— Verba Volant

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Tag "Fotos que no existen"

La imagen es un picado total y violento, angulado. Una fotografía de esas en las que el blanco y negro se agradece, algo granulado. Espeso. Ha tenido que tomarse, forzosamente, desde una escalera. Una mujer inunda el plano. Tiene los brazos totalmente estirados y las palmas abiertas. Sonríe inundada por la alegría. Lo que sorprende en esta imagen, tan preparada, es su total espontaneidad. La sonrisa parece franca, sin rictus extremos ni exagerados. Los labios, algo carnosos, y los dientes acaparan el centro del enfoque, ya que esos brazos estirados a los que hemos hecho mención sólo sirven para subrayar esa franqueza y mitigar parcialmente la verticalidad. La mujer exhibe todas sus virtudes en un todo parcelado de pequeñas impefecciones que la hacen más atractiva. El objetivo  ha captado una piel con poros abundantes que un maquillaje hubiera eliminado, pero que también le hubiera restado fuerza. El contorno de los ojos alberga algunos pliegues oscuros que no proceden de edad, sino de una preocupación latente que contrarresta la sonrisa. La nariz aloja unas pecas diminutas que recuerdan una infancia llena de tratadas. La imagen refleja un rostro transido por las experiencias y, pese a todo, triunfante de optimismo. Lleva un jersey de cuello alto acompañado de una larguísima bufanda de punto que se difumina en el fondo. Su mirada directa hacia la cámara refuerza el halo de sinceridad, como si nada pudiera esconderse en esta imagen y, por lo tanto, ésta no tuviese un antes ni un después.

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Es una chica que, pese a su insultante juventud, parece mayor. Se muestra en escorzo, en una diagonal que va desde su cadera hasta su rostro. Llama la atención su carpeta, abrazada al cuerpo con ambas manos, que recibe una luz privilegiada y en la que aparecen dibujados dos niños pequeños, niño y niña de perfil, ella ofreciéndole una manzana, único objeto en color de la ilustración. La chica es muy mona, con unas facciones muy agradables aunque endurecidas por el baño de color negro de su pelo. Esboza una sonrisa a medias, pero no es una sonrisa forzada. Parece el gesto de una persona inteligente, que sabe ver más allá de la cámara que la enfoca. Lleva un pirsin en la aleta izquierda de la nariz que no resulta demasiado extravagante. Sus ojos son oscuros, almendrados y con un brillo algo apagado por el día, muy nuboso, espeso. Como fondo, unos árboles en la escala multicolor del otoño. Cuando se contempla atentamente, la fotografía produce una sensación extraña, difícil de definir. Se diría que el tiempo, anclado en ella, es mucho más espeso que en las fotografías convencionales. Sin duda, la persona que ha realizado el retrato tiene talento, porque ha sabido acercarse lo justo para no utilizar el zoom y no desvirtuarlo con la mentira de un falso acercamiento. Cuando dejamos de mirar la foto, su mirada nos persigue.

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La imagen es un plano general. Por la luz, parece tomada en los momentos previos al declive del día. En el parque, o paseo, o conjunto ajardinado más o menos salvajemente se pueden apreciar perfectamente las leyes de fuga, con un punto final desdibujado por la distancia. En el tercio superior y entre esas líneas, un hombre. Tiene unos pantalones demasiado anchos, un jersey con las mangas demasiado largas. Todo apunta a la pista de la ropa obtenida en un contenedor, en un centro de caridad. El hombre, al que sólo vemos de espaldas, tiene la espalda ligeramente encorvada. En su mano derecha, arrastra una maleta de cuadros ayudado por una correa. La maleta parece trastabillearse hacia la derecha, casi a punto de zozobrar, pese a que el hombre intenta dominarla con pulso firme. Por lo que nos deja ver la fotografía, el hombre avanza a tientas, en algún punto entre la nada y el infinito.

