de estrógenos, escondidos en mandíbulas estrechas, labios grandes, pómulos marcados y proporciones matemáticas entre caderas y cintura. Todo ello en vías a la búsqueda de la fertilidad, uno de los parámetros que buscamos genéticamente los hombres tras una mujer bella. En el caso de las mujeres, se buscan inicialmente hombres con indicadores óptimos en su sistema inmunológico, en la búsqueda de un buen individuo con el que mezclar sus genes para que los hijos puedan tener grandes posibilidades de salud y supervivencia. Pero todavía es más curioso que la percepción de la belleza en las mujeres varía según su período de evolución: caras «masculinas» para buscar deslices, aventuras, en los momentos de alta posibilidad de embarazo, rostros más «femeninos», que aportan ternura y confianza en momentos en los que el embarazo es improbable. Por eso la belleza tiene tanta relación en los humanos como el amor: Helen Fisher, antropóloga estadounidense (que también intervino en el programa de Punset; es muy interesante, asimismo, la entrevista que mantuvo con El País), pone de manifiesto todas estas cuestiones en su libro Por qué amamos (Taurus, 2004) y aprecia las sensibles diferencias entre diferentes estadios amorosos porque estas diferentes etapas buscan objetivos distintos, como pueden ser la procreación y la conservación de la especie. Las famosas proporciones del «Hombre de Vitrubio» parecen tener correspondencias en todas las épocas y las culturas, pero también existen índices de estos indicadores equitativos en el resto de la naturaleza. Ahora tan sólo queda estudiar el interés cultural que tiene la transición de la consideración de la belleza a la ponderación de la fealdad (una vez más, Umberto Eco ha tenido la oportunidad teórica de hablar de estos elementos estéticos «opuestos» en libros que quedan separados por unos cuantos años). Va a resultar, al final, que el debate entre Apolo y Dionisio no es una lucha conceptual, filosófica, cultural, sino que hunde sus raíces en lo más íntimo que tenemos los seres humanos. Del desprecio y el «peligro» de los feos a la música de los Sírex, hay sólo un paso.

(La fotografía es de Alberto Ferarios, al que agradezco el permiso para su publicación en este blog)

 

 

 

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LaTeX

Una buena parte de los ansiosos de pasar sus cálculos científicos del cerebro al papel son unos tíos muy precavidos que recurren fielmente al LaTeX. Es lo que tiene poseer una mente analítica. Los de letras, que son muy dispersos (es la palabra que no se atreven a emplear: ellos lo llaman «genio artístico») son más amigos del pimpampún, ras-ras o zaca-zaca. Por las bravas. Se plantan delante del asunto y dicen: «Es que soy alérgico al LaTeX», o «Me gusta más ir a lo primitivo. Es más divertido». Son unos inconscientes: si lo conociesen bien, verían que el LaTeX se ajusta también como la seda a sus atávicas necesidades de juntar, atar y organizar unas cuantas letras.

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