Sísifo y el sedimento

Ahí tenemos a Sísifo, ingenioso, ambicioso, arrogante, manipulador, resistente. Valiente o temerario, según se mire. Y rebelde.

Ahí tenemos su condena, la tarea eterna de empujar esa enorme piedra hasta la cima de una montaña para que, a punto de llegar a la cima, esa roca caiga de nuevo hasta el valle. Y vuelta a empezar.

No sabemos si es una condena de los dioses, si es una manera de ver en una roca el objeto de nuestro deseo (o de nuestra felicidad o de nuestro destino), si es una puñetera alienación desglosada en la rutina, si es una manera de asistir a nuestra propia insatisfacción. O la misma vida observada desde el ángulo más probable: el absurdo.

Sísifo es imbécil, sometido a la rutina, a la obligación que se repite una y otra vez. Sísifo es perseverante, aunque sepa que su esfuerzo no sirve de nada. Sísifo es un iluso al pensar que seguir y seguir y seguir empujando la roca ya es un destino en sí mismo.

Quizás Sísifo es el cuento de nunca acabar, en el que siempre surge algo nuevo: la vida, por ejemplo (que se lo pregunten a Sherezade). Puede que Sísifo piense en el esfuerzo constante y permanente, más que en el resultado.

Pero lo que nadie sabe (yo lo sé porque Sísifo me lo ha contado) es el beneficio: en el ir y venir de la piedra, se adhieran partículas. La piedra pesa demasiado, piensan los demás. El sedimento acumulado me aporta, cada vez, algo nuevo, piensa Sífico.

Y Sísifo dramatiza con su sufrimiento para darnos pena, pero, en su interior, sonríe. Las paso canutas, pero cada vez soy más rico.

Imangen: While Sisyphus Slept, de James W Johnson.

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