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La «noche americana». Para nuestro gusto, el flash que expone en demasía el retrato. Sobre un fondo negro, un hombre y una mujer emulan a la Marilyn Monroe del Play Boy de 1953. El trabajo fotográfico previo parece que ha sido intenso. Se cambia el rojo de la foto original por un negro que hace resaltar los cuerpos con el foco amerillo. La posición de los modelos ha sido estudiada también con el máximo detalle. En lo que sin duda es un efecto deliberado de analogía –o de contraste–, es el hombre el que ocupa la posición exacta de Marilyn. Como decimos, sorprende el cuidado milimétrico de la postura. La mujer hace lo propio a la inversa, en una especie de figura del yin y el yang. El efecto es especialmente fuerte, porque el hombre es muy moreno y su compañera pálida en extremo.

El conjunto sería armónico si no fuese por la depilación de la mujer, que brilla por su ausencia y por la tripa inconmensurable del hombre, que parece reventar. Sin embargo, esto no parece ser óbice para que los modelos se sientan a gusto en su papel. Sin duda, son unos profesionales. La foto carece de cualquier marca o indicio que nos ayude para una explicación ulterior Sólo las iniciales Y. F. A., estampadas en un sello azul al dorso, entresacan el trabajo de su anonimato.

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Son dos niñas más bien pequeñas. De unos cinco años la mayor y tres la menor. Están en una playa, en blanco y negro. En un blanco y negro real, no digitalizado, de cuando las fotografías se revelaban en tamaño casi diminuto y los bordes eran ondulados, como los sellos. No se distingue mucho del fondo: un mar algo picado, con una ola espumosa acercándose a la orilla; una mujer anciana a la derecha, con una falda enrollada en sus piernas y visitando cautelosamente el secreto de las aguas.

La niña que ronda los cinco años está en bañador, un gracioso conjunto de una pieza con un tirante muy estirado y el otro a punto de descolgarse por el hombro. Mantiene muy fija la vista en la cámara. Por el tipo de instantánea, seguro que su padre anda por detrás diciendo alguna tontería mientras se agacha para realizar un buen encuadre. Tiene una mirada triste y el pelo alborotado por los desórdenes del viento, el agua y la sal. La niña pequeña parece su hermanita. Existe un parecido innegable, un corte de cara ligeramente ovalado, una boca con labios muy delgados. Un aire de familia, en definitiva. Esta niña tiene un vestido sin mangas y corto. Su rodilla izquierda está llena de arena, lo mismo que sus pantorrillas. Las manos están alojadas en unos bolsillos diminutos. Para tener estiradas las manos –un rasgo seguro de timidez–, los hombros se mantienen en una postura irreal, demasiado articulados hacia delante y con el cuerpo balanceado hacia la cámara. La niña pequeña mira fijamente a un punto superior y más alejado de la cámara. Parece que se extraña de algo.

Un día de juegos, un día de playa en los alegres días de infancia. Un día que no se recuerda en concreto más que cuando se visita el álbum de fotos un día cualquiera de los restantes momentos de su vida.

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Son cinco varones, sacados de perfil. Si cada uno de ellos tuviese las manos apoyadas en los hombros de su predecesor, parecería una conga. Es una foto con guiños cinematográficos, pero no tenemos el contexto para adivinar las seguras referencias. Decimos lo de los guiños cinematográficos porque tres de los figurantes, el primero, el tercero y el quinto, llevan, a modo de cartera, unos carteles de cine enmarcados. El primero (la fila empieza desde nuestra derecha) porta Al final de la escapada. Lleva el affiche en su original francés, À bout de souflle, del que sólo se ve nítadamente al joven con la pistola en la mano y algunas letras del título. Su compañero señala el cartel. Se da un aire a Enrique Pérez Vergara, el Fliply de El hormiguero, con sus gafas gruesas de pasta y su cara, con aire gamberro y tontorrón. El tercero es el más bajito de todos. Tiene la cara regordeta, aunque no se puede decir que sea obeso. Una cerrada sombra, que anuncia lo que podría ser una barba cerrada al cabo de unos pocos días, compensa el pelo que no ronda su cabeza. Lleva en su mano izquierda, al fondo de la fotografía, una pistola de juguete y le ha tocado una reproducción de La costilla de Adán. Se distinguen muy claramente los rostros dándose la espalda de Tracy y Hepburn, aunque al primero le cubra algo el rostro la mano del colega de la mitad de la fila. El cuarto es el más ortopédico de todos. Mantiene un difícil equilibrio en unos pies que marcan, por lo menos, las dos y diez. Intenta ser elegante, con una camisa muy arregladita y un pelo demasiado trabajado. La sonrisa es más de cara a la galería que la de alguien que se lo está pasando bien, como pensando a ver cuándo coño se acaba esto. El último lleva el marco con la foto del cartel en posición vertical: Con la muerte en los talones, que pinta a un Cary Grant perseguido por la avioneta, pero sin mezclar la preocupación con esa dignidad y elegancia que le caracteriza. Este personaje, el último de la fila, hace un gesto, mirando hacia atrás, como si la fila, interrumpida en la instantánea, tuviese algún atisbo de continuidad.

