— Verba Volant

Alberico de Montecassino se pasea por el siglo XXI

Buzón

Acaba de salir un libro que promete ser interesante: Enviar. Manual de estilo del correo electrónico, de David Shipley y Wil Schwalbe (Taurus). Aunque, de hecho, la red está inundada de páginas en las que se nos proporcionan reglas para escribir estos documentos. Si hace unos cuantos años se daban por muertos los mensajes escritos en forma de cartas, sus hermanos pequeños (SMS y otros) y los más creciditos emilios (¡qué ingenio tenemos los españoles para crear y adaptar palabras, frente al soso y acomodaticio e-mail!) han recuperado e intensificado la comunicación interpersonal escrita, aunque sea por medio de otros cauces, con otros estilos y con diferentes variantes. La belleza de la carta manuscrita, el arte de escribir pausadamente las señas y el remite en el sobre y el ritual del pegado de sello casi han desaparecido, pero las palabras son palabras, aunque escondan detrás unos y ceros. Parafraseando a Quevedo, diríamos que serán unos y ceros, pero con sentido. El arte de escribir cartas era muy conocido por los retóricos medievales. Tanto, que originó un género denominado artes dictaminis o ars dictandi. Por razones profesionales, he tenido que meterme entre pecho y espalda (y no ha sido, a la postre, tanto una obligación como una tarea gozosa) las teorizaciones de muchos de estos tratados escritos en latín. Y Alberico de Montecassino, en el siglo XII, es el maestro que nos enseñó las partes de composición de una carta, las formas de comenzar a escribirla, las reglas que rigen los saludos y las despedidas, las mejores maneras de llegar hacia el lector de nuestras misivas… Como para todo en este mundo, hay que tener arte. Y nuestras comunicaciones por correo electrónico deberían de suplir el cuidado en los trazos por las letras por el cuidado de formas, tiempos y modos. No invadir nuestros buzones, elegir bien los destinatarios. Y apretar las teclas con mucho amor. Quizás, así, nos salgan mensajes más bellos.

(A título de anécdota curiosa, os comentaré que mi familia regentaba la librería de la Sociedad General Española de Librería en Burgos. Se encontraba en la calle Laín Calvo y hasta hace muy pocos años el cartel primitivo se adivinaba tras otro letrero más nuevo de una tienda ahora desaparecida. Decía mi padre que muchos soldados que estaban haciendo la mili en nuestra ciudad, casi analfabetos, se acercaban timoratos al mostrador preguntándole si tenían libros con modelos para escribir cartas. Mi padre, en vez de venderles el librito de turno (los había) y sacarse unas perras, cogía un papel, humedecía el lápiz con la lengua y, con sonrisa cómplice, le preguntaba: “A ver, ¿cómo se llama tu novia?” Y luego, tras el esbozo de gesto de agradecimiento del muchacho le decía: “No te preocupes. Ya verás, seguro que también ella te quiere. Y seguro que ella también te echa de menos”. Nunca repetía una carta. Siempre escribía unas líneas originales para los mismos sentimientos.Y es que las fórmulas, a veces, son el papel carbón de nuestro corazón.)

(Imagen de kiknok)

2 comments
  1. labea says: abril 7, 200810:19 pm

    ¡Qué final tan bonito!

    ¡me ha puesto tierna!

    ^^

  2. Bipolar says: abril 8, 20081:27 am

    Oculto en esta tienda había un Emir

    Tenía un cofre con monedas de oro

    Cada moneda pesaba como el corazón de un hombre.

    El emir siempre regalaba una moneda a quién más lo necesitaba.

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