— Verba Volant

Diario de un turista #7

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Las mañanas y las tardes corren paralelas a las ondas de agua. El estrés no existe, a no ser que quieras encontrar un buen filete de carne de res en la cola de la plancha.

Pese a ser turistas y sólo eso, el hecho de tener mucho tiempo para descansar obliga a pensar entre chapuzón, comida y paseo relajado. El complejo hotelero está lleno de gente, pero la proporción no es favorable a los españoles. Abundan mucho más los italianos y, sobre todo, los hispanos de procedencias varias. El juicio injusto hace pensar que sólo están los hispanos ricos, pero eso quizá llevaría a pensar en paralelo que nosotros estamos montados en el euro y no es cierto. Pero sí, hay mucho cubano que vive en Florida, muchos puertorriqueños que viven en su país y en el asociado, mucho dominicano de Santo Domingo que se acerca a la costa atlántica para cambiar de aires. Mucho de todo y venido de maneras varias. Están, claro está, los jovencitos, llegados en grupo o en pareja (recién casados: acaramelados y todo el día besuqueándose abrazados en la playa), pero me ha llamado la atención la llegada gregaria de familias inmensas, que abarcan más de lo que nosotros estamos acostumbrados. Llegan a la piscina, se meten dentro –algunos incluso vestidos: lo juro– y, sin dar ni una sola brazada, se dedican a charlar horas y horas sin dar un palo al agua y dándoselo a la bebida gratuita. Ser un turista –decía– no me ha impedido pensar en alguno de mis ratos libres. He viajado todo lo que mis posibilidades me  han permitido y conozco algo –poco, pero algo– parte del mundo. Y no sabía lo que era yo. Nunca he estado muy convencido, lo confieso. Quizá sería más preciso decir que no sabía lo que me sentía. Nunca he sido muy de patrias, así que me limitaba a rellenar con diligencia los impresos en los que figuraba mi lugar de nacimiento. Incluso llegaba a pensar que me unían lazos profundísimos con nuestros hermanos americanos, a los que tanto hemos dado y quitado. Pero no. En esos momentos de comparación y análisis, sé ya cómo me siento y lo que siento. Me siento europeo. No digo que todos lo seamos, ni digo que tenga razón en lo que digo.

Pero pensar es muy cansado, cuando el viento hace ondear las ramas de las palmeras de forma mucho más elegante que cualquier bandera.

4 comments
  1. KOKYCID says: agosto 15, 200912:46 am

    El sentimiento de patria es uno de los más contradictorios que he experimentado. Piensas que es rídiculo ceñirte a un lugar o a una extensión de terreno de unas u otras medidas, pero efectivamente he vivido esa sensación de "la diferencia de origen , o de grupo , o de tribu". Es extraño…

  2. Merche Pallar&eacute says: agosto 16, 20098:39 pm

    Cuando has vivido, no visitado, varios países te das cuenta que las nacionalidades, las señas de identidad, no existen. Que el mundo es un pañuelo, aunque siempre intentes encontrarte con los tuyos, con tu tribu. Eso es cierto. Sé que me estoy contradiciendo pero es así ¡qué recórcholis! Sigue disfrutando. Besotes, M.

  3. Bipolar says: agosto 18, 20093:18 am

    ¡atiza!.. (he cambiado la expresión vulgar y fácilmente imaginable)

    a mi también me agobia pensar cuando estoy ante la brisa marina

  4. jeronima says: agosto 21, 20098:46 am

    …es curioso. Algunos no viajamos mucho, pero es cierto lo que dice Merche, que el mundo es un pañuelo. Es más, somos tan humanos que tenemos los mismos defectos, las mismas cualidades y al final, intentamos sobrevivir cada día buscando más o menos las mismas metas…

    Para eso no existen fronteras y somos tan simples… (en el buen sentido de la palabra) .

    Sigo envidiando tu viaje y empiezo a estar verde.

    Saludotes.

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