— Verba Volant

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Fotografía

La imagen encuadra a una pareja que descansa durmiendo sobre el césped. En seguida, los detalles revelan alguna cuestión del contexto en el que, seguramente, se produce. Están tumbados boca abajo, en una contorsión casi imposible producto de los movimientos inconscientes de la noche. El brazo de él descansa de forma relajada sobre el homóplato de ella, que mantiene el que tiene visible doblado en un ángulo extraño. Ella tiene por encima algo parecido a un forro polar y él lleva un jersey muy sucio lleno de briznas de hierba. Muy cerca de sus cabezas, tres latas grandes de cerveza y un brick de vino barato. Un poco más lejos, un poco de papel de aluminio en el que se adivinan los restos de un bocadillo de embutido.

La fotografía desvela un equilibrio contradictorio entre la tensión de dos cuerpos agotados por el exceso y la paz del sueño al fin sobrevenido. Por la luz podemos deducir que no está amaneciendo y que la pareja, por lo tanto, prolonga su descanso. En suma, esta imagen no tendría nada de extraordinario, nada reseñable más allá de lo comentado a no ser por un detalle. En la esquina inferior derecha, casi totalmente fuera del encuadre, se aprecia un calzado (parece una bota de tipo militar) y parte de la pierna de una persona que contempla la imagen.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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A primera vista, es una fotografía típica de una boda. Una más: un grupo de personas organizadas de forma más o menos jerárquica en torno a los novios. Sin embargo, a nada que observemos con algo más de detenimiento, es una muestra de que el instante que capta una imagen fotográfica, que algunas veces es tan inexacto y tramposo, se desvela en otras ocasiones como todo un ejemplo de que el momento congelado es el que recoge la realidad auténtica.

Un par de niños, en la parte baja, se tiran de las mangas de unas camisas demasiado peripuestas. En la parte izquierda, tres personas más o menos jóvenes que, por lo que parece, son hermanos de él o de ella, posan con una postura artificial, engolada, hierática. En la parte derecha, dos personas sonríen con una gran alegría que, sin duda, tiene procedencia en un chiste, en una chorrada que les hace parecer lo que, sin duda, son: poco convencionales y ajenos a todo este sarao. Los padres de ella y él –no sabemos exactamente quién es de quién– son de lo más dispar. Una de las madres permanece triste, con la mirada perdida; la otra, mantiene un gesto engolado y autosuficiente. Entre los padres, el del traje cruzado mira a la camara y su expresión viene a preguntar un qué-hago-yo-aquí, mientras que el otro ha sido pillado por el fotógrafo haciendo un gesto estirando la mandíbula hacia arriba. Ella mira directamente a la cámara, con unos morritos que, más que sensuales o circunstanciales, son víctimas de no saber muy bien qué hacer. Y él aparece encajado entre toda la gente, con la impresión de que no cabe en la foto. Con los hombros encogidos, intentando hacerse un sitio. Y, lo más llamativo, con la vista en el horizonte.

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 Estamos ante un retrato sin muchas pretensiones artísticas. La protagonista es una mujer joven –si entendemos por mujer joven a la que ronda los 35–. Decimos que es un retrato porque pretende serlo, pero es la típica fotografía realizada por un aficionado, con el sujeto demasiado lejos (le sobra espacio alrededor de la figura por todas partes) y con motivos en el fondo totalmente perceptibles. Pese a todas estas deficiencias técnicas, el que mira la imagen se queda inmediatamente prendado de ella. Queremos decir que se queda prendado de la fotografía porque se queda prendado de ella, de la mujer y viceversa (en esto del arte, todo son paradojas). Esta atracción no ha de tomarse como algo exclusivamente masculino. La fotografía ha sido vista por personas de ambos sexos y casi todos coincidieron en esa percepción.

