Vivir en la realidad. Pensarla. ¿Y vivirla?

– Tan solo pensé que quizás podríamos pasar un rato aquí afuera  y no pensar en la realidad por un tiempo.

– Llévame a casa.

–  ¿Por qué?

– Porque estoy harta de ver lo egoísta que eres. Nunca piensas en la realidad.  Pero yo vivo en el mundo real donde necesito un maldito padre.  Estás tan orgulloso por ser un padre guay.  Pues, mira a dónde coño te ha llevado.  ¿Sabes que a veces rezo, papá? ¿Sabes lo que más deseo?  Que un día me despierto y te has vuelto totalmente aburrido.  El tipo de padre que se levanta cada mañana, se pone traje y corbata, se va a una aburrida oficina,  regresa a casa a las 5:30 exactamente,   bebe algo, y pasa un rato con su jodida familia. ¿Tan difícil hubiera sido eso para ti, papá,   ¿solo ser como todo el mundo?

(Diálogo entre Hank y su hija Becca en el capítulo undécimo de la cuarta temporada de Californication, esa comedia que nos demuestra que le mundo es más real de lo que parece.)

 

Porque el deseo de todo el mundo es no pensar en la realidad de los mundos reales. Porque la vida es una cosa demasiado seria como para tomársela como tal (y viceversa). Porque nadie le dio a un padre el manual de instrucciones. Porque nos resistimos a crecer, nos resistimos a las formalidades. Porque lo difícil de la vida es demasiado fácil. Porque quizá nadie fue nunca como los demás. Porque una cosa es vivir en la realidad, otra diferente es pensarla y otra, más irreconciliablemente diferente todavía, es vivir la realidad. Porque la realidad no es, en el fondo, sino un estanque donde nadan los sueños rotos.

(Imagen de 535).

 

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