— Verba Volant

Casas #2 – San Pedro y San Felices

Hablaba de casas y esta la primera: calle San Pedro y San Felices, en Burgos. Una casa de la que hay poco que decir y, por lo tanto, mucho que imaginar. Solo viví allí tres meses. Tengo pocas referencias sobre esa casa y no me he visto ninguna foto de la que poder inventarme algo referido a su existencia. Tampoco sé el número de calle, ni el piso (imagino que mi hermana, cuando lea esto, me dará algún detalle que pueda encuadrar, que pueda enriquecer). A lo largo de mi vida, por cuestiones de trabajo, habré pasado miles de veces por una calle en la que, por primera vez, dormí en un hogar y no sé si tengo que mirar a derecha o a izquierda, si mediada la calle, si al final, si al comienzo. Si recuerdo bien conversaciones a las que no estuve muy atento (lo confieso), tenía una peculiaridad para que pudiesen convivir la ducha y el retrete. La adivino pequeña: será una inferencia de un cambio de casa temprano, cuando llegó, con varios años de diferencia respecto a los dos anteriores, el pequeño de la casa, ese chiquitín que siempre fui y que se abriga todavía en muchos aspectos de lo que soy.

Si los primeros años son ignotos y lejanos, estos, como digo, son desconocidos. En pleno devaneo egocéntrico, no me hago a la idea de que mi hermana viviese allí unos bien reconocidos once años de existencia, o de mi hermano con siete años en los que ya se tiene una infancia suficientemente vertebrada. Por no hablar de mis padres, que se encontraban, por aquel entonces, con la mitad de su vida transcurrida. Año más, año menos: como si los años de más y de menos fuesen cosa vacía. Lo que hubiera dado por tenerles una pizquita más, meses apenas. O una última mirada consciente en sus últimos segundos. Así somos de traidores con el tiempo, deseando que pase y lamentando también su transcurso.

Supongo, también, que muchos de los muebles que conocí después estarían antes depositados en espacios que no adivino. Es curioso que los muebles parezcan ocupar su espacio natural y, pese a ello, lleguen a colocar vidas diferentes, ciudades, existencias. Armarios que he abierto y en los que he hallado parte de lo que buscaba. Sillas sobre las que he descansado y me he cansado. Mesas en las que apoyar los brazos en un quebranto de las normas de urbanidad. Y relojes que van de aquí para allá, alguno de los cuales puedo disfrutar ahora en mi casa, con manecillas paradas no por los inconvenientes del sonido fuerte del mecanismo, sino, sobre todo, por el placer de contemplar un tiempo detenido.

Naturalmente, no recuerdo tampoco el tránsito hacia el nuevo hogar. Pero esa es otra historia y, por lo tanto, otra casa. Una casa de la que tengo mi primera consciencia como habitante del mundo.

(La imagen es el Cuadro blanco cobre cuadro blanco, de Malévich.)

2 comments
  1. Magdalena says: julio 20, 20129:14 pm

    Un post muy curioso. Me has hecho forzar la memoria, pero aún así, la primera casa que recuerdo es la tercera en la que viví. Y muchas veces me pregunto si la recuerdo realmente o sí sólo he reunido en mi cabeza fotografías de viejos álbumes, reconstruyéndola.

    Besos

  2. Aldabra says: julio 23, 201210:54 am

    nuestros recuerdos de cuando fuimos pequeños… ¡como nos pueden marcar vivir en unas u otras casas!

    yo también escribí un día sobre mi casa de pequeña… mi única casa de pequeña… de ella salí cuando me casé… y de está salí después de separarme…

    ahora por fin creo que tengo ya mi hogar, aunque viva en otras casas nuevas que queden por venir.

    http://congoyyo.blogspot.com.es/2011/09/cuando-era-pequena.html

    me gustan estos retazos tan emotivos y reales.

    biquiños,

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