Piedras

Hoy la cosa va de piedras y de canciones. Ayer me vino una de esas cuestas abajo interminables en las que ves el fondo del abismo como única respuesta. Frente a lo que suelo hacer otros días, no tuve fuerzas para remontar el vuelo. Me cobijé entre la manta del sofá del salón, presto a que unos momentos de televisión acompasasen mi desazón. Era uno de esos días en los que procuras la mirada alelada frente a una imagen que ves desde muy lejos, en un punto lejano entre el vacío y la nada. Conseguí mantenerme falsamente acompañado por el calor de mi cuerpo en posición casi fetal, pero los minutos pasaban como si no fueran los últimos. Eran los últimos minutos desesperantes pero imprescindibles. Eran unos minutos que no volverían a visitarme. Me hubiera gustado remontar el vuelo. Puestos a pensar, pensé en piedras.

Pensaba en las piedras en el camino e intenté ver el lado positivo. Tropiezas con una piedra en el camino, ves que tu destino es rodar y rodar e, inevitablemente, me entró la euforia de «El arriero» de Ángel Herminio Santos. Respiro hondo, falsamente eufórico: sigo siendo el rey. Después sigue la cuesta abajo. Interminable. La cuesta ajao en la que ves el fondo del abismo como única respuesta. Y piensas en los cantos rodados. Y te das cuenta de que Bob Dylan, una vez más, tiene razón. Amén.

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