Ella está abrigada con una cazadora marrón en la que se ve, por detrás, una amplia capucha con bordes que imitan los de un abrigo de piel. Mantiene las manos dentro de esta especie de chaquetón en unos bolsos intermedios que se encuentran un poco más abajo del pecho. Es evidente que tiene frío: la cazadora no parece tener la cremallera subida, pero ella junta las manos con fuerza para cerrarla en un ademán compulsivo que la proteja de las inclemencias exteriores. Su cara es sorprendentemente blanca, incluso para tener el pelo relativamente claro. En una mirada rápida, no se sabe si la palidez procede de que la fotografía esté algo quemada o que ella sea inusualmente blanca. Mantiene la cabeza algo inclinada y el fotógrafo consigue así, sin quererlo, que esa sea una de las diagonales, la que llena más espacio con su figura. La nariz es ligeramente aguileña, en lo que se puede apreciar, y tiene una sonrisa que mezcla la timidez, la tensión y la inocencia a partes iguales, pero extrañamente inexactas. Su mirada no se dirige, como suele ser habitual, a la cámara, sino que alza los ojos hacia un punto ligeramente superior al fotógrafo. No es una mirada hacia un pretendido horizonte ni una ridícula impostura de vistazo hacia el cielo. Simplemente, mantiene su vista en algo que capta su atención y que nosotros ignoraremos siempre.

(Esta entrada forma parte de la serie Catálogo de fotos que no existen.)

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Lo primero que llama nuestra atención, al ver la imagen, es la duda: a simple vista, no puede saberse si se trata de una fotografía o de una pintura hiperrealista. El primer impulso, acostumbrado ya al asombro ante el detalle del que son capaces algunos pintores, es pensar que es la imagen de una pintura. Pero no. Un análisis más detenido me lleva a la certeza de que es una fotografía. En este caso concreto, me parece mucho más difícil reflejar el contenido por medio de una cámara de fotos que utilizando el pincel.

Una vez resuelta la duda, paso a la inquietud. ¿Cómo es posible sacar una fotografía como esta? La imagen refleja, ni más ni menos, la habitación de Las Meninas. Ahora puede entenderse la duda inicial, pues son muchas las variantes pictóricas sobre el cuadro de Velázquez; pero, en una foto, la cosa cambia. Lo que más llama la atención es la ausencia de personajes. La escena es un decorado perfecto. La curiosidad me lleva al ordenador para ver el original y contrastar que el fotógrafo, de modo deslumbrante, ha reproducido hasta el más mínimo detalle. Le ha tenido que llevar semanas ajustar el estudio con todos los detalles: puertas, espejos, ventanas, lienzo, suelo, lámpara… Incluso ha sabido reproducir, seguramente con focos magistralmente dispuestos, los ángulos de la luz sobre los objetos. Al no haber personajes, están ausentes las sombras. Me paso el día volviendo a coger la fotografía intentando jugar a ver las diferencias, pero no las encuentro. Obviamente, los contornos de los objetos son más duros, pero todo lo demás permanece exacto al cuadro original.

La ausencia de personajes es total: tampoco aparecen los reyes en el espejo, ni los cuadros superiores tienen figuras. No puedo evitar sentir desasosiego ante la materialidad total, la perfecta captación de la vida ausente. Podría parecer, en una primera visión apresurada, que el artista ha querido quitar toda figura (humana y animal) para plasmar el paso del tiempo, pero la escena permanece limpia, no está atravesada por el deseo de visión contrastiva entre el pasado y el futuro.

No obstante, creo que se me escapa algo, que la fotografía me supera y me traspasa. Por último, cuando ya creo que había agotado mis posibilidades de análisis, acabo cayendo en el último detalle, quizás el más trascendental, el que se procesa de forma inconsciente pero que se escapa a la observación. A la fotografía le falta el aire.

