Esto es un diálogo, pero también una narración y una descripción y un manifiesto y una declaración de principios y una carta ética para navegar por el mundo y un dislate y un hasta el infinito y un hasta más allá.
Ella dice que no le gusta la fruta y el dice que él no habla de política. Ella le dice que, de hecho, habla permanentemente de política, pero que no se refiere a nada que no sea que le guste la fruta. Sin más. Él no entiende que no le guste la fruta y le rebate. Hace un calor infernal ahora en una ciudad de provincias que presume de su frío hasta en las mañanas de verano, hasta las tardes en las que sopla un viento que motiva la desbandada de las terrazas, de los bañistas en las piscinas y de los pájaros que emigran hacia donde volaron las golondrinas. El cielo se puebla ahora de avionetas de vuelos en prácticas que suenan y resuenan, que revolotean en círculos de alejamiento y de aproximación. Pero decíamos que él rebate su no-gusto por la fruta. Lo hace, como siempre, desde sus presupuestos y sus principios ortoréxicos. Y ella dice que come lo que le da la gana y, sobre todo, lo que le apetece. Y, ante todo, lo que le gusta. Y que él no es nadie para meterse en sus apetencias. Y él dice que pero mujer, un melón bien fresquito y jugoso; pero chica, una sandía rebosante de líquido dulce. Ella dice que ah bueno, que eso es diferente. Que las frutas y los gustos se distinguen por muchas cosas, por muchas características, por muchos matices. Como las personas. Y que, cuando hablamos del no-gusto por la fruta, todo tiene sus excepciones. Habla de dulzuras y de texturas. Y dice que no le gustan nada las texturas que le dan dentera, como las personas. Y dice también que no le gustan nada las frutas que producen amargor… como las personas. En realidad, ella solo está hablando de frutas, pero él no es capaz de interpretar su realidad (la de ella) como su realidad (la de él). Una nube cruza el cielo para conceder al infierno un poco de sombra. Ahora hace mucho calor. Tanto, que se suda en exceso. Tanto, que todos los paradigmas del infierno agradecen ese alivio pasajero. Treinta y cinco grados centígrados en unos sitios, veintisiete y pico en otros. Y subiendo, según las circunstancias. Parece este un universo anglosajón, en el que las temperaturas sobrepasan los 80 grados F y llegan hasta unos 95 grados F insostenibles. Ella siente como un aire cálido por su piel, como un mordisco proveniente de la manzana del paraíso perdido. Él sobrelleva el calor. El que tiene su cuerpo porque le gusta mucho más la temperatura elevada que el desamparo.
Llega un momento en el que él, por fin, deja de hablar y escucha. Qué bendición para todos, qué bendición sublime saber que, por las rendijas, puede colarse un poco de silencio, que opera a modo de caricia, que funciona a modo aparato cósmico para que las almas migren del ego a la sabiduría. Que no me gusta la fruta, vuelve a repetir ella. Y él calla. Que no me gustan determinadas texturas, insiste ella. Y él escucha. Que no me gustan las nectarinas. Y él va a hablar de hibridaciones afortunadas en la fruta y en la vida, pero sigue en silencio. O puede que sí me gusten, dice ella. Cuando están a punto de ponerse malas porque llegan a la cumbre de su delicada estructura y porque llegan al éxtasis del dulzor. Y el calla y piensa, no vaya a estar hablando ella y él no entienda, como siempre.
Es de esperar que, un día, la conversación siga con los frutos secos. Y, por el cielo, sobrevuela el paraíso lleno de gajos de nubes, de pepitas de sol que endurecen las pupilas. Y una calma y suavidad, las dos buenas, de esas que no presagian tormentas.
Entrada que pertenece a la serie Diálogos. Con imagen de Arsheffeld.