Los personajes de la fotografía rondan los cuarenta años, aunque la vida los ha tratado a todos con una justicia repartida de manera desigual. En cualquier caso, todos tienen en su mirada el brillo de lo que fueron, sin duda, tiempos mejores, pero sus ademanes frente a la cámara también muestran el símbolo de una esperanza que nunca llega. Como hemos dicho antes, si conociésemos todas las claves sabríamos, quizá, algo del fondo de sus vidas.

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Él pone un gesto ambivalente, como si estuviese a medio camino entre asombrado y sorprendido. Estira mucho las mejillas, tensas entre una barbilla –casi quijada– culpable de esa boca inmensamente abierta. Sujeta entre sus manos un letrero, con el que apunta a su compañera. El cartelito reza, simplemente, «Tengo que decirte algo». La mujer que está a su lado tiene unos auriculares Sony embutidos a ambos lados de la cabeza, un poco torcidos. Tuerce el morro hacia un lado. Por casualidad o causalidades de la vida, el morro está torcido hacia el lado contrario al de su amigo. Es una mueca graciosa, nada grotesca. El rostro pálido de la mujer quita aspereza a esa tensión. Se nota que la fotografía está sacada en un momento de descuido, en la antesala de lo que podría ser una fotografía preparada concienzudamente. En ese momento, se ve a la mujer esbozando el gesto de llevarse un dedo hacia la mitad de la boca, en el lugar exacto donde deberían estar los labios si permaneciesen encajados, en su sitio. Ahí, en esa imagen, están todas las respuestas.

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Iniciamos hoy una nueva serie en Verba volant: será el «Catálogo de fotos que no existen», un conjunto de instantáneas que, juntas o por separado, compondrán un álbum de nuestra inexistente memoria de futuro. Por razones obvias y contradictorias –como la realidad misma–, estas entradas no tendrán acompañamiento gráfico. Al menos, no de momento.

La fotografía tiene como fondo un día en el que la bruma empaña el desierto. Dos cabezas, una masculina y otra femenina, angulan sus cuellos hasta darse la una con la otra dulcemente. Se nota la tensión en sus rostros. Es la tensión lógica de intentar ser natural ante la posteridad, agravada por el hecho de que el personaje de la derecha tiene el brazo izquierdo tenso, dado que es el el autor de ese retrato. El intento de captar los rostros enmarcados en una bella ciudad de color amarillento se ha conseguido sólo a medias. La torre del fondo, principal motivo argumental del entorno, ha quedado cortada y ligeramente descolocada. Tampoco se ha podido captar el trajín de las calles. Unas palabras aparecen impresas sobre la foto: «Hay tantos lugares que visitar…». Parece una declaración de principios hecha realidad. Un sueño que ya no lo es, porque los cuerpos son capaces de viajar hacia el oasis de sus existencias a poco que los motores de un avión se lo propongan.

Pese a todo, el conjunto entre la frase y la instantánea es armónico. Las caras, fuera de esa tensión explicable por las circunstancias de la toma, muestran un indudable deseo de estar ahí, de disfrutar de lo que ha quedado en sus vidas. A la derecha de esa fotografía, de hecho, encontramos los rostros tan sólo unas décimas de segundos después, captadas por un disparo ultrarrápido. La sonrisa era más sincera y la curvatura de los músculos faciales menos abotargada. Parecían felices. Al menos, todo lo feliz que unos seres pueden serlo durante unas fracciones de segundo.

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