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Esta foto se muestra especial esquiva para un análisis objetivo, en la medida que un comentario de un ser humano pueda serlo. La dificultad proviene no tanto de la foto, del género, de la técnica, sino del contenido. La imagen se presenta con algunas deficiencias técnicas que, lejos de menoscabar su valía, la aumenta. Se trata de un robado, la imagen de un hombre avanzando por la calle. Decíamos que las carencias técnicas se disculpan porque importa mucho más el instante, la pose, las maneras. Incluso el ligero desenfoque y la salida de cuadro acrecientan la sensación de prisa, tanto en el movimiento del protagonista como de aquel que se arriesgó a captar el instante. El fondo evidencia una foto tomada en la actualidad. Se percibe por el modelo de coche que aparece a la izquierda. No obstante, es una foto que, por su blanco y negro sucio y poco realzado en sus contrastes, parece mucho más antigua. En estos tiempos de retoques mágicos es difícil apostar, es aventurado arriesgarse, pero estamos por afirmar que se tomó con un cámara analógica y que la necesidad imperiosa de realizar el disparo en ese momento, y no en otro, impidió el ajuste de todos los parámetros. Decíamos que el protagonista es un hombre que avanza hacia la cámara, que parece encontrarse a unos tres metros a la derecha de nosotros, que la contemplamos. Una de las cosas que más sorprende es el avance iracundo de su pierna izquierda, en un paso decidido e implacable hacia delante. De hecho, la pierna derecha aparece casi descompuesta, artificial. El hombre viste una especie de gabardina que permanece abierta, adivinando un aleteo proveniente del impulso. Las manos permanecen en los bolsillos y los codos ligeramente salidos. La mirada desconcierta. Es una mirada dura, contextualizada por un gesto hosco, con la boca cerrada hasta hacerse mínima, ligeramente contraída hacia un lado. La mirada, decíamos, desconcierta porque los ojos del hombre están mirando directamente a cámara. No sabemos si se ha visto sorprendido y ha descubierto al que ha intentado invadir su intimidad o, simplemente, el barrido de su mirada ha coincidido con el momento del disparo. Para la suerte del fotógrafo, deseamos que haya sido lo segundo. La apariencia del hombre da a entender que, en el caso de haberse sentido acosado, la fortuna del carrete, de la cámara o incluso del artista (ignoramos si profesional o improvisad) hubiesen corrido serio peligro. La mirada transmite tal determinación aderezada con odio que, segundos después de abandonar la contemplación de la imagen, permanece grabada con dureza en nuestro recuerdo.

Decíamos que la foto escapaba al análisis objetivo. En efecto, el hombre que aparece en esta fotografía soy yo mismo, su analista. Y el hombre de la fotografía viste una gabardina que yo nunca he tenido y pasea por una ciudad que tampoco reconozco. Días después de mirarla y mirarla, todavía sigo haciendo preguntas. Todavía sigo buscando respuestas.

Pet Shop Boys - Fugitive

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Más que de una fotografía, se trata de una composición, casi un collage. El soporte es un cartón en formato folio, de esos que antes se usaban para escribir en los colegios. Tiene las esquinas levantadas y, en alguno de los bordes, tiene alguna merma de capas. Es inevitable pensar que tiene ya muchos años pero, pese a los lustros acumulados, está solamente manchado por el paso del polvo y de los meses transcurridos uno a uno durante un largo intervalo. Las manchas y los poros evidencian una calidad mejorable. Sobre el cartón, varias fotografías de tamaño muy pequeño, pero no todas de carnet, con bordes irregulares. La fijación de alguna de ellas al cartón es deficiente y, a poco que uno se descuide, acaban despegándose y dejando los restos de un papel adhesivo ya reseco y carente de su función inicial. Cuando se caen algunas de esas fotos, se ve que hay cosas escritas al dorso (fechas, nombres, lugares, pequeñas impresiones). La caligrafía es siempre la misma, angulosa pero elegante, propia de etapas en las que se obligaba a escribir de forma elegante. Inequívocamente, se trata del trazo de una pluma: los trazos más gruesos según el ángulo de escritura, los desvaríos de la tinta obstinada en extenderse por los puntos de las íes. Habrá unas siete fotos en el cartón, todas de personas mirando a la cámara. El tono predominante es sepia, matizado y graduado en escalas. Una cosa llama la atención por encima de todas: los rostros, los movimientos intuidos, los gestos adivinados, carecen totalmente de alma. Instalados en algún momento del pasado, las personas parecen adivinar que van a ser contempladas desde un callejón del tiempo en el que ya no estarán presentes. De alguna manera, se adivinan abocadas al destino de la muerte.

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Si algo destaca de la fotografía a primera vista, desde lejos, es un fuerte e intenso colorido. Apasaida (y –todo hay que decirlo– ligeramente descuadrada), un niño de unos tres años y un árbol de Navidad. El niño, a la izquierda, está ligeramente inclinado, en una posición que se nota esforzada, delante del abeto, adornado esencialmente con bolas plateadas y rojas, cintas de tela que rezuman elegancia y que giran en espiral hasta la copa, coronada por la inevitable estella. Lo que más destaca en torno a este árbol, sin embargo, es una iluminación discreta pero omnipresente. Se nota que el que ha preparado el árbol tiene un gusto selecto: utiliza las luces como apoyo cromático y lumínico, pero no usando un criterio de ostentación.

