Dijes

cinderella

Las uvas son los dijes de nuestras convenciones. El hilo -obvia, clásicamente- es la vida. Acercamos a ritmo de campanadas los talismanes a nuestra boca, ansiosa de engullir siempre lo mismo para que sea siempre diferente. Nunca somos más tontos que empapuzados a moflete hinchado, con la televisión, el carillón, los cuartos, los ritos tontos de los creídos seguros de su suerte. Envueltos íntimamente por lo rojo, circuncisos por los deseos que nunca tendremos. Llenos de parafernalia alegre, escoltados de platos. Somos la alquimia de lo grotesco, al ritmo del sentido que nunca encontraremos, ansiosos de ser selectos, diferentes, majaderos. Una vez oí a alguien muy tonto que se negaba a escuchar el segundo del límite traspasado por el satélite: llegaba con retardo. Como si el último segundo mágico fuera el segundo orgiástico del resto de nuestros días. Nos gustan los objetos y las secuencias ordenadas, sin duda. Simulando tal vez que esas secuencias, por ser ordenadas en sucesiones anuales, fuesesn más lógicas. Más perfectas. Ebrios de blanco, tinto y rosa, nos acostamos con el orgullo del objetivo conseguido. Como un ejército imperialista e invasor, confiado en la indefensión del enemigo, la auténtica alimaña digna de ser pisoteada. Es bello. Sin duda es bello ver las ordenadas existencias desordenadas. El bendito año pasado nos regaló un segundo extra en nuestra vida que ya hemos consumido. Cada uno -esa noche- estuvo con sus seres queridos. Nos perpetuamos en el petardo que un día nos reventará la yema de los dedos.

(Imagen de siniset_nihil)

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