La gracia de la fotografía reside en que el niño, que parece recién llegado a casa y con la cazadora, el gorro y los guantes todavía puestos (el calor rezuma de sus mofletes) está inclinado cerca de una de esas luces discretas. El niño tiene los encarnados carrillos hinchados intentando, persistente e inutilmente (parece que la fotografía está tomada tras unos instantes de esfuerzo perseverante) apagar una preciosa bombilla, ligeramente alargada en forma de estalagmita. En la deriva de ese ingenuo egoísmo infantil, el crío, el crío ha pensado que todas las celebraciones son fiestas de cumpleaños.

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Una playa y un día nublado. Una mujer. El plano es perfecto: un contrapicado angulado, tomado necesariamente desde el agua. La línea del horizonte queda tan alta que, detrás de la mujer, sólo se contempla la arena, un fondo de toldos y sombrillas desenfocados y, ya muy arriba, un cielo encapotado. Se nos olvidaba decir que la instantánea luce un blanco y negro violento y granulado. La mujer viste un traje de baño negro muy cerrado, propio más de una nadadora que de una bañista ocasional y, sorprende, sobre todo, por su postura: está totalmente erguida, con los brazos pegados al cuerpo y ligeramente de puntillas, exactamente como si se dispusiese a saltar en el trampolín más que a meterse en el agua corriendo por la arena. Mantiene la cabeza ligeramente levantada y parece haber cogido todo el aire que pueden almacenar sus pulmones. A su lado, en el suelo, unas chanclas y un albornoz.

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Es una imagen en un primer plano demasiado cercano y, por lo tanto, poco misericordioso. Una mujer que abandonó la juventud hace unos años mira a la cámara desde un blanco y negro que representa el paso del tiempo en toda su crudeza. El efecto, al parecer, es buscado por el artista, que se ceba en las patas de gallo, en las bolsas de los ojos y en las minúsculas pero perceptibles laceraciones del tiempo en el labio superior. La mirada, sin embargo, no es una mirada dura: en los ojos de esa mujer parece que la vida es contemplada no desde la contundencia, sino desde el miedo. Pese a todo, parece una mujer bella o que, al menos, ha retenido parcelas de unos tiempos más condescendientes. Pese al monocromatismo de la escala de grises extrema, pese a la pelusilla que adorna las patillas, pese a unas cejas en las que la pinza debería sobreabundar, la mujer, con su miedo, desafía de manera poco agresiva al espectador, que se siente como un intruso inmerso en una historia, en una vida, que no conoce. De hecho, la mirada, parece traspasar al que lo contempla como si fuese transparente. El brillo de los ojos nos regurgita con su inquietud, pero también con una demostración de que, en el fondo, no es una mujer a la que le domine el miedo, sino una mujer que sabe que el miedo existe; una mujer que nos ilumina con su conocimiento, para que sepamos lo que nos aguarda a todos a la vuelta de la esquina.

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La imagen es un picado total y violento, angulado. Una fotografía de esas en las que el blanco y negro se agradece, algo granulado. Espeso. Ha tenido que tomarse, forzosamente, desde una escalera. Una mujer inunda el plano. Tiene los brazos totalmente estirados y las palmas abiertas. Sonríe inundada por la alegría. Lo que sorprende en esta imagen, tan preparada, es su total espontaneidad. La sonrisa parece franca, sin rictus extremos ni exagerados. Los labios, algo carnosos, y los dientes acaparan el centro del enfoque, ya que esos brazos estirados a los que hemos hecho mención sólo sirven para subrayar esa franqueza y mitigar parcialmente la verticalidad. La mujer exhibe todas sus virtudes en un todo parcelado de pequeñas impefecciones que la hacen más atractiva. El objetivo  ha captado una piel con poros abundantes que un maquillaje hubiera eliminado, pero que también le hubiera restado fuerza. El contorno de los ojos alberga algunos pliegues oscuros que no proceden de edad, sino de una preocupación latente que contrarresta la sonrisa. La nariz aloja unas pecas diminutas que recuerdan una infancia llena de tratadas. La imagen refleja un rostro transido por las experiencias y, pese a todo, triunfante de optimismo. Lleva un jersey de cuello alto acompañado de una larguísima bufanda de punto que se difumina en el fondo. Su mirada directa hacia la cámara refuerza el halo de sinceridad, como si nada pudiera esconderse en esta imagen y, por lo tanto, ésta no tuviese un antes ni un